Leyenda 129

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO CXXIX

EL SENDERO DE LA OSCURIDAD

         La Tierra (Estados Unidos de América)

         —Nunca pensé que algo así pudiera ocurrir en este país. Siempre supe que había algunos políticos involucrados en negocios turbios con empresarios o gente de los de medio del espectáculo, pero jamás imagine que hubiera gente en el gobierno conspirando contra el propio país —Alexander encendió el monitor del tablero sin apartar la vista del camino—. Ustedes tuvieron razón desde el principio. Ese demente de Jush nos llevará a la ruina si lo dejamos seguir adelante con sus planes. Tenemos que buscar ayuda o será demasiado tarde.

         —¿Qué fue lo que pasó en la Casa Blanca? —quiso saber Satsuki.

         —El gobierno negoció una especie de acuerdo con los abbadonitas. No sé los detalles exactos, pero parece que Jush y algunos otros han estado ayudándolos a destruir a la Alianza Estelar a cambio de adelantos científicos y beneficios personales. Eso quiere decir que las sospechas de Julián son completamente ciertas. La batalla de Marte fue un engaño para atraer a los ejércitos de la Alianza a este Sistema Solar. La Tierra fue la carnada y todo funcionó perfectamente.

         Satsuki miró por la ventanilla un momento.

         —Entonces esa fue la razón por la que la mayor parte de la armada fue enviada a Venus en vez de quedarse para proteger la Tierra o luchar en Marte. Sabían de antemano que se trataba de una batalla perdida y no quisieron arriesgar los mejores cruceros de combate.

         —Es mucho peor que eso —repuso Alexander—. Los ejércitos de la Alianza Estelar sufrieron graves pérdidas en la batalla de Marte y luego la Tierra estuvo a punto de ser invadida, pero de la noche a la mañana el presidente Wilson negoció un acuerdo con los extraterrestres y estos accedieron a dejarnos en paz. ¿No lo ves? Ahora que Wilson goza de una enorme popularidad en el mundo no le será difícil poner a todos en contra de la Alianza Estelar. Jush dijo que el presidente Wilson pretende convertirse en el nuevo Canciller del Congreso Mundial.

         —Aún sí Wilson se convirtiera en Canciller no podría hacer nada sin la aprobación del Congreso Mundial. Las cosas no son tan sencillas como ellos suponen. Estamos en una democracia. El Canciller no puede ordenarle a las fuerzas armadas que lancen un ataque de la noche a la mañana.

         —Sólo sí estuviéramos en una situación de emergencia —refutó Alexander, pisando el acelerador a fondo—. Luego del armisticio con los abbadonitas, el Congreso revocó los poderes de emergencia del Canciller Sergei y ellos lo saben perfectamente. Es por eso que han estado trabajando en fabricar pruebas para demostrar que la Alianza planea tomar represalias contra la Tierra por negociar la paz con los abbadonitas. Sí logra convencer al Congreso de que la Alianza es una amenaza para el mundo, nada le impedirá hacer lo que desean.

         —¿Qué crees que sea lo que están tramando? —inquirió Satsuki.

         —No tengo la menor idea y eso es lo que más me preocupa —dijo Alexander, intentando concentrarse—. Tenemos que buscar ayuda para evitar que Jush se salga con la suya, pero no sé a quien acudir. He estado pensando en ir con algún congresista, pero no sé sí podamos confiar en ellos. Tal vez algunos sepan de los planes de Jush y lo apoyan secretamente.

         —Tal vez deberíamos acudir a Julián o Ryoji.

         —También lo pensé, pero no será sencillo. Cuando sepan que sigo vivo no tardarán en poner a las fuerzas de seguridad tras nosotros. Lo mejor será que nos ocultemos hasta que podamos contactar a Julián o al Congreso Mundial.

         Mientras el automóvil avanzaba, la luna se ocultaba tras una nube oscura. La carretera estaba vacía y no se veían coches a la vista. Alexander buscó un canal de noticias para averiguar si había alguna nota sobre él, pero cuando escuchó la descripción de lo que ocurría en el Congreso Mundial se quedó helado.

         —Dios mío… .

         Congreso Mundial (Isla New Liberty)

         Entre los enormes rascacielos, en el centro de la ciudad, se elevaba una impresionante estructura que ocultaba una parte del cielo: el venerado Congreso Mundial, Era como un gigantesco estadio circular compuesto por numerosas tribunas, con puertas que llevaban a rampas exteriores en diferentes niveles. En el centro de la imponente cámara, un palco situado a siete metros de altura coronaba una pared de mármol blanco. Bastaba con verlo para saber que el Canciller Supremo y sus secretarios estaban ahí. Los ayudantes y concejales iban de una delegación a otra, llevando mensajes y dando avisos.

         Cuando un senador pedía la palabra, su imagen aparecía en una enorme pantalla visora para que todos pudieran verlo y escucharle hasta que el senador terminara su discurso. Julián Soul estaba sentado con la mirada fija en la pantalla visora, que en ese momento mostraba el rostro del presidente de los EE.UU. Los medios de comunicación tomaban imágenes de toda la cámara para observar las reacciones de los senadores de todas las naciones ante las palabras del presidente William Wilson.

         —Tenemos informes de inteligencia que indican que la Alianza Estelar pretende tomar represalias contra la Tierra. Tal parece que desde un comienzo su intención fue convertir nuestro mundo en una base para su cruenta guerra contra el imperio de Abbadón. ¡Hemos sido usados en beneficios de otros! ¡Nuestro mundo ha sido victima del engaño y la manipulación! ¡Nos forzaron a pelear una guerra que no era nuestra!

         Julián miraba sin pestañear.

         —¿De qué está hablando? —murmuró aturdido.

         —Nuestro mundo ha sido un santuario de democracia y libertad. Mientras las civilizaciones supuestamente avanzadas libraban guerras encarnizadas en toda la galaxia, la Tierra siempre se mantuvo en paz gracias a nuestros nobles ideales. Los alienígenos han sembrado el odio y la discordia por todas partes y ahora vienen a nuestro mundo para traer el caos. Nadie llora más que yo la muerte de todos los valientes hombres y mujeres que sacrificaron su vida creyendo que peleaban por la libertad, pero siento ira al saber que todo pudo haber sido una mentira.

         El Canciller Sergei se puso de pie y pidió la palabra.

         —Presidente Wilson, le recuerdo que la Alianza Estelar no ha tomado ninguna acción que nos llevé a pensar que mintieron o que tal vez ahora quieran tomar venganza por el hecho de que negociamos la paz con los abbadonitas. Le ruego que por favor modere sus declaraciones.

         —Le aseguro, Canciller, que nuestros informes muestran lo contrario —dijo Wilson en tono firme—. Los servicios de inteligencia de EE.UU. han interceptado comunicaciones que indican que la Alianza Estelar planea volver a la Tierra con una gran fuerza militar. Temo que los extraterrestres pretendan ocupar violentamente nuestro planeta para convertirlo en una base de operaciones.

         —¿Qué es lo que sugiere, señor presidente? —preguntó el Canciller Sergei.

         Wilson se volvió hacia el Congreso.

         —Honorables senadores, he venido a este recinto para decirles que llego la hora de tomar la iniciativa. Es el momento de defender nuestro mundo de las fuerzas de la oscuridad que desean destruirlo. No podemos esperar a que nos ataquen de nuevo para luego actuar. Hacerlo sería un insulto para todos los que ya han muerto. ¡La Tierra no puede ser agredida de nuevo por extraterrestres!

         —Presidente Wilson, por favor —dijo Julián Soul, elevándose sobre la barandilla del palco de la delegación francesa—. Nadie de aquí podría olvidar la forma en que su gobierno logró negociar la retirada de las fuerzas alienígenas de Abbadón y el restablecimiento de la paz. Sin embargo, creo que sería un tanto apresurado sacar conclusiones sin antes estudiar a fondo las pruebas que ha mencionado.

         Recorrió la cámara con la mirada en busca de apoyo, y recibió como respuesta algunos murmullos de asentimiento. Un segundo senador se puso de pie para unirse a la conversación entre Wilson y Julián Soul. El Canciller autorizó a intervenir a Margaret Datcher, la senadora del Reino Unido de la Gran Bretaña.

         De edad avanzada y efigie de hierro, Margaret Datcher poseía un tono de voz claro y firme que imponía autoridad aun entre quienes la despreciaban por considerarla una política dura e insensible.

         —La delegación del Reino Unido está de acuerdo con el presidente Wilson. Sí la Tierra está en peligro debemos actuar de inmediato. Los servicios de inteligencia británicos también han recabado información precisa que indica que la Alianza Estelar podría lanzar un ataque devastador en quince minutos sí así lo quisieran.

         —Entiendo la gravedad de la situación —dijo Julián—. Pero no podemos actuar precipitadamente. Solicito que las pruebas recabadas por los gobiernos de EE.UU. y el Reino Unido sean enviadas a la comisión de seguridad global para determinar su validez y después presentadas al pleno del Congreso Mundial para su evaluación.

         —No tenemos tiempo para eso —repuso Wilson mostrándose preocupado—. El Congreso Mundial debe discutir las pruebas ahora mismo. Un mayor retraso supondría un grave riesgo para la población de la Tierra. Los alienígenas quizá ya estén en camino hacia acá. Debemos poner a nuestras fuerzas en alerta máxima y prepararnos para el peor escenario.

         Otra senadora se puso de pie, y el Canciller concedió la palabra a Helke Mestein, representante de Alemania.

         —La delegación alemana apoya la solicitud del respetable senador de Francia. En una situación de esta naturaleza, la comisión de seguridad global debe evaluar la veracidad de tales pruebas y después presentar sus conclusiones. Es la ley.

         —¿Dejaremos a la Tierra en peligro por un mero tecnicismo? —exclamó Wilson mientras extendía las manos a ambos lados—. Vine al Congreso Mundial para alertar al mundo sobre el terrible peligro que nos acecha, pero el senador Soul y la senadora Mestein parecen más interesados en cuestiones políticas. En Texas tenemos una expresión que dice: muestra tus cartas. Y Francia ya mostró las suyas. Habrá que ver de qué cartas están hablando

         —Oiga, un momento —repuso Julián—. Hasta ahora nadie ha visto esas pruebas de las que ustedes hablan. Estoy de acuerdo en que debemos trabajar para garantizar la seguridad de la Tierra, pero no debemos tomar decisiones apresuradas. Expreso mi más enérgica protesta por los comentarios del presidente Wilson.

         El Canciller Supremo se volvió para conferenciar con sus secretarios. El Canciller y los otros funcionarios iniciaron una acalorada discusión. Al cabo de uno par de minutos, Sergei volvió al estrado, repentinamente tenso y preocupado.

         —La petición de los senadores de Francia y Alemania ha sido aprobada en virtud del artículo 345C —anunció, inclinando la cabeza hacia la delegación de los Estados Unidos de América—. Presidente Wilson, ¿acepta posponer su alegato en tanto la comisión de seguridad global emita un veredicto?

         —No —declaró Wilson—. En los Estados Unidos de América somos un pueblo pacífico, pero no frágil, y no seremos intimidados por malhechores y matones que vienen de otros planetas. Si nuestro enemigo está ahí para atacarnos, ellos y todos los que los asistan enfrentarán consecuencias espantosas. Esperamos que la Tierra hable con una sola voz y se exprese en contra de las amenazas de la Alianza Estelar.

         El Canciller bajó la cabeza. Se veía incómodo.

         —En ese caso solicito un receso y luego continuaremos.

         Edo. (Era Sengoku)

         El alba incipiente iluminaba los cielos con una luz plomiza. La niebla aún envolvía los árboles mientras Kagura y Hakudoshi avanzaban por el aire a través de las montañas y los inmensos bosques. Hacía varias horas que no se cruzaban con un viajero o un youkai ni divisaban morada humana alguna. Hakudoshi escudriñaba los alrededores con una mirada impasible, cavilando sobre la identidad del forastero que también andaba en busca de la perla de Shikon y en lo que haría una vez que supiera qué intenciones traía entre manos. El hecho de que el desconocido estuviera en tratos con Kikyou era un premio extra. Al fin podrían localizar a la sacerdotisa y destruirla de una vez por todas.

         Kagura contemplaba con desagrado cómo Hakudoshi sobrevolaba el interminable bosque que había bajo ellos. Aunque ambos servían a Naraku eran muy diferentes en su pensamiento y en su actuar. Ella se sentía una prisionera. Estaba sujeta a los deseos y ordenes de Naraku por la fuerza y lo que más anhelaba en la vida era liberarse de él. Había invertido una buena cantidad de su tiempo en buscar una manera de escapar, pero en tanto su corazón estuviese bajo el control de Naraku no había mucho que ella pudiera hacer. Sólo le quedaba esperar hasta que alguien lograra destruir a su odioso amo, pero éste había demostrado gozar de una suerte envidiable a pesar de ser un hanyou.

         Luego de inspeccionar los alrededores volando de un extremo a otro, Hakudoshi se detuvo para volverse hacia Kagura.

         —Estaba pensando que tal vez deberíamos separarnos —Hakudoshi esbozó una sonrisa divertida—. ¿Qué opinas de eso, Kagura? Tal vez tengas la buena suerte de encontrar primero a Kikyou o a Inu Yasha y sus amigos. Sí es así te recomiendo que los vigiles de cerca y nos avises de sus movimientos.

         —Sí, como gustes —respondió Kagura de mala gana.

         —Me pregunto si el sujeto que está buscando la perla de Shikon es un ser humano, un youkai o hanyou —murmuró Hakudoshi en voz alta, como sí hablara únicamente consigo mismo—. Estoy seguro que si encontramos a Kikyou lo hallaremos a él también.

         —Eres bastante curioso —observó Kagura.

         Hakudoshi dirigió su mirada hacia el horizonte.

         —En realidad lo encuentro más divertido que otra cosa.

         —Siempre actúas de la misma forma, ¿o no, Hakudoshi?

         —Hemos tenido muchos problemas buscando a Kikyou, pero ese forastero nos facilitará la tarea de encontrarla. Con otro poco de suerte quizá también podamos acabar con Inu Yasha y sus amigos al mismo tiempo. Resulta divertido ver cómo las cosas se arreglan por sí solas sin la necesidad de que uno intervenga.

         Kagura hizo un gesto despectivo.

         —Mmm. Sí tú lo dices.

         —Dirígete hacia el sur, Kagura —ordenó Hakudoshi—. Yo buscaré cerca del bosque y en las montañas que están más adelante. No muy lejos de este lugar tuvimos nuestro último encuentro con Inu Yasha. Sí aún está por aquí pronto lo encontraré.

         La youkai asintió con la cabeza y comenzó a desplazarse con celeridad hacia la dirección que Hakudoshi le había indicado. Cuando se hubo alejado lo suficiente exhaló un suspiro para tratar de liberar un poco de la tensión que sentía. Kagura sabía que mientras estuviese cerca de aquel odioso chico albino debía tener cuidado con lo que pensara ya que éste tenía la habilidad para leer las mentes. Cada vez se sentía menos libre y eso la llenaba de irritación y frustración.

         —Ese chiquillo engreído —murmuró al viento y a sí misma—. Nada me gustaría más que verlo hecho trizas. Es realmente insoportable. Tengo que buscar una manera de deshacerme de él y de Naraku o nunca seré libre, pero ni Sesshoumaru o Inu Yasha han logrado destruirlos hasta ahora.

         Dirigió la mirada hacia los cielos. Ahora que estaba sola podía conspirar sin temor a que alguien la descubriera. Iría en busca de los enemigos de Naraku, pero no para observarlos como le habían encomendado. No. Los buscaría porque ellos eran la única forma que tenía para alcanzar sus metas. La muerte de Naraku se traduciría en su libertad inmediata.

         —Quizá Kikyou sea la clave para conducir a Inu Yasha hacia Naraku —dijo, y continuó con rumbo hacia el oeste—. Estoy segura que cuando sepa que ella está en peligro lo dejará todo por encontrarla. Tal vez no sea tan mala idea dejar que Kikyou guíe a ese forastero hasta Naraku, pero lo mejor será no dejar ningún cabo suelto.

         Acorazado meganiano Fidelidad

         Dos esbeltas figuras entraron en el puente de mando de la nave, y Azmoudez no pudo reprimir una sonrisa de gusto cuando descubrió que se trataba de las Inner Senshi. Sailor Venus y Sailor Jupiter se volvieron hacia el general y fueron a reunirse con él delante de la enorme ventana frontal. Azmoudez despidió al capitán de la nave y se giró para saludar a las chicas con una leve inclinación de la cabeza.

         —Azmoudez, ¿falta mucho para llegar? —quiso saber Sailor Venus.

         —En realidad no —dijo él—. Les aseguro que estaremos en la astronave Churubusco en poco tiempo. Las naves meganianas son de las más veloces que hay en toda la galaxia. Incluso me atrevería a decir que tal vez llegaremos antes que nuestros amigos que se quedaron en el planeta Niros.

         —Me alegra saber eso —murmuró Sailor Venus—. Tengo deseos de ver a Josh una vez que regresemos. Él apreciaba mucho al príncipe Ferrer y estoy segura que querrá ver una cara amiga.

         —El chico debe estar destrozado —Azmoudez se agarró las manos a la espalda y contempló a las sailors con un gesto de aprecio—. Y no es para menos. El príncipe Ferrer fue como un padre para Josh. Imaginen lo que sentía el pobre cuando escuchaba como los Celestiales y los líderes de la Alianza Estelar se expresaban tan despectivamente del príncipe.

         —Sólo espero que eso quede atrás —comentó Sailor Jupiter.

         —Mi querida amiga, lamento decirte que eso no será así. Mucho me temo que la muerte del príncipe Ferrer no aliviará la tensión que existe. En realidad los Celestiales no sienten ninguna simpatía por la Alianza Estelar o por los meganianos. Sólo les importan sus intereses.

         —¿A qué te refieres, Azmoudez? —preguntó Sailor Venus.

         —Simple —repuso el general—. Los Celestiales detestaban al príncipe Ferrer y puedo asegurarles que no existe nadie más feliz por su muerte que ellos. Les comento todo esto porque ustedes también deben tener cuidado. Sí dicen algo que no sea apropiado quizá también empiecen a desconfiar de ustedes como ya lo hacen con la misma Alianza.

         —¿Desconfiar de nosotras? —Sailor Jupiter frunció el ceño—. Disculpa, pero no sabemos a qué te refieres cuando dices eso. ¿Podrías explicarlo mejor?

         —Los Celestiales no confían en nadie ajeno a ellos —contestó Azmoudez con cierta firmeza—. Son un grupo encerrado en sí mismo, obsesionados con guardar sus misterios respecto al aureus y sus misiones secretas. ¿Creen que no sé que recelan de mí y de mi hermano Azrael? Nuestro único pecado fue sugerirle a los líderes de la Alianza que hicieran la paz con los meganianos, pero los Celestiales estaban más preocupados en destruir al príncipe Ferrer que al mismo N´astarith.

         Sailor Venus no podía creer lo que estaba escuchando.

         —¿De verdad piensas eso?

         —Absolutamente, pero los Celestiales no son los únicos que actúan de esa manera y eso me tiene un tanto preocupado. Los santos que sirven a esa jovencita llamada Saori Kido son muy parecidos a ellos en ciertos aspectos. He escuchado rumores de que esos santos luchaban entre sí en vez de proteger la paz de su mundo como aseguran. ¿Cómo confiar en personas que peleaban entre ellos mismo?

         El ceño de Sailor Jupiter se acentuó más.

         —Azmoudez, no puedes hablar en serio.

         —Disculpen si le parece un poco exagerado, pero me preocupa que existan personas más preocupadas en rencillas personales que en acabar con esta lucha. No veo cómo podremos salir victoriosos si no confiamos unos en otros.

         —Bueno, sí, pero… —murmuró Sailor Venus.

         —Es obvio que ustedes se tienen confianza y eso les ha permitido salir adelante a pesar de la adversidad, ¿no es cierto? Las sailor confían en los demás sin importarles si los demás confían en ellas. Pero los Celestiales ya traicionaron la confianza de la galaxia una vez. Apuesto a que eso es algo que ellos nunca les han dicho, ¿verdad? Es algo que prefieren mantener en secreto, como todo lo que hacen.

         Las sailor se miraron entre sí un instante, confundidas.

         —Ocurrió hace mucho tiempo en el sistema Adur —comentó Azmoudez ociosamente—. Algunos Celestiales trataron de conquistar el planeta y eso desencadenó una guerra en la cual muchos de ellos murieron. Los pocos renegados que sobrevivieron fueron juzgados y luego exiliados para siempre. De hecho, se dice que algunos de los Khans con los que tenemos que lidiar fueron Celestiales alguna vez.

         —Algo escuchamos de eso —repuso Sailor Venus.

         —Tengo temor de que los Celestiales fracturen la unidad de la Alianza —dijo Azmoudez, serio y distante—. Sólo les importa apoyar al príncipe Saulo en su venganza contra los meganianos en vez de traer paz a la galaxia. Lo peor es parece que muchos de los guerreros que han venido de los otros universos empiezan a actuar como ellos.

         Sailor Venus parpadeó.

         —No me parece que las cosas sean de esa manera.

         —Espero que estés en lo cierto —dijo Azmoudez pensativo—. Disculpen que no sea tan optimista, pero a veces creo que la Alianza Estelar se ha convertido en el mismo origen del caos que existe. Claro que esto es algo que no me atrevería a decir delante de los Celestiales porque me acusarían de traidor. Uno no es libre de pensar de forma diferente a ellos.

         —Te preocupas demasiado —le dijo Sailor Jupiter—. Quizá deberías hablar con ellos de las cosas que te molestan. Si algo he aprendido de mis amigas es que la gente puede comprenderse si habla con sinceridad. Después de todo tú mismo lo dijiste, ¿no es cierto? Hay que tenerse confianza.

         Azmoudez esbozó una sonrisa vacua para compensar su frustración. Se suponía que debía sembrar la duda en Sailor Jupiter o en Venus, y especialmente luego de ganarse la confianza de ambas. Pero parecía que no podía lograr nada ante las ideas de ambas chicas. Simplemente no encontraba en ellas una sombra de desconfianza que pudiera explorar.

         —Creo que ustedes son demasiado buenas para entender ciertas cuestiones.

         Armagedón (Sala del trono)

         Allus, Isótopo y Zura entraron en la habitación y se detuvieron delante de las escaleras que subían hasta N´astarith. Los tres bajaron la cabeza en señal de respeto y posaron una rodilla en el suelo ante la mirada de la oscura figura que estaba sentada en el trono. Tiamat observaba a los recién llegados con evidente desagrado. El único miembro presente a través de una holoimagen era José Zeiva, que aún se encontraba en el espacio viajando de regreso. Nauj-vir estaba en un rincón apartado de todos y parecía muy pensativo.

         —Las cosas marchan según lo planeado, mi señor —dijo Allus—. Los videntes de Niros no se atreverán a desafiarnos después de haber conocido el alcance de nuestro poder. Es el momento de aplastar a la Alianza Estelar de una vez por todas. Debemos darles con el puño cerrado ahora que podemos hacerlo.

         —¿Qué le pasó a tu armadura? —quiso saber Aicila.

         —Fue destruida durante la batalla —contestó Allus—. Sin embargo, una vez que haya recuperado todas mis fuerzas, la reconstruiré nuevamente y entonces será mucho más poderosa que antes.

         El Khan del Dragón tenía buenos motivos para sentirse disgustado. Esperaba que Jesús Ferrer, el legendario guerrero Káiser, al menos hubiera conseguido liquidar a Allus o a Zura en el peor de los casos, pero nada de eso había ocurrido. Ahora Allus podía jactarse de haber derrotado al mismísimo héroe de la leyenda, aunque todos sabían que aquella victoria había dependido más de la inexperiencia del príncipe Ferrer que de las habilidades del Khan de Caribdis. Lo que más le inquietaba era que Allus usara aquella hazaña para posicionarse mejor ante los ojos del emperador. Quizá con el tiempo lograría ganar suficiente prestigio y poder para aspirar al liderazgo de los Khans y esa era una situación que Tiamat no estaba dispuesto a permitir de ninguna forma.

         Zura era… un asunto diferente. Alguna vez se le había mencionado como el más grande de todos los Caballeros Celestiales. Durante años, muchos en la orden pensaban que sí de verdad cabía la posibilidad de que existiera un guerrero legendario, éste debía ser Zura. Sus extraordinarias habilidades lo habían convertido en uno los Caballeros más jóvenes de la historia. Pero lo que nadie sabía en aquel entonces era que Zura estaba obsesionado con la idea de obtener más poder. Sentía que su destino era convertirse en el Celestial más poderoso de todos los tiempos. Nadie recordaba con exactitud cómo aquel deseo de superación terminó convirtiéndose en una ambición desmedida que lo llevó a traicionar a sus compañeros y amigos. Tiamat conocía la insaciable sed de poder inherente en su antiguo discípulo y tenía el presentimiento de que éste terminaría convirtiéndose en una amenaza. Ser considerado una amenaza por el Khan del Dragón suponía recibir una sentencia de muerte. Una sentencia que pensaba ejecutar tarde o temprano.

         La traición es uno de los caminos de la oscuridad.

         —Acabar con la Alianza en tales circunstancias será una vergüenza —dijo Nauj-vir despacio, en tono meditativo, hablando más para sí mismo que para los otros.

         La voz que le respondió sonaba tan familiar que en ocasiones parecía que sus pensamientos hablaban por ella en vez de por la suya.

         —Una vergüenza de la que podremos salir adelante, mi amigo. Después de todo, no queda otro camino para alcanzar la paz. Mientras la Alianza Estelar continúe existiendo, la galaxia seguirá sumida en el caos y la corrupción. Es necesario que el viejo orden perezca para dar vida a uno nuevo, más perfecto, limpio y puro.

         Nauj-vir suspiró. Se suponía que no debía incomodarle, y menos si era N´astarith quien daba tal orden. Últimamente tenía la impresión de que las cosas no estaban marchando como se suponía. La guerra se había prolongado mucho más de lo que cualquiera hubiera deseado, pero culpaba de esa desgracia a los políticos de la Alianza Estelar. La galaxia era un caos y necesitaba orden. Cuando acabase la guerra y los Celestiales desaparecieran, se dedicaría a construir la mayor fuerza armada de todo el universo. El ejército Khan sería muy superior a la orden de los Celestiales. Sería un ejército para imponer autoridad y orden en todas partes. El puño del imperio universal.

         —¿Podría sugerirle que reconsideramos matar a todos, mi señor? Es una verdadera lástima que sujetos con tanto poder y valor como Dai, Shiryu o Hotaru tengan que desaparecer. Sus habilidades serían muy útiles para la formación de nuestro futuro ejército y nos facilitaría las cosas en otras dimensiones.

         —Ah, sí. Es verdad —le voz del emperador se volvió sedosa—. Es demasiado tarde para ellos. Todos esos pobres jóvenes están irremediablemente envenenados por las fábulas de que luchan por una causa justa. La realidad no es nada comparada ante semejante convicción. Ellos deben morir en Adur. Sus muertes serán la clave para llevar la paz a otras dimensiones una vez que este universo sea reorganizado.

         —Muy cierto, supongo —asintió Nauj-vir en tono meditativo—. Debemos estar agradecidos que nunca hemos actuado movidos por ilusiones tan erróneas. Siento respeto por algunos de ellos ya que me recuerdan a mis discípulos, pero eso no debe ser un impedimento para hacer lo que es correcto. Debemos salvar la galaxia.

         —Quisiera ir al sistema Adur, mi señor —dijo Tiamat, volviéndose hacia la oscura figura que ocupaba el trono—. Todos nuestros enemigos son un pesado lastre del que debemos deshacernos. Son tan obstinados que seguirán dando problemas mientras continúen con vida.

         —¿Cuándo atacaremos? —inquirió el translucido holograma de José Zeiva.

         —Paciencia, mi amigo —repuso N´astarith calmadamente—. Debemos dejar que los terrícolas cumplan con su parte del plan. Ellos se encargarán de abrirnos las puertas del sistema Adur y de entregarnos a los Celestiales y sus amigos. No olviden que la oscuridad debe ser paciente antes que nada ya que siempre gana al final.

         —No lo sé, creo que no deberíamos dejarlo en manos de los terrícolas —Zura sacudió la cabeza, manifestando su desagrado ante la idea—. Mmmm. Pienso que lo mejor sería dejarlos fuera de esto. 

         —Que afortunado debo sentirme —el tono sedoso de N astarith se volvió todavía más suave—. Tengo un aprendiz que considera apropiado cuestionar mis planes.

         Zura bajó la mirada.

         —Me disculpo, mi señor —dijo rápidamente—. Sólo estoy comentando la situación. De ninguna manera quise poner en duda su estrategia. Es que no comprendo por qué debemos depender de los terrestres para esto.

         —El que los terrícolas ataquen tiene más valor del que parece. Los que aún tienen fe en la Alianza Estelar verán morir sus esperanzas cuando sepan que uno de sus aliados lanzó el ataque. Nadie podrá dudar que los conflictos internos fueron lo que realmente llevó a esa alianza de planetas a la ruina. Será algo perfecto.

         Ninguno de los Khans podía discutir eso. El emperador no sólo les había mostrado un poder que superaba sus más alocadas fantasías, sino que también era un hábil manipulador político. La estrategia era brillante. Zura debió admitir que dejar que los terrestres destruyeran las naves en Adur supondría un duro golpe para la moral de todos los que creían en la Alianza. Si los atacantes fueran naves del imperio, probablemente la masacre daría motivos a los sobrevivientes para continuar la lucha durante años. Pero si los terrestres resultarán ser los autores de tal destrucción, nadie estaría dispuesto a continuar luchando porque la alianza como tal habría dejado de existir para convertirse en un fantasma del pasado. ¿Cómo luchar por una alianza donde no existía la verdad?

         El ataque en Adur marcaría el fin de la Alianza Estelar y la muerte de los Caballeros Celestiales

         —Pero…, perdone, mi señor —dijo Nauj-vir—. ¿Está seguro que es buena idea dejar que el Rey Ban, Bórax y los demás sujetos que Astarte encontró en los otros universos participen en esta batalla? Sé que muchos de ellos han accedido a ayudarnos para satisfacer venganzas personales, pero no debemos olvidar que todos ellos ya han sido derrotados en ocasiones anteriores. Son un montón de fracasados que seguramente volverán a fallar.

         —Ellos son meros instrumentos que usaremos para llevar a cabo la aniquilación de nuestros enemigos. Su participación en la batalla será una mera distracción que ustedes aprovecharán para tomar ventaja de la situación. Nunca fue mi intención que ellos acabarán con algún enemigo en particular. Más bien, son el cebo para nuestra trampa y como toda carnada, son desechables.

         Tiamat asintió con la cabeza. Adur no solamente sería la tumba de los Celestiales y sus amigos. Ahora que N´astarith había dado su consentimiento, cada Khan sabía que podrían disponer de la vida de sus aliados: Zura, Isótopo, el Rey Ban, Hadora, Saborea, Bórax, Jedite o el mismo Asura. Sólo era cuestión de tiempo.

         La traición es uno de los caminos de la oscuridad.

         La Tierra (Congreso Mundial)

         (A continuación se incluye la trascripción de una grabación en audio presentada ante el Congreso Mundial la tarde del día en que tomó posesión el Canciller George Jush. Las identidades han sido confirmadas mediante un análisis de voz)

         PRESIDENTE WILSON: General Arinoth, que agradable sorpresa. Lo esperábamos para discutir cuestiones muy importantes.

         ARINOTH: Déjese de cosas. Sabemos que trama algo en complicidad con el imperio de Abbadón.

         PRESIDENTE WILSON: Sí, hemos negociado la paz con ellos para liberar a mi pueblo.

         CANCILLER SERGEI: Caballeros, por favor, esta es una reunión para parlamentar sobre lo que está ocurriendo. Les ruego que se calmen.

         ARINOTH: Ustedes nos tendieron una trampa y ahora deben pagar. Sabemos de sus manejos sucios.

         PRESIDENTE WILSON: Esto ha durado demasiado.

         (Sonidos que han sido identificados mediante resonancia de frecuencias como armas láser)

         PRESIDENTE WILSON: ¡Traicioneros aliens! ¡Pretenden destruir la Tierra con sus acciones!

         ARINOTH: ¡Dejen sus armas!

         (Sonidos de disparos)

         CANCILLER SERGEI: ¡¡Arggh!!

         (Sonidos de disparos)

         PRESIDENTE WILSON: ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Esto es un asesinato! ¡Que alguien nos ayude! ¡Noooooooooooo!

         (Fin de la grabación)

         El amanecer en la isla New Liberty anunciaba la promesa de resolver la crisis que se vivía en el Congreso Mundial. El Canciller Sergei había pasado la noche en vela tratando de discernir una manera para solucionar la disputa entre las delegaciones de los EE.UU. y la Unión Europea. Era de madrugada cuando decidió llamar a consultas al general Arinoth, el representante de la delegación de la Alianza Estelar que aún se encontraba en la Tierra en calidad de misión diplomática. Sí había una forma de arreglar las cosas eran sentando a los extraterrestres y al presidente Wilson a conversar en la misma mesa.

         El mandatario de EE.UU., acompañado por dos guardaespaldas, había sido el primero en llegar. Sergei estaba convencido de que las afirmaciones que Wilson había hecho en la cámara eran aseveraciones sin un fundamento sólido, pero como Canciller de la Tierra, una de sus muchas obligaciones era escuchar a todas las partes antes de tomar una decisión.

         —Le aseguro, Canciller, estas pruebas no mienten —estaba diciendo Wilson mientras la extendía un documento—. Los Servicios de Inteligencia de mi país han logrado interceptar las comunicaciones de la Alianza. Ellos están planeando tomar el control de la Tierra.

         Sergei, tras el ancho escritorio de su pequeño despacho privado, leyó parte del documento que Wilson le había dado. Era un memorando que afirmaba que existía una concentración de naves no identificadas en las fronteras del Sistema Solar. Hasta donde Sergei sabía esas naves podían pertenecer al imperio de Abbadón o alguna otra raza. No había nada que indicara que las sospechas de Wilson fueran ciertas.

         —Este memorando no dice que las naves que están en nuestras fronteras estelares pertenezcan a la Alianza, señor presidente —dijo Sergei—. Creo que entenderá que el general Arinoth está muy molesto por sus declaraciones.

         —Es obvio que ellos están involucrados.

         Antes de que el general Arinoth y sus dos acompañantes llegaran hasta la puerta, éstas se abieron para dar paso a la comitiva de la Alianza Estelar, Wilson guardó silencio y luego encendió un aparato grabador oculto bajo su manga. Sólo de audio.

         —General Arinoth, que agradable sorpresa —dijo el mandatario—. Lo esperábamos para discutir cuestiones muy importantes.

         El general atravesó el despacho y se sentó delante del presidente terrícola. 

         —Déjese de cosas —dijo en un tono hostil—. Sabemos que trama algo en complicidad con el imperio de Abbadón.

         —Sí, hemos negociado la paz con ellos para liberar a mi pueblo —replicó Wilson, desafiante.

         El Canciller decidió intervenir para mediar en la discusión. Lo que menos deseaba era que la situación empeorara. Sabía que Arinoth debía estar molesto luego de que el presidente Wilson hubiera lanzado aquellas acusaciones, pero debía impedir que la negociación acabara convertida en un incidente más.

         —Caballeros, por favor  esta es una reunión para parlamentar sobre lo que está ocurriendo. Les ruego que se calmen.

         —Ustedes nos tendieron una trampa y ahora deben pagar —Arinoth desoyó al Canciller—. Sabemos de sus manejos sucios.

         Wilson se volvió hacia sus guardaespaldas.

         —Esto ya dura demasiado —declaró. Sergei y Arinoth no pudieron hacer nada para impedir lo que sucedió a continuación.

         Los guardaespaldas de Wilson apuntaron y prepararon sus armas.

         —¡Traicioneros aliens! ¡Pretenden destruir la Tierra con sus acciones! —exclamó Wilson desesperadamente, como un hombre que ve amenazada su vida.

         —¡Dejen sus armas! —gritó Arinoth, pero fue demasiado tarde.

         Los láser acribillaron al Canciller, al general Arinoth y a los acompañantes de éste. El cuerpo sin vida de Sergei se desplomó en el suelo todavía con el memorando en su mano. Los guardaespaldas de Wilson se movieron con rapidez y atrancaron la puerta.

         —¡Socorro! ¡Socorro! ¡Esto es un asesinato! ¡Que alguien nos ayude! ¡Noooooooooooo! —gritó Wilson con todas sus fuerzas y luego apagó el aparato grabador. Y entonces sonrió—. Todo ha salido de acuerdo con el plan.

         —Me temo que todavía no, señor —El agente Baguer se llevó el arma al hombro y mató a su compañero de un disparo en el pecho—. N´astarith le recomendó al vicepresidente Jush que no debía quedar ningún testigo y eso lo incluye a usted, señor.      

         —¿Qué has dicho…. ? —Wilson retrocedió—. Por favor, te pagaré lo que sea. ¿Por qué N´astarith quiere que me maten? ¡¿Por qué?!

         Y mientras Bauger alzaba su arma y jalaba del gatillo, Wilson pudo adivinar de qué se trataba todo. Una vez que se corriese la noticia de que el presidente de EE.UU. había sido asesinado, la opinión pública se volcaría en favor de Jush. Nadie se opondría a que éste fuera elegido nuevo Canciller de la Tierra y la población mundial repudiaría a la Alianza Estelar. El plan era perfecto.

          La traición es uno de los caminos de la oscuridad.

Continuará… .

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