Leyenda 061

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO LXI

PECADOS DEL PASADO

        Santuario de la diosa Atena.

        El rayo de luz cayó con una fuerza increíble y, en dos segundos, la cúspide de la montaña había volado. Una onda expansiva de fuego se elevó y empezó a extenderse en todas direcciones. Un muro de destrucción, un muro de fuego, arrasó el Santuario, llevándose todo lo que encontró a su paso.

        Dentro de la nave de guerra abbadonita, los Khans y sus subalternos estaban festejando con aplausos y gritos de júbilo la completa destrucción del Santuario. Aparentemente, la victoria había sido suya después de todo.

       —¡¡Así se hace, compañeros!! —gritó Talión con voz potente—. ¿Cómo les supo eso, estúpidos Santos dorados? Ahora mismo deben estar en el infierno pudriéndose como los cerdos que eran.

       —Que  lamentable es que no haya tenido la oportunidad de liquidar a ese imbécil de Ranma con mis propias manos —comentó Sombrío con fingida indignación—. Pero ni hablar, no todo se puede en esta vida.

        El capitán de la nave sonrió confiadamente. Nada ni nadie podría haber sobrevivido a un disparo directo del cañón de Fusión de un Devastador Estelar imperial. Quienquiera que hubiera estado en el santuario terrícola momentos antes del ataque, ahora se encontraba muerto con seguridad .

       —Creo que ahora ya podremos regresar a Armagedón —murmuró el abbadonita antes de girar su rostro hacia el líder de todos los guerreros de Abbadón—. ¿No lo cree, lord Tiamat?

        Pero Tiamat no compartía la misma alegría imperante en el puente de mando. Por el contrario, el rostro del Khan del Dragón permanecía completamente inmóvil. De pronto una llamarada de ira ardió en sus ojos.

       —¿En dónde se encuentra ahora la nave enemiga? —preguntó en un tono sombrío.

        El capitán del Devastador Estelar sintió como una oleada de terror se apoderaba de él.

       —Eh… bueno, señor, creo… que se alejó del área después de que disparamos y… .

        No alcanzó a terminar la frase. Apenas había terminado de mencionar que la nave aliada había dejado la zona, Tiamat, inesperadamente, se dio la vuelta hacia él y lo derribó con un fuerte puñetazo.

       —¡¡Son unos estúpidos!! —gritó el líder de los Khans con todas sus fuerzas mientras el capitán se arrastraba por el suelo para alejarse del guerrero—. ¡¡Esos malditos lograron escapar del Santuario antes de que lo destruyéramos!!

       —¿De manera qué te diste cuenta? —le dijo Aicila—. Yo también pude percibir como el aura de Mu se incrementaba segundos antes de que el rayo de Fusión destrozara la montaña. Las presencia de esos miserables se trasladó a la nave Águila Real después.

       Sombrío alzó una ceja, algo escéptico.

       —¿Cómo que se escaparon? Eso no puede ser posible.

       Sin esperar a que alguien le respondiera, el Khan del Lobo se acercó a la pantalla visora del puente para observar como el Águila Real 32 salía disparada por los cielos a toda velocidad—. ¡¡Noooo!!!

       Talión, por su parte, se volvió rápidamente hacia uno de los oficiales del puente y lo sujetó del uniforme a la vez que le arrojaba la más feroz de sus miradas. El resto de los militares presentes contuvieron la respiración mientras trataban de desaparecer en el éter.

       —¡¡Alerten a toda la flota!! —ordenó el Khan—. ¡Destruyan esa maldita nave inmediatamente!

       —¡Si, si, señor!

       Aicila se colocó frente a una de las ventanas del puente y dejó escapar un suspiro de indignación. ¿Cómo era posible que esos malditos que se atrevían a desafiarlos pudieran gozar de semejante suerte? Después de todo, ellos tenían poderes asombrosos y una flota de naves invencibles a su entera disposición. No podían permitir que sus enemigos los humillaran de esa manera tan simple.

       —¿Cómo diablos escaparon esta vez? —preguntó, volviendo el rostro hacia Tiamat.

       El Khan del Dragón, siempre calculador y maquiavélico, levantó la gema estelar que mantenía en su mano derecha para mirarla de nuevo. Los Santos y los Celestiales podían haber escapado de la destrucción del Santuario, pero él aún conservaba la gema.

       —Ah, descuida, Aicila, no lograrán salir de este planeta —comenzó a decir mientras contemplaba su reflejo en la piedra—, nuestras naves los interceptarán y… .

       Tiamat no concluyó la frase. Tras observar con más detenimiento había descubierto una pequeña etiqueta de tamaño minúsculo, casi imperceptible, en la superficie de la gema triangular. En éste se leía claramente la leyenda: “Hecho en el planeta Xeo”.

       Incapaz de controlar su ira, el guerrero abbadonita arrojó la gema contra el suelo mientras sentía como la sangre se le subía a la cabeza. La piedra se partió en mil pedazos, los cuales se esparcieron por el suelo en distintas direcciones. Talión, Sombrío y Aicila, que naturalmente ignoraban que la gema capturada era falsa, se miraron entre sí totalmente contrariados. Los oficiales de la nave optaron por permanecer indiferentes.

       —¿Qué le pasa, jefe? —preguntó el Khan del Lobo de pronto—. ¿Acaso no le gustaba el color de esa gema?

       Como respuesta, Tiamat se volvió hacia él para lanzarle una mirada cargada de odio. Aicila y Talión, que se encontraban a los costados de Sombrío, se apresuraron a alejarse disimuladamente del Khan del Lobo. El líder de los Khans estaba verdaderamente furioso y lo único que se había ganado Sombrío con aquella estúpida pregunta era convertirse en el blanco de su frustración.

       —¡¡No, imbécil!! —rugió Tiamat a punto de partirle el rostro—. Esa gema era una vulgar falsificación. No era la verdadera, esos malditos nos engañaron de alguna forma.

       —¿Quién pudo haber hecho eso? —preguntó Talión, mirando a Aicila.

       —Tuvo que haber sido ese maldito Espía Estelar que acompañaba a los Caballeros Celestiales —sugirió la Khan de la Arpía—. Él era quien sostenía la gema estelar cuando Tiamat se la quitó. Seguramente hizo el cambio en el último momento.

       Al escuchar las palabras de su compañera, Tiamat apretó los dientes mientras sentía como una nueva oleada de rabia se apoderaba de él. Ese maldito espía lo había hecho quedar en ridículo por lo que se juró a sí mismo que sí volvía a tenerlo enfrente lo destrozaría con sus propias manos.

       —Ese espía… —farfulló el Khan mientras trataba de recuperar la calma—, sí vuelvo a verlo le arrancaré la cabeza, sí. —Consciente de que debía dar nuevas instrucciones, Tiamat se volvió hacia los oficiales de la nave—. ¡Rápido! Ordénenle a la flota que no destruya la nave de los Celestiales. Quiero que la capturen a como de lugar y que me traigan a sus tripulantes vivos.

       El capitán de la nave asintió con la cabeza y repitió la orden a sus subalternos.

       Mientras el Khan del Dragón caminaba hacia el puesto de mando, Aicila no pudo evitar burlarse mentalmente de su líder. “Tiamat es un incompetente”, pensó. “Hay que ser un completo imbécil para dejarse engañar de esa manera. Sí logramos capturar la nave yo me encargaré de quitarles la gema a esos Celestiales y así me quedaré con todos los honores”.

       Águila Real 32.

       En el puente de mando de la nave aliada, Lance daba instrucciones a los pilotos sobre cuál era la mejor estrategia para abandonar el planeta y así saltar al espacio dimensional. Aunque él no podía sentir la presencia de una persona por medio del aura, sí sabía que los Khan tenían esa habilidad y que por lo mismo su escape no había pasado desapercibido para ellos.

       Saori, en tanto, estaba sentada en uno de los puestos del puente mientras reflexionaba en todo lo que Casiopea le había dicho sobre N´astarith y las intenciones del imperio de Abbadón. Estaba absorta, distante, como sí estuviera mentalmente en otro lugar.

       Los demás, por otro lado, conversaban entre sí acerca de lo ocurrido en el Santuario durante la incursión de los Khans y la milagrosa manera en que habían logrado escapar en el último instante. Todos, a excepción de Kanon que se mantenía alejado, estaban reviviendo los momentos previos a la destrucción del Santuario.

       —No puedo creer que hayamos logrado escapar a tiempo —estaba diciéndole Astro a los demás—. Yo ya lo veía todo perdido.

       —Es verdad, Astro —convino Ryoga—. Falto muy poco para que ese rayo no alcanzara. Cinco segundos más y tal vez no estaríamos aquí.

       —Afortunadamente, Mu pudo teletransportarnos hasta esta nave —murmuró Shiryu de buena gana—. Creo que debemos darle las gracias por salvarnos.

       —Yo pienso igual que tú, muchacho —opinó Casiopea mientras llevaba la mirada hacia el Santo de Aries, quien asintió con la cabeza—. Gracias, Mu.

       —Conmigo no cuenten para eso —la voz de Cadmio llamó la atención de los Santos de Bronce—. Ese torpe esperó demasiado tiempo para decirnos que tenía esa habilidad. Pudimos haber muerto en la montaña.

       Seiya se acercó a Cadmio hasta casi rozarse con él.

       —¡¿Qué es lo que estás diciendo?! —le preguntó con insolencia—. Mu fue quien te salvó la vida, así que mejor no hables de esa manera.

       —Pues a mí me parece que tardó demasiado en hacerlo, muchacho —replicó el Celestial, frunciendo levemente el entrecejo—. Esa es mi opinión y no estoy dispuesto a guardármela sólo porque tú lo digas.

       —Ya vamos a empezar de nuevo —murmuró Leona mientras se tomaba la frente—. ¿Qué acaso Cadmio jamás aprenderá a permanecer en silencio?

       A sabiendas de lo que podía pasar sí dejaban continuar a su temerario al Santo de Pegaso, Hyoga decidió intervenir para ponerle un alto a la discusión.

       —Creo que este no el momento para pelear entre nosotros, Seiya.

       —Hyoga tiene razón, Seiya —asintió Aioria—. Lo mejor que podemos hacer por el momento es retirarnos a un lugar seguro donde podamos decidir qué es lo que haremos de aquí en adelante.

       En ese momento, el profesor Ochanomizu decidió tomar la palabra tras avanzar unos pasos. Ranma, Ryoga, Astroboy, Poppu, Dai y Moose permanecieron a la expectativa.

       —El joven tiene razón, ¿por qué entonces no nos acompañan a la dimensión de donde provienen Cadmio, Lance y Eclipse? —El científico hizo una pausa para dar tiempo a que los Santos reflexionaran—. En ese lugar estamos preparando un ataque contra las fuerzas que destruyeron su santuario. Sí ustedes nos apoyan es seguro que los venceremos.

       —¿Ir a otro universo? —repitió Milo algo dudoso—. ¡Eso jamás! Nuestro deber es proteger este mundo contra cualquier enemigo que lo amenace.

       —Milo tiene razón, amigos —convino Seiya para apoyar al Santo del Escorpión—. No podemos abandonar nuestro planeta. Esta vez nos tomaron desprevenidos, pero la próxima vez no será así.

       —Deberían escuchar a ese hombrecito.

       Al instante, todos se volvieron hacia el sitio donde Kanon de Géminis permanecía cruzado de brazos y con el rostro vuelto hacia su costado izquierdo. Airoria, que aún no sabía el motivo real de la presencia de Kanon en el Santuario, frunció el entrecejo con desconfianza.

       —Un momento, Kanon, ignoró la razón por la cual estabas en el Santuario cuando nos atacaron, pero eso no te da derecho a intervenir y… .

       —El Santuario fue destruido y nosotros no pudimos hacer nada —le interrumpió Kanon drásticamente, volviendo la mirada al frente para encarar a Aioria—. Esos Khans poseen un poder que no había visto antes en ningún otro guerrero. Ni siquiera los Marine Shoguns o los dioses guerreros de Asgard dieron muestras de tener semejantes habilidades. Sí los enfrentamos en nuestro mundo como ustedes proponen, entonces me atrevo afirmar que aún cuando los derrotemos no quedará mucho de nuestra Tierra.

       A pesar de la enorme adversidad que sentía por el hermano de Saga, Aioria tuvo que reconocer que lo que éste decía era bastante acertado. Durante la lucha en el Salón del Gran Maestro, los guerreros de Abbadón habían demostrado poseer un cosmos más elevado que el de todos ellos y ni siquiera la Exclamación de Atena, el mayor ataque que podían realizar los Santos dorados, había resultado totalmente efectivo.

       —Lo que Kanon dice es verdad.

       Asombrados, todos los Santos vieron como Saori, la reencarnación de la diosa Atena a quien debían obedecer y proteger, le daba la razón al nuevo Santo de Géminis. Cadmio sonrió levemente, en realidad estaba intrigado por saber cual sería la decisión final a la que llegarían los Santos.

       —Pero, Saori, digo Atena, ¿cómo puedes decir eso? —preguntó Seiya sin dar crédito a que oía—. Sí nos vamos, ¿quién protegerá la Tierra sí es que esos Khans regresan?

       —No, Seiya, Atena tiene razón —afirmó Mu, sumándose a la conversación—. Una batalla contra los Khans podría destruir nuestro mundo en unos cuantos segundos. Los Caballeros Celestiales que nos ayudaron ya han combatido con los Khans anteriormente, así que no existe nadie mejor calificado que ellos para ayudarnos a derrotarlos.

       Pero a Seiya aún no le convencían aquellas razones, le parecía que subestimaban los poderes de los guerreros de Abbadón. Ansioso por encontrar algún apoyo, volvió el rostro hacia sus compañeros de bronce para escuchar su parecer. Hyoga fue el primero en hablar.

       —Me parece que lo que Kanon y Saori dicen es la verdad. Sí todos vamos a ese otro universo a luchar, tal y como este científico nos lo sugiere, tendríamos la ventaja de no arriesgar a nuestro planeta, además de que no pelearíamos solos.

       —Yo pienso igual que Hyoga —confesó Shiryu.

       —También yo —terció Shun—. Sólo derrotando a N´astarith y a sus guerreros podremos asegurar la paz en nuestro planeta.

       Seiya sonrió finalmente vencido. En el fondo no estaba totalmente de acuerdo con ese aventurado plan de irse y dejar su planeta, pero tenía que reconocer que sólo llevando la batalla contra los Khan a otro lugar era la mejor manera en que lograrían proteger a la Tierra.

       —Bien, en ese caso partamos de inmediato.

       Marin y Shaina asintieron con la cabeza en señal de deferencia. Ellas también estaban dispuestas a acompañarlos en la batalla contra los Khans. Cadmio volvió a sonreír levemente, aunque no lo confesará nunca, ciertamente, admiraba el enorme valor presente en todos los Santos de Atena.

       —Nosotras iremos con ustedes —confesó Marin, atrayendo la mirada de Aioria de Leo.

       —Pero, Marin, es demasiado peligroso para ustedes.

       —Eso no importa, Aioria, anteriormente sólo Seiya y sus amigos lucharon para salvar a Atena. Ahora es tiempo de hacer nuestra parte. El enemigo es demasiado poderoso está vez y con seguridad necesitarán de toda la ayuda posible.

       —Eso me parece bien —dijo Ranma mientras Poppu y Dai lo observaban—. Ahora lo único que debe preocuparnos es que podamos salir de este planeta a salvo. No olviden que esos Khans aún puede destruir nuestra nave.

       —Yo no estaría tan seguro de eso —dijo Eclipse, interviniendo de pronto.

       El Santo de Libra se le quedó mirando con extrañeza.

       —¿Por qué estás tan seguro de eso?

       —¡Por esto! —Eclipse sacó a relucir la gema estelar que ocultaba en su traje. Al instante, Cadmio y Casiopea abrieron los ojos enormemente sin poder creer lo que estaban mirando. Ranma, Dai, Ryoga, Astroboy y Poppu clavaron sus miradas sobre Eclipse

       —Es la gema estelar de los Titanes —murmuró Casiopea lentamente—. Pero sí Tiamat te la quitó cuando estábamos peleando en el templo mayor del Santuario.

       —Es verdad —confirmó Milo—. Yo también me di cuenta de eso.

       Eclipse frunció una sonrisa despreocupadamente.

       —¡Ah! Pero lo que no vieron es que yo ya había cambiado la gema antes. Lo que Tiamat se llevó no fue más que una burda falsificación mediocre. Por lo mismo, los imperiales no se atreverán a destruir esta nave hasta que la hayan recuperado.

       —¿Cómo lograste hacer el cambio sin que ninguno de nosotros nos diéramos cuenta?

       —Bueno, Poppu, no por nada soy un Espía Estelar —dijo el enmascarado con solemnidad—. Sí hasta fui cantante de rock en el planeta Faret para poder robarme las guitarras eléctricas y venderlas.

       Ranma, Ryoga, Moose, Poppu, Dai, Astroboy, Leona y Seiya se miraron entre sí sin saber que pensar de aquel extraño enmascarado. Cadmio, a su vez, alzó los ojos al techo como implorando ayuda celestial.

       —¡Atención todos! —El grito de Lance los obligo a volver la mirada—. Estamos por salir al espacio. Prepárense porque los siguientes nanocliks serán cruciales.

       Mientras el Águila Real 32 cruzaba como flecha la atmósfera terrestre, tres Devastadores Estelares, que también habían conseguido salir del planeta, comenzaron a dejar salir varios cazas de combate. La misión de los combatientes imperiales era capturar la nave aliada antes de que ésta pudiera escapar.

        La Casa Blanca, Washington (Estados Unidos de América)

       En el despacho oval, el vicepresidente George Jush y el general Walter Scott habían aprovechado la ausencia temporal del presidente Wilson para hablar en secreto con N´astarith. En aquellos momentos el mandatario americano se encontraba participando en una reunión de jefes de estado en el Congreso Mundial, sin siquiera imaginar que algunos de sus más cercanos colaboradores estaban actuando a sus espaldas.

       —Los planes siguen su marcha, mi señor —estaba diciendo Jush mientras Scott se cercioraba de que nadie los estuviera escuchando—. Ahora que la flota imperial ha abandonado el planeta no tardaremos en conseguir el apoyo de la mayoría de los gobiernos de la Tierra. Muy pronto los miembros de la Alianza Estelar que aún permanecen en nuestro mundo serán arrestados.

       —Me has servido bien, Jush —repuso N´astarith con voz suave y tranquila—. Tengo que admitir que has hecho las cosas mucho mejor que ese incompetente de Wilson. Sin embargo hay algo que necesito que hagas inmediatamente para mí. Últimamente esos Caballeros Celestiales han estado entorpeciendo mis planes y quizás me ocasionen más problemas en el futuro. Por ello necesito que alguien se ocupe de entorpecer sus acciones, pero debe ser desde dentro de la misma Alianza, así será más fácil tomarlos por sorpresa.

       Jush lanzó una rápida mirada a Scott.

       —Me parece que tengo a los agentes apropiados para ese trabajo, mi señor.

       —Perfecto, envíalos cuanto antes a la flota de la Alianza y ordénales que vigilen de cerca a los Caballeros Celestiales y a sus aliados. —El holograma tembló—. A la menor oportunidad deben acabar con ellos sin dejar rastro. Hazlo bien y serás recompensado, vicepresidente.

       —Así lo haré, mi señor —murmuró Jush mientras el holograma se desvanecía ante él.

       En el silencio subsiguiente, los terrícolas se volvieron el uno hacia el otro para intercambiar una mirada llena de sobreentendidos.

       —¿Enviarás agentes de MID para esto? —preguntó Scott en voz baja.

       —Por supuesto, Walter —Jush sonrió confiadamente—. Z y sus muchachos tienen mucha experiencia tratando con extraterrestres. Comunícate con ellos ahora mismo y asígnales nuestro crucero experimental trans-warp para esta misión. Yo hablaré con MacDaguett en tanto para ponerlo al corriente de todo esto.

       —Sí todo sale como hasta ahora muy pronto tendremos el apoyo incondicional de N´astarith para llevar a cabo nuestros planes —dijo Scott.

       —Es verdad, Walter, cada día veo más cerca el momento en que los Estados Unidos de América nuevamente tendrán el control del planeta —convino Jush con una sonrisa—. Me parece que muy pronto tendremos un nuevo presidente en la Casa Blanca.

       Scott le devolvió la sonrisa y luego asintió con la cabeza antes de volverse.

       Fecha Estelar: 291226-76.
       Bitácora Real de Megazoar.

       Supongo que esta historia nadie la ha de querer contar, por lo tanto yo contaré lo que pasó en el periodo octavo del imperio adoniano. Hubo una vez en que pensé que tenía todo lo que deseaba en la vida, amor, amistad, pensé que tenía felicidad. Todo parecía un sueño, tenía a mi esposa Kaila, a mi hijo Kin que me hacía reír con sus preguntas y a mis amigos.

       Los terrestres tienen un dicho que reza: “La felicidad es sólo pasajera”, y supongo que yo lo aprendí de la peor manera posible. Mi esposa e hijo murieron durante la guerra con el imperio endoriano bajo extrañas circunstancias que hasta la fecha no he podido comprender plenamente. Tampoco supe realmente de donde vino aquella flota que destruyó el planeta Adon mediante una devastación nuclear; en el momento supuse que se trataba de naves imperiales de Endoria, pero después supe por fuentes bastantes confiables que la armada endoriana jamás realizó ese ataque.

       Una vez iniciado el conflicto me vi en la necesidad de reunir a todos mis aliados a fin de luchar contra Endoria y con José Zeiva, la persona que alguna vez consideré mi propio hermano. La guerra duró varios ciclos lunares en los cuales ambos imperios, el endoriano y el adoniano, fueron debilitados y devastados terriblemente; muchas vidas se perdieron en aquel conflicto que ahora quisiera olvidar. Confieso que a menudo tengo horribles pesadillas en donde aún veo a mis soldados sufriendo y muriendo a mí alrededor, pero lo peor de todo es a veces aparecen los rostros ensangrentados de Kaila y Kin ante mí y me reclaman que no hice nada para salvarlos.

       La ira se apoderó de mí, lo admito, quise destruir a José y a Endoria para hacerles pagar la muerte de mi familia y para que todos los sobrevivientes de Adon pudieran vengar a sus seres amados. Es increíble la manera en que la venganza puede hacerle a uno pensar de una forma extraña; confieso ya no me reconocía a mí mismo cuando me miraba en el espejo y muchos comenzaron a temerme. A pesar de las heroicas acciones de mis soldados, nunca pudimos alcanzar la victoria sobre las fuerzas endorianas por lo que decidí pedir ayuda al rey Jason de Lerasi.

       Sin embargo, Jasón jamás pudo ayudarnos a luchar contra Endoria ya que José decidió invadir también el planeta Lerasi. Jasón pudo enviar una tercera parte de su flota al espacio para luchar contra las fuerzas endorianas mientras el resto se dedicó a evacuar a toda la población.

       Sé que Andrea me culpa en parte de lo que le sucedió a Lerasi y la verdad creo que tiene algo de razón. Muchas de las armas usadas para atacar su mundo fueron creadas por mí cuando goberné Endoria a lado de José.

       A menudo trató de convencerme de que no fui responsable de la muerte de tantas personas, pero sólo me estaría engañando; las armas que José usó para la guerra fueron creadas por mí, así que tengo que admitir mi responsabilidad. Después de la guerra, el planeta Adon quedó completamente devastado, así que me dediqué a vagar por el espacio con lo que quedó de mi pueblo en busca de un lugar en donde vivir.

       Parecía que todo había terminado, que todo había llegado a su fin, pero no fue así, no, en realidad fue el principio de muchas cosas. Fue en aquellos ciclos solares de ir de un lado a otro cuando conocía al emperador Francisco Ferrer de Megazoar. A algunos les parece bastante raro que un meganiano tenga un nombre terrícola, pero lo que sucede es que pocos saben que mi padre vivió en la Tierra durante cientos de ciclos estelares y de hecho le tomó algo de gusto a la cultura de ese mundo al grado de cambiarse su nombre meganiano por uno terrestre.

        Los meganianos recibieron a todos los sobrevivientes de Adon como a hermanos y yo vi una oportunidad para empezar de nuevo. Desgraciadamente, en ese momento aún no sabía que la fuerza oscura que asesinó a mi familia estaba conspirando para que José y yo nuevamente nos enfrentáramos en una nueva guerra que devastaría Endoria.

       Tyrr, sólo puedo pedirte que perdones todos mis pecados y que me ayudes a redimirme a los ojos de la gente a la que le cause tanto daño. Siento tanta presión que busco una válvula de escape. Andrea me aconsejó, muchos ciclos estelares atrás, escribir lo que pensaba para desahogarse y aunque no estoy escribiendo…

       En ese momento, la puerta de acceso a la habitación se abrió de repente y Azmoudez y Azrael entraron mientras algunos soldados lerasinos permanecían en el exterior haciendo guardia. Jesús Ferrer dejó de dictarle a su computadora personal para atender a los generales unixianos.

       —Ya es hora, príncipe —anunció Azmoudez—. El Consejo Aliado se encuentra reunido para celebrar una audiencia en la que se determinará sí se le enjuicia o no.

       Jesús miró a Azmoudez, sintiéndose bastante sorprendido con la noticia. ¿Una audiencia? Eso significaba que quizás el Consejo Aliado estaba dispuesto a otorgarle una oportunidad para contar su versión de los hechos; aunque claro, tampoco podía descartar la posibilidad de que en realidad los líderes aliados quisieran proponerle un trato que los beneficiara a cambio de no enjuiciarlo como criminal de guerra.

       —Creí que me iban a enjuiciar —repuso Jesús mientras se colocaba la capa—. ¿Acaso los líderes aliados tuvieron un lapsus de misericordia?

       —Bueno, no exactamente, príncipe —Azmoudez sonrió—. Lo que sucede es que la reina Andrea estuvo conversando con algunos delegados para convencerlos de que había que investigar a fondo las acusaciones que pesan en su contra.

       —Tal parece que Andrea cumplió con su palabra después de todo

       —Sí, príncipe —dijo Azrael—. La verdad es que a mí también me sorprendió bastante la noticia. Tal parece que ahora que el imperio destruyó el planeta Megazoar algunos líderes quieren ofrecerle un armisticio a cambio de que consiga que los meganianos se unan a la Alianza Estelar.

       —¿Unirnos a la Alianza, eh? —Jesús alzó una ceja—. Eso sí que sería toda una ironía. ¿Qué noticias tienen de los meganianos? Sí están pensando en ofrecerme un armisticio es porque la mayor parte de la población debió haber escapar, ¿no es así?

       Azmoudez extendió una mano para mostrarle la puerta.

       —Discutiremos eso en el camino, príncipe.

       Jesús asintió con la cabeza y siguió a los generales unixianos. Al salir de la habitación, Azmoudez y Azrael condujeron al príncipe de megazoar por un largo corredor; atrás de ellos, los soldados lerasinos les seguían de cerca.

       Mientras caminaban por el pasillo que los llevaría a uno de los ascensores, Azmoudez decidió retomar la conversación que había interrumpido momentos antes.

       —La mayor parte de los meganianos pudieron escapar del planeta antes de que las naves de N´astarith lo destruyeran. En su huida, los militares pudieron salvar la gran parte de la flota.

       —¿Por qué me ayudan? —preguntó Jesús de pronto—. Desde que estábamos en el planeta Tierra de aquella dimensión donde conocimos a las Sailor Senshi, ustedes han abogado por mí y me han tratado bien. No es que me moleste, claro, pero me parece algo raro, sobretodo viniendo de personas que trabajan para la Alianza Estelar.

       Azmoudez lo miró de reojo sin dejar de caminar.

       —Bueno, príncipe, como ya se habrá dado cuenta durante la batalla con los guerreras Khans, nosotros somos originarios del planeta Unix, el cual…

       —El cual fue poblado por los meganianos hace miles de ciclos estelares —dijo Jesús, terminando la frase por él.

       Azrael sonrió levemente.

       —Veo que conoce la historia perfectamente, príncipe.

       —Cualquiera sabe eso —Jesús se encogió de hombros—. Pero eso no explica el por qué me ayudan. El planeta Unix se separó hace mucho tiempo del imperio meganiano y que yo sepa no sienten más simpatía por nosotros que cualquier otro mundo. El único lazo entre ustedes y nosotros quedó sepultado en el pasado.

       —Es cierto, príncipe —asintió Azmoudez—. Pero Uriel, nuestro actual regente, ha seguido de cerca las acciones emprendidas por el imperio meganiano en los últimos ciclos estelares.

       —O sea que nos han espiado —dijo Jesús en tono pensativo.

       —Sí quiere llamarlo de esa manera.

       —Continúa, por favor.

       —Durante nuestras observaciones descubrimos que había algunos meganianos que trabajaban en secreto para el imperio de Abbadón. Tal parece que N´astarith consiguió corromper a un sector importante de la clase política para que lo ayudaran a crear un clima de aversión contra el emperador José Zeiva.

       En ese momento, Jesús dejó de caminar y se volvió hacia Azmoudez para mirarlo fijamente. Los soldados lerasinos, ignorantes de lo que sucedía, prepararon sus armas para entrar en acción, pero Azrael les hizo un gesto con la mano para que se relajaran.

       —¿Me estás diciendo que la guerra entre los imperios meganiano y endoriano fue fraguado por ese maldito de N´astarith? —le preguntó Jesús con furia—. ¿Es eso?

       El general unixiano dejó escapar un suspiro.

       —Es correcto, príncipe, lamentablemente jamás pudimos ponerlo al tanto de esto debido al distanciamiento que había entre nuestros planetas. Esa es la principal razón por la que creemos que usted no es el responsable de esa guerra.

       Por unos instantes, Jesús no supo como reaccionar ante la verdad que se develaba ante él. Sí lo que Azmoudez decía era verdad, entonces todas sus sospechas sobre N´astarith eran correctas; el emperador de Abbadón no era el gobernante que prometía la prosperidad a la galaxia y combatía sólo a quienes le amenazaban, al contrario, era un asqueroso desgraciado que se beneficiaba a costa de los demás.

       —Debo ir ante el Consejo —murmuró finalmente—. Tengo que hablar con ellos inmediatamente, quizás esa sea la única manera en que podré expiar mis pecados.

       Palacio de Céfiro.

       Utilizando su poderosa hacha, Odrare golpeó la bola de fuego que iba hacia él y la hizo explotar en el aire. Hikaru se quedó con la mirada helada sobre el Khan del Minotauro una vez que la explosión se disipó completamente.

       —Mi magia no sirvió de nada… .

       —¡¡Niña tonta, te advertí que los hechizos no me harían nada!!

       —Ay, Odrare, no seas tan malo —se quejó Adnalo fingiendo indignación—. Nos ves que las pobrecitas niñas se van a desmoralizar mucho con tus burlas.

       Hikaru, anonadada, retrocedió un paso mientras sentía como la desesperación y la angustia se iban apoderando de ella lentamente. La magia les había ayudado a vencer a los enemigos que habían amenazado a Céfiro en el pasado, pero el encontrarse frente a unos guerreros que podían resistir los hechizos sin ningún problema era una experiencia nueva para ella. “¿Qué podemos hacer?”, pensó mientras contemplaba la armadura de Odrare. “Aunque incrementáramos la fuerza de nuestra magia no podremos vencerlos, necesitamos una estrategia”.

       —¿Qué es lo que harán ahora, niñas bobas? —preguntó el Khan del Minotauro mientras colocaba su hacha en el suelo—. Me parece que esta batalla ya se termino.

       —¡¡Cierra la boca, odioso patán!! —le exigió Umi con enfado—. Sí fueras la mitad de lo valiente que presumes te quitarías esa armadura para luchar contra tres niñas.

       —¿Qué cosa has dicho? —Odrare puso cara de asombro—. Sí crees que voy a hacerte caso es que estás más loca que una cabra, mocosa. De nada te servirá hacer ese tipo de comentarios absurdos, no seas una mala perdedora y admite tu derrota.

       —¡¡Eso jamás pasará!! —Umi se tomó el puño izquierdo y, acto seguido, hizo aparecer una larga espada—. Nosotras tres hemos luchado por defender este mundo en varias ocasiones y no estamos dispuestas a dejar que un patán como tú lo destruya.

       Hikaru volvió la mirada hacia su amiga de cabello azul para mirarla. Sí Umi estaba dispuesta a enfrentar a Odrare a pesar de las consecuencias, ella no podía quedarse atrás. Aún debía quedar una esperanza.

       —Umi tiene razón —convino Fuu, empuñando su espada de Guerrera Mágica—. En este lugar hemos llorado y reído las tres juntas. No dejaremos que lastimes a nuestros seres queridos.

       —¡¡Ah, ya cállense, cállense, que me desesperan con sus necedades!! —gritó el Khan del Minotauro con todas sus fuerzas—. ¡¡Estoy harto de escuchar sus estupideces acerca de la amistad!!

       —Calma, papi —le dijo Adnalo—. Te vas a arrugar con tantos gritos.

       De pronto, Fuu y Umi se arrojaron sobre el guerrero de Abbadón con sus espadas en lo alto. Al ver a sus amigas atacar de aquella manera tan temeraria, Hikaru contuvo la respiración mientras mentalmente rezaba para que no les ocurriera nada malo.

       Haciendo uso de su poderosa arma, el Khan del Minotuaro bloqueó las espadas de las Guerreras Mágicas y, tras un momento en el que sonrió con desdén, las apartó de él con un ligero empujón. Umi y Fuu fueron a caer a unos pasos de donde se encontraba Hikaru, quien inmediatamente corrió hacia ellas para tratar de socorrerlas.

       —¡¡Umi, Fuu!!

       —¡¡Umi!! —gritó Guru Clef con todas sus fuerzas.

       —¡¡Fuu!! —exclamó el príncipe Ferio.

       Tan pronto como Hikaru se arrodilló junto a sus amigas, Odrare soltó una carcajada.

       —Sí, ahora ve a ayudar a tus inútiles amigas —murmuró con desprecio. A continuación se volvió hacia el biodroide endoriano—. Blastar, investiga dónde demonios esta la gema estelar. Este sitio comienza a aburrirme.

       —Sí, mi señor.

       —¡Demonios! —se quejó Ferio mientras golpeaba el suelo con ambos puños—. Esos malditos son extremadamente poderosos, no podemos derrotarlos.

       En ese momento, mientras Blastar analizaba toda el área con sus sensores ópticos en busca de la gema de los Titanes, tres personajes salieron del castillo real de Céfiro. Se trataban de un joven alto que portaba una especie de túnica y un gorro enorme; a su lado se encontraban dos mujeres, una de ellas tenía la tez morena e iba armada con un par de dagas, la otra era una chica de larga cabellera rubia que empuñaba una espada.

       —Príncipe Ferio, vinimos tan pronto como pudimos.

       —Ascot, eres tú —murmuró Clef, reconociendo al joven de la túnica.

       —Ascot —murmuró Umi a su vez.

       —Nosotros los ayudaremos —declaró Presea.

       Malabock llevó su mirada hacia la joven que sostenía la espada. Presea era una artesana que sabía todo lo relacionado con las armas y las diferentes artes del combate existentes en Céfiro. A pesar de su frágil y delicada apariencia la verdad es que la artesana era una guerrera sumamente capaz. Caldina, por otro lado, tenía rápidos reflejos y sabía manejar las dagas con una gran destreza.

       Adnalo arqueó una ceja a Odrare y luego sonrió.

       —Esto comienza a volverse cansado —murmuró la Khan de los Hielos—. Sí no es una interrupción es otra.

       —Más les vale que dejen a nuestros amigos en paz —amenazó Ascot.

       —Vaya, eres valiente, muchachito.

       —Odrare, deja que yo me haga cargo de estos tontos.

       —Ah, está bien, Adnalo, pero asegúrate de dejarlos bien fríos.

       —Descuida, no te preocupes tanto —repuso la Khan de los Hielos mientras caminaba hacia Ascot y compañía—. Es precisamente lo que pienso hacer con ellos, dejarlos bien fríos.

       Continuará… .

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