Leyenda 078

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO LXXVIII

LA RISA, REMEDIO INFALIBLE

        Armagedón. 

        El salón del trono, recinto desde donde N´astarith ejercía el mando del más poderoso ejército estelar, era una habitación oscura, silenciosa y hasta cierto punto, tétrica. Estaba ubicada en la cima de una torre negra, la cual se alzaba como una larga aguja sobre la superficie de la enorme fortaleza estelar. Aún cuando Armagedón estaba protegida por un campo de fuerza impenetrable y poseía cientos de baterías turbo láser para hacer frente a todo tipo de ataques, numerosas naves cazas patrullaban constantemente las zonas aledañas a la enorme torre.

        Cuando José Zeiva y Jesús Ferrer apenas estaban construyendo Armagedón, ambos deseaban tener un salón desde donde pudieran tener una vista de las estrellas, discutir la política interna del imperio y al mismo tiempo recibir a los representantes diplomáticos de los planetas extranjeros. Por tal razón, mandaron construir una torre en cuya cúspide estaría una sala que serviría para tales propósitos; con el paso tiempo aquélla habitación se convertiría en el salón del trono. En aquellos lejanos años ninguno de los dos imaginaba siquiera que  al final sería otro emperador quien acabaría ocupando dicho recinto.

        La única entrada era a través de un elevador que ascendía desde la parte media de la torre y cuyo acceso era custodiada por un destacamento de guardias totalmente leales al emperador. Además de los guerreros del imperio, sólo los oficiales de mayor rango del ejército y los alto dignatarios políticos tenían entrada libre al salón del trono.

        Para N´astarith aquella habitación era una especie de santuario, un lugar en donde podía pasar horas enteras sin ser molestado. Era el sitio perfecto para meditar sobre sus propósitos y futuros planes con relación al nuevo orden que instauraría al ganar la guerra. En aquel momento estaba repasando con cuidado la estrategia que, según él, culminaría con la derrota definitiva de la Alianza Estelar. Mientras reflexionaba reconoció de mala gana estar sorprendido de que aquella alianza aún existiera pese a sus enormes esfuerzos por destruirla.

        La guerra por el control de la galaxia era salvaje y encarnizada, pero hasta el momento seguía siendo favorable para Abbadón. Por ello mismo le parecía impensable que aún quedaran sistemas estelares que continuaran luchando contra su imperio. La invencibilidad de sus ejércitos había quedado ampliamente demostrada con las últimas y fulminantes campañas. En doce días Arquilia, con sus enormes acorazados dotados de aniquiladores fotónicos, quedó derrotada. Poco después, tras una heroica resistencia, los ejércitos virodumunitas, capitulaban dejando que las fuerzas expedicionarias aliadas libraran una desperada acción de retaguardia contra los Devastadores Estelares de Abbadón.

        La Alianza Estelar seguía perdiendo aliados en todas partes, pero de todas manera se resistía a desaparecer. En un principio creyó que al acabar con los Caballeros Celestiales iba a conseguir desmoralizar a todos sus enemigos, pero para su mala suerte eso nunca ocurrió. Imagino entonces que tal vez serían el príncipe heredero del planeta Endoria, Lazar y algunos otros líderes quienes instigaban constantemente a toda la galaxia a luchar contra Abbadón. Tampoco podía ignorar que ahora que los meganianos lo habían abandonado, estos iban a unirse a la Alianza para pelear en su contra. Seguramente los dirigentes aliados iban a usar ese hecho para demostrar a sus partidarios que el dominio de Abbadón no era absoluto. 

        N´astarith estaba consciente de que para aplastar a la Alianza Estelar, primero tenía que darles un golpe lo suficientemente fuerte como para desmoralizar a todos sus líderes y partidarios. Una sonrisa apareció en sus labios. El ataque que la armada de algunos países de la Tierra iba a efectuar en algunos días era justo lo que necesitaba. Estaba por encender uno de los monitores para hablar con Mantar, pero en ese momento las puertas del ascensor se abrieron de repente.

        Cyntial, una mujer regordeta y de corta estatura salió del elevador y subió por las escalinatas que llevaban hasta el trono imperial. Portaba una armadura negra con adornos púrpura y sobre sus espaldas llevaba una capa roja. Cuando finalmente estuvo frente al emperador de Abbadón, se detuvo, hizo una genuflexión y luego bajó la cabeza lentamente en señal de respeto.

        —Mi señor, la Khan de la Serpiente Marina, la más leal de todos los guerreros del gran imperio de Abbadón, se encuentra ante usted.

        N´astarith alzó una mano.

        —Levántate, Cyntial, dime ¿en donde se encuentran Fabia, Astarte y Maciel?

        —Estarán aquí muy pronto, mi señor —respondió la guerrera luego de ponerse de pie—. Hace un momento me comunique con ellas por medio de mi escáner visual y su nave llegará aArmagedón en cualquier momento. No se preocupe por nada.

        —Comprendo —siseó N´astarith—. Por cierto, me causó un enorme placer el saber que lograron dominar completamente la república de Dajbog en poco tiempo. Desgraciadamente aún existen personas que intentan destruir todo lo que hemos construido y eso es algo que me está molestando bastante.

        —¿Quiénes son esos insolentes, mi señor? —exclamó Cyntial, fingiendo una gran aflicción—. Sí me dice quiénes son y en donde se encuentran, yo personalmente le aseguró que iré y acabaré con ellos sin ninguna dificultad. Mi señor, sabe muy bien que yo haría todo lo que usted me pidiera para complacerlo.

        —No te precipites, Cyntial, te explicaré todo una vez que los demás Khans hayan llegado. Estoy seguro que ninguno de ustedes me defraudará. Sí.

        Shinden (Templo de Kami-sama)

        Piccolo observó detenidamente a Zaboot y luego de unos segundos, pudo percibir como la energía interna del Guerrero Kundalini iba aumentando en tamaño y poder. No estaba seguro de las capacidades de aquel individuo, pero confiaba en que quizás podría llevarlos a todos hasta planeta de Dende con la ayuda de Kaiou-sama. Después de todo, él mismo era testigo de la forma en que Casiopea, Shiryu y los otros habían aparecido en el templo sagrado para pelear contra los Khans.

        “Esto es extraño”, pensó Zaboot mientras se concentraba. “Puedo sentir dos presencias poderosas; una debe ser la de ese hombre llamado Gokuh y la otra sin duda es la del tal Kaiou-sama. Sin embargo, todavía no puedo percibir ningún tipo de enlace mental, ¿qué será lo que sucede?”.

        —No sucede nada malo —se escuchó decir a una voz que sólo Piccolo, Yamcha y Ten-Shin-Han pudieron identificar claramente. Casi al instante, Zaboot abrió los ojos—. Lo que sucede es que antes de ayudarlos, primero deben pasar una prueba.

        —Kaiou-sama —murmuró Yamcha, alzando la vista al cielo.

        —¡¿Qué fue lo que dijiste?! —gruñó Piccolo, apretando un puño—. ¡Kaiou-sama, ahora no tenemos tiempo para esa clase de juegos!

        —Vaya, la voz de ese Kakaroku si que cambió de repente —comentó Eclipse.

        —No, ese no es Gokuh —le aclaró Ten-Shin-Han—. La persona a la que acaban de escuchar es nada menos que Kaiou-sama.

        —¿Esa es su voz? —inquirió Casiopea a su vez, incrédula—. ¿Y cómo es eso de que va a ponernos a prueba? ¿De qué rayos está hablando, Piccolo? Creí que dijiste que ese sujeto iba ayudarnos.

        —¿Una prueba? —musitó Sailor Saturn sin entender nada.

        Las palabras de Kaiou-sama habían provocado el desconcierto y la confusión de la mayoría de los presentes, incluidos Gohan Trunks y Kurinrin. ¿Por qué Gokuh no les había dicho que aquel dios del Más Allá planeaba ponerlos a prueba antes de ayudarlos? Enseguida, casi todos comenzaron a especular sobre el tipo de prueba que Kaiou-sama iba a ponerles.

        Hyunkel pensó que quizás iba a pedirles que buscaran algún tipo de objeto sagrado mientras que Casiopea y Zaboot creyeron que quería preguntarles alguna cuestión filosófica para averiguar si eran o no aptos para usar las esferas del dragón. Piccolo, que ya conocía las intenciones de Kaiou-sama gracias a su experiencia en el Más Allá, estaba rabiando en tanto que Gohan y Kurinrin lo observaban sin saber la razón real de su enojo.

        —Oye, Piccolo, ¿te ocurre algo malo? —le preguntó Kurinrin, pero el guerrero namek ni siquiera lo miró y continuó apretando los dientes con furia.

        Los Santos de Bronce eran quienes sabían mejor que nadie como en ciertas ocasiones los dioses solían poner a prueba a los mortales para conocerlos mejor. Por eso lo dicho por Kaiou-sama no los había sorprendido tanto como a los demás. Si ese dios del Más Allá quería someterlos a prueba, ellos estaban de acuerdo.

        —Oigan, amigos, ¿qué clase de prueba será la que quiere pedirnos ese dios? —preguntó Shun a sus compañeros—. ¿Acaso querrá que derrotemos a algún enemigo?

        —Sea lo que sea estoy listo para enfrentarlo —anunció Seiya, mostrándose muy confiado—. Solamente espero que esto valga la pena y podamos volver cuanto antes al lado de Atena.

        —Nunca es fácil entender las intenciones de los dioses —dijo Shiryu, imaginando que tal vez Kaiou-sama iba a pedirles que arriesgaran sus vidas para demostrarle la veracidad de sus palabras—. No obstante, debemos confiar en que esta experiencia quizá nos ayude a enfrentar mejor al enemigo.

        Poppu, por su parte, estaba intrigado y al mismo tiempo molesto. A su juicio, tenían demasiados problemas encima como para que alguien, aunque éste fuera un dios, quisiera someterlos a una prueba a cambio de ayudarlos. Quizás  interpelar a un dios era considerado una falta grave, pero se sentía tan frustrado que pasó por alto ese detalle y decidió arriesgarse.

        —Oiga, aunque usted sea un dios no puede hacernos eso —protestó de repente—. Sí de verdad quiere ayudarnos, hágalo de una vez. ¿Qué no ve que tenemos prisa?

        —Eso es cierto —convino Ryoga en apoyó de Poppu.

        —¡¡¡Silencio!!! —ordenó Kaiou-sama con un grito—. Sólo deben hacer reír al as de los chistes, al gran Kaiou-sama, con alguno de sus ingenios. Sí no pasan esa prueba, no lo ayudaré a encontrar el planeta de los namek.

        Al oír semejante petición, poco falto para que los que desconocían a Kaiou-sama se fuesen de espaldas al suelo. Incluso hubo algunos como Astroboy que llegaron a pensar que habían escuchado mal o que tal vez no habían entendido las palabras de Kaiou-sama. Sea como fuera, Casiopea y los demás quedaron más confundidos que antes. Vejita, en tanto, frunció el entrecejo y profirió mentalmente miles de insultos contra el dios del Más Allá; todo lo que estaba ocurriendo le parecía absurdo.

        “Como les gusta perder el tiempo a estos insectos”, pensó.

        —Ese sujeto quiere que le contemos un chiste —murmuró Trunks.

        Dai, por su parte, había quedado perplejo luego de escuchar a Kaiou-sama. Tras un momento de reflexión en el que se quedó mirando el suelo, se giró hacia donde estaba Poppu para formularle una pregunta.

        —Oye, Poppu, ¿qué es un chiste?

        Aquello fue la gota que derramó el vaso. Inmediatamente, Poppu inclinó la cabeza hacia un costado y dobló el brazo derecho como sí quisiera apartarse del chico. Luego, la más devastadora furia y la más completa desesperación se apoderaron de él.

        —¡¡¿Cómo es que no sabes lo que es un chiste?!! —le reclamó Poppu con tal fuerza que Dai sintió como sí se estuviera encogiendo—¡Pero ¿cómo es posible que no sepas eso?!

        —Poppu, no me grites.

        —¿Quiere que le contemos un chiste? —musitó Eclipse por su lado—. Hombre, yo soy todo un experto en ese campo. ¿Quieren que les cuente ese del por qué el pollito cruzó el camino?

        Sin perder tiempo, Casiopea se acercó rápidamente a Eclipse y le cubrió la boca con una mano. Estaba convencida de que sí el espía abría la boca, todo se iría por los suelos. Era imposible que ese tal Kaiou-sama les estuviera pidiendo algo tan vano como que le contaran un chiste. Seguramente todo debía ser producto de una confusión.

        —¡Cállate, Eclipse, no digas esas tonterías! —le reprendió la princesa de Francus, sonriendo con nerviosismo—. Debimos haber entendido todo mal.

        Sailor Saturn, Gohan y Shun  se miraron entre sí esperando que aquello fuera cierto.

        —¿Un chiste? —murmuró Seiya—. Oigan, ahora no tenemos tiempo para bromas.

        —¡No son bromas! —replicó Kaiou-sama, molesto—. Sí no pueden contarme un buen chiste, mejor olvídense de ir al planeta Namek porque no los ayudaré.

        —Que complicados son los dioses de este mundo —comentó Shun con hastío.

        Astroboy giró su rostro hacia donde estaba Ryoga. Siendo un robot, él no poseía una noción clara sobre el sentido del humor de los humanos y, aunque tenía la capacidad de reír ante situaciones graciosas, le resultaba un poco complicado entender el significado de los llamados chistes o bromas.

        —¿Tú conoces algo que pueda hacer reír a ese señor llamado Kaiou-sama?

        Ryoga se cruzó de brazos y bajó la mirada mientras pensaba. Ciertamente, a través de sus muchos viajes por Asia, le había tocado escuchar toda clase bromas por medio de la gente que ocasionalmente conocía, pero lo cierto era que en ese momento no recordaba ninguno que, a su juicio, fuera lo suficientemente bueno como para contarlo.

        —Ahora no recuerdo ningún chiste que sea bueno.

        —¡¿Pero qué clase de dios es ese?! —exclamó Leona, mirando a Dende como sí lo estuviera acusando de aquella situación—. ¡¡Jamás he escuchado que un dios pidiera algo tan absurdo como que le contáramos un chiste!! ¿Qué clase de mundo es este? 

         —No te enfades con Dende, por favor —le calmó Yamcha, alzando las manos y sonriendo con algo de nerviosismo—. La verdad todo esto no es tan difícil como parece. Sólo cuéntenle algo que lo haga reír y asunto arreglado.

        —Que extraño es todo esto —comentó Kurinrin, que no podía creer lo que sucedía.

        —Yamcha tiene razón —le aseguró Piccolo a Casiopea—. Al gordito Kaio le encantan los chistes, aunque estos sean malos. Tan sólo hagan que se ría con algo y luego nos ayudará. Yo también creo que esto es estúpido, pero no existe otro camino.

        —¡Basta de tonterías! —exclamó Eclipse, arremangándose la chaqueta—. Sí lo que ese Kaiou-sam quiere es un chiste, yo voy a dárselo. —Guardó silencio, luego cerró los ojos y frunció la frente como sí estuviera haciendo un gran esfuerzo. Finalmente, levantó los párpados y gritó—: ¡¡Una barra embarrada!!

        El Más Allá. 

        Al escuchar aquel simple y sencillo juego de palabras, Kaiou-sama sintió como si acabara de ser embestido por una descarga de energía destructiva. De repente comenzó a sentir un leve cosquilleo en la boca del estómago y experimentó unos enormes deseos de soltar una risotada. No obstante, al final logró contenerse tapándose la boca con ambas manos y frunciendo los labios.

        —Una barra embarrada… .

        —¡Eso es, amigos! —festejó Gokuh—. ¡Uno más!  

        A diferencia de lo que ocurría en el Más Allá, la mayoría de los que se encontraban en el Shinden no pensaban que el chiste de Eclipse fuera gracioso, mucho menos bueno. Al contrario, creían que aquélla era la peor broma de todo el universo y que incluso el espía merecía ser linchado por haber pronunciado semejante barrabasada. Incluso Hyunkel, Shiryu y Piccolo experimentaron algo de pena ajena por el enmascarado.

        —¿A eso le llamas chiste? —le preguntó Casiopea, furiosa—. ¡Eres un idiota!

        —¡Lo vas a arruinar todo! —exclamó Seiya.

        Eclipse, sin embargo, ignoró las protestas y prosiguió.

        —Este es mejor que el anterior: ¡Una maña amañada!

        “Ese maldito”, se dijo Vejita, apretando los dientes. “Merece morir”.

        Esta vez Kaiou-sama no pudo soportarlo ni un minuto más. Se inclinó unos centímetros hacia delante mientras con la boca aún cubierta y tras unos segundos de hacer esfuerzos para no reírse, finalmente rompió en carcajadas. Gokuh observó lo ocurrido y no omitió sonreír con gusto. Al fin, el dios del Más Allá estaba riéndose como loco.

        —¡Eso es, Kaiou-sama se ha reído!

        —¡¡¡Ja, Ja, Ja, Ja, Ja, Ja, Ja, Ja, Ja, Ja, Ja, Ja, Ja, Ja!!!  

        Las carcajadas de Kaiou-sama podían oírse con toda claridad incluso en el templo de Kami-Sama. Algunos como Gohan estaban alegres por haber pasado la prueba con éxito mientras que otros se preguntaban cómo era que un dios pudiera ser tan ramplón. Zaboot no quiso especular, pero supuso que el sentido del humor de Kaiou-sama era otro de esos grandes misterios para los cuales no había explicación.

        —¡Ahora sí ya la hice! ¡Logré que Kaiou-sama se riera! —gritó Eclipse, haciendo la señal de la victoria con la mano derecha. Enseguida, miró hacia donde estaban Ryoga, Astroboy, Poppu, Leona, Seiya, Shun y Kurinrin y les dijo—: ¿Cómo les quedó el ojo, babosos? Sí bien dicen que la risa es un remedio infalible.

        —No abuses de tu suerte —le advirtió Ryoga.

        —¿Quién te crees que eres para insultarnos? —exclamó Leona con ferocidad.

        —Al menos ahora sí el gordito Kaio nos ayudará a encontrar el planeta de Dende —comentó Piccolo, desenfadado—. Una vez que hayamos revivido a Gokuh  podremos pensar mejor las cosas. 

         —¡Viva! —gritó Gohan, dando un salto—. ¡Vamos a revivir a mi papá!

        Al ver la reacción de Gohan, Sailor Saturn dejó escapar una leve sonrisa de alegría. Quizá ella  mejor que nadie sabía lo que era amar a un padre. 

        —Vaya, no sabía que algún día Eclipse sería de utilidad en algo —confesó Casiopea.

        —Dímelo a mí —dijo Zaboot—. ¿Quién en su sano juicio se reiría con esos chistes?

        Astronave Churubusco. 

        Uno de los soldados francusianos consultó su reloj y vio que habían pasado al menos cuarenta minutos desde que Sailor Venus había entrado a la habitación donde estaba confinado Josh. Extrañado, decidió asomarse un momento para averiguar la razón por la cual la chica tardaba tanto. Cuando lo hizo, vio que la Sailor Senshi permanecía sentada sobre la cama y que Josh estaba parado justo frente a ella; ambos tenían los ojos cerrados y estaban rodeados por un aura de energía de color esmeralda.

        —¿Qué demonios es lo que pasa aquí?

        —Están hablando telepáticamente —le explicó el segundo guardia.

        Josh continuó mirando los restos del antiguo palacio imperial de Adon. Había tantos recuerdos sepultados en aquellas ruinas que el chico no pudo evitar sentirse mal y dejó escapar una pequeña lágrima de tristeza. 

        —Es que a veces siento que toda esta guerra es por mi culpa. Si hubiera convencido al señor Jesús de lo que realmente sucedía, yo… . 

         —No te culpes por el pasado, Josh —insistió Sailor Venus en un nuevo intento por consolarlo—. Es mejor vivir el presente y tratar de forjar nuestro futuro.

        El chico volvió el rostro hacia Minako y sonrió con tristeza. Los recuerdos de la destrucción en Adon lo habían atormentado durante mucho tiempo y a menudo se decía a sí mismo que quizá sería mejor olvidarse de ello y continuar con su vida, tal y como se lo aconsejaba Sailor Venus en ese momento. Pero por alguna extraña razón sentía que no podía olvidar todo tan fácilmente, al menos no hasta que Jesús desterrara todo el odio que sentía en su corazón. 

        Sailor Venus intuyó que lo mejor era cambiar de tema, así que sujetó el medallón que colgaba del cuello de Josh para mirarlo. El chico se sonrojó ligeramente y su pulso se aceleró.

        —Josh, ¿qué simboliza el medallón?

        —Es el emblema de la familia real de Megazoar —explicó él, tratando de que la Sailor Senshi no percibiera su creciente nerviosismos—. También representa la fuerza y el valor del guerrero legendario que protege al universo.

         —¿Guerrero legendario? —repitió Minako, soltando el medallón y alzando la cara para mirarlo a los ojos—. ¿Ese guerrero legendario tiene algo que ver con la leyenda de las doce gemas que mencionó Asiont cuando estábamos en Tokio?

        —Creo que sí, bueno, eso pienso —respondió Josh, desviando la mirada hacia un costado para no tener que verla a la cara. Ahora se sentía más nervioso que antes—. De acuerdo con una leyenda de Megazoar, un extraordinario guerrero surge cada 24 mil años. Este guerrero tiene el poder de destruir todo lo que hay en el universo. No se sabe en dónde nacerá, ni cuando lo hará. Se dice además que nadie que haya peleado con él ha vivido para contarlo, incluyendo reyes y guerreros muy poderosos.

        —¿Y en qué se relaciona con la leyenda de las doce gemas?

        —Bueno, en la leyenda de las doce gemas se menciona que en el momento en que alguien trate de apoderarse del poder que encierra el Portal Estelar, aparecerá un guerrero muy poderoso llamado guerrero Káiser. La descripción que se hace de este guerrero Káiser es muy semejante a la del guerrero legendario del que se habla en Megazoar.

        —Guerrero Káiser —murmuró la Inner Senshi—. Entonces sí ese guerrero tan poderoso estuviera de nuestro lado, podríamos vencer al enemigo con seguridad. ¿No lo crees?

        —No lo sé, la fuerza de N´astarith y sus Khans está más allá de nuestra imaginación. Yo antes solía pensar que no había nadie más fuerte que el señor Jesús, pero después de luchar con los guerreros de Abbadón veo que estaba equivocado. Ahora ya no puedo estar seguro de nada.

        Minako alzó la mirada por encima del chico y observó la devastación de la antigua capital de Adon. En la distancia se podían observar edificios que se mantenían de pie, con las ventanas destrozadas. 

        —No entiendo —susurró—. ¿Quién pudo hacer todo esto?

        Josh se dio la media vuelta y contempló las mismas ruinas que Sailor Venus estaba mirando. A menudo solía hacerse la misma pregunta. La versión oficial, que era la más aceptada por la mayoría de los meganianos, era que José Zeiva había atacado el planeta usando armas muy potentes, sin embargo Josh siempre creyó que eso no era del todo cierto y que otra persona era el verdadero responsable de ese desastre. 

        —Todos aseguran que fue el emperador José Zeiva, pero no creo que haya sido él.

        —¿El emperador José Zeiva? Ahora que lo mencionas, escuché ese nombre durante la audiencia del Consejo Aliado. Él era un amigo de Jesús, ¿cierto?

        —Así es, señorita Minako —replicó el chico, volviéndose hacia ella nuevamente—. Ellos se hicieron amigos hace mucho tiempo y compartían el sueño de luchar por la justicia. En un principio, ambos querían terminar con las continuas guerras que asolaban a la galaxia, pero después todo se complicó y se enemistaron. Cuando esto sucedió, el señor Jesús quedó muy dolido ya que consideraba al emperador José casi un hermano. Imagine el dolor que sintió cuando creyó que él había sido el causante de la muerte de su familia.

        Sailor Venus no supo que decir. Ahora comprendía mejor la razón por la que, aún cuando Jesús hubiera cometido grandes errores, Josh aseguraba constantemente que muy en el fondo el antiguo emperador de Adon no era una mala persona. Por unos instantes recordó la breve conversación que había sostenido con Jesús poco antes de que las Khans atacaran el museo de historia. 

        Minako enarcó una ceja. Por alguna razón imaginó que Jesús sentía una gran tristeza y amargura por dentro. Era como sí pudiera percibir a través de sus palabras un dilema moral que sostenía en su interior.

         —¿Qué es lo que te atormenta? —le inquirió mientras se llevaba la cuchara a la boca. 

        Jesús no respondió nada. Esa pregunta le hizo recordar a su esposa e hijo. 

         —No entiendo lo que te ocurre —añadió Minako—. Pero de seguro tus amigos te ayudaran.

         —Yo creí que conocía lo que era la amistad —replicó Jesús, haciendo un marcado énfasis en la palabra “amistad”—. Pero todos en los que he confiado me han traicionado. 

        —Ahora comprendo porque decía eso —murmuró—. Y sí a pesar de todo decidió ayudarnos, eso quiere decir que no es tan malo. Espero que las personas que lo están juzgando se tomen la molestia de averiguar su vida.

        —Yo también lo espero, señorita Minako.

        —Te agradezco que me hayas mostrado todo esto, Josh, ahora comprendo mejor el por qué Jesús actuó de esa maneta. Espero que aún haya tiempo para que rectifique.

        Josh sonrió levemente. Sí Sailor Venus había logrado llegar a entender el dolor de Jesús, entonces quizás otras personas también lo harían. Finalmente podía ver un rayo de esperanza entre tanta oscuridad.

        —Es el momento de volver a la realidad. 

         Cuando Sailor Venus abrió los ojos soltó un suspiro. Nunca antes había experimentado algo parecido a aquella comunicación telepática. Todo lo que había tenido oportunidad de ver dentro de su mente había sido tan real y excitante que parecía increíble que aún estuvieran en la astronave Churubusco.

        —Eso fue asombroso, Josh —reconoció Minako, sonriendo.

        El chico bajó la cabeza un poco para no tener que mirarla a los ojos. Era extraño, pero por alguna razón la presencia de Sailor Venus lo ponía sumamente nervioso, sobre todo cuando la tenía tan cerca de él.

        —Me alegra que le haya gustado, señorita… .

        —Por favor, llámame solamente Minako o Sailor Venus.

        Josh frunció una tenue sonrisa y se ruborizó ligeramente.

        —Está bien…, Minako.

        Sailor Venus le devolvió la sonrisa, un tanto divertida con la reacción de su amigo.

        —¡Ejem! —carraspeó uno de los guardias, atrayendo de inmediato la atención de ambos—. Lo lamento, señorita, pero el tiempo para las visitas terminó. Temo que voy a tener que pedirle que salga, por favor.

        La Inner Senshi se puso de pie y asintió con la cabeza. No tenía caso solicitar que le brindaran más tiempo ya que, a juzgar por la expresión hosca de los dos soldados, sabía que nada de lo que dijera podría persuadirlos de que aceptaran. Al menos había logrado averiguar algo más sobre Jesús Ferrer y eso era lo que contaba. Antes de emprender el camino hacia la salida, se volvió hacia Josh para despedirse.

        —Me dio gusto platicar contigo, espero que podamos encontrarnos de nuevo —dijo ella y a continuación se encaminó hacia la puerta. Antes de salir, giró el rostro hacia el chico y le guiñó un ojo de forma coqueta. Josh se quedó petrificado y sólo alcanzó a levantar una mano.

        —Adiós —fue lo único que alcanzó a articular.

        Megaroad-01 (Puente de mando) 

         Kim estaba terminando de revisar el informe preliminar que Shammy había hecho de las bajas, pero cuando Emily le avisó de una nueva progresión matemático que estaba llegando de la nave con forma de platillo, la oficial Kaviroff dejó lo que estaba haciendo para atenderla. En el mensaje se encontraban los datos necesarios para ajustar los monitores del Megaroad-01 en una frecuencia común que les permitiría hablar en directo con los tripulantes de la nave extraterrestre.

        —¿Lo revisaste con cuidado, Emily? —le preguntó Kim luego de leer el mensaje.

        —Lo hice dos veces seguidas —afirmó la oficial Zuno—. Aún queda una parte sin descifrar, pero todo parece indicar que se trata de una especie de advertencia sobre un posible ataque enemigo.

        —¿Un ataque dices? Sí es así debemos informar de esto a la almirante.

        Ambas oficiales se encaminaron rápidamente hacia donde estaba Misa, quien se en ese momento se encontraba con Hikaru, Claudia y el coronel Kageyama revisando un reporte de ingeniería que acababa de llegar con carácter de urgente.

        —El último informe señala que los sistemas de sustentos de vida no podrán soportar mucho tiempo sin reparaciones —estaba diciendo Hikaru cuando Emily y Kim se acercaron. Al ver a las dos oficiales, el comandante guardó silencio y esperó.

        —¿Qué es lo que ocurre? —preguntó Claudia, mirando fijamente a Kim y Emily.

        —Disculpe, comandante, pero acabamos de recibir un nuevo mensaje alienígeno procedente de la nave que nos ayudó —informó Emily—. En el mensaje nos dicen el tipo de frecuencia en la que operan sus monitores y sistemas de comunicación. Creo que también mandaron un aviso sobre un posible ataque enemigo.

        —¿Van a atacarnos de nuevo? —a Misa le recorrió un escalofrío

        —Aún no podemos confirmarlo, almirante —declaró Kim—. Como nos estamos comunicando por medio de progresiones matemáticas, tenemos que traducirlas y eso lleva su tiempo. No obstante, sí ajustamos nuestros monitores como nos sugieren en su mensaje, creo que podríamos hablar con los alienígenas directamente y preguntarles sobre esto.

        Misa sabía muy bien que sí el enemigo volvía a atacarlos, está vez iba a ser el fin de todos. El reciente encuentro entre la nave Prometeo y los enormes platillos le había demostrado que no importaba que tan buenas fueran sus naves, éstas jamás podrían ganar la batalla aún cuando usarán sus mejores armas. Tenía que averiguar sí de verdad planeaban volver a atacarlos antes de llevar la nave hacia una órbita más cercana a Génesis.

        —¡Almirante! —exclamó Shammy, levantándose de su asiento—. Acabó de recibir un mensaje del teniente Joseph Black. Parece que pudo entablar comunicación con las naves que nos ayudaron a luchar contra el enemigo.

        Emily no pudo disimular un gesto de alivio en su joven rostro. Cada vez que sus amigos realizaban una misión, ella siempre experimentaba un cierto grado de temor de que algo malo fuera a pasarles. Cuando les informaron que el Prometeo había sido destruido y que era necesario enviar Lightnings a combatir, ese ligero temor se convirtió en una verdadera angustia que la había estado atormentando desde que antes que comenzara la batalla.

        —Déjame hablar con él —ordenó Misa sin pensarlo mucho.

        Shammy ocupó su lugar nuevamente y presionó algunas teclas de su consola. En cuestión de segundo, una imagen clara del capitán Joseph Black apareció en una de las pantallas. Al ver a su amigo, Emily sintió unos deseos vehementes de decirle lo alegre que estaba de que verlo con vida y preguntarle sobre Hiroshi y Charles, pero también sabía que aquel no era el lugar ni el momento, así que se contuvo.

        —Almirante —saludó Black.

        —Capitán, me acaban de informar que logró hablar con los alienígenas que nos ayudaron a repeler el ataque enemigo. ¿Qué puede decirnos sobre ellos?

        —Según me informaron, ellos forman parte de una alianza interplanetaria que lucha contra unos alienígenas a los que llaman abbadonitas, que son los mismos que están en las naves gigantescas. También me dijeron que a bordo de su nave se encuentran algunos representantes de esa alianza y que ellos se encargarían de explicarnos todo. Por cierto, almirante, los robots que nos ayudaron no son naves tripulados, son organismos cibernéticos autónomos dotados de alguna clase de inteligencia artificial y con personalidad bien definida. Jamás había visto algo como eso en toda mi vida.

        —¿Inteligencia artificial? —murmuró Hikaru—. Es asombroso.

        —Capitán, ¿no sabe sí el enemigo planea un nuevo ataque? —se apresuró a preguntar Claudia La Salle.

        —Negativo, comandante, aunque el líder de los robots, el que tiene apariencia de samurai gigante y dice llamarse Karmatrón, nos acaba de informar que el enemigo planea bombardear el planeta Génesis. También nos pidió que regresáramos cuanto antes al Megaroad-01.

        —Buen trabajo, capitán —lo felicitó Misa—. Ahora quiero que todos vuelvan a la nave de inmediato. Sí habla con ese Karmatrón nuevamente dígale que en breve nos comunicaremos con ellos.

        —Sí, señor —repuso Black, y la pantalla se oscureció.

        Apenas el rostro del capitán Black desapareció del monitor, el mayor Kageyama se volvió hacia la almirante Ichijo para hablarle. Para un militar rudo y desconfiado como era él, todos los alienígenas eran invasores y por consiguiente no merecían ni la más mínima pizca de confianza.

        —Almirante, debo sugerirle que reagrupemos nuestras fuerzas cuanto antes. Quizás lo que esos robots planean es ahuyentarnos para luego quedarse con el planeta.

        —Pero, ¿qué dice, mayor? —replicó Hikaru—. Ellos fueron quienes nos ayudaron.

        —Tal vez, pero ¿cómo saber que no nos están engañando? A lo mejor esos abbadonitas que mencionaron no existen y dentro de esos platillos hay todo un ejército de robots asesinos. Incluso me atrevería a asegurar que se trata de una especie de máquinas inteligentes cuya única finalidad es el fin de la vida orgánica.

        —Por favor, no diga esa clase de cosas —Hikaru desestimó el argumento con un ademán—. Estoy de acuerdo en que debemos tener cuidado con ellos, pero de eso a que se trata de un ejército de robots asesinos, francamente me parece una tontería. Sí ellos quisieran eliminarnos lo hubieran hecho durante la batalla.

        —Parece que no está tomando las cosas con seriedad, comandante.

        —No, el que no entiende es usted.

        La discusión había llegado a un punto en que era necesaria la intervención de alguien para ponerle fin al asunto. Como en todas las conversaciones que sostenían, ni Hikaru ni Kageyama estaban dispuestos a ceder ante su rival. Claudia tenía deseos de pedirles que se callaran, pero prefirió dejarle ese placer a Misa.

        —Ahora no tenemos tiempo para este tipo de discusiones —declaró la almirante del Megaroad-01—. Lo que debemos hacer es averiguar si el enemigo planea o no atacarnos de nuevo. Según nuestros últimos informes, las naves con forma de platillo están acumulando una gran cantidad de energía y me temo que quizás traten de dispararnos.

        —Tiene razón, almirante —admitió Hikaru, aunque en el fondo hubiera preferido demostrar que los temores de Kageyama eran infundados—. ¿Qué es lo que haremos?

        Misa volvió la mirada hacia Kim y Emily y exhaló un suspiró.

        —¿Cuánto tiempo les tomaría ajustar nuestros sistemas de comunicación para hablar con los alienígenas?

        —Puedo hacerlo en un par de minutos —dijo Emily—. Es algo muy fácil de hacer.

       —¿De verdad? Pues hazlo ahora mismo.

        Emily se dirigió a su panel de control y empezó a trabajar afanosamente. Para cualquier otro oficial de comunicaciones en la nave reacomodar los canales de comunicación era una labor que tomaba al menos una hora, pero para Emily Zuno aquello resultaba pan comido. No por nada se le consideraba toda una especialista en tecnología de comunicación. Tras un momento,  terminó de ajustar los sistemas digitales ante la sorpresa de Kim y Hikaru.

        —La nueva configuración está lista, almirante.

        Una de las cosas que más apreciaba Misa de sus oficiales era la eficiencia con la que se conducían. Tal vez su tripulación no era la mejor del mundo, pero estaba segura de que todos trabajaban dando su máximo esfuerzo. Sin duda aquélla nueva oficial iba a encajar perfectamente en el puente de mando.

        —Bien, inicia la comunicación —ordenó. Luego se volvió hacia Hikaru—. Espero por el bien de la nave que esos alienígenas puedan aclararnos nuestras dudas.

         —Descuide, almirante, ellos nos ayudaron —le recordó Kim.

        Kageyama no se atrevió a abrir la boca de nuevo, pero muy en el fondo deseaba que la almirante tuviera razón en aquélla ocasión. Después de todo, sí los alienígenas resultaban ser hostiles, entonces las fuerzas expedicionarias iban a tener enormes problemas. 

       Continuará… .

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