Leyenda 106

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO CVI

UN SACRIFICIO, UNA ESPERANZA

         Bosques de Zefilia.

         El incendio continuaba propagándose por todas partes. Las feroces llamas habían destruido un gran número de árboles y arrasado con toda la vegetación en el campo de batalla. El humo empezaba a cubrir los cielos poco a poco, oscureciendo la luz solar. La temperatura había aumentado a tal punto que era difícil respirar. El ambiente se sentía sofocado y las lenguas de fuego se alzaban hacia las alturas, iluminando vagamente el paisaje.

         Detrás de la barrera mágica del Barisu Wooru, el resto de los Slayers observaban con una mezcla de desconcierto y preocupación como Rina Inbaasu desafiaba al poderoso guerrero meganiano. El primer impulso de Gaury fue tomar su espada de luz y salir del campo protector sin importarle nada, pero se detuvo cuando Rina volvió la mirada por encima del hombro para pedirle que no interviniera.

         —Espera, Gaury, detente —le dijo ella—. No vengas, yo me ocuparé de él.

         —Pero es demasiado arriesgado incluso para ti —repuso Gaury.

         La hechicera le mostró un pulgar hacia arriba y soltó una sonrisa de absoluta confianza. A pesar de los enormes peligros que corría al pelear sola en un ambiente tan difícil, Rina no deseaba que ninguno de sus amigos se inmiscuyera, al menos no por el momento. Estaba consciente de que su enemigo era un oponente difícil y peligroso, y que necesitaría de todos sus poderes para vencerlo, pero prefería arriesgarse sola antes de permitir que Gaury o alguien más corriera la suerte de Ameria.

         —Pero que niña tan imprudente eres, pelirroja —murmuró el guerrero meganiano, atrayendo la mirada iracunda de Rina—. Por mucho que lo intentes tú nunca podrás causarme ni siquiera una pequeña herida. ¿No comprendes que resistir a la voluntad del poder es inútil?

         —A mí no me interesan tus cursilerías filosóficas, así que mejor abstente de decir todas esas tonterías —Rina posó ambas manos sobre su cintura—. Sólo sé que lastimaste a mi amiga Ameria y que has tratado de matarnos. Eso no lo te lo permitiré, miserable, así que prepárate para sufrir el peor de los castigos.

         —No me amenaces que me muero de terror —replicó Liton en forma burlona—. Me doy cuenta que aún no comprendes a lo que te estás enfrentando. No existe la menor posibilidad de que una simple hechicera de segunda pueda derrotar a un guerrero tan fuerte como yo.

         —Eso está por verse, fanfarrón —Rina levantó los puños y se preparó para la batalla—. Tal vez seas muy fuerte, pero te aseguro que te arrepentirás por haberte metido con esta hechicera de segunda.

         —¡Oye! ¡Aguarda un momento!

         Tanto la hechicera como Liton volvieron la vista hacia el sitio donde aguardaban Hyoga y Uller. El Guerrero Kundalini avanzó dos pasos y extendió una mano para atraer la atención de ambos contendientes.

         —Liton es sujeto muy poderoso, deja que nosotros nos hagamos cargo.

         —Uller tiene razón —convino Hyoga, acercándose—. No te entrometas en esto.

         La hechicera llevó su mirada de regreso hacia Liton y sonrió con confianza.

         —Olvídenlo, no pienso dejarles toda la diversión a ustedes dos.

         —¿Qué estás diciendo? Esto no es un juego.

         Rina miró a Uller con el rabillo del ojo, pero sin perder de vista a Liton.

         —Quiero demostrarle a este infeliz que no somos tan débiles como cree. Él afirma que la voluntad del poder está de su parte, pero nada de lo que me digan impedirá que le pateé el trasero.

         —Valientes palabras, pero algo presuntuosas si tomamos en cuenta la diferencia que existe entre nosotros dos —señaló Liton con arrogancia—. Primero acabaré contigo para después hacerme cargo de Hyoga y Uller.

         El meganiano levantó los brazos en lo alto e hizo arder su aura. Dentro de la palma de cada mano apareció un minúsculo destello de color rojo carmín que aumentó de tamaño hasta convertirse en una esfera de fuego. Extendió las palmas y disparó una docena de meteoritos llameantes en dirección a Rina.

         —¡¡Fire´s Comets!!

         —¡¡Rina, cuidado!!

         La hechicera apenas tuvo tiempo de arrojarse al piso para escapar del letal bombardeo. Una serie de violentas explosiones se sucedieron una tras otra en los sitios donde los ataques de fuego iban cayendo. Rina rodó varios metros por los suelos y se incorporó rápidamente con la intención de contraatacar. Con la rodilla derecha en el suelo, extendió ambas manos hacia Liton y le arrojó una gran cantidad de diminutas esferas brillantes.

         —¡¡Bomu Supuriddo!! (¡¡Bomba Repartida!!)

         Liton pensó que los ataques de Rina irían directamente contra él del mismo modo que los cometas de fuego, pero en vez de eso, las esferas de luz se esparcieron por el aire balanceándose un lado a otro sin control. Vistas en la distancia parecían revolotear como un enjambre de insectos luminosos. Liton observó los pequeños destellos con desconfianza sin saber qué iba a suceder.

         —¿Qué rayos es esto?

         Entonces la hechicera cruzó los brazos sobre su pecho e inmediatamente después las esferas convergieron sobre Liton desde todas direcciones. El meganiano únicamente alcanzó cubrirse la cabeza antes de ser impactado y desaparecer en medio de un enorme estallido. Enormes pedazos de roca y escombros salieron volando por los aires.

         —A ver a qué te sabe eso, fanfarrón —susurró Rina.

         —¡Bien hecho! —festejó Shirufiru con alegría.

         Sin embargo el entusiasmo duró poco tiempo. Una vez que la oscura nube de polvo y humo empezó a desvanecerse, todos pudieron advertir que Liton todavía seguía en pie. Su armadura no presentaba el más mínimo daño y su cuerpo no parecía tener heridas. El meganiano caminó unos pasos hacia delante mientras se sacudía el polvo de la armadura.

         —Que tontería —se mofó—. Tus ataques no me afectaron en lo más mínimo.

         Shirufiru apretó los puños con fuerza. Pese a que Rina era la hechicera más poderosa del grupo, ni siquiera ella había podido lastimar a Liton. La desesperación y la rabia se apodaron de ella. Sabía que Ameria estaba herida, y que necesitaba que la curaran, pero por otra parte sospechaba que si no ayudaban a Rina, lo más probable era que Liton acabaría matándola. Estaba a punto de abandonar la protección de la barrera mágica cuando Firia le puso una mano en el hombro para detenerla.

         —Espera, Shirufiru, no te precipites.

         —Pero no podemos permitir que ella pelee sola —repuso la sacerdotisa—. Debemos ayudarla o ese tipo le hará daño. No me importa lo que Rina haya dicho o lo que pienses, yo iré a pelear junto a ella.

         Firia pareció no escucharle.

         —Shirufiru, dime, ¿no te diste cuenta que Liton no absorbió ninguno de los ataques de Rina? Sí no mal recuerdo, él mencionó que podía absorber la energía de los ataques.

         La sacerdotisa guardó un momento de silencio y reflexionó sobre las palabras pronunciaras por Firia. Desconcertada, echó una mirada hacia Rina y notó que su amiga estaba sonriendo. Parecía como si las cosas estuvieran saliendo como Rina había esperado. Cualquiera que no conociera la gravedad de la situación hubiera pensado que la hechicera era quien tenía dominada la situación.

         —Rina se está riendo, pero ¿por qué?

         El guerrero meganiano, por su parte, estudió minuciosamente el rostro de Rina y arqueó una ceja cuando descubrió que ésta, lejos de mostrarse angustiada o desesperada por la situación, se estaba riendo.

         —¿De qué te ríes? —le preguntó extrañado—. ¿Acaso perdiste la razón o qué?

         —En realidad acabo de descubrir algo muy interesante —respondió la hechicera con un dejo de sarcasmo—. Hace unos instantes te ataque con un hechizo mágico conocido como Bomu Supuriddo, pero curiosamente no intentaste absorberlo con tus manos.

         Liton frunció los labios dejando entrever sus dientes.

         —Eso no tiene importancia, mocosa.

         —¿De verdad? Pues yo opino todo lo contrario, querido Liton. No lo hiciste porque no puedes absorber la magia, ¿no es cierto? Cuando estabas luchando con Hyoga y Uller pude notar que tampoco absorbiste los ataques de ellos dos a pesar de que pudiste hacerlo en varias ocasiones. Tal parece que tu poder para absorber energía tiene excepciones y la magia es una de ellas.

         —Vaya, no dejas de sorprenderme —reconoció el meganiano—. A pesar de ser sólo una simple humana lograste descubrir una de las limitantes de mi habilidad para absorber la energía. Te felicito por ello, pero no te sientes tan orgullosa porque eso no impedirá que acabe contigo.

         Liton cerró sus ojos y bajó un poco la cabeza, sumiéndose en sí mismo. Usando el poder de su mente, trató de hurgar en los pensamientos de Rina para prever los ataques que ella iba a usar. Pero, al igual que había ocurrido anteriormente con Hyoga, sólo pudo visualizar un enorme vacío oscuro. Extrañado, abrió los ojos de nuevo y frunció el entrecejo con desconcierto. ¿Acaso Rina también había aprendido a crear un vacío dentro en su mente?

         —No puedo creer lo que está pasando. Mi habilidad para leer la mente no funciona con ella —hizo una pausa y observó a Rina minuciosamente—. ¿Es qué se trata de un hechizo también?

         Rina frunció el entrecejo sin entender ni una palabra de lo que le estaban diciendo. A juzgar por lo que acababa de escuchar por labios del propio Liton, parecía que éste tenía algún tipo de problema para leerle la mente. La hechicera se turbó. Ella no poseía ninguna clase de habilidad psíquicas para hacer algo así. De seguro alguien más debía estarla ayudando.

         —¡¿Quién demonios eres?! —exclamó Liton con furia, mirando en todas direcciones—. Alguien está bloqueando mi habilidad, pero ¿quién puede ser?

         De pronto el meganiano se volvió furioso contra Uller. Aunque nadie más parecía haberse dado cuenta de la situación, Liton finalmente pudo descubrir que el hombre de hielo era quien estaba enviando poderosas ondas telepáticas para proteger a Rina. Esa era la razón por la que no podía leerle la mente a la hechicera.

         —¡¡Maldito Kundalini!! ¡¡Tú eres quien está interfiriendo con mi poder!!

         —Así es, Liton, soy yo —le confirmó Uller—. No pensarás que iba a dejar que te salieras con la tuya. No importa lo que suceda, ni que tan grandes sean tus poderes, tú nunca nos derrotarás.

         —Estoy harto de todos ustedes —Liton esbozó una mueca mordaz—. He tenido que soportar sus estúpidos juegos, pero llego el momento de terminar con esta inútil pelea —empezó a reír—. Voy a acabar con todos ustedes de una buena vez y para siempre.

         —Te equivocas, tú serás el que va a perder esta pelea —le dijo Rina, atrayendo la atención del meganiano. Un fulgor de luz blanca envolvió el cuerpo de la hechicera, brillando de forma tan intensa que Liton dejó de reír—. Vamos a ver como te comportas cuando use uno de mis hechizos más poderosos.

         Liton extendió su mano derecha hacia Rina y le lanzó un chorro incandescente de fuego. La hechicera iba a realizar un encantamiento para defenderse cuando, súbitamente, el rayo de fuego fue interceptado en el aire por una descarga gélida. El meganiano giró su rostro violentamente hacia Uller y lo maldijo en silencio. Antes de que Liton pudiera volver a atacar, el Kundalini abrió las manos para arrojarle una andanada de estacas de hielo.

         Con la mayor tranquilidad del mundo, Liton utilizó sus ondas térmicas para derretir todas las estacas antes de que éstas pudieran alcanzarlo. Después, levantó la otra mano y contraatacó con una docena de veloces meteoros de fuego que rasgaron el aire a la velocidad de la luz.

         —¡¡Muere, Uller!!

         Actuando por instinto, el guerrero de hielo se teletransportó a una distancia segura para escapar del ataque. Las bolas de fuego impactaron en el suelo y provocaron varias explosiones que arrojaron montones de rocas en distintas direcciones. Desde su nueva posición, Uller disparó una nueva descarga de hielo, que golpeó sobre el aura de Liton sin causarle ninguna molestia.

         —¿Hasta cuando entenderás que tus ataques no podrán congelarme? —murmuró el meganiano. Levantó las palmas nuevamente para expulsar una docena de pequeñas esferas llameantes contra el Kundalini—. Nadie puede congelar las llamas del sol… ¡nadie!

         Esta vez Uller no tuvo tiempo de recurrir a la teletransportación. Los ataques de Liton eran demasiado rápidos para poder verlos venir. Tres cometas de fuego le dieron en el pecho y lo hicieron caer al suelo. El poder del anillo Kundalini le permitía recibir un ataque tras otro y sobrevivir, pero no lo hacía inmortal. Sí las cosas continuaban de la misma forma, los ataques de Liton terminarían por derretirlo.

         Hyoga corrió hacia el hombre de hielo y usando el poder del Diamond Dust, se deshizo del resto de los cometas de fuego. Alejado el peligro, el santo arremetió contra Liton y lo atacó con una veloz patada, pero el meganiano se impulsó por los aires para evadir el golpe y luego dejó caer un chorro de fuego.

         Hyoga cruzó los brazos sobre su pecho y bajó la temperatura en tornó a él utilizando el poder de su cosmos. Las llamas envolvieron al santo del Cisne, pero su aura lo protegió del ataque.

         Seguro de que Hyoga y Uller ya no le daría más problemas, Liton se volvió hacia Rina con la intención de matarla. Sabía que tenía la desventaja de no poder absorber los ataques mágicos, pero eso lo tenía sin cuidado. Su velocidad superior y sus poderes mentales le asegurarían la victoria.

         —Está vez sí acabaré contigo, niña tonta.

         Como respuesta, Rina cerró los ojos y levantó ambas manos. Una corriente de aire surgió del suelo donde ella estaba parada, levantándole el cabello y la capa hacia arriba con fuerza. El halo luminoso que cubría a la hechicera parecía volverse más intenso con cada segundo que transcurría.

         —Más oscuro que la oscuridad… —comenzó a murmurar—… más rojo que la sangre que fluye —Una esfera de luz rojo carmesí se materializó entre las manos de Rina, lanzando pequeños rayos entre sus dedos—. Enterrado en la corriente del tiempo, en vuestro sagrado nombre me acojo a la oscuridad… .

         Liton retrocedió un paso hacia atrás y arrugó el ceño con enfado. Cuando percibió la energía tan poderosa que rodeaba el cuerpo de Rina, supo que debía tomar la iniciativa y golpear primero. Incrementó su aura para formar la Nova Burning sobre su cabeza. Antes de que Rina pudiera terminar su conjuro, Liton le arrojó la enorme bola de fuego.

         —¡¡Muere!!

         —¡¡Por el poder que tú y yo poseemos, todos los estúpidos que se interpongan en nuestro camino serán destruidos!! —Rina llevó sus manos hacia al frente y lanzó su ataque cuando la Nova Burning estaba a sólo unos centímetros de alcanzarla—. ¡¡Doragu Sureibu!! (Dragon Slave)

         Una esfera de luz escarlata salió despedida hacia el frente, impactando de lleno sobre la superficie de la Nova Burning y empujándola hacia atrás. Liton contempló con incredulidad su ataque estaba regresando hacia él y concentró todas sus fuerzas para darle mayor poder a su técnica.

         Parecía que el ataque de Liton había logrado contener el avance del Doragu Sureibu, pero la situación se tornó adversa para el guerrero meganiano cuando el hechizo de Rina causó que laNova Burning le estallara encima. Liton quedó inmerso en un mar de llamas y resintió los efectos destructivos de su propio ataque.

         Tomando ventaja de la situación, Hyoga hizo acopió de sus últimas fuerzas para elevar su cosmos más allá del séptimo sentido y bajar la temperatura de su aire frío hasta alcanzar el cero absoluto. La armadura del Cisne volvió a tornarse dorada. El aire frío que rodeaba a Hyoga empezó a cubrir todo el campo de batalla. El santo cerró su puño derecho, el cual quedó momentáneamente cubierto por una delgada capa de hielo, y atacó al meganiano.

         —¡¡Diamond Dust!! (¡¡Polvo de Diamante!!)

         Esta vez la ráfaga de aire frío revolvió las llamas con violencia. Entonces, de repente, ocurrió algo totalmente imposible. Las ardientes flamas comenzaron a congelarse por el efecto delDiamond Dust. El propio Liton, aún aturdido por los efectos de la explosión, no podía dar crédito a lo que sus ojos veían. El fuego desapareció y en su lugar fueron apareciendo enormes formaciones de hielo.

         —¡No es posible! —exclamó Liton—. ¡¡Las llamas se congelan… .

         No pudo continuar hablando ya que él mismo quedó atrapado dentro del hielo. Hyoga esbozó una sonrisa de confianza. Mientras Rina combatía a Liton, él se había dedicado de lleno a reunir su cosmos para lanzar un nuevo ataque. En ese momento, el hielo se resquebrajó de abajo hacia arriba con un crujido apagado y el meganino cayó al suelo.

         —Ahora ya conoces el poder de los Santos de Atena —le advirtió Hyoga.

         —¿Cómo es qué pudiste hacer eso? —clamó Liton—. Ningún tipo de ataque debería ser capaz de apagar mis flamas, mucho menos de congelarlas. ¿Quién demonios eres?

         Hyoga llevó a cabo una nueva serie de movimientos con sus brazos y piernas para aumentar todavía más el poder de su energía cósmica, superando el séptimo sentido y alcanzado, aunque de forma inconsciente, el octavo. Arrojó una ráfaga de aire hacia los cielos usando su puño derecho y luego hizo lo mismo, pero con el izquierdo. Una enorme corriente de aire congelado descendió sobre el guerrero del Cisne.

         —¡Te demostraré lo que puedo hacer! ¡¡Aurora Thunder Attack!! (¡¡Ataca, Rayo de Aurora!!)

         El santo lanzó dos ataques más con los puños, pero esta vez hacia delante, y luego unió sus manos para descargar tres ráfagas más potentes que todas las anteriores, desatando una verdadera tormenta de aire frío. La ventisca levantó a Liton del suelo y lo llevó volando por los aires dentro de un remolino mortal de aire congelante. La armadura meganiana se recubrió de hielo y se fracturó en pedazos debido a la baja temperatura.

         Con sus fuerzas disminuidas, Liton cayó al suelo sintiendo un frío atroz en todo su cuerpo. Todavía no lograba comprender cómo Hyoga había podido congelar el fuego y además destruirle la armadura. El guerrero meganiano trató de levantarse, pero ya no pudo hacerlo. Se había acabado. El ataque de aire congelado de Hyoga había sido demasiado poderoso.

         —No puedo aceptar esto —murmuró con rabia mientras se daba la vuelta para quedar boca arriba—. Yo fui capaz de vencer al mismo príncipe David, ¿cómo es posible que unas asquerosas alimañas me hayan derrotado?

         —Tú mismo causaste tu desgracia —se escuchó decir a Firia.

         Rina, Hyoga y Uller llevaron sus miradas hacia la barrera del Barisu Wooru a tiempo para ver como ésta desaparecía por completo, dejando libres a los Slayers y a los demás. Firia caminó unos cuantos pasos sin dejar de observar a Liton a los ojos.

         —Tu habilidad para absorber la energía te hizo confiarte demasiado, pero no te sirvió para nada contra los ataques de aire frío o los hechizos mágicos. Además, el poder destructivo delDoragu Sureibu de Rina te debilitó más de lo que crees porque se combinó con la fuerza de tu propio ataque.

         —¿Qué estás diciendo? —inquirió Liton.

         —Subestimaste la fuerza de tus enemigos y ese fue un error mortal —El meganiano le arrojó una mirada de furia a Firia, pero ésta continuó hablando sin dejarse intimidar—. Tal parece que no somos tan débiles a pesar de que creemos en la amistad y esas cosas, ¿o no?

         El meganiano volvió la cabeza hacia un extremo y escupió sangre con saliva. Su cuerpo se había entumecido completamente debido al aire frío de Hyoga y no podía moverse. Sabía que iba a morir, pero al menos desquitaría toda su furia lanzando amenazas contra sus enemigos. Les demostraría que aún en la derrota, podía mostrarse despiadado.

         —Estúpidos, ¿creen que porque me vencieron estarán a salvo? Tal vez ganaron esta batalla, pero nunca podrán contra el gran N´astarith. Su poder está más allá de lo que pueden imaginar.

         —¿Quién es N´astarith? —preguntó Shirufiru.

         —El nuevo dios que regirá toda la Existencia —contestó Liton con una sonrisa macabra—. No importa lo fuertes que sean o cuantos se le enfrenten, nadie podrá vencerlo. Él es la encarnación de la voluntad del poder.

         —Te equivocas, Liton —le dijo David Ferrer—. Las cosas no saldrán como esperas.

         Ayudado por Yamcha, el príncipe meganiano había conseguido ponerse de pie nuevamente. Aún estaba herido, y le salía sangre de la boca, como resultado de la batalla, pero su espíritu combativo era inquebrantable

         — N´astarith será derrotado cuando el guerrero legendario despierte.

         Liton soltó una débil carcajada.

         —Ah, David, es gracioso escuchar que aún guardas esperanzas. Sabes perfectamente que mientras tú y tus hermanos continúen con vida, ese supuesto guerrero legendario no podrá despertar jamás. ¿Crees que N´astarith no lo sabe? El ojo del oscuro señor de Abbadón lo ve todo.

         Extrañado, Hyoga frunció el entrecejo y se acercó un poco más. Durante su estancia en la Churubusco, había oído a Saulo hablar de un guerrero legendario al que los Celestiales se referían como el Káiser, pero no sabía a ciencia cierta si se trataba del mismo guerrero del que estaban hablando David y Liton.

         —¿Hablan del Guerrero Káiser? —inquirió.

         Liton cerró los ojos y dejó escapar una sonrisa.

         —Parece que tus amigos están enterados de todo, David —murmuró Liton—. Pero me pregunto si también sabrán acerca del pequeño secreto de la familia real de Megazoar. Tu padre, el emperador Francisco, hizo hasta lo imposible por mantener oculto todo, pero yo sé la verdad.

         —¡¡Cállate!! —exclamó David—. ¡Tú no sabes nada!

         —Ahora me siento mejor —susurró Liton cada vez con menos fuerza—. Estoy seguro que todos los miembros de la familia real de Megazoar también morirán. Al final, la voluntad del poder se impondrá y ustedes desaparecerán.

         Con los ojos abiertos, Liton soltó una última risita maligna y finalmente murió.

         David apretó los puños con fuerzas. Sintió unos enormes deseos de patear el cadáver de su adversario, pero al final logró contenerse. Las palabras de Liton lo habían dejado temblando de coraje, pero lo que más le irritaba era que éstas reflejaban sus más profundos temores.

         —¿De qué estaba hablando, David? —le preguntó Yamcha al príncipe—. ¿Quién es ese guerrero legendario que mencionó Liton? ¿Es el mismo guerrero del que nos habló Saulo y los Celestiales?

         David bajó la vista sin decir una palabra. Sabía que tarde o temprano la verdad sobre el guerrero meganiano quedaría revelada, pero no estaba seguro de que aquel fuera el momento idóneo. El príncipe dudó. ¿Debía decirles lo que sabía o esperar hasta volver a la Churubusco? Fue en ese instante que la voz de Rina Inbaasu lo hizo volver a la realidad.

         —Oigan, oigan, oigan, nosotros no sabemos nada de lo que están hablando, ¿quiénes son ustedes y de dónde vienen? ¿Por qué demonios ese tipo trataba de matarnos? Creo que nos deben una explicación.

         Uller y Ten-Shin-Han se miraron el uno al otro un momento. En el calor de la batalla habían olvidado darle las gracias a Rina y a los demás Slayers por su valiosa ayuda sin la que hubiera sido más difícil derrotar a Liton. El hombre de hielo le extendió una mano a Rina y dijo:

         —Es cierto, permíteme presentarme, mi nombre es Uller —Esperó que Rina le sujetara la mano antes de seguir hablando—. Como ya te habíamos dicho antes, nosotros venimos desde una dimensión distinta a esta. Estamos buscando una de las doce gemas estelares que se encuentra en este mundo.

         —¿Una gema estelar? —repitió Rina—. Jamás he oído hablar de ella.

         —Sí has oído —le dijo Eclipse—. Pero tú lo llamas el triángulo de quién sabe qué.

         —El triángulo de Zanatar —murmuró Firia—. Según la leyenda, es una gema que vino desde los cielos. Un hechicero llamado Zanatar la encontró y la resguardó durante muchos años.

         Rina abrió los ojos de par en par.

         —¿Quieres decir que mi triángulo de Zanatar y la gema estelar que estos forasteros están buscando es la misma cosa? No puedo creerlo, pero ¿por qué la están buscando?

         —En la dimensión de donde venimos existe un sujeto llamado N´astarith —le explicó Uller—. Él está buscando esas gemas para gobernar todos los universos y para ello está enviando a sus guerreros a reunirlas. Ten por seguro que cuando sepa que Liton ha fracasado, enviará a otros a terminar el trabajo.

         —¡Que vengan! —Rina golpeó el aire con el puño—. Lo venceremos igual.

         —No es tan sencillo, chica lista —murmuró Shaina—. Está vez tuvimos suerte, pero la próxima las cosas podrían terminar de manera diferente. Los guerreros de N´astarith vendrán, los matarán a todos y luego volverán a casa tan tranquilos.

         —¿Sí? Lo dudo mucho.

         —En realidad —se oyó decir a una voz—. Ellos tienen razón.

         Todas las miradas convergieron sobre un misterioso hombre que había aparecido de pronto. Llevaba un enorme sombrero de paja que le cubría parte del rostro y en su mano derecha sostenía un báculo oscuro. El hombre vestía ropas holgadas y portaba una larga capa oscura. Casi al instante, Firia frunció el entrecejo con desconfianza.

         —¿Quién eres tú? —le preguntó Shirufiru.

         El hombre misterioso levantó la mirada para revelar su identidad.

         —¡¡Zerosu!! —exclamó Rina—. ¿De dónde saliste?

         —Estaba oculto observando la pelea —confesó Zerosu mientras se quitaba el sombrero—. Debo admitir que lucharon muy bien, aunque temí que ese tipo pudiera lastimarlos.

         —¡¿Y por qué demonios no nos ayudaste?! —le reclamó Rina.

         Zerosu se puso un dedo sobre los labios y sonrió.

         —Eso es un secreto.

         —¿Un secreto? —repitió Hyoga—. No sé quién seas, pero no me parece el momento para jugar a las adivinanzas. ¿Quién eres y qué has venido a hacer aquí?

         —Disculpa —le dijo Zerosu—. Mi nombre es Zerosu y soy amigo de Rina y su grupo —Zerosu percibió que Firia le estaba lanzando una mirada llena de hostilidad, pero rápidamente se hizo el desentendido—. Hace unos días tuve una premonición que me advertía sobre la destrucción del mundo.

         —¿Una premonición? —murmuró Shirufiru.

         —Quiere decir que se emborrachó hace poco —susurró Firia.

         —Sí, pero era algo confusa —reveló Zerosu ignorando a Firia—. No sabía exactamente qué clase de peligro era el que amenazaba el mundo, pero en mis visiones pude discernir el triángulo de Zanatar. Cuando me di cuenta de eso, decidí ir a buscarlo, pero en ese momento percibí una energía maligna muy poderosa que venía de este lugar.

         —Entonces no fue una simple coincidencia que todos estuvieran en busca del triángulo —Rina se llevó la mano a la pequeña bolsa de cuero y extrajo la gema que llevaba en el interior—. Las leyendas cuentan que esta joya guarda enormes poderes, pero no imaginaba que alguien más la estuviera buscando.

         —Esa gema es originaria de la dimensión de donde venimos —dijo Uller—. Sí quieren salvar su mundo será mejor que nos la entreguen y… .

         —¡No tan rápido! —le interrumpió Rina ásperamente—. Tal vez lo que están diciendo sea cierto y ese tal N´astarith quiere destruir el mundo, pero eso no quiere decir que les entregue el triángulo.

         David meneó la cabeza en sentido negativo.

         —No tenemos tiempo para estas tonterías. Sí conozco a N´astarith como lo conozco es seguro que haya enviado a algunos de sus asesinos tras Liton. Estoy seguro que ese tal Bórax volverá con ayuda.

         —¿Sí? Pues no me da miedo —replicó Rina, desafiante.

         Su sonrisa de confianza desapareció pronto. La hechicera levantó la mirada al cielo. Con ello, todos oyeron un ruido que comenzó como un murmullo. El suelo temblaba de un modo raro. La masa negra del Devastador Estelar cruzaba por el cielo por encima de las montañas, proyectando una enorme sombra de veinticuatro kilómetros de largo.

         —¿Qué demonios es eso? —murmuró Zerugadisu.

Reino de Asgard.

         El extremo norte de Europa era una tierra en silencio, fría e inhóspita. Se trataba de una región donde la mayor parte del tiempo reinaba un invierno que hacía la vida difícil para todos sus habitantes. En los cielos nocturnos imperaba la constelación de la Osa Mayor, con sus siete estrellas brillantes como pequeños diamantes en un mar de oscuridad.

         Bud se acercó a la tumba y se arrodilló. Contempló la cruz blanca como si fuera una persona y bajó la cabeza. Habían transcurrido varios meses desde la terrible batalla entre los Dioses Guerreros y los Santos del Santuario. Sus heridas físicas habían sanado completamente, pero la muerte de su hermano Syd aún pesaba sobre su persona.

         No podía evitar pensar en la ironía del destino. Por muchos años se había esforzado en convencerse a sí mismo de que odiaba Syd y que éste, de hecho, era el culpable de su terrible destino. Había albergado deseos de venganza contra su hermano, pero al final acabó descubriendo que su odio no era tan grande como pensaba. En los últimos segundos de su vida, Syd había tratado de ayudarlo a pesar de estar mortalmente herido. Esa última acción había quedado fuertemente impresa en la mente y el corazón de Bud.

         —He estado pensando mucho en ese día, hermano —dijo mientras levantaba la vista hacia la cruz blanca—. Creí que te odiaba con toda mi alma, pero la verdad es que trataba de engañarme a mí mismo. Ahora que sé que fue Poseidón quien nos manipuló para luchar contra los Santos del Santuario, me siento humillado.

         De pronto escuchó unas pisadas en la nieve. Alguien había llegado y estaba seguro de que no era su imaginación. Se volvió hacia sus espaldas y descubrió una persona que llevaba una larga capa azul cuya capucha ocultaba sus facciones. Quien quiera que fuera estaba rodeada por un halo de luz blanca resplandeciente que desapareció.

         —¿Quién eres tú? ¿Qué haces aquí?

         —He venido a pedir tu ayuda, Bud de Alcor Zeta —le dijo una voz femenina.

         Bud reaccionó con sorpresa. Definitivamente no estaba ante una persona ordinaria o de lo contrario habría podido percibir su presencia mucho antes de que se hubiera acercado al sitio donde se encontraba. Tampoco podía sentir un cosmos poderoso a pesar del resplandor que había visto, lo cual lo hizo sentirse desconfiado.

         —¿Cómo es posible que sepas mi nombre?

Reino de Zefilia.

         Rina no podía creer lo que estaba sucediendo. Sin pronunciar palabra alguna, contempló como aquel gigantesco disco negro avanzaba hacia ellos mientras cubría los cielos. Todos los Slayers se quedaron como hipnotizados ante el sucedo, pero Uller, Hyoga y los otros sabían perfectamente que la presencia de esa nave significaba malas noticias.

         —¡Demonios! —exclamó David—. Detesto tener la razón.

         Shirufiru llevó su mirada hacia Yamcha.

         —¿Qué es eso?

         —Es increíble —murmuró Firia.

         —Son los emisarios de N´astarith —le contestó el Guerrero Zeta—. De seguro vinieron siguiendo a Liton, tal y como dijo David.

         —Estoy seguro que dentro de esa nave se encuentran los Khans —masculló Eclipse mientras se comía las uñas—. Ese chaparrón orejón de Bórax debió decirles todo y ahora vendrán a matarnos.

         David Ferrer sabía que debían actuar con rapidez. No tenía manera de dañar la nave y si se detenían a luchar con los guerreros de Abbadón, lo único que conseguirían sería perder la vida y la gema estelar. Llevó su mirada hacia los demás y luego de regresó al Devastador Estelar que se acercaba.

“Maldita sea”, pensó. “Liton tenía razón en lo que nos dijo. Mientras sigamos con vida, el guerrero legendario jamás podrá revelar su verdadero poder. No hay opción, si queremos tener una esperanza es necesario hacer sacrificios”.

         El príncipe meganiano caminó unos pasos sin dejar de tambalearse y desplegó todo el poder de su aura. Al ver esto, Hyoga y los demás volvieron sus miradas hacia David Ferrer sin entender qué era lo que estaba haciendo. Uller imaginó que tal vez iba a disparar contra la nave abbadonita, pero eso era algo inútil.

         —¿Qué estás haciendo, David? —inquirió el hombre de hielo.

         —Tomen a Asiont y a esos hechiceros y salgan de aquí —ordenó el meganiano sin volver la mirada atrás—. Yo me ocuparé de retrasarlos.

         Uller le puso una mano en el hombro.

         —¿Estás loco? No podrás contra ellos, aún estás muy lastimado por la batalla.

         —Tal vez —David volvió la mirada por encima del hombro—, pero es mi destino intentarlo. Deben saber que el guerrero legendario pronto despertará y revelará su identidad y cuando lo haga, las huestes de N´astarith temblarán.

         —¿El guerrero legendario? —repitió Shaina.

         —¿De qué estás hablando? —murmuró Rina.

         —¡Ya no pierdan el tiempo! —exclamó David al tiempo que giraba el rostro hacia la nave imperial que se aproximaba—. Ustedes pelearon contra Liton y ahora me toca a mí ayudarlos. Díganle a mis hermanos que para tener una esperanza es necesario hacer sacrificios.

         Uller asintió con la cabeza y se giró hacia Hyoga y Ten-Shin-Han, quienes imitaron el gesto. El hombre de hielo estaba débil por la batalla, pero aún podía utilizar la teletransportación para escapar hacia la nave Águila Real. Sí trataba de escapar volando, los imperiales les dispararían con todo el armamento del Devastador Estelar.

         —Escuchen, debemos escapar —les dijo a todos mientras David se elevaba por los aires en dirección a la nave imperial—. No tenemos mucho tiempo. Eso que se ven se trata de una máquina voladora con un escudo que la hace invulnerable a todos los ataques.

         Dos destellos brillantes aparecieron frente al Devastador Estelar. Se trataba de Eneri de Cancerbero y Allus de Caribdis, que habían salido de la nave para dirigirse hacia donde se encontraban sus enemigos. Mientras volaban, Eneri activó su escáner visual para determinar el número de individuos que estaban abajo. Cuando se percató que había menos de veinte personas, la guerrera esbozó un gesto de malestar.

         —Ese Bórax es un cobarde, ¿no qué había cientos de hechiceros?

         —Parece que alguien quiere pelear —advirtió Allus cuando divisó a lo lejos la figura de David—. Si mi vista no me engaña se trata del traidor de David Ferrer. 

          Eneri estiró la cadena negra entre sus manos con excitación. Una sonrisa maquiavélica se insinuó en sus labios. Los guerreros imperiales se detuvieron de golpe en el aire y esperaron hasta que David llegó ante ellos. El meganiano estiró los brazos a ambos costados y miró a los Khans a la cara.

         —Lo lamento, pero no podrán seguir.

         —Vaya, vaya, vaya —murmuró Eneri en medio de una risita maliciosa—. Pero si es el mismísimo príncipe David Ferrer en persona. Parece que no todo lo que ese gnomulón inorgánico nos dijo era mentira. 

         —Miserables —les espetó David a los Khans—. Pagarán por haber destruido el planeta Megazoar y matado a mi gente —El cuerpo del príncipe meganiano se iluminó con un halo de luz azul oscuro—. No importa lo que suceda, ustedes no pasarán de aquí.

         Allus soltó una carcajada.

         —¿Acaso te volviste loco? ¿Piensas detenernos tú solo?

         La Khan del Cerbero miró por encima del hombro de David y comprendió todo. De seguro el meganiano planeaba distraerlos para que los otros que estaban en el suelo pudieran escapar. Eneri frunció la boca.

         —¿Crees que podrás detenernos en ese estado tan lamentable? Como aún estás con vida, debo suponer que ese debilucho de Liton está muerto, pero eso no importa. Nosotros nos encargaremos de matarlos a todos…. ¡¡hazte a un lado, gusano!!

         David alzó un puño.

         —No importa lo que me ocurra, pero ustedes no pasarán. Sí he morir, al menos lo haré para ayudar a salvar a otros. Con esta acción, me reivindicaré por haber ayudado a N´astarith a conseguir una de las gemas estelares.

         —¡¡Silencio!!

         Moviéndose a la velocidad de la luz, Eneri arremetió contra David Ferrer con una andanada de cadenas negras. Las cadenas impactaron el cuerpo del meganiano, causándole serias heridas en el torso y los brazos y haciéndolo gritar de dolor. David, con la sangre saliendo de su cuerpo, alzó la mirada y levantó una mano llevando consigo una esfera de energía. Mientras se lanzaba contra Eneri una duda le embargaba la mente: ¿lograría detenerlos el tiempo suficiente?

Continuará… .

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