Leyenda 121

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO CXXI

EN BUSCA DE LA VERDAD

Astronave Churubusco.

        —Vamos, Jupiter, cuéntanos todo —exigió Sailor Venus con vehemencia.

        Makoto se sentía un tanto indecisa. Por una parte si quería hablarle a las otras Sailors de sus gustos por Azmoudez y Trunks, pero por otro lado se sentía algo tonta por querer hacerlo y la insistencia que demostraba Minako no la ayudaba mucho. No era de extrañarse que Sailor Venus quisiera saber lo que sentía Makoto ya que ambas eran muy unidas y prácticamente se contaban casi todo. No obstante, Sailor Jupiter no se sentía lista para abrirse ante Hikaru y los demás.

        —Eh, en realidad sólo somos amigos.

        —¿Nada más amigos? —inquirió Sailor Moon.

        Sailor Jupiter asintió para indicar que así era.

        —Ya déjenla tranquila —intervino Umi, que parecía adivinar la desconfianza de Makoto—. Tal vez no quiera hablar de eso en estos momentos o a lo mejor no hay nada que contar.

        Minako arqueó una ceja y miró a la Guerrera Mágica.

        —¿Qué dices? Por supuesto que debe haber algo —hizo una pausa y se giró nuevamente hacia Makoto—. Vamos, Jupiter, no te preocupes tanto y dinos toda la verdad.

        Sailor Jupiter recorrió con su mirada los diferentes rostros de las Sailor Senshi y de los demás ahí presentes. ¿Por qué dudar de ellos sí era evidente que ninguno tenía relación con Trunks o Azmoudez? Ranma y Ryoga no parecían muy interesados en conocer los gustos de las chicas ya que aprovecharon la distracción que Sailor Venus había creado para alejarse e ir a hacia donde estaban los refugiados. Un caso diferente era el de Eclipse, que guardó el desmontador de llantas en su bolsa de viaje y se acercó lo más que pudo para escuchar con atención.

        —Bueno, la verdad estoy algo indecisa —confesó Makoto por fin.

        —¡Significa que alguien más te gusta! —exclamó Sailor Venus en voz alta.

        —¡Shh!

        Sailor Moon y Sailor Mercury corrieron a taparle la boca.

        —Lo siento —se disculpó Minako apenas la dejaron hablar de nuevo—. Es que no me esperaba eso. Creí que Mako, quiero decir, que Sailor Jupiter estaba interesada únicamente en ese muchacho.

        —Y así quieres que te confiemos nuestras cosas —señaló Sailor Mars con un suspiro de frustración—. ¿Qué crees que piensen ahora Hikaru y sus amigas?

        Fuu sonreía divertida.

        —Tranquila, Sailor Mars, no te molestes tanto.

        —Sí, Mars —convino Sailor Venus—. Relájate, no te amargues la existencia.

        Sailor Moon se acercó a Makoto y la miró directo a los ojos.

        —¿Te gusta alguien más, Sailor Jupiter?

        Makoto dejó escapar una dulce sonrisa al tiempo que sus mejillas se ruborizaban levemente. Las demás chicas no tenían que saber predecir el futuro para adivinar que Sailor Jupiter iba a responder que sí, que había otra persona por la cual su corazón palpitaba. Makoto se quedó mirando el suelo por un segundo mientras la imagen de Trunks se dibujaba en su mente.

        —Bueno, hay alguien que me recuerda mucho al muchacho que me rechazó.

        —¿El muchacho que te rechazó? —murmuró Hikaru sorprendida.

        Sailor Mars se tomó la frente fingiendo dolor de cabeza. En realidad trataba de contenerse para no decir algo de lo que después pudiera arrepentirse. No era la primera vez que Makoto afirmaba encontrar a un joven que le recordara a su antiguo amor del pasado. De hecho, desde que Rei conocía a Makoto, ésta última había “descubierto” un buen número de chicos con aquella característica.

        —Anda la osa —exclamó Eclipse con una amplia sonrisa—. No es por presumir, chicas, pero por sí les interesa, yo soy muy bueno en los asuntos del amor. Tengo una amplia experiencia en reunir parejas.

        Mariana no se creyó ni una palabra.

        —¿Y qué puedes saber tú de esas cosas?

        Eclipse, divertido, se frotó las manos mientras entrecerraba los ojos.

        —Un espía sabe muchas cosas, como lo de usted y Cadmio.

        Para la princesa fue como si hubiesen detonado una bomba nuclear en su presencia. Se quedó mirando a Eclipse con los ojos bien abiertos y se ruborizó hasta las orejas. Mariana ni siquiera había intentado contárselo a su madre o a sus amigos más cercanos. ¿Cómo era posible entonces que el espía se hubiera percatado de sus sentimientos por el Caballero Celestial? Era insólito.

        —¿Verdad qué no me equivoco? —masculló Eclipse entre risas.

        —¡Calla! —le soltó Mariana—. ¡No te atrevas a decirlo de nuevo!

        —Y también sé otras cosas.

        Fuu se dio cuenta que el enmascarado era algo más que frases ridículas y actitudes estrafalarias. Evidentemente estaba bien informado sobre todo lo que ocurría a su alrededor y daba la impresión de poder deducir las cosas con facilidad. La Guerrera Mágica se acomodó sus anteojos mientras examinaba a Eclipse con detenimiento. Quizá el espía podía parecer un inepto, pero en realidad se trataba de un tipo astuto.

        —No puedo creerlo —murmuró Sailor Venus con emoción—. Mariana, ¿en verdad te gusta Cadmio? Tienes que contarnos toda la historia, ¿eh?

        —Chicas, creo que deberíamos hablar de otras cosas —murmuró Sailor Mercury, pero nadie le prestó atención—. ¿Supieron que la computadora de la nave tiene inteligencia artificial?

        —¡Eso no es cierto! —repuso Mariana con los pelos de punta—. No le hagan caso a este farsante. De seguro está inventando todo para convencerlas de que es bueno en asuntos amorosos, pero les aseguro que es un fraude.

        Eclipse soltó una carcajada franca y sonora.

        —Vamos, no mienta que se le nota en la cara.

        A Minako le vino una súbita iluminación a la mente. Dirigió una mirada hacia Sailor Jupiter y luego se acercó a Eclipse para hablarle en voz baja. Sí el espía había logrado enterarse de los gustos de la princesa Mariana, entonces quizá también conociera los de Makoto. Sailor Venus apenas pudo reprimir una maliciosa sonrisa cuando comenzó a hablar.

        —Entonces seguro sabrás quién es el otro chico que le atrae a Sailor Jupiter.

        —Por supuesto que lo sé, mi estimada Sailor Venus —respondió Eclipse, hinchándose de orgullo—. Pero no creo que les interese saberlo, ¿o sí?

        Sailor Jupiter sintió que se le hacía un nudo en la garganta. Una vez más quiso desviar la conversación, pero Sailor Moon se le adelantó y formuló la tan temida pregunta.

        —¿Quién es? Dinos, por favor.

        —Eh, es creo que se me olvidó su nombre —dijo Eclipse, esforzándose para no sonreír. Cuando advirtió que las chicas le lanzaban miradas hostiles, agregó—: Pero es el hijo del saiya-jin amargado, ¿no? Ese chico llamado Trancos.

        —¡Es Trunks! —le corrigió Sailor Jupiter.

        —He ahí el nombre —dijo Eclipse.

        —Realmente sabe todo lo que ocurre —observó Hikaru asombrada.

        —¿Trunks? —murmuró Umi, intentando recordar de quién se trataba—. Ese nombre me suena, pero he conocido a tantas personas en este lugar que me cuesta trabajo identificarlo.

        —Sí, a mí me pasa igual —dijo Fuu.

        Eclipse se tomó un momento para activar su computadora R.E. Al cabo de unos segundos, extendió el brazo para que todas pudieran ver en la pantalla del ordenador una imagen digital del hijo de Vejita. Las chicas se acercaron al espía y lo rodearon.

        —¡Ah! —exclamó Umi—. Ahora lo recuerdo. Es ese joven de mirada tranquila.

        Fuu alzó la vista para contemplar a Eclipse.

        —¿También tienes fotos de todos?

        —Por supuesto, mi amiga —repuso Eclipse mientras pasaba sus dedos por los controles de la R.E. De pronto, la pequeña computadora mostró una secuencia de imágenes donde aparecieron todos los rostros de las Sailor Senshi—. Un Espía Estelar siempre recaba información de la gente con la que trata. Digamos que es como una costumbre.

        Sailor Mars estuvo a punto de sufrir un infarto imaginario cuando advirtió la pésima imagen de ella que aparecía en la computadora del espía. Sí había algo que no podía tolerar era que le tomaran fotografías de manera clandestina, y menos aún que fuera cuando hacía gestos mientras discutía con Usagi. Sailor Moon soltó una risotada cuando descubrió lo horrorosa que se veía su amiga.

        —¿Esa eres tú, Sailor Mars? Que fea te ves —se burló a carcajadas, pero su risa se apagó cuando descubrió que Rei se veía hermosa comparada con la imagen que vio a continuación—. ¿¿Esa soy yo?? ¡¡Que feaaaaaaa!!

        —Retrató tu verdadera personalidad —rió Mars.

        Eclipse desactivó su computadora y dirigió una afable sonrisa a las chicas.

        —Creo que no son muy fotogénicas que digamos.

        —Más bien tú no avisas cuando nos tomas fotos —le espetó Umi.

        —Luego debes tomarme una cuando esté a lado de mi amado Ranma —musitó Shampoo en un tono meloso—. Apuesto a que nos vemos muy bien lo dos juntos.

        —Oye, Sailor Jupiter —Sailor Mars se acercó a Makoto—. ¿Qué tanto te ha dicho ese tal Azmoudez? Me parece que no deberías confiar en un hombre. Todos son unos mentirosos.

        —Es muy amable conmigo —dijo ella con un suspiro—. Me dijo que me comporto muy madura para mi edad y que le recuerdo a una princesa. Es todo un caballero, ¿no lo creen?

        —Apuesto a que se lo dice a todas —señaló Sailor Mars entrecerrando los ojos.

        —No seas tan dura —murmuró Hikaru.

        —Es la verdad.

        Minako miró a Eclipse, después a Makoto y, finalmente, a Mariana.

        —Oye, ¿por qué no habías dicho nada sobre Cadmio? —le preguntó a la princesa—. Sabes que puedes contar con nosotras para ayudarte —Apuntó al techo con un dedo índice—. Mina… digo, ¡Sailor Venus, la diosa del amor te ayudará!

        —Sí, vamos, anímate —dijo Fuu.

        Mariana frunció una leve sonrisa. Por supuesto que le hubiera encantado contarles el porqué se sentía tan atraída por Cadmio, pero ella no podía permitirse ese tipo de lujos. Estaban en medio de una conflagración galáctica y la situación exigía a todos los miembros de la Alianza Estelar un compromiso total con la causa. Era época de guerra, no de romances. Cuando la princesa decidió hablar, la tristeza ensombrecía su rostro.

        —La verdad es que si siento algo por él, pero no quisiera hablar del tema. Lo siento, pero no creo que sea el momento para soñar con romances y esas cosas. Al menos no hasta que la guerra haya terminado.

        Sailor Venus no esperaba que Mariana fuera a contarlos lo que sentía por Cadmio, y comprendió perfectamente su negativa a hablar del tema. A diferencia de las Sailor Senshi que vivían una vida más o menos normal en el Tokio del siglo XX, Mariana llevaba una existencia donde no había lugar para los sentimientos y sólo había batallas. Minako se quedó pensando en su encuentro con Jesús Ferrer y recordó lo que éste le había dicho respecto a que casi no había conocido momentos de tranquilidad en toda su vida. Comprendió entonces que aquella maldita guerra no sólo les había arrebatado la paz a Mariana y los otros, sino que también les había robado el alma.

        —Deberías darte una oportunidad, Mariana —dijo Minako.

        La princesa quería decir algo cuando todos advirtieron la repentina llegada de la reina Andrea y del general Azmoudez. Éste saludó a todos con una rápida inclinación de la cabeza y luego fue a reunirse con Sailor Jupiter, que lo recibió con una discreta sonrisa en los labios. Sailor Mars no pudo evitar enfadarse.

Armagedón (Sala del trono)

        Luego de revelar los últimos detalles de la operación militar que los terrícolas efectuarían en Adur, Mantar se dedicó a explicarles que la astronave insignia de la flota enemigo sería saboteada desde el interior quedando relativamente indefensa. La impresionante colección de personalidades que abarrotaban la sala del trono, una de los más poderosas que se había reunido enArmagedón en mucho tiempo, escuchó con atención hasta el mínimo detalle de la exposición del almirante de las fuerzas imperiales de Abbadón. Cuando éste por fin terminó, no sin antes asegurar por quinta vez el desmoronamiento de la Alianza Estelar, todas las miradas se volcaron hacia N´astarith.

        Durante el tiempo que Mantar había estado hablando, el oscuro señor de Abbadón se dedicó a observar los rostros de sus invitados, escrutándolos como si quisiera llegar hasta sus almas. No le preocupaba Bórax, pues era fácil de engañar en tanto se abstuviera de meter sus narices donde nadie lo llamaba y no hiciera demasiadas preguntas, pero el rey Ban era un asunto aparte. No temía al Ejército del Mal. Lo consideraba una chusma de seres demoníacos con armas primitivas, pero Ban y sus comandantes podían darle problemas en caso de que averiguaran todo lo referente al aureus y las doce gemas sagradas. Tampoco podía ignorar la forma tan despectiva con la que José Zeiva lo miraba todo el tiempo. N´astarith presentía que tal vez se traía algo entre manos. Su desconfianza por el terrestre había aumentado considerablemente desde que había descubierto que ya no podía leerle la mente como antes. Sospechaba que José debía estar usando algún tipo de dispositivo electrónico que lo protegía de los barridos telepáticos, pero aún podía percibir sus emociones.

        —Creo que todo ha quedado perfectamente claro —siseó N´astarith haciendo un gesto con la mano para indicarle a Mantar que volviera a su lugar—. Ahora debemos planificar la forma en que aniquilaremos a los Caballeros Celestiales y a sus insufribles amigos.

        —Mi señor —dijo Aicila, dando un paso al frente—. Me parece que hay un pequeño detalle que nos hemos contemplado todavía y siento que es mi obligación hacérselo saber.

        N´astarith arrugó el ceño.

        —¿De qué estás hablando, Aicila?

        —Hablo de los videntes del planeta Niros, mi señor —La Khan miró de reojo a Allus  y luego continuó—. Ellos poseen la habilidad de percibir el futuro gracias al Manantial del Porvenir y simpatizan con la maldita Alianza Estelar. Todos aquí estamos de acuerdo en que no podemos correr ningún tipo de riesgo, pero esos videntes representan un grave problema.

        —Es cierto, mi señor, tenemos que actuar —intervino Allus, mostrándose muy preocupado—. Piense en lo que pasaría sí alguno de esos videntes viera en el futuro nuestro triunfo en Adur y decidiera prevenir a la Alianza Estelar. Todos nuestros planes ser arruinarían. Debemos liquidar a esos malditos antes de que pongan sobre aviso a nuestros enemigos.

        —Me parece una tontería —murmuró Tiamat con desdén—. Esos videntes de los que hablan jamás han interferido con nosotros. ¿Por qué iban a empezar a hacerlo así de la nada? Creo que están exagerando solamente.

        —No son exageraciones —acotó Sarah—. Sí queremos destruir a la Alianza en Adur necesitamos asegurarnos que nada salga mal. Estoy de acuerdo con Allus y Aicila en que debemos ocuparnos de ese asunto.

        —Tal vez tengan algo de razón.

        Todos se volvieron para ver a N´astarith. Lo que Aicila estaba asegurando sonaba un tanto inverosímil, pero no por eso dejaba de ser cierto. Los videntes de Niros eran conocidos por anticipar los sucesos futuros, aunque jamás se habían inmiscuido en el destino de una raza desde hacía miles de años. A lo mucho llegaban a revelar algunos sucesos a quienes gozaban de su entera confianza, pero nadie podía asegurar que aquella costumbre no hubiese cambiado.

        —Pero, mi señor, ¿de verdad lo cree? —inquirió Tiamat.

        —Sarah lo expresó con claridad —respondió N´astarith calmadamente—. No podemos dejar cabos sueltos en estos momentos. Esos videntes tenían una buena relación con los Caballeros Celestiales en el pasado y podrían representar un serio peligro para el éxito de la operación —El emperador miró fijamente al Khan de Caribdis—. Allus, quiero que te ocupes de esto inmediatamente. Ve al planeta Niros con Isótopo y averigua sí esos miserables ancianos siguen en tratos con la Alianza.

        —Por supuesto, mi señor —dijo Allus inclinándose ante N´astarith en señal de asentimiento—. Es justo lo que esperaba.

        Aicila apenas pudo contener su sonrisa, pero aún quedaba un asunto pendiente.

        —Mi señor, antes de que continuemos, deseo hacerle saber que he encontrado un antiguo aliado que nos ayudará a destruir a los Caballeros Celestiales. Es un guerrero de grandes poderes que nos será de mucha utilidad.

        —¿De verdad? —murmuró N´astarith con curiosidad—. ¿Quién es?

        —Usted lo conoce, mi señor —repuso Aicila mientras las puertas del ascensor se abrían por la mitad—. Hace muchos ciclos estelares se entrenó bajo la tutela de Tiamat, pero luego se perdió por mucho tiempo. Afortunadamente, he podido encontrarlo y ahora vuelve a nosotros.

        Una figura vestida de negro entró por el acceso. Sombrío contuvo la respiración cuando reconoció el rostro del guerrero que había llegado al salón del trono. Era un antiguo Caballero Celestial al que alguna vez se le había mencionado como el más prometedor de toda la Orden, un poderoso guerrero que también se había unido a la causa de Abbadón para más tarde buscar su propio camino.

        Liria se llevó una mano a la boca.

        —Hermano… .

        Tiamat abrió los ojos completamente.

        —No es posible, creí que estabas muerto.

        —Es cierto, estuve muerto, pero ahora he vuelto a vivir —repuso Zura.

Planeta Niros.

        Cuando los tonos violetas y dorados del ocaso bañaron las colinas que circundaban el valle, las estrellas comenzaron a asomarse en el cielo nocturno. Un rayo de luz cruzó la oscuridad como un relámpago, y una figura humana descendió a algunos kilómetros de la aldea de los videntes. Jesús Ferrer volvió la mirada en derredor examinando el área con cuidado. Su sexto sentido le indicaba que había personas cerca, de modo que comenzó a caminar.

        La computadora de su traje de batalla le informaba que no había señales de tecnología avanzada en todo el planeta y mucho menos parecían existir grandes grandes centros urbanos o construcciones modernas. No por nada aquel pequeño planeta permanecía olvidado para la mayoría de los pueblos de la galaxia. Mientras bajaba por la ladera, Jesús dejó que su computadora le diera todos los datos referente al planeta Niros contenidos en los archivos de la Alianza. De pronto se detuvo y permaneció totalmente quieto. Y entonces la mirada del meganiano se volvió súbitamente hacia su costado derecho, atraído por una presencia desconocida. Alguien lo estaba acechando en medio de la oscuridad.

        Actuando con la rapidez del rayo, Jesús desenvainó y blandió su arma ante una joven que esgrimía una espada. Su descubrimiento adquirió un nuevo significado apenas lo hubo examinado con mayor atención. La joven le atacó con una rápida estocada, pero Jesús la desarmó con un simple mandoble.

        —¿Quién eres tú? —le preguntó el meganiano.

        —Mi nombre es Ultimecia —declaró la joven sin mostrar temor—. Te he estado esperando, guerrero Káiser.

        Convencido de que aquella joven no representaba una amenaza, Jesús guardó su espada y la miró a los ojos, alzando una ceja. No tenía idea de cómo es que sabía que él era el guerrero Káiser, pero entonces una idea le vino a la mente.

        —¿Me esperabas? ¿Eres una vidente acaso?

        —Soy sólo una sacerdotisa y nada más.

        —Entiendo, quizá tú puedas ayudarme, yo soy… .

        —Usted es Jesús Ferrer —le interrumpió Ultimecia mientras recogía su espada del suelo—. Es uno de los príncipes meganianos y también el guerrero de la leyenda. Disculpe que te haya sorprendido, pero tenía que asegurarme que realmente fuera a quien esperaba. No es común ver extranjeros merodeando por los alrededores.

        —Pareces saber bastante sobre mí —observó Jesús—. Aunque supongo que no debería extrañarme tanto. He oído decir que los videntes de Niros conocen muchos de los secretos del universo y esa es la razón por la que estoy aquí.

        Ultimecia sonrió.

        —Sí, eso también lo sé.

        El príncipe frunció el entrecejo.

        —¿Estás segura de que no eres una vidente?

        Aquella sencilla pregunta hizo que Ultimecia se echara a reír. Se había levantado creyendo que aquel día iba a ser tan común como todos los anteriores, pero el destino la estaba conduciendo por un camino totalmente inesperado. Primero, su padre la había llevado al Manantial del Porvenir y ahora estaba conversando con el guerrero legendario, el personaje sobre el cual su pueblo había hablado por tanto tiempo.

        —En realidad fue mi padre quién me habló de ti. Él es el patriarca de los vidente y me contó que el gran guerrero Káiser era el príncipe Jesús Ferrer de Megazoar. Mi pueblo ha estado esperando ansiosamente el momento en que el guardián del universo finalmente apareciera.

        —Temo decirte que no soy tan grande como te han dicho —dijo Jesús con sinceridad—. Quizá tu pueblo esté esperando alguna clase de mesías, pero la verdad es que ni siquiera creo merecer el título de guardián del universo. He cometido muchos errores en mi vida y no sé si alguna vez lograré enmendarlos.

        —Bueno, todos cometemos errores —repuso Ultimecia—. Pero de seguro querrás ver a mi padre, ¿no es cierto? Ven, sígueme, te llevaré a nuestra aldea y ahí podremos hablar sobre tu pasado.

        La sacerdotisa echó a caminar por entre los árboles. Jesús alzó la mirada al cielo un instante mientras ordenaba sus ideas, desactivó la computadora personal de su traje y luego siguió a Ultimecia hasta un valle situado entre unas escarpadas laderas donde se podía ver una pequeña aldea.

Armagedón (Sala del trono)

        Tiamat fue presa de la incertidumbre. Miró fijamente al hombre que estaba delante del trono imperial preguntándose sí realmente era el mismo Zura al que había tenido como discípulo en el pasado. Sombrío no salía de su asombro. Isótopo y los Guerreros de la Casa Real retrocedieron, impresionados por el asombroso poder que aquel hombre despedía. Aicila no cabía en sí de gozo cuando observó la expresión llena de perplejidad que ensombrecía el rostro de Tiamat.

        Zura, por su parte, contempló a los Khans con expresión ausente y luego se postró ante N´astarith en señal de sumisión. El oscuro señor de Abbadón miró fijamente al guerrero sin denotar ninguna emoción. Por supuesto que lo había reconocido. Era el mismo Caballero que les había dicho cómo atacar el santuario Celestial ubicado en la tercera luna del planeta Endoria. Gracias a eso, los Khans habían logrado aniquilar a un buen número de Celestiales y mermar el prestigio de la orden.

        —Así que el hijo prodigo decide volver a casa —siseó N´astarith con cierto sarcasmo—. No esperaba volver a verte luego que te desterramos al planeta Corum. Me pregunto de dónde sacaste el valor para presentarte ante mí.

        —He vuelto para ponerme a vuestras ordenes, mi señor —repuso Zura.

        —¡No eres más que un asqueroso cobarde! —le espetó Tiamat hirviendo en rabia asesina—. ¡Debemos matarlo, mi señor! No olvide que este gusano fue acusado de deslealtad y de conspirar contra usted.

        Tiamat hizo el ademán de ir hacia donde estaba Zura, pero N´astarith alzó una mano para indicarle que se abstuviera de hacerlo. Nauj-vir, en tanto, escrutó con su ojo cibernético a Zura tratando de calcular el poder de su aura, y se sorprendió al descubrir que éste era lo suficientemente fuerte como para medirse con algunos de los Khans.

        —Aicila —la llamó N´astarith, inclinándose hacia delante—. Quisiera que me dijeras el porqué has decidido traer a este miserable individuo ante mi presencia. Tú bien sabes que Zura fue desterrado y que debe ser castigado de acuerdo con la ley del imperio. Dame una buena razón por la cual no deba dejar que Tiamat lo haga pedazos.

        La Khan de la Arpía tragó saliva con dificultad antes de responder. Sabía que la vida de Zura, y tal vez la de ella misma, dependería de las siguientes palabras que dijera en ese momento. Ante N´astarith nadie era imprescindible. No lo eran ninguno de los Khans, y mucho menos Aicila a pesar de poseer aquellos excelentes atributos capaces de conducir a la perdición a cualquier hombre.

        —Mi señor, no he olvidado que Zura nos dejó hace tiempo, pero le aseguro que con su ayuda lograremos derrotar a los Celestiales. Usted mismo envió a Astarte a través de las diferentes dimensiones para buscar a los enemigos de aquellos que se han aliados con los Caballeros Celestiales y ahora luchan en nuestra contra.

        —Esa fue una buena excusa —se burló Astarte de Sirena.

        Molesta por aquella interrupción, Aicila miró a Astarte con el rabillo del ojo y la maldijo en silencio. Como no quería darles el gusto a los demás Khans de que la vieran desesperarse, hizo un verdadero esfuerzo para contenerse y luego prosiguió usando el mismo tono mesurado.

        —Es por eso que he traído a Zura ante nosotros. Le ruego que le dé una oportunidad para demostrar su valía. Sé que lo desterraron, pero ahora es mucho más poderoso que cuando lo vimos por última vez.

        De pronto Zura se irguió y miró a N´astarith de hito en hito.

        —Mi señor, no he olvidado que cometí un crimen por el cual merezco sufrir las consecuencias, pero le juro servirle fielmente a partir de este momento. Deme la oportunidad de enmendar mis errores y le demostraré de lo que soy capaz.

        —¡No la mereces! —exclamó Tiamat—. Por lo que a mí respecta no eres más que una sucia sanguijuela. Cuando fuiste desterrado dijiste que encontrarías la forma de controlar la galaxia, pero fracasaste y ahora vienes pidiéndonos que te aceptemos de nuevo cuando es obvio que no necesitamos a un fracasado como tú. Créeme que nada me daría más placer que sacarte el corazón y ver como deja de palpitar en mi mano.

        —No lo dudo —replicó Zura, entrecerrando los ojos.

        Leinad de Leviatán dio un paso hacia delante.

        —Apoyo a Tiamat ¡Destrúyanlo!

        —Tú no te metas —le advirtió Sarah.

        —Oblígame, perra.

        —Humm. Admito que Aicila tiene razón en sus apreciaciones, Zura —repuso N´astarith con voz suave y tranquila—. Sí. Realmente has aumentado bastante tus poderes desde que estabas con nosotros, pero también puedo darme cuenta del enorme agujero que hay dentro de tu mente. Intuyo que algo grave debe haberte ocurrido para que te pasara algo así.

        Zura se cogió la cabeza con una mano.

        —Yo… no lo recuerdo, mi señor.

        —Es un engaño —dijo Tiamat—. Se lo ruego, mi señor, déjeme hacerlo trizas.

        —No te precipites, mi amigo —repuso N´astarith—. ¿Acaso no soy benévolo con todos los que recurren a mí pidiendo perdón? Sí Zura quiere una oportunidad no veo razón para negársela, pero debe ganársela, ¿no lo crees, Tiamat?

        Tiamat tensó su cuerpo mientras saboreaba la bilis que le subía a la boca. Aunque su rostro era una máscara fría e impenetrable, el guerrero notó que faltaba muy poco para que estallara de ira. Sólo la furia que se asomaba por sus ojos revelaba la intensidad de su sentir.

        —Sí, mi señor… .

        —Escucha, Zura, sí deseas que te aceptemos debes matar a los Caballeros Celestiales que se esconden en Adur —dijo N´astarith con una sonrisa—. Mátalos a todos ellos y sólo así perdonaré tus faltas.

        Zura se volvió hacia Aicila, pero en ese momento una extraña visión asaltó su mente. Un Caballero Celestial de edad avanzada peleaba contra un oponente en un planeta que le resultaba conocido… El Celestial y su enemigo, atacando a la velocidad de la luz, se alcanzaron mutuamente con sus técnicas.

        —¿Qué te parece, Zura? —le preguntó la Khan de la Arpía con emoción.

        El guerrero miró a Aicila como sí le costara trabajo recordar quién era y dónde estaba él. Luego, e igualmente rápido, volvió a la realidad.

        —Sí lo que quiere es que acabe con los Celestiales, entonces me bañaré con su sangre y le traeré sus cabezas, mi señor —aseguró Zura, inclinándose ante N´astarith.

        Planeta Niros.

        Ultimecia volvió la mirada disimuladamente hacia Jesús Ferrer. Aún no podía creer que estuviera caminando al lado del guerrero Káiser de la leyenda. De niña había escuchado cientos de relatos acerca de aquel enigmático personaje que un día aparecería para salvar a toda la Existencia. Debido a todas esas historias que se trasmitían de generación en generación, la mayoría de los habitantes de Niros imaginaban al Káiser como a un semidiós de cabellos plateados, alas en la espalda y poderes capaces de hacer cimbrar el universo. Incluso había algunos que aseguraban que la llegada del guerrero legendario marcaría el inicio de una nueva era de oro. Para Ultimecia la leyenda del Káiser no tenía que ver en sí con una persona real, sino más bien se trataba de una especie de epopeya heroica. Ahora se daba cuenta de que había estado equivocada.

        —Este lugar parece muy tranquilo —comentó Jesús—. Hace mucho tiempo oí decir que Niros era el refugio perfecto para aquellos que buscan la paz interior y la verdad del universo.

        —Sí, eso es lo que todos dicen, pero son pocos los que llegan a este mundo con esos motivos. La mayoría de las personas viene para descubrir su futuro en el Manantial del Porvenir o para que alguno de los videntes le revele los secretos del destino.

        —¿En serio? —inquirió Jesús—. Me dijeron que mi padre también estuvo en este lugar hace muchos ciclos estelares. Tengo entendido que uno de los videntes más reconocidos le profetizó que yo sería el Káiser.

        —¿Por eso es que has venido a Niros? —le preguntó Ultimecia con curiosidad.

        —Tengo la idea de que quizá ustedes puedan decirme más sobre lo que significa ser un guerrero Káiser —contestó Jesús—. Mi padre jamás me dijo nada respecto a ese tema y mis hermanos, que eran los únicos que sabían sobre este asunto, tampoco lo hicieron. Bueno, Armando lo intentó, pero fue unos momentos antes de su muerte.

        —¿No conoces la leyenda de Dilmun?

        —Digamos que no suelo creer en las viejas leyendas —dijo Jesús, encogiéndose de hombros—. Escuché de ese relato cuando llegué por primera vez al planeta Endoria hace mucho tiempo, pero jamás le presté atención. Para mí las leyendas no son más que mitos inventados por la gente.

        —Yo solía pensar lo mismo del Guerrero Káiser —murmuró Ultimecia con una sonrisa divertida—. Y tú estás aquí hablando conmigo.

        —Buen punto —señaló Jesús.

        —¿Qué es lo que harás una vez que hayas aclarado todas tus dudas?

        —Derrotar a N´astarith, por supuesto —contestó el príncipe—. El imperio de Abbadón ha causado mucho mal no sólo a este universo, sino también a toda la Existencia. Alguien debe ponerle fin a esta guerra de una vez por todas. Debo evitar que N´astarith use el Portal Estelar para llegar al universo de la emanación o todo estará perdido.

        —Supe que el imperio meganiano se alió con Abbadón —dijo Ultimecia.

        —Fue uno de mis tantos errores —afirmó Jesús profundamente apenado—. Creí que al unirnos a N´astarith evitaríamos una guerra entre nuestros imperios, pero me equivoqué y mi pueblo terminó pagando las consecuencias de mis acciones. Hace ciclos estelares llegué a pensar que el poder era la clave para resolver todos los problemas y me obsesione por alcanzar la perfección.

        Ultimecia lo miró con los ojos bien abiertos.

        —¿Por qué pensabas eso?

        —Fue por causa de un viejo amigo, un terrícola llamado José Zeiva.

        —¿José Zeiva? —Ultimecia arrugó el ceño—. ¿Qué clase de nombre es ese?

        —Es… un nombre terrícola —le aclaró Jesús—. José se convirtió en el primer amigo que tuve. Cuando nos conocimos, ambos nos hicimos la promesa de alcanzar nuestros sueños costara lo que costara. Juntos nos convertimos en los emperadores de Endoria y quisimos terminar con el caos que la Alianza Estelar no había podido erradicar de la galaxia. Sin embargo, las cosas no siempre salen como uno espera y José y yo terminamos convirtiéndonos en enemigos mortales. Hubo un tiempo en que hicimos todo lo posible por matarnos.

        La sacerdotisa advirtió el profundo dolor que encerraban aquellas palabras.

        —¿Se volvieron enemigos?

        —Sí, nos odiábamos a muerte —asintió Jesús—. Pero recién descubrí que todo fue por culpa de N´astarith. Él manipuló la situación para que primero fuéramos distanciándonos hasta que finalmente tomamos caminos diferentes. José se quedó en Endoria haciendo las cosas a su modo y yo me retiré al planeta Adon para comenzar de nuevo. Gracias a mis conocimientos, logré crear un nuevo imperio al lado de la mujer que amaba.

        —No sabía que eras casado.

        El rostro de Jesús se tornó más sombrío y severo.

        —Mi esposa murió hace mucho tiempo, al igual que mi hijo Kim.

        Ultimecia se quedó estupefacta y palideció ligeramente.

        —Disculpa, no lo sabía.

        Jesús habló en un tono triste.

        —No te preocupes, ya lo he asimilado.

        Ultimecia se mordió el labio inferior. Bajó la cabeza para evadir la mirada del príncipe. Éste tuvo la delicadeza de no decir nada más. Finalmente ambos llegaron hasta la plaza de la aldea para luego dirigirse hacia una pequeña. La única iluminación de la vivienda procedía de unas lámparas de aceite. La sacerdotisa condujo a Jesús hasta la estancia y le ofreció un vaso con agua.

        —Espera aquí —le dijo Ultimecia—. Iré a despertar a mi padre.

        Astronave Churubusco.

        Sailor Mercury dirigió su mirada hacia donde estaba Saulo. El príncipe de Endoria llevaba un buen rato hablándoles a los refugiados que se encontraban en el hangar. Los terrícolas se mostraron angustiados y escépticos cuando Saulo les informó que su planeta había dejado de existir y que ahora se encontraban en una nave espacial extraterrestre. Ami no pudo evitar sentirse algo deprimida cuando observó que una mujer comenzaba a llorar de pie junto a sus hijos. De repente, una mano le tocó el hombro.

        Sobresaltada, Sailor Mercury se volvió.

        —Tenía mucho que no te veía —dijo Asiont.

        Ami dejó escapar una leve sonrisa.

        —Es cierto, ¿dónde habías estado?

        —Librando batallas en muchas partes —le contestó el Celestial—. Pero mejor dejemos ese tema para otra ocasión. ¿Qué han estado haciendo todo este tiempo? No creo que tú y tus amigas hayan usado la cámara de entrenamiento para matar el tiempo, ¿verdad?

        —Crees bien —dijo Sailor Mercury—. Las chicas y yo hemos estado conversando un poco con Hikaru, Umi y Fuu. Parece que somos más parecidas de lo que pensamos. Fuu lee muchos libros y a Umi le encanta practicar esgrima.

        —¿En serio? Que bueno que tengan algo en común —Asiont llevó la vista hacia donde estaban Makoto y Azmoudez mientras se cruzaba de brazos—. Tal parece que Sailor Jupiter hizo una nueva amistad por lo que veo. Debería tener cuidado, los paquetes vistosos no siempre son lo que aparentan.

        —¿Te cae mal Azmoudez? —inquirió la Inner Senshi.

        —No, que va —mintió Asiont—. Es una de mis personas favoritas.

        Sailor Mercury comenzó a reír.

        —No sabes decir mentiras, ¿lo sabías?

        —¿Eso es una crítica o un halago? —bromeó él—. La verdad es que Azmoudez y yo tenemos serias diferencias respecto a muchas cosas. Él ve a los Caballeros Celestiales como adversarios y aún no logró averiguar la razón.

        —Le diré a Sailor Jupiter que le pregunté —murmuró Ami—. Tal vez se anime a decírselo a ella.

        —Preferiría que no se involucraran en eso. Las cosas podrían resultar peor de lo que ya están y lo que menos necesitamos son más problemas. Tal vez con algo de tiempo podremos arreglar nuestros problemas con él.

        —Me alegra ver que tengas esa actitud tan positiva —señaló ella con gentileza.

        Asiont exhaló un suspiro.

        —A veces es lo único que nos queda, Ami —murmuró en tono pensativo.

        —Hay algo que te preocupa, ¿no es así?

        El Celestial asintió con un gesto.

        —Mentiría sí te dijera que no… y ambos sabemos que no soy bueno para mentir. Dime, Ami, ¿has luchado mucho como Sailor Senshi?

         —Más veces de las que hubiera deseado —repuso Mercury—. Nuestro mundo se ha visto amenazado por las fuerzas del mal, pero en cada ocasión hemos peleado para salvarlo. Creo que ya sabes que nuestra última enemiga fue Sailor Galaxia. Cuando combatimos con ella creí que sería nuestro fin. Ella resultó ser más poderosa que cualquier enemigo que hubiéramos tenido en el pasado, pero Sailor Moon logró rescatarla de las manos del caos. ¿Por qué la pregunta?

          Asiont desvió la mirada.

          —Me preguntaba sí alguna vez podremos mirar hacia el pasado y hablar de la amenaza de N´astarith como tú lo haces ahora con Sailor Galaxia. He estado pensando en todas las batallas que faltan por librar y me pregunto qué pasará con todos nosotros.

          —Debemos tener fe en el futuro, ¿no lo recuerdas? —dijo Ami.

          —Resulta difícil tener fe cuando las cosas salen mal. Quisiera poder olvidar los problemas por unos momentos, pero no es sencillo hacerlo. Tengo que dejar de pensar en los Khans, el imperio y todas esas cosas o me volveré loco.

          Sailor Mercury se quedó pensando unos momentos.

          —Humm, quizá conozca una forma de hacerlo, dime, ¿sabes lo qué es el ajedrez?

          Asiont la miró de nuevo y negó con la cabeza.

Continuará… .

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