Leyenda 008

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPITULO VIII

MENTIRAS VERDADERAS

      

       Astronave Artemisa.

       Los Celestiales aguardaban junto a Rodrigo mientras el capitán informaba a Andrea de los acontecimientos que habían acompañado su huida a través del bloqueo de naves imperiales. La reina de Lerasi, sentada en su puesto, escuchaba atentamente al capitán sin apartar los ojos de su cara.

       —Tenemos daños menores y gracias al Creador no tuvimos muchas bajas —concluyó el capitán con satisfacción—. En estos momentos lo que necesitamos son refacciones y algo de provisiones. Debido al ataque no tuvimos mucho tiempo para cargar suficientes pertrechos.

       Andrea asintió y volvió la mirada hacia Asiont.

       —También debemos buscar al resto de las fuerzas aliadas. Desgraciadamente, luego de la batalla de Marte, perdimos todo contacto con el Consejo de líderes aliados. Tenemos informes de que las fuerzas aliadas se han diseminado por toda la galaxia para evadir la persecución de la Unión Imperial

       Asiont asintió.

       —Sugiero dirigirnos al sistema Noat. Allí existe una pequeña base aliada abandonada desde hace algún tiempo.

       Rodrigo Carrier, visiblemente incómodo, miró al Celestial.

       —Ese sistema se encuentra lejos de todas las rutas de navegación. Sí el enemigo nos encuentran en ese lugar, estaremos perdidos.

       —Es arriesgado —admitió Astrea—, pero no hay ninguna alternativa razonable.

       Rodrigo no parecía muy convencido.

       —No podemos ir ahí. Es muy peligroso. Sí nos descubren… .

       —Mencionaste que ese sistema se encuentra fuera de las rutas de navegación, por lo mismo, las fuerzas imperiales no transitan por ahí —le interrumpió Astrea—. Eso nos proporciona una ventaja adicional. Las fuerzas de la Unión Imperial deben estar vigilando el acceso a los sistemas del borde exterior de la galaxia.

       El comandante aliado abrió la boca para replicar, pero después se lo pensó mejor. Rodrigo se limitó a respirar hondo, con evidente frustración, y se volvió.

       Andrea reflexionó unos instantes antes de hablar.

       —No sabemos cuantos tiempo nos tome encontrar alguna nave de la Alianza y estamos transportando muchos civiles —volvió la mirada hacia los pilotos—. Pongan rumbo hacia el sistema Noat ahora mismo.

       Reino de Papunika.

       Los guerreros imperiales observaron con curiosidad al misterioso guerrero en armadura que acababa de irrumpir en la sala del trono. Sigma sonrió por debajo de su máscara negra y luego se volvió hacia Lilith. Había llegado la hora de hacer algo más que permanecer como un simple espectador.

       —Yo me encargo de este insolente —declaró confiadamente—, lo mataré en un instante.

       La Khan de Selket, cruzada de brazos, asintió con la cabeza.

       —De acuerdo, pero no tardes mucho. Quiero volver a Armagedón lo antes posible

       El Espía Estelar le lanzó la gema estelar a Lilith y finalmente se giró hacia Hyunkel para enfrentarlo. Aunque muchos pensaban que Sigma sólo era un espía que sólo sabía robar información, la verdad es que en realidad también dominaba las artes del combate y por ello era considerado por muchos como un gran asesino.

       —Escucha, quien quiera que seas, vamos a divertirnos un poco —sentenció mientras avanzaba lentamente hacia el Caballero Inmortal—. Espero que hagas esto interesante al menos. Sería una decepción que terminarás siendo un adversario débil.

       Hyunkel se mostró completamente indiferente.

       —Ustedes fueron los que lastimaron a mis amigos —hizo una pausa y bajó los párpados. De pronto abrió los ojos y alzó la espada, apuntando al cuello de Sigma—. No puedo dejarlos con vida.

       Sigma reaccionó con violencia.

       —¿Cómo te atreves a amenazarme? —exclamó con fuerza—. Sé perfectamente que ustedes usan la magia para luchar, así que te tengo una sorpresa —abrió la mano mano derecha que colgaba a un costado e hizo aparecer una esfera de fuego dentro de la palma—. Yo también sé algunos encantamientos —levantó el brazo y descargó una llamarada contra el Caballero Inmortal—. ¡Llama de Iora!

       Hyunkel ni siquiera se movió y, tras recibir la llamarada, desapareció en un violento estallido de fuego. Sigma sonrió, gozando anticipadamente su victoria.

       —Ese tipo era solamente un fanfarrón —masculló y luego se volvió hacia sus camaradas—. ¿Vieron lo rápido que acabe con él?

       Nadie dijo nada.

       —No seas torpe, Sigma —le dijo Galford, rompiendo el silencio—. Resulta demasiado obvio que ese sujeto todavía sigue con vida.

       Extrañado, pero a la vez intrigado, Sigma volvió la vista hacia la densa nube que había dejado su ataque. Lentamente, la imponente figura de Hyunkel fue emergiendo del humo como si se tratara de un espectro. Era imposible.

       —¡No es cierto! —exclamó Sigma sin dar crédito a sus ojos—, pero ¿cómo es que… .

       —Mi armadura es a prueba de cualquier hechizo mágico —aclaró Hyunkel con arrogancia—. Di tus oraciones, maldito.

       Sin perder un solo instante, el Caballero Inmortal se catapultó sobre Sigma para atacarlo. El espía estelar apretó los dientes y descargó una andada de esferas luminosas en contra de su enemigo. Con un prodigioso salto en el aire, Hyunkel consiguió ponerse salvo y se preparó para contraatacar. Las esferas de luz impactaron en el suelo y explotaron una tras otra levantando una lluvia de esquirlas de polvo y piedras. Sujetando la espada con ambas manos, el Caballero Inmortal descargó un mandoble contra la cabeza de Sigma.

       Haciendo gala de unos excelentes reflejos, el espía atrapó la hoja con las manos abiertas justo a unos centímetros de su rostro. Hyunkel no podía creerlo.

       —Eso estuvo muy bien —le felicitó Sigma haciendo un esfuerzo—. Casi me sorprendes.

       Hyunkel frunció el entrecejo y de un salto se apartó del Espía Estelar.

       Sigma sonrió con fingida arrogancia, aunque interiormente ya se había dado cuenta que Hyunkel no era ningún debilucho como había pensado al principio. Tenía que andarse con cuidado sí quería vencerlo.

       —Hace un momento me confié, pero ahora comenzará la verdadera lucha.

       Hyunkel le devolvió el gesto de igual modo y levantó la espada en señal de desafío.

       —Eso espero.

       Por unos instantes, las miradas de ambos contendientes se cruzaron ferozmente. Era obvio que aquel encuentro prometía un verdadero combate a muerte.

       El poder de Isótopo arrastró a Krokodin algunos centímetros hacia atrás. Era imposible de creer, pero la energía del meganiano era tan poderosa que hacía temblar a la misma tierra. Lance se cubrió el rostro con las manos y apretó los dientes mientras el viento lo golpeaba y lo obligaba a retroceder.

       Isótopo, por su parte, reía malévolamente en un susurro apenas audible. De pronto clavó la mirada en Lance, levantó el brazo y abrió la mano. Una violenta ráfaga de luz surgió de su palma y golpeó el pecho de Lance, mandándolo de espaldas contra un muro cercano.

       —Y ahora… —murmuró Isótopo, escudriñando a sus enemigos restantes con la mirada—, ¿quién de ustedes será mi adversario?

       Poppu estaba aterrado y su rostro lo reflejaba claramente. Muy por el contrario, Krokodin mantenía un semblante lleno de ferocidad que de inmediato fue captado por el meganiano.

       Isótopo levantó un brazo y miró al Rey de las Fieras, quien a su vez respondió agitando su hacha en señal de desafío. Sorpresivamente, Isótopo echó a correr hacia el inmenso lagarto decidido a entablar un combate personal con él.

       El meganiano lanzó un golpe contra Krokodin, quien reaccionó levantando un brazo para bloquear el puño de Isótopo. La maniobra resultó exitosa para el Rey de las Fieras, pero entonces sintió como un intenso hormigueo se apoderaba de su brazo. Era increíble, pero la energía que rodeaba al imperial era tan intensa que el solo tocar su puño era como palpar lava ardiente.

       Sorprendido, Krokodin examinó su brazo, que estaba cubierto de energía, y lanzó un agudo grito de dolor. Isótopo dio un salto en el aire y preparó una nueva acometida.

       —¡Krokodin! —gritó Poppu, alertando a su amigo—. ¡Ten cuidado!

       El meganiano cayó sobre sus dos piernas y antes de que el Rey de la Fieras pudiera evitarlo, le descargó un potente puñetazo en el estómago que le atravesó la armadura y la piel. Krokodin retrocedió un paso hacia atrás mientras sentía como su vista se nublaba. La sangre del Rey de las Fieras empapó por completo el antebrazo de Isótopo, quien sonreía satisfactoriamente.

       —Que sujeto tan débil eres —murmuró el meganiano con desprecio.

       El Rey de las Fieras levantó su hacha para tratar de golpear al meganiano, aprovechando su cercanía. Pero antes de que pudiera hacerlo, Isótopo le disparó una ráfaga de energía con la mano que mantenía hundida en su estómago. El rayo atravesó el cuerpo de Krokodin y lo llevó hacia atrás volando.

       El enorme reptil cayó en el suelo mortalmente herido a unos cuantos centímetros del Lance. Éste consiguió ponerse de rodillas dispuesto a continuar el combate, pero todavía estaba aturdido por el golpe. Alzó su brazo y disparó un haz láser contra Isótopo.

       El meganiano miró de reojo a Lance y, usando su velocidad, desapareció. El disparo alcanzó una carreta y la convirtió en una bola de fuego. Ya sin fuerzas, Lance se desmayó como un saco de piedras.

       Seguro de que él sería el siguiente, Poppu buscó con la mirada la ubicación de Isótopo, pero no lo encontró. La risa burlona del imperial llamó su atención en las alturas.

       —¡Todos volarán en pedazos! —sentenció el meganiano mientras alzaba sus manos por encima de su cabeza para formar una enorme esfera de luz resplandeciente—. No habrá manera para que escapen, gusanos.

       El joven mago frunció el ceño y apretó los dientes con desesperación. Krokodin estaba inconsciente lo mismo que el misterioso guerrero. ¿Debía huir y abandonarlos? No, no podía hacer eso.

       —¡Diablos! —exclamó en voz alta—. ¡No sé que hacer!

       Sin perder tiempo, Poppu echó a correr rumbo a Krokodin y Lance. Al ver aquella acción, el meganiano sonrió malévolamente.

       —Tonto, morirás junto con tus amigos.

       Arrojó la enorme esfera de luz con todas sus fuerzas.

       —¡Mueran!

       Poppu alzó la mirada sólo para descubrir como la inmensa esfera de energía iluminaba todo a su alrededor, incluyendo su rostro. No había tiempo para nada.

       Una imponente explosión sacudió todo el lugar con un poderoso estruendo. El imperial espero pacientemente a que el humo y el polvo levantado terminaran de asentarse. Cuando esto ocurrió, bajó al suelo para buscar los cadáveres de sus enemigos, pero no los encontró.

       Seguro de su victoria, Isótopo creyó que probablemente Krokodin, Poppu y Lance habían desaparecido junto con la explosión. Aquello lo lleno de satisfacción, pero también de remordimiento. Había matado al guerrero de la Alianza Estelar sin averiguar cómo es había llegado hasta aquella dimensión. Pero al final no le importó. Satisfecho con su victoria, Isótopo desplegó su aura y voló de regresó al castillo.

       Sigma sacó de su cinturón un largo látigo negro que agitó en el aire con fuerza. Hyunkel, por su parte, estaba seguro de que su enemigo sabía manejar estupendamente aquella arma, así que se acercó con cautela. Sorpresivamente, el Espía Estelar descargó el látigo contra el caballero, pero Hyunkel logró esquivarlo moviéndose a un costado.

       Sin perder tiempo, Hyunkel inició el contraataque con una lluvia de mandobles y estocadas que el Espía Estelar intentaba evitar moviéndose de lado a lado. Sigma retrocedió, cediendo terreno al Caballero Inmortal. La ferocidad con la que atacaba Hyunkel lo había tomado por sorpresa. Iba a ser un combate muy reñidos.

       Galford estaba asombrado de la técnica de Hyunkel. Manejaba la espada casi tan bien como Dai, y eso ya era decir mucho.

       Arremetiendo fuertemente contra su enemigo, Hyunkel lanzó una estocada contra el pecho de Sigma, pero éste consiguió esquivarla a tiempo con un ágil salto hacia arriba. Como si ya hubiera previsto aquella maniobra, el Caballero Inmortal se volvió inmediatamente sobre sus talones y alzó la espada horizontalmente a la altura del hombro.

       Sigma cayó sobre sus dos piernas y se giró hacia a Hyunkel sólo para descubrir como éste abalanzaba la espada sobre él.

       —¡Bloody Sukuraido! (Corte Sangriento) —gritó el Caballero Inmortal al momento de liberar una ráfaga de energía con la espada. El rayo de luz avanzó directamente hacia el corazón de Sigma.

       Leona y Lilith contemplaron la escena sin perder el más mínimo detalle. Sigma sabía que debía actuar rápidamente o moriría ahí mismo; alzó uno de sus brazos y dando un fuerte grito liberó una poderosa aura de energía que lo envolvió por completo. Cuando el ataque del Caballero Inmortal estaba a punto de tocarlo, abrió la mano y liberó un rayo de energía resplandeciente.

       —¡Sagitta Lux!

       Una poderosa explosión sacudió todo el lugar cuando los ataques chocaron entre sí. Hyunkel apretó los dientes y llevó la mirada a un costado para protegerse de las fuertes ráfagas de aire huracanado. Al disiparse el polvo levantado, el Caballero Inmortal contempló la siniestra figura de Sigma, que todavía seguía de pie.

       —Eres un maldito —murmuró Sigma—. Casi me matas con ese ataque. 

       “Es demasiado rápido”, pensó Hyunkel. “Pudo bloquear mi Bloody Sukuraido con un escaso margen de tiempo, pero el esfuerzo lo dejó un tanto agotado. No creo que pueda volver a hacerlo”

       Repentinamente, el Espía Estelar desapareció usando su velocidad.

       Antes de que Hyunkel pudiera darse cuenta de lo ocurrido, el látigo de Sigma se enroscó en su cuello desde atrás. El Caballero Inmortal se llevó la mano a la espalda y sujetó el látigo para evitar que su enemigo lo asfixiara. Girándose sobre sus talones, Hyunkel encaró a su enemigo nuevamente.

       —¿Cómo hiciste eso?

       Sigma sonrió levemente.

       —Fue gracias a mi velocidad. Tú también eres rápido, Hyunkel, pero la armadura que usas te impide igualar mis movimientos. Es una diferencia mínima, pero significativa.

       Un rictus de desesperación se apoderó del rostro de Hyunkel. Sujetado de esa forma ofrecía un blanco perfecto para su enemigo. Levantó la hoja con la intención de cortar el látigo, pero antes de que pudiera hacerlo, una ráfaga de energía lo desarmó.

       —Nada de eso —dijo el espía en voz baja—. ¡Ahora morirás!

       El imperial abrió la mano una vez más y disparó una serie de haces de luz que golpearon el cuerpo de Hyunkel continuamente. Uno de los disparos lo despojó de su yelmo descubriendo su rostro.

       —¡Que hombre tan guapo! —declaró Lilith apenas lo vio.

       Sigma continuó disparando hasta que Hyunkel quedó inmóvil. Cuando estuvo seguro de que ya no podría pelear más, el espía agitó el látigo y lo lanzó de espaldas contra uno de los pilares del palacio donde se estrelló con fuerza.

       El cuerpo del caballero cayó pesadamente al suelo.

       —Eso fue todo —declaró un triunfante Sigma mientras recogía su látigo.

       —No… cuentes… con eso —la débil voz de Hyunkel lo sorprendió.

       El espía se volvió sobresaltado hacia el Caballero Inmortal. ¿Todavía seguía con vida? 

       Haciendo acopio de sus ultimas fuerzas, Hyunkel se levantó del suelo con la intención de continuar la lucha, pero estaba muy lastimado por los ataques de su adversario. Sigma alzó el brazo con la intención de rematarlo con una ráfaga de luz, pero antes de que pudiera hacerlo, la voz de Lilith lo detuvo.

       —Espera un momento, Sigma —hizo una pausa, se apartó de Galford y se acercó a Hyunkel—. Escucha, muchacho, eres demasiado hombre para que mueras en esta batalla sin sentido. ¿No te interesaría trabajar conmigo?

       “No puede ser”, pensó Galford, llevándose la mano a la frente mientras sentía repulsión por Lilith.

       Hyunkel le dedicó una mirada impasible a la Khan.

       —¿Qué fue lo que dijiste?

       —Únetenos y yo salvaré tu vida —insistió Lilith con una mirada esperanzada.

       —Estás loca, yo jamás me uniría a una partida de asesinos como ustedes.

       La mirada de Lilith sufrió una furiosa transformación.

       —¿Cómo te atreves? ¿Qué no sabes que hay hombre que matarían por estar conmigo? 

       Lilith levantó su mano derecha. Sin dar tiempo para que Hyunkel pudiera reaccionar, le descargó el Poison Hell . El impacto llevó a Hyunkel contra una pared. La vista del Caballero Inmortal se nubló rápidamente y, sin decir una sola palabra, se fue de bruces al suelo sin sentido.

       —Creo que así está mejor —murmuró Lilith satisfecha de haber vengado su orgullo—. Es la última vez que le ofrezco la salvación a un hombre, aunque sea guapo.

       Sigma llevó su mirada hacia la Khan de Selket.

       —Bien, creo que ya podemos irnos.

       Galford alzó la mirada y descubrió a Isótopo, que acababa de volver..

       —Veo que lograron terminar con esos malditos —murmuró Isótopo mientras descendía lentamente—. Es placentero saber que no existen guerreros poderosos en este mundo.

       Sigma dejó escapar una leve sonrisa de placer.

       —¿Qué paso con el mocoso? —preguntó.

       —Ah, si, el mago… lo eliminé —Los pies de Isótopo tocaron el suelo—. No lo van a creer, pero también me enfrenté con un guerrero de la Alianza Estelar. No era muy fuerte, pero trató de ayudar al mago cobarde.

       Lilith abrió los ojos de par en par. La noticia la había tomado totalmente por sorpresa.

       —¿Un guerrero de la Alianza Estelar en este mundo? ¿Cómo es posible?

       —Debe habernos seguido cuando atravesamos la puerta —aventuró Sigma—. Esa es la única explicación posible —hizo una pausa y se volvió hacia su aliado meganiano—, ¿qué fue de ese maldito?

       Isótopo sonrió maliciosamente y se cruzó de brazos.

       —Como me dio algunos problemas pues acabé con él junto con el del mago y un enorme monstruo en forma de cocodrilo. Creo que era amigo del mago o algo así.

       —¿No había más miembros de la Alianza? —preguntó Galford, extrañado—. ¿Estás seguro de que era el único?

       —Isótopo eres un estúpido —le espetó Lilith antes de que el meganiano pudiera articular una sola palabra—. ¿Cómo te atreviste a matarlo sin averiguar sí había alguien más? No puedo creer que seas tan idiota.

       —Creo que estaba solo —se defendió el meganiano—. No creo que haya… .

       Lilith frunció el ceño.

       —Silencio, imbécil. 

       Isótopo observó el cuerpo de Hyunkel y luego llevó la mirada hacia la joven princesa de Papunika que aguardaba. Una sonrisa se asomó en sus labios cuando se dio cuenta del expresión furiosa de Leona.

       —Todavía queda la princesa. ¿La matamos también? Claro que podríamos divertirnos un poco con ella.

       Consciente de que debía hacer algo, Leona se levantó dispuesta a enfrentar a los guerreros imperiales. Luego de echar una rápida mirada de soslayo a los Sabios de Papunika y ver que todos se habían desmayado, la princesa sabía que estaba completamente sola.

       Lilith miró fijamente a Leona, luego sonrió maliciosamente y dijo:

       —¿Qué harás, niña? Sí nos atacas de nada servirá, nuestras armaduras son a prueba de hechizos mágicos.

       Leona apretó los puños sin ocultar su incomodidad. Le lanzó una mirada de ferocidad a la Khan y dio un paso atrás. Realmente era una situación desesperante.

       —Esperad, no la matéis —clamó una voz desde la puerta del salón real.

       Con la velocidad del rayo, Galford desenvainó su espada y se volvió hacia su derecha para encarar al intruso.

       —¿Quién sois? —preguntó con desconfianza.

       Como respuesta, un anciano jorobado de labios flácidos emergió de las sombras. Llevaba puesta una capa negra con capucha y caminaba lentamente apoyado en un bastón.

       —Me doy cuenta que vosotros sois guerreros muy poderosos —el anciano se sorbió la baba mientras cojeaba hacia ellos—. No me hagáis daño, por favor. Estoy de vuestro lado.

       Sigma escudriñó a aquel viejo andrajoso de arriba abajo. Había algo raro en él, pero no sabía como expresarlo. Isótopo levantó el brazo con la palma abierta y formó una esfera de luz.

       —Déjenme matar a esta sabandija —dijo en voz alta, provocando que el anciano se sobresaltara—. Lo voy a desintegrar aquí mismo.

       Leona se dirigió al viejo apresuradamente.

       —¿Qué esta haciendo aquí? ¡Huya inmediatamente!

       El anciano fingió no escucharla y se dirigió a los imperiales.

       —Ooh, señor. No, no me matéis, por favor —suplicó mientras hacia una reverencia—. Mi nombre es Eripse y soy un humilde mercader —miró a Leona de reojo—. Me he dado cuenta de que ustedes son grandes guerreros. Sus gracias. Han acabado con todos los defensores del reino y… .

       —Ve al grano, escoria —lo interrumpió Lilith bruscamente—. ¿Qué rayos queréis?

       —Eh, eh, si claro —repuso el anciano sorbiendo más baba—. Bueno, me doy cuenta de la princesa es una joven muy hermosa y la quiero para mí.

       Leona se ruborizó al instante.

       —¡Oye! ¡¿Qué estás diciendo?!

       El anciano ignoró a Leona nuevamente y comenzó a caminar hacia Lilith, mirándola maliciosamente.

       —Vos también ser una mujer hermosa… 

       —¡No me toques, idiota apestoso! —El puño de la Khan ese estrelló con fuerza en la cabeza del anciano y le dejó un chichón—. La próxima vez te arrancaré los brazos.

       —Ay, ay… no me peguéis, soy sólo un anciano indefenso.

       Sigma se cruzó de brazos y discretamente se acercó a Galford para susurrarle.

       —Ese viejo tiene algo extraño… siento algo familiar en él.

       El meganiano asintió.

       —Si, apesta más que un cadáver.

       El viejo se acarició la cabeza y retrocedió cojeando hasta chocar con Sigma.

       —Oye, vejete, no me toques —amenazó el Espía Estelar, enfadado.

       El viejo Eripse se volvió sobre sus talones mientras sudaba nerviosamente.

       —Oh, discúlpeme, señor. Su gracia, por favor, no fue mi intención —con sus manos comenzó a desarrugarle la ropa en un vano intento por congraciarse con Sigma, pero éste lo apartó de él rápidamente—. Mire, su gracia, quedó como nuevo.

       —Aléjate o te mató, infeliz.

       Eripse retrocedió, riendo nerviosamente.

       —Eh, si señor, si señor

       —Ya es suficiente —dijo Lilith en voz alta, atrayendo sobre sí la atención de todos—. Ya es hora de irnos. Tenemos la gema sagrada y el pueblo está hecho cenizas.

       —¿Y qué hay de él? —preguntó Isótopo, refiriéndose al anciano—. ¿Lo matamos?

       Un rictus de terror se apoderó del rostro de Eripse.

       —¿Qué? —consiguió balbucear—. Sus gracias, yo estoy de su lado. 

       La Khan de Selket alzó los brazos y desplegó su aura.

       —Déjenlo, que se quede con la chica. No ganamos nada si nos ponemos a jugar con ese anciano apestoso.

       Sigma e Isótopo volvieron la vista hacia Leona un instante y rieron malévolamente.

       Leona, por su parte, levantó la espada de Dai.

       —No se le ocurra acercarse, viejo —amenazó.

       Los guerreros imperiales desplegaron sus auras y se lanzaron por los aires para regresar a su nave. Una vez que todos se habían ido, Eripse suspiró con alivio y se volvió hacia Leona.

       —Bien, ya se fueron… ahora… .

       Leona agitó la espada en el aire con fuerza.

       —Se lo advierto, no se acerque.

       El anciano la miró con extrañes.

       —Oye, cálmate, niña.

       Pero la princesa no escuchó razones y volvió a agitar la espada. En un descuido, la espada se le escapó de las manos. Eripse retrocedió unos pasos hacia atrás y se tropezó con una roca cayendo de espaldas. La espada se incrustó justo entre sus piernas, a unos centímetros de su ingle.

       —¡Ah, ten cuidado, loca! —le espetó el anciano cuando se dio cuenta de lo ocurrido—. Por poco me dejas sin descendencia.

       Leona se ruborizó al instante y se llevó las manos al rostro con vergüenza.

       Con un violento ademán, el anciano se quitó la capa revelando su verdadera identidad.

       —Costo algo de trabajó, pero la tengo —masculló Eclipse, sosteniendo en su mano una pequeña caja negra—. La R.E. de Sigma.

       Armagedón.

       Las puertas del salón del trono imperial se abrieron de par en par y José Zeiva penetró en la habitación. Las sombras dominaban la mayor parte del lugar, la única luz que alumbraba era la que provenía de una enorme ventana, con vista a la Tierra, que se encontraba al fondo de la habitación.

       —¿N´astarith? —preguntó José con algo de temor en su voz.

       —Bienvenido, José Zeiva —respondió el emperador de Abbadón desde la oscuridad. Al instante, José se dio cuenta de que N´astarith estaba sentado de frente a la ventana—. Pensé que estarías en la sala de reuniones.

       —Me dijeron que deseabas verme —masculló José con desconfianza.

       N´astarith sonrió y asintió con la cabeza.

       —Se me ha informado que las naves que huyeron de la Tierra se dirigen al sistema Noat. Quiero que vayas hasta ahí y las destruyas.

       —¿Deseas que acabe con los Celestiales, verdad? —preguntó José con suspicacia.

       —Con ellos y con los miembros de la Alianza Estelar. Debes asegurarte que nadie consiga escapar con vida de ese sistema. Es necesario que tengas éxito en esta misión.

       José avanzó hacia el trono con renovada determinación.

       —Puedes contar con ello, pero antes hay algo que quiero saber —guardó silencio y aguardó que el emperador de Abbadón se volviera—. Tengo entendido que tus guerreros acabaron con todos los Celestiales, ¿no es así?

       —Eso pensaba también —siseó N´astarith—. No esperaba que todavía quedaran algunos con vida, pero no es algo que deba preocuparnos demasiado. Estoy seguro que no deben ser tan poderosos como los Celestiales de antaño. 

       José miró a la oscuridad donde se ocultaba el rostro del emperador de Abbadón.

       —No entiendo, sí tus guerreros acabaron con los más fuertes, ¿por qué tanto interés en matarlos?

       —Supongo que ya lo sabes. Es por lo que saben acerca del Portal Estelar.

       El emperador de Endoria abrió los ojos con sorpresa.

       —¿Cómo sabías que… .

       —Tengo oídos en todas partes —lo interrumpió N´astarith—. Pero como ya te enteraste, te lo diré de todas formas. Los Caballeros Celestiales fueron los antiguos guardianes del Portal Estelar durante muchos ciclos estelares, y por lo mismo son los únicos que conocen todo acerca de las gemas.

       —Ahora entiendo —asintió José en voz baja.

       —El Portal Estelar es la llave para acceder al poder más grande de todos. Un poder conocido por los habitantes de Dilmun como el aureus —siguió N´astarith—. Con ese poder en nuestras manos, podríamos ser capaces de controlar la Existencia misma.

       —¿El aureus? —repitió José, alzando una ceja. Esa palabra le era conocida; de hecho estaba convencido de haberla escuchado antes en algún otro lugar.

       —El poder del aura no es nada comparada con esa energía. Los Caballeros Celestiales saben esto y por ello tratarán de poner sobre aviso al Consejo de líderes de la Alianza. Tenemos que destruirlos a todos.

       José asintió con la cabeza.

       —Entiendo, de ahí tu interés en exterminarlos mientras buscabas el Portal Estelar por toda la galaxia. Pero por que el misterio, ni siquiera los registros históricos de Endoria mencionan la relación existente entre los Celestiales y el Portal Estelar.

       N´astarith sonrió maliciosamente.

       —Tú eres el emperador de Endoria y sí crees que hay algo turbio en tu gobierno, entonces averígualo.

       —Está bien, yo me encargaré de emboscar a las naves que huyeron de la Tierra.

       —Aguarda en tu nave mientras elijo un par de Khan para que te acompañen —ordenó N´astarith—. Esos Celestiales pueden ser muy hábiles y lo mejor será no confiarnos.

       —Como ordenes —dijo José antes de retirarse.

       Cuando el emperador de Endoria abandonó la cámara del trono, la imponente figura de Tiamat emergió de entre las sombras.

       —Se está acercando demasiado a la verdad ¿no lo cree, mi señor?

       —Tranquilízate, Tiamat, la ambición que siente José es una excelente aliada para mantenerlo dominado —lo calmó N´astarith—. En cuanto a esos Celestiales, ten por seguro de que el planeta Noat será su tumba.

       En completa soledad, Asiont observaba con detenimiento como los pilotos de combate del Artemisa estaban revisando sus cazas en los hangares. Afortunadamente, el número de bajas no había sido tan grande como había pensado.

       —¿Con qué aquí estás, Asiont? —preguntó Astrea a sus espaldas.

       —Hola, Astrea —le saludó él—. ¿Falta mucho para llegar a Noat?

       La chica se alisó los cabellos, se colocó a su lado y asintió.

       —Algo, creo que como cuarenta ciclos, más o menos.

       Asiont suspiró.

       —Ahora lo más importante es tratar de localizar al Consejo de líderes. Sólo espero que Saulo también haya conseguido escapar a salvo de Marte.

       —¿Cómo crees que reaccione cuando le digamos que N´astarith encontró el Portal Estelar? —preguntó Astrea.

       Asiont alzó los ojos y repuso:

       —Mal, quizás esto es lo peor que podría pasarnos. En cuanto al Consejo de Líderes, no quiero ni imaginarlo. Esto va a generar una gran polémica.

       Astrea esbozó una triste sonrisa.

       —¿Tanto así?

       —No lo sé. En realidad no me interesa ese ambiente lleno de política. 

       —Toma —dijo Astrea, interrumpiéndolo—. Esto es para ti. Lo he hecho en mis ratos libres. Te dará buena suerte —añadió, ofreciéndole un colgante de diamante delicadamente tallado.

       Asiont lo examinó por unos instantes en silencio y después se lo colgó del cuello.

       —Gracias, pero no debiste molestarte —la miró con una sonrisa en los labios—. Eres una gran amiga.

       Ella sonrió nerviosamente, pero no se atrevió a bajar la mirada.

       —No, no es nada, sólo que… .

       Sin que ninguno de los dos lo notara, sus labios ya estaban demasiado unidos para hablar, demasiado cercanos para otra cosa que no fueran un beso, y el universo volvía a ser, por única vez, un lugar perfecto     

       Tokio-3, Japón

       El ocaso trajo consigo una llamarada carmesí con dorado que tiñó el horizonte como una larga pincelada de color, como sí quisiera despedir al sol antes de que hubiera desaparecido del todo. Con la llegada de la noche, las estrellas se asomaron al cielo, semejante a partículas de cristal esparcidas sobre la negrura. Bajó la creciente oscuridad, las azoteas de los edificios esperaban sumidos en un silencio pensativo.

       El general Kymura dio otra calada al puro que sostenía y exhaló con placer. La devastación causada en Tokio-3 por el ataque del último shito era abrumadora. Prácticamente la ciudad se había convertido en un desolador campo de batalla y la mayoría de los habitantes ya habían huido. Los que aún quedaban no tardarían en hacerlo.

       —¿Señor?

       Kymura inhaló una vez más y se volvió para mirar al hombre uniformado que le había hablado.

       —Nuestra última información confirma nuestras sospechas acerca de SEELE y NERV. Tal y como lo pensamos, el comandante Ikari ha estado jugando en ambos lados.

       El general lo miró con ojos entornados. Su expresión era fría, casi desinteresada, pero al cabo de un momento asintió.

       —Ikari es un estúpido. Su exceso de confianza es una ventaja que debemos aprovechar. Es hora de poner nuestro plan en práctica, ¿tienes el nombre de su hijo?

       El uniformado asintió y le extendió una carpeta que llevaba bajó el brazo. El general Kymura inhaló una vez más y comenzó a ojear la carpeta con detenimiento.

       —Introvertido, poco social y retraído —comenzó a leer. Al cabo de un momento alzó la vista nuevamente—. Ponte en contacto con el coronel Nakamura para que arregle los papeles de Kirishima.

       El uniformado asintió con la cabeza antes de retirarse. Una vez que estuvo solo nuevamente, Kymura volvió la vista hacia Tokio-3 y sonrió malévolamente mientras sus ojos destellaban con un brillo rojo.

       Continuará… .

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s