Leyenda 030

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPITULO XXX

EN BUSCA DE LA SEXTA GEMA

       Ciudad de Monterrey.

       Areth abrió sus ojos lentamente. Estaba bastante lastimada, pero poco a poco podía sentir como su debilidad iba desapareciendo paulatinamente. La energía que Zacek le estaba administrando iba curando sus heridas y reponiéndole todas las fuerzas.

       —¿Te encuentras bien? —le preguntó Zacek con gentileza.

       La joven Celestial lo miró y titubeó. ¿Qué es lo que había sucedido? La nave imperial había desaparecido del cielo.

       —Si, eso creo —dijo, incorporándose lentamente—. ¿Dónde esta el príncipe Saulo y Ezequieth?

       Zacek desvió la mirada hacia donde se encontraba el príncipe de Endoria. Todavía sostenía el cuerpo de su finado discípulo entre sus brazos.

       —Saulo se encuentra bien —murmuró sombríamente, volviendo el rostro hacia Areth.

       Entretanto, al igual que Zacek, el resto de los Guerreros Kundalini se desplazaron espiritualmente hacia el Santuario de Merú para recuperar sus energías. Tras reactivar la siete Charkas, la fuerza volvió a sus cuerpos. Al poco tiempo, todos los Kundalini se recuperaron de igual manera.

       —¿Te encuentras bien, Tritón? —le preguntó Zaboot mientras ayudaba al hombre pez a ponerse de pie—. Esa guerrera te golpeó muy fuerte.

       Tritón se llevó la mano al estómago y suspiró.

       —Si, creo que si —susurró—. ¡Gran Espíritu! Esa mujer sí que pega fuerte.

       Shilbalam, por su lado, recogió su báculo mágico con ansiedad y se dirigió hacia donde estaba Zacek.

       —Zacek, ¿te encuentras bien? —le inquirió algo preocupado.

       El emperador zuyua dirigió la mirada hacia su viejo maestro y asintió.

       —Si, pero creo que ellos necesitan nuestra ayuda —declaró refiriéndose a Saulo.

       Areth caminó lentamente hacia el príncipe de Endoria. Su cara estaba sucia y las lágrimas escurrían de sus ojos.

       —Ezequieth… .

       Saulo depositó el cuerpo de su discípulo en el suelo y se levantó como pudo.

       —Yo… lo siento, Areth —dijo, volviéndose hacia la chica—. Sepultura lo asesinó.

       Como sí fuera una chiquilla de escasos años, la chica abrazó a Saulo y dio rienda suelta a su dolor sollozando. Zacek y sus amigos no dijeron nada, únicamente se limitaron a cerrar los ojos y a bajar sus cabezas.

       Varios oficiales robots habían colocado un cerco a las fueras del Instituto de Investigaciones Robóticas para impedir el paso de los curiosos. Luego de que los guerreros meganianos habían irrumpido en el edificio, el personal había sido evacuado rápidamente. La policía estaba lista para entrar, pero después de la alerta de explosión en el laboratorio principal, los oficiales habían decidido por mutuo consentimiento esperar unos minutos más.

       —Estamos listos para entrar, teniente —canturreó Alfa-911.

       Un pequeño oficial regordete se volvió hacia el robot para darle instrucciones.

       —De acuerdo, vamos a entrar y… ¡Dios mío!

       El teniente no pudo terminar la frase, lo que vio le dejó literalmente sin habla. Un hombre joven acababa de salir volando por la entrada que conducía a los niveles subterráneos llevando tras de sí una esfera de energía. En su interior transportaba a todos los científicos que se encontraban en el laboratorio. Tanto los robot como los humanos que se encontraban presentes se quedaron atónitos.

       Cadmio descendió entre los policías sin prestarles la menor atención ni a los cientos de curiosos que aguardaban tras ellos. Con un leve ademán de su mano, la esfera de energía descendió lentamente hasta tocar el suelo. Todos los científicos estaban a salvo. Una pequeña explosión sacudió el edificio llamando la atención de los policías. Cadmio clavó la mirada en la puerta por donde había escapado y suspiró. El humo comenzaba a cubrir la salida del edificio.

       —Vamos, Astroboy, date prisa —murmuró apretando los puños.

       De pronto una pequeña figura salió volando en medio del humo. Cadmio esbozó una enorme sonrisa de alivio cuando comprobó que Astroboy llevaba sobre sus manos otra enorme esfera de energía que transportaba a Dai, Hyunkle, Ranma y a los otros. Todos habían logrado salir a tiempo.

       El pequeño robot depositó la esfera de energía en el suelo con sumo cuidado y luego se volvió hacia Cadmio.

       —Vaya, ya era hora —comenzó a decir el Celestial—. Son unos lentos —hizo una pausa y extendió su mano con la palma orientada hacia delante—. Ahora los liberaré.

       Astroboy dejó escapar una leve sonrisa y se acarició la nuca con una mano.

       Las esferas de energía desaparecieron paulatinamente, dejando en libertad a sus ocupantes. Ochanomizu miró con asombro como la energía que lo rodeaba iba haciéndose más tenue hasta que finalmente se desvaneció frente a sus ojos.

       —Esto es increíble —murmuró lentamente—. ¿Cómo puede ser esto?

       Cadmio se sentía molesto. David y sus guerreros habían conseguido escapar llevándose con ellos la quinta gema. Miró hacia ambos lados para ver sí podía percibir sus presencias, pero fue inútil. No había el menor rastro de ellos en ninguna parte.

       —¡Maldición! —masculló para sí—. Esos infelices se escaparon.

       De repente, Alfa-911 se acercó hasta el Celestial y le puso una mano en el hombro en señal de detención.

       —Un momento, queremos saber quien eres tú y… .

       Cadmio lo miró por encima del hombro y le lanzó una mirada asesina. La sola expresión de furia del Caballero Celestial le fue suficiente a Alfa-911 para retirar su metálica mano. Mientras el robot policía se retiraba, Hyunkel se abrió paso entre los científicos y policías para llegar hasta donde se encontraba el Celestial.

       —¿Han huido? —le preguntó mientras miraba de reojo a los distintos curiosos que los observaban como sí se trataran de un conjunto de bichos raros.

       Cadmio desvió la mirada hacia el Caballero Inmortal y asintió con la cabeza de mala gana.

       —Eso parece, Hyunkel —hizo una pausa y se giró furiosos hacia Ranma, Ryoga, Moose y Poppu—. ¿Dónde demonios estaban? Pensé que iban a ayudarme a recuperar la gema sagrada, pero sólo hicieron el ridículo.

       Nadie se atrevió a contestarle. Moose y Poppu se miraron entre sí, pero no se animaron a decir algo que pudiera convertirlos en blanco de la ira de Cadmio. Sabían que por su estado de ánimo bastaba que dijeran algo para que comenzara a culparlos de todo lo ocurrido.

       Ranma y Ryoga bajaron la mirara apesadumbrados. Realmente no habían sido de gran ayuda para la pelea, pero ya no tenía caso pensar más en eso.

       Ochanomizu dejó a los científicos y se acercó hasta Cadmio y Hyunkel.

       —Disculpen, jovencitos —les dijo en voz baja, llamando su atención—. He podido darme cuenta que ustedes no son malas personas —hizo una pausa, se volvió un momento hacia la entrada del Instituto de Investigaciones Robóticas y continuó—. Podrían decirnos, ¿qué fue lo que sucedió? ¿Ustedes conocen a esas personas que nos atacaron?

       Hyunkel se volvió hacia Cadmio para escuchar su respuesta. El Celestial, por su parte, suspiró profundamente y luego volvió la mirada hacia Astroboy para evaluarlo con la mirada.

       —Disculpe, ¿me está escuchando, joven? —inquirió Ochanomizu algo extrañado.

       Cadmio se encogió de hombros y miró al regordete científico.

       —Eh, lo siento, profesor —hizo una pausa y miró a los cientos de curiosos que había entorno a ellos—. Tenemos algo muy importante de que hablar, ¿no podríamos conversar en otro sitio menos público?

       Los policías humanos y robots se miraron entre sí desconcertados sin saber qué hacer.

       Ochanomizu se limpió el sudor de la frente con la mano y asintió.

       —Claro, claro, vengan por aquí. Este sitio no es seguro.

       —No estará hablando en serio, profesor —le irrumpió el teniente de policía—. Estos sujetos son peligrosos y… .

       —Estos jóvenes nos ayudaron durante el ataque, teniente —le aclaró Ochanomizu—. Quizás ellos puedan decirnos que fue lo que ocurrió aquí.

       De pronto una poderosa explosión hizo vibrar todo el lugar. El reactor por fin había explotado en el laboratorio principal. Mientras la gente miraba aterrada el siniestro espectáculo, y Ochanomizu y el teniente continuaban discutiendo, Dai y Astroboy se miraron entre sí. Tras un breve instante, el pequeño Caballero del Dragón le extendió una mano al robot.

       —Hola, mi nombre es Dai —hizo una pausa y esperó a que Astroboy levantara la mano—. ¿Quién eres tú?

       Astroboy sonrió e imitó al niño.

       —Yo soy Astroboy, gusto en conocerte, Dai.

       Dai iba a decirle algo más, quería saber acerca de ese extraño mundo y de aquellos seres metálicos que los miraban atentamente, pero la repentina intervención de Cadmio lo obligó a esperar, finalmente el profesor Ochanomizu había ganado la discusión con el teniente de policía.

       —¡Oigan, enanos! ¡Vengan para acá! —les gritó el Celestial—. Vamos a la casa del profesor.

       Dai y Astroboy se miraron nuevamente y sonrieron con complicidad.

       —No te preocupes —le dijo Dai tranquilamente—. Ya te acostumbrarás.

       Astroboy asintió con la cabeza y a continuación se fue a reunir con el profesor Ochanomizu. Una vez que todo el grupo echó a andar por la calle alejándose de la multitud, Dai, Ranma, Ryoga, Moose y Poppu volvieron la mirada en diferentes direcciones, maravillándose de los enormes edificios y otras curiosidades que existían en aquel mundo tan diferente al de cada uno de ellos.

       Armagedón

       Un nuevo Devastador Estelar estaba siendo alistado para partir en una nueva misión. Desde la sala del trono, N´astarith, Sombrío, Sarah, Belcer e Isótopo observaban todos los preparativos desde una enorme pantalla visora. El emperador de Abbadón estaba muy complacido con los recientes resultados de su plan para apoderarse de las gemas estelares.

       —Esto es excelente —comentó Sombrío con una sonrisa en los labios—. Hasta ahora todo a salido de acuerdo con nuestros planes. Los gueerreros de la Alianza Estelar no han podido impedir que reunamos las gemas estelares.

       El oscuro señor de Abbadón sonrió con satisfacción. Al parecer, el problema de los Caballeros Celestiales no era tan grande como originalmente había pensado; quizás los guerreros de la antigua Orden que habían sobrevivido eran demasiado débiles para hacer algo en su contra.

       —Es verdad, Sombrío —siseó en un susurró casi imperceptible—. Una vez que tengamos todas las gemas, mi plan para dominar la Existencia se habrá consumado y dominaré todos los universos existentes. Nadie podrá retar mi autoridad.

       Isótopo se volvió hacia el trono de N´astarith y bajando la cabeza con respeto dijo:

       —En verdad, así lo esperó, mi señor —hizo una pausa y levantó la mirada—. Y entonces, espero obtener lo prometido.

       —No te preocupes, Isótopo —le tranquilizó N´astarith—. Una vez que el poder universal sea mío, no tendré inconvenientes en nombrarte emperador de Megazoar en lugar de Francisco y sus hijos.

       Sarah se removió con impaciencia.

       —¿En cuanto tiempo saldrá la siguiente misión? —preguntó, atrayendo la atención de todos.

       N ástarith volvió la mirada hacia la Khan del Basilisco.

       —En cuanto la nave de Tiamat y Sepultura haya vuelto —hizo una pausa para tomar aire y continuó con su acostumbrado tono tranquilo—. Luego de eso, la misión irá en busca de la sexta gema.

       Belcer sonrió con agrado, iba a decir algo cuando las puertas de acceso se abrieron dejando entrar a Jesús Ferrer y a Josh en el salón del trono. Las distintas miradas de los guerreros de Abbadón se clavaron en el príncipe meganiano con recelo.

       —N´astarith —comenzó a decir Jesús—. Se me ha informado que la nave de Tiamat y Sepultura está lista para iniciar el reingreso a nuestra dimensión.

       —¿Has venido únicamente ha informarme de eso? —le inquirió el señor de Abbadón—. Percibo cierta inquietud en ti.

       Josh miró preocupadamente a su señor. La sola presencia de N´astarith le era suficiente para inquietarlo.

       —Tienes razón, N´astarith —respondió Jesús tranquilamente—. He pensado que sería buena idea involucrarme más en este asunto del Portal Estelar. Quisiera ir en la próxima misión a buscar la sexta gema.

       Se hizo un silencio mientras los distintos Khans se miraban unos a otros.

       —¿Deseas ir? —repitió N´astarith despreocupadamente—. Está bien, me parece perfecto. ¿Irás tú solo o llevarás a alguien?

       El príncipe meganiano desvió la mirada hacia Josh un momento y luego asintió.

       —Si, llevaré a Josh y a Galford conmigo.

       N´astarith sonrió malévolamente desde las sombras y se recargó en su trono.

       —Me parece bien. Cuatro de mis guerreros irán a la misión contigo.

       ¿Cuatro? Josh abrió los ojos preso del temor.

       Jesús frunció el ceño, extrañado. Cuatro Khans eran demasiados para una misión como la búsqueda de una gema sagrada. Quizás el emperador de Abbadón presentía una traición de su parte o sólo quería impresionarlo con sus guerreros. Como fuera, Jesús sabía que estaba pisando terrenos peligrosos.

       —Creo que es un tanto exagerado mandar a tantos guerreros, pero está bien —comentó finalmente—. Abordaré la nave cuanto antes.

       N´astarith asintió con cabeza y entonces Jesús y Josh abandonaron la cámara del trono. Una vez que ambos salieron, los Khans se volvieron hacia su emperador.

       —¿Cuatro guerreros? —repitió Isótopo—. Mi señor, ¿no cree que son demasiados?

       N´astarith clavó su fría mirada en el meganiano.

       —Por el contrario. Desde hace unos ciclos solares he percibido muchas dudas en los corazones de ese niño, Galford y otros tantos aliados de Jesús Ferrer. Quizás nos traicionen de un momento a otro y no deben olvidar que el príncipe Ferrer guarda en sí el secreto del guerrero legendario. Tenemos que mantenerlo vigilado.

       Fuera de la inmensa estación Armagedón, una nueva puerta dimensional apareció luego de un relámpago. Lentamente, la gigantesca nave imperial comenzó a reaparecer por partes. Cuando el Devastador apareció entero, la puerta se desvaneció por completo.

       —Armagedón —murmuró Kali, contemplando la inmensa estación por una ventana—. Al parecer la siguiente misión ya está por partir.

       Sepultura sonrió con fingida arrogancia, pero lo cierto es que no había hablado desde su penoso incidente con el líder de los Khans. Ciertamente, Tiamat no gozaba de la simpatía de todos sus compañeros, pero hasta ahora nadie se había atrevido abiertamente a desafiarlo, ni siquiera Lilith. Sepultura era de esa clase de guerreros sanguinarios que odiaban andarse con tiento durante las batallas. Su mayor deseo era poder seguir luchando hasta matar a todos sus enemigos sin limitarse por nada, o por nadie. La rabia contra Tiamat le recorrió todo el cuerpo. Estaba furioso por no haber podido matar a Saulo y Kamatrón y eso lo irritaba.

       Antes de que Tiamat pudiera ordenarle al capitán de la nave que dirigiera el Devastador hacia Armagedón, un holograma de N´astarith apareció en el centro del puente de mando, atrayendo la atención de todos.

       —Mi señor —dijo Tiamat, inclinándose levemente ante el holograma.

       Segundos después, Sepultura y Kali se le unieron. Los sentimientos de rabia y odio en el corazón de Sepultura no pasaron desapercibidos para el oscuro señor de Abbadón.

       —¿Encontraron la gema? —preguntó N´astarith con impaciencia.

       Tiamat y Sepultura se volvieron hacia Kali. La Khan de la Destrucción asintió y le mostró la gema estelar que sostenía entre sus manos.

       —Excelente —murmuró N´astarith para luego dirigir su mirada hacia el Khan de la Muerte—. Sepultura… .

       —¿Si, mi señor? —le inquirió el Khan de la Muerte—. ¿Qué sucede?

       —Una nueva misión está por partir. Deseo que vayas en ella y me traigas la sexta gema.

       Sepultura se apresuró a asentir gustosamente.

       —Mi señor, no lo defraudare.

       El holograma de N´astarith sonrió malévolamente y a continuación desapareció.

       El Khan de la Muerte sonrió con agrado. Sin perder un instante llevó su rostro hacia al capitán de la nave

       —Capitán, preparen una nave de enlace.

       Tiamat miró a Sepultura sin emoción alguna. En cuanto el Khan de la Muerte se dio cuenta de esto, se volvió hacia el líder de los Khans.

       —Bueno, Tiamat, parece ser que voy a divertirme otro poco —hizo una pausa y esperó a ver la reacción de Tiamat, pero éste no dijo nada—. Quizás pueda absorber más espíritus y volverme tan poderoso como tú.

       El Khan del Dragón continuó mirándolo en silencio. Con una sonrisa en el rostro, Sepultura abandonó el puente de mando. En cuanto el Khan de la Muerte se hubo ido, Kali se volvió hacia Tiamat.

       —Es un estúpido —murmuró el Khan del Dragón—. Su falta de reflexión será la causa de su final.

       Kali no dijo nada. Interiormente, anhelaba aquellos días en que su vida era más tranquila, lejos de todas esas rivalidades y maquinaciones. El Devastador Estelar continuó su camino hasta finalmente estacionarse en una órbita cercana a Armagedón mientras otra puerta dimensional aparecía en la lejanía.

        Astronave Churubusco

       En el puente de mando de la nave insignia de la flota aliada, los técnicos detectaron una nueva perturbación en el continuo espacio-tiempo. Los abbadonitas habían vuelto a accionar el Portal Estelar.

       —Señor, tiene que ver esto —anunció uno de los técnicos llamando a Cariolano—. Hemos detectado dos nuevas perturbaciones, la primera de ellas ya despareció antes de que pudiéramos obtener las coordenadas.

       —¡Demonios! —exclamó el almirante—. Ni el príncipe Saulo ni Cadmio han vuelto. Sí vuelven a activar ese condenado Portal Estelar los malditos imperiales nos llevarán la delantera.

       —Yo no estaría tan seguro —resonó una voz a sus espaldas—. Yo y mi gente podemos encargarnos.

       Cariolano se giró hacia atrás para encarar a Uriel.

       —Señor Uriel, no sabía que usted estaba por aquí y… .

       Uriel aparentó no oírle y se acercó a los controles sin mirar a Cariolano.

       —Sí ellos han decidido ir hacia otro universo, mi deber es frustra sus planes —hizo una pausa y se volvió hacia el almirante aliado—. Preparen una nave Águila Real. Me ocuparé de esto personalmente.

       Cariolano frunció el ceño.

       —Pero señor, antes de eso debo avisarle a la reina Zeiva y…. .

       —Haga lo que guste, almirante —le interrumpió Uriel—. Pero asegúrese de que esa nave se encuentre lista en quince nanociclos.

       Sin decir nada más, Uriel abandonó el puente de mando dejando a Cariolano hecho un mar de dudas.

       —¡Rápido! —exclamó, dirigiéndose a un joven teniente—. ¡Encuentren a la reina Andrea!

       Cansada de recorrer los enormes pasillos de la nave Churubusco, la princesa Leona había decidido ir un momento al santuario de la nave para ver otra cosa que no fuera ordenadores y gente en uniforme. Sentada al borde de la enorme fuente que había en el centro intentaba apartar la mente de todos sus preocupaciones. De pronto un pájaro revoloteó sobre su cabeza. “Que hermoso”, pensó.

       Era gracioso la manera en que ver una simple ave le resultaba tan grato. Ya tenía unos cuantos días viviendo en aquella nave espacial y el encierro la estaba volviendo loca.

       —Princesa Leona —la llamó la voz de Andrea—. No sabía que estabas aquí.

       Leona sonrió con agrado al reconocer el rostro de Andrea.

       —¡Ah! Eres tú —le dijo tranquilamente—. ¿Sabes? Este santuario es verdaderamente hermoso.

       Andrea alzó la mirada para ver el vuelo de las aves.

       —Si, me recuerda tanto mi hogar en la Tierra —hizo una pausa y volvió la mirada hacia la princesa—. ¿También extrañas tu hogar?

       Leona asintió sombríamente.

       —Sí, también estoy algo preocupada por Dai.

       —¿Ese niño es tan importante para ti? —le preguntó Andrea mientras se sentaba a su lado.

       —Si, Dai es una gran valiente —Leona cerró los ojos y sonrió levemente—. Siempre ha hecho todo lo posible por salvarme de todos los peligros a los que nos hemos enfrentado.

       Andrea suspiró.

       —¿Si? Vaya, en ese caso debe parecerse mucho a Lance y a Asiont.

       Leona abrió los ojos.

       —¿Te refieres a los Celestiales?

       La reina de Lerasi asintió.

       —Así es —hizo una pausa y levantó la mirada—. A pesar de toda la adversidad han hecho todo lo posible por ayudarme desde que lo conocí. Es gracioso, pero les tengo mucho aprecio.

       —Ya veo —murmuró Leona en tono pensativo—. En el sitio de donde somos, Dai también hace todo lo posible para no darse por vencido.

       Andrea reflexionó unos momentos antes de hablar.

       —Algo que me llama mucho la atención en tu amigo es que a pesar de ser sólo un niño, tiene un poder increíble, pese a lo que diga Cadmio.

       —Bueno, eso se debe a que Dai es un Caballero Dragón.

       —¿Un Caballero Dragón? —repitió Andrea verdaderamente interesada en el tema—. ¿Es una orden de guerreros en tu mundo o algo así?

       —Así es, de acuerdo con una vieja leyenda, el Caballero del Dragón es el encargado de destruir las ambiciones de quienes sueñan con apoderarse del mundo.

       Andrea enarcó una ceja. Iba a decir algo cuando Eclipse apareció de la nada con un importante aviso.

       —Vaya, vaya, ¿con qué aquí estaba?

       —¿Qué ocurre, Eclipse? —le inquirió Andrea.

       —Bueno —comenzó a decir—, al parecer los imperiales están abriendo más puertas a otras dimensiones y como hasta ahora ni Saulo, ni Cadmio han vuelto, el tal Uriel ha decidido enviar a dos de sus generales más importantes.

       —¡¿Qué cosa?! —estalló Andrea, poniéndose de pie violentamente—. Que ni se le ocurra, avísale inmediatamente a Rodrigo que se reúna conmigo en el muelle. No voy a dejar que ese lunático meta las narices en esto.

       Completamente furiosa, la reina de Lerasi se dirigió hacia la salida del santuario.

       —¡Yo voy contigo! —le alcanzó a gritar Leona.

       —No princesa, esto será muy peligroso —replicó Andrea, volviéndose hacia ella por encima del hombro—. Lo mejor que puede hacer es esperar a Dai, Saulo y los otros.

       La princesa de Papunika guardó silencio. Realmente no le agradaba mucho quedarse esperando mientras todos iban y arriesgaban su vida. De pronto la voz de Eclipse llamó su atención.

       —¿Avisarle a Rodrigo? —repitió el espía, volviéndose hacia Leona—. Pues que se cree que soy… ¿su mensajero?

       Mucho antes de que el Devastador imperial que comandaba David abandonara la atmósfera terrestre, éste ya era seguido de cerca por cientos de naves terrícolas de combate. La intención de los pilotos terrestres era acercarse a la enorme nave para atacarla por sorpresa. En cuanto la presencia del gigantesco platillo fue detectada por los gobiernos de la Tierra, los humanos supusieron que se trataba de alienígenas hostiles e inmediatamente enviaron a cuantas fuerzas militares pudieron.

       Desde el puente del navío de combate abbadonita, el príncipe meganiano y los altos oficiales aguardaban a que la puerta de regreso le fuera abierta de un momento a otro.

       —Esos malditos insectos molestos —murmuró Kadena mientras se pasaba la gema de una mano a otra furioso—. Eliminaron a Sword y Harpoon.

       David se sujetó su brazo lastimado con cuidado. Le costaba algo de trabajo creer que Cadmio hubiera podido herirlo durante la pelea.

       —Aún estoy impresionado por el poder de lucha de ese tal Cadmio. Logró fracturarme un brazo. Fue buena idea desaparecer nuestras presencias luego de salir de ese edificio para huir. Lo que me extraña es que no haya podido sentir la presencia de ese niño llamado Astroboy. Sin duda debe tratarse de un robot o un androide.

       Shield sonrió con satisfacción, pero no dijo nada. De pronto uno de los oficiales del puente se acercó para hacer un importante anuncio.

       —Señor, nuestros escáneres han detectado la presencia de doscientas veinte naves que se aproximan a velocidad de ataque. Creemos que se trata de fuerzas de los habitantes del planeta que acabamos de abandonar

       David enarcó una ceja.

       —¿A velocidad de ataque, eh?  Bien, ignórenlos. No pueden hacernos nada y… .

       Sin que David lo notara, Kadena y Shield cruzaron sus miradas maliciosamente como dándose a entender algo.

       —Príncipe, usted se encuentra herido —comenzó a decirle Kadena—. Permita que lo llevé a la cámara de recuperación. Estará como nuevo en medio megaciclo.

       Extrañado por la sugerencia, David volvió la mirada hacia Shield para escuchar su parecer

       —Es verdad, príncipe. Dejé todo en nuestras manos.

       El príncipe meganiano miró nuevamente a Kadena y finalmente asintió con la cabeza. Sin decir nada más, Kadena condujo a David hasta la salida del puente con excesivo formalismo. Tan pronto la puerta se cerró tras ellos, Shield se volvió hacia los oficiales de la nave.

       —Ignoren la orden anterior. Preparen los cañones y abran fuego en cuanto esos insectos estén cerca

       El capitán de la nave frunció el ceño un tanto extrañado con la orden.

       —El príncipe David dijo que los… .

       —El príncipe no está aquí y en su ausencia, Kadena y yo tenemos el mando —le irrumpió ásperamente—. Ahora cumplan las ordenes.

       El capitán asintió con la cabeza y repitió la orden a sus oficiales.

       Unos cuantos puntitos plateados empezaron a aparecer delante de la nave imperial y comenzaron a aumentar de tamaño. Eran los cazas terrestres

       Tan pronto los terrícolas estuvieron dentro del rango de fuego de las armas imperiales, estás comenzaron a disparar, dando inició a una terrible batalla. Después de doce minutos de un sangriento combate espacial entre fuerzas tan desiguales, cientos de pilotos terrestres perdieron la vida bajó el fuego de las armas imperiales.

       Como en las ocasiones anteriores, el campo de fuerza de la enorme nave había logrado protegerla de todos los ataques enemigos. Viéndose superados en tecnología y en poder de armas, los pocos pilotos sobrevivientes se dieron a la fuga. Una vez que el área quedó despejada, la inmensa nave continuó su camino rumbo al espacio sin ningún problema.

       —Así es como debe ser —murmuró Shield mientras contemplaba a través de una enorme ventana los restos de las naves terrestres—. Pronto el gran N´astarith se encargará de eliminar a Francisco, y ya que Isótopo se convierta en emperador, nos desharemos de todos los inútiles como el príncipe David.

       Con la mirada perdida en el infinito vacío del espacio sideral, Jesús contemplaba las estrellas y demás cuerpos celestes existentes desde el puente de mando del Devastador estelar Thammuz. A su costado se encontraba Josh, siempre cerca de él como sí fuera su propio hijo. El príncipe meganiano estaba pensando en su esposa e hijo, ambos fallecidos durante una terrible batalla ocurrida en el planeta Adon. A pesar de que sus muertes había ocurrido varios ciclos estelares atrás, él todavía no podía dejar de pensar en lo diferente que podrían haber sido las cosas sí Kaila y Kin aún continuaran con vida. Quizás no estaría aliado a N´astarith. Quizás… .

       —De manera que tu eres el tal Jesús Ferrer, ¿eh? —le preguntó una voz femenina a sus espaldas.

       Tanto Josh como Jesús se volvieron hacia atrás al instante. Era extraño, ninguno de los dos había podido percibir presencia alguna acercándose, pero aun así una joven excesivamente delgada, alta y de expresión huraña estaba avanzando hacia ambos.

       —¿Quién eres tú? —inquirió a su vez el príncipe meganiano.

       Como respuesta, la joven alta y delgada se detuvo frente a ellos. Jesús miró a la desconocida que yacía frente a él y finalmente concluyó que se trataba de una guerrera de N´astarith. No era hermosa, pero tampoco tenía un rostro desagradable. Tenía el cabello rojo y lo llevaba corto. Su mirada estaba cargada de una dureza propia de un hombre y no parecía sentir temor por nada. Vestía una armadura gris que contrastaba con una tez excesivamente clara y sobre sus espaldas llevaba una larga capa negra.

       —Mi nombre es Eneri —dijo la mujer con voz firme—. Soy la Khan del Cancerbero.

       —¿La Khan del Cancerbero? —repitió Josh lentamente.

       Eneri sonrió con arrogancia y miró al chico de arriba a abajo con desprecio. Jesús, por su parte, frunció la mirada debajo del oscuro visor que cubría sus ojos. ¿Quién diablos era esa estúpida?

       —No necesito del escáner visual para darme cuenta que tu poder, niño —comentó Eneri sarcásticamente—. Para ser un meganiano, tu nivel de poder es bastante bajo. ¿Qué acaso no te dan bien de comer?

       Josh frunció el ceño, molesto por la burla. Iba a decirle algo a aquella impertinente mujer cuando una segunda voz llamó su atención desde el extremo contrario. Se trataba de otra guerrera Khan.

       —Eneri, Eneri, no tienes que ser tan ruda con el niño —murmuró la otra joven que se acercaba—. De por sí ya es lamentable que tenga ese nivel como para que se lo tengas que estar recordando. Recuerda que debemos ser educadas con nuestros… amigos.

       Jesús llevó su mirada hacia la segunda guerrera que acababa de llegar. A diferencia de Enerí, esa Khan llevaba el cabello largo y bien cuidado; tenía una mirada infantil que reflejaba cierta inmadurez en su personalidad. Portaba una armadura roja diferente a la Eneri y también llevaba una capa oscura.

       —Mi nombre es Suzú de Banshee —dijo, sonriendo con aparente dulzura—. Es un gusto conocerte, guapo. Espero que podamos llevarnos bien. Disculpa la rudeza de Enerí, es sólo que siempre quiere hacer gala de sus fuerzas.

       El príncipe meganiano frunció una vez más el entrecejo. No podía percibir las presencias de aquellas guerreras y eso lo dejaba bastante perplejo. Era algo muy extraño. Josh desvió la mirada hacia Jesús, pero al igual que su señor tampoco él podía percibir presencia alguna en aquellas mujeres.

       De pronto la puerta del puente se abrió para dar entrada a Galford y Sepultura. El guerrero de la Justicia se dirigió hacia Jesús y se inclinó levemente mostrando su respeto.

       —Príncipe, es un honor estar a tu servicio nuevamente.

       Jesús no dijo nada y volvió la mirada hacia el Khan de la Muerte para examinarlo. En él si podía percibir una presencia a diferencia de Eneri y Suzú. Sepultura, por su parte, saludó a Eneri y a Suzú con gusto.

       “Son tres”, pensó Jesús. “Falta un Khan todavía”.

       En ese momento, una joven mujer de largo y sedoso cabello negro apareció por la puerta de acceso. Se trataba de la última Khan que acababa de llegar para unirse a la misión.

       —Saludos, príncipe —le dijo con tranquilidad—. Yo soy Liria, Khan de la Naturaleza.

       Ferrer examinó a Liria con la mirada detenidamente. Era una joven delgada, serena y bastante hermosa; un tocado dorado enmarcaba su juvenil rostro. Vestía una armadura dorada con abundante adornos color esmeralda en las hombreras y los brazos. Como en sus demás compañeras, era imposible percibir su aura.

       —¿En cuanto tiempo iniciaremos el viaje? —les preguntó Jesús con impaciencia.

       Liria sonrió dulcemente y dijo:

       —En realidad no lo sé —hizo una pausa y se volvió hacia los otros Khans—. Creo que Sepultura lo sabe.

       El Khan de la Muerte abandonó a Eneri y Suzú, y caminó hasta quedar delante del príncipe meganiano. Por unos instantes, ambos se miraron directamente a los ojos. Finalmente, Sepultura sonrió en un gesto macabro.

       —Según se me informó, iniciaremos el viaje enseguida —hizo una pausa, miró a Josh y luego regresó la vista al rostro de Jesús—. Espero que seas más fuerte que el mocoso que traes contigo.

       Ferrer suspiró con hastío y se dio la media vuelta para dirigirse a Galford en completo silencio. En cuanto estuvo a lado de su guerrero, el príncipe de Megazoar inclinó la cabeza ligeramente hacia él.

       —Galford, ¿pudiste sentir sus presencias? —le inquirió.

       El guerrero de la justicia miró a su señor con un gesto lleno de contrariedad.

       —No… . Es extraño, pero únicamente puedo sentir el aura de Sepultura y debo confesar que es muy poderosa.

       —Es cierto —susurró Jesús—. Esto ya me había pasado anteriormente con Tiamat.

       Galford miró a los Khans por encima del hombro de su príncipe y dijo:

       —Debemos tener cuidado, príncipe, estoy seguro de que algo extraño traman.

       El capitán de la nave se alejó de los controles y se acercó a Jesús. Luego de hacer una reverencia se volvió hacia Sepultura y las otras Khans y repitió su saludo.

       —Estamos listos para partir.

       Eneri y Suzú sonrieron con malicia, cruzaron sus miradas y a continuación caminaron hacia la enorme ventana del puente.

       —En marcha, capitán —ordenó Eneri sin volver la mirada.

       Astronave Churubusco

        En uno de los hangares, el Águila Real 5 estaba lista para despegar. Antes de que las puertas de acceso de la nave plateada se cerraran por completo, Andrea y Rodrigo subieron a bordo.

       Hecha una furia, Andrea Zeiva entró al puente de mando seguida por su primo. En cuanto estuvo frente a Azmaudez, el general de Uriel, la reina Lerasi lo increpó.

       —¿Qué cree que está haciendo? —le azuzó violentamente—. La misión de recorrer los doce universos le compete únicamente a los Caballeros Celestiales.

       Azmaudez sonrió con fingida arrogancia, hizo una seña a los pilotos para que despegaran y se volvió hacia Andrea.

       —Los Celestiales no han ayudado mucho que digamos —comentó mientras las estrellas inundaban el ventanal—. Uriel me ha encomendado la misión de averiguar sí eso de las doce gemas y el Portal Estelar es verdad.

       —Pero, ¿acaso estáis loco? —le inquirió Rodrigo histéricamente—. Los Khans de N´astarith son los asignados a recolectar las gemas —hizo una pausa y se volvió hacia Andrea—. Si los seguimos es seguro que moriremos.

       Azmaudez y Andrea se miraron entre sí y fruncieron la mirada. Rodrigo era un cobarde.

       —Deja de lloriquear —le reprendió Azmaudez—. Por si no lo sabes, yo también soy un guerrero muy poderoso.

       —Los Khans no son guerreros ordinarios —insistió Rodrigo—. Nos matarán si seguimos a alguna nave de N´astarith.

       Una sutil sonrisa se insinuó en los labios de Azmaudez.

       —Demasiado tarde, en cuanto abran otra puerta iremos tras ellos —hizo una pausa y señaló el ventanal—. Ya hemos abandonado el sistema Adur.

       Andrea enarcó una ceja. Saulo y Cadmio no habían vuelto, y todavía no había señales de Asiont. Quizás no era tan mala idea arriesgarse.

       —Esta bien, Azmaudez —asintió finalmente—. Iremos por la siguiente gema.

       Azmaudez sonrió con satisfacción y volvió la mirada hacia el ventanal. Estaba a punto de descubrir si lo que los Celestiales afirmaban sobre aquella vieja leyenda era o no verdad.

       Continuará… .

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