Leyenda 052

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPITULO LII

UNA DESESPERADA BATALLA

       Astronave Churubusco.

       En la sala del consejo, el emperador Zacek de los zuyua permanecía inmóvil delante de todos los dirigentes de la Alianza Estelar. A su lado se encontraban su esposa Lis-ek, Uller, Zaboot, Shilbalam, el profesor Dhatú y los gobernadores Bantar y Elnar.

       —Es un honor para el consejo recibirlo, emperador Zacek —declaró el rey Lazar con voz gutural—. La ayuda que nos ha proporcionado la GAU supera por completo nuestras expectativas. No hay manera de agradecerle por este gesto tan generoso.

       El príncipe Saulo asintió.

       —Gracias a vuestras fuerzas, ahora nuestra flota se encuentra en óptimas condiciones para montar una ofensiva contra la estación Armagedón, tal y como lo propuso Uriel.

       —Ahora tenemos una posibilidad real de triunfar —convino Ereskigal, embajador del planeta Mintor—. Si ganamos esta batalla, podríamos cambiar el balance de la lucha a nuestro favor y ganar esta guerra por fin.

       Zacek volvió la vista hacia su joven esposa por un momento y tomó su mano.

       —Sí N´astarith llegará a tener éxito en sus planes, nuestro universo también se vería perjudicado —hizo una pausa y llevó su rostro de regreso al frente—. Nosotros los Zuyua sabemos muy bien lo que es ser perseguido y no disfrutar de la paz.

       —Tenga por seguro, emperador, que una vez que nuestros mundos sean liberados, todos iremos a ayudarlo en lo que la GAU necesite —anunció Lazar.

       Saulo sonrió satisfecho con las palabras de Lazar. De pronto se dio cuenta de que el general MacDaguett estaba nervioso y enojado, reprimiéndose por decir algo. Finalmente, cuando el príncipe endoriano llevó su vista a los zuyua nuevamente, el general terrícola no pudo contenerse más.

       —Disculpen, pero todo este plan de atacar Armagedón me parece una locura —dijo con indignación—. Absolutamente suicida. Ir y enfrentarnos a toda la armada imperial así como así me parece una acción descabellada.

       Extrañado, Uriel tomó la palabra de inmediato.

       —¿Una acción descabellada, general? Es nuestra única salida para ponerle fin a este conflicto que ya tiene muchos ciclos estelares.

       —Pues yo creo que no —replicó el terrestre—. Aún no hemos intentado negociar con el emperador N´astarith.

       Se produjo un tenso silencio. Todos los del consejo comenzaron a mirarse los unos a los otros mostrándose escépticos. Negociar con N´astarith era lo mismo que hacer un pacto con el diablo o en el mejor de los casos firmar una acta de rendición incondicional. El general terrícola debía ser un ingenuo o un completo idiota.

       —¿De qué demonios esta hablando, general? —le inquirió Uriel en un tono desagradable—. Me parece que se ha vuelto loco. No se puede negociar con Abbadón.

       MacDaguett dirigió una mirada de hostilidad contra el joven regente.

       —¿Por qué no? —exclamó en voz alta—. ¿Por qué usted lo dice solamente? Creo que no debemos cerrarnos a esa posibilidad. A todos los presentes les parece estupenda esa idea de lanzar un ataque contra la Armagedón, pero hay un pequeño detalle que parecen no tomar en cuenta. La batalla final se libraría sobre la Tierra, mi mundo, y eso no me parece justo ni conveniente.

       Las palabras del general terrícola tenían cierta lógica. Una batalla de tales magnitudes podría provocar la devastación del planeta azul y eso prácticamente condenaba a los terrestres a quedarse sin mundo. Lazar empezaba a dudar.

       Pero a diferencia del monarca de Adur, Uriel no estaba dispuesto a que el general MacDaguett echara por tierra sus tan elaborados planes. Él también sabía que existía el riesgo de causar severos daños al planeta azul sí atacaban Armagedón, pero confiaba en que podrían minimizarse si se aplicaban las estrategias correctas.

       —A veces debemos hacer sacrificios —dijo tras un momento—. La Tierra posee una población de seis mil millones de habitantes. Esa cifra es insignificante sí la comparamos con la de otros mundos. No podemos sacrificar lo más por lo menos. N´astarith es más peligroso de lo que creemos y debemos detenerlo a cualquier costo.

       —Peligroso sí los atacamos a lo tonto —gruñó MacDaguett—. Aún con el apoyo de la G.A.U. y del emperador Zacek todavía no tenemos ningún tipo de arma que pueda penetrar los escudos de sus naves. Cualquier ataque contra esa estación será inútil, nuestra única opción real es negociar un acuerdo de paz.

       Saulo sacudió la cabeza.

       —General, entiendo su preocupación, pero lo que Uriel dice es verdad. N´astarith debe ser detenido. La paz de la galaxia depende de ello.

       MacDaguett soltó un profundo suspiró.

       —¿La paz según quien? —preguntó desafiante—. La obsesión que tienen por derrotar a Abbadón los está cegando a cualquier otra posibilidad. Para ustedes es muy fácil montar un ataque, pero se olvidan de que por culpa de este consejo mi planeta se encuentra metido en este conflicto. Hace poco me enteré que mi gobierno ha negociado un acuerdo para que N´astarith retire sus tropas de la Tierra. Eso es más de lo que ustedes han hecho por mi mundo.

       Lazar y Saulo bajaron la mirada, heridos por la crítica.

       —¿Qué propone entonces, general? —le inquirió Uriel, decidido a no darse por vencido—. ¿Quedarnos sin hacer nada mientras N´astarith controla la galaxia?

       —Propongo que negociemos la paz —insistió MacDaguett—. N´astarith no es un ser irracional que actúa como José Zeiva y Jesús Ferrer. Él ha dado claras muestras de que actúa siguiendo un plan, una estrategia. Formemos una comisión y enviémosla a negociar un tratado de paz con él y acabemos con esto de una vez.

       La propuesta no se oía nada mal, pero aun así muchos abrigaban dudas al respecto.

       —Me parece que usted quiere traicionarnos, general —aventuró Uriel—. Creo que es muy extraño que repentinamente cambie de opinión sobre este asunto.

       MacDaguett, totalmente tranquilo y casi divertido, ya tenía la respuesta preparada.

       —Si me permite recordárselo, Uriel, usted es un descendiente de los meganianos y por lo mismo es el menos indicado para hablar de traiciones. ¿Quién nos dice que usted no es el traidor y nos quiere llevar a la tumba al montar ese ataque?

       Uriel le lanzó una mirada asesina.

       —Mi pueblo ha hecho mucho por esta causa y… .

       —Pero no más que el mío —le interrumpió el terrícola—. Mi pueblo entregó su propio mundo por la causa. Eso es algo que vale más que todo lo que usted y su maldito pueblo hayan hecho. Lo que yo propongo es negociar la paz y eso es mejor que montar un ataque donde seguramente muchos morirán.

       Un coro de voces se elevó en respuesta a las declaraciones de MacDaguett. Algunos apoyaban la idea de organizar un ataque mientras que otros la objetaban, aludiendo que era imposible negociar con alguien como N´astarith.

       Saulo había enmudecido en su asiento; estaba desconcertado y no daba crédito a lo que estaba viendo. Pero más que la discusión, era lo que MacDaguett había dicho lo que lo había dejado pensativo. ¿Acaso sus deseos de venganza en contra de Abbadón se estaban imponiendo a la voz de la razón? ¿Era eso?

       Zacek, por su parte, volvió la vista hacia Lis y sus demás amigos. No dijo nada, pero todos pudieron adivinar sus pensamientos: unir a los distintos miembros de la Alianza Estelar iba a ser una verdadera odisea.

       Santuario de Atena (Salón del Gran Maestro)

       El cuerpo de Seiya salió volando por los aires y se estrelló con fuerza en una de las columnas al pie de la cual se desplomó, dejando un enorme boquete en la zona de impacto. Aioria miró la escena con rabia.

       Cadmio estaba desconcertado. Ese guerrero de nombre Tiamat era increíblemente poderoso y no parecía tener ninguna debilidad. Sin embargo, a pesar de su elevado poder, había un detalle más que llamó su atención durante la batalla y es que parecía ser incapaz de sentir un aura en él. Sencillamente, era como sí el guerrero imperial no existiera, como si éste fuera alguna especie de fantasma. Pero aunque no podía determinar la fuente de sus poderes, el Khan daba claras muestras de poseer una energía muy parecida al aura de los seres vivos ya que podía lanzar ráfagas de energía y volar por los aires. El cómo lo hacía era un verdadero misterio. “¿Qué demonios sucede?”, pensó. “Ese tipo no tiene aura”.

       Shiryu y Aioria también se habían dado cuenta de ese pequeño gran detalle mientras combatían. El Santo del Dragón estaba enfrascado en sus pensamientos por lo que supuso que quizás se trataba de un guerrero fantasma o algo así.

       Dai, por su parte, sabía perfectamente que no tenía suficiente poder para retar a ese Khan tan fuerte, pero aun así, descartó la idea de retirarse. Por muy poco que pudiera hacer combatiría hasta el final sin importar las consecuencias.

       —Tu Pegasus Ryuu Sei Ken es inservible en mi contra, Seiya —declaró Tiamat confiadamente—. Les ofrezco la última oportunidad para que se aparten de mi camino o se nos unan. No sean estúpidos y acepten; muchos matarían por la oportunidad que les estoy ofreciendo a todos.

       Seiya lo oía perfectamente, pero el dolor y el mareo que sentía le impedían moverse como deseaba. Hasta el momento no había podido encontrar la manera de penetrar la defensa del Khan y eso le preocupaba. Sin embargo, aun cuando estuviera a punto de morir jamás traicionaría a su diosa. Pasara lo que pasara, él seguiría luchando hasta el final. Se levantó y elevó su cosmo-energía una vez más.

       —Jamás, ya te lo dije antes —sentenció mientras hacía una serie de extraños movimientos con sus brazos—. No pienso darme por vencido hasta que te haya derrotado.

       Tiamat frunció el entrecejo malévolamente y sonrió.

       —Tonto, nunca podrás ganarme sí sólo elevas tu aura hasta el séptimo sentido.

       —Eso lo veremos —replicó el Santo de bronce corriendo hacia él—. ¡¡Pegasus Ryuu Sei Ken!! (Meteoro pegaso) ¡Elévate cosmos!

       El Khan del Dragón volvió a formar una esfera de energía a su alrededor, protegiéndose de todos los rayos de luz que Seiya le enviaba. Uno a uno, los meteoros que Seiya disparó se estrellaron con fuerza en la barrera formada por el guerrero imperial. El ataque había sido inútil.

       —Te lo advertí, Santo —dijo Tiamat—. No importa que tan alto eleves tu aura, jamás podrás llegar a mi nivel —hizo una pausa y llevó el rostro hacia donde estaban Cadmio, Dai y Shiryu—. Lo mismo va para ustedes, basuras. Mejor dense por vencidos de una buena vez y apártense de mi camino.

       Cadmio cerró los puños con fuerza. Aquella situación era un verdadero insulto para su orgullo como guerrero. No podía aceptar que no hubiera nada que pudiera hacer en contra de ese enemigo.

       —¡Jamás! —gritó el Celestial, desatando toda su furia—. ¡No me asustas, miserable Khan del demonio! ¡Sólo estás diciendo esas estupideces para intimidarnos!

       Dohko se dio cuenta de que Cadmio estaba a punto de lanzarse nuevamente contra Tiamat, así que decidió sugerirle que no lo hiciera. Antes debía informarle sobre lo que el Khan había dicho sobre su propio poder mientras combatían en el templo de Aries.

       —Espera, Cadmio —lo detuvo a penas a tiempo—. Ese sujeto afirma poseer un poder más allá de los nueve sentidos. Sí lo que dice es verdad, entonces creo que necesitaremos una nueva estrategia para derrotarlo.

       El Celestial abrió los ojos sin dar crédito a que lo que el Santo de Libra afirmaba. El único poder que se encontraba más allá de los nueve sentidos era lo que él conocía como el aureus, el poder sagrado de Dilmun, el poder de la leyenda.

       —¡No es cierto! —exclamó, llevando su rostro hacia Dohko—. Ese miserable no puede tener ese poder. Eso no es posible, no es verdad.

       —¿Los nueve sentidos? —repitió Shiryu por su lado—. ¿Acaso es posible elevar el cosmos todavía más allá del séptimo sentido?

       —Esto no puede ser —murmuró Seiya arrastrando las palabras—. ¿Más allá del séptimo sentido? ¿Cómo es posible que alguien llegue a ese nivel?

       Dai puso cara de no entender nada. Aquellos guerreros en armadura manejaban una serie de conceptos que él no entendía en lo absoluto. “¿Qué es el séptimo sentido?”, pensó.

       —¡Qué tontos! —rió Tiamat, atrayendo la atención de todos—. Que bueno que lo recordaste, Dohko. Sin duda eres un gran guerrero con basta experiencia —hizo una pausa y continuó—. El nivel de aura que ustedes manejan es admirable, pero deben elevarla todavía más, más allá de la mente, más allá de su propio espíritu.

       Cadmio frunció el entrecejo y sonrió desquiciado.

       —Ahora entiendo, a menos que te ataquemos con todo nuestro poder, no lograremos hacerte un daño realmente letal —declaró, elevando su poder aúrico—. Llevaré mi poder hasta el límite y te demostraré de lo que soy capaz.

       Shiryu clavó su mirada en Tiamat. Sí lo que su viejo maestro afirmaba era verdad, entonces debía elevar su cosmos más allá de los límites para enfrentar a tan formidable adversario. Un aura de color esmeralda comenzó a rodear su cuerpo lentamente.

       Seiya por su parte, asintió con la cabeza. Apretó los puños y empezó a elevar su cosmos lo más alto posible. Debía elevarlo más allá de lo que su propio cuerpo podía resistir.

       Tiamat retrocedió un paso al ver a todos aquello guerreros incrementar sus auras conjuntamente. Aunque estaba seguro de que él era más fuerte que los adversarios que enfrentaba, también sabía que sí los Santos y el Celestial lo atacaban al mismo tiempo la situación podía complicársele. No podía darse el lujo de perder una de las gemas sagradas así que miró a Sombrío con el rabillo del ojo y le envió un mensaje telepático, indicándole que fuera por la gema cuanto antes.

       Talión estaba bastante complacido de poder entablar un combate personal con Mu de Aries. Desde que lo había visto detener su ataque de llamas al llegar al Santuario, la idea de matarlo se había fijado en su mente como una obsesión.

       —Nos volvemos a ver, Mu —declaró sonriente—. Esto lo voy a disfrutar mucho.

       Mu lo miró fijamente.

       —Si, te recuerdo, tú eres ese guerrero que me atacó al llegar al templo de Aries.

       El Khan de las llamas soltó una risita siniestra.

       —Que bueno que lo recuerdes, maldito—hizo una pausa y extendió una mano con la palma vuelta hacia él—. ¡Storm Fire!

       Un chorro incandescente de fuego salió de la palma del Khan y se dirigió velozmente hacia Mu, que por raro que pareciera miró la llamarada sin siquiera inmutarse.

       —¡Crystal Wall! (Pared de Cristal) —exclamó, formando un muro de fuerza invisible que lo protegió del ataque de Talión—. Debes saber que ninguna técnica funciona contra un Santo dorado por segunda ocasión.

       Talión le lanzó una mirada asesina. Estaba verdaderamente furioso.

       —Esta vez será mi turno, Talión —declaró el Santo de Oro, elevando su dedo índice al cielo—. ¡Stardust Revolution! (Revolución de Polvo Estelar)

       El Khan del Fuego abrió los ojos enormemente y antes de que pudiera defenderse, una ráfaga de luz dorada lo golpeó en el pecho, levantándolo del suelo y arrojándolo contra una de las columnas donde se estrelló en las alturas, dejando su silueta tras de sí.

       —Mal-Maldito Mu —murmuró Talión luego de desplomarse en el suelo—. Esto no se quedará así, te lo aseguro.

       Sombrío se aproximó lentamente hacia donde estaba Saori Kido. Contrario a lo que podría esperarse, la joven había decidido permanecer el templo apoyando a sus Santos defensores en una actitud valerosa.

       —Lindura, eres valiente —dijo Sombrío atrayendo su mirada—. Quizás cuando todo esto termine podamos ir por lo oscurito y… .

       El Khan no alcanzó a terminar la frase. Un dolor muy intenso lo hizo que se detuviera de golpe mientras su rostro se contraía en una mueca de dolor. Instintivamente, se llevó una mano a su antepecho derecho. Alguien lo había herido.

       —¿Qué demonios es este dolor? —preguntó sin dirigirse a nadie en especifico. Miró su antepecho y descubrió una pequeña ruptura en su armadura—. Esta herida… parece que hubiera sido hecha con alguna especie de arma punzante.

       —Es la marca de la Scarlet Needle —le dijo Milo, apareciendo a sus espaldas—. No te dejaré que le hagas daño a Atena, maldito. Antes de eso deberás pelear conmigo y te aseguro que no me vencerás.

       Sombrío alzó la cabeza hacia atrás y rió desquiciado. Lentamente, se dio la vuelta hacia el Santo de Escorpión sin dejar de tambalearse por el dolor.

       —¿Con que la Scarlet Needle? —preguntó—. Eres un canalla, me disparaste por la espalda —hizo una pausa y empezó a expulsar su aura—. Te arrepentirás de esto, miserable gusano —bajó su mirada para examinarse la herida nuevamente—. Sólo espero que esto no me dejé cicatriz. Sería muy desagradable que Akane me la viera en la noche de bodas que le tengo preparada.

       Milo levantó su mano, colocándose en posición para combatir. La uña de su dedo índice se tornó de color escarlata y empezó crecer desmesuradamente hasta tomar la forma de un aguijón.

       Sombrío, por su parte, permanecía con los brazos colgados a ambos costados mientras una densa neblina empezaba a emanar de su cuerpo en tornó a él. Era la misma técnica que había usado contra Ranma; la Nebula Lupus.

       —Milo, ten mucho cuidado —le advirtió Atena, retirándose a un costado para que el Santo de Oro pudiera atacar libremente y sin temor a lastimarla por accidente.

       El Santo de Escorpión no esperó más, alargó su brazo y con la punta de su dedo índice lanzó una delgada ráfaga escarlata a la velocidad de la luz en contra del Khan del Lobo.

       —¡Scarlet Needle! (Aguja Escarlata).

       Sombrío sonrió confiadamente y dio un paso atrás, desvaneciéndose en su neblina.

       En cuestión de segundos, la Scarlet Needle de Milo atravesó la neblina de lado a lado. Cuando la cortina de bruma se disipó por completo, el Santo de oro descubrió que no le había dado a nada.

       El Santo de Escorpión frunció el entrecejo con extrañes. No podía creerlo, pero de alguna manera su oponente había desaparecido en el aire sin dejar ninguna huella.

       —¿A donde demonios se fue? —preguntó desconcertado—. Ese blasfemo pervertido desapareció.

       De pronto el Khan del Lobo reapareció a espaldas de Milo y se dispuso a atacarlo antes de que éste pudiera darse cuenta del grave peligro en el que estaba.

       —¡Milo, atrás de ti! —gritó Saori tratando de advertirle—. ¡Cuidado!

       Pero fue demasiado tarde. Antes de que el Santo dorado pudiera hacer algo efectivo para defenderse, Sombrío le descargó una brutal lluvia de golpes a la velocidad de la luz que lo lanzó de cara contra la pared.

       —Para que veas lo que se siente —masculló el Khan, frotándose las manos orgullosamente—. Santo de pacotilla.

       Cuando Sombrío comprobó que su enemigo efectivamente había quedado fuera de combate, bajó sus manos y llevó la mirada hacia Atena nuevamente. La gema sagrada estaba bajo el suelo, justo a unos cuantos centímetros de donde ella estaba parada.

       —Vaya, tal parece que podré hacer una escala antes de ir por esa piedra —murmuró maliciosamente—. Es hora de bailar un poco, nena. Luego iré por la gema sagrada.

       Atena permaneció en su sitio mostrándose tranquila. Era como sí supiera de antemano que sus Santos llegarían a tiempo para salvarla del peligro en el que estaba.

       Sombrío sonrió malévolamente y avanzo hacia ella.

       —¡Atena! —gritó Seiya al darse cuenta del peligro que corría Saori—. ¡Espera!

       Sin importarle nada más que la seguridad de la diosa, el Santo de Pegaso abandonó la lucha con Tiamat y echó a correr en dirección hacia donde estaba Saori Kido. Estaba dispuesto a detener al Khan que la acechaba.

       Cadmio y Dai lo siguieron con la mirada.

       —¡Seiya! —exclamó Shiryu alarmado.

       Tiamat vio en la acción de Pegaso una excelente oportunidad para liquidarlo de una buena vez. Alzó una mano con la palma orientada hacia el Santo de Bronce que corría. Frunció el entrecejo maliciosamente y sonrió deleitado.

       —Demasiado sencillo —masculló.

       El Khan del dragón disparó una veloz ráfaga de luz en contra de Seiya. Sin embargo, antes de que el disparo pudiera alcanzarlo, Cadmio se interpuso en su camino cruzando sus brazos frente al rostro, dispuesto a bloquearlo.

       —¡Cadmio! —gritó Dai.

       El rayo aúrico se estrelló en el Celestial, estallando con fuerza sobre él y despidiendo un intenso resplandor. Había sido un impacto terriblemente devastador.

       Tiamat bajó su mano lentamente. En cuanto descubrió que Cadmio aún continuaba en pie luego de haber recibido su ataque, aquella sonrisa de satisfacción se borró de su rostro.

       —Estúpido Celestial —musitó.

       Cadmio alzó la cabeza y dejó caer ambos brazos a sus costados.

       —Eso no fue muy honorable que digamos.

       El Khan extendió sus manos hacia el frente para preparar un nuevo ataque.

       —No podía esperar menos de un maldito Caballero Celestial —murmuró despectivamente antes de disparar dos ráfagas más—. Probaré tu sentido del honor una vez más, insolente.

       Cadmio abrió los ojos enormemente y evaluó la situación rápidamente. Sí se quitaba para eludir los disparos, estos acabarían con Seiya y quizás con aquella joven llamada Saori. No tenía opción, debía quedarse y tratar de contenerlos sin importar lo que sucediera. Apretó los párpados con fuerza y se preparó para lo peor.

       De pronto los disparos se estrellaron antes de tocarlo, produciendo un par de intensas explosiones de luz que llamaron su atención. Cadmio abrió los ojos lentamente.

       —¿Pero cómo? —se preguntó, vislumbrando dos siluetas frente a él—. ¿Shiryu y Dohko?

       Moviéndose a una increíble velocidad y con gran precisión, ambos Santos habían logrado detener los ataques de Tiamat con los escudos de sus armaduras, salvando así a Cadmio de recibir más daño.

       —Esta también es nuestra lucha —murmuró el Santo del Dragón sin apartar la mirada del Khan—. No podemos dejar que otros las peleen por nosotros.

       —Es verdad, Shiryu —convino Dohko—. Sí este sujeto afirma poseer un poder que esta más allá de los nueve sentidos y la misma raíz del espíritu, nuestra obligación es elevar nuestros cosmos hasta igualarlo —un aura de luz dorada comenzó a emanar lentamente del cuerpo del Santo de Libra—. Debemos pelear todos juntos esta vez.

       —Maestro, es un honor pelear a su lado —murmuró Shiryu, mirándolo con el rabillo del ojo—. Pondré todo de mi parte para vencer.

       Tiamat los miró fijamente. Sin lugar a dudas aquellos adversarios no desistirían en sus intentos por derrotarlo. No importaba cuantas veces les recordara lo inferiores en comparación a su gran poder; parecía que la única forma de quitárselos de encima era borrarlos de la faz de la tierra y eso era precisamente lo que iba a hacer.

       —Debo confesarles que tenía mucho tiempo que no me enfrentaba a unos guerreros tan obstinados como ustedes —les dijo, desplegando una poderosa aura de luz blanca—. Sí así es como lo quieren, así será. Los aniquilaré de una buena vez para que ya no me sigan molestando.

       —Tal vez sea cierto —masculló Aioria, atrayendo su mirada hacia su costado derecho—. Pero nosotros somos los Santos de Atena y no podemos darnos el lujo de morir hasta verte derrotado.

       Cadmio sonrió desquiciado. No podía dejar de sentirse molesto por no poder derrotar aquel insufrible Khan con sus propios medios, pero en cierta forma le agradaba estar a lado de aquello guerreros cuyos sentidos del honor y la lealtad eran tan altos como los de los antiguos Celestiales que tanto había admirado en su niñez.

       Seiya estaba ya a unos cuantos pasos de llegar hasta donde se encontraban Sombrío y Saori cuando de repente, una cadena dorada se enroscó rápidamente en su tobillo, obligándolo a caer al suelo de bruces.

       —¿Qué es esto? —preguntó en voz alta, dándose la media vuelta para identificar a su agresor—. ¿Quién demonios eres tú?

       Era Kadena, el guerrero meganiano.

       —Ni creas que te dejaré que intervengas con esto, niño.

       Poppu, Moose y Astroboy aprovecharon la actuación de Kadena para intentar tomarlo por sorpresa. Moviéndose velozmente, los tres se lanzaron sobre el meganiano para ayudar a Seiya.

       —¡Todos en bola! —exclamó Poppu.

       Kadena volvió su mirada hacia el trío que lo atacaba y levantó una mano, lanzando una violenta ráfaga de luz que los paró en seco.

       —¡Engarrótenseme ahí!

       Astroboy, Poppu y Moose salieron volando de espaldas contra una de las paredes.

       Seiya abrió enormemente los ojos. Los planes de aquellos chicos habían fracasado, pero al menos le habían dado la oportunidad que necesitaba. Extendió su puño contra Kadena y atacó.

       —Es ahora o nunca, ¡Pegasus Ryuu Sei Ken! (Meteoro Pegaso)

       El meganiano apenas tuvo tiempo de ver lo que se le veía encima, pero aun así no pudo hacer nada para evitarlo. Uno tras otro, los incontables meteoros de luz que surgían del puño de Seiya se estrellaron en su cuerpo, destrozándole las hombreras de la armadura y finalmente, lanzándolo a volar por los aires.

       Absolutamente complacido consigo mismo, Sombrío observó a Saori y sonrió emocionado con la idea de tener entre sus manos un cuerpo como el de ella.

       Por un momento, el Khan desvió su atención hacia donde estaba Seiya y cuando vio que Kadena lo había detenido, al menos por un momento, comprendió que el Santo de Pegaso no llegaría a tiempo para detenerlo. Volvió el rostro hacia Atena y se lanzó sobre ella.

       —¡Eres mía! —gritó.

       De pronto, una veloz cadena cruzó el aire dando giros y se enroscó en su muñeca, frenando su impetuosa carrera e impidiéndole tocar a Saori.

       Sombrío reaccionó con sorpresa al ver que una cadena le sujetaba la mano. Enarcó una ceja con extrañes. Por un momento supuso que probablemente Seiya le había quitado el arma a Kadena para usarla en su contra, pero desechó aquella idea cuando se dio cuenta que los eslabones de la cadena no eran de oro.

       —¿Quién demonios se atreve a interrumpirme? —preguntó el Khan, volviendo la mirada por encima de su hombro—. ¿Quién eres tú, maldita alimaña?

       Un joven de cabello verde y embestido con una armadura de bronce sujetaba firmemente el otro extremo de la cadena que aprisionaba su mano. Las facciones de su rostro eran sumamente finas por no decir delicadas.

       —Soy el Santo de Andrómeda —declaró.

       —¡Shun! —exclamó Saori alegremente, reconociendo al Santo.

       Sombrío, por su parte, lanzó una mirada de odio contra el recién llegado. ¿Quién demonios se creía ese sujeto con cara de niña para entrometerse en sus asuntos? Ese entrometido pagaría muy caro por su osadía.

       Sin embargo, antes de que pudiera hacer algo, otra presencia llamó su atención en las alturas. Cuando levantó la vista para ver de quien se trataba se encontró con la bota de un segundo Santo de Bronce que le propinó un soberbio golpe en el rostro que lo arrojó al suelo.

       —¡Y yo soy el Santo del Cisne! —exclamó un joven de cabello rubio al momento de aterrizar en el suelo—. ¡No dejaremos que toques a Saori!

       —¡Hyoga! —exclamó Saori.

       —Saori, descuida —dijo Shun colocándose al lado de Hyoga—. Nosotros nos encargaremos de todo.

       Sombrío maldijo su suerte. Justo cuando parecía que ya tenía todo en el bolsillo, otros dos Santos acababan de aparecer para unirse a la batalla. Si no encontraba la gema rápidamente se enfrentaría a la ira de Tiamat.

       Entretanto, Seiya se deshizo de la cadena del meganiano y fue a reunirse con sus camaradas recién llegados. Apenas los vio, no pudo ocultar la alegría que le causaba el verlos nuevamente.

       —¡Hyoga, Shun!

       —Seiya, que gusto encontrarte, amigo —murmuró Shun volviéndose hacia él.

       —A mi también me da gusto verlos, Shun —comentó Seiya—. Pero, ¿cómo fue que se enteraron de todo lo que estaba ocurriendo?

       Hyoga tomó la palabra.

       —Yo estaba en Siberia cuando percibí la existencia de un extraño cosmos que se dirigía hacia el Santuario y por eso decidí venir hasta acá. Cuando descubrí que el cosmos sagrado que protegía las Doce Casas había desaparecido, entonces opté por venir directamente al Salón del Gran Maestro.

       Seiya llevó la mirada hacia el Santo de Andrómeda, quien asintió con la cabeza.

       —Es cierto, Seiya. Yo también pensé lo mismo y en el camino me encontré con Hyoga. Durante todo el trayecto, ambos pudimos percibir la presencia de los cosmos de Shyriu, Mu, Aioria, Milo, el maestro de Libra, Saori, Kanon, el tuyo y el de muchos otros que nunca antes habíamos sentido.

       —Que interesante su conversación —se escuchó decir a Sombrío—. Realmente veo que hay muchos Santos en este asqueroso Santuario.

       Los Santos de bronce se volvieron enseguida hacia el Khan del Lobo, que estaba terminando de incorporarse del suelo. A juzgar por la funesta expresión de su rostro era claro que estaba molesto por la patada que Hyoga le había asestado.

       —Es hora de que les ajuste las cuentas, trío de papanatas —masculló el imperial llevando una mano al escáner visual para calcular el poder de Hyoga, Seiya y Shun—. 3,000,000… 5,000,000 … vaya, por lo que veo sus niveles de ataque están a la par del de los tan cacareados Santos dorados.

       —Amigos, yo me haré cargo de este tipo —declaró Seiya, dando un paso al frente e ignorando las palabras del imperial—. Ustedes ayuden a los demás y no lo olviden, los guerreros que usan el símbolo de la media luna roja en sus armaduras son nuestros enemigos. Ahora no puedo explicárselos claramente, pero varios guerreros han venidos a ayudarnos a luchar.

       Hyoga y Shun asintieron con la cabeza conjuntamente.

       Justo cuando Seiya estaba por atacar a Sombrío, la voz de Kadena llamó la atención de los tres Santos de Bronce por el extremo contrario.

       —Espera un momento, gusano greñudo —dijo mientras se acercaba caminando—. Hace unos momentos me golpeaste salvajemente con tu ataque de meteoros y eso no se quedará así —alzó sus manos, exhibiendo su cadena dorada entre ellas—. Te derrotaré para hacerte pagar por todo lo que has hecho.

       —¡Olvídalo, Kadena! —exclamó Sombrío—. Yo me haré cargo de este Santo greñudo. Si lo deseas, hazte cargo de las demás alimañas ponzoñosas.

       Seiya llevó su rostro de Sombrío a Kadena y viceversa para evaluar la situación.

       —No soy ningún cobarde y pelearé con los dos si quieren. No les tengo miedo.

       —Aguarda, Seiya —le dijo Hyoga, tomándolo del hombro—. Yo me haré cargo del sujeto de la cadena y tú ocúpate del otro. Así será más fácil para los dos.

       —Me parece bien —convino Shun—. Yo ayudaré a Milo, tal parece que se encuentra inconsciente.

       Seiya se giró hacia el Khan del Lobo y asintió con la cabeza no muy de acuerdo con la idea. Sin embargo, rechazar a los invasores era lo más importante por el momento.

       —De acuerdo, Hyoga, pero ten mucho cuidado.

       El Santo del Cisne asintió con la cabeza.

       —Bien, Seiya, sé que tú también te encargarás de ese sujeto.

       Kadena observó a Hyoga detenidamente y tras un momento lanzó una carcajada burlesca. Al ver que el Santo que lo desafiaba no portaba una armadura dorada como la de Aioria y los otros, el guerrero meganiano supuso que Hyoga debía ser tan débil como Jabu y los demás Santos de Bronce derrotados por Talión y Sombrío. Aplastarlo sería fácil.

       —¿Qué es lo que te causa tanta gracia? —le inquirió Hyoga desafiante.

       —No eres un Santo dorado. Sólo eres un miserable Santo de bronce y por lo tanto no me tomará ni dos ciclos acabar contigo —estiró la cadena que sujetaba—. Tu compañero tuvo suerte porque me tomó descuidado, pero un guerrero de tu clase no es un digno rival para mí.

       Hyoga frunció la mirada maliciosamente. Levantó sus brazos, adoptando una pose de batalla y se preparó para luchar. Un aire frío comenzó a inundar el sitio donde se encontraban.

       —No pienso igual, no debes juzgar a tu enemigo por su apariencia —masculló el Santo del Cisne mientras cientos de diminutos cristales de nieve comenzaban a materializarse en el aire y la temperatura empezaba a descender.

       —¿Qué rayos es lo que sucede aquí? —preguntó Kadena mientras sus ojos temblaban y retrocedía un paso hacia atrás—. ¿Acaso fuiste tú quien hizo esto?

       —Así es. Será mejor que te prepares para morir porque no tendré ninguna consideración para contigo.

       Kadena comprendió lo que estaba sucediendo. De alguna manera, aquel Santo estaba usando el poder de su aura para bajar la temperatura a su alrededor. Una maniobra bastante hábil para un guerrero supuestamente de un bajo nivel.

       —No me sorprendes con ese truco, insecto —advirtió el meganiano, elevando su aura y haciendo girar uno de los extremos de la cadena sobre por su cabeza—. Yo soy un guerrero muy poderoso y tú realmente no estás a mi altura. Sólo eres un fanfarrón.

       En ese momento, Hyoga extendió sus brazos hacia ambos lados y comenzó a moverlos de arriba hacia abajo lentamente como emulando el aleteo de una ave. De pronto, el cosmos de Hyoga formó la imagen de un cisne blanco atrás de éste.

       Kadena enarcó una ceja con desconcierto. Jamás había visto algo parecido a lo que Hyoga estaba haciendo. ¿Acaso se había vuelto loco? No, debía ser otra cosa. En ese instante, el meganiano cayó en cuenta del enorme poder que tenía Hyoga. No era tan débil como Jabu y su grupo; al contrario, era casi tan fuerte como un Santo de Oro. No podía permitirle reunir más poder. Dio un paso al frente y se arrojó sobre él, lanzando su cadena dorada al mismo tiempo.

       —¡Muere!

       Sin embargo, para desgracia del imperial, Hyoga ya había terminado de reunir sus energías. Alargó el brazo contra el meganiano que lo atacaba y lanzó una poderosa corriente de aire congelante con su puño.

       —¡Diamond Dust! (Polvo de Diamante)

       Continuará… .

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