Leyenda 140

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO XL

UNA LUZ ENTRE TINIEBLAS

          Planeta Adur.

          Moviéndose a la velocidad de la luz, Seiya comenzó a evadir las rápidas plumas negras lanzada por Aicila y luego se dispuso a contraatacar empleando su poderoso Pegasus Ryuu Sei Ken. Pero en el instante en que una de las plumas se clavó en su brazo derecho y más tarde otra hizo lo mismo en su tríceps izquierdo, el santo de bronce sintió un estremecimiento que lo hizo detenerse. Seiya trató de quitarse las plumas que se le habían clavado en el cuerpo, pero no pudo hacerlo. Todos sus miembros estaban entumeciéndose hasta ponerse rígidos; sintió un dolor lacerante en los sitios donde tenía hincadas las plumas y empezó a sentirse mareado.

          —¿Qué está pasando? —murmuró Seiya desconcertado—. No puedo mover los brazos y… me-me siento débil… .

          —Ese el efecto que producen mis plumas negras —explicó Aicila, mientras caminaba tranquilamente hacia el inmovilizado Santo de Bronce—. Las plumas succionan toda tu energía aúrica y al mismo tiempo llenan tu cuerpo con un veneno bastante letal. No por nada mis plumas negras son mortales.

          —Esto no… va a… detenerme —Seiya intentó lanzar un puñetazo contra su enemiga, pero resultó inútil; tenía el cuerpo completamente paralizado de los pies a la cabeza y ahora sentía que le faltaba el aire—. Tengo que… luchar… .

          —Puedes resistirte todo lo que quieras, pero eso no te ayudará —siseó Aicila suavemente. Después de esto se recargó en el hombro derecho de Seiya y comenzó a acariciarle la mejilla—. Ah, claro, la asfixia es algo natural a causa del veneno. En unos momentos tu vista se irá nublando poco a poco y morirás en medio de un terrible sufrimiento. Oh, ahora que me doy cuenta, veo que lograste reparar tu armadura, pero eso de nada te sirvió al igual que tu amigo Andrómeda.

          —Pero que patéticos resultaron ser estos Santos de Atena —se mofó Bal de Gárgola con sorna—. Y pensar que algunos de nuestros aliados imaginaban que estos sujetos eran los guerreros mencionados en la leyenda de las doce gemas. Incluso yo llegué a creer que alguien que había sobrevivido a un enfrentamiento con Tiamat sería un buen adversario, pero parece que me equivoqué con este chico llamado Seiya.

          Aicilia decidió dejar a Seiya y se dio la media vuelta para volver junto a sus compañeros. Ahora que el Santo de Pegaso estaba inmovilizado no tenía ningún sentido preocuparse por él. Sólo era cuestión de tiempo para que muriera.

          —No nos tomará mucho tiempo acabar con los demás —convino la Khan que llevaba una armadura gris oscuro con enormes alas en la espalda—. Sin embargo, creo que confiarnos demasiado podría ser un error garrafal. No olviden que algunos de estos sujetos lograron derrotar a varios de nuestros compañeros.

          —Belcer, Sepultura y los otros fallaron porque fueron estúpidos —murmuró Cyntial con desdén—. A mí no me asusta ninguno de los guerreros que vinieron de los otros universos o los cachorros Celestiales de la Alianza. Todos ellos no son diferentes a los que en el pasado trataron de desafiar el poder del Imperio —hizo una breve pausa y observó a Seiya con desprecio—. ¿No comprenden que la victoria es inalcanzable para ustedes, miserables gusanos? ¿Cómo pudieron pensar que podrían derrotar al poderoso Imperio de Abbadón?

          —Mientras… —murmuró Seiya con dificultad—… exista la más pequeña llama de vida en mi ser… nada me detendrá… .

          —Sí que eres un estúpido —se burló Cyntial—. Creo que el veneno que corre por tus venas te está haciendo desvariar.

          —Seiya… —musitó lastimosamente Shun, aún tendido en el piso.

          —Tú lo has dicho, Cyntial —repuso Aicila, mientras Seiya se bamboleaba hasta que finalmente se derrumbó en el suelo y comenzó a perder el sentido—. Son unos estúpidos. No comprendo cómo pueden creer en una victoria cuando sus posibilidades son prácticamente nulas, pero bueno, nada de eso debe importarnos porque tenemos trabajos que hacer. ¿Qué les parece si acabamos de una vez con estos dos gusanos? Creo que lo mejor sería atravesarles el corazón de un solo golpe y luego iremos a exterminar a los otros.

          —Suena bien —dijo Bal, mirando a Seiya. Alzó una mano con la palma cubierta de energía—. No tiene caso prolongar más esto.

          La oscuridad que cubría el campo de batalla parecía extenderse hacia las naves que peleaban sobre la orbita del planeta y más allá. La oscuridad que reinaba en Adur se había esparcido por toda la galaxia. Y allí donde la oscuridad domina, el ojo del señor de Abbadón podía percibir lo que ocurría en otras partes con absoluta claridad.

          En la oscuridad, el señor de Abbadón sentía la angustia de los guerreros que luchaban contra el inmortal Garlick, y era bueno. Sintió también la agonía de Saori Kido que se debatía entre la vida y la muerte.

          Eso también era bueno.

          Cuando la noche se iluminó vagamente por el choque de las ráfagas que la nave de los Hombres de Oscuro disparaba contra el escudo deflector del trasbordador aliado que permanecía en el suelo, el señor de Abbadón envió su mente a un pequeño caza que se dirigía a los muelles de la astronave Churubusco, a una cabina dominada por las tinieblas donde iban dos personas. Una vez que Cariolano se hubo encargado de sabotear los sistemas de defensa sería relativamente sencillo infiltrar la nave insignia de la flota aliada. El caza imperial siguió un rumbo preprogramado y se fue aproximando gradualmente hasta introducirse en un portal rectangular que era la entrada a uno de los principales muelles de la gigantesca nave.

          Una sonrisa se asomó por los labios del señor de Abbadón. Las cosas estaban marchando según lo previsto. Faltaba poco para que los miembros del Consejo de líderes estuvieran muerto, lo mismo que los guerreros de los otros universos que habían venido para unirse a la Alianza. Nada podía salir mal. La oscuridad era tan absoluta que su dominio parecía inquebrantable.

          Pero entonces la oscuridad le susurró que de algún modo, misteriosamente, las tinieblas que dominaban Adur comenzaban a aligerarse un poco debido a la repentina aparición de varias energías luminosas que acababan de irrumpir de la nada.

          —¿Le ocurre algo, mi señor? —le preguntó Leinad de Leviatán, quien permanecía a un costado junto con Isótopo, Etzal, Axe, Arrow y Suzú de Banshee. No fue necesaria una respuesta, ya que en ese preciso momento el escáner visual del Khan emitió un pequeño pitido de advertencia—. ¿Qué es esto? Estoy detectando diez nuevas presencias y no sólo eso. También hay otros dos sujetos que se aproximan a nosotros desde el oeste.

          N´astarith permaneció paralizado, inerte. Aguzó el oído. Frunció el ceño e inclinó la cabeza mientras trataba de identificar a quiénes pertenecían las auras que estaba percibiendo en aquel instante. Se quedó unos instantes inmóvil como un saurio soriano carroñero que mide el peligro. No cabía la menor duda: algunas de esas energías eran extraordinariamente poderosas, pero lo que más le inquietaba fue que podía sentir la fuerza del Aureus en varias de ellas.

          —No comprendo lo que está sucediendo —murmuró el Oscuro Señor de Abbadón con la mirada absorta—. ¿A quiénes podrían pertenecer estos poderes que percibo? Es imposible que se trate de alguno de los guerreros que vinieron desde los otros universos o de  un Caballero Celestial. Sin embargo, no es la primera vez que percibo esta aura. Estoy seguro que la he sentido antes… .

          Leinad estaba igualmente desconcertado; contemplaba los símbolos que aparecían en el visor escarlata de su escáner visual sin siquiera parpadear.

          —Este poder… es similar al que sentí cuando Jesús Ferrer estaba vivo.

          —¿Qué fue lo que dijiste? —Isótopo se volvió hacia el Khan de Leviatán para mirarlo con verdadera desesperación—. ¿Acaso el príncipe Ferrer sigue con vida? ¡Eso no puede ser posible! ¡Ese maldito está muerto! ¡Tiene que estar muerto!

          N´astarith llevó su mirada hacia Leinad y luego a Isótopo mientras meditaba en lo absurdo que resultaba considerar que Jesús Ferrer estuviera vivo. Los poderes de un Guerrero Káiser eran incomparables, pero no había nada que lo llevara a creer que podían superar a la muerte. ¿O acaso era posible? Estaba a punto de ordenarle a Isótopo que guardara silencio cuando escuchó una potente voz al frente que lo llamaba.

          —¡N´astarith!

          Kanon de Géminis se abrió paso a golpes, liquidando a los pocos Shadow Troopers, gnomulones inorgánicos y soldados del Batallón de las Sombras que le salían al paso y finalmente se detuvo delante de N´astarith y los guerreros que lo acompañaban. El Santo de Oro no parecía tenerles ningún miedo, y mucho menos, se dejó intimidar por las miradas amenazantes de los guerreros meganianos y los Khans. En vez de eso, desafiante y sereno, lanzó una mirada retadora al Oscuro Señor de Abbadón.

          —Me has ahorrado el trabajo de tener que buscarte. Te arrepentirás de haber llevado la destrucción al Santuario de la diosa Atena porque pienso terminar con tu existencia aquí mismo. Morirás en este lugar y todo acabará.

          N´astarith miró al Santo de Oro con los ojos entornados, pero no dijo nada.

          —¿Cómo te atreves a hablarle de esa manera al Emperador? —dijo el imponente Axe con su ronca voz, alzando sus poderosas hachas en lo alto—. Deberías mostrar más respeto ante la persona que se convertirá en el único dios de todos los universos.

          —Eres un tonto sí piensas que mostraré respeto ante alguien como N´astarith —replicó Kanon.

          —¿Qué dijiste? —Axe frunció el ceño con rabia—. ¡Eres un maldito insolente!

          Kanon observó al meganiano fijamente.

          —Jum. Si amas la vida desaparece inmediatamente de mi vista.

          Lleno de furia, Axe lanzó un grito y corrió hacia el Santo de Géminis. Estaba decidido a despedazarlo con ayuda de las hachas guerreras que sostenía en ambas manos. Kanon, inmóvil como una estatua, vio venir al meganiano y únicamente levantó la mano izquierda para atrapar el filo de una de las hachas antes de que ésta alcanzara su cuello.

          —¿Crees que vas a matarme con estos ataques tan simples?

          El meganiano apretó los dientes. Estaba aplicando toda su fuerza sobre el arma que Kanon detenía en un intento por romper su resistencia y cercenarle la cabeza, pero era inútil; la furia que sentía tampoco parecía hacer una diferencia. A pesar de ser dos veces más grande y robusto que el hombre con el que se enfrentaba, Axe no logró mover su arma ni un milímetro más. La desesperación y la frustración se apoderaron del enorme guerrero.

          —Eres… un maldito… . Esta hacha es una de las armas sagradas de Megazoar, ¿cómo es posible que un miserable como tú haya logrado detenerla de una manera tan simple?

          —No tengo tiempo que perder contigo —Kanon tocó el hacha con la punta del dedo índice de su mano derecha y después la arrojó hacia delante, haciendo que Axe trastabillara unos paso—. Te concedí la oportunidad de marcharte y ahora te arrepentirás de no haberlo hecho.

          El toque de Kanon había dejado un destello insignificante en el filo del hacha guerrera que no pareció ser importante. Sin embargo, el brillo comenzó a crecer de tamaño, deshaciendo el arma meganiana a medida que avanzaba a través de ella. Axe observó el fenómeno primero con incredulidad, y al final con horror.

          —¡No puede ser! —Se estremeció, al tiempo que la luz alcanzaba su mano y comenzaba a resquebrajar el guantelete de su armadura—. Con un solo dedo logró destruir esta arma sagrada. —El brilló empezó a aumentar de tamaño y en apenas dos segundos cubrió el pecho de Axe, quien gritó con fuerza—: ¡Mi cuerpo se está destruyendo!

          Consumido y dolorosamente torturado por el  intenso resplandor, Axe gritó con todas sus fuerzas. Kanon, con los ojos cerrados, permaneció sereno mientras el guerrero meganiano era engullido por un violento estallido de luz que lo desintegró por completo, ahogando sus gritos con un devastador estrépito final.

          —¡Axe! —exclamó Arrow horrorizada.

          —Y ahora será tu turno, N´astarith —sentenció Kanon, abriendo los ojos.

          Leinad se echó atrás la capa con aire imperial y avanzó un paso al frente.

          —¿De verdad piensas que podrás ganarnos? Creo que subestimas tus propias capacidades, santo de oro. No niego tu poder, pero una cosa es exterminar a un debilucho como Axe y otra muy distinta enfrentar a un guerrero de Abbadón.

          —No creas que lograrás intimidarme con tus palabras —le dijo Kanon, mientras su propio cuerpo se llenó de las llamas del Cosmos que ardía en su interior—. Tal vez has podido atemorizar a otros más débiles que tú, pero yo te mostraré el verdadero poder de los Santos de Oro y lo lamentarás.

          Leinad esbozó una sonrisa.

          —¿Ah sí? Veamos lo que puedes hacer —El Khan se puso en guardia y se cubrió a sí mismo con la intensidad de un aura oscura—. Debo advertirte que gracias a mis compañeros, conozco todas las técnicas que los Santos usaron durante la batalla en el Santuario, de modo que ninguna de ellas te servirá para este enfrentamiento.

          Kanon permaneció en silencio.

          —Sí no mal recuerdo tú luchaste contra Aicila, ¿verdad? —hizo una pausa y se volvió por encima del hombro para hablarle a N´astarith—. Mi señor, le pido que me conceda el honor de acabar con este fanfarrón.

          El Oscuro Señor asintió con indiferencia.

          —Este arrogante debe aprender una lección de humildad. Asegúrate que el dolor y sufrimiento sean sus maestros.

          Leinad llevó la mirada de regreso hacia donde estaba Kanon y sonrió. Lanzó tres ráfagas de energía con la palma de su mano derecha, causando que el Santo de Géminis tuviera que alejarse con un veloz salto hacia atrás. El Khan se lanzó en su persecución, dando grandes zancadas y siguió a Kanon mientras continuaba disparando.

          —Seiya… .

          Cyntial bajó su mirada para observar a Shun y soltó una risita malévola. El santo de bronce se arrastraba por el suelo en un intento por alcanzar la mano de su amigo. A pesar de los golpes recibidos y de las heridas que llevaba por todo su cuerpo, Shun aún continuaba llamando a Seiya a sabiendas de que tal vez era algo inútil. La escena provocó la burla de los cuatro guerreros de Abbadón.

          —Mírenlo, todavía trata de llamar a su amigo. Que sujeto tan patético —Cyntial le puso un pie sobre la nuca a Shun y comenzó a golpearlo una y otra vez en la cabeza—. ¡Vete al infierno de una vez! ¡Muere, maldito cobarde!

          Tomando impulso con rapidez, Cyntial dio un salto y levantó la rodilla izquierda. El pie derecho de la guerrera cayó con toda su fuerza sobre la espalda de Shun, incrustándolo en el suelo. Cyntial soltó una nueva carcajada y acto seguido pisó con saña la mano de Shun, haciéndolo gritar de dolor. La Khan estaba riendo escandalosamente cuando una potente ráfaga de luz salió de la nada y la impactó con tanta fuerza en el pecho que la hizo estrellarse contra el suelo.

          —¡¿Quién me hizo eso?! —exclamó Cyntial apenas se puso de pie—. ¡¡Miserable cobarde!! ¡Da la cara!

          En respuesta, la guerrera percibió una poderosa aura que causó incertidumbre también entre los demás Khans. Cyntial volvió la mirada hacia su derecha apenas sintió que algo se movía y sus ojos descubrieron una silueta que caminaba hacia todos ellos. Un halo de luz brillante semejante al fuego envolvía la figura de un joven de cabello oscuro que emergía desde las sombras de la noche. Cyntial enarcó una ceja con desconfianza y levantó ambas manos como esperando un ataque, pero el recién llegado ni siquiera le prestó atención; simplemente se detuvo ante el Santo de Andrómeda y se inclinó para ayudarlo a levantarse.

          —¡¿Quién eres tú?! —vociferó Cyntial—. ¡Respóndeme!

          El joven de cabello oscuro dirigió una mirada desafiante contra la Khan, pero no pronunció ni sola palabra y se volvió hacia el santo de Andrómeda. Éste a su vez levantó la cabeza y cuando lo hizo su rostro mostró una expresión de asombro. Por un segundo, Shun pensó que tal vez estaba alucinando a consecuencias de sus heridas y el joven de cabello oscuro no era quien parecía ser. Cuando al fin se dio cuenta de que no estaba soñando o siendo victimas de algún engaño, el Santo de Andrómeda sujetó con fuerza el brazo del joven de cabello oscuro y lo llamó por su nombre.

          —Ikki, eres tú, pero esto no puede ser. ¿Cómo lograste llegar a este lugar? Nos encontramos en otro universo y en otro planeta. No deberías haber podido llegar a este lugar a menos que alguien te hubiera ayudado.

          Ikki frunció una tenue sonrisa.

          —No es momento para dejarse vencer, Shun. Arriba ese ánimo.

          El Khan de Gárgola contempló toda la escena sin comprender que estaba ocurriendo. Gracias a la experiencia en batalla que Aicila, Tiamat y Sombrío le habían transmitido previamente enArmagedón, Bal podía identificar a cualquiera de los Santos del Santuario a pesar de que era la primera vez que los veía. Pero aquel joven de cabello oscuro y actitud desafiante que ahora estaba ayudando a Shun le resultaba totalmente desconocido. No tenía la menor idea de quién era y sí de verdad se trataba de un santo.

          —Este sujeto posee un Chi totalmente diferente al de los Santos de Andrómeda y de Pegaso —comentó Aicila en tono pensativo—. Y no sólo eso, también percibo la presencia de otras energías que antes no había sentido. ¿Acaso este guerrero habrá venido con alguien más?

          —Puedes estar segura de eso —asintió Bal mientras los símbolos bailoteaban en el minúsculo visor de su escáner visual—. Estoy captando dos… cuatro… no… son doce presencias que aparecieron de la nada incluyendo a este sujeto. No sé quiénes son, pero algunos de ellos poseen grandes poderes.

          —Cualquier amigo de estos miserables también puede considerarse enemigo nuestro —dijo Cyntial al tiempo que usaba su escáner visual. El visor rojizo que cubría su ojo izquierdo se iluminó mientras medía los poderes de Ikki—. ¡Jum! Tal parece que tendré el privilegio de matar a dos gusanos en vez de uno. Los dejaré morir al mismo tiempo para que puedan ir juntos hasta el infierno.

          El Santo del Fénix depositó a Shun en el suelo con cuidado y luego se volvió sobre sus talones, quedando cara a cara con su enemiga. Cuando habló, su voz claramente destilaba orgullo.

          —Eso es lo que tú dices, ahora veremos quién será el que vaya al infierno.

          Ikkí se arrojó al aire sin perder ni un instante, esquivando los mortíferos aros de luz que Cyntial le arrojaba con las manos. Los ataques pasaban peligrosamente a unos centímetros del cuerpo del Santo del Fénix. Más de una vez, los aros de luz estuvieron a punto de golpearlo, pero al final ninguno pudo hacerlo. Ikki tocó el suelo con los pies y luego volvió a impulsarse hacia arriba para eludir una nueva andanada de círculos luminosos que destruyeron todo a su paso, incluyendo un pilar.

          Cyntial giró las manos y disparó un último ataque, pero Ikki pudo evitarlo de nuevo haciendo un impresionante giro en el aire. Tras eludir los dos últimos aros, el santo finalmente aterrizó sobre la punta de una derruida columna ubicada a pocos metros de los demás guerreros de Abbadón.

          —¿Cómo diablos logras eludir mi poderoso ataque? —quiso saber Cyntial sin lograr ocultar su asombro—. Ni siquiera los Caballeros Celestiales habían podido hacerlo de la manera en que tú lo hiciste.

          —Una técnica que ha sido vista una vez no funcionará con los Santos de Atena por segunda ocasión —explicó Ikki endureciendo el tono—. A pesar de tus habilidades, realmente no eres tan buena como piensas. Será mejor que te prepares porque te haré pagar por todo lo que le hiciste a mi hermano Shun. Mi nombre es Ikki y soy el Santo del Fénix.

          —Vaya, así que eres el hermano de Andrómeda —se mofó Cyntial—. Me sorprendes, pero yo he derrotado a muchos enemigos en el pasado de la misma forma que haré contigo. Aunque hayas eludido mi ataque no hay forma de que puedas ganarme.

          —Espera, Cyntial —le advirtió Aicila—. Ten cuidado con este guerrero. Él no estaba con los otros Santos contra los que luchamos en el santuario. Además puedo sentir que su aura vibra de una manera diferente a la de los otros.

          Cyntial desestimó las advertencias de su compañera con una mueca.

          —No digas tonterías, Aicila. Este miserable gusano no podrá derrotarme jamás aunque tengo que admitir que nadie había esquivado mis ataques de esa forma. El gran N´astarith se sentirá muy complacido de saber que pude terminar con este molesto entrometido.

          —¿Estás segura de eso? —le preguntó Ikki con insolencia.

           La forma en que había pronunciado aquellas palabras resultaba un poco inquietante. Había una cierta amenaza en su voz, como si estuviera retándolas a atacarlo. Incluso Bal y la Khan que llevaba una armadura gris oscuro con enormes alas en la espalda, tuvieron el presentimiento de que aquel individuo era distinto de los demás santos de bronce.

          —¡Cierra la boca, maldito! —espetó Cyntial con un violento ademán—. Voy a matarte ahora mismo con mi más poderoso ataque.

          Abandonando cualquier pretensión de guardar la más mínima cautela, la Khan de la Serpiente de Mar se arrojó contra Ikki. Estaba lista para descargar su mortal técnica cuando el santo de bronce le atacó casi al mismo tiempo, pero con una rapidez mucho mayor. Ikki echó un brazo atrás y lanzó un veloz puñetazo, liberando un delgado rayo de luz que atravesó la cabeza de Cyntial por la frente antes de que pudiera descargar su ataque. El Santo de Fénix pasó de largo sin sufrir un rasguño y quedó situado a espaldas de su enemiga al tiempo que el escáner visual caía al piso.

          Mientras el resto de los guerreros de Abbadón observaba, la cabeza de la Khan de la Serpiente de Mar resbaló hacia atrás, con la mirada perdida. Segundos después, e igualmente rápido, Cyntial volvió a la realidad.

          —¿Qué diablos fue eso? —murmuró Aicila con los ojos bien abiertos—. ¿Acaso le dio a Cyntial un simple golpe? No, fue algo más.

          —Tienes razón, Aicila —asintió Bal sin dejar de mirar la pelea—. Ese no fue un golpe ordinario. De alguna manera, ese Santo de Bronce logró impactar la psique de Cyntial sin que la estúpida se diera cuenta.

          —¿Un golpe a su psique? —murmuró Aicila.

          Antes de que Ikki se moviera, la Khan de la Serpiente de mar lanzó una sonora carcajada. Tenía la impresión de que el ataque de su enemigo había resultado ser demasiado débil para lastimarla, pero Ikki no se veía preocupado en lo absoluto.

          —Necesitarás más que un simple golpe para ganar —dijo Cyntial con burla, al tiempo que se giraba hacia donde estaba Ikki para continuar con la pelea—. Déjame decirte, Fénix, que eso no me hizo nada y… —Se interrumpió a la mitad de la frase, mirando al vacío.

          Una extraña visión cruzó la mente de Cyntial. Se vio a sí misma rodeaba por los cadáveres de gente que había asesinado… Los cuerpos de sus victimas avanzaban hacia ella… Uno de ellos abrió la boca dejando salir un infernal enjambre de mosquitos que se abalanzó sobre ella… . Su armadura del averno se partió en varios pedazos y se deshizo como si fuese ceniza… En la lejanía podía escuchar las crueles risas de los otros Khans burlándose de ella… .

          —¿¿Qué es lo que sucede?? ¡¡Nooo!! —Cyntial se cogió la cabeza con las manos y resultó evidente que estaba padeciendo un terrible sufrimiento—. ¡¡Déjenme en paz!! ¡Esto no puede ser real! ¡Ustedes están muertos! ¡No se burlen de mí, malditos!

          Acosada por un horror indescriptible, Cyntial comenzó a lanzar manotazos al aire para librarse de los mosquitos y al mismo tiempo alejar a los inmundos cadáveres que la rodeaban y manoseaban con sus inmundas manos heladas. Fue en ese preciso instante que una ráfaga de luz la impactó de lleno por la espalda y la hizo caer al suelo donde quedó inmóvil delante de Ikki.

          —¡¡Cyntial!! —exclamó Aicila, que no podía creerlo.

          Ikki clavó su mirada en los demás Khans sin pestañear, con los labios apretados en un gesto arrogante, confiado y dueño de la situación.

          —Tu amiga debió haberte escuchado. Ahora será el turno de todos ustedes y será mejor que estén listos para ir al infierno. Lucharé con los tres al mismo tiempo sí es lo que desean.

          Una sutil sonrisa bailoteó en los labios de Aicila.

          —¿Acaso crees que lograste derrotar a Cyntial de esa manera tan simple?

          Ikki miró a los Khans con escepticismo. Antes de que pudiera decir algo, una violenta ráfaga de luz se estrelló en su quijada y lo envió al suelo. Cuando al fin pudo levantar la cabeza para descubrir lo que había pasado, el santo de bronce contempló a Cyntial de Serpiente de Mar parada delante de él. La Khan estaba envuelta por un aura violácea que despedía un odio inmenso.

          —¿Cómo te atreves a burlarte de mí, infeliz?

          —Sigues viva… . —Ikki comenzó a levantarse—. Creo que te subestime… .

          Cyntial lo miró con rabia creciente.

          —¡Tú serás el que morirá! —espetó, enfurecida, y extendió ambas manos al frente. Lanzó una onda de luz color zafiro a través de las palmas, con la que golpeó a Ikki y lo hizo salir disparado por los aires—. Marine Tempested!!

          El ataque llevó volando al Santo del Fénix hasta que su figura se perdió en el firmamento. Bal no podía menos que reconocer que Cyntial había conseguido derrotar al santo de cabello oscuro. Y si estaba equivocado e Ikki era lo suficientemente fuerte para seguir con vida, ese último ataque seguramente lo dejaría herido al punto de que rematarlo sería juego de niños. Tras uno segundos de incertidumbre, Ikki finalmente terminó su caída en el suelo. La batalla prácticamente había finalizado.

          El brazo de Garlick golpeó con todo su peso la espalda de No.18 y la hizo morder el suelo. Ten-Shin-Han y Casiopea trataron de distraer al gigante lanzando rápidos ataques contra su espalda, pero Garlick atrapó la pierna de la Celestial y luego la azotó contra el Guerrero Zeta para librarse de ambos. Sailor Venus entonces optó por utilizar su Venus Love Me Chain para capturar el brazo izquierdo de Garlick con la intención de inmovilizarlo, pero el gigante era demasiado fuerte para ella y la arrastró por el suelo para finalmente lanzarla contra Shiryu, Rina y Astroboy.

          —¡Los mataré a todos, insolentes! —rugió Garlick alzando los brazos.

          Trunks se arrojó en una feroz acometida contra el estómago del gigante y, luego de alejarlo de la androide, comenzó a darle tantos golpes como podía. Mientras castigaba el bajo vientre de Garlick usando únicamente los puños, Trunks no pudo dejar de pensar en lo irónico que era que fuera él quien hubiese acudido a rescatar a la androide No.18. “Sí le cuento esto a mi madre”, pensó, “nunca me lo creerá”.

          El rostro de Garlick mostraba el dolor y la desesperación que los rápidos puñetazos del joven súper saiya-jin le producían, pero luego su semblante cambió por uno lleno de maldad y confianza. Haciendo acopió de las energías oscuras que moraba en su interior, el gigante logró sobreponerse a los feroces ataques de Trunks y extendió las manos para tomarlo por la cintura mientras se reía. Antes de que el súper saiya-jin lograra reaccionar y zafarse, el gigante lo alzó hacia arriba y luego lo estrelló de cabeza contra el suelo causando un estruendo. Garlick retrocedió unos pasos para contemplar lo que había hecho y una sonrisa siniestra se asomó por sus labios; estaba por arrojar una esfera de luz que acababa de materializar en su mano derecha cuando Sailor Jupiter le lanzó un Sparkling Wide Pressure a la cara. El ataque de la Inner Senshi le estalló en los ojos, dejándolo momentáneamente ciego y alejándolo de Trunks.

          —¡Maldita seas, mocosa! —gritó Garlick con fuerza.

          —¡Aún no he terminado! —replicó Sailor Jupiter corriendo hacia donde estaba Trunks para ayudarlo. Una pequeña antena brotó desde la tiara que llevaba en la frente y se llenó con la fuerza de un potente relámpago. Makoto llegó hasta Trunks y mientras le ayudaba a levantarse, un rayo eléctrico brotó de la frente de la Inner Senshi para golpear de lleno al inmortal Garlick—.Supreme Thunder Dragon!!

          —¡Aaaahh! —El rugido de Garlick, como el alarido de desesperación de una fiera herida, se escuchó por encima de la atronadora descarga de electricidad que llenaba su colosal cuerpo y le causaba un gran dolor.

          Incluso Trunks había quedado impresionado de ver la manera en cómo Sailor Júpiter había logrado alejar a Garlick. Tal vez la Sailor no tenía la fuerza necesaria para medirse con enemigos demasiado poderosos como lo era aquel gigante inmortal, pero el relámpago que había lanzado demostraba que no había que menospreciarla.

          —Sailor Júpiter, ¿cómo es que… .

          —No hay tiempo para explicaciones —le cortó Sailor Júpiter mientras lo sujetaba de los brazos para llevarlo hacia atrás—. No soy tan ingenua para creer que mi ataque lo detendrá y… ¡Oh no!

          Fue entonces que Sailor Júpiter y Trunks miraron los pies.

          Delante de ellos estaba el inmortal Garlick, con la mirada de un asesino enloquecido y una sonrisa siniestra. Tanto la sailor como el guerrero zeta sabían que sus vidas estaban a punto de terminar cuando escucharon el rugir del gigante. A esa distancia, Garlick destrozaría sus cabezas como sí fuesen cascarones vacíos. Trunks sintió el instinto de empujar a Sailor Júpiter hacia algún lado, pero ya era demasiado tarde para reaccionar. Fue entonces que el guerrero zeta percibió que algo se movió por el aire, aunque no pudo verlo.

          —¡Huyan! —les gritó Rina.

          —¡Sailor Jupiter! —chilló Sailor Venus.

          Makoto cerró los ojos para no ver llegar la muerte.

          —¡Mueran, malditos! —gritó Garlick, lanzando un veloz puñetazo.

          Pero lo que el puño del gigante encontró no fueron las cabezas de Makoto y Trunks, sino una enorme palma metálica de color blanco. Fue en ese preciso instante cuando Garlick descubrió que su golpe había sido detenido a tiempo por Karmatrón, quien había incrementado su tamaño hasta alcanzar la misma estatura del gigante inmortal.

          —¿Qué? ¿Cómo demonios aumentaste tu estatura? —quiso saber Garlick.

          —Es una de mis muchas habilidades —repuso Karmatrón, cerrando su mano sobre el puño de Garlick y obligándolo a bajar el brazo—. Tal vez pienses que por el hecho de poseer la inmortalidad y los poderes que N´astarith te concedió tienes asegurada la victoria, pero un Guerrero Kundalini cuenta con el poder del silencio para superar cualquier obstáculo por grande que sea.

          —¡Cállate, maldito! —replicó Garlick, apretando los dientes por el esfuerzo.

          Karmatrón levantó la otra mano y le asestó al gigante un fuerte puñetazo en pleno rostro. El cuerpo de  Garlick salió volando contra un montón de ruinas causando una ruidosa explosión que levantó rocas y polvo. Una tonelada de escombros cayó sobre Garlick dejándolo totalmente sepultado. No había transcurrido ni dos segundos cuando un potente rugido de aura oscura hizo saltar las rocas por los aires y disipó el polvo, dejando visible nuevamente la figura del monstruo inmortal.

          —¡Miserable! —rugió Garlick con los ojos desorbitados por la rabia. Apartó los restos de una columna que había en su camino y añadió—: No sé cómo le hiciste para crecer de tamaño, pero eso de nada servirá. No importa qué clase de poderes y habilidades tengas porque yo soy inmortal. Tú y todos los demás nunca me podrán ganar, ¿lo entiendes? ¡Nunca!

          —Estás completamente equivocado, Garlick —dijo Karmatrón sin bajar la guardia—. A diferencia de ti que sólo crees en el poder y la fuerza, un Guerrero Kundalini jamás dice “Nunca”. Siempre es posible levantarse después de cada caída y aún después de la muerte podemos seguir adelante. Lo único que nos detendría sería la pérdida de confianza en uno mismo.

          El gigante soltó una carcajada de burla.

          —¿Dices que puedes ganarme? Bien, te demostraré que todo eso que dices no son más que puras fanfarronadas. Veremos qué opinas cuando compruebes que mi inmortalidad es una barrera insuperable.

          Karmatrón se volvió un instante por encima del hombro.

          —No tiene caso que sigamos peleando todos juntos contra Garlick, lo mejor es que vayan a ayudar a los demás. Yo me haré cargo de él.

          —Tú sólo no podrás derrotarlo —objetó Ten-Shin-Han—. No olvides que ese maldito monstruo ha resistido todos y cada uno de nuestros ataques.

          —Es verdad, señor —convino Son Gohan—. Déjenos ayudarle, por favor.

          —No será necesario, Gohan —repuso Karmatrón, girando su rostro de vuelta hacia el gigante que lo esperaba ansiosamente—. Aún quedan muchos enemigos que de seguro están esperando a que nos desgastemos peleando con Garlick para luego intervenir en la batalla y aniquilarnos. No debemos caer en su juego como lo hemos estado haciendo.

          —Pero… —Sailor Júpiter miró primero a Garlick y luego a Karmatrón—. Pero, ¿de verdad piensas que podrás enfrentarlo tu solo?

          —No se preocupen, tenemos un plan —contestó Karmatrón y llevó sus manos hacia atrás para desenfundar su sable del poder. La hoja destelló con la luz de la luna—. Sólo les pido que confíen en mí, todo saldrá bien. No sé bien lo que ocurre, pero hace unos instantes percibí la llegada de varias energías poderosas y pienso que tal vez hayan venido a ayudarnos.

          —¿Qué? ¿Otras presencias? —inquirió Hyoga, sorprendido.

          —¡Ya no pierdan el tiempo! —exclamó Karmatrón con voz firme—. No olviden que el mismo N´astarith también está en este lugar. Sí lo derrotamos, todo habrá terminado.

          Hyoga, Rina, Casiopea y Sailor Venus asintieron con la cabeza al mismo tiempo. Mientras todos se alejaban corriendo o volando, Shiryu se dijo: “Zacek tiene razón, de seguro N´astarith usa a Garlick para debilitarnos y hacernos mostrar todos nuestros ataques”.

          —Esto se acabó —sonrió Cyntial mirando el cuerpo tendido de su enemigo—. En tan sólo unos instantes acabamos con tres insignificantes Santos de Atena.

          —Todavía no —murmuró Ikki y luego comenzó a levantarse—. Ya te lo dije una vez, no eres tan buena como piensas.

          Tanto Cyntial como los demás Khans reaccionaron con asombro. A pesar del daño recibido, Ikki no parecía debilitado en lo absoluto. El asombro se convirtió en total desconcierto cuando el Santo del Fénix exhibió una poderosa energía que brillaba con una luz extraordinaria. No tenía ni una sola herida visible e incluso su armadura estaba en perfecto estado. El Santo del Fénix observó a la Khan de la Serpiente de Mar y a sus compañeros con una mirada tan potente como la energía que despedía. No había necesidad de escáner visual o de la percepción para saber que el poder de aquel joven había llegado a unos limites excepcionales.

          —No creas que te desharás de mí tan fácilmente, pues tengo la capacidad de regresar del mismo infierno usando mis alas de Ave Fénix. Será mejor que te des por vencida porque jamás podrás ganarme con ese Cosmos podrido que tienes.

          —¿Qué estás diciendo, insensato? —exclamó Cyntial con los puños apretados—. ¿Te atreves a decir que mi aura está podrida? Quizá has logrado sobrevivir hasta ahora, pero no te confíes demasiado, maldito Fénix. Al final vas a morir en mis manos porque el único destino que les aguarda a todos ustedes es morir. ¿Escuchaste?

          —¿De verdad lo crees? —Ikki sonrió; en su rostro todavía tenía la misma expresión de confianza y seguridad que tanto molestaba a los Khans—. Tal vez estoy equivocado, pero ya no te escuchas tan confiada como lo estabas al comienzo de esta pelea. ¿Será que has comenzado a dudar de tus propias fuerzas?

          —¿Qué dices? —inquirió Cyntial con enfado.

          —Me contaron que los guerreros de Abbadón eran enemigos terribles, pero eso a mí la verdad no me importa. Mi único objetivo aquí es derrotar a N´astarith y enviarlo al infierno.

          Cyntial levantó sus manos y llamó a toda la fuerza de su propia aura. La ira brillaba en sus ojos.

          —¡Estoy harta de ti y tus palabras! ¡Muere, Fénix! Marine Tempested!!

          —Tú hora ha llegado, será mejor que te prepares… —empezó a decir Ikki. En ese momento, Cyntial se abalanzó sobre él para golpearlo con todo el odio y la frustración que sentía—…¡¡¡Hou Yoku Ten Shou!!! (¡¡¡Aveeeee Fénix!!!)

          De un salto, Ikki comenzó a mover los brazos de arriba hacia abajo como emulando el aleteo de una poderosa águila. Entonces la impresionante imagen de un feroz pájaro de fuego apareció a sus espaldas en medio de un mar de llamas furiosas que se agitaban en diferentes direcciones. Tras concentrar toda su energía, Ikki elevó los brazos y después empujó sus puños envueltos por las flamas hacia delante. Una tormenta de fuego, un remolino de llamas que se movía a la velocidad de la luz envolvió a la Khan rápidamente, llevándola hacia arriba con violencia y desbaratando su ataque.

          Cyntial soltó un prolongado grito de terror. El ataque de Ikki era tan poderoso que no pudo hacer nada para liberarse de las llamas que la acosaban. El último golpe del guerrero sagrado cobró la forma de una inmortal Ave Fénix que destrozó el pecho de Cyntial y provocó que toda su armadura del averno se partiera con un crujido apagado. La Khan cayó con tanta fuerza que su cuerpo abrió un cráter en el suelo donde quedó tendida. De todos modos, antes de desplomarse, Cyntial estaba muerta.

          Ikki aterrizó sin mayor problema, dirigió su mirada hacia Bal de Gárgola y levantó un puño.

          —¿Quién de ustedes tres quiere ser el siguiente en morir?

          Astronave Churubusco.

          En el interior de una de las muchas cámaras de recuperación, estaba el cuerpo de un hombre sumergido dentro de una solución azulada de bacterias sintéticas que iba curando sus heridas gradualmente y le restablecían las fuerzas. El proceso no tenía mucho de haber iniciado, pero aún faltaba tiempo para que terminara y el hombre que se encontraba en el interior estuviera totalmente recuperado. Los cables que llevaba pegados en la cabeza mostraban el nivel de sus ondas cerebrales y la máscara que cubría su nariz y boca iba conectada a una manguera que le suministraba oxígeno.

          “Es extraño”, pensó Son Gokuh. “Desde hace poco comencé a sentir una gran cantidad de Kis muy poderosos y algunos de ellos pertenecen a Gohan, Piccolo, Kurinrin y los demás. ¿Acaso estarán luchando contra alguien? ¡No se desesperen, amigos, pronto iré a ayudarlos!”

         Continuará… .

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