Crisis 01

CRISIS UNIVERSAL

por Acuario Káiser

CAPÍTULO I

¿QUÉ TAN GRANDE ES EL INFINITO?
1º PARTE

       Celestia.

       La majestuosa ciudadela estaba rodeada por tres círculos concéntricos de agua, separados por anillos de tierra. Cada anillo estaba rodeado por muros, edificaciones y torres hechas de rocas blancas, rojas y negras que habían sido extraídas de los fosos, y más tarde recubiertas con oro y oricalco. La ciudadela se elevaba hacia los cielos muy azules desde la cima truncada de una colosal estructura piramidal y era el corazón mismo de la ciudad dorada de Shambhala. En el punto más alto de todo se hallaba erigido un imponente palacio que servía de morada al Consejo de los Káiser. Ahí era donde los amos y señores de Celestia se reunían para deliberar sobre asuntos importantes y gobernar sus amplios dominios. Sin embargo, en aquellos momentos, el Consejo no se hallaba reunido y las únicas presencias en el interior de la habitación principal eran dos hombres de apariencia madura, una mujer de mirada serena y una hermosa joven de cabello oscuro.

       Calíope contuvo la respiración mientras aguardaba. Urano sacudió la cabeza y luego miró a su hija con severidad. La noticia que acababa de anunciar la musa inquietó a su padre, pero éste aún no estaba dispuesto a cambiar de opinión. Desde los principios de la Creación, los celestios sólo habían intervenido en dos ocasiones en la historia de los mortales y en ambos casos la situación se había salido de control. Urano no quería volver a experimentar una situación similar por mucho que Calíope le insistiera en que era necesario la intervención de los Káiser para salvar el Multiverso.

       —No, me niego —dijo Urano con los brazos cruzados—. Soy el Káiser de los Cielos, no el Káiser de los milagros. Si interviniéramos cada vez que los mortales afrontan un peligro, nunca se harían responsables de sus propias vidas y sus destinos. Ellos deben madurar y encontrar su propio camino en la senda que el Creador les ha asignado.

       —Pero, padre, esto es diferente —insistió Calíope—. Tu negativa de intervenir equivale a una sentencia de muerte para muchos seres inocentes. Mientras hablamos, miles, quizá millones de universos son consumidos por una destrucción que escapa a toda comprensión. Tenemos que ayudar a evitar la catástrofe antes de que sea demasiado tarde.

       Urano admiraba la determinación de Calíope, pero no por eso iba a convocar al Consejo de los Guerreros Káiser para que salvaran el Multiverso.

       —Lo lamento, hija mía, pero no intervendremos a pesar de las consecuencias que provoque la destrucción de tantos universos. Reconozco que la preocupación que sientes por los mortales habla bien de tu persona, pero lo que ocurra fuera de los dominios de Celestia no es asunto nuestro y lo sabes perfectamente.

       —Padre, por favor… .

       —Te recuerdo que ya en una ocasión intervenimos y dimos a los mortales un campeón para que los ayudara en momentos de necesidad como este. Sin embargo, todo salió mal y la Existencia se vio amenazada como nunca antes había pasado. No es mi deseo volver a pasar por una situación parecida, hija mía.

       Pero Caliope no estaba dispuesta a darse por vencida. La musa de la poesía lírica se irguió e hizo una breve reverencia para indicar que aceptaba la negativa de su padre.

       —Te agradezco que me escucharas, padre, pero sabes que no puedo permanecer indiferente ante la muerte de millones de seres vivos. Por esto debo pedirte que me dejes ayudar a los mortales a solucionar esta Crisis Universal.

       —¿Qué has dicho, Caliope? —inquirió Cronos con sorpresa—. ¿No escuchaste lo que dijo Urano?

       —Disculpa, Cronos, tal vez no me explique bien —repuso la musa—. Lo que ocurre es que esta destrucción plantea una situación para la cual los mortales quizá no estén preparados. Ellos necesitan una luz que alumbre el camino que deberán recorrer para sobrevivir. Les pido que me dejen ser esa luz.

       La mujer de mirada serena decidió hablar.

       —Lo que está sucediendo no es un fenómeno natural, eso es un hecho. Sin duda debe tratarse de la obra de algún mortal cuyos propósitos desconocemos por completo. ¿Qué pasará si estas olas de destrucción llegaran a Celestia por alguna razón?

       —No creo que eso suceda, Gaia —dijo Cronos, Káiser del Tiempo—. Ningún mortal puede acceder a este mundo sin nuestro consentimiento ya que Celestia está fuera de las corrientes del tiempo y el espacio. Pero de todas formas resulta perturbador imaginar que un mortal pueda ser el autor de tanta destrucción y muerte. En el Multiverso siempre han existido individuos ambiciosos que han pretendido dominar a cada ser viviente de sus respectivos mundos, pero esta crisis resulta algo mucho peor todavía. Quien esté detrás de todo esto debe ser alguien con un poder tan grande como su desprecio por la vida.

       —Esta no es por mucho una situación ordinaria y debemos tomarlo en cuenta —comentó Gaia, la Káiser de la Tierra—. Dudo mucho que los mortales puedan detener semejante destrucción por sí solos. Calíope incluso nos ha mostrado imágenes donde muchos héroes y villanos han luchado hasta la muerte por evitar la destrucción de sus mundos y todos han fallado sin importar sus esfuerzos.

       Urano permaneció en silencio, pero se veía pensativo. Parecía estar tomando en cuenta los pros y contra de la idea de Calíope. Ciertamente, no deseaba involucrarse en nada que tuviera que ver con los mortales, pero tampoco podía ser indiferente ante lo que estaba sucediendo y fingir que todo marchaba bien. La destrucción de tantos universos era, como bien había dicho Gaia, un asunto que debía ser tomado en cuenta.

       —Nuestra falta de solidaridad para con los mortales resulta tan aterradora como la muerte de millones de inocentes —murmuró Cronos—. ¿Es acaso nuestra soberbia más grande que nuestro anhelo de esperanza? Si fuésemos la mitad de justos de lo que creemos ser, no deberíamos negarle a los mortales una luz que los iluminara en estos momentos de oscuridad y caos.

       —Eso sería más que suficiente —añadió Calíope con delicadeza—. Conozco bien a los mortales y sé de las cosas que son capaces hacer. El valor, la fe y la voluntad que poseen pueden obrar milagros e incluso cambiar el destino en ocasiones. Somos una raza poderosa, una raza sabia, pero no por eso debemos dejar que el orgullo cierre nuestros corazones a cosas como la verdad y la compasión. Entonces, padre, ¿qué te dicta tu corazón?

       Urano meditó por unos momentos más. La mirada del Káiser del Cielo recorrió rápidamente los rostros de Gaia y Cronos y se volvió otra vez hacia la musa que aguardaba en silencio la decisión final.

       —Has hablado con gran sabiduría, hija mía, y por respeto a ti y tus nobles ideales, dejaré que ayudes a los mortales como lo has propuesto. Sin embargo, deberás dejar todo en sus propias manos y no se te está permitido intervenir directamente por ningún motivo. ¿Está claro?

       —Te agradezco por esto, padre —dijo Calíope con una sonrisa de esperanza asomándose por su joven rostro—. Sí escucho atentamente, casi puedo oír las voces agradecidas de millones de inocentes.

       La tarde transcurrió rápidamente para Calíope, y el ocaso la encontró en los salones de la Gran Biblioteca junto a sus hermanas Clío y Urania. Las musas caminaban por un largo pasillo rodeado de enormes libreros recubiertos de madera dorada que contenían miles de libros, tantos como el ojo podía ver.

       —No puedo creer que lo consiguieras —dijo Clío, mostrando su asombro—. Yo pensé que Urano ni siquiera te escucharía, pero lograste hacerle comprender lo serio de la situación. La magnitud de esta catástrofe es tan grande que no puede ser simplemente ignorada. Mientras estabas en el palacio, otro universo ha desparecido y con él un buen número de valientes que trataron de defender sus mundos.

       Calíope guardó silencio, y Clío pensó que tal vez no la habían escuchado.

       —He observado los diferentes universos desde que era una niña y conozco la vida y obra de incontables seres extraordinarios —murmuró la Musa de la Poesía Lírica en tono pensativo—. La esperanza radica en que tanto héroes como villanos luchen hombro con hombro para detener la amenaza.

       —Lo que no comprendo es por qué no has elegido a los más fuertes y poderosos de todo el Multiverso para afrontar este peligro —dijo Urania—. He analizado el fenómeno con atención y la energía que destruye los universos es antimateria pura. ¿De verdad crees que los mortales que seleccionaste podrán con esto? ¿Por qué no llamar mejor a guerreros con más habilidades?

       Clío dio un suspiro y repuso con delicadeza.

       —Pareces olvidar que a través de la historia no siempre son los fuertes quienes realizan las hazañas más heroicas. En ciertas ocasiones el coraje y el ingenio pueden resultar más efectivos que la propia fuerza.

       —Tal vez sí —concedió Urania—. Pero tampoco podemos pasar por alto que quien esté detrás de esto no debe ser un sujeto común y corriente. Los mortales que Calíope ha escogido deberán obrar con mucha cautela. Sea quien sea, el autor de esta tragedia parece saber como controlar las mismas fuerzas del universo.

       Las musas llegaron a un balcón con vista al exterior. Los rayos del atardecer incendiaban con su luz carmesí el agua de los canales en forma de anillos que rodeaban la ciudadela. Los edificios formaban un enorme conglomerado de muros de piedra, cúpulas doradas, torres rematadas por pináculos, arcos esculpidos y minaretes. El incesante estruendo de las cascadas se combinaba con el burbujeo de las fuentes para ofrecer un suave y apacible telón de tranquilidad para todos los habitantes. Calíope y sus hermanas contemplaron la ciudad dorada y los fértiles valles que la rodeaban, así como la montaña que se alzaban más allá.

       —Es el momento de irme —anunció Caliope—. No debo perder ni un instante más.

       Clío la miró de perfil.

       —Sí necesitas ayuda… .

       —Te lo agradezco, hermana —repuso Calíope, bajando la mirada—. Pero Urano no permitirá que ninguna de ustedes intervenga de alguna forma. Debemos confiar en que los mortales lograrán impedir esta destrucción y tal vez, después de esto, Urano y los demás Káiser cambien su manera de pensar con respecto a ellos.

       —Cuídate mucho, hermana —dijo Urania—. No te fíes de los mortales, recuerda que muchos de ellos son primitivos y tontos.

       Calíope se volvió un instante por encima del hombro y una sonrisa se insinuó en sus labios. Se sentía profundamente agradecida con sus hermanas, pero ahora tenía que dejar la seguridad de Celestia y reunir a los guerreros que había seleccionado. La posibilidad del fracaso era como una sombra que la seguiría durante todo su viaje por salvar lo que aún quedaba del Multiverso, pero ella no le temía al fracaso. Primero iría en busca de los campeones que lucharían y más tarde descubriría al responsable detrás de las tormentas de antimateria que causaban la devastación.

       La musa cerró los ojos y alcanzó su interior. Llamó al Aureus, acumulando en su espíritu y rodeándose de él. Respiró en él y la mantuvo arremolinado en su corazón, aferrándose a ese místico poder hasta que pudo sentir el Multiverso y el tiempo girando a su alrededor.

       Hasta hacerse una con en el eje de toda la Existencia.

       Ahora ella debía sustraerse a sí misma. Se dividió y desapareció.

       Universo-20,010,601
Planeta Kelbo

       Bajo la oscuridad de la noche, la playa cercana esperaba sumida en un silencio por demás pensativo. Las estrellas se asomaban al cielo. El mar, que ahora se veía gris en vez de azul, se mantenía sereno como invitando a la reflexión. Lorna estaba sentada al pie de un árbol mientras su padre la contemplaba. La niña apoyaba la espalda contra el tronco para contemplar con fascinación el manto de estrellas que cubría el cielo nocturno.

       —¿No crees que es hora de dormir? —le preguntó Cort—. No está bien que te desveles.

       La niña apenas y le prestó atención.

       —¿Por qué hay tantas, papá? ¿Cuantas estrellas pueden caber en el cielo?

       —Existen millones de ellas —respondió Cort, disimulando una sonrisa—.  El universo está lleno de estrellas como las que estás observando en el cielo.

       —¿Tú las has visto todas, papá?

       Cort sintió ganas de reírse.

       —No, claro que no. El universo es infinito, Lorna. No creo que exista nadie que lo haya recorrido en su totalidad, aunque quizá los Kaioshins lo conozcan de punta punta.

       La niña siguió mirando con el mismo entusiasmo de siempre. Apenas tenía cinco años y por eso muchas cosas le resultaban fascinantes y atractivas, pero las estrellas siempre habían ocupado el primer lugar en su lista de preferencias. “Las personas rara vez escuchan lo que uno les dice, pero las estrellas siempre lo hacen”, solía decirle su madre y tal vez por eso le gustaba tanto contemplarlas. En ocasiones se ponía a pensar en lo que se sentiría visitar todas las estrellas y los planetas de la galaxia, e incluso todo el universo. ¿Por qué no? Después de todo el universo sólo era… ¿infinito?

       —Papá, ¿qué tan grande es el infinito?

       —Bueno, el infinito es como… —Cort descubrió que la pregunta era demasiado complicada para hacérsela entender a una niña pequeña y trató de explicarlo de la forma más sencilla que pudo—. Mira, imagina que el mar no tuviera fin y se extendiera para siempre. Digamos que más o menos de esa forma sería el universo.

       Lorna alzó una ceja.

       —Pero, papá, el mar si tiene límites, termina en la playa.

       Cort se quedó callado por unos instantes y comenzó a rascarse la cabeza.

       —Tal vez no fue un buen ejemplo. Imagínate que tuvieras un piano tan grande y con tantas teclas que jamás pudieras terminar de contarlas en toda tu vida. ¿Te lo puedes imaginar? Así sería el infinito.

       —Papá —la niña puso cara de asombro—. Eso ya no sería un piano.

       —Eh, si, bueno, es que… bueno… —hizo una pausa y llegó a la conclusión de que las comparaciones no eran su fuerte. Lo mejor sería dejar el tema para otro día; tal vez hasta que Lorna fuera una científica o algo por el estilo—. ¿Sabes qué? Sí prometes acostarte temprano, quizá algún día hablemos más sobre ese asunto del infinito.

       La niña comenzó a reír entre dientes.

       —¿De qué te ríes? —inquirió Cort.

       —Juntaste las cejas hace un momento y mamá dice que siempre haces eso cuando no sabes qué decir.

       —¿Ah sí? —Cort dejó escapar una sonrisa—. Lo mismo podría decir de ti.

       —Mentiroso —le espetó la niña sin dejar de sonreír.

       —¡Hora de dormir, Lorna! —gritó una voz femenina desde la casa—. ¿Dónde estás?

       Cort le hizo una señal con la mano para indicarle que se marchara en silencio antes de que los descubrieran. Yakumo podía ser una madre bastante comprensible, pero le molestaba que Lorna saliera de la casa de noche, aunque sólo fuera para observar las estrellas. La niña aún era muy joven para comprender las preocupaciones de una madre, pero le gustaba demasiado sentarse al pie del mismo árbol por la noche antes de ir a dormir.

       —Iré por la ventana —susurró Lorna—. Así no sabrá que salí de mi habitación.

       Cort asintió.

       —Ve a dormir, te alcanzaré en unos momentos.

       —Papá, mira —Lorna apuntó al cielo con un dedo—. Una estrella ha caído del cielo.

       —¿De verdad? —preguntó Cort, echando una mirada por encima del hombro. Un rayo de luz se precipitaba desde el firmamento y cayó entre los árboles cercanos sin emitir ningún sonido—. Bueno, a veces ocurre, pero no te preocupes. Las estrellas fugaces son de buena suerte y algunas personas incluso les piden deseos.

       —¿De verdad? Bueno, entonces ya sé lo que pediré.

       —Me lo contarás mañana, ya debes irte o tu madre se molestará.

       Pero cuando Lorna se marchó, Cort no se movió de su lugar. Una presencia desconocida y poderosa estaba muy cerca. Su percepción le indicaba que alguien se encontraba a poca distancia de ahí. El saiya-jin dirigió su mirada hacia el sitio donde se había caído la estrella fugaz, pero fingió que no sucedía nada en tanto su hija no entrara en la casa. Tan pronto como la niña se introdujo por la ventana de su habitación, Cort se dio la vuelta y se volvió hacia un grupo de árboles. Lo que Lorna había visto no había sido una estrella fugaz, sino la estela de aura dejada por algún ser con poderes.

       —¿Por qué no sales de una buena vez? —inquirió con una voz que denotaba una gran seguridad en sí mismo—. Pude sentir tu presencia desde que estabas a muchos kilómetros de distancia. ¿Quién eres u qué buscas aquí?

       Una hermosa joven salió por detrás de un árbol. Era una chica de estatura mediana, tez clara como la nieve, cabello largo y oscuro como la misma noche y labios tan rojos como la sangre. Estaba vestida con una larga túnica blanca que iba ceñida a su cuerpo por un cinturón dorado. Sus brazos colgaban relajadamente a los costados, pero parecían preparados para cualquier eventualidad.

       —Tu ayuda es requerida, Son Cort.

       El saiya-jin se puso tenso.

       —¿Cómo es que sabes mi nombre? ¿Qué es lo que deseas de mí?

       Calíope dio un paso al frente.

       —Sé todo sobre ti, Cort. He visto tu nacimiento, así como el de otros más en este y otros universos. Acompáñame y todas tus preguntas serán respondidas a su debido tiempo.

       Cort permaneció inmóvil, con los ojos fijos en la joven, abrumado por las palabras que acababa de escuchar. ¿Quién era ella? ¿Por qué afirmaba conocerlo desde su nacimiento cuando nunca la había visto antes? ¿Acaso se trataba de un engaño del último enemigo que había enfrentado años atrás y que ahora buscaba vengarse? Cort podía ser una persona noble y solidaria, pero no tenía la ingenuidad de su padre. Había razones de sobra para desconfiar de aquella chica. Sin embargo, su percepción le indicaba que el ki de esa joven era tranquilo y sereno. Era una energía tan delicada como la onda de un estanque en el que uno se bañaría de forma incesante.

       —No pienso acompañarte hasta no tener algunas respuestas. La verdad es que me gustaría escuchar tus razones antes de decidir cualquier cosa.  Hace muchos años conocí a un sujeto llamado Kay Namura que se apareció de la misma forma que los has hecho tú. Él también solicitó mi ayuda para luchar contra una banda de locos. ¿Acaso tú eres amiga de él?

       —Cort, sé que elegiste vivir una vida tranquila y pacifica con Yakumo y tu hija Lorna, pero necesito tu ayuda para salvar este universo y muchos más. Ven conmigo, la más grande aventura de tu vida te espera.

       El saiya-jin no pudo reprimir su sonrisa. Aunque había renunciado a la idea de librar más batallas desde hacia mucho tiempo, una parte de él siempre anhelaría los combates y las peleas emocionantes. Estaba impreso en su naturaleza de saiya-jin y no podía negarlo por mucho que lo intentara. Tal vez la mujer le estaba mintiendo o tal vez no. Como fuera, su corazón de guerrero le pedía casi a gritos que aceptara ir con ella. Después de todo, siempre había tiempo para una última aventura.

       —Habrá puertas en la vida que te llevarán a un futuro incierto, escoge bien cuál seguirás —murmuró Cort para sí mismo y luego añadió—: Está bien, te acompañaré como me lo pides, pero antes de marcharnos debo hablar con Yakumo y mi hija para explicarles que estaré ausente algún tiempo.

       —Descuida, te prometo que las verás de nuevo —le respondió Caliope y ambos desaparecieron con un resplandor.

       La esfera de luz que transportaba en su interior a Dina Kaioh-shin atravesaba la negrura del espacio a medida que se dirigía hacia la veintiuna galaxia del universo conocido. Su viaje en busca de conocimientos la había llevado a numerosos mundos y sistemas estelares tan alejados que la mayoría de las civilizaciones inteligentes apenas conocía de su existencia. Aunque no era la primera vez que hacía un viaje por el universo, sí era la primera vez que se internaba tan lejos por el espacio. Y eso la emocionaba y asustaba al mismo tiempo.

       Su viaje no había estado exento de contratiempos. Incluso una deidad como ella tenía que sufrir la frustración de toparse con formas de vida primitivas o poco evolucionadas que sólo le habían dado problemas o le quitaban tiempo con asuntos sin importancia. Afortunadamente, había pasado mucho tiempo desde el penoso incidente con la raza de los camaronis y ahora se sentía en completa libertad para seguir con su viaje espacial. El aspecto de Dina no era como el de la mayoría de los de su clase y eso podía notarse a simple vista. Su rostro y apariencia eran los de un arlequín. Llevaba la cara pintada de blanco y negro, y sus vestimentas bombachas eran de un llamativo color fucsia entremezclado con azul. En su cabeza portaban un típico sombrero de arlequín con dos enormes cascabeles atados en las puntas.

       Estaba contemplando unos brillantes y espectaculares quasares que iluminaban el espacio sideral a lo lejos cuando descubrió la figura de una joven flotando en medio de la nada.

       —Dina Kaiho-shin, tu ayuda es requerida.

       Dina abrió los ojos como platos. ¿Una humana en el espacio? Eso no era posible, a menos que se hubiera quedado dormida en el viaje y ahora estuviese soñando. La Kaioh-shin se frotó los ojos un par de veces antes de hablar.

       —Vaya, debes ser alguien muy especial para sobrevivir en el espacio. Dime, ¿de qué planeta eres?

       —No provengo de ningún mundo que conozcas, Dina Kaioh-shin del Suroeste.

       La Kaioh-shin puso cara de asombro al instante. Escuchaba la voz de la joven, pero sus labios no se movían. Debía estar usando algún tipo de habilidad telepática para contactarla y por eso podía oírla pese a que ambas estaban en medio del espacio.

       —Y también conoces mi nombre.

       —Entre otras cosas —repuso Calíope—. Necesito de tu ayuda, ven conmigo.

       —Humm, disculpa, pero de niña me recomendaron que no confiara en los desconocidos —dijo la kaioshin en medio de una risita nerviosa—. Pero ¿podrías darme tu nombre y decirme qué intenciones tienes?

       Calíope sonrió.

       —Y así ya no sería una desconocida, ¿verdad?

       —Exacto —contestó Dina haciendo una mueca de niña traviesa.

       —Dina Kaio-shin del Suroeste… .

       —Hey, hey, puedes llamarme simplemente Dina —le interrumpió la Kaioh-shin un poco incomoda con tanto formalismo—. Es decir, apuesto a que a ti tampoco te gustaría que te llamaran “señora de los mil cosmos, soberana de las veintiuna galaxias conocidas y alma perdida del universo”, ¿verdad?

       Esta vez fue Caliope quien se mostró contrariada.

       —Había leído sobre tu peculiar forma de ser, pero admito que no dejas de sorprenderme. Bien, Dina, mi nombre es Calíope y ahora que ya no soy una desconocida debo pedirte que confíes en mi.

       —¿Por qué debería? —inquirió Dina.

       —Porque la estabilidad de este universo al que intentas proteger se encuentra amenazada.

       Dina se tomó las mejillas con las manos.

       —¡Santa cachucha! ¡No otra vez! Bueno… no lo sé… tal vez… .

       —Te aseguro que tus dudas serán respondidas —afirmó Calíope.

       La Kaioh-shin se quedó pensativa. Había usado su habilidad para leer el alma con la intención de buscar el menor indicio de malicia en el corazón de aquella joven, pero no había encontrado nada que la llevara a pensar que estaba mintiendo. Supuso que tal vez decía la verdad y decidió darle el beneficio de la duda.

       —De acuerdo, ¿a dónde iremos?

       Como respuesta, Calíope posó su mano derecha sobre la esfera donde Dina viajaba y entonces ambas desparecieron en un resplandor de luz.

       Universo-20,030,603
(A doscientos sesenta mil kilómetros de la Tierra)

       Desde el ángulo en que estaba situada la flota de la Liga Planetaria, la luna parecía casi llena. Sin embargo, desde la Tierra, acababa de entrar en la fase del cuarto creciente. La nave estelarOctenius, cuya superficie se iluminaba gradualmente por los rayos de un sol amarillo, lideraba una poderosa flota de naves alienígenas que permanecían estacionada a miles de kilómetros del pequeño planeta azul que sus habitantes llamaban “Tierra”. La última batalla con las fuerzas caronianas había dejado una estela de muerte y desolación por todo el planeta. Más de un centenar de las ciudades terrícolas más importantes habían desaparecido en medio de explosiones nucleares o destruidas por rayos antimateria lanzados desde las naves caronianas. Millones de terrícolas habían muerto y había más heridos que victimas mortales. El agua, el suelo y el aire de la Tierra estaban altamente contaminados como consecuencia de la feroz batalla que había terminado con la victoria de las fuerzas de la Liga Planetaria.

       Durante horas, los técnicos en comunicaciones de la flota habían tratado de contactar con algún gobierno de la Tierra, pero de momento no habían recibido ninguna respuesta por parte de los terrestres. Todo hacía suponer que las cosas marchaban tan mal que los terrícolas apenas disponían de los medios más indispensables para sobrevivir en un mundo envenenado por la radiación. Centenares de ciudades todavía eran consumidas por incendios incontrolables provocando densas nubes de cenizas que impedían el paso de la luz solar. Sin embargo, pese a la devastación que padecían los habitantes de la Tierra, para los comandantes de la flota de la Liga todo eso era un asunto menor comparado con la amenaza que planteaba la posible existencia de tropas caronianas ocultas en algún punto del planeta.

       Sí el enemigo aún permanecía en la Tierra, las fuerzas de la Liga debían estar listas para entrar en combate. Por esa razón, los Guardianes se concentraban en prepararse para la siguiente batalla que habrían de librar en el corto plazo. Los Guardianes eran una sociedad de guerreros que servían a la Liga Planetaria y conformaban una fuerza de elite que no pocas veces decidía el resultado de una batalla. Se habían constituido como una Orden que tenía apenas unos doscientos años de antigüedad, pero ya contaban con al menos diez mil miembros provenientes de diferentes mundos. Uno de ellos era Paul Tapia, un joven terrícola que acababa de volver de una misión importante y ahora lo único que buscaba era descansar un poco.

       Paul caminaba por un largo pasillo que conducía al área de comedores y los camarotes. Era un hombre joven de cabello negro, piel clara y ojos azul grisáceo. Iba revestido con una reluciente armadura de color celeste hecha de una fuerte aleación de plata, oricalco y gammanium. Todos los guardianes llevaban en su costado un sable de luz que colgaba del cinturón junto con una Armor Capsule, que era una pequeña computadora de bolsillo con diferentes aplicaciones.

       Lo acompañaban una guardiana además  del líder de los guardianes destacados en aquella flota. Mientras se dirigían hacia los camarotes, Paul iba contándoles todo lo referente a su última aventura, así como los terribles peligros que había tenido que afrontar para regresar.

       —De manera que te topaste con una versión alterna de Sakura Kinomoto en el universo donde estuviste, ¿eh? —murmuró Kayani—. Que coincidencia tan peculiar, pero no debería extrañarnos tanto. Después de todo, quién diría que encontraríamos una versión diferente del planeta Tierra en este universo.

       Kayani Arftin era una adolescente de cabello castaño y ojos verdes; iba vestida con un ajustado traje sobre el cual portaba una armadura similar a la de su compañero Paul, aunque la de ella era de color rojo con detalles y ornamentos amarillos. La armadura de Kayani también estaba hecha con oricalco y gammanium, pero no había sido forjada con plata, sino con bronce. Pese a su corta edad ya era toda una experta en el manejo de la magia y se había destacado varias veces por su valor en la prolongada guerra contra los caronianos.

       Zafet, por otro lado, era un hombre alto y fornido; tenía el cabello largo y usaba una armadura de plata similar a la de Paul, pero de un color verde oscuro, casi negro.

       —La Sakura que conocí era una mujer adulta hecha y derecha —comentó Paul mientras recordaba su odisea—. Al principio no la reconocí, pero cuando me dijo su nombre no supe ni qué decir. De hecho tuve que fingir calma para aparentar algo de normalidad, aunque debo decirles que la manera en que nos conocimos fue… rara.

       —¿Rara? —repitió Kayani—. ¿Por qué dices eso?

       —Porque me atropelló con su auto y… .

       Zafet se detuvo y alzó una mano para indicarles que no avanzaran más.

       —Silencio, percibo una presencia poderosa dentro de esa bodega —hizo una pausa y esperó uno segundos mientras analizaba la sensación—. No se parece al aura de ningún guardián que haya conocido antes. Es un aura poderosa, pero…

       Kayani dirigió su mirada hacia la habitación que Zafet les había indicado y que se encontraba a unos metros. Se concentró en sí misma y respiro hondo. Era verdad. Una energía poderosa emanaba desde el interior de la bodega, pero no pertenecía a ninguno de sus aliados terrestres. De hecho no pertenecía a nadie que ella conociera. Era una energía pura, limpia y… perfecta.

       —No sé quién pueda ser —dijo Paul, que ya había sacado su arma—. Pero si se trata de un Shadow Warrior o de alguna de las criaturas mágicas del Emperador de Caronia, les aseguro que se va a arrepentir de haberse infiltrado en esta nave. Vamos por él ahora.

       —Espera, Paul, debemos avisar a seguridad —dijo Zafet, pero fue inútil. Su compañero de armas ya había echado a correr hacia la puerta.

       Paul entró a la habitación decidido a todo, pero en vez de encontrarse con un enemigo como esperaba, se topó con una hermosa joven de cabello negro que vestía una sencilla túnica blanca. Zafet y Kayani llegaron inmediatamente detrás de su compañero y miraron a la extraña con una mezcla de recelo y desconcierto.

       —¿Quién eres tú? —inquirió Paul con el sable de luz activado—. ¿Cómo llegaste a esta nave?

       —Mi nombre es Calíope —se presentó la joven y luego de esto extendió una mano al frente—. No tengo tiempo para explicaciones, pero deben venir conmigo. El destino de este universo está en peligro.

       Zafet frunció el entrecejo. Su mano bajó hacia el sable de luz que colgaba de su cinturón para empuñarlo y activarlo. Una brillante columna de luz azul chisporroteó y el aire se llenó de un olor eléctrico.

       —¿De qué estás hablando? —preguntó el Guardián mientras se movía hacia la joven sin bajar la guardia ni un momento—. ¿Cómo sabemos que no eres una espía de los caronianos? Entraste a esta nave sin autorización.

       Calíope dirigió una mirada tranquila hacia Zafet. El sable de luz del Guardián brillaba a escasos centímetros del cuello de la musa.

       —Esto no es necesario, Zafet —Calíope pasó una mano por delante de la punta curva del sable y su hoja desapareció inmediatamente—. Sí quisiera hacerles daño podría haberlos atacado en el momento que yo quisiera. He venido a solicitar la ayuda de ustedes tres.

       —¿Cómo hiciste eso? —preguntó Zafet extrañado.

       —No utilizó ningún tipo de magia o de otro modo lo sabría —murmuró Kayani, mirando directamente a los ojos de Calíope—. Sea quien sea dispone de grandes poderes, pero no percibo energía maligna en ella. Su aura es tranquila y denota un gran valor como he sentido en pocas personas. No se parece en nada a los Shadow Warriors contra los que peleamos.

       —Tu apreciación es correcta, Kayani Arftin —dijo Calíope, volviendo la vista hacia la joven Guardián de Bronce—. No soy su enemiga y sólo he venido porque requiero de su ayuda para salvar el destino de muchos mundos.

       —¿Conoces mi nombre? —inquirió la guardiana con asombro.

       —Conozco a todos y cada uno de los Guardianes, así como sus hazañas en el universo de donde son originarios. También sé de las pretensiones de sus enemigos, pero les aseguro que no tengo nada que ver con ellos.

       Paul todavía recelaba de aquella mujer. De manera disimulada decidió usar su habilidad telepática para hurgar en los pensamientos de ella y averiguar si hablaba con la verdad o trataba de engañarlos. Fue entonces cuando descubrió que le resultaba imposible leerle la mente. El guardián de plata frunció el entrecejo y después volvió a intentarlo, recurriendo a todo su poder mental. Luego de unos segundos entendió que era un esfuerzo inútil. Su poder psíquico no estaba funcionando por alguna razón. Cada vez que trataba de sondear la mente de la mujer delante de él algo sucedía porque no lograba captar nada.

       —No logró entrar en sus pensamientos —musitó Paul.

       —Tampoco yo puedo hacerlo —confesó Zafet—. No puedo comprender cómo lo hace, pero de alguna manera puede bloquear nuestra habilidad para leer el pensamiento. Ciertamente, no existen muchos seres que puedan hacer eso con un guardián de plata.

       Calíope levantó ambas manos y la luz la cubrió por completo.

       —Deben venir conmigo… ahora.

       Un brillante resplandor envolvió a los tres Guardianes. Cuando la luz desapareció tanto la musa como los Guardianes se habían esfumado.

       Universo-20,050,303
Tierra.

       Génesis era una chica joven, serena y hermosa. Tenía la piel clara, ojos azules y llevaba el cabello largo hasta los hombros. Vestía de forma llamativa, con una blusa corta abierta en el ombligo y pantalón de talle ajustado. Portaba lentes oscuros, botas de combate con punta de acero, unos mitones negros para protegerse las manos y una larga gabardina de color blanca. En las caderas, colgaban dos pistolas en fundas de manejo rápido y sobre su espalda cargaba una enorme y filosa espada. Sobre su frente llevaba marcado un extraño símbolo que ocasionalmente cubría con su cabello color ébano.

       La cazadora caminó unos pasos más y se colocó de espaldas a una pared de ladrillos contigua a la entrada del callejón. Sabía que no estaba totalmente sola. Su intuición, algo en lo que solía confiar demasiado luego de enfrentar situaciones hostiles y por demás peligrosas, la puso en movimiento de nuevo. Se adentró por el callejón corriendo a toda velocidad mientras escuchaba que alguien corría tras ella.

       Una criatura salió de la nada, una especie de ser redondo dotado de algo parecido a una cara que no tenía nariz, pero poseía dos ojos sombríos, bajo los cuales abría un pico cartilaginoso; en grupo, en torno a su boca, había ocho tentáculos gruesos que bailaban descontroladamente.

       Génesis se echó a la izquierda, en dirección a un enorme contenedor de basura móvil. Antes de agazaparse tras él, un largo tentáculo paso de largo a unos pocos centímetros de su brazo derecho. Mientras corría para poner distancia entre su persona y las horrendas criaturas que la perseguían, la cazadora sacó una de sus 45. Tras sortear a otra criatura con un hábil movimiento, se encontró con que había al menos otros siete monstruos horripilantes al final del callejón. La tenían completamente rodeada. Se quedó inmóvil y alzó la pistola.

       —Van a tener que hacerlo mejor, lilims.

       Con un tremendo impulso, Génesis saltó por encima de las criaturas que le cerraban el paso y salió del callejón. Uno de los lilims trató de alcanzarla con sus tentáculos gelatinosos, pero ella se giró con un rápido movimiento para evadir el repulsivo brazo que trataba de atraparla. Con su 45 apuntó a las criaturas y empezó a disparar en posición Rapid Fire, liquidando una por una. Las balas cosieron los cuerpos viscosos de los lilims que desgarraron la noche con sus horrible chillidos antes de morir.

       Génesis se acercó hasta una de las criaturas moribundas e incrustó una bota fuertemente contra la cabeza del engendro al estilo Wild Stomp para rematarlo. Iba a enfundar su arma cuando percibió otro tipo de presencia que se escurría entre las sombras. Pero a diferencia de los lilims que había liquidado, aquella misteriosa presencia parecía conformarse sólo con observarla. La cazadora se giró hacia su costado derecho apenas sintió movimiento en esa dirección. Pero lo siguiente que encontró su mirada no fue otro de los horrendos lilim, sino una mujer de cabello negro y túnica blanca.

       —¿Quién eres tú? —le preguntó Génesis—. Pude haberte matado y… .

       —Génesis, tu ayuda es necesaria para salvar este mundo y su universo.

       —¿Salvar este mundo dices? —inquirió Génesis, contrariada. Bajó el arma y la guardó en su funda. Su corazón aún latía aceleradamente—. No sé de qué estás hablando o donde has estado todo este tiempo, pero me temo que llegaste demasiado tarde sí tu intención era salvar el mundo.

       —No, Génesis, no comprendes —dijo Calíope—. Necesitamos de ti para salvar este universo de la destrucción que se avecina. Debes venir conmigo ahora.

       Génesis se quitó los anteojos oscuros y la miró con evidente desconfianza.

       —¿Por qué sabes mi nombre? ¿Acaso eres una cazadora también?

       —Sé muchas cosas sobre ti, pero si me acompañas responderé a todas tus dudas.

       —¿Y sí prefiero no hacerlo? ¿Qué harías entonces?

       Caliope le miró fijamente.

       —Tú mejor que nadie conoce la existencia del multiverso, ¿o me equivoco, “luna negra”?

       Génesis se quedó sin palabras. La sola mención de la existencia de otros universos le hizo comprender que la mujer que tenía delante no era una cazadora, mucho menos una humana común y corriente. Pero lo que más le sorprendía era que la hubiese llamado “luna negra”. ¿Por qué sabía tanto de ella? ¿Sabría algo sobre su verdadero origen? ¿Acaso se trataba de un ser parecido a su desaparecido maestro Adán? También consideró la posibilidad de que la mujer fuese una de los héroes que supuestamente debía encontrar en su viaje, pero enseguida desechó tal idea al recordar que la joya roja de su espada no había emitido ningún tipo de resplandor.

       —Tú no perteneces a este mundo, ¿verdad? De otro modo no habrías mencionado la existencia del multiverso como una realidad. Pero lo que aún ignoro es quién eres y cómo es que sabes tantas cosas de mí. Dime de dónde provienes y que buscas en este mundo.

       —Ven conmigo y todas tus dudas serán respondidas en su momento —le respondió Caliope.

       —¿Adónde iremos? —inquirió Génesis.

       —Pronto lo sabrás, es un lugar que no dudo hayas visitado alguna vez en tus sueños.

       Súbitamente, las dos se llenaron de luz y desaparecieron. Pero su partida no había pasado inadvertida para la oscuridad. En medio de las sombras, la presencia siniestra, un ser mitad hombre y mitad máquina, había observado todo desde que Génesis había salido del callejón perseguida por las criaturas. Una de éstas todavía se hallaba cerca de ahí cuando la misteriosa presencia decidió marcharse. La cosa saltó hacia la oscuridad para atacar, pero la presencia la tomó rápidamente por el cuello y le atravesó el pecho con suma facilidad. El lilim emitió un chillido ensordecedor cuando la sombra lo arrojó contra el suelo. Siguió chillando hasta que le asestaron el golpe definitivo y todo quedó sumido en silencio nuevamente.

       Universo-20,019,897
Tokio, Japón

       Tres jóvenes en armaduras recorrían las azoteas de las casas y los edificios dando enormes saltos que los elevaban decenas de metros por el aire. Se dirigían hacia el este de la ciudad y lo hacían bastante rápido. Uno de ellos finalmente se detuvo sobre el tejado de un edificio de oficinas y comenzó a escudriñar los alrededores con la mirada como buscando algo.

       —¿Qué sucede, Ryu? ¿Por qué te detuviste? —le pregunto Shiryu, llegando por un costado junto con Shoryuki. Como Ryu no respondió a las preguntas, Shiryu miró en la misma dirección que su compañero, pero no vio nada fuera de lo normal—. ¿Acaso viste algo? ¿Un mutante tal vez?

       Ryu era un joven robusto y de reflejos muy rápidos. Tenia el cabello largo hasta la cintura y lo llevaba atado con una cinta. Su armadura era similar a la de los antiguos samurai japoneses, salvó por el guantelete izquierdo cuyo puño tenía la forma de una cabeza de dragón. La loriga era de color blanco con motivos azules que simulaban relámpagos. En su cinturón portaba la legendaria espada del clan Hayabusa, la Ryuken o Espada del Dragón.

       —No sé si se trate de un mutante —respondió—, pero percibo algo. Es una presencia diferente a cualquiera que haya sentido antes.

       —Es cierto —convino Shoryuki—. Siento que un Ki muy poderoso se aproxima directamente hacia nosotros. Ninguna de las Sailor posee una energía similar, de modo que debe tratarse de otra persona.

       Shiryu ladeó la cabeza hacia sus camaradas.

       —Como si no tuviéramos suficientes con los mutantes que fabrican en esa transnacional llena de chiflados. Bueno, sea lo que sea no puede ser peor que uno de esos villanos fanfarrones deDragon Ball Z, ¿verdad?

       Shoryuki lo miró en silencio por unos instantes y luego suspiró. Ella todavía era una adolescente y bajo su máscara poseía una mirada que sugería una inmadurez de la cual ya se había desecho hace tiempo. En la cabeza llevaba una corona con forma romboide alargado que dejaba al descubierto su largo cabello dorado. La armadura de Shoryuki era de un rojo vivo que contrastaba con los pequeños decorados en forma de llamas que la adornaba. La hombrera izquierda tenía la forma de cabeza de dragón y era el elemento más llamativo de la armadura.

       —Ya comenzaba a preguntarme cuando harías un comentario como ese.

       —Guarden silencio y estén atentos —les indicó Ryu—. No estamos solos.

       —Dragones Legendarios, he venido a buscarlos —dijo una voz femenina en las alturas.

       Los tres jóvenes levantaron la mirada al mismo tiempo. Shiryu tuvo que colocarse la mano derecha a forma de visera para protegerse los ojos del fuerte resplandor que despedía la misteriosa joven que estaba frente a ellos. Parecía un ángel cubierto por la luz misma de su propia divinidad.

       —Si ella es un mutante, entonces debe ser el mejor que han creado hasta ahora.

       —Cierra la boca, Shiryu —le dijo Ryu—. No creo que ella tenga que ver con los laboratorios Cherius Medical.

       —Por favor, vengan conmigo —Calíope descendió hasta que sus pies tocaron el borde de la azotea donde los dragones legendarios estaban—. Necesito de su ayuda para salvar este universo y muchos otros también.

       —¿Cuál es tu nombre? —quiso saber Ryu.

       La musa dirigió su mirada hacia el guerrero del Dragón del Cielo.

       —Mi nombre es Calíope y de momento es todo lo que les diré.

       —¿Insinúas que vamos a ir contigo así nada más? —Shiryu alzó una ceja y se volvió hacia sus amigos—. No creo que esta chica sepa con quienes está tratando porque no somos tan ingenuos.

       —Sé quién eres, León Almeida, Dragón del Mar —repuso Calíope y luego contempló a los otros Dragones Legendarios—. Y ustedes son Minerva Ravencroft y Musashi Hayabusa, los Guerreros Dragón que representan la Tierra y el Cielo respectivamente. También conozco sus hazañas en contra las fuerzas de la oscuridad que amenazan esta ciudad.

       Shiryu estaba pasmado por lo que acababa de oír. Lo primero que le vino a la mente era que al inspector Fujima se le habían pasado los tragos en algún bar de mala muerte y accidentalmente había revelado la identidad secreta de los Dragones Legendarios. ¿Habría confesado también la identidad de las Sailors? El solo pensar que Ami y sus amigas también estuviesen en peligro hizo que Shiryu sintiera un vacío en el estómago. Casi podía escuchar la voz de Rei gritando a los cuatro vientos lo estúpidos que todos habían sido por confiar en ese policía. Pero aquella teoría presentaba dos problemas. Primero: era imposible que Fujima hubiese conocido a una mujer como esa en un miserable bar. Segundo: el inspector no era tan estúpido como para revelar sus secretos en medio de una borrachera y aunque lo fuera, él no conocía las identidades de Ryu y Shoryuki.

       Otra desagradable posibilidad ensombrecía los pensamientos de Ryu: tal vez aquella mujer llamada Caliope formara parte de algún nuevo plan del enemigo. Pero el Ki que despedía era tan delicado, tan lleno de bondad y tan perfecto que parecía imposible que albergara malas intenciones. Shoryuki, por su parte, se planteó la tesis de que la desconocida realmente no tuviese lazos con los enemigos que combatían, pero eso no descartaba el hecho de que en realidad escondiera alguna mala intención.

       Shiryu  giró el rostro hacia sus compañeros.

       —Parece que conoce nuestras identidades, tal vez deberíamos ir con ella.

       —No lo sé —murmuró Shoryuki—. ¿Qué tal si es una trampa?

       —Creo que en este caso apoyo la idea de Shiryu —dijo Ryu luego de unos instantes. Su razonamiento le decía que tuviera cuidado, pero su instinto le aconsejaba seguir a Caliope—. Ella sabe quienes somos y la única forma de averiguar si dice la verdad o está mintiendo es acompañándola.

       —Les aseguro que tendrán todas las respuestas —Calíope levantó una mano hacia los Dragones Legendarios.

       Universo 20,045,589
Base de Sivacorp.

       Durante toda la tarde y hasta la caída de la noche, los asépticos corredores del complejo estaban sumidos en un silencio equiparable sólo al de un cementerio. Los pasillos estaban desiertos con excepción de algunos cuantos guardias que realizaban labores de vigilancia. Había centinelas en todos los accesos y las alarmas y cámaras de vigilancia estaban encendidas. No había forma de que alguien pudiera ingresar a la base sin importar que se tratara de un Shaman u otro ser con habilidades sobrenaturales. No por nada todos aquellos que tenían el privilegio de visitar la base de Sivacorp terminaban convencidos de que el sitio era una fortaleza inexpugnable.

       Pero los intrusos o la seguridad de la base eran lo último que pasaba por la agitada mente de Sobek. Tenía tantas cosas en que pensar que no hallaba por donde empezar y eso le provocaba un cierto grado de ansiedad. Estaba tan estresado que no había logrado cerrar los ojos en la cama. A pesar de haber recibido el mejor entrenamiento militar y saber todo lo concerniente a las labores de supervivencia y la infiltración, nada de eso lo había preparado para resolver los dilemas morales por los que estaba pasando. Cuando se dio cuenta que no lograría dormir por mucho que lo intentara, se levantó de la cama y fue hacia el baño. Abrió el grifo del lavamanos y se miró al espejo por unos instantes. Había pasado por tanto que a veces ya no se reconocí a sí mismo. Tomó un poco de agua entre sus manos y se frotó la cara un par de veces. Faltaba poco para que amaneciera de forma que decidió comenzar con su rutina de ejercicios matutinos una vez que dejara el baño. Quizá de esa forma lograría distraerse y dejar de pensar en su relación con Anath. Sacudió la cabeza con expresión de disgusto. Tomó una de las tollas que estaban dobladas sobre la caja de agua del sanitario y alzó la mirada para verse nuevamente en el espejo antes de retirarse. Cuando descubrió el rostro de una joven parada detrás de él, se dio la vuelta con rapidez.

       —¿Quién eres tú? ¿Cómo entraste aquí?

       La joven lo miró tranquilamente.

       —Tu ayuda es necesaria, Joseph.

       —¿Por qué sabes mi verdadero nombre? —Sobek estaba sorprendido, pero no iba dejarse impresionar tan fácilmente. Apretó los labios y miró con indiferencia a la joven—. ¿Acaso eres una Shaman? Tal vez encontraste una forma de eludir los sistemas de seguridad de la base, pero más te vale decir toda la verdad o te juro que vas a lamentarlo.

       —Lo siento, pero no puedo decirte nada más. Debes venir conmigo ahora.

       Sobek pasó caminando junto a la joven y se dirigió al buró junto a la cama para buscar sus armas. A juzgar por la manera en que la chica había parecido, supuso que debía ser una Shaman o una bruja. Pero lo que más inquietaba a Sobek era que lo hubiera llamado por su nombre verdadero. Apenas se colocó los brazaletes y tomó su arma, se volvió hacia la mujer decidido a obtener respuestas.

       —Podemos hacerlo de la manera sencilla… —levantó la mano derecha, mientras del brazalete surgía una filosa garra metálica. Contempló el arma por un instante y enseguida miró a la joven de forma amenazante— o la difícil. Puedes elegir la que más te guste, pero de cualquier forma vas a decirme quién eres.

       —Todo esto es innecesario, Sobek —respondió Caliope con tono sosegado.

       Él se abalanzó directo sobre ella.

       —¡Suficiente!

       Calíope sólo se hizo a un lado para eludir la embestida de Sobek, que pasó de largo y faltó poco para que se estrellara de cara contra la pared. Cuando se percató de lo que había pasado, el militar dio la media vuelta con la firme intención de someter a la mujer y extendió una mano, sujetándola por el brazo. Pero Caliope no hizo nada por tratar de liberarse, porque sólo sonrió y entonces un brillante resplandor los envolvió a los dos.

       En uno de los incontables universos, una oscura figura estaba de pie con ambas piernas separada y las manos cogidas a su espalda mientras miraba por un ventanal reforzado de una enorme fortaleza espacial que flotaba en el vacío. Pero la inmensa nave era una diminuta forma de metal contra la escala de la descomunal nube de antimateria que se expandía por el cosmos a una velocidad inusitada.

       Más allá del ventanal, en el diminuto planeta azul, millones de personas trataban de huir de la destrucción que los acosaba, pero todos sus esfuerzos eran en vano. La antimateria era un asesino silencioso que había borrado casi la totalidad de aquel universo y no había a donde huir. Todo lo que podían hacer era recibir la muerte maldiciendo el destino o con resignación y estoicismo.

       La devastación llegaba a tardar unas pocas horas. Tan pronto como la antimateria atravesaba las barreras dimensionales, la destrucción se expandía con rapidez por el universo entero, arrasando a su paso planetas, lunas, estrellas, sistemas estelares y galaxias. Era una muerte silenciosa e imparable, y así lo habían atestiguado un número incontable de seres que ahora sólo eran un vago recuerdo.

       La oscura figura desvió un ápice la mirada y descubrió el reflejo de un hombre mitad robot en el ventanal por el cual contemplaba la destrucción de la Tierra. Para algunos, aquel híbrido parcheado de androide y humano, habría parecido un ser bizarro, desagradable, monstruoso incluso, pero para la oscura figura que contemplaba la destrucción era una pieza importante en sus planes.

       —Breakout —no hizo ningún otro movimiento—. Declara las intenciones de tu presencia porque no te he mandado llamar.

       —Amo, disculpa que te moleste con mi atrevimiento —el reflejo del hombre mitad robot hizo una genuflexión y bajo la cabeza—. Pero tengo noticias importantes que debo comunicarle.

       La oscura figura suspiró.

       —Estoy al tanto de las acciones de esa mujer llamada Caliope. Yo sé todo lo que ocurre en este Multiverso. Pensé que los Káiser se mantendrían al margen, pero parece que han decidido actuar de manera indirecta y ahora esa mujer reúne un grupo de campeones para detener mis planes.

       —En ese caso reuniré a Zuskaiden y a los otros para encargarnos de… .

       —Negativo, permitiremos que los acontecimientos sigan su curso actual.

       —¿No haremos nada? —Breakout levantó la mirada—. Entonces, ¿dejará que esa mujer interfiera con nuestros planes, amo?

       —Tus conjeturas son totalmente incorrectas —repuso la oscura figura con una voz glacial—. Dejaremos que sean ellos quienes vengan a nosotros y entonces los destruiremos a todos.

       —Pero, ¿eso no es confiarnos demasiado, amo?

       —Por supuesto que no; es una maniobra táctica. Ya deberías saber que uno de los principios básicos del jarax es dejar libre el camino al contrincante para que se acerque a una posición fatal.

       —Nunca fui un buen jugador de jarax, amo.

       —Quiero que prepares a los drones, Breakout —repuso la oscura figura mientras el planeta Tierra de aquel moribundo universo desaparecía gradualmente—. Muy pronto los guerreros de Calíope vendrán a nosotros y entonces morirán. Es ridículo creer que lograrán impedir que tenga éxito. Universo tras universo han caído ante mi poder. ¿Cuántas vidas me pertenecen? ¿Cuántos héroes y villanos he destruido? Los campeones de Calíope no serán la excepción.

       En el silencio que siguió a aquellas palabras, un destello maléfico iluminó fugazmente los ojos de la oscura figura. Más allá del ventanal, otro universo había dejado de existir y con éste una Tierra más era borrada de la realidad para siempre.

       Continuará… .

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