Leyenda 100

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO C

SECRETOS Y DIFERENCIAS

Astronave Churubusco.

         A medida que el enorme planeta Adur se desplazaba por su orbita, la flota aliada se movía con él. Ocultos en la zona de sombra, las naves de la Alianza Estelar podían pasar fácilmente desapercibidas a pesar de su enorme número. Sin embargo, aunque la oscuridad que los rodeaba les servía como protección, la mayoría de los tripulantes de las naves aliadas se sentían desanimados al no poder contemplar un solo amanecer. Parecía como si estuviesen condenados a vivir eternamente entre las tinieblas de la noche y eso era algo que muchos encontraban frustrante.

         David Ferrer apoyó una mano sobre el ventanal que tenía delante de él y soltó un largo suspiro de nostalgia. A los ojos del príncipe, el planeta Adur se veía espléndido y majestuoso, justo como se lo habían descrito hace tiempo. Los adurianos eran amantes de la naturaleza y por lo mismo sabían como mantener un perfecto equilibrio entre el desarrollo y el cuidado de su medio ambiente. Tal vez esa era la razón por la cual los antiguos dirigentes aliados habían decidido establecer ahí los cuarteles generales de la Alianza Estelar en el pasado.

         Para la mayoría de los militares meganianos, Adur sólo era un planeta más con la mala suerte de haber sido invadido por N´astarith; pero para el príncipe David ese mundo llamaba especialmente su atención por cuanto le recordaba su planeta natal.

         David comenzó a recordar aquellos enormes lagos cercanos a la capital meganiana y los magníficos bosques en donde solía jugar de niño. Durante años, su padre había luchado por hacer de Megazoar un lugar próspero para todos sus habitantes. Pero desgraciadamente ese sueño había sido truncado de golpe por las perversas maquinaciones del oscuro señor de Abbadón. Ahora su pueblo vagaba por la galaxia como peregrinos, sin un lugar dónde vivir y eso le preocupaba.

         —¿Estás pensando en el pasado, hermano?

         David volvió la mirada por encima del hombro y contempló los rostros de sus hermanos Jesús y Armando. No había que ser un adivino para saber que David estaba abatido por el peso de la nostalgia.

         —No puedo evitarlo, ese planeta me recuerda mucho a Megazoar —hizo una pausa y llevó el rostro nuevamente hacia la ventana—. Aún no puedo creer que nuestro hogar haya sido destruido por completo.

         —Sé que tal vez esto te parezca duro, hermano, pero debemos aprender a dejar el pasado atrás —le aconsejó Armando—. Por más que lo deseemos, nuestro mundo no volverá jamás.

         —Es verdad, hermano —concordó Jesús con amargura—. Ahora debemos concentrarnos en derrotar a N´astarith y a sus ejércitos. Sí lo que ese científico llamado Dreyfus dijo resulta ser verdad y logramos neutralizar los escudos, entonces tenemos que empezar a pensar en organizar un ataque contra Armagedón, aunque presiento que será algo muy difícil.

         Armando negó con la cabeza.

         —A mí no me preocupa tanto Armagedón, sino los Khans. ¿Cómo demonios vamos a vencerlos cuando nuestro padre tampoco pudo lograrlo?

         —Encontraremos una manera de hacerlo, de eso estoy seguro —declaró Jesús con seguridad—. No importa si nos toma diez ciclos estelares o incluso cien. Pase lo que pase vengaremos a nuestro padre y al imperio meganiano.

         David cerró los ojos y bajó la cabeza. A pesar de que compartía la misma determinación que sus hermanos, sabía que se necesitaría algo más que coraje y valor para derrotar a los poderosos guerreros de Abbadón. No dejaba de recordar que los Khans habían logrado eliminar a todos los Caballeros Celestiales de la galaxia y a muchos otros guerreros de diferentes mundos.

         —Sólo conozco una manera de vencer a los Khans —murmuró con voz queda.

         —¿Qué dijiste, David? —le preguntó Jesús—. ¿Acaso tienes un plan en mente?

         —La fuerza de los guerreros de N´astarith proviene del poder del aureus —meditó David—. Sin embargo, de acuerdo con la misma leyenda de las doce gemas, existe un guerrero aún más poderoso con conocimiento sobre el aureus, un guerrero conocido como el Káiser. Sí ese guerrero peleará a nuestro lado derrotaríamos a los Khans y al mismo N´astarith.

         Al escuchar que David volvía a hacer mención del guerrero legendario, Armando sintió como la sangre se le subía a la cabeza. Jesús notó que Armando se ponía tenso ante las declaraciones de su hermano, pero fingió no percatarse para averiguar el motivo por el cual reaccionaba de esa manera.

         —Vuelves a insistir en esos cuentos para niños, hermano —le reprendió Armando con severidad—. Todo ese asunto del guerrero Káiser no es más que una fantasía creada por los Caballeros Celestiales y sus seguidores.

         David montó en cólera.

         —¡No es un cuento y lo sabes perfectamente!

         —Sólo un ingenuo con tú seguiría aferrándose a una idea tan ridícula —replicó Armando con desdén—. Es hora de que te olvides de todas esas tonterías. No existe tal guerrero ni nada que se le parezca.

         —¡Dejen de discutir de una buena vez! —intervino Jesús, extendiendo sus brazos entre ambos—. No entiendo porque reaccionan así por ese tema. ¿O es que acaso hay algo de lo que no esté enterado?

         Tanto Armando como David guardaron silencio. Para Jesús eso fue más que suficiente para adivinar que algo le estaban escondiendo, quizá algún secreto relacionado con el famoso guerrero de la leyenda o algo así. Tomó aire, recuperó la compostura y decidió averiguar el motivo de la diferencia entre sus hermanos.

         —¿Por qué pelean de esa manera? —les preguntó con suspicacia—. ¿Qué es lo que saben acerca del Káiser? Me están ocultando algo relacionado con ese guerrero o con la leyenda de las doce gemas, ¿no es así?

         —No se trata de eso —repuso Armando en voz baja—. Es sólo que no soporto que David siga repitiendo esas tonterías. El guerrero Káiser no es más que un engaño, un invento creado por algún lunático.

         Jesús giró su rostro hacia David y esperó, pero su hermano se mantuvo en completo silencio. Era como si ambos hermanos hubiesen llegado a una clase de entendimiento para olvidar la discusión y cubrirse mutuamente.

         —¿No dices nada? —le preguntó Jesús finalmente.

         —Ahora no tengo tiempo para hablar sobre esto —repuso David y luego se volvió, dando la espalda a sus hermanos—. Debo reunirme con los que irán en busca de la onceava gema estelar y no deseo llegar tarde. Espero que podamos terminar esta conversación en otro momento.

         —¡David, aguarda!

         El meganiano se detuvo de golpe.

         —Hermano, no sé qué es lo que sucede entre ustedes, pero les agradecería que me lo dijeran. Tenemos que estar unidos ante todo esto. —Jesús calculó que tenía un cincuenta por ciento de probabilidades de que David confesara lo que sabía, de manera que volvió a insistir—. Por favor, ¿qué es lo que pasa?

         —Estoy seguro de que Armando te lo contará todo —dijo David, volviendo la mirada por encima del hombro—. Pero es necesario que entiendas que todo lo que hizo nuestro padre, lo hizo por nosotros y por la seguridad de nuestro mundo.

         —¿Qué cosa? —murmuró Jesús, intrigado—. ¡Espera! ¿Qué quisiste decir?

         Pero David no quiso revelar nada más. Simplemente continuó su camino y abandonó la habitación, dejando a Jesús sumido en un mar de dudas. Armando, por su parte, bajó la mirada al piso y apretó el puño derecho con fuerza.

“Eres un necio, David”, pensó. “¿Es qué acaso deseas morir?”.

         Sala de entrenamiento.

         Luego de discutir el asunto durante media hora, finalmente todos habían llegado a un acuerdo para determinar quiénes irían en busca de la onceava gema. Lance no estaba muy convencido de dejar que Areth participara en la misión, pero sabía que la chica defendería su decisión contra fuego y marea por lo que se abstuvo de hacer cualquier comentario. El juego de piedra, papel o tijeras había llegado a su fin con la victoria de Ranma Saotome, quien se mostraba sumamente satisfecho con el resultado.

         —¡Lo logré, lo logré! —exclamó el chico con alegría—. ¡Lo hice!

         Presa de la frustración, Ryoga frunció la boca en una mueca de malestar. No podía soportar ver que Ranma, su eterno rival en el amor y las artes marciales, lo hubiera derrotado en algo tan simple como un juego de piedra, papel o tijeras. No obstante, no iba a darle el gusto de dejar que lo viera enojarse. Se cruzó de brazos, cerró los ojos y fingió una sonrisa.

         —No te vanaglories tanto, Ranma —murmuró el chico—. Sólo se trata de un juego.

         —Un juego en el que perdiste —se burló Ranma, causando que Ryoga olvidara su actitud de falsa indiferencia—. Veamos, si no mal recuerdo, creo que siempre pierdes en todo, Ryoga.

         —¿Cómo te atreves a decir eso, Ranma? —Ryoga alzó un puño como si estuviera mostrándoselo a su contrincante—. ¿Acaso quieres que te dé tu merecido? ¿Es eso?

         —¡¡Trata sí puedes, P-chan!!.!

         Ranma y Ryoga se miraron de hito en hito, arrojándose chispas por los ojos.

         —Vamos, muchachos, cálmense —los tranquilizó Seiya, atrayendo la atención de ambos—. No se peleen por algo tan ridículo. Dijeron que aceptarían el resultado del juego y ahora deben cumplir.

         —Está bien, está bien —aceptó Ryoga alzando las manos con fastidio.

         Saori, que conocía el juego de piedra, papel o tijeras, pero que en su vida lo había jugado, esbozó una sonrisa con tristeza. Aunque trataba de mostrarse fuerte y decidida ante los demás, interiormente se sentía preocupada, aunque no sólo por Seiya y los Santos sino también por Ranma, Ryoga, las Sailor Senshi, los Celestiales y todos aquellos involucrados en la lucha contra N´astarith.

“Daría lo que fuera por evitar esta confrontación”, pensó ella. “Seiya y los demás ya han sufrido demasiado. Es tan injusto que tengan que volver a luchar y está vez contra un enemigo tan poderoso”.

         —¿Te ocurre algo, Atena? —le preguntó Mu a la diosa.

         Saori cerró sus hermosos ojos y negó con la cabeza.

         —No es nada, Mu, sólo pensaba.

         Mu frunció el entrecejo, extrañado. Luego de la confrontación con Poseidón en el santuario del mar, Atena le había confesado que temía que la verdadera batalla contra el mal aún estuviese por llegar y que eso la atormentaba. En ese instante no había entendido aquellas palabras, pero ahora lo comprendía todo. Por eso es que Saori se veía tan preocupada desde entonces.

         —Me parece que ya todo está listo —sentenció Zacek llevando su mirada hacia donde estaban Aioria, Hyoga, Shaina, Ten-Shin-Han, Yamcha, Uller, Eclipse, Areth, Ranma y Asiont—. En caso de que algo salga mal iremos a ayudarlos.

         —Una vez que lleguen al otro universo deben actuar rápido —les aconsejó Lance.

         —No se preocupen tanto —repuso Ten-Shin-Han confiadamente—. Encontraremos la gema antes que los Khans.

         Todo cambió cuando Saulo y la reina Andrea cruzaron el umbral de la puerta de entrada. El príncipe de Endoria estaba cansado debido a los incesantes debates en el seno del Consejo Aliado y se veía sumamente disgustado.

         —¿Qué sucedió en el Consejo? —les preguntó Asiont.

         —Tenemos buenas noticias, amigos —se apresuró a responder Andrea—. Parece que dentro de poco lograremos neutralizar los escudos enemigos. El doctor Dreyfus, el profesor Ochanomizu y el profesor Dhatú están trabajando en un arma para neutralizarlos.

         —¿De verdad? —preguntó Astroboy, emocionado—. Eso sería perfecto.

         —Al fin la suerte comienza a mejorar —comentó Seiya.

         Andrea asintió con la cabeza.

         —Sí, si todo resulta bien al fin podremos pasar a la ofensiva.

         Pese a que la noticia era excelente y renovaba las esperanzas de muchos, Saulo seguía mostrándose enfadado. Asiont sospechó que quizá estaba molesto por algún motivo relacionado con las políticas del Consejo, pero no estaba seguro.

         —¿No te da gusto lo que dijo Andrea, Saulo?

         El príncipe de Endoria lo miró y se encogió de hombros.

         —Sí, grandioso.

         —¿Qué demonios te sucede, Saulo? —le preguntó Cadmio—. ¿Acaso ese cobarde de Rodrigo Carrier convenció al Consejo de rendirse ante N´astarith o algo por el estilo?

         —Es peor que eso —repuso Saulo—. Andrea, ¿por qué no les cuentas quién va a acompañarlos a buscar la siguiente gema estelar, eh? Estoy seguro de que les encantará.

         Todas las miradas se volcaron sobre la reina de Lerasi, que no sabía cómo darles la noticia. Andrea sabía que Astroboy, Cadmio, Ranma, Ryoga, Hyunkel, Poppu y Dai se habían enfrentado con anterioridad a David Ferrer y que muy probablemente no recibirían la noticia con agrado.

         —¿De qué está hablando Saulo? —le preguntó Ranma a la reina.

         Andrea inspiró hondo antes de responder.

         —David Ferrer pidió permiso al Consejo de la Alianza para ir en la misión.

         —¿David Ferrer? —repitió Ryoga con desagrado—. ¿Te refieres a ese sujeto con el que peleamos en el mundo de Astroboy y que por poco nos mata? Deben estar bromeando, ¿verdad?

         —Eso fue lo que creí yo también —murmuró Saulo tratando de oírse lo más sarcástico posible—. Primero el Consejo le concede la amnistía a esos criminales y ahora les permiten participar en las misiones de la Alianza. ¿Qué demonios sigue después? ¿Invitar a N´astarith a beber una cerveza y a charlar?

         —¿La amnistía? —murmuró Areth entre sorprendida y molesta—. ¿Les concedieron la amnistía a los meganianos? Eso no puede ser cierto, la política es un asco.

         —Pero David Ferrer estuvo a punto de matar a varias personas en mi mundo —les recordó Astroboy—. ¿Acaso confían en alguien como él?

         Andrea no supo que contestar ante esos comentarios. Sabía que lo que el pequeño robot con forma de niño argüía era verdad. Sin embargo, en aquellos momentos, era preciso contar con el apoyo de los meganianos para enfrentar a Abbadón.

         —Sé que a algunos de ustedes les desagrada la idea de que David Ferrer este a su lado, pero deben entender que necesitamos toda la ayuda posible para ganar esta guerra. Sí los meganianos pelean de nuestro lado será más probable que venzamos a N´astarith.

         —Vaya, de modo que tendremos que soportar a ese tipo —se quejó Ranma, cruzándose de brazos—. No me parece justo, su majestad. Lo mejor sería que nos dejaran en paz. No necesitamos la ayuda de ese príncipe. Aún recuerdo cómo sus sirvientes trataron de matarnos y eso me enfurece.

         —¿Quién es David Ferrer? —preguntó Saori de repente.

         —Uno de los hermanos de Jesús Ferrer que antes peleaba para Abbadón —le informó Cadmio antes de que Andrea tuviera oportunidad para hablar—. Anteriormente los habitantes del planeta Megazoar estaban aliados con N´astarith, pero luego comenzaron a luchar entre sí y se convirtieron en enemigos. El gobernante del imperio meganiano era un tipo llamado Francisco Ferrer, que a su vez tenía tres hijos llamados Jesús, Armando y David, también conocidos como los príncipes meganianos.

         —Estoy seguro de haber oído de los meganianos antes —murmuró Mu luego de recordar brevemente su enfrentamiento con Shield en la Casa de Cáncer—. Ahora que lo dices, algunos de los guerreros que atacaron el Santuario de Atena afirmaron ser meganianos.

En ese momento, Shield, el guerrero meganiano del Escudo, salió de atrás de una de las columnas caminando tranquilamente.

         —¿Sabes? Este templo realmente es tenebroso —comenzó a decir, mirando todo a su alrededor—. Pero lo que me más intriga es que cuando recién llegamos, no encontramos a ningún Santo protegiéndolo.

         —¿Quién eres tú? —le preguntó Mu secamente, ignorando sus comentarios.

         El meganiano volvió la mirada hacia el Santo dorado y le sonrió.

         —Mi nombre es Shield, guerrero imperial de la Casa Real de Megazoar y el encargado de derrotarte.

         —Así es, eran guerreros de Megazoar —confirmó Cadmio—. De hecho Ranma, Dai, Astroboy, Ryoga, Hyunkel y yo ya nos habíamos enfrentado a David Ferrer y a varios de sus guerreros en la dimensión de Astroboy.

         Seiya no hizo ningún esfuerzo en ocultar su asco.

         —¿Cómo pueden aliarse con sujetos de esa calaña?

         —Amigos, por favor, cálmense —insistió Andrea—. Los meganianos ahora desean hacer la paz… .

         —¡Sólo porque ahora tienen problemas con N´astarith! —estalló Saulo, dándole un fuerte puñetazo a la pared—. Todo esto es ridículo. Los meganianos son nuestros aliados por mera conveniencia. Jesús Ferrer es un criminal de guerra que debería ser condenado por sus crímenes y en vez de eso le dan un asiento en el Consejo.

         —Tranquilo, tranquilo —lo calmó Eclipse—. Príncipe, sí sigue haciendo corajes se va a arrugar antes de tiempo —Saulo le lanzó una mirada iracunda, causando que el espía comenzara a reír nerviosamente mientras daba un paso hacia atrás—. Eh, aunque por otro lado dicen que el enojo estimula la función cardiaca y… .

         —¡Cállate de una vez!

         —Saulo, cálmate por favor —le pidió Zacek, poniéndole una mano en el hombro—. Comprendo tu enojo, pero las emociones no deben nublar tus pensamientos. Sí dejas que la ira se apoderé de ti te convertirás en un instrumento del mal.

         Para apaciguar su rabia, Saulo dejó escapar un suspiro. Curiosamente los consejos de Zacek le sonaban muy similares a los de su maestro Aristeo. Un Caballero Celestial debía poder dominar su enojo, pero desde la muerte de Ezequieth se sentía desesperado y perdía la paciencia con facilidad.

         —Lo lamento —murmuró—. Es sólo que no puedo soportar el hecho de que uno de los asesinos de mi padre se siente a la misma mesa que yo. Sé que la Alianza necesita todo el apoyo posible para pelear con el imperio de Abbadón, pero me siento traicionado.

         Saori observó a Saulo de perfil. Aunque no conocía la razón de su dolor, no podía dejar de sentir pena por él. De acuerdo con lo que los Santos Dorados le habían contado, los guerreros meganianos eran aliados de los Khans, pero ignoraba que habían hecho la paz con la Alianza Estelar.

         —¿Dicen que los meganianos ahora quieren hacer la paz? —inquirió ella.

         —Sí —respondió Andrea—. Tal parece que tuvieron alguna clase de diferencia que derivó en un conflicto. Sin embargo hay algo más que deben saber y es que el planeta Megazoar fue destruido por el imperio de Abbadón.

         Se hizo un silencio casi absoluto. La noticia impresionó a la mayoría, aunque no sorprendió del todo a los Guerreros Zeta. Sí los guerreros de N´astarith poseían un poder casi absoluto, no les parecía raro que un planeta hubiera sido destruido. No obstante, de haber conocido desde antes el poderío del imperio meganiano era probable que hubieran reaccionado de otra forma.

         —Destruyeron el planeta de los meganianos —murmuró Asiont lentamente—. Esta guerra ha llegado demasiado lejos. Debemos detener a N´astarith a cualquier costo o todo se perderá.

         —Se lo tenían bien merecido —dijo Saulo con desprecio—. Después de todo el sufrimiento que provocaron a lo largo de esta galaxia. Esa es la recompensa que les corresponde a todos lo que ayudan a N´astarith.

         —Siempre es lo mismo contigo, endoriano —dijo Azmoudez, abriéndose paso entre Ranma y sus amigos—. No puedes hablar de otra cosa que no sea tu estúpida venganza contra los meganianos.

         —¿Qué fue lo que dijiste?

         —¿Es qué acaso no se cansan de estar repitiendo lo mismo una y otra vez?

         Saulo avanzó un paso y entornó la mirada.

         —Ya no soporto más tus absurdos desplantes, Azmoudez —le espetó amenazadoramente—. Sí lo que estás buscando es una buena paliza te advierto que estás muy cerca de conseguirla.

         —No me da miedo, príncipe.

         —Azmoudez, no —murmuró Sailor Jupiter.

         —Aguarda, Saulo, no le hagas caso —Asiont lo sujetó del brazo para detenerle—. Él sólo quiere molestarte, no caigas en su juego.

         —Vaya, vaya, pero sí es “Asiont el pacifista” —se burló el general unixiano volviéndose hacia Saori y los Santos—. Les daré un consejo gratis, amigos, no confíen en los Celestiales o lo lamentarán.

         Cadmio decidió que ya había tenido bastante con aquellas provocaciones. Acostumbrado a hacer lo que quería, señaló a Azmoudez y le gritó:

         —¡Cierra tu maldita boca y lárgate de una vez, imbécil!

         —¿Sí? —Azmoudez soltó una risita burlona—. Pues trata de echarme de aquí si puedes, cobarde. Me parece que esta es la oportunidad para terminar lo que empezamos en el Consejo.

         —¡Ya fue suficiente! —exclamó Saori con fuerza.

         Entonces, para sorpresa de todos, Saori se colocó entre Cadmio y Azmoudez y los miró severamente. Era increíble observar cómo aquella joven de apariencia tan delicada, e incluso frágil, podía cambiar de esa manera.

         —No tenemos tiempo para sus peleas inútiles, así que será mejor que ambos se tranquilicen. Es ridículo que actúen de esa manera cuando nos encontramos en dificultades.

         Azmoudez quedó pasmado. No podía creer que Saori se hubiera atrevido a intervenir en el enfrentamiento entre él y Cadmio. Desde que había sabido de Saori siempre había creído que era una chica carente de valor y sin agallas y que se escondía tras sus Santos. Ahora se daba cuenta de que estaba errado con respecto a ella.

         —Eh, yo… bueno… .

         —Saori tiene razón —convino la reina Andrea—. Dejen sus discusiones para otro momento. Ahora lo más importante es encontrar las gemas estelares antes que los emisarios de Abbadón.

         —Es verdad —murmuró Ranma—. Estoy cansado de ver discusiones, es hora de algo de acción.

         Cadmio miró primero a Saori y luego a Azmoudez. No sentía miedo del general unixiano, pero la actitud de Saori le había sorprendido gratamente. Aunque no se lo había confesado a nadie a excepción de Astrea, lo cierto era que sentía algo de respeto por las mujeres que sabían demostrar carácter ante situaciones difíciles.

         —No vale la pena —masculló, lanzando una mirada de desprecio contra Azmoudez.

         El general estaba listo para decirle a Cadmio que se fuera al demonio, pero la firme mirada de Saori lo hizo pensársela mejor y prefirió dejar las cosas así. Se volvió hacia las Sailor Senshi y fue hacia donde estaba Jupiter.

         —Seré mejor partir de una buena vez —opinó Aioria.

Sala del Consejo de Líderes.

         A lo largo de su vida Joseph Black había tenido momentos que francamente prefería olvidar, pero definitivamente aquel en el que se encontraba se llevaba el premio mayor. Luego de que el rey Lazar solicitara el receso, Kageyama, Hikaru Ichijo y Misa se habían dedicado a continuar con el mayor sermón sobre disciplina militar que jamás había escuchado. Lo acusaban de estar a punto de provocar un incidente diplomático durante un momento de crisis además de faltar a todas las normas de la UN Spacy.

         Black sabía que, aunque Ichijo lo respetaba, no por eso éste le iba a pasar por alto su falta de tacto. Quizás había hecho bien en intervenir en el debate, pero definitivamente la forma de hacerlo había sido la equivocada. Hiroshi contemplaba la escena en silencio y aunque defender a su amigo, sentía que la más mínima palabra lo convertiría en el nuevo blanco de sus superiores.

         —No puedo entenderlo —estaba diciendo Hikaru mientras caminaba de un lado para otro como un animal enjaulado—. ¿En qué rayos estaba pensando, capitán?

         —Señor, yo… .

         —¡Cierre la boca! ¡Aún no termino de hablar! —le ordenó Hikaru en un tono desagradable—. Debía saber que haría algo así, después de todo su expediente está lleno de reportes parecidos. ¿Está consciente de que lo que pudo haber pasado? —Hikaru guardó silencio, esperando escuchar lo que el capitán Black tenía que decir, pero luego recordó que le había dicho que se callara así que revocó la orden—. Puede hablar.

         —Señor, yo sé que tal vez me excedí, pero ese tipo es un cobarde.

         —¿Un cobarde? —preguntó Misa—. ¿De quién habla?

         —El tal Rodrigo Carrier —precisó Black—. Habla de rendirse ante el enemigo cuando todos aquí todavía tienen ánimos de seguir peleando. Nos guste o no, este también se ha convertido ahora en nuestro conflicto.

         —Eso no le toca decidirlo a usted —vociferó Hikaru—. Piense en lo que habría ocurrido sí la Alianza nos hubiera retirado su apoyo en ese momento. Nuestra nave está dañada y no tenemos a donde ir, ¿qué habría pasado entonces con todas las personas que viajan a bordo? ¿Pensó en eso, capitán?

         Black agachó la cabeza, incómodo. Se había dejado llevar por el momento y había olvidado por completo la seguridad de los tripulantes de la Megaroad-01. Durante la guerra con los zentraedis en la Tierra, Hikaru había visto los sufrimientos de la gente que vivía en la Macross y no deseaba que algo así se repitiera.

         —Lo siento, señor, nunca fue mi intención arriesgar a los civiles.

         —Estoy seguro de eso —repuso Hikaru más tranquilo—. Capitán, sí no fuera porque necesito hasta el último oficial, lo mandaría al calabozo ahora mismo. Pasaré por alto su insubordinación por esta ocasión, pero sí vuelve a interferir pasará el resto de nuestra estancia en este universo lavando inodoros, ¿le quedó claro?

         —Como el agua, señor.

         —Aguarden un momento —intervino Kageyama rápidamente—. Este hombre cometió una falta imperdonable y merece un castigo ejemplar. Sí no mantenemos la disciplina los hombres comenzarán a desobedecer las ordenes.

         —Ya he tomado mi decisión —sentenció Hikaru tajante—. Debido a las circunstancias en las que nos encontramos haré una excepción, aunque quizá luego haya tiempo para un castigo ejemplar.

         Black tragó saliva con dificultad. En ese momento no podía saber hasta que punto Hikaru estaba hablando en serio o si sólo trataba de apaciguar la furia del mayor Kageyama diciéndole lo que quería oír. Mientras sus superiores continuaban discutiendo sobre la disciplina militar, Black se dedicó a repensar sobre todo lo que Hikaru le había dicho sobre la seguridad de la gente que viajaba en la Megaroad-01.

“El comandante tiene razón en parte”, pensó Joseph. “La próxima vez que haga algo así debo pensar mejor las cosas, aunque tampoco podía quedarme callado ante las tonterías que decía ese tipo”.

         —Bueno, ya es suficiente —dijo Misa de repente—. El comandante tiene razón, mayor. Perdimos muchos pilotos durante la batalla en Génesis y necesitamos de todos los oficiales disponibles.

         Tras escuchar las palabras de la almirante, Black sabía que ya podía respirar un poco más tranquilo. Giró la cabeza en dirección de Hiroshi a tiempo para ver cómo éste la mostraba un pulgar hacia arriba.

         —Está bien, está bien —asintió Kageyama de mala gana, pero antes de dar por terminada la discusión, se volvió hacia Joseph y lo miró fijamente—. Quiero que sepas que a partir de ahora te estaré vigilando y espero que no lo olvides, hijo.

         Misa alzó los ojos hacia arriba y meneó la cabeza en sentido negativo. En realidad estaba más interesada en averiguar qué había ocurrido con las personas que estaban descendiendo en Adur que en la disciplina militar que Kageyama quería defender.

         —¿Qué noticias tenemos de nuestra flota? —le preguntó a Hiroshi.

         —Bueno, almirante —repuso Hiroshi—. La evacuación de la Megaroad-01 se está llevando en perfecto orden. Hasta el momento han abandonado la nave aproximadamente unas dos mil personas.

         —Excelente —murmuró Misa—. Creo que lo más conveniente sería que nos reuniéramos con todos los capitanes de la flota para informarles sobre la situación. Sí la Alianza Estelar planea realizar un ataque contra esa estación espacial, quiero saber la opinión de todos.

         —Me parece bien —convino Kageyama—. Aunque la verdad yo opinó que debemos hacernos a un lado. Digo, para atacar esa estación de batalla no se necesita tener valor, sino ganas de suicidarse.

         —Eso es algo que aún no decidimos, mayor —dijo Hikaru—. Es obvio que el enemigo planea atacar nuestro universo y sí existe la posibilidad de derrotarlo en esta dimensión, es nuestro deber hacerlo.

         Misa era de la misma opinión que Hikaru. Sabía que se estaban arriesgando demasiado, pero no había otra opción. Sin embargo antes de tomar cualquier decisión respecto a apoyar a la Alianza, primero quería saber la opinión de todos los capitanes de la flota.

         —Capitán Black, quiero que usted y el capitán Hiroshi permanezcan aquí mientras regresamos a la nave. Más tarde enviaré a Kim para que ella nos represente ante el Consejo de la Alianza Estelar.

         Black realizó un saludo militar.

         —Puede contar conmigo, almirante.

Planeta Adur.

         La nave de transporte abandonó la atmósfera de Adur y se dirigió a toda velocidad hacia la flota aliada. Mientras el planeta iba disminuyendo de tamaño en la ventana, Dai se dedicó a pensar en su encuentro con Baran y en la forma en cómo éste había salvado la vida de Poppu. Él carecía de la habilidad para percibir la presencia de otros seres, pero al igual que Hyunkel también intuía que su padre aún no había abandonado Adur. ¿Por qué había salvado la vida de Poppu si él odiaba a los humanos?

         —No te preocupes tanto, Dai —le dijo Leona—. Estoy convencida de que Hyunkel encontrará a tu padre y lo hará cambiar de opinión.

         El pequeño guerrero se volvió hacia su amiga.

         —¿De verdad lo crees?

         —Claro que sí, Dai —repuso la princesa y luego le quiñó un ojo—. Sí existe alguien que pueda hacerle ver su error ese es Hyunkel ya que él también estuvo en una situación similar, ¿no lo recuerdas?

         Dai asintió con la cabeza y volvió a mirar por la ventana.

         —Es verdad, aunque quisiera tener tu confianza.

         Leona le pasó un brazo por la espalda.

         —Tal vez quieras escuchar lo que Rafaturo nos contó sobre tu madre y Baran.

         —¿Mi-Mi madre? —preguntó el chico, desconcertado—. ¿Qué fue les dijo sobre ella?

         —Bueno —repuso la princesa—. Es algo triste, pero creo que debes saberlo.

         En lo que Leona le relataba a Dai sobre lo ocurrido en el reino de Arukido y el amor de Baran y Soara, Sailor Pluto y Sailor Saturn los observaban desde el otro extremo de la habitación. Las Outer Senshi, fieles a su costumbre, se habían alejado de los demás para conversar entre ellas.

         —Hay algo que quería preguntarte, Saturn —le dijo Sailor Pluto—. ¿De verdad ibas a realizar tu ataque? Te lo pregunto porque si ibas a hacerlo entonces quiere decir que estabas dispuesta a morir.

         Hotaru miró a Setsuna un segundo y luego bajó la mirada al suelo

         —La verdad es que en ese momento no pensaba en eso, sino en proteger a nuestros amigos. Baran resultó ser un enemigo muy poderoso y me pareció que la única forma de vencerlo era haciendo mi técnica.

         —Saturn, aunque no puedo dejar de admirar tu valor debo decirte que te precipitaste.

         —¿Qué dices? —Hotaru volvió el rostro hacia Pluto y esbozó un gesto de desconcierto—. ¿Por qué piensas que me precipité?

         —El pequeño Dai también posee un gran poder y eso nos lo demostró sin lugar a dudas durante la pelea. Debes aprender a confiar más en las habilidades de los demás. 

         —Pero, Sailor Pluto, sí no hubiera estado dispuesta a luchar, tal vez Baran…. .

         —No me malinterpretes, Saturn —le interrumpió Setsuna—. Estoy segura que cualquier Sailor Senshi hubiera actuado igual, pero no olvides que también debemos proteger a la princesa. Ese es nuestro principal deber como Sailor Senshi y por ningún motivo debemos perderlo de vista eso.

         —¿Piensas que actué mal?

         —No estoy diciendo eso, pero sí hubieras muerto habríamos perdido a la más poderosa de las Sailor Senshi —Pluto depositó una mano sobre el hombro de la niña y espero a que ella la mirara a los ojos—. Saturn, la batalla que nos espera será la más difícil que hayamos tenido y la princesa necesitará de todas y cada una de nosotras.

         —Lo entiendo —asintió Hotaru mirando hacia donde estaban Dai y Leona—. Hice lo que era correcto, pero debo aprender a confiar más en las habilidades de mis amigos.

Planeta Caelum (Santuario de los Caballeros Celestiales)

         El sitio más elevado del Santuario era la torre del sol, un lugar donde sólo los más distinguidos Caballeros se reunían a deliberar asuntos relacionados con la orden. Ahora servía como observatorio para los dos únicos habitantes del Santuario. Como casi todos las tardes, Aristeo solía salir al balcón para contemplar las estrellas. El cielo estaba despejado, pero por primera vez en mucho tiempo Aristeo no sentía interés por observar los brillantes cuerpos celestes que decoraban el firmamento. Estaba preocupado por sus discípulos y por la situación tan difícil por la que atravesaba toda la galaxia.

         —Maestro —la voz de Tyria lo hizo volverse—. Maestro, el poder del enemigo está aumentando. N´astarith usará a sus títeres para destruir al pueblo de la Tierra y aplastar a la Alianza Estelar. Abbadón es más fuerte que nunca y ha desencadenado todo su poder. Las fuerzas de N´astarith irán muy pronto contra el último imperio de la galaxia para atacarlo —Aristeo bajó la cabeza mientras escuchaba a Tyria—. Falta poco para que todos aquellos que luchan contra Abbadón comprendan que esta batalla les costará la vida. Entonces ¿nos apartamos de la lucha? ¿Los dejaremos pelear solos?

         Aristeo dirigió sus cansados ojos hacia Tyria. Sabía que sólo era cuestión de tiempo para que N´astarith realizara sus últimas jugadas y con ello la galaxia caería en la oscuridad. Se quedó en silencio y llevó su vista de regreso a los cielos.

Continuará… .

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