Leyenda 074

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO LXXIV

MOMENTOS DE REFLEXIÓN; EL PODER OLVIDADO DE HOTARU

Palacio de Céfiro.

        Asiont observó a las Guerreras Mágicas con sosiego. Presentía que, tal como había ocurrido con Sailor Moon y su grupo en Juuban, nada de lo que pudiera argumentar las haría pensar de otra manera. Pero aun así, sentía que al menos tenía que intentarlo. Debía tratar de persuadirlas por todos los medios de no involucrarse directamente en la lucha contra el imperio de Abbadón. No era que despreciara su ayuda o que las creyera un estorbo, cosa que hubiera hecho Cadmio de estar en su lugar, simplemente quería ahorrarles el dolor y la pena de sufrir las experiencias de una cruenta guerra.

       —Escuchen, chicas, no es que no quiera que nos apoyen o que subestime sus habilidades. Lo que sucede es que los Khans son unos guerreros muy poderosos y ustedes quizás no podrán pelear con ellos en igualdad de circunstancias. Sí insisten en combatir, a lo mejor podrían morir o quedar seriamente lastimadas. Piensen en eso un momento, por favor.

        Hikaru dedicó algunos segundos a imaginar lo que podría significar para su familia que ella jamás volviera a su mundo. Ciertamente no quería que eso ocurriera, pero ¿y qué pasaba con la gente de Céfiro? Desvió la atención hacia Ascot, Presea y Caldina para contemplarlos unos momentos. Ellos, como los demás habitantes de ese mundo, confiaban en aquella vieja leyenda que aseguraba que, cuando Céfiro estuviera en peligro, las Guerreras Mágicas aparecerían para salvarlos de la destrucción. No estaba equivocada, tenía una gran responsabilidad como Guerrera Mágica y no iba a huir de ella; se lo debía a la gente de Céfiro, se lo debía a sus amigas y se lo debía a ella misma.

       —Estoy consciente de que esos guerreros son más fuertes que yo —murmuró Hikaru, volviendo la vista de regreso a Asiont—. Pero la gente de Céfiro cuenta con nosotras para protegerlos. No se trata únicamente de pensar en mí misma. Toda las personas de Céfiro merecen vivir una vida tranquila y en paz.

       —Hikaru  —musitó Umi, sintiendo algo de admiración por su amiga.

        Asiont también estaba impresionado por la manera de pensar y de hablar de Hikaru Shidou. Para ser tan joven, aquella pelirroja hablaba con una madurez inusual en las chicas de su edad. Aún a sabiendas del enorme riesgo que existía, Hikaru no estaba dispuesta a anteponer su seguridad personal a cambio de las vidas de la gente de Céfiro. Por unos instantes, se vio a sí mismo en el pasado cuando decidió dejar el Santuario de los Caballeros Celestiales por primera vez para regresar a Endoria a luchar contra el emperador José Zeiva.

       Ahora podía entender el porqué Aristeo le había insistido tanto en que no abandonara el Santuario. No era que no confiara en él o que lo menospreciara, como pensaba, sencillamente lo había hecho porque se preocupaba por su persona. Era curioso ver cómo la vida develaba todos sus misterios con el paso del tiempo y de una manera bastante inesperada.

       —Hikaru tiene razón, Asiont —afirmó Umi con decisión—. Nosotras somos las Guerreras Mágicas y queremos defender Céfiro otra vez. Anteriormente hemos luchado en dos ocasiones para salvar este mundo y no vamos a dejar que unos guerreros prepotentes con armaduras lo destruyan. ¡Eso jamás lo permitiré!

       —Yo pienso igual que mis amigas —murmuró Fuu con la voz entrecortada—. Lo más sencillo sería tratar de huir esgrimiendo cualquier excusa, pero este mundo representa mucho para nosotras. Sí nos hacemos a un lado, no habrá servido de nada los sacrificios que hicimos antes para protegerlo.

       El Celestial reprimió una sonrisa. Podía entender el arrojo y la determinación de aquellas tres chicas por defender a las personas de Céfiro. Era un coraje similar al que él y sus amigos compartían. Por generaciones, los Caballeros Celestiales se habían dedicado a cuidar de la paz y el orden en la galaxia en virtud de su anhelo por proteger a los demás.

“Estas niñas me recuerdan a como era yo hace tiempo”, pensó. “Dispuestas a enfrentar lo que sea con tal de defender a los suyos y lo que ellas consideran importante. En cierta forma se parecen a la Sailor Senshi y a Dai también”.

       Aquellas similitudes pusieron a Asiont a pensar. ¿En verdad era una casualidad que, todos aquellos a los que había conocido en aquella aventura, tuvieran el mismo sentimiento de solidaridad para con los demás? El credo de los Caballeros Celestiales afirmaba que la casualidad no existía como tal; por el contrario, todo era causal y cada evento en el universo, por insignificante que pudiera parecer, tenía una razón de ser y por consiguiente derivaba en una consecuencia.

       —Asiont, ya es hora de irnos.

       Marine, la Sabia de Papunika, acababa de emerger por la rampa de abordaje para avisarle que ya era tiempo de marcharse. El Celestial salió de aquel universo de profundas reflexiones en el que estaba inmerso y se volvió por encima del hombro.

       —Dame un ciclo, Marine, por favor —le dijo y luego regresó el rostro hacia donde se encontraban Hikaru, Umi y Fuu—. Tengo que admitir que poseen mucha determinación y valor, pero eso no será suficiente para derrotar a N´astarith. Sí desean venir con nosotros deben entender que deberán volverse más fuertes de lo que son ahora.

       —Lo sabemos —afirmó Hikaru y sus amigas asintieron con la cabeza.

       Ferio dio un paso al frente en ese instante. Guru Clef lo miró.

       —Sí Fuu va con ustedes, entonces yo también iré.

       —No, Ferio, tú debes quedarte —le dijo Fuu, volviéndose hacia él—. Ahora que no existe el Pilar, tú eres el soberano de Céfiro. Debes estar con tu pueblo para darles valor y esperanza en estos momentos tan difíciles.

       —¿Qué es lo que dices, Fuu? —Ferio se mostró algo sorprendido—. Tal vez sea el rey de Céfiro ahora, pero mi corazón te ha pertenecido siempre y lo sabes. Sí algo malo te llegará a pasar no podría soportarlo nunca. Todos los días que he pasado desde que te fuiste he añorado con volver a verte y no puedo dejar que vayas sola.

       —Lo sé —Fuu se acercó a Ferio y le acarició la mejilla suavemente—. Pero sí únicamente pensáramos en nosotros sería algo muy egoísta, ¿no crees? La gente que vive en este mundo también merece compartir la dicha de vivir en tranquilidad por siempre.

       Ferio la tomó de la cabeza y la atrajo hacia ella. El simple hecho de imaginar que algo terrible le pasara a Fuu, le destrozaba el alma y le partía el corazón al mismo tiempo.

       —¿De qué me sirve ser un rey sí no puedo protegerte? —murmuró mientras experimentaba una profunda tristeza que le embargaba el alma—. Esta corona se ha convertido en un lastre para mí ahora, Fuu.

       Al ver aquella escena, Asiont no pudo evitar pensar momentáneamente en Astrea y su trágica muerte durante la batalla en el planeta Noat. Parte de él deseaba poder asegurarle a Ferio y a los otros que todo saldría bien, que debían guardar la esperanza y sentirse tranquilos. Pero cómo hacerlo sí él mismo sentía que su corazón estaba vacío. Podía dejar de pensar negativamente, pero aún creía que su único motivo para luchar, aunque supiera que estaba mal, era la venganza en contra de los Khans y N´astarith.

       Decepcionado consigo mismo y su sentir, Asiont hizo lo único que podía hacer en ese momento: ofrecerle a Ferio que velaría por la seguridad de Fuu, Hikaru y Umi, aunque en el fondo sabía que tal vez no podría cumplir esa promesa. Después de todo, no podía permanecer indiferente ante la angustia del rey de Céfiro; al menos debía tratar de ofrecerle alguna clase de consuelo.

       —No se preocupe, majestad, yo y mis amigos cuidaremos de ellas en todo momento.

       Ferio dirigió la mirada hacia el Celestial.

       —Gracias, Caballero, te lo agradezco infinitamente.

       Umi sonrió levemente, pero no quiso decir nada al respecto. En verdad aquel había sido un gesto bastante noble por parte de ese joven llamado Asiont. En su interior, ella también había experimentado deseos de decirle algo así a Ferio y a su amiga para confortarlos.

       —Vamos, Ferio, las cosas marcharán bien —le dijo al mismo tiempo que le daba unos suaves codazos en el brazo—. Estoy segura de que sí todos luchamos juntos, podremos vencer a ese tal N´astarith y a sus rufianes.

       Hikaru asintió con la cabeza y sonrió de buena gana. Le agradaba ver que, a pesar de las penalidades, Umi se mantenía fuerte y animada como siempre; en cierta forma era una de las cualidades que más admiraba en ella.

       De repente, Guru Glef dio un paso al frente.

       —Es cierto, Umi y por eso yo los acompañaré en esta ocasión.

       —Guru Clef —musitó Umi y su mirada tembló.

       —¡No, Guru Clef! —le dijo Presea, tomándolo del brazo y casi al borde del llanto—. Es demasiado peligroso. Esos guerreros casi te matan, recuérdalo.

       El hechicero de Céfiro miró de reojo a Presea y le sonrió afablemente al mismo tiempo que colocaba una de sus manos sobre las de la artesana. Presea lo miró con el mismo semblante de una niña que ha sido abandonado en medio de la nada.

       —Es necesario, Presea, los adversarios con los que las niñas del mundo místico van a enfrentarse superan la fuerza de cualquier enemigo que hayamos conocido antes en el pasado. Necesitarán toda la ayuda posible y yo quiero brindárselas.

       —Pero, Guru Clef —intervino Umi, tratando de ocultar su creciente nerviosismo ante la posibilitada de que el hechicero fuera con ellos—. No es necesario que vengas. Nosotras nos encargaremos de todo. Te necesitan más en Céfiro.

       —Umi —murmuró el hechicero.

       —Nosotras nos encargaremos de todo —insistió la Guerrera Mágica dándose un leve golpe en el pecho para enfatizar sus palabras—. Sabes que cuando nos proponemos algo siempre lo hemos conseguido.

       Asiont se acarició la nuca y volvió la vista hacia la rampa de abordaje. Marina lo estaba viendo con un gesto mezcla de impaciencia y enfado; seguramente ya le habían avisado otra vez que debían partir cuando antes. Le hizo un gesto con el rostro como dándole a entender que estaba cociente de que debían irse y se volvió nuevamente hacia los defensores de Céfiro.

       —Es hora de marcharnos. Sí alguien desea cambiar de opinión, hágalo ahora. Después de que la nave haya partido nos será casi imposible regresarlos a este mundo por un tiempo.

       Hikaru, Fuu y Umi se miraron entre sí y, sin decir una palabra, asintieron con la cabeza al mismo tiempo como reafirmando su voluntad de participar en aquella batalla. Estaban conscientes de que iban a inmiscuirse en un conflicto del que sabían muy poco, y en donde el enemigo parecía invencible, pero su amor por Céfiro y sus seres queridos les otorgaban las esperanzas necesarias para creer que todo saldría bien.

       —Tenía muchos deseos de volver a Céfiro nuevamente —confesó Hikaru, oprimiendo los puños contra su pecho—. Es triste que tengamos que pelear una vez más.

       —A mí me ocurre igual —admitió Fuu—. Pero lucharé contra N´astarith porque no deseo ver que nada malo le ocurra a este mundo, ni a sus habitantes.

       —Fuu —musitó Ferio.

       —No se preocupen, amigos —dijo Umi con optimismo—. Les aseguramos que volveremos con bien. Ya lo verán, confíen en nosotras.

       Tras dirigir una última mirada de despedida a Ferio, Guru Clef, Caldina, Ascot, Presea y Lafarga, las tres jóvenes niponas se dirigieron a la rampa de abordaje de la nave Águila Real que estaba por despegar. Asiont fue el último en subir; creía que tal vez, en el último momento, alguna de las Guerreras Mágicas cambiaría de opinión y optaría por no ir, pero al final ello no ocurrió.

        Una vez que la rampa se cerró, la inmensa nave comenzó a elevarse hasta que, finalmente, salió disparada hacia el horizonte a una velocidad vertiginosa. Mientras aquella enorme ave de metal brillante desaparecía en las nubes del cielo, Ascot bajó la mirada mientras dejaba escapar un suspiro.

“Amigas, cuídense mucho”, pensó. “Especialmente tú, Umi”.

Shinden (Templo de Kami-sama)

        Leona estaba seriamente preocupada. No estaba segura de que su poder mágico le bastaría para curar a todos los heridos y no había traído ninguna medicina consigo. Lo que era peor, Hotaru no parecía contar con ningún poder de curación o de lo contrario ya hubiera empezado a ayudar a sus amigos. La chica rubia que los había ayudado a pelear en el último momento estaba cerca de un joven calvo como sí estuviera cuidándolo de lejos, pero tampoco parecía que podía ayudarlas a sanar a los heridos. Unos segundos después de que los Khans hubieran abandonado el Shinden, Casiopea había caído desmayada a causa de sus heridas por lo que parecía imposible contar con su ayuda.

        Si saber bien qué hacer todavía, la princesa de Papunika se giró hacia el hombre de tez oscura y turbante en la cabeza que seguía parado en el mismo lugar abrazando a aquel chico de piel verde como sí fuera su propio hijo. Intuía que tal vez él podría proporcionarles alguna clase ayuda

       —Oye, disculpa, pero ¿no tienes medicina o algo así? —le preguntó Leona a la vez que se acercaba a él en compañía de Hotaru.

        Mr. Popo la miró.

       —Mr. Popo no tiene medicinas consigo, bero tal vez encuentre semillas de ermitaño en alguna barte del temblo sagrado. Sí al menos Kami-sama estuviera bien, él bodría ayudar a todos con sus boderes de curación.

       —¿Poderes de curación? —repitió Sailor Saturn por su lado—. ¿Hablas en serio?

        El rostro de Leona se iluminó por una sonrisa. Sí ayudaba a aquel chico verde a recuperarse, entonces él podría ayudarla a curar a los demás rápidamente. Había gastado sólo una pequeña parte de su poder atendiendo las heridas de Eclipse, pero estaba convencida de que ese niño tal vez no estaba tan lastimado.

       —¿Ese chico tiene poderes de curación? —le preguntó Leona ansiosamente.

       —Sí. El Kami-sama buede curar con las manos, niña —Mr. Popo asintió con la cabeza un par de veces—. El Kami-sama tiene la habilidad de sanar las heridas de la gente, así como de restaurarles las fuerzas. Desgraciadamente, Kami-sama está inconsciente y no buede ayudar a nadie bor el momento.

       —¡¡Viva!! —gritó Leona, dando un salto de júbilo.

        Mr. Popo parpadeó un par de veces, al igual que Hotaru.

       —Niña loca, ¿bor qué gritaste? Mr. Popo no entender nada.

       —Es simple, yo puedo curar las heridas de este niño con mi magia —le explicó Leona sin esconder su alegría—. Curaré sus heridas y luego él podrá ayudar a todos los demás.

        El guardián del Shinden frunció una tenue sonrisa. Sí lo que afirmaba esa chica rubia era verdad, entonces Dende y los demás podrían recuperarse en unos cuentos minutos.

       —Mr. Popo entender lo que tú decir —repuso al tiempo que depositaba el cuerpo de Dende en el suelo cuidadosamente para que Leona pudiera sanarlo—. Te lo agradezco, no sólo eres bonita sino también muy inteligente.

       —Ay, muchas gracias —murmuró Leona en medio de una sonrisa. A continuación colocó sus manos abiertas sobre el pecho de Dende y comenzó a aplicarle el hechizo Bejoma. Lentamente, la mortal herida en el brazo del pequeño namek desapareció por completo ante las miradas de asombro de Sailor Saturn y Mr. Popo.

       —¿Mr. Popo? —inquirió Dende una vez que abrió los ojos—. ¿Qué fue lo que sucedió?

       Mr. Popo le ofreció una mano al nuevo Kami-sama para ayudarlo a levantarse.

       —Kami-sama, me alegra que esté bien —dijo Mr. Popo con satisfacción—. Ella curar tus heridas con su magia de la misma manera en que tú hacerlo con las manos. Ahora debe curar a los demás.

       Dende volvió el rostro hacia donde estaba Leona para observarla. No tenía ni la menor idea de que lo había pasado en el Shinden en los últimos minutos, pero todo parecía indicar que los imperiales se habían ido. Lo último que recordaba era que había querido ayudar a Piccolo cuando, repentinamente, una ráfaga de energía salió de la nada y lo golpeó en el brazo con fuerza; luego de eso todo era borroso.

       —Gracias, quien quiera que sean… .

       —Mi nombre es Leona —dijo la princesa de Papunika.

       —Yo soy Sailor Saturn —exclamó Hotaru.

       —Kami-sama, ellas ayudar a derrotar a villanos —le informó Mr. Popo—. Sus amigos belear muy duro bara salvar la vida de todos en el templo sagrado. Ellos vencer a uno de los guerreros e impedir que se llevaran a Gohan.

       —Les agradezco su ayuda durante la pelea —dijo Dende, haciendo una breve reverencia—. Yo me encargaré de ayudar a todos sus amigos con mi poder. Ya verán que pronto todos estarán bien.

       Leona y Hotaru sonrieron con alivio al escuchar eso.

       —¿Qué opinas? —le preguntó Leona a Hotaru.

       —El acento con el que habla el tipo del turbante es algo gracioso.

       No. 18, en tanto, dirigió su mirada hacia donde estaba Kurinrin y vio que éste aún no recuperaba el sentido. Quizás los golpes del monstruo de Belcer lo habían lastimado más de lo que ella se había imaginado en un principio. Iba a ir hacia donde estaba el calvito cuando, de repente, escuchó la voz de Leona que le hablaba.

        —No había podido darte las gracias por ayudarnos, en verdad te lo agradezco mucho. Mi nombre es Leona, tú, ¿cómo te llamas?

        La androide la miró con sosiego.

        —¿Qué dices? Solamente las ayudé porque esos tipos me caían bastante mal, aunque ahora que lo pienso creo que lo mejor es no inmiscuirme más —guardó silencio y como vio que la princesa de Papunika no le quitaba la vista de encima, añadió—: Mi nombre es No. 18.

        —¿No. 18? —Leona alzó una ceja—. Es un nombre algo raro, pero, bueno, supongo que para alguien como yo que no es de este lugar, cualquier cosa puede parecerme extraña.

        —Hablando de eso, ¿de dónde vienen y cómo hicieron para aparecer aquí?

        —Eh —Leona sonrió—. Digamos que es una historia un poco larga de contar.

       Al mismo tiempo, en otra parte del templo, Trunks recuperó la conciencia finalmente. Tenía una leve jaqueca y algunas dolencias en ciertas partes de cuerpo, pero fuera de eso parecía que estaba bien.

       —¿Qué fue lo que sucedió? —murmuró mientras se incorporaba. Se tomó el rostro con una mano y apretó los párpados—. Ahora recuerdo, ese maldito invadió mi mente y luego me dejó inconsciente. Algo debe haber pasado o de lo contrario no estaría vivo todavía.

       Trunks comenzó a inspeccionar los alrededores y descubrió los cuerpos de los Guerreros Z y los otros guerreros de las diferentes dimensiones esparcidos por el suelo en distintas direcciones. Los destrozos indicaban que acababa de finalizar una fuerte batalla con los invasores que habían atacado el Shinden.

       —Pero, ¿quiénes son estas personas? Yo, no entiendo qué fue lo que pasó aquí y… .

       El sonido de las risas de Dende, Mr. Popo, Leona y Sailor Saturn lo hizo volver el rostro hacia donde estaban ellos, de manera que decidió ir hasta donde se encontraban. Dio unos cuantos pasos, tambaleándose y tropezándose con algunos de los escombros. Se apretó la sien tratando de amainar las punzadas y de pensar al mismo tiempo.

       Mientras observaba en derredor a él, Trunks se topó con la lastimosa figura de Vejita, que trataba de ponerse de pie con mucho trabajo. Una expresión de asombro se apoderó de su rostro casi al instante. ¿Es que acaso su padre había ido hasta el templo sagrado para ayudarlos a luchar contra los invasores? Sin pensarlo mucho se aproximó hacia el saiya-jin para tratar de ayudarlo.

       —Papá, ¿te encuentras bien? —le preguntó.

       Vejita lo apartó violentamente con una mano.

       —Quítate, no me molestes. No quiero tu ayuda —El saiya-jin finalmente logró incorporarse luego de hacer un esfuerzo—. Ese maldito, ese maldito logró derrotar a uno de esos estúpidos infelices. No puedo soportar la idea de que les deba mi vida a esos insectos tan patéticos. ¡Es algo humillante!

       Trunks enarcó una ceja sin entender una palabra de lo que Vejita decía.

       —¿Te refieres a las personas que están en el suelo junto a Gohan y los demás?

       El príncipe de los saiya-jins apretó los dientes y consiguió dar un paso al frente. Luego, levantó su puño derecho para mirarlo fijamente y empezó a hablar como sí estuviera conversando consigo mismo.

       —Sí no hubiera agotado parte de mis fuerzas peleando con ese monstruo de Cell, no me hubieran derrotado tan fácilmente —sentenció el saiya-jin con fuerza—. ¡Deja que ponga mis manos en esos malditos y los mataré a todos!

       —Estás muy lastimado, papá… .

       —Te dije que no quiero tu ayuda, Trunks.

       Mr. Popo llevó el rostro hacia su costado izquierdo luego de escuchar la conversación entre el joven semi-saiya-jin y su padre. No podía creer que fuera posible, pero ambos guerreros habían conseguido ponerse de pie sin necesidad de que alguien los curara.

       Sailor Saturn, Leona y Dende no tardaron en volver la vista en la misma dirección.

       —¡¡Trunks!! —exclamó el pequeño namek con un gesto de alegría—. Que gusto me da que te encuentras bien. Creí que estabas herido luego de luchar contra esos sujetos.

       —Dende… ¿qué fue lo que ocurrió? —preguntó Trunks—. ¿Dónde están esos Khans?

       —Se fueron hace unos momentos —le informó Hotaru—. Uno de nuestros amigos derrotó a uno de ellos y gracias a eso logramos hacer que se fueran de aquí.

       —Ya veo —musitó el Guerrero Zeta, recordando lo que había oído de su padre—. Por cierto, mi nombre es Trunks.

       Hotaru sonrió cándidamente.

       —Yo soy Sailor Saturn.

       —Y yo Leona, encantada de conocerte —dijo Leona, extendiéndole una mano.

       Trunks estrechó la mano que la princesa de Papunika le ofrecía al tiempo que se preguntaba mentalmente sobre la procedencia de ella, Hotaruo y los otros. ¿Qué clase de individuo había podido vencer a uno de los Khans cuando ninguno de los Guerreros Z había podido lograrlo? Evidentemente no se trataba de un sujeto ordinario.

“Ay, pero que chico tan guapo”, pensó Leona pícaramente. “Me pregunto sí estará casado”.

       —¿Y quién es tu amigo? —le preguntó Hotaru, apuntando con un dedo a Vejita.

       Trunks giró el rostro hacia su padre antes de contestar.

       —Ah, él es mi padre y su nombre es Vejita.

       —¿Tu padre? —repitió Hotaru algo incrédula—. No parece tan viejo.

       Leona dirigió sus ojos hacia el padre de Trunks esperando encontrar otro hombre guapo, pero en vez de eso descubrió un rostro malencarado y de apariencia hostil. ¿En realidad ese hombre con cara de pocos amigo era el padre de Trunks? Aquello parecía un poco difícil de imaginar, pero el parecido físico entre ambos era algo innegable. No obstante, imaginó que tal vez tenía esa expresión debido a la desastrosa derrota con los guerreros imperiales, así que decidió saludarlo.

       —Hola —le dijo la princesa—. Mi nombre es Leona.

       El saiya-jin la miró de reojo y luego pasó de largo en dirección a Dende sin pronunciar palabra alguna. Su única preocupación era sanar sus heridas y recuperar las fuerzas para luego idear una manera de vengarse de los Khans. No tenía tiempo para inútiles presentaciones y estúpidos saludos.

       —¡Oye! ¡Te acabo de saludar! —exclamó la princesa con enojo, pero Vejita ni siquiera se molesto en voltear a verla—. ¡Eres un sujeto bastante grosero!

       Vejita se detuvo un instante y volvió la mirada hacia Leona por encima de su hombro derecho. Trunks creyó que tal vez iba a insultarla, pero su padre únicamente arqueó una ceja.

       —¡No creas que vas a intimidarme con esa cara! —le dijo Leona de manera desafiante.

       —Sí no vas a ayudar, entonces no me quites el tiempo —replicó el saiya-jin fríamente antes de retomar su camino.

        Leona estaba realmente furiosa. ¿Cómo podía hablarle así cuando lo único que había querido era mostrarse amigable con él? Anteriormente había tenido la mala experiencia de tratar a Cadmio en varias ocasiones, pero aquel Caballero Celestial parecía un legado de simpatía comparado con aquel tipo.

       Se agachó para tomar una roca del suelo con el objeto de arrojársela a la cabeza para calmar su enojo y desquitarse al mismo tiempo. Sin embargo antes de que pudiera hacerlo, escuchó la voz de Trunks a sus espaldas y se contuvo.

       —Te ruego que lo disculpes, Leona, mi padre no es muy sociable que digamos.

       —Siento decirlo, Trunks, pero tu padre es un grosero —repuso Leona, volviendo la mirada hacia él y cruzándose de brazos—. ¿Así es normalmente o es por la batalla que se comporta como todo un gruñón?

       Trunks dejó escapar un leve suspiro antes de responder e inclinó la cabeza. A juzgar por su mirada se podía deducir que le era difícil tratar de justificar el comportamiento de Vejita, aunque también parecía algo incómodo con la situación.

       —Lo que sucede es que mi padre siempre ha sido una persona solitaria. No está acostumbrado a tener tratos con los demás y eso es porque proviene de una familia de guerreros cuyo único interés en la vida son las peleas. Lo siento sí te ofendió.

       La princesa no supo qué decir en ese momento. El comportamiento de ese joven llamado Trunks era tan diferente al de Vejita como lo era el día de la noche. Apretó los puños contra su pecho y meneó la cabeza en sentido negativo.

       —No tienes porque disculparte, Trunks, ojala tu papá se comportara un poco como tú.

       Trunks alzó la mirada y frunció una especie de sonrisa. Tal vez Vejita no fuera la persona más cordial del universo, pero estaba seguro de que su espíritu de guerrero saiya-jin había empezado a tranquilizarse luego de la lucha con Cell. No tenía pruebas de ello, pero su corazón de hijo así se lo indicaba. Suspiró. Iba a preguntarle a Leona sobre su procedencia cuando, inesperadamente, la princesa de Papunika se acercó a él, mirándolo con un cierto brillo en sus ojos que lo hizo sentirse extraño.

       —Y hablando de tu familia —le dijo Leona, guiñándole un ojo—. ¿Tienes novia?

       Trunks sólo alcanzó a fingir una nueva sonrisa y se tomó la nuca mientras su rostro se iluminaba levemente. Hotaru rió discretamente y se tapó la boca con una mano. Era gracioso ver a Trunks reaccionar de aquella forma ante las palabras de Leona.

       —Ahora ayudaré a los demás —anunció Dende, mirando hacia donde se encontraba Piccolo y Gohan—. No se preocupen, amigos, yo los sanaré a todos.

       En completo silencio, Vejita se sentó en el suelo en espera de que Dende decidiera usar sus poderes para curarle las heridas a él también. Mientras aguardaba su turno, dedicó el tiempo a meditar sobre los posible motivos de aquellos guerreros para atacar el Shinden y en la forma en que Sorlak lo había derrotado.

       Así, usando sus poderes de curación, Dende sanó las heridas de Piccolo y luego se acercó a Casiopea para repetir la misma operación. Tan pronto como el guerrero Namek y la princesa del planeta Francus recuperaron el sentido, Dende se desplazó hacia donde estaban Yamcha y Ten-Shin-Han para ayudarlos igualmente.

       —¿En dónde está Shiryu? —murmuró Casiopea mientras se incorporaba.

       A medida que los diferentes guerreros iban recuperando la conciencia, se iban ayudando los unos a otros a sanarse. Usando su magia, Leona restauró las energías de Zaboot con lo que el Guerrero Kundalini pudo ayudar a Shun respectivamente.

       Por ser un robot, Astroboy no necesitó que nadie lo ayudara. De hecho jamás había perdido el conocimiento, sino que se había quedado con poca energía y por consiguiente sin fuerzas suficiente para continuar luchando con Belcer. Hotaru, en tanto, se acercó a Dai y usando un pañuelo que su padre le había obsequiado en su último cumpleaños comenzó a limpiarle el rostro.

       Aún cuando sentía que no tenía poderes para curar a las personas, Saturn deseaba con todas sus fuerzas ayudar a su nuevo amigo. Tanto eran sus deseos que, inesperadamente, sus manos se iluminaron con una extraña luz. Fue en ese momento que recordó aquellos extraños poderes de curación que le habían hecho ganarse el miedo de sus compañeros de escuela en el pasado.

       Intrigada, se miró la mano unos momentos y así comenzó a recordar algunos fragmentos de su vida previos a la batalla con Pharaoh 90 y su transformación en la legendaria Sailor Senshi de la destrucción. Por culpa de esos poderes los demás la habían tratado como a un fenómeno, pero ahora le ayudarían a sanar las heridas de Dai.

       Saturn dio un pequeño suspiro y luego colocó su palma sobre el pecho del Caballero del Dragón. En unos cuantos segundos, el cuerpo de Dai fue cubierto por la misteriosa luz que salía de la mano de Hotaru y con ello sus heridas comenzaron a sanar paulatinamente.

       Desvastador Estelar Hécate (Espacio cercano al planeta Génesis)

       Luego de recibir un aviso engañoso de la astronave Endoriana Juris-Alfa en donde se les informaba que ésta había sido capturada por los robots zuyua, Kali y Liria decidieron ordenarle a los pilotos del transporte en el que iban que cambiaran de rumbo y se dirigieran al Devastador Estelar Hécate. Una vez que aterrizaron en la enorme astronave de batalla imperial, las guerreras Khan les indicaron a los soldados que llevaran a José Zeiva al hospital cuanto antes.

       En cuestión de minutos, Kali y Liria llegaron al puente de mando y una vez ahí empezaron a analizar la situación de la batalla a través de los diferentes monitores y los radares. Los cazas endorianos que habían protagonizado el ataque contra el Megaroad-01 y las otras naves terrícolas que la acompañaban habían empezado a aparcar en los mulles de los Devastadores imperiales.

       El número de bajas había sido mayor al proyectado, lo cual indicaba que las fuerzas a las que se habían enfrentado poseían un armamento sofisticado y que los Guerrero Estelares del emperador Zacek eran bastante peligrosos. Los informes r proporcionados por sus espías eferentes a la efectividad de los Transformables no habían sido del todo precisos.

       —Hemos confirmado la muerte del almirante Jasanth —les informó el capitán de la nave.

       Liria miró al oficial y asintió con la cabeza. Jasanth era uno de los pocos militares leales a José Zeiva y al imperio de Abbadón. Sin duda su fallecimiento iba a dejar un enorme vacío dentro de la cadena de mando militar endoriana, un vacío que aquellos que no estuvieran de acuerdo con la alianza de N´astarith podrían aprovechar para iniciar una deserción en masa.

       —Míralos —musitó Kali con la vista puesta sobre una imagen de la nave Tao que se mostraba en la pantalla principal—. Seguramente deben estar tratando de comunicarse con los tripulantes de esas naves. El príncipe Saulo y ese tal Zacek son una amenaza para los planes del emperador.

       —Tal vez sí, tal vez no —repuso Liria, que lo único que quería en ese momento era volver a Armagedón cuanto antes—. Lograron infringir graves bajas a los Endorianos, pero todos sus ataques fueron inútiles contra nuestras naves. El campo de fuerza tiene el poder necesario para repeler cualquier ataque de ellos.

       Kali se acarició la barbilla y sonrió maliciosamente.

       —Quizás sea verdad, pero me parece un tanto extraño que los Transformables hayan capturado la Juris-Alfa con tanta facilidad. Sí tomamos en cuenta que la nave del capitán Zerteth estaba fuera del área de combate, resulta ilógico pensar que esos robots la tomaran sin haber encontrado resistencia, ¿no lo crees?

       —No lo sé, recuerda que algunos de esos robots poseen la facultad de hacerse invisibles —murmuró Liria en tono pensativo—. Quizás lograron acercarse sin que nadie los notara y después se apoderaron de la nave antes de que la tripulación pudiera hacer algo.

       —O tal vez desertaron y aprovecharon el caos para evitar represalias.

       —Eso no lo sabemos, Kali.

       La Khan de la Destrucción fijó su mirada en la imagen de la Juris-Alfa por unos segundos y meditó sobre lo qué debía hacer a continuación. Sí la nave endoriana estaba en poder del enemigo o se había rendido deliberadamente era una cuestión imposible de averiguar en ese momento. La ordenes del emperador exigían a cualquier servidor de Abbadón aniquilar a los desertores sin piedad, pero en caso de duda la decisión de abrir fuego o no recaía directamente sobre el comandante en turno.

       Con José Zeiva herido y Jasanth muerto, Kali había asumido el liderazgo de la misión imperial y por consiguiente era la encargada de decidir la suerte final de la Juris-Alfa. José Zeiva hubiera ordenado disparar contra la nave supuestamente capturada sin siquiera detenerse a pensar en la vida de los tripulantes. Sin embargo ella no tenía ningún interés en matar a algunos cuantos endorianos, aún cuando estos hubieran optado por desertar o rendirse fácilmente al enemigo.

       —¿Cuáles son las ordenes, mi lady? —preguntó el capitán de la nave.

       Liria dirigió una mirada de preocupación hacia su compañera de armas. En su interior sentía que sí se disparaba contra la nave endoriana sería un asesinato a sangre fría  a pesar de las ordenes emitidas por el emperador. Una cosa era luchar en batalla contra el enemigo y otra muy distinta disparar contra sus propios compañeros por sorpresa.

       —Te noto muy preocupada, Liria —murmuró Kali sin apartar la mirada de la pantalla—. ¿Qué te ocurre, amiga? Esta es una guerra, recuérdalo.

       Liria se acercó unos pasos hacia su compañera. La miró duramente y le respondió:

       —La guerra es cuando el contrario se defiende.

       Kali llevó la vista hacia la Khan de la Naturaleza y sonrió antes de hablar.

       —Tal vez eso sea cierto, pero sí los dejamos vivos podrían ocasionarnos mayores problemas en el futuro. Es por eso que he decidido destruir ese planeta para dejar que la explosión y los restos se encarguen de todos.

       —¿Hablas en serio? —le preguntó Liria.

       —Por supuesto, ¿por qué otra razón crees que los dejé con vida? Pude haberlos aniquilado sin dificultad, pero no quise arriesgarme a que la gema de los Titanes fuera destruida por error. Ahora terminaré lo que dejé inconcluso.

       —Pero, las naves que la Alianza usa tienen la capacidad de atravesar barreras dimensionales —le recordó la Khan de la Naturaleza—. Aún cuando pudiéramos dispárale al planeta y destruirlo, ellos podrían huir a tiempo cruzando un umbral dimensional.

       —Es verdad, ellos podrían escapar sí quisieran, pero no lo harán.

       —¿Por qué estás tan segura? —inquirió Liria, alzando una ceja.

       —Es bastante simple, amiga —repuso Kali, alargando un brazo para señalar  la flota de la Megaroad-01en la pantalla—. No creo que esas naves tengan esa habilidad y sí Saulo y sus amigos actúan como siempre lo hacen, tratarán de salvarlos a cualquier costo, incluso sí esto implica perder sus vidas. —La Khan de la Destrucción giró el rostro hacia el capitán del Devastador para darle instrucciones—: Capitán, ordene a todas las naves dirigirse hacia las coordenadas donde se abrirá el portal dimensional que nos llevara a casa. Mantenga los escudos arriba en caso de cualquier inconveniente y preparé las armas.

       El capitán de la nave respondió con un saludo militar y se giró hacia sus hombres para darles ordenes. Kali, por su parte, dedicó una última mirada a la nave Tao que volaba cerca delMegaroad-01 y sonrió. 

“La victoria está ya muy cerca”, pensó. “Muy pronto el emperador N´astarith tendrá en sus manos el poder de la leyenda”

        Mientras la enorme nave comenzaba a alejarse, Liria se aproximó a la ventana frontal del puente y contempló a la Juris-Alfa y al planeta Génesis. A medida que el Devastador Hécateavanzaba por el espacio, la nave endoriana se iba haciendo más pequeña. 

        —¿Por qué presiento que la tripulación de la Juris Alfa desertó? —musitó en voz baja, tocando la ventana con los dedos—. ¿Realmente es necesario sacrificar tantas vidas con tal de lograr nuestros fines? ¿Qué es lo que estamos haciendo en realidad? ¿En qué nos hemos convertido? 

Shinden (Templo de Kami-sama) 

       Mientras Dende se dedicaba a curar a Seiya, la princesa Leona usaba sus últimas energías para sanar a Kurinrin y a Gohan. Al mismo tiempo, Piccolo había empezado a hablar con Zaboot y Casiopea acerca de los Khans y los motivos de estos para atacar el Shinden. Por otra parte, Yamcha, Ten-Shin-Han, No. 18, Vejita, Trunks y Mr. Popo, Shun y Astroboy permanecían a la expectativa escuchando todo con atención. 

        —Antes que cualquier cosa quiero darles las gracias por ayudarnos —dijo Piccolo con las miradas de Casiopea y Zaboot puestas en él—. Pero también deseo saber quiénes son ustedes y qué relación tienen con esos sujetos que nos atacaron.

        Casiopea dio un paso al frente. 

        —Mi nombre es Casiopea, soy hija de Eolo, soberano del planeta Francus, y Guerrera Celestial al servicio de la Alianza Estelar. Nosotros venimos de otro universo diferente al suyo para prevenirlos de un grave peligro que amenaza su mundo.

       Todos los Guerreros Zeta se quedaron perplejos al escuchar aquellas palabras. ¿Un nuevo peligro amenazaba la Tierra? Piccolo no estaba seguro, pero por alguna razón sospechó que el ataque al Shinden era solamente el principio de una nueva batalla que determinaría el destino de la Tierra.

Continuará… .

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