Leyenda 130

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO CXXX

¿AMENAZA EXTRATERRESTRE?

         La Tierra (Congreso Mundial)

         En la oficina de la delegación francesa, el senador Julián Soul había convocado a una junta con los senadores de la Unión Europea, China, India, la Unión Suratlántica y Rusia; a la reunión también habían asistido algunos altos mandos militares franceses. La conversación giraba en torno al acalorado debate que se había originado durante la comparecencia del presidente William Wilson. El general Louis Valian, de la armada espacial francesa, aceptó una taza de café y un croissant que le ofrecía cortésmente una de las asistentes de Julián.

         —Me molesta que ocurran estas cosas —estaba diciendo Louis—. Creo que por eso nunca me ha agradado la política. Todo es siempre tan confuso y difícil de comprender para la gente común y corriente. Me desagradan las discusiones inútiles y carentes de sentido.

         —¿Qué puedo decirte? —Julián se encogió de hombros—. La política nunca ha sido muy clara que digamos, pero tengo que admitir que lo que ocurrió me confunde incluso a mí. La actitud del presidente Wilson es completamente extraña. ¿Adónde pretende llegar acusando a la Alianza Estelar de organizar un ataque contra la Tierra?

         Helke Menstein alzó la mirada del documento que revisaba.

         —Quizá los abbadonitas aceptaron retirar sus tropas con la condición de que Wilson se comprometiera a lograr que el Congreso Mundial rompiera relaciones con la Alianza Estelar. Sólo así lograría entender que hiciera esa clase de acusaciones tan temerarias.

         —¿Y si de verdad la Alianza Estelar quiere atacarnos y el presidente Wilson está en lo correcto? —inquirió el senador Paulo Soelo de Italia—. Siempre he pensado que nunca debimos habernos inmiscuido en esa guerra entre extraterrestres. Creo que tal vez el presidente Wilson no esté tan equivocado como algunos piensan y los alienígenas realmente pretendan ocupar este planeta.

         —Eso no tiene ningún sentido —dijo Julián con una mirada desaprobadora al senador italiano—. La Alianza Estelar tiene suficientes problemas como para iniciar una guerra contra nosotros. Sospecho que Wilson se trae algo más entre manos, pero no quisiera adelantar conclusiones hasta que los representantes de la Alianza fijen una postura oficial ante la Tierra.

         La puerta se abrió y un oficial francés se dirigió a los senadores.

         —Disculpen, senadores, pero deben permanecer en esta oficina. Ha ocurrido un atentado en el Congreso. Nadie conoce los detalles exactos, pero todo parece indicar que hubo un tiroteo en el despacho del Canciller en el cual estarían involucrados representantes de la Alianza Estelar. La zona ha sido acordonada por las fuerzas de seguridad y no han permitido que nadie se acerque.

         —Dios mío, ¿qué sucedió? —exclamó Louis.

         El oficial se explicó con mayor detalle.

         —Nadie sabe los pormenores, pero los despachos de noticias están diciendo que el presidente Wilson y el Canciller fueron asesinados por diplomáticos de la Alianza Estelar que llegaron hace unas horas. Las personas que estaban fuera del despacho del Canciller afirman que escucharon gritos y luego sonidos de disparos.

         Julián, pasmado y no precisamente sereno, miró al joven vestido con el uniforme de las fuerzas armadas de Francia. Por un momento sintió deseos de estar inmerso en un mal sueño, una extraña pesadilla bastante real que lo haría despertar de un momento a otro. Luego, la dura realidad comenzó a imponerse. Lo que había parecido alejado y poco probable se estaba convirtiendo en algo terriblemente real. La Tierra estaba a punto de entrar en otra conflagración estelar.

         —Veamos qué noticias hay en la red —dijo Helke.

         Una de las asistentes de Julián ascendió el enorme monitor de plasma. Emitían desde las afueras del Congreso Mundial. Una periodista de la CNA retransmitía desde la acera de una amplia avenida que pasaba frente al recinto internacional. Frente a la cámara desfilaban soldados, agentes de seguridad, paramédicos, periodistas e incluso parte del personal que laboraba en el Congreso Mundial corriendo en diferentes direcciones.

         —… según versiones extraoficiales, los representantes diplomáticos de la Alianza Estelar estaban bastante molestos por las declaraciones del hoy finado presidente Wilson. Hasta el momento no tenemos información oficial, pero parece que todo se debió a una disputa que terminó en masacre. El vicepresidente Jush tomó posesión del cargo de presidente hace unos minutos, pero existen rumores no confirmados de que piensa dimitir para postularse al puesto de Canciller…

         La cámara dejó de enfocar a la periodista y miró hacia las puertas del Congreso Mundial en el momento en que las fuerzas de seguridad estaban sacando unas camillas, cada una con una bolsa negra que contenía un cadáver. Con el zoom de la cámara digital, los paramédicos llenaron toda la pantalla. Todos los presentes en la oficina de Julián miraban fijamente la pantalla de plasma y pasaron del estupor a la angustia total.

         —El Canciller y el presidente Wilson han sido asesinados.

         —¿Qué es lo que va a pasar ahora?

         Julián aprovechó el momento para consultar al militar que más confianza le inspiraba de los ahí reunidos, aquel con el que había forjado una amistad desde hacía diez años y que era su mejor enlace con los altos mandos del ejército francés.

         —Louis, ¿qué opinas?

         —Me temo que estamos ante el peor escenario posible. Todo el mundo pensará que la Alianza Estelar mandó asesinar al presidente Wilson y al Canciller. Las cosas se pondrán muy complicadas hasta que no se aclaren los hechos y sepamos qué fue lo que realmente ocurrió.

         —Estoy de acuerdo —dijo Julián—. Seguramente se convocará a una sesión de emergencia para elegir al nuevo Canciller lo antes posible. Debemos procurar que los ánimos no se caldeen más de lo que ya están. A nadie le conviene que la Tierra entre en un conflicto con la Alianza Estelar.

         Louis dirigió su mirada nuevamente hacia la pantalla.

         —… nos acaba de llegar un último reporte desde la flota terrestre estacionada en la órbita de Venus. No tenemos información oficial, pero parece que un grupo de combatientes extraterrestres se ha infiltrado en el destructor USS Maine. Tendremos más información en unos instantes.

País de Edo.

         A la luz de la primera hora diurna, las colinas que, envueltas en niebla, rodeaban el bosque, ofrecían una vista inerrablemente bella, pero Kikyou no tenía tiempo para disfrutar de aquella maravillosa visión. Había pasado parte de la noche reflexionando en las palabras de Malabock y estaba convencida de que el hechicero no le había hablado con sinceridad. ¿Y por qué le interesaba tanto la Shikon no tama? ¿Y si en realidad era alguien igual o peor que el mismo demonio Naraku? En el plano espiritual, Malabock apestaba a energía maligna. No podía cometer el error de confiar en él por ningún motivo, aunque tampoco podía ignorar que la ocasión le brindaba una oportunidad para buscar y encontrar a Naraku.

         Asuka parecía percibir la preocupación de Kikyou y alzó la vista para mirarla.

         —Ese hombre volverá a buscarla hoy, ¿no es así, señorita Kikyou?

         —Debemos actuar con sumo cuidado —murmuró la sacerdotisa—. Tenemos que averiguar por qué está buscando la perla de Shikon con tanto interés. Está claro que él no es un youkai, pero no por eso sus intenciones dejan de ser sospechosas. No hay que olvidar que también existen humanos que ambicionan los poderes de la perla.

         —¿Qué es lo que haremos entonces? —inquirió Kouchou.

         Kikyou bajó la mirada.

         —Guiar a Malabock hasta Naraku puede ser arriesgado, pero quizá sea la única manera de averiguar lo que trama. Por otro lado, me pregunto si realmente ese hechicero tendrá los poderes necesarios para quitarle a Naraku la perla de Shikon. Tal vez debería hacerme a un lado y dejar las cosas como están, pero presiento que Malabock no desistirá en su búsqueda. Es importante que localice a Naraku para neutralizarlo de una vez por todas o seguirá atacando a la gente inocente.

         Las niñas observaron a la sacerdotisa recoger el arco y las flechas que reposaban al pie del frondoso y viejo árbol que las había cobijado durante toda la noche. Kikyou se volvió hacia las niñas mientras las shinidamachuu –conocidas también como serpientes cazadoras de almas– comenzaron a moverse en el aire suavemente. El hechicero llegaría con el atardecer y para entonces debía llegar a una decisión.

         —Asuka. Kouchou —murmuró—. Mis fuerzas se han restablecido por completo y creo que es innecesario que me acompañen por esta ocasión. Aprovecharé las intenciones de Malabock para ocuparme de Naraku y ponerle fin a sus planes. Es la única manera de solucionar esto y evitar que la perla de Shikon sea utilizada con fines perversos.

         La pequeña Kouchou dio un paso atrás.

         —Sí esos son sus deseos los acataremos, señorita Kikyou.

         —Antes de que se marchen —susurró la sacerdotisa con la mirada puesta en el horizonte, mientras las niñas se volvían para retirarse—. Hay algo más que debo pedirles que hagan por mí.

Planeta Niros.

         Cadmio envió a Casiopea a que informara a la reina Andrea que todo estaba listo para iniciar el viaje de regreso hacia el sistema Adur. Después salió del puente de mando y se encontró con Eclipse, las Guerreras Mágicas, Ameria, Zerosu, Shirufiru, Ranma, Ryoga, Trunks, No.18 y Kurinrin. El Celestial se detuvo ante ellos, y decidió comentarles lo que deseaba hacer una vez que todos estuvieran de vuelta.

         —Que bueno que los veo. En cuanto regresemos quiero que me ayuden a reunir a los demás para hablar con todos. La situación ha dado un giro inesperado y las cosas se han complicado más allá de lo que cualquiera hubiera deseado.

         —¿Te refieres a los poderes de los Khans? —preguntó Kurinrin.

         —¿Qué clase de pregunta tan tonta es esa, muchacho? —replicó Cadmio con cara de pocos amigos—. Por supuesto que hablo de eso. La situación es más peligrosa de lo que parecía y tal vez sea hora de que vayan pensando en regresar a sus propios universos antes de que las cosas empeoren.

         —¿Qué? ¿Por qué está diciendo eso? —inquirió Trunks, perplejo—. Ustedes necesitan toda la ayuda posible si lo que desean es derrotar a N´astarith y eso usted lo sabe perfectamente, señor Cadmio. No estoy dispuesto a regresar a mí mundo hasta terminar lo que empezamos.

         —Eso es porque no entiendes nada de lo que ocurre, muchacho.

         Cadmio, molesto y disgustado, echó a andar sin mirar atrás. No.18 lo vio alejarse, primero con indiferencia y luego con desprecio. Cadmio había doblado por el pasillo a buen paso y sólo aminoró cuando supuso que había logrado escabullirse. Había creído mal. Detrás de él, los demás lo seguían a los lados.

         —Señor Cadmio, ¿a qué se refiere con que no entiendo?

         El Celestial se detuvo de golpe y respiró hondo.

         —Muy bien, Trunks, trataré de explicarlo. Hasta hace poco sospechábamos que los guerreros de N´astarith controlaban medianamente la fuerza del aureus, pero ahora sabemos que algunos de ellos lo controlan totalmente. Nadie de nosotros tiene la fuerza o el poder suficiente para enfrentarlos. Piensa en eso, chico. La batalla se terminó y ellos han ganado nos guste o no.

         —No puedo creer lo que estoy escuchando —replicó Trunks, mirando a Cadmio como si no lo hubiera visto nunca—. Ustedes dijeron que sólo luchando todos juntos podríamos salir adelante. ¿Ya se le olvidaron esas palabras? Tal vez sean más fuertes de lo que pensábamos, pero eso no cambia las cosas.

         —Sí, yo pensaba que había esperanza —repuso Cadmio. De pronto se sintió cansado. Terriblemente cansado. Le dolía hablar. Estaba harto de toda esa conversación y deseaba terminarla—. Pero eso fue antes de saber la verdad. ¿Acaso no te das cuenta de la realidad? No hay nada que hacer. Tienen que entender que N´astarith es un enemigo más grande de lo que se pueden imaginar.

         —¿Eso es lo que quiere decirles a los demás? —inquirió Ranma con insolencia.

         —Adivinaste, chico.

         —Nosotros no nos vamos a rendir sin pelear —vociferó Ryoga.

         —Hagan lo que quieran —se mofó Cadmio. Apretó el botón del turboascensor y esperó a que las puertas se abrieran—. Esto no tiene que ver con el valor o la cobardía como podrían llegar a creer. Es hora de enfrentar la realidad por más dura que pueda parecer y aceptar los hechos.

         —Supongo que darse por vencido es una mejor idea —dijo Zerosu esbozando una sonrisa vacía para compensar la crudeza del comentario—. No te conozco todavía, pero no me parece que seas el tipo de persona que se da por vencido sin luchar.

         —No pienso discutir más del tema por ahora, hechicero —replicó Cadmio con un tono testarudo—. Quizá con el tiempo puedan llegar a entender el porqué les estoy diciendo todo esto.

         —¿Y qué sucederá después? —inquirió Trunks—. ¿Dejaremos que N´astarith siga adelante con sus planes a sabiendas de lo que pasará una vez que llegue a nuestros mundos?

         —Eso no sucederá si ocultamos las gemas que están en nuestro poder.

         —¡No funcionó la última vez! —exclamó Trunks—. ¿Qué es lo que le pasa, señor Cadmio? No creo que haya olvidado sus ganas de luchar. ¡Hable con la verdad, por favor!

         Las puertas del turboasensor se abrieron y Cadmio se introdujo en su interior antes de que alguien pudiera decir algo más. Justo cuando las compuertas de acerocreto comenzaron a cerrarse, él intentó aparentar que estaba sereno ante los reclamos de lo que era objeto.

         —Dejaremos esta conversación para otro momento.

Astronave Churubusco.

         Cuando volvió en sí estaba en una habitación blanca, con su brazo derecho vendado desde el hombro hasta la muñeca y una operación de globo ocular. Al despertar un intenso dolor la hizo gritar. Un androide médico aduriano llegó a administrarle un sedante y Asuka comenzó a quedarse dormida mientras otro androide manoseaba entre un conjunto de escáneres y equipos médicos. Un momento después, Misato y Ritsuko y dos soldados entraron al hospital por un pasillo donde los recibió otro de los androides médicos.

         —Estamos buscando a los chicos que trajeron hace unos ciclos —se apresuró a decir uno de los militares—. Queremos saber su condición de inmediato.

         —Ya se ha reparado todo el daño orgánico de los cuatro —El androide examinó otra lectura—. Sin embargo, me temo que una paciente perdió el sentido la vista en su ojo derecho debido a las serias lesiones que sufrió.

         —No puede ser —se lamentó Misato—. ¿Quién es ella?

         El androide médico levantó la cabeza.

         —Es la piloto del Eva-02, aunque debo reconocer que desconocemos por completo su nombre. Sin embargo, estamos trabajando en un implante que le ayudará a ver nuevamente, aunque llevará algo de tiempo terminarlo.

         Misato se apoyó contra una pared y se tomó la frente.

         —¿Podemos verlos? —preguntó Ritsuko—. Quisiera estar con ellos.

         —En estos momentos los pacientes se encuentran descansado —repuso el androide médico—. Le recomiendo que no los molesten por ahora. Ellos aún se encuentran algo débiles, pero pronto se recuperaran.

         —De acuerdo —asintió Ritsuko—, pero queremos verlos tan pronto como sea posible, por favor. Esos chicos han pasado muchas cosas y querrán ver una cara conocida cuando despierten.

         —Concuerdo con usted —el androide médico se dio la vuelta—. Lo más probable es que los pacientes experimenten desorientación cuando recuperen el conocimiento y eso podría provocarles demasiado estrés.

         Uno de los soldados espero hasta que el androide médico regresó a sus quehaceres antes de acercarse a Ritsuko y Misato. No había que ser demasiado observador para darse cuenta de que aquellas mujeres preferían estar solas. El soldado arriesgo una mirada a su compañero antes de hablar.

         —Debemos retirarnos, pero sí necesitan algo los androides podrán atenderlas.

         —Gracias —repuso Ritsuko.

         Los soldados se dieron la vuelta para volverse y desaparecieron por el pasillo iluminado. Tan pronto como estuvieron solas, Misato ocupó uno de los asientos de la recepción; tenía los ojos enrojecidos pese a que no había derramado ni una sola lágrima desde su llegada y se sentía profundamente cansada. Las paredes de la habitación eran demasiado lisas para llamar su atención. Mirar una pared vacía hacía que su mente comenzara a divagara…

         Y que empezara el temblor.

         El temblor empeoró ante la mirada de la científica rubia que estaba a su lado, pues su bata de laboratorio y el gafete de Nerv eran su recuerdo más antiguo, y le recordaban un mundo que ya no existía. El temblor empeoró cuando se volvió hacia el androide médico, pues le recordaba que estaba en una tierra extraña.

         La muerte de tantos inocentes.

         Un planeta con tres mil millones de almas borrado de la existencia en un solo día.

         Sólo eran cenizas.

         Cenizas y polvo.

         Todos los sueños. Todas las esperanzas.

         —No nos queda nada —luchó por permanecer tranquila, pero el dolor que sentía en su interior le exigía moverse y se convertía en oleada tras oleada—. Queríamos salvar al mundo de los shitos, queríamos salvar a la gente… .

         —¡Para con eso, Misato!

         —Sí, tienes razón —la cruz que colgaba de su cuello. Sí se centraba en eso podía controlar los temblores—. ¿Qué es lo que vamos a hacer ahora? La Tierra desapareció y no tenemos a donde ir.

         —Los ayudaremos —murmuró Ritsuko en voz queda.

         —¿Cómo?

         —Ayudaremos al príncipe Saulo y a los otros a combatir a los que destruyeron nuestro mundo. Es lo menos que podemos hacer por todos los que han muerto. Los Evas pueden ser reparados y estoy convencida de que serán de mucha ayuda. Ese sujeto al que todos llamaban Fobos liberó al shito que estaba prisionero en Central Dogma y me gustaría saber qué planes tiene para él.

         Misato miró a Ritsuko, frunciendo el ceño.

         —Pero no conocemos la estrategia del enemigo.

         —Tal vez, pero tengo idea de quien puede darnos toda la información.

         Luego de derramar una importante cantidad de sangre sobre las cuatro armaduras de bronce, las rodillas de Saori cedieron, y Mu de Aries se vio obligado a tomarla entre sus brazos y ayudarla a llegar a un sofá. El santo de oro comprendió bien la situación al instante, aposentó a la joven cómodamente y la miró con el ceño fruncido.

         —Atena, sientes algo por Seiya, ¿verdad?

         Ella apartó la mirada. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

         —Lo he sabido desde hace mucho —La voz de Mu era suave y baja—. Pero debes comprender el enorme deber que recae sobre ti como Atena. Tu amor debe ser para todos los Santos por igual y no para uno en particular.

         —No puedo evitarlo, Mu.

         —Sé que te sonará duro lo que voy a decirte, pero debes deshacerte de ese sentimiento, Atena. Lo que hiciste por las armaduras de los Santos de Bronce fue un gesto muy noble de tu parte, pero en realidad lo has hecho por Seiya. Temes que pueda arriesgar su vida en la batalla que todos libraremos dentro de poco. Como diosa, tú te debes al mundo entero y no a una persona.

         —No digas más, Mu —dijo ella, apartando la mirada—. He decidido guardar en secreto mis sentimientos, pero no me pidas algo que ni una diosa puede hacer. No hablaré más del asunto.

         —Lo lamento —dijo el santo dorado, y se apartó.

         —La labor de Seiya y los demás ha ido más allá del cumplimiento del deber, y ayudarlos a reparar sus ropajes sagrados es lo menos que podía hacer. ¿Qué clase de diosa sería sí siempre dejó que sean otros los que sufran en mi lugar?

         —Será mejor que descanses, Atena —murmuró Mu—. Has derramado una importante cantidad de tu sangre y necesitas reposar. Estoy seguro que los ropajes de bronce de los Santos serán más poderosos que antes.

         —Me siento cansada.

         Los ropajes de bronce empezaron a irradiar una luz brillante, engullendo todo a su alrededor. Mu no salía de su asombro. Lo último que pudo ver Atena antes de quedarse dormida fue el poderoso resplandor que transformaba por completo la armadura de Pegaso.

Planeta Venus.

         La armada terrestre estacionada en la órbita del segundo planeta del sistema solar era una impresionante colección de acorazados, destructores, fragatas y cargueros fabricados con la mejor tecnología creada por los terrícolas. Curiosamente todas esas poderosas naves de guerra no habían tomado parte ni en la batalla de Marte ni en la defensa de la Tierra. Un puñado de generales había sostenido reiteradamente que el principal ataque enemigo sería sobre Venus y no en Marte, como de hecho había ocurrido realmente. A pesar de las oportunas advertencias de la Alianza Estelar, tiempo antes del ataque, los altos mandos militares terrestres decidieron apoyarse en sus servicios de inteligencia y mandaron al grueso de sus fuerzas hacia Venus. Para cuando aquella poderosa flota estuvo lista para entrar en acción era demasiado tarde. La Tierra había negociado un alto al fuego con los invasores y poco después se declaró un cese de todas las hostilidades.

         ¿Ha perdido la guerra la Tierra? Eso decían todos, pero en Venus había millones de terrícolas frescos, con la moral en alto, dispuestos a luchar hasta el final. Y ni un solo shadow trooper había pisado la superficie terrestre. Los soldados apostados en Venus no se sentían vencidos. Muchos de ellos no podían explicarse lo sucedido. Igual había ocurrido con muchos oficiales, suboficiales y jefes. Nadie creía en la derrota y menos que nadie, un capitán llamado Jorge Chávez.

         —… aunque cometió una grave falta, capitán, esta comisión ha decidido hacer una reconsideración de su caso y ofrecerle amnistía con las condiciones que ya he mencionado, pero es su decisión aceptar nuestra oferta o volver al calabozo para purgar una sentencia de diez años de prisión… .

         La almirante Alondra Celi del Perú estaba sentada en la mesa de conferencias, flanqueada por sus dos colegas. Sostenía una carpeta negra llena de documentos mientras hablaba. Elegía sus palabras con cuidado. En un extremo de la mesa se sentaba el almirante ingles Albert Albion, que acababa de encender un cigarrillo mientras contemplaba de reojo a la mujer asiática de cabello negro sentada del otro lado.

         —… claro que debe comprender que todos los oficiales implicados en faltas de insubordinación son degradados y no pueden aspirar a ningún tipo de ascenso por algunos años. El asesinato del Canciller ha provocado una situación de inestabilidad en la Tierra y eso ha llevado al alto mando a considerar la amnistía… .

         Albert guardó el encendedor y pasó las páginas de un expediente. La cara de la almirante Mel Tagi Hi expresaba lo mismo que la de él: irritación e impaciencia. Sólo Alondra parecía mantener la calma.

         —¿Quieren decir que ya no seré capitán? —preguntó Jorge con frialdad.

         —Creo que eso es obvio —repuso Albert—. Sí me consultarán a mí, recomendaría que todos los que cometieran insubordinación deberían ser degradados al rango más bajo de toda la maldita flota, pero el alto mando desea ser magnánimos con todos ustedes. La desobediencia es una falta muy grave que no puede ser tolerada y queremos dejar en claro que habrá consecuencias.

         Jorge se puso tenso.

         —Almirante, le pido que ante sus similares de otras naciones no sea tan hipócrita y diga las cosas de modo franco. Requiere de mi escuadrón porque somos la elite entre los pilotos de cazas y no puede darse el lujo de perder algo así ahora… .

         —¡Capitán, está fuera de orden! —le interrumpió Alondra—. Le advierto que debe dirigirse con respeto a sus superiores o de lo contrario añadiremos más cargo en su contra y lo enviaremos de vuelta al calabozo. Ahora, la oferta de amnistía sólo estará en pie durante el tiempo que dure esta comparecencia. ¿Qué es lo que decide?

         —Lamento mi conducta —dijo Jorge dubitativo—. Nunca fue mi intención desobedecer ordenes, sino apoyar a un camarada que estaba en peligro. Creo que no tengo más opciones que aceptar su oferta.

         —Me parece una decisión inteligente —asintió Albert—. Bien, entonces, a partir de este momento queda degradado al rango de teniente. Podrá reincorporarse a sus funciones a partir de las setecientas horas. Eso es todo, teniente, puede retirarse.

         Jorge dirigió un saludo militar a sus superiores, se dio la media vuelta y abandonó la sala sin decir una palabra. Albert meneó la cabeza. Aquélla era la quinta ocasión en que realizaban una sesión para resolver otro caso más sobre un oficial acusado de insubordinación.

         —Me temo que nadie lo toma de buena manera —comentó Alondra.

         —Da igual lo que piensen —murmuró Albert con desenfado—. No puedo culparlos por lo que hicieron, pero hay que mantener la disciplina. Un ejército es como una maquinaria fina que depende de todas sus piezas para funcionar correctamente. Sí algo falla todo se irá al demonio tarde o temprano.

         —No puedo creer a lo que hemos llegado —dijo la almirante Tagi Hi—. Estos hombres y mujeres abandonaron sus puestos con la intención de ir a defender la Tierra y ahora los humillamos sometiéndolos a estas cortes marciales.

         Albert emitió un bufido de impaciencia.

         —¿Es que acaso debo explicarlo con manzanas? Las ordenes del alto mando eran permanecer en Venus y esperar. No importa que tan nobles hayan sido sus intenciones o sí querían ser héroes del espacio. La insubordinación no puede ser tolerada por ningún motivo. ¡Por el amor de Dios!

         —Señor, algo grave ha ocurrido —les interrumpió un joven oficial, que acababa de consultar su comunicador—. Me acaban de informar que una de las naves de la flota fue tomada por un comando armado de la Alianza Estelar y que amenaza con hacerla explotar con todos sus ocupantes. No tenemos comunicación con nadie a bordo del USS Maine y toda la información nos llega a través de la red. Parece ser que dentro de la nave hay un par de periodistas norteamericanos que están transmitiendo en vivo todo lo que está ocurriendo.

         Alondra escuchó el crujido de un bolígrafo partiéndose por la mitad y se volvió hacia su par ingles, que tenía la cara roja a punto de explotar, con una expresión mezcla de indignación e incomodidad.

         —¡Holy Ship! (Santo barco) —exclamó Albert—. ¡Demonios! ¿Cómo es posible que infiltraran una de nuestras naves? Sabía que esos periodistas que habían traído consigo los norteamericanos nos iban a traer problemas. Ahora todos en la Tierra sabrán lo que está ocurriendo. La prensa se nos vendrá encima. ¡Malditas operaciones de propaganda! ¿Dónde diablos está el almirante Scott?

         —Viene para acá, señor —respondió el teniente al tiempo que encendía una pantalla visora. Un segundo después apareció el emblema de la CNA—. Tengo entendido que los terroristas no han logrado hacerse con el control de la nave todavía, pero no estamos seguros de nada.

         —¡Pues asegúrense!

         Las puertas de la habitación se abrieron. El almirante Walter Scott tomó la delantera y fue el primero en entrar a la sala de reuniones seguido por otros miembros de la armada espacial norteamericana.

         —No se levanten, continúen sentados —realizó un saludo militar y luego se aproximaba hacia la pantalla visora—. Supongo que se imaginarán la gravedad de la situación a la que nos enfrentamos. Las comunicaciones con el USS Maine han sido interrumpidas, pero tenemos razones para suponer que existen entre veinte o treinta terroristas de origen extraterrestres dentro de la nave.

         —¿Cómo fue que se infiltraron? —quiso sabe la almirante Tagi Hi.

         —Estamos tratando de averiguar eso —respondió Scott sin apartar la mirada de la pantalla visora, analizando las imágenes. Su rostro reflejaba una mezcla de tristeza e irritación—. Cuando supimos lo que estaba pasando convoque a una reunión de emergencia con todos los oficiales de la flota, pero luego decidí cancelarla por motivos de seguridad. No debemos hacer ningún movimiento hasta no saber que estamos completamente a salvo. Podría haber más infiltrados esperando asesinarnos o quizá las comunicaciones podrían estar intervenidas. Lo mejor por ahora es cada uno se quede en su lugar.

         Albert se levantó de su silla.

         —Deberíamos bloquear la señal de los reporteros. No es conveniente que el público sepa lo que está pasando. Tenemos que comunicarnos con la Tierra y pedirle que saquen la señal del aire. Nadie quiere ver una masacre en horario estelar.

         —No me parece que sea conveniente —difirió Scott, frío como el acero—, al menos no por el momento. Estas transmisiones son la única manera de saber lo que está pasando dentro de la nave. Las cosas deben quedarse como están hasta que podamos comunicarnos con alguien a bordo.

         —¿Qué hacen esos reporteros en una nave de guerra? —inquirió Alondra.

         —Estaban integrados a una de nuestras divisiones. Es parte de nuestra política de información al público. Siempre hemos permitido que un número determinado de reporteros viaje en nuestras naves para cubrir todas nuestras actividades. Así podemos supervisar la información que llega a la Tierra.

         Todas las miradas estaban dirigidas hacia la pantalla visora y observaban atentamente el reportaje. En la pantalla aparecieron unos diagramas de la nave controlada por los supuestos alienígenas. Unos segundos después, la imagen del USS Maine fue remplazada por la de uno de los conductores de la CNA.

         —Tenemos otro reporte que nos llega desde la armada terrestre estacionada en la órbita de Venus. Todo indica que unidades de combatientes pertenecientes a la Alianza Estelar tratan de hacerse con el control del destructor espacial USS Maine y amenazan con hacerlo explotar sí la tripulación no se rinde de inmediato.

         Entonces, en medio de sonidos que parecían ser explosiones y disparos a lo lejos, se escuchó la voz preocupada de uno de los militares a bordo del USS Maine.

         —¡Son terroristas! ¡Dios mío! Vamos a tratar de detenerlos, pero si las cosas salen mal, díganle a mis padres que los amo mucho… —La voz se apagó bruscamente.

         El comentarista de la CNA apareció en la pantalla nuevamente. Se le veía sumamente nervioso y preocupado.

         —Nos acaba de llegar la noticia de que el USS Maine ha sido destruido.

         El monitor mostró una escena del acorazado espacial estallando por la mitad. En las ampliaciones de las imágenes se podían ver diminutas figuras humanas esparcidas en el vacío del espacio.

         —No hay palabras…

         El almirante Scott estaba furioso.

         —Dios mío, todos esos hombres y mujeres —se lamentó Alondra.

         Sin siquiera pensarlo dos veces, el almirante Walter Scott se volvió hacia uno de sus subalternos y lo miró directo a los ojos antes de hablarle.

         —Coronel, comuníquese con el alto mando e infórmeles que partir de este momento estamos en alerta roja. No sé sí haya más de esos malditos extraterrestres infiltrados en la flota, pero vamos a encontrarlos vivos o muertos.

         Astronave Estrella Amarilla.

         Asiont se peinó con los dedos para apartar el cabello que le caía sobre el rostro mientras se dirigía hacia el puente de mando. Alguien venía hacia él desde el turboacensor al final del pasillo, caminando tranquilamente… ¿era Casiopea?

         —Al fin te dejas ver, guapo —musitó la joven.

         —Iba a reunirme con ustedes en el puente —dijo Asiont—. ¿Sucede algo?

         —Quería hablar contigo en privado —Casiopea miró hacia ambos lados del pasillo para cerciorarse de que estaban solos—. Lo que ocurrió en Niros me dejó bastante inquieta, pero creo que afectó más a Cadmio y a Saulo. Tengo la impresión de que se sienten muy presionados por todo lo que ocurre.

         —¿Por qué dices eso? —Asiont frunció el ceño—. ¿Te han dicho algo?

         Pero Casiopea ya le daba la espalda. Se acarició ambos codos y agachó la cabeza, como si estuviera apenada de hablar de eso con alguien.

         —No necesitan decirme nada. Los conozco lo suficientemente bien para saber lo que les ocurre a los dos. Me doy cuenta por sus miradas y sus expresiones. Tú también podrás darte cuenta sí los observas con atención. Quisiera que hablarás con ellos para darles tu apoyo.

         —Yo… no hablo con ellos tanto como tú y lo sabes.

         —Pero todos estamos en el mismo grupo —le recordó Casiopea—. A estas alturas me resulta inconcebible que no haya más confianza entre nosotros. ¿Crees que no sé de la rivalidad que existe entre tú y Cadmio? ¿Los problemas de Areth o los sentimientos de venganza de Saulo? A veces tengo la impresión de que cada uno va por su rumbo y no le interesa lo que le pase a los demás.

         —Eso no es cierto, somos…

         —¿Compañeros? —Casiopea se volvió hacia él—. ¿Por qué tengo la impresión de que parecemos cualquier otra cosa menos eso? Tenemos que comenzar a ser honestos y aceptar que no existe confianza entre nosotros.

         —No empieces de nuevo con eso, por favor. Lo vengo escuchando desde que éramos niños y no sé por qué lo mencionas ahora —Asiont desechó esas palabras, irritado—. El Maestro Aristeo no se cansaba de sermonearnos con eso de la confianza, pero incluso él nos guardaba secretos.

         —Tú también estás molesto por algo, ¿no es así? Puedo verlo.

         —No es nada —se apretó los ojos con el borde de la mano—. La reina Andrea quiere que la ayudemos a buscar a su hermano. ¿Puedes creerlo? Ella piensa que debemos darle una oportunidad de arrepentirse. Sólo porque el príncipe Ferrer se dio cuenta de su error no quiere decir que ese tirano de José Zeiva haga lo mismo. Es tan absurdo.

         —Debes tratar de comprenderla. Nos moleste o no, es su hermano y la reina todavía debe sentir algún tipo de afecto por él. Entiendo que estés molesto, pero también pensábamos que Jesús Ferrer era incapaz de sentir arrepentimiento.

         Él negó con la cabeza.

         —Ese hombre es malvado, Casiopea. Es retorcido y vil.

         —Tú también estás demasiado estresado. Me preocupan esos sentimientos negativos que sigues experimentando todavía. Creí que ya habías superado la muerte de Astrea, pero parece que continuas aferrándote a tu dolor y no entiendo la razón. Déjala ir de una vez por todas.

         Dio media vuelta, apartándose de ella. La capa se le revolvió y se encontró mirándose los pies.

         —Pude haberla salvado de haber sido más fuerte. Ella no tenía que morir de esa forma tan cruda. Sólo me queda vengar su muerte y eso es lo que pienso hacer pase lo que pase. No me interesa si el Maestro Aristeo lo desaprueba o no.

         La voz de ella seguía siendo cálida y gentil.

         —La muerte es algo natural y lo sabes, guapo. ¿Por qué sigues con eso? Las personas deberían alegrarse por aquellos que pasan a la Eternidad, pero en vez de eso los lloran con amargura. La última vez que hablamos de esto debí recordarte que los deseos de venganza no llevan a nada bueno. Debes deshacerte de ellos y sólo así dejarás de sufrir.

         —¿Y dejar su muerte impune? —inquirió Asiont, volviéndose hacia ella.

         —Estamos hablando de ti y de lo que sientes —replicó Casiopea con severidad—. ¿No te das cuentas que la oscuridad cubre toda la galaxia e incluso a nosotros mismos somos afectados por ella? Ten cuidado con tus sentimientos y pensamientos, por favor.

         En ese momento, Asiont recordó las palabras de Aristeo y reflexionó profundamente en ellas. “Un Celestial no debe sentir deseos de venganza”. Y sin embargo no podía dejar de sentirse frustrado. Una batalla, una misión o incluso una conversación podían hacerlo olvidar sus deseos de venganza. Pero en los momentos de soledad… .

         Él bajó la mirada de nuevo. Parecía muy confundido

         —No dejes de recordarme eso, por favor.

Continuará… .

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