Leyenda 143

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO CXLIII

PENUMBRA

Planeta Adur.

       En los cielos nocturnos podía contemplarse un inusual mosaico de estelas formada por luces brillantes y finas líneas resplandecientes que unían planetoides y trazaban erráticas espirales que brillaban con intensidad. Las personas que observaban desde sus hogares en las ciudades o aldeas del planeta podían encontrar el fenómeno curioso, impresionante o inclusive hermoso. Pero en el espacio la situación era totalmente diferente.

       Las resplandecientes líneas son en realidad descargas de turboláser y ráfagas rail lo bastante potentes como para desaparecer una pequeña aldea. Los planetoides son en realidad cruceros estelares. Las espirales son explosiones. En el espacio sobre el planeta Adur, la batalla es una tempestad de caos y miedo, de rayos de partículas galvanizadas y proyectiles que pasan volando junto a tu caza estelar en un fogonazo tan cercano que la carlinga resuena como un altavoz roto, de impactos que se sientes en la suela de tus botas cuando los disparos aciertan en tu crucero, matando a seres con los que te has sentado a comer, a discutir sobre algún tema o a reír alegremente. Desde el interior, la batalla es angustia, terror y una desesperación que te carcome el alma porque la Alianza Estelar ha sido traicionada.

       Todo el mundo sabía que la guerra contra el Imperio de Abbadón había ido de mal en peor y que muchos sistemas estelares incluso han elegido rendirse, pero esto… .

       ¿Un ataque traicionero por parte de un aliado?

       ¿Cómo había podido el gobierno la Tierra llegar a eso?

       Es una pesadilla de la que parece que no es posible despertar.

       Y eso lo saben a la perfección los Caballeros Celestiales que combaten en Adur.

       Asiont había pasado multitud de veces por situaciones peligrosas y difíciles que le habían exigido llevar al extremo su determinación y sus habilidades. Ahora, aparentemente, estaba enfrentando otra más. Sus ojos revisaron el entorno en busca de más enemigos al acecho. Aparentemente, no había ningún otro peligro fuera de aquel hombre que tenía enfrente llamado Zura, pero la visión interna de Asiont le indicaba que los gnomulones inorgánicos y decenas de Shadow Troopers todavía se hallaban en los alrededores, posiblemente ocultos o luchando cerca de ahí. Más allá, en la distancia, también podía sentir las presencias de Mariana y Eclipse junto a las de Piccolo, Shilbalam, Karmatrón, Firia y Dai. Más allá, el Chi de Kanon de Géminis ardía con el fuego de la batalla, pero los Cosmos de Seiya y Shun estaban comenzando a disminuir. Y desde luego también estaban todas esas auras desconocidas y poderosas que habían irrumpido de la nada junto con… ¿Tyria?

       Sailor Galaxia levantó ambas manos a la altura de los hombros. Los puños de la anterior Reina Dorada de Shadow Galactica estaban cubiertos por energía y brillantes chisporroteos de luz. Saltaba a la vista que no le tenía miedo a Zura y parecía bastante dispuesta a enfrentarlo. Sin embargo, éste último no le prestó atención en ningún momento.

       —Déjanos esto a nosotros, Sailor Galaxia —dijo Asiont sin dejar de contemplar el rostro sonriente de Zura—. No es necesario que pelees tú también. Tengo la impresión de que este tipo vino especialmente buscando a los Caballeros Celestiales.

       —¿Qué estás diciendo? —replicó la Sailor Senshi secamente—. No me interesa lo que este sujeto trama o las intenciones que tenga. Sí peleamos los tres juntos lo acabaremos en menos tiempo, ¿no crees?

       —En otra situación habría aceptado tu ayuda sin dudarlo —le contestó Asiont, mientras Zura esperaba pacientemente—. Pero será mejor que vayas a donde están Sailor Moon y sus amigas. Ellas necesitan tu apoyo más que yo. Recuerda que el sitio está plagado de enemigos y no sabemos que otras sorpresas nos hayan preparado N´astarith y sus aliados.

       —N´astarith —siseó Sailor Galaxia con desprecio—. Debemos acabar con él también.

       —Por favor, ve a ayudar a las demás Sailor Senshi —insistió Asiont.

       Galaxia frunció levemente el entrecejo y dirigió su mirada hacia Asiont casi al mismo tiempo que Areth, pero él nunca volvió la cabeza en ningún momento. Estaba observando fijamente a Zura como si tratara de adivinar lo que había en la mente de éste. Sailor Galaxia comenzó a correr hacia el frente y pasó por un costado de Zura, aunque no tan de prisa y obviamente renuente a hacerlo.

       —Que noble de tu parte dejar que esa joven se marchara —se burló Zura una vez que Sailor Galaxia despareció en la arbolada—. Vas a lamentar haberle pedido que los dejara luchando solos contra mí. Ella en verdad posee un poder asombroso y es totalmente diferente al de la mayoría de las basuras que trajeron de los otros universos.

       —¿Por qué no empiezas por decirnos quién eres? —respondió Asiont con la guardia en alto—. Está claro que no eres uno de los Khan y tú nombre no suena meganiano o endoriano. Seguro eres otro más de los tantos mercenarios que N´astarith reclutó para luchar contra la Alianza Estelar, ¿no es así?

       —Eres un tipo bastante listo —se mofó Zura—. Deberían darte un premio por tu asombrosa capacidad para deducir lo evidente. Me han ordenado matar a todos los Caballeros Celestiales que luchan para la Alianza Estelar, pero debo confesarles que estoy un tanto decepcionado.

       —¿De qué hablas? —murmuró Areth, frunciendo el entrecejo.

       Zura se volvió hacia la adolescente y la miró. Su sonrisa se hizo más ancha. Disfrutaba con la idea de aniquilar a los Caballeros Celestiales, de lograr su anhelada venganza contra los pupilos de Aristeo. Convocó al poder del aura desde las profundidades de su propio ser, dejándose cubrir totalmente por el gran poder que sentía. Inhaló en su propia fuerza y la conservó reunida en tornó a él.

       —Había imaginado que los Celestiales que le estaban ocasionando tantos problemas a N´astarith eran guerreros hábiles y poderosos, pero ustedes no son más que unos tristes aficionados. En otras palabras, es una broma de mal gusto llamarlos Caballeros Celestiales porque sólo son unos miserables perdedores. No valen nada.

       Asiont empezó a andar hacia Zura. No hizo caso del poder que percibía en él o del estruendo de las grietas que se abrieron de súbito en el piso cuando Zura desplegó todavía más la fuerza de su aura, levitando incluso algunas rocas a su alrededor que poco después estallaron y se convirtieron en polvo.

       —¡Asiont, espera! —le gritó Areth a sus espaldas—. ¡Debemos luchar juntos!

       Pero Asiont continuó andando, haciendo caso omiso de las súplicas de su amiga. Areth no estaba dispuesta a dejarlo seguir el juego a Zura. Lo alcanzó corriendo y le suplicó:

       —No te entregues al odio, ¿no te das cuenta que eso es lo que él desea? ¿Acaso no recuerdas lo que me enseñaste? “Un Celestial no se deja llevar por la rabia porque es dueño de sí mismo”.

       El Celestial contempló el rostro de Areth y se detuvo.

       —Tienes razón.

       —Parece que la chiquilla sabe mantener la cabeza fría —murmuró Zura con una sonrisa burlesca. Areth le dirigió una mirada de furia—. En otros tiempos y en otras circunstancias quizá hubieras llegado a ser una verdadera Celestial, pero desgraciadamente nos encontramos en el ocaso final de una Orden que alguna vez fue admirada y respetada hasta que fue corrompida por la cobardía, la arrogancia y la estupidez.

       —Tengo la impresión de que haces esto por algo más que riquezas —Asiont se movió hacia un flanco de Zura mientras Areth se acercaba por el otro lado—. ¿Por qué odias tanto de los Celestiales? ¿Acaso quieres vengarte de la Orden? Aristeo una vez nos dijo que había que prestar atención al eco que nuestras palabras producen en los demás y acabo de percibir algo de ira en ti cuando mencioné la palabra “venganza”.

       —Sólo estás diciendo tonterías, novato —La tormenta que era el aura oscura de Zura rugió con una furia incontrolable—. Según entiendo, hay otros tres Celestiales más por aquí, ¿no es cierto? Una vez que acabe contigo y la chiquilla, iré a buscarlos para matarlos también y entonces la maldita Orden se habrá extinguido para siempre.

       —No tienes idea de cuantas veces he oído eso —dijo Asiont.

       Las palabras estaban de más entre todos. Había llegado la hora de pelear y matar. Las auras de los tres contendientes llenaron el ambiente. Una explosión se escuchó a lo lejos y Asiont saltó hacia Zura con el puño listo para descargar una rápida ráfaga de aire congelante. Areth extendió sus manos al frente, en perfecta sincronía con el ataque de Asiont… y ambos se miraron entre sí, pues Zura ya no estaba entre ellos.

       Asiont levantó la mirada justo a tiempo para ver la suela de la bota de Zura caerle sobre la cara y lanzarlo al piso. Areth se abalanzó sobre la espalda de su adversario y éste se medio volvió, haciendo un gesto casual con la mano para dispararle una ráfaga de luz que la Celestial bloqueó formando un escudo cóncavo de aura.

       —Interesante —murmuró Zura—. Parece que esto será un tanto divertido.

       Azmoudez logró contener entre sus manos los feroces rayos de Sailor Kinmoku. El general había creído que ocuparse de unas cuantas Sailor Senshi no iba a representar un reto para él, pero el poder de Sailor Kinmoku era notoriamente superior al de las otras guerreras con las que había tratado en la Churubusco. El ataque pareció intensificarse cuando Kakyuu cabeceó hacia delante y las descargas quemaron los guantes de Azmoudez, quien tuvo que hacer acopió de la fuerza de su Chi para imponerse hasta que los rayos se extinguieron solos.

       —Son unas malditas mocosas insolentes —murmuró el general, mirándose las manos con atención para evaluar sus heridas—. No tenía idea de que pudieran hacer algo como esto, pero no les ayudará en nada. Ese ataque sólo consiguió lastimar levemente mi piel.

       El general dio un paso al frente al tiempo que Hikaru, Fuu, Umi y Sailor Saturn inclinaban sus armas hacia delante y Sailor Pluto hacía lo mismo con su báculo, presentando una defensa conjunta para hacer frente a Azmoudez, quien no dejaba de sonreír malévolamente. Sailor Kinmoku pensó en usar su ataque de nuevo, aunque para eso debía esperar algo de tiempo para reponer sus energías.

       —Todavía no has ganado, traidor —dijo Hikaru con determinación.

       —Eso puede arreglarse, mocosa —replicó Azmoudez. El general alzó una mano con la palma vuelta hacia delante y disparó una veloz descarga—. ¡Quiero ver que sobrevivan a esto!

       La descarga iluminó el rostro de todas. Sailor Saturn se dispuso a crear la Silent Wall levantando su Silence Glaive y desplegando su energía. Pero antes de que Hotaru lograse formar la barrera, Fuu salió al paso y agitó su mano para liberar una corriente de viento mágico que rodeó al grupo, formando un muro impenetrable que bloqueó el ataque y causó la sorpresa de Sailor Saturn y Sailor Pluto. El general abrió los ojos de par en par, incrédulo.

       —¡Demonios! —gritó Azmoudez—. Nunca creí posible que un simple grupo de niñas me ocasionara tantos problemas. Sin embargo, no deben sentirse tan seguras ya que todavía no he usado mis máximos poderes.

       —Que coincidencia —murmuró Sailor Saturn, blandiendo su Silence Glaive hasta que la punta del arma apuntó al pecho del general—. Yo tampoco he usado el poder de la destrucción.

       Azmoudez sintió ganas de reírse a carcajadas.

       —¿El poder de la destrucción? No digas esas tonterías, Sailor Saturn. Las he visto luchar en diferentes circunstancias y ninguna de ustedes posee la fuerza necesaria para medirse conmigo porque yo… ¡¡Ahhh!! —Una descarga eléctrica lo golpeó en la nuca, provocando que el cabello se le erizara por completo y haciéndolo estremecerse de dolor—. ¿Qué demonios fue eso? —Se giró hacia sus espaldas para ver qué había ocurrido y descubrió a Sailor Jupiter con las dos manos extendidas al frente y una expresión de furia en el rostro—. Tú… .

       —¡Sailor Jupiter! —exclamó Hikaru.

       —Azmoudez —dijo Makoto, apuntándole con el dedo índice—. Te vas a arrepentir de habernos engañado para traernos a esta trampa. Yo soy la poderosa Sailor Jupiter y he jurado defender a mis amigas. ¡Esa es mi misión!

       —Sailor Jupiter, espera un momento —repuso Azmoudez—. Comprendo que estés molesta y no desees creer nada de lo que diga, pero aún así te pido que me escuches por un momento.

       Makoto lo miró con furia.

       —Cállate, farsante. Tú y yo no tenemos nada de que hablar —Sailor Jupiter se abalanzó sobre el general y trató de golpearlo usando sus manos y pies, pero Azmoudez comenzó a esquivar todos los ataques—. Me mentiste diciendo que eras mi amigo, pero lo único que deseabas era ganarte mi confianza y eso no te lo voy a perdonar jamás.

       Tras eludir un veloz puñetazo, Azmoudez le dio a Sailor Jupiter un fuerte rodillazo en el abdomen que la hizo caer de cuclillas al suelo. El general contempló a Makoto con una mezcla de severidad y altanería. Las Guerreras Mágicas y las Sailor Senshi se horrorizaron al ver que Sailor Jupiter estaba a merced del general y comenzaron a llamar a su amiga por su nombre. Incapaz de mantenerse quieta por más tiempo, Hikaru abandonó la protección del viento defensivo de Fuu y se aproximó a Azmoudez con la espada en alto.

       —No te atrevas a lastimarla —advirtió la Guerrera Mágica.

       —Despreocúpate porque no tenía pensado hacerlo —respondió Azmoudez sin dirigirle la mirada a Hikaru—. Es cierto, Sailor Jupiter. Les mentí y traicioné a todos, pero hay algo en lo que fui sincero y eso es la amistad que te ofrecí. ¿Por qué me obligas a luchar contigo?

       Sailor Jupiter levantó la cara con una mirada que era puro desprecio.

       —No te atrevas a hablar de amistad —masculló Sailor Jupiter mientras trataba de levantarse—. En tu boca esa palabra suena a blasfemia. Primero nos traes a esta trampa y ahora tratas de hacerles daño a mis amigas. ¿Acaso estás loco?

       —¿Loco? —Azmoudez dejó escapar una risita—. No, simplemente hago lo necesario para sobrevivir como cualquier persona que aprecia su propia vida. No te pido que lo comprendas, Sailor Jupiter, pero en realidad esto no es nada personal contra ti o tus amigas.

       —¿Nada personal? —inquirió Hikaru—. ¿Cómo puedes decir eso?

       —Oye, niña, escucha… .

       —No —lo interrumpió la Guerrera Mágica—. Tú escucha. No conozco todo lo que ha sucedido en este universo, realidad o como quieran llamarla, pero lo que has hecho es algo horrible. Traicionaste a toda la gente que confiaba en ti. Eso es imperdonable. ¡Eres un cobarde!

       —Un cobarde, ¿eh? —repuso Azmoudez con afabilidad—. Sí, adelante, llámame cobarde o traidor. No me interesa lo que piense ninguna de ustedes, mocosas tontas. ¿Es qué acaso en sus mundos carecen de sentido común? Los Caballeros Celestiales las engañaron para traerlas a una estúpida guerra que ya estaba pérdida desde antes de que ustedes llegaran. Nadie podrá vencer a N´astarith o a sus ejércitos, pero ustedes actúan igual que los pobres idiotas de la Alianza Estelar. ¿No lo comprenden? Aquellos que se oponen a la voluntad de Abbadón morirán, pero ése no será mi destino o el de mi hermano Azrael. A cambio de servir al Imperio, N´astarith ha ofrecido perdonarnos la vida y podremos empezar de nuevo cuando este terrible conflicto termine.

       —¿Empezar de nuevo? —repitió Sailor Pluto en un tono arisco—. De modo que somos el precio que garantizará que N´astarith te deje vivir, ¿cierto?

       Azmoudez volvió su rostro hacia la Sailor Senshi del Tiempo.

       —Sí, lamento que las cosas tengan que ser así, pero ustedes nunca debieron venir a este universo. No es que sienta simpatía por lo que hace N´astarith o sus guerreros, pero para sobrevivir haré lo que sea necesario. Son ustedes o nosotros. —En cada una de sus palmas brilló una flama de luz—. Es curioso, pero cuando las conocí nunca pensé que tendría que matarlas.

       —No… —Hikaru sujetó la espada con ambas manos—. No lograrás hacerlo.

       Una descarga púrpura brotó de la mano de Azmoudez y avanzó con rapidez en dirección a la Guerrera Mágica, que cerró los ojos de forma instintiva. Fuu, Umi y las Sailor Senshi contemplaron la escena con una mezcla de horror y conmoción. El rayo impactó de lleno contra la magnifica espada y provocó una brutal explosión que cubrió en su totalidad a Hikaru.

       —Adiós, niña tonta —musitó Azmoudez.

       Astronave Churubusco
       Nivel Cuarenta y uno

       Andrea, Misato y Vejita finalmente llegaron hasta la puerta de acceso. La reina se acercó al panel de control para teclear un código, pero nada sucedió. Las compuertas no se abrieron. Habían sido reprogramadas desde el interior. Andrea comenzó a golpear los controles con el codo.

       —¡Maldición! —exclamó—. ¡No se abren! ¡Maldita sea!

       —Déjame probar a mí —dijo Misato, apuntando con su arma el panel de control.

       —No funcionará está vez —murmuró Andrea—. Cariolano debió activar la seguridad en el interior y ahora nada de lo que hagamos podrá abrir las puertas. La única opción que tenemos es contactar al Puente de Mando para que la computadora principal trate de obtener la nueva clave.

       —¿Y eso cuanto va a tardar? —inquirió Misato.

       —No tengo idea —repuso Andrea—. Podría ser bastante tiempo. También podríamos intentar abrirlas a la fuerza, pero dudo que… .

       —A un lado.

       Vejita se plantó frente a la puerta, mientras levantaba la mano con la palma vuelta hacia delante, y miró con el ceño fruncido a Misato y Andrea. Como ninguna de las dos se movía, el saiya-jin hizo un gesto perentorio con la cabeza para indicarles que se apartaran de su camino.

       —¿Qué estás planeando? —le preguntó Andrea.

       —Voy a destruir la entrada.

       —¿Cómo dices? —exclamó la reina—. ¿Te has vuelto loco? Esas puertas están hechas de una aleación llamada duranio y es extremadamente resistente. No estarás pensando usar alguna ráfaga de aura para destruirlas.

       —Maldición, he dicho que se quiten —replicó Vejita, sin dejar de apuntar su mano contra la entrada—. No sé qué rayos es el duranio, y de hecho no me importa, pero lo que sí puedo decirles es que sí no se quitan las volaré en mil pedazos junto con las puertas.

       —Ni siquiera sabes sí podrás lograrlo —dijo Andrea sin dejarse amedrentar.

       —¿Qué cosa? ¿Destruir las puertas? —murmuró Misato, que no comprendía cómo Vejita iba a destruir la entrada del Nivel Cuarenta y Uno usando sólo una mano—. Aguarden un minuto, por favor. Me podrían explicar de qué hablan ustedes dos.

       Una esfera luminosa de tamaño diminuto apareció en la palma de Vejita, y comenzó a hacerse más grande con cada segundo que pasaba. Andrea sabía que el saiya-jin tenía la habilidad de controlar su propio Chi gracias a los reportes que le habían suministrado los Caballeros Celestiales, pero ignoraba por completo cuáles eran los alcances de tal poder. ¿De verdad lograría destruir la entrada del Nivel Cuarenta y Uno? Las puertas acorazadas tenían cuatro metros de grosor, estaban blindadas para aumentar la protección y, en teoría, podrían resistir el impacto directo de un disparo de turboláser.

       —¿Qué ese brillo que tiene en la mano? —quiso saber Misato.

       —Voy a contar hasta diez antes de disparar —anunció Vejita sin emoción alguna en su voz—. 1… 2… 7…

       Andrea y Misato se miraron entre sí y luego se volvieron hacia el saiya-jin.

       —¿Disparar? —murmuró Misato.

       —9… .

       —¡Corre! —exclamó Andrea, jalando a Katsuragi del brazo.

       La bola de luz salió disparada hacia las compuertas, estallando con una fuerte explosión que no provocó el menor daño. Vejita quedó malamente impresionado. Tal vez la reina no había exagerado cuando le dijo que las puertas eran resistentes. ¿Acaso necesitaba usar más poder? El laboratorio del doctor Gero había volado en pedazos con menos que eso. Una nueva esfera de Ki comenzó a materializarse delante de la palma del poderoso guerrero saiya-jin. Está vez usaría el triple de fuerza.

       —¡Te dije que no sería tan simple! —le gritó Andrea.

       —No molestes —replicó Vejita.

       El único sonido que se oía dentro de la Sala de Conferencias en el Nivel Cuarenta y Uno era las pisadas de los últimos embajadores y líderes que corrían en forma desordenada hacia un pasillo cercano para esconderse ahí. Los pocos guardias que aún quedaban con vida atacaron con sus armas a José Zeiva, pero no lograron detenerlo y uno por uno fueron cayendo. Cuando el último soldado murió bajo las llamas de su afilada hoja, el otrora emperador de Endoria hizo una pausa para encender su comunicador y luego guardó su espada.

       —Nocte, ¿me escuchas?

       En el laboratorio principal de la astronave, una bella mujer vestida de negro dirigió una mirada hacia sus espaldas. A través del vapor que inundaba la habitación podía distinguirse algunos de los cadáveres de los científicos, técnicos y guardias de seguridad que acababa de asesinar. Nocte esbozó una sonrisa de niña traviesa cuando advirtió el sonido inconfundible de su comunicador. La joven respondió a la llamada con un tono de voz sensual.

       —Hummm, me gusta que hables para saludar.

       —Déjate de estupideces y dime sí ya tienes las gemas estelares o no.

       Ella bajó la mirada para contemplar las tres hermosas piedras brillantes que descansaban encima de una mesa. Una de las gemas era de color ámbar y llevaba la palabra “Iod” en idioma antiguo; la segunda era de un azul claro y tenía escrito “Lamed”. Y la última, incolora y con la inscripción “Tzadi”. Al estar juntas emitían luz como sí estuviesen vivas. Los ojos de Nocte se iluminaron con el resplandor de las gemas de la leyenda.

       —Sí, las encontré justo donde Cariolano y Azmoudez nos dijeron que estarían. ¿Sabes? Uno puede sentirse realmente poderoso cuando sostiene una de estas magnificas joyas. Es como tener el infinito en las manos. Ahora entiendo por qué N´astarith las desea tanto.

       —Me importa un demonio lo que N´astarith quiera —repuso José Zeiva—. Sí ya las tienes ven inmediatamente al Nivel Cuarenta y Uno. Casi he terminado con todos los miembros del Consejo de Líderes y demás alimañas de la Alianza.

       —N´astarith estará encantado con tu labor.

       —Con lo mucho que me interesa lo que piense ese maldito infeliz —repuso José mientras su escáner de poder se activaba—. Humm, será mejor que te apresures. La computadora de mi armadura de batalla está detectando la cercanía de una presencia poderosa y… .

       Antes de que terminara de hablar, las puertas de acceso estallaron. Fue una explosión increíble que destrozó cuatro metros de duranio sólido e hizo que todo el Nivel Cuarenta y Uno se sacudiese con fuerza. Una nube de humo gris envolvió el ambiente, impidiendo toda visibilidad y causando que los sobrevivientes del Consejo de Líderes comenzaran a toser. José dirigió su mirada hacia la entrada y sintió un nudo en la boca del estómago cuando su radar de poder le indicó la cifra de dieciocho millones de unidades.

       —¡Pudiste habernos matado! —se escuchó gritar a Andrea.

       Cuando el humo comenzó a disiparse, apareció Vejita caminando tranquilamente hacia el interior de la habitación. Misato y la reina Andrea lo seguían de cerca sin dejar de mirar la terrible destrucción que el poder del saiya-jin había causado.

       —No me interesa en lo absoluto lo que piensen, mujer —murmuró el saiya-jin, sin molestarse en dirigirles la mirada—. Admito que no esperaba que la puerta resistiera tanto, pero no hay nada que no pueda destruir.

       —Por favor, ayúdenos, majestad —murmuró un embajador que permanecía agazapado contra una de las paredes—. Reina Andrea, no se acerque. ¡Traigan ayuda! ¡El demonio está entre nosotros!

       Misato y Andrea se inclinaron para socorrer al embajador. El pobre hombre estaba pálido de miedo y parecía a punto de desmayarse. Mientras Andrea lo interrogaba sobre lo qué había sucedido, Misato recordó al almirante Cariolano y comenzó a apuntar a ciegas hacia las sombras que veía al frente. La neblina de humo dejada por la explosión, y la oscuridad reinante no dejaban ver mucho, pero logró distinguir una gran cantidad de cuerpos en el piso.

       —Las matará… por favor… ayuda… .

       —Tranquilícese —le pidió Andrea—. ¿Dónde está el almirante Cariolano? Tiene que decirme.

       —Cariolano está muerto como ustedes también lo estarán —dijo una voz que sonó como un trueno, una voz que Andrea encontró angustiosamente familiar. José Zeiva surgió de la neblina y la oscuridad que lo cobijaban caminando a paso tranquilo y se detuvo—. Ese cobarde de Cariolano trató de engañarme diciendo que habías muerto, pero yo sabía que no era verdad y luego lo aniquilé como hice con los miembros del Consejo de Líderes.

       Un vacío helado se abrió en el corazón de la reina, pero se hubo de tragar el dolor y la pena. Sólo dejó una calma precariamente vacía.

       —Tú… ¿cómo pudiste hacer esto? N´astarith te ha corrompido completamente.

       —La Alianza Estelar está finiquitada, Andrea —repuso José—. Falta poco para que la guerra termine.

       —Huyan —dijo el embajador débilmente—. Él mató a todos… .

       —¿Quién eres tú y qué haces aquí? —preguntó Misato, apuntándole con su arma a la cabeza—. ¡Responde!

       —Soy la última persona que verás en esta vida —dijo Zeiva y a continuación alzó un brazo con la mano abierta para lanzar una llamarada contra Misato—. ¡Desaparece de mi vista, mujer!

       Cuando la llamarada estuvo a punto de alcanzar a la teniente Katsuragi, el príncipe de los saiya-jin se interpuso entre José Zeiva y Misato para detener el fuego demoniaco usando una sola mano. Misato estaba completamente anonadada y cayó sentada en el piso. De momento no tenía capacidad para comprender por qué Vejita podía lanzar rayos de energía o detener el fuego.

       —No sé quien seas o cómo llegaste a esta nave, sabandija, pero es un hecho que no estás con los Caballeros Celestiales o los otros estúpidos que trajeron de los demás universos, ¿verdad?

       Zeiva retrocedió un paso hacia atrás sin dejar de mirar al saiya-jin. Ambos se examinaron durante un rato antes de que el terrestre decidiera romper el silencio.

       —Será mejor que te hagas a un lado, entrometido.

       —No me equivoqué entonces —concluyó Vejita—. Tú eres uno de los inútiles guerreros que trabajan para N´astarith. Lamento decirte que este lugar será tu tumba porque vas a morir.

       —¿Vas a matarme? No creas que te será tan fácil —Zeiva sabía que Vejita era bastante fuerte, pero tenía que aparentar normalidad—. Parece que ese tonto de Azmoudez no hizo bien su trabajo porque nos aseguró que no habría nadie con poderes a bordo de la nave.

       Los agudos ojos de Vejita notaron la tensión con la que Zeiva mantenía sus puños cerrados.

       —Pareces algo nervioso —se burló el saiya-jin.

       “Maldición”, pensó el terrícola. “Este enano ya se dio cuenta. Tengo que pensar en algo o me matará antes de que pueda llegar a mi nave. Debo ganar tiempo”.

       Vejita dio un paso adelante sin dejar de observar a su enemigo. En su rostro mantenía la sonrisa propia de un guerrero saiya-jin que se dispone a eliminar a sangre fría un oponente menos poderoso y patético. No tenía idea de quien era el sujeto que tenía al frente, pero estaba seguro que no se trataba de un Khan y eso lo hizo sentirse decepcionado en cierta forma

       —Tienes mala suerte de haberte topado con el gran Vejita.

       —¡Espera, Vejita! —gritó Andrea—. ¡No lo mates! ¡Es mi hermano!

       El saiya-jin volvió la mirada por encima del hombro.

       —¿Qué ridiculeces estás diciendo, mujer? ¿Cómo que tu hermano?

       Aprovechando la distracción, José bajó su mano hasta la empuñadura de la Espada del Fuego y la desenvainó con rapidez, hiriendo con su filo ardiente los muslos del orgulloso príncipe de los saiya-jins. Vejita se vio obligado a retroceder y miró sus piernas. La carne había sido rasgada y manaba sangre de los cortes.

       —Cuidado, mi espada mágica está más afilada que una navaja de afeitar —dijo José Zeiva como si estuviera haciendo una confidencia—. Ahora, no te muevas porque estoy seguro que esto te dolerá más a ti que a mí. Primero acabaré contigo y luego me arreglaré con mi hermana.

       José avanzó con un paso, intentando cercenar la cabeza de Vejita con un poderoso mandoble. En el mismo instante, el saiya-jin se agachó para eludir la brillante hoja cubierta de llamas blancas y luego le soltó a su adversario un par de golpes en el cuerpo y concluyó dándole un potente gacho en la quijada que lo hizo dejar caer la espada en el suelo. Zeiva se tambaleó unos pasos hacia atrás viendo destellos rojos para finalmente caer sentado.

       “Si que pega duro este maldito enano desgraciado”, pensó José mientras se acariciaba la parte de la máscara que protegía su mentón y levantaba la mirada hacia el príncipe de los saiya-jin. “¿Qué puedo hacer? No me había sentido tan impotente desde la vez en que Jesús y yo luchamos juntos contra ese inútil de Superman, y eso que he incrementado mis poderes desde aquella batalla”.

       —¿Qué me dices ahora, gusano? —se burló Vejita—. ¿Vas a seguir fanfarroneando?

       José comenzó a incorporarse lentamente. Todavía sentía como si tuviese anestesiada la mitad de la cara y por momentos tenía la impresión de que no lograría salir con vida de ahí. Definitivamente, aquel hombre malencarado y de cabello en punta tenía un poder de pelea de dieciocho millones de unidades. Lo escudriñó con el escáner incorporado en el visor de su casco y se permitió un respiro de alivio cuando la computadora le informó que Vejita no tenía un cuerpo invulnerable. Al menos eso marcaba una diferencia significativa con respecto al penoso encuentro que había protagonizado contra Superman en el pasado.

       —Si que eres engreído… .

       Vejita se acercó todavía más, con una sonrisa divertida en los labios. No tenía ningún interés en contenerse y estaba decidido a matar a su oponente. Hermano de Andrea o no. Los detalles acerca de José Zeiva le eran indiferentes. No iba a dejarlo con vida por ningún motivo.

       —No lo puedes ocultar, insecto. Estás muerto de miedo por mi poder de pelea.

       —Puedes apostar eso —musitó José entre dientes. Carraspeó un poco y luego habló en voz alta—: Búrlate todo lo que quieras, enano, pero todavía tengo un as bajo la manga para darte tu merecido.

       —¿Ah si? —repuso Vejita riendo—. Me gustaría saber cuál es.

       José Zeiva dio un paso atrás sin dejar de agarrarse el costado derecho bajo el brazo. Aún sentía dolor en esa parte de su cuerpo, pero no podía dejar que el saiya-jin se diera cuenta de que estaba lastimado. Tenía que aparentar normalidad pasara lo que pasara, tenía que dejar que su enemigo se confiara. Vejita era un rival de menor estatura, así que lo más recomendado era mantener una distancia hasta tener una idea de qué rayos hacer para escapar. Los humillantes recuerdos de su derrota frente a Superman se le vinieron a la mente de nuevo.

       —Sí, ya lo verás, por lo pronto podría ahogarte en sudor… .

       Vejita frunció aún más el entrecejo. ¿De verdad tenía su rival un plan en mente o sólo estaba alardeando? El Ki que percibía en el hombre dentro de la armadura era poderoso sin duda, pero no se comparaba en absoluto con el suyo propio y eso que ni siquiera estaba convertido en un súper saiya-jin.

       Vejita alzó el brazo y le dio un rápido derechazo en el rostro, haciendo recular al terrestre antes de soltarle un segundo golpe que hizo que José saliera despedido de espaldas contra una pared. Todavía estaba cayendo al suelo cuando Vejita, moviéndose a una velocidad impresionante, apareció frente a él y lo golpeó duramente en el abdomen, obligándolo a doblarse sobre el puño de Vejita, quien lo sujetó del cuello con la mano para levantarlo sobre su cabeza y luego arrojarlo al piso como si fuese un desperdicio. Pero José todavía tenía fuerzas para pelear, de modo que apenas se puso de pie, atacó al saiya-jin con un veloz puñetazo aunque Vejita lo esquivó, haciéndose a un lado con un simple movimiento.

       José hizo un nuevo intento por contraatacar, girándose hacia el saiya-jin, pero éste se agachó para eludir el golpe y luego evitó una patada circular inclinándose ligeramente hacia atrás. Antes de que el terrestre pudiera intentar otra cosa, Vejita lo mandó a volar varios metros por el aire con un violento puñetazo. José se puso de pie de nuevo, pero está vez Vejita no le dio tiempo de nada. El saiya-jin le descargó una serie de rápidos puñetazos que lo hicieron retroceder; primero le dio un gancho en la espalda que lo hizo doblarse hacia atrás, después dos puñetazos más en la cara y finalmente le sacó el aire de un fuerte golpe en el abdomen.

       —¿Qué sucede contigo, gusano? —inquirió Vejita burlonamente, mirando como su rival se desplomaba delante de él. Alargó un brazo y lo sujeto del cuello para sostenerlo—. Pensé que me ibas a sorprender.

       —Siempre me ha gustado dejar… las sorpresas para el final —repuso José, alzando la cara. Su respiración podía escucharse bastante agitada tras la máscara gris que le cubría el rostro—. Apuesto a que… lo puedes hacer mejor, ¿no?

       Y por supuesto que podía. Vejita sujetó a Zeiva por los hombros y lo arrojó con ímpetu hacia el piso para luego caerle con ambos pies en el pecho, hundiéndolo en el suelo de acerocreto, que se quebró con un fuerte estruendo y levantó una nube de polvo y escombros por el impacto. La armadura de duranio le permitía soportar la paliza que estaba recibiendo, pero tenía que hallar una manera de vencer a Vejita antes de que las cosas empezaran a salirse de control. Sí el cuerpo del saiya-jin no era invulnerable como el de otros enemigos que había enfrentado antes, entonces podía emplear todas las armas de las que disponía la armadura de batalla.

       Zeiva se puso de pie con lentitud. Estaba un tanto aturdido y su lujosa capa de sintoseda estaba hecha jirones, pero al menos la armadura no tenía daños importantes. Extendió el brazo derecho hacia el saiya-jin, le apuntó con el puño y disparó un pequeño mísil desde el cañón incorporado en su antebrazo. El proyectil avanzó hacia su objetivo con un estridente sonido y… José Zeiva observó cómo Vejita lo atrapaba con una mano sin demasiado problema.

       —¿Qué es esto? —inquirió Vejita riendo—. ¿Acaso es un juguete?

       El sonriente saiya-jin notó que el objeto que sostenía emitía una pequeña luz roja que parpadeaba constantemente, de modo que acercó la cara para observarlo mejor. Un segundo después el proyectil estalló con fuerza, por lo que la cabeza de Vejita desapareció en una nube de humo.

       —Sí, y es uno de los que se rompen con facilidad —se burló José Zeiva.

       Cuando el humo se disipó, apareció Vejita con el rostro tiznado por la explosión y un hilo de sangre brotándole por la boca. El poder del Ki hacía de Vejita un oponente realmente fuerte, pero no le daba inmunidad frente a las armas de la armadura de batalla y el terrícola pretendía usar ese factor para equilibrar un poco las cosas.

       —¡Maldito insecto! —rugió el saiya-jin—. ¿Te atreves a reírte de mí?

       —En realidad trataba de matarte —repuso Zeiva, lanzando una rápida patada de gancho que Vejita bloqueó cruzando los antebrazos—. No me asustas, enano, he peleado con adversarios más duros y feos que tú y he sobrevivido.

       —¡Yo no soy como ninguno de ellos!

       El saiya-jin atacó tan duro como en las veces anteriores, golpeando el rostro de José Zeiva de forma tan brutal que éste cayó hacia atrás y comenzó a ver múltiples destellos rojos y azules. La computadora de la armadura desplegó un mensaje de alerta que apareció en el visor: “Advertencia. El pectoral de la armadura ha sufrido daños en su estructura externa. El brazal derecho presenta fallos en su sistema de armas. Pérdida de energía en un 23%”.

       —De acuerdo, busca tu centro —musitó José para sí mismo, haciendo un esfuerzo para volver a incorporarse. Sabía que no tenía oportunidad de vencer al saiya-jin en un intercambio de golpes. Escapar era la única esperanza, pero no podía irse mientras Nocte no apareciera con las gemas estelares. Tenía que ganar algo de tiempo—. Maldito seas, enano greñudo —José extendió la mano izquierda al frente y atacó usando una descarga sónica de dos millones de decibelios—. Espera que te guste la música —añadió al tiempo que retrocedía.

       Vejita se cubrió las orejas inmediatamente. Mientras apretaba los dientes, el saiya-jin trataba de resistir el intenso dolor que le causaba la descarga de sonido. De pronto el mundo comenzó a darle vueltas. El ruido era tan intenso que había empezado a afectar su sentido del equilibrio. Ni siquiera podía escuchar sus propios pensamientos y se vio forzado a apoyar una rodilla en el suelo para no caer.

       —¡Vejita! —exclamó Andrea—. Hermano, déjalo.

       —Quizá seas fuerte, pero ni siquiera tú puedes resistir esto. ¿Te gusta?

       —Tú… .

       —¿Qué dices? Oh, lamento que no pueda escucharte. ¿Quieres que suba el volumen?

       —Tú… ¡realmente me desesperas! —gritó Vejita, liberando de golpe toda la fuerza de su aura en una explosión rugiente de poder que tumbó a todos en medio de un estruendo. El cabello del saiya-jin pasó del negro al rubio en un segundo y el radar de poder de José desplegó un mensaje de advertencia—. ¡Se acabó el juego, sabandija estúpida! ¡Vas a morir!

       Vejita se repuso y, lanzándose a una velocidad increíble, logró ponerle el antebrazo en la garganta a Zeiva para luego aplastarlo contra una pared. El terrícola había llegado al límite de su resistencia y comenzó a sentir que se asfixiaba cuando la parte de la armadura que le cubría el cuello empezó a agrietarse. Las dieciocho millones de unidades de poder se habían convertido en el menor de sus problemas. A José sólo le quedaba un último truco, uno que no le funcionaría dos veces.

       Pero era un truco muy bueno.

       Después de todo, les había funcionado espléndidamente a él y a Jesús Ferrer en una pelea contra Hulk… .

       Se llevó la mano derecha a la espalda para romper la caja del generador de arkonium que daba poder a su armadura de batalla y, con mucho trabajo, extrajo un cable que soltó una sonora lluvia de chispas por todas partes en medio de la penumbra que los rodeaba. Mientras continuaban forcejeando, Vejita se permitió esbozar una sonrisa triunfal.

       —¿Te quedaste sin palabras, gusano? Está vez te tengo.

       —No, yo te tengo a ti —replicó José e inmediatamente después clavó la punta del cable en la frente de Vejita.

       La descarga se introdujo en el cuerpo del saiya-jin y electrocutó a ambos rivales por unos instantes hasta que el generador de arkonium estalló con una fuerza impresionante; llamaradas azules y naranjas cubrieron a los dos hombres para extenderse hacia todos lados, que desaparecieron casi al instante, dejando tras de sí humo negro…  y dos cuerpos en el suelo… .

       —¡Vejita! —exclamó Andrea, agazapada detrás de una mesa de conferencias, al pensar que tanto su hermano como el saiya-jin habían perdido la vida—. ¡No!

Continuará… .

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