Leyenda 118

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO CXVIII

TRAICIONES EN LAS SOMBRAS

        Armagedón

        La pequeña nave de enlace abandonó el interior de uno de los Devastadores Estelares que se aproximaban y se dirigió hacia la enorme estación espacial. Los rayos tractores rodearon al pequeño trasbordador y lo condujeron hasta uno de los muelles de desembarco. La nave redujo su velocidad y se posó en la pista sobre sus soportes de descenso. Toda una legión con más de veinte mil Shadow Troopers, artilleros, tropas auxiliares, ingenieros y oficiales provenientes de diferentes regimientos había sido desplegada. Los soldados estaban alineados a ambos lados de la pista formando un corredor por el cual se desplazaba la comitiva que recibiría al emperador. Entretanto, los cazas imperiales desfilaban por el espacio para unirse a la ceremonia.

        La escotilla se abrió en medio de un leve estruendo metálico, la rampa de abordaje bajó y Tiamat, Fobos, Sarah y Etzal emergieron al exterior para unirse a sus compañeros que aguardaban en la pista de desembarco. Un grupo compuesto por Mantar, Isótopo, Malabock, José Zeiva, Luis Carrier, Bórax y algunos oficiales imperiales de alto rango aguardaban al final de la rampa, flanqueados por los todos los Khans y los últimos guerreros meganianos de la Casa Real fieles a Abbadón. De la nave comenzaron a salir algunos soldados imperiales que escoltaban a Lilim y a Rei Ayanami. Las dos chicas vestían un ajustado traje negro de una sola pieza que les cubría todo el cuerpo.

        —Miren nada más eso, carne fresca —observó Sombrío con la vista fija en ambas jóvenes. El Khan del Lobo chasqueó los labios, a la vez que se las devoraba descaradamente con la mirada—. No me importa lo que digan, tienen que formar parte de mi harem.

        “Eres un maldito enfermo”, Nauj-vir miró de reojo a su compañero con desprecio. “No comprendo cómo es que un sujeto tan patético puede ser un guerrero, pero no debo dejar que las tonterías de Sombrío me distraigan de lo verdaderamente importante. Esa sensación que tuve hace poco no fue casual. De seguro debe tratarse del guerrero que menciona la leyenda de las doce gemas”.

        Justo al lado de los Shadow Troopers, a unos pocos metros de distancia, se encontraban una cantidad considerable de tropas pertenecientes a los principales sistemas estelares aliados del imperio. Contrario a otras veces, los endorianos únicamente habían desplegado un par de batallones integrados por soldados mal equipados y desmoralizados. En contraste, los vastos contingentes de fuerzas rigelianas, nosferatus y licántropas exhibían con orgullo sus armas, las cuales destellaban con el fulgor de la luz artificial del lugar. En el muelle también se hallaba un batallón de gnomulones inorgánicos al frente del cual se encontraba el lugarteniente de Boráx, un inorgánico de rostro hosco llamado Diktor. Los gnomulones no esperaban tener que participar en ese tipo de formalidades, pero Bórax era consciente de que mientras permanecieran en Armagedón, debían actuar como aliados solidarios por mucho que detestaran aquel tipo de actos protocolarios.

        N´astarith salió por la escotilla y miró en torno a sí, a los veinte Khans que lo rodeaban, con sus cascos y tiaras en las manos y envueltos por sus capas negras, de expresión seria y solemne. El señor de Abbadón se sentía orgulloso de sus guerreros y de aquel poderoso ejército intergaláctico que le rendía tributo. Una sensación de profunda confianza comenzó a invadirlo. Ya sólo le hacia falta recuperar las tres gemas sagradas que le habían arrebatado para triunfar, y N´astarith presentía que eso no le costaría mucho trabajo. La guerra terminaría como lo había planificado desde el inicio y él sería el único Señor de los Imperios.

        —Mi señor, sea usted bienvenido —lo saludó Mantar al tiempo que Isótopo, Malabock, José Zeiva, Luis Carrier, los guerreros meganianos y los altos jefes militares de Abbadón inclinaban la cabeza en señal de respeto—. Sus leales vasallos nos sentimos honrados con vuestra presencia.

        —Ah, Mantar, me siento halagado por este recibimiento —repuso N´astarith haciendo un gesto de saludo a la multitud reunida—. Confío que mientras estuve ausente todos habéis seguido con las labores que les encomendé. Los terrícolas deben lanzar su ataquen sobre el sistema Adur lo más pronto posible y destruir a las naves de la Alianza que allí se esconden. Aprovecharemos la ocasión para recuperar las gemas sagradas que esos miserables nos robaron.

        —Las fuerzas terrestres se encuentran casi listas para actuar, mi señor —repuso Mantar mientras echaba a caminar junto a N´astarith, seguidos por los Khans, Malabock, José Zeiva, Isótopo y sus guerreros meganianos—. Sólo que antes nuestros amigos de la Tierra quieren ganarse el apoyo de la población de su mundo antes de lanzar el ataque. Tengo entendido que planean hacer que los terrícolas piensen que fue la Alianza Estelar la que los atacó primero.

        N´astarith asintió con la cabeza.

        —Me parece una idea excelente. De esa forma volcaran todo el odio de los habitantes de la Tierra contra la Alianza y todo lo que tenga que ver con ella. No hay nada mejor para nublar la razón que la furia asesina de la venganza. Con algo de tiempo y paciencia, el planeta azul y sus colonias también se convertirán en satélites de Abbadón. Los terrícolas nos pueden ser muy útiles más adelante.

        —La Alianza Estelar pronto no será más que un recuerdo, mi señor —dijo Mantar entusiasmado—. La galaxia entera estará bajo nuestro control y después expandiremos nuestros dominios por todo el universo. Espere un poco y verá que hasta esos malditos atrios comenzarán a temernos.

        —Todo está saliendo como lo había previsto —aseguró N´astarith tranquilamente—. Pero no podemos cantar victoria todavía, mi amigo. No mientras los Celestiales y aquellos que se les han unidos en los universos donde estaban las gemas estelares continúen dándonos problemas. Tenemos que ocuparnos de ellos de una vez por todas antes de que el problema se agrave.

        —El emperador Asura y los ejércitos de la Alianza del Mal no tardarán en llegar a este universo —les recordó Bórax—. Cuando eso suceda, formaremos una fuerza capaz de aniquilar a cualquiera que se cruce en nuestro camino sin importar de quién se trate. Nada podrá salvar a ese maldito de Karmatrón ni a los Guerreros Kundalini.

        —Por supuesto, mi amigo gnomulón —murmuró N´astarith en un susurro apenas audible—. Una vez que la Alianza Estelar haya sido derrotada definitivamente, mis fuerzas los ayudaran a destruir a la GAU y luego exterminaremos juntos a los Guerreros Kundalini. Todos los que han colaborado con los Celestiales serán castigados por sus crímenes contra Abbadón.

        José Zeiva entornó la mirada. Se hallaba en medio del séquito que iba detrás del emperador, pero lo bastante cerca para escuchar casi todo lo que se decía. Volvía la cabeza de vez en cuando con disimulo para no perder de vista a los Khans. Bórax se mostraba muy satisfecho con la idea de destruir a Zacek y a la GAU, pero lo que ignoraba era que N´astarith se había propuesto ir más lejos. José sabía perfectamente que el oscuro señor de Abbadón no se detendría una vez que consiguiera la fuerza del aureus y la armada imperial aniquilara a la Alianza Estelar.

        Todo obedecía a un solo propósito y muy calculado; un motivo que, de haberlo sabido con antelación, hubiera llenado de inquietudes a Asura y al rey Ban. En opinión de N´astarith, toda la existencia debía quedar sujeta a sus designios una vez que tuviera los poderes para convertirse en el nuevo dios de todas las dimensiones. El poder del aureus era la clave.

        Para José los objetivos estaban claros, sin posibilidad de vacilación: N´astarith debía morir de alguna forma, tanto si era derrotado por la Alianza Estelar como si era asesinado a traición; ello dejaría al imperio de Abbadón sumido en una caótica situación que lo llevaría a la ruina. Entonces, al fin, él recuperaría lo perdido y podría presentarse como el único capaz de restaurar la paz y el orden. En sus encumbradas maquinaciones, ya se veía a sí mismo regresando a Endoria para consolidar su poder. Y todo comenzaría de nuevo, convirtiéndose por fin en el dueño absoluto de la galaxia.

        “Sigue soñando todo lo que quieras, N´astarith”, pensó José mientras dirigía una mirada vaga hacia los gnomulones inorgánicos. “Es una lástima que todo lo que planeaste no te servirá de nada, pero quién dijo que la vida era justa. Lo único que me inquieta por el momento es descubrir qué era aquella extraña perturbación que sentí”.

        El grupo siguió caminando hasta que el muelle quedó atrás y se introdujeron a un corredor que conducía hasta un ascensor donde N´astarith, Mantar y los militares abbadonitas entraron. El resto de la comitiva se quedó afuera esperando instrucciones. Antes de que las puertas comenzaran a cerrarse, el señor de Abbadón llevó su vista hacia Tiamat y el resto de los Khans.

        —Tiamat, entrégale la gema sagrada a Zocrag. Tomaremos un megaciclo para descansar y luego nos reuniremos de nuevo en la cámara del trono. Debemos planificar con cuidado la forma en que recuperaremos las gemas en poder de la Alianza. Y por cierto, Sombrío, no toques a esas chicas que las necesito para mis planes.

         Los Khans hicieron una reverencia.

        —Se hará lo que ordene, mi señor —repuso Tiamat mientras Sombrío trataba de disimular su indignación.

        A bordo de la nave Tao, que estaba por atravesar las barreras dimensiónales y regresar al sistema Adur, Zacek entró en la cabina de control para observar el monitor principal. Lis-ek, de pie junto al androide YZ-1 que conducía la nave, saludó a su esposo con una inclinación de la cabeza. Magneto estaba pegado a los controles, observando las Águilas Reales y a los Transformables.

        —¿Cómo vamos? —preguntó Zacek dirigiéndose a Lis-ek.

        La emperatriz zuyua respiró profundamente antes de hablar.

        —Nos encontramos listos para iniciar el regreso, pero parece que tenemos un serio problema —hizo una pausa y esperó hasta que una imagen de Sephiroth apareciera en la pantalla visora—. Según lo que nos contaron la doctora Ritsuko y ese hombre llamado Masamaru, estos robots son tripulados por pilotos humanos y parece que están en dificultades —Lis-ek señaló a Sephiroth y al Executor-03 en el monitor—. Estos de aquí pertenecían a la organización creada por Fobos. Fueron diseñados usando la tecnología de Abbadón para utilizarlos como armas y les dicen Executors. Los otros dos fueron construidos por los habitantes de la Tierra y son llamados Evas.

        Zacek observó la imagen con atención.

        —Parece que sólo uno de ellos puede volar por el espacio.

        —Eso fue lo que pensé yo también en un inicio —convino Lis y luego apretó un botón para ampliar la imagen—, pero hace unos instantes recibí una transmisión proveniente de uno de los robots. El piloto se llama Musashi y está pidiendo ayuda desesperadamente. Parece ser que los otros tres chicos están inconscientes debido a la batalla que libraron en la Tierra.

        —¿Acaso pelearon entre ellos? —preguntó Zacek, deseoso de saber la verdad de los hechos.

        —Es algo difícil de explicar, emperador —intervino Magneto—. Al principio ambos bandos luchaban entre sí, pero luego todos fueron atacados por un gigantesco robot que los abbadonitas soltaron. Tal vez ése fue el momento en que los pilotos se dieron cuenta de lo que sucedía y por eso las fuerzas imperiales decidieron acabar con todos usando ese monstruo.

        —Creo que comienzo a entenderlo todo —Zacek se acarició la barbilla mientras meditaba sobre lo que le habían dicho—. Fobos usó a esos chicos como marionetas para sus fines, pero después ellos se enteraron de la verdad y entonces se unieron a los pilotos de los Evas. Es probable que todo haya pasado como lo describiste, Magneto.

        Lis-ek se inclinó ligeramente sobre los controles y presionó algunas teclas para modificar digitalmente la imagen de los robots. La pantalla se oscureció por unos instantes y luego mostró una termografía del Executor-03 y del Eva-02.

        —Hice un escaneo de los signos vitales de los pilotos y me temo todos se encuentran en estado crítico. Sólo Musashi permanece consciente, pero su situación es muy complicada ya que es el único que está llevando a los demás. Tengo entendido que los Evas no fueron diseñados para viajar por el espacio.

        —Sí no hacemos algo pronto podrían perderse en el espacio o morir —murmuró Zacek, dirigiéndose a paso veloz hacia la salida del puente—. Me transformaré en Karmatrón nuevamente e iré a rescatarlos ahora mismo. Quiero que avises de esto al alto mando aliado una vez que estemos en el sistema Adur. De seguro esos chicos necesitan atención médica con urgencia.

        —¿No quieres que te ayudemos? —se apresuró a preguntarle Lis-ek—. No has descansado ni un momento desde que llegamos a este universo. Los Transformables podrían apoyarte un poco en esto.

        —Tengo que encargarme de esto personalmente —El emperador zuyua se detuvo ante la puerta de acceso y volvió la mirada por encima del hombro—. La mayoría de los Guerreros Estelares están ocupados llevando a los refugiados y no podemos darnos el lujo de perder más tiempo. Esos chicos nos necesitan.

        La emperatriz asintió con la cabeza.

        —Zacek, antes de que te marches quiero decirte algo —dijo—. Hace unos instantes tuve una extraña sensación. No se trataba de una presencia negativa o de algún tipo de peligro que nos amenazara, sino de algo que no aún sé cómo interpretar. Fue como si mi propia aura tratara de advertirme sobre un suceso importante.

        Zacek permaneció pensativo un instante antes de responder.

        —Ahora que lo mencionas, yo también experimenté algo parecido. Mi energía aúrica reaccionó de una forma extraña, pero no estoy seguro de nada. Creo que lo más conveniente sería consultar esto con Shilbalam o Katnatek.

        Astronave Churubusco.

        En la habitación contigua a los aposentos de Saori Kido, los santos de oro y las guerreras de plata estaban tratando de averiguar qué había ocasionado que sus cosmos reaccionaran de la forma tan enigmática en que lo habían hecho. Ni siquiera Dohko o Mu podían aclarar las enormes dudas que surgieron a raíz de lo sucedido. Los santos estaban tan absortos en su conversación que no notaron la llegada de Kanon de Géminis. Cuando entró, los Santos de Oro se volvieron hacia él, expectantes.

        —Kanon —murmuró Mu—. ¿Dónde te encontrabas?

        El Santo de Géminis caminó unos pasos y se detuvo delante de Mu.

        —Estaba recorriendo la nave cuando sentí que mi cosmos reaccionaba ante la manifestación de una fuerza desconocida que ustedes también deben haber percibido sí no me equivoco. No tengo idea de lo qué pudo haber ocasionado eso, pero han estado ocurriendo una serie de cosas muy extrañas.

        —De modo que tú también sentiste esa perturbación del cosmos —observó Mu pensativo—. ¿Pero qué pudo haber ocasionado ese fenómeno? A pesar de nuestras habilidades como Santos de Oro no hemos podido averiguar que fue lo que lo originó.

        —Ciertamente no se trataba de una presencia maligna o de un cosmos atacándonos —reconoció Dohko, reflexionando en lo sucedido—. Fue como si algo o alguien tratara de hacer contacto con nuestro espíritu por medio del cosmos. En todos mis años jamás había experimentado algo parecido.

        Marin exhaló un imperceptible suspiro.

        —Debemos recurrir a Atena. Tal vez ella sepa qué fue lo que ocurrió.

        —¿A qué otros hechos te refieres, Kanon? —le preguntó Milo al santo de Géminis—. ¿Acaso ya habías sentido algo parecido?

        —Hace poco me topé con una ilusión de mi hermano Saga. Al principio creí que se trataba de su espíritu, pero después descubrí que todo era un engaño. Ignoro quién estaba tras esa farsa, pero por lo que me di cuenta sabía bastante sobre mí y sobre Saga.

        —Una ilusión de Saga —murmuró Dohko con recelo—. Quizá sea un poco aventurado lo que voy a decir, pero empiezo a sospechar que tal vez pudiera existir alguien que esté trabajando para N´astarith. Piensen un poco. La idea de un traidor no es del todo descabellada.

        Saori apareció por la puerta mirando a sus santos.

        —¿Un traidor dices? —preguntó ella.

        Los santos se volvieron hacia Saori y bajaron sus cabezas.

        —Son sólo suposiciones mías, Atena —repuso Dohko como disculpándose—. Ninguno de nosotros ha mencionado la existencia de Saga o de la Batalla de las Doce Casas con nadie. Es por eso que creo que alguien trata de tendernos una trampa.

        —Descuida, Dohko —dijo Saori dulcemente—. No debería extrañarnos que N´astarith tuviera a alguien espiando para él en este lugar —guardó un momento de silencio—. Así como ustedes, yo también pude sentir una presencia que hizo reaccionar mi cosmos, aunque no creo que eso estuviera relacionada con lo que vio Kanon.

        —Atena, ¿tú sabes qué fue lo que pasó? —le preguntó Mu, intrigado.

        La joven negó con la cabeza.

        —No, quisiera poder decirles, pero lo ignoro por completo. Sin embargo no debemos temer nada, sino confiar en que saldremos adelante a pesar de lo difícil que todo esto pueda parecernos. Seiya y sus amigos nos han enseñado varias veces lo importante que es creer que la victoria es posible.

        Los Santos observaron la mirada serena y límpida de Atena. La forma en que había pronunciado aquellas palabras los llenó de confianza nuevamente. En los ojos de Saori brillaba un destello de seguridad y confianza que denotaba la enorme fe que le tenía a sus Santos. Dohko sabía que Atena trataba de reconfortarlos con sus palabras, pero le preocupaba el hecho de que la diosa tampoco supiera qué había alterado sus energías cósmicas de aquella manera tan particular. Además, estaba la ilusión de Saga que Kanon aseguraba haber visto y la posibilidad de que existiera alguien al servicio de N´astarith dentro de la Alianza Estelar. El Santo de Libra exhaló un profundo suspiro; sabía que mientras no averiguara todos esos misterios no podría descansar tranquilamente.

        Kanon, que tenía sus propios planes en mente, estaba resuelto a encontrar por su cuenta al maldito que pretendía engañarlo usando la ilusión de Saga. Había empezado a idear una manera de encontrarlo cuando advirtió la presencia de una nueva energía cósmica dentro de la nave. Se trataba de un aura que no había sentido antes, pero tan diminuta que no lograba ubicarla con exactitud. El Santo de Géminis se volvió hacia la puerta y se distanció de cuanto lo rodeaba, bloqueando tanto los sonidos como los movimientos para tratar de localizar al portador de aquella presencia, pero ésta desapareció de súbito.

        El príncipe Jesús Ferrer lanzó una mirada a través del ventanal que tenía delante sin dejar de pensar en aquella luz que lo había cambiado. Se sentía activo y fuerte, más fuerte de lo que se había sentido nunca. Sus hermanos eran parte de sí mismo y juntos habían formado al guerrero de la leyenda. En silencio, se dedicó a observar la llegada de las Águilas Reales y Transformables que empezaban a emerger de un túnel de luz que se había formado a lo lejos. Un grupo de Lightning pasó delante del ventanal a gran velocidad, pero Jesús no les prestó atención y se sirvió una copa de vino. Su sexto sentido, agudizado todavía más a raíz de su contacto con la luz del aureus, le indicó que no se encontraba solo. Una persona había entrado a sus aposentos en secreto y lo observaba silenciosamente desde las sombras. Jesús dio un largo sorbo a la copa y se paseó por delante del ventanal.

        —Olvida el sigilo, pude sentir tu presencia desde que entraste a esta nave.

        Un joven de cabello largo emergió lentamente de la oscuridad y se detuvo a escasos metros del príncipe meganiano. Estaba envuelto en una capa blanca que cubría las hombreras de su armadura forjada de metal. Su piel era de un tono de almendra tostada muy común entre los terrícolas del sur de América. Era de estatura mediana y aparentaba una veintena de años.

        —Veo que tus sentidos son mucho más agudos de lo que eran antes, Jesús Ferrer —le dijo el hombre de cabello largo—. Logré eludir la vigilancia de esta nave con éxito y disminuí mi presencia al mínimo para pasar desapercibido por todos los guerreros que aquí se encuentran, pero no pude esconderme de ti.

        —Me sorprende que hayas podido infiltrarte en la Churubusco —Jesús volvió la mirada por encima del hombro para contemplar a su visitante—. ¿Realmente eres tú? Jamás creí que volvería a verte alguna vez, pero es cierto. Eres el mismo Centinela que conocí hace más de veinte ciclos estelares en ese mundo tan distante.

        —¿Lo dudabas?

        Jesús dejó la copa encima de una mesa y suspiró. Miró nuevamente hacia el ventanal con expresión distante y absorta. Habían transcurrido tantos años desde que ambos habían cruzado una palabra que parecía casi una eternidad. Todo había sucedido en Adén, un diminuto planeta que se encontraba en los confines de la galaxia, pero que contaba con vastos yacimientos de un mineral muy valioso para los endorianos. En ese entonces, el rey Lux le encomendó a Jesús que se dirigiera a Adén para negociar un acuerdo comercial antes de que otra raza se les adelantara. No obstante, lo que en un inicio parecía una simple misión diplomática, se convirtió en una pesadilla. Durante su breve estancia en aquel mundo, los endorianos se vieron obligados a lidiar con un grupo de guerreros fanáticos que servían a un hombre llamado Kron y a una meganiana de nombre Aurora. Ambos se habían proclamado dioses basándose en una extraña mitología que ellos mismos se habían inventado. Lo que Jesús no sabía en un principio, pero que descubrió poco después de su llegada a Adén, era que Kron pertenecía a los Centinelas. Estos conformaban una especie de sociedad secreta cuya misión consistía en velar por la seguridad de todo ser vivo y evitar que el mal irrumpiera en los distintos universos que constituían la Existencia. Se decía que habitaban un misterioso mundo llamado Mystacor y que siempre vigilaban desde el anonimato los sucesos en los diferentes universos. Otro rumor era que los Centinelas rara vez llegaban a involucrarse en los asuntos de otros seres a menos que fuera estrictamente necesario como ocurriría en Adén.

        Las acciones de Kron llevaron a los Centinelas a intervenir. Un grupo de ellos se las arregló para infiltrarse dentro de la flota endorianas disfrazados como simples mercaderes. Sus intenciones eran detener la locura de Kron y evitar la destrucción de Adén a costa de lo que fuera. En medio de los enfrentamientos que se sucedieron entre los esbirros de Kron y los Centinelas, Jesús descubrió la verdadera identidad del joven con el que conversaba en esos momentos. Al final, la amenaza de Kron y Aurora, conocidos en aquel entonces como Él y Ella, pudo ser detenida gracias a los valientes esfuerzos de los Centinelas y los endorianos, pero desde entonces Jesús jamás volvió a tener noticia de los misteriosos moradores de Mystacor.

        —No esperaba que vinieras a verme —dijo Jesús con indiferencia—. Han pasado demasiadas cosas para confiar hasta en uno mismo. Mucho de lo que pensaba que conocía sobre mí ha cambiado radicalmente ahora que conozco mi verdadero destino. He cambiado, Centinela, ya no soy el mismo de antes.

        —Dudas de mí —señaló el Centinela—. Es lógico, pensando que dudas incluso de ti.

        El príncipe se encogió de hombros.

        —Dudar es como el vino. Poco es bueno, mucho es malo —hizo una pausa y dio la media vuelta para quedar frente a frente con el Centinela—. ¿Por que estás aquí? ¿Acaso has venido a ayudarme, Centinela? ¿Es que tú y los tuyos quieren ayudar a la Alianza Estelar?

        —¿Cómo interpretarías lo que es ayuda? ¿Recuerdas la última vez que hablamos?

        —Si, lo recuerdo todo —repuso Jesús—. Aunque haya pasado mucho tiempo desde lo que pasó en Adén, todavía tengo en mente nuestra conversación, así como la terrible batalla contra Kron y sus Protectores y el sacrificio de Burgun.

        —Te dije que debías cuidar tu destino —le recordó el Centinela—. Que tal vez nosotros también te estaríamos vigilando de cerca.

        Jesús lo miró con frialdad.

        —¿Lo has hecho?

        —Digamos que si —El Centinela avanzó hasta que la luz le iluminó todo el rostro. Cuando miró al príncipe de cerca, tuvo que disimular su sorpresa. Parecía que Jesús Ferrer era ahora incluso más fuerte, que estaba más vivo—. Has cambiado realmente ¿me esperabas?

        Jesús se dirigió a la mesa y alzó la copa nuevamente.

        —No, pero ahora que descubrí que soy el Guerrero Káiser no me extraña que hayas decidido venir a verme. Supongo que los Centinelas también percibieron la manifestación del poder que me ha sido otorgado y por eso decidiste buscarme de nuevo.

        El Centinela fue a reunirse con Jesús delante del enorme ventanal y dedicó un momento para observar en silencio las estrellas. El príncipe lo observó y esperó, como concediéndole tiempo para que pudiera contemplar la grandeza de todo el universo.

        —Es un hermosa vista.

        —La belleza es engañosa, Centinela —repuso Jesús con amargura—. Desde aquí puedes verlo hermoso, pero cuando lo alcanzas descubres los horrores de una realidad que supera por mucho las peores pesadillas concebidas. Una vez soñé que todo aquello sería mío con sólo estirar la mano, que podría lograr la prosperidad de la galaxia con sólo desearlo.

        El Centinela suspiró.

        —Veo que fue poco lo que aprendiste en Adén. Poco aprendiste dentro de aquella nave. Viviste una pesadilla y decidiste crear otra, ¿o no, príncipe?

        —¿Eres acaso mi conciencia? —exclamó Jesús con vehemencia—. ¿Vienes a reprocharme lo que hice y no me juzgas por lo que soy ahora? Cometí muchos errores, es cierto, pero también he padecido en gran manera. He perdido a la mujer que amo, a mi hijo y hace poco mi padre y mis hermanos también murieron injustamente. ¿Crees que no he sufrido lo suficiente con todas estas tragedias que amargan mi existencia?

        El Centinela se apresuró a negar con la cabeza.

        —No soy tu juez, ni tu conciencia, pero todos tenemos una y en tu caso me escucha y te lo repite para que tú seas tu propio juez. ¿Cuál sería tu sentencia, príncipe Jesús?

        El meganiano reflexionó por unos instantes. Aquélla era la misma pregunta que se hacía cada día desde la última guerra con Endoria. Durante todo ese tiempo había eludido contestarla y al mismo tiempo convencerse de que no era responsable de la muerte de tantos inocentes, de las crueles brutalidades que aquella atroz guerra había engendrado. No obstante, en lo más profundo de su ser sabía que no podía escapar a la realidad y eludir la responsabilidad de sus actos. Tenía que sincerarse consigo mismo y aceptar la verdad de los hechos.

        —Culpable.

        —¿Y cuál es tu sentencia? —inquirió el Centinela.

        —Debo ponerle fin a esta guerra infernal de una vez por todas, pero lo que no quiero es seguir arriesgando a otros por mí culpa. Ahora sé cuál era mi verdadero destino y pienso cumplirlo haciendo pagar al imperio por todos sus crímenes. Sólo así podrá haber paz en la galaxia.

        —Dime, príncipe, ¿serás también tu verdugo?

        Jesús frunció el entrecejo, extrañado.

        —¿De qué hablas?

        —No dejas de ser egoísta. Lo fuiste al crear Armagedón, lo fuiste al unirte con Abbadón y lo eres ahora al querer hacer las cosas por ti mismo.

        —¡No me digas eso ahora! —exclamó Jesús agitando la copa en el aire, derramando unas cuantas gotas en el suelo—. ¿Y qué es lo que eres tú? Tú y todos los Centinelas han visto todo desde Mystacor y no han intervenido. Ustedes han permanecido indiferentes mientras N´astarith masacraba sin piedad a millones de inocentes. Una vez dijiste que aquel que no evita un mal pudiendo hacerlo, es tan culpable como el que lo comete.

        —Tienes razón, pero dime una cosa ¿qué te hace pensar que no hemos intervenido?

        Una chispa se encendió en los ojos de Jesús Ferrer.

        —Cada pequeño detalle que escapa a la voluntad —comenzó a decirle el hombre de cabello largo con voz firme—, aquello que podrías llamar azar, tal vez no lo sea tanto… incluso mi propia presencia aquí. ¿Acaso las cosas no pueden mejorar? Ustedes al fin han encontrado el sentido de la Alianza Estelar. No el conjunto de planetas o sistemas cohesionados por la fuerza, sino el sentimiento que los une. Ustedes han dado el primer gran paso hacia la victoria ya que han encontrado un sentido al por qué estar juntos, por encima de las pequeñas diferencias. Todos aquellos guerreros que ahora están aquí y que me ha dado un gusto volver a verlos, tienen ahora un sólo objetivo y una sola visión que no difiere de lo tuyo. Ahora todos saben a donde mirar a diferencia del emperador de Abbadón que obliga a todos a mirar donde él mira. Una personalidad fuerte que ha dirigido con mano de hierro a tantos mundos tiende a desgastarse. ¿Qué pasará si ahora el resto de la galaxia se da cuenta de eso? A veces lo que parece una fortaleza resulta ser una debilidad

        Jesús lo miró con atención.

        —Escuché, príncipe, ya no es sólo Megazoar o Endoria. Ya no es sólo Jesús Ferrer o los Caballeros Celestiales. Son más seres venidos de distintos universos que han estado entrelazados entre sí y que ahora han dado sentido a todo. Nada de lo que hagas dejará de tener efecto y consecuencias porque ahora no estas solo. Adonde vayas, siempre tendrás a aquellos que ahora te respaldan.

        —No lo sé —murmuró Jesús, dubitativo—. Muchos de ellos son realmente fuertes, pero no lo suficiente como para enfrentarse con los Khans. Aún no comprenden del todo la fuerza delaureus. Es por eso que debo cumplir con mi destino. Sabes qué pienso hacer, ¿verdad?

        —Lo sé.

        —¿Qué debo hacer entonces, Centinela? ¿Tienes la respuesta?

        —La respuesta que tengo es sobre lo que ustedes van a hacer. El cómo la tienes tú como aquella vez en Adén. Lo que hicimos, lo hicimos juntos.

        Jesús respiró hondo.

        —¿Es esa tu sugerencia? ¿Qué vayamos directo a una batalla que no podemos ganar? 

        —No.

        —¿Entonces?

        —Príncipe, ¿realmente quieres hacerlo? Lo que tú quieres es que te diga que no lo hagas, que es un suicidio y que fracasarás para decidir no hacerlo.

        Un destello de impaciencia cruzó el rostro de Jesús.

        —¿Me estás llamando cobarde? Sólo yo tengo la fuerza para enfrentar a los Khans.

        —Sólo desconfiado e inseguro. Ambos peleamos en Adén y sé que tú puedes hacer lo que te propones. Has andado por la senda equivocada, pero te has arriesgado por ti mismo para obtener lo que querías. Ahora te arriesgarás por otros y eso te confunde.

        Jesús le miró, confundido por sus palabras y el tono sereno.

        —Me juzgas mal.

        —Te conozco bien.

        —Por eso sabías lo de Armagedon y mis planes —dijo Jesús.

        —No seríamos Centinelas si no pudiéramos predecirte.

        —¿Crees entonces que no encuentro un sentido a arriesgarme si es que no lo hago por mí mismo?

        El Centinela meditó un instante.

        —No y eso es precisamente. Ya has encontrado un sentido a esta lucha y que no tiene nada que ver contigo. No te importa morir si con ello la galaxia se salva y eso es lo que te confunde porque eso te hace cuestionar lo que ha sido tu vida hasta ahora.

        —¿Sabes lo que es perder lo que amas? —preguntó Jesús.

        —Lo sé, pierdes el sentido de las cosas. Pasé por eso también.

        —¿Entonces no me juzgas como los demás?

        —Ya te respondí eso —repuso el Centinela—. Los demás tampoco lo hacen si eso es lo que piensas. Sólo perciben esta lucha en tu interior y eso los hace desconfiar.

        —El príncipe Saulo no opina lo mismo, Centinela —murmuró Jesús con cansancio—. Me culpa de la muerte de su padre, el rey Lux de Endoria. Incluso los Celestiales me miran con desconfianza y no dudan en echarme en cara mi alianza con N´astarith. ¿Cómo puedo luchar a lado de ellos?

        —Más que desconfianza es resentimiento ante ti. ¿Acaso puedes culparlos? ¿Esperabas que te recibieran con los brazos abiertos? Abbadón destruyó a los Caballeros Celestiales en el pasado ¿Cómo esperabas que te trataran? Eres tú quién tienes que ganarlos a ellos y no al revés. Van a pelear con alguien que se alió con conocimiento de causa con N´astarith

        —Sólo lo hice porque quería recobrar a mi esposa y a mi hijo —La furia de Jesús se tornó en dolor—. Mi familia fue asesinada y el planeta que había escogido como hogar fue devastado sin misericordia. Ahora todo se ha complicado y las cosas distan mucho de ser lo que había planeado en un inicio. Mi padre y mis hermanos han muerto. Todos ellos murieron por culpa de N´astarith, pero lo haré pagar por eso.

        —Tan emotivo como siempre. Ya admitiste que unirte a N´astarith fue un error, pero ¿qué te motivó a ese error? El mismo que te hizo unirte a N´astarith. Eres demasiado emotivo y dejas que eso obnubile tu razón. No es un error cambiar de bando, pero tus motivaciones siguen siendo tuyas y ahí está lo complicado del asunto. Los demás ven que te uniste a N´astarith por tu esposa e hijo, pero ahora cambias de bando por tu padre y hermanos ¿Cómo pueden confiar en alguien que lucha sólo por él mismo y no comprende el significado de esta guerra? Demuestra eso, que tus motivaciones son otras.

        —Aún así siempre me verán como un traidor. No importa lo que haga.

        —Tal vez, pero ¿cómo te ves tú? No creo que pensabas que tu alianza sea conmemorada con un desfile en tu honor. Te equivocaste, admítelo, pero te diste cuenta de ello. Demuéstralo.

        —Dime, Centinela, ¿N´astarith puede ser detenido?

        —No soy adivino, príncipe. Nunca me lo pregunto cuando voy a una misión. No me lo pregunté en Adén, no me lo pregunté ante Zura, ni ante Él y Ella. Sólo luché sin rendirme, como todos e incluso tú mismo. Sólo te diré esto: la fortaleza de él no son sus Khans, sino él mismo. Su propia seguridad de vencer. Su mayor debilidad es su falta de escrúpulos y eso le pasará factura. Recuerda, príncipe, todos pagamos un precio y N´astarith no es la excepción. Él no sólo no quiere fallar, no puede porque eso sería su perdición. Sólo háganle ver eso, que puede perder, que sienta miedo y habrán ganado la primera batalla, porque quien se asusta, comete errores. Y creo que te has dado cuenta que parte de eso depende de ti.

        Jesús le dirigió una mirada de aprecio.

        —¿Crees que podamos lograrlo?

        —Si, pero lleva en ti lo que los demás te dan que va más allá del poder de cada uno —le aconsejó el Centinela—. Lleva el anhelo y la fuerza interna que cada uno tiene es lograr la paz.

        El Centinela fue retrocediendo lentamente en las sombras hasta desaparecer. Casi por instinto, Jesús Ferrer volvió la vista hacia el ventanal a tiempo para ver una luz que ascendía en la oscuridad cual estrella fugaz cruzando el infinito. “Suerte, Jesús Ferrer”.

        —Gracias, Kay Namura.

        Jesús terminó de beber de su copa y después se encaminó hacia los hangares. Sabía que su destino era enfrentarse a los guerreros de Abbadón por cuenta propia a pesar de lo que pensaran los Centinelas. Ahora que conocía la verdad sobre su origen las cosas se simplificaban de cierta forma. Le agradecía a Kay Namura por dirigirle aquellas palabras de confianza y amistad, pero eso no significaba que compartiera su opinión. Debía derrotar a N´astarith y a los Khans costara lo que costara; aún si ello implicaba perder la vida. Sólo así podría redimirse ante los ojos de toda la Alianza.

        —Lo lamento, Centinela, pero esto es algo que debo hacer yo solo.

        Armagedón.

        En uno de los sitios más recónditos de la estación espacial, Aicila caminaba por un largo pasillo apenas iluminado. Una silueta inmóvil entre las sombras la esperaba a la entrada de una puerta secreta: el hechicero oscuro Malabock. La Khan de la Arpía se detuvo y volvió la mirada hacia atrás para cerciorarse de que nadie la había seguido. Una vez que comprobaron que estaban solos, los dos se adentraron en la habitación secreta donde ya los esperaban Talión, Allus, Suzú, Sarah e Isótopo.

        —La situación amenaza con tornarse más complicada que antes —anunció Aicila apenas cerraron la puerta—. Tendremos que acelerar nuestros planes si queremos deshacernos de N´astarith y asumir el control del imperio. Es de vital importancia ir al planeta Niros para bañar la joya del destino en las aguas del Manantial del Porvenir.

        —Tranquilízate un poco, Aicila linda —la calmó Suzú en forma melosa—. Mientras esperábamos, Sarah nos contó sobre la batalla ocurrida en la dimensión donde se encontraba ese miserable de Fobos. No teníamos idea de que hubiera alguien capaz de matar a Odrare, pero parece que algunos de los nuevos amigos de los Celestiales resultaron ser más peligrosos de lo que imaginábamos.

        —¡Es por eso que debemos actuar con rapidez! —exclamó Sarah—. Todos hemos percibido la aparición del Káiser. —Paseó la vista de Talión a Allus, intentando determinar quién de ellos la apoyaría—. Ahora que el guerrero legendario ha despertado todo podría venirse abajo. Debemos pensar en una manera de eliminar a N´astarith antes de que él se percate de lo que planeamos y decida matarnos a todos.

        Talión se sirvió vino.

        —Creo que no debemos precipitarnos. Opino que lo mejor sería esperar hasta evaluar los sucesos que ocurrirán en el sistema Adur. Una vez que la Alianza Estelar haya quedado fuera de combate y nuestros enemigos estén muertos será el momento oportuno de actuar.

        —Para entonces sería demasiado tarde —murmuró Isótopo con irritación—. N´astarith ya habría reunido todas las gemas sagradas en ese momento y sólo le restaría colocarlas en el Portal Estelar para hacerse con el control de toda la galaxia.  No olviden que ahora que el príncipe Jesús sabe que es el Káiser tendremos el doble de problemas.

        Allus se llevó una copa a los labios y bebió su contenido.

        —El que Jesús Ferrer haya descubierto sus verdaderos poderes es un hecho desafortunado. —Tomó otro trago y observó su propio reflejo en el vino que quedaba en su copa—. Sin embargo —añadió, alzando la mirada—, todos sabíamos que este momento llegaría tarde o temprano y no hay por qué alarmarse. Aunque Jesús sea el Káiser, es obvio que no tiene la preparación adecuada o la resistencia para usar el aureus de la misma forma que nosotros. Hay que admitir que N´astarith planeó muy bien las cosas.

        —Es un grave peligro de todas formas —insistió Isótopo, que había palidecido de pronto—. ¿Y sí quiere vengarse de todos sus enemigos empezando por mí y los Guerreros de la Casa Real? ¿Qué tal sí planea matarnos lentamente? ¡Sería terrible!

        —¿Por qué se inquietan tanto? —quiso saber Suzú de Banshee, que ya parecía estar sufriendo los efectos del vino—. No veo por qué debemos tomar decisiones apresuradas en vez de esperar cómodamente mientras N´astarith y nuestros enemigos se destrozan entre sí. ¿Acaso todo esto es por la aparición del Káiser? ¿Es por la muerte de Odrare?

        —Me preocupa que ahora seamos menos —puntualizó Aicila—. Parecen olvidar que N´astarith cuenta con el respaldo de todos nuestros compañeros y eso incluye al insoportable de Tiamat. A menos que pensemos en una forma de neutralizar a ese engreído y a los otros Khans, no lograremos nada.

        —En eso tiene razón Aicila —aseveró Talión al comprender—. No habíamos tomando en cuenta ese detalle tan importante. Tiamat y los otros Khans querrían tomar el poder en caso de que algo malo le sucediera a N´astarith, lo cual desataría un conflicto en el que todos saldríamos perdiendo. A fin de cuentas estamos como al principio a menos que encontremos una forma de solucionar ese problema.

       —Y N´astarith reúne más aliados a cada momento —dijo Malabock—. Los ejércitos de la Alianza del Mal están en camino como lo mencionó Bórax, pero eso no es todo. Quedan aquellos que Astarte ha traído de las otras realidades, los enemigos de los guerreros que se han aliado a los Celestiales. Además, existe algo más de lo que no están enterados todavía. Hace poco Mantar me envió a otro universo para buscar una joya conocida como la Shikon no tama o Perla de Shikon, la cual tiene el poder de revivir a los muertos.

        —Explícate mejor —le exigió Suzú.

       Malabock se volvió hacia la Khan de Banshee.

       —Tengo entendido que N´astarith conoció a alguien que le contó sobre una batalla que tuvo lugar en el universo de donde provienen los Guerreros Sagradps que sirven a esa jovencita que se hace llamar Atena. Parece ser que uno de estos se rebeló contra el Santuario y eso desató una batalla en la que algunos de los guerreros más poderosos perecieron. Mi opinión es que N´astarith planea usar la perla para revivir a los Santos con la intención de usarlos como peones. 

        —Nada de esto tiene sentido para mí —musitó Allus inquieto—. No veo la razón para tomarse tantas molestias sólo para revivir a unos guerreros sagrados muertos. ¿Quién es la persona que le dijo a N´astarith todo sobre la batalla en el Santuario de Atena? ¿Lo sabes, Malabock?

       —No tengo la menor idea —repuso el hechicero como sí fuera la primera vez que hubiera pensando en esa cuestión—. Sólo sé que odia a Atena por alguna razón y que desea revivir a esos santos. El único problema que teníamos hasta hace tiempo era que no sabíamos por donde empezar a buscar la perla de Shikon, pero recientemente he encontrado a una sacerdotisa de ese mundo que puede hacerlo. Es una mujer que posee un enorme rencor y un gran resentimiento. Tal podría servirnos más adelante.

        —¿Una sacerdotisa? —Isótopo se cruzó de brazos. A juzgar por su tono de voz era evidente que recelaba de los planes del mago—. ¿Qué opinas de eso, Aicila?

       Una mirada malévola iluminó el rostro de la Khan de la Arpía.

        —Suena muy interesante, pero antes debemos ir al planeta Niros —dijo ella. Se volvió hacia una pared y presionó un botón. De repente, se oyó un murmullo hidráulico y el muro de acerocreto comenzó a subir, dejando al descubierto una habitación—. Y para eso tengo pensado recurrir a un viejo amigo.

       La luz azul parpadeante del interior reveló una cámara de recuperación llena de líquido revitalizante. Había un cuerpo flotando dentro de ella. Un hombre, desnudo, con una máscara en el rostro que le suministraba oxígeno a través de una larga manguera. Tenía los ojos abiertos y clavados en el vacío. Llevaba el cabello largo, oscuro y enmarañado.

        —Que espécimen tan interesante —se burló Allus—. ¿Quién es?

        Aicila se acercó y palpó la superficie transparente de la cámara de recuperación. Una sonrisa coqueta le bailoteó en los labios. Ese hombre, ese guerrero, era el as bajo la manga que le permitiría sacar adelante sus planes.

        —Su nombre es Zura y alguna vez fue discípulo de Tiamat.

        Astronave Churubusco.

        En sus habitaciones, el agente K inspeccionaba hasta el último detalle de algunas de las enormes fotografías que las fuerzas terrestres estacionadas en Adur habían tomado con vista al inminente ataque. Por momentos levantaba la vista para mirar a J y al general MacDaguett y luego volvía a centrar su atención en las fotos tamaño póster que mostraban la posición de laMegaroad y las otras naves. Los Predator habían hecho una estupenda labor de reconocimiento y espionaje. Aquellas fotografías digitales servirían perfectamente para que las fuerzas de la Tierra pudieran atacar objetivos clave dentro de la flota aliada. 

        El agente K depositó las imágenes en una mesa y sonrió ligeramente.

        —Estoy seguro que la empresa que construye los Predators podrá sentirse satisfecha de la calidad de sus productos. El dinero de sus accionistas está muy bien asegurado por lo que puedo darme cuenta. 

        —Deben avisarnos cuando ocurrirá el ataque para tener todo listo —indicó un hombre desde las sombras—. Sólo así podremos asegurarnos de hacer lo necesario para que nadie se percate de lo que sucede hasta que sea demasiado tarde. Cuando la flota de la Tierra se encuentre cerca, nuestro amigo en el alto mando desactivará los sistemas de defensa de la Churubusco y cerrará las compuertas para que ninguna nave pueda despegar.

        —Puedes estar seguro de que serán avisados oportunamente —le replicó el agente K con seriedad—. El general MacDaguett pedirá permiso para llevar a sus naves a realizar maniobras del otro lado del planeta y allí se reunirá con las fuerzas que vienen de la Tierra. Eso confundirá a las naves de reconocimiento adurianas el tiempo suficiente para que los EA-6B Prowlerbloqueen los sistemas de radar y alerta temprana del enemigo.

         —¿Qué haremos con los Celestiales y los demás sujetos que tienen poderes? —preguntó MacDaguett sin dirigirse a nadie en especial—. Ellos podrían interferir de algún modo y poner en peligro todo el éxito de la operación. El vicepresidente Jush no desea correr ningún tipo de riesgo.

       El agente K se giró nuevamente hacia el hombre que permanecía en las sombras para increparlo.

        —Más te vale hacer bien tu papel, Azmoudez, no puede haber ninguna equivocación.

        —Descuide, agente K, no tienen por qué preocuparse por los Celestiales o los santos —El general unixiano avanzó hasta que la luz develó su rostro—. Tenemos todo perfectamente planeado para evitar que tomen parte en la batalla. He hurgado en sus mentes para conocer sus debilidades y he atormentado a algunos de ellos con ilusiones. Yo me ocuparé de conducir a esos papanatas al planeta Adur para que Tiamat y sus guerreros puedan matarlos a placer.

         Continuará… .

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