Leyenda 022

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPITULO XXII

“¡SERÉ UN CELESTIAL!”

       La Tierra
       Estados Unidos de América (Washington D.C.)

       En el despacho oval de la Casa Blanca, un holograma de N´astarith se abalanzaba sobre el presidente William Wilson y sus generales. El presidente terrestre y sus funcionarios permanecían inmóviles ante él, los ojos clavados en la imagen mientras sus rostros mostraban hasta el último átomo del miedo que los paralizaba. La sombría figura de N´astarith los contemplaba en silencio, pero la rígida postura del señor de Abbadón hablaba por sí sola.

       —Me decepcionas, Wilson —siseó N´astarith, mirando al presidente terrícola.

       —Mi señor, estoy seguro de que todo… —intentó explicarse inútilmente el objeto de su ira.

       —¡Peor aún, me desafías!

       El rostro del terrestre sufrió una aterradora transformación.

       —¡No, mi señor! ¡Nunca! ¿Cómo iba a saber que existían Caballeros Celestiales escondidos aquí en la Tierra?

       N´astarith pareció no oírlo.

       —Espero que hagas todo lo posible por aplacar todo tipo de resistencia que esté a favor de la Alianza. Vamos a necesitar mucho de tu mundo en muy poco tiempo. También quiero que difundas entre tu gente una imagen adversa de la Alianza Estelar. Culpa a sus lideres de haber iniciado la guerra con nosotros.

       —Sí, claro —Wilson hizo una rápida inspiración de aire y luego lanzó una mirada al general Scott, que estaba haciendo todo lo posible por desaparecer en el éter—. ¿Y que hay de las fuerzas de la Alianza y los Celestiales que escaparon de Noat?

       N´astarith pareció volverse más oscuro dentro su capa y su rostro retrocedió hacia las sombras.

       —Ordénale al general MacDaguett y a nuestro agente encubierto que se ocupen de mantenernos informados de todos los movimientos de esa maldita Alianza. En cuanto a los Celestiales, me ocuparé personalmente de ellos.

       El presidente Wilson y sus generales parecían estar a punto de derrumbarse bajo el peso de la penetrante mirada del señor de Abbadón.

       —Si, mi señor —logró balbucear mientras el holograma se desvanecía.

       Los terrestres siguieron sin moverse, sin mirarse siquiera el uno al otro, con sus ojos fijos en el lugar que el holograma había ocupado.

       —Esto se nos está yendo de las manos —dijo finalmente el presidente Wilson, mientras pensaba en los futuros problemas que todas las condiciones pactadas con N´astarith le traerían.

       Lo que los lideres de la Alianza Estelar ignoraban era que desde mucho tiempo antes de que le solicitaran ayuda al gobierno de la Tierra, la administración del presidente William Wilson había hecho un pacto secreto con el imperio de Abbadón. A cambio de tecnología y riquezas, el gobierno de los Estados Unidos había accedido a montar toda una farsa para que la Alianza Estelar cayera en una trampa. Mientras que por un lado Wilson permitía a las naves aliadas penetrar en el sistema solar y establecer una base en Marte, por otro hacía tratos con el imperio para entregárselos; tal y como había sucedido.

       Unos días antes de la invasión, Wilson había llamado a sus generales de confianza para prevenirlos sobre lo que iba a pasar a fin de trasladar todas las naves que formaban parte de la armada Americana. Por esa razón era que las naves de guerra de los Estados Unidos se habían quedado en una base secreta en Venus mientras la Tierra era ocupada. Para guardar las apariencias, el presidente le ordenó a todos los militares considerados no confiables que se quedarán en Marte a luchar junto a la Alianza.

       El general MacDaguett, líder de la fuerza armada que había huido de la Tierra para unirse a la Alianza, era uno de los hombres de mayor confianza del presidente y estaba muy bien enterado sobre las maniobras de su gobierno. Las ordenes de MacDaguett eran simples: debía hacerse pasar por un digno aliado esperando el momento oportuno para traicionar a la Alianza Estelar, en tanto debía informar de las maniobras militares de la Alianza.

       El general Scott consiguió asentir.

       —No deberíamos haber hecho este trato, pero ahora ya no hay remedio. Continuaremos utilizando todos nuestros recursos para aplacar cualquier intento de resistencia. Creo que con algo de suerte podremos convencer a la opinión pública de que la Alianza fue la que nos llevó a esta guerra absurda, pero ¿qué pasará si al final los lideres de la Alianza se enteran de todo esto?

       El presidente Wilson, con las manos tensamente entrelazadas delante de él, no se atrevió a aventurar una respuesta.

       A diferencia de otros sectores de la imponente astronave Churubusco, la sala del Consejo de Líderes dominaba una de las secciones centrales de la gigantesca fortaleza espacial. El Consejo estaba reunido a puerta cerrada, y una importante cesión se estaba llevando a cabo. Los asientos de sus miembros formaban un enorme círculo y estaban encarados hacia el lugar donde Andrea, Cadmio, Rodrigo y el capitán Arenth permanecían de pie.

       Mientras hablaba, Andrea estudió los rostros de sus oyentes, cada uno de los cuales le era familiar. En su mayoría se trataba de lideres planetarios como ella, entre los cuales el rey Lazar de Adur y Saulo eran los miembros más respetados. Uno de los miembros más enigmáticos y de reciente adhesión, era un joven llamado Uriel que fungía regente de un mundo conocido como Unix. Sus habitantes los descendientes de una colonia de meganianos que habían abandonado su mundo poco antes de la última gran guerra civil hacia cientos de años. Uriel era una de las pocas personas que mantenía un concepto diferente de los hechos ocurrido en la galaxia durante los últimos años.

       Andrea ocupaba el círculo que servía de plataforma para los oradores a quienes se dirigía al Consejo de Líderes, relatando todo lo ocurrido en las últimas semanas. Su postura y voz exigía la atención de todos los presentes mientras sus ojos pasaban de un rostro a otro, buscando incesantemente una reacción a sus palabras. Los últimos invitados a aquella cesión, eran la princesa Leona, Dai, Poppu, Hyunkel, Marine, Lance, Eclipse, Casiopea, Ranma, Ryoga, Shampoo, Moose y Asiont.

       —Nuestra conclusión es que N´astarith pretende asumir el control absoluto de la galaxia empleando una máquina conocida como el Portal Estelar. Sí esto se realiza como creemos, es seguro que pronto las fuerzas imperiales amenazarán mundos de esta y otras galaxias —dijo en voz baja, y con ello dio por terminado su relato.

       Se produjo un profundo silencio, seguido de agitación. Se oyeron murmullos de incredulidad mientras los miembros del Consejo se miraban unos a otros confundidos.

       —¿El Portal Estelar de Dilmun? —masculló el rey Lazar, inclinándose hacia delante y atrayendo la atención de todos.

       —¡Eso es imposible! —exclamó Cariolano con irritación, sin molestarse en ocultar su horror ante el relato de Andrea—. ¡El Portal Estelar y las doce gemas de Dilmun no son más que una leyenda!

       Cadmio dio un paso adelante antes de que Andrea pudiera defender su postura.

       —Pues más vale que lo crea, almirante. Mi hermano Lance y el Espía Estelar Eclipse pudieron constatar con sus propios ojos que los Khans guerreros de N´astarith están en busca de las gemas.

       Todos volvieron a murmurar entre ellos. Andrea ya no dijo nada y esperó a que las palabras del Caballero Celestial fueran asimiladas. El sólo pensar que la antigua leyenda de las doce gemas era una terrible realidad comenzó a sacar a la luz los peores temores de todos los miembros del Consejo.

       Uriel volvió la mirada hacia Andrea y los demás para luego recostarse en su sillón.

       —Esto es muy difícil de aceptar. ¿No están diciendo que debemos tomar como cierto un relato que bien pudo ser alterado a través de los ciclos estelares?

       Cadmio frunció el entrecejo, molesto.

       —¡Cuidado con lo que dices! —le azuzó violentamente—. ¡Esa leyenda ha sido guardada por los Caballeros Celestiales desde hace mucho tiempo y puedo asegurarte que jamás permitiríamos eso!

       —Desde tu punto de vista, tal vez —repuso Uriel con el rostro ensombrecido por la ira—. La antigüedad de esa leyenda también implica que puede haber sido mal interpretada, ya ha pasado antes.

       —Como se nota que no conoces a los Caballeros Celestiales —dijo Cadmio, sosteniéndole la mirada en franco desafío—. ¡Mi orden ha velado por la justicia y la paz! ¡Vuestras imputaciones son un insulto para nosotros!

       Saulo volvió el rostro hacia Cadmio y alzó su mano.

       —Tranquilos, no estamos aquí para pelear entre nosotros —dijo con voz suave y firme para luego volverse hacia Uriel—. Vuestras palabras resultan una grave ofensa para nosotros los Caballeros Celestiales. Cuando fui entrenado por ellos, jamás me tocó ver que tergiversaran algún hecho ocurrido en su provecho y eso es conocido por todos los presentes, te ruego que reconsideres tus palabras.

       Ignorando por completo las palabras del príncipe de Endoria, el almirante en jefe de las fuerzas militares de Uriel, un joven de nombre Azmoudez, se giró hacia Cadmio para interpelarlo.

       —Si eso es cierto ¿Cómo es posible que hayan permitido que Jesús y José hayan causado tal desastre en nuestra galaxia? ¿Dónde estaban ustedes, ridículos farsantes?

       Cadmio no podía creer que hubiera alguien que se atreviera a decirle eso. A su juicio, le hubiera resultado fácil humillar a aquel pedante gusano, pero prefirió tomárselo como un juego. Sonrió burlonamente y dijo:

       —¿Dónde estábamos? Eso es muy fácil de responder, todos nosotros apenas estábamos entrando a la pubertad cuando ese par de usurpadores invadieron nuestro mundo —respondió con naturalidad—. Si nos conocieras un poco no estarías diciendo esas tonterías, además yo tampoco recuerdo haber visto que ustedes estuvieran haciendo algo por la galaxia, estúpido.

       La tensión empezó a crecer.

       —¿Cómo me llamaste? —le preguntó Azmoudez, ligeramente enfadado.

       —¡Basta! —exclamó Saulo, dirigiéndose al almirante de Uriel—. No recuerdo haberte dado permiso para que hablaras. Otra interrupción y tendré que pedirte que abandones la sala.

       Uriel desvió la mirada hacia Cadmio y se dispuso a decir algo más, pero la súbita intervención de Rodrigo Carrier en la conversación lo obligo a esperar.

       —Lo que Cadmio y Andrea dicen es verdad. Yo mismo pude observar como los abbadonitas usaban el Portal Estelar desde Armagedón para crear una puerta dimensional. Más tarde el capitán Arenth confirmó nuestras sospechas.

       Un tercer individuo alzó la mano para tomar la palabra. Se trataba de Anshar Alec, representante del planeta Vretan.

       —N´astarith se ha proclamado como un dios y pretende asumir el control de la galaxia —hizo una pausa mostrándose muy nervioso—. Podemos luchar contra un oponente común y corriente, pero ¿cómo podemos oponernos a la voluntad de un líder que ha conseguido someter a la mayor parte de la galaxia? La leyenda nos dice claramente que quien posea las doce gemas será capaz de controlar el universo y quizás la Existencia.

       —Eso es verdad. No tenemos defensa contra el imperio —declaró Rodrigo atrayendo la atención nuevamente sobre sí—. Entregarnos es nuestra única opción viable. Es demasiado tarde para cualquier otra cosa. Aun si pudiéramos conseguir el apoyo de la mayoría de los sistemas estelares enemigos del imperio de Abbadón, todos seremos muertos cuando N´astarith adquiera el poder de las doce gemas. Si negociamos la paz con el imperio nos salvaremos porque N´astarith siempre desea absorber a los conquistados, a fin de hacerse a él, el más fuerte. No podemos hacer otra cosa.

       La sala volvió a sumirse en el silencio, esta vez de perplejidad. Rodrigo Carrier había tocado uno de los problemas de mayor gravedad a los que se enfrentaba la Alianza: la fuerza bélica de Abbadón. Los endorianos y los meganianos podían ser derrotados en batalla y eso todos lo sabían, pero la armada de N´astarith habían demostrado ser invencible, jamás habían sufrido una sola derrota. También estaba el problema de los Khans, los guerreros de Abbadón, sin los Caballeros Celestiales era imposible atreverse a desafiarlos.

       —¡Eso es una tontería! —gritó Cadmio fuera de sí—. ¿Acaso se te pudrió el cerebro, Rodrigo?

       —¡Claro que no! —replicó Rodrigo en un tono áspero—. Pero esa es nuestra única salida. No podemos pelear contra N´astarith, es sólo que te cuesta admitirlo, maldito fanfarrón hijo de… .

       —Estás loco —le interrumpió Azmoudez—. Miles de personas y docenas de mundos han perdido la vida y su libertad, ¿crees que ellos quisieran que no rindiéramos, imbécil?

       Rodrigo se giró hacia el almirante de Uriel y le lanzó una mirada asesina.

       —¿A ti quién te preguntó?

       Lazar alzó la mano para llamar a orden.

       —Sí nos entregamos, todo por lo que hemos luchado y sufrido será en vano. Esa es una opción que no podemos aceptar, señor Carrier.

       —Tiene toda la razón, su majestad —se escuchó decir a una voz.

       Asiont Ben-Al se abrió paso a través de los generales y lideres aliados seguido por Mariana, Ranma y sus amigos. El joven no se dejó impresionar por las miradas de todos los presentes. En lugar de ello, tranquilo e impasible, lanzó una mirada de apoyo a Andrea.

       —N´astarith conoce la leyenda como nosotros. Por esa razón se dedicó a eliminar a todos los Caballeros Celestiales que había con vida. Sabe que sí conocemos sus planes, entonces existe un riesgo para él

       —¡Otra vez la leyenda! —gritó Azmoudez, poniéndose de pie—. ¡Esas son sólo tonterías! No podemos basarnos únicamente en la búsqueda de unos guerreros que ni siquiera sabemos si existan —hizo una pausa y se volvió hacia los miembros del Consejo—. Aún si estos existieran, ¿qué ganaríamos con derrotar únicamente a N´astarith? Lo que yo propongo es formar una gran fuerza de ataque y destruir toda la armada imperial en un solo asalto… .

       —No, si se ve que a otro que se le pudrió el cerebro fue a este tipo —masculló Cadmio en tono de burla refiriéndose a la ambiciosa propuesta de almirante de Uriel. Aquel comentario provocó una acalorada discusión entre todos los miembros de Consejo e invitados presentes.

       —¿Qué fue lo que dijiste, estúpido? —le inquirió Amoudez mientras se dirigía hacia el Celestial amenazadoramente—. Yo te enseñaré lo que es un cerebro podrido en cuanto abra tu cráneo.

       Cadmio, lejos de amedrentarse, le devolvió la mirada.

       —Lo que oíste y que tú propones es un suicidio. Aunque las naves de N´astarith carecieran de escudos de energía, jamás podríamos vencer a toda la armada imperial en un solo asalto.

       —Eso es verdad —convino Asiont apoyando a Cadmio—. Y aún cuando pudiéramos vencer a toda la flota imperial, con los Khans tenemos para preocuparnos… .

       —¡No necesito tu ayuda, Asiont! —le interrumpió Cadmio hecho una furia—. Eres una desgracia para los Caballeros Celestiales y un cobarde.

       Aquel reclamo había sido toda una sorpresa para Asiontl, pero lejos de experimentar coraje contra su compañero, optó por ignorarlo y se dirigió al Consejo en su totalidad.

       —Honorables miembros del Consejo de la Alianza, distinguidos líderes y generales, la leyenda de Dilmun no es un mito, es una realidad. Contrario a lo que muchos piensan, los Celestiales sabemos de la existencia real del Portal Estelar y lo referente a las doce gemas. Estas gemas, cuya naturaleza es desconocida también para nosotros, reaccionan con la energía de los seres positivos.

       —¡Esto es una auténtica locura! —exclamó Azmoudeoz dispuesto a no darse por vencido—. Y tú eres el menos indicado para hablar, joven Asiont.

       —¿De qué hablas? —le preguntó Lazar contrariado.

       Azmoudez se apartó de su asiento y se volvió hacia el consejo.

       —Este joven es el causante de la gran guerra que ha devastado la galaxia. Sólo él es el culpable. Cuando el emperador Jesús Ferrer quería establecer la paz, éste sujeto inició una rebelión abierta y complico las cosas.

       —¡Esa es una tontería! —gritó Andrea presa de la ira—. Sólo estás manipulando la historia. Ese Jesús es un demente, él fue quien ayudó a mi hermano a construir Armagedón y también cientos de armas que provocaron el dolor y el sufrimiento de millones de seres en la galaxia. Y para que lo entiendas, estúpido, Asiont no inició la rebelión; ésta se inició apoyada por toda la Alianza. Creo que lo que pasa es que eres un traidor que únicamente quiere proteger a ese loco del emperador Jesús.

       —Ustedes han tenido la culpa siempre, al principio no hicieron nada y después cuando las cosas se calmaron… Ustedes ratas de alcantarilla aparecieron para tratar de “arreglar las cosas” —se apresuró a decir Azmoudez—. Si ustedes no hubieran causado esa rebelión en estos momentos tendríamos a Megazoar como aliado en contra de Abbadón, ustedes quisieron ser de nuevos los héroes y provocaron esa guerra para recuperar su buen nombre… .

       —Ustedes han causado mucho mas daño con sus “Ayudas” al causar un derramamiento de sangre inocente —añadió, con enojo y desprecio hacia los Celestiales, un segundo individuo que acompañaba a Uriel; un joven invidente llamado Azrael.

       —Eso no es asunto que nos interesa, Azrael —le interrumpió Saulo desafiante—. Jesús Ferrer es enemigo de la Alianza Estelar. Si siguen diciendo esas tonterías tendré que solicitarles que salgas del recinto —hizo una pausa y se volvió hacia Asiont—. Asiont, yo como tú, soy un Celestial y conozco la leyenda, pero creo que los miembros del Consejo necesitan algo más que mitos, ¿tenéis alguna prueba?

       Asiont asintió.

       —Así es, tengo la prueba —hizo una pausa y se giró en dirección hacia Dai para con un gesto, indicarle que se acercará—. Él es Dai, un visitante de otro mundo y se encontraba luchando con los guerreros de N´astarith en donde estaba la gema. Como podrán darse cuenta él es un sujeto con un corazón puro.

       Dai volvió los ojos alrededor, impresionado por las diferentes caras que contemplaba.

       —Hola, yo soy Dai —dijo el chico haciendo con una mano la señal de la victoria.

       Cadmio alzó los ojos hacia el techo como si estuviera en busca de ayuda. Eclipse sintió como un sudor frío le recorría el cuerpo mientras que Lance suspiraba hondamente deseando que el suelo se tragara ahí mismo.

       —¿Un niño? —inquirió Azmoudez levantando los brazos—. ¿Eso es todo? Él no es un guerrero, es sólo un mocoso. Estos estúpidos creen que pueden derrotar a los Khans con ayuda de niños que deberían estar en una escuela

       —¿Qué fue lo que dijiste? —se oyó decir a Poppu desde su sitio. Sin perder tiempo, el joven mago se acercó a Dai y a Asiont para encarar a Azmoudez—. Por sí no lo sabías, Dai pudo hacer huir a uno de esos guerreros, mequetrefe.

       Asiont asintió para luego volverse hacia Ranma ignorando completamente los ataques del almirante de Uriel.

       —Ellos son Ranma, Ryoga, Shampoo y Moose —declaró con tranquilidad—. Ellos estaban en el siguiente mundo en ser atacado y también son sujetos con corazones puros.

       —Hola a todos —saludo Ranma sin experimentar pena.

       Todos los miembros del Consejo se miraron entre sí. ¿Acaso esos jóvenes realmente podrían ayudarlos a vencer a N´astarith?

       —¡Ahora sí que te volviste loco, Asiont! —está vez fue Cadmio el que estalló—. Esos no son guerreros, sólo son estorbos.

       —Oye, ¿a quién le dices estorbo, amargado? —le azuzó Shampoo, prendiéndose del brazo de Ranma por enésima vez.

       Cadmio enarcó una ceja, realmente contrariado.

       —Me llamó amargado —murmuró para sí—. Pero que chica más grosera.

       —Es verdad —añadió Leona uniéndose al grupo—. No tienes porque insultarnos sólo porque no somos como tú —hizo una pausa y se volvió hacia Ryoga en busca de apoyo—, ¿verdad que sí?

       —Eh, bueno yo no lo sé —murmuró Ryoga intimidado por la presencia de Leona y la multitud. Con la cabeza agachada, el chico juntaba las puntas de sus dedos índices continuamente.

       —¡¿Cómo puedes decir que no lo sabes?! —le espetó la princesa de Papunika realmente furiosa—. ¡Tienes que decir algo!

       —Esa chica tiene su carácter —le susurró Eclipse a Lance—. No la quiero ver cuando llegue a ser una reina.

       Moose vio en las palabras de Cadmio una buena oportunidad para congraciarse con Shampoo.

       —Oye, tú, ¿cómo te atreves a insultar a mi amada Shampoo? Sí vuelves a decir algo así, te arrepentirás.

       —¡¿Qué?! ¡¿Cómo te atreves a amenazarme, pedazo de estúpido?! ¡¿Acaso quieres que te mate?! —vociferó Cadmio desplegando su aura con violencia.

       Aquel desplante de fuerza le fue suficiente a Moose para que reconsiderar sus palabras y, tras apretar los dientes con temor, se ocultó tras Poppu.

       —No si yo nomás decía —se alcanzó a oír.

       —Oye hazte a un lado —le dijo Poppu, intentando apartarlo de él—. No ves que sí ese tipo viene, a lo mejor me mata a mí también.

       —Basta de discusiones —declaró Saulo, que deseaba poner final a aquel enfrentamiento—. Lo lamento Asiont, pero estos chicos no son guerreros. No veo como puedan ayudarnos.

       —Estos jóvenes se enfrentaron a los Khans y todos ellos poseen corazones puros, quizás no tengan el poder suficiente para pelear contra ellos, pero pueden ayudarnos de otra manera. Aún quedan nueve universos más por investigar. Es probable que en ellos podamos encontrar la ayuda que necesitamos para enfrentar a los Khans y a la armada imperial. Existe la posibilidad de que en esos universos hayan más aliado —declaró Asiont tranquilamente para luego volverse hacia el rey Lazar—. Su majestad, todos aquí sabemos que nosotros solos no podremos derrotar a las fuerzas de N´astarith. Nuestra única esperanza radica en encontrar más aliados en los universos restantes donde se encuentren las gemas. Una vez hecho esto, formaremos una gran fuerza de ataque y todos juntos partiremos hacia Armagedónpara destruir el Portal Estelar.

       —Esto es una locura, ¿sugieres que coordinemos un contraataque a escala galáctica con fuerzas de este y otros universos para que todos juntos ataquemos Armagedón? —Rodrigo sacudió la cabeza. Era absurdo.

       El almirante Cariolano se volvió hacia Saulo y el rey Lazar.

       —Hemos restablecido nuestra red de comunicaciones por toda la galaxia. La señal es débil, pero podríamos enviar alguna clase de instrucciones para coordinar un ataque. Si pudiéramos atravesar los malditos escudos de sus naves, podríamos hacer lo que sugiere Asiont.

       Asiont notó que los lideres aliados abrigaban muchas dudas al respecto.

       —¿Saben qué? Posiblemente tenga razón.

       Mariana sorprendió a todo mundo, hasta sí misma, interviniendo en la discusión. Todos se giraron hacia ella, así que siguió.

       —Cuando nos enfrentamos a las fuerzas imperiales en la Tierra, provoqué que una de los cazas imperiales Abbadonita se estrellara contra un crucero Lerasino. No quedó mucho del aparato, pero nuestros científicos trabajan en encontrar la manera de crear un arma que pueda desestabilizar los escudos. Si conseguimos eso, entonces debemos pensar en buscar ayuda para organizar un ataque a gran escala.

       —Si, ya entendí —intervino Eclipse—. Luego le introducimos un virus a la computadora de la nave nodriza y… .

       —Ya cállate, tonto —le reprendió Lance—. Suenas como a una de esas películas de ciencia ficción que hacen los terrestres.

       La mueca burlona de Rodrigo desapareció. Al igual que Uriel estaba indignado de que aquella idea ridícula se le prestara tanta atención.

       —No creo que vayan a tragarse todas esas tonterías —estalló Rodrigo dirigiéndose a todo el mundo—. No tenemos los medios ni los efectivos para llevar a cabo una campaña como esa… .

       —Por no señalar a ese farsante —interrumpió Azmoudez señalando a Asiont—. Todo su plan depende de un montón de chiquillos que no sirven para nada.

       Esta vez fue Leona quien se decidió a intervenir. Dio un paso al frente y contempló a Saulo directo a los ojos.

       —La verdad yo no conozco mucho de ustedes y de los guerreros que atacaron mi palacio—Uriel le lanzó una mirada asesina, pero Leona continuó—. Pero creo que atacándose unos a otros no llegarán a ninguna parte —hizo una pausa y se volvió hacia el pequeño Dai—. En el lugar de donde somos, siempre hemos permanecidos unidos frente a las adversidades y eso es lo que nos ha permitido salir adelante.

       Dai asintió con la cabeza.

       —Tienes razón, Leona.

       Las palabras de la princesa de Papunika produjeron un silencio total en todo el Consejo. Como siempre, Leona había sabido decir lo indicado en el momento correcto. Una de las causas por las que los imperiales siempre conseguían la victoria sobre la Alianza, era su asombrosa capacidad de organización. Ante esto, las fuerzas aliadas no podían hacer nada ya que sus lideres siempre estaban enfrascados en interminables discusiones.

       —Y quien dice que se necesita tener poder para ser un héroe —murmuró Lance convencido de que las palabras de Leona habían tocado el meollo del asunto—. Es toda una líder.

       Saulo asintió sombríamente y cerró los ojos.

       —¿Habéis oído? —preguntó dirigiéndose al Consejo—. La princesa ha hablado con sabiduría. No podemos perder más tiempo discutiendo entre nosotros, o nos unimos para pelear o caemos todos juntos.

       Todos se miraban unos a otros. Ni Rodrigo supo que decir en ese momento. Finalmente, Asiont rompió el silencio.

       —Es verdad, pero insisto en que nuestra única posibilidad real de triunfo está en buscar ayuda, nosotros solos no podemos contra el ejército de N´astarith.

       —¡Un momento! —era una orden, no una petición. Saulo y Lazar se volvieron y vieron al general MacDaguett, comandante en jefe de todas las fuerzas terrestres que habían huido de la Tierra.

       —¿Qué ocurre? —preguntó Andrea, temiendo que se generara otra discusión.

       El general terrestre se acercó a Saulo ignorando a todos los demás.

       —Acabo de escuchar todo el plan propuesto por este joven y me parece una tontería. Desde el punto de vista militar lo más aconsejable es negociar un acuerdo y… .

       MacDaguett no había terminado la frase cuando Lazar alzó una mano, poniendo así fin al debate.

       —La discusión ha terminado y ciertamente la propuesta que el joven Asiont nos ha expuesto es la más viable.

       —¿Cómo? No podéis hablar en serio —insistió Uriel con vehemencia—. Sencillamente no entiendo cómo podéis tomar en serio las palabras de este sujeto y… .

       —Este no es el momento de discutir esa cuestión —declaró Lazar, que deseaba poner fin a aquel debate—. Vuestro plan adolece de dos cuestiones importantes, Uriel. Por un lado ignora por completo el problema de los Khans y por otro ambicionas demasiado al pretender que se puede destruir a toda la armada imperial en un solo asalto. Las cuestiones de los Khans y de las fuerzas imperiales deben ser tratadas como una sola cosa.

       —Ahora los miembros del Consejo estudiaremos todas las propuestas y los argumentos expuestos para tomar una decisión —dijo Saulo, alzando la mano para indicar a todos que la cesión había terminado.

       Mientras el Consejo de Líderes de la Alianza debatía incesantemente, los Caballeros Celestiales decidieron reunirse por su lado en el Santuario de la nave. A la reunión también habían acudido Mariana, Eclipse, Ranma, Ryoga, Moose, Shampoo, Leona, Hyunkel, Dai y Poppu.

       —¿Qué creen que decida el Consejo? —preguntó Casiopea sin dirigirse a nadie en particular.

       —Humm… no lo sé —dijo Lance tranquilamente—. Pero creo que acabarán aceptando las propuestas de Asiont y Uriel.

       Asiont dejó escapar una leve sonrisa.

       —Pienso que es lo único que nos queda, esto ya no es sólo nuestra lucha —hizo una pausa y volvió su mirada hacia Dai y los otros—. Ustedes también deben ser tomados en cuenta.

       —Oyeron todas esas tonterías que propuso ese idiota de Rodrigo —comentó Cadmio aparentando no escuchar a Asiont—. Rendirnos, ¿qué diablos se habrá creído?

       —¿Y ahora? —preguntó Poppu, dirigiéndose a todos—. ¿Realmente creen que podamos aportar algo a esta lucha?

       Ryoga bajó la cabeza apesadumbrado.

       —Pienso que quizás lo que dijo que ese sujeto llamado Uriel es verdad —murmuró—. Tal vez no podamos ayudar en nada.

       —¡No digas eso! —le reprendió Dai—. Jamás me daré por vencido, no importa sí el enemigo es más fuerte que yo. Eso es algo que nuestro maestro Aban nos enseñó.

       —¿Aban? —repitió Ranma ,cruzándose de brazos—. Realmente no entiendo nada de lo que aquí sucede. Sólo vine para poder ajustar cuentas con ese tal Sombrío.

       Eclipse suspiró hondo y finalmente dijo:

       —Pelear contra las huestes de N´astarith será muy arriesgado, quizás podríamos perder la vida.

       Leona bajó la mirada y asintió sombríamente con los dedos entrelazados frente a ella.

       —Es cierto, pero no podemos detenernos por eso. Mucha gente depende de lo que hagamos de aquí en adelante.

       Hyunkel se levantó de su asiento y se dirigió a todo el grupo

       —Algo que ha llamado mi atención desde que llegamos a este lugar es que todos mencionan mucho una vieja leyenda.

       —Es verdad —convino Ranma—. Hace unos días, la abuela de Shampoo nos contó que en China un emperador tuvo una visión acerca de unos misteriosos guerreros invencibles que servían a una especie de demonio. Pareciera que todo este embrollo girara en torno a esa leyenda de la que tanto hablan.

       —¿China? —repitió Dai extrañado—. ¿Dónde queda eso?

       Mientras Ranma y sus amigos trataban de explicarle a Dai donde quedaba China, Asiont se volvió hacia Casiopea y frunció el entrecejo extrañado sin poder evitar sonreír. Se levantó.

       —Bueno, amigos, es hora de retirarme —anunció, atrayendo la atención de todos, inclusive la de Cadmio.

       —¿A donde vas? —le inquirió Dai—. ¿No nos ayudarás a pelear?

       —Seré un Celestial —respondió Asiont—. Pienso retirarme para ir en busca de mi maestro, Aristeo. Le pediré que vuelva a entrenarme, cuando vuelve seré mucho más fuerte de lo que soy ahora.

       Cadmio sonrió despectivamente.

       —Sabes que una vez que dejas el entrenamiento de la manera en que tú lo hiciste jamás podrás volver a tomarlo.

       Asiont le devolvió la sonrisa de igual modo.

       —Ya lo veremos, ya lo veremos —hizo una pausa para volverse a Lance—. Te encargó a todos ellos, espero que el Consejo decida optar por mi plan y encuentren más aliados.

       Mariana se levantó de su asiento y caminó hasta el joven Ben-Al.

       —¿Volveremos a verte?

       Asiont asintió.

       —Claro que sí, cuando vuelva seré todo un Celestial.

       Casiopea miró fijamente a Asiont.

       —Te prevengo de que no tomes la venganza como móvil para tus planes. Sí tomas el sendero de la oscuridad, ésta dominará tu existencia para siempre.

       Asiont bajó la mirada sin poder esconder lo que sentía. Las palabras de Casiopea hicieron eco en su mente y eso le molestaba y preocupaba al mismo tiempo. Finalmente alzó el rostro y dijo:

       —Tomaré en cuenta tus palabras.

       Asiont se giró en sus talones y salió de lugar caminando tranquilamente.

       —¿A donde va? —preguntó Ryoga mientras el joven se alejaba—. ¿Acaso se retira de la lucha?

       —Al planeta Caelum —respondió Mariana súbitamente—. El Santuario secreto de los Caballeros Celestiales.

       No habían pasado ni cinco minutos cuando de pronto Andrea y Saulo, entraron en la sala a toda prisa.

       —¡Las propuestas de Asiont y Uriel ha sido aceptada por el Consejo! ¡Vamos a reunir una gran flota para liberar la Tierra!—anunció Andrea, conteniendo a duras penas su excitación.

       —¿Y donde está Asiont? —preguntó Saulo mientras lo buscaba con la mirada.

       —Se ha ido —contestó Leona—. Dice que va a convertirse en un Caballero Celestial.

       Saulo no parecía muy impresionado. Se acercó a una ventana que daba al inmenso jardín de la nave y contempló los árboles.

       —Espero que haya hecho lo correcto —murmuró para sí mientras Andrea les contaba a todos los detalles de la decisión tomada por el consejo.

       Armagedón.

       En la imponente sala real, el almirante Mantar, José, Jesús y Francisco estaban delante de N´astarith. El señor de Abbadón los había llamado para pedir un informe completo sobre los avances militares en la galaxia. N´astarith se sentó para escuchar el relato de Francisco, y desde entonces, había permanecido en silencio.

       —Controlamos todos los sectores del sistema Arzus —estaba explicando el emperador Meganiano—. Y hemos empezado a registrar la zona en busca de cualquier otro centro urbano desde donde pueda organizarse alguna clase de resistencia… .

       —Si, si —le interrumpió N´astarith de pronto, con cierto tono de impaciencia—. Lo habéis hecho bien. Y ahora ejecutad a todos los dirigentes en secreto, que no quede ni uno solo con vida —hizo una pausa y siguió—. ¿Y las fuerzas de la Alianza que escaparon del sistema Noat .

       Francisco tragó saliva y dijo con un hilo en la voz:

       —Han desaparecido, mi señor.

       —¿Cómo que desaparecieron? —siseó amenazadoramente el señor de Abbadón.

       —Lo lamento, pero no ha sido posible ubicarlos.

       —¿Me estás diciendo que sencillamente no puedes encontrar un simple grupo de naves?

       Francisco miró a su hijo en busca de ayuda, pero Jesús estaba sin saber que decir.

       —Seguramente los hallaremos muy pronto y… .

       N´astarith se estiró dentro de los pliegues de su capa como un enorme felino.

       —¡Encuéntrenlos, quiero muertos a los Caballeros Celestiales!

       —Mi señor, eso está fuera de nuestro alcance. No hay manera de encontrarlos.

       —Ya veo —murmuró N´astarith—. En ese caso debemos apresurar los preparativos. Cuando el Portal Estelar vuelva a ser activado, enviaremos dos misiones en vez de una. Las gemas muy pronto estarán en mi poder.

       José volvió la mirada hacia Jesús, interiormente pensaba que las cosas estaban yendo a un punto sin retorno, pero no se atrevió a decir nada.

       Era el ocaso cuando la nave de Asiont descendió en el lejano mundo conocido como Caelum. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había visto a Aristeo y temía que éste no lo recibiera con bien. Cansado de el viaje, decidió encender una fogata y preparar su cena.

       El paisaje era muy acogedor y agradable. Grandes extensiones cubiertas por arboles se extendían por doquier, pero la belleza del lugar era lo de menos, otros pensamientos pasaban por su mente. El que Aristeo volviera a aceptarlo como su discípulo era incierto. Según el credo de los Caballeros Celestiales, cualquiera que abandonara el entrenamiento sin haberlo concluido se hacía merecedor a nunca más ser adiestrado. Asiont lo sabía, pero confiaba en poder convencer a su antiguo maestro de hacer una excepción.

       “No se percibe ninguna presencia poderosa”, pensó. “¿Todavía estará Aristeo con vida?”.

       —¿En que piensas? —se escuchó decir a una voz en la oscuridad. Como si estuviera a punto de iniciarse una batalla, Asiont se levantó de brinco y asumió una guardia.

       —¿Quién está ahí? —preguntó, mirando para todos lados—. ¡Muéstrate!

       —Aquí estoy —volvió a decir la misma voz a sus espaldas.

       Cuando se volvió para encarar al desconocido, descubrió la delgada figura de una joven de cabello negro y tez blanca que lo observaba. Al igual que él, portaba los atuendos propios de los Caballeros Celestiales.

       —¿Quién eres tú? —le inquirió Asiont—. No pude percibir tu aura, ¿cómo lograste acercarte sin que te sintiera?

       La chica era esbelta y no muy alta, con una larga trenza que le recorría la espalda, ojos negros y un rostro que a Asiont le pareció tan hermoso que no había nada con lo que pudiera compararlo. Un par de mechones le caían libremente a ambos lados de la cara.

       —¿Quién eres? —repitió Asiont sin bajar la guardia.

       La joven lo miró.

       —Siento mucha ira dentro de ti —dijo mientras el viento mecía su trenza—. Y también una gran pena que te embarga.

       —Aun no has contestado a mi pregunta —le recriminó Asiont algo irritado.

       La joven le dirigió una sonrisa afable y divertida.

       —Mi nombre es… Tyria, soy una Celestial.

       Asiont bajó la guardia lentamente.

       —Estoy buscando al Maestro Aristeo. Quizás tú puedas llevarme con él.

       —¿El Maestro Aristeo? ¿Para que lo buscas? —le preguntó la joven mientras se alisaba los cabellos—. ¿Eres un Celestial también?

       Asiont se encogió de hombros.

       —Eso no viene al caso, ¿puedes llevarme con él o no puedes?

       —Tu corazón abraza muchas dudas —la sonrisa de diversión volvió a aparecer en sus labios—. No eres un verdadero Caballero Celestial, ¿verdad?

       “¿Acaso se trata de un interrogatorio? —pensó Asiont.

       —Está bien, tienes razón. No soy un Celestial —confesó—. En realidad abandone el entrenamiento hace mucho tiempo y ahora deseo concluirlo.

       Asiont y Tyria se miraron a los ojos. La joven alzó la mano para alisarse los cabellos nerviosamente, pero no desvío la mirada.

       —No creo que puedas volver a tomar la instrucción —declaró Tyria—. Cualquiera que abandona el Santuario sin ser un Caballero Celestial no puede volver, eso cualquiera lo sabe.

       —¡Seré un Celestial! —gritó Asiont con desesperación—. No me interesa lo que pienses. Estoy aquí para ver a Aristeo y no pienso irme sin verlo.

       Tyria guardó silencio y lo miró fijamente. En ese momento, Asiont cayó en cuenta de que no lo miraba a él, sino dentro de él.

       —Únicamente estoy perdiendo el tiempo —declaró Asiont con irritación.

       —Así no puedo entrenarte, no tienes la suficiente paciencia —masculló una voz familiar a sus espaldas.

       Asiont se giró hacia atrás descubriendo la majestuosa figura marchita de Aristeo.

       —¿Maestro? 

       —Ya hay mucha ira en ti, muchacho, al igual que la hay en Cadmio.

       Aristeo era un hombre alto y robusto, de rasgos prominentes. Su barba y su bigote estaban pulcramente recortados. Llevaba los mismo atuendos que todos los Caballeros Celestiales salvo por una túnica con capucha.

       —Maestro, yo quiero decirlo que lo lamento —Asiont no sabía que decir. Parecía como si todos sus argumentos se hubieran esfumado—. Pido perdón por haberme ido hace tanto tiempo, pero estoy preparado para continuar la instrucción y… .

       Aristeo frunció el ceño.

       —¿Preparado?  Tú no sabes nada sobre estar preparado, muchacho. Cuando te fuiste hace ciclos estelares, creías saberlo todo. Desde que llegaste te he estado observando y siempre miras hacia el futuro con imprudencia… .

       “¿Me ha estado observando?”, pensó Asiont. “Imposible, jamás percibí su presencia”.

       —Un deseo de venganza percibo en tu corazón. No puedo entrenarte.

       —Debo convertirme en un verdadero Celestial —insistió con vehemencia—. Sólo así podré ayudar a mis amigos. N´astarith debe ser detenido. ¡Por el Creador!

       Aristeo inclinó la cabeza pensativo y finalmente dijo:

       —Estoy seguro de que hubieras podido ser un gran Celestial, pero ya abandonaste el entrenamiento una vez. Me es imposible ayudarte, Asiont.

       —¡Astrea murió! —declaró Asiont intentando con eso que Aristeo reconsiderada su decisión—. Ella dio su vida para que yo pudiera sobrevivir. Antes de morir me pidió que volviera a Caelum para convertirme en un Celestial.

       —Lo sé —masculló el Maestro Celestial—. Yo entrené a Astrea y percibí el momento de su muerte. Ahora los Celestiales están casi extintos y los pocos que quedan no son los mejores para enfrentar a los Khans y a N´astarith.

       Tyria miró a Aristeo directo a los ojos.

       —Maestro, lo que dice es verdad. Sí no hacemos algo pronto, la galaxia y muy posiblemente el universo entero se sumirá en la oscuridad… .

       —Estoy consiente de todo eso, Tyria —le interrumpió Aristeo en un tono repentinamente áspero—. Saulo es uno de mis mejores alumnos, pero desgraciadamente no podrá luchar solo, ni siquiera con la ayuda de Casiopea y Cadmio.

       Aristeo guardó silencio y se volvió hacia Asiont para mirarlo fijamente.

       —Ya una vez fuiste mi discípulo, Asiont, pero te fuiste para tomar las armas en favor de los débiles y los oprimidos. A pesar de que no eras propiamente un Caballero mantuviste en alto los ideales por los cuales los Celestiales hemos peleado desde hace mucho tiempo. Creo que sería injusto no reconsiderar tu caso.

       —Maestro, ¿eso significa que me entrenará entonces? —aventuró esperanzado.

       Aristeo asintió.

       —Si, joven Ben-Al, he decidido tomarte nuevamente como discípulo.

       Continuará… .

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