Leyenda 009

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPITULO IX

EL ATAQUE AL DISTRITO DE NERIMA

       El planeta Querube era uno de los mundos más importantes y reconocidos en toda la región norte de la galaxia. Sus grandes ciudades y abundantes recursos naturales algunas veces habían llegado a provocar la envidia de sus vecinos menos afortunados. Varios analistas estelares coincidían en que, en un corto tiempo, aquel planeta se convertiría en una verdadera potencia en toda la región norte. Desgraciadamente, eso ya no sucedería.

       Habían pasado tres meses desde que las fuerzas imperiales de Abbadón habían llegado al planeta con un ultimátum para los querubes: rendir el planeta o sufrir una cruenta invasión. Los querubes era un pueblo amante de la libertad y la justicia por lo que se rehusaron a tal demanda y ello los llevó a una desastrosa guerra con N´astarith.

       A pesar de que en un principio la suerte favoreció a los querubes, que rechazaron exitosamente a las fuerzas imperiales endorianas en varias ocasiones, la situación dio un giro inesperado cuando N´astarith decidió enviar a sus tropas dejando de lado al ejército de José Zeiva.

       Aquel planeta que durante siglos había albergado una orgullosa civilización, se había convertido en un auténtico desastre. El ejército querube estaba completamente destrozado y la armada había sufrido grandes perdidas quedando reducida a unos cuantos cruceros que difícilmente podían defender la capital. La caída del planeta era algo inminente.

       Los Devastadores Estelares abbadonitas flotaban sobre las ruinas de los centros urbanos más importantes destruyendo todo signo de resistencia; algunos de los habitantes del planeta habían tratado de huir en naves, pero la flota imperial ejercía un bloqueo desde el espacio impidiendo toda posibilidad de escape; sólo unos cuantos tuvieron esa suerte. Las fuerzas enviadas por la Alianza Estelar para ayudar en la defensa no habían servido de nada y los ejércitos aliados se vieron forzados a retirarse en poco tiempo. En su huida habían perdido cientos de naves y numerosos combatientes.

       Siguiendo el tradicional plan de batalla, los invasores habían destruido las ciudades más grandes e importantes estableciendo cabezas de playa para que sus tropas pudieran empezar la ocupación del planeta sin problema. La mayor parte de la población había caído prisionera y luego llevada a improvisados campos de contención. Los que aún continuaban libres no tardarían en ser capturados.

       El asalto final a la capital querube estaba por terminar. Nadie podía creerlo, pero cuando una explosión destruyó las puertas del palacio de gobierno, los soldados querubes comprendieron que los rumores eran ciertos. Los Khans habían sido enviado para terminar con la conquista.

       Uno de los soldados se asomó por encima de un montón de escombros, con su desintegrador activado, una oscura silueta avanzaba en medio de la densa cortina de humo. Disparó y la ráfaga avanzó directamente hacia su objetivo con un estridente zumbido… El querube observó con terror como el disparo rebotaba en la mano del invasor e impactaba en el techo. Sin perder tiempo se apresuró a huir, pero antes de que pudiera hacerlo un rayo de luz lo atravesó por la espalda matándolo en el acto.

       —No sean rídiculos —masculló la siniestra figura que emergía del humo—. ¿Creíste que con esa insignificante arma ibas a detenerme? Soy un guerrero Khan. A estas alturas resulta tonto que usen armas convencionales contra mí.

       Los soldados querubes comprendieron que había llegado el momento de jugarse el todo por el todo. Dando la orden de atacar, los emplazamientos ocultos de combatientes comenzaron a lanzar haces láser sobre el guerrero de Abbadón y las tropas que avanzaban por atrás de él.

       El ataque de los querubes había tomado por sorpresa a las tropas imperiales ocasionándoles grandes pérdidas, y el fuego cruzado causaba muchas bajas entre ambos bandos. Sin embargo, poco a poco, la superioridad numérica de los invasores fue haciéndose presente.

       En tanto los soldados abbadonitas trataban de guarecerse y cubrir a sus heridos, el guerrero Khan permanecía impasible en su sitio mientras las ráfagas de fuego láser cruzaban el aire en todas direcciones. Con la mirada fija en los nidos de combatientes levantó la mano con la palma orientada hacia uno de los emplazamientos enemigos formando una pequeña esfera de luz resplandeciente.

       Varios de los soldados querubes dirigieron sus disparos contra el guerrero imperial en un intento por acabar con él, pero los haces láser chocaban continuamente en una especie de campo de fuerza invisible alrededor del Khan sin causarle la más mínima molestia. Con un solo disparo, el guerrero imperial hizo volar varios escombros situados frente a él esparciéndolos en todas direcciones, algunos querubes que se refugiaban tras los escombros murieron instantáneamente, los sobrevivientes se apresuraron a huir aterrados.

       Más soldados abrieron fuego contra el Khan desde un extremo diferente, pero sólo desperdiciaron sus municiones; los haces láser no le hacían nada. El imperial se giró hacia otro emplazamiento enemigo desde donde le disparaban y lanzó una nueva ráfaga de energía. Cuando la humareda se hubo disipado sobre los restos destrozados de los querubes, los abbadonitas ya dejaban atrás la posición.

       —Esto ha sido más sencillo de lo que me imagine —masculló Sepultura mientras observaba cómo el enemigo retrocedía ante el avance de sus soldados—. El emperador se sentirá muy complacido con esta victoria.

       El Khan de la Muerte era un hombre alto y robusto. Tenía la tez morena y poseía una mirada fría y penetrante. Portaba una armadura negra que, aunque hecha de metal, parecía estar formada con huesos humanos e incluso el yelmo tenía la apariencia de una calavera. Cruel y sanguinario, Sepultura era famoso por su extraña afición a coleccionar los cráneos de sus enemigos más poderosos o famosos; aquel gusto lo hacía temido por todos aquellos que tenían la desgracia de toparse en su camino.

       Mientras el sonido de disparos y explosiones se escuchaban todavía a lo lejos, un oficial imperial se acercó hasta el Khan por un costado. Temeroso y sudando con nerviosismo, el abbadonita inclinó la cabeza antes de hablar.

       —Señor, se me ha informado que el emperador desea que regrese cuanto antes a Armagedón.

       Sepultura giró su cabeza hacia militar imperial.

       —Vaya, no sabía que los informes de mi victoria en Querube habían llegado tan pronto a los oídos del emperador —murmuró en un tono cargado de ironía—, ¿o no?

       El abbadonita negó con la cabeza levemente mientras hablaba.

       —No, señor —titubeó cuidando sus palabras—. Según se me informó, el emperador desea que tome parte en una misión con clasificación Omega.

       El Khan de la Muerte frunció el ceño. Cuando volvió a hablar estaba mirando hacia el fondo del palacio de gobierno. Las tropas imperiales estaban liquidando a los últimos querubes que seguían resistiendo a las puertas del refugio donde se ocultaba el gobernador del planeta y sus altos generales.

       —Clasificación Omega, ¿eh? —murmuró sonriente—. De acuerdo, volvamos a Armagedón con noticias de victoria, pero antes de iré por el cráneo del gobernante de este mundo. Tengo que cuidar mi colección.

       Tras decir aquellas palabras, Sepultura se dirigió hacia el refugio del gobernador de Querube riendo a carcajadas. El pasillo estaba repleto de escombros y cadáveres de ambos bandos; una escena terrible, una escena que sólo el Khan de la Muerte podía encontrar placentera de contemplar.

Ciudad de Tokio (Distrito Nerima)

       —¡Ya es hora de comer! —anunció Kasumi con un grito.

       En cuestión de segundos, los integrantes de las familias Tendo y Saotome se sentaron alrededor del comedor a la luz del atardecer. Todo estaba listo para iniciar la cena.

       —¡Que bien! —exclamó Ranma, sujetando ansiosamente sus palillos chinos—. ¡Me muero de hambre!

       Kasumi depositó un enorme plato repleto de arroz cocido en el centro de la mesa. Ranma y su padre Genma Saotome no pudieron evitar abrir sus ojos enormemente, denotando ansiedad.

       —¡Hora de comer! —vociferó Genma, sirviéndose arroz con desesperación, tal como lo haría un hambriento que no hubiese probado bocado alguno en meses.

       Pero sí Genma devoraba la comida con rapidez, su hijo Ranma no se quedaba atrás. Tanto padre como hijo resultaban ser verdaderas aspiradoras a la hora de ingerir alimentos, algo que sin duda era sabido por toda la familia Tendo.

       —Está delicioso, Kasumi —aseguró Genma sin dejar de comer—. ¡Exquisito!

       La mayor de las hermanas Tendo cerró los ojos y se encogió de hombros dulcemente.

       —Que bueno que te gustó, tío Genma.

       El padre de Ranma no había terminado de llevarse otro bocado a la boca cuando Soun se volvió hacia él para reprenderlo.

       —¡Oiga, Saotome, no hable con la boca llena! —le reprendió Soun Tendo.

       —Oh, lo siento, Tendo —se disculpó Genma, llevándose una mano a la nuca—. Pero es que esto es verdaderamente delicioso.

       Ajeno a la conversación entre su padre y Soun, Ranma clavó su mirada en los sabrosos pepinillos que estaban servidos al lado del plato de arroz.

       —¡Que veo! —exclamó el chico entusiasmado—. ¡Pepinillos!

       Pero antes de que el chico pudiera sujetar uno solo con los palillos, Genma se le adelantó tomando el plato con la mano. Con un solo movimiento, el hombre devoró todos los pepinillos ante la mirada impotente del joven.

       —¡Papá! —exclamó Ranma, levantándose de la mesa violentamente—. ¡Eres un egoísta!

       —¡Muchacho malcriado! —replicó Genma en voz alta—. ¿Cómo te atreves a hablarle de esa manera a tu padre?

       Ranma apretó fuertemente los puños para luego abalanzarse sobre su progenitor, quien esquivó al chico con un prodigioso salto para luego salir del comedor y correr hacia el jardín trasero.

       —Con que quieres pelear, ¿eh? —inquirió Genma, asumiendo una postura de combate—. Ahora verás, maleducado.

       —¡Estoy listo! —dijo Ranma en voz alta—. Me enorgullece que nadie pueda derrotarme.

       En un instante, padre e hijo comenzaron a brincar de un extremo a otro, lanzándose golpes y patadas a gran velocidad. En completa indiferencia, la familia Tendo continuaba comiendo tranquilamente sin prestar atención a lo que Genma y Ranma hacían en el jardín.

       —¡Bah! —gruñó Akane algo molesta—. ¿Qué no pueden dejar de comportarse como niños? Esto se está volviendo una costumbre.

       —Akane, ¿no quieres más? —le preguntó Kasumi—. Casi no has comido.

       —Ah, no, hermana, por mí está bien.

       Akane había comido poco, más de lo normal. Sin poder ocultar su preocupación, Soun se volvió hacia la menor de sus tres hijas.

       —Akane, ¿acaso estás enferma?

       La chica cerró los ojos y esbozó una leve sonrisa.

       —No, papá, es sólo que no tengo mucha hambre.

       Soun frunció el ceño con incredulidad antes de continuar comiendo. Kasumi levantó los platos de Ranma y Soun y se dirigió hacia la cocina.

       De pronto un cuervo se posó en la ventana. Tras unos instantes de permanecer quieto mirando fijamente la habitación, el ave retomó el vuelo para perderse en el cielo.

       —Un cuervo —murmuró Soun mientras colocaba su plato sobre la mesa—. Eso es una mala señal.

       —Vamos, papá, ¿no me digas que todavía crees en esas cosas? —preguntó Nabiki con incredulidad—. Esas creencias acerca de la buena o mala suerte pertenecen solamente al pasado.

       —Si, tienes razón, hija —exclamó Soun, llevándose una mano a la nuca.

       Akane no dijo nada, pero por alguna razón estaba convencida de que algo estaba malo por ocurrir. Aun así, en su mente intentaba convencerse continuamente que no pasaba nada; que lo del cuervo y el extraño sueño que había tenido no eran más que simples coincidencias, una mala broma que el destino quería jugarle.

       —Y por cierto, Akane —la voz de su hermana Nabiki la sacó de sus preocupados pensamientos—. ¿Se puede saber por que has estado tan callada toda la tarde?

       —Ah, bueno —titubeó la chica como si no se decidiera a hablar—, lo que sucede es que… .

       Soun esbozó una pícara sonrisa.

       —No será por que ya deseas formalizar tu relación con Ranma, ¿verdad?

       Akane se ruborizó en el acto.

       —¡Claro que no! —gruñó molesta, golpeando la mesa con el puño—. ¡A mi no me interesa ese tonto! ¡Ojala que alguien me apartara de su lado para siempre!

       Completamente furiosa, Akane se levantó de la mesa y abandonó el comedor mientras Soun la seguía con la mirada.

       —Bien hecho, papá —murmuró Nabiki con aburrimiento, recargando un codo en la mesa—. Ya estaba a punto de decirnos que le sucede y tenías que hacerla enojar.

       Soun cerró los ojos avergonzado e intento fingir una sonrisa.

       —Lo lamento, hija.

Armagedón.

       Las puertas del ascensor se abrieron en la sala del trono imperial dando entrada a Lilith, Sigma, Isótopo y Galford. De cara a la enorme ventana que dominaba el fondo de la habitación, el emperador N´astarith hizo girar su trono hacia los guerreros. Levantándose lentamente, el señor de Abbadón aguardó en silencio a que se acercaran.

       Lilith ascendió por unos escalones e hizo una breve inclinación frente a N´astarith; detrás de ella, Sigma y los demás se apresuraron a imitarla. La Khan de Selket se apresuró a mostrar el zafiro sagrado que habían encontrado

       —Mi, señor, tal como usted lo ordenó, hemos traído la gema  estelar —extendió sus manos, exhibiendo la piedra preciosa. Una luz azul iluminó levemente el rostro del señor de Abbadón—. Fue como usted lo predijo. El Portal Estelar nos llevó al sitio exacto donde el zafiro se encontraba.

       N´astarith sonrió con satisfacción, tomó la gema que Lilith le ofrecía y la observó minuciosamente. Era idéntica a la que tenía en su poder, salvo que ésta brillaba con una tenue luz azul.

       —Lo han hecho bien, Lilith —siseó el emperador—. ¿Tuvieron algún problema?

       Sigma se apresuró a intervenir antes de que la Khan se quedara con todo el crédito.

       —No, mi señor, nada de eso. Sólo nos topamos con un grupo de idiotas que se atrevió a desafiarnos, pero no nos costó ningún trabajo derrotarlos. El lugar donde estaba la gema estelar era un mundo sumamente primitivo… .

       —Sí, sí —le interrumpió N´astarith de pronto, con cierto tono de impaciencia en su suave y silbante voz—. Sin embargo, existe un problema; justo cuando su nave estaba a punto de atravesar el punto de salto dimensional, un grupo de combatientes de la Alianza Estelar que huía de la Tierra soltó una pequeña nave que lo siguió hasta la otra dimensión.

       Isótopo dio un paso al frente e imaginó que aquella era una buena oportunidad para quedar bien ante los ojos del señor oscuro de Abbadón.

       —Sí, yo me enfrenté a un sujeto que trabajaba para la Alianza Estelar, pero no tiene que preocupar. Lo eliminé fácilmente con unos de mis ataques. Más que un guerrero parecía un bufón en armadura.

       N´astarith frunció el ceño.

       —¿Tú lo eliminaste?

       —Así es, mi señor. Ese gusano no tenía grandes poderes —el meganiano se explicó con mayor detalle—. Sólo portaba una armadura de batalla con armas convencionales y no muy poderosas..

       En cuanto Isótopo termino de hablar, N´astarith dijo:

       —Bien hecho, Isótopo, te recompensaré por tu excelente labor. Por lo que me dices ese insecto no era un verdadero Celestial, quizás era un Espía Estelar. Los videos de nuestros monitores muestran claramente que la nave que los siguió era del tipo que ellos usan —hizo una pausa y se inclinó hacia la Khan de Selket—. Lilith… .

       La guerrera dio un paso al frente.

       —¿Sí, mi señor?

       La voz de N´astarith cambió para hacerse lenta.

       —Mis informantes me han comunicado que las naves de la Alianza Estelar que huyeron de la Tierra se dirigen hacia el planeta Noat. Deseo que acompañes a José Zeiva hasta ese mundo y te asegures que los Caballeros Celestiales que aún quedan con vida sean exterminados.

       Lilith asintió de inmediato con la cabeza.

       —Como ordene, mi señor, pero no puedo creer que todavía quede algún Celestial con vida.

       Los ojos de N´astarith destellaron con ansiedad.

       —Quizás solo se trate de un grupo de aprendices, pero sabes tan bien como yo que no debemos correr ningún riesgo. El éxito de este plan depende de que no quede ningún Celestial con vida.

       El énfasis que N´astarith hacía acerca de los Celestiales no paso inadvertido para Galford. Según se daba cuenta, N´astarith estaba demasiado interesado en darle fin a esa antigua orden de guerreros.

       Sigma bajó la mirada mientras meditaba en las palabras de N´astarith. ¿Un Espía Estelar los había seguido a la dimensión de Dai? Era extraño, pero por alguna razón empezó a dudar que ese espía fuera el mismo sujeto que Isótopo se jactaba de haber eliminado.

       —Yo también deseo ir, mi señor —anunció Sigma sin perder tiempo—. Déjeme mostrarle mis habilidades.

       Isótopo se acercó unos centímetros a Galford para susurrarle al oído.

       —Ese maldito, sólo lo hace por quedar bien con el emperador.

       —Sin duda —convino Galford en voz baja.

       N´astarith se volvió hacia el Espía Estelar y asintió.

       —De acuerdo, Sigma, puedes ir, pero te advierto que no toleraré errores.

       Sigma sonrió con satisfacción y respondió con una reverencia.

       Tras dar su consentimiento, N´astarith se dio la media vuelta y colocó nuevamente en su tono.

       —Tiamat… .

       La imponente figura del Khan del Dragón emergió de un extremo de la habitación dominada por las sombras.

       —¿Sí, mi señor?

       —Llévala al laboratorio —ordenó N´astarith, entregándole la gema—, y avísale a Sombrío y a Sarah que el Portal Estelar será activado en cualquier momento. Quiero que se preparen para la siguiente misión que está por partir.

       Tiamat asintió con la cabeza y tomó la gema entre sus manos ignorando al resto de los guerreros. Dándose la media vuelta bajó las escaleras, se dirigió hacia el ascensor en completo silencio y desapareció tras sus puertas.

       Galford no pudo disimular su sorpresa. ¿Desde cuando estaba Tiamat en la habitación? No había podido percibir su presencia en todo el rato que llevaba en la sala del trono. Era extraño, pero era como si el Khan no tuviera aura. Sigma e Isótopo también se habían sorprendido de no poder percibir la energía de Tiamat, pero fingieron absoluta normalidad.

       Lilith volvió el rostro hacia el trono y se dirigió a N´astarith con una pregunta.

       —Mi señor, ¿cuando debemos partir?

       —Ahora mismo —siseó N´astarith—. Vayan a la nave de José Zeiva cuanto antes. Sólo falta que llegue Sepultura. También lo he mandado llamar para esta misión.

       —Sí, mi señor, como ordene —aceptó Sigma, inclinado la cabeza levemente.

       Sin decir nada más, Lilith y los demás abandonaron el salón del trono en completo silencio. Antes de entrar al ascensor, Galford volvió la vista hacia al emperador de Abbadón por encima del hombro. No podía asegurarlo, pero por alguna extraña razón presentía que había alguien más en la habitación.

       Una vez que N´astarith estuvo completamente solo, una misteriosa sombra se acercó hasta él por un costado.

       —Los meganianos sospechan demasiado, amo.

       —Lo sé, Dark Spy y por esa razón debemos observarlos de cerca. Ocúpate de vigilar a Jesús Ferrer y repórtame todos sus movimientos. Quiero saber que está tramando. 

       La sombra asintió con la cabeza e hizo una reverencia antes de desaparecer.

       —Como ordene, amo.

  Reino de Papunika

       Marin se inclinó junto Eimi y vio que todavía estaba inconsciente. Sin perder más tiempo, la Sabia colocó una mano sobre su hermana. Una luz rosada cubrió el cuerpo de Eimi rápidamente y sus heridas desaparecieron.

       —Bejoma.

       —¿En verdad eres de otro reino? —preguntó Leona, abriendo los ojos sin dar crédito a las palabras de Eclipse.

       El Espía Estelar negó con la cabeza.

       —No, no es de otro reino, sino de otro mundo —aclaró mientras colocaba sus manos abierta sobre Apolo. Una luz de color amarillo cubrió por completo el cuerpo del joven Sabio de Papunika—. Ese hechizo que usan llamado Bejoma es bueno en verdad, ese niño que tienes en tus brazos estaba muy lastimado, pero puedo darme cuenta de que ya casi está bien.

       Leona asintió con la cabeza y volvió la mirada hacia el cuerpo de Dai. Con una mano sobre el pecho del chico, la princesa le trasmitía una luz rosada que poco a poco iba curándole todas las heridas y restableciendo sus fuerzas. Cuando el Bejoma terminó de surtir efecto, Dai empezó a abrir los ojos lentamente.

       —Leo-Leona, ¿qué fue lo que sucedió? —preguntó mientras se incorporaba.

       —¡Dai! —exclamó la joven princesa, abrazándolo fuertemente—. ¡Que bueno que ya estás bien!

       Eclipse sonrió al ver aquello.

       —Vaya, esa princesa si que quiere al mocoso, ya quisiera que me abrazara a mí de esa forma.

       Apolo abrió los ojos y se incorporó rápidamente.

       —¿Qué sucedió? ¿dónde está la princesa?

       —Calma, chico —lo tranquilizó Eclipse, poniéndose de pie—. Leona está bien al igual que tus amigas.

       El Sabio miró al enmascarado con desconfianza.

       —¿Quién eres tú?

       Eclipse sonrió pícaramente.

       —¿Yo? Pues da la casualidad de que soy un dios.

       —¿En serio? —preguntó Apolo un tanto incrédulo—. Disculpe, señor, no tenía idea que… .

       —No le hagas caso, amigo. —La voz de Lance resonó en las ruinas del salón real—. Ese miserable es un vil mentiroso —sonrió y se acercó hasta Eclipse sin poder ocultar la alegría que le causaba volver a verlo—. Pensé que no vendrías, maldito loco.

       El Espía Estelar asintió con la cabeza y se cruzó de brazos.

       —Bueno, lo pensé bien y no podía permitir que sólo tú te divirtieras. ¿Estás bien? Juraría que uno de los imperiales te había matado.

       —Bueno, por poco no lo cuento, pero me salve gracias un mago llamado Poppu.

       Con algo de dificultad, Poppu y Krokodin llegaron caminando hasta Lance. Se veían bastante mal, pero afortunadamente estaban vivos y fuera de peligro.

       —¿Él es que te ayudó a llegar hasta aquí? —preguntó Poppu, refiriéndose a Eclipse.

       Lance se volvió hacia el mago y colocó una mano en el hombro del Espía Estelar.

       —Sí, él es Eclipse, un amigo.

       Dai no pudo ocultar su alegría al ver a sus viejos camaradas. Dejando a Leona de lado se acercó a ellos.

       —¡Poppu! ¡Krokodin!

       El mago corrió al encuentro de su amigo para abrazarlo con fuerza.

       —¡Dai! —exclamó Poppu para luego separarse—. Por un instante pensé que no saldríamos vivos de esto.

       Eclipse estaba mirando a Dai y a Poppu cuando Marin se le acercó llevando a Eimi del hombro.

       —Te agradezco que me hayas curado con tu magia —le dijo amablemente—, ahora sólo falta curar a Hyunkel.

       Eclipse se giró hacia Marin y cerró los ojos con fingida arrogancia.

       —Es lo menos que podía hacer por una chica tan linda.

       La Sabia sonrió levemente en agradecimiento y luego se dirigió hacia donde estaba Hyunkel. Una vez que Marin se hubo alejado, Lance se acercó a Eclipse para hablarle en voz baja.

       —¿En verdad ayudaste a esa preciosidad? —le inquirió incrédulo.

       —Claro, por nada del mundo hubiera desaprovechado la oportunidad de poner mis manos sobre tal belleza.

       —Ah, que bien —respondió Lance tranquilamente, pero en cuanto se imaginó la manera en como Eclipse habría tocado el cuerpo de Marin, su rostro se transformó—. ¡Oye! ¡¿qué fue lo que hiciste, pervertido?!

       Con la mirada puesta en el enorme cuerpo de Krokodin, Eclipse aparentó no escuchar nada y se alejó de Lance rápidamente.

       —Oh, pero que veo, otra alma en desgracia que necesita mi ayuda.

       Lance iba a detenerlo, pero en ese momento la voz de Leona lo obligó a desistir de su idea.

       —Tú eres Lance, ¿verdad? —inquirió la princesa—. Es un honor conocerte.

       Lance se volvió hacia Leona sin poder evitar sonrojarse. Normalmente, cuando Lance tenía la oportunidad de conocer chicas lindas se ponía todo rígido como piedra y no alcanzaba a formular una buena conversación.

       —Eh, sí, yo soy Lance. Tú debes ser la princesa Leona del reino de Pakunika.

       Leona sonrió levemente.

       —Es Papunika —le corrigió.

“Maldición”, pensó Lance mientras forzaba una sonrisa. “Que idiota estoy”.

       —Eh, lo lamento… alteza.

       —Llámame Leona, por favor —dijo la joven para luego llevar su mirar hacia el Espía Estelar—. Eclipse me ha contado muchas cosas sobre ti mientras ayudaba a Marin a recuperarse.

       Lance no supo ni que decir. Casi siempre podía hablar durante hora de cualquier tema, pero cuando estaba frente a una chica no se le ocurría absolutamente nada. Todo le parecía tonto.

       —Y ¿qué fue lo que te dijo de mí? —preguntó tímidamente—. ¿Te habló de nuestra misión?

       —Sí —asintió Leona—. Es terrible. Nos contó que él es un príncipe muy poderoso y que tú eres su sirviente, pero es raro. Jamás había visto un sirviente con atuendos tan raros.

       Lance abrió los ojos enormemente apretando los puños.

       —¡¿Qué te dijo que soy un sirviente?! —exclamó para luego buscar al Espía Estelar con la mirada hasta hallarlo—. Pero que hijo de…  la luna… .

       Entretanto, cerca de ahí, Poppu escudriñó a Dai de arriba a abajo con los ojos y sonrió con alivio.

       —Veo que el Bejoma de Leona curó todas tus heridas.

       El chico asintió con la cabeza antes de responder.

       —Sí, pero me duele ver que esos canallas destruyeron el castillo y lo peor de todo es que huyeron.

       —También acabaron con la aldea —le informó Poppu—. Nunca había visto poderes como esos. Casi estuvimos a punto de morir.

       Dai bajó la mirada.

       —Por increíble que parezca esos guerreros eran tan fuertes como Baran —alzó la cabeza para mirar el rostro de su amigo—, o quizás más.

       —¿Más fuertes que Baran? —repitió Poppu temerosamente—. No puede ser. ¿En verdad crees que puedan existir sujetos tan poderosos?

       Dai no supo que contestar. Se sentía decepcionado, humillado de no haber podido hacer nada. Sus poderes de Caballero Dragón no le habían servido de mucho durante aquella difícil pelea y de no ser por la milagrosa aparición de aquel enmascarado, quizás Leona y todo ellos estarían muertos.

       —No podemos dejar que esos miserables se salgan con la suya —declaró Dai, apretando sus puños con renovada determinación—. Poppu, debemos entrenar duramente.

       El joven mago respondió asintiendo con la cabeza.

       —Entiendo como te sientes, Dai —dijo Krokodin, acercándose—. Yo también me siento ofendido en mi orgullo de guerrero. El sólo recordar como me trató ese sujeto llamado Isótopo me enfurece.

       —Krokodin —murmuró el chico mientras observaba preocupado a su enorme amigo—, ¿qué te hicieron?

       —Fue ese guerrero llamado Isótopo, ese miserable me hirió gravemente y yo no pude hacerle ni un rasguño. Jamás me imagine que tuviera tanto poder, pero gracias a Poppu y a su magia pudimos salir vivos de ese encuentro.

       El chico se volvió apresuradamente hacia su amigo.

       —Poppu, rápido, debemos curarlo.

       El mago sonrió y sujeto la cabeza del niño para hacer que mirara a Lance, que en ese instante estaba sacudiendo furiosamente a Eclipse de la ropa.

       —No te preocupes, Dai —apuntó con su dedo la figura del Celestial—. Ese joven llamado Lance le dio a Krokodin una medicina llamada metamorfina que calma el dolor y también otra para evitar que siguiera perdiendo sangre.

       Dai suspiró con alivió y enarcó una ceja.

       —¿Metamor… qué? —preguntó intrigado. La palabra le era completamente extraña.

       —Metamorfina —aclaró Krokodin—. No sé por qué, pero desde que me la dio, he empezado a ver las cosas de otro modo, je, je… todo se ve gracioso, je, je.

       Dai y Poppu se miraron entre sí con perplejidad. Ciertamente, el rey de las Fieras estaba actuando muy extraño. Sólo lo habían visto comportarse de esa forma cuando estaba ebrio.

       —¿Habrá tomado algo? —masculló Dai discretamente.

       —No tengo idea, pero me da miedo —respondió Poppu de la misma forma.

       La abertura dimensional desapareció paulatinamente.

       La gigantesca nave de combate imperial penetró a la atmósfera terrestre en completa tranquilidad. Gracias a los sistemas de camuflaje y al campo de fuerza impenetrable, el imponente Devastador EstelarBelcebú había pasado completamente inadvertido para todos los detectores militares y civiles de aquel planeta Tierra.

       —Es un planeta muy interesante —murmuró un sujeto de armadura azul tras examinar los datos que mostraba el monitor principal del puente de mando—. No imaginaba que íbamos a encontrar un mundo tan patético cuando atravesamos el punto de salto transwarp formado por el Portal Estelar.

       —Sí, señor, efectivamente es un mundo primitivo —afirmó el primer oficial de la nave dirigiéndose a un guerrero de armadura color azul—, de acuerdo con nuestros análisis preliminares, la civilización de este planeta no ha desarrollado avances tecnológicos que puedan poner en peligro nuestra misión. Algo curioso de este mundo es que su configuración geográfica es muy parecida a la del planeta Tierra que conocemos.

       —¿Al planeta azul? —inquirió Sarah de Basilisco—. Eso si que es una coincidencia muy peculiar, ¿no lo crees?

       —Yo no lo veo así, Sarah —aseguró el guerrero de armadura azul—. Recuerda que estamos en otro universo. Las características entre esta dimensión y la nuestra pueden ser muy parecidas.

       —Aun así —murmuró Sarah—, estamos aquí para buscar una gema estelar y no para hacer estudios científicos, ¿no, Sombrío?

       El guerrero de armadura azul soltó una risita y finalmente salió de la oscuridad.

       —Tienes razón, es hora de encontrar esa gema y yo, Sombrío, el poderoso Khan de Lobo, acabaré con cualquiera que ose interponerse en nuestro camino.

       El capitán de la nave se dirigió a los Khans para hacer un importante anunció.

       —Señor, hemos ubicado la gema en el punto 3-8-2. ¿Desea que enviemos naves de combate a buscarla?

       Sarah se giró hacia el militar abbadonita.

       —No, déjalo de nuestra cuenta —respondió Sombrío, colocándose un escáner visual sobre la oreja—. Los habitantes de este planeta no han detectado la nave todavía, así que nos encargaremos nosotros mismos, tengo curiosidad de ver sí lo que esa leyenda dice es cierto.

       —Sí, mi señor, al instante —asintió el capitán para luego hacer una seña a sus subordinados—. Preparen un escuadrón de shadow troopers para que nos acompañen.

       Sarah se cruzó de brazos y volvió la mirada hacia la ventana del puente para observar el inmenso planeta. Con la mirada perdida en el azul celeste de la atmósfera, la Khan del Basilisco sólo podía pensar en una cosa.

       —Realmente tiene razón —musitó para sí misma—. Este mundo se parece bastante a la Tierra.

Tokio, Japón

       —¿El distrito de Nerima? No, hijo, eso se queda por allá —indicó un hombre entrado en años, señalando su derecha—. Toma por ese camino.

       —Se lo agradezco —respondió un joven de cabello negro con una pañoleta amarilla sujeta a su cabeza, examinando un mapa cuidadosamente—. No estaba seguro y… .

       —¡Santo cielo! —exclamó el anciano mientras alzaba su rostro al cielo. Un instante después salió huyendo como todos los demás que circulaban por la calle.

       El joven de cabello negro se apresuró a levantar la mirada y lo que vio lo dejó de una sola pieza. Una enorme bola de fuego avanzaba lentamente por los cielos, justo en la misma dirección por donde el anciano le había indicado que estaba el distrito de Nerima. Totalmente impresionado, Ryoga Hibiki dejó caer su mapa mientras el suelo temblaba por el paso del misterioso objeto y una enorme sombra engullía todo a su alrededor.

Continuará… .

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