Leyenda 075

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO LXXV

LAS ESFERAS DEL DRAGÓN

        Armagedón.

        Tiamat contempló fijamente su armadura del averno y frunció el ceño con rabia. Le costaba trabajo aceptar que su armadura hubiera resultada dañada en una batalla. Cuando no protegía el cuerpo de su dueño, las distintas partes de armadura adoptaban la forma de un dragón de siete cabezas. El Khan no podía soportar que lo hubieran burlado de aquella manera tan burda durante la batalla en el Santuario. No sólo no había obtenido la gema sagrada, sino que además había dejado con vida a la mayoría de los Santos de Atena sin mencionar a los dos Caballeros Celestiales a los que se había enfrentado.

        Debido a lo ocurrido, su posición como líder de los Khans estaba en riesgo y él lo sabía mejor que nadie. Para colmo de males, su ropaje sagrado había sido seriamente dañado luego de resentir los efectos de la poderosa Exclamación de Atena y los diversos ataques de los otros guerreros. Era difícil creer que una de las armaduras del averno hubiera sido dañada después de un ataque, sobretodo la del Dragón. La armadura de Tiamat era una de las más poderosas que existían en toda la galaxia. Nunca había presentado una sola rasgadura en todo el tiempo que tenía de llevarla puesta.

       N´astarith se la había entregado en la cima del volcán más grande del planeta Abbadón muchos años atrás, sin embargo él recordaba aquella ocasión como sí hubiera ocurrido un día antes. Había sido uno de los momentos más importantes en su carrera como guerrero imperial de Abbadón.

       Era de noche cuando un soldado le dijo que el emperador lo estaría esperando en el punto más alto del monte Kairus para entregarle una de las armaduras que sólo usarían los guerreros de elite. Había sido el primero de todos en ser llamado para ese honor y no estaba dispuesto desperdiciar aquella oportunidad, de manera que acudió a la cita lo más rápido que pudo.

        Cuando por fin llegó al punto de reunión vislumbró que N´astarith estaba a pocos metros del cráter, mirando como la lava borboteaba y se removía constantemente como sí la montaña fuera a hacer erupción de un momento a otro. El calor del magma que hervía en el cráter hacía que la temperatura fuera insoportable para cualquier ser vivo, pero no para ellos, no para personas que se habían entrenado durante años en las condiciones más inhóspitas de la galaxia.

       Intrigado por lo que su señor estaba haciendo, Tiamat descendió a unos metros y comenzó a acercarse caminando. Cuando notó que N´astarith se giraba hacia él, se detuvo súbitamente, bajó una rodilla al suelo haciendo una genuflexión y agachó la cabeza con prontitud.

       —Mi señor, he venido tan pronto como me avisaron.

       —Eso veo, Tiamat, eso veo —siseó N´astarith—. Quise que tú fueras el primero en venir porqué eres el más fuerte e inteligente de todos aquellos que me han jurado lealtad. Además, compartes mi visión del universo y te has desempeñado por tu lealtad hacia mí y hacia mi misión de salvar la existencia. Por tal razón, te honraré con la armadura del averno del Dragón.

        Tiamat alzó la mirada levemente hacia su emperador y levantó una ceja.

       —¿La armadura del averno?

       —Sí. Esta es una armadura energética que ha sido forjada por las fuerzas demoníacas de esta y otras dimensiones con el fuego del infierno. Posee habilidades defensivas únicas y con ella tendrás una amplia ventaja sobre los Caballeros Celestiales o cualquier otro guerrero que se cruce en tu camino.

        En ese instante, una poderosa luz iluminó una región dentro del lago de lava ardiente que había dentro del cráter. Tiamat levantó una mano para protegerse los ojos de lo fuerte que era aquel resplandor. De repente una bola de luz emergió lentamente de entre la lava ardiente del monte Kairus. Parecía como sí una estrella acabara de brotar del cráter.

        Tiamat bajó su mano para observar lo que estaba ocurriendo ante él. La luz comenzó a hacerse menos intensa hasta que, poco a poco, develó lo que era en realidad: la figura de un dragón de siete cabezas hecha toda de metal. Se trataba de la armadura del averno que su señor le había prometido.

       —Ahora recuerda bien esto, Tiamat —murmuró N´astarith, volviéndose hacia el cráter y dando la espalda a su guerrero—. Esta armadura de averno es increíblemente resistente y fuerte, pero no indestructible. Sí por alguna razón fuera dañada deberás restaurarla a costa de tu propia vida a fin de hacerla más poderosa.

       —Lo entiendo, mi señor —respondió Tiamat antes de ponerse de pie. A continuación la figura del Dragón se fragmentó en múltiples pedazos, los cuales se abalanzaron sobre el cuerpo de Tiamat para cubrirlo de pies a cabeza mientras éste experimentaba una inmensa satisfacción.

       N´astarith se dio la media vuelta hacia él para contemplarlo, y luego sonrió.

       —Ahora eres el Khan del Dragón —declaró—. Sé que no me defraudarás… .

        Tiamat apretó los puños con fuerza y bajó la cabeza. Sentía una profunda humillación por su reciente fracaso y ahora estaba ansioso por liquidar a sus enemigos. Sí Lilith aún estuviera con vida probablemente ya estaría tratando de desacreditarlo para que lo destituyeran como líder de los guerreros imperiales. Pero Lilith no era la única que ambicionaba tomar su lugar; también estaban Leinad, Nauj-vir, Allus y, especialmente, Aicila. Todos ellos intentarían tomar ventaja de su fracaso para acceder al liderazgo de los Khans.

        No podía permitir que las cosas continuaran de esa manera. Él estaba orgulloso de ser el guerrero más poderoso de Abbadón y no iba a permitir que unas cuantas piedras en su camino lo detuvieran. Alzó la vista para mirar su armadura una vez más, se aproximó a ella y luego levantó el brazo izquierdo para mirarse la muñeca un momento.

       —Mi armadura fue dañada por causa de esos insolentes —Usando la mano derecha como sí fuera una filosa daga, se cortó las venas de la muñeca de un solo movimiento y luego alzó el brazo sobre la armadura para mojarla con su sangre—. Ahora usaré mí propia vida para restaurarla. No, para mejorarla, será más poderosa que antes y aquellos que osaron burlarse de mí pagarán el precio de sus actos con la muerte.

        En los segundos siguientes, mientras la sangre escurría sobre la armadura del Dragón, Tiamat sonrió maléficamente. Lo único que podía sentir ahora era un deseo vehemente de volver a enfrentar a los Santos de Atena y a los Caballeros Celestiales. Todos pagarían muy caro lo que habían hecho.

       Shinden (Templo de Kami-sama)

        En el momento en que Dai abrió los ojos lo primero que vislumbró fue el dulce y cándido rostro de Sailor Saturn. La Outer Senshi lo observaba fijamente con una tenue sonrisa en los labios, una sonrisa que Dai encontró profundamente agradable. ¿Dónde estaba Belcer? ¿Qué había ocurrido con Leona, Poppu, Casiopea, Hyunkel y los otros?

       —¿Sailor Saturn? —murmuró en voz baja antes de alzar la cabeza del suelo—. ¿En dónde están los Khans? ¿Qué fue lo que sucedió? ¿Se llevaron la gema estelar? ¿Están Leona y los demás bien?

       —Sí, no te preocupes. Todos estamos a salvo.

        Dai dedicó un par de segundos para mirarse el pecho y las manos. No tenía ninguna dolencia física en todo su cuerpo y sus fuerzas habían vuelto a él. ¿Qué era lo que había ocurrido con los guerreros imperiales mientras él estaba inconsciente? Lo único que recordaba antes de desmayarse era como el Golem de Belcer lo golpeaba salvajemente en el aire. Pero sí eso había sucedido entonces debía tener alguna herida o dolencia en el cuerpo, pero no era así. ¿Quién lo había sanado entonces? ¿Acaso había sido la princesa Leona usando el Bejoma o tal vez… .

       —Saturn, ¿tú me curaste? —preguntó él, frunciendo el ceño.

       —Sí. Me alegra ver que estés bien, Dai, aquí tengo tu espada.

        El chico sonrió levemente y luego se puso de pie. Aún estaba desconcertado por lo ocurrido con sus heridas, pero en el fondo sentía bastante alivio de ver que su nueva amiga estuviera sana y salva; ciertamente había algo en esa chica que le provocaba nerviosismo.

       —No sabía que manejaras la magia. Gracias por curar mis heridas.

        Sailor Saturn desvió la mirada hacia un costado y apretó un puño contra su pecho antes de volver a hablar. Su voz denotaba una profunda tristeza.

       —La verdad es que no recordaba que podía curar a las personas. Creo que siempre tuve estos poderes de curación, aunque los chicos de la escuela a donde iba me temían por esto y se apartaban de mí. Nunca tuve amigos ya que todos pensaban que era una clase de monstruo, quizás por eso olvide que tenía estos poderes.

        Dai alzó ambas cejas al escuchar aquellas palabras. No sabía lo que era una escuela, pero conocía perfectamente lo que era ser temido por la gente. ¿Un monstruo? ¿Quién en su sano juicio podría imaginar que una niña tan delicada y gentil como Sailor Saturn podía ser un monstruo? Aquella anécdota le recordó brevemente una experiencia similar, algo que había experimentado en carne propia en el reino de Bengala después de una batalla con un grupo de dragones.

        Gracias a su intervención, había conseguido salvar la vida de una pequeña niña y de su madre, la cual había quedado atrapada bajo los escombros de una vivienda destruida. No obstante, en vez de darle las gracias cuando terminó la lucha y los dragones fueron vencidos, la niña corrió a esconderse detrás de Leona mientras sollozaba.

       “Me asusta”, gritaba la niña con miedo en forma repetida. Esas simples palabras lo habían lastimado más allá que cualquier otra herida sufrida en batalla. Bajó la mirada un segundo y recordó algunas de las palabras que Baran había pronunciado durante su primer encuentro.

        —¿Por qué te vas del lado de los seres humanos? —preguntó el líder del batallón de los dragones luego de cerrar sus ojos. Parecía como sí un profundo rencor dentro de su alma saliera con cada palabra.

       —¿Por qué? —repitió Dai, algo confuso.

       —Ahora puedes parecer bueno. Cuando el Caballero del Dragón es niño no existe mucha diferencia entre los humanos —hizo una pausa y abrió los ojos, imprimiéndole una mayor furia a sus palabras—: ¡Pero eso sí! Cuando creces y estás consciente de tus verdaderos poderes, los humanos te tendrán miedo y te echarán de su lado. Y sentirás sufrimientos que ni en tus peores pesadillas podrás imaginar.

       Sufrimientos. Dai alzó la mirada para contemplar a Hotaru una vez más.

       —No. No digas eso, Sailor Saturn, por favor —murmuró, causando que la Outer Senshi volviera el rostro hacia él—. Alguien que puede curar a la gente no puede ser un monstruo. Esos niños que mencionas están totalmente equivocados.

       —Dai… .

       —Es una ocasión dudé que la gente pudiera aceptarme por ser diferente, pero mis amigos me han demostrado que no importa los poderes o habilidades que yo tenga. Siempre habrá personas buenas dispuestas a ser mis amigas a pesar de todo.

        Hotaru asintió con una hermosa sonrisa y recordó por un segundo su amistad con amiga de ella llamada Chibi-Usa.

       —Tienes razón, Dai. Yo también aprendí eso gracias a una buena amiga.

        Se produjo un breve silencio, después del cual Dai comenzó a reír de forma nerviosa. En realidad no sabía que más decir. Estaba por preguntarle algo más a Hotaru sobre sus poderes de curación cuando, de repente, sintió como una mano se posaba sobre su hombro derecho.

       —Vaya, Dai, creí que estabas lastimado —le dijo Eclipse con una sonrisa maliciosa—. Pero ahora veo que estás muy bien acompañado. ¿Qué es lo que dirá la princesa Leona cuando le cuente esto, eh?

        ¿Qué era lo que diría Leona? Dai tragó saliva con dificultad y su rostro se ruborizó levemente al igual que el de Sailor Saturn. Hotaru se apresuró a desviar la mirada en otra dirección mientras que Dai bajaba la cabeza, implorando mentalmente que el suelo se abriera a sus pies y se lo tragara ahí mismo. Eclipse sonrió burlonamente.

       Leona retiró sus manos del cuerpo de Shiryu y sonrió luego de ver que como éste abría los ojos. El Santo del Dragón estaba confuso respecto a lo sucedido. No estaba muy seguro de haber vencido a Belcer y su primera impresión fue que, tal vez, los imperiales los habían abandonado creyéndolos muertos a todos.

       —¿En dónde está Belcer? —preguntó, tomándose la frente—. ¿Lo derroté?

       —Sí. El resto de los Khans se fueron hace unos momentos —le respondió Hyunkel, que ya había sido curado por Eclipse unos instantes antes—. Como lograste vencer a Belcer, ese sujeto llamado Nauj-vir se vio obligado a cumplir su promesa y abandonó este lugar.

       —Ya veo —murmuró Shiryu en tono pensativo. Se levantó y se miró las manos sin entender el por qué se sentía tan bien—. Pero ¿cómo es posible que mi cuerpo esté como sí nada?  Prácticamente había agotado todo mi cosmos en la pelea con Belcer, incluso tenía roto el brazo izquierdo hace unos momentos.

       —Fue gracias a mi magia —le explicó Leona, apoyando ambas manos en sus caderas—. Usando un hechizo de curación llamado Bejoma pude sanar todas tus heridas y devolverte las fuerzas. —Se limpió el sudor de la frente con su mano derecha—. Pero eso me dejó exhausta. Jamás había sanado a tantas personas.

       —Entiendo. Te lo agradezco mucho, Leona.

       En ese momento los tres escucharon un grito.

       —¡¡Oigan, amigos!! —Se trataba de Poppu, quien ya había recuperado el conocimiento e imploraba algo de ayuda para él—. ¡Aquí hay otro herido! ¿Qué nadie va a venir a ayudarme? Necesito recuperar mis fuerzas también.

        Como respuesta, Hyunkel le arrojó una bolsa de hojas medicinales al rostro.

       —Comete esta hierba —le dijo fríamente.

        Poppu entornó los ojos y lanzó una mirada de rabia contra el Caballero Inmortal al tiempo que un pequeño moco se le escurría por la nariz. No podía soportar que lo trataran con semejante indiferencia. Estaba consciente de que sus heridas eran leves, pero mientras que unos eran sanados con el Bejoma de Leona, él tenía que comerse esas hojas amargas.

       —Ya me las pagarás, Hyunkel —murmuró entre dientes—. Lo bueno es que Fuam no está aquí.

       —¿De manera que esos cuatro estaban en busca de una gema que se encontraba oculta aquí en el templo, eh? —preguntó Piccolo con los brazos cruzados—. Eso explicaría muchas cosas. Por cierto, mi nombre es Piccolo.

       —Es la principal razón por la que los atacaron —asintió Casiopea, moviendo la cabeza en sentido afirmativo—. N´astarith  tiene a su servicio un gran ejército y a muchos guerreros como los que enfrentaron el día de hoy. La intención de los Khans es apoderarse de un poder que los convertirá en los futuros dueños de todos los universos.

       Una expresión de asombro cruzó los distintos rostros de los Guerreros Zeta. Inclusive Vejita, que había vivido miles de batallas en diferentes puntos del cosmos, no pudo dejar de sentir asombro ante las palabras de la guerrera Celestial. Trunks, por su parte, apretó los puños y empezó a interrogarse mentalmente sí es que acaso él y su máquina del tiempo tenían algo que ver con ese suceso.

       —¿La Existencia entera? —repitió Yamcha con preocupación—. ¿Hablas de todas las dimensiones? ¿En realidad existe alguien capaz de hacer semejante cosa?

       Casiopea bajó la mirada como sí se reflexionara un poco sobre el significado de la palabra “Existencia”. A veces ella misma se preguntaba cuántas dimensiones o universos alternos existían. Probablemente debían ser millones, aunque el número carecía de importancia; lo único seguro era que todas peligraban de igual manera con el Portal Estelar y las doce gemas en manos del imperio de Abbadón.

       —Me temo que así es, amigo, nuestro objetivo era impedir que se llevaran la gema que estaba en esta dimensión, pero fallamos. Sí N´astarith consigue colocar las doce gemas en el Portal Estelar, la máquina legendaria, entonces podría obtener el máximo poder de todos los universos existentes.

       Piccolo no podía acabar de creer todo lo que estaba oyendo de labios de aquella chica. Comparados con N´astarith y los guerreros Khan, sus antiguos adversarios, Freezer y Cell, no era nada. Tomando en cuenta de que lo que Casiopea y sus demás amigos afirmaban fuera cierto, entonces no sólo el planeta Tierra corría peligro; también el universo entero estaba amenazado. Aquello parecía el preludio de una verdadera pesadilla.

       —¿Entonces ustedes vienen de otro universo? —preguntó Trunks a Casiopea.

       —Sí, pero no todos procedemos de la misma dimensión —explicó la princesa del planeta Francus, extendiendo una manos hacia Zaboot—. Otros como Zaboot y Shiryu, quien derrotó a Belcer hace unos instantes, provienen de otros universos diferentes al mío. Todos nos hemos reunido con la finalidad de evitar que N´astarith lleve a cabo sus planes.

       —No puedo creer que todos provengan de diferentes universos —comentó Yamcha—. Eso significa que otros universos también se encuentran en peligro.

       Piccolo meditó un poco antes de volver a hablar.

       —¿Cuánto tiempo le tomará a ese N´astarith, o como se llame, reunir las gemas faltantes?

       —Bueno, hasta ahora han atacado diez universos incluyendo este —repuso Casiopea mientras reflexionaba—. Afortunadamente hemos logrado arrebatarle dos de éstas, así que únicamente tienen ocho en su poder. Sin embargo aún quedan un par de gemas más en dos universos diferentes, los cuales deben estar a punto de ser atacados.

       —Entiendo lo que dices, ¿y cuántas de esas gemas sagradas necesitan para hacer funcionar el artefacto del que hablas? ¿Necesitan las doce completas o basta con tener la mayoría de ellas?

       —No, Piccolo, así no podrá hacerlo. Necesitan tener las doce gemas para realizar sus planes. Pero mientras nuestros enemigos conserven el Portal Estelar, ninguno de las dimensiones estará a salvo.

       —¿Significa que esos sujetos podrían volver a venir? —inquirió Ten-Shin-Han apresuradamente. Aquello no le gustaba como sonaba, al igual que a Piccolo y los otros.

       —Sí, de hecho lo creo bastante probable —respondió Casiopea, volviendo la mirada hacia el peleador con tres ojos—. Sí no consiguen las doce gemas podrían tratar de forzarnos a entregárselas de alguna manera. Quizás amenazando con invadir un mundo como este.

        Trunks bajó la mirada al piso y exhaló un profundo suspiro.

       —Es probable que yo haya causado todo esto.

        Prácticamente todas las miradas se volcaron sobre Trunks al unísono. Casiopea frunció el ceño sin entender por qué razón aquel joven había dicho semejante cosa. ¿Acaso tenía algún tipo de lazo con N´astarith y su imperio? ¿Él había ocultado la gema en el templo de Kami-sama?

       —¿Por qué razón dices eso? —le cuestionó Shun, intrigado con aquella declaración.

       —Sí, Trunks, ¿por qué afirmas que es tu culpa? —preguntó Piccolo.

       —Bueno, Casiopea y los otros no saben que yo vengo de un futuro distante, pero ustedes sí, amigos —murmuró Trunks tratando de exponer su idea—. Por mi culpa Cell pudo viajar hasta esta época usando la máquina del tiempo. Tal vez mi llegada a este tiempo causó una alteración que provocó esos guerreros nos atacaran.

       —¿Dices que viajaste por el tiempo? —Zaboot estaba confundido—. ¿O sea que vienes de otra línea temporal diferente a esta? ¿Cómo es eso?

        Trunks llevó el rostro hacia el Guerrero Kundalini y asintió.

       —Yo vengo de un futuro en donde todos los guerreros que protegían a este mundo fueron asesinados por unos androides conocidos como No. 17 y No. 18. Todo esto sucedió cuando yo era apenas un bebé.

        No. 18 abrió sus ojos enormemente. Al fin había comprendido la razón por la cual los Guerreros Zeta sabían sobre su existencia y la de 17 muchos antes de conocerlos personalmente. También explicaba el por qué Trunks podía convertirse en súper saiya-jin y el motivo por el que ni ella o el doctor Maki Gero tenían información respecto a él.

        “¿Viene del futuro?”, pensó. “¿Pero por qué dice que 17 y yo matamos a todos?”.

       —Que estupideces hablas, Trunks —gruñó Vejita de repente—. Ya escuchaste a esa chica. Esos Khans vinieron hasta este planeta porque buscaban una piedra, no existe ninguna relación entre tu máquina del tiempo y sus intenciones. Será mejor que dejes de decir tantas tonterías y cierres la boca de una vez.

        Aquellas palabras provocaron que Trunks mirara a su padre con algo de incertidumbre. ¿Acaso esa era su manera de decirle: “Descuida, hijo, tú no tienes a culpa en todo esto”? No obstante, el rostro de Vejita se veía tan indiferente, tan frío y tan impasible que enseguida descartó aquella idea por considerarla absurda. Lo más seguro era que su padre lo hubiera callado por considerar estúpido su argumento, aunque… .

       —¿Entonces tú también eres un visitante ajeno a este mundo? —le inquirió Shun a Trunks.

        Trunks abandonó sus reflexiones para volver el rostro hacia el Santo de Andrómeda.

       —Sí, pero a diferencia de ustedes mi mundo pertenece a otro futuro de esta misma dimensión. Yo había venido con la misión de tratar de cambiar el pasado y así salvar mi mundo, el cual es amenazado todavía por los androides. Desgraciadamente descubrí que eso parece imposible.

       —Creo entender a lo que te refieres —declaró Astroboy—. Tu mundo pertenece a este universo a pesar de que no es el mismo. Vaya, este tipo de problemas le encantarían al profesor Ochanomizu.

        Casiopea, en tanto, dirigió una mirada escrutadora hacia Vejita y alzó una ceja con suspicacia. El aura de ese hombre poseía una cierta dosis de maldad que le fue bastante fácil de identificar. Extrañada, volvió su atención hacia Trunks un momento, luego miró a Piccolo y finalmente a Ten-Shin-Han. Todos ellos poseían auras que encerraban sentimientos puros como la amistad y la lealtad. ¿Qué es lo que hacía un tipo como Vejita entre ellos?

       —¡¡Señor, Piccolo!!

        La Celestial giró la vista hacia el sitio de donde provenía aquella voz y se topó con la figura de Gohan, quien venía acompañado de Kurinrin, Ryoga, Seiya y Dende. Por unos segundos le pareció que Gohan era un chico normal, pero cuando su percepción le indicó del gran poder que despedía, se quedó sorprendida y alzó ambas cejas. El aura de Gohan, aunque tranquila era bastante intensa.

        “Ese niño tiene un aura poderosa. ¿Ese será toda su fuerza?”.

       —¡¡Seiya!! —dijo Shun en voz alta—. ¿Estás bien, amigo?

        El Santo de Pegaso asintió con la cabeza y sonrió.

       —Sí, Shun, ese niño de piel verde llamado Dende me ayudó a recuperar mis fuerzas con sus extraños poderes de curación. No tenía idea de que ese Khan llamado Leinad fuera a ser tan poderoso. Su embestida dañó mi ropaje sagrado a pesar de haber sido reparado por Mu.

       —El mío también tiene daños severos por la batalla —murmuró el Santo de Andrómeda, mirándose el hombro por un breve instante—. ¿Supiste lo de Shiryu?

       —Me dijeron que derrotó a uno de esos guerreros y gracia a eso no nos mataron.

       Mientras Seiya y Shun seguían hablando entre ellos sobre la lucha y los daños en sus respectivas armaduras de bronce, Gohan se aproximó a Piccolo corriendo. El joven guerrero estaba feliz de que todos sus amigos estuvieran a salvo a pesar de los terribles momentos que habían tenido que sufrir momentos antes.

       —¡Señor Piccolo!

       —Gohan —exclamó Piccolo apenas conteniendo su alegría.

       —Señor Piccolo, que bueno que se encuentre bien.

        El namek frunció una especie de sonrisa.

       —¡Ja! Se necesita más que un cuarteto de inútiles para vencerme, Gohan. Sin embargo, me parece que por ahora tenemos otra clase de problemas, problemas incluso más serios que los que teníamos antes de enfrentar a Cell.

       —¿Se refiere a los guerreros Khans? —inquirió Gohan, provocando que Piccolo y los demás lo miraran con desconcierto—. No se preocupe, señor Piccolo. Todos entrenaremos más para volvernos más fuertes y así los venceremos.

       —¿Qué? ¿Cómo lo sabes?

       —Tranquilízate, Piccolo, ya nos contaron todo —intervino Kurinrin al tiempo que Leona, Dai, Sailor Saturn, Hyunkel, Eclipse y Shiryu se acercaban—. Seiya nos habló acerca de las gemas, el imperio de Abbadón y ese tipo llamado N´astarith. También mencionó lo del Portal Estelar y el sitio de donde provienen. Cielos, yo pensé que con la derrota de Cell ya nada nos preocuparía.

       —¡Shiryu! ¡Amigo! —exclamó Shun al ver a su amigo con bien—. ¿Te encuentras bien?

       —Shun, Seiya, me alegra ver que también están bien —repuso el Santo del Dragón—. La princesa Leona curó todas mis heridas con su magia, aunque mi armadura sufrió graves daños por la batalla.

       —¿Quién rayos es ese Cell que tanto mencionan? —preguntó Eclipse mientras que Seiya y Shun se reunían con Shiryu—. ¿Algún villano de poca monta al que vencieron o algo así? Ah, cierto, para los que no me conozcan les diré que me llamo Eclipse y soy un Espía Estelar. Soy especialista en realizar trabajos de espionaje, sabotaje, contrainteligencia y robó de información. Asesinatos no, je, no los cubre el seguro. También soy bueno para señalar defectos físicos.

        Vejita escudriñó a aquel enmascarado de arriba abajo con el mismo interés con el que hubiera visto un contenedor de basura en una tarde cualquiera. ¿Cómo era posible que sujetos con tan deplorable nivel de pelea lucharan contra los Khans? Ante los ojos del orgulloso príncipe saiya-jin, la mayoría de los aliados de Casiopea eran un grupo de patéticos perdedores que debían ser echados a patadas.

       —Cell era un monstruo que amenazó con destruir nuestro planeta, pero afortunadamente fue derrotado por Gohan —explicó Piccolo a grandes rasgos—. Era una especie de androide que venía del futuro, pero ahora eso no importa. Debemos tratar de encontrar una manera de vencer a los guerreros de N´astarith y arrebatarles las gemas que tienen. Es una lástima que Gokuh haya rehusado volver a la vida o de lo contrario… .

       “¿Ese niño fue el que los salvó de la destrucción?”, pensó Hyunkel, observando a Gohan. “Al igual que Dai, ese chiquillo debe tener grandes poderes ocultos. Hmmm, Piccolo me recuerda un poco a Hadora”

        En ese momento Seiya se golpeó la palma con un puño.

       —¡Maldición! ¡No puedo creer que Leinad me venciera de un solo golpe!

       —Esto sí que es gracioso —se mofó Vejita en voz alta. Parecía que hubiera estado esperando a que alguien hiciera un comentario respecto a la lucha con los imperiales para soltar todo lo que pensaba al respecto—. No entiendo cómo es que sujetos con tan poco poder de pelea quieren luchar contra esos adversarios. Es un verdadero milagro que sigan con vida a pesar de todo.

        Seiya contempló al saiya-jin de forma desagradable. Había algo en ese sujeto de cabello levantado que no le simpatizaba para nada. Con ese comentario tan prepotente lo único había logrado Vejita era picar su orgullo de Santo guerrero. No iba a dejar las cosas de esa forma.

       —Oye, ¿qué es lo que estás diciendo?

        El príncipe saiya-jin volvió la mirada hacia Seiya y lo observó con aburrimiento.

       —Digo que los gusanos como ustedes jamás podrán vencer a ese tipo de enemigos —sentenció con insolencia—. No tienen la fuerza o las habilidades necesarias para derrotarlos. Por eso es que N´astarith ha podido reunir la mayor parte de las gemas de las que hablan.

        La mayoría reaccionó como era de esperarse. Llenos de enfado, Seiya, Hyunkel, Yamcha, Poppu y Casiopea dirigieron una mirada llena de hostilidad contra Vejita y se prepararon para iniciar un intercambio verbal que probablemente desembocaría en un enfrentamiento. Después de todo, no todos tenían el temple y la paciencia de Zaboot para soportar aquel tipo de comentarios por parte de Vejita. Trunks meneó la cabeza en sentido negativo, pero no dijo nada.

       —Vaya, parece que el “cabellos de pincel” no es muy sociable —comentó Eclispe provocando las risitas burlonas de Leona y Ryoga—. Calma, amigo, calma. Nadie te va a lastimar. Deberías comer más dulces para tener un carácter más cordial. A ver, saca tu niño interno.

       —¡¿Qué cosa dices, sabandija?! —exclamó Vejita con los ojos inyectados de rabia—. ¡¡Estúpido!! ¡¿Te estás burlando de mí?! ¡¡Te partiré en mil pedazos ahora mismo!!

        El otrora príncipe de los saiya-jins estaba a punto de saltar sobre Eclipse para darle una paliza cuando, repentinamente, todos escucharon una voz que parecía venir de los cielos. Era una voz que sólo Piccolo, Gohan, Trunks, Vejita y los demás guerreros de aquel mundo pudieron identificar plenamente. Se trataba de Son Gokuh.

        —Muchachos, ¿me escuchan?

        Casiopea alzó la mirada hacia la bóveda celeste inmediatamente. Trataba de ubicar de donde salía la voz, pero le fue completamente inútil. Era extraño, pero parecía que podía oírla desde dentro de su cabeza y no de afuera como cualquier otro sonido. ¿Es que acaso era alguna clase de telepatía?

       —¡¡Un fantasma!! —gritó Eclipse, tirándose al suelo y cubriéndose la cabeza.

       —¡¡Gokuh!! —exclamó Piccolo.

       —¡¡Papá!! —lo secundó Gohan con lágrimas en los ojos.

       —¿Gokuh? —repitió Casiopea con confusión—. ¿Quién es ese?

       —Kakaroto —murmuró Vejita—. Pero sí moriste… .

       —¿De quién es esa voz? —preguntó Dai.

        “Esa voz es de ese hombre llamado Gokuh”, pensó No. 18. “Pero él murió, ¿o no?”

       El Más Allá.

        Usando sus prodigiosas habilidades propias de un dios del Otro Mundo, Kaiou-sama había conseguido que todos en el Shinden escucharan la voz de Son Gokuh. Tanto él como su discípulo habían sido testigos de la batalla con los Khans desde el Otro mundo y conocían todos los pormenores de la situación. Gokuh estaba tan fascinado con las habilidades de los guerreros de Abbadón y la posibilidad de conocer individuos más fuertes que Cell, que incluso había cambiado de opinión con respecto a quedarse en el Más allá.

        Con su mano diestra sobre el hombro izquierdo de Kaiou-sama, el noble saiya-jin podía comunicarse con sus amigos perfectamente. A unos metros de él, Bubbles y Gregori, las mascotas de Kaiou-sama, flotaban sobre el camino de la serpiente sin saber a ciencia cierta qué era lo que pretendía Gokuh.

       —Amigos, gracias a Kaiou-sama puede darme cuenta de todo lo que ocurrió en el templo de Kami-sama. También estoy enterado de las intenciones de ese sujeto llamado N´astarith para dominar los universos.

       —Ya me parecía raro que no nos hubieras hablado antes —murmuró Piccolo, frunciendo una pequeña sonrisa—. Creo saber lo que vas a decirnos, Gokuh.

        Vejita dio unos cuantos pasos al frente sin dejar de mirar el cielo. Aquello era inusual y desconcertante. Sí su odiado rival había muerto durante el combate con Cell, ¿cómo es que ahora podían escuchar su voz? Era una locura.

       —Kakaroto, ¿en dónde diablos estás?

       —Ah, Vejita, muchas gracias por ayudar a Gohan y a los muchachos.

       —¡No estés jugando conmigo, Kakaroto! —Vejita apretó un puño y lo agitó con furia en el aire—. ¿De dónde me estás hablando? ¿Es que acaso te revivieron con ayuda de las Esferas del Dragón?

       —¿Kakaroto? —Poppu enarcó una ceja y se volvió hacia Casiopea—. Creí que hablaban con alguien llamado Gokuh. ¿Qué es lo que está pasando ahora que no entiendo nada? ¿Qué son las esferas del dragón que mencionó ese gruñón? ¿Quién es Gokuh?

       —Tal parece que están hablando con alguien que se encuentra en otro plano espiritual —teorizó Zaboot, tomándose la barbilla—. Detectó una energía que no proviene de este mundo.

       —No, Vejita, aún continuo muerto —repuso Gokuh desde el Otro Mundo—. Me hubiera gustado mucho estar con ustedes y ayudarlos a pelear contra esos guerreros, aunque la verdad no creo que hubiera sido de mucha ayuda. Sí Gohan fue derrotado, entonces quiere decir que también hubiera corrido la misma suerte.

        En ese instante, Gohan bajó la mirada al suelo sintiéndose algo culpable. Su padre había decidido quedarse en el más allá con la seguridad de que dejaba la Tierra en buenas manos, y ahora temía que tal vez se sintiera decepcionado de él por la forma en que había sido derrotado por los Khans.

       —Lo siento mucho, papá —musitó con la voz entrecortada—. Te fallé de nuevo.

        Hotaru clavó su mirada en Gohan al instante.

        “¿Papá?”, pensó. “¿La persona que estamos oyendo es el padre de ese chico?”.

       —Qué dices, Gohan. Esos guerreros eran demasiado fuertes para que pudieras vencerlos, incluso para ti. De hecho esa es la razón por la que le pedí a Kaiou-sama que me permitiera hablarles de nuevo. Quiero pedirles que me revivan de nuevo, por favor. Sé que les había dicho que permanecería en el otro mundo para siempre, pero dudo mucho que pueda conocer guerreros como esos aquí donde estoy.

        El rostro de Yamcha se iluminó por una sonrisa. Estaba convencido de que sí su viejo amigo se les unía en la batalla, tendrían más posibilidades de salvar a la Tierra. Al fin podía ver un rayo de esperanza. 

       —No sabes la gran alegría me da escuchar eso, Gokuh. Ya verás que con tu ayuda derrotaremos de una vez por todas a ese tal N´astarith y a los guerreros Khans.

        —Me gustaría poder decir lo mismo, Yamcha —replicó Gokuh, frunciendo una tenue sonrisa—. Pero me temo que la fuerza de esos sujetos está fuera de nuestros límites.  

        Casiopea y Seiya se miraron entre sí un momento. ¿Revivirlo? ¿Estaban sugiriendo traer a una persona muerta del más allá para que los ayudara a luchar contra las fuerzas de Abbadón? Parecía una locura. De acuerdo con lo que Seiya sabía, solamente los dioses eran capaces de traer a la vida a alguien que hubiera muerto con anterioridad. Para Sailor Saturn aquella situación le recordó la vez en que había renacido y se preguntó sí acaso Gokuh renacería de la misma forma. 

       —Ya imaginaba que ibas a pedirnos eso, Gokuh —declaró Piccolo con una leve sonrisa—. Lo malo es que para hacer eso tendremos que ir hasta el planeta de Dende a buscar las otras esferas del dragón. Esa es la única manera en la que podremos regresarte a la vida nuevamente.

        Vejita arqueó una ceja. Ahora no sólo tendría que superar a ese joven llamado Shiryu y a Gohan, sino que también tendría de competir nuevamente con Kakaroto, aquel guerrero que siempre había estado un paso adelante de él. Aunque en el fondo tampoco podía dejar de sentirse satisfecho de que su odiado rival pudiera volver a la vida. Al menos de esa manera podría ajustarle las cuentas una vez que pasara todo ese asunto de N´astarith y las gemas estelares.

       —Oigan, paren su tren un nanoclick —dijo Eclipse de pronto. Para alguien tan curioso como él resultaba insoportable escuchar una conversación en la que no entendía ni una palabra—. Quizás para ustedes entrar y salir del mundo de los muertos es cosa de todos los días, pero para nosotros que no sabemos ni una pizca de los que dicen, nos resulta incomprensible. ¿Cómo que van a revivir a ese Gokuh, Kakaroto o como se llame sí es que “colgó los tenis”?

        Piccolo, Gohan, Yamcha y Dende se miraron entre sí por un breve instante. El enmascarado tenía razón en dudar. Aún no les habían dicho nada sobre Gokuh y las legendarias esferas del dragón.

       —Tienes razón, Eclipse —concordó Piccolo luego de unos segundos—. En este mundo, hay algo muy útil llamado Esferas del Dragón. A ellas se les puede pedir toda clase de deseos, hasta pueden revivir a los muertos. 

       —¿Revivir a los muertos? —repitió Sailor Saturn sin ocultar su asombro—. No puedo creerlo.

       “Toda clase de deseos”, pensó Ryoga. “Sí lo que ese tal Piccolo dice es verdad, quizás podría liberarme de la maldición de Jusenko. Ya nunca tendría que convertirme cerdo jamás. Es la mejor noticia que he oído. Pero esperen. Akane ama a P-chan, ¿qué pasará entonces?” .

       —¿En verdad hablas en serio? —preguntó Poppu, bastante sorprendido—. ¿De verdad pueden revivir a los muertos con esas esferas del dragón? Jamás en mi vida había oído de algo así, aunque he escuchado que existe un ritual que… .

        —Tienes razón, Poppu —le interrumpió Leona—. Ni siquiera en mí reino he sabido de algo así.

        —Yo tampoco había escuchado nada parecido —afirmó Casiopea, que no podía creer que existiera un objeto capaz de hacer semejante milagro—. Pero, ¿creen qué es correcto manipular de esa manera la vida y la muerte? Pienso que eso no está bien. La vida y la muerte son fuerzas de la naturaleza que no deben ser alteradas. 

       —Tal vez eso sea cierto —admitió Piccolo—. Pero ahora no tenemos tiempo para discutir sobre esas cuestiones. Durante la batalla con Cell, uno de nuestros amigos se sacrificó a sí mismo para evitar que la Tierra fuera destruida. Me refiero a Gokuh, el padre de Gohan. 

        —Gokuh es uno de los mejores peleadores de las artes marciales que existen en nuestro universo, sino es que es el mejor —declaró Yamcha, provocando el irritamiento de Vejita—. Con su ayuda podríamos vencer a los guerreros de N´astarith y recuperar las gemas al mismo tiempo. 

       —Así que toda clase de deseos —repitió Eclipse ambiciosamente, frotándose la barbilla y sonriendo al mismo tiempo—. ¿Y cuántos deseos se les pueden pedir a esas Esferas del Dragón, eh? 

        Ryoga volvió sus ojos hacia Eclipse y lo miró con desconfianza. No se necesitaba ser un genio para saber que ese condenado Espía Estelar se traía algo entre manos relacionado con las dichosas esferas del dragón. Quizás quería aprovechar eso de los deseos en su favor una vez que revivieran a Gokuh. 

       —¿Qué es lo que estás tramando ahora? 

        El enmascarado dirigió una mirada de incomodidad hacia Ryoga y enseguida lo empujó con una mano para apartarlo. Una sonrisa de cinismo se asomó por sus labios. 

       —Cállese.

       —Las Esferas del Dragón pueden cumplir sólo dos deseos —continuó Piccolo sin tomar en cuenta a Ryoga y Eclipse—. Pero desgraciadamente acabamos de usarlas para revivir a toda la gente que fue asesinada por Cell y no podremos utilizarla nuevamente hasta que no haya pasado al menos un año.

       —¿Un año dijiste? —preguntó Leona, alzando ambas cejas—. Lo siento, Piccolo, pero no disponemos de tanto tiempo para esperar. Me parece que no podremos contar con su amigo para pelear con los Khans.

       —Tal vez sí, princesa —repuso el namek en tono pensativo—. Existen otras Esferas del Dragón en el planeta de donde vino Dende. Sí pudiéramos ir hasta ese lugar de alguna forma, podríamos revivir a Gokuh una vez más para que nos ayudara a luchar contra el enemigo.

       —Es verdad, amigos —convino Gohan—. Mi papá puede sernos de mucha ayuda.

       La Celestial dirigió una mirada hacia Zaboot y Leona antes de volver a hablar. Manipular la vida y la muerte de esa forma no le parecía correcto, aunque, dadas las circunstancias, tenía que admitir que cualquier tipo de ayuda no les vendría nada mal, aún sí tuvieran que regresar a la a vida una persona muerta.

       —Sigo creyendo que quizás no deberíamos alterar el orden natural de las cosas —murmuró la princesa francusiana en voz alta—. Pero pasamos por momentos desesperados, así que dejaremos esa cuestión de lado y los ayudaremos a buscar las dichosas Esferas del Dragón.

       —¿Volver a un humano a la vida? —reflexionó Astroboy por su lado—. Eso parece prácticamente imposible desde cualquier punto de vista científico. Me pregunto qué otra clase de cosas me tocará ver.

        Eclipse se acercó a Piccolo.

       —¿Y cómo llegamos al planeta de tu hijo?

       El namek se le quedó mirando como a si fuera un bicho raro y luego estalló en furia.

       —¡¿Pero qué tonterías estás diciendo?! ¡Dende no es mi hijo!

       —Ay, que cosas —exclamó Leona avergonzada—. Yo también juraba que era tu hijo.

       Yamcha y Kurinrin comenzaron a reírse a costillas de Piccolo, que les lanzó una mirada asesina. Incluso Gohan, Casiopea, Seiya, Trunks, Dende y Mr. Popo no pudieron evitar sonreír un poco debido a la confusión.

       —No puedo imaginar a Piccolo casado con una chica —murmuró Yamcha en medio de risas—. Jamás se me había ocurrido pensar que Dende fuera el hijo de Piccolo.

       —Disculpa, Biccolo, pero es que se parecen tanto —dijo Eclipse con una sonrisa, tratando de justificar su error—. Lo que pasa es que se parecen tanto.

       —Mi nombre es Piccolo y será mejor que dejen los chistes para otra ocasión —repuso el namek con frialdad—. Sí podemos revivir a Gokuh las posibilidades de derrotar a esos sujetos serán mucho mayores.

       En ese instante, Eclipse alzó un dedo al cielo y comenzó a hablar como si tratara de despertar un profundo optimismo en todos los presentes. Parecía como sí estuviera posando ante el público.

       —Esta decidido, amigos mío. Iremos a los confines del cosmos a buscar las dichosas esferas del dragón para revivir a “Gokuhroto” y luego les enseñaremos a los Khans que no pueden pelear contra las fuerzas del bien. Sí. ¡¡Somos los defensores de las estrellas que lucharemos hasta el final!!

       —¿Y en dónde está ese planeta? —le preguntó Dai ingenuamente.

       Eclipse se quedó parado en la misma posición y giró el rostro hacia Piccolo. Una sensación de inseguridad se apoderó lentamente de él, pero de todas formas no estaba dispuesto a que un detalle como ese le impidiera hacer un alegato apasionado acerca de la lucha entre el bien y el mal.

       —Eh, ¿en dónde dijiste qué estaba el planeta de Dende?

       —No lo dije. Nadie de aquí sabe en donde se encuentra exactamente.

        Al oír eso, el pobre enmascarado se cayó de espaldas al suelo luego de retorcerse. Leona, Sailor Saturn, Casiopea y Poppu no pudieron evitar sentir algo de pena ajena por Eclipse y bajaron la mirada al suelo conjuntamente.

       —Alguien tiene que hablar con él —suspiró Leona.

        Los demás asintieron con la cabeza. Luego de escuchar a Piccolo, los demás Guerreros Zeta comprendieron que les esperaba una tarea sumamente difícil: ubicar el planeta donde habitaban los namek. Sólo llegando hasta allí podrían revivir a Son Gokuh y con ello tener más posibilidades en la lucha contra el imperio de Abbadón.

       Continuará… .

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