Leyenda 050

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPITULO L

UN TRAGO AMARGO

Torre de Tokio.

       Hikaru Shidou estaba inquieta y se sentía temerosa. Llevaba ya varias noches sufriendo de pesadillas y aún desconocía la razón. En sus sueños siempre veía como la tierra de Céfiro era presa de la destrucción debido a los actos de una malvada sombra de ojos rojos que nunca llegaba a identificar plenamente.

       Se sentía descorazonada y preocupada. La última vez que había tenido pesadillas relacionadas con Céfiro había sido dos años atrás; antes de su batalla con la maligna criatura conocida como Deboner. Desde aquel entonces su vida había sido normal y no había existido nada que la perturbara hasta entonces.

       Hikaru se acercó a una de las ventanas y suspiró. El ocaso estaba a punto de terminar. No sabía exactamente que razón la había llevado nuevamente a la Torre de Tokio; quizás era porque el lugar le traía innumerables recuerdos de sus amigas Umi y Fuu, y de sus aventuras en el mundo mágico de Céfiro. Necesitaba pensar en cosas que le fueran agradables y olvidarse de sus pesadillas.

       —Es curioso como pasa el tiempo —musitó para sí, contemplando la ciudad—. Ya han pasado dos años desde que volvimos de Céfiro. ¿Cómo estará todo por allá?

       Espero que todos se encuentren bien, pensó, viendo los rostros de Lantis, Guru Clef y Ferio suspendidos en el horizonte delante de ella, sus sonrisas y enormes ojos. Todo.

       —¿Hikaru? —preguntó una voz a sus espaldas—. No puedo creerlo, tú también viniste.

       Desconcertada, la chica se volvió sobre sus talones. Una sonrisa iluminó plenamente su rostro cuando sus ojos se toparon con las caras de sus amigas Fuu Huonouji y Umi Ryuzaki.

       —¡Umi, Fuu! —exclamó alegremente—. ¡Que alegría verlas!

       Las tres chicas se fundieron en un largo abrazo.

       —Hikaru —musitó Fuu—. Cuando te vimos parada frente a nosotras, no pude creerlo.

       —Es verdad, Hikaru —convino Umi, separándose de sus amigas—. Esta si que es una verdadera coincidencia.

       Hikaru dejó escapar una leve sonrisa de alivio.

       —Amigas, verlas aquí me trae tantos recuerdos —murmuró—. Aquí fue donde nos conocimos —hizo una pausa y llevó su mirada de regreso a la ventana—. Y de donde partimos a nuestra aventura en Céfiro.

       —Ya han pasado dos años desde que estuvimos allá —comentó Fuu con cierto halo de preocupación en su voz—. ¿Creen que todos se encuentre bien?

       Umi sonrió dulcemente.

       —Pero que cosas dices, Fuu —murmuró—. Por supuesto que todos se encuentran bien, ¿lo olvidas? Ahora ellos son dueños de su propio destino.

       Hikaru se acercó a una barandillas y apoyó sus manos sobre el frío metal. Las palabras de sus amigas la habían hecho recordar las pesadillas.

       —Tienes razón —asintió Fuu, cerrando los ojos y haciendo un encogimiento de hombros.

       —Y dinos, Hikaru, ¿qué te trajo por aquí? —le preguntó Umi sin ocultar su curiosidad—. ¿Acaso quedaste de verte con alguien o algo así?

       Hikaru Shidou llevó su rostro hacia ella, esbozando una mirada sombría.

       —En realidad, necesitaba distraerme un poco.

       Umi y Fuu no necesitaban de magia para adivinar que algo raro le sucedía a su amiga. Conocían a Hikaru perfectamente y sabían que aquella mirada significaba que algo malo estaba pasando.

       —¿Qué es lo que ocurre, Hikaru? —le inquirió Fuu con preocupación—. Vamos, cuéntanos, por favor.

       La chica pelirroja se apresuró a desviar la mirada en otra dirección. En realidad no deseaba preocupar a sus amigas con aquellos extraños sueños relacionados con Céfiro.

       —No, no es nada —musitó.

       Umi se acercó y colocó sus manos sobre los hombros de Hikaru. No era la primera vez que su amiga intentaba ocultarles algo bajo el pretexto de no querer verlas preocupadas.

       —Hikaru, cuando estuvimos en Céfiro tú no nos dijiste que ya habías soñado con Deboner y con Nova, ¿lo olvidas? Dijiste que a partir de entonces ya no nos ocultaría nada.

       Hikaru se mordió el labio inferior. Era verdad, luego de lo ocurrido en Céfiro, se había prometido no volver a esconderles nada. Volvió la mirada hacia Umi y sus ojos temblaron.

       —Lo que sucede es que he tenido pesadillas relacionadas con Céfiro —murmuró con un poco de dificultad—. Pesadillas en las que Céfiro es destruido por una sombra.

       Fuu y Umi abrieron los ojos de par en par sin dar crédito a lo que sus oídos escuchaban. Un escalofrío le recorrió hasta el último centímetros de su cuerpo a cada una.

       —¿Hikaru, hablas en serio? —le preguntó Fuu, negándose a creer eso.

       Ella asintió levemente con la cabeza.

       —Si, por eso vine a la Torre de Tokio —les explicó—. Deseaba convencerme a mí misma que esas pesadillas no significan nada —hizo una pausa y suspiró angustiada—. Sin embargo, no puedo entender porque me siento con miedo.

       Fuu no supo ni que decir. Las palabras de Hikaru la habían dejado completamente perpleja. ¿Realmente algo malo estaba por suceder o aquellos sueños sólo eran producto del inconsciente de su amiga? Después de todo no era raro que alguien tuviera pesadillas, incluso ella misma las había tenido algunas veces.

       —Vamos, Hikaru —dijo, tratando de confortarla—. Quizás no sea nada, algunas veces la tensión acumulada puede ocasionar que tengamos problemas. Acabamos de entrar a la preparatoria, quizás la nostalgia del pasado tenga algo que ver.

       Hikaru esbozó una leve sonrisa y asintió.

       —Si, quizás sea eso, Fuu —musitó—. Pero aun así, todavía siento miedo.

       —Tranquilízate —le dijo Umi, intentando de forzar una sonrisa—. Fuu tiene razón, Hikaru. Esos sueños no deben atemorizarte tanto.

       Se produjo un silencio mientras las tres chicas se miraban unas a otras.

       Umi no quiso decir nada más, pero al igual que Hikaru y Fuu estaba realmente preocupada. Trataba de mostrarse serena y tranquila, pero interiormente no podía dejar de preguntarse a sí misma si en realidad Céfiro estaba en peligro. ¿Acaso Deboner habría vuelto para cobrar venganza?

       —¡Ya sé! —exclamó intentando escucharse alegre—. ¿Por qué no vamos al nuevo centro comercial? Estoy segura de que sí nos distraemos en otra cosa, podremos ayudar a Hikaru.

       Fuu asintió con la cabeza.

       —Estoy totalmente de acuerdo —convino—. Además, papá me dijo que me comprara algo de ropa nueva y eso es precisamente lo que pienso hacer.

       Hikaru sonrió con felicidad. Le era bastante grato ver como sus amigas se preocupaban por ella. Antes de irse, lanzó una última mirada a la ventana para contemplar el cielo nocturno que ya había cubierto por completa la ciudad. No supo la razón, pero un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando en la distancia vio algo parecido a una estrella fugaz recorrer el firmamento.

Águila Real 5.

       Andrea Zeiva penetró al puente de mando seguida por Sailor Moon, Asiont, Tuxedo Kamen, Sailor Galaxia y las demás Sailors Senshi. Una vez adentro, Uranus y Neptune se apartaron del grupo y se quedaron en un apartado rincón donde permanecieron en completo silencio.

       En cuanto Rodrigo vislumbró el rostro de su prima, se acercó hasta ella y la abrazó para darle la bienvenida.

       —Dios mío, pensé que te habíamos perdido —declaró con voz trémula.

       Andrea se separó de él y le obsequió la mejor de sus sonrisas.

       —¿En dónde se encuentra el Devastador imperial?

       —Se marchó hace como medio megaciclo —explicó Rodrigo—. Fue una maniobra bastante inesperada. Simplemente encendió sus motores y se marchó. Ignoramos sí volvió a nuestra dimensión o sí fue en búsqueda de otra gema.

       —¿Así que se fue la nave imperial, eh? —Asiont se acercó—. Esa es una buena noticia, ¿no?

       Rodrigo no podía creer lo que estaba viendo, pero era verdad. De alguna manera su amigo Asiont Ben-Al había logrado trasladarse hasta aquel universo.

       —¡Asiont! —exclamó con entusiasmo—. Me alegra mucho verte de nuevo, pero ¿cómo fue que llegaste hasta este universo? —guardó silencio y reparó en sus ropajes—. Ahora pareces un verdadero Caballero Celestial, me imagino que así fue como lo lograste, ¿verdad?

       —Preferiría explicártelo después, Rodrigo. Ahora lo más importante es regresar a nuestra dimensión cuanto antes. Por cierto, quizás te parezca una locura, pero Jesús Ferrer se encuentra a bordo de la nave y lo llevaremos con nosotros.

       El general Carrier abrió los ojos enormemente sin dar crédito a lo que oía. El sólo imaginar que el poderoso príncipe de los meganianos se encontraba con ellos le provocó un nudo en la garganta.

       —¿Jesús Ferrer con nosotros? —titubeó temeroso—. Pero ¿cómo es eso posible? No existe guerrero que pueda derrotarlo, ni prisión que pueda contenerlo. ¿No me están jugando una broma, cierto?

       Andrea tomó la palabra para intervenir.

       —Azmoudez y Azrael lo están custodiando —le informó—. Les pedí que lo llevaran a uno de los camarotes de la nave pese a que no están muy de acuerdo en que lo hayamos puesto bajo arresto.

       Rodrigo aún abrigaba muchas dudas al respecto. ¿Qué hacía el príncipe meganiano entre ellos? ¿Qué había ocurrido con la gema y los guerreros imperiales? ¿Cómo es que Asiont había aparecido en ese universo? De repente cayó en cuenta en las misteriosas jóvenes de minifalda que acompañaban a su prima, además del individuo de smoking.

       —Oigan, ¿quiénes son todas ellas? —preguntó de golpe, refiriéndose a Sailor Moon y su peculiar grupo de Sailor Senshi—. ¿Acaso pasaron por una secundaria o algo así?

       —Ellas son las Sailor Senshi y él es Tuxedo Kamen —aclaró Andrea—. Cuando estuvimos en problemas, ellas nos ayudaron.

       Rodrigo se aclaró la garganta y no desperdició la oportunidad para tratar de hacerse el galán.

       —Eh, bienvenidas al Águila Real 5 —declaró con voz gutural—. Yo soy el general Rodrigo Carrier, al mando del doceavo ejército del planeta Mintor. Es un honor.

       Sailor Jupiter y Sailor Venus se miraron entre sí, sonriendo.

       —Muchas gracias, señor —murmuró Jupiter, tomándose la nuca.

       —Lo mismo digo —murmuró Mars, haciendo una breve inclinación.

       Sailor Venus, por su parte, volvió la mirada hacia una de las ventanas del puente para contemplar las nubes en silencio. Por alguna extraña razón no podía apartar la imagen de Jesús Ferrer de su mente.

Armagedón.

       Las puertas de la cámara del trono se abrieron por la mitad y una comitiva de guardias fuertemente armados escoltaron a José Zeiva, al general Luis Carrier y el capitán Jasanth hasta la presencia del oscuro amo de Abbadón.

       Sentado en su trono, N´astarith permanecía inmóvil con la mirada puesta en los altos dirigentes del imperio endoriano que se acercaban. A sus costados, Belcer, Eneri, Suzú, Bal, Sarah, Allus, Kali y dos Khans más que José Zeiva nunca había visto antes aguardaban en silencio. También Mantar se encontraba ahí junto con otros comandantes de la armada imperial de Abbadón.

       —Bienvenido, José Zeiva —dijo N´astarith una vez que los dirigentes del imperio endoriano estuvieron frente a él—. Disculpa la rudeza de mis guardias, pero todo obedece a una razón.

       José observó al emperador abbadonita con los ojos inyectados de furia. Se separó de Jasanth y Luis y avanzó un paso, mostrándose desafiante. Dos docenas de guardias de elite le apuntaban con sus armas.

       —Esto es inadmisible, N´astarith, inadmisible —protestó José mientras su primo lo veía temeroso de lo que pudiera llegar pasar por aquella insolencia—. ¿Se puede saber que demonios sucede aquí? Estaba desayunando en mis habitaciones cuando de repente tus soldados se presentaron y me pusieron bajo arresto. Desde entonces he permanecido encerrado en mis cuarteles y quiero que sepas que sí no mate a tus guardias fue porque no quise crearme más problemas. Ahora, exijo saber ¿qué rayos sucede en Armagedón?

       Se produjo un breve momento de absoluto silencio. Mantar desvió la mirada hacia el emperador de Abbadón en espera de su reacción. Belcer, por su parte, se puso tenso al igual que Kali.

       —Los meganianos nos han traicionado —declaró N´astarith con el rostro ensombrecido por la ira—. Hace poco el Devastador Estelat Tammuz volvió a nuestra dimensión y para nuestra sorpresa nos enteramos de que tu amigo Jesús Ferrer nos había traicionado. Por culpa de él, la Alianza ahora tiene en su poder una de las gemas sagradas.

       Aquella noticia impactó completamente a José. Ciertamente, aquella era una sorpresa nueva y desconcertante que alteraba sus planes por completo. Sabía que Jesús recelaba de los planes de N´astarith y que de hecho no le simpatizaba la alianza hecha entre sus imperios, pero no imaginaba que decidiera traicionarlo, al menos no de esa manera tan estúpida.

       —No puedo creerlo —alcanzó a murmurar—. ¿Por qué rayos Jesús haría algo así?

       —Pues créelo, zoquete —dijo Eneri de pronto, sumándose a la conversación—. Yo lo vi con mis propios ojos. Ese gusano nos traicionó y luego ayudó a los de la Alianza Estelar a deshacerse de nosotras.

       Luis Carrier se cubrió los ojos con una mano. Ahora estaba seguro de que ellos pagarían los platos rotos que la traición de Jesús Ferrer había provocado. Después de todo, José era su amigo y por lo mismo sería el chivo expiatorio perfecto.

       —Ferrer atacó a mis Khans y dejó que tu hermana y un Caballero Celestial de nombre Asiont se apoderaran de la gema sagrada de “Iod” —continuó N´astarith—. Sabes tan bien como yo, que sin una de las gemas el Portal Estelar seguirá funcionando como hasta ahora. En otras palabras, no podremos usarlo para llegar al universo de la emanación como queríamos originalmente.

       José bajó la mirada. Se juró a sí mismo que sí tenía la oportunidad, explicaría que él no sabía nada de esa traición y que por supuesto no tenía nada que ver.

       N´astarith se dejó caer en su trono, seguro de que tenía el pleno control de la situación.

       —Poco después de la llegada del Devastador Tammuz, los príncipes Armando y David Ferrer escaparon de Armagedón. Esto sólo confirmó mis sospechas, así que ordene la alerta general y despache a mis guerreros para encargarse personalmente de este problema.

       —¿David y Armando escaparon de aquí? —repitió José sin atreverse a levantar la mirada—. ¿Y que fue de Francisco? ¿Él también escapó?

       El emperador de Abbadón llevó su mirada hacia Allus, quien sonrió malévolamente.

       —Francisco Ferrer está muerto —declaró tras un instante de silencio—. Trató de destruir Armagedón, pero Allus lo derrotó rápidamente. Como podrás darte cuenta, los meganianos han alterado mis planes con esta sorpresiva traición.

       José Zeiva levantó la cabeza y miró a N´astarith fijamente. A pesar de todo lo que se había dicho sobre los poderes de los Khans, le costaba trabajo creer que Francisco hubiera sido derrotado y que ahora estuviera muerto.

       —Ahora entiendo —murmuró lentamente—. Por eso percibí que su aura desapareció hace algunos ciclos. Yo pensé que eso era porque había salido de la estación… eso significa que esa enorme manifestación de energía que desapareció era de … .

       —Fue el instante en que ese miserable viejo murió —dijo Allus, terminando la frase por él—. Ahora que Francisco Ferrer está muerto y que los Meganianos nos han traicionado miserablemente comprenderás que tu lealtad esta en duda.

       El emperador de Endoria giró la cabeza hacia el Khan.

       —Eso es absurdo, yo nada tengo que ver —Se volvió un instante hacia N´astarith—. Sí yo fuera parte de esa traición habría escapado junto con David y Armando.

       —O a lo mejor no tuviste el suficiente tiempo para hacerlo —sugirió Suzú sin molestarse en ocultar el desprecio que sentía por él—. También puede ser que hayas decidido quedarte para tener una coartada perfecta.

       José le lanzó una mirada asesina, pero eso sólo sirvió para que la Khan de la Banshee se sintiera satisfecha por sus palabras. Aunque casi nadie lo sabía, Suzú detestaba en secreto a José Zeiva y a los demás terrícolas, y nada en el universo le hubiera hecho más feliz que presenciar la muerte de ellos en ese momento.

       —Como sea, Allus tiene razón —convino N´astarith provocando que Luis empezara a sudar—. Nada me impide mandarlos a ejecutar y luego arrojar sus cuerpos al espacio para que floten por toda la eternidad.

       El pánico más absoluto se adueñó de Luis Carrier. Comenzó a temblar y miró horrorizado a su primo. Jasanth, por su parte, miró a los guardias que los rodeaban y empezó a encomendar su alma al Creador. Quizás su emperador tenía suficiente poder como para derrotar a todos esos soldados, pero de ninguna manera podría con los Khans. Sencillamente no había escape.

       —No hablaras en serio —dijo José, experimentando una sensación de temor que le bajó hasta el vientre—. Yo he colaborado mejor que nadie… yo te entregué el Portal Estelar que tanto buscabas.

       Bal, Allus y Belcer empezaron a acercarse.

       —Esto les va a doler, no vayan a gritar —masculló Allus, mostrándose amenazador.

Santuario de Atena.

       Tiamat incrementó su velocidad y aceleró su carrera hacia la cima. Su percepción indicaba que los guerreros Celestiales y los Santos de Oro que aún quedaban con vida estaban muy cerca de ellos por lo que llegar hasta donde se encontraba la gema era prioritario. De pronto, percibió una presencia que lo hizo fruncir el entrecejo con desagrado.

       —No puedo creerlo —murmuró sin dejar de volar—. Ese maldito de Dohko de Libra y ese tal Seiya siguen con vida.

       —¿Dohko y Seiya? —repitió Aicila, aumentando su velocidad hasta emparejarse con Tiamat en el vuelo—. ¿Hiciste nuevos amigos mientras estuviste combatiendo a Mu .

       Tiamat la miró con el rabillo del ojo, incómodo con aquel comentario.

       —Cierra la boca, recuerda que salvé tu asquerosa existencia —le espetó mientras pasaban por encima del onceavo templo—. Sólo espero que los soldados y los androides de combate lleguen a tiempo.

       Sombrió, por su parte, miró hacia atrás por abajo de su antepecho. Era extraño, pero había una aura que curiosamente ya había sentido antes, aunque no podía ubicar el lugar exacto en donde la había sentido.

“Esta aura no es muy poderosa, pero ya la había percibido”, pensó.

       Los guerreros imperiales continuaron su camino, dejando tras de sí una larga estela de energía que se desvaneció rápidamente.

Casa de Leo.

       Mu y Shiryu se detuvieron en la entrada del quinto templo donde encontraron a Airoria de Leo, quien ya los estaba esperando para unírseles.

       —¡Mu, Shiryu! —exclamó Aioria apenas los vio—. Los he estado esperando.

       —¿Qué ha pasado con esos guerreros? —le preguntó Shiryu.

       —Yo maté a varios de ellos —les informó Aioria—. Pero mucho me temo que han conseguido pasar por el templo de Virgo —volvió la vista hacia el interior del templo de Leon y continuó—. Hace unos instantes, percibí un cosmos gigantesco desaparecer. Creo que se trataba del cosmos de Shaka.

       Mu cerró sus ojos y asintió sombríamente con la cabeza.

       —Yo también lo sentí…

       —¿Qué esperamos entonces? —les inquirió Shiryu con desesperación—. Debemos seguir hacia delante para ayudar a Milo.

       —Espera, Shiryu —le calmó Aioria—. Milo ha dejado el templo de Escorpión.

       El Santo del Dragón enarcó una ceja, extrañado.

       —¿Qué cosa?

       —Su cosmos desapareció del templo hace unos momentos —prosiguió Aioria—. Aún ignoró la razón, pero ha ido hacia el Salón del Gran Maestro.

       Mu avanzó unos cuantos pasos dentro del templo de Leo, dándoles la espalda. Se detuvo y se giró hacia ellos.

       —Es claro —murmuró—. Milo ha preferido ir hacia el Salón del Gran maestro para ayudar a Atena —hizo una pausa y alzó la mirada para ver más allá de Aioria y Shiryu. Varios cosmos se estaban acercando rápidamente—. Percibo un cosmos que pertenece al antiguo maestro de Libra y otro que pertenece a Seiya.

       Aioria y Shiryu se volvieron inmediatamente hacia sus espaldas. Lo que su compañero afirmaba era cierto, los cosmo de Dohko y Seiya todavía estaban ardiendo. Eso sólo podía significar una cosa: Aún estaban vivos.

       —¡Es verdad! —asintió Shiryu sin ocultar su alegría—. Pensé que el antiguo maestro había muerto en la casa de Aries, pero ahora veo que me equivoque.

       Aioria esbozó una sonrisa de alivio. Sin embargo, el recuerdo de los guerreros que atacaban el Santuario lo hizo recordar quien era y donde estaba.

       —Mu, Shiryu, debemos ir inmediatamente hacia el Salón del Gran Maestro —les sugirió—. No puedo explicarlo, pero puedo sentir como el cosmos de tres de esos guerreros están a punto de llegar a donde se encuentra Atena.

       El Santo de Aries cerró sus ojos y se sumió en sí mismo; abrió los ojos de repente y dijo:

       —Es cierto, se mueven a una velocidad increíble… .

       Shiryu asintió con la cabeza. Iba a darse la vuelta cuando vio a Cadmio, Astro, Casiopea, Lance y Eclipse pasando volando por encima de sus cabezas, llevando tras de sí dos enormes esferas de luz rojiza.

       —¡Por Atena! —exclamó Aioria sin creer en lo que sus ojos veían—. ¿Quiénes son ellos?

       —Lo ignoró, pero sentí los cosmos de Seiya y Dohko entre ellos —murmuró Mu en tono pensativo—. Creo que iban en una de esas extrañas esferas.

       El Santo de Leo llevó el rostro hacia el de Aries.

       —Quizás los guerreros que nos atacaron también puedan volar por los aires —especuló—. Eso explicaría porque se mueven tan rápido.

       Mu abrió los ojos de par en par, recordando lo sucedido en el templo de Aries.

       —Es cierto. Cuando Tiamat me retó a luchar, sus compañeros pasaron volando por encima de mi Casa.

       Aioria levantó un puño con furia.

       —Ahora que el cosmos que protegía el Santuario ha desaparecido, esos miserables han de estar volando para llegar al Salón del Gran Maestro.

       El Santo de Oro de Aries bajó la mirada. No había que ser un genio para saber que yendo por el camino escalonado tardarían al menos una hora en llegar al Salón del gran maestro. Sólo había una manera de llegar instantáneamente y nadie en el mundo lo sabía mejor que él.

       —Aioria, Shiryu —los llamó—. La única manera de atravesar el resto de las Doce Casas es teletransportandonos.

       —Tienes razón, Mu —convino Aioria con renovado optimismo—. Así llegaremos inmediatamente.

       Shiryu sonrió confiadamente y se acercó.

       —Ahora recuerdo que tú puedes hacer la telatransportación, Mu.

       El Santo de Aries asintió con la cabeza y les extendió las manos.

       —Sujétense de mis manos —les pidió al tiempo que un aura dorada empezó a envolver su cuerpo—. Ya no queda mucho tiempo… ignoró quienes sean las personas que están ayudando a Seiya y al antiguo maestro de Libra, pero algunos de ellos poseen cosmos muy poderosos.

       —Yo también pude sentirlos —confesó Shiryu mientras la energía de Mu lo rodeaba lentamente—. Sin embargo no eran cosmos malignos. Quizás sean amigos.

       —Eso lo averiguaremos después —murmuró Aioria tomando la mano que Mu le ofrecía—. Vamos, Mu, llévanos al Salón del Gran Maestro.

       El Santo de Aries asintió con la cabeza. Cerró sus ojos hundiéndose en sí mismo y después bajó la cabeza, emanando un aura de color dorado que cubrió todo su cuerpo.

       —¡Ese es el lugar! —anunció Tiamat, señalando un enorme templo que había al final de las doce casas—. Pensé que habían dicho que sólo había doce templos de camino hasta la cima, pero ese de ahí es el número trece.

       —Caray —murmuró Sombrío mirando el lugar que el líder de los Khans les indicaba—. Trece… mala suerte.

       Siguiendo a las ordenes de Tiamat, los guerreros imperiales descendieron frente al Salón del Gran Maestro. Había silencio y no se veía la presencia de vigilantes o guardias.

       Aicila, por su parte, accionó su escáner visual para comprobar si había rastro de alguna gema estelar. Una sonrisa de satisfacción cruzó su rostro cuando el aparato finalizó su función.

       —La gema se encuentra justo dentro de ese templo —afirmó—. Sólo tenemos que entrar y tomarla.

       Tiamat llevó su rostro hacia ella para observarla con indiferencia.

       —Percibo tres presencias poderosas dentro de ese templo, quizás se trate de más Santos dorados.

       Sombrío se golpeó una palma con el puño, efusivamente.

       —Bien, tal parece que se trata de una fiesta de bienvenida —murmuró—. Vayamos por ellos.

       Talión, por su parte, sonrió malévolamente y llevó su mirada de regreso hacia el templo que los esperaba más adelante. Antes de que Tiamat diera la orden de atacar, el Khan de las Llamas corrió hacia el templo decidido a invadirlo.

       Pero antes de que los imperiales pudiera dar más de tres pasos hacia delante, dos jóvenes embestidos con armaduras de bronce les salieron al paso para detenerlos. Se trataban de Nachi e Ichi.

       —¡Alto! —gritó Nachi—. ¡No los dejaremos avanzar más!

       Talión los evaluó con la mirada. No llevaban armaduras doradas por lo que supuso que obviamente no formaban parte del grupo de los Santos de oro. Frunció el entrecejo con irritación. Aquellos sujetos no poseían un aura poderosa.

       —Mi nombre es Nachi —dijo un joven revestido con una armadura—. Soy el Santo del Lobo.

       —Y yo soy Ichi, el Santo de Hidra —declaró el otro, haciendo una serie de extraños movimientos con sus brazos—. No dejaremos que vayan con la diosa Atena.

       Talión los miró malévolamente y soltó una risita.

       —¡No me fastidien, babosos! —exclamó en voz alta, liberando una poderosa aura de aspecto llameante que los arrojó volando hacia atrás.

       Nachi e Ichi se estrellaron con las paredes del templo y tras un momento cayeron al suelo, dejando dos enormes boquetes tras de sí. En cuestión de segundos, los dos Santos de bronce habían quedado fuera de combate.

       Talión colocó las manos en su cintura y miró a aquellos Santos con absoluto desprecio. No podía entender como es que un par de sujetos con tan poco poder se atrevían a enfrentarlos. Seguramente ellos no poseían la habilidad de la percepción.

       —Vaya, estos tipos no son la gran cosa por lo que se alcanza a ver.

       —¿El Santo del Lobo? Vaya, ese debilucho le da una mala reputación a aquellos que ostentamos el Lobo como emblema —murmuró Sombrío con la mirada puesta en Nachi—. Aparte, es una lástima que no pude patearles el trasero a ambos.

       No habían pasado ni dos segundos cuando tres Santos más aparecieron en el camino de los guerreros imperiales.

       —Miserables, Jabu Unicornio será su oponente —declaró uno de ellos que llevaba un casco del que sobresalía una especie de enorme cuerno—. Nosotros somos los Santos de Bronce… .

       —¡Vamos! —gritaron los otros dos, lanzándose al ataque detrás de Jabu.

       Sombrío los miró fijamente por una fracción de segundo. Una especie de sonrisa malévola le iluminó el rostro y enseguida sus ojos destellaron. Sin usar su escáner visual supo que aquellos Santos no tenían mucho poder y decidió hacerse cargo de ellos antes de que Tiamat o Aicila dispusieran lo contrario.

       —Nosotros no perdemos el tiempo con la basura —murmuró, alzando una mano.

       El Khan del Lobo desplegó el poder de su aura y se lanzó directamente contra Jabu y los demás Santos, esbozando una sonrisa de absoluta confianza. Antes de que el Santo de Unicornio y sus compañeros pudieran evitarlo, una especie de luz brillante se abalanzó sobre ellos y los golpeó varias veces por todo el cuerpo. Un segundo después, Sombrío estaba de pie a espaldas de todos ellos con el puño levantado.

       El imperial bajó el brazo y, un instante después, los Santos de bronce restantes salieron disparados hacia arriba dando giros en el aire y finalmente caer con sus armaduras totalmente resquebrajada. Ni siquiera habían tenido tiempo para ver a su enemigo abatirlos.

       Sombrío se giró sobre sus talones para contemplar su obra.

       —Buen trabajo, Sombrío —le felicitó Talión mirando a los desgraciados Santos de Bronce—. Barriste el suelo con esos babosos. Al parecer estos individuos son los Santos más débiles de todos.

       El Khan del Lobo sonrió satisfactoriamente.

       —Estos tipos son un verdadero fraude. No me sirvieron ni para el arranque —murmuró con desprecio—. ¿Quiénes serán estos gusanos?

       Tiamat extendió una mano con la palma vuelta hacia delante, mostrando una reluciente esfera de energía. En realidad le tenía sin cuidado lo que sus compañeros hicieran con Jabu y los otros Santos de Bronce.

       —A un lado —advirtió—. Voy a volar esa puerta.

       El Khan del dragón disparó una ráfaga de energía que impactó en las puertas del Salón del Gran maestro, destruyéndolas con una violenta explosión que lanzó pedazos de madera en distintas direcciones.

       Jabu alzó la mirada, pero el intenso dolor y el mareo que sentía le impedían moverse, mucho menos contraatacar. Los invasores penetraron en el templo sin prestarle ninguna atención.

       —Atena —balbuceó antes de desmayarse.

       Dentro del templo, los Khans y Kadena recorrieron rápidamente un largo pasillo que los condujo hasta unas enormes puertas adornadas con discretos toques dorados que parecían estar hechos de oro.

       —Según mi escáner visual, la gema sagrada de “Lamed” se encuentra detrás de estas puertas —informó Aicila—. Las tres presencias poderosas que captamos también se encuentran ahí. Una de ellas posee un poder impresionante.

       —Perfecto —masculló Sombrío—. Eso solamente significa una cosa: Diversión garantizada.

       Talión junto sus muñecas, abrió sus manos de manera horizontal y las extendió hacia delante, descargando una violenta llamarada que destruyó las enormes puertas. Una enorme cortina de humo inundó el pasillo.

       Tiamat y los otros avanzaron dispuestos a todo.

Armagedón (Cámara del Trono)

       José Zeiva retrocedió unos cuantos pasos hacia atrás, mirando temerosamente a todos a su alrededor. Era el fin, de eso no le cabía la menor duda.

       —No puedes hacernos esto, N´astarith… —alcanzó a murmurar—. Yo te entregué el Portal Estelar…

       —Si, pero también conspiraste contra mí, José —le interrumpió N´astarith drásticamente—. ¿Acaso crees que no sabía nada sobre el proyecto Biodroide en el que trabajas secretamente?

       —¿Sabías de ese proyecto? —preguntó José retrocediendo unos centímetros más—. ¿Cómo es que…

       N´astarith asintió con la cabeza.

       —También sé que ya tienes dos de esos biodroides terminados —hizo una pausa y continuó—. ¿Creíste que podrías engañarme? Además, esta el hecho de que el Celestial que supuestamente habías dejado al borde de la muerte en el planeta Noat sigue con vida y ahora se ha vuelto mucho más fuerte. Es hora de que pagues por tu torpeza.

       José no dio crédito a lo que sus oídos acababan de escuchar. ¿Asiont con vida? No, eso era sencillamente imposible

       —¿Ese tal Asiont continua con vida? —inquirió incrédulo—. Pero sí Sepultura, Sigma y yo lo dejamos moribundo. Debe tratarse de un error. Eso no es posible.

       —Puedes estar seguro de que él sigue con vida —afirmó Eneri—. Yo estuve a punto de mandarlo al otro mundo cuando tu amigo Ferrer nos envió hacia otra dimensión. Ese condenado tiene más suerte que una rata.

       —Te lo suplicó, N´astarith —imploró José, mostrándose completamente desesperado—. Pondré a mis guerreros biodroides a tu disposición. Haré lo que tú me mandes.

       El oscuro emperador de Abbadón pasó a través de sus guerreros, sonrió maliciosamente y alzó una mano, indicándoles a que se abstuvieran de atacar. Sus planes estaban saliendo según lo previsto y eso le proporcionaba una gran satisfacción.

       —Esta bien, te daré una oportunidad… —comenzó a decir—, pero antes debes darme una prueba de lealtad.

       Luis no pudo soportarlo un segundo más y cayó de rodillas al suelo. Juntó sus manos, inclinó la cabeza y cerró los ojos. En realidad estaba a punto de mojar los pantalones.

       —Gracias, excelencia —balbuceó—. Sois generoso, prometo servios como nadie.

       José miró a su primo con el rabillo del ojo y enarcó una ceja, molesto. Luis era un verdadero cobarde.

       —¿Qué clase de prueba? —preguntó con desconfianza.

       N´astarith pareció volverse más oscuro dentro de su capa. Sus ojos destellaron. Se volvió sobre talones y se sentó nuevamente en su trono, mirando a José fijamente.

       —En estos momentos tu imperio pasa por una severa crisis, ¿no es así? —hizo una pausa y espero a que José asintiera con la cabeza—. A través de los ciclos estelares has desgastado tu ejército conquistando decenas de planetas y luchando con las fuerzas de la Alianza Estelar. Sí hemos de ser sinceros, hace mucho que tu imperio debió caer y sí eso no ocurrió fue gracias a mí.

       José le sostuvo la mirada, pero no dijo nada. Apretó los puños y tragó saliva con dificultad. Lo que más le molestaba era que N´astarith tenía razón. Ciertamente, el imperio endoriano ya no era más que un triste recuerdo de lo que había sido en el pasado.

       —Sí no fuera por el apoyo que te brinde desde el momento en que nos aliarnos, tu imperio habría sido derrotado por las fuerzas de la Alianza y en este momento no serías más que un fugitivo —prosiguió N´astarith—. Lo que te estoy pidiendo es que renuncies a tu puesto como emperador y que el planeta Endoria pase a formar parte del imperio de Abbadón. Tú puedes ser el general en jefe de las fuerzas imperiales de Endoria y servir bajo mis ordenes.

       José abrió los ojos de par en par sin dar crédito a lo que oía. Por unos momentos imagino que estaba soñando. Que todo lo que estaba pasando no era más que una absurda pesadilla de la que se despertaría en cualquier momento. Después, la cruda realidad comenzó a imponerse.

       —¿Me estás pidiendo que te obsequie mi imperio? —preguntó molesto, aún a sabiendas de cual iba a ser la respuesta—. Me he desvivido por formarlo. He luchado como nadie por llevar la prosperidad a esos planetas.

       —¿Un imperio dices? —preguntó el emperador burlonamente—. Un conjunto de planetas devastados por guerras absurdas y con millones de personas al borde de la rebelión no es lo que yo llamaría un imperio. Ese basurero no es lo que pregonas. Yo sí llevaré la prosperidad a esos mundos una vez que pasen a formar parte de Abbadón. Es un trago amargo no puedo negarlo, pero sí lo haces vivirás.

       —Un momento —intervino Luis atrayendo la atención de N´astarith—. Sí lo que quieres es el imperio de mi primo, ¿por qué no simplemente lo tomas y ya? No hay necesidad de que José te lo entregue.

       El emperador de Abbadón le sonrió algo divertido.

       —No —dijo al fin—. Sí hiciera lo que me sugieres tendría a muchos militares y políticos disgustados que no tardarían en sublevarse. Verás, Luis, quizás no lo entiendas, pero

       José hizo una rápida inspiración en el aire. Por un momento el deseo de mandar a N´astarith al demonio paso por su mente, pero sin el apoyo de Jesús y los meganianos no tenía la suficiente fuerza política y militar para negarse a aquel chantaje. El simple hecho de que no los hubieran matado todavía ya era toda una fortuna.

       —¿Y si me niego? —inquirió, desafiante.

       N´astarith se recargó en su trono.

       —Entonces te destruiré —sentenció sin siquiera pensarlo—. Puedo tomar tu imperio por la fuerza y como te dije antes, ejecutarte aquí mismo. Pero si aceptas, podrás tener más poder del que tienes ahora, piénsalo, José.

       Él lo pensó. Realmente no tenía muchas opciones de las que pudiera echar mano. Finalmente cerró los ojos, inclinó la cabeza y colocó una rodilla en el suelo.

       —Acepto… —murmuró—. Tú eres mi emperador ahora.

       Jasanth suspiró con preocupación. Aquello no podía ser peor.

       N´astarith dejó escapar una sonrisa de satisfacción. A partir de ese momento el imperio de Endoria pasaría a formar parte de Abbadón. Su plan para apoderarse de la galaxia estaba saliendo a la perfección.

Santuario de Atena, Grecia

       Los guerreros imperiales atravesaron el umbral de la entrada cubierto de humo y penetraron en la habitación principal del templo. Una larga alfombra de color rojo recorría todo el salón desde la entrada hasta el fondo de la habitación. Al final había una joven de larga cabellera sentada en un trono y dos Santos dorados colocados frente a ella. Se trataba de Saori Kido, Milo de Escorpión y Kanon de Géminis.

       —¡Una chica! —exclamó Sombrío, mirando a Saori—. ¡Pero que nena!

       —Ya llegaron —murmuró Milo, colocándose en guardia al mismo tiempo que Kanon—. Prepárate, Kanon.

       Saori se levantó de su trono para mirar fijamente a los invasores. A juzgar por la expresión impasible de su mirada estaba bastante claro que no les tenía miedo.

       —¿Quienes son ustedes? —les preguntó, desafiante—. ¿A qué han venido?

       Tiamat dejó escapar una leve sonrisa.

       —Esa maldita pregunta nos la han hecho en cada templo en el que hemos entrado y la verdad es que empieza a fastidiarme —hizo una pausa y continuó—. Nosotros somos los Khans y será mejor que te quites de nuestro camino sino quieres salir lastimada.

       Milo dio un paso al frente inmediatamente.

       —¡Calla! —le ordenó—. ¡No blasfemes que es una diosa!

       —¿Una diosa? —repitió Talión incrédulo.

       —Así es. Ella es la diosa Atena —declaró Milo con severidad, mientras Tiamat observaba a Saori detenidamente—. Se dice que cada doscientos años la diosa Atena viene al mundo para combatir al mal.

       —Lo lamento, pero yo no creo en los dioses —replicó Aicila, mirándolos con aburrimiento.

       Kanon rió levemente y frunció el entrecejo con arrogancia.

       —Vaya, los cobardes que dicen eso son los primeros en encomendarse a los dioses a la hora de morir.

       La Khan de la Arpía le lanzó una mirada asesina. Apretó los dientes con ira creciente. No importaba lo que Tiamat ordenara, ese Santo iba a morir en sus manos.

       Sombrío estaba ajeno a la conversación. Sus ojos estaban puestos en la delicada figura de Saori Kido. Realmente era una joven bastante hermosa, digna de estar entre sus mujeres.

       —Oh si —musitó embelesado—. ¿No quieres ser mi novia?

       Milo se interpuso en su camino rápidamente.

       —Miserable blasfemo —le espetó con furia—. Te haré pagar con la vida por tu asquerosa insolencia.

       El Khan del Lobo le lanzó una mirada desafiante. Iba a decirle que se callara cuando de pronto una de las paredes de la habitación explotó en mil pedazos. Todos volvieron la mirada al unísono hacia el sitio de la explosión. Kanon y Milo se pusieron en guardia, listo para cualquier imprevisto.

       —¿Quienes osan interferir en nuestro camino? —preguntó Talión en voz alta, tratando de ver a través del polvo y el humo de la explosión—. ¿Eh? ¡Son… .

       Eran Cadmio, Seiya, Dohko, Dai, Astroboy, Ranma, Ryoga y los otros que finalmente habían conseguido llegar hasta el Salón del Gran Maestro para detener a los Khans. Al verlos, Milo, Kanon y Saori decidieron permanecer a la expectativa.

       —Al fin hemos llegado —murmuró Cadmio, atravesando el agujero con Hyunkel, Poppu, Astroboy, Dai y Casiopea atrás de él—. Malditos, Khans, pero ahora sí les llegó la hora de pagar por todo lo que han hecho.

       —Vaya, vaya —murmuró Tiamat malévolamente—. Miren cuantos sujetos tan patéticos —volvió el rostro hacia sus camaradas—. Esto será realmente divertido.

       —¡Es Seiya! —advirtió Milo, fijando su mirada en el Santo de Pegaso que penetraba al templo detrás de Moose.

       Sombrío, por su parte, escudriñó con cuidado los distintos rostros de los recién llegados. De pronto sus ojos se posaron en la figura de Ranma Saotome, el joven valiente que había osado desafiarlo en el dojo de los Tendo hace algunos días. Era imposible.

       —¡¡No puedo creerlo!! —exclamó con los ojos desorbitados por la sorpresa—. ¡Es ese mocoso que se transforma en chica! ¿Cómo es que está aquí?

       —¿El chico afeminado? —preguntó Kadena, riendo—. Miren, también están esos gusanos que se atrevieron a pelear conmigo y con Shield anteriormente. Menos mal que vinieron, así me ahorraron la tarea de buscarlos.

       —No importa quienes sean todos ellos —dijo Tiamat, emocionado con la batalla que estaba a punto de comenzar—. Estos sujetos no se nos comparan en lo absoluto y morirán como los perros que son.

Continuará… .

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