Leyenda 057

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPITULO LVII

UN CÁLIDO Y GENTIL COSMOS

       Astronave Churubusco.

       Ahí, en una de las cubiertas iluminada por un par de soles que brillaban a lo lejos, las Sailor Senshi observaban la noche eterna plenamente adornada con un velo de estrellas. Para Sailor Moon era como un sueño infantil hecho realidad.

       —¿No te parece hermoso, Mamoru? —preguntó a Tuxedo Kamen, quien permanecía a su lado.

       —Claro que lo es, Usagi —asintió él, volviendo la mirada hacia ella—. Aunque estando a tu lado, cualquier sitio será como un paraíso.

       Usagi asintió con la cabeza con un gesto sombrío. Se apartó de él lentamente, dio algunos pasos al frente y luego bajó la cabeza.

       —Sí… .

       Tuxedo la miró con extrañes.

       —¿Qué te ocurre, Usagi? —preguntó.

       —Pensaba en Seiya —musitó con tristeza—. No puedo olvidar que él murió para salvarme.

       Tuxedo Kamen se le acercó por la espalda y apoyó ambas manos en sus hombros, dándole a entender que estaba con ella.

       —Sí, lo sé, pero creo que a él no le gustaría verte triste, ¿no? Él querría que fueras feliz pasara lo que pasara.

       Sailor Moon se giró sobre sus talones y levantó la mirada quedando cara a cara con Tuxedo. Sonrió con dulzura para corresponder a sus preocupaciones y finalmente asintió.

       —Tienes razón, Mamoru.

       —Cuando todo esto termine, regresaremos a nuestro mundo y nos casaremos, ya lo verás, Usagi.

       Sailor Uranus y Sailor Neptune, que se mantenían un poco separados de los demás, observaban disimuladamente a Sailor Moon y Tuxedo Mask.

       —Ciertamente hacen una linda pareja, ¿no crees? —comentó Neptune.

       Sailor Uranus cerró los ojos y sonrió levemente.

       —Sí, todavía no puedo creer que ya estén a punto de casarse —murmuró—. Hemos pasado por tantas cosas que por un instante pensé que ese momento nunca llegaría.

       Mientras tanto, a unos metros de ahí, Asiont, Mariana, Saulo y Marina les mostraban la cubierta a las demás Sailors Senshi.

       —¿Qué les ha parecido hasta ahora? —les preguntó Saulo.

       —Esta nave es verdaderamente inmensa —apuntó Sailor Mars—. Parece como sí fuera una enorme ciudad en medio del espacio. Es verdaderamente increíble.

       —No pudiste haberlo expresado mejor —dijo Mariana—. El Churubusco es la nave más grande de toda la flota aliada. Tiene treinta kilómetros de largo y unos cien niveles en los que viven millones de personas.

       —Eso sí que es grande —comentó Sailor Saturn, claramente impresionada—. Pero sí esta nave es tan grande, ¿cómo es que nunca los han encontrado?

       Saulo la miró.

       —Bueno, no ha sido fácil, pero dado que este sistema estelar pertenece al imperio de Abbadón es el último sitio donde nos buscarían… .

       Mientras el príncipe de Endoria continuaba contándoles lo difícil que había sido para la Alianza ocultarse de N´astarith durante tanto tiempo, Sailor Mars, Jupiter y Venus observaban como Asiont miraba a su compañera Sailor Mercury discretamente.

       —Oigan, chicas, me parece que ese joven llamado Asiont está interesado en nuestra amiga Ami —murmuró Jupiter en voz baja—. Sí no me creen, sólo vean como la está mirando en este momento.

       Sailor Venus reflexionó un segundo antes de hablar.

       —A mí también me lo parece.

       Sailor Mars desestimó la teoría con un simple ademán.

       —¡Por favor! —exclamó ella—. Ustedes siempre están viendo romances donde no los hay. Quizás sólo quiere ser su amigo o simplemente está mirando en esa dirección mientras su obtusa mente divaga por el universo en busca de una explicación a la continuidad del átomo.

       Jupiter enarcó una ceja y miró a su amiga con evidente escepticismo.

       —¿Tú lo crees así, Sailor Mars?

       —Claro, recuerden que los hombres son algo impredecibles. Lo mismo puede ser que le guste o que simplemente quiera ser su amigo. No hay que adelantarnos a los hechos.

       Sailor Venus se mostró en desacuerdo.

       —Vamos, Rei, yo pienso que cualquier hombre que mira a una chica de esa forma es porque se está enamorando de ella —hizo una pausa; juntó ambas manos, luego alzó los ojos hacia arriba y finalmente suspiró fascinada—. De todas formas creo que es algo muy romántico.

       Sailor Jupiter se colocó a un costado de Venus e hizo exactamente lo mismo.

       —¡Ah! —suspiró—. Como me gustaría conocer a un chico que se enamorara de mí.

       Mars las observó con los ojos entornados, incómoda con aquella clase de comentarios.

       —Ustedes siempre están con lo mismo, ¿qué no piensan crecer para variar?

       Atrás del grupo de las Sailor Senshi, Asiont no podía apartar los ojos de Mercury. Cuando descubrió que Sailor Venus y Sailor Jupiter se habían percatado de ello, desvió la mirada en otra dirección y comenzó a reflexionar sobre las palabras pronunciadas por Jesús Ferrer antes de que Azmoudez y Azrael lo hubieran trasladado a otra sección de la nave en espera de que el Consejo Supremo se reuniera.

       Sí en realidad Jesús Ferrer y José Zeiva no habían matado al rey Lux de Endoria, entonces ¿quién lo había hecho? A juzgar por lo que el príncipe de los meganianos había dicho sobre “ser manipulado desde las sombras”, era obvio que se estaba refiriendo a que existía alguien más detrás de todo lo sucedido, alguien que se había beneficiado con lo ocurrido años atrás. Pero, sí así era, ¿quién era esa sombra?

       Sacudió la cabeza tratando de aclarar su mente. Quizás Jesús solamente estaba tratando de engañarlos para deslindar sus responsabilidades y ganarse su confianza. Como fuera, estaba convencido de que lo que el meganiano estaba a punto de decir frente al Consejo iba a cambiar las cosas de una manera que no alcanzaba a imaginar.

       —¿En qué estás pensando? —preguntó Mercury suavemente.

       Asiont volvió la mirada hacía ella y sonrió.

       —Eh, pensaba en lo que nos espera más adelante. Temo que la situación se nos complique todavía más —hizo una pausa—. Según lo que Saulo me dijo hace unos momentos, parecer ser que los ejércitos de N´astarith están actuado muy rápido y eso me preocupa.

       —Creo que te presionas demasiado, Asiont —señaló la Sailor—. Creo que olvidas que tienes muchos amigos. Apuesto que ellos también están pensando en ese problema y por lo tanto, pronto encontrarán una solución. Ten paciencia.

       Asiont se encogió de hombros.

       —¿Sabes? Para tu edad eres una chica bastante madura.

       El rostro de Sailor Mercury se iluminó con un leve rubor. Casi enseguida se apresuró a bajar la mirada .mientras una casi imperceptible sonrisa se asomó por sus labios.

       —Ah, no es nada.

       Por unos momentos, Asiont no supo que decir. El sólo hecho de contemplar a Ami sonrojarse lo dejaba embelesado. Una afable sonrisa le iluminó el rostro.

       Mariana, que iba caminando al lado de Saulo, se volvió por encima de su hombro para ver que estaba haciendo Asiont. “Es curioso”, pensó a la vez que sonreía. “Creí que él jamás volvería a sonreír”.

       De pronto, varios soldados lerasinos llegaron corriendo.

       —Príncipe —dijo uno de ellos, dirigiéndose a Saulo.

       Mariana, Asiont, Marina y las Sailor Senshi se volvieron y vieron a los tres soldados correr precipitadamente hacia ellos.

       —¿Qué ocurre? —preguntó Mariana, conteniendo la respiración.

       —El emperador Zacek finalmente ha encontrado los universos hacia donde se dirigieron las fuerzas imperiales. El almirante Cariolano solicita la presencia de todos en el puente de mando.

       Saulo sonrió. Sintió renacer la chispa de una esperanza por primera vez en lo que parecía una eternidad.

       —Perfecto —murmuró antes de volverse hacia sus acompañantes—. Creo que es hora de mostrarles el puente de mando.

       Santuario de Atena, Grecia
       Salón del Gran Maestro

       El imponente Khan del Dragón dirigió una mirada de desdén hacia los restos de una de las enormes columnas del templo y después sonrió con entera satisfacción. Su plan había sido un rotundo éxito.

       —Maravilloso —masculló—. No esperaban un ataque como ese y por consiguiente logramos tomarlos por sorpresa. No tuvieron la menor posibilidad de hacer algo.

       Aicila dejó escapar una leve sonrisa y pateó una de las rocas que había a sus pies.

       —Sí, pero lo malo es que con la pelea y esa expulsión de energía, todos nuestros escáners visuales quedaron destruidos —hizo una pausa y se alisó los cabellos—. No veo a ninguno de esos malditos. ¿Acaso se habrán muerto con la explosión?

       Tiamat se acarició la barbilla levemente y escrutó algunos escombros con la mirada.

       —No, al menos no todos —sonrió malévolamente—. Quizás les parezca increíble, pero aún puedo sentir las presencias de algunos de ellos bajo los escombros. Son algo débiles, pero todavía algunos de los Santos permanecen con vida.

       —¿Qué esperamos entonces? —le preguntó Sombrío con impaciencia—. ¡Vamos a rematarlos cuanto antes! ¡Ese tal Ranma tiene que morirse de una buena vez!

       Tiamat alzó una mano indicándole que se contuviera.

       —Hemos perdido demasiado tiempo y energía peleando en este estúpido santuario —tomó aire y alzó la mirada al cielo—. Seguramente el gran N´astarith ya debe estar impaciente por vernos de vuelta en Armagedón con la gema.

       —¿No será que les temes? —se burló el Khan del Lobo.

       Antes de que Sombrío pudiera advertirlo, Tiamat lo sujetó por el cuello rápidamente y luego lo levantó algunos centímetros del suelo. Talión no pudo evitar burlarse en secreto de su su compañero.

       —Nada de lo que camina, se arrastre, nade o vuele le temo.

       Sombrío comenzó a asfixiarse.

       —De acuerdo, de acuerdo… ya entendí… .

       Tiamat apretó un poco más el cuello de su compañero antes de soltarlo. Con una última mirada amenazadora, se dirigió a él:

       —Así esta mejor, estúpido. Lo único que debemos hacer ahora es elevarnos en el aire y luego usar nuestros poderes para destruir todo el Santuario. Eso nos asegurara que esos gusanos ya no nos molesten en el futuro.

       —¡Sí! —exclamó Talión, alzando un puño al cielo—. ¡Vamos a rematarlos!

       —Me parece que eso no será tan fácil —intervino Aicila—. No sé que demonios ocurre, pero inexplicablemente dejé de percibir las auras que estaba sintiendo a nuestro alrededor. Todas menos una han desaparecido por completo.

       Talión pasó del furor al desánimo total.

       —¡No! ¡Eso no puede ser! ¡Debe tratarse de un truco!

       Totalmente escéptico, el Khan del Lobo volvió la vista hacia enorme una pila de escombros y frunció el ceño. No podía entenderlo, pero era verdad, ahora sólo podía sentirse un aura en todo el lugar. Seguramente los demás sobrevivientes habían desaparecido sus presencias o acababan de morir.

       Tiamat, por su parte, recelaba de la idea de que todos hubieran muerto de repente, de modo que cerró los ojos y se sumió en sí mismo. Iba a usar su percepción y sus habilidades telepáticas para buscar alguna señal de los sobrevivientes. Aun sí estaban desapareciendo sus presencias los encontraría por medio de su telepatía. Al cabo de unos segundos, levantó los párpados y dijo:

       —Es extraño, pero solamente puedo percibir la energía de esa joven llamada Atena. No puedo creer que los demás hayan logrado escapar sin que nos diéramos cuenta. Sí al menos tuviéramos un maldito escáner visual podríamos confirmar sí los otros están muertos o permanecen ocultos.

       —Quizás se pusieron de acuerdo y se trasladaron a otra parte por medio de algún poder —aventuró Aicila—. Sí es así los encontraremos… .

       Tiamat resopló, impaciente por volver a Armagedón con la gema.

       —Olvídalo —la interrumpió—. Esa batalla nos debilitó bastante y no es recomendable tener otro encuentro con ellos hasta que no hayamos recuperado nuestras energías, además la gema estelar podría ser destruida. Volveremos al Nisroc y usaremos sus armas para acabar con el santuario. Ahora que recuerdo ese tal Mu de Aries posee una especie de poder de teletransportación. Quizás ese bastardo los transportó a otra parte.

       La Khan de la Arpía se encogió de hombros despreocupadamente y luego desplegó su aura para lanzarse por los aires. En realidad le importaba muy poco lo que pasara con los Santos dorados y los Celestiales. Su única preocupación radicaba en volver a Armagedón cuanto antes.

       Pero a diferencia de su compañera, Sombrío y Talión no concordaban con la idea de retirarse antes de rematar a los sobrevivientes. Sin embargo, a pesar de eso, ninguno de los dos se atrevió a impugnar la decisión por temor a Tiamat. Tras un instante de silencio, los dos Khans se miraron entre sí y desplegaron sus auras conjuntamente.

       Antes de retirarse, el Khan del Dragón echó una última mirada a los escombros y sonrió malévolamente. “Festejen sus últimos segundos con vida”, pensó. “Pronto me encargaré de eliminarlos para siempre”.

       Tokio-3.

       En una base secreta a las afueras de la devastada ciudad, el holograma de Genghis Khan se alzaba sobre el general Kymura, el mayordomo de éste y Masamaru. Su voz sonaba suave.

       —La situación me sorprende —murmuró en tono pensativo, con el rostro cubierto por los oscuros ropajes—. Con la piloto del Eva-02 fuera de operación y el Eva-00 destruido, las cosas serán mucho más fáciles para vosotros.

       —Estamos colocando a todas nuestras tropas en lugares estratégicos —se apresuró a decir Kymura—. Creemos que SEELE se dispone a tomar el control de NERV en cualquier momento, mi señor. Ahora que el último de los shitos ha sido derrotado, no existe razón alguna para que Gendou siga al frente de NERV. Además, tenemos razones para creer que el presidente Keel se trae algo entre manos.

       —Nos encontramos listos para concluir nuestros planes —anunció Masamaru—. Sin embargo los pilotos del Eva-01 y el Eva-00 aún continúan con vida. Eso podrían resultar un peligro potencial, mi señor.

       —Ellos no podrán hacer nada —lo tranquilizó Genghis Khan—. Una vez que el presidente Keel desmantele a NERV, será vuestro turno para actuar. Para ese entonces mis agentes ya se habrán reunido con ustedes. Ni siquiera los Evas en los que trabaja SEELE podrán interferir.

       —¿Cuento con su aprobación para proceder, mi señor? —preguntó Kymura.

       —Hazlo —ordenó Genghis Khan—. En el momento en que SEELE se lance contra NERV acaba con todos, Kymura. Que no quede nadie con vida.

       Santuario de Atena, Grecia
       Salón del Gran Maestro

       Algunos minutos después de que la explosión lo dejara sepultado bajo los escombros, Seiya pensó que por fin había encontrado una salida. Haciendo un breve esfuerzo, el Santo de Pegaso retiró las últimas rocas en su camino y finalmente salió a la luz. Todo había desaparecido, todo el templo había quedado reducido a un montón de escombros humeantes y no había señales de vida por ninguna parte.

       Alzó la vista y descubrió cuatro puntos luminosos en el cielo que se alejaban rápidamente dejando tras de sí una larga estela de luz. Seguramente se trataba de Tiamat y sus camaradas ya que, aunque era incapaz de sentir un cosmos en el Khan del Dragón, si podía sentirlo en Sombrío y Talión.

       —Esos malditos han escapado —masculló con enfado.

       —¡Seiya! —la voz de su amigo Shun lo hizo volverse—. ¿Dónde están los Khans?

       —Se fueron, Shun —se acercó a él para ayudarlo a ponerse de pie—. Aprovecharon esa explosión para huir del Santuario.

       —Seiya, Shun, me alegra verlos de nuevo —Shyriu apareció por la esquina de lo que antes había sido una enorme columna—. ¿Qué fue del maestro y los demás?

       El Santo de Pegaso se volvió por encima de su hombro para inspeccionar las ruinas.

       —No lo sé, Shiryu, pero no puedo sentir ningún cosmos.

       En ese momento, Hyoga, Poppu y Lance emergieron de una pila de escombros.

       —Pensé que no íbamos a salir con vida de eso —farfulló el joven mago.

       —Afortunadamente el escudo de energía de Lance nos protegió justo a tiempo —les informó Hyoga—. Sólo espero que los demás hayan tenido igual suerte.

       Lance, por su parte, no dijo nada. Estaba absorto utilizando la computadora de su armadura de batalla para encontrar al resto de sus amigos. Esa explosión había sido realmente poderosa y temía que quizás hubiera ocurrido una desgracia.

       Hyoga y Poppu se volvieron y vieron a Shiryu, Seiya y Shun ir hacia ellos.

       —¡Hyoga! —exclamó Shun—Que bueno que no te pasó nada.

       —¿Están todos bien? —les preguntó el Santo del Cisne.

       Shiryu asintió con la cabeza.

       —Si, pero no veo señales de Saori y de los otros.

       El joven mago, a su vez, llevó su vista en varias direcciones tratando de encontrar a Dai, la princesa Leona o a cualquier otro, pero por más esfuerzos que hacía no consiguió ver a nadie. Durante un momento la idea de que probablemente estaban muertos circuló por su mente.

       —¡Dai! —comenzó a gritar—. ¿Puedes oírme? ¡Dai!

       Hyoga enarcó una ceja.

       —¿A quién está llamando? —preguntó sin dirigirse a nadie en específico.

       —Creo que se refiere a ese niño que usaba la espada —respondió Shiryu—Me parece que su nombre era Dai o algo así.

       Shun ladeó la cabeza.

       —¿Quiénes son todos ellos? Jamás los había visto antes en el Santuario.

       —Es verdad, Shun —convino el Santo del Dragón—. Ellos no son Santos como nosotros. Ignoro cómo fue que llegaron hasta aquí —hizo una pausa y llevó la mirada hacia el Santo de Pegaso—. Quizás tú podrías decírnoslo, Seiya.

       —Aguarden un momento —intervino Hyoga—. Antes de discutir esto me parece que primero debemos buscar a Atena y a los otros. No puedo sentir sus cosmos así que quizás se encuentre herida luego de esa poderosa explosión.

       —Hyoga tiene razón —afirmó Seiya—. Primero debemos buscar a Atena.

       Shun asintió con la cabeza y se dispuso a comenzar la búsqueda. Pero antes de que alguno pudiera empezar retirar escombros, un intenso resplandor en medio de las ruinas atrajo la atención de todos. Lance frunció el entrecejo con extrañes. Según la computadora de su armadura de batalla, había una gran manifestación de energía a pocos metros de donde él, Poppu y los Santos de bronce se encontraban.

       Una misteriosa esfera de luz emergió lentamente de entre los escombros llevando en su interior a Dohko, Mu, Kanon, Airoria, Milo, Cadmio, Casiopea, Dai, Leona, Hyunkel, Ranma, Ryoga, Moose, Astroboy, Eclipse y Saori. Afortunadamente, todos estaban a salvo.

       —Esa esfera esta hecha de pura energía aúrica —murmuró Lance fascinado.

       Poco a poco, aquella luminosa esfera de energía comenzó a desvanecerse hasta que desapareció totalmente, liberando así a todos sus ocupantes. Tan pronto la esfera de desvaneció, Lance, Poppu, Hyoga, Shun, Shiryu y Seiya se dirigieron hacia sus amigos.

       —¡Dai! ¡Estás vivo! —exclamó Poppu al tiempo que corría hacia él para estrecharlo entre sus brazos—Pensé que habías muerto en la explosión.

       —Poppu, déjame respirar —alcanzó a balbucear Dai mientras se removía.

       Lance no podía creerlo todavía. Cuando vio que Cadmio, Eclipse y los otros, pero especialmente Casiopea y Leona, estaban bien empezó a reír. Sobrecogido, corrió hacia la princesa Francusiana y la estrechó fuertemente.

       —¡No vuelvan a hacerme eso! —les gritó.

       Casiopea no esperaba semejante muestra de afecto, pero no pudo menos que devolverle el gesto de igual forma y sonreír afablemente mientras un leve rubor iluminaba su rostro.

       —Bueno, guapo —dijo ella—. Es que siempre nos han gustado las escenas dramáticas.

       Seiya, mientras tanto, se acercó a los Santos de Oro para averiguar lo sucedido.

       —¿Me pueden explicar que fue lo que sucedió? Hace unos segundos ninguno de nosotros podía sentir sus cosmos.

       —Es simple, Seiya —explicó Airoria—. En el momento en que esos canallas provocaron la explosión que destruyó el Salón del Gran Maestro, Atena nos protegió con su poderoso cosmos.

       —Ya veo —murmuró Cadmio, entrando en la conversación—. De modo que ese milagroso campo de energía que nos envolvió en el último ciclo fue producido por la chica que llaman Saori —hizo una pausa y enarcó una ceja—. Supongo que debemos darle las gracias por la protección celestial.

       —¡Atena! —gritó Milo llamando la atención de todos.

       En el instante en que Cadmio, Seiya y los otros se volvieron, Saori cayó al suelo frente a las impotentes miradas de sus Santos. Al parecer estaba muy débil luego de haber producido aquella barrera de energía con la que había salvado la vida de la mayoría.

       Seiya se arrodilló en el suelo y tomó a Saori entre sus brazos.

       —¿Te encuentras bien? —le preguntó mientras los demás se arremolinaban en tornó a ellos—. ¡Saori!

       Volando a una increíble velocidad, Tiamat, Aicila, Talión y Sombrío finalmente llegaron hasta el enorme Devastador Estelar Nisroc, el cual aún permanecía sobre la ciudad de Atenas. Una vez que los cuatro guerreros imperiales estuvieron a bordo, se dirigieron inmediatamente hacia el puente de mando.

       Cuando la puerta de acceso se abrió, el capitán de la nave dejó lo que estaba haciendo para darles la bienvenida a los Khans que entraban. Una halo de extrañeza se apoderó del oficial cuando descubrió el estado en que se encontraba la armadura de Tiamat.

       —Eh, es grato ver que hayan vuelto —alcanzó a murmurar mientras los Khans pasaban juntó a él, ignorándolo por completo—. ¿Tuvieron algún problema para encontrar la gema? ¿dónde están Kadena, Shield y Ogitál?

       —¿Cómo va el ataque? —preguntó Aicila mirando las enormes pantallas visoras.

       El capitán se aclaró un poco la garganta antes de hablar.

       —Mientras estuvieron fuera nuestras fuerzas destruyeron veintidós ciudades de este planeta y acabaron con varias bases militares. También hay reportes de que… .

       —Es perfecto —le interrumpió Sombrío—. Tenemos la gema sagrada y lo mejor de todo es que trapeamos el suelo con esos miserables. Su poder no es nada comparado con el nuestro.

       —No subestimes el poder de los Santos defensores del Santuario y de los Caballeros Celestiales —declaró Tiamat con severidad—. Ciertamente, esos Santos dorados lograron reunir el poder suficiente para dañar mi armadura del averno. Ningún Caballero Celestial había podido lograr algo como eso en el pasado —sonrió—. Mientras veníamos hacia la nave, reflexione un poco sobre eso y quien quiera que pueda reunir un poder así, también podría convertirse en una seria amenaza para nuestros planes.

       Aicila desestimó el argumento rápidamente.

       —¿Hablas en serio? Me parece que exageras, Tiamat. Nosotros poseemos el Aureus y ellos no. Sus auras aún se encuentran en un nivel bastante más bajo que las nuestras.

       —No olvides que nos ocasionaron muchos problemas durante la batalla —le recordó el Khan del Dragón—. Además estaba esa chica a la que los Santos llamaban Atena. Su poder era asombroso y de hecho fue la única que al parecer sobrevivió.

       Una estúpida sonrisa apareció en el rostro de Sombrío.

       —¿La mamacita? Sí, yo también la recuerdo, por cierto que tenía muy buenas… .

       Antes de que el Khan pudiera terminar de hablar, Aicila lo tomó rápidamente del cuello y con un solo movimiento lo lanzó al suelo.

       —¡Silencio, torpe!

       Talión, mientras tanto, se acarició la barbilla mientras meditaba. Ciertamente, las palabras de Tiamat estaban cargadas de razón. Durante la lucha en el Santuario había tenido la oportunidad de percibir el poderoso cosmos de Saori y conocía perfectamente la fuerza que éste poseía.

       —Ahora que recuerdo —comenzó a decir—, ellos dijeron una que era una especie de diosa y… —hizo una pausa y abrió los ojos enormemente—. ¡Fue esa maldita! ¡Ella bloqueó nuestra percepción!

       La noticia tardó unos segundos en ser asumida. Sombrío golpeó una de las paredes del puente en un ataque de furia.

       —¡Claro! Eso explicaría el por qué todas sus auras desaparecieron menos la de ella. De alguna manera logró impedir que sintiéramos la presencia de los demás. Esa tal Atena fue quien los protegió.

       —Eso no es motivo de preocupación —los tranquilizó Tiamat—. En dado caso de que hayan podido sobrevivir a ese despliegue de energía, aún deben estar muy débiles. Aprovecharemos eso —se volvió enseguida hacia el capitán de la nave—. Capitán, lleve la nave a las coordenadas G-7-K y preparen el arma principal. Vamos a terminar lo que empezamos.

       Céfiro.

       Tras unos cuantos segundos, la luz del sol fue obliterada. El valle quedó en esa oscuridad que caracterizaba a la tierra durante un eclipse total.

       —No entiendo que es lo que pasa —murmuró Hikaru, mirando fijamente a la colosal nave que continuaba avanzando por los cielos—. ¿Quiénes son ellos?

       Umi estaba desconcertada. Su primera reacción, irracional, fue la de agacharse, al sentirse físicamente oprimida por el peso abrumador de aquello que la rodaba encima.

       Fuu, mientras tanto, escudriñó la enorme nave con detenimiento. La parte inferior le recordó la rodadura de un neumático llena de protuberancias. El diseño de la nave tenía algo inquietante, había algo incorporado, inconscientemente quizás, en su estructura. Era una sombra gris y siniestra que revelaba la personalidad lúgubre y rotundamente utilitaria de sus fabricantes.

       —Esa nave no es de Autozam, Farem o Sizeta —fue lo único que pudo decir.

       Hikaru llevó la mirada hacia ella.

       —Tienes razón, Fuu, esa nave no pertenece a ninguno de los planetas que invadieron Céfiro anteriormente.

       —Pero entonces, ¿de quién puede tratarse? —preguntó Umi, volviéndose hacia sus amigas—. ¿No será acaso una nave creada aquí en Céfiro?

       Hikaru y Fuu se miraron entre sí. Durante sus breves estancias en Céfiro jamás habían oído hablar acerca de una nave como la que estaban viendo. De hecho, los habitantes de ese mundo parecían que preferían usar la magia y no la tecnología para cubrir sus necesidades. La idea de que aquel colosal disco volador hubiera sido fabricado en Céfiro les pareció improbable.

       —Yo no creo que esa cosa pertenezca a Céfiro —declaró Hikaru negando con la cabeza—. Además, es demasiado tétrica como para haber sido hecha aquí. Sólo véanla.

       —En eso tienes razón, Hikaru —asintió Fuu—. Hay algo en esa nave que me da desconfianza. Es como sí encerrada alguna especie de mal presagio.

       Umi no dijo nada, pero pensó lo mismo. Atemorizada, la joven volvió la mirada hacia aquel gigantesco disco de veinticinco kilómetros y descubrió tres destellos de luz que acababan de salir de la parte superior de la torre.

       —¡Miren eso! —exclamó—. Algo acaba de salir volando de la nave.

       —¿Qué cosa? —preguntó Hikaru, avanzando unos pasos y entornando la mirada para ver mejor—. ¿Te refieres a esas luces blancas?

       —Sí no me falla la memoria, esos destellos de luz se dirigen hacia el castillo donde estuvimos la última vez —observó Fuu—. ¿Qué haremos entonces?

       Umi llevó su mirada hacia Hikaru como esperando que ésta fuera quien decidiera que acción emprender. Tras un segundo, Fuu hizo exactamente lo mismo.

       Hikaru asintió con la cabeza y miró a sus dos amigas con seguridad. Sí el destino las había traído de vuelta a Céfiro, entonces debían encargarse de protegerlo nuevamente en caso de que aquellos nuevos visitantes resultaran no ser amigables.

       —Nosotras somos las Guerreras Mágicas, ¿cierto?

       Umi y Fuu asintieron la cabeza casi al mismo tiempo.

       —¡Entonces vayamos hacia el castillo! —dijo Hikaru en voz alta.

       Palacio de Céfiro.

       El rey Ferio caminó hasta el balcón de su habitación y colocó ambas manos sobre la barandilla. Había sido un día bastante difícil y el contemplar los enormes jardines del palacio desde aquel balcón le permitía, al menos por un momento, apartar su mente de los deberes reales.

       El joven monarca de Céfiro estaba admirando la belleza de los árboles cuando unos golpes en la puerta de su habitación llamaron su atención.

       —Pase —dijo sin siquiera volverse.

       —Disculpe, su majestad —murmuró un joven alto y delgado que vestía un lujoso atuendo blanco y portaba un alargado báculo—. Lamento molestarlo, pero hay algo de suma importancia que debo informarle.

       Ferio resopló, impaciente por poder estar un rato a solas.

       —¿Qué es lo que ocurre ahora, Guru Clef?

       —Hace unos instantes percibí la llegada de una poderosa fuerza maligna al reino. Mucho me temo que quizás Céfiro se encuentre en un grave peligro.

       El rey de Céfiro se volvió inmediatamente hacia él. La expresión de su rostro cambió completamente.

       —¿Una fuerza maligna? —repitió extrañado—. Desde que Hikaru, Fuu y Umi abandonaron Céfiro, no hemos tenido la presencia de ninguna fuerza maligna. ¿Estás completamente seguro de eso, Clef?

       El joven hechicero asintió sombríamente.

       —Estoy completamente seguro de ello, majestad. Es una presencia maligna.

       Ferio titubeó. Por unos momentos imaginó que quizás Guru Clef le estaba jugando alguna especie de broma. Una representación muy bien estudiada para distraerlo de sus problemas, pero cuando las puertas de la habitación se abrieron de golpe y dos soldados entraron corriendo, la realidad se impuso.

       —¡Majestad! —exclamó un soldado —. ¡Mire por la ventana!

       El rey se giró enseguida hacia el balcón y echó un vistazo a los cielos. A pesar de que se encontraban bastante lejos de la zona donde el Devastador Estelar de Abbadón se había estacionado, el enorme tamaño de éste hacía que lo sintieran más cerca.

       Después de observar la nave por unos segundos más, Ferio y Guru Clef se dieron cuenta de tres puntos luminosos que surcaban el cielo a toda velocidad en dirección al palacio. Había llegado el momento de llamar a Lantis y poner en alerta a la guardia del castillo.

       Las puertas del castillo fueron cerradas inmediatamente. Varios guardias armados con espadas, arcos, escudos y lanzas se apostaron en los jardines reales por sí algún intruso intentaba atacar el palacio. Desgraciadamente, no tuvieron que esperar demasiado.

       Una mujer alta y de gran belleza física aterrizó frente a las puertas del castillo de Céfiro. Tenía el cabello rubio y lo llevaba largo. Vestía una armadura azul con finos adornos dorados y una capa negra.

       —¿Así que en este lugar es donde se encuentra la gema de los Titanes? —preguntó sin dirigirse a nadie en específico—. Este lugar es muy agradable, aunque creo que se vería mejor sí colocáramos una fuente aquí y unas flores por acá.

       Algunos de los guardias del palacio levantaron sus lanzas y arremolinaron en torno a ella, pero ninguno se atrevió a atacarla. Finalmente, el líder de ellos, un hombre de cabello rubio, armadura azul y capa oscura, se adelantó al grupo decidido a enfrentarla.

       —¿Quién eres tú? —le preguntó, empuñando una enorme espada.

       Como respuesta, la misteriosa joven lo miró fijamente y dejó escapar una leve sonrisa. Antes de que el guerrero pudiera preguntar nuevamente, tres sujetos más aterrizaron atrás de la chica.

       —Adnalo, te dije que no volaras tan rápido  —murmuró Odrare con dificultad—. Podré estar un tanto ebrio, pero yo aún sigo al frente de la misión.

       Odrare era un sujeto alto y fornido. Portaba una armadura negra y llevaba una enorme y afilada hacha de dos filos en sus manos. Un par de gruesos y afilados cuernos sobresalían de un casco que cubría su cabeza.

       —O sea, Odrare, te dije que no bebieras de esa porquería —le recriminó Adnalo—. Eso no nos da una muy buena imagen ante estos muchachos. Sólo espero que el emperador no se enteré de esto o podrías perjudicar mi imagen de Khan de los Hielos.

       El hombre de cabello rubio dio un rápido paso al frente.

       —¡Basta de tonterías! —exclamó furioso—. ¡Les exijo que me digan quienes son y que hacen aquí! ¡Mi nombre es Ráfaga y les advierto que sí han venido a perturbar la paz de Céfiro, entonces será mejor que se marchen!

       Adnalo y Odrare se miraron entre sí y sonrieron con complicidad. Finalmente, un sujeto de rostro pálido que vestía unos largos ropajes oscuros soltó una histérica carcajada.

       —No me hagas reír, insolente —le dijo con insolencia—. Necesitarás más que esa ridícula espada y de algunas amenazas para echarnos de aquí. Yo soy Malabok y hemos venido a buscar la gema de los Titanes por ordenes del gran emperador N´astarith. Ahora abran paso o los mataremos a todos.

       Lafarga frunció el entrecejo con extrañes.

       —¿La gema de lo Titanes? —repitió en voz baja—. Esa gema de la que hablan no se encuentra aquí, lo mejor será que se vayan de Céfiro o de lo contrario se las verán con todos nosotros.

       Malabok lo miró malévolamente y dejó escapar una risita.

       —¿Y tú que dijiste? —murmuró Odrareg en un tono irónico—. Les digo una mentira y con eso ya me los quite de encima, ¿no? Nadie le da ordenes al único Khan del Minotauro, mocoso tonto —volvió la cabeza por encima de su hombro—. ¡Blastar!

       Al momento, el cuarto integrante del grupo, un enorme humanoide de aspecto metálico color dorado, dio un rápido paso al frente. Se trataba de uno de los dos biodroides creados por los científicos endorianos y que ahora servían a N´astarith.

       —¿Sí, mi señor?

       —Aplasta a estos miserables mosquitos venidos a más.

       Blastar asintió con la cabeza y avanzó unos cuantos pasos mientras Ráfaga y sus leales soldados se miraban los unos a otros, mostrándose desconcertados.

       Continuará… .

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