Leyenda 134

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO CXXXIV

OPERACIÓN: “TORMENTA EN EL ESPACIO”

Astronave Churubusco.

         Después de que Azmoudez anunciara que la información que estaban esperando sería recibida en poco tiempo, Zacek alzó el puño para demostrar su optimismo y con el brazo izquierdo rodeó a Lis-ek por la espalda. Piccolo aún mantenía sus reservas, pero fingió recibir la noticia con agrado. Rina Inbaasu reaccionó con total indiferencia pese a que Ameria y Gaury trataron de convencerla de que mostrara algo de entusiasmo. Seiya estaba verdaderamente emocionado, quizá más que los demás santos. Las Inner Senshi comenzaron sonreír junto a las Guerras Mágicas. Pero Vejita ni siquiera quiso escuchar del asunto y prefirió continuar con su rutina en la cámara de entrenamiento.

         Seiya se dio la vuelta para hablar con Mu de Aries, quien se encontraba de espaldas a la sala donde el príncipe saiya-jin practicaba. El santo de oro se volvió hacia Seiya para observarlo con una expresión serena en el rostro.

         —Mu, ¿oíste la noticia? —exclamó el Santo de Pegaso—. Dentro de poco sabremos cómo vencer a los guerreros de N´astarith. Tenemos que decírselo a Saori-san, ¿no crees? Iré a buscarla ahora mismo para contarle todo.

         —Me temo que eso no será posible, Seiya.

         —¿Eh? ¿Por qué dices eso, Mu?

         El santo de Aries suspiró y bajó la cabeza, pero no dijo una sola palabra. Eso fue suficiente para que la alegre sonrisa de Seiya se esfumara. Un pensamiento fugaz cruzó por la mente del santo de bronce y lo invadió el presentimiento de que algo grave le había ocurrido a la persona más importante para él.

         —¿Qué es lo que pasa, Mu? ¿Acaso le sucedió algo malo a Saori? ¡Responde!

         Mu vaciló.

         —Atena decidió ofrecer su sangre para restaurar las armaduras de bronce. Ella no deseaba que lucharan con sus ropajes dañados y prefirió arriesgar su propia vida para darles una oportunidad.

         —¿Quieres decir que Saori ha muerto? —La mirada de Seiya tembló, la voz se le quebró por el pavor y las piernas le flaquearon—. ¡No puede ser! ¡Saori!

         Algunos curiosos se volvieron hacia los dos santos luego de escuchar los gritos de Seiya. La mayoría no tenía idea de lo que estaba ocurriendo, pero Hyoga, Shiryu y Shun reaccionaron con sobresalto al oír las exclamaciones de Seiya y se arremolinaron en torno a éste. De igual forma, Kanon se quedó sorprendido por la noticia, como también lo hicieron Marin, Shaina, Dohko, Aioria y Milo.

         —¿Qué es lo que están diciendo? —inquirió el santo de Escorpión.

         —Atena no puede estar muerta —murmuró Marin.

         —¡Eso es mentira!

         Las distintas voces de los presentes se alzaban a la vez, preocupados por la presunta muerte de Saori Kido. Con una larga mirada a través de la habitación, el siempre sereno Mu impuso el silencio. Luego, con calma, procedió a explicar todo mientras Azmoudez y los otros observaban desde lo lejos.

         —Atena no ha muerto —dijo el santo de Aries—. Ella derramó gran parte de su sangre para restaurar los ropajes sagrados de los santos de bronce. Sin embargo, tengo que decirles que semejante sacrificio ha resultado ser demasiado para ella. En estos momentos, Atena se encuentra entre la vida y la muerte. No sé sí logrará recuperarse y despertar. He sanado sus heridas, pero ahora todo depende de ella.

         —Atena —musitó Hyoga con preocupación—. Arriesgaste tu vida por nosotros.

         —Tenemos que ir a verla —sugirió Seiya en forma apremiante.

         Los cuatro santos de bronce se dispusieron a ir hacia la puerta de salida, pero el santo de Leo les salió al paso para detenerlos. Antes de que Seiya pudiera decir algo, Aioria le puso una mano en el hombro y luego negó con la cabeza.

         —¿Qué sucede, Aioria? —le preguntó Seiya, totalmente desconcertado.

         —Entiendo como te sientes, Seiya, pero lo mejor será que dejemos que Atena recupere sus fuerzas. Estoy convencido de que ella se repondrá porque así lo ha demostrado en el pasado, pero nosotros tenemos la obligación de derrotar a N´astarith y a sus guerreros.

         —Pero, Aioria, ahora no tenemos tiempo para eso —replicó Shiryu.

         —¡Saori nos necesita, Aioria! —exclamó Seiya con vehemencia—. Tenemos que estar con ella en estos momentos. No podemos abandonarla después de que puso su vida en peligro… .

         —Será mejor que escuchen lo que dice Aioria —le cortó Dohko—. Atena ha hecho el máximo sacrificio por ustedes. En toda la historia de las guerras sagradas, nunca había sucedido que una diosa ofreciera su sangre por un humano, aunque éste fuera un guerrero sagrado. La mejor forma de honrar el sacrificio de Atenea será saliendo victoriosos de la batalla contra N´astarith.

         —Maestro —musitó el santo del Dragón.

         Seiya se quedó con la mirada puesta sobre Dohko de Libra. Había actuado precipitadamente al olvidarse de la batalla que los aguardaba y ahora se daba cuenta del error que cometía. Saori había puesto en peligro su vida con la intención de ayudarlos en la lucha contra los Khans y sólo derrotándolos podrían hacer que el sacrificio de Atena valiera la pena. Ahora menos que nunca podían permitirse derrotados ni mucho menos darse por vencidos y renunciar a la batalla. Hacer eso equivaldría a desdeñar la vida de Saori.

         —Tiene razón, maestro —dijo Seiya luego de un momento—. Lo que debemos hacer es prepararnos para enfrentar a N´astarith y vencerlo. Ahora más que nunca es necesario que luchemos hasta el final y con todas nuestras fuerzas.

         Aioria asintió con la cabeza.

         —Y no estarán solos en esta batalla. En el pasado, ustedes enfrentaron un sin fin de calamidades y lograron la hazaña de recorrer las Doce Casas. En esta ocasión estaremos luchando a su lado porque nosotros también somos Santos de Atena.

         —Gracias, Aioria.

         —Si me disculpa por interrumpirlos —dijo Leona, atrayendo sobre sí las miradas de todos los Santos del Santuario—. Pero ¿podrían explicarnos de qué están hablando? ¿Qué fue lo que le sucedió a Saori? ¿Por qué está su vida en peligro?

         Shiryu, que comprendía perfectamente que los demás no sabían nada acerca de los ropajes sagrados, se aproximó a la princesa de Papunika y a los demás.

         —Descuida, les explicaremos todo con calma. Para empezar deben saber que las armaduras de los santos están hechas de materia viva. Normalmente, los ropajes dañados se reparan por sí mismos cuando el daño no es muy serio. Es como la herida en el cuerpo de un hombre, puede curarse naturalmente si no es nada grave, pero en este caso los ropajes sagrados estaban demasiados dañados. Fue por eso que Atena decidió ofrecer parte de su sangre para restaurarlos.

         Leona le observó con temor en los ojos.

         —¿Su-su sangre?

         —¿Por qué todo tiene que ser sangriento? —preguntó Eclipse.

         Estados Unidos de América (Embajada francesa)

         Julián Soul estaba al teléfono hablando con uno de los hombres de confianza del general Louis. Habían pasado una hora desde que Alexander había enviado un mensaje codificado utilizando los canales diplomáticos de la embajada. Un comandante francés en París tenía instrucciones de transmitir el mensaje a una nave de carga que navegaba por el Atlántico. El capitán de la embarcación, a su vez, lo retransmitiría hacia Alaska con la esperanza de que un agente especial del DGSE lo recibiera. Julián esperaba confundir de esa manera a los servicios de inteligencia americanos, pero sabía que eso resultaría sumamente difícil y más después de que Jush había declarado el estado de guerra por todo el planeta.

         —Sí, entiendo, Berstroff —dijo Julián con voz pausada—. Necesito que te dirijas inmediatamente al sector diez. Ahí encontrarás una estación de carga abandonada desde donde enviarás el mensaje a las coordenadas asignadas. Mucha suerte, mon ami.

         Colgó y se volvió hacia Alexander y Satsuki.

         —El agente Berstroff recibió el mensaje y se dirige hacia el sector diez para contactar al capitán André Archer. Lo malo es que tal vez la CIA haya podido interceptar las comunicaciones y ahora estén tras la pista de Berstroff.

         —Más vale que ese pirata espacial entregue el mensaje —murmuró Satsuki mientras dirigía su mirada hacia Alexander—. De lo contrario no habrá nada que podamos hacer para evitar una guerra entre la Tierra y la Alianza Estelar.

         —Dios te oiga, Satsuki —dijo Alexander mientras accionaba un control remoto y encendía la televisión. Se sentó en el sofá y sorbió un poco del capuchino que la asistente del general Louis le había traído—. Al menos las cosas no podrían ser peores.

         En ese momento, emitieron algo por la cadena CNA que causó tanta indignación en Alexander como cuando se enteró de la conspiración orquestaba por Jush. Estaban transmitiendo un reportaje que hablaba precisamente sobre él. Con un tono severo y acusador, el presentador comenzó a hablar:

         —El general Alexander Yaner se encuentra actualmente prófugo de la justicia y se le considera un hombre extremadamente peligroso. Militares allegados al hoy ex Jefe del Estado Mayor del Ejército han confirmado que éste también estaría involucrado en negocios ilícitos con drogas —Alexander escupió el café cuando vio un video de él mismo durante una fiesta que le habían organizado en un centro nocturno. Delante del general una sensual mujer vestida de colegiala realizaba un baile erótico. La imagen se congeló mostrando el rostro fascinado de Alexander.

         De vuelta en el estudio, el presentador arqueó las cejas.

         —Esto nos debe llevar a reflexionar sobre la calidad moral de los hombres que sirven en las fuerzas armadas del mundo. El general Alexander Yaner no sólo es un asesino y un traidor a su país, sino también un degenerado. Más noticias en nuestro reportaje especial… .

         —¡Eres un imbécil George Jush! ¡Ojalá que te pudras en el infierno! —fue lo único que pudo gritar Alexander.

Sala del Consejo de Líderes.

         En la habitación se estaba celebrando una reunión con los altos representes políticos y militares de la Alianza Estelar. El objetivo era revisar y definir la estrategia que debía llevarse a cabo en la guerra contra el imperio de Abbadón. La reina Andrea estaba hablando sobre la actividad que realizaban las fuerzas enemigas en el séptimo cuadrante de la galaxia. Un holograma de la Vía Láctea rotaba silencioso sobre el centro de la enorme mesa de conferencias mientras todos los presentes escuchaban con atención. Los líderes aliados no tenían muchos motivos para sentirse optimistas debido a la difícil situación por que la que atravesaban. Las noticias que llegaban desde los diferente frentes de batalla no eran demasiado alentadoras, pero había ciertos indicios que mostraban que la ofensiva de N´astarith comenzaba a flaquear.

         La tercera flota koldasiana había sufrido severas pérdidas en su lucha contra las tropas vretanias y se había visto en la necesidad de retroceder. Un día después, fuerzas aliadas liberaron el sistema estelar Trasux y los koldasianos tuvieron que emprender la retirada. En el sistema Coramia, las fuerzas abbadonitas habían encontrado poca resistencia; los soldados coramios habían arrojado sus armas y emprendido la huida en sus naves. La población había contemplado con curiosidad el paso de los vehículos blindados y los Shadow Troopers por las ciudades y poblados. Todo parecía tranquilo, pero en las noches los grupos de resistencia coramios hostilizaban a los invasores colocando explosivos en los caminos o tendiendo emboscadas.

         Andrea esperaba convencer a todos que había buenos motivos para no perder las esperanzas y continuar la lucha. Como muchos, la reina estaba enterada que algunos líderes deseaban hacer la paz con los abbadonitas y era necesario convencerlos de que la Alianza Estelar estaba haciendo progresos significativos.

         —Nuestros últimos reportes de inteligencia indican que las fuerzas imperiales y sus aliados tienen serios problemas para controlar todos los sistemas que han conquistado. Momento a momento, más grupos de resistencia se han unido a la lucha y dificultan las tareas del enemigo. Tampoco hay que olvidarnos de la concentración de naves de guerra cerca de las fronteras del sistema estelar atrio… .

         Un embajador interrumpió la exposición mientras el profesor Dhatú, el doctor Dreyfus y el profesor Ochanomizu entraban a la sala de conferencias.

         —Alteza, todo esto suena muy bien, pero los grupos de resistencia tienen un efecto limitado sobre las capacidades ofensivas del enemigo. De nada sirve hostilizar a las fuerzas enemigas si no logramos alcanzar una victoria contundente. Mientras los Devastadores Estelares de N´astarith sigan siendo invulnerables, no existe la menor posibilidad de terminar con la guerra.

         —Que bueno que toca el tema —replicó Andrea, accionando un control para que el holograma de la Vía Láctea desapareciera para dar lugar a uno de un Devastador Estelar—. Como saben, los científicos de la Alianza han estado trabajando en una manera de contrarrestar los escudos de las naves enemigas, pero ahora hemos hecho algunos progresos.

         Rodrigo Carrier soltó un sonoro gruñido.

         —¡Hemos estado escuchando ese mismo cuento desde hace tiempo y seguimos en la misma situación! ¿Por qué no aceptamos la realidad y negociamos la paz con N´astarith de una vez por todas? Los escudos abbadonitas son impenetrables sin importar que clase de armas usemos.

         —Bueno, es cierto que los escudos enemigos han demostrado ser resistentes a la mayoría de las armas conocidas, pero el profesor Dhatú, el doctor Dreyfus y el profesor Ochanomizu han hecho un descubrimiento que los hará ver las cosas de otro modo.

         Todas las miradas se dirigieron hacia los científicos. Estos se dieron cuenta de que la reina esperaba que la ayudaran a salir del problema en el que se encontraba. De ese modo decidieron comunicar su descubrimiento de la mejor manera posible.

         —Sí, así es —dijo Dhatú—. Verán, el escudo de defensa de las naves abbadonitas opera empleando casi la totalidad de la energía de toda la nave. Por esto muchos sistemas dejan de funcionar cuando el escudo se encuentra activado. Los cazas y los robots de combate dependen enteramente de la energía de los Devastadores Estelares para accionar sus propios escudos de defensa.

         El almirante Cariolano estaba realmente sorprendido.

         —¿Quiere decir que sí logramos neutralizar el escudo de los Devastadores Estelares también dejaremos a los cazas desprotegidos?

         —Es correcto, almirante —repuso Dreyfus—. Como pueden comprobar mediante esta simulación holográfica, tenemos la teoría de que los sistemas de contramedidas electrónicas en los Devastadores no cuentan con la energía necesaria para funcionar sí la nave emplea el escudo de defensa a su máxima capacidad.

         —¿Y eso de qué demonios sirve? —preguntó Rodrigo Carrier—. Es obvio que no necesitan contramedidas electrónicas cuando la nave es totalmente inmune a cualquier ataque exterior.

         —Exactamente, esa es la idea —dijo el profesor Ochanomizu, sintiendo que el momento culminante de su exposición se acercaba—. Y por eso los obligaremos a desactivar sus escudos empleando un método efectivo. El profesor Dhatú nos comentó que podríamos usar los sistemas teletransportadores de los cazas Tao para transportar una carga explosiva al interior de cada nave enemiga. Como el sistema de contramedidas electrónicas no estaría funcionando, les será imposible evitar que usemos el sistema de teletransportación. La Alianza Estelar no posee la tecnología para teletransportar objetos, pero la GAU la emplea desde hace mucho tiempo.

         Rodrigo Carrier observó el holograma del Devastador Estelar antes de hablar.

         —¿Nos están diciendo que necesitarían bajar los escudos para usar el sistema de contramedidas?

         —Es correcto —dijo Ochanomizu—. Sólo así lograrían evitar que siguiéramos utilizando los teletransportadores para atacarlos. Un caza Tao sólo tendría que acercarse unos cuantos kilómetros para enviar la carga explosiva dentro de un Devastador Estelar y destruirlo. Hemos pensado en la posibilidad de instalar sistemas de teletransportación a bordo de las Águilas Realpara realizar estas misiones.

         —Bueno, me parece que todo esto es absurdo —se quejó el general MacDaguett desde su lugar—. Ni siquiera sabemos sí ese plan funcionará y en todo caso, aunque lográramos hacer que desactivaran sus escudos, el enemigo aún nos superaría en número y en armamento. Creo que este plan es completamente ridículo.

         —¿Por qué el sistema de armas tiene energía a pesar del escudo? —preguntó Strenuss, ignorando a MacDaguett.

         —Es la misma interrogante que también nos planteamos, general —le contestó Dhatú—. En realidad no sabemos mucho de sus naves. El doctor Dreyfus tiene la teoría de que los sistemas ofensivos operan de forma independiente, pero la verdad es que no estamos seguros de eso. Debemos entender que también existe la posibilidad de que puedan reconfigurar sus sistemas en poco tiempo y así logren mantener funcionando tanto los escudos como el sistema de contramedidas electrónicas.

         —No puedo creer que vayan a creer todas estas boberías —exclamó MacDaguett dirigiéndose a todo el mundo—. Este plan está lleno de muchos supuestos y no podemos arriesgarnos a librar una batalla basándonos en meras especulaciones y teorías descabelladas. ¿Quieren que lancemos un contraataque con sólo unos minutos de margen?

         —Es precisamente lo que estamos planeando, general —Andrea centró la atención una vez más. El holograma del Devastador Estelar se desvaneció—. Esta es la oportunidad que hemos estado esperando por tanto tiempo. Una victoria sobre las fuerzas de Abbadón cambiaría el balance de la lucha. Me parece que sería un error pensar en sentarse a negociar en las actuales condiciones. ¿Acaso creen que N´astarith nos dejará con vida?

         —La reina Andrea habla con la verdad —dijo Strenuss—. Los meganianos solíamos ser aliados de N´astarith y ahora nos cazan como animales. ¿De verdad esperan un mejor trato para ustedes que siempre se le han opuesto?

         A las palabras del general meganiano siguió un largo silencio. La mayoría de los presentes intentaban asumir el alcance de los hechos. Sí N´astarith se comportaba de esa manera con sus antiguos aliados, ¿qué destino les esperaba a todo aquel que hubiese atrevido a desafiarlo abiertamente? La muerte sería el menor de los problemas.

Tierra (Congreso Mundial)

         En las oficinas del Canciller, George Jush y algunos de sus colaboradores contemplaban atentamente la holopresencia de N´astarith proyectada sobre un extremo de la habitación. La figura del oscuro señor de Abbadón esperaba pacientemente en silencio mientras Jush continuaba con su informe.

         —La flota se dirige hacia el sistema Adur, tal y como lo prometimos.

         —Excelente, todo va de acuerdo al plan —la imagen mostraba la translúcida mueca de una sonrisa—. Creo que no tengo que recordarles que no debe quedar una sola nave aliada en Adur después del ataque. Todas deberán ser destruidas junto con sus tripulantes sin ninguna excepción.

         —Hemos recibido confirmación de nuestros agentes de que los sistemas de armas de las naves aliadas pronto serán inhabilitados. Sólo faltan ultimar los detalles finales y entonces transmitiremos la orden de ataque. La misión ha sido denominada “Tormenta en el espacio”.

         La imagen asintió, su sonrisa pasó a ser una mueca sin transición.

         —Un nuevo amanecer está llegando a esta galaxia. La victoria de la Tierra está muy cerca y será recordara por toda la historia. Todo debe terminar en el sistema Adur y la Alianza finalmente desaparecerá. Me han servido bien y os recompensaré por eso.

         La imagen se desvaneció.

         Jush alzó la cabeza hacia atrás y exhaló un largo suspiro. Esta vez la mueca estaba en su boca y en sus ojos.

         —Estos extraterrestres son todos iguales. Creen que la Tierra sólo está para cumplir sus deseos, pero pronto llegará el día en que las cosas cambiarán. N´astarith puede festejar todo lo que quiera, pero no puede negar el derecho de la Tierra a dirigir esta galaxia y todos sus planetas. Nuestro destino fue escrito en las estrellas por el dedo de Dios desde el principio de la creación.

         El teléfono de Jush comenzó a sonar y éste lo descolgó.

         —¿Sí?

         La voz del nuevo presidente de Estados Unidos brotó del aparato.

         —Señor, tenemos noticias de que Alexander está tratando de avisar a la Alianza Estelar sobre nuestros planes. La CIA interceptó parte de un mensaje codificado que fue retransmitido a Alaska y lo recibió un hombre no identificado. Hace una hora enviamos un comando para atraparlo, pero el sujeto logró enviar el mensaje a una nave segundos antes de hacer estallar el lugar donde se ocultaba. Tanto el desconocido como nuestros hombres murieron en la explosión, pero sabemos que se trataba de un mensaje de alerta para el Consejo de Líderes de la Alianza Estelar.

         —¿Qué nave recibió la transmisión? —inquirió Jush—. Desde que declaré el estado de guerra en todo el planeta, ninguna nave puede partir sin autorización expresa de las fuerzas armadas.

         —Parece que se trata de una nave pirata conocida como la Snow Queen. Hemos hecho una investigación y por lo que sabemos es dirigida por un sujeto de nombre André Archer. Anteriormente fungía como oficial dentro de la armada espacial británica, aunque tiempo después desertó y ahora se dedica a la piratería espacial. Se le busca en doce sistemas estelares.

         Jush hizo un gesto de desdén.

         —Sí se trata de un pirata espacial podremos comprarlo fácilmente. Ofrécele oro, gemas, mujeres, lo que quiera, pero haz que regrese inmediatamente y nos diga quién le pasó la información.

         —Me temo que no será tan sencillo como parece, señor —repuso el presidente con un hilo en la voz—. André perdió a su familia por culpa del imperio de Abbadón y tiene amigos en Adur. Creemos que aceptó entregar el mensaje como una forma de revancha personal contra los extraterrestres.

         —Entonces destruyan su maldita nave —ordenó Jush.

         —Ya hemos despachado al USS Hermes para interceptar a la Snow Queen y destruirla cuanto antes. De todas maneras hemos hecho cálculos y sabemos que no conseguirán llegar a tiempo al sistema Adur.

         —Más te vale o me aseguraré que alguien más confiable se siente en la Oficina Oval de la Casa Blanca. ¿Ya han averiguado donde se esconde Alexander y quién lo está ayudando?

         —No, pero… .

         —¡Pues averígualo, imbécil! ¡No podemos dejar que siga con vida! —Jush colgó bruscamente y luego miró a sus colaboradores—. Comuníquenme inmediatamente con el general Scott. Tenemos que avisarle sobre los piratas espaciales y ordenarle que declare la alerta amarilla en toda la flota. Esto nos obliga a acelerar nuestros planes.

Astronave Churubusco. (Sala del Consejo)

         La reunión que se estaba celebrando se disgregó en varias discusiones simultaneas. La mitad de los presentes no estaban muy seguros de que los planes de la reina Andrea fueran confiables. En medio de aquella gran confusión, el almirante Cariolano reclamó con un gesto de atención de los presentes, y cuando todo el mundo le prestó atención, procedió a emitir su opinión.

         —He estado en conversaciones con los demás líderes militares de la alianza y llegamos a la conclusión de que lo más conveniente es realizar algunos ejercicios militares para mejorar la coordinación entre nuestras fuerzas. El plan de la reina Andrea es arriesgado, pero no veo otra opción sí queremos salir adelante. Tenemos que lanzar una contraofensiva y por lo mismo enviaré a las Águilas Reales, a las fuerzas de la GAU y otras naves de combate hacia el sistema Ninxit con la misión de realizar maniobras de entrenamiento.

         Rodrigo Carrier, que lo estaba escuchando con escepticismo, se inclinó hacia delante y cortó a Cariolano con un bufido.

         —Corríjame sí me equivoco, almirante, pero quiere enviar lo mejor de nuestra flota a un sistema estelar bastante alejado. No quiero sonar alarmista, pero no es conveniente dejar laChurubusco desprotegida sólo para ir a hacer juegos de guerra. Le recuerdo que en este momento tenemos a muchos refugiados con nosotros.

         —Esos ejercicios son necesarios —replicó Cariolano—. Además, existen sistemas de escaneo en todo el sistema. Sí hubiera peligro lo sabríamos con mucho tiempo de anticipación y se tomarían acciones defensivas.

         —¿Anticipación? Eso no es suficiente, le recuerdo que esta nave es el cuartel general de la Alianza Estelar y que la seguridad… .

         —Perdone, comandante Carrier —le interrumpió el rey Lazar con un tono diplomático—. Pero en este caso debo estar de acuerdo con el almirante Cariolano y apoyar su plan. Sí lo que los científicos expusieron hace un momento resulta ser cierto, tenemos que preparar a nuestras fuerzas para lanzar un ataque.

         —Es ridículo —se quejó Rodrigo.

         —Tal vez, pero es hora de pasar de las palabras a las acciones —Lazar se volvió hacia la delegación de la GAU—. Gobernador Bantar, he oído que usted anteriormente era almirante de los zuyua y quiero pedirle que se encargue de llevar a nuestras naves al sistema Ninxit a realizar los ejercicios. El almirante Cariolano había hablado previamente conmigo de esto y me parece una excelente idea.

         —Sería un honor, majestad —repuso Bantar—. Tengo que consultarlo antes con el emperador Zacek, pero no creo que exista ningún inconveniente al respecto.

         Rodrigo no dijo nada. Se hundió en su asiento y desvió la mirada.

         —Creo que los ejercicios son una buena idea —dijo Andrea.

         Strenuss asintió con la cabeza.

         —Estoy de acuerdo. Votemos.

         El rey Lazar contó los asentimientos.

         —Se aprueba la propuesta del almirante por mayoría de votos —esperó, mirando a Rodrigo—. ¿Algún comentario más?

         El comandante Carrier se limitó a mirar la pared.

         —Es unánime —dijo Lazar, encogiéndose de hombros al cabo de un momento.

         —Se levanta la sesión —anunció la reina Andrea—. Nos volveremos a reunir en un ciclo solar.

         Mientras los demás líderes aliados y los militares abandonaban la sala del Consejo, Saulo se acercó al almirante Cariolano antes de que éste terminara de recoger sus cosas y pudiera irse también. La mirada del príncipe de Endoria era como el hielo y estaba sólo a un ápice de ser abiertamente hostil.

         —No quise tocar el tema de los terrícolas en la sesión porque no era mi intención desviar el tema, pero quiero ser bastante claro con usted, almirante. No deseo ver naves terrícolas patrullando por el sistema y tampoco me interesa lo que tenga que decir al respecto, ¿le queda claro?

         —Como el aire, príncipe —dijo Cariolano.

         —Quiero un informe completo de los patrullajes efectuados por los terrícolas y datos técnicos de las naves que los realizaron.

         —Tomo notas de su petición, príncipe. Puede estar seguro de que todo se hizo por la seguridad de la flota. El general MacDaguett quería demostrar su apoyo a la Alianza y por eso ofreció sus naves robot para realizar misiones de vigilancia.

         —No vuelva a tomar decisiones de esa naturaleza sin consultarlo previamente con el Consejo de Líderes, almirante —el tono de Saulo era severo—. De lo contrario me aseguraré que sea relevado del mando y que le hagan una corte marcial.

         —Le he dicho que tomé nota de sus peticiones, príncipe —dijo Cariolano con un tono testarudo. Terminó de recoger sus cosas y después inclinó su cabeza ligeramente en gesto de conclusión—. Esto debe bastarle por el momento, ¿algo más?

         Su tono decía: “Váyase al demonio”

         La boca de Saulo se comprimió hasta formar una línea.

         —Eso es todo, almirante —dijo con tensa formalidad.

         Cariolano dio la media vuelta y se dirigió hacia la salida. Tan pronto como el almirante se hubo marchado de la sala del Consejo, la reina Andrea alcanzó al príncipe en el pasillo y comenzó a caminar junto a él.

         —¿Algo malo sucede, Saulo?

         —No es nada, Andrea, sólo estaba aclarando un asunto importante con el almirante Cariolano. Disculpa que no lo haya mencionado durante la sesión, pero no quería crear más polémica.

         —¿Qué fue lo que ocurrió? —preguntó Andrea, conteniendo la respiración.

         —El almirante dio autorización para que los terrícolas desplegaran naves robot por todo el sistema y lo hizo sin consultarlo con el Consejo de Líderes. Cariolano dice que el comando militar tiene autorización para llevar a cabo estas labores de vigilancia, pero no me gustó lo que hizo. Los terrícolas son nuestros aliados, pero es arriesgado desplegar naves más allá de la órbita del planeta.

         —A veces Cariolano toma decisiones por su cuenta —repuso Andrea—. Hablaré con él más tarde para recomendarle que tenga cuidado. No te preocupes tanto, Saulo, te he notado demasiado tenso desde hace tiempo.

         Saulo sonrió con cansancio.

         —Tengo tiempo que no duermo bien, pero tengo demasiadas ocupaciones. Ni siquiera he podido seguir con el entrenamiento de Areth e incluso he olvidado a los Caballeros Celestiales. El Consejo de Líderes exige mucha atención.

         —Sí, es verdad, pero tienes que encontrar tiempo para tus amigos.

         —Trataré de hacerlo —dijo Saulo en voz baja—. Por cierto, ¿en dónde está la almirante Misa Ichijo? Creí que estaría en la sesión en calidad de oyente, pero no la vi ni a ella o a alguno de sus representantes.

         —Creí que ya lo sabías, pero parece que no —Andrea se detuvo—. La almirante Misa ha decidido regresar a su universo una vez que el Megaroad sea reparado en su totalidad. Parece que no están interesados en involucrarse en el conflicto y hasta cierto punto es comprensible.

         —¿Comprensible dices? —bufó Saulo con desagrado, volviéndose hacia la reina—. Estamos pasando por un momento sumamente difícil y nos niegan ayuda cuando más la necesitamos. Tal vez a Misa y sus oficiales se le haya olvidado, pero arriesgamos la vida para salvarlos. No puedo creer que ahora quieran irse.

         Andrea parecía como dolida.

         —Sí, mira, tienes razón. Por supuesto que la tienes. El problema es que la flota de Misa es una fuerza expedicionaria de exploración espacial y no una fuerza de combate. La Megaroadposee armamento, pero no es una nave de guerra.

         —Quizá sea como dices, pero necesitamos toda la ayuda disponible, así sean naves de carga. No me lo tomes a mal, pero esperaba un poco más de gratitud de parte de ellos. ¡De haber sabido que iban a darnos la espalda mejor los hubiéramos dejado en su universo!

         —Saulo, por favor, analiza lo que estás diciendo —replicó Andrea—. Hicimos lo que era correcto y lo sabes. No es que esté de acuerdo con Misa, pero también debemos comprender que no puede desatender a los suyos.

         El príncipe suspiró larga y profundamente.

         —Está bien, tienes razón. No debí decir eso.

         —Descuida, todos estamos algo alterados.

         —Han sido demasiadas cosas y estoy cansado —murmuró Saulo.

         Un suave timbre sonó en las vestimentas de la reina.

         —Disculpa —dijo y se volvió, sacando su comunicador de un bolsillo—. ¿Sí….?

         —Majestad, los escáneres espaciales detectaron una nave desconocida cerca de la órbita del planeta —dijo una voz femenina por el comunicador—. Han enviado un mensaje donde nos piden autorización para aterrizar en la Churubusco. Aseguran venir del planeta Kinmokusei y dicen que la conocen a usted, pero el sistema que mencionan no aparece en ningún registro. Hemos puesto un escuadrón en alerta roja.

         —Voy para allá —repuso Andrea—. Notifiquen al almirante Cariolano y no abran fuego a menos que sea reales necesario. Podrían ser refugiados de algún sistema estelar en el borde exterior de la galaxia.

         Se guardó el comunicador y exhaló un suspiro.

         —Cuando no es una cosa es la otra, ¿me acompañas?

         —Por supuesto —asintió Saulo—. Esperemos que no sea nada malo.

USS Enterprise.

         —¿General? —la voz sin emoción del oficial de comunicación llamó la atención de Winfield Scott—. Nos llaman del HMS Ark Royal, señor. Es el almirante Albert Albion que desea hablar con usted.

         Los ojos de Scott se entrecerraron. Últimamente aquel inglés lo estaba molestando demasiado con sus protestas y sus constantes cuestionamientos. De seguro estaba llamando para averiguar por qué la flota se dirigía hacia el sistema Adur a máxima velocidad luego de declarar la alerta amarilla.

         —Adelante.

         El oficial de comunicación tecleó un código y la pantalla visora del puente se iluminó con una imagen del rostro de Albert Albion.

         —General Scott —dijo con viveza el almirante inglés—. ¿Puedo saber cuáles son sus intenciones? ¿Por qué nos dirigimos hacia el sistema Adur? ¿Acaso existe alguna razón en espacial para declarar la alerta amarilla?

         —De hecho sí —repuso Scott con indiferencia—. Hace poco recibí un informe del general MacDaguett donde nos avisan que una flota de la Alianza Estelar se prepara para invadir la Tierra. Nuestra misión es destruir las naves enemigas antes de que lleguen a nuestro sistema solar.

         —¿Qué dice? —exclamó Albert—. Eso es completamente ilógico.

         —Le aseguró que no es así. Hace unos instantes comunique personalmente esa información al Canciller y éste me ha dado autorización para lanzar un ataque preventivo. Tenemos que proteger a la Tierra antes de que las naves enemigas estén listas. La operación tiene el nombre clave de “Tormenta en el espacio”

         —¡Holy ship! ¿Está seguro de eso? Quizá deberíamos hablar con alguien en la Alianza antes de iniciar una… .

         —De nada serviría hacer eso —le interrumpió Scott—. El general MacDaguett descubrió la existencia de esa flota detrás del planeta Adur y nos está esperando en el sistema para unirse a nosotros. Sí tratamos de comunicarnos con la Alianza sólo delataríamos nuestra posición, así que no habrá ninguna transmisión.

         —¡Esto es una locura! Tengo que hablar con el Canciller ahora mismo.

         —Olvídelo, almirante —dijo Scott a punto de perder los estribos—. No habrá más comunicaciones con la Tierra a partir de este momento. Desde que se declaró la alerta amarilla toda la flota navega “a ciegas” para evitar nuestra detección por parte del enemigo. Le recomiendo que prepare a sus hombres para el combate.

         —No puede hacer eso, general.

         —Le garantizo que su disentimiento quedará debidamente asentado en la bitácora, almirante. Scott fuera.

         Cuanto se interrumpió la transmisión, Scott hervía en deseos de ordenar que arrestaran a Albert y lo metieran en un calabozo. Ahora estaba convencido de que el almirante inglés sería un problema a futuro, pero esperaba poder mantenerlo bajo control hasta que la batalla en Adur hubiese terminado. Scott sabía que debía conducirse con tranquilidad hasta el momento en que no hubiera marcha atrás en el conflicto con la Alianza Estelar.

         —Ese tipo me está haciendo perder la paciencia —murmuró mientras cerraba un puño y golpeaba uno de los brazos de su asiento—. ¿Cuánto falta para llegar?

         —Entraremos al sistema Adur en aproximadamente una hora —informó el oficial de navegación y luego agregó—: Señor, mientras usted hablaba con el almirante Albert, recibimos un mensaje para usted proveniente de la USS Hermes con carácter de urgente.

         —¿Qué dice? —quiso saber Scott—. ¿Encontraron la nave pirata?

         —Mejor que eso, general. Los piratas fueron destruidos junto con su nave en los límites del sistema Ninxit antes de poder efectuar cualquier transmisión. 

         Scott dejó escapar una sonrisa de satisfacción. Ahora tenía motivos para relajarse un poco.

         —Excelente, podemos proceder con el ataque. Preparen el sistema de defensa y ordene a los pilotos que aborden sus naves. Todo el personal a sus puestos de batalla y estén listos para declarar la alerta roja en toda la flota.

Continuará… .

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