Crisis 14

CRISIS UNIVERSAL

por Acuario Káiser

CAPÍTULO XIV

DESAFIANDO A ATENEA

       

       Tierra-574,322
       Santuario de Atenea, Grecia

       En el interior de la Casa de Aries, Musiel podía escuchar con claridad el feroz zafarrancho que se desarrollaba en el exterior. Todavía no comprendía las razones de la Gran Matriarca para utilizar a esos soldados que llamaba drones, aunque eso era lo de menos porque no era la primera vez que recurría a mercenarios. La Guerrera de Oro de Aries tenía su mente puesta en otros pensamientos, mientras permanecía de pie y sola junto a una columna. Por alguna razón que no lograba definir con exactitud, el Santuario de Atenea le parecía un lugar sombrío y apagado, un sitio cubierto por un manto de oscuridad que se había hecho más pesado con el tiempo. ¿Por qué sentía esas dudas?

       —Quizá porque el Santuario ha sido invadido por las fuerzas del mal —dijo una voz femenina.

       Perpleja, Musiel levantó la mirada y se topó con la visión de una hermosa joven que estaba frente a ella, una joven que despedía un cosmos más poderoso que el de todas las Guerreras de Oro. Los ojos de aquella mujer eran de una profundidad tan inusitada que eran ilegibles. Era la misma Saori Kido que no había visto en varios años.

       —Tus dudas no son infundadas. Soy Atenea, la diosa de la guerra justa y la sabiduría, la eterna virgen.

       —Atenea —La Guerrera de Aries inclinó la cabeza y se arrodilló—. ¿Qué deseas de mí?

       —Musiel, el Santuario ha sido corrompido y corresponde a las Guerreras Sagradas purificarlo —Atenea extendió una mano hacia la batalla y añadió—: Escucha con atención lo que voy a decirte.

       

       Una nuevo estallido iluminó la noche desde la tierra. El Duque del Infierno y el Caballero Dragón dispararon sus ataques, que causaron algunas bajas entre las filas enemigas. Una nueva oleada aún más numerosa de drones reemplazó a los caídos y rodeó a Dash, Bael y Nadia Zeta. El Caballero del Dragón utilizaba sus garras retractiles para mantener a distancia a los enemigos que intentaban herirles usando sus electropicas. Acosado por distintas direcciones, Bael empleó su Relámpago Armagedón para eliminar al todos los enemigos. Una veintena de drones voló por los aires mientras que otros tantos cayeron al suelo con sus cuerpos terriblemente dañados.

       Nadia Zeta y Dash estaban sorprendidos. El poder que utilizaba el Duque del Infierno era increíblemente abrumador. Cualquier otro enemigo hubiera preferido rendirse o escapar antes que afrontar a tan formidable rival. Pero los drones eran incapaces de sentir miedo o duda; habían sido programados estrictamente para desatenderse de las bajas en sus propias filas. Siguiendo los protocolos de batalla instalados en sus cerebros computarizados, los drones respondieron al ataque de Bael disparando desde todas las direcciones concebibles.

       —Se les considera peligrosos, terminación autorizada.

       —¡Son demasiados! —exclamó Dash, atravesando con sus garras el pecho de un dron y bloqueando la electropica de otro—. ¡Tendremos que usar nuestros máximos poderes o no lo lograremos!

       —¡Dalo por hecho! —dijo Bael mientras acumulaba su cosmos. Un quinteto de drones le apuntaron con sus miras láser y dispararon casi al mismo tiempo que el Duque del Infierno liberaba su poderoso ataque—. Usaré de nuevo mí letal… ¡Relámpago Armagedón!

       Las ráfagas chocaron entre sí, causando un intenso resplandor de luz y energía que provocó una fuerte onda de choque acompañada de un vendaval. Bael cruzó los brazos delante del rostro mientras hacía esfuerzo por mantenerse en pie. Aunque se encontraban un poco más lejos del atroz estallido, Dash y Nadia Zeta también habían quedado medianamente aturdidos. Cuando todo acabó, los drones que habían caído al suelo comenzaron a levantarse y todos volvieron a abrir fuego con sus armas.

       Bael esquivó los rápidos disparos y miró a los drones con escepticismo. ¿Cómo es que lo habían conseguido? ¿Cómo era posible que hubiesen logrado bloquear su Relámpago Armagedón?

       —Por todos los Infiernos —gruñó Bael—. Mi técnica debería haber acabado con ellos. ¿Qué tipo de armas están emplenado? Ahora que lo pienso tampoco he podido sentir un cosmos en ninguno de ellos. ¿Acaso no son humanos?

       —Designación de criatura: Bael —Un dron apareció por uno de los costados del Duque del Infierno y lo hizo volverse—. Clasificación: Amenaza nivel 32. Fuente de poderes sobrehumanos: Bioenergía etérea, magia, misticismo y habilidades psíquicas. Terminación autorizada.

       —Conoces mi nombre, ¿eh? —replicó Bael, entornando la mirada—. ¿Quién los envió a matarnos? Ustedes no pertenecen al Santuario de la diosa Atena. Habla o tendré que sacarte las palabras a la fuerza.

       —Petición denegada —dijo el dron TG-4689, alzando su brazo derecho para disparar con la mano abierta—. Terminación autorizada.

       Bael apenas había terminado de escuchar al dron cuando levantó su báculo para generar una barrera de aura que lo protegiera. El disparo pasó a través del escudo sin que esto mermara su fuerza y embistió de lleno al Duque del Infierno, que se vio forzado a caer de rodillas al piso con la mitad del cuerpo entumecido. Desde luego, Bael no tenía forma de saber que los drones habían sido fabricados para nulificar poderes de cualquier tipo. El Duque del Infierno advirtió que su enemigo se alistaba a rematarlo, así que levantó una mano para usar telequinesia y… .

       Nada.

       TG-4689 se mantenía totalmente a salvo gracias a los tres disruptores psíquicos que llevaba en el interior de su cabeza. Gracias a esos artefactos, cualquier tipo de poder mental no le afectaba porque era inmediatamente bloqueado mediante fuertes ondas electromagnéticas. TG-4689 detectó la ola de telequinesia usada en su contra y extendió su brazo de nuevo.

       —Hipótesis: Un rayo nulificador de energía disparada a corta distancia debe causar un total colapso del sistema cardiovascular. Conclusión… ¡ziiiiek!

       —¡Déjalo en paz, monstruo! —La punta de una espada salió por el pecho de TG-4689 y éste comenzó a convulsionarse. Nadia Zeta retiró su hoja del cuerpo del dron, pero quedó paralizada de sorpresa cuando TG-4689 se volvió hacia ella con la mano lista para disparar—. ¡Esto no puede ser! Pero si te atravesé con mi espada… .

       —Designación de criatura: Nadia Zeta. Clasificación: Amenaza nivel 9. Fuente de poderes sobrehumanos: Magia y misticismo. Terminación autorizada.

       Al grito feroz de Relámpago Armagedón, una descarga escarlata penetró en las entrañas de TG-4689 gracias al orificio dejado por la espada de Nadia y lo hizo explotar en mil pedazos. La Golden Warrior se inclinó hacia delante para contemplar a Bael a través del humo negro y no pudo evitar sonreír con alivio cuando vio que éste se ponía de pie.

       —Nunca bajes la guardia, niña —declaró el Duque del Infierno, mirando con dureza a una desconcertada Nadia Zeta—. En una batalla a muerte no hay lugar para la duda o el miedo. Y por cierto, no necesito la ayuda de alguien como tú.

       Nadia no contestó. Dos drones más aparecieron de la nada y empezaron a lanzar ráfagas nulificadoras de energía, pero Bael y Nadia eludieron el ataque saltando a los costados e inmediatamente después contraatacaron. Dash, por su parte, también experimentaba serias dificultades para luchar contra los drones a pesar de estar utilizando su técnica Garra de Dragón y su capa quedó destrozada cuando dos enemigos lo atacaron por la retaguardia usando las electropicas para golpearlo. Los tres habían conseguido destruir a un significativo número de oponentes, pero por cada dron que destruían tres más ocupaban su lugar y cada vez parecían hacerse más fuertes.

       “No lo comprendo”, pensó Dash. “¿Quiénes son todos estos tipos y por qué nos atacan?”

       De pronto, una muralla de luz transparente se abrió en ambos sentidos para separar a Bael, Dash y Nadia Zeta del ejército de drones. La tonalidad dorada del muro iba del dorado al plateado, rielando como un lago bajo los rayos del sol. El Duque del Infierno reconoció en el acto la Crystal Barrier y se volvió hacia la entrada de la Casa de Aries, justo a tiempo para ver salir a Musiel acompañada por otras tres Guerreras Sagradas de Oro.

       —No permitiremos que perturben por más tiempo más la paz de este Santuario —declaró una bella jovencita de ojos color ámbar y cabello tan claro como la luz, recogido en la nuca formando una larga coleta que le llegaba hasta la cintura—. Yo, Europa de Tauro, he venido para traer el orden en nombre de la diosa Atenea.

       —Del mismo modo que la más hermosa de todas: Alrischa de Piscis —anunció la Guerrera Dorada que llevaba una rosa roja en sus labios rojo carmín. Tenía la cabellera de un color aquamarino, ojos almendrados y pestañas bastante rizadas—. Prepárense a recibir mi mortal envío de rosas envenenadas.

       —Junto a la espada sagrada que corta todo —dijo la joven de cabello recortado y mirada aguerrida. En su cabeza portaba una diadema delgada, con dos cuernos curvados hacia atrás que emulaban su avatar zodiacal—. Deben saber que soy Nashira de Capricornio, la Guerrera Sagrada más leal a la diosa Atenea.

       Los dedos de Bael se cerraron con fuerza sobre su báculo. La situación parecía estar a punto de complicarse todavía más. Ahora no sólo deberían luchar contra los drones, sino también vencer a cuatro Guerreras Sagradas de Oro. Dash, que también contemplaba a Musiel, Europa, Nashira y Alrischa, percibió en todas ellas un cosmos realmente increíble que rivalizaba con el de los Caballeros que había conocido. Sí los atacaban todos al mismo tiempo, difícilmente podrían resistir más allá de unos cuantos minutos.

       —¿Alguien tiene una idea de qué hacer? —inquirió Dash—. Es casi seguro que Dina también debe tener problemas. Todo esto no fue más que una emboscada desde el principio.

       —Tal vez podamos abrirnos paso luchando y escapar —sugirió Nadia Zeta.

       —No hay forma de salir de aquí —repuso Bael, sintiendo que sus fuerzas regresaban y que su brazo izquierdo recuperaba un poco de movilidad—. Nos tienen rodeados por todas partes y no sabemos qué más pueden hacer estos tipos.

       El dron LN-7657 avanzó unos pasos hacia las Guerreras de Oro y se detuvo.

       —Designación de criatura: Europa de Tauro. Clasificación: Amenaza nivel 24. Fuente de poderes sobrehumanos: Bioenergía etérea. Llegan a tiempo para terminar con los invasores. Recomiendo acción inmediata.

       Europa le dirigió una mirada gélida.

       —Nosotras recibimos órdenes de nuestra diosa Atenea.

       —Y cumpliremos su mandato echando del Santuario a los intrusos —dijo Nashira de Capricornio, con la mirada puesta sobre Dash y Nadia Zeta y luego alzó el brazo derecho hacia los cielos—. Van a arrepentirse de profanar la santidad de la morada de Atenea y recibirán un castigo ejemplar.

       —Enterado, Nashira, se hará como dicen —repuso LN-7657 y a continuación apuntó sus dos manos contra Dash—. Todas las unidades procedan a destruir a los invasores de acuerdo a las órdenes recibidas previamente. Terminación autorizada.

       —¡Escuchen, por favor! —exclamó Dash, observando el frío rostro de las Guerreras de Oro—. No sé lo que sucede aquí, pero nosotros no somos sus enemigos y… .

       —¡Guarda silencio, blasfemo! —replicó Musiel de Aries—. La diosa Atenea nos ha mostrado la verdad y ahora honraremos nuestro juramente de lealtad acabando con todos ustedes. Será mejor que se preparen a recibir el justo castigo que merecen.

       —Esto no será tan fácil como piensan —amenazó Bael, haciendo arder el poder de su Cosmos interno y provocando que la cabeza de carnero que coronaba su báculo resplandeciera con intensidad. Sus ojos de color ámbar buscaron ansiosamente la mirada de Europa—. ¡Adelante! ¡Vengan todos a la vez!

       —¡Alerta! —chilló LN-7657—. ¡Incremento de bioenergía etérea registrado!

       Las Guerreras Sagradas de Oro se movieron como si fueran una sola.

       —Ha llegado el momento de hacerles pagar —El cosmos de Europa floreció con la misma intensidad que la luz dorada del sol—. ¡Por Atenea! ¡Violent Assault!

       —Les permitiré morir con mi espada sagrada… —Nashira trazó un arco de luz con la mano—. ¡Caliburn!

       —¡Royal Death Rose!

       —No quedará nada de ustedes —advirtió Musiel de Aries, elevando sus manos en dirección a Dash.

       El estallido de poder iluminó de nuevo el cielo nocturno.

       Salón de la Gran Matriarca

       Una explosión de cosmos provocada por la Galaxian Destruction de Yune de Géminis causó que Dina Kaiohshin chocara de espaldas contra una de las columnas, dándose un duro golpe en la nuca que la dejó viendo un cúmulo de estrellitas danzarinas y uno que otro cometa. Al ver lo sucedido, Shoryuki no se la pensó mucho y saltó por los aires con la intención de sorprender a Yune. La Guerrera Dragón de la Tierra juntó sus manos, desplegó el poder de su Chi y creó una bola de fuego que arrojó hacia su enemiga cuando extendió los brazos al frente. La Guerrera de Géminis percibió una energía aúrica atacándole desde las alturas y levantó la mirada levemente para contemplar la veloz llamarada que se le venía encima.

       —¡¡Aliento de Dragón!! —gritó Shoryuki.

       Yune, con absoluta tranquilidad, respondió alzando una palma recubierta de Cosmos dorado y contuvo el chorro de fuego casi sin esfuerzo. Cuando las flamas que asediaban a la Guerrera Sagrada de Oro por fin se disiparon, Shoryuki abrió los ojos de par en par sin lograr esconder su horror. El Aliento de Dragón había sido totalmente bloqueado y lo peor de todo era que no le había causado ni el más mínimo rasguño a su enemiga.

       —Tu nombre es Shoryuki, ¿cierto? —murmuró la Guerrera de Géminis de manera tranquila—. Acepto que tienes algo de habilidad, pero no eso no es suficiente para sorprenderme.

       —”Quien se eleva demasiado cerca del sol con alas de oro las funde”. William Shakespeare —replicó Shoryuki en tono desafiante—. Pienso que es demasiado pronto para que comiences a presumirme tus poderes, ¿no crees?

       —Impertinente. A juzgar por tus movimientos y tu poder calculo que puedes alcanzar una velocidad máxima de Mach-15, pero ni eso te será suficiente porque las Guerreras Sagradas de Oro podemos luchar tan rápido como la luz. Puedo ver tu Aliento de Dragón como si fuese una tortuga.

       “Eso es imposible”, pensó la Guerrera Dragón. “¿Puede pelear a la velocidad de la luz? Eso equivale a darle ocho vueltas a la Tierra en un segundo. Jamás podría pelear tan rápido. ¡Rayos! No, debe estar mintiendo, pero de todas formas usaré mi telepatía para entrar en sus pensamientos. Así lograré anticiparme a sus ataques y eludirlos”

       —Desafiaste al Santuario y por esa razón habrás de recibir la muerte.

       —Eso está por verse —replicó Shoryuki—. Te demostraré que puedo evadir tus golpes sin importar que tan rápido te muevas.

       —Existe una diferencia tan grande entre nosotras como entre la tierra y el cielo.

       La Guerrera Dragón decidió no dejarse amilanar y, desplegando todo el poder de aura para aumentar la temperatura de su cuerpo, se arrojó directamente contra Yune en una maniobra llena de audacia. La Guerrera de Géminis permaneció en su sitio sin realizar algún movimiento para defenderse.

       —Te dije que es inútil —murmuró Yune, desplegando su cosmos dorado para desatar una mortal tormenta de golpes a la velocidad de la luz que destellaban por todos lados—. No puedes medirte conmigo, ¿por qué no lo quieres admitir?

       Pero Shoryuki no sólo logró hacerse a un lado, sino que incluso se las arregló para lanzar un rayo de energía calorífica que Yune eludió ladeando simplemente la cabeza. No obstante, la Guerrera de Géminis se mostró algo perturbada luego de atestiguar lo sucedido. Shoruki había conseguido eludir gran parte de los rápidos golpes a la velocidad de la luz y eso no podía ser un mero golpe de suerte. ¿Acaso Nicole de Acuario… ? No, ella aún estaba librando una dura batalla contra Karin de Escorpión y Dina Kaioshin seguía en el piso.

       —¿Cómo logró hacerlo? —musitó Yune para sí misma—. No debería haber logrado escapar a esos ataques. Su cosmos se incrementó un poco, pero todavía no arde tan alto como el mío.

       —¿Sorprendida, Géminis? —preguntó Shoryuki—. Tal parece que ni todo tu grandioso poder sirve ahora para… —hizo una pausa cuando sintió un dolor en su abdomen, seguido por un espasmo sofocante que la hizo escupir saliva con sangre. Shoryuki bajó su mirada y observó que había recibido algunos impactos después de todo—. No… . Aunque logré preveer el ataque leyendo la mente de Yune, ésta consiguió golpearme antes de que pudiera darme cuenta. ¿Cuándo lo hizo?

       —Tus esfuerzos son completamente inútiles, Guerrera Dragón de la Tierra —sentenció la Gran Matriarca con autoridad—. Conozco tu habilidad telepática, la cual es superior a la de tus compañeros Shiryu y Ryu. Ellos únicamente pueden comunicarse entre sí, pero tú puedes leer la mente de otras personas e incluso eres capaz de mover objetos.

       —¿Qué? —Shoryuki volvió la vista hacia la Gran Maestra—. ¿Cómo es que sabes el nombre de mis compañeros? ¿Quién eres tú en realidad?

       —Sé muchas cosas acerca de ti y tu mundo, Minerva Ravencroft.

       —Conoces mi nombre real —murmuró Shoryuki—. No comprendo… .

       Yune soltó una risita y atrajo la mirada de Minerva.

       —Creo que voy entendiendo, niña. Usaste la telepatía para indagar en mis pensamientos y anticipar mi reacción. —Sin previo aviso, Yune atacó a Shoryuki con una multitud de rayos a la velocidad de la luz que la vapulearon por todas partes, despedazando su máscara y haciendo que su corona saliera volando—. Fue una maniobra astuta, pero inútil. ¡Aunque puedas saber qué clase de ataque usaré no tienes la velocidad necesaria para eludirlo!

       La Guerrera Dragón azotó en el suelo y quedó inmóvil. La corona cayó poco después produciendo un sonido apagado.

       —No puede… ser —dijo Shoryuki, tan débil que parecía delirar.

       —Estoy sorprendida —comentó Yune con la vista puesta en Minerva—. Un Cloth de plata hubiera quedado destruido con mi último ataque, pero la armadura que porta esta niña no ha sufrido ningún daño a pesar de los golpes que le he dado. Esto significa que debe ser una armadura extraordinariamente fuerte. Tal vez sea tan resistente como una God Robe o quizá un Cloth de oro.

       Con una sonrisa maléfica en los labios, Yune de Géminis se aproximó a su enemiga para eliminarla de una vez por todas. Nicole se dio cuenta de que Shoryuki estaba en problemas, pero Karin y sus ataques le impedía distraerse de la pelea; quien cometiera el más mínimo error en la llamada Guerra de los Mil Días perdería.

       La Gran Matriarca soltó una carcajada.

       —¡Mátala, Yune!

       —¡Shoryuki! —exclamó Nicole de Acuario—. ¡Reacciona!

       —Esta victoria no tendrá sabor a nada —dijo Géminis y finalmente alzó la mano. Pero cuando estaba lista para dar el golpe mortal, un cosmos intensamente poderoso llamó la atención de la Guerrera dorada y la detuvo de matar a Shoryuki—. ¿Qué? Este cosmos pertenece… .

       A espaldas de Géminis, Dina Kaiohshin se erguía como un árbol frágil en medio de una tormenta. Tenía el rostro lleno de tierra y se veía cansada por la pelea, pero aún podía darse el lujo de sonreír como siempre lo hacía. Ni siquiera la cercanía de la muerte o el miedo a la derrota lograría robarle su alegría.

       —¿Tú? —dijo Yune—. ¿No estás muerta todavía?

       —¡Ja! —exclamó Dina—. Brincos dieras, niña impertinente. Te dije que habíamos venido a hablar con la mandamás de este lugar. ¿Por qué no llamas a tu diosa Atena para que pueda saludarla?

       —¿Atenea? —dijo Yune suavemente, con la mirada pérdida y sin dirigirse a nadie en concreto—. Nosotras debemos proteger a Atenea. Nosotras… .

       —¿Qué pasa? ¿Te revolví algunas tuercas en la cabeza? —preguntó Dina—. Date cuenta de que Atena no está en el Santuario. La tipa esa, la Gran Maestra, te ha engañado para que hagas lo que ella te dice.

       —Eres una blasfema —le reprendió la Gran Maestra.

       —Y tú una falsificadora de diosas —replicó Dina, volviéndose y luego se señaló a sí misma, exhibiendo un rostro de autosuficiencia—. La única deidad aquí presente la tienes ante tus ojos porque soy moi.

       —Silencio, insolente —reviró la Gran Maestra—. No eres digna de saberlo, pero la diosa Atenea está entre aquí mismo nosotros. Ella ha venido a observar cómo sus leales guerreras derrotan al mal que ha invadido el Santuario.

       Aún antes de que la Matriarca terminase de hablar, Dina ya estaba riendo.

       —Si, cómo no. ¿A quién buscas engañar, farsante? La dichosa Atena no está aquí, pero has manipulado a las Guerreras Sagradas de Oro para cumplir tus mandatos y las tienes hipnotizadas con tu magia.

       —Te equivocas, falsa diosa —Las cortinas tras el trono de la Matriarca se recorrieron levemente, revelando la silueta ensombrecida de una mujer—. Yo soy Atenea, la diosa de la guerra justa y la sabiduría, la eterna virgen.

       Dina sintió que se le caía la quijada hasta el suelo por la impresión.

       —¿Qué cara… ?

       —¡Atenea! —exclamó Nicole de Acuario—. ¡No puede ser!

       —Eso es lo que yo digo —murmuró Dina Kaiohshin—. ¡No puede ser!

       Tierra-20,051,112
       Santuario del Sol y la Luna, Grecia

       El Astro Rey brillaba con intensidad en la bóveda celeste y la Luna asomaba su rostro en el horizonte todavía azul claro de la media tarde. Aquella montaña sagrada había sido la morada de Atenea durante milenios, pero ahora albergaba nuevas deidades que ansiaban dirigir los destinos de la Tierra e instaurar un nuevo orden más perfecto. Pero para lograr esa meta era necesario destituir a la diosa Atena de su potestad como primer paso y desbandar a los Santos del Santuario, y así lo habían hecho. El dios Apolo y su hermana gemela Artemisa pretendían transformar el mundo para construir una utopia en donde los humanos jamás trataran de alzarse contra los dioses que los gobernaban, y así lo estaban haciendo. Nunca más la Tierra le pertenecería otra vez a Atena o a un dios que resultase indigno, y así sería. Está vez el destino de los hombres sería trazado con base en la razón y no al amor, un sentimiento que Apolo despreciaba.

       Así eran las cosas en aquel mundo alternativo cuando Calíope llegó a la entrada del Palacio del Sol y la Luna, el cual estaba ubicado en el corazón mismo del Santuario. De pie, con la mirada fija en su destino, la musa de Celestia caminó resuelta hacia el interior del templo y atravesó el umbral de la puerta. Casi inmediatamente, un guardián descomunalmente alto le salió al paso y la obligó a detenerse. Aquel Santo de Bronce llevaba puesta una armadura rojo escarlata, cuyo diseño emulaba una especie de criatura acuática y se componía de varias corazas con representación de nueve cabezas monstruosas, como la legendaria Hidra de Lerna.

       —¿Quién eres tú, intruso? Detente ahí mismo —vociferó el guerrero de una forma que no admitía más réplica que la verdad—. ¿No sabes que este es el Palacio del Sol y la Luna?

       —Deseo hablar con Apolo.

       —El señor Apolo y la señora Artemisa no pueden ser molestados por nadie.

       —A mí me recibirán.

       —¿Cómo has dicho, insolente? —le inquirió Docrates con rudeza. La escasa iluminación del pórtico y la capa con capucha que Calíope llevaba le impedían al Santo descubrir que su visitante era una mujer—. ¿Quién te crees que eres para hablar de esa manera? No te hagas el gracioso conmigo.

       Un trío de centauros que portaban largas lanzas y escudos llegaron a donde estaba Docrates y enseguida apuntaron sus picas contra la recién llegada. Los soldados con cabeza y torso de humanos y cuerpo de caballo habían sido atraídos por los gritos del Santo de Hidra Macho que vigilaba la entrada del templo.

       —¿Qué ha sucedido, Docrates? —preguntó uno de los centauros—. ¿Quién es este hombre y por qué ha llegado al Palacio del Sol y la Luna?

       —No tengo la menor idea —gruñó Docrates, tronándose los dedos—. ¿Cómo fue posible que Galatea y Narciso dejaran pasar a este sujeto así nada más? Esos Caballeros Astrales no parecen muy eficientes después de todo.

       —Debes dejarme pasar, Docrates —insistió Calíope suavemente—. Tengo que hablar con tu señor Apolo y su hermana Artemisa de un asunto importante.

       Docrates esbozó una sonrisa retadora.

       —Oblíganos.

       En el Aureus, una parte de la musa era la intención de protegerse de Docrates y los centauros, y el paso de intención a acción se convirtió en un halo de luz que la envolvió completamente. No necesitaba de usar la violencia, ni usar una técnica.

       Tenía el Aureus.

       Ese poder es el mismo que corría a través de ella, barriendo cualquier pensamiento de peligro, se seguridad, de ganar o perder. El Aureus inmovilizó a los centauros y se hizo presente en una llama luminosa que surgía de la musa. Mientras la mente del agresivo Docrates aún planeaba golpear a la intrusa, la mente de Calíope vislumbró en las cercanías la sombra de una voluntad poderosa, pero curiosamente manchada por la oscuridad.

       “¿Qué clase de intruso es este?”, pensó Docrates con desconcierto. “No puedo percibir un cosmos en él, pero su cuerpo emite alguna clase de energía que no logro identificar ¿Se tratará de otro de esos Caballeros Astrales que el señor Apolo rescató del Tártaro o de un Santo que ha sido revivido como yo lo fui?”

       —¡No puedo moverme! —chilló un centauro—. ¿Qué es este poder?

       —¡Tú! —exclamó Docrates, expeliendo el poder de su cosmos y alzando su titánico puño—. ¡Eres un demonio y acabaré contigo!

       —Detente ahora mismo, Docrates —ordenó una voz entre las sombras—. Si sólo puedes comportarte como bárbaro, Santo, todos agradeceríamos que te mordieras la lengua para no tener que sufrir tu barbarie.

       Azorado, el Santo de Hidra Macho se volvió por encima del hombro para llevar su mirada hacia un extremo de la habitación. En medio de las tinieblas, Docrates logró distinguir a uno de los diez Caballeros Astrales al servicio de Apolo. Vestía una armadura dorada de tonos escarlata, con picas en las hombreras y una capa blanca sobre la espalda. Se trataba nada más y nada menos que de Caronte de la Esfera de Plutón, quien avanzaba hacia Calíope.

       —Disculpad, señorita, pero temo que los guerreros de hoy en día olvidan las buenas costumbres del pasado.

       —Caronte, ¿pero qué demonios estás haciendo? —le increpó Docrates, un tanto desconcertado por el actuar del Caballero Astral—. ¿Por qué defiendes a un  intruso que ha invadido la privacidad del Palacio del Sol y la Luna?

       La cabeza de Caronte se inclinó levemente hacia el Santo de Bronce, y el Astral le dirigió la palabra en un tono vacío de toda emoción.

       —Si no es tu deseo regresar al oscuro Reino de la Muerte del cual nuestro señor Apolo te sacó, sugiero que calmes tus primarios impulsos y que te tomes un descanso fuera de mi vista.

       Docrates apretó los dientes y crispó sus puños. Le irritaba que alguien le hablara de aquella manera tan déspota, pero no tenía ningún caso replicar. Retar a Caronte o algún otro de los Caballeros Astrales era tanto como desafiar al mismo Apolo. El Santo de Bronce se tomó un par de segundos para relajarse, pero cuando lo hizo se dio la vuelta y se alejó en absoluto silencio.

       —Te agradezco que calmaras a tu compañero —Calíope se caló la capucha, mostrando su hermoso rostro a Caronte y los tres centauros—. He venido buscando tu ayuda y la de tus compañeros, Caronte de la Esfera de Plutón.

       El Astral la miró con el ceño fruncido. Estaba perplejo.

       —¿Me conoce, señorita?

       —Sí, y es por eso que vine a buscarte desde más allá de los límites de este universo. Tu ayuda será necesaria para salvar la Existencia misma.

       —¿Y ha venido un ser tan poderoso hasta aquí para pedir mi ayuda? —inquirió curioso el Astral—. Son muchas las preguntas, pero imagino que la urgencia de los acontecimientos las vuelven todas innecesarias. ¿Desea hablar con el dios Sol y la diosa de la Luna?

       Ella asintió con la cabeza.

       —Sé que recibes órdenes de Apolo y Artemisa y que será necesario hablar con ambos para obtener tu apoyo, así como el de tu compañera Galatea de la Esfera de Mercurio y los demás Astrales. Caballero, llévame ante tu señor Apolo. Debo prevenirlos de la destrucción que se avecina.

       —Será un tanto difícil persuadirlo —aceptó Caronte—. Seguidme, por favor, no tardaremos mucho en atravesar el palacio. Abrid el paso, centauros.

       Tierra-574,322
       Santuario de Atenea, Grecia

       Segura de tener el control de la situación, la Gran Matriarca soltó una risita burlesca que causó el malestar de Dina Kaiohshin.

       —¡Deja de reírte, tipa insoportable!

       —Miserable Kaiohshin —replicó la Matriarca, sonriendo bajo su máscara—. Ahora no podrás engañar a Yune o a Karin con tus palabras. Vas a lamentar haber dejado la seguridad de tu propio universo.

       —Así que también sabes que vengo de otra realidad —dedujo Dina, no sin cierta satisfacción de confirmar su sospecha—. Tengo que confesarte que casi logras engañarme hace un momento, pero te voy a mostrar de lo que estamos hechos los Kaiohshin.

       —Hablas mucho, falsa diosa —dijo Yune, poniéndose en guardia—. Nicole, deberías rendirte ahora que sabes que la diosa Atenea está de nuestro lado. ¿Acaso pretendes traicionarla y apoyar a una falsa diosa? Te creí más inteligente.

       La mirada de Nicole tembló y la duda brotó en su mente como una zarza espinosa. No obstante, las cosas no cuadraban del todo. ¿Por qué la Matriarca se había resistido tanto a dejarlas pasar si Atenea estaba realmente en el Santuario? ¿Acaso Dina y Shoryuki habían tratado de engañarla o todo era un truco más de la Gran Maestra? La Guerrera de Acuario no podía fiarse de sus sentidos, salvo del principal cosmos. Sí la persona que estaba tras las cortinas era de verdad Atenea, entonces debía emitir aquel poderoso cosmos lleno de amor y paz que las Guerreras Sagradas conocían. ¡Pero no lograba sentir nada!

       Yune supuso que Dina estaba a punto de iniciar un ataque, pero la kaiohshin se colocó en posición de loto y cerró sus ojos. La Guerrera de Géminis la examinó con detenimiento, tratando de adivinar lo que estaba planeando y deslizó un pie hacia delante. De pronto el aura de Dina empezó a aumentar rápidamente, alcanzando un nivel que preocupó a la Matriarca y a Yune. Antes de que alguien lograra pronunciar una palabra, el cuerpo de la Kaiohshin comenzó a expeler delgados hilos de luz que fluctuaron por el aire hasta unirse en el aire, en un punto que fue tomando la forma de… .

       —¡Un zorro! —exclamó Yune.

       Pero la sorpresa todavía no había terminado. Tras agitar una pata delantera como saludo, el pequeño zorro rosado empezó a cambiar de forma hasta tomar la apariencia de la Guerrera de Géminis, pero con notorias diferencias que saltaban a la vista de todo el mundo. La pequeña Yune creada por los poderes de Dina poseía marcados rasgos infantiles y era de un tamaño reducido, casi parecía una caricatura.

       —¿Qué rayos es eso? —inquirió la Guerrera de Géminis—. ¿Te burlas de mí?

       —Es el Espíritu Chibi —anunció Dina con orgullo—. ¿No es hermoso?

       —¿Espíritu qué? —preguntó Shoryuki, confundida.

       —El Espíritu Chibi toma la forma del adversario a quien enfrenta —explicó la Kaiohshin mientras Yune examinaba con los ojos a su pequeña doble de caricatura—. Pero también puede duplicar los poderes y las técnicas del enemigo. ¡Es encantador!

       —¡Que estupidez! —exclamó Yune—. No seré vencida por una patética imitación.

       —Pues yo creo que es cute —dijo Atena melosamente desde las cortinas donde permanecía oculta. Cuando todas se volvieron para mirarla, la diosa carraspeó y habló de nuevo con solemnidad—. Ejem, quiero decir, acaben con estas malditas paganas.

       El siguiente ataque de Yune fue una centellante Galaxian Destruction. La versión caricaturesca de Géminis eludió la técnica estirándose y luego arqueó su cuerpo en una forma que un ser humano jamás hubiera podido lograr en su vida. Yune, sin embargo, no desistió en su intento y, tras reunir una gran cantidad de cosmos entre sus palmas, decidió aplicar de nuevo su más poderosa técnica. El Espíritu Chibi reaccionó de la misma forma, reuniendo energía y alistándose para contraatacar.

       “Tengo que hacer algo más”, pensaba Dina mientras la pelea continuaba. “El Espíritu Chibi sólo me servirá para ganar un poco de tiempo. Shoryuki está muy lastimada y Nicole tiene las manos llenas con esa tal Karin de Escorpión. Sería un buen momento para que Dashi-boy viniera ayudar, pero no logró sentir su Ki”.

       Un cegador rayo de energía maligna cruzó el aire, golpeando al Espíritu Chibi, envolviéndole y éste finalmente revertió su transformación de Yune a zorro rosado luego de unos segundos. El pequeño Espíritu Chibi se desplomó frente a los ojos de su ama kaiohshin, quien se volvió hacia la Matriarca del Santuario a tiempo para verla bajar su mano.

       —Ese truco de tercera no te servirá —dijo la Gran Maestra.

       Dina entrecerró los ojos, pero no le alcanzó el tiempo para decir algo. El puño de Yune de Géminis le dio de lleno en el rostro. La Kaiohshin del Suroeste salió volando hacia el piso frente al trono de la Matriarca y quedó tendida de espaldas sobre la alfombra roja.

       —¡Dina! —exclamó Nicole, volviéndose—. ¡Tengo que ayudarla!

       —¡Tú estás peleando conmigo! —le recordó Karin, disparando varios rayos carmesí desde la punta de su dedo índice, pero Nicole logró eludirlos haciéndose a un lado—. ¡Crimson Sting!

       La Guerrera de Acuario respondió lanzando un chorro de aire frío con el puño.

       —¡Diamond Powder!

       El aire congelante envolvía la atmosfera entre Nicole y Karin. Los ataques de ambas guerreras cruzaban el aire de un lado a otro mientras cada una intentaba tomar ventaja e imponerse, pero lo cierto es que era una pelea bastante pareja.

       —No… —musitó Shoryuki, arrastrándose por el suelo. Todavía le quedaba un poco de su fuerza, pero quería esperar una oportunidad antes de actuar—. Debo levantarme… .

       La Matriarca empezó a caminar hacia donde estaba Dina. De acuerdo a sus cálculos, los drones ya deberían haber asesinado a Bael y los otros, pues no lograba percibir sus energías en el Santuario. Todo había salido conforme lo habían planeado desde el inicio.

       —Humm. En verdad que eres bastante patética —siseó la Gran Maestra, mirando con desprecio el rostro sucio de Dina—. Había escuchado decir que los Kaiohshin tenían el poder suficiente para derrotar a Freezer de un solo golpe, pero tú eres diferente. No eres como los demás de tu clase.

       Los ojos de Dina se abrieron en su rostro.

       —Eso es… porque mis poderes son principalmente mágicos, como los tuyos.

       —Que inteligente resultaste ser —repuso la Gran Maestra—. Casi lograste averiguar la verdad, pero ahora te mandaré a reunirte con tus amigos. Espero que te guste el Inframundo porque ahí es a donde van a parar los muertos en este universo.

       De repente, un enorme umbral de oscuridad apareció y con éste Bael, Dash y Nadia Zeta. Todos mostraban signos de haber librado una encarnizada batalla, y se veían agobiados, pero en los ojos de cada uno aún podía verse el ardor de una férrea voluntad. La Matriarca del Santuario retrocedió un par de pasos sin poder creer lo que estaba presenciando. No sabía si lo que veía era real o una ilusión ¡Ellos debían estar muertos!

       —¿Cómo llegaron aquí?

       —Gracias a un portal dimensional —explicó Bael, avanzando unos pasos antes de detenerse frente a la Gran Maestra—. No tardé mucho en darme cuenta que la energía que cubre al Santuario no pertenece al cosmos de Atenea. Sin esa protección, trasladarse a través de las Doce Casas no es ningún reto para mí.

       La Matriarca apretó los puños con una rabia que iba en ascenso.

       —Despaché millares de drones por todo el Santuario —anunció con importancia, tratando de intimidar al Duque del Infierno, pero Bael ni siquiera se turbó—. A un llamado de Atenea o mío vendrán a este templo y los matarán a todos.

       En respuesta, Dash arrojó la cabeza abollada de LN-7657 a los pies de la Gran Maestra y luego intercambió una mirada de complicidad con Bael.

       —¿Eran drones como ese? Y realmente eran como seiscientos más o menos.

       La Gran Maestra sintió que se le iba la voz de la impresión.

       —¿Cómo… .

       —Fue gracias a la Guerreras Sagradas de Oro —explicó Nadia Zeta—. Ellas nos ayudaron y en este momento están cazando a todos esos drones. El juego se terminó, farsantes.

       —No es verdad, ¿acaso Musiel, Europa y las demás nos han traicionado?

       Sin previo aviso, Shoryuki se levantó del suelo y corrió hacia donde estaba la Matriarca para saltar directo sobre ella. La Gran Maestra se volvió y levantó su mano derecha, pero no le alcanzó el tiempo para nada y recibió un veloz puñetazo en la frente de parte de Shoryuki, quien aterrizó sobre ambas piernas a espaldas de la Matriarca y luego se volvió para evaluar los resultados de su acometida. El casco y la máscara ceremonial saltaron por los aires antes de chocar con el suelo. Todas las miradas, incluso las de Yune y Karin, se volcaron de forma simultánea hacia la solemne figura de la Gran Maestra para contemplar el rostro oculto bajo la máscara.

       —Tú… ¿tú eres la Matriarca del Santuario? —preguntó Dina con una expresión de claro desagrado.

       —¡Es imposible! —exclamó Nicole con sobresalto, contemplando una cara que no podía reconocer porque jamás lo había visto antes en el Santuario—. ¡Esa no es la Maestra Bharani de Aries! ¿Quién es esa impostora?

       —No —murmuró Yune de Géminis—. Esto no puede ser cierto.

       La joven que llevaba puesto los atuendos de la Matriarca del Santuario se dio la vuelta hacia Shoryuki para observarla con un rostro de pocos amigos. La Guerrera Dragón contempló aquella cara pintada de blanco sin comprender lo que sucedía.

       —Tú no eres la Maestra del Santuario.

       —Y tú —Con los ojos entornados, Sue Nightmare levantó una mano con la palma abierta y liberó una onda de choque que tiró a Shoryuki al suelo—, no eres Sailor Venus.

       Detrás de las cortinas que la mantenían oculta, Atenea emitió una risita maliciosa y se despojó del vestido blanco que usaba para revelar su verdadera apariencia. Una vez hecho esto, la sonriente Mary Nightmare salió para mostrarse ante los ojos de todos. Las dos hechiceras se recargaron la una en la espalda de la otra y se cruzaron de brazos.

       —¿Quiénes son ustedes dos? —les preguntó Nadia Zeta.

       —Esperaba que preguntaran —sonrió Mary Nightmare—. ¿Lista, hermana?

       —Humm, esto me aburre —asintió Sue en un tono monótono—. Para inundar al Multiverso con la devastación…

       —¡Y destruir a los héroes y villanos de cada rincón!

       —Para esparcir el vacío y la perdición… .

       —¡Y denunciar la mala imitación!

       —Sue… .

       —¡Mary!

       —Las Hermanas Nightmare volando de día y de noche… .

       —¡Mueran ahora y griten de horror! —concluyó Mary extendiendo los brazos.

       La Guerrera de Acuario se aproximó a las hechiceras con un puño levantado. Pese a que Nicole sostenía que una guerrera no debía dejarse llevar por sus emociones, la desesperación que sentía por saber donde estaba Atenea casi la hizo perder los estribos. Sin embargo, sólo había sido un instante de debilidad y apenas cobró consciencia de su deber, actuó como siempre lo hacía: fría y controlada.

       —¿En dónde está Atenea? —exclamó Nicole—. ¿Qué hicieron con ella? ¡Hablen ahora!

       —¿Qué piensas, hermana? —murmuró Sue—. Creo que podemos invitar a Arlakk a la fiesta, ¿no?

       —¿Arlakk? —murmuró Dina—. Percibo un poder oscuro muy intenso… .

       —Ustedes dos nunca toman las cosas en serio —siseó un hombre alto que salió de un extremo de la habitación que se hallaba en total oscuridad. Iba envuelto con una capa de cuello alto, tan negra como la noche más oscura. Un gran sombrero mantenía en las sombras la mitad de su rostro, dejando visible una larga cabellera gris y una barbilla triangular. En su mano derecha portaba un largo cetro en cuya punta superior tenía la figurilla de una araña—. No puedo permitir que la incompetencia de dos hechiceras de segunda como las Hermanas Nightmare arruinen un plan que nos ha tomado mucho tiempo planear y ejecutar.

       —¡Oye! —se quejó Mary—. ¡Un poco más de respeto!

       —¿Quién rayos eres tú? —le preguntó el Duque del Infierno, en abierta hostilidad. “Este hombre es diferente a las Guerreras de Oro”, pensaba. “No logré sentir su presencia en ningún momento, ¿desde cuando estaba oculto en este lugar?”.

       —¿No escuchaste a Sue? —contestó el nigromante tranquilamente. A sus espaldas, doce bestias enormes fueron brotando de las sombras en grupos de cuatro. Tenían cierta apariencia humana, pero sus rostros eran horribles y se asemejaban más al de un felino debido a sus largas orejas y afilados colmillos—. Ella mencionó mi nombre hace unos instantes, pero no es mi culpa si no escuchaste. ¿Saben? No me interesan las presentaciones, así que mejor nos ahorramos tiempo y pasemos a la parte en que son destruidos, ¿les parece?

       Continuará… .

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