Leyenda 136

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO CXXXVI

LA TRAICIÓN REVELADA

          Astronave Churubusco.

          —¿Estás seguro de tu decisión, Saulo? —le preguntó Cadmio.

          —Sí, lo siento mucho la verdad, es lo mejor —respondió el príncipe. Las palabras le hacían daño—. No quiero decir que no lo ayudaré a luchar, pero tengo otras obligaciones como heredero de la corona de mi padre y no puedo ocuparme de la Orden como debería hacerlo. He meditado las cosas desde hace tiempo y creo que será lo mejor para todos. Ustedes también deben saber que llegaría este momento.

          —Pero, Maestro… . —murmuró Areth con una expresión de asombro.

          —Una persona no puede tener dos lealtades —declaró Saulo—. Sí eligiera el camino de los Celestiales tendría que abandonar a mi pueblo y dejarlo a su suerte, aunque eso significara su destrucción. No puedo olvidarme de ellos y hacer como sí no existieran. Hacerlo equivaldría a deshonrar la memoria de mi padre y de todos aquellos que han muerto luchando por la libertad de Endoria.

          Cadmio se encogió de hombros.

          —Supongo que las cosas suceden por algo, ¿no?

          —Debemos confiar en la voluntad del Creador —dijo Casiopea—. Tal vez el destino de Saulo no estaba con los Celestiales desde un principio. Nadie puede saber con seguridad el futuro de cada uno de nosotros.

          —Creo que es el momento de marcharnos —anunció Cadmio en forma apremiante—. Los demás ya deben estar en el hangar esperando para irnos hacia el planeta Adur. Será mejor que nos movamos o ese imbécil de Azmoudez es capaz de marcharse sin nosotros.

          Saulo asintió.

          —Es cierto, seguiremos hablando de esto por el camino.

          —¿Y qué sucederá con Areth? —preguntó Asiont mientras la chica los miraba con atención—. Todavía necesita un Maestro que se encargue de concluir su instrucción. No deberíamos repetir nuestros propios errores con ella.

          —Por favor, no se peleen todos por ese gran honor —murmuró Areth con desgano. Aunque no lo demostraba abiertamente, estaba bastante molesta con Saulo y sentía deseos de gritárselo a la cara. No sólo se había desatendido de ella por culpa de la maldita política, sino que ahora renunciaba a la Orden sin tomarse la molestia de buscar un Celestial que la tomara como discípula. Era algo realmente indignante.

          —Creo que Saulo debería escoger a uno de nosotros —sugirió Lance—. Él siempre nos guió desde que éramos más jóvenes y que creo que le corresponde ese honor por haber sido Maestro de Areth y Ezequieth.

          —Es lo más acertado que has dicho —murmuró Cadmio.

          Todos se volvieron para ver la reacción de Saulo. Los Celestiales aguardaron en silencio para conocer el nombre de quien se haría cargo del entrenamiento de Areth a partir de ese momento. El príncipe se cruzó de brazos y respiró hondo antes de anunciar su última decisión como Celestial.

          —Creo que la más indicada es Tyria, la Celestial que Asiont conoció en el santuario del planeta Caelum —dijo por fin—. Tengo entendido que ella sí terminó la instrucción y es la mejor calificada para realizar semejante tarea.

          —¿Tyria? —murmuró Areth. El calor afloró en sus mejillas—. Ni siquiera la conoces en persona, ¿crees que puedes tomar una decisión de esa naturaleza sin consultárselo a ella directamente? Tal vez hayas guiado a los demás desde que yo era una niña, pero… tú no eres Aristeo.

          Saulo desvió la mirada, molestó por la crítica. Lo cierto era que no tenía ninguna autoridad para asignarle a Tyria la responsabilidad de hacerse cargo de una alumna que ni siquiera sabía que existía. Tal vez fuera el príncipe de Endoria y uno de los líderes más importantes dentro del Consejo de la Alianza, pero entre Celestiales sólo era uno más del grupo. Como no sabía que decir, volvió el rostro hacia Casiopea esperando encontrar apoyo en ella.

          —Bien —dijo Casiopea—. Pienso que lo mejor que podemos hacer es… .

          —A mí no me vean, Casiopea—dijo Cadmio de inmediato—. Tomar una aprendiz no está en mis planes por el momento. Tal vez lo mejor sea que tú te hagas cargo de ella hasta que consultemos con Aristeo. Digo, ambas son mujeres así que no les será difícil entenderse.

          —Me gustaría hacerlo, guapo —repuso Casiopea—. Pero no tengo la preparación necesaria para ser una buena Maestra, aunque, bueno, en realidad todos estamos más o menos en la misma situación.

          Cadmio y Saulo intercambiaron una mirada, los dos pensativos y serios. Lance supuso que estaban recordando que todos habían dejado la instrucción antes de que se les concediera el título de Caballeros, lo mucho que habían decepcionado a Aristeo, lo ansiosos que estaban por unirse a la Alianza Estelar en aras de luchar contra N´astarith y sus guerreros. No había uno sólo de ellos que no pensase que de haberse convertido en auténticos Celestiales las cosas serían diferentes, aunque lo cierto es que nadie estaba seguro de eso.

          —Pienso que Asiont debería hacerlo —dijo Lance con cuidado—. Él derrotó a uno de los Khans luego de entrenar con el Maestro Aristeo y sabe cómo percibir la fuerza del aureus. Creo que es el más indicado para hacerse cargo de Areth.

          —¿Perdón? —murmuró Asiont, aturdido—. No estarás hablando en serio.

          —Me parece una buena idea, Lance —convino Casiopea con una sonrisa.

          —Supongo que es lo más conveniente —opinó Cadmio—. Después de todo es el único que ha vuelto con el Maestro Aristeo después de tanto tiempo. Es seguro que aprendió un par de cosas nuevas mientras estuvo en Caelum.

          —Esperen un momento —protestó Asiont—. Lo mejor es que discutamos esto calmadamente con el Maestro Aristeo. Lo que dijo Casiopea es cierto. Ninguno de nosotros está lo suficientemente capacitado para tener un discípulo y habría que consultarlo con un verdadero Maestro.

          —Tal vez sea como dices —Saulo miró fijamente a Asiont—. Pero hasta entonces quiero pedirte que te hagas cargo de Areth. La verdad es que todo lo que yo pudiera enseñarle lo sabes tú también. Ella es testaruda y le falta mucho por aprender, pero posee grandes capacidades.

          Asiont observó con el rabillo del ojo y vio el rostro molesto de Areth. También vio la sonrisa burlona de Cadmio, pero se mantuvo indiferente a esas reacciones. Con todos los problemas que tenía controlando su ira y ahora le asignaban una responsabilidad para la que no se sentía preparado. ¿Furioso? En absoluto. No paraba de decirse que no estaba furioso, y terminó por creérselo. Él nunca había sido un discípulo ejemplar, ¿cómo es que imaginaban que iba a poder instruir correctamente a una aprendiz tan joven? Todos sabían que Saulo había decidido tomar discípulos bajo su cuidado porque le preocupaba que la Orden siguiera existiendo, pero que incluso él mismo reconocía que no estaba lo suficientemente preparado para asumir tal responsabilidad porque también había dejado la instrucción.

          —No creo que sea una buena idea —Asiont bajó la mirada—. Pero está bien, yo la tomaré como discípula y trataré de instruirla lo mejor que pueda en tanto hablamos con el Maestro Aristeo.

          —¡No te molestes, Asiont! —espetó Areth, desafiante—. Como ninguno de ustedes terminó el entrenamiento, no veo razón para no hacer lo mismo. No necesito que nadie me dé lecciones.

          La chica les lanzó una mirada fulminante y se retiró. Casiopea fue tras ella en tanto que Saulo permanecía en su sitio mientras la sensación del fracaso lo abrumaba. Asiont levantó la cabeza. Las arrugas se amontonaron en su frente. ¿Por qué las cosas tenían que salir de esa forma?

          —Ten paciencia con ella, Asiont —le aconsejó Lance—. Es comprensible que se encuentre molesta por toda la situación, pero verás que pronto se entenderán a la perfección y todo quedará en el pasado.

          Asiont volvió la mirada hacia una pared vacía, pero sólo podía pensar en Areth.

          —Espero que tengas razón, Lance —dijo despacio—. Porque estoy empezando a pensar que tal vez no vuelva a confiar en nosotros.

          Megaroad-01

          Estacionada a varios miles de kilómetros de la Churubusco, la gigantesca astronave terrícola flotaba tranquilamente sobre la superficie del lado nocturno del planeta Adur. Cientos de técnicos y androides trabajaban afanosamente sobre su superficie para reparar todos los daños y poner en funcionamiento los radares. Cuando quedó reparada la última de la singular colección de antenas que giraban en lo alto de la torre, en el interior los sistemas de radar cobraron vida nuevamente. La almirante Misa Ichijo avanzó hacia la consola donde Emily estaba trabajando y se asomó por encima del hombro de ella para echar un vistazo.

          —¿Cómo está funcionando el radar?

          —Es curioso, almirante —repuso Emily algo contrariada—. No sé lo que suceder, pero estoy detectando alguna clase de interferencia que bloquea nuestros sistemas de radar. Trataré de hacer un rápido diagnostico de todo, pero hace poco revisé las configuraciones varias veces y todo parecía funcionar bien.

          —Almirante —Kim se les acercó—. Los sistemas de comunicación están empezando a fallar inexplicablemente. Pareciera que alguien o algo estuviera bloqueando deliberadamente todas nuestras transmisiones.

          —¿Qué dices? —A Misa no le agradaba como sonaba aquello—. ¿Por qué piensas que alguien está detrás de la interferencia? Tal vez se trate de algún problema técnico o un fenómeno estelar.

          —La verdad lo dudo mucho, almirante —repuso Kim mientras se dirigía a una pantalla contigua a la de Emily—. Hace aproximadamente diez minutos empezamos a tener serios problemas para entablar comunicación con los pilotos de nuestros Lightning y ahora es peor. Todo parece indicar que la totalidad de la flota tiene el mismo tipo de problema.

          La mirada de Misa se dirigió hacia el ventanal frontal, sumida en sus pensamientos. Su instinto de militar le indicaba que algo malo estaba sucediendo y no necesitaba que nadie más se lo dijera. No podía ser coincidencia que todas las naves estuvieran teniendo fallas semejantes.

          Se volvió hacia Kim.

          —¿Podemos comunicarnos con la Churubusco o alguna otra nave alienígena?

          —Me temo que no es posible por el momento —dijo Kim—. Hemos hecho algunos intentos por hablar con ellos, pero la interferencia hace difícil mandar o recibir mensajes claros.

          —Esto no me gusta nada —comentó Emily mientras pensaba un momento en la idea de Kim de que alguien estuviera bloqueando los sistemas de radar y comunicaciones—. ¿Han intentado probar otras frecuencias?

          —Sí, pero el problema persiste a pesar de eso —le dijo una de las tres operadoras que estaba cerca—. Todo empeoró desde que un grupo de naves se trasladó al otro lado del planeta. Tengo entendido que iban a realizar juegos de guerra.

          Misa miró hacia el planeta Adur y más allá. Las naves del general MacDaguett habían pasado la línea del horizonte abandonando la zona de sombra apenas unos minutos antes y ahora era imposible verlas a simple vista. Sí de verdad alguien estaba interfiriendo de algún modo los sistemas de radar y todas las comunicaciones, era hora de iniciar la acción. Asintió con la cabeza, se volvió y las miró de nuevo.

          —Kim, quiero que den la alerta roja en toda la flota y que todo el personal se dirija a sus puestos de combate. Emily, busca cualquier emisión de ondas electrónicas por minúscula que sea y ubica su fuente de transmisión. Sí alguien está bloqueando nuestros sistemas lo descubriremos y veremos de qué se trata. ¡Tenemos que reestablecer contacto con la Churubusco!

          Kim cogió el teléfono rojo de línea directa con los hangares y transmitió las ordenes de Misa. Emily, por su parte, se sumió en su ordenador con la intención de aislar la interferencia que bloqueaba el sistema de radar.

          Astronave Churubusco.

          Firia se encontraba conversando con Rina Inbaasu y los demás Slayers en el gigantesco hangar donde aguardaban. La plática giraba en torno a la posibilidad de ir al planeta Adur para acompañar a Azmoudez junto a los otros, aunque a Rina no parecía entusiasmarle mucho la idea. Firia iba a decir algo para convencerla cuando sintió una energía que le resultó vagamente familiar y dejó inconcluso su comentario. Al buscar el origen de dicho poder, su mirada se topó con el rostro del pequeño Dai, que caminaba cerca de ellos juntó con la Sabia Marin, Poppu y la princesa Leona.

          —¿Qué te sucede Firia? —le preguntó Rina—. ¿Por qué te quedas callada?

          —Ese joven… —murmuró Firia—. No puedo explicarlo, pero percibo el poder combativo de un dragón en su interior. Pensé que se trataba de un simple ser humano como todos los demás, pero no es así.

          Ameria pestañeó un par de veces.

          —¿El poder combativo de un dragón?

          —¿Cómo es eso posible? —inquirió Shirufiru.

          —Yo podría decírselos —comentó Zerosu despreocupadamente—, pero eso… ¡es un secreto!

          Rina alzó los ojos con fastidio y al momento desvió la mirada. Zerosu empleaba tanto aquella expresión que estaba comenzando a molestarla. Firia, por su parte, se levantó de su asiento y caminó hacia donde estaban Dai y sus amigos. Tenía que averiguar por qué el chico emitía tan extraña energía.

          —Disculpa, tu nombre es Dai, ¿cierto?

          El chico se detuvo al oír que alguien pronunciaba su nombre y se volvió.

          —Sí, ¿quién eres tú?

          —Mi nombre es Firia —declaró la sacerdotisa—. Perdonen mi atrevimiento, pero no pude evitar percibir tus poderes gracias a mis habilidades. Respóndeme algo, por favor. Tú estas relacionado con los dragones de alguna manera, ¿verdad?

          Dai abrió los ojos enormemente.

          —Sí, bueno, no exactamente. ¿Cómo lo sabes?

          —Lo sabía —repuso Firia con alegría—. Mis habilidades no podían engañarme.

          Poppu se acercó un poco más para intervenir en la conversación.

          —¿Entonces tú puedes percibir la verdadera naturaleza de los poderes de Dai?

          —Exactamente —asintió Firia—. Del mismo modo que puedo percibir el poder mágico que posees. Lo que me llamó la atención fue que Dai se ve igual que un ser humano, pero detecto el poder combativo de un dragón en él.

          —¿El poder combativo de un dragón? —repitió el chico—. Bueno, eso tal vez eso se deba a que soy un Caballero del Dragón, aunque todavía no sé bien lo que esto significa. Existe toda una leyenda en el lugar de donde vengo que menciona que el Caballero del Dragón posee el poder combativo de los dragones, el poder mágico de los espíritus y el corazón de los humanos.

          —Tengo que confesar que nunca había sabido de alguien como tú —dijo Firia.

          —Oye, Firia —exclamó Rina en voz alta—. ¿Podrías explicarle a Ameria que no iremos a ningún lado? Es más, creo que ya es hora de volver a casa.

          —Pero señorita Rina —dijo Ameria—. Vinimos para ayudarlos a luchar, ¿qué ya no se acuerda?

          —Olvida eso de una vez por todas —replicó Rina mientras echaba a caminar hacia donde estaban Azmoudez, Eclipse y la princesa Mariana—. Oigan, ¿cómo hago para regresar al sitio de donde me trajeron?

          Cuando Azmoudez la vio venir, le obsequió la más galante de sus sonrisas.

          —Creo que eso no es posible por el momento, señorita… —guardó silencio cuando se dio cuenta que no recordaba el nombre de la hechicera—. Ah, disculpa, pero con tanta gente creo que he olvidado tu nombre.

          —Llámame Rina, y no me interesa lo que piensen. Quiero irme de este lugar.

          —Creí que habías venido a ayudar —murmuró Eclipse.

          —Cambié de opinión —contestó la hechicera—. Me parece que ya tienen suficiente ayuda y no me extrañarán.

          —Yo sí te extrañaría, Rina —se escuchó decir a Gaury.

          Ella se volvió un instante hacia el espadachín y lo miró con furia.

          —Tú vendrás conmigo, tonto cabeza de medusa, no pienses que voy a dejarte en este lugar plagado de locos.

          —¿A quién llamas locos? —le preguntó Sailor Jupiter.

          Rina forzó una sonrisa.

          —Eh, no me refería a ti o a alguna de tus amigas.

          —Pero, señorita Rina —Ameria dejó su lugar para acercarse—. Usted dijo que los trajes de ellas eran ridículos y también dijo que el sujeto verde de por allá le recordaba a una sabandija porque… .

          Piccolo arqueó una ceja.

          —¿Qué cosa?

          —Ah, ya cállate, Ameria, no digas tonterías —Rina se dio vuelta para taparle a su amiga la boca con una mano y la empujó hacia atrás. Sailor Jupiter les dirigió una mirada fulminante que lo decía todo—. Bueno, ya, me quiero ir.

          —Pero, Rina —repuso Mariana—. No podemos… .

          —Déjenme tratar con ella —dijo Eclipse y luego les guiñó un ojo. Se aproximó a Rina y la invitó a que lo acompañara—. Sé cómo convencerla de que se quede para ayudarnos.

          La hechicera accedió de mala gana y ambos se alejaron un poco. Cualquier cosa era mejor que permanecer parada ahí mientras Sailor Jupiter, Piccolo y Azmoudez le acosaban con sus miradas recriminatorias. Rina se detuvo y miró al enmascarado con evidente desconfianza.

          —¿Qué quieres? Sí crees que vas a convencerme de hacer lo correcto y luchar por la justicia más vale que te guardes el discurso. A mí no van a convencerme con esas tonterías porque no voy a arriesgar mi vida por… .

          —Ellos son ricos —le interrumpió el espía—. Si nos ayudas, la recompensa puede ser más de lo que imaginas.

          Un destello de ambición cruzó la mirada de Rina.

          —Yo puedo imaginar muchas cosas.

          —Tan sólo quiero que observes a esos tipos —le indicó Eclipse haciendo un gesto con los ojos para que mirara a los santos dorados—. Ellos portan armaduras de oro sólido con gemas incrustadas. No, mi amiga, ellos no son guerreros ordinarios. En realidad son guardianes de grandes riquezas en su mundo. Quédate aquí y te aseguro que si demuestras suficiente valor, tal vez te entreguen una armadura dorada como esas.

          —¿Lo dices en serio? —preguntó Rina con suspicacia. Se escuchaba demasiado bueno para ser cierto—. Te advierto que si me engañas te irá mal.

          —De veritas —dijo Eclipse.

          —Muy bien, los ayudaré, pero quiero bastante oro a cambio.

          —Claro, claro, podemos hablar de los detalles, pero… .

          —¿Pero?

          —Creo que nuestra nave está llegando.

          USS Enterprise.

          El general Scott se paseó delante de sus soldados y pilotos para darles las últimas indicaciones antes de que comenzara la batalla.

          —Cuando encontremos al enemigo, lo mataremos. No mostraremos misericordia. Él ha matado a miles de los nuestros y debe morir. Cuando estén cerca de ellos y quieran rendirse ¡oh, no! ¡Esos bastardos deben morir! Ustedes dirán esto a sus hombres. Ellos deben tener el instinto de asesinos. No haremos fama de matadores y los matadores son inmortales.

          Los pilotos prorrumpieron en gritos de apoyo a su general.

          —Están en el proceso de hacer historia —exclamó con voz estentórea—. Esta es otra batalla por la libertad. No me cabe duda de que todos y cada uno de ustedes va a hacer lo que siempre han hecho: patear algún trasero.

          Esas palabras bastaron. Los soldados y los pilotos soltaron unas carcajadas.

          —Aquí hay todo un cargamento de pateadores de traseros —gritó Scott al pasar revista a los marines que lo rodeaban.

          En respuesta, sus emocionadas huestes lanzaron un “¡hurra!” atronador.

          Scott sonrió.

          —Entonces llegó la hora.

          Los pilotos cogieron sus cascos y corrieron hacia los cazas. Una vez que llegaron a los hangares de alta seguridad, las puertas comenzaron a abrirse. En el interior había FS-22 Raptor, FS-18 Hornet y FS-15 Eagle, los más modernos cazas de combate con los que contaban en las Fuerzas Espaciales de los Estados Unidos. La misma escena se repitió en todas las naves de la flota terrestre, allí donde hubiera cazas espaciales.

          A la capitana Alessandra Gake, jefe de su escuadrilla y una de las pilotos más experimentadas en Egipto, le habían asignado como objetivo la astronave lerasina Artemisa. Durante sus cinco años de servicio con las fuerzas de elite egipcias había tomado parte en misiones importantes y en una guerra, lo cual la convertía en la más indicada para liderar un ataque contra una de las astronaves mejor armadas. Corría ya hacia su aparato cuando se sintió abrumada por las implicaciones de la misión. Se volvió un instante hacia las pilotos de su escuadrilla y pensó en algo que pudiera decirles, pero sólo se limitó a levantar su casco y a sonreír tristemente, deseándoles buena suerte a todas.

          Los pilotos ajustaron sus cinturones y pusieron en marcha sus cazas.

          Armagedón.

          Mientras una brigada de Shadow Troopers avanzaban por el portal mágico creado por N´astarith para viajar hacia el planeta Adur, Hadora entró en la habitación acompañado por cinco guerreros que nadie había visto antes. Estos no eran androides como supusieron los Khans cuando los vieron; en realidad se trataba de criaturas mágicas de forma humanoide hechas de un metal extremadamente resistente. Llevaban armaduras en los hombros, pecho, brazos y piernas.

          —Hadora —dijo Saboera, volviéndose hacia el Comandante del Ejército del Espíritu del Mal para recibirlo—. Veo que tu transformación ha terminado con éxito y ahora supongo que deseas probar tus nuevos poderes en contra de Dai y sus amigos, ¿o me equivoco?

          —Es lo que más anhelo —asintió Hadora—. Por fin podré derrotar a Dai sin importar que él sea un Caballero del Dragón. Gracias a tus conocimientos mágicos y a tus investigaciones sobre el Súper Demonio, Saboera, ahora soy un guerrero más poderoso.

          —¿De verdad? —se mofó Tiamat, acercándose—. Tu aspecto no ha cambiado mucho, Hadora, pero percibo que tus poderes han aumentado considerablemente de alguna manera. Espero que sean suficientes para derrotar a ese chiquillo molesto.

          Hadora lo miró con desdén.

          —Puedes estar seguro que venceremos a Dai y luego… —te mataré a ti con mis propias manos, ladró en su mente, pero era su ira la que hablaba. Contuvo sus palabras y dijo en su lugar—: … acabaremos con Hyunkel, Krokodin y Baran. Todo aquel que desafía al Ejército del Mal debe morir.

          Tiamat sonrió.

          —Oh, estoy que me muero por presenciar eso.

          El Rey Ban atravesó la habitación en compañía de Myst y N´astarith y se detuvieron frente a Hadora y sus guerreros.

          —Debo felicitarte por tu dedicación, Hadora —dijo el rey del mal—. Y veo que has utilizado las piezas de ajedrez que te di para crear una nueva guardia de guerreros poderosos con los que destruirás a nuestros enemigos.

          —Sí, gran Rey Ban —repuso Hadora con respeto—. Ellos son el Peón Hym, el Caballo Sigma, el Alfil Fembren, la Torre Block, y la Reina Alvinas. Ellos protegerán la tierra de la muerte como la tropa más poderosa del mundo, estos son los caballeros de mi nueva Guardia de Acero.

          —Bien dicho —murmuró N´astarith—. Uniendo nuestras fuerzas lograremos derrotar a quien ose interponerse en nuestro camino. Tan pronto como hayamos acabado con todos nuestros enemigos, ustedes podrán volver a su mundo y dominarlo como les plazca.

          Los ojos de Ban destellaron.

          Astronave Churubusco.

          —Yo también quiero acompañarlos —dijo Andrea.

          El último de los santos dorados entró por la rampa de abordaje. Lo siguieron los Guerreros Zeta, a excepción de Vejita y Son Gokuh. El primero se había negado rotundamente a acompañarlos mientras que el segundo todavía no se recuperaba de sus heridas y permanecía inconsciente en la cámara de recuperación. Al lado de la reina Kakyuu, Sailor Star Healer, Sailor Star Maker y la reina Andrea, Asiont contemplaba cómo iban subiendo todos al transbordador espacial que los llevaría al planeta Adur.

          —No es necesario que lo haga, majestad —le contestó el Celestial al fin.

          —Sí tú lo dices, pero no tomen demasiado en serio a Azmoudez. Sabes que mantiene una encarnizada rivalidad con los Caballeros Celestiales, Todo lo que él haga y diga será para dejarlos mal parados. Lo mejor que pueden hacer es ignorarlo.

          —Créame que trataremos de hacerlo, majestad, aunque no puedo garantizarle que Cadmio haga lo mismo. Mucho me temo que nada lo haría más feliz que poder liarse a golpes con Azmoudez.

          Andrea sonrió discretamente.

          —Tal vez eso sería lo mejor, pero no es lo más recomendable.

          —Supongo que no —dijo Asiont con un tono apagado.

          —¿Te ocurre algo? —le preguntó Sailor Star Healer, apenas consciente de que todos caminaban rumbo a la plataforma de abordaje—. Recuerdo que cuando estuvimos en nuestra propia dimensión estuviste a punto de pelearte con Azmoudez.

          Un nudo incómodo comenzó a trenzarse tras las costillas de Asiont.

          —Es sólo que no comprendo por qué nos aborrece tanto. Hasta hace poco tiempo ni siquiera sabíamos de su existencia, pero él parece conocernos bastante y no duda en echarnos en cara todos nuestros errores.

          —Bueno, sí, es cierto —Andrea suspiró—. No siempre es posible caerle bien a todo mundo y eso ya lo sabes. Azmoudez podrá tener muchos defectos, pero te aseguro que en el fondo es una buena persona y al final hará las paces con ustedes.

          —Seguro lo hace por hacerse notar ante el Consejo Aliado —las palabras dejaron un regusto amargo en la boca de Asiont. Las manipulaciones de Azmoudez apestaban a politiqueo barato—. Al menos en el campo de batalla sí sé de quién debo cuidarme.

          —No pienses en eso y concéntrate en lo realmente importante —le aconsejó Andrea—. Debemos terminar con esta guerra y salvar la galaxia de la opresión de N´astarith y sus guerreros.

          —Ojalá pudiera concentrarme, pero ahora tengo más problemas que antes.

          —Me dijeron que te nombraron Maestro de Areth.

          —No hay nada de que sentirse orgulloso. Es sólo algo temporal en lo que hablamos con el Maestro Aristeo —bajó el tono hasta convertirlo en un gruñido—. Y Areth tampoco parece estar de acuerdo en que yo le enseñe. A veces son tantos problemas que no sé que hacer.

          Sailor Star Healer le dirigió una mirada afable.

          —Creo que te preocupas demasiado. Deberías aprender a relajarte más.

          —Hazle caso, Asiont, ella sabe lo que dice —Kakyuu sonrió—. Quizá el problema contigo es que piensas demasiado en los problemas. A veces lo mejor es distraerse en otras cosas.

          Asiont no tuvo más remedio que responder a su sonrisa.

          —Hablaremos de esto luego, ya estamos algo retrasados y esos Hombres de Oscuro no tardarán en molestarnos. Fue algo extraño que el almirante Cariolano les dejara venir con nosotros.

          —Últimamente ha estado actuando un tanto… raro —dijo Andrea—. De hecho iré a hablar con él cuando ustedes se hayan ido. Saulo está molesto porque le permitió a los terrícolas vigilar todo el sistema. Quiero averiguar si puedo arreglar un poco las cosas entre ellos antes de que inicien otra discusión en el Consejo.

          —Bueno, nos veremos en poco tiempo —Asiont bajó la mirada—. Mucha suerte, alteza. Al menos tengo la tranquilidad de que Mariana estará pilotando la nave.

          —¿Irán todos? —preguntó Andrea.

          —La mayoría, con la excepción de Vejita, Son Gokuh y ese hombre llamado Zerosu. No quiso decirnos la razón, pero prefirió quedarse a bordo. Tengo la idea de que cree que regresaremos con las manos vacías.

          —Debemos irnos ya —anunció Sailor Star Healer.

          Asiont asintió.

          —Es cierto, nos veremos después, alteza.

          —Cuídense mucho —dijo Andrea, que permaneció inmóvil, viendo cómo se alejaban Asiont, las Sailor Star Light y la reina Kakyuu. Se dio la media vuelta y se dirigió hacia los turboascensores. Tenía que reunirse con el almirante Cariolano.

          Bajo el ala de su Mirage-3000C, que volaba a una increíble velocidad en la oscuridad del espacio exterior, la capitana Alessandra distinguía otros cazas de combate provenientes de Estados Unidos, Inglaterra, Japón, Italia, Alemania, Dinamarca y otras naciones de la Tierra. Los escuadrones de ataque volaban en modo sigiloso, lo que significaba que sus sistemas comunicación estaban apagados, para evitar su detección por parte de las naves extraterrestres hasta que llegaran a la distancia del ataque. El general Scott explicó que la Churubusco y las demás astronaves de la Alianza Estelar estaban estacionadas detrás del planeta Adur para mantenerse ocultas de las fuerzas de Abbadón, pero que pronto se trasladarían a la Tierra con la intención de atacarla.

          Alessandra sólo oía el soplo regular de su respiración. Apoyadas las manos en los mandos, observaba los instrumentos de a bordo que le conducía, con una rapidez asombrosa, hacia su objetivo. En la pantalla de radar empezaron a dibujarse los contornos de las diferentes naves alienígenas, a menos de quince mil kilómetros de distancia. Dentro de veinte minutos aproximadamente penetrarían dentro del hemisferio de sombra.

          Una señal crepitó en su sistema de comunicación.

          —Damas y caballeros, habla el general Winfield Scott, comandante en jefe de la flota de la Tierra. Las naves agresoras se mantienen ocultas en el hemisferio de sombra, de manera que utilizaremos los visores nocturnos en todo momento. En nombre de la Tierra y de su Canciller, y de todas las personas que aman la libertad y la paz, quiero desearles buena suerte a todos. Disparen a discreción.

          La capitana Alessandra acercó la mano izquierda a la pantalla del ordenador de cuadro de instrumentos y presionó algunas teclas. Mirando a través del monitor, el espacio que tenía delante se transformaba en un mundo informatizado color verde y negro.

Planeta Adur.

          El transbordador se agitó entre remolinos de turbulencias apenas pasó la atmósfera del planeta.

          —Sí no les molesta prefiero quedarme en la nave —dijo Eclipse a Cadmio en el puente de mando del transbordador—. Algo no me da buena espina en todo esto.

          —Vamos, mercenario —le respondió Lance, sonriendo—. ¿Acaso le temes a la oscuridad?

          —Ojalá fuera eso —repuso Eclipse—. Tal vez parezca un poco paranoico, pero todo este asunto del testamento me resulta un tanto… improvisado.

          —Eclipse tiene algo de razón —murmuró Asiont—. Piensen un poco y se darán cuenta que algunas cosas no cuadran. Normalmente, los problemas no se resuelven por la vía fácil como Azmoudez parece plantearlo.

          —Suponiendo sin conceder que fuese mentira —dijo Casiopea—. ¿Por qué querría llevarnos a Adur? ¿Qué ganaría con engañarlos y traernos a este lugar?

          —Esa es la pregunta que aún no logró responder —murmuró Asiont.

          Cuando la princesa Mariana hizo descender el transbordador sobre la vieja y maltratada plataforma de aterrizaje, los Hombres de Oscuro le informaron que ellos no harían descender su nave, sino que realizarían una inspección general desde los cielos y más tarde se comunicarían con ellos. El plan consistía en ir hasta las viejas ruinas del antiguo templo de los Celestiales y buscar cualquier cosa que se asemejara remotamente a una bóveda. Era un plan extraño considerando que Azmoudez había dicho antes que conocía el lugar exacto donde debían buscar.

          —Unos cuantos ciclos después. Pero parece que estamos a tiempo —dijo Azmoudez a su hermano Azrael mientras ambos caminaban por la rampa—. Ya sabes lo que tienes que hacer.

          —Vamos, hermano —le había respondido Azrael—. ¿No les darán ni una oportunidad para rendirse?

          —Bueno, supongo que sí intercedo por Sailor Jupiter tal vez la dejen vivir, pero sólo si acepta venir conmigo. De lo contrario correrá la misma suerte que los demás y nadie podrá evitarlo.

          —Muchos de ellos son sólo niños —señaló Azrael.

          Azmoudez lo miró con desdén.

          —Sí matas a una persona te conviertes en asesino, pero si matas a millones eres un conquistador. No deberías preocuparte tanto por los detalles, hermano. Sólo piensa que ellos mismos buscaron su destino.

          —Me sorprende que te expreses con tanta frialdad de Sailor Jupiter. Creí que te importaba de alguna manera.

          —¿Otra vez con eso? —replicó Azmoudez, enfadado—. Lo más importante es sobrevivir sin importar lo que yo sienta. Hacemos esto porque es lo más conveniente para nuestro pueblo y para nosotros mismos.

          Seiya bajó de la nave y se unió a sus compañeros. Los santos de oro observaban las destartaladas ruinas de lo que había sido en el pasado un imponente templo donde miles de Caballeros Celestiales entrenaban. Los santos de bronce llevaban puestas sus armaduras restauradas y éstas lucían realmente imponentes, aunque ahora eran diferentes gracias a la sangre de Atena. Shiryu contemplaba los estragos causados por las raíces de los árboles que se habían abierto por entre las piedras, destrozándolas con el paso de los años. Sólo esas ruinas constituían el único indicio de civilización a la vista.

          —¿Por dónde comenzamos a buscar? —preguntó Shun sin dirigirse a nadie en concreto. Estaba examinando una enorme columna cuando notó que la cadena de Andrómeda se ponía realmente tensa—. ¿Humm? La cadena parece presentir algún tipo de peligro, pero no entiendo por qué sucede esto.

          —¿Qué cosa has dicho, Shun? —exclamó Hyoga.

          Al cabo de unos momentos, todos estaban recorriendo el lugar buscando la famosa bóveda secreta. Sailor Mercury alzó la mirada al cielo y contempló pasar la nave de los Hombre de Oscuro. Luego de colocarse su visor, la Sailor realizó un rápido análisis de las ruinas empleando su computadora portátil. Hasta ese momento había estado recibiendo señales de la Churubusco. Ahora, la imagen de la pantalla se había distorsionado por completo.

          —Algo está interfiriendo mi computadora —dijo Sailor Mercury.

          —¿Estás segura? —le preguntó Asiont.

          —Sí, parece algún tipo de interferencia electrónica —repuso Mercury, cerrando su computadora inservible—. Parece que todo este lugar es una zona muerta.

          —Zona muerta —murmuró Asiont—. Tengo un presentimiento desde que pasamos la atmósfera. Es algo sobrecogedor.

          Hikaru se acercó a unas flores que crecían a lo lejos. Se arrodilló y aspiró una de ellas con delicadeza. Tras caminar algunos pasos, Umi se familiarizó con el entorno mientras todos los demás iban de un lado para otro. La fría luz de las lunas arrancaba reflejos a las armaduras de los santos. Fuu exhalaba algo de vaho por la boca debido al frío y Piccolo examinaba los alrededores.

          —Estas ruinas deben pertenecer al templo de los Celestiales del que tanto hablaban Cadmio y los demás. Resulta extraño que no se le haya ocurrido buscar el testamento de ese Caballero llamado Azarus en este lugar

          —¿Eh? —murmuró Kurinrin—. Tienes razón, Piccolo, aunque tal vez algo más haya pasado y por eso no lo hicieron.

          Piccolo dirigió su mirada hacia Azmoudez y Azrael. Todavía recordaba la extraña conversación que había escuchado de ellos antes de abandonar la Churubusco. Piccolo tenía la ligera sospecha de que los generales no les habían dicho toda la verdad sobre el supuesto testamente de Azarus, pero por el momento prefería esperar… sin bajar la guardia.

          —Percibo un Ki extraño —comentó Trunks con el ceño fruncido—. Es una presencia que se escabulle… .

          Las lunas desaparecieron tras unas tétricas nubes, y la oscuridad se espesó en torno a todos ellos. Leona contempló con estupor los muros que aún permanecían en pie a pesar de los años y distinguió algunas arañas plateadas devorando los restos de un litorón muerto al pie de los restos de un muro.

          —Este sitio parece una tumba —dijo Leona en voz baja.

          —A mí me está dando miedo —murmuró Poppu.

          Casiopea se acercó y se detuvo detrás de Sailor Uranus y Sailor Neptune.

          —En este lugar murieron cientos de Caballeros Celestiales —comentó—. Hace ciclos estelares hubo una terrible batalla entre los Caballeros que apoyaban a Azarus y los que defendían la Orden encabezados por el Maestro Aristeo. Durante varios ciclos solares los Celestiales pelearon entre sí hasta que los rebeldes que sobrevivieron se rindieron. Cuando la batalla terminó había decenas de cadáveres esparcidos por doquier.

          —Que horrible —se lamentó Sailor Neptune.

          —La muerte nos rodea por todas partes —musitó Sailor Saturn.

          Cadmio estaba harto de esperar. Se volvió hacia Azmoudez y Azrael para increparlos.

          —Bueno, ¿en dónde diablos está el testamento? No creo que piensen que venimos para organizar un estúpido paseo o un día de campo. Será mejor que nos digan dónde se encuentra la bóveda para empezar a buscar.

          Azmoudez esbozó una sonrisa divertida y se volvió hacia todos.

          —Ah, sí. El testamento, por supuesto —El general esperó unos segundos para que lo miraran y luego continuó hablando—. En realidad el testamento de Azarus no es más que un simple diario donde se narran los motivos por los cuales miles de Celestiales decidieron rebelarse contra la Orden. En pocas palabras, lamento decirles que no existe nada en ese diario que pueda servirles para enfrentar a los guerreros de Abbadón. La verdad es que tenía que sacarlos de la Churubusco sin importar la manera.

          Sailor Pluto advirtió que todos se mostraban sorprendidos. Seiya, Dai, Ranma, Sailor Star Healer y los demás intercambiaban miradas entre sí.

          —¿De qué estás hablando, Azmoudez? —inquirió Trunks.

          —Sí —dijo Ryoga—. No estamos para juegos.

          Sailor Mercury sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento ni con la temperatura.

          —Tengo que confesarles que les mentí —anunció el general—. La única verdad es que no existe nadie capaz de enfrentar el poder de N´astarith y sólo aquellos que hemos jurado servirle, seremos salvados de la destrucción.

          —¿Qué estás diciendo, Azmoudez? —exclamó Sailor Jupiter.

          El general la miró con tristeza y bajó la cabeza.

          —Lo lamento mucho, Makoto.

          Seiya y los otros miraron más allá de Azmoudez y lo que descubrieron lo dejó a todos boquiabierto. La noche estaba llena de Shadow Troopers, gnomulones inorgánicos, soldados del Batallón de las Sombras y hechiceros del Batallón de los Magos del Ejército del Espíritu del Mal, y androides de combate. Dai se quedó helado cuando descubrió a Saboera, Myst, Hadora, la Guardia de Acero, Zura, Isótopo, Bórax, Tiamat y a otros Khans salir de entre las sombras. Una oscura figura que llevaba el rostro cubierto por una capucha salió de en medio de los Khans y se colocó al frente. Cuando la oscura figura se llevó las manos a la cabeza para bajarse la capucha, todos contemplaron incrédulos el rostro del último ser que habrían esperado encontrar ahí… .

          —¡N´astarith! —exclamó Saulo a punto de sufrir un infarto imaginario—. ¿Cómo nos encontraste?

          —No puedo creerlo —murmuró Shiryu—. ¿Qué haces aquí?

          —Los estábamos esperando con ansias —dijo el señor de Abbadón mientras caminaba dos pasos antes de detenerse—. Me han ocasionado muchos problemas y es la hora de terminar con todos ustedes. Está vez no podrán escapar porque mientras hablamos, la flota de la Alianza Estelar que se oculta en este sistema está a punto de ser destruida.

          —¡Eso es imposible! —replicó Saulo—. Los escáneres planetarios en Adur pueden detectar naves a varios pársecs de distancia sin importar que tipo de camuflaje utilicen. ¡Estás mintiendo!

          N´astarith soltó una risita malévola.

          —De hecho lo que tú no sabes, Saulo, es que una flota de naves procedentes de la Tierra está a punto de atacar la Churubusco. ¿Qué te parece? Después de todo tenías razón en que no se puede confiar en los terrestres.

          —No puede ser… .

          —Oh, no —murmuró Sailor Moon.

          —¡Canalla! —exclamó Dai—. ¡No creas que te saldrás con la tuya!

          Furioso y a punto de soltar todo su poder acumulado, Cadmio se volvió contra Azmoudez listo para atacarlo.

          —¡Eres un maldito traidor! ¡Vas a pagar por esto! ¡Tú nos vendiste!

          Pero antes de que el Celestial pudiera hacer el menor movimiento, Azrael le salió al paso esgrimiendo una espada llameante en cada mano. Cadmio trató de hacerlo a un lado empleando una patada, pero Azrael fue más rápido y eludió el ataque del Celestial para luego derribarlo con una rápida zancadilla. En el suelo, Cadmio levantó la mirada sólo para toparse con la punta de una espada llameante que le apuntaba directo al cuello.

          —Será mejor que te relajes, Cadmio —le aconsejó Azrael.

          —Tuvieron la oportunidad de marcharse —dijo Tiamat—. Ahora es demasiado tarde para todos, pero si se rinden les daré una muerte rápida y sin dolor.

          —¡Cállate miserable! —replicó Sailor Star Maker haciendo un violento ademán—. Escucha, N´astarith, por tu culpa Seiya murió luchando contra uno de tus guerreros y desde entonces juramos que te haríamos pagar por eso.

          —¿Cómo te atreves a hablarle de esa forma al emperador? —exclamó Cyntial—. Eres una irrespetuosa.

          Pero la Sailor Star Light ignoró a la guerrera Khan, sacó un broche con forma de estrella de entre sus escasas ropas y lo usó para apuntarle a N´astarith. Éste la miró con la más absoluta tranquilidad y dejó escapar una ligera sonrisa.

          —Siento una gran ira dentro de ti, Sailor Star Maker.

          —No voy a permitir que lastimes a nadie más —le advirtió la Sailor—. Primero vas a tener que matarme.

          —Ese no es ningún problema, preciosa —repuso N´astarith. Levantó la mano con la palma vuelta hacia delante y disparó una potente ráfaga de energía negativa que alcanzó a Sailor Maker entre los hombros.

          —¡Noooo! —gritó Kakyuu con todas sus fuerzas.

          Asiont corrió hacia la Sailor Senshi, que ahora yacía en el suelo. Intentó reanimarla, pero no había nada que hacer. Estaba muerta.

         Continuará… .

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