Crisis 16

CRISIS UNIVERSAL

por Acuario Káiser

CAPÍTULO XVI

¡INFILTRACIÓN!
1º PARTE

       Planeta Ginups

       —Hablando en serio —dijo Jaguar Negro—. ¿Por qué utilizas estas armas?

       —¿De verdad quieres saberlo? —preguntó Génesis—. Te diré la verdad.

       —¿Qué verdad? —preguntó él.

       La reacción de Eclipse fue inmediata. Se atragantó y escupió todas las papabritas que había estado devorando con el semblante congestionado. Le preocupaba que si Génesis continuaba con eso pudiera terminar diciendo algo que despertara la suspicacia de Jaguar Negro. Quizá les había brindado su ayuda en la pelea contra los drones y ahora les estaba guiando hacia la fortaleza del Duque Saajar, pero Eclipse consideraba que no debía enterarse sobre la destrucción que amenazaba la totalidad del Multiverso. Al menos no por el momento. En consecuencia, lo mejor era hablar de otra cosa y por eso comenzó a hacerle toda clase de gestos a Génesis, pero ella prefirió ignorarlo. Lo que Eclipse ignoraba era que la Cazadora creía que la mejor manera de no levantar sospechas era seguir conversando con normalidad en vez de cambiar bruscamente de tema o dando evasivas.

       —Tengo una cierta fascinación por las cosas antiguas —murmuró Génesis mientras enfundaba la 45 de color negro en su cintura—. Ahora que lo pienso un poco, esos shuriken que portas en tu cinturón tampoco son armas demasiado modernas, ¿no lo crees?

       Sin previo aviso, Jaguar Negro sacó una cuchilla similar a un kunai y lo sostuvo justo delante de los ojos azules de la Cazadora.

       —No eres la única con un gusto por lo tradicional.

       —Yo también tengo uno de esos —anunció Eclipse con importancia. Se metió una mano en el bolsillo del pantalón y de golpe sacó… .

       —¿Un pato de hule? —inquirió Génesis.

       —¡Diablos! —exclamó Eclipse, guardándose de inmediato el sonriente pato de hule y luego empezó a hurgar en su chaqueta de estampe camuflado—. Ese era el señor Quaki, pero sé que tengo un cuchillo parecido en alguna parte. Humm, vaya, no tenía idea de que llevaba tantas cosas guardadas. Ah, un pollo de hule, el bigote postizo, la corneta de mi tía, unos dados gigantes para mi nave, un cojín de broma, la última edición de Nacho Puercos… .

       Jaguar Negro se guardó el kunai en su cinto. En tanto, Génesis notó con el rabillo del ojo que Eclipse aún seguía extrayendo más y más objetos extraños de sus pantalones. Realmente costaba trabajo creer que las ropas de Eclipse tuvieran unos bolsillos tan amplios.

       —Supongo que resulta más fácil ocultar un tira-piedra o la shuriken a diferencia de los artefactos de alta tecnología que usan energía, ¿no? Sin embargo, también es común ver armas antiguas que utilizan componentes modernos como en el caso de las electropicas que usan los drones.

       —O tus shuriken que llevan incorporados explosivos —señaló Eclipse.

       —Eres alguien bastante observador —murmuró Jaguar Negro—. No esperaba menos de un Espía Estelar.

       —Y yo que pensaba que tú eras uno de los míos —confesó Eclipse al tiempo que se sacaba las manos de la ropa—. Tú sabes, por aquello de la máscara y ese comportamiento tan misterioso.

       —Créeme, les hago un favor ocultando mi rostro —repuso Jaguar Negro.

       —Debes ser un sujeto realmente feo sí dices eso —comentó Génesis medio en serio, medio en broma—. Al menos espero que no seas como Eclipse.

       El Espía Estelar le dirigió una mirada de reproche.

       —Oye, yo uso la máscara para proteger mi identidad secreta y nada más.

       —Ah, sí, casi lo olvidaba —murmuró la Cazadora, cruzándose de piernas—. El detalle de la identidad secreta. En realidad creo que te cubres el rostro porque eres bastante feo.

       —Es difícil encontrar a un Espía Estelar que no use máscara —murmuró Jaguar Negro, cambiando el brazo de posición—. He recorrido diversos puntos a lo largo de toda la galaxia y jamás he conocido a uno que haya querido mostrar su verdadero rostro por voluntad propia.

       —La máscara es un sello distintivo de nuestra cultura —afirmó Eclipse con orgullo—. Pero más que eso es un símbolo que refleja una manera de pensar. El hecho de usarla implica que un Espía Estelar jamás deposita su confianza en nadie y mantiene su identidad en secreto sólo para sí mismo.

       —O sea que no le muestras tu cara a nadie más —señaló Génesis.

       —Tú lo has dicho, señorita oscuridad.

       —Son tan desconfiados como los Piratas Espaciales —dijo Jaguar Negro, causando que Eclipse se molestara—. Si, lo sé, disculpa, fue una comparación equivocada.

       —Bastante mala sí me lo preguntas —repuso Eclipse—. Los Espías Estelares trabajamos a cambio de dinero y es difícil que traicionemos nuestra palabra. Pero los piratas son ladrones que jamás respetan un trato e incluso son capaces de entregar a un compañero o delatarte si les hacen una buena oferta. Sin embargo, hay algo más por lo que somos superiores a esas miserables ratas del espacio.

       —¿Qué es? —preguntó Génesis.

       —Tenemos otras habilidades, pues, como el canto y la actuación.

       Las llamas de la fogata parecieron disminuir un poco, de modo que Jaguar Negro decidió colocar más leña en el fuego y luego se frotó las manos. Faltaba poco tiempo para que partieran con rumbo hacia la Fortaleza Oscura, pero el frío no había disminuido casi nada y el viento continuaba silbando con intensidad.

       —Demonios —murmuró Génesis, palpándose la gabardina—. Perdí mis anteojos oscuros cuando el agua nos arrastró por ese inmundo río y no tengo otros.

       —Esto te alegrará un poco —Eclipse sacó sus gafas para el sol de la mochila y se los puso antes de comenzar a cantar—. ¡Yeah! Perdonen, Kame-hame-ha. Después del tema del Tetris viene el Dragon Ball Rap… .

       Sin decir una palabra, la cazadora le quitó los lentes y se los guardó.

       —Oye —protestó Eclipse—. Esas son mis gafas.

       —Eran.

       El espía se cruzó de brazos y la miró con el ceño fruncido.

       —No puedo cantar sin mis anteojos.

       —Le estoy haciendo un bien a todos los universos —contestó la Cazadora.

       Jaguar Negro volvió la mirada hacia Génesis y se cubrió la boca para ocultar la risa que le provocaba el último comentario. La cazadora no pudo reprimir una sonrisa divertida y se guardó las gafas en su gabardina.

       Eclipse hizo un encogimiento de hombros y se puso de pie.

       —Bueno, ya que ustedes dos parece que se entienden tan bien, no les molestará que los dejé un momento a solas. Iré a buscar a Shiryu, Sobek y Sailor Golden Star para saber qué rayos están haciendo. Como que ya se tardaron mucho, ¿no les parece?

       —Déjalos en paz —le dijo Génesis—. Seguro deben estar haciendo las paces.

       —O quizá ya se los chupó la bruja —rebatió Eclipse con burla. Sabía que sus compañeros estaban bien, pero era demasiado curioso y ansiaba saber por qué se habían ido a conversar a lo lejos. Génesis enarcó una ceja mientras que Jaguar Negro se quitaba la capa, completamente ajeno a lo que Eclipse decía—. Ya, no me mires así que sólo voy a echar un vistazo para asegurarme y luego regreso, chao bambina.

       Antes de que Génesis pudiera replicar algo más, Eclipse saltó por entre las ruinas y se marchó silbando la misma canción que había intentado interpretar. La Cazadora simplemente meneó la cabeza y dejó escapar un suspiro de cansancio.

       —Será mejor que descanses un poco —le aconsejó Jaguar Negro, recostado cerca de la fogata—. Todavía falta tiempo para el alba, pero necesitaremos todas nuestras fuerzas, mucho ingenio y tal vez algo de suerte para entrar y salir de la Fortaleza Oscura del Duque Saajar sin que los drones nos detecten.

       Génesis ocupó un momento para pensar en la misión. En la vieja posada habían tenido serias dificultades para derrotar a los tres drones. No quiso ni imaginar lo que sucedería si les tocaba enfrentarse a un ejército de ellos. Una de las reglas básicas de todo Cazador era nunca combatir a los lilims cuando estos gozaran de amplia superioridad numérica. Imaginó que con los drones se podría aplicar más o menos el mismo tipo de criterio. Génesis levantó su cabeza y descubrió un cielo lleno de amenazantes nubes que relampagueaban esporádicamente.

       —Una tormenta se aproxima —Jaguar Negro se levantó para mirar hacia el firmamento. El sonido de un trueno se oyó a lo lejos—. Esto es perfecto. Sí el cielo amanece cubierto de nubes será más sencillo acercarnos.

       —Es verdad —asintió Génesis mientras se sentaba sobre un muro bajo. Sus ropas estaban todavía un poco húmedas y en el exterior el aire helado soplaba con fuerza, de manera que comenzó a frotarse los brazos para entrar en calor—. Hablando de eso, ¿el clima siempre es tan acogedor en este mundo?

       Jaguar Negro se volvió para recoger su capa del suelo y luego se acercó a la Cazadora para extendérsela. Génesis, sin embargo, lo miró sin hacer el menor gesto que indicara que deseaba consentir tal ofrecimiento.

       —No es necesario.

       —Yo pienso que sí —respondió Jaguar Negro con seriedad, arropando a Génesis por la espalda. Los dos se miraron en silencio por un instante, pero luego el enmascarado se alejó para atizar la fogata—. Como ya te habrás dado cuenta, este mundo es un gigantesco desierto helado. En verano la temperatura llega a subir un poco, pero no demasiado.

       Mientras Jaguar Negro seguía avivando el fuego, la Cazadora se puso a pensar en la verdadera razón por la que se hallaba en ese planeta y en los demás que Calíope había llevado a Celestia y ahora estaban en otros universos. ¿Sería posible que alguno de todos ellos hubiera descubierto la verdadera razón por la que el Multiverso estaba en peligro? ¿Qué papel jugaba el Duque Saajar en todo aquello? Había muchas dudas por delante todavía, pero al menos estaba segura de una cosa: Cuando ingresaran en la Fortaleza Oscura encontrarían algunas de las respuestas que tanto buscaban.

       Esos eran sus pensamientos cuando se le cerraron los ojos y se durmió.

       Tierra-20,051,112
       Santuario del Sol y la Luna

       Hijo de Zeus y Leto. La personificación misma del Sol, así como su hermana gemela Artemisa representaba a la Luna. También tenía otras atribuciones: dios de la poesía, de la música, de la medicina y de las artes adivinatorias. En la Era Mitológica viajaba en un carro de cisnes y solían acompañarlo las Cárites. Su cosmos de verdad era formidable, enorme, no se le comparaba en lo absoluto con el de Hades. Su mirada era fuego, su cabello lucía como la corona del sol, su nombre era Apolo. Su epíteto de Febo se supone que significa el brillante, el luminoso y hace referencia al calor solar que hace madurar los frutos de la tierra, pues también era el dios del verano.

       Calíope conocía bastante bien la historia de Apolo. Había sido expulsado del Olimpo en dos ocasiones. La primera, como represalia por conspirar en una revuelta contra su padre Zeus y la segunda, en castigo por aniquilar a los cíclopes, que eran aliados de Zeus, y fue enviado a cuidar de los rebaños del rey Admeto. También sabía que era un dios vengativo y que destruía de forma terrible a todo aquel que se le opusiera o a los que intentaban rivalizar con él.

       Apolo permanecía sentado en su trono mientras Calíope le relataba sin pormenores los motivos de su visita y exponía sus intenciones de reclutar a dos Caballeros Astrales para una batalla. A diferencia de la mayoría de los Olímpicos, Apolo conocía un poco acerca de la existencia de Celestia gracias a unas viejas leyendas e historias que hablaban sobre un mundo más allá de los confines del universo, un sitio negado incluso para los dioses y en el cual, se decía, moraba sólo la luz. En una ocasión había intentado encontrar Celestia aduciendo que un dios del Sol era digno de ser recibido en un lugar así, pero abandonó la búsqueda pasado algún tiempo y jamás pudo encontrar aquel mítico mundo. El que una mujer venida justamente de ese mundo estuviese ahí era una sorpresa que nadie esperaba y una indiscutible señal de que algo importante había sucedido.

       Delante de Apolo y Artemisa, arrodillado con la cabeza inclinada en señal de sumisión, estaba Caronte de la Esfera de Plutón junto a dos de sus compañeras. Los Caballeros Astrales eran un grupo de guerreros provenientes de la Era Mitológica y habían estado aprisionados en el Tártaro por los dioses, pero Apolo les había liberado a cambio de que le prometieran lealtad absoluta. Todos ellos portaban armaduras, de un escarlata oscuro con ligeros tonos dorados y conocidas como Albas. Se rumoraba que los Astrales podían equiparar en poder a los legendarios Tentoushi, llamados también Guerreros del Cielo.

       Dafne de la Esfera de Gaia era una hermosa joven de ojos color esmeralda y cabello castaño con tonalidades doradas. Su alba poseía detalles únicos en color verde esmeralda combinados con marrón y ciertos ornamentos con apariencia de hojas en las hombreras. Dafne tenía un carácter sereno y reservado, pero eso era en gran parte debido a su complicado pasado. Ella era la legendaria ninfa que Apolo había perseguido en la Época del Mito y por eso le guardaba un enorme rencor a pesar de que ahora debía servirle y protegerlo.

       Galatea de la Esfera de Mercurio era la guerrera de menor edad entre los Caballeros Astrales, pues contaba únicamente con diez años y llevaba el cabello recogido en dos moños en cada lado de la cabeza. Tenía grandes ojos y un rostro angelical que le concedían la apariencia de una niña inocente, pero en realidad se trataba de un monstruo demoníaco. El alba de Galatea llevaba un par de alas en la espalda a modo de relieve, junto a otro par en cada bota y además poseía unos matices curvos y ambarinos en el peto y los brazales.

       En la habitación también estaban presentes tres centauros armados con lanzas y escudos que custodiaban el acceso al Salón del Sol y la Luna. Todos ellos eran fieles devotos de Apolo y formaban parte de su enorme ejército. Eran guerreros feroces con la firme idea de ofrendar sus vidas en favor de sus dioses.

       —Dices que todo el universo está en peligro, que necesitas a los Caballeros Astrales Caronte de Plutón y a Galatea de Mercurio —murmuró Apolo—. ¿Por qué debería yo ayudarte sin recibir nada a cambio?

       —Porque tu propia sobrevivencia y la de tu mundo están en juego —repuso la musa con serenidad—. Sí no hacemos algo para frenar la destrucción, este planeta desaparecerá junto con todos los seres que lo habitan. ¿Estás dispuesto a correr semejante riesgo, Apolo?

       —¿Cómo podría estar amenazada nuestra existencia? —intervino Artemisa, atrayendo sobre sí las miradas de Calíope, los centauros y los tres Caballeros Astrales presentes en la habitación—. Nosotros, los dioses del Olimpo, somos imperecederos y gobernamos este universo hasta que decidamos lo contrario.

       Hija de Zeus y Leto. Era la dama de las fieras. Diosa de la caza, de la castidad y también de la luna, en especial de la luz lunar. Era la protectora tradicional de las amazonas y la oponente natural de Afrodita. Por ser la deidad de la fuerza vegetativa, a ella se le ofrecen los primeros frutos de la recolección. Hermosa y atlética, recorría los bosques cazando, aunque en su reino de naturaleza salvaje a menudo se la veía acompañada de conejos, ciervos o leones. Nació en la isla de Delos junto a su hermano gemelo Apolo, al que ayudó a nacer por ser Artemisa la primogénita, por lo que también se le consideraba patrona de los partos.

       —En esta realidad tal vez —asintió Calíope, mirando de reojo a los tres centauros que la vigilaban—. Pero la destrucción no fue originada en el universo al cual pertenecen, Artemisa. Falta poco para que las fuerzas de la antimateria lleguen a este mundo y entonces, todo lo que ustedes conocen desaparecerá para siempre como ha pasado en otras realidades.

       —¿Otras realidades? —preguntó la diosa de la Luna, confundida—. ¿De qué hablas, mujer? ¿Te refieres al Inframundo que le pertenece a Hades o al Reino de los Mares donde gobierna Poseidón?

       —No, Artemisa —respondió Calíope—. Hablo de la red de universos o dimensiones que combinadas forman el Multiverso. La realidad que ustedes habitan sólo es una más de las millones que existen. Existen universos en que dioses como ustedes no son más que mitos e incluso hay mundos en donde gobiernan deidades que no guardan relación alguna con el Olimpo.

       —¡Que terrible suena eso! —exclamó Artemisa horrorizada—. ¿Cómo podría existir un mundo sin la guía de los dioses? Tus palabras me llenan de consternación y tristeza, Musa de Celestia.

       Apolo alzó una mano para tomar la palabra de nuevo. No iba a dejarse impresionar tan fácilmente ante nadie, incluso si se trataba de una visitante del aquel mítico mundo descrito en las viejas leyendas perdidas.

       —Yo no corro nunca riesgos, musa —replicó el Olímpico—. ¿No es un poco arrogante afirmar que necesito de tu ayuda para enfrentar un problema que siquiera he sentido? ¿No guarda soberbia el hecho de que vengas aquí, a pedir mi ayuda, sin siquiera mostrar el respeto que merezco como legítimo Rey de los dioses? Supongo que así deben ser aquellos que habitan Celestia, y en todo caso no creo necesario perder el tiempo esperando respuestas huecas. Decidme, Musa de Celestia, ¿qué amenaza es la que requiere del apoyo de los Caballeros Astrales?

       —No he venido a discutir cuestiones irrelevantes contigo, Apolo —respondió Calíope con seguridad—. No me interesan los títulos que desees ostentar en este mundo con respecto a tus semejantes o las disputas que tengas con tus hermanos. Mi presencia obedece simplemente a la necesidad de salvar el Multiverso de la destrucción que lo carcome y nada más. Escucha con cuidado mis palabras, dios del Sol, porque numerosos mundos han sido destruidos por una crisis que escapa a la comprensión de aquellos que se han hecho llamar dioses. Ahora mismo, en lo que tú te jactas de tu posición como Rey de de la Tercera Dinastía, otros mundos y otras realidades están desapareciendo en el vacío de la nada para no ser recordados jamás.

       —Arrogante, soberbia —murmuró Apolo con desdén—. No hay diferencia alguna entre el Olimpo y Celestia. Realmente me siento decepcionado.

       —Tus opiniones no guardan ningún valor para mí, Apolo —replicó la musa y dirigió su mirada hacia Caronte y Galatea—. El tiempo de este universo se agota con cada segundo que pierdes en monólogos banales e inútiles. Nada de lo que digas impedirá la llegada del fin.

       —Supongo que no tiene sentido seguir dando rodeos —dijo Apolo, posando sus ojos en los guerreros que aguardaban frente a él—. ¿Sólo Caronte y Galatea serán necesarios para la misión?

       Calíope asintió.

       —Sí —confirmó ella—. Caronte y Galatea son los más indicados para ayudarnos a salvaguardar el Multiverso, pero no hay garantía de que semejante tarea sea posible. Tal vez los Caballeros Astrales sobrevivan a la batalla que se avecina, pero este universo podría ser destruido en cualquier momento.

       —No sin ofrecer resistencia. Este universo no es como los otros y se perfectamente de lo que hablo. Los Tres Ancestros nos protegen. Además, incluso si este universo desapareciera, no tendría importancia, no para mí al menos.

       La Musa de Celestia miró fijamente a los dioses del Sol y la Luna.

       —Para ser un dios todavía no has comprendido la dimensión de un horror que ha devastados miles de realidades semejantes a esta, pero pronto lo conocerás y desearás que existan más ancestros cuidándoles.

       —¿Adónde iremos? —inquirió Caronte—. Podéis decidlo de una vez.

       —Me aburro —dijo Galatea de repente—. ¡Quiero jugar! ¡Jugar, jugar, jugar!

       —¡Silencio, niña insolente! —ordenó Artemisa—. Tal vez mi hermano Apolo haya decidido pasar por alto tus continuos excesos, pero yo no consentiré tus molestas impertinencias por más tiempo. Calla de una vez.

       —No hay tiempo que perder —Calíope alzó sus brazos a los costados, irradiando una luz tan poderosa que el propio Apolo fue incapaz de seguir mirando y se vio obligado a cubrirse los ojos con sus manos. Era un brillo tan luminoso que parecía capaz de eclipsar al mismísimo Febo—. ¡Todavía deberé hacer una escala más en este universo antes de irnos!

       Una vez que la luz se hubo desvanecido del todo, Dafne, Artemisa, Apolo y los centauros descubrieron que Calíope se había ido, llevándose consigo a los dos Caballeros Astrales que había ido a buscar y sin dejar la menor señal de a dónde se habían marchado. La diosa de la Luna trató de percibir los Cosmos de Caronte y Galatea en alguna parte, pero no logró captar nada.

       —¡Por el Olimpo! —exclamó Artemisa.

       —Se han marchado sin más —murmuró Dafne—. ¿Quién o qué habrá desatado una locura tan grande que incluso los mismos dioses se ven amenazados? Los Caballeros Astrales debemos estar listos para lo que sea.

       Mientras Apolo y Artemisa conversaban entre sí, uno de los centauros que había estado presente se volvió para marcharse hacia las sombras, a un punto del salón en el que sabía que no podría ser visto ni oído por nadie. El soldado mitad hombre y mitad caballo contempló desde su escondite cómo Docrates hablaba con los demás guardias para repartirles órdenes y decidió esperar hasta que todos se marcharan. Cuando el Santo de Bronce por fin se fue junto con sus soldados, el centauro sacó un pequeño artefacto y lo encendió. Era una máquina que resultaba ser demasiada sofisticada como para ser empleada por las huestes de Apolo u otro dios Olímpico.

       —Unidad TYU-89532 iniciando transmisión de datos —murmuró con un tono inexpresivo—. Código de identificación Alfa, Zulu, 6, 8, 9. En espera.

       Una holoimagen de Saajar apareció sobre la palma de su guantelete.

       —Es la hora —dijo la holoimagen—. Ejecuten el Protocolo 666.

       Planeta Ginups

       Sailor Golden Star retrocedió unos cuantos pasos y sintió temor de Sobek. Ahora que sabía que era un asesino nada podía ser igual. Aquella revelación era demasiado perturbadora como para pasarla por alto. Era algo sin sentido. ¿Cómo podía ser que Calíope hubiera decidido reclutar a un asesino? Tenía que haber una equivocación, aunque ¿aquel hombre llamado Fobos no había sido descrito también por Eclipse como un asesino despreciable? ¿Qué razón podía existir para que Calíope hubiera decidido revolver villanos con héroes? ¿Acaso todo era parte de un absurdo juego planeado por seres poderosos?

       —¿Por qué? —musitó; fue lo único que pudo decir.

       —Porque eso es lo que soy —repuso él con ímpetu—. A eso me dedico. ¿Sabes que es lo más irónico del asunto? Que justamente me ocupo de eliminar sujetos con poderes sobrenaturales como los que tú y Shiryu han demostrado.

       Su voz parecía haber descendido un cuarto de tono y era tan fría como los escalofríos que le recorrían la espalda.

       —¿Y lo dices así como si fuera lo más natural del mundo?

       —Para mí lo es porque para eso me entrene.

       —¿Cómo puedes hablar de esa manera? ¿Acaso la vida te parece algo que puede ser usado y luego echado a la basura?

       —Ahora que ya sabes lo que hago será mejor que te marches —dijo Sobek.

       —¿O me matarás sí no lo hago?

       Sobek la miró con el entrecejo fruncido. No esperaba que ella ni nadie más entendieran sus motivos, y de hecho no le importaba.

       —¿Acaso te gustaría que lo hiciera? —preguntó, mirándola con una altivez que develaba un abierto desafío—. Tienes suerte de que ninguno de ustedes represente un peligro para la gente de mi mundo porque si lo fueran… .

       —Te advierto que no intentes nada contra nosotros —le dijo la Sailor.

       —Ustedes no tienen que preocuparse por mí. Estoy en este mundo por las mismas razones que tú y los otros. Lo único que me interesa es averiguar si lo que Calíope nos dijo acerca de la destrucción de mi Tierra es verdad.

       —Es curioso que un sujeto que le gusta matar le preocupe salvar gente —señaló la Sailor Senshi con sarcasmo—. ¿No te parece contradictorio?

       —No soy un monstruo que disfrute matando si a eso te refieres. Soy un soldado y como tal, mi objetivo es garantizar la seguridad de una sociedad. ¿Entiendes eso?

       Ella lo miró con una frialdad que desconcertó a Sobek.

       —Me pregunto qué dirán los demás cuando sepan a qué te dedicas.

       —¿Vas a decirles?

       —¿Por qué no? Sería bueno saber con quien están tratando.

       Un momento de silencio. El sonido de un trueno se oyó a lo lejos.

       —No me importa lo que piensen de mí, pero… .

       —¿Pero?

       —Sí lo haces podrían surgir más divisiones en el equipo y eso no es bueno para nuestra misión. Menos aún cuando dejamos que un sujeto desconocido es quien nos está guiando a través de un territorio que cualquiera podría calificar de hostil.

       Ello pensó en eso.

       —Tal vez tengas razón por esta vez —concedió finalmente Sailor Golden Star—. Pero no suelo confiar mucho en la gente que asesina personas con impunidad. No me importa si eres un soldado o un guerrero.

       —No tienes derecho a juzgarme —replicó él—. Ni siquiera sabes cómo son las cosas en mi Tierra. Tal vez las cosas no sean tan malas en el mundo del que has venido, pero eso no aplica para todos.

       Otro momento de silencio.

       —Quizá no debería hacerlo, pero guardaré tu secreto —murmuró la Sailor finalmente—. No me gusta ocultar las cosas, pero estoy en deuda contigo por salvarme la vida en el río. Lo que no entiendo es porqué lo hiciste.

       —¿No habrías hecho tú lo mismo?

       —Antes lo hubiera hecho sin pensarlo, pero ahora… .

       A unos metros de ahí, escondido detrás de los derruidos pilares, Shiryu entornó la mirada mientras escuchaba lo que Sobek y Sailor Golden Star decían. El simple hecho de saber que uno de sus acompañantes era un asesino lo hizo replantearse las cosas y entonces colocó a Sobek a la cabeza de la lista de peligros. ¿Qué debía hacer ahora que sabía la verdad? Tal vez Sailor Golden Star tenía una buena razón para no delatar a ese criminal, pero no ese no era el caso de Shiryu. Su primer impulso lo llevó a pensar en dejar su escondite y confrontar directamente a Sobek, pero luego meditó un poco el asunto y decidió abstenerse de cometer semejante locura. Lo mejor era tomar las cosas con calma en vez de actuar precipitadamente. Tenía que razonar bien las cosas.

       Esos eran sus pensamientos cuando una sombra salió de las ruinas y le tocó la espalda con un dedo, haciéndolo saltar del susto. Había estado tan concentrado en decidir lo que haría que no pudo darse cuenta de que alguien estaba justo atrás de él.

       —Llévame con tu líder —dijo una voz.

       Shiryu se giró lanzando un puñetazo con rapidez, pero Eclipse logró hacerse a un lado y luego levantó ambas manos a la vez que sonreía de oreja a oreja.

       —Hey, aguarda, calma, soy yo.

       —Idiota —reviró el Guerrero Dragón—. Pude haberte matado. No vuelvas a hacer eso.

       —¿De verdad? —Eclipse alzó una ceja—. ¿Qué haces aquí escondido? Creí que ibas a hacer las paces con Sobek.

       Hubo cierta reticencia en la respuesta de Shiryu, que apartó ligeramente la mirada.

       —Eso es lo que iba a hacer, pero se presentó un imprevisto… .

       —Ah, ya creo que ya entiendo —le interrumpió Eclipse, mirándole con la sonrisa de un adolescente pícaro—. Estabas espiando, ¿cierto? ¿Qué fue lo que descubriste? ¿Acaso viste algún indicio de tensión amorosa entre Sobek y esa Sailor?

       —No digas tonterías —repuso Shiryu, pero Eclipse ya había extraído los electrobinaculares de su cinturón y enfocó los lentes hacia Sobek—. Oye, ¿qué rayos crees que haces? —le preguntó el Guerrero Dragón—. Te van a descubrir.

       Eclipse ni siquiera le prestó atención y fijó la vista en las piernas de Sailor Golden Star, deseoso de tener su filtro de rayos X. Una ligera readaptación le permitió al espía contemplar los rostros de Sobek y Naoko mientras estos continuaban discutiendo acaloradamente. De repente, Sailor Golden Star se dio la vuelta y se alejó de Sobek para dirigirse de vuelta hacia el campamento.

       —Diablos, ahora que recuerdo nunca terminé ese curso de lectura de labios —masculló Eclipse, bajando los electrobinoculares y volviendo la mirada con desilusión—. Pero al menos comprobé que, como lo sospechaba, Génesis tiene mejores caderas que Sailor Golden Star. Como sea, no veo que se estuvieran dando besos y abrazos. ¿Por qué estás aquí escondido como un mirón malicioso?

       Shiryu frunció el ceño y se volvió para darle la espalda.

       —Volvamos con Génesis antes de que Sailor Golden Star descubra que estuvimos aquí espiando. Te lo contaré luego de que acabemos la misión.

       Lo siguió, no sin antes echar una última mirada hacia Sobek. Había mentido en una cosa. Sí podía leer los labios y a juzgar por lo último que había visto, estaba seguro de que algo malo acababa de pasar entre sus compañeros de equipo.

       Las Hermanas Nightmare flaqueaban a Arlakk cuando éste se detuvo en el centro de la habitación en penumbra, donde la oscura figura contemplaba fijamente al espacio a través de la enorme ventana de observación. El nigromante y las hechiceras esperaron en silencio, mientras el autor de la destrucción del Multiverso continuaba examinando el espacio ante él con una sensación de omnipotencia fuera de toda proporción.

       Finalmente, la oscura silueta se volvió hasta encarar a los tres hechiceros.

       —Vuestra campaña sólo consiguió un éxito parcial. Sí bien la Torre Punto Cero fue destruida, los Campeones de Calíope lograron sobrevivir junto al planeta Tierra del universo que abandonaron.

       Arlakk no era precisamente una persona muy expresiva, pero al escuchar aquellas frías palabras no pudo menos que apretar los dientes con una mezcla de rabia y molesta frustración.

       —¡Imposible! ¿Cómo ha podido ser eso? Ninguno de ellos tenía la habilidad suficiente para destruir esa torre o manipularla.

       —Te olvidaste de la habilidad de Bael para crear portales dimensionales —la voz serena de Lord Kyristan le llegó desde algún punto en la oscuridad y entonces Arlakk comenzó a levitar en el aire—. Debo confesar que tanto yo como nuestro socio aquí presente nos encontramos un tanto decepcionados por tu pequeño descuido.

       —Pero, Lord Kyristan, mis cálculos indicaban que Bael no tenía el poder para… .

       Por supuesto, no terminaría de hablar. Arlakk comenzó a retorcerse de dolor y sufrimiento, cubierto de fuertes llamaras azules y púrpuras que lo envolvían de la cabeza hasta los pies. Lord Kyristan surgió de las sombras, cruzado de brazos, observando con absoluta indiferencia cómo el nigromante se revolvía y gritaba con fuerza que le perdonaran.

       Una segunda figura salió desde la oscuridad, riendo.

       —Ahora sí metiste la pata completamente, amo abra cadabra —se burló Breakout con una sonrisa maniática en su rostro bizarro y luego contempló a unas horrorizadas Sue y Mary, que lo único que pudieron hacer fue abrazarse la una de la otra como sí fuesen un par de niñas pérdidas—. Espero que ustedes dos tengan una mejor excusa porque nuestro amo no tolera la incompetencia.

       —Es suficiente, Kyristan —dijo la sombría presencia—. Tenemos asuntos más urgentes que estar lidiando con la estupidez de algunos subordinados. El hecho de que los Campeones de Calíope hayan escapado no altera demasiado nuestros planes.

       Kyristan se encogió de hombros como si eso careciera de importancia. Arlakk cayó en el suelo jadeando, se frotó el pecho y su cauta mirada no abandonó un solo instante a Kyristan y mucho menos a la gigantesca sombra que contemplaba todo.

       De pronto, Breakout transformó su brazo derecho en un cañón de plasma y lo dirigió hacia las Hermanas Nightmare. Una sonrisa sutil, delgada como una navaja, se mantenía en su semblante lleno de locura. La punta del arma se iluminó.

       —¿Quiere que las desintegre aquí mismo, amo?

       —Eres un infeliz, chatarra vieja —le espetó Sue Nightmare, sosteniendo una esfera de luz—. Te destruiré.

       —¡Silencio, Breakout! —ordenó la oscura figura—. Ahorra tus energías para nuestros enemigos. Hay otras cosas que deben hacerse. He seguido observando los diferentes universos y Calíope se halla reclutando más aliados para enfrentarme, de modo que lo más recomendable será despertar a nuestros agentes encubiertos e iniciar el Protocolo 666.

       —Y así provocar un ambiente de caos que dificulte a nuestros posibles adversarios organizar una defensa en conjunto —concluyó Lord Kyristan—. Cuando nuestros agentes actúen, un remolino de desconfianza se apoderará de esos molestos defensores y difícilmente podrán darse cuenta de lo que sucede realmente.

       El destructor del Multiverso asintió complacido.

       —Tu conclusión es acertada, Kyristan.

       —Se hará como usted lo ha dicho, amo —murmuró Breakout.

       Planeta Ginups.

       Hacía mucho frío en el camino. Frío, silencio y oscuridad. Mientras el aire seguía aullando por doquier como una bestia agónica, las siluetas de Jaguar Negro, Génesis, Eclipse, Shiryu, Sobek y Sailor Golden Star avanzaban por el rústico camino hacia las grandes minas de arkonium. A poco distancia se erguía la Fortaleza Oscura, tan pronto oculta como visible por la tormenta que se avecinaba y los primeros rayos del sol rojo. En el vientre de la tierra se abría un cañón del que se oían salir ruidos de picos golpeando la roca. Por todo el terreno se extendían rieles con vagonetas cargadas de escoria y escombros. Jaguar Negro encabezaba la marcha en dirección a unos riscos donde pudieran ocultarse, seguido en fila india por los demás.

       En aquel lugar los prisioneros trabajaban llevando grilletes y cadenas —muchos de estos mujeres, niños y ancianos— que obedecían órdenes de varios drones armados con electrolanzas y neurolátigos. Unos condenados, atados a unas barras, manejaban una pesada muela que trituraba rocas. Iban vestidos con un simple taparrabo y la piel de sus cuerpos tenía un extraño color pálido.

       —¿Qué es lo que sacan de la mina? —preguntó Shiryu, agazapado tras las rocas.

       —Arkonium —musitó Eclipse—. Están extrayendo arkonium.

       A la entrada de la mina había un campamento. Se trataba de simples construcciones cúbicas, de paredes hechas de adobe, con tejadillos de palma que daban sombra a la entrada. Unos hombres llevaban mastodontugas transportando en ellos odres llenos de agua, leños y sacos enormes llenos de bazofia que se utilizaba para darle de comer a los prisioneros. Situados en diversos puntos de la cantera había media docenas de pabellones de procesamiento señalados por torres. Era allí donde el arkonium se seleccionaba, se clasificaba en función del tamaño y la pureza, y luego se lavaba para finalmente embarcarse hacia las fábricas.

       Génesis contempló con atención a un niño que temblaba bajo la pesada carga de las rocas. El chiquillo se detuvo exhausto, pero de inmediato un dron le dio un golpe con la electropica para obligarlo a continuar. Al cabo de unos momentos Génesis y Sobek reconocieron al muchacho; era el mismo chiquillo que les había pedido de comer mientras dejaban la ciudad el día anterior.

       —Luego de trabajar en estas minas de arkonium —estaba explicando Jaguar Negro—, la piel se torna pálida, el cabello y los dientes se caen y vas quedando ciego poco a poco. El arkonium en bruto emite pequeñas dosis de radiación que a largo plazo resultan perjudiciales para la salud de cualquier organismo vivo, aún aquellos que soportan altas tasas de radioactividad se pueden ver afectados.

       —Tal vez se oiga tondo lo que voy a preguntar —dijo Shiryu—. ¿Qué rayos es el arkonium y para que sirve? En la Tierra no tenemos un material parecido.

       —¿De qué estás hablando? —inquirió Jaguar Negro, guiándolos hacia una de las pequeñas casas de adobe y paja. Cuando verificó que no hubiera nadie cerca, abrió la puerta para que todos entraran al interior. Tal y como lo habían planeado, la proximidad de las nubes y el fuerte viento les facilitó acercarse al campamento sin que los centinelas en la mina pudieran verles—. Tenía entendido que los terrestres conocían el arkonium y sus múltiples aplicaciones en al ámbito militar y civil. En fin, se trata de un mineral extremadamente valioso que posee propiedades únicas en su tipo ya que es el material fisionable más poderoso que se conoce. Menos de un microgramo bastaría para abastecer a un carguero espacial durante un ciclo estelar. Saajar lo emplea para abastecerse de energía y construir armas, aunque también lo vende al mejor postor y eso incluye tanto a los mundos de la Confederación Galáctica como a los imperios.

       —¿De verdad? —inquirió Eclipse con escepticismo—. No tenía idea de que este tipo estuviera en tratos con la alianza. Ese Saajar si que es una verdadera rata. Cuando esto termine voy a denunciarlo ante las autoridades y a Greenspace.

       Jaguar Negro se acercó con sigilo a una mesa donde había varias túnicas con capucha. Los comerciantes que abastecían las minas y la Fortaleza Negra las usaban para protegerse de las inclemencias del clima. Tomó un par de ellas y se las pasó a Shiryu y a Génesis.

       —Pónganse esto —les indicó, quitándose la capa—. Las necesitaremos para acercarnos a los muros exteriores y pasar desapercibidos —hizo una pausa y miró a Génesis—. Tendrás que quitarte esa gabardina y llevarla en una bolsa como las que están por allá.

       A la Cazadora no le agradaba mucho aquella idea, pero realmente iba a ser difícil ponerse algo con la gabardina encima.

       Sailor Golden Star miró aquellas sucias túnicas como si se tratasen de bichos raros.

       —Apestan a rayos.

       —Lo lamento, princesa —dijo Jaguar Negro con sarcasmo—. Los comerciantes no usan perfumes.

       —¿Así fue cómo entraste la última vez? —inquirió Sobek con recelo, mientras se subía la capucha.

       —La última vez lo planeamos con mucho tiempo de antelación —replicó Jaguar Negro, examinando a cada uno como lo haría un jefe militar con su tropa. Ajustaba la capucha por aquí, aflojaba la túnica por allá—. Uno de mis socios tenía planos de la Fortaleza Oscura y otros se disfrazaron de guardias. Yo y dos más nos dejamos capturar por los drones para infiltrarnos, pero no recomiendo eso.

       —Vaya, si que fue algo arriesgado —comentó Eclipse, acomodándose un enorme mostacho gris bajo la nariz y dos cejas del mismo color sobre los ojos—. Listo, ahora sí ni mi madre me reconocería. Sólo debo caminar encorvado y nadie me notara. Chi que chi.

       Jaguar Negro se subió la capucha y entonces se quitó la máscara. Sobek y Génesis trataron de verle la cara para saber qué aspecto tenía su misterioso aliado, pero la sombra que proyectaba la capucha sobre el rostro de Jaguar Negro sólo les permitió ver desde la parte baja de su nariz hasta la barbilla. 

       —Ahora síganme y no hablen —dijo Jaguar Negro, abriendo la puerta—. Pase lo que pase, no se asusten ni actúen de manera sospechosa. Cuando estemos en el interior, buscaremos la Sala de Control de la Fortaleza para buscar información sobre los contrabando de armas.

       —Yo tengo práctica haciéndome pasar por viejo —murmuró Eclipse—. Quiero mi cocol.

       —No vuelvas a hacer eso —Shiryu entornó la mirada.

       Tratando de actuar como si fuesen sirvientes ordinarios, Eclipse, Jaguar Negro, Shiryu, Sobek, Sailor Golden Star y Génesis pasaron tranquilamente delante de la entrada de la mina. Los drones que vigilaban los accesos los miraron desde lo lejos, pero sin prestarles atención. Caminaron y caminaron sobre el camino hasta que arribaron a las puertas de la inmensa Fortaleza Oscura; pesadas puertas de duracero más altas de las que Sobek, Shiryu, Génesis y Sailor Golden Star había visto jamás. Las puertas eran parte de una serie de muros de acerocreto y duracero que constituían cinco torres cilíndricas que se elevaban hacia el cielo.

       —Este lugar es inmenso —musitó Sailor Golden Star.

       —No hables —le dijo Shiryu en voz baja.

       En la entrada, los guardias —que no eran drones— se pusieron en posición de firmes y bloquearon el paso cruzando sus largas electropicas.

       —¿Adónde vais? —preguntó uno de ellos, mirándolos con descaro.

       Sailor Golden Star permaneció inmóvil, pese a que sentía escalofríos por dentro. El guardia se acercó a Jaguar Negro y éste bajó la mirada.

       —Honor y gloria al justo Saajar —dijo con exageración—. Somos sirvientes, oh, si, sus mercedes. Venimos a revisar las cañerías y a limpiar del drenaje. No queréis que la fortaleza del justo Duque Saajar comience a tener problemas de pestilencia.

       —¿Cuál es tu nombre, sirviente? —preguntó también el guardia.

       —Me llamo Balam y estos son mis compañeros que… .

       —De acuerdo —dijo el guardia con malos modos—. Veré a tus amigos.

       Jaguar Negro dirigió una mirada de reojo a Génesis, Sobek y Eclipse, que agacharon sus cabezas. El guardia a cargo se aproximó a Génesis y le bajó la capucha de un tirón, dejando al descubierto el bello rostro de la joven Cazadora. La miró de perfil por un momento y pasó al siguiente de la fila; también le quitó la capucha.

       —¿Cuál es tu nombre, viejo sirviente?

       Sobek estaba seguro de que si Eclipse abría la boca para decir algo, el guardia descubriría la farsa y todo se terminaría. El Espía Estelar miró al soldado con aburrimiento y le respondió arrastrando las palabras, imitando a la perfección el modo de hablar de un anciano decrepito e idiota.

       —Jovenchito, yo limpiaba cañeríash para el jushto Duque Shaajar deshde que tú eshtabash en pañalesh.

       —No le hagáis mucho caso —intervino Jaguar Negro—. El pobre viejo desvaría un poco. Tanto trabajo le ha dejado un poco mal de la cabeza, ya sabe.

       Eclipse asintió, complacido.

       —Chi que chi.

       —De acuerdo, podéis pasar —dijo el guardia haciendo un gesto con la mano, y los demás soldados bajaron sus electropicas—. Más les vale hacer un buen trabajo y no causar problemas. De lo contrario las minas serán vuestro destino, estáis advertidos.

       Dos amenazantes guardias se miraron con complicidad cuando Génesis pasó delante de ellos y comenzaron a reír. De repente se oyó un horrible y chirriante crujido cuando las macizas puertas comenzaron a elevarse. Eclipse, caminando encorvado, cruzó el umbral de la entrada. Sailor Golden Star vaciló un instante y luego corrió para unirse a sus compañeros. Tras ellos el enorme portón se cerró de golpe, levantando ecos cavernosos. Durante unos segundos, el grupo permaneció inmóvil. Acto seguido comenzaron a caminar. Sobek miraba a su alrededor con los sentidos en alerta.

       —Eso no ha sido tan difícil —dijo Sobek, receloso.

       —Entrar en terreno peligroso siempre ha sido la parte fácil —replicó Jaguar Negro, colocándose la máscara negra de nuevo—. Salir con bien es otra cosa diferente. Vengan por acá, iremos al vestíbulo y de ahí buscaremos la Sala de Control. No se aparten.

       Continuará… .

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