Leyenda 133

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO CXXXIII

SOSPECHAS

         Estados Unidos de América

         Dentro de la embajada francesa, Alexander Yaner y Satsuki esperaban sentados dentro de una habitación a que Julián Soul llegara. Les habían dicho que el senador francés había hecho todos los arreglos necesarios para que se les diera refugio dentro de la sede diplomática sin que alguien más se enterara. Para esos momentos todas las fuerzas de seguridad en la Tierra estaban a la caza del antiguo Jefe del Estado Mayor y de su cómplice. Los principales medios noticiosos habían difundido a través de la red que Alexander era un fugitivo peligroso y solicitaban al público que dieran aviso a las autoridades si llegaban a verlo. Sólo un golpe de suerte les había permitido llegar hasta la embajada antes de que los hubieran capturado.

         Mientras los minutos transcurrían en el reloj de pared que adornaba la sala, el antiguo jefe del Estado Mayor meditaba profundamente sobre la situación que enfrentaba. En solo unas cuantas horas había dejado de ser un respetado general para convertirse en un fugitivo. Los medios noticiosos se habían encargado de arruinar su reputación, pero eso era lo que menos le preocupaba. Lo que verdaderamente le inquietaba era poder mantenerse con vida el tiempo necesario para limpiar su nombre y salvar al mundo. Sabía que si llegaban a encontrarlo ni siquiera lo encerrarían. Lo más lógico era que lo ejecutarán en el acto para impedirle hablar sobre los planes de los conspiradores que se habían unido al imperio de Abbadón.

         La puerta de entrada se abrió de repente y Julián Soul entró a la sala acompañado por el general Louis Valian. El senador francés se veía cansado y no era para menos. Durante su estadía en el Congreso Mundial, Julián había hecho lo imposible por bloquear el nombramiento de George Jush como nuevo Canciller, pero todos sus esfuerzos habían resultado en vano debido a diferentes factores.

         —Me alegra que hayan podido llegar a la embajada —dijo Julián y luego saludó a Satsuki con un beso en la mejilla—. Les presento al general Louis Valian de la armada espacial francesa. Le he estado explicando la situación desde que dejamos el Congreso Mundial y está de acuerdo en ayudarnos en todo.

         —Al menos tenemos algo de buenas noticias para variar —Alexander se puso de pie para estrechar las manos de Julián y del general Valian—. Estaba empezando a desesperarme un poco. ¿Cómo van las cosas en el Congreso?

         —Tan mal como podrás imaginarte —replicó Julián tomando asiento al mismo tiempo que los demás—. Jush dio la orden de que la segunda flota estacionada en Venus se dirigiera a los límites del sistema solar. El tratado que la Tierra suscribió con la Alianza Estelar ha sido derogado y ahora estamos en un virtual estado de guerra.

         —Tienes que hacer algo para detener esto —dijo Alexander hablando atropelladamente—. Jush y sus cómplices planearon todo para que pareciera que la Alianza Estelar está detrás del asesinato del Canciller Sergei y la destrucción del destructor Maine. Ellos están colaborando con el maldito imperio de Abbadón para satisfacer sus propios intereses.

         Julián frunció la frente.

         —Mencionaste algo de eso cuando hablamos ¿Podrías explicármelo con calma?

         —¿Es acaso una conspiración? —interrumpió el general Louis más apremiante.

         —¡Déjenme hablar! —repuso Alexander—. Había vuelto a la Casa Blanca para hablar con el vicepresidente Jush y los otros miembros del gabinete, pero ellos me explicaron sus verdaderas intenciones. Algunos políticos han hecho una especie de pacto secreto con los abbadonitas. Querían que me les uniera, pero me negué a hacerlo y entonces decidieron deshacerse de mí. Los agentes del Servicio Secreto me llevaron a mi casa de campo con la intención de asesinarme y hacer que todo pareciera un suicidio, pero Satsuki y Kamui me salvaron la vida en el último momento.

         —Entonces esa fue la razón por la que la flota permaneció en Venus —dijo Julián lentamente —. La batalla de Marte era una trampa para emboscar a las fuerzas de la Alianza en nuestro sistema solar. Querían destruirlos a todos en esa batalla, pero no lo lograron y ahora desean que nuestras fuerzas terminen lo que los abbadonitas empezaron.

         Alexander asintió con semblante sombrío.

         —Jush busca que nuestra flota aniquile a los líderes de la Alianza Estelar y a cambio espera recibir una gran compensación en armas y tecnología. Él y su grupo planean dominar la Tierra con ayuda de los extraterrestres. Tenemos que actuar antes de que nuestras naves ataquen o será demasiado tarde.

         —Pero esto no tiene sentido —Julián negó con la cabeza—. Aunque nuestras naves sean poderosas nunca podría destruir una flota de la Alianza Estelar. Un ataque contra ellos sería un suicidio.

         —No necesariamente, Julián —intervino el general Louis—. Tengo entendido que la armada de la Alianza Estelar se encuentra dispersa por toda la galaxia huyendo de los ejércitos de Abbadón. Sí lo que dicen es cierto, nuestras naves bien podrían destruir una flota de menor tamaño lanzando un ataque por sorpresa.

         —Dios mío, si eso ocurriera sería el fin de nuestro mundo —murmuró Julián.

         —Es por eso que debes hacer algo para evitarlo —insistió Alexander—. Tienes que presentar una moción ante el Congreso Mundial y evitar que Jush inicie el ataque contra la Alianza. Sí no lo detenemos ahora no podremos hacerlo después y la Tierra quedará a merced del imperio de Abbadón.

         —Créeme que me encantaría hacer lo que me pides —repuso Julián mientras se tomaba la frente con preocupación—. Pero no será sencillo lograrlo. En este momento Jush cuenta con el apoyo de la mayoría de los senadores de la Tierra y los que se han opuesto a sus mandatos han sido arrestados. Aún si pudiera presentar una moción no tenemos forma de probar lo que has dicho. Sólo tenemos tu palabra y en estos momentos nadie te creerá.

         —¿Y qué haremos entonces? —intervino Satsuki—. Kamui está muerto, los cuerpos de seguridad nos están buscando y el tiempo sigue corriendo. No podemos quedarnos sentados de los brazos cruzados. Algo se nos tiene que ocurrir.

         —Sería bueno ganar algo de tiempo —sugirió Louis—. Sí al menos pudiéramos contactar a alguien dentro de la Alianza Estelar para hablar con ellos. Eso nos daría oportunidad de aclarar las cosas y convencer a los senadores de evitar una guerra.

         —No hay manera de hacerlo, mon ami —dijo Julián—. No hay comunicaciones entre la Tierra y la Alianza Estelar desde la batalla de Marte. La única manera de hablar con ellos es mandando mensajes codificados al general MacDaguett, pero presumo que también él debe estar de parte de Jush y sus cómplices.

         Satsuki alzó la mirada. La desesperación se pintaba con claridad en su rostro.

         —¿Y si tratamos de hablar con alguien en la armada de la Tierra? Tal vez con Ryoji o con alguien que esté dispuesto a ayudarnos. Tal vez alguno de ellos esté dispuesto a escucharnos.

         —No, tampoco podemos hacer eso —Julián negó con la cabeza—. De seguro Jush lleva planeando esto desde mucho tiempo y no sabemos cuantos militares o políticos estén implicados en la conspiración. Sí tratamos de hablar con alguien dentro de la flota sólo nos arriesgamos a exponernos y eso tal vez no sirva de nada. Tenemos que buscar una forma de enviar un mensaje al Consejo de Líderes de la Alianza y explicarles lo que está pasando en la Tierra. Eso nos permitiría tener más tiempo para buscar una forma de exponer los planes de Jush.

         Alexander se miró las manos. Estaba escuchando las palabras de Julián cuando se le vino una idea a la mente. Algo parecido a una sonrisa le cruzó la cara.

         —¿Qué acabas de decir?

         —¿Sobre Jush? Que tenemos que exponer sus planes al mundo…

         —No, antes de eso.

         —Que tenemos que buscar una forma de enviar un mensaje al Consejo de Líderes de la Alianza Estelar, ¿acaso tú sabes cómo?

         —Creo que conozco a alguien que podría ayudarnos. Hace un par de años conocí a un hombre llamado André Archer. Era un coronel que servía en la armada de la Tierra, pero desertó luego de un tiempo y se convirtió en un pirata espacial. André tiene una nave muy rápida y tal vez podría llevar un mensaje a la Alianza Estelar si se lo pidiéramos.

         —¿Un pirata espacial? —preguntó Louis, sobresaltado—. Debes estar bromeando.

         —Es arriesgado —admitió Alexander—, pero no hay otra alternativa.

         Julián no parecía muy convencido.

         —Los piratas espaciales son mercenarios. No puedes confiar en ellos.

         —¿Y qué sugieres entonces? —replicó Alexander—. ¿Quieres que les mande un mensaje por la holored? El tiempo se está agotando y cada minuto que pasa nos acercamos a una guerra.

         —¿Confías en ese pirata? —le preguntó Satsuki.

         —No mucho —repuso Alexander—, pero sé que odia al imperio de Abbadón.

         Louis no estaba muy convencido.

         —Creo que todo esto es una verdadera locura.

         —¿Una locura dices? —replicó Alexander—. Somos fugitivos, general, la locura es nuestra única opción.

         El senador francés echó una mirada de incredulidad a Satsuki, asombrado de que Alexander estuviera proponiendo una idea tan descabellada. Para nadie era novedad que los piratas espaciales acabaran traicionando a las personas que les contrataban si a cambio les ofrecían dinero u otros favores. Sin embargo, dadas las condiciones por las que atravesaban, no parecía haber otro camino. No podían enviar un mensaje de la manera tradicional y el tiempo transcurría con angustiosa rapidez.

         —Está bien —aceptó el senador—. ¿Cómo lo encontramos, Alexander?

         —Tengo entendido que André suele visitar el polo norte en ocasiones para hacer reparaciones y cargar combustible. Con un poco de suerte quizá podamos contactarlo y transmitirle un mensaje codificado.

         Satsuki se levantó de su asiento.

         —Hagámoslo.

         País de Edo.

         Presintiendo que el grupo de árboles monstruosos estaba a punto de ser derrotados, Hakudoshi se levantó del suelo y recogió su naginata. Tras sortear un par de árboles monstruo con rapidez, se impulsó hacia el cielo nocturno con la clara intención de escapar. Estaba débil y aún le dolía todo el cuerpo a consecuencias de las descargas de Malabock, pero había recuperado las fuerzas necesarias para volar. Estaba a punto de alejarse cuando Inu Yasha se dio cuenta de lo que intentaba hacer y lo alcanzó en el aire con un rápido salto.

         —¿A dónde crees que vas, cobarde?

         —No molestes, Inu Yasha, no tengo tiempo que perder contigo —replicó Hakudoshi utilizando su naginata para descargar un veloz golpe. Inu Yasha logró bloquear el ataque empleando la hoja de Tetsusaiga y las armas escupieron relámpagos al chocar entre sí con intensidad.

         El golpe de la naginata obligó a Inu Yasha a caer sobre la punta de un árbol situada a varios metros abajo y eso era justamente lo que buscaba Hakudoshi para poder alejarse lo suficiente. Inu Yasha observó cómo su enemigo volvía a ponerse en movimiento, de manera que se catapultó con más energías que antes y liberó el asombroso poder de Tetsusaiga.

         —¡Kaze no Kizu! (Viento Cortante)

         Las ráfagas de viento alcanzaron a Hakusdoshi en un instante, desgarrando completamente su cuerpo y la naginata que llevaba entre las manos. Kagome y los demás interrumpieron su combate para levantar las miradas al cielo y contemplar el fulgor blanco causado por Tetsusaiga. Inu Yasha sonrió con el orgullo de quien se sabe victorioso, aunque cambió rápidamente su expresión por una de asombro cuando descubrió que no había obtenido el resultado deseado. El Kaze no Kizu había destruido el cuerpo de Hakudoshi, pero no su cabeza, la cual se giró hacia la cima del árbol donde el guerrero hanyou estaba parado con la espada levantada en posición de ataque. Una sutil sonrisa apareció en los labios de Hakudoshi.

         —Creí que te lo había dicho con anterioridad. No importa cuantas veces destruyas mi cuerpo, Inu Yasha. Nunca podrás acabar conmigo por mucho que lo intentes.

         —¡Maldito seas! —masculló el hanyou—. ¡No huyas, Hakudoshi!

         —Vamos, no te molestes tanto. Yo en tu lugar iría en busca del sujeto que se marchó con Kikyou y la perla de Shikon en vez de quedarme a librar una batalla innecesaria. ¿O es qué acaso no te importa lo que le pase a ella?

         —Cierra la boca, insolente. Sólo estás diciendo tonterías. Lo que yo haga o deje de hacer es asunto que no te importa. Más te vale que me digas todo lo que sabes sobre ese sujeto llamado Malabock o te pesará.

         —¿Y qué te hace pensar que yo sé algo al respecto? —repuso Hakudoshi mientras su cabeza comenzaba a alejarse—. De lo único que estoy seguro es que Kikyou estaba de su lado. Nunca pensé que esa mujer estaría dispuesta a todo con tal de destruir a Naraku, pero parece que nos equivocamos, ¿no lo crees?

         —¡Cierra la boca, insolente! —vociferó Inu Yasha.

         —Creo que tus amigos te necesitan —musitó Hakudoshi.

         La cabeza de Hakudoshi giro sobre sí misma y se perdió en la oscuridad de la noche ante la mirada impotente de Inu Yasha, pero no había tiempo de pensar en eso. Las criaturas de Malabock que aún quedaban continuaban atacando con insistencia y los gritos de Kagome alertaron a Inu Yasha. Éste bajó del árbol con un salto que se convirtió en un perfecto arco y desbarató a un par de árboles monstruos con dos rápidos mandobles mientras que el último engendro era despedazado por un certero golpe del Hiraikotsu de Sango.

         Cuando la pelea terminó, Inu Yasha guardó a Tetsusaiga en su funda y miró en diferentes direcciones buscando la más mínima señal de peligro, pero finalmente no detectó nada. El ambiente parecía estar en calma, aunque el aire aún guardaba rastros del aroma de Malabock, Kikyou y Naraku.

         —Inu Yasha, ¿te encuentras bien? —le preguntó Kagome.

         —Sí, aunque ese infeliz de Malabock logró escapar. Pensé que tal vez Hakudoshi podría decirnos algo más sobre ese sujeto, pero no pude conseguir que me dijera mucho.

         —Tal vez porque Hakudoshi no sabía más que nosotros —concluyó Miroku en tono pensativo—. De lo único que podemos estar seguros es de que Malabock tiene en su poder la perla de Shikon y todo es gracias a la señorita Kikyou. Con seguridad ella fue quien le ayudó a Malabock a derrotar a Naraku.

         —Es lo que no comprendo —murmuró Inu Yasha—. ¿Por qué lo está ayudando?

         Miroku se acarició la barbilla.

         —Me temo que eso es algo que sólo ella puede decírnoslo.

         —Esto no tiene ningún sentido —comentó Kagome—. Malabock poseía una presencia tan siniestra como la de Naraku. ¿Acaso la estará controlando de una forma que nosotros ignoramos?

         —Sí, puede ser posible —convino Sango.

         —Como sea —murmuró Miroku, cruzado de brazos—. La única forma de averiguar la verdad es encontrando a la señorita Kikyou. Lo malo es que no sabemos por donde empezara buscarla, aunque apuesto que Inu Yasha podría encontrar su rastro con facilidad.

         Inu Yasha se volvió hacia el sitio por donde Kikyou y Malabock se habían marchado y comenzó a olfatear el aire. El aroma de Kikyou era inconfundible y nada del mundo le impediría llegar hasta ella. Sí Malabock estaba pensando que podría escapar aprovechando la noche y la espesura del bosque, Inu Yasha pronto le demostraría cuan equivocado estaba. Los agudos sentidos del hanyou le permitían localizar a cualquier humano o youkai sin importar donde se encontrara, aunque fuera a muchos kilómetros de distancia.

         —¿Y ahora qué haremos? —murmuró Shippo—. No sabemos en qué dirección buscar o hacia donde dirigirnos. ¿Qué es lo que haremos? Ni siquiera Inu Yasha podrá decirnos a donde…. .

         —Percibo la pestilencia de Malabock en esa dirección —dijo Inu Yasha seriamente y luego volvió la mirada por encima del hombro—. No deben estar demasiado lejos de aquí. Tal vez podamos alcanzarlos sí nos damos prisa.

         Kagome asintió.

         —Vayamos pues.

         Inu Yasha cargó sobre sus espaldas a Kagome y comenzó a correr lo más rápido que podía a través de la espesura del bosque. El hanyou no veía nada de cuanto lo rodeaba. Sólo era consciente de quién buscaba y del tiempo que transcurría con demasiada rapidez. Detrás, guiada por Sango, volaba Kirara llevando sobre su lomo, además de la Taiji, a Miroku y al pequeño Shippo. Mientras el grupo de Inu Yasha se alejaba con rapidez, los ojos rojos de Kagura observaban la escena desde los cielos.

Astronave Churubusco.

         En la gigantesca sala de entrenamiento reinaba una gran actividad, una incesante barahúnda. Todos conversaban sobre lo que había dicho Azmoudez acerca de ir al planeta Adur para buscar una pista sobre el poder del aureus, y así vencer a los guerreros de Abbadón. Ranma, Moose y Ryoga se mostraban optimistas. Kanon no compartía el mismo entusiasmo que la mayoría y sólo observaba en silencio a Azmoudez mientras éste hablaba con quienes lo rodeaban. La manera en que el general unixiano había revelado la existencia del legado del Caballero Celestial Azarus no terminaba de convencer al santo de Géminis. ¿Por qué Azmoudez había esperado hasta ese momento para hacer tan importante anuncio? Había algo que sencillamente no cuadraba en la mente de Kanon, pero por el momento prefería no decir nada.

         Otro que tampoco estaba muy convencido era Piccolo. Le resultaba difícil creer que todo se resolviese de forma tan fácil. Sí algo le había enseñado la vida era a recelar de las soluciones rápidas y expeditas. Pero no sólo se trataba del testamento de Azarus; Piccolo era lo bastante astuto para entrever que Azmoudez planeaba desacreditar a los Caballeros Celestiales y hacerlos quedar mal ante los demás.

         —¿Cuándo iremos a buscar ese testamento? —inquirió Tuxedo Kamen.

         —No desesperen, por favor —contestó Azmoudez—. Su ubicación fue mantenida en secreta durante mucho tiempo y tenemos que buscar la información en los archivos confidenciales.

         Uriel y Azrael se acercaron.

         —Es cierto, pero se me ha informado que tendremos esa información en un par de megaciclos, quizá sea menos. Tengo entendido que el testamento está cifrado, pero no creo que nos tardemos mucho tiempo en traducirlo. Por lo pronto hablaré con el almirante Cariolano para que alisten un trasbordador.

         —Me parece una buena idea —dijo Yamcha.

         —Tienes toda la razón, Yamcha —convino Kurinrin alegremente.

         Poppu y Dai estaban cerca de la conversación y se alegraron cuando escucharon las palabras de Uriel. Tanto el chico como el mago estaban ansiosos por descubrir la manera de derrotar al enemigo. Mientras Poppu hablaba sobre lo extraño que le parecía recorrer el espacio exterior, Dai no pudo evitar pensar en Hyunkel y en Baran. El chico había estado reflexionando sobre el súbito cambio de actitud de su padre en la última batalla ocurrida en Adur. Durante el viaje de regreso a la astronave Churubusco, Leona le había contado a Dai todo lo relacionado con su pasado. De esa forma el chico se enteró que era hijo de la princesa Soara y la manera en cómo ella había fallecido tratando de proteger a Baran de los humanos. Más tarde Poppu le relató los demás detalles mencionados por Rafaruto, como la destrucción del reino de Arukido y la decisión de Baran de combatir a los humanos.

         La vida de Dai había estado marcada por interrogantes, pero eso no impidió que el chico tuviera una vida feliz. El destino tal vez le había arrebatado a su familia, pero a cambio había encontrado otra que apreciaba con toda el alma. Su familia ahora era los amigos a quienes conocía, entre ellos el abuelo Burasu, Poppu, Aban, la princesa Leona y los demás. Por todos ellos era que anhelaba convertirse en un valiente guerrero y luchar contra las fuerzas del mal. Sin embargo no sabía que pensar, ni mucho menos que sentir respecto a Baran. Estaba claro que era su padre y habían luchado a muerte en dos ocasiones, pero no podía odiarlo o sentir el mismo desprecio que sentía por otros seres como Hadora, Saboera o el mismo N´astarith. Estaba confundido y no era para menos. Dai aún era demasiado joven para manejar un conflicto de semejante naturaleza, pero confiaba en que la situación se resolvería de manera favorable.

         —Por cierto, Dai —la voz de Poppu hizo reaccionar al chico—. ¿De dónde vino la espada con la que derrotaste a Baran? 

         —Ah, es verdad, aún no te lo he contado todo, Poppu —repuso Dai mientras desenfundaba la espada Excalibur para mostrarla—. No sé qué fue lo que sucedió, pero esta espada le pertenecía a Galford y él me la entregó para que luchara en su nombre.

         Poppu abrió los ojos como platos.

         —¡¿La espada de Galford?! ¿Te refieres al mismo Galford con el que luchamos en Papunika?

         —Sí, exacto —asintió Dai—. Cuando estaba luchando con Baran, el espíritu de Galford apareció ante mí y me entregó esta espada. Me dijo que siempre había luchado por la justicia, pero que se había deshonrado por culpa de N´astarith. También mencionó que había muerto y que ya no podría luchar más, así que deseaba que usara la espada para luchar por la justicia.

         —Vaya, no tenía idea —murmuró Poppu—. Supongo que Galford no era realmente una mala persona.

         Dai contempló su propio reflejo en la magnifica hoja que sostenía y asintió con la cabeza.

         —Todavía no puedo creerlo —dijo Sailor Uranus mostrando su escepticismo.

         —¿Por qué dices eso, Uranus? —le preguntó Sailor Moon acercándose a las Outer Senshi, mientras dirigía una mirada al general unixiano—. ¿Acaso también desconfías de la palabra de Azmoudez?

         —Es sólo que no creo que sea tan fácil —contestó Haruka—. Tal vez esté equivocada, pero sospecho que hay algo más de fondo. Desde que llegamos a este lugar, Azmoudez ha mostrado poca cooperación y provocadora, pero ahora se comporta de una manera diferente. Tal vez sea paranoia, pero eso me hace desconfiar.

         Sailor Moon volvió la mirada hacia Sailor Uranus y la contempló por un instante. El que Haruka desconfiara de los demás no era nada nuevo, pero lo que acababa de mencionar era bastante cierto. Azmoudez estaba actuando de manera ligeramente distinta a la que conocían. Incluso Sailor Pluto y Sailor Saturn se habían dado cuenta de ello y mantenían sus reservas. Hotaru podía ser la más joven de la Sailor Senshi, pero no era ninguna tonta para no darse cuenta que Azmoudez no era genuino en su actuar.

         —Por cierto, princesa —dijo Azmoudez dirigiéndose hacia Mariana, con un tono que denotaba una falsa amabilidad—. ¿Qué ha sucedido con el prisionero que capturaron en el planeta Adur? Tengo entendido que se hace llamar Rafaruto o algo así y que proviene del mundo de Dai, ¿cierto?

         —El prisionero fue llevado a la enfermería —le respondió Mariana—. No tengo noticias de que haya despertado, pero en cuanto recupere el conocimiento, lo interrogaremos para saber cómo llegó a este universo.

         Azmoudez actuó con indolencia.

         —Me gustaría estar presente sí me lo permite.

         —No veo razón para negarle eso, general —repuso Mariana.

         Mientras Azmoudez seguía hablando, Areth se acercó a Asiont y a Cadmio para hablar con ellos. Acto seguido, Eclipse decidió acercarse para unirse a la conversación de los Caballeros Celestiales y saber que estaban tramando. Al advertir que el enmascarado estaba con la vista puesta en ellos, Cadmio le miró con hostilidad para hacer que se largara, pero Eclipse se hizo el desentendido y continuó como si nada.

         —¿Qué piensan de lo que está diciendo? ¿Es posible que ese testamento exista o sólo estará inventado todo? —dijo Areth mientras observaba de reojo cómo Shun, Ten-Shin-Han y No.18 escuchaban al general—. Parece muy seguro de que con eso podremos encontrar la manera de vencer a los Khans

         —Ese petulante idiota cree que está quedando como el héroe —susurró Cadmio—. Y tampoco creo que todos se estén tragando el cuento. Tengo la idea de que hay algo más atrás de esto, pero no puedo imaginar de que se trata.

         —Lo mismo pienso —comentó Asiont—. Todos los registros históricos se perdieron durante las guerras estelares y los cristales de datos que había en el santuario de Caelum no tenían información sobre el testamento de Azaruz. Me resulta difícil creer que los Celestiales hubieran dejado pasar eso, pero eso no es lo que más me preocupa. Percibo un halo de oscuridad alrededor de Azmoudez

         —Ustedes dirán lo que quieran —intervino Eclipse—. Pero Azmoudez no está diciendo toda la verdad y eso hasta yo puedo notarlo sin poderes o habilidades especiales.

         —¿Y tú cómo sabes eso? —le preguntó Cadmio.

         —Porque es un mentiroso también —dijo Asiont antes de que el enmascarado pudiera decir algo—. No hay nada mejor para descubrir a un mentiroso que usando a otro mentiroso.

         Eclipse entrecerró los ojos.

         —Tengo que decir que ese comentario no me gustó para nada.

         Planeta Adur.

         —¿¡N´astarith y sus guerreros saben que estamos aquí?! —Hyunkel estaba realmente alarmado—. Eso es imposible. No puedes estar hablando en serio, Baran.

         —No, muchacho, estoy hablando completamente en serio —dijo el Caballero del Dragón, rígido como estatua—. Él contactó al rey Ban y le pidió ayuda para destruir a mi hijo y a sus amigos. A cambio ofreció suministrar tecnología y armas al Ejército del Mal para conquistar el mundo en poco tiempo. Tengo entendido que también reciben ayuda de otro individuo llamado Asura, pero no sé mucho sobre él. N´astarith fue quien nos envió a este lugar para encontrar a Dai.

         Hyunkel no podía creerlo.

         —Eso quiere decir que todos estamos en peligro. Tenemos que avisarles de esto lo más rápido posible —El Caballero Inmortal extrajo un comunicador de sus ropas y comenzó a examinarlo hasta hallar un botón rojo—. La princesa Mariana me dijo que usara ese artefacto para comunicarme con ellos. Espero que funcione.

         Cuando el comunicador se activó, Hyunkel empezó a hablar.

         —Princesa Mariana, ¿puede oírme? Necesito hablar con alguien.

         Un estallido de estática brotó del comunicador. Por unos instantes, el Caballero Inmortal pensó que el artefacto no funcionaba correctamente o que tal estaba usándolo mal, pero continuó tratando. La estática se convirtió en un chorro de láser azul que terminó por conformar la figura del almirante Cariolano.

         —¿Qué sucede, Hyunkel? —inquirió el almirante con su acostumbrado tono amable y cordial—. ¿Estás listo para volver a bordo?

         —Temo que debo darle malas noticias, almirante —repuso el Caballero Inmortal con seriedad—. Parece que N´astarith ha logrado averiguar el sitio en el que nos encontramos y quizá esté planeando un ataque por sorpresa. Tenemos que avisar al príncipe Saulo de inmediato.

         Cariolano fingió una expresión de sorpresa. Sus manos se alargaron sobre los controles que tenía adelante y comenzó a introducir una secuencia numérica empleando el teclado de la consola de mando. En la parte inferior de la Churubusco se empezaron a abrir unas compuertas que dejaron al descubierto la punta de un par de cañones.

         —¿Estás seguro de eso? No puede ser cierto ¿Por qué dices eso?

         —No tenemos mucho tiempo, almirante —le contestó Hyunkel—. Estoy con un guerrero llamado Baran. Él proviene del mismo lugar que yo y me contó que la persona que lo envió a este lugar fue el propio N´astarith.

         —Entiendo, gracias por la información, Hyunkel —dijo Cariolano con indolencia—. Necesito que mantengas la comunicación para localizar tu posición. Daré la orden para mandar una nave por ustedes.

         —Gracias, almirante, pero lo más importante es que avise de esto.

         —Por supuesto.

         La comunicación se cortó de repente. Hyunkel volvió a presionar el botón rojo, pero sólo recibía estática. El Caballero Inmortal se convenció de que todo estaba bien y se giró hacia Baran, que no dejaba de mirarlo mientras aguardaba.

         —¿Qué pasará ahora? —inquirió Baran, con el entrecejo fruncido.

         —Supongo que debemos esperar y… .

         —Percibo un sonido… .

         Ni Hyunkel ni Baran lo vieron venir.

         Cariolano había coordinado tres baterías tuboláser para que efectuaran un disparo preciso sobre la superficie del planeta Adur. El almirante estaba al tanto de las habilidades de los guerreros que los Celestiales habían traído de distintos universos, y tenía una estimación bastante realista de lo difícil que era matar a alguno de ellos. No estaba dispuesto a correr riesgos.

         —Adiós, Hyunkel, no es nada personal.

         Cuando presionó el botón de disparo, los cañones de las tres baterías se cargaron y se graduaron en elevación calibrada con precisión. Y dispararon.

         Hyunkel y Baran, los árboles que los rodeaban y las rocas de los alrededores desaparecieron en una explosiva bola de fuego, que por un instante brilló más que los dos soles de Adur. La polarización visual del monitor de Cariolano redujo la luz en un 80 por ciento y la visión se aclaró para ver rastros de árboles quemados y rocas hechas pedazos. El almirante sonrió y tecleó en su comunicador.

         —¿Qué sucedió, almirante? —preguntó una voz—. Detectamos una andanada de disparos que cayeron sobre el planeta. ¿Está todo bien?

         —He terminado de hacer una prueba de las armas defensivas y tengo que notificar que todo funciona perfectamente.

         Masamaru yacía dentro de una celda cuya puerta era una cortina de resplandeciente energía azul que impedía entrar o salir. Los guardias lo habían despojado de la armadura de batalla y todo el equipo que portaba. No tenía ni la más remota de en que lugar del universo se encontraba, pero al menos lo reconfortaba que sus celadores no lo hubieran tratado mal, aunque presentía que su buena suerte no duraría para siempre. No estaba equivocado. La puerta del corredor se abrió de repente y la doctora Ritsuko entró en compañía de Misato y un soldado aduriano.

         El militar condujo a las mujeres hasta la celda de Masamaru y luego giró sobre sus tobillos para irse por donde había venido. Cuando por fin estuvieron solas, Ritsuko le dirigió una mirada de hostilidad a Masamaru.

         —No creas que te librarás de pagar por todo lo que hiciste —dijo Ritsuko con una expresión de ferocidad—. Me aseguraré que den el castigo que te mereces, maldito infeliz.

         —En serio que no la comprendo, doctora Akagi —repuso Masamaru con indolencia—. ¿Por qué me detuvo cuando quise darme un tiro? Habría sido mejor para todos que terminará con mi vida en ese momento, pero usted lo impidió. ¿Es que acaso quiere matarme usted misma?

         —Créeme que nada me gustaría más —afirmó Ritsuko—. Pero antes de eso necesito que digas todo lo que sabes. Esa fue la única razón por la que impedí que acabaras con tu miserable vida.

         Masamaru desvió la mirada, embargado por una negra amargura.

         —Así que esa era la razón, ¿eh? Despreocúpese, doctora, porque no tiene por qué pedirlo. Tal vez no me crea, pero también a mí me engañaron, aunque supongo que eso no justifica lo que hice.

         —Lo que te hayan hecho no nos interesa —intervino Misato—. Eres un traidor y un asesino. ¡Tú mataste a Kaji y tienes que pagar!

         Masamaru miró a Misato.

         —Supongo que tú debes ser Misato Katsuragi, ¿no? Sí, yo maté a Kaji porque así me lo ordenaron, pero eso no importa. La verdad es que todo ha terminado para mí y no espero que me traten bien. Sólo quiero que me prometan que harán todo lo posible para que el canalla de Fobos reciba su merecido.

         —Dinos todo lo que sepas —ordenó Ritsuko.

         —Fobos asesinó al verdadero general Kymura y adoptó su identidad para luego fundar una organización a la que bautizó como Agencia Apocalipsis. Nos habían dicho que recibiríamos financiamiento de la ONU y de un tal Genghis Khan que resultó ser el tipo de capa negra que acompañaba a Fobos. Al principio muchos nos sumamos a la organización porque recelábamos de SEELE y NERV, pero nunca sospechamos que estábamos apoyando algo peor.

         Misato arrugó la frente.

         —¿Cuál era el objetivo de la organización?

         —El fin de la Agencia Apocalipsis era contrarrestar la amenaza que representaba NERV y SEELE para todo el mundo. Con el tiempo, Fobos comenzó a mencionar que pronto el mundo experimentaría un renacimiento gracias a Genghis Khan y muchos empezaron a ver en ese sujeto una especie de profeta que hablaba sobre el fin del mundo y la venida de una nueva era.

         —¿Qué hay de los chicos que operaban esos robots? —inquirió Ritsuko.

         —Fobos los sacó de un orfanato para usarlos en sus planes. Quería usar a la chica para espiar al hijo del comandante Ikari, pero deben creerme cuando les digo que ellos no sabían la verdad de lo que estaba ocurriendo. A mí pueden hacerme lo que deseen, pero los chicos son inocentes.

         —No te queda el papel de hombre bueno —dijo Misato, irritada.

         —Puedes pensar lo que quieras —replicó Masamaru con indiferencia—. Pero es la verdad y por eso fue que cuando supieron la realidad, se volvieron contra Fobos y éste trató de destruirlos junto con los Evas.

         —¿Para qué necesitaban a Rei? —preguntó Ritsuko—. ¿Y a dónde se la llevaron?

         —Eso no lo sé, doctora —Masamaru miró a Ritsuko—. Sé que Fobos está utilizando a Rei Ayanami para controlar a la shito que tenían prisionera en Central Dogma y ahora le ha dado una apariencia humana. Tiene que entender que a nosotros también nos engañaron y nos usaron para debilitar a NERV. Fuera de eso no sé nada más sobre ellos o qué intereses persiguen. 

         Misato se volvió hacia Ritsuko. Ahora estaba claro que Masamaru no iba a serles de mucha utilidad. Tal vez lo que decía sobre que lo habían engañado era cierto, pero eso no lavaba sus crímenes y ninguna de ellas estaba dispuesta a disculparlo. Mandarlo a ejecutar o encerrarlo para siempre era algo que por el momento no estaba en sus manos. En el mejor de los casos lo dejarían en manos de la Alianza para que hicieran con él lo que creyeran conveniente.

         —Será mejor que te acostumbres al encierro —le dijo Ritsuko antes de marcharse junto con Misato.

         El gélido viento nocturno hizo que Hyunkel recuperara la conciencia. Estaba recostado en el suelo a pocos metros de una fogata detrás de la cual estaba Baran. El Caballero Dragón permanecía sentado con los brazos cruzados y los ojos completamente cerrados. Parecía que dormitaba, pero en realidad estaba pensando en la milagrosa forma en que habían conseguido sobrevivir a la explosión.

         —Baran —musitó el Caballero Inmortal. Sentía que le dolía todo el cuerpo, pero parecía que no tenía ninguna herida grave—. ¿En dónde estamos?

         —Parece que estás bien, será mejor que descanses y recuperes tus fuerzas.

         —¿Qué fue lo que sucedió?

         —Todo indica que nos atacaron por sorpresa —Baran abrió los ojos—. Quien quiera que haya sido lo hizo desde el cielo y de manera muy rápida. No lo tomes a mal, pero creo que el hombre con el que hablaste fue el responsable del ataque.

         Hyunkel abrió los ojos completamente.

         —¿El almirante Cariolano? Es imposible, él es una persona de confianza.

         —¿Estás seguro de eso? Creo haber escuchado que enviarían a alguien por nosotros, pero nunca llegó nadie. Afortunadamente para ti pude reaccionar con rapidez y apartarnos del sitio del ataque cuando escuché el sonido de los rayos. Lo lamento, muchacho, pero creo que los han estado engañando.

         —¿Por qué el almirante Cariolano iba a querer matarnos? —preguntó Hyunkel, aunque tenía una vaga idea de la respuesta.

         —¿Acaso no te parece obvio? No quiere que les digas a los otros que N´astarith sabe donde nos encontramos. Me temo que ese hombre llamado Cariolano es un traidor y colabora con el enemigo. Tendrás que buscar otra forma de hablar con tus amigos y más vale que sea pronto.

         No fue necesario decir más. Baran pudo observar la expresión de angustia y furia que ensombrecían el rostro de Hyunkel, súbitamente consciente de todos habían sido traicionados y se encontraban en un serio peligro.

Continuará… .

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