Leyenda 132

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO CXXXII

EL SECRETO DE AZARUS

         País de Edo.

         En el siguiente segundo, Inu Yasha inclinó su espada Tetsusaiga hasta la posición de en guardia; Kagome ajustó una flecha y tensó la cuerda de su arco; Miroku sujetó su báculoShankujou con ambas manos; Sango tomó el enorme boomerang Hiraikotsu que llevaba en la espalda y Kirara lanzó un feroz rugido de advertencia.

         —¡Más te vale que te alejes de Kikyou! —exclamó Inu Yasha, asumiendo una postura defensiva Chudan No Kamae a dos manos—. No sé que intenciones tengas, miserable, pero no dejaré que la sigas engañando.

         Malabock dirigió una mirada distante hacia el hanyou y le sonrió.

         —Vaya, vaya, debo suponer que ustedes son amigos de la señorita Kikyou.

         —No trates de pasarte de listo conmigo, infeliz —Los labios de Inu Yasha se separaron de sus dientes—. ¿Quién eres y qué es lo que estás tramando? ¡Responde de una vez!

         —¿Cómo dices? —Malabock soltó una risita—. No le deseo ningún mal a la señorita Kikyou, chico imprudente. Lo único que me interesaba era derrotar al demonio Naraku y arrebatarle la legendaria Shikon no Tama.

         —¿Qué fue lo que dijiste? —inquirió Miroku con sorpresa—. ¿Tú acabaste con Naraku?

         —No puedo creerlo —dijo Sango.

         —Dudo mucho que todavía siga con vida —repuso el hechicero, echando una rápida mirada hacia el abismo—. Pero eso no tiene importancia para mí. Ahora que la perla de Shikon está en mi poder podré llevársela a mi amo —miró la diminuta joya que sostenía en una mano y la desilusión apagó un poco su sonrisa—. Oh, vaya, que mal, parece que está incompleta. Le falta un pequeño fragmento, pero eso no será ningún obstáculo.

         Miroku frunció el ceño.

         —No creo que Naraku haya sido exterminado tan fácilmente.

         Para Kagome la escena que se desarrollaba era sutilmente diferente, aunque no hubiese cambio alguno para los ojos físicos. Con estimulante preescisión, los ojos de Kagome podían distinguir claramente las energías espirituales.

         Malabock era una nube de tormenta iluminada con peligrosos rayos dentro de una oscuridad impenetrable y fría. La chica podía sentir que el hechicero era un ser tan malvado y despreciable como el mismo Naraku. No había la menor señal de bien en la presencia de Malabock y le costaba trabajo creer que Kikyou estuviera ayudándolo de alguna forma. Tenía que haber una poderosa razón de fondo para que la sacerdotisa hubiese aceptado a hacer un pacto con él.

         —Ese hombre… tiene una presencia maligna —murmuró Kagome, entre asustada y sorprendida—. No entiendo por qué Kikyou está con él.

         —Tiene razón, señorita Kagome —concordó Miroku—. Yo también puedo sentir su energía espiritual y no me agrada en lo absoluto. Si busca la perla de Shikon puedo asegurarle que no debe ser para nada bueno.

         —Inu Yasha —murmuró Kikyou—. ¿A qué has venido aquí?

         El joven hanyou dirigió la mirada hacia la mujer que alguna vez había amado.

         —¿Acaso no es obvio? No podía dejar que enfrentarás sola a Naraku.

         —Ella se encuentra bajo mi protección, chico —intervino Malabock suavemente y luego hizo un gesto con la mano para despedir a Inu Yasha—. Ahora no es necesaria tu presencia, así que puedes retirarte junto con tus amigos.

         —¿Y a ti quién te habló, entrometido? —Inu Yasha frunció el ceño y de pronto descubrió que se le había agotado la paciencia—. No sé que clase de mentiras le contaste a Kikyou, pero a mí no vas a engañarme. No eres más que un miserable que trata de quedarse con la perla de Shikon.

         —Creo que necesitas que te enseñen buenos modales, chico engreído.

         —Y tú vas a arrepentirte de haber venido con esa actitud tan altanera —replicó Inu Yasha.

         Kikyou aprovechó la distracción causada por Inu Yasha para llevar la mirada hacia el precipicio en busca de alguna señal de Naraku, pero incluso la presencia de éste se había esfumado por completo. Ésa no era la primera vez que el terrible hanyou desaparecía de ese modo. Malabock bien podía haber conseguido derrotarlo, más no destruirlo y eso era lo que la sacerdotisa estaba empezando a temer.

AstronaveEstrella Amarilla.

         El crucero espacial lerasino cruzó el sistema Adur con gran velocidad y silencio; seguía siendo zona dominada por el imperio de Abbadón. El príncipe Saulo no se arriesgó a bajar la velocidad, ya que la nave podía ser detectada y rastreada fácilmente por fuerzas imperiales o de sus aliados.

         —Envié una señal codificada para avisar de nuestra llegada —Saulo miró por la ventana frontal del puente. Adur era apenas un pequeño punto azul a doscientos mil kilómetros de distancia—. Al menos ahora estamos entre amigos.

         —Señor, una pequeña nave robot nos está escaneando de cerca —informó uno de los oficiales del puente—. No es un modelo del imperio de Abbadón, señor… Espere a que consulte la base de datos.

         Saulo se acercó a la espalda del oficial para mirar la pantalla y frunció el ceño.

         —¿De quién puede tratarse entonces? ¿Es aduriano acaso?

         —Es… terrícola, señor. Esto no tiene sentido. ¿Por qué los terrestres han enviado una de sus naves robot Predator a estas regiones? Saben perfectamente que no deben desplegar sus naves fuera de la órbita de Adur. Hacer lo contrario es exponerse a ser detectados por las fuerzas enemigas.

         —Será mejor consultar esto con el general MacDaguett. No recuerdo que el almirante Cariolano o alguien más del Alto Mando de la alianza les hubiese dado autorización para enviar sus naves más allá de Adur.

         —Quizá se tomaron la libertad de vigilar el sistema —sugirió Cadmio.

         —O tal vez están actuando a nuestras espaldas —comentó Saulo, contemplando cómo el planeta Adur iba elevándose ante ellos hasta llenar la ventana frontal con su masa reluciente—. Esto no me da buena espina por alguna razón. Será mejor que hable con el almirante Cariolano una vez que lleguemos.

Armagedón

         La masa negra de un Devastador Estelar pasó por encima de la Torre del Emperador y eclipsó completamente la luz del sol. El vasto hemisferio de visualización situado tras el señor de Abbadón comenzó a oscurecerse paulatinamente. La figura de N´astarith se había vuelto invisible dentro de las sombras que ahora cubrían el Trono del Emperador.

         —Todo marcha según lo planeado —estaba diciendo N´astarith—. Cuando los terrícolas comiencen su ataque contra la flota enemiga estacionada en Adur podremos recuperar las gemas estelares que los Celestiales y sus amigos nos arrebataron. El siguiente paso será liquidar a los líderes aliados mientras reine el caos. Después de eso nos ocuparemos de nuestros aliados.

         Delante a ese trono, y al hombre sentado en él, estaban todos los guerreros de Abbadón, el almirante Mantar, Isótopo, los guerreros de la Casa Real Axe y Arrow, Etzal, Zura y dos chicas jóvenes. Rei Ayanami era inescrutable, como siempre, y sus delicados rasgos conformaban una máscara de serena contemplación. Lilim estaba sola, entre Nauj-vir y la holopresencia de José Zeiva.

         —¿Y entonces recobraré mi libertad? —inquirió Lilim, mirando a la sombra.

         —Tú eres libre de hacer lo que gustes, mi querida amiga. —Era como sí la misma oscuridad hablara con amabilidad—. Sí unimos tu esencia a la de esta joven llamada Rei Ayanami fue porque era la única manera de liberarte de tu cautiverio. Puedes irte cuando lo desees. Nosotros no te detendremos, pero debes pensar en algo antes de marcharte.

         —¿De qué se trata?

         —Algunos de los humanos que te mantuvieron cautiva siguen con vida —repuso N´astarith, serio y seguro—. Ellos se han unido a mis enemigos y es bastante probable que traten de capturarte de nuevo o quizá incluso quieran destruirte como hicieron antes con todos tus compañeros. Tú también estás consciente de eso, ¿verdad?

         Lilim no respondió.

         —¿Crees que tus enemigos se detendrán antes de que seas destruida? La única manera que tienes para sobrevivir es ayudándonos. Nuestros enemigos son implacables, así que nosotros debemos ser iguales. Conviértete en nuestra aliada. Lucha con nosotros en contra de los humanos que te aprisionaron y juntos los destruiremos. Ambos sabemos que no existe otro camino para ti.

         La shito abrió los ojos, y clavó la mirada en la sombra que le hablaba.

         —Tienes razón.

         —Tengo razón en qué, mi amiga.

         —Haré lo que me pide —asintió Lilim—. Ahora que el mundo donde estuve cautiva fue destruido, mi único deseo es vengarme de los humanos sobrevivientes que escaparon y están con tus enemigos. Sólo así lograré dejar atrás el pasado y vivir en paz.

         —¿No has pensado que la venganza dio origen a la justicia? —preguntó la oscuridad—. La venganza es la base de la justicia. La justicia comenzó con la venganza, y sigue siendo la única justicia a la que podemos aspirar.

         Mientras la sombra hablaba, Lilim agachó la cabeza y meditó profundamente en la situación por la que atravesaba. Era como estar ante la entrada de un largo corredor oscuro del que no se sabía a dónde la conduciría. Todo lo que había escuchado era simplemente verdad. Aún sí decidiera marcharse no tenía un lugar a dónde ir. Y nada le aseguraba que la doctora Ritsuko o los demás miembros de Nerv que seguían con vida no estuvieran pensando en cazarla.

         Era un camino oscuro, pero no había otro.

         Al menos por el momento.

         —Mi señor, los demás han llegado —anunció Nauj-vir.

         La puerta del turboascensor se abrió de golpe. Cuando Bórax, el Rey Ban, Saboera, Myst, Kilban y algunos altos mandos militares del imperio entraron, un gesto de la voluntad de N´astarith activó la pantalla visora y una imagen nítida del sistema estelar Adur cobró vida en su interior.

         —Vaya, mis amigos —dijo la sombra—. Que bueno que llegaron.

Astronave Churubusco.

         El trasbordador giró para aterrizar, con los propulsores aullando, y Saulo saltó por la escotilla antes de que pudiera posarse. Unos momentos después, cuando la nave tocó suelo, la reina Andrea, Eclipse, los Caballeros Celestiales, las Guerreras Mágicas y los demás guerreros que habían viajado a Niros se encontraron pisando la plataforma luego de abandonar la rampa de abordaje. Cariolano caminó con rapidez para reunirse con ellos. En el muelle de desembarco había un contingente de bienvenida compuesto por guardias y algunos rostros conocidos.

         —Príncipe Saulo —dijo Cariolano al encontrarse con el grupo—. Es un alivio tenerlos de nuevo aquí. El Consejo de Líderes de la Alianza Estelar ha aplazado cualquier junta hasta que usted y la reina Andrea volvieran —hizo una pausa y dirigió una rápida mirada hacia los Celestiales antes de continuar—. No quisiera importunarlos con malas noticias, pero debe saber que existe cierta incertidumbre desde que supimos de la muerte del príncipe Ferrer. Muchos piensan que quizás ahora los meganianos abandonen la guerra y pacten la paz por separado con N´astarith.

         —Estoy seguro que circulan muchos rumores —replicó Saulo, irritado. No se sentía con ánimos para hablar sobre cuestiones políticas—. Tenemos muchas cosas que discutir en el Consejo de Líderes, almirante.

         Cariolano se inclinó ante la reina Andrea.

         —Majestad, me complace que hayan vuelto con bien. La sola idea de que algo malo le hubiese pasado me llena de horror. Ya le he notificado al Consejo de su llegada y se prepara una sesión especial para discutir las acciones a seguir.

         —Muchas gracias, almirante —repuso la reina amablemente—. Tengo confianza en que lograremos disipar todos esos rumores en el Consejo de Líderes. Ahora más que nunca debemos estar unidos en la lucha contra el Imperio de Abbadón.

         —Por cierto, almirante, hay algo de lo que queremos hablarle —miró a los ojos de Cariolano directamente—. Cuando entramos al sistema nos sorprendió que hubiera una pequeña nave robot escaseándonos y parece que no era la única. ¿Puedo saber por qué hay drones terrícolas fuera más allá de la órbita de Adur?

         —Era necesario aumentar la vigilancia en el sistema, majestad —dijo Cariolano.

         —Puedo comprender eso, pero el Consejo de Líderes acordó que ninguna nave sin excepción dejaría la órbita del planeta por ningún motivo. ¿Puedo saber quién autorizó a los terrícolas a mandar sus drones por el sistema?

         —Tomamos la decisión en el Comando Militar, majestad. Creímos que no había necesidad de notificarlo al Consejo de líderes porque los militares estamos facultado para llevar a cabo las acciones necesarias que garanticen la seguridad de la flota. Es sólo una medida temporal.

         —Lo siento, almirante, pero me temo que se han excedido —La voz de Saulo era hosca como su mirada—. Los sistemas de escaneo ubicados en Adur son más que suficiente por el momento para llevar a cabo labores de vigilancia. Le sugiero que le diga a los terrícolas que llamen a todos sus drones, y espero que lo haga antes de que el Consejo se reúna, o de lo contrario tendré que notificar de este incidente. No quiero drones husmeando por todo el sistema.

         —Muy bien, me encargaré de eso —asintió Cariolano con sosería, ajeno a la mirada suspicaz de Andrea—. Lamento que el hecho en sí le molestará, pero tomamos la decisión como una forma de mejorar la vigilancia del sistema.

         —¿Y por qué le dieron esa tarea a los terrestres? —inquirió Saulo con gravedad.

         —Bueno, príncipe, ellos se ofrecieron y…

         —Vamos, hablaremos de eso después. No seas duro con el almirante —Andrea tocó al príncipe en el brazo—. Ahora lo que me interesa es ir al Consejo de Líderes para revisar los reportes sobre la guerra.

         —Como siempre, alteza, usted es una excelente mediadora —dijo Cariolano mientras los conducía hacia la salida del muelle, seguidos por los guardias.

         —Hola, Saulo, que bueno que todos regresaron.

         Areth se acercó al príncipe de Endoria para darle la bienvenida. Saulo se detuvo un momento y echó una mirada a la nave de transporte. Cadmio, Casiopea y los demás estaban bajando por la rampa de abordaje. Tenía deseos de conversar un poco con su joven discípula, pero sus deberes políticos se lo impedían. Últimamente los asuntos en el Consejo de Líderes consumían todo su tiempo y ya no podía entrenar a Areth como había prometido hacerlo.

         —Areth, quédate con Cadmio y los otros. Me reuniré con ustedes más tarde.

         —Maestro, quería saber lo qué había pasado en Niros —dijo Areth con cierta desilusión en su voz—. También quería preguntarle algunas cosas sobre mi entrenamiento y… .

         —Hablaremos de eso después —le interrumpió Saulo—. Ahora tengo otros asuntos que debo atender, pero luego me dirás todo lo que quieras. Discúlpame, pero tengo obligaciones como príncipe de Endoria y no puedo quedarme en este momento.

         —Bueno… —suspiró Areth.

         Permaneció inmóvil y en silencio, viendo como se alejaba Saulo. Entonces se volvió y se dirigió despacio y cabizbaja hacia el resto de los Caballeros Celestiales. No era que no comprendiera las ocupaciones de Saulo, sino que tenía la impresión de estar quedando al margen de la vida de la persona en quien más confiaba y eso la desconcertaba bastante.

         Estaba pensando en lo sola que se sentía cuando alguien le puso una mano en el hombro izquierdo para detenerla. Cuando levantó la mirada para descubrir de quien se trataba se topó con el rostro sonriente de Asiont.

         —¿Cómo has estado?

         —Estoy bien, es sólo que… .

         —Oye, ¿por qué no me cuentas como va tu entrenamiento mientras vamos con los demás?

         Ranma se las arregló para soltarse del pegajoso abrazo de Shampoo y de sus insistentes invitaciones para que pasaran una velada juntos, y pasó junto a Trunks, Kurinrin, No.18, las Guerreras Mágicas, Ameria, Zerosu y Eclipse sin decir una sola palabra. Tenía otras preocupaciones en mente.

         —Tengo que reconocer que esa chica sabe lo que quiere —murmuró Eclipse, viendo como Shampoo seguía a Ranma—. Aunque la verdad no sé que le ve a ese chico sí ni caso le hace. Seguro que es por la loción que usa.

         —Bueno —dijo Kunrinrin—. El amor vuelve ciega a la gente.

         —Sí, supongo que sí —asintió Eclipse—. Y hablando de relaciones tormentosas me pregunto dónde está ese ojo alegre de Azmoudez. Últimamente lo he visto revolotear demasiado cerca de nuestra amiga Sailor Jupiter y no me da buena espina por alguna razón.

         —¿Qué tiene de malo eso? —inquirió Fuu.

         —No lo sé en realidad, digamos que es intuición masculina —repuso Eclipse con seriedad—. Ese tipo no me inspira nada de confianza. Me dijeron por ahí que siempre discute por todo en las sesiones del Consejo de Líderes. Es un buscapleitos.

         Umi miró a Eclipse con recelo.

         —Creo que exageras. Él es una buena persona. Tal vez no siempre puedas estar de acuerdo con él, pero no me parece que sea una persona que sólo causa problemas. Deberías darle una oportunidad.

         —Seguro —Elipse alzó los ojos—. Cuando me coronen como rey de Céfiro.

         —Tal vez el enmascarado no esté tan equivocado.

         Las Guerreras Mágicas, Eclipse, Kurinrin y Trunks se volvieron hacia el hechicero con piel pétrea, tranquilo e impasible. Con los brazos cruzados y la cabeza agachada, Zerugadisu estaba recargado de espaldas contra una de las paredes del muelle de desembarco. Cuando las diferentes miradas convergieron sobre su figura, el hechicero levantó el rostro para observarlos.

         —A decir verdad yo llegué hace poco tiempo y no conozco a la mayoría, pero tampoco confío en esa persona que ustedes llaman Azmoudez. Cuando nos dirigíamos a ese lugar llamado Noat puede darme cuenta que no tenía ninguna prisa porque llegáramos a nuestro destino. Más bien parecía bastante tranquilo con la situación.

         —Tienes razón en eso —concedió Trunks—. Pero quizá si estaba preocupado por lo que estaba pasando. Tengo entendido que Azmoudez siempre estuvo de parte del príncipe Jesús Ferrer cuando todos lo consideraban un malvado.

         —Mayor razón para que quisiera llegar pronto —objetó Zerugadisu.

         No.18 se alisó los cabellos para disimular su enfado. Estaba más interesada en averiguar lo que harían más adelante que en las sospechas sobre Azmoudez. La androide volvió la cabeza en dirección a Eclipse.

         —Oye tú, olvídate de ese sujeto y dinos qué están planeando tus amigos.

         —¿Y por qué me preguntas a mí? Sé lo mismo que ustedes. La búsqueda por las gemas sagradas ha terminado y N´astarith consiguió quedarse con la mayoría. Supongo que Cadmio y los otros decidirán qué hacer ahora.

         —Pues a mí no me gusta quedarme esperando —refunfuñó 18.

         —Tranquilízate un poco, 18 —le dijo Kuririn—. Estoy seguro que entre todos podremos idear un plan para derrotar a N´astarith y luego volveremos a casa. Mira, Gokuh aún no se ha recuperado de sus heridas. Lo mejor que podemos hacer es esperar un poco más.

         18 echó a caminar, apartándose de Kuririn.

         —Siempre tomas las cosas con demasiada ligereza.

         Kurinrin se ruborizó levemente.

         —Oye, 18, yo… .

         —Tu novia sí que tiene carácter, casanova —Eclipse le dio un suave codazo al chico en el hombro. Todo el que no fuera ciego o imbécil se habría dado cuenta que Kuririn estaba perdidamente enamorado—. Supongo que sí te casas con ella te espera un matrimonio bastante intenso.

         —¿Qué? Bueno, yo… eh —respondió, poniéndose a la defensiva.

         —Ay, pero que hermoso es cuando una persona encuentra el amor —murmuró Ameria con un peculiar brillo en su mirada—. No te preocupes, Kurinrin, te aseguro que si persistes en tus intentos conseguirás el corazón de tu amada. El amor es tan fuerte como el poder de la justicia.

         Kurinrin miró a Ameria con los ojos bien abiertos y parpadeó varias veces.

         —¿Qué cosa dijiste?

         Umi se llevó una mano a la frente y suspiró.

         —Pero que cursi se escuchó eso.

         —Lo mismo digo —asintió Zerugadisu.

         Cadmio se acercó al grupo para llamarlos y señaló el corredor al fondo.

         —Oigan, dejen de perder el tiempo con tonterías. Tenemos que reunirnos de nuevo en la sala de entrenamiento. Los demás nos están esperando.

País de Edo.

         Trató de abrir los ojos una vez más. Vio sombras difusas. Inu Yasha sosteniendo a Tetsusaiga frente a él. Más sombras. Despertó de un profundo sueño sólo para descubrir que se hallaba rodeado de enemigos. El efecto del ataque de Malabock había pasado y sólo sentía el cuerpo adolorido, pero no le importaba. Estaba vivo. Analizó la situación en la que se encontraba. Naraku había desaparecido de la escena, Kagura no estaba por ninguna parte, el hechicero Malabock tenía en sus manos la perla de Shikon e Inu Yasha y sus amigos habían llegado. Las cosas no pintaban nada bien para Hakudoshi.

         —Kikyou, ¿por qué estás con este sujeto? —quiso saber Inu Yasha.

         —Eso es un asunto que no es de tu incumbencia, Inu Yasha —repuso la sacerdotisa con hosquedad—. No sé qué te estás imaginando, pero no tengo que darte explicaciones de mis actos. Será mejor que te marches.

         Malabock dejó escapar una sonrisa.

         —Ya la oíste, muchacho engreído. Deberías darme las gracias por haber derrotado al demonio Naraku y arrebatarle la perla de Shikon. No sé por qué estás aquí, pero te aseguro que la señorita Kikyou está bien protegida.

         —¿Qué dijiste? —inquirió el hanyou a punto de atacar—. Te vas a arrepentir.

         —Espera un momento, Inu Yasha —exclamó Miroku y luego se adelantó unos pasos corriendo—. Al menos debemos averiguar cuáles son las intenciones de este sujeto y por qué busca la perla de Shikon.

         Inu Yasha contuvo su genio. Aunque moría de deseos por hacer trizas a Malabock, también estaba interesado en conocer los verdaderos motivos por los que Kikyou había aceptado ayudarle a localizar la perla de Shikon. Pero tan pronto como sus dudas quedaran aclaradas, ni Miroku podría evitar que la punta de Tetsusaiga terminara dentro de las entrañas del maldito hechicero.

         —Está bien, Miroku, lo haremos a tu modo.

         El hechicero soltó una risita.

“Que sujetos tan molestos”, pensó Malabock. “Con tan solo verlos puedo darme cuenta que todos poseen habilidades especiales. ¿Deberé eliminarlos para quitármelos de encima? Aunque quizá podrían serme de alguna utilidad. Y ese insolente llamado Hakudoshi continua con vida, pero debe estar muy débil luego de recibir mi ataque. Dejaré que Inu Yasha y sus amigos se hagan cargo de él mientras recupero mis fuerzas”.

         —Antes que nada queremos saber por qué buscas la perla —La voz del monje Miroku atrajo la atención de Malabock—. Te has tomado demasiadas molestias para encontrarla y no te importó tener que enfrentarte con Naraku.

         —Eres bastante observador —repuso Malabock tranquilamente—. Pero yo sólo soy un emisario de mi amo y no estoy autorizado a revelar sus planes. —Dirigió su mirada hacia Kagome—. Sólo puedo decirles que la perla de Shikon posee habilidades que ni siquiera mi magia puede igualar y por eso he venido a buscarla.

         —¿Y podemos saber quién es tu amo? —inquirió Miroku con seriedad.

         —No lo conocen, pero sus intenciones son usar la perla de Shikon para traer paz y justicia a todo ser viviente. Como les dije antes, esta perla posee una magia que ni yo puedo utilizar y es por eso que la necesitamos.

         Inu Yasha agitó su espada en el aire.

         —Sólo estás diciendo tonterías. No has respondido a nuestras preguntas.

         —No es un asunto que te incumba, muchacho —replicó el hechicero y miró de reojo a Hakudoshi aún en el suelo—. Me gustaría quedarme y conversar más, pero tengo asuntos más importantes en mente. De todas formas ustedes tienen sus propios problemas.

         —¿De qué estás hablando? —inquirió Miroku intrigado.

         Sango notó que los árboles se movían a medida que cobraban vida uno a uno y se acercaban por docenas. Se volvió con rapidez y usó su boomerang Hiraikotsu para destruir a uno de los árboles monstruosos. Los demás engendros le imitaron y atacaron sin preámbulos.

         —¡Tengan cuidado! —advirtió la exterminadora.

         —¿Qué está sucediendo? —exclamó Miroku luego de eludir a uno de los árboles monstruosos. Actuando con celeridad, el monje lo derribó con ayuda de su báculo Shankujou y luego extrajo algunos pergaminos de sus ropas—. Los árboles han cobrado vida y nos atacan.

         —¡Están por todas partes! —gritó Shippo.

         Kagome se dio media vuelta y tensó la cuerda de su arco. Cuando uno de los monstruos la atacó, disparó y el árbol se desintegró luego de que la flecha se clavara sobre el tronco que era su cuerpo. Al mismo tiempo, Inu Yasha levantó su espada Tetsusaiga y su enorme hoja chisporroteó al llenarse con la fuerza del Kaze no Kizu. Con un solo movimiento, Inu Yasha aniquiló a una docena de enemigos empleando una ráfaga de luz que salió de la espada.

         —¡Kaze no Kizu! (Viento Cortante)

         Malabock quedó impresionado. Los árboles que había encantado con magia no tardarían en ser destruidos. Pero eso no le preocupaba. Aquellos engendros sólo eran la distracción que necesitaba para escapar. No tenía caso librar otra batalla cuando requería de todo su poder mágico para regresar a su propio universo. Se volvió hacia Kikyou y le hizo un gesto con la mano para indicarle que debían marcharse.

         —Acompáñeme, señorita Kikyou.

         La sacerdotisa comenzó a caminar detrás hechicero, pero se detuvo un momento para volverse por encima del hombro y observar a Inu Yasha. Así como el hechicero, ella también sabía que los árboles monstruosos no eran rivales para el guerrero hanyou y los demás. Pero aunque por fuera se mostraba indiferente, por dentro experimentaba un cúmulo de emociones confusas. Le preocupaba que trataran de seguirla y que Inu Yaha y sus amigos expusieran sus vidas.

         —¡Kikyou, no vayas con él! —le gritó el hanyou mientras usaba su espada para bloquear el ataque de un árbol inmenso y deforme. Entonces, cuando vio que el monstruo continuaba acosándolo, izo acopió de sus fuerzas para asestarle un golpe que lo partió en dos—. ¡Kikyou!

         Ella bajó la cabeza y se marchó. Parecía muy triste.

         Astronave Churubusco.

         En la sala de entrenamiento, mientras Vejita practicaba en unas de las cámaras bajo una gravedad aumentada ochocientas veces, Cadmio subió a uno de los asientos y llamó la atención de todos. Eclipse no comprendió del todo la discusión que siguió. Era un debate relacionado con N´astarith, con algo llamado aureus, con la posible derrota de la Alianza Estelar, con un guerrero legendario llamado Káiser, y con la aparición del Khan Fobos del Terror; y la verdad es que tanta discusión empezaba a causarle un poco de confusión. Las únicas partes que comprendía con claridad mencionaban la muerte del príncipe Ferrer, la decisión del Consejo de Líderes para continuar con la guerra y los deseos del príncipe Saulo de que todos los guerreros provenientes de las distintas dimensiones volvieran a sus hogares.

         —Nosotros tampoco teníamos idea de que los Khans pudieran controlar el aureus de esa manera. La muerte del príncipe Ferrer demuestra que existen pocas posibilidades de que podamos hacerles frente.

         —Estás diciendo que quieren que volvamos a nuestros universos sin haber luchado contra N´astarith, ¿es cierto? —dijo Aioria con escepticismo—. ¡No pueden pedirnos eso! No después de lo que hemos pasado. ¿Cómo se les ocurre pensar semejante cosa?

         —Aioria tiene razón —murmuró Milo—. Hemos pasado por muchas dificultades y no podemos marcharnos hasta no haber derrotado a N´astarith. La misión de todos los santos es defender la Tierra, incluso sí nos cuesta la vida.

         —No se precipiten —intervino Dohko de Libra—. Lo que Cadmio está diciendo no es del todo equivocado. Desde que llegué a este lugar me di cuenta que algunos poseen poderes extraordinarios, pero también existen personas cuyos poderes no servirán para combatir a los Khans. Esas personas no deben involucrarse en la lucha o sólo conseguirán perder sus vidas inútilmente.

         —N´astarith no sólo cuenta con los Khans —comentó Sailor Neptune—. A lo largo de los diferentes encuentros que hemos tenido también han aparecido otros sujetos con poderes, como ese hechicero llamado Malabock.

         —Es cierto —convino Umi—. Ese mago tenía poderes extraños.

         Hyoga realizó un asentimiento con la cabeza.

         —Durante la batalla en el Santuario también combatimos contra algunos guerreros de la Casa Real de Megazoar, aunque ellos no resultaron ser tan poderosos como los Khans. Lo que Sailor Neptune dice es cierto. Parece ser que N´astarith suele recurrir a todo tipo de personas para lograr sus metas.

         —Eres muy inteligente, Hyoga —le dijo Hikaru animadamente.

         —Bien dicho —exclamó Yamcha.

         —Como sea, eso no interesa —rezongó Sailor Uranus, cruzada de brazos y con una expresión de pocos amigos—. Nosotras nos podemos irnos y depositar en otros la responsabilidad de proteger nuestro mundo. Es demasiado arriesgado. No importa lo que piensen. Nosotras pelearemos contra ellos suceda lo que suceda.

         —Lo mismo opino yo —dijo Dai con determinación—. Todavía recuerdo lo que esos canallas le hicieron al castillo de Leona. Es cierto que ellos son más fuertes que muchos de nosotros, pero eso no debe atemorizarnos.

         Cadmio dirigió una mirada frustrada a Casiopea y negó con la cabeza.

         —¿Es qué acaso nadie comprende lo que digo? —dijo el Celestial—. Analicen los hechos y déjense ese discurso ridículo. Hemos librado batallas contra los Khans en diferentes universos y jamás logramos vencerlos. Ahora que sabemos que algunos de ellos pueden utilizar el aureus está claro que jamás los derrotaremos. Es cierto, al principio yo también creía que encontraríamos una manera de vencerlos, pero luego de saber lo que ocurrió en Niros, me doy cuenta de que estaba equivocado.

         —¿Ya terminaste? —le preguntó Kanon en un tono monótono y hosco—. No nos menosprecies, Cadmio. Todos aquí hemos sido testigos de la enorme fuerza de los guerreros Khans. En el Santuario acabaron con la vida de uno de los Santos Dorados más poderosos y he escuchado que también han matado a otros guerreros —hizo una pausa y dio un paso al frente—. Pero eso no excusa para rehuir pelear con ellos. Son fuertes, no lo niego, pero Shiryu derrotó a uno hace poco y también lo hizo ese hombre al que llaman Son Gokuh.

         Casiopea no pudo evitarlo. Dio un paso al frente y se aclaró la garganta.

         —Hummmm… Temo que debo estar de acuerdo con Kanon. Tiene que existir algo que podamos hacer, guapo. Todos sabemos que los Khans son fuertes, pero quedarnos cruzados de brazos sin hacer nada no es una opción. Nos hemos reunido aquí todos juntos para luchar.

         —Y ahora tú te pones del lado de ellos —la acusó Cadmio—. ¿Es que acaso no tienes un poco de sentido común, Casiopea? Sí existiera aunque fuera la menor posibilidad de ganar, yo sería el primero en ir por N´astatith y lo sabes —se giró hacia todo el mundo agitando el dedo—. Escúchenme bien. A menos que conozcan un método para combatir a los Khans más les vale ir haciendo sus maletas porque los enviaré de regreso a sus dimensiones. No me importa lo que piensen, pero así tenga que patearles el trasero a cada uno para mandarlos de regreso lo haré. Y créanme que lo haré con todo el gusto del universo.

         —Pues mejor ve empezando —replicó Piccolo frunciendo el ceño.

         Eclipse soltó una risita y miró a Cadmio.

         —Espero que no se vaya a cansar.

         Cadmio le lanzó una mirada asesina.

         —Tú cállate, mercenario.

         —Escucha, Cadmio —gruñó Piccolo, avanzando unos pasos—. La verdad no me interesa lo que tú o Saulo piensen de todo esto. No vinimos desde nuestro mundo sólo para dar un paseo y luego regresar como si nada más hubiera pasado. Estamos aquí para vencer a N´astarith y a sus guerreros, así no nos marcharemos hasta haberlo conseguido y espero que lo entiendas.

         —Si me lo permiten quisiera decir algo.

         Todo el mundo se giró hacia Asiont para mirarlo. Éste sabía que su repentina interrupción iba a causar mayores problemas con Cadmio, pero no podía quedarse al margen de la situación. Tenía que decir algo al respecto. Del mismo modo que el resto de sus compañeros, Asiont tampoco ignoraba lo poderosa que era la fuerza del aureus y que pelear con los guerreros de Abbadón era algo suicida. Pero no había otro camino y estaba plenamente convencido de eso. Tenía que enfrentar a los Khans y derrotarlos de alguna forma a pesar de los riesgos que esa decisión implicaba.

         —Asiont —murmuró Sailor Mercury.

         —No puede ser —se quejó Cadmio, tomándose la frente—. Lo que me faltaba.

         —Creo que no soy el más indicado para hablar —dijo Asiont observando todos y cada uno de los rostros de los presentes—. Sé que ésta no es la primera vez que luchan por lo que es justo, y desearía tener el mismo valor y la misma fe que he visto en todos ustedes. No sé la razón por la que las gemas sagradas llegaron a sus mundos, pero estoy seguro que no fue casualidad que nos reuniéramos para enfrentar a N´astarith. Sí permanecemos unidos encontraremos la forma de solucionar este problema. Les confieso que me siento honrado de poder pelar a su lado.

         —Bien dicho —murmuró Gaury—. ¿Y quién es N´astarith a todo esto?

         Rina Inbaasu estaba pensando en lo absurdo que era aquella situación. Ella era una cazadora de riquezas y no tenía pensado arriesgar su vida en una loca cruzada como la que proponían Kanon, Piccolo y los demás. Había aceptado viajar hasta ese universo porque quería conservar para sí el triángulo de Zanatar, pero incluso eso había dejado de interesarle. Lo único que deseaba en ese momento era encontrar algo valioso que pudiera llevarse consigo cuando volviese a su mundo. La hechicera estaba punto de decir que deseaba ir a descansar, o por lo menos eso pensaba hacer cuando Uriel, Azmoudez y Azrael entraron.

         —Que bueno que los encuentro a todos aquí, así me ahorran el trabajo de buscarlos —dijo Azmudez y luego se detuvo—. Con seguridad los Celestiales ya les contaron que los guerreros de Abbadón poseen la fuerza del aureus, lo cual lo convierte virtualmente en seres invencibles. Pero quizá les interese saber qué he encontrado una pista que podría servirnos para derrotarlos.

         —¿Qué fue lo que dijiste? —preguntó Yamcha, incrédulo.

         —¿Es eso cierto? —dijo Sailor Jupiter.

         —No estés jugando —murmuró Poppu.

         —¿De qué estás hablando? —inquirió Zerugadisu.

         —Tengo entendido que algunos de los Khan anteriormente fueron Celestiales o entrenaban para serlo —Azmoudez dirigió una mirada llena de desprecio contra Asiont, Casiopea y Areth—. En el pasado ellos formaban parte de una facción dirigida por un Caballero llamado Azarus que abandonó la Orden y más tarde trataron de conquistar el planeta Adur, pero fueron derrotados.

         —¿A qué viene todo esto? —inquirió Cadmio desde su posición—. No veo qué relación puede existir entre algo que sucedió hace ciclos estelares con derrotar a los guerreros de Abbadón. ¿Podría ser más especifico?

         Azmoudez sonrió.

         —Por supuesto, aunque es natural que te moleste recordar que la Orden de los Celestiales no siempre ha luchado por la justicia como pregonan. Bien, lo que mayoría no nunca supo es que Azarus planeaba apoderarse del Portal Estelar y por eso pretendió conquistar el planeta. Para ser más claros, estaba pensando en usar la vida de los habitantes para hacer una especie trueque con los Celestiales. Sin embargo, antes de iniciar su plan se dedicó de lleno a estudiar los misterios del aureus. Tengo entendido que se convirtió en uno de los Caballeros más sabios de todos los tiempos.

         —Es correcto, general —asintió Casiopea—. Azarus fue uno de los dos candidatos para dirigir la Orden, pero fue rechazado por el Consejo Celestial debido a sus enseñanzas y creencias. Después de eso él  y sus seguidores trataron de controlar el planeta Adur.

         —Me alegra que lo recuerde , princesa, pero existe algo que usted no sabe —Azmoudez estaba dispuesto a conservar  el ímpetu—. Lo que nunca se le dijo a los Celestiales es que los adurianos pudieron encontrar unos cristales de datos que contenían todas las investigaciones y los conocimientos de Azarus sobre el aureus. Debido a la rebelión, muchos empezaron a tener miedo del poder de los Caballeros Celestiales y mantuvieron esos cristales guardados en secreto.

         Cadmio se puso tenso. Había escuchado de joven que Azarus llevaba una bitácora personal donde archivaba todos sus estudios y conocimientos, pero que ésta nunca logró ser recuperada luego de la rebelión de los Celestiales oscuros. Se suponía que los cristales que contenían dichos archivos habían sido destruidos durante la batalla, pero la posibilidad de que alguien los hubiera encontrado y lo mantuviera en secreto era real.

         —Aún cuando lo que dices fuera cierto, no veo cómo eso podría ayudarnos —dijo Cadmio, serio como si estuviera hecho de piedra—. Azarus fue reconocido por sus conocimientos, pero no entiendo a dónde quieres ir.

          —No seas impaciente  —Azmoudez comprendió que el momento para decir algo que los Celestiales no sabían—. Esos cristales fueron entregados a un grupo de guerreros que los escondieron en Adur en un sitio que nadie conoce, ni siquiera el rey Lazar o su gente de confianza. Lo malo es que la mayoría de esos guerreros murieron cuando N´astarith conquistó este sistema, pero uno de ellos pudo llegar al planeta Unix y nos contó todo. 

          Aioria aguardó un momento y luego preguntó:

          —¿Y tú sabes donde están esos cristales?

          —Exactamente y quizá en ellos encontremos una manera de enfrentar a los guerreros de Abbadón y al mismo N´astarith. Lo único que tenemos que hacer es descender al planeta y con gusto los conduciré hasta el sitio indicado. Tal vez no encontremos nada que sirva, pero existe una posibilidad de descubrir algo sobre el aureus.

          —¿Por qué no habías dicho nada de eso hasta ahora? —inquirió Lance con suspicacia.

          Azmoudez volvió a sonreír.

          —A decir verdad nunca creí una palabra sobre el aureus. Siempre pensé que un mito inventado por los Celestiales, pero ahora he visto con mis propios ojos lo que los Khans son capaces de hacer y cualquier cosa vale la pena con tal de vencerlos.

          —Bueno, ¿por qué no lo traes aquí y lo analizamos? —preguntó Lance.

          —Temo que eso no será posible. Los cristales están guardados en una bóveda secreta y necesitaré la ayuda de algunos de ustedes para localizar su posición exacta y luego abrirla. Deben comprender que la bóveda no puede ser encontrada por medios electrónicos. Necesitamos habilidades especiales para hacerlo.

          —Que casualidad —farfulló Eclipse—. Estoy sospechando que aquí hay mano negra.

          —¿De qué estás hablando? —le preguntó Fuu.

          Kanon tampoco se veía muy convencido, pero no quiso decir nada por el momento. La actitud de Azmpoudez le provocaba una profunda desconfianza, aunque también cabía la posibilidad de que las circunstancias llevarán al general a portarse de esa manera. Quizá había comprendido la gravedad del problema y estaba dispuesto a revelar sus más preciados secretos. Kanon no conocía la historia del universo donde se encontraba  y tampoco tenía motivos para poner en duda lo dicho por Azmoudez, pero aun así no podía dejar de sospechar que había algo más de fondo. Los ojos del santo de Géminis escrutaron atentamente cada una de las expresiones de Azmoudez.

          —Los Celestiales no podemos permitir eso —dijo Cadmio con gravedad—. Los secretos del aureus son asunto exclusivo de la Orden Celestial y no podemos dejar que nadie más los conozca. Sí esos cristales existen deben entregarlos.

           —Me temo que ése no es el caso —Aunque la expresión de Azmoudez era solemne, Lance creyó detectar cierto placer en la voz del general—. Los cristales quizá contengan información táctica que nos proporcionaría una ventaja sobre los guerreros de N´astarith y he conseguido que el almirante Cariolano dicte una orden mediante la cual los cristales quedarán bajo el resguardo del Comando Militar de la Alianza Estelar.

           —Cariolano no puede hacer eso —se quejó Lance.

           —Temo que ya lo hizo —intervino Uriel—. Sí tienen alguna objeción pueden hablar con él, pero mientras tanto iremos por los cristales. Sólo cumplimos con avisarles y solicitar su ayuda para buscar los cristales. No nos interesa lo que piensen.

           —No perdamos el tiempo discutiendo entonces —dijo Seiya, impaciente—. Sí existen esos cristales deben llevarnos a ellos. Cualquier cosa que sirva para derrotar a esos guerreros  siempre será bienvenida.

           Un imperceptible brilló cruzó la mirada del sonriente general Azmoudez.

           —Exactamente, Seiya, después de todo estamos entre amigos.

           Dentro de una habitación… .

           El agente K descansaba en una silla… 

           El agente J limpiaba su arma mientras silbaba una melodía… .

           MacDaguett fumaba un puro y desplazaba su peso de un pie a otro… . 

           Mientras, una persona con uniforme de oficial de la flota hablaba con la holopresencia de N´astarith.

           —El plan se ha desarrollado tal y como lo predijo, mi señor. El general MacDaguett ha conseguido datos precisos de las naves de la Alianza y se las transmitirá al almirante Scott en breve. Los Hombres de Oscuro han intervenido las computadoras de la Churubusco y Azmoudez pronto llevará a los guerreros y a los Celestiales al planeta Adur para que sean aniquilarlos. Todo marcha según lo acordado.

           —¡Excelente! Seréis generosamente recompensados como os prometí.

           La persona con uniforme de oficial de la flota se inclinó levemente.

           —Gracias, mi señor —dijo Cariolano, almirante supremo de la Alianza Estelar.

Continuará… .

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