Leyenda 123

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO CXXIII

CAMBIO DE PLANES

        Astronave Churbusco (Sala de descanso)

        Ami Mizuno era una experta jugadora de ajedrez. Solía ganar, pero no sólo por su increíble pericia, sino por algo más importante: una inagotable paciencia. En algunas ocasiones sus adversarios habían perdido la partida por el simple hecho de cometer algún error a causa de la desesperación. Esa cualidad la convertía en una excelente maestra, pues le permitía enseñarle a Asiont la forma de jugar con tranquilidad. El Celestial aprendía con rapidez y no tardó mucho en comprender los principios básicos del ajedrez. Lo más difícil había sido memorizar los diferentes movimientos de las distintas piezas, pero una vez que lo hubo comprendido completamente, Asiont la retó a jugar una partida.

        —¿Estás seguro? —le preguntó Sailor Mercury con una sonrisa divertida.

        —Claro, a menos que tengas miedo —bromeó Asiont—. Tal vez tengas más experiencia, pero este es un juego de estrategia. Tengo la seguridad de que puedo ganarte, vamos.

        —De acuerdo —Ami tomó la reina blanca y la colocó en el tablero—. Pero te advierto que no te daré ninguna ventaja. El ajedrez tiene reglas muy estrictas y éstas no admiten excepciones.

        Apenas estaban comenzado a acomodar las piezas cuando Rina Inbaasu y sus amigos entraron en la estancia y se acercaron al ver a Asiont. Los Slayers habían estado comiendo en la sección de comedores por un buen rato hasta que decidieron buscar algún rostro conocido y averiguar un poco más del lugar donde se encontraban. Cuando llegaron, Ameria notó que Asiont estaba realmente concentrado en el juego. El Celestial se pasaba los dedos por la cara y dibujaba expresiones extrañas.

        —¿Qué están haciendo, Asiont? —le preguntó Rina mientras se acercaba.

        —Ah, Rina, estamos practicando un poco de ajedrez —respondió Asiont sin siquiera mirarla—. Sí gustan pueden ver el juego, ¿quieren? Estoy seguro que a lo mejor lo encuentran interesante.

        —Me encantan los juegos —exclamó Ameria con entusiasmo—. Jamás había visto algo como esto, ¿no lo cree, señorita Rina? Parecen dos ejércitos a punto de luchar en un diminuto campo de batalla.

        —Seguro, Ameria —repuso la hechicera sin mucha emoción—. Me pregunto si habrán hecho alguna apuesta. Los juegos suelen ser más entretenidos cuando puedes ganar algo más que la simple satisfacción de derrotar al contrario.

        —Que materialista sonó eso —murmuró Zerugadisu, pero Rina lo ignoró.

        —¿Y quién es tu amiga, Asiont? —quiso saber Zerosu.

        —Ah, cierto, ustedes no la conocen —repuso el Celestial—. Amigos, quiero presentarles a Sailor Mercury. Ella también proviene de una dimensión diferente y está aquí para ayudarnos.

        Ami se levantó de su asiento e inclinó la cabeza a manera de saludo.

        —Es un placer conocerlos.

        —Rina y sus amigos son un grupo de hechiceros que conocimos en otro universo mientras buscábamos una de las gemas sagradas —le informó Asiont—. Al igual que los demás también están aquí para ayudarnos a luchar contra N´astarith.

        —Ejem —carraspeó Rina—. Eso aún no está decidido.

        Zerosu miró a Mercury a los ojos y le besó una mano haciendo que ésta se ruborizara.

        —El placer es todo mío, querida Sailor Mercury. Mi nombre es Zerosu y debo decirle que pocas veces he contemplado una cara tan hermosa como la suya.

        El rostro de Firia adoptó una expresión burlona y se acercó a la Sailor para susurrarle al oído como sí estuviera haciéndole una confidencia.

        —Ten cuidado con él, Mercury, es un tipo mentiroso.

        —¿En serio? —inquirió Ami arqueando una ceja.

        La partida inició con una serie de movimientos convencionales hasta que Ami inició un ataque relámpago con sus alfiles. Desde entonces, Asiont había tenido que meditar cada uno de sus movimientos con sumo cuidado. Para Rina la partida transcurría a un ritmo tediosamente lento, de forma que empezó a provocar a Asiont para que actuara más rápido.

        —¿Qué estás esperando? ¿No ves que te van a ganar?

        Asiont se pasó los dedos por la cara.

        —Estoy pensando —dijo sin levantar la mirada.

        El Celestial levantó el caballo a la reina y luego lo movió con vacilación hacia delante. En cuanto soltó la pieza, Sailor Mercury respondió con la rapidez del rayo, adelantando un peón para retarlo. Asiont finalmente levantó la mirada, realmente sorprendido, antes de empezar a analizar sus opciones en el juego.

        —Ten cuidado, Asiont —le advirtió Ami—. Primero hay que colocar las piezas de forma estratégica. Luego, cuando llega el momento, atacas con fuerza las principales piezas de tu adversario.

        —Parece el mapa de una batalla —observó Asiont.

        —En cierta forma eso es —comentó Sailor Mercury—. El resultado del juego dependerá de la paciencia, astucia, capacidad de previsión y dominio de la técnica que posea cada jugador. El objetivo del juego no es acabar con la totalidad de las piezas del adversario, sino lograr la rendición del rey enemigo, lo cual sucede cuando, convenientemente acorralado, le resulta imposible defenderse o huir.

        Contrariado, Asiont respondió al peón adelantado con uno de los suyos. Entonces sí Ami le dio algo que pensar. Sin dudarlo, colocó la reina en el ojo de huracán y levantó la mirada.

        —Bueno —El Celestial se inclinó hacia delante para comer uno de los peones de Ami usando un alfil negro—. ¿Qué te parece sí apostamos algo? —Asiont se echó hacia atrás y miró a Rina por un segundo. La hechicera le mostró un pulgar hacia arriba y le guiñó un ojo—. Digamos algo sencillo como decirme qué te gusta comer, sí existe alguien que te esté esperando en tu mundo o tu pasatiempo favorito.

        —Por supuesto que hay alguien que me espera —dijo Mercury, sonrojándose ligeramente. Sabía que su contrincante deseaba saber si ella tenía algún novio o pretendiente en Tokio, pero prefirió evadir el tema y se salió por la tangente. Protegió un caballo adelantando otro peón—. Hablo de mi madre, de seguro que estará preguntándose qué estoy haciendo en estos momentos.

        —¡¿Sólo van a apostar eso?! —exclamó Rina con indignación, pero nadie le prestó la más mínima atención—. Que tontería, es lo más ridículo que había escuchado en toda mi vida. ¿Por qué no apuestan algo de valor?

        —No era exactamente a lo que me refería —dijo Asiont, adelantando un caballo como quien no quiere la cosa—. Es decir, ¿no tienes una pareja o algo así?

        Mercury vaciló un instante antes de contestar.

        —El ajedrez no es un juego de apuestas. Sí quieres saber algo de mí pregúntamelo directamente, pero antes respóndeme una cosa. ¿Tú también estás dispuesto a decirme algunas cosas sobre ti?

        —Claro, ¿qué es lo que quieres saber?

        —Me parece justo —repuso Sailor Mercury—. Dime, ¿tienes pareja?

        De repente, Asiont se sintió incómodo por la presencia de los Slayers. Les dirigió una mirada con la esperanza de que entendieran la indirecta y se esfumasen, pero ninguno de ellos se dio por aludido. Estaban más interesados en la conversación que en la partida. Como solía hacer, Asiont decidió ignorar a Rina y a los otros y respondió a pesar de todo.

        —Hubo alguien hace tiempo, pero ella murió en una batalla.

        —¿Era bonita? —preguntó Gaury con interés, pero Rina le dio un codazo.

        Ameria carraspeó cortésmente para llamar la atención de Gaury y luego le hizo una seña con la mano para que se abstuviera de intervenir e hiciera el favor de mantener la boca cerrada.

        —Lo lamento en verdad —se disculpó Ami.

        —Descuida, no podías saberlo. En todo caso, sé que me observa desde la Eternidad y que tal me reúna con ella muy pronto. Sólo espero tener el tiempo suficiente para vengar su muerte antes de que llegue mi hora.

        Y como si sirviera para demostrar sus palabras, Asiont hizo su jugada y le mató un caballo con la reina.

        —Ahora comprendo de donde viene ese resentimiento tan grande —murmuró Sailor Mercury—. No soy nadie para dar consejos, pero el odio siempre trae más sufrimiento y te deja vacío por dentro. Te lo digo en serio, eso no es bueno para ti ni para nadie.

        —He escuchado eso mismo al menos una docena de veces, pero no puedo evitar sentir tanta rabia —le replicó Asiont—. Cuando era más joven solía pensar que la gente podía elegir perdonar a sus enemigos, pero ahora no estoy tan seguro de eso. Lo único que quiero es destruir a N´astarith sin importar nada más.

        —Sin importar nada más —repitió ella—. El capitán Achab tiene que cazar su ballena blanca aunque ello implique acabar con todo lo que le rodea.

        —¿Quién?

        —El capitán Achab es un personaje de la novela Moby Dick. Creo que deberías leer ese libro alguna vez y descubrir todo lo que la venganza puede engendrar —Ami movió el alfil y mató a uno de los peones que protegían al rey de Asiont—. Jaque mate.

        —¡Eso no es jaque! —gritó Asiont—. Todavía puedo matarte el… pero luego tú puedes… vaya. Podrías haberme dejado ganar por ser la primera vez, al menos hubieras dejado mi autoestima a salvo.

        Sailor Mercury se recostó sobre su asiento sin dejar de sonreír.

        —Supongo que ahora me dirás algo sobre ti, ¿no? —dijo Asiont.

        —¿De qué hablas? —Ami hizo una mueca de niña rebelde—. Yo te gané.

        En el hangar principal, Saulo enfrentaba una panorámica nada agradable. Los terrícolas habían escuchado las palabras del príncipe de Endoria con atención hasta el último detalle, pero algunos reaccionaron con violencia al enterarse que su planeta de origen había desaparecido y la situación degeneró en un caos total. Los soldados se vieron obligados a controlar a varios histéricos refugiados que exigían a gritos que los devolvieran a la Tierra cuanto antes. Mientras los sobrevivientes eran conducidos por las fuerzas de seguridad hacia las naves de transporte que los esperaban, Saulo se dio la vuelta para hablar con la doctora Ritsuko, Misato y Zacek.

        —Esto se pone peor a cada momento. Tenemos escasez de suministros y no hay suficiente espacio en la Churubusco para todo esta gente. Habrá que llevarlos a los campos de refugiados que se han instalado en el planeta Adur y dejarlos allí hasta que decidamos que hacer.

        —De antemano le damos las gracias por todo —les dijo Ritsuko, inclinando levemente la cabeza—. Sí no hubiera sido por ustedes, todos habríamos muerto. La Tierra ha dejado de existir, pero al menos nosotros estamos con vida y eso es lo debe importarnos.

        Saulo no supo que decir. No hacía mucho que la conocía, pero era una mujer que le agradaba y le inspiraba respeto. Aunque no le simpatizaban mucho los terrícolas de cualquier dimensión, estaba empezando a sentir admiración por el valor mostrado por la doctora Akagi y su amiga Misato. Habían perdido su mundo natal y ahora se encontraban en un lugar desconocido y sin conocidos a la vista, pero ambas mantenían una gran entereza a pesar de la adversidad. En verdad se trataba de mujeres extraordinarias, con un verdadero sentido de liderazgo.

        —En realidad el crédito no es mío, doctora Akagi —repuso Saulo con una sonrisa triste—. A quien deben darle las gracias es a Zacek y a mis amigos. Ellos fueron los que insistieron en que los salváramos.

        La científica se volvió hacia el emperador zuyua para agradecerle.

        —Estamos en deuda con ustedes y tal vez nunca podremos pagarles por habernos salvado. Quisiera ponerme a sus ordenes y ofrecerles mis conocimientos y experiencia para lo que ustedes dispongan.

        —Lo tendremos en cuenta, doctora —dijo Zacek con cordialidad—. Por ahora lo que más nos interesa es que nos ayuden a controlar a todas las personas que trajimos de su planeta. No queremos que haya violencia innecesaria.

        —Disculpa, Zacek —murmuró Misato—. Pero quisiera saber a dónde se llevaron a Shinji y a Asuka. Estoy bastante preocupada por esos chicos y me gustaría verlos lo más pronto posible.

        —Es cierto, me había olvidado completamente de ellos. Lo más seguro es que los hayan trasladado a uno de los hospitales de la nave para atenderlos. Quizá Saulo pueda decirles con exactitud en que lugar se encuentran.

        El príncipe de Endoria asintió con la cabeza.

        —Descuiden, le pediré a alguien que las lleve a donde se encuentran, pero antes quisiera que nos dijeran todo lo que saben sobre las actividades del enemigo en su planeta. Deseo saber quiénes eran esas jovencitas que iban con Fobos y por qué había humanos usando armas y equipo de Shadow Trooper.

        —¿Shadow Trooper? —murmuró Misato—. Ah, se refieren a los sujetos de armaduras oscuras.

        —Comprendo que tenga bastantes preguntas, príncipe —dijo Ritsuko, que también deseaba averiguar muchas cosas—. Pero creo que debemos discutirlo en otro sitio con mayor tranquilidad. Nosotros también queremos saber las razones por las que sus enemigos nos atacaron. El emperador Zacek nos informó sobre el conflicto entre el imperio de Abbadón y la Alianza Estelar, pero aún tenemos muchas dudas al respecto.

        —De acuerdo, en ese caso vayamos a la sala del Consejo Aliado para hablar sobre esos temas, ¿qué les parece? Así podremos intercambiar información que será de mucha utilidad para todos.

        —Me parece bien, príncipe —convino Ritsuko—. Pero disculpe que insista de nuevo en ver a Shinji y a Asuka antes que otra cosa. Deben entender que estamos muy preocupadas por los chicos y que lo más conveniente para ellos sería ver un rostro conocido cuando despierten.

        Saulo se volvió para llamar a un par de soldado endorianos que estaban vigilando a los refugiados. No tenía idea si acaso Misato y Ritsuko tenían algún parentesco con los pilotos de los Evas, pero tenía la impresión de que la doctora Akagi se sentía responsable por la seguridad de Shinji y Asuka. Cuando los militares se acercaron, el príncipe se apresuró a darles una serie de instrucciones antes de girarse nuevamente hacia Ritsuko.

        —Ellos los llevarán hasta donde se encuentran los chicos. Les ruego que una vez que hayan hablado con ellos sean tan amables de acompañar a mis hombres a la Sala del Consejo Aliado donde las estaremos esperando.

        —Gracias, príncipe —repuso Ritsuko y luego se alejó.

        Cuando Misato se dio la vuelta para irse, Zacek se percató la herida que ésta tenía en el brazo. No parecía ser nada grave, pero le preocupó el hecho de que la lesión pudiera causarle algún tipo de dolor o molestia a Misato. Los paramédicos se habían ido y aparentemente no quedaba nadie que pudiera asistirla.

        —Esperen un momento —dijo el emperador zuyua para llamarlas.

        —¿Qué es lo que ocurre? —preguntó Misato.

        Zacek le puso una mano en el brazo herido. Misato apretó los labios, pero su rostro se encogió de dolor.

        —Estás herida.

        —No es nada, me lo hice cuando trataba de salvar a Shinji.

        —Déjame ayudarte, por favor —Zacek cerró los ojos y la mano con la que tenía sujeto el brazo de Misato empezó a irradiar una luz intensa. En cuestión de segundos, la herida desapareció por completo sin dejar cicatriz ni marca—. Un poco de energía pránica curará esta pequeña herida.

        Misato se miró el brazo con un gesto de escepticismo. Parecía como sí jamás le hubiesen disparado. 

        —No sé qué fue lo que hiciste, pero te lo agradezco —dijo Misato con una sonrisa.

        —Descuida, ahora vayan a buscar a sus amigos.

        En cuanto Ritsuko y Misato se marcharon, Saulo lanzó un suspiro. Ahora que la búsqueda de las gemas sagradas había terminado los verdaderos problemas estaban por comenzar. Tenían que convencer al Consejo del grave peligro que representaba el que N´astarith tuviera el Portal Estelar en su poder antes de que fuera demasiado tarde. Los guerreros de Abbadón no descansarían hasta conseguir las tres gemas en poder de la Alianza y él lo sabía mejor que nadie. Los Caballeros Celestiales por sí solos jamás podrían detenerlos, de modo que el apoyo de los demás era imprescindible para obtener la tan ansiada victoria.

        —¿Qué haremos, Zacek? —murmuró Saulo—. A pesar de nuestros esfuerzos, los guerreros de Abbadón lograron reunir la mayor parte de las gemas sagradas y ahora N´astarith está más cerca de cumplir con sus objetivos. No me gusta para nada el rumbo que están tomando las cosas.

        —Lo sé, Saulo, lo sé —asintió el emperador zuyua—. Pero no debemos perder la esperanza suceda lo que suceda. Nunca es más oscuro que cuando está por amanecer, recuerda eso. Nosotros tenemos tres gemas sagradas en nuestro poder y eso equilibra un poco las cosas, ¿no es cierto?

        El príncipe de Endoria reflexionó por unos segundos.

        —Tienes razón en eso. Aún existe una posibilidad de triunfo aunque ésta sea muy pequeña. Sin embargo, no dejo de pensar en la batalla tan difícil que nos aguarda en el futuro próximo. Los Khan son realmente poderosos, pero tampoco hay que olvidarse de los ejércitos de Abbadón.

        —Sé a lo que te refieres, Saulo. La energía negativa que envuelve esta galaxia se vuelve más fuerte a cada momento. Eso explicaría porque el guerrero Karmatrón de esta dimensión fue derrotado por Tiamat. Sí no detenemos a N´astarith antes de que sea demasiado tarde, entonces mucho me temo que nadie más podrá hacerlo.

        Saulo contempló a Zacek en silencio durante unos instantes.

        —Por cierto, ¿adónde se fue Asiont? Nunca está cuando lo necesito.

        —Estaba aquí hace unos momentos —le dijo Zacek volviendo la mirada en distintas direcciones.

Sala del Consejo de Líderes.

        La almirante Misa Ichijo y su comitiva se apresuraron a ocupar sus asientos antes de que la reunión diera inicio. El almirante Cariolano presidía la enorme mesa circular alrededor de la cual estaban sentados Bantar, Elnar, Uller, Zaboot, Rodrigo Carrier, el capitán Antilles, Azrael, los agentes K y J, el general MacDaguett y los representantes de más alto rango de los ejércitos aliados. El motivo de la reunión era para determinar sí la Megaroad-01 y la fuerza expedicionaria se unirían en la lucha contra el imperio de Abbadón o sí retornaban a su propia dimensión. Un general vretanio decidió iniciar la conferencia dando un informe de la situación de la guerra.

        —A pesar de la evidente superioridad del enemigo, hemos logrado contener su avance —Un proyector holográfico situado en el centro de la mesa se activó haciendo aparecer un mapa de la galaxia—. Las fuerzas de Abbadón se han dedicado de lleno a perseguir a la armada meganiana y eso los ha obligado a trasladar naves y robots desde otros sectores, lo cual nos ha dado un leve respiro.

        —Un respiro que no dudara mucho tiempo —se apresuró a objetar Rodrigo, señalando una amplia zona del holograma coloreada de rojo—. Una vez que los ejércitos de N´astarith hayan diezmado a los meganianos, retomarán su ofensiva hasta acabar con nosotros.

        —No necesariamente —replicó Azrael con tranquilidad—. Tenemos informes de que los abbadonitas están concentrando sus fuerzas en las fronteras del Imperio Atrio con vistas a un inminente ataque. Todo parece indicar que N´astarith piensa conquistar esos territorios antes que otra cosa.

        La almirante Ichijo arqueó las cejas en señal de interrogación.

        —Disculpen mi interrupción, pero ¿quiénes son los atrios?

        Cariolano decidió explicárselo.

        —Son una civilización que domina un amplio sector de la galaxia. Ellos provienen de un planeta ubicado en el centro de lo que los terrícolas conocen como la constelación del triángulo austral y se han mantenido al margen de la guerra desde que ésta empezó ciclos estelares atrás. A pesar de nuestros repetidos intentos por entablar conversaciones, los atrios jamás han respondido y siempre se han negado a comerciar con los sistemas estelares vecinos. Se dice que han generado una tecnología sumamente avanzada y que son completamente autosuficientes, pero son sólo rumores.

        —¿Pueden defenderse de N´astarith? —inquirió MacDaguett.

        —No lo sabemos a ciencia cierta —le contestó Azrael—. Hasta ahora las fuerzas de Abbadón siempre habían respetado las fronteras atrias y nunca se habían atrevido a invadirlos. Algunos pensaban que tal vez los atrios tenían algún tipo de acuerdo con N´astarith, pero esto último parece bastante improbable.

        El almirante Cariolano decidió que era la hora de abordar el principal tema por el que se encontraban ahí reunidos. Levantó una mano para pedirle a todos los presentes que guardaran silencio y luego se giró hacia donde estaban Misa y su esposo para hablarles directamente.

        —Almirante Ichijo, como puede darse cuenta estamos en medio de una terrible encrucijada y necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir. Sabemos que ustedes provienen de otra dimensión y que tomar parte en un conflicto como este no estaba dentro de sus planes, pero de todas formas deseamos pedirle que se queden a ayudarnos a pelear contra el imperio de Abbadón. Ustedes cuentan con pilotos calificados, ingenieros y personal técnico que nos serían de mucha utilidad. A cambio de vuestra ayuda, les ofrecemos todo nuestro apoyo para volver a su propio universo cuando ustedes así lo dispongan.

        Misa entendía que la Alianza Estelar estaba muy necesitada de cualquier clase de ayuda, y que las fuerzas de la Megaroad serían bienvenidas por muy pequeñas que pudieran parecer. Sin embargo, no podía pasar por alto que ella estaba a cargo de una misión de exploración espacial con objetivos bien definidos y que entre estos no figuraba mezclarse en una guerra ajena. Misa podía alegar que su obligación era contactar al Alto Mando de la Tierra para reportar todo lo sucedido y aguardar instrucciones. Sí tomaba la decisión de involucrarse en el conflicto por su cuenta podía ser sometida a una corte marcial por arriesgar la integridad de los colonos y de las naves bajo su mando una vez que retornaran a su propio universo. La batalla librada en el planeta Génesis le había demostrado el inmenso poder de las armas abbadonitas y era algo que no podía ignorar antes de llegar a una decisión. Entendía que el enemigo podía atravesar las barreras dimensionales cuando quisiera y llegar hasta cualquier parte. Entendía que nada le impedía a N´astarith lanzar un ataque sobre el planeta Adén o incluso llegar hasta la Tierra sí así lo quería. Entendía que por el simple hecho de haber atacado Génesis existía de facto un estado de guerra con el imperio de Abbadón. La almirante Ichijo concentraba las miradas de la mayoría de los presentes. 

        —Almirante Cariolano, sí hay algo que les debemos a la Alianza Estelar es gratitud y amistad. Gracias a sus esfuerzos logramos salvar la vida y escapar de la destrucción del planeta Génesis. Sin embargo, deben entender que no somos una misión militar y que no podemos inmiscuirnos en una guerra de estas proporciones ya que ello pondría en riesgo la vida de todos los colonos que viajan en nuestras naves. Por esto, después de analizar las cosas con mucho cuidado, hemos decidido regresar a nuestro propio universo para informar al Alto Mando de la Tierra y tratar de convencerlos de que envíen ayuda.

        Sí la almirante de la Megaroad percibió el repentino cambio producido en la expresión de algunos militares de la Alianza Estelar presentes, no lo demostró. La decisión de Misa de no participar en la lucha provocó la desilusión de varios de los presentes y la satisfacción del general MacDaguett y los agentes de MID, que veían en aquella ocasión otra oportunidad para sembrar la discordia en el seno de la Alianza Estelar.

        —Es una verdadera lástima, almirante Ichijo —dijo Cariolano con profundo pesar—. Esperábamos que nos ayudaran a luchar contra las fuerzas de Abbadón, pero sé que analizó la situación concientemente y no nos queda más que aceptar vuestra decisión con resignación.

        —Lo lamento en verdad, almirante —murmuró Misa—. Pero no puedo arriesgar la vida de la gente que nos acompaña. He comentado con mis oficiales la posibilidad de volver si es que nuestra Tierra decide mandar ayuda.

        —Claro, necesitaremos cavar muchas tumbas —dijo Rodrigo Carrier, esbozando una sonrisa vacua para ocultar la acidez de su comentario—. Disculpe, almirante Ichijo, pero creo que no me parece justa su decisión y es mi deber hacérselo saber. Muchos de los nuestros murieron defendiéndolos a ustedes y la verdad es que, en lo personal, esperaba algo más que simples promesas.

        —Comandante Carrier, por favor —le dijo Cariolano—. El Consejo de Líderes determinó respetar la decisión de la almirante Ichijo cualquiera que ésta fuera. Les hemos explicado la situación y ellos han preferido volver a su dimensión.

        El capitán Antilles advirtió que Misa se envaraba, visiblemente enfadada por las palabras de Rodrigo Carrier, y que, cuando volvía a hablar, el enojo y la frustración endurecían su voz.

        —Les aseguro que nada nos gustaría más que ayudarlos, pero debo velar por la seguridad de los colonos. Estoy consciente de la grave amenaza que representa el imperio de Abbadón para todos, pero tomamos esta decisión creyendo que es lo mejor.

        —Descuide, almirante Ichijo —le dijo MacDaguett—. Sabemos que usted también tiene responsabilidades y que está obrando en favor de los intereses de su propia gente.

        —¿Cuándo partirán? —preguntó K.

        Misa volvió el rostro hacia el Hombre de Oscuro.

        —Planeamos hacerlo cuando hayamos terminado con las reparaciones. Una vez que estemos en nuestro propio universo, planeamos comunicarnos con el Alto Mando de la Tierra para ponerlos al tanto de la situación. No quiero darles falsas esperanzas, pero me temo que tardaremos algo de tiempo en convencer a nuestro gobierno de mandar naves.

        —Lo entendemos, almirante Ichijo —asintió Cariolano y luego se dirigió a los demás—. Creo que lo más conveniente por el momento será tomar un receso antes de continuar. Volveremos a reunirnos en dos megaciclos para escuchar al príncipe Saulo de Endoria.

        Planeta Niros.

        Las paredes de madera, pulidas y muy limpias, brillaban bajo la claridad de la luz de las velas. Jesús Ferrer se hallaba en la habitación principal, una pequeña estancia dominada por una mesa y algunas sillas. Una cocina ocupaba una pared, y un área de trabajo otra. Varias puertas llevaban a los dormitorios y a los cuartos contiguos. Fuera, el viento movía suavemente las copas de los árboles. El padre de Ultimecia entró en la habitación procedente de uno de los dormitorios limpiándose los ojos.

        —¡Oh, Gran Creador! —exclamó Idanae, volviendo la mirada hacia su hija—. Es el colmo ¿por qué no me dijiste de quién se trataba?

        Ultimecia se cruzó de brazos y miró a su padre con los ojos ligeramente entornados. Le había despertado diciéndole que tenían una visita importante, pero Idanae creía que solamente se trataba de uno más de los latosos amigos de su hija y no estaba preparado para conocer en persona a uno de los príncipes de Megazoar.

        —Te dije que era alguien especial —refunfuñó ella.

        Jesús Ferrer se quedó donde estaba, sin dejar de mirar a Ultimecia como sí quisiera que alguien le indicara que debía hacer. Una corriente de aire pasó a través de una de las ventanas y extinguió la luz de una pequeña vela.

        —Soy Idanae, patriarca de los videntes de Niros —se presentó el anciano, inclinando la cabeza—. Le ruego que me disculpe, alteza, pero no tenía idea de que se trataba de usted y… no tenía nada preparado.

        —Descuide, soy yo quien debería pedirle disculpas por aparecer de la nada.

        —Nos honra con su visita, alteza —dijo Idanae, mostrándose excesivamente humilde—. Tuve el placer de conocer personalmente a vuestro padre hace muchos ciclos estelares antes de que tuviera hijos y debo decirle que se parece bastante a usted.

        —Sí, de hecho yo venía a… .

        —Pero debe venir cansado, alteza —le interrumpió Idanae—. Con gusto haré que le traigan algo de comer. También haré que le preparen una cama y podrá descansar cómodamente. Mi casa es la mejor de toda la aldea.

        Antes de que Jesús pudiera abrir la boca, el anciano se volvió hacia una de las habitaciones para llamar a Alyath con un grito. La joven apareció en la estancia vestida con una túnica de color blanco, frotándose los ojos sin dejar de bostezar. Era evidente que estaba descansado placidamente cuando Idanae decidió despertarla.

        —¿Qué es lo que pasa? —inquirió Alyath—. Es media noche.

        —Traigan algo de comer —ordenó Idanae.

        Las dos chicas desparecieron al instante. Jesús aprovechó para ocupar el extremo de la mesa y se quitó el casco de la cabeza. Ultimecia y Alyath regresaron de la cocina con una jarra de leche, queso y frutos secos. El príncipe meganiano comenzó a comer luego de darle las gracias a Idanae. Por el rabillo del ojo, Jesús advirtió que Alyath estaba hablándole a Ultimecia por señas, y estaba claro que lo que le decía era: “¿Quién es ese hombre? ¿Por qué está aquí a mitad de la noche?”. Ultimecia se acercó a la otra chica y le susurró algo al oído. Alyath hizo un gesto de sorpresa, cambió de expresión y le dedicó a Jesús una radiante sonrisa.

        —Jamás imagine recibir semejante honor, alteza —estaba diciéndole Idanae, que se esforzaba por ser el mejor anfitrión de todo el universo—. Sabíamos que usted vendría a Niros tarde o temprano, pero no podíamos saber el momento exacto. Aunque podamos vislumbrar el futuro, siempre habrá detalles que se nos escapen.

        —Supongo que entonces sabe el motivo de mi visita —repuso Jesús mientras Idanae cortaba un enorme pedazo de queso—. Mi padre sabía que sus hijos encerraban el poder del guerrero Káiser, pero siempre me mantuvieron en secreto todo lo relacionado con el tema e ignoro la razón.

        —Me imagino que su padre quería que estuviera listo antes de llevar el peso de la responsabilidad que implica ser el Káiser —murmuró Idanae en lo que Ultimecia y Alyath se sentaban a ambos lados de la mesa—. Príncipe, usted posee el poder para detener el mal. Es el elegido del que habla la leyenda. Las profecías así lo indican. “Oh, noble Casa de Real de Megazoar, llora tu desgracia, pues dos estrellas de la Casa lucharán. El mismo conflicto repercutirá en las generaciones por venir. Un solo pueblo ahora son dos divididos por la lucha… .

        —Aguarde un momento —dijo Jesús en tono pensativo—. “Un solo pueblo ahora son dos divididos por la lucha”. Sin duda debe referirse al pueblo de Endoria ya que éste se encuentra dividido a causa de la guerra.

        —Efectivamente, príncipe —concordó Idanae—. “Tres formas tendrá el Guerrero Káiser. Cada forma es un destino diferente. El sabio no es la paz, sino él que traza el camino. El joven con su fuego acabará con las galaxias. Un guerrero que destruirá al mal”.

        Jesús guardó silencio por unos instantes y luego bajó la mirada.

        —Un guerrero que destruirá el mal —repitió como sí reflexionara en lo que aquella frase significaba—. No lo comprendo. ¿Por qué yo? ¿Cómo puedo ser el Káiser cuando yo mismo he causado tanto dolor? Cuando mi esposa y mi hijo murieron no hice sino dejarme llevar por el odio y el rencor.

        —Lamento lo de su familia, príncipe —murmuró Idanae con pesar—. Pero debe comprender que ahora tiene una enorme responsabilidad como… .

        —Creo que no me ha entendido bien —le interrumpió Jesús en un tono repentinamente áspero—. No tengo la menor idea de por qué me eligieron para ser el guerrero Káiser, pero no soy la persona que ustedes piensan. Durante ciclos estelares viví de forma egoísta sin importarme lo que le ocurría a los demás hasta que perdí lo que más quería. Muchas personas me aborrecen y hasta me tildan de asesino. No soy ningún elegido. ¿Cómo puedo ser el guerrero que destruirá al mal? Esto no tiene sentido para mí.

        Idanae lo miró con el entrecejo fruncido.

        —Príncipe, estoy seguro que ha pasado por muchas penalidades, pero su padre confiaba en que usted obraría bien. Sí no se lo contó fue porque quizá no deseaba agobiarlo diciéndole la verdad. Imagine lo que él sintió cuando supo que dos de sus hijos tenían que morir para que el Káiser pudiera despertar.

        El dolor se reflejaba en los ojos de Jesús Ferrer.

        —El espíritu de mi esposa se me apareció y me lo dijo todo. También me pidió que olvidara mi furia y mi rencor, pero no puedo hacerlo por más que quiero. Desde que me enteré de toda la verdad no hago más que pensar en acabar con N´astarith. ¿Acaso el Káiser de la leyenda puede darse el lujo de experimentar sentimientos tan mezquinos?

        —N´astarith provocará su propia caída tarde o temprano y lo mismo le ocurrirá todos los malvados que le siguen —le aseguró Idanae—. Nadie puede escapar al peso de sus propias acciones.

        Jesús se levantó de su asiento.

        —Ese es el problema, nadie puede. Tal vez sea el guerrero Káiser por una jugarreta del destino, pero no soy digno de tal honor —declaró antes de salir de la cabaña.

        Armagedón (Sala del trono)

        N´astarith había llegado a la conclusión de que la Alianza Estelar estaba condenada a desaparecer una vez que la flota aliada en Adur fuera destruida. Los últimos Caballeros Celestiales igualmente morirían en el ataque, pero le inquietaba la interferencia de los demás guerreros que provenían de los otros universos donde habían estado las gemas sagradas de los Titanes. La leyenda de Dilmun indicaba que una gran cantidad de valientes vendría de diferentes realidades para detener a quien quisiera apoderarse de la fuerza del aureus y controlar la Existencia. También estaba el problema de Jesús Ferrer. Ahora que el príncipe de Megazoar había despertado su verdadero poder debía ser detenido antes de que tuviera tiempo para controlarlo. Tenía que atacar un problema a la vez y el señor de Abbadón había decidido empezar con el Káiser y los videntes de Niros. N´astarith miró a fijamente sus guerreros mientras hablaba.

        —Allus, espero que entiendan que Jesús Ferrer ahora tiene la misma fuerza que un Khan y podría darte más problemas que el mismo Francisco. Cuando los idiotas de David y Armando murieron, las almas que había dentro de sus cuerpos se fusionaron con la de su hermano formando así el espíritu del Káiser.

        —Le aseguro que no cometeré ningún error, mi señor —repuso Allus esbozando una sonrisa de absoluta confianza—. Puede usted contar con que eliminaré a Jesús Ferrer de una vez por todas. Tal vez él tenga el poder del aureus, pero no posee la experiencia necesaria para usarlo como es debido.

        —De todas formas no debes confiarte —le aconsejó N´astarith—. Es probable que tengas que transformarte para matarlo, pero recuerda que debes esperar el momento exacto para hacerlo. Jesús jamás ha experimentado el aureus y esa es la ventaja más importante que tienes.

        Allus dejó escapar una sonrisa.

        —Mi señor, ¿por qué no permite que Zura venga con nosotros? Quizá sea una excelente oportunidad para evaluar sus capacidades como guerrero y ver de lo que es capaz, ¿no lo cree?

        —Huummm —N´astarith se acarició la barbilla—. Puede ser, puede ser, pero tal vez sería mejor que nos demostrara sus habilidades de una vez. Tengo una idea, haremos que Zura luche contra uno de los guerreros de la Casa Real de Megazoar y veremos sí es tan bueno como Aicila dice.

        —Lucharé contra quien usted diga, mi señor —asintió Zura.

        Los ojos de N´astarith recorrieron uno a uno los distintos rostro, buscando incesantemente a quien pudiera servirle para poner a prueba los poderes de Zura. Sabía que éste último tenía casi la misma fuerza que un Khan, pero deseaba averiguar qué tipo de técnicas podía usar y más importante, averiguar cuáles podían ser sus debilidades. Finalmente, volvió la cabeza hacia un guerrero alto que portaba una armadura dorada para llamarlo.

        —Zero, el Guerrero del Viento.

        Un meganiano salió de entre las sombras y se detuvo ante la escalera que conducía al trono y realizó una reverencia. Se trataba de un hombre joven de cabello rubio, complexión gruesa y mandíbula cuadrada. La coraza dorada que usaba consistía en un peto sin brazos que le llegaba hasta la cintura; unas espinilleras le protegían de la rodilla hasta los pies y su casco iba decorado con un penacho.

        —Con gusto pelearé, mi señor, pero no espere que lo traté con amabilidad —dijo Zero en medio de una sonrisa burlona—. Lo trataré como a cualquier enemigo, pero si me suplica tal vez lo deje vivir.

        —De acuerdo —dijo N´astarith complacido—. Entonces adelante, que sea una lucha hasta el fin.

        Zura se volvió hacia el Guerrero del Viento y entrecerró los ojos. Los dos contendientes describieron círculos mientras se movían. El meganiano tenía las manos levantadas mientras alardeaba de lo superiores que eran sus técnicas y habilidades. Zura, por su parte, simplemente se limitó a mirarlo y dejó escapar una sonrisa mientras los Khans se diseminaban formando un amplio círculo entorno a los dos luchadores.

         —Es una lástima, amigo, pero ni hablar —murmuró el Guerrero del Viento—. Te tocó la mala suerte de luchar con el guerrero más poderoso de la Casa Real, aunque te perdonaré la vida si suplicas mi perdón, ¿qué me dices a eso?

         —Creo que hablas demasiado —le replicó Zura.

         El meganiano frunció los labios, dejando entrever sus dientes. Sin perder un instante, invocó la fuerza de su propia aura y arremetió contra Zura usando una furiosa corriente de vientos huracanados que lo envolvieron por completo de pies a cabeza formando un violento torbellino a su alrededor. El aire giraba con tal velocidad que parecía ser capaz de cortar lo que fuera que estuviera en su camino. 

         —¡¡Invincible Tornado!! (Tornado Invencible)

          Cuando Zero notó que su adversario no salía del tornado, creyó que había obtenido la ventaja y sonrió burlonamente. El viento que giraba alrededor de Zura se revolvía con tal fuerza que quien lo recibiera debía protegerse de alguna forma sí deseaba sobrevivir. El meganiano sospechaba que su enemigo tal vez estuviera usando algún campo de energía y decidió terminar su ataque para evaluar el resultado, pero cuando el torbellino desapareció no había rastros de Zura por ninguna parte.

         —Vaya, mi viento acabó con ese insignificante hombrecito —se mofó el meganiano.

         —Yo no estaría tan seguro de eso.

          Desconcertado, el meganiano se giró sobre sus talones y descubrió a Zura levitando en al aire a varios metros de altura, en actitud serena, con los brazos cruzados. El Guerrero del Viento no podía entender lo que estaba ocurriendo frente a sus narices. ¿Cómo le había hecho Zura para eludir el poderoso tornado con el que le había atacado? En eso estaba pensando el meganiano cuando su adversario le mostró un palma y le devolvió el ataque.

         —¡¡Crown Radiant!! (Corona Radiante)

          Antes de que Zero pudiera reaccionar, la ráfaga de luz lo embistió con una fuerza increíble y lo arrojó hacia atrás. El peto dorado del Guerrero del Viento se fracturó por la mitad y una de las espinilleras fue destruida por el impacto. Cuando Zero logró recuperarse con la intención de contraatacar, ya era demasiado tarde. Su enemigo apareció ante él y le dio un tremendo puñetazo que lo hizo volver el rostro hacia un costado. Los Khans profirieron rugidos y toda clase de exclamaciones, emocionados por la batalla. 

         Zero logró eludir un nuevo golpe de su enemigo y consiguió alejarse lanzándose hacia las alturas para ponerse a salvo. No tenía claro cómo Zura había logrado escapar del tornado asesino sin sufrir un solo rasguño, pero aquella interrogante había pasado a un segundo plano. Por el momento lo único que le importaba era salvar la vida y liquidar a su odiado adversario. Una vez que estuvo a salvo, se detuvo a unos centímetros del techo y comenzó a reunir toda la energía disponible para realizar nuevamente su técnica.

         —No sé cómo le hiciste para escapar de mi Invincible Tornado, pero ahora si se te terminó la suerte, maldito —vociferó Zero con un hilo de sangre escurriéndole por el rostro—. Usaré todo mi poder para aniquilarte. ¡¡Voy a destruirte!!

         Los Khans estaban a punto de enloquecer y gritaban con todas sus fuerzas. Zura levantó la mirada para observar al guerrero de la Casa Real. Éste había creado una poderosa esfera de viento entre sus manos y estaba a punto de arrojarla, pero Zura no hizo el menor intento por moverse de su lugar. Todo parecía indicar que iba a recibir el ataque del meganiano. Mientras esto ocurría, Tiamat clavó sus ojos en su antiguo pupilo para no perder detalle de su respuesta una vez que Zero le atacara.

         —¡¡Invincible Tornado!! (Tornado Invencible)

         —Tonto… Absolute Control —musitó Zura a su vez.

          Tras imprimirle una gran cantidad de energía, el Guerrero del Viento lanzó su ataque sobre Zura, que levantó ambos brazos en lo alto mientras su cuerpo era envuelto por la intensa luz de su propia energía interna. Un tornado más poderoso que el anterior surgió de las manos del meganiano y se dirigió hacia Zura a una velocidad alucinante. El remolino describió una trayectoria errática mientras avanzaba hacia su objetivo, pero en el último momento ocurrió algo que nadie hubiera imaginado. El tornado golpeó contra una especie de muro invisible que rodeaba a Zura y, en dos segundos, regresó por donde había venido para atacar al sorprendido Guerrero del Viento.

        El mortífero tornado envolvió a Zero antes de que éste pudiera evitarlo de alguna forma. En medio de un desgarrador alarido de sufrimiento, el meganiano sintió como todo su cuerpo era sacudido y herido mortalmente por las feroces ráfagas de viento que lo cubrían. Lo que aún quedaba de su armadura dorada estalló en mil pedazos. El sufrimiento de Zero se prolongó por unos segundos más hasta que éste, ya sin fuerzas, cayó al suelo donde permaneció sin moverse. Los Khans lanzaron exclamaciones en un éxtasis sediento de sangre.  

        En sus aposentos, José Zeiva caminaba en tornó a la mujer que tenía la misma apariencia que Astrea sin dejar de hablar como si pensara en voz alta. Al principio había creído que estaba loco, pero luego de saber la verdadera identidad de su misteriosa visitante no sabía exactamente cómo proceder. Sin duda era un golpe de suerte que le ofrecieran tal ayuda, pero tampoco podía ignorar que había un precio que pagar. Detestaba a N´astarith y deseaba recuperar el trono de Endoria además de vengarse de sus enemigos, pero tampoco quería cometer un error peor que los anteriores.

         —Decisiones. Decisiones. Decisiones. Son éstas las que definen a las personas. Las que cambian el curso de los acontecimientos y convierten mil errores en aciertos. ¿Cómo saber cuál es la correcta? La decisión es la muerte de todas las posibilidades. Una vez tomada no hay marcha atrás.

         —¿Por qué dudas tanto? —le preguntó la joven mientras se acariciaba el cabello—. Tú quieres recuperar lo que te han robado, ¿no es cierto? Vengarte de todos los que te humillaron en el pasado y regir la galaxia para demostrar que tú visión es la correcta.

         —Se es o no se es. La moneda está en el aire y con ella se juega el destino de todo. Podría decir que sí y entonces acabaría con todos. O podría decir que no y esperar pacientemente la oportunidad para tomar el control.

         —¿Tú solo? No podrías lograrlo y lo sabes —murmuró la joven—. Necesitas ayuda para hacer todo lo que deseas. Vamos, es el único camino que existe para conseguir todo lo que siempre has querido. ¿Acaso ya olvidaste a todos tus enemigos?

         José se detuvo y observó a la joven con el entrecejo fruncido. No se fiaba de ella ni por un segundo. A lo largo de la vida había aprendido a desconfiar de las personas que le ofrecían las mil maravillas, pero tampoco podía ignorar el ofrecimiento tan generoso que le hacían. Durante años había acariciado la idea de hacerse con el dominio total, pero qué era una insignificante galaxia comparada con toda la Existencia. Antes de tomar una decisión debía conocer el terreno que estaba pisando.

         —¿Por qué me haces este ofrecimiento?

         Un brillo de maldad iluminó la mirada de la joven.

         —Mi amo así me lo ha indicado. Deberías sentirte halago de que haya decidido tenderte la mano especialmente cuando todos lo que conoces te han dado la espalda. Tu familia e incluso tus amigos te han defraudado. Mi amo desea ayudarte sí a cambio eliges servirlo como muestra de  agradecimiento.

         —¿Quién es tu amo? Está claro que no es N´astarith, pues me quieres ayudar a destruirlo. ¿Acaso se trata de un adversario de él?

         —Nada de eso —repuso una segunda mujer vestida de negro que apareció de la nada—. Sólo soy partidario de la sobrevivencia del más apto. Sí demuestras ser mejor que N´astarith entonces significará que él no merecía ser el amo de todo y desaparecerá. Por el contrario, sí fracasas quedará de manifiesto que N´astarith es mejor que tú. Simple selección natural como puedes ver.

         —Escucha lo que te dice mi amo.

         José se quedó paralizado luego de descubrir la identidad de su nueva visitante. La mujer que estaba ante él era idéntica a su antigua novia Lucia, pero con la diferencia de que sus ojos eran totalmente rojos. Por unos momentos, pensó que a lo mejor estaba bajo el influjo de algún tipo de ilusión. Que todo aquello era una especie de trampa preparada por N´astarith para  hacerlo caer y darle una razón para matarlo.

         —Y también puedes transformarte en otros seres según veo —señaló José.

         —Cambiar de identidad es muy sencillo para mí —le replicó antes de tomar la forma de la pequeña Sailor Saturn—. Todos los seres, aún los que pudieran parecer más inocentes, poseen oscuridad dentro de sus corazones —hizo una pausa y comenzó a pasearse por la habitación. Se detuvo y adoptó la apariencia del Santo Dorado Kamyu de Acuario—. No todos son concientes de ese detalle, pero eso carece de importancia. He sido testigo de la naturaleza humana desde el principio de los tiempos y no conozco a nadie libre de tal oscuridad.

         —¿Cuál es tu nombre real? —preguntó José intrigado.

         Kamyu se dio la vuelta y cambió nuevamente para parecerse a Jesús Ferrer. Cuando lo hizo, se acercó a José y levantó una mano para señalarle el corazón. La joven que se asemejaba a Astrea frunció una sonrisa siniestra mientras contemplaba a su amo hablar con José Zeiva.

         —Conoces tan poco del universo y quieres ser emperador. Te falta mucho por recorrer y conocer, pero con mi ayuda triunfarás sobre todos los obstáculos. Incluso serás capaz de llegar más lejos que N´astarith sí me escuchas. ¿Quién soy? —Sonrió al tiempo que cambiaba de nuevo para transformarse en Son Gokuh—. He tenido muchos nombres, pero tú puedes llamarme Lucero de la Mañana y de la Noche.

Continuará… .

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