Leyenda 043

LA LEYENDA

por Asiant Uriel

CAPITULO XLIII

LÁGRIMAS DE ARREPENTIMIENTO

Tierra.

       Allus era uno de los mejores guerreros del imperio de Abbadón. Cuando N´astarith decidió adiestrarlo como un Kha Khan, supo de antemano que se convertiría en un gran combatiente. Quizá no estaba a la altura de Tiamat y de otros guerreros, pero sin lugar a dudas sería un excelente elemento para sus futuros planes. Allus se había pasado casi veinte años luchando en diferentes partes de la galaxia, matando y destruyendo a los Caballeros Celestiales que tenían el infortunio de cruzarse en su camino.

       Sin embargo, aquel día el Khan de Caribdis se había encontrado un rival que le hacía recordar sus mejores batallas en contra de los odiosos Celestiales.

       Francisco Ferrer debía reconocer que su juventud ya había quedado muy atrás y no era tan fuerte como antes. Su ventaja, en dado caso de que tuviera una, sólo podía venir de su experiencia y la verdad no le estaba sirviendo de mucho.

       —Creo que ya es hora de terminar con esta batalla, Ferrer —murmuró Allus en voz alta—. La hora de tu fin está muy cerca.

       El meganiano le lanzó una mirada feroz.

       —Yo estoy listo para morir desde hace mucho tiempo, Allus —replicó Francisco con renovada determinación—. He pasado por mucho y visto innumerables tragedias por toda la galaxia. Conozco bien el dolor que produce el perder a tus seres queridos debido a la estupidez de la guerra —cerró los ojos, luego esbozó una tenue sonrisa sombría y finalmente bajó la cabeza—. Sin embargo también he tenido momentos de felicidad como lo fue cuando encontré nuevamente a mis hijos. Sólo me queda asegurarles un destino que puedan vivir.

       El Khan lo miró con un gesto impasible.

       —En ese caso me aseguraré de darte el fin que te mereces, traidor.

       Francisco Ferrer abrió los ojos enormemente. Levantó los brazos y luego los bajó violentamente, liberando así un inmenso y poderoso arco de energía luminosa.

       —¡Flare!

       Allus no pudo disimular su sorpresa al ver a Francisco lanzar ese ataque tan impresionante. A simple vista aquel arco de luz parecía una gigantesca ola de energía dorada que amenazaba con engullirlo. Un viento caliente le acarició el rostro. Aquella era una energía calorífica que parecía provenir del mismo sol.

       Sin embargo, el Khan imperial decidió repetir la misma maniobra con la que antes había neutralizado todos los ataques de su oponente. Abrió la boca y empezó a succionar la energía rápidamente. En unos instantes, la gigantesca ola de luz desapareció por completo.

       Al darse cuenta de lo sucedido, Ferrer crispó los puños con furia.

       —¡Eres un maldito! —le espetó iracundo—. ¡Cobarde!

       Allus le sonrió burlonamente.

       —Te he dicho que puedo absorber toda la energía que me arrojes —declaró a la vez que levantaba una mano con la palma vuelta hacia delante—. Ahora es mi turno… ¡Muere!

       El Khan disparó una brillante ráfaga de luz en contra de Francisco. El meganiano, por su parte, sólo alzó una de sus manos y atrapó el disparo fácilmente.

       —Quizás no lo sepas aún —masculló Francisco, mientras la esfera de luz que mantenía en su mano se desvanecía paulatinamente—. Pero yo también puedo absorber la energía de mis adversarios. En pocas palabras, los ataques de energía no pueden hacerme mucho daño como tú crees. ¿Qué te parece?

       Allus soltó una sonora carcajada.

       —Eso sí que es una verdadera noticia —murmuró divertido—. En ese caso creo que ninguno de los dos ganará este combate sí usamos ráfagas de energía, ¿verdad? Sólo nos queda hacerlo a puñetazo limpio.

       Francisco entornó la mirada, pero antes de que pudiera articular una sola palabra, Allus desplegó una poderosa aura y enseguida se arrojó contra él para propinarle un potente puñetazo en pleno rostro que lo lanzó por los aires.

       Como sí se tratara de un veloz proyectil, el cuerpo del emperador meganiano hendió los aires totalmente sin control. Iba a estrellarse de cabeza contra una montaña cuando Allus apareció en su camino de pronto y usando ambos puños le descargó otro golpe en el pecho que lo envió directamente hacia abajo.

       Francisco se estrelló en las rocas produciendo un gran estruendo. El impacto levantó enormes cantidades de polvo y escombros que impedían toda visibilidad. Antes de que el polvo terminara de asentarse todavía, Allus se colocó de manera horizontal y abrió la boca sobre el sitio donde se había estrellado su adversario, descargando una violenta andanada de misiles luminosos.

       Todo el lugar explotó en mil pedazos.

       De pronto los escombros salieron disparados por los aires, y la figura del poderoso emperador de Megazoar emergió rodeado por una intensa aura de color fuego. Allus se cruzó de brazos y descendió frente a Francisco, quien lucía bastante agotado ante los continuos embates del poderoso Khan de Caribdis.

       —Vaya, eres bastante difícil de liquidar por lo que se puede ver —masculló Allus apenas puso un pie en el suelo—. Sin embargo, aunque puedas absorber la energía, no podrás impedir que te acabe con mis golpes —hizo una pausa y se golpeó el puño efusivamente—. Voy a destrozarte, viejo.

       Francisco retrocedió un paso, pero no porque estuviera atemorizado, sino porque sentía que ya no podía mantenerse en pie. Alzó la mirada mientras jadeaba y contempló el tranquilo rostro del Khan, que a diferencia de él, no lucía nada cansado. “¿Qué puedo hacer?”, pensó con desesperación. “¿De qué manera puedo derrotar a este maldito infeliz?”.

       —Ahora veo lo equivocado que estaba al menospreciar tus poderes, Allus —reconoció Francisco—. Creo que para derrotarte tendré que usar la técnica más poderosa de la familia real de Megazoar —Cerró un puño y lo levantó a la altura del hombro, desplegando una poderosa aura de aspecto llameante—. Con esta técnica sacrificaré la inmortalidad que poseo, la fuerza vital equivalente a milenios. Es una energía positiva muy poderosa. Cometí un grave error al creer en las promesas de N´astarith de traer el orden y la paz a la galaxia. Sin embargo mis hijos se encargarán de remediar ese error.

       Allus sonrió, imaginando que el meganiano solamente estaba fanfarroneando.

       —No importa que clase poder utilices. Te demostré que tus técnicas son basura para mí —Se acercó unos cuantos pasos—. Ya es hora de terminar con esta pelea de una buena vez… —Desplegó su aura—. Es hora de que conozcas la fuerza que rechazaste al traicionarnos, el poder infinito del aureus.

       Francisco esbozó una tenue sonrisa maliciosa. El aura que lo rodeaba empezó a aumentar más y más, levantando violentas ráfagas de aire en torno a él. Por extraño que pareciera, aquella increíble aura de luz ya había rebasado los niveles de un Khan ordinario.

       —Esta es la legendaria técnica del Sacrificio. Con ella te convertiré en polvo, Allus. Creí que podría derrotarte de otro modo, pero ahora veo que no. Sí tengo que morir al menos me aseguraré de llevarte conmigo para que ya no puedas hacerle más daño a nadie.

       —Hablas de la misma técnica que amenazaste con usar en Armagedón, ¿eh? —le preguntó el Khan de Caribdis, enarcando una ceja—. Creí que no la usarías porque eres un cobarde. ¿Acaso ya cambiaste de opinión? No te atreverás a hacerlo.

       El meganiano esbozó una sonrisa, llevó su vista al cielo por un momento mientras la fuerza del aura que lo rodeaba alzaba sus cabellos hacia arriba. Unas cuantas lágrimas escurrieron por sus mejillas.

       —Adiós, Armando, David y especialmente, Jesús.—Francisco extendió ambos brazos hacia delante, mostrando dos enormes esfera de energía frente a sus palmas—. ¡Prepárate para conocer el verdadero poder de los meganianos, maldito cobarde!

       El guerrero de N´astarith estaba estupefacto. A pesar de que él mismo se jactaba de ser uno de los guerreros Khans más poderosos, no podía pasar por alto el enorme poder que su antagonista estaba reuniendo. Aún cuando Francisco no conocía, ni utilizaba el poder aureus, la energía que estaba saliendo de su cuerpo era tan poderosa que cualquier guerrero de Abbadón en su sano juicio lo habría pensado dos veces antes de luchar con él. Sin embargo, el Khan de Caribdis era famoso por ser un demente que solía jugarse el todo por el todo con tal de nunca perder una batalla.

       —No podré ganarle sí no uso mi máximo poder. Tendré que arriesgarme —Allus bajó la cabeza y empezó a generar una poderosa aura luminosa a su alrededor. Era una luz tan perfecta, tan sutil y tan mágica que parecía imposible que pudiera ser usada para infringir daño—. Debo tener cuidado o yo también podría morir… .

       El meganiano abrió los ojos de par en par sin dar crédito a los que veía. El cabello de Allus se estaba volviendo blanco, y no sólo era eso, el color de su tez se aclaraba más y más a cada momento. Sin embargo, el detalle que más llamó su atención era que Allus no mostraba ninguna aura. No podía perder más tiempo. Era ahora o nunca.

       —¡Sacrificio!

       De las manos de Francisco salieron un par de poderosos rayos que se dirigieron hacia el imperial, rasgando el aire a una increíble velocidad.

       Allus vio las ráfagas acercándose y sonrió con maldad. Alzó la cabeza hacia atrás y dando un fuerte grito, expulsó una gran cantidad de poder que engulló, primero los rayos y luego al mismo Francisco para finalmente provocar una enorme explosión de luz. La fuerza del estallido fue de tal magnitud que levantó una gigantesca onda expansiva que arrasó con todo a su paso, desatando un violento mar de destrucción que hizo temblar la tierra en kilómetros a la redonda.

Estados Unidos de América
Washington D. C. 

       En el despacho oval de la Casa Blanca, el presidente Wilson había convocado a una importante reunión de emergencia. Estaba el jefe del Estado Mayor, Alexander Yaner, el responsable de la Junta de Jefes de Estado Mayor, el general Scott, y el secretario de Defensa, Roger Barneer.

       —Quiero recordar a todos que aliarnos a N´astarith es nuestra única opción real de sobrevivir —estaba diciendo Scott en ese momento—. Sí nos oponemos a sus designios, él no dudará en exterminarnos de la faz de este planeta. Afortunadamente los invasores han accedido a nuestra petición de retirar la mayor parte de sus fuerzas de la Tierra.

       —Eso es cierto, señor presidente —admitió Alexander—. Sí colaboramos con el imperio de Abbadón quizás podamos asegurar nuestra supervivencia. Pero en lo que no estoy de acuerdo es en ignorar al Congreso de las Naciones Unidas de la Tierra para llevar a acabo estos arreglos, además está el hecho de que hicimos un pacto con la Alianza previamente. No podemos ignorar todo esto y ahora hacer una alianza abiertamente con N´astarith.

       —Disculpa —intervino Barneer—. Pero sí no mal recuerdo, unirnos a la Alianza Estelar fue lo que nos llevó a esta estúpida guerra. Gracias al cielo la mayor parte de la flota terrestre se salvó de la destrucción. Fue una verdadera suerte que se haya dirigido al planeta Venus por equivocación.

       Alexander le lanzó una mirada de desconfianza.

       —¿Una suerte, Barneer? —repitió irónico—. La armada debió haber participado en la defensa de la Tierra cuando ésta fue invadida por las naves de N´astarith. Tengo razones para suponer que alguien dio la orden de dirigirse a Venus a propósito.

       —Vamos, Alex —murmuró Scott dándole una palmada en la espalda—. Con todo lo que pasó es probable que alguien haya dado esa orden por equivocación, quizás fue la misma Alianza quien intervino nuestras comunicaciones durante la batalla.

       —Es verdad —convino Barneer—. Este no es el momento para buscar culpables entre nosotros, ahora lo importante es ver que decisión tomaremos con respecto al futuro de nuestro mundo. La Alianza Estelar nos ha abandonado y no hay razón para respetar el tratado que tenemos con ella. Propongo que negociemos un acuerdo de paz con N´astarith. Después de todo, el gobierno de los Estados Unidos siempre ha visto por el bienestar de toda las naciones de la Tierra, incluso mejor que el mismo congreso de las Naciones Unidas.

       —Exacto —lo apoyó Scott—. Además queda el problema del general MacDaguett. Él huyó de la Tierra llevándose consigo la tercera parte de la armada y se unió a las fuerzas de la Alianza Estelar. Confió en MacDaguett plenamente y sé que sí le pedimos que regrese no habrá problema, pero lo que me preocupa es la Alianza Estelar. Quizás sus lideres quieran obligarlo a iniciar un ataque suicida contraArmagedón y recordemos que esa estación actualmente se encuentra en órbita sobre la Tierra. Una batalla sobre nuestro planeta en estos momento sería perjudicial para todos nosotros.

       —No puedo creer lo que estoy viendo y oyendo —intervino Alexander, extrañado por el inesperado giro que había tomado la conversación—. Hace un mes el imperio de Abbadón era el enemigo y ahora todos están culpando a la Alianza Estelar de todo lo ocurrido. Ellos nos han apoyado en todo lo que les hemos pedido desde el principio. No puedo entender esta actitud y tampoco estoy de acuerdo en ignorar al Congreso de las Naciones.

       —Tenemos razones para creer que fue la Alianza quien inició la guerra con Abbadón. Hasta ahora los embajadores de N´astarith se han mostrando bastante conciliadores con nosotros —el tono de Barneer era sereno—. Creo que hemos sido víctimas de un engaño por parte de la Alianza. Ellos querían convencernos para que peleáramos por ellos y ahora que ya lo hicimos nos han abandonado a nuestra suerte. Además, podemos aprovechar la situación para recuperar el control perdido sobre la política mundial.

       Alexander volvió la mirada hacia el presidente Wilson para observarlo. Había algo muy raro en el comportamiento de todos los presentes; primero justificaban la presencia de la mayor parte de la armada en el planeta Venus durante la batalla en Marte y luego mostraban una actitud bastante hostil para con la Alianza Estelar sin mencionar aquella intención de hacer a un lado al Congreso Mundial. Iba a hacer un comentario respecto a esos puntos cuando la lámpara que colgaba del techo empezó a encenderse y apagarse.

       Un ruido que comenzó como un murmullo empezó a hacer audible y a penetrar por las paredes. Los adornos en el escritorio del presidente se pusieron a vibrar, eso sólo podía significar una cosa: un terremoto.

       La discusión se olvido enseguida.

Armagedón.

       En la sala del trono imperial, N´astarith volvió la mirada hacia la enorme ventana que le permitía observar la Tierra más allá de la flota de naves abbadonitas que la rodeaban. A pesar de estar tan lejos, el emperador de Abbadón podía percibir sin problemas la poderosa energía producida por Francisco en el momento en que éste había utilizado su técnica del Sacrificio.

       —¿De quién demonios es esta energía tan poderosa? —preguntó José Zeiva mientras permanecía prisionero en sus habitaciones—. Es un poder increíble ¿Acaso este es el verdadero poder de Francisco?

       —No puedo creerlo —masculló Luis Carrier, que aguardaba juntó a él—. Su poder es realmente inmenso.

       Así mismo, los Khans y otros guerreros meganianos que se encontraban a bordo de la estación imperial, también pudieron sentir aquella sensación. Poco a poco la presencia de Francisco Ferrer fue disminuyendo paulatinamente hasta que finalmente desapareció por completo, anunciando su muerte.

       Cerca de Armagedón y de la Tierra, en una de las tantas naves meganianas que se abría paso luchando contra los Devastadores Estelares mientras huían del sistema solar; Armando y David sintieron el momento exacto en el que su padre murió. David no pudo evitarlo y golpeó con el puño una pared mientras sollozaba.

       Armando, por su parte, se volvió un instante hacia una ventana y observó la esfera resplandeciente de la Tierra en completo silencio. Algunas lágrimas salieron de sus ojos, pero no dijo nada. Bajó la cabeza apesadumbrado mientras el dolor inundaba su alma y su corazón.

       —Adiós, padre —musitó para sí.

Tokio, Japón
Distrito Juuban

       Un rayo hendió los cielos, pero nadie le prestó atención. Andrea observaba a cada de una de las Sailors Senshi que los rodeaban preguntándose que era lo que estaban a punto de hacer. Verlas así, tomadas de las manos y formando un circulo a su alrededor, daban la apariencia de que estaban a punto de realizar alguna especie de conjuro mágico. Entre Asiont y ella habían colocado a los heridos en el centro del círculo.

       —Ayúdenos, por favor —murmuró Sailor Pluto, dirigiéndose a Andrea—. Guarden silencio mientras nos concentramos.

       La reina de Lerasi asintió con la cabeza y cerró los ojos haciendo exactamente lo que Pluto le pedía.

       Asiont percibió claramente como cada una de las Senshis estaba elevando su aura lentamente. Miró de reojo a cada chica evaluándolas con la mirada. No confiaba del todo en Sailor Uranus y en su adorable compañera Neptune, pero sí en Sailor Moon, Mercury y Venus, así que verlas participar en aquella maniobra le proporcionó cierta seguridad.

       Una a una, las diferentes Sailor Senshi fueron elevando sus energías internas y preparándose para usar la teletransportación. De pronto, Andrea abrió un párpado discretamente y observó que cada una de aquellas chicas que los rodeaban estaba emanando una aura de luz de diferente color. Finalmente, todas las auras se fundieron en un resplandor tan intenso que los cubrió por completo. Tras unos segundos de espera, todos desaparecieron.

Santuario de Atena, Grecia

       Dando grandes saltos a través del camino escalonado que subía por la montaña, Aicila y los demás guerreros imperiales llegaron hasta la entrada de la tercera Casa de Géminis seguidos por los soldados imperiales.

       —No percibo ninguna presencia dentro de este templo. Creo que no hay nadie —anunció Sombrío, examinado todo el lugar minuciosamente—. Mi escáner visual no da señales de ningún ser viviente dentro de este templo. Los detectores de carbono y calor no indican la presencia de nadie en este lugar.

       Shield se acarició la barbilla en tono pensativo y dijo:

       —Es extraño, pero esos guardias dijeron que había un guerrero en cada uno de los doce templos que había camino a la cima —hizo una pausa y giró la cabeza hacia donde estaba Aicila—. ¿Crees que nos hayan mentido?

       La Khan de la Arpía reflexionó un poco antes de responder.

       —Quizás no se encuentre por alguna razón —Aicila avanzó un paso mirando todo a su alrededor—. Pero aunque pudiera desaparecer su presencia, los detectores de carbono y calor en los escáneres visuales nos indicarían de su existencia —alzó la mirada y examinó el templo detenidamente—. Vayamos pues.

       Sin perder tiempo, todos los guerreros imperiales y los shadow troopers penetraron en el interior de la Casa de Géminis decididos a atravesarla.

       Dentro del templo, todo parecía normal, incluso algunos de los soldados imperiales se vanagloriaban de haber obtenido un golpe de suerte. Sin embargo, a pesar de la aparente fortuna que gozaban, algo raro ocurría. Todo era tinieblas dentro de la Casa de Géminis. Era una oscuridad casi absoluta y no se veía señales de que la salida estuviera por ninguna parte.

       Sombrío, que iba al frente del grupo, sonrió divertido mientras contemplaba las enormes columnas, iba a hacer un comentario más respecto a lo fácil que hubiera sido acabar con el Santo guardián de aquella casa cuando, súbitamente, se detuvo de golpe.

       —¿Qué sucede, Sombrío? —le preguntó Talión extrañado—. ¿Por qué demonios te detienes, idiota?

       El Khan del Lobo alzó un brazo para señalar una oscura silueta situada frente a ellos. Si había un guerrero dentro de la Casa de Géminis después de todo. El misterioso desconocido iba revestido con alguna clase de armadura y llevaba una capa sobre sus espaldas. 

       —¿Qué demonios es lo que pasa ahora? —preguntó Kadena sin dirigirse a nadie en concreto—. ¿Quién es ese maldito? ¿Otro de esos Santos de Oro?

       Ogitál se golpeó la palma con el puño.

       —El guerrero que defiende este lugar sin duda —aventuró—. ¿Pero cómo pudo pasar inadvertido para nuestros escáneres visuales? No puedo explicarme cómo es que no lo detectaron hace unos momentos.

       Aicila enarcó una ceja.

       —No lo entiendo, no percibo ninguna presencia frente a nosotros —murmuró en tono pensativo. Se llevó una mano a su escáner y lo activó—. El aparato tampoco capta nada.

       Shield supuso que quizás el escáner de Aicila sufría de alguna descompostura, así que se giró hacia el Khan de las Llamas y dijo:

       —Talión, ¿por qué no usas el tuyo? —le sugirió—. Quizás el de Aicila no funciona correctamente, puede que se haya descompuesto durante su lucha con ese tipo llamado Aldebarán.

       El Khan de las Llamas así lo hizo y tras instante llegó a la misma conclusión que su compañera.

       —Lo que Aicila dice es verdad, aquí no hay nadie. No hay señales de vida dentro de este templo.

       Sombrío, que aún continuaba observando aquella extraña silueta plantada delante de él, miró a sus compañeros por encima del hombro un instante.

       —¿Qué no hay nadie? —se burló—. ¿Y ese fulano quién es? ¿Un fantasma?

       —Probablemente sea alguna ilusión —aventuró Aicila, quitándole importancia al asunto—. O quizás se trate de un muñeco que alguien dejó para espantar a cualquier invasor. De cualquier modo no parece que se trate de algún guerrero.

       De repente, el enorme “muñeco” dio un paso al frente dejando ver claramente que se trataba de un Santo de Oro.

       —¡Esta vivo! —exclamó Sombrío—. ¿Qué demonios es lo que sucede aquí?

       Talión se colocó a un costado del Khan del Lobo y lo apartó con el brazo.

       —A un lado, yo acabaré con ese maldito gusano —alzó los brazos mostrando las palmas abiertas, una esfera de fuego apareció en sus manos—. ¡Muere!

       El Khan de las Llamas lanzó una intensa llamarada en contra del guerrero desconocido. Pero por increíble que pareciera, el rayo de fuego se introdujo directamente por la cara del Santo de Oro y desapareció en su interior. Parecía como sí hubiera disparado dentro de un agujero en una pared.

       —¡¿Qué fue eso?! —exclamó Talión sorprendido—. ¡No puedo creerlo!

       De pronto, un rayo de fuego surgió sorpresivamente del rostro de Géminis y se abalanzó contra los Khans.

       Talión apenas tuvo tiempo para extender los brazos con las palmas vueltas hacia delante para bloquear el potente ataque. Las flamas golpearon las manos del Khan y se disiparon rápidamente sin causarle daño.

       —No entiendo que demonios sucede aquí —masculló el Khan de las Llamas—. Podría jurar que ese era mi propio ataque, pero ¿cómo diablos lo hizo?

       Aterrados, algunos de los soldados meganianos soltaron sus armas y se abrazaron entre ellos, sollozando como un grupo de niños perdidos en el bosque.

       Molesto por su fracaso al tratar de derrotar a aquel misterioso guerrero, Talión se giró hacia los soldados listo para sacar toda su furia contra ellos.

       —¡Cállense, inútiles!

       Aicila observó detenidamente a aquel extraño Santo de Oro que aguardaba frente a ellos. Con los brazos colgados a ambos costados y en completa calma, Géminis daba la impresión de que prefería permanecer a la defensiva en lugar de atacar. Por unos breves momentos reflexionó en lo que acababa de pasar, de alguna forma Géminis había conseguido regresar el ataque a Talión usando alguna especie de poder.

       Sin embargo también estaba completamente segura de que no había nadie dentro del templo. Aun cuando todos los escáneres estuvieran descompuestos, su percepción no podía fallarle.

       La solución al problema se volvía obvia, alguien o algo los estaba atacando desde otra parte y utilizaba aquella armadura dorada como un enlace para hacer llegar sus poderes hasta el templo de Géminis. Esa era la única explicación posible.

       —Ya entiendo todo claramente —murmuró la Khan de la Arpía en tono pensativo—. Quienquiera que está detrás de todo esto es muy astuto. Un verdadero genio.

       Sombrío se volvió hacia su compañera con una expresión de desconcierto.

       —¿Se puede saber de qué hablas? —preguntó intrigado—. ¿Descubriste qué demonios sucede aquí?

       Aicila continuó hablando sin apartar su mirada de la figura de Géminis.

       —Sí, por extraño que parezca aquí no hay nadie realmente.

       Shield alzó ambas cejas, sorprendido con aquella declaración.

       —¿Cómo que no hay nadie, Aicila? —guardó silencio y señaló en dirección al misterioso guerrero dorado ubicado frente a ellos—, ¿qué hay de él?

       —Él no es real —prosiguió la Khan—. Es sólo una armadura vacía —se volvió hacia sus compañeros por encima del hombro—. Alguien está usando esta armadura dorada para hacer llegar sus poderes hasta este maldito templo mientras él permanece en otro lugar —Guardó silencio y se giró hacia Géminis nuevamente—. La armadura es el conducto, por eso el ataque de Talión se reflejó en nuestra contra.

       Talión se acarició la barbilla. Su compañera había logrado desentrañar el misterio que envolvía ese templo.

       —Ya veo, ya veo.

       Aicila comenzó a andar hacia el supuesto Santo de Géminis.

       —Sí neutralizamos el enlace, la ilusión terminara —murmuró confiadamente.

       De pronto, la Khan desplegó su aura y se lanzó directamente contra Géminis. Utilizando sólo sus puños, Aicila golpeó cada una de las partes de la armadura hasta que ésta se desplomó por los suelos mostrando que estaba vacía.

       En cuanto el último fragmento de la armadura dorada tocó el piso, la oscuridad reinante en el Templo de Géminis desapareció por completo y todos pudieron vislumbrar la salida a unos cuantos metros frente a ellos. Había estado ahí todo el tiempo.

       —Tenía razón —concluyó Aicila—. Realmente no había nadie aquí.

       Sombrío se agachó para observar de cerca algunas partes de la armadura dorada.

       —Vaya, por un momento creí que se trataba de un fantasma.

       —No seas imbécil —le reprendió Talión—. ¿Cómo se te ocurren esas idioteces? En fin, no perdamos más el tiempo y sigamos adelante.

       Nadie pudo mostrarse en desacuerdo.

Salón del Gran Maestro.

       Muy cerca de la cima de la montaña donde estaba el Santuario, más allá de las Doce Casas del Zodiaco, existía un enorme Templo en el cual Saori Kido, la reencarnación de Atena se encontraba meditando desde hacía varios días. Aquel lugar era el sitio desde donde se gobernaba todo el Santuario y era mejor conocido por todos los Santos como el Salón del Gran Maestro. Le llamaban el Salón del Gran Maestro porque en ese lugar residía el Patriarca del Santuario, quien se suponía era el líder de todos los Santos que peleaban para la diosa.

       Saori se hallaba reflexionando sobre la difícil situación que estaba atravesando el Santuario cuando las puertas de la habitación principal se abrieron de golpe, dando entrada a un joven de larga cabellera azul y armadura dorada. Se trataba de uno de los Santos de Oro más poderosos.

       —Atena, algo terrible ha pasado —comenzó a decir Milo, Santo de Oro de Escorpión—. Unos extraños guerreros han empezado a recorrer las Doce Casas. Al parecer ya han conseguido pasar por las Casas de Aries y Tauro.

       Saori miró al santo fijamente y asintió levemente con la cabeza. La figura femenina de la diosa era de una belleza singular. Aparentaba más o menos la misma edad que Seiya y Shun. Tenía largos cabellos hasta la altura de la cintura y vestía un sencillo vestido blanco. No era nada diferente de una joven común, incluso considerando su extraordinaria belleza.

       —Lo sé, Milo, me temo que este es el terrible peligro que he estado presintiendo desde hace tiempo.

       —Hace un momento percibí la presencia de un extraño cosmos en el Salón del Maestro —prosiguió el Santo de Escorpión—. Me preguntaba sí alguno de esos guerreros había conseguido llegar hasta acá.

       —La persona que ha entrado en el Salón del Maestro no es un enemigo, Milo —respondió Saori tranquilamente—. Él ha venido para ayudarnos.

       En ese momento, un segundo sujeto salió de entre las cortinas provocando el sobresalto de Milo. El Santo de Escorpión observó detenidamente a aquel hombre, reconociéndolo enseguida. El hombre era alto y delgado, de facciones finas, los ojos de un color oscuro penetrante. El cabello, de un azul intenso, era tan largo como el de Milo. Se trataba de un hombre que era considerado un traidor por todos en el Santuario.

       —¡No puede ser! ¡Tú eres Kanon! —exclamó Milo—. ¡El hermano de Saga de Géminis!

       El joven de larga cabellera asintió.

       —Es cierto, yo soy Kanon de Géminis. Pero aunque lo dudes, Milo, estoy muy arrepentido por mis errores. He venido hasta este lugar para lavar los pecados de mi hermano y los míos.

       La expresión en el rostro de Milo pasó rápidamente del desconcierto a la furia.

       —Olvídalo, Kanon —le espetó con evidente desprecio—. Será mejor que dejes el Santuario de inmediato. Aún cuando Atena confíe en ti, nosotros los Santos de Oro jamás lo haremos. Eres un miserable.

       Kanon cerró sus ojos y bajó la cabeza.

       —Lo lamento, pero no puedo hacerlo. Al menos no hasta que me aseguré de que Atena esté a salvo.

       —Entonces tendré que expulsarte por la fuerza —replicó el Santo de Escorpión—. Sí no te vas tendré que matarte.

       Kanon volvió el rostro hacia Saori por un instante. Luego de mirarla directo a los ojos, el joven negó con la cabeza rehusándose nuevamente. Había pasado por muchas cosas para darse cuenta del terrible error que había cometido en el pasado y no estaba dispuesto a desistir de su intención de proteger a Atena.

       —Ya te he dicho que no puedo hacerlo —insistió con vehemencia—. Sí he venido hasta este lugar ha sido únicamente para proteger a Atena. Sólo así podré redimirme ante los dioses y ante mí mismo.

       —Yo no puedo confiar en una persona que usó al mismo dios Poseidón para tratar de dominar el mundo. Vete ahora mismo. Es tu última oportunidad.

       Kanon lo miró. Sabía que Milo no dudaría en atacarlo e incluso matarlo de ser necesario. Pero no estaba dispuesto a irse, no sin antes salvar a Atena como un verdadero Santo.

       —No lo haré —respondió, fijando su postura—. No cambiaré de opinión

       De pronto, un fino rayo de color escarlata atravesó el pecho de Kanon a la velocidad de la luz. El ataque provocó que Kanon se estremeciera debido al dolor.

       —No importa lo que me hagas, Milo —murmuró Kanon con voz trémula, doblándose ligeramente hacia delante—. No me iré de aquí… .

       Milo atacó nuevamente y otros nueve rayos de luz embistieron el cuerpo de Kanon, haciéndolo retroceder mientras se tambaleaba. El dolor era insoportable. La técnica de Milo, conocida como Scarlet Neddle, atacaba los nervios centrales y paralizaba todo el cuerpo con un terrible y agudo dolor.

       Durante el ataque, el Santo de Oro iba trazando las quince estrellas que formaban la constelación del Escorpión sobre el cuerpo de su víctima. Normalmente nadie podía resistir más de seis disparos antes de morir o empezar a suplicar por su vida. Se decía que quienquiera que recibiera los quince golpes era seguro que moriría.

       Pero a pesar de todo el sufrimiento que Kanon sentía en ese momento, éste aún podía mantenerse de pie denotando una enorme determinación que fue percibida tanto por Milo como por Saori. El Santo de Escorpión atacó nuevamente y tres rayos más hicieron blanco en el cuerpo de Kanon, obligándolo a caer de rodillas al suelo en medio de un horrible sufrimiento.

       —No comprendo porque no te vas, Kanon —le dijo Milo, extrañado—. Ya has recibido diez golpes, sí recibes más de mi Scarlet Needle es obvio que morirás —Volvió el rostro hacia donde estaba Saori en espera de que ésta lo detuviera, pero ello no ocurrió. En vez de abogar por la vida de Kanon, la joven permanecía inmóvil, observando toda la situación en completo silencio.

       Kanon alzó la mirada lentamente, una especie de sonrisa le iluminó el rostro.

       —Vamos, Milo ¡Continua!

       Y el Santo de Oro así lo hizo; otros cuatro rayos escarlata atravesaron el cuerpo de Kanon.  La sangre comenzó a manar de sus heridas de forma abundante y no sólo era eso, también podía sentir como iba perdiendo sus cinco sentidos uno a uno.

       —Será mejor que te prepares para recibir a el ataque final, Kanon —le advirtió Milo, alzando un brazo para preparar el quinceavo golpe mortal—. Ahora recibirás Antares y con ello morirás.

       Kanon no respondió nada, el constante dolor de sus heridas le impedía hablar y moverse. Sin embargo, pudo ponerse de pie nuevamente dispuesto a enfrentar su destino aun a sabiendas de que sí recibía el quinceavo golpe, moriría.

       Moviéndose a la misma velocidad de la luz, Milo golpeó con su dedo índice el abdomen de Kanon, quien luego de recibir el impacto retrocedió un par de pasos tambaleándose. Finalmente, luego de mirar a Atena a los ojos por un segundo, Kanon se desplomó.

       Una vez que el hermano de Saga quedó en el suelo, el Santo de Escorpión se giró hacia donde estaba Saori Kido y se arrodilló ante ella. En su interior, aún no podía creer en el valor que habia demostrado Kanon.

       —Atena, debo irme —comenzó a decirle—. Puedo sentir el cosmos de esos guerreros y debo regresar a la Casa de Escorpión cuanto antes para protegerla —se levantó y empezó a caminar hacia la salida.

       Saori asintió y volvió la mirada hacia donde estaba Kanon justo a tiempo para ver como éste se incorporaba del suelo. Kanon no podía creerlo. Aún continuaba con vida, lo que no podía comprender como es que ello era posible. Hasta ahora nadie que hubiera recibido las quince Scarlet Neddle de Milo había logrado sobrevivir. Realmente esta muy confundido.

       —¡Espera, Milo! —exclamó, llamando al Santo de Oro que se alejaba—. ¿Cómo es que dejas a Atena con un enemigo como yo a su lado?

       El Santo de Escorpión se detuvo un momento y se volvió para mirarlo por encima del hombro.

       —Aquí ya no hay más un enemigo. El que está aquí es mi hermano y su nombre es sólo el Santo de Oro de Géminis Kanon.

       Kanon estaba sorprendido. Algunas lágrimas de arrepentimiento empezaron a escurrir por su rostro mientras el Santo de Escorpión se alejaba, abandonando el Salón del Maestro. De pronto, comprendió todo lo que había sucedido. En el último momento, Milo había decidido detener el flujo sanguíneo en lugar de aniquilarlo con su ataque Antares.

       Todo lo que Milo hizo fue para reconocerme con un verdadero Santo, pensó.

       —Así es, Kanon —dijo Atena, sacándolo de sus pensamientos—. El corazón de Milo estaba claro para mí y por ello no tuve que intervenir.

       Fuera del Salón del Gran Maestro, Milo de Escorpión se detuvo un momento. Volvió la vista por encima del hombro hacia la puerta por donde acababa de salir y sonrió.

       —El cosmos de los guerreros que atacan las doce casas es muy poderoso. De hecho es muy probable que algunos de nosotros caigamos en esta batalla —se dijo a sí mismo—. Kanon sólo ha prolongado su vida unas cuantas horas más.

Casa de Aries.

       Tiamat se lanzó contra Mu y le plantó un fuerte puñetazo en el rostro que lo arrojó por los aires. El cuerpo del Santo de Aries atravesó un par de columnas antes de estrellarse finalmente en una pared, provocando una lluvia de esquirlas de granito.

       —Es hora de acabar con esto, Mu —sentenció Tiamat mientras se le acercaba—. Eres un guerrero excepcional, pero mucho me temo que la hora de tu muerte está muy cerca.

       El Santo de Oro no respondió nada. Se puso de pie tambaleándose, listo para continuar la batalla a pesar del daño recibido.

       —De acuerdo, Tiamat.

       Justo cuando Tiamat estaba a punto de lanzar un nuevo ataque, la voz de Seiya rasgó el aire atrayendo la atención de ambos combatientes.

       —¡Aguarda!

       Tiamat llevó su rostro hacia la entrada de la Casa de Aries y vislumbró al joven que había golpeado unos momentos antes. Seiya tiró de una cadena y la caja que cargaba se abrió, revelando una estatura con la forma de un caballo alado, cubierta por un aura flameante de rayos azules y blancos. De repente, en medio de un destello, la estatua ganó vida y relinchó, para luego dividirse en varias partes que se adhidieron al cuerpo de Seiya.

       Piernas. Cinturón. Brazos. Pecho. Hombros. Cabeza.

       —¿Tú de nuevo? —le preguntó el Khan del Dragón—. Veo que eres muy persistente, mocoso.

       Seiya lo observó fijamente y luego levantó los brazos, haciendo una serie de movimientos.

       —Miserable, hace un momento me tomaste desprevenido —Un aura de color azul comenzó a rodearlo a medida que trazaba la constelación de Pegaso—. Pero está vez me las pagarás, prepárate —Un puño cortó el vacío, descargando una andanada de cien rayos luminosos que se abalanzaron sobre Tiamat a una increíble velocidad—. ¡Pegasus Ryuu Sei Ken! (Meteoro Pegaso)

       Una especie de sonrisa macabra iluminó el rostro de Tiamat, quien permaneció completamente inmóvil esperando el ataque. De repente, todos los rayos de luz estallaron unos tras otros a unos centímetros del Khan sin causarle el menor daño.

       El Santo de Pegaso abrió los ojos enormemente sin dar crédito a lo ocurrido.

       —No puede ser —murmuró incrédulo—. Mi Pegasus Ryuu Sei Ken no le hizo ni un rasguño. Esto no puede ser.

       Tiamat volvió a sonreír.

       —Eres tan patético que deshonras a los guerreros de este lugar. Ese ataque es tan inofensivo que no vale la pena ni meter las manos para bloquearlo —Juntó las muñecas de sus brazos y las llevó a un costado de su cuerpo, formando una esfera de luz resplandeciente—. Creo que ahora es mi turno… ¡Drako Fire!

       Una poderosa ráfaga de energía llameante abandonó las palmas del Khan y se dirigió hacia Seiya, explotándole encima en una bola de fuego que lo sacudió por completo.

       Seiya luchó con todas sus fuerzas para mantenerse de pie, pero el ataque había sido muy poderoso. Dio un paso hacia delante, tambaleándose antes de desplomarse en el suelo.

       —¡Seiya! —exclamó Mu con todas sus fuerzas, pero el Santo no se movió. Estaba inconsciente.

       Tiamat, por su parte, alzó el rostro hacia atrás y soltó una sonora carcajada.

       —Veo que este imbécil no vale nada —comenzó a andar hacia Seiya—. Lo eliminaré de una buena vez por todas.

       —¡Espera, Tiamat! —gritó el Santo de Aries, poniéndose en pie—. Esta batalla es sólo entre nosotros dos y de nadie más —Levantó un brazo, señalando el cuerpo de Seiya. De pronto, el cuerpo del Santo de Pegaso fue sacudido por una ráfaga de luz que finalmente desapareció—. ¡Starlight Extinction! (Extinción de luz Estelar)

       El Khan del Dragón sonrió y se volvió hacia Mu.

       —¿Así que decidiste salvarle la vida después de todo, eh? —preguntó divertido—. De todas formas eso no servirá de nada ya que este mundo está condenado. Aunque sobrevivan no podrán evitar que las fuerzas de Abbadón conquistemos la existencia.

       El Santo de Aries no dijo nada, elevó su aura y se preparó para el combate. Iba a atacar nuevamente cuando de pronto una voz, conocida para él, lo detuvo.

       —Espera, Mu.

       Tanto el Santo de Oro como el Khan llevaron sus miradas hacia la entrada de la Casa de Aries encontrándose con la figura de un diminuto anciano. Se trataba del Antiguo Maestro de Libra.

       —¡Antiguo maestro! —exclamó Mu de Aries, reconociendo al anciano—. ¿Qué es lo que hace aquí en Santuario?

       El viejo maestro volvió su arrugado rostro hacia el Santo de Oro y lo miró.

       —Yo me haré cargó de él, tú debes ir tras los otros guerreros que recorren las Doce Casas.

       —Pero, maestro —replicó Mu, intentando disuadirlo—. Él es demasiado poderoso, aun para usted.

       Los penetrantes ojos de Tiamat se posaron fijamente en el cuerpo del diminuto anciano como si quisiera ver dentro de él. Había algo en su persona que le decía que no era una persona ordinaria.

       —¿Quién es este viejo? —musitó para sí—. Tiene un Chi más poderoso que el de Mu.

Continuará… .

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