Leyenda 102

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO CII

UNA HECHICERA MUY ESPECIAL

Reino de Zefilia.

         —No sé de qué están hablando —Rina meneó la cabeza y sonrió nerviosamente mientras daba un paso hacia atrás. Ante ella sus amigos Zerugadisu y Shirufiru la miraban severamente. Era como sí supieran de antemano que trataba de ocultarles algo y el peso de esas miradas era algo que ella no podía soportar—. ¡Ya! ¡Dejen de verme de esa forma!

         Shirufiru examinó a Rina de arriba abajo hasta que reparó en la pequeña bolsa de cuero que colgaba de su cinturón. Rina, que parecía adivinar los pensamientos de la sacerdotisa del reino de Saairog, se apresuró a cubrir la bolsa con su mano en un vano y ridículo intento por esconderla.

         —¿Qué tienes en esa bolsa? —le preguntó Zerugadisu con suspicacia.

         —Eh, ¿de qué bolsa estás hablando? —murmuró Rina, volviendo la mirada en distintas direcciones como si no supiera de qué le estaban hablando—. No veo ninguna bolsa por aquí.

         —Se refiere a la que llevas en el cinturón —precisó Gaury causando que Rina le lanzara una mirada asesina—. Esa de cuero.

         —Ah, esta bolsa —dijo Rina hipócritamente—. Eh, son sólo unos panecillos.

         —Panecillos, que sabroso —murmuró Ameria, que parecía no haberse dado cuenta de las intenciones de Shirufiru y Zerugadisu—. ¿Por qué nos convida algunos de ellos, señorita Rina?

         —Sí, Rina —convino Shirufiru maliciosamente—. Convídanos de tus panecillos.

         —Eh, bueno, yo lo haría, pero lo que sucede es que… —Rina se llevó a bolsa tras de sí y retrocedió un paso—… con mucho gusto les daría uno, pero… —Alzó la mirada tratando de inventar alguna buena excusa y finalmente dijo—: Eh, están rancios, sí, duros como piedras.

         —A ver, déjame echarles un vistazo —dijo Gaury mientras se acercaba a la hechicera.

         Entonces, de repente, Rina le propinó un duro golpe con la bolsa a su amigo, que cayó como piedra. Mientras Gaury permanecía en el suelo viendo panecillos voladores, Rina se giró hacia sus amigos sonriendo de oreja a oreja como si lo que acababa de hacer fuera suficiente para demostrar la veracidad de su dicho.

         —Ya lo ven, los panecillos está duros como una piedra.

         —¡Gaury! —exclamó Shirufiru—. ¡Que salvaje eres, Rina!

         —Pobre Gaury —se lamentó Ameria mientras Shirufiru se acercaba al espadachín para ayudarlo a ponerse de pie—. Señorita, Rina, debe deshacerse de esos panecillos rancios o tendrá problemas.

         —Que buena idea, Ameria —repuso Rina al tiempo que echaba a caminar en dirección hacia unos árboles—, es precisamente lo que voy a hacer.

         —No te atrevas, Rina Inbaasu.

         Extrañada, Rina volvió la vista hacia la derecha y descubrió a una joven atractiva de cabello dorado y facciones sumamente delicadas. Estaba elegantemente ataviada con un vestido rosado y llevaba una capa blanca sobre sus hombros, la cual hacía juego con sus guantes.

         —Firia, tú también estás aquí. No puedo creerlo —murmuró Rina en voz baja—. ¿Es qué acaso hay una reunión por aquí cerca o qué?

         No sólo Rina reaccionó con sorpresa. Ameria, Gaury y Zerugadisu se miraron entre sí con desconcierto. Con paso tranquilo, Firia se acercó a los Slayers y les sonrió afablemente. Rina y sus amigos intercambiaron una serie de rápidas miradas.

         —Es un inesperado placer verlos a todos nuevamente —dijo Firia.

         —¿Quién es ella? —le preguntó Shirufiru a Ameria en forma discreta.

         —Ella es Firia —contestó Ameria—. Aunque parece una sacerdotisa en realidad se trata de un Dragón Dorado. Hace tiempo la ayudamos a combatir contra Valgarv y la Dark Star.

         —¿La Dark Star?

         Rina estaba más que contrariada. No era que no le diera gusto ver de nuevo a Firia, sino que no podía entender cómo es que los había encontrado. ¿Acaso el triángulo de Zanatar tenía algo que ver en eso? Después de todo, esa era la razón por la que ella y Gaury se habían encontrado con Ameria, Zerugadisu y Shirufiru.

         —Firia, ¿qué es lo qué haces aquí?

         —Creo que lo sabes perfectamente —repuso Firia y luego levantó el brazo para señalar la bolsa de cuero que colgaba del cinturón de Rina—. Estoy aquí por el triángulo de Zanatar que le quitaste a esos ladrones.

         Casi simultáneamente, Ameria, Zerugadisu y Shirufiru clavaron sus miradas sobre Rina, quien se limitó a encogerse de hombros y a sonreír. Zerugadisu y Shirufiru se cruzaron de brazos y entornaron la mirada. Ameria, por su parte, se volvió para mirar a Gaury, pero el espadachín sólo atinó a fruncir una sonrisa bastante estúpida.

         —Está bien, está bien, lo admito —aceptó Rina de mala gana—. Encontré a los ladrones que saquearon la aldea que está cerca de aquí y les quite el triángulo de Zanatar, pero los muy malditos me atacaron primero.

         —Ahora entiendo todo —Ameria hizo que Rina se sobresaltara con ese comentario, pero se serenó cuando la oyó gritar—: ¡¡Planeabas devolver el triángulo a sus verdaderos dueños!! ¡¡Señorita Rina, usted es increíble!!

         Rina observó primero a Zerugadisu y luego a Shirufiru antes de responder.

         —Eh, sí, eso es lo que realmente quería hacer.

         Zerugadisu entornó los ojos.

         —No tenías intenciones de hacer eso y lo sabes.

         Astronave Churubusco (Centro de Comandancia)

         En la habitación había más de trescientos oficiales encargados de reportar todos los movimientos de las fuerzas enemigas para mantener lo mayormente informado posible al Consejo de la Alianza Estelar. El almirante Cariolano y su equipo de estrategas estaban estudiando una imagen tridimensional de la galaxia en la que se veía claramente las zonas controladas por el imperio de Abbadón y sus aliados. Mientras Cariolano explicaba la imagen holográfica con cuidado a sus subalternos, Bantar y Elnar entraron a la habitación y se aproximaron hacia él.

         —Almirante Cariolano —lo saludó Bantar—. Supe que deseaba vernos. ¿Qué es lo que sucede?

         Cariolano se volvió hacia los zuyua.

         —Nada malo, Bantar, no se preocupen —repuso el almirante—. He recibido ordenes del Consejo de Líderes para planear una posible contraofensiva para el caso de que el arma que están diseñando nuestros científicos resulte efectiva contra los escudos enemigos.

         —Estaba enterado de eso —confesó Bantar.

         —Por lo mismo creo que es necesario realizar algunos ejercicios de maniobras entre nuestras fuerzas para lograr una mayor coordinación —explicó Cariolano—. Debemos tomar en cuenta que la armada imperial de Abbadón jamás ha sido derrotada y necesitaremos todos nuestros recursos para lograr la victoria.

         Bantar se acarició el mentón mientras reflexionaba en el asunto. La armada aliada había agrupado un gran número de naves de guerra de diferentes mundos y universos. Tal vez todos estaban dispuestos a combatir hasta el final, pero si no lograban una perfecta coordinación en batalla, resultaba evidente que sería fácilmente derrotada por las fuerzas de N´astarith. Dada su formación militar y sus experiencias en combate, Bantar no podía estar más de acuerdo con Cariolano.

         —Es cierto, no estaría de más realizar algunos simulacros de batalla.

         —Pero, Bantar, ¿cómo haremos eso? —le inquirió Elnar de repente—. Es imposible realizar ese tipo de ejercicios en este sistema. Necesariamente tendríamos que desplazarnos a otra parte para llevarlos a cabo.

         —No hay por qué alarmarse, caballeros —los tranquilizó Cariolano, girándose hacia el holograma de la galaxia—. Existen todavía muchos sistemas estelares que N´astarith aún no controla y que son perfectos.

         —Pero sería una maniobra bastante arriesgada, ¿no les parece? —murmuró Elnar con preocupación—. Si el enemigo descubriera nuestros movimientos podría detectar nuestra posición y atacarnos. No podemos comprometer la seguridad de la flota.

         —Tienes razón en eso, Elnar.

         Cariolano guardó silencio un momento antes de volver a hablar.

         —El enemigo no tiene por qué enterarse. La situación se mantendrá en el máximo secreto para evitar riesgos. Comprendo su preocupación, Elnar, pero no podemos enfrentar a la flota imperial si no estamos lo suficientemente preparados.

         Elna dirigió su mirada hacia Bantar sin saber qué contestar. Por un lado sabía que si se movían del sistema Adur se exponían a ser descubiertos, en cuyo caso las fuerzas de N´astarith los harían pedazos, pero por otra parte comprendía el punto de vista de Cariolano. Elnar dudaba. En la academia militar, les habían enseñado que antes de planear cualquier ataque se deben realizar prácticas para evaluar el desempeño de las tropas y corregir errores potenciales.

         —De acuerdo —dijo Bantar finalmente—, pero la operación debe manejarse con absoluta discreción. Sólo el Consejo de Líderes y los altos mandos militares deben saber de esto. Mientras la nueva arma no esté terminada somos vulnerables.

         Cariolano asintió con la cabeza.

         —Daré la orden de preparar todo.

         Sin que nadie lo hubiese notado, Rodrigo Carrier, que había estado parado de espaldas a Cariolano, había escuchado toda la conversación hasta el último detalle. Cuando vio que Cariolano repartía instrucciones a varios subordinados, Rodrigo aprovechó para escabullirse entre el personal de la comandancia y dirigirse a la salida.

El Polo Norte.

         Las Khan de la Sirena echó una mirada hacia el interior y finalmente se adentró en la caverna. Las paredes estaban cubiertas de hielo y emitían un brillo tenue. Al llegar al final paseó la vista alrededor. Se encontraba en una caverna circular de unos diez metros de diámetro. Finalmente se detuvo y descubrió el cuerpo de un hombre envuelto en cristal de pies a cabeza.

         —Hasta que finalmente te encontré —murmuró la Khan y luego levantó una mano con la palma vuelta hacia el hombre atrapado—. Es hora de que despiertes para servir a tu nuevo amo N´astarith.

         Utilizando su enorme poder de Khan, Astarte destrozó el cristal que mantenía prisionero al hombre con tan solo cerrar su mano. Los ojos del hombre parpadearon, sus labios se movieron como si quisiera aspirar. Un brillo de miedo apareció en sus ojos, pero el aire aún no llegaba a sus pulmones.

         —¿Dónde estoy? ¿Quién eres tú?

         —Mi nombre es Astarte —dijo la Khan de Sirena—. He sido enviada por el gran N´astarith para liberarte del sueño eterno, el sueño al que la reina Beryl te condenó hace años, general Jedite.

         El hombre empezó a toser y atragantarse, inhaló bocanadas de aire.

         —¿Cómo es qué sabes mi nombre?

         La Khan lo miró con un aire de desdén.

         —No tengo tiempo para responder a tus preguntas. Lo único que te diré es que el gran N´astarith desea ofrecerte la oportunidad de vengarte de las verdaderas culpables de tu trágico destino.

         —¿Las verdaderas culpables? —preguntó Jedite.

         Una sutil sonrisa se insinuó en los labios de Astarte.

         —Sailor Moon y las Sailors Senshi.

         Un destello de luz iluminó la atmósfera del planeta azul y al poco tiempo se formó un agujero en la continuidad del espacio-tiempo. El Águila Real 89 salió como flecha de túnel de luz y rápidamente penetró en la atmósfera del planeta. En el interior del puente de mando, los técnicos estaban revisando todos los radares y equipos de inspección en busca de la presencia de alguna nave enemiga.

         —No tengo lecturas de ninguna nave imperial de Abbadón o sus aliados cerca de aquí —informó uno de los pilotos—. Tampoco se detecta la presencia de naves meganianas o endorianas. La zona está libre de fuerzas enemigas.

         —Continúen vigilando —ordenó Asiont—. Activen el sistema de invisibilidad para evitar ser detectados. No sabemos que clase de seres habiten en este planeta y quizá reaccionen con hostilidad ante nuestra presencia. Lo mejor será pasar desapercibidos.

         —Los instrumentos no detectan señales de tecnología, pero si de abundantes formas de vida basadas en el carbono.

         —¿En dónde empezaremos a buscar? —preguntó Aioria sin dirigirse a nadie en especial—. Este mundo es demasiado grande y no tenemos la menor idea de dónde podría encontrarse la gema. Sí al menos tuviéramos una referencia… .

         —Yo me haré cargo de eso, no se preocupen —anunció Uller, atrayendo la atención del Santo dorado de Leo—. Mis habilidades de Guerrero Kundalini me ayudarán a ubicar el sitio exacto dónde se encuentra la gema de los Titanes. Usaré la clarividencia.

         Ranma esbozó un gesto de sorpresa.

         —¿De verdad puedes hacer eso?

         El hombre de hielo le dio una palmada en el hombro.

         —Claro, es algo muy fácil de hacer —Uller se colocó en el suelo en posición de flor de loto y cerró los ojos, sumiéndose en sí mismo—. Oh mani padme hum… oh mani padme hum… oh mani padme hum.

         —El cosmos de ese extraterrestre llamado Uller está creciendo —observó Shaina.

         No sólo Shaina pudo darse cuenta de ese detalle. Asiont, David Ferrer, Hyoga, Yamcha, Areth, Eclipse y Ten-Shin-Han también percibieron como es que el aura del hombre de hielo estaba incrementándose poco a poco. Solamente Ranma fue el único que no alcanzó sentir el enorme poder que Uller estaba concentrando.

         —¿Qué es lo que está haciendo? —inquirió Ten-Shin-Han, intrigado—. Su Ki está aumentando de tamaño ¿De verdad puede saber en dónde está la gema estelar?

         —Está usando la clarividencia —les explicó Areth—. Cuando entrenaba con Saulo, él me contó que algunos Caballeros Celestiales podían usar el poder de su mente para localizar personas u algún objeto en especial. Creo que los Kundalini también poseen esa habilidad.

         Eclipse sonrió maliciosamente.

         —Me preguntó sí podrá adivinar el número de una lotería —musitó para sí.

         —Ya veo —farfulló Hyoga—. Está tratando de encontrar la gema en este planeta.

         —Impresionante —murmuró David gratamente—. Eso nos facilitará mucho las cosas.

         El meganiano dirigió una mirada escrutadora hacia el hombre de hielo. No sabía mucho sobre los Guerreros Kundalini, pero durante su estancia en Armagedón había oído decir que N´astarith conocía bastante sobre ellos e incluso del mismo Karmatrón. Según le habían dicho, los Kundalini obtenía su poder de los chakras y eso les daba acceso a un sin fin de habilidades psíquicas.

“Recuerdo que Jesús me contó algo sobre los Guerreros Kundalini”, meditó mientras contemplaba a Uller. “Me dijo que cada uno de ellos tiene un objeto de poder. Zacek usa un cinturón llamado Kalpe para convertirse en Karmatrón, Lis-ek posee un par de brazaletes que lleva en ambas manos para transformarse en Molécula y Zaboot porta una espada mágica. Sin embargo, no he visto que este sujeto llamado Uller lleve uno, ¿acaso lo tendrá escondido?”.

         Uller abrió los ojos.

         —La tengo —murmuró—. Detengan la nave, la gema se encuentra cerca de este lugar.

         —¿Estás seguro? —inquirió Yamcha.

         El hombre de hielo se puso de pie rápidamente y asintió.

         —Sí, no puedo equivocarme.

         En el acto, Asiont dio la orden a los pilotos para que detuvieran la nave. El Águila Real 89 se mantuvo estática en el aire, justo de detrás de una formación de nubes. El sistema de invisibilidad y los nulificadores de radar proporcionaban un camuflaje excelente, pero Asiont sabía que si las naves de Abbadón usaban sus más avanzados rastreadores lo encontrarían sin ningún problema.

         —Lo mejor será que la nave nos espere en este lugar mientras nos encargamos de ir por la gema —dijo Asiont y luego se acercó a los demás—. No debemos arriesgar la nave ya que si ésta es destruida, tendremos muchos problemas para volver a la Churubusco.

         —Estoy de acuerdo con lo que el Celestial dice —convino David—. Conozco la manera de operar de los esbirros de N´astartih y sé que si les quitamos la gema, tratarán por todos los medios de impedir que dejemos este universo. Debemos asegurarnos de que no descubran la posición de la nave.

         —En ese caso no perdamos tiempo —les dijo Aioria—. Debemos apurarnos.

         Justo cuando el Santo Dorado de Leo iba a encaminarse hacia la salida del puente, Asiont lo llamó.

         —Espera, Aioria.

         El Santo se giró sobre sus talones.

         —¿Ahora qué es lo que pasa, Asiont?

         —Durante el camino estuve pensando sobre la importancia de esta misión y creo que debemos tener un plan de contingencia por si algo malo llegase a ocurrir.

         —¿A qué te refieres exactamente?

         Asiont esperó a que todos lo mirasen antes de exponer su idea.

         —N´astarith sabe que sólo quedan dos gemas y por eso no querrá cometer errores. Sería conveniente que algunos de nosotros se quedarán en la nave esperando en caso de que los demás tengan problemas.

         —Pero que excelente idea, Asiont —dijo Yamcha de buena gana—. Así habría alguien que pudiera ayudarnos en caso de que nos topáramos contra uno de esos endemoniados Khans.

         —Entiendo tu punto de vista perfectamente —razonó Aioria—. Después de todo, si todos vamos en grupo sería más fácil para el enemigo descubrirnos que si van sólo unos cuantos. Pero ¿quiénes se quedarían?

         Asiont buscó con sus ojos la mirada del Santo de Leo.

         —Aioria, tú eres un guerrero muy poderoso y creo que sería conveniente que te permanecieras aquí. Si algo saliese mal, me gustaría que hubiera alguien como tú cuidándonos las espaldas.

         El Santo de Leo guardó silencio. Las palabras de Asiont sonaban razonables, pero Aioria no tenía planeado quedarse en la nave a esperar. Desde la lucha en el Santuario había deseado con toda sus fuerzas lavar el honor de los Santos de oro y derrotar a los Khans. Lo que Asiont le estaba pidiendo era inadmisible.

         —Lo lamento, Asiont, pero si hay algún guerrero de Abbadón cerca de aquí, es mi deber derrotarlo. No sólo para quedarnos con la gema estelar, sino también por el honor de mis camaradas.

         Asiont estaba listo para insistir, pero antes de que pudiera decir algo, Hyoga se le adelantó.

         —Escucha, Aioria, yo sé bien lo que sientes, pero en esta batalla no hay cabida para revanchas —Aioria volvió la vista hacia el Santo el Cisne—. Nos guste o no, lo más importante es frustrar los planes de N´astarith y para ello debemos arrebatarle el mayor número de gemas.

         —Hyoga —musitó Aioria.

         —Además —agregó el Santo de Bronce—, alguien tiene que encargarse de proteger a Atena. Recuerda que nuestros enemigos son los Khans y ellos son mucho más fuertes que cualquier otro adversario al que hayamos enfrentado antes.

         Aioria agachó la cabeza.

         —De acuerdo —murmuró y enseguida levantó la vista para mirar a Asiont y a Hyoga—. Pero sí ocurre algo malo iré a ayudarlos inmediatamente.

         —Por supuesto, mi amigo —Asiont sonrió—. Por cierto, quiero pedirte que cuides de Areth y de Ranma.

         —¿Cómo? —exclamó Ranma—. No vine hasta aquí para sentarme a esperar.

         —Lo siento, muchacho —dijo Eclipse—. Pero alguien tiene que hacerle compañía a Aioria.

         —¿Qué dices, Eclipse? Por ninguna razón me quedaré en la nave —renegó Areth. La joven imaginó que Asiont la consideraba un estorbo, pero en realidad lo que quería era protegerla—. Yo también soy una Celestial, aunque no lo creas.

         —No me malentiendas, Areth —replicó Asiont con seriedad—. No pongo en duda tus capacidades ni tu habilidad para el combate. La principal razón por la que debes permanecer en la nave es para que puedas ayudar a Aioria.

         —¿Cómo?

         —Ni Aioria ni Ranma saben cómo funciona esta nave —precisó Asiont—. Si N´astarith envía uno o varias de sus Devastadores Estelares, necesitaremos a alguien que pueda dirigir la nave con habilidad.

         Areth se quedó callada. Alzó sus inquietantes ojos azules para estudiar el rostro de Asiont y después bajó la cabeza. Desde que entrenaba bajo la tutela de Saulo, siempre había creído que los demás Celestiales, incluyendo Casiopea y Asiont, la menospreciaban por ser la más joven. El hecho de que Asiont hubiera dicho que ella podía dirigir la nave con habilidad la sorprendió de cierta forma.

         —De acuerdo, pero sólo espero que no me estés dando por mi lado.

         El Celestial le puso una mano en el hombro.

         —Sé que has pasado por mucho —le dijo—. Pero también eres una Celestial y te comportarás como tal llegado el momento —Esperó a que Areth levantara la cabeza y enseguida añadió—: Ahora sé que puedo contar contigo.

         Areth frunció una sonrisa con ternura.

         —Bien —exclamó Ten-Shin-Han—, en ese caso partamos ahora mismo.

         Uller levantó un brazo en lo alto y empezó a trazar tres círculos en el aire usando su dedo índice. Con cada círculo que Uller dibujaba iba apareciendo un aro de hielo que permanecía flotando a pocos centímetros del piso. Al final, el hombre de hielo dio un pequeño salto y subió en uno de ellos.

         —Suban en estos deslizadores, amigos —les indicó a Hyoga y a Shaina—. Con ellos podrán volar por el aire y pueden controlarlos mentalmente.

         —Nunca había visto una técnica como esta —comentó Hyoga mientras se paraba con cuidado sobre uno de los aros de hielo—. Es realmente increíble.

         —De acuerdo —dijo David—. Es el momento de irnos.

         Rodeados por el halo de sus auras, David Ferrer, Yamcha, Ten-Shin-Han, Asiont, Eclipse salieron volando del Águila Real 89 seguidos de cerca por Uller, Hyoga y Shaina. Mientras el grupo se alejaba por los aires a una velocidad alucinante, Areth, que los observaba desde el puente de mando, dio un largo suspiro.

“No sé por qué, pero hay algo que me inquieta”, meditó ella. “Sólo espero que todo salga bien”.

         Firia miró a Rina y a los demás Slayers con preocupación. Había pasado un par de días leyendo sobre el triángulo de Zanatar y su verdadero origen debido a una serie de sueños que le advertían sobre una amenaza relacionada con aquel objeto místico. Con ayuda de uno de sus talismanes mágicos, había seguido la pista del triángulo hasta los bosques de Zefilia, pero jamás imagino que su búsqueda la conduciría hasta la misma hechicera que la había ayudado en la batalla contra Valgarv.

         —Hace tiempo tuve una premonición que me indicaba sobre un peligro que estaba relacionado con el triángulo de Zanatar —explicó Firia—. Es por eso que estaba buscándolo con ayuda de un talismán mágico.

         —¿Tuviste una premonición? —le preguntó Ameria.

         —Sí, fue un sueño donde presencié la destrucción del mundo.

         Gaury se rascó la cabeza y alzó los ojos mientras pensaba.

         —Que mal, Firia, de seguro has de haber cenado mucho en estos días y por eso soñaste eso. El otro día me comí todo un barril de manzanas y tuve una pesadilla realmente aterradora.

         Firia le arrojó al espadachín una mirada asesina. Ella estaba preocupada por la paz del mundo y Gaury le salía con uno de sus atolondrados relatos de comida. Shirufiru no pudo evitar sentir algo de pena ajena al ver la reacción de Firia.

         —¡¡La comida no tiene nada que ver en esto!!

         —No te exaltes, Firia —la tranquilizó Rina—. La verdad es que no sé porque tuviste esa premonición, pero es obvio que nada va a pasar. Es más, ni siquiera creo que ese triángulo tenga verdadero poder.

         —¿Y por qué se lo quitaste a los ladrones si no tiene poder? —inquirió Zerugadisu, causando que Rina sintiera como si le acabaran de dar una patada en el estómago—. Que yo sepa, tú no quedas con cosas sin valor.

         —No se los robé —se apresuró a decir Rina—. Se les cayó cuando los mandé a volar por los aires y es lo mismo que haré contigo si no dejas de molestarme, miserable cara de piedra.

         Zerugadisu se puso rígido.

         —¿Ah, con qué esas tenemos?

         —Oigan, amigos, no peleen —les dijo Ameria, colocándose entre ambos—. Recuerden que estamos del mismo lado.

         —Díselo a la “damisela en problemas” —se burló Zerugadisu.

         Rina cerró ambos puños con fuerza mientras una de sus venas se hinchaba en su frente con fuerza. Estaba a punto de arrojarse sobre Zerugadisu para molerlo a golpes cuando Shirufiru levantó la voz para lanzar un grito de advertencia.

         —¡Miren en el cielo!

         En el momento en que Rina, Ameria, Firia y los otros levantaron la mirada, cinco bolas de luz brillante aparecieron en el firmamento. Se trataba de Asiont, Yamcha, Eclipse, David y Ten-Shin-Han, que habían llegado hasta los bosques de Zefilia gracias las indicaciones de Uller. Todos los Slayers observaron en silencio cómo aquellos misteriosos hombres descendían de los cielos.

         —Saludos, amigos —les dijo Asiont apenas tocó el suelo con los pies—. ¿Ustedes viven por aquí? Espero que no los hayamos asustado, pero necesitamos que nos digan si hay más personas por aquí cerca.

         Rina y todos sus amigos estaban como hipnotizados. Su asombro cobró mayor vigor cuando Uller, Hyoga y Shaina bajaron del cielo sobre los deslizadores de hielo con forma de anillo. Instintivamente, Ameria y Shirufiru se miraron entre sí.

         —Que gente tan extraña —le susurró Eclipse a Yamcha en voz baja.

         —Mi nombre es Asiont Ben-Al, ¿cómo se llaman ustedes?

         Caras de desconcierto por todas partes. Asiont imaginó que tal vez estaban asustados por la forma en que habían aparecido. Estaba tan ansioso por localizar la gema sagrada de los Titanes que no se detuvo a pensar que quizá la gente de ese planeta vería raro que alguien pudiera volar.

         —Venimos en son de paz —dijo formalmente, saludando una vez más. Zerugadisu y Gaury arquearon las cejas y se miraron. Cambiando de táctica, Asiont les ofreció una mano diciendo:

         —Somos amigos.

         —Quizá no entiende nuestro idioma —sugirió David.

         Eclipse se cruzó de brazos hasta que por fin tuvo una idea brillante. Sacó de entre sus ropas una barra de chocolate, le quitó el papel y se la ofreció a la chica pelirroja. Rina lo miró con indiferencia.

         —Sí nos llevan con su líder, les daré esta deliciosa barra de chocolate, ¿qué dicen?

         —No seas imbécil —dijo Rina secamente—. Entendemos perfectamente lo que dicen.

         —¿En serio? —inquirió Uller, incrédulo.

         —Claro que sí —les confirmó Shirufiru—. ¿Acaso son alguna clase de hechiceros o un grupo de demonios? No tengo idea de qué es lo que hacen aquí, pero es obvio que conocen la magia.

         —¿Demonios o hechiceros? —repitió Hyoga—. No somos nada de eso. Soy Hyoga de Cisne, un Santo de Bronce.

         Zerugadisu examinó a Hyoga de arriba a bajo.

         —¿Un Santo dices? Jamás había oído hablar de ningún Santo de Bronce.

         —Es natural —murmuró Asiont—. Nosotros no pertenecemos a este mundo, sino que llegamos hasta aquí desde otro universo.

         —Otro universo —musitó Firia con sorpresa.

         Rina abrió los ojos de par en par.

         —¿Otro universo dices? ¿De qué universo vienen?

         —Las universos no tienen nombre ¿acaso crees que existe alguien que va por ahí poniéndole nombre a las universos? —replicó Eclipse—. Escucha, chica, no tenemos tiempo que perder. Deben ayudarnos a encontrar una gema sagrada que se encuentra pérdida aquí en su mundo. Es una piedra de forma triangular que emite un brillo.

         —¿Acaso saben algo de eso? —preguntó David.

         El meganiano estudió la mirada de Rina con atención y casi inmediatamente percibió que la hechicera se había puesto ligeramente nerviosa. Tal vez todavía no confiaba en ellos y por eso se sentía intimidada, aunque también cabía la posibilidad de que supiera algo sobre la gema estelar.

         —Una gema triangular —murmuró Gaury en tono pensativo.

         Disimuladamente, Rina echó un vistazo a la pequeña bolsa que llevaba colgada del cinturón. ¿Cabía la posibilidad de que aquellos extraños forasteros estuvieran también en busca del triángulo de Zanatar? Tal vez si eran un grupo de demonios o hechiceros y sólo estaban tratando de confundirla.

         —¿Es una gema triangular? —preguntó con malicia.

         —Sí —contestó Asiont.

         —¿Emite un brillo resplandeciente?

         —Sí, sí.

         —¿Tiene una inscripción en una de sus caras?

         —Sí, exactamente, ¿la conoces?

         Rina cerró los ojos y se mordió el labio inferior para no reírse.

         —Jamás la he visto en mi vida.

         Exasperado, David observó a Rina con dureza y luego se acercó unos pasos.

         —No estés jugando con nosotros, ¿has visto esa gema o no?

         Rina le devolvió la mirada a David sin dejarse amedrentar. Resultaba bastante evidente que a esa pelirroja no le agradaba que la amenazaran. Zerugadisu se acercaba ahora a David observándolo con actitud desafiante.

         —Será mejor que cuides tus modales —le advirtió al meganiano.

         David volvió el rostro hacia el extraño hombre de color gris que le había hablado, pero no dijo ni una palabra. Bien podía hacerlo a un lado con un rápido envión, pero eso complicaría la situación de forma innecesaria. Estaba por proferir una falsa amenaza contra Zerugadisu cuando percibió débilmente un presencia que trataba de ocultarse.

         —Esperen, no hay necesidad de esto —dijo Asiont, aprovechando que David estaba como distraído—. Escuchen, en nuestra dimensión existe una ser llamado N´astarith que desea apoderarse del máximo poder del universo y por eso está buscando las gemas.

         —Percibo un poder maligno —musitó Firia—. Es una energía muy agresiva.

         —¿N´astarith? —murmuró Ameria—. Sí se trata de un ser maligno es nuestra obligación derrotarlo, ¿no lo cree, señorita Rina?

         —Así que un ser maligno —dijo Rina con fingida preocupación—. Ya sé lo que vamos a hacer para solucionar el problema —Con absoluta tranquilidad, tomó una pequeña vara de madera y luego se agachó hasta tocar el suelo con la punta. La hechicera empezó a trazar un círculo alrededor de Asiont y Eclipse, que arquearon las cejas.

         —Oye, ¿qué estás haciendo? —inquirió Asiont.

         —¿Acaso es un juego? —murmuró Eclipse.

         Cuando Rina terminó de hacer el círculo, tiró la rama y extendió una mano hacia el espía y el Celestial. Una poderosa fuerza invisible comenzó a surgir a los pies de Asiont y Eclipse revolviendo las hojas que estaban en el suelo y haciendo que ambos se protegieran los ojos.

         —¡¡Diru Burandu!!

         Una poderosa ráfaga de aire huracanado lanzó a Asiont y Eclipse hacia los cielos a una velocidad vertiginosa. Rina alzó la vista para ver cómo sus víctimas se perdían en las alturas y sonrió maliciosamente. Firia, Ameria y Shirufiru parecían estar ya en rigor mortis luego de ver lo que había hecho su amiga.

         —¡¡Asiont!! ¡¡Eclipse!! —exclamó Yamcha—. ¿Por qué hiciste eso? No hemos venido a hacerles daño.

         —Señorita, Rina, eso fue algo muy grosero —le reclamó Ameria a su amiga.

         —¿Qué dices? —replicó Rina—. Eso y más se merecían por venir con esas mentiras de que vienen de otra dimensión. De seguro son sólo una banda de ladrones que se visten de forma estrafalaria.

         —No somos ladrones —dijo Shaina, que ya estaba empezando a exasperarse—. Si no quieres creernos no es nuestro problema, pero si tienes la gema estelar que estamos buscando te la quitaremos a la fuerza.

         —No me digas —repuso la hechicera mostrándole un puño—. Quiero ver que… .

         —Cállense las dos —les ordenó David—. Tenemos compañía.

         Una carcajada malévola resonó en el ambiente provocando que todos olvidaran la discusión y se pusieran en estado de alerta. Zerugadisu, Hyoga, Ameria, Firia, Ten-Shin-Han y Yamcha miraron en todas direcciones tratando de encontrar al autor de aquella risotada. Finalmente, una figura cubierta con una túnica negra salió de detrás de un enorme árbol.

         —Realmente no me costó ningún trabajo encontrarlos.

         —No puede ser verdad —murmuró David—. No tú.

         —No soy el único que ha venido —añadió la figura vestida de negro al tiempo que Bórax abandonaba su escondite tras el tronco de un árbol. El gnomulón inorgánico soltó una risita malévola y se colocó junto a la figura cubierta con la túnica negra.

         —Deje que le presente a mi acompañante, príncipe David.

         —¡Es imposible! —exclamó Uller—. ¡Ese es Bórax!

         —¿Conoces a ese sujeto? —inquirió Yamcha.

         El hombre de hielo asintió con la cabeza.

         —Él es un ser venido de mi universo, pero no entiendo que está haciendo aquí.

         —¿No lo imaginas, Uller? —dijo Bórax en tono de burla—. Entonces eres mucho más tonto de lo que me imagine. El gran Asura se ha aliado con N´astarith para destruir a la GAU y a los malditos Kundalini de una vez por todas.

         —Asura y N´astarith juntos —murmuró Uller con temor. Si Asura había unido sus fuerzas con el señor de Abbadón, entonces nada ni nadie sería capaz de vencerlos. La situación se había vuelto muy peligrosa.  

         —Imagina el poder que tenemos ahora, Uller —dijo Bórax—. Ni siquiera Karmatrón podrá detenernos.

         Mientras el gnomulón hablaba, Ten-Shin-Han lo estudió detenidamente para determinar su poder de pelea. Con ayuda de su percepción supo de inmediato que aquel ser de apariencia desagradable tenía un nivel  extremadamente bajo. Tal vez era más fuerte que un humano ordinario sin poderes, pero para fines prácticos no parecía un oponente digno de ellos.

“N´astarith cometió un error”, pensó el Guerrero Zeta. “Ese enano es un fanfarrón. Lo que realmente me preocupa es ese otro sujeto ya que su poder es bastante elevado”.

         —Bórax tiene razón —asintió la figura vestida de negro y luego se despojó de su túnica para mostrar la armadura que llevaba en los hombros, los antebrazos y espinillas—. Deben saber que mi nombre es Liton y que estoy aquí para matarlos a todos.

         —¿Qué has dicho? —murmuró Shirufiru.

         —Ahora comprendo —murmuró Firia—. Ellos son las presencias malignas que sentí hace unos momentos. Lo qué aún no comprendo es qué relación tienen con los forasteros.

         —No puede ser cierto —clamó David con vehemencia—. Tú debiste haber muerto cuando el planeta Megazoar fue destruido, es imposible que sigas vivo. 

         Liton se cruzó de brazos y esbozó una sonrisa malévola.

         —¿No pensaras que la destrucción de ese insignificante planeta bastaría para que yo muriera, verdad? David, me decepcionas más de lo que te imaginas. Creí que conocías el verdadero poder de aquel que entrenó a todos los Guerreros de la Casa Real de Megazoar. 

         —¿Qué dijiste? —intervino Hyoga—. ¿Tú entrenaste a los guerreros meganianos?

         —Yo entrené a todos y cada uno de los guerreros de la Casa Real —confirmó Liton—. Fue decepcionante saber que algunos de ellos fueron muertos por los Santos de Atena, pero ahora podré desquitarme matándote a ti, Cisne.

         Hyoga frunció el entrecejo y se colocó en guardia.

         —No pienses que será tan fácil.

         —¡¡Esperen un segundo!!

         Todos se giraron hacia donde estaba Rina Inbaasu. La hechicera se veía bastante agitada por aquel grito. Sí había algo que ella detestaba era no saber qué era lo que estaba ocurriendo frente a sus narices. Lo único que sabía era que los forasteros buscaban el triángulo de Zanatar, pero esa no era razón para que Liton y su enano amigo la tomaran contra ella.

         —Escucha, amigo, yo no tengo nada que ver con estos tipos, así que si me perdonas, nosotros ya nos vamos y… .

         —Nada de eso, chiquilla —sonrió Liton—. Tú y tus amigos también morirán aquí. El gran N´astarith me ordenó exterminar a los guerreros de la Alianza, pero la verdad es que luego de acabar con ustedes, destruiré este planeta con todos su habitantes.

         Rina simplemente se quedó sin aliento.

Continuará… .

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