Leyenda 120

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO CXX

CUESTIÓN DE ENFOQUE

        Armagedón.

        La Khan de la Naturaleza avanzaba con rapidez por el largo corredor que conducía al ascensor que subía a la cámara del trono. Mientras caminaba no podía dejar de pensar en lo cerca que el emperador estaba de alcanzar la victoria. Las doce gemas serían reunidas y N´astarith finalmente podría usar el Portal Estelar para llegar al universo de la leyenda. Entonces la guerra galáctica terminaría y la Existencia conocería una era de paz y prosperidad como no había habido otra jamás… o al menos eso era lo que ella esperaba que ocurriese.

        Para Liria las cosas no resultaban tan sencillas como para la mayoría de los Khans o los otros guerreros que obedecían a N´astarith. Ella había decidido luchar bajo la dirección del señor de Abbadón porque estaba convencida que éste quería hacer de la galaxia un lugar mejor. Pero ahora tenía muchas dudas al respecto. La guerra por el control de la galaxia había ocasionado miles de muertes y devastado cientos de mundos, lo cual no podía ser benéfico para nadie. Sencillamente no podía estar de acuerdo con un conflicto que amenazaba con destruirlos a todos.

        Liria se detuvo ante las puertas acorazas. Una luz roja parpadeó en el panel de control de la pared para indicar que el ascensor aún no había bajado. Levantó la mirada al techo y exhaló un suspiro con resignación. Estaba pesando en la guerra cuando escuchó pasos a sus espaldas. La Khan de la Naturaleza se volvió y descubrió a Nauj-vir de Cíclope, Allus de Caribdis y Leinad de Leviatán doblando el pasillo. Los guerreros imperiales miraron a su compañera desde lo lejos y se acercaron.

        —Creí que ya estaban en la cámara del trono —le dijo ella.

        El ojo cibernético del Khan del Cíclope se movió levemente.

        —Tenía unos asuntos que atender —respondió Nauj-vir—. Estuve meditando en mis habitaciones y percibí una nueva perturbación en el equilibrio del aureus. Estoy seguro que la sensación que todos percibimos hace poco fue un anuncio del despertar del verdadero guerrero de la leyenda.

        —No importa de qué se trate —dijo Leinad con desdén—. A mí no me asusta ese supuesto guerrero legendario ni nada que se le parezca. Nosotros poseemos el poder máximo de la Existencia y somos capaces de aniquilar a cualquiera que se nos ponga enfrente. No somos como ese debilucho de Sepultura o el papanatas de Belcer.

        Liria bajó la vista y habló en voz baja:

        —Díganme, ¿alguna vez han dudado sobre lo que hacemos?

        Los rostros de los Khans se dirigieron hacia su compañera y descubrieron que ésta miraba hacia el vacío con una expresión llena de tristeza. Leinad arrugó el ceño con enfado y volvió el rostro hacia el panel de control sintiéndose impaciente. El ascensor aún no estaba disponible.

        —¿Dudar de qué? —inquirió Allus—. ¿Del emperador o de nuestra causa?

        —Hablo de esta guerra y todo lo que implica —precisó Liria, escogiendo sus palabras con sumo cuidado. Más de uno había sido acusado de traición por haber puesto en duda el liderazgo del emperador—. Es decir, ¿por qué deben morir tantas personas para lograr lo que queremos?

        Leinad se encogió de hombros despreocupadamente.

        —No es nuestra culpa.

        —Eso es verdad —convino Allus enseguida—. La lucha por la libertad requiere de sacrificios que en ocasiones son inevitables. Esta guerra ha cobrado la vida de mucha gente, Liria, pero debes pensar en todo el bien que hacemos. Estamos llevando el progreso a cientos de mundos.

        Nauj-vir asintió con la cabeza.

        —Liria, debes entender que los pueblos de la galaxia requieren de un líder, alguien que los guié hacia el progreso y que el emperador es la persona mejor calificada para ejercer dicho liderazgo. Ahora quizá muchos no entiendan esto, pero cuando pase el tiempo nos darán las gracias por liberarlos de todos sus males.

        Liria no supo que decir al respecto.

        —De hecho, ya algunos nos lo agradecen —afirmó Allus—. ¿No han visto los últimos reportes de la Holo-Red intergaláctica? Los habitantes de Querube, por ejemplo, vivían bajo un sistema político inestable y corrupto, pero ahora todo es paz y tranquilidad en su planeta, salvo por esos asesinos que aún luchan contra nuestras tropas que fueron a liberarlos.

        —¿Te refieres a las fuerzas de resistencia? —preguntó Liria.

        —Son sólo uno montón de bandoleros —repuso Leinad en forma arrogante—. El grueso de la población de Querube está de nuestra parte. Supongo que hasta que no hayamos destruido a la Alianza Estelar no podrá haber paz.

        —El emperador quiere liberar a todo ser vivo del caos —aseguró Nauj-vir con orgullo—. Para la mayoría de las personas, la vida tiende a ser desagradable, simple y corta, pero el emperador cambiará eso usando el poder del aureus. Él terminará con el eterno conflicto del bien contra el mal, el cual ha existido desde el principio de los tiempos. No puede haber una causa más honorable que esa.

        Allus soltó una risilla malévola.

        —Tal vez nuestra causa sea honorable, pero yo me alié a N´astarith para poder vengarme de los Caballeros Celestiales. Esos malditos me sentenciaron al Exilio Eterno y tenían que pagar por lo que me hicieron. ¿Podrían imaginar un destino peor que ese? Permanecer en una maldita cápsula de animación suspendida que viaja a la deriva por el espacio sin la menor esperanza de ser rescatado. Es un castigo más terrible que la muerte.

        —A mí no me interesa el honor o la venganza —confesó Leinad, sonriendo cínicamente—. El emperador me ha dado riqueza, bienestar y el poder más grande que existe en el universo y por eso decidí seguirlo. Admiro la forma en que él ha construido la grandeza del imperio.

        —Así hablan todos los mercenarios —comentó Nauj-vir con un gesto de desprecio—. A ustedes sólo los mueve las riquezas y serían capaces de vender a sus madres con tal de llenarse las orejas de dinero, ¿no es así?

        Leinad puso cara de ofendido.

        —Pues, para mí el honor no es más que una fantasía romántica. En cambio, el dinero es real y puede comprar lo que sea como la comodidad, el lujo o incluso a las personas. Sí algo he descubierto es que todos tienen su precio. A veces es dinero y otras veces, bueno, son favores más sutiles.

        Liria se volvió hacia Allus.

        —Pero ¿por qué no tratamos de negociar la paz con la Alianza? Estoy segura que ellos entenderían nuestras razones y detendríamos esta guerra. Cualquier cosa es mejor que dejar que se pierdan más vidas.

        El Khan de Caribdis miró a Liria de forma salvaje.

        —¿Cómo? —gritó lleno de aborrecimiento—. ¡La Alianza Estelar debe ser destruida cuanto antes! No vamos a sentarnos a negociar con esos infelices cuando ya los tenemos bien cogidos por el cuello y sólo nos falta degollarlos. ¿Acaso eres estúpida o te has vuelto loca?

        —Claro que no —farfulló Liria tratando de dominar su terror—. Sólo pensaba que podríamos evitar más sufrimiento a los pueblos de la galaxia a los que queremos salvar.

        —¿Sólo pensabas? —inquirió Allus luego de haber reído—. Escúchame, idiota, sí sabes lo que te conviene olvidarás todas esas tonterías de negociar. ¿Acaso quieres que te acusemos de traición? Ha habido antes cobardes que insinuaron que nunca podríamos ganar esta guerra y todos fueron enviados a las minas de donde nunca salieron. ¿Eres una traidora o sólo tienes dudas? Me parece que todo es cuestión de enfoque, ¿no lo crees? 

        Liria buscó desesperadamente el apoyo de Nauj-vir, pero éste desvió la mirada en otra dirección como si no le interesaba lo que le ocurriera. A juzgar por la actitud indiferente del Khan del Cíclope, era más que notorio que no estaba dispuesto a considerar la idea de ponerle fin a la guerra. Tal vez se consideraba a sí mismo un guerrero de honor, pero no estaba dispuesto a abandonar la lucha con la Alianza.

        —Espero que hayas entendido bien las cosas, querida Liria —dijo Allus mientras se acercaba a ella—. En el imperio no hay cabida para los cobardes y los traidores —Sonrió y la tomó de la barbilla para obligarla a mirarlo a los ojos. Liria se estremeció de miedo—. Sería terrible que un rostro tan bello se perdiera.

        Las puertas de acerocreto finalmente se abrieron con un leve crujido y Nauj-vir fue el primero en penetrar en el ascensor. Leinad le siguió en el acto y luego ambos esperaron a que sus compañeros también entraran. Allus se alejó de Liria lentamente y, tras dirigirle una última mirada de desprecio, fue a reunirse con los otros en el interior del elevador. Los segundos pasaron, pero la Khan de la Naturaleza no se movió ni levantó la mirada. Justo cuando las puertas se cerraron, Liria alzó su rostro y se quedó pensando en todo lo dicho por sus camaradas.

        —¿Por qué no lo entienden? —se dijo a sí misma—. La destrucción nunca podrá ser el camino correcto. Sólo espero que el emperador se dé cuenta de eso a tiempo o todos lo lamentaremos.

        Planeta Niros.

        En las afueras de su aldea, Ultimecia se encontraba sentada a la sombra de un frondoso árbol mientras pensaba en las visiones que había tenido en el Manantial del Porvenir. Todavía no acababa de asimilar que su padre le hubiese invitado al sitio más sagrado de todos los videntes para hablarle del guerrero legendario. De acuerdo con la tradición, sólo los máximos sacerdotes podían acceder al manantial para contemplar el futuro o meditar y ella todavía era una aprendiz. Ultimecia estaba contemplando el atardecer cuando divisó una figura que se acercaba caminando. Se trataba de una mujer joven cuyo rostro apenas era visible dentro de los confines de su capucha azul y blanca. La joven encapuchada se sentó junto a la hija de Idanae y miró el horizonte.

        —Supuse que aquí te encontraría —murmuró suavemente.

        —La verdad es que quería estar sola mientras pensaba —repuso Ultimecia contemplando las montañas—. Supongo que ya te enteraste que mi padre me llevó a conocer el famoso manantial de las visiones, ¿verdad? Siempre pensé que jamás me permitirían entrar en ese lugar.

        —Tu padre confía en ti más de lo que crees.

        Ultimecia frunció el entrecejo.

        —No lo parece.

        —¿Ni siquiera después de llevarte al manantial? —inquirió la joven.

        —Tal vez lo hizo porque quiere comprometerme más en esto de ser una sacerdotisa —hizo una pausa y volvió a mirar hacia las montañas—. No me malentiendas, no es que no le agradezca todas sus atenciones y cuidados, pero lo que me irrita es que no me deje tomar mis propias decisiones.

        La joven frunció una sonrisa.

        —Me contaron que sigues practicando con la espada.

        —Vaya, parece que estás perfectamente enterada de todo lo que hago —Ultimecia entrecerró los ojos con suspicacia—. Ese Dort es un chismoso, de seguro fue él quien te lo dijo. Cuando lo encuentre le diré que no ande contando mis cosas o le irá muy mal.

        —En realidad fue Alyath la que me lo contó —repuso la joven luego de reír un poco—. Sé que a tu padre no le agrada que manejes una espada, pero parece que está dispuesto a aceptarlo.

        —Me lo dices sólo porque no quieres que le reclame a Alyath, ¿verdad?

        —Claro que no —negó la joven—. Él te quiere, Ultimecia, es sólo que tiene sus ideas y le cuesta trabajo reconocer que tú tienes intereses diferentes. Sólo te pido que le tengas paciencia.

        —Bueno, no te prometo nada, pero lo intentaré.

        La joven sonrió.

        —Supongo que eso es mejor que nada.

        Ultimecia la miró con una expresión divertida.

        —Estoy segura que no viniste nada más a hablar sobre mi padre, ¿o no?

        —Tienes toda la razón —asintió la joven—. Estoy segura que tú también percibiste una extraña sensación cuando estuviste en el Manantial del Porvenir. El maestro Aristeo me informó que ese fenómeno está relacionado con el despertar del guerrero Káiser.

        —Sí, mi padre nos los explicó en la cueva —dijo Ultimecia—. Nos contó que las almas que formaban el espíritu del Káiser se encontraban dentro de los tres príncipes de la familia real de Megazoar. Gracias al Manantial del Porvenir pudimos ver la muerte de uno de esos príncipes y el despertar del Káiser.

        —Pero lo que no sabes es que el guerrero legendario pronto vendrá a Niros.

        La sacerdotisa abrió los ojos completamente.

        —¿Qué dices? ¿El Guerrero Káiser va a venir aquí?

        —Sí —respondió la joven—. De hecho ya debe estar en camino. Ustedes son los únicos que pueden ayudarlo a encontrar todas las respuestas que está buscando sobre su pasado y su futuro. Pueden hacerlo porque tu padre fue el mismo vidente que le reveló a Francisco Ferrer que el guerrero de la leyenda nacería dentro de su familia.

        —¿Mi padre conoció al emperador de los meganianos? —Ultimecia se levantó de golpe sin dar crédito a lo que estaba escuchando—. Nadie me dijo nada sobre eso. ¿Cuándo fue que ocurrió? 

        —Fue mucho antes de que las dos naciéramos —explicó la joven mientras se ponía de pie—. Creo que incluso tus padres aún no se conocían cuando Francisco Ferrer visitó este planeta por primera vez. 

        —¿Te quedarás a conocerlo? —quiso saber Ultimecia.

        —No puedo, debo continuar buscando más aliados para que nos ayuden en nuestra lucha contra N´astarith. Los Caballeros Celestiales no podemos ganar solos y eso lo sé perfectamente.

        Ultimecia la escuchó con atención.

        —Cuando los guerreros de Abbadón buscaban las gemas estelares a través de los diferentes universos, el príncipe Saulo y sus amigos encontraron el apoyo de muchos valientes que han decidido combatir las ambiciones de N´astarith, pero todavía no es suficiente. La Alianza Estelar marcha a la guerra, es cierto, pero no a la victoria —La joven comenzó a alejarse—. Mientras hablamos, los ejércitos de Abbadón se preparan para lanzar su ataque contra el imperio estelar Atrio. Sí éste cae, nada de lo que hagamos podrá evitar que la oscuridad se apodere de la galaxia.

        —¡Puf! Siempre estás tan ocupada —murmuró Ultimecia, cruzándose de brazos—. Apenas llegas y ya te estás marchando. Me gustaría que alguna vez te quedaras a conversar de cosas más mundanas.

        La joven se volvió hacia Ultimecia sin poder ocultar su sonrisa. Sus manos enguantadas subieron hasta la cabeza y, tras un momento, se bajó la capucha para mostrar su rostro.

        —Me alegra ver que no has cambiado a pesar del tiempo —dijo para zanjar el asunto—. Sigues teniendo tu toque tan especial.

        —Tú también, Tyria —repuso Ultimecia.

        Armagedón.

        Con el mango de su espada bien sujeto entre ambas manos, José Zeiva se encaminó por la desolada calzada sin dejar de mirar a través de los tétricos árboles y la neblina que cubría el ambiente. Sabía que en cualquier momento se toparía con algún enemigo y no quería que lo tomaran por sorpresa. Se quedó parado en un solo lugar y esperó el ataque en silencio. Sus ojos escudriñaron los alrededores en busca del menor movimiento… .

        De repente unas garras surgieron desde las sombras. José logró esquivar el zarpazo y luego se volvió hacia su atacante, pero éste saltó por el aire exhibiendo una gran agilidad y aterrizó a en el otro extremo para iniciar una nueva acometida. José se echó a la izquierda para alejarse y luego contraatacó descargando un veloz mandoble contra la figura que lo acosaba. La hoja recubierta de llamas fue bloqueada por unas afiladas garras de adamantium.

        —No tan rápido, tipo.

        —¡Maldito Wolverine! —exclamó José y luego lo empujó hacia atrás violentamente—. Todavía tendrás que luchar mucho si pretendes acabarme. Sí no mal recuerdo tus garras pueden cortar casi todo, pero intenta atravesar mi armadura sí es que puedes.

        El X-Men lanzó un grito de furia y se arrojó salvajemente con la intención de atajar a José usando las tres largas garras que le salían del dorso de cada mano. José eludió el primer golpe, pero un segundo ataque dejó surcos en el peto de la armadura de batalla endoriana. Esto enfureció a José, que levantó su espada y destrozó las garras de Wolverine para luego decapitarlo de un solo tajo.

        Mientras José contemplaba el cuerpo del X-Men caído, dos rayos de calor lo embistieron por la espalda y lo lanzaron de frente contra una pared. Todavía en el suelo, volvió la mirada por encima del hombro y descubrió a Superman, cuyos ojos rojos destellaban en la oscuridad del ambiente. José se levantó con un veloz movimiento y le atravesó el pecho al último hijo de Kriptón, que se desmoronó en el piso manchado de sangre. Parecía que la pelea había llegado a su fin cuando Cyborg, Iron Man, Storm, Magneto, Cyclops, Darksaid, Fobos y Tiamat salieron de la oscuridad y empezaron a acercarse, disparando toda clase de rayos de luz y lanzándole enormes rocas.

        —¡Vengan a pelear, malditos fracasados!

        José estaba logrando eludir algunos ataques y bloqueaba otros con destreza, pero una roca logró impactarse contra su rostro y le hizo perder el equilibrio. Darksaid aprovechó la ocasión para alcanzarlo con sus rayos ópticos y José se derrumbó en el suelo quedando indefenso. No pasó mucho tiempo antes de que los demás se sumaran al ataque, descargando una tormenta de rayos que impactaron una y otra vez en el cuerpo del otrora emperador de Endoria.

        —Simulación terminada.

        Lentamente, los hologramas comenzaron a apagarse y todos los androides dejaron de moverse. José se levantó hecho una verdadera furia. No sólo no había roto su record anterior, sino que lo habían derrotado algunos de los personajes que más repudiaba cuando apenas estaba calentando. Sin dejar de maldecir, se volvió hacia la entrada y se encontró con su primo Luis Carrier, que le ofrecía una toalla.

        —¿De nuevo matando el tiempo de esta forma?

        —¿A ti qué te importa lo que yo haga? —replicó José, tomando la toalla y limpiándose el sudor del rostro con una mano—. Yo ya lo tenía todo controlado cuando se te ocurrió apagar la simulación.

        —Sí, lo noté.

        Luis se fijó en las marcas que el androide de Wolverine había dejado en la armadura de José. Una sonrisa de burla se asomó por los labios del general, causando que su primo le lanzara una mirada llena de furia.

        —¿Por qué me molestas cuando estoy practicando?

        —Porque N´astarith nos espera en la sala del trono —le contestó Luis—. Sí no me equivoco, la mayoría de nuestros amigos ya deben estar reunidos allí. Supongo que no querrás que lleguemos tarde por culpa de tus prácticas de combate.

        —Pensar que ese era el salón de MI trono —murmuró José sin poder contener su rabia—. Pero esto no se quedará así por siempre, te lo aseguro. Recuperaré lo que es mío tarde o temprano y luego me vengaré de todos lo que me han robado el triunfo.

        Luis lo miró con aburrimiento.

        —Sí, claro, algún día puede que N´astarith decida morirse.

        Sin prestar atención a los vacuos comentarios de su primo, José guardó la espada del fuego en su funda y se aprestó a ir al salón del trono. Sin embargo, antes de que pudiera salir de la habitación, su sexto sentido percibió una energía familiar que lo hizo detenerse. Desconcertado, se quedó mirando el vacío un momento hasta que la voz de Luis lo hizo reaccionar.

        —¿Te sientes bien?

        —Claro, estoy perfectamente.

        —Por cierto —Luis miró de cerca a uno de los androides destrozados—. ¿Qué le pasó al robot de Wonder Woman? Recuerdo que me gustaba mucho practicar con ese.

        —Que puerco eres —repuso José, entrecerrando los ojo—. Olvídate de las robotzuelas.

        José tiró la toalla al piso y se puso la capa de nuevo. El otrora emperador de Endoria decidió olvidarse de aquella sensación y comenzó a caminar a paso veloz hacia la puerta. Luis volvió la mirada hacia la sala de entrenamiento tratando de adivinar en qué se había quedado pensando su primo. Tal vez en los androides de batalla o en la imposibilidad de romper el último record.

        En una estancia de las habitaciones de los líderes del Ejército del Mal, Hadora esperaba ansiosamente la llegada de Myst. Ahora que Baran había abandonado la causa del rey Ban, el comandante general sabía que no podían darse el lujo de cometer más errores a riesgo de ver disminuidas sus posibilidades de triunfar sobre los humanos. Sin embargo, no sólo le preocupaban las continuas derrotas del Ejército del Mal, sino también las intenciones ocultas de N´astarith.

        Hadora presentía que el señor de Abbadón escondía un propósito más que el de sólo acabar con Dai y los Caballeros Celestiales, pero no podía imaginar de qué se trataba. La única pista que tenía hasta el momento era la misteriosa gema que se encontraba en el reino de Papunika y por la cual los guerreros de N´astarith se habían enfrentado con Dai y sus amigos. El comandante general se cruzó de brazos y también se dedicó a pensar sobre el último enfrentamiento entre Dai y Baran. Definitivamente aquel odioso chiquillo se había vuelto más poderoso que antes y eso lo obligaba a tomar una inevitable decisión: tenía que volverse más fuerte a como diera lugar, aún sí ello implicaba renunciar a lo que era.

        De repente la puerta de acceso se abrió para dar entrada a Myst. El comandante del Batallón de las Sombras entró flotando por el suelo y se detuvo ante Hadora. Los ojos de Myst destellaban levemente con cada palabra que surgía desde su interior.

        —¿Qué es lo que deseas decirme, Hadora?

        El comandante se volvió hacia Myst y dejó caer ambos brazos a los costados.

        —Quería informarte que he decidido transformarme en un monstruo y dejar de ser una criatura de la oscuridad.

        —No puedes hacer eso —repuso Myst de inmediato—. Sí lo haces, perderías la habilidad de utilizar los hechizos mágicos ya que los monstruos están impedidos para hacerlo a diferencia de los seres de la oscuridad. Todo esto sin mencionar que ya no podrías revivir de nuevo por medio del poder del rey Ban sí alguien llega a eliminarte. 

        —Lo sé —murmuró Hadora—. Pero es la única manera de incrementar mis poderes. El rey Ban no tolerará que vuelva a fracasar y sólo podré derrotar a Dai siendo un monstruo más poderoso. Estoy consciente de las desventajas que implica dejar de ser lo que soy para transformarme, pero ya lo he pensando mucho y creo que es lo más conveniente. Además he averiguado cómo usar magia siendo un monstruo. Es la única manera de igualar los poderes del estado híbrido de Baran.

        Los ojos de Myst se iluminaron.

        —Entonces supongo que no nos acompañarás a la reunión con N´astarith.

        —N´astarith —gruñó Hadora con desprecio—. Estoy convencido que ese maldito y sus súbditos esconden algo relacionado con esas gemas que mencionaron. El rey Ban hace mal en confiar en ellos. 

        —El rey Ban hace lo que cree es mejor —dijo Myst y luego se giró para dirigirse hacia la puerta. Antes de abandonar la habitación, se detuvo un momento y agregó—: Pero no creas que por eso confía ciegamente en N´astarith. Te aseguro que tarde o temprano descubriremos lo que oculta y entonces veremos qué hacer.

        Astronave Churubusco.

        Mariana bajó de su caza estelar de un brinco y luego se quitó el casco dejando al descubierto su hermoso rostro. Comenzó a caminar por el hangar sin dejar de mirar a los refugiados que habían viajado a bordo del Águila Real en la que habían vuelto Cadmio y los demás. Los soldados estaban haciendo esfuerzos por mantener el orden, pero parecía que no lo estaban logrando. La princesa se detuvo y empezó mirar en todas direcciones buscando algún rostro conocido. Fue entonces cuando notó la presencia de Eclipse, Ranma, Ryoga, Shampoo, Moose, Sailor Moon y las Sailor Senshi, Hikaru, Fuu y Umi. Al parecer habían sido atraídos por la llegada de las naves.

        —Mariana —la saludó Sailor Venus—. Que bueno verte de nuevo, ¿dónde habías estado?

        —Hola, Sailor Venus, estuve en una misión.

        —¿Con Sailor Uranus y los demás? —inquirió Sailor Moon.

        Eclipse sonrió levemente.

        —Sailor Uranus —murmuró—. Es algo… eh, antisocial, ¿no?

        Sailor Jupiter se giró hacia el enmascarado.

        —¿Eh? No, ella sólo es un poco desconfiada, pero cuando la conoces bien te das cuenta que es una persona maravillosa.

        Sailor Venus miró a su compañera con una expresión pícara.

        —Y… hablando de personas maravillosas… ¿por qué no nos cuentas de ese joven llamado Azmoudez? Te he estado viendo que platicas mucho con él. Quizá haya algo que desees contarnos, ¿no?

        Las mejillas de Sailor Jupiter se iluminaron. La Inner Senshi se miró las puntas de sus botas y se estrujó las manos mientras trataba de pensar en una excusa que le permitiera evadir hablar de ese tema. Últimamente había estado pensando mucho en Azmoudez, pero tampoco podía olvidar a Trunks. Los dos jóvenes le atraían, aunque de formas muy diferentes y eso la confundía un poco. Azmoudez era todo un caballero y la trataba como a una mujer hecha y derecha; siempre la hacía sentirse especial cuando hablaba con ella y le había demostrado su confianza. Por otra parte, Trunks le resultaba bastante enigmático y no podía dejar de sentirse atraída por su mirada penetrante y avasalladora, pero casi no había hablado con él.

        —Vamos, Sailor Jupiter —la animó Shampoo—. Sí nos cuentas sobre eso, yo te diré cómo fue que Ranma me declaró su amor —hizo una pausa y se llevó las manos a las mejillas dejándose llevar por su imaginación—. Fue algo tan romántico.

        —Sería en tus sueños —rezongó Ranma sin miramientos—. No le hagan caso, ella y yo sólo somos amigos.

        Atrás de Ranma, el despistado de Moose estaba ardiendo de celos, pero en vez de golpear a su rival, se fue tras una grúa hidráulica y comenzó a amenazarla con liquidarla si no dejaba en paz a Shampoo. Algunos de los soldados lo miraron pasar sin poder contener sus burlas.

        —¿Qué le pasa a ese chico? —inquirió Umi extrañada.

        —Me parece que es algo despistado —opinó Eclipse—. La otra vez lo vi comerse un libro completo y hasta me pidió un poco de sal.

        —No le presten atención —dijo Shampoo y a continuación sujetó el brazo de Ranma con ambas manos y apoyó su cabeza en el pecho del chico—. Ranma y Shampoo se casarán muy pronto.

        —¡Claro que no!

        En ese momento, Hikaru advirtió la presencia de los cientos de refugiados que estaban agrupados en un extremo del hangar. Como ella y sus amigas provenían de Tokio, no tuvo problemas en identificar los atuendos de aquellas personas. Sabía que era gente de la Tierra, pero no entendía qué estaban haciendo ahí.

        —¿Quiénes son ellos?

        Mariana miró a Hikaru.

        —Es cierto, ustedes no saben todavía lo que ocurrió. Todas esas personas provienen de la dimensión de donde acabamos de llegar. Las fuerzas de Abbadón destruyeron su mundo y decidimos traerlos con nosotros porque no tenían a donde llevarlos. De acuerdo con lo poco que sabemos, todo parece indicar que provienen de otro planeta Tierra al igual que todos ustedes, pero no estamos seguros de eso.

        Todos abrieron los ojos con asombro tras escuchar las palabras de la princesa.

        —¿Destruyeron su planeta? —preguntó Umi.

        —Que terrible es todo esto —musitó Hikaru mirando hacia el suelo con expresión compungida—. ¿Por qué tuvo que pasar esa desgracia? No lo entiendo —Sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas—. Es demasiado cruel.

        Sí alguien podía entender a Hikaru, ésta era Sailor Moon. Al igual que la Guerrera Mágica, Usagi no podía dejar de imaginar todo lo que aquellas personas debían estar sufriendo. Probablemente se sentían angustiados de no saber lo qué iba a ser de todas ellos ahora que ya no tenían un hogar a donde volver. Sailor Moon fue a donde estaba Hikaru y comenzó a hablarle gentilmente.

        —No llores, por favor.

        Hikaru alzó la mirada y asintió.

        —Lo siento, pero no puedo evitar sentirme así, Sailor Moon.

        —Tranquilízate, Hikaru —le pidió Fuu con un nudo en la garganta. No podía soportar ver a su amiga en ese estado—. Yo sé que es difícil, pero debemos ser fuertes y apoyar a estas personas.

        Eclipse echó vistazo hacia la multitud.

        —Y créeme que algunos necesitan ayuda seriamente.

        No muy lejos, un hombre de aspecto andrajoso estaba deambulando de un lado para otro incomodando a todos con sus gritos. De algún modo había traído consigo un trozo de cartón y le había garabateado una cita bíblica. En la otra mano sostenía un desmontador de llantas de cuatro brazos y lo empuñaba como sí fuera un crucifijo.

        —¡El fin ha llegado!

        —Si vieras cuantas veces he oído ese tipo de cosas —le respondió Eclipse con fastidio—. Creo que si me dieran un crédito por cada que alguien dice eso ya sería el sujeto más rico de toda la galaxia.

        —¡El señor ha hablado con lenguas de fuego!

        —¡Consigue trabajo, hippie! —espetó Eclipse con severidad, y luego le arrebató el desmontador de llantas—. ¿Qué diantres es esta cosa? Parece una especie de arma antigua.

        —Eso es un desmontador de llantas —le indicó Ranma—. No es ninguna arma.

        —¡Ha llegado la hora del juicio final! —El hombre torturado, sin dejar de gritar, dio la espalda al enmascarado—. ¡Arrepentios todos!

        Un par de soldados endorianos llegaron y se llevaron deprisa al hombre que seguía lanzando gritos a los cuatro vientos. Umi se cruzó de brazos sin saber sí debía experimentar alivio o sentir lástima por aquel pobre loco que probablemente no entendía nada de lo que había pasado. Eclipse, por su parte, se rascó la cabeza mientras examinaba con cuidado el desmontador de llantas.

        —No entiendo —dijo el enmascarado luego de un momento—. A mí me sigue pareciendo una especie de arma, pero supongo que podría servir para algo. Quizá podría vendérselo a alguien o conservarlo.

        —Bueno ya —se quejó Sailor Venus—. Ahora, Jupiter, cuéntanos todo.

        —Sí, vamos —convino Mariana y le guiñó el ojo—. Tal vez podamos darte algunos consejos. Una nunca debe negar lo que siente por otra persona, sino esforzarse por conseguir ese amor.

        Ranma la miró con los ojos entrecerrados.

        —Cualquiera diría que la enamorada eres tú.

        —Qué cosas dices, Ranma —repuso Mariana luego de sonrojarse.

        Umi se volvió hacia un costado y se quedó mirando el espacio. Mientras escudriñaba los millones de estrellas, sus pensamientos volaron hacia el mundo de Céfiro, específicamente hacia Guru Clef. A pesar del tiempo transcurrido y de la distancia, sus sentimientos no habían variado. Entonces se vio a sí misma como a una boba que se aferraba neciamente a algo totalmente imposible. Meneó la cabeza como queriendo sacudirse la imagen de Guru Clef y luego se prometió no volver a pensar en él. Y sin embargo, en su corazón, aquel cálido sentimiento no parecía querer extinguirse.

        Armagedón

        En el salón del trono, N´astarith permanecía sentado con las manos sobre los brazos de su asiento observando la gigantesca pantalla visora. En ésta se mostraba una magnifica simulación virtual de lo que sería el ataque terrestre en Adur. Los Khans también se encontraban en la habitación al igual que Mantar, Isótopo y sus guerreros, Malabock, José Zeiva, Bórax, el rey Ban, Myst, Saboera, Kilban, Rei Ayanami, Lilim, los comandante y generales abbadonitas de más alto rango, los consejeros del emperador y los representantes militares de los sistemas aliados del imperio. Todos tenían puesta su atención sobre la enorme pantalla y en las imágenes que ésta exhibía, a excepción de Lilim, que no dejaba de observar ocasionalmente a Rei.

        Cuando la simulación terminó, la pantalla desplegó una serie de datos que indicaban el número de naves destruidas, así como de todos los muertos y desaparecidos que la supuesta batalla dejaría entre ambos bandos. Las cifras no podían ser más elocuentes. De acuerdo con los cálculos hechos por la computadora, sí todo se hacía como estaba planeado, la mayoría de las naves de la Alianza Estelar serían destruidas durante el asalto y los principales líderes aliados terminarían siendo capturados; todo eso sin mencionar la muerte de aproximadamente doscientos mil enemigos. En contraste, las fuerzas terrestres sólo acabarían sufriendo ciento sesenta y seis bajas militares y la destrucción de algunos cuantos cazas.

        —¿Qué le parece el plan de batalla, mi señor? —preguntó Mantar cuando las luces se encendieron—. Las naves enemigas se mantienen siempre en la zona de sombra del planeta Adur para evitar ser detectadas. Jamás imaginarán que la misma oscuridad en la que se esconden les servirá a los terrestres para tomarlos por sorpresa. Para cuando descubran lo que ocurre será demasiado tarde.

        —Interesante —siseó N´astarith—. Pero no puede haber ningún error o todo será un fracaso. Los terrícolas tienen buenas armas y excelentes naves de guerra, pero las fuerzas que se esconden en el sistema Adur son mucho mejores.

        —No hay por qué preocuparse, mi señor —dijo Tiamat con una sonrisa—. El general Azmoudez nos ha asegurado que antes del ataque, nuestro agente en el alto mando de la Alianza enviará a buena parte de la flota a realizar maniobras militares en algún sistema alejado.

        Liria volvió a observar la pantalla y advirtió que el número de muertos en el bando enemigo no hacía distinción entre civiles y militares. Imaginó que tal vez había un error en la simulación debido a algún tipo de falla y decidió hacerla notar antes de que se le olvidara.

        —Disculpe, mi señor —murmuró, atrayendo la atención de N´astarith.

        —¿Qué ocurre, Liria?

        —Es que me llama la atención que la cifra de enemigos muertos no dice sí se trata de militares y civiles o nada más de militares.

        —Son doscientos mil muertos entre civiles y militares —repuso N´astarith con la mayor tranquilidad del mundo—. Por desgracia, en una operación de esta naturaleza no podemos detenernos a diferenciar quién es un combatiente enemigo y quién no lo es. Puesto que los principales líderes de la Alianza se encuentran en Adur, debemos suponer que todas las naves son hostiles.

        Liria enmudeció en su sitio. Quería decir algo para tratar de disuadir al emperador de proceder de aquella forma, pero la forma en que Allus y Leinad la miraban fue suficiente para que desistiera de sus intenciones. Cuando todo parecía indicar que la exposición de Mantar continuaría, Naju-vir elevó su voz para mostrar su rechazo ante la idea de aniquilar civiles.

        —No puedo estar de acuerdo con su idea, mi señor.

        Todas las miradas se clavaron como flechas sobre el Khan del Cíclope. El salón del trono quedó sumido en un absoluto silencio. Nauj-vir notó que algunos de los presentes, entre ellos la mayor parte de los Khans, lo miraban con desprecio o burlándose de él, pero no hizo el menor caso de lo que los demás pensaran y siguió hablando con voz firme.

        —No hay ningún honor en matar personas indefensas. Acabemos con todas las naves de guerra, si, pero no hay razón para ensañarse con los civiles que estén ahí. Una acción de esa naturaleza mancharía la imagen de nuestra causa y la gloria del imperio. 

        Sorlak de Grifo soltó una estridente carcajada de burla, pero se calló inmediatamente cuando advirtió cómo un furioso Nauj-vir cerraba los puños y fruncía los labios, dejando entrever sus dientes. José Zeiva, por su parte, alzó la mirada al techo y meneó la cabeza en sentido negativo; le fastidiaba que interrumpieran la reunión con discusiones absurdas como eso del honor.

        —No veo por qué tanta discusión —comentó Saborea.

        N´astarith buscó con los ojos la mirada de Nauj-vir y espero a que todos guardaran silencio. No era la primera ocasión que el señor de Abbadón se molestaba por los señalamientos del Khan del Cíclope, y presentía que no sería la última, pero ya estaba empezando a cansarse de aquella retórica acerca del honor. N´astarith creía firmemente que durante las guerras todo era válido con tal de destruir al enemigo, pero siempre prefería mostrarse ante los demás como un caballero. ¿Honor? Eso pertenecía al pasado.

        —Lo lamento sí lo he ofendido, mi señor —dijo Nauj-vir inclinando la cabeza.

        —Descuida, Nauj-vir —murmuró N´astarith—. No me ofendes, pero te aseguro que la mayor parte de las naves enemigas en Adur son militares. Dime, ¿qué harías si supieras que los líderes de la Alianza usan civiles como escudos? Creo que sí hay alguien que no tiene honor son nuestros enemigos.

        El Khan del Cíclope se quedó meditando profundamente en las palabras que el emperador acababa de pronunciar. Nauj-vir le había jurado completa lealtad a N´astarith y se sentía obligado a obedecerlo ciegamente para respetar dicho juramento. No obstante, le preocupaba que su señor cometiera acciones deshonrosas y nunca se quedaba callado cuando algo le parecía inapropiado. Otros guerreros como Tiamat no comprendía la manera de actuar de Nauj-vir, ni tampoco por qué el emperador le toleraba aquel estúpido sentido del honor que profesaba abiertamente.

        —Mi señor, sí usted me asegura que todas las naves que se esconden en Adur son de guerra, yo le creo. Confío plenamente en que usted nos llevará a la victoria y que los guerreros de la Alianza no tienen honor.

        N´astarith asintió con la cabeza y sonrió con satisfacción.

        —Bien, entonces todo ha quedado aclarado, ¿no es así? Ahora discutiremos la estrategia que usaremos para eliminar de una vez por todas a esos malditos Caballeros Celestiales y a esos guerreros patéticos que se les han unido. He tolerado ese problema por demasiado tiempo y ha llegado el momento de ponerle fin.

        —No tan deprisa —murmuró calmosamente una voz.

        Lilim se abrió pasó entre los militares abbadonitas y se detuvo ante las escaleras que subían al trono. La shito no parecía tener ningún miedo, y tampoco se dejó impresionar por las miradas amenazantes de los Khans. En vez de ello, totalmente tranquila e impasible, lanzó una mirada de advertencia a N´astarith.

        —Les agradezco que me hayan rescatado de las manos de los humanos, pero tampoco estoy a su disposición. Antes que nada necesito unas respuestas y las quiero ahora mismo. No sé a dónde me han traído ni es lo que quieres de mí, pero creo que ya es hora de que me lo digan.

        —¡Chiquilla insolente! —bramó Tiamat.

        —Esperen, tranquilos todos —Los ojos rojos de N´astarith se clavaron en Lilim y percibieron un destello de ira en su rostro—. Bien, sí tienes paciencia, mi joven amiga, te diré todo lo que quieres saber.

        La shito frunció el entrecejo y volvió la mirada un instante hacia Rei Ayanami.

        —¿Y por qué sigue ella con vida? Los humanos tomaron parte de mi ADN y lo usaron para crear esa cosa con la intención de controlarme. Exijo que la destruyan de inmediato o lo haré yo misma.

        Fobos soltó una risilla maliciosa mientras caminaba hacia Rei, quien le dirigió una vaga mirada. El Khan del Terror la sujetó de un brazo y luego levantó una mano envuelta en energía violácea. Antes de que Rei tuviera tiempo para hablar, Fobos depositó su palma en el pecho de la chica y esperó un momento. La joven comenzó a retorcerse como sí le estuvieran aplicando choques eléctricos. De manera simultanea, Lilim también se sujetó su pecho y cayó de rodillas al suelo, ahogada por un profundo dolor.

        —No olvides que las dos poseen un lazo en común —le recordó Fobos y luego soltó a Rei, que se desplomó en el piso como un saco de tornillos—. Pero no malentiendas las cosas, en realidad te acabamos de salvar la vida. Sí hubieras atacado a esta niña, probablemente el dolor hubiera resultado mil veces peor. 

        Lilim lo miró con unos ojos que eran puro odio. Por unos momentos el deseo de matarlos a todos incendió su corazón, pero luego lo pensó mejor y se contuvo. No tenía oportunidad de nada mientras Rei estuviera ahí. Ahora entendía por qué la habían dejado vivir en vez de abandonarla en la Tierra. La shito levantó el rostro, exhibiendo una mueca de furia que causó la burla de Sorlak de Grifo.

        —Malditos… .

        —Creo que empezamos mal las cosas, preciosa —le dijo N´astarith con suavidad—. No hay necesidad de enfadarse cuando todos saldremos beneficiados sí luchamos del mismo lado. Estoy seguro, Lilim, que querrás vengarte de los humanos que te aprisionaron por tanto tiempo, ¿no es así? Ellos aún están vivos y se han aliado con mis enemigos.

        —¿De verdad? —inquirió Lilim con suspicacia.

        —Por supuesto que sí —le aseguró N´astarith—. Fobos me contó todo lo que les hicieron a ti y a los otros shitos. Ellos, los humanos, deben pagar por lo que te hicieron, que la sangre de sus cuerpos riegue el suelo para honrar a tus compañeros muertos.

         —Sí —dijo Fobos, alzando un puño—. Muerte a todos nuestros enemigos, que el infierno reciba en sus puertas a todos los que luchan contra nosotros. Los Caballeros Celestiales, los Santos de Atena, los saiya-jins, las Sailor Senshi, las Guerreras Mágicas y todas las demás alimañas que apoyan a la Alianza Estelar. Que mueran esos infelices.

         Ban dejó escapar una sonrisa malévola. Una vez que Dai estuviera muerto y los Caballeros Celestiales dejaran de existir, nada lo obligaría a permanecer por más tiempo en aquella dimensión. Podría volver a su propio mundo y destruir a los reinos humanos como deseaba. No le interesaba en lo más mínimo lo que hiciera el señor de Abbadón, pero aún le intrigaban todo lo relacionado con las gemas estelares. ¿Acaso no había sido por éstas que los Khans habían llegado al reino de Papunika? Tampoco lograba comprender cómo era que sus aliados pretendían dominar toda la Existencia, pero también sospechaba que las gemas tenían algo que ver.

        N´astarith se puso de pie.

        —Cuando hayamos alcanzado la victoria en Adur, marcharemos hacia el sistema Atrio y lo destruiremos por completo. Entonces usaremos el poder de las gemas sagradas para controlarlo todo. Nadie en ningún universo podrá oponerse a mis designios. —N´astarith extendió los brazos en cruz y los levantó—. ¡El poder absoluto será nuestro y toda la Existencia también!

         Continuará… .

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