Leyenda 041

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPITULO XLI

LA REBELIÓN DE LOS MEGANIANOS

       Santuario de Atena, Grecia
       Casa de Aries

       Con la amenaza del Emperador Poseidón y los Dioses Guerreros sepultada en el pasado, Seiya creía que ya no podría existir otro enemigo capaz de amenazar la paz sobre la Tierra y la seguridad del Santuario. Sin embargo, cuando contempló a aquel extraño guerrero en la Casa de Aries, supo enseguida lo equivocado que había estado.

       Curiosamente no podía percibir ningún cosmos en él. Era como sí no existiera, como sí no estuviera ahí. Sin embargo, los destrozos en la Casa de Aries hablaban por sí solos. Ese sujeto revestido con aquella amenazadora armadura negra era bastante real.

       —¿Quién diablos eres tú? —preguntó con insolencia, dirigiéndose al Khan—. ¿Acaso vienes con la intención de atacar el Santuario?

       Tiamat le dirigió una mirada impasible.

       —Lárgate de aquí, mocoso torpe —repuso con furia—. No intervengas en mi combate o te aplastaré como a un gusano.

       Como respuesta, Seiya levantó los puños y se puso en guardia. Sus ojos estaban cargados de un valor que Tiamat supo reconocer de inmediato. El Khan soltó una risita malévola y frunció el entrecejo.

       —¿Qué estás diciendo? —murmuró Seiya—. Por ningún motivo voy a dejar que te salgas con la tuya.

       Mu desvió la mirada hacia el joven e hizo un gesto con la mano para llamar su atención.

       —Por favor, no intervengas. Este ya no es lugar para un santo de bronce. Entiende, por favor.

       Seiya abrió los ojos de par en par. Sin lugar a dudas aquella era una noche de sorpresas.

       —¿Pero qué dices, Mu? —preguntó, extrañado—. No me puedo ir, tengo que quedarme a pelear. Debo proteger a Atena..

       —No, Seiya —replicó el Santo de Aries con severidad—. La voluntad de nuestra diosa Atena es matar a los santos de bronce si se niegan a abandonar el Santuario.

       —¿Qué cosa? —preguntó Seiya, desconcertado—. ¿Cómo puede ser eso?

       —¿A qué has venido? —le preguntó el Santo de Oro, volviendo la vista hacia su enemigo.

       —¿Yo? — Seiya titubeó—. He venido a hablar con Marin… .

       El Santo de Aries iba a ordenarle nuevamente que se fuera, pero la risa siniestra de Tiamat atrajo la atención de ambos. El Khan del Dragón dio un paso al frente.

       —Pero que sujetos tan fastidiosos son ustedes dos —murmuró en voz alta—. Me causan gracia ver cómo discuten inútilmente —Señaló el cuerpo de Seiya con sus dedos índice y cordial y luego hizo aparecer una diminuta esfera de energía en la punta de estos—. En lo personal, a mí no me interesa de lo que están hablando, así que… .

       Antes de que Seiya pudiera advertirlo, un minúsculo meteorito de luz golpeó fuertemente su estómago, arrojándolo afuera de la Casa de Aries ante a la mirada perpleja e impotente de Mu.

       —¡Seiya! —gritó el Santo de Oro, llamándolo—. ¡Seiya!

       —Que sujeto tan tonto —se burló Tiamat, atrayendo la mirada enardecida de Mu—. ¿Acaso él también es un santo guerrero como tú? Puedo darme cuenta de que él también posee un aura muy poderosa e intensa, Mu.

       El Santo de Aries apretó los puños con verdadera rabia.

       —Sí, él es el Santo de Pegaso y te arrepentirás de lo que has hecho —elevó su aura nuevamente en un rielar de luz dorada—. Seiya ha derrotado al Emperador Poseidón y a los Dioses guerreros en Asgard. Es un Santo muy poderoso.

       El Khan sonrió divertido. En realidad le tenía sin cuidado las hazañas que ese tal Seiya hubiera realizado; lo único que realmente le importaba en ese momento era tener una batalla inolvidable, una batalla donde pudiera demostrar su superioridad como guerrero.

       —No me interesa nada de eso en lo absoluto —murmuró el Khan, desplegando su aura—. Luego de que te derroté acabaré con Seiya también. He matado a muchos guerreros a lo largo de toda mi carrera como Khan y vuestras proezas no me asustan.

       Tras decir eso, el Khan del Dragón desapareció de la vista de Mu usando su asombrosa velocidad.

       El Santo de Aries movió los ojos de lado a lado en busca de su enemigo, pero no tuvo suerte. De pronto, su percepción le previno de la presencia de un cosmos agresivo a su derecha. Se volvió hacia su costado y extendió el brazo para atacar.

       —¡Stardust Revolution! (Revolución de polvo estelar)

       El rayo de luz cruzó el aire y se impactó en una de las muchas columnas del templo, destruyéndola al instante y provocando una lluvia de minúsculos escombros. Sin embargo, Tiamat no apareció por ninguna parte.

       Mu apretó los puños con firmeza, miró de reojo en otra dirección y enseguida se volvió hacia el lado opuesto. Alargó el brazo y volvió a ejecutar su ataque. El rayo de luz dorada se estrelló en una segunda columna sin resultado.

       En ese momento, la risa del Khan del Dragón resonó fuertemente en el aire.

       —¡La energía que sientes en este momento es la sombra que produce mi propio poder! —gritó la voz de Tiamat, burlonamente—. Con ese nivel tan débil jamás me harás daño.

       Mu frunció la mirada, preso de la desesperación y elevó su cosmos con todas sus fuerzas dispuesto a derrotar a aquel invasor. Sólo le quedaba una opción y esta era jugársela en una maniobra arriesgada.

       —Vemos que te parece esto —murmuró para sí.

       Acto seguido, el Santo de Oro cerró los ojos, luego bajó la cabeza y se quedó completamente inmóvil ofreciendo un blanco perfecto. Era una oportunidad que ciertamente Tiamat no estaba dispuesto a pasar por alto.

       De pronto el Khan apareció frente a su oponente y sin más, se arrojó directamente sobre él para acabarlo de un solo golpe. Pero lo que el Khan no esperaba, era que en el último momento Mu desaparecería de su camino usando su técnica de la teletransportación.

       —¡Maldito! —vociferó Tiamat furioso, hundiendo su puño en el aire—. ¿A dónde te fuiste está vez?

       Tiamat volvió el rostro hacia su derecha sólo para descubrir como la figura del Santo de Oro se abalanzaba sobre él listo para atacarlo. En sola una fracción de segundo, Mu concentró la fuerza infinita de su cosmos y atacó.

       —¡Stardust Revolution! (Revolución de polvo estelar)

       Un rayo de luz dorado se abalanzó velozmente sobre el guerrero imperial, quien sólo se limitó a juntar sus manos y alzar los brazos hacia arriba, desplegando con esto una aura de color roja que cubrió todo su cuerpo por completo.

       —¡Drako Scuama!

       El ataque de Mu cruzó el aire silbando y alcanzó a Tiamat. Una lluvia de rayos de energía dorada golpearon al Khan del Dragón por todas partes, provocando una poderosa explosión que sacudió toda la Casa de Aries hasta sus simientos.

       Con las manos orientadas hacia la nube que cubría a su enemigo tras el ataque, Mu bajó la mirada levemente mientras jadeaba. Aparentemente, había tenido éxito en su ataque. Sólo quedaba esperar a que el humo de la explosión se disipara para evaluar los resultados.

       —Eso fue algo arriesgado —murmuró en voz baja.

       —Pero muy original —añadió la voz de Tiamat en medio del humo—. Tienes muchas creatividad para los combates, Mu. En verdad eres un Santo de Oro.

       Cuando el humo finalmente se disipó dejando al descubierto la figura del Khan, una expresión de asombro se apoderó del rostro del Santo dorado de Aries. No era posible, aquella coraza de energía rojiza aún rodeaba a Tiamat. Lo que indicaba claramente que el Stardust Revolution no le había hecho ningún daño.

       —No puede ser posible —murmuró con los ojos bien abiertos—. Recibiste mi ataque directamente.

       Tiamat sonrió levemente y bajó los brazos haciendo desaparecer la coraza de energía.

       —También guardó mis sorpresas, estimado amigo.

       Mu abrió la boca, pero no emitió ningún sonido.

       Armagedón.

       Los príncipes Armando y David, y una comitiva de altos oficiales meganinos entraron en uno de los hangares donde había varias naves de transporte escoltados por varios soldados. Tan pronto como se aproximaron a uno de los vehículos para abordarlo, un teniente abbadonita y dos shadow troopers se acercaron a ellos.

       —Lo lamento, príncipes, pero tengo ordenes de no dejar que ninguna nave salga sin la autorización correspondiente —declaró el teniente con las manos entrelazadas detrás de él—. ¿Tienen la autorización correspondiente?

       Como respuesta, uno de los guardias meganinos le apuntó a la cara con su arma en señal de amenaza. El militar abbadonita se quedó paralizado mientras que los soldados atrás de él soltaron sus fusiles y levantaron las manos.

       —Nosotros también lo sentimos, teniente —murmuró Armando, mientras pasaba apresuradamente por su costado sin siquiera mirarlo—. Despídanos del emperador N´astarith, por favor.

       Armando se metió apresuradamente en una de las naves seguido por David y los altos generales meganinos. Discretamente, el oficial de Abbadón se llevó la mano a la hebilla de su cinturón y apretó un botón. En el acto una puerta se abrió en un extremo cercano y un pelotón de guardias abbadonitas irrumpieron en el hangar.

       —¡Alto ahí! —gritó uno de ellos—. ¡No se muevan!

       Los meganinos que aún no habían entrado al transporte se giraron hacia ellos y empezaron a dispárales. Aprovechando el descuido, el teniente imperial y sus soldados se escabulleron hacia otra de las naves para ponerse a salvo.

       Varios soldados abbadonitas se desplomaron mientras otros corrían a ponerse al cubierto.

       —¡Váyanse de aquí! —rugió un oficial meganino por encima del hombro sin dejar de disparar con su arma—. ¡Despeguen de inmediato!

       Los shadow troopers iniciaron el contraataque y varios soldados de Megazoar cayeron al instante por el fuego cruzado. El tiroteo se intensifico. Ráfagas láser hendieron el aire en distintas direcciones mientras la escotilla del transporte se cerraba y diferentes alarmas comenzaban a sonar.

       Más soldados imperiales llegaron desde el exterior disparando en contra de los sublevados meganinos, quienes se vieron obligados a retroceder detrás del transporte para mejorar sus posiciones.

       De pronto dos enormes androides de combate endorianos, con brazos cortos rematados en dos cañones gemelos, penetraron en el hangar para unirse a la batalla. Su aspecto era tan mortífero como amenazador.

       —Prepárense para ser destruidos, unidades de carbono —canturreó uno de los androides al tiempo en que empezaba a abrir fuego con sus cañones.

       Los meganinos que aún seguían al descubierto interpretaron una grotesca danza de marionetas cuando los haces láser lanzados por los androides ED-409 los atravesaron, los empujaron y los entrelazaron entre sí.

       Uno de los androides disparó un misil fotón y un segundo transporte tras el cual se protegían varios soldados meganinos, estalló en una bola de llamas y restos.

       Los motores del transporte donde iban los príncipes comenzaron a funcionar. Un diluvio de disparos golpeó los flancos de la nave, pero ésta ya estaba deslizándose por encima del suelo del hangar.

       —Buena suerte, príncipes —masculló el oficial meganino que les había pedido a gritos que se fueran. Un segundo después una ráfaga láser le atravesó el casco por delante. El meganino dejó caer el arma que empuñaba, se dobló sobre sí mismo, y tras un espasmo, murió.

       El transporte salió disparado por la puerta del hangar y despegó para elevarse hacia el espacio. Los cañones defensivos del hangar abrieron fuego varias veces, pero la nave consiguió alejarse a tiempo sin ningún problema, dejando atrás Armagedón en unos cuantos segundos.

       El transporte continuó avanzando en un veloz arco hacia la formación de naves meganianas encargadas de patrullar la zona.

       Con las manos puestas sobre una ventana, Armando suspiró mientras sus pensamientos volaban hacia su padre. Por alguna razón, sospechaba que no volvería a ver a Francisco jamás.

       Inmediatamente después del escape de los príncipes de Megazoar, la noticia de una traición por parte de los meganinos se esparció rápidamente por todo Armagedón desatando el caos.

       Mantar no perdió el tiempo y dio orden de apresar a todos los meganinos que aún había a bordo. Esto provocó que se desatara una serie de intensos combates entre los soldados de ambos bandos con cuantiosas bajas para todos. En el muelle 17, los shadow troopers tuvieron que enfrentarse con robots meganianos. El la órbita de Marte, abbadonitas y meganianos luchaban ferozmente entre sí.

       Entretanto, en el espacio, los Devastadores Estelares de Abbadón recibieron la orden de interceptar a todos los destructores meganinos que hubiera en el área. Aquella orden dio inició a una batalla de gran escala entre las naves imperiales en el espacio cercano a la Tierra.

       A pesar de que los abbadonitas tenían más soldados en Armagedón, los meganinos dominaban secciones enteras de la gigantesca estación por lo que lograron acuartelarse fuertemente, poniendo en serios aprietos a las tropas de N´astarith, las cuales trataban a toda costa de apresarlos y tomar el control de toda la base. 

       Sin embargo, las zonas estratégicas de la estación eran cuidadas sólo por abbadonitas y unos cuantos soldados endorianos, los cuales seguían siendo leales al emperador Zeiva y por lo tanto a N´astarith. 

       La sala de los generadores era uno de los sitios estratégicos más protegidos debido a su vital importancia. Cincuenta soldados imperiales de elite fuertemente armados y dos androides ED-409 vigilaban continuamente para que nada pasara por las puertas. La cámara del generador eran un punto clave en Armagedón, quizás uno de los más importante, ya que sin ellos la estación se quedaría completamente sin energía.

       Uno de los soldados estaba inspeccionado tranquilamente los alrededores cuando de pronto se topó con la figura del emperador Francisco Ferrer que se acercaba tranquilamente.

       De inmediato alertó a sus compañeros y dos soldados más se acercaron con los desintegradores en alto. El encontrar en ese lugar al emperador de Megazoar impresionó a los guardias, pero su sorpresa fue mayor cuando se dieron cuenta de que efecivamente estaba solo y aparentemente desarmado.

       —Vaya, vaya, vaya —murmuró uno de ellos maliciosamente—. Hemos cogido al pez más grande de todos.

       Francisco Ferrer no respondió nada, sólo se limitó a observar a los guardias que se acercaban en absoluta calma.

       Devastador Tammuz.

       —¡Contesta, maldito! —canturreó la voz de Zocrag por el sistema de comunicaciones—. Ya sabemos que estás ahí, Galford.

       El meganino miró hacia atrás por encima del hombro y escuchó varios estruendos detrás de las puertas de acceso. Finalmente se acercó a una de las consolas, retiró el cadáver de un soldado muerto y accionó el comunicador.

       —Aquí, Galford.

       —Eres un traidor —rugió la voz de Zocrag—. ¿Dónde están Enerí y los otros guerreros Khans?

       —La misión falló, todos los guerreros murieron al igual que el príncipe —hizo una pausa y tragó saliva—. No encontramos la gema… .

       —No me vengas con esas estupideces —le interrumpió Zocrag drásticamente—. Nuestro señor N´astarith puede sentir el instante en que cualquier Khan muere y eso no ha sucedido. Di la verdad.

       Galford suspiró agobiado, luego levantó una de sus manos y con una ráfaga de energía voló en mil pedazos el centro de comunicaciones. En realidad ya estaba bastante fastidiado de los gritos y reclamos de Zocrag.

       —Bien, bien —comenzó decir mientras se situaba frente los controles principales—. Ahora voy a estrellar esta nave contra Armagedón, espero llegar a tiempo hasta las cápsulas de escape antes de que… .

       —¿De verdad crees que lo harás a tiempo, Galford? —inquirió una voz a sus espaldas—. No seas ingenuo.

       El Guerrero de la Justicia se volvió sobre sus talones con la espada desenvainada, pero, contrario a lo que esperaba, no encontró a nadie.

       —¿Quién eres? —preguntó al aire—. Sal y muéstrate, cobarde.

       —Por supuesto —respondió la voz—. Será todo un honor, amigo mío.

       Galford miró en todas direcciones hasta que finalmente descubrió una oscura sombra que emergía de una de las paredes. Parecía como sí fuera un fantasma, pero cuando lo vio mejor se dio cuenta de que se trataba de un ser de carne y hueso y no de un espectro.

       —¿Qué demonios? —masculló lentamente.

       Paulatinamente, la oscuridad de la sombra comenzó a desaparecer dejando entrever los distintivos atuendos que sólo usaban los Espías Estelares.

       —Ha pasado mucho tiempo ¿o no, Galford? —preguntó.

       El meganino abrió los ojos con incredulidad.

       —¡Dark Spy!

       —Me alegra ver que me reconociste —dijo el espía mientras se cruzaba de brazos—. Eres un traidor.

       —¿De qué demonios hablas? Sí no mal recuerdo tú trabajas en secreto para el príncipe Jesús y para el emperador Francisco, ¿o no?

       Dark Spy alzó el rostro hacia atrás y soltó una sonora carcajada.

       —En realidad trabajo para N´astarith.

       Galford no podía creer lo que escuchaba.

       —¿Cómo es eso posible? —preguntó indignado—. ¡Nos has traicionado!

       El espía le miró sonriente.

       —Y tú eres un imbécil —masculló—. Piensa un poco, Galford. Nosotros los Espías Estelares solamente trabajamos por dinero. No hay amistades, no hay lazos, sólo negocios.

       El meganino le lanzó una mirada de reclamo.

       —¿De manera que te vendiste a él?

       —Sólo digamos que cambie de patrón en secreto —hizo una pausa y dejó caer sus brazos a ambos costados—. No tienes idea, Galford. La recompensa que N´astarith me ha ofrecido no se compara en nada con lo que Francisco o Jesús podrían darme.

       Galford levantó su espada, indicándole que no avanzara más. Dark Spy se detuvo.

       —¿Qué te ha ofrecido, mercenario?

       El espía sonrió nuevamente.

       —Me ha ofrecido la inmortalidad —levantó una mano y cerró el puño frente al rostro—. Es una lástima que tú hayas sido tan idiota como para traicionarlo y también me refiero al inútil de Jesús Ferrer. Galford, desde hace tiempo el gran N´astarith sospechaba de ustedes los meganinos, así que me ofreció un buen trato. A cambio de vigilarlos y reportarles mis observaciones, él me dará la vida eterna.

       El Guerrero de la Justicia empezó a elevar su aura mientras la rabia le recorría el cuerpo.

       —Eres un miserable. ¿significa que nos estuviste espiando y revelándole información al Imperio de Abbadón?

       —Sólo que ustedes estaban tan absortos en sus estupideces que no captaron mi presencia. —Se tocó la sien derecha y sonrió—. Así como ustedes, yo también sé usar la telepatía y acabo de ver las imágenes de todo lo que sucedió en ese planeta entre Jesús, el tal Asiont y las Sailor Senshi —se llevó las manos a la espalda y extrajo una larga espada—. Ahora el emperador N´astarith sabrá lo que ha ocurrido y todos ustedes morirán. Lo lamento ya que no es nada personal.

       Galford avanzó un paso.

       —Disculpa sí lo tomo personal, Dark Spy —le rebatió—. Me encargaré de matarte.

       —No, sí yo te acabo primero.

       Las hojas se entrechocaron con furor. Galford era más rápido y diestro, pero Dark Spy empleó la fuerza superior del sable para obligarlo a retroceder.

       Armagedón.

       Uno de los guardias se acercó lentamente a Francisco y le apuntó con su desintegrador directo al rostro.

       —Muy bien, viejo, no me des problemas —le dijo—. Estoy seguro que el gran N´astarith se alegrará de verte de nuevo.

       Francisco observó al abbadonita en silencio y al cabo de un momento dijo:

       —Apártense o los mataré a todos.

       Los guardias estallaron en carcajadas y el que le apuntaba bajó su arma, riendo.

       —¿No me digas, viejo? —hizo una pausa y se abalanzó furioso contra el meganino, intentando golpearlo con la culata del arma—. ¡Maldito seas!

       Sin embargo, el emperador de Megazoar paró en seco a su agresor con una veloz patada en estómago, que lo arrojó de espaldas contra la puerta que conducía a la cámara del generador. El cuerpo del guardia Abbadonita se estrelló con tal fuerza que abolló la puerta, al pie de la cual se desplomó como un muñeco de trapo.

       —Les he dicho que se aparten —insistió Francisco.

       Los androides ED-409 se volvieron hacia el emperador meganino y empezaron a disparar a la par de algunos cuantos soldados. Francisco levantó una mano y formó una enorme esfera de energía que, tras bloquear los disparos, se transformó en ráfaga y convirtió a los androides en chatarra y a los soldados en cadáveres.

       Viendo que todos sus esfuerzos serían inútiles contra el poder del emperador de los meganinos, los guardias restantes soltaron sus armas y huyeron despavoridos en distintas direcciones.

       El emperador de Megazoar miró como los abbadonitas y endorianos corrían en busca de ayuda y suspiró con alivio. Ahora el camino estaba despejado. Avanzó hacia las puertas de acceso y levantó una de sus manos, formando una nueva esfera de luz que usó para destruirlas.

       La sala de los generadores era enorme con puertas que daban a rampas exteriores situadas en distintos niveles por encima del suelo. En el centro de la cámara una esbelta columna traía la energía directamente desde el reactor principal de hiper-materia.

       —Listo —farfulló, levantando una mano lentamente—. Sí le disparo a esta columna, provocaré una reacción en cadena que destruiría toda la estación. Por consiguiente, el Portal Estelar y las gemas estelares que aquí se encuentra dejarán de existir —Una esfera de luz fulgurante apareció en su palma—. Este será mi sacrificio por la destrucción que he ayudado a causar en toda la galaxia.

       Francisco no lo pensó ni un segundo más y disparó. Cerró los ojos y bajó la cabeza, esperando que todo acabara.

       —Todo se ha terminado… .

       El rayo de Francisco hendió el aire en dirección hacia la esbelta columna, pero justo cuanto estaba apunto de alcanzar su blanco, una segunda ráfaga de luz emergió de la oscuridad, interceptando el primer ataque y lo desvió en otra dirección. Ambos rayos se dirigieron hacia una pared lejana y explotaron sin provocar ningún daño importante.

       Francisco abrió los ojos y levantó la cabeza. Se volvió hacia el sitio de la explosión y luego hacia las sombras de donde había venido aquel disparo. Había alguien más.

       —¿Quién eres? —preguntó con suspicacia—. ¡Sal de ahí!

       Una risa malévola se dejó escuchar por toda la cámara en un susurro apenas audible.

       Lentamente, un guerrero de armadura negra y con un escáner visual en el rostro emergió de la oscuridad. Se trataba de uno de los Khans guerreros de N´astarith.

       —Soy Allus de Caribdis.

       —Allus, el Khan de Caribdis —repitió el emperador Ferrer lentamente—. Haz llegado demasiado tarde. En cuanto destruya este generador, toda la estación volará en mi pedazos. Junto contigo y tu emperador.

       El Khan se cruzó de brazos, mostrándose muy confiado.

       —Sí lo haces, tú también morirás, viejo.

       —¿Crees que no lo sé, estúpido?

       El Khan soltó una carcajada.

       —Por lo que ve no te importa para nada sacrificar tu propia vida, traidor —bajó los brazos y los dejó caer a ambos costados—. Bien —añadió—. Eres un tonto. Al traicionar al emperador has firmado tu sentencia de muerte al igual que la de tu mundo.

       —Eso no es asunto tuyo, Khan. Antes que nada mi obligación es salvar la vida de mis hijos.

       —Sí —asintió el Khan—. Tus hijos, no importa que hayan escapado. En este momento nuestros Devastadores Estelares están luchando con los destructores meganinos ¿crees que tus naves estén a la altura de las nuestras?

       Esta vez fue Francisco quien sonrió confiadamente.

       —De nada servirán esas naves de las que te jactas cuando haya destruido Armagedón.

       Allus lanzó una nueva carcajada.

       —¿Y crees que te lo voy a permitir, inútil? —preguntó, avanzando un paso—. Eres un tonto, viejo obcecado. Apuesto a que jamás imaginaste que N´astarith pretendía eliminarte cuando lograra obtener el poder del universo.

       —¿Qué dices, miserable? —le inquirió el emperador—. ¿Así que nos engañaron después de todo?

       —Ustedes los meganinos son un obstáculo para nuestros planes. Francisco, el emperador nunca confió en ti porque sabía que tarde o temprano lo traicionarías y por ello tomó sus precauciones.

       Francisco avanzó un paso.

       —¿De qué demonios hablas? —preguntó desafiante—. ¿Cómo que nunca confió en nosotros?

       —N´astarith los ha estado observando por largo tiempo en espera de su traición y ahora que al fin ha sucedido, no dudará en devastar Megazoar. Es una lástima que no puedas ver cuando incineremos tu planeta porque morirás en mis manos.

       El meganino liberó su aura de golpe.

       —Lo dudo —sonrió—. No me impresiona para nada lo que se dice de ustedes los Khans. Nosotros los meganinos somos una de las razas más poderosas del universo.

       Allus lo miró fijamente.

       —Sí, puedo ver que el poder del emperador de Megazoar es tan grande como me habían dicho. Sin embargo, eso no me impresiona para nada —hizo una pausa, levantó los puños a la altura del hombro y enseguida desplegó una energía todavía más poderosa que la de Francisco—. Como puedes darte cuenta, mi aura es muy fuerte, pero eso no es todo el poder que poseo… —guardó silencio, luego frunció el entrecejo y tras soltar un fuerte grito, su cuerpo se iluminó por una energía blanca que arrojó poderosas ráfagas de aire en distintas direcciones—. Me parece que ya es hora de terminar con esto.

       Francisco frunció el entrecejo con incertidumbre y, desplegando su aura, se abalanzó directamente sobre el Khan dispuesto a vencerlo a cualquier costo. Lanzó un potente puñetazo, pero Allus logró bloquearlo con un brazo sin mayor problema.

       El emperador Ferrer no se dio por vencido, elevó su aura con más fuerza y finalmente consiguió golpear el rostro de su oponente, forzándolo a volver el rostro hacia un costado. Retrocedió y aguardó a ver la reacción de Allus.

       —¿Qué te pareció eso, invencible Khan? —le preguntó desafiante.

       Allus giró el rostro hacia él, esbozando una sonrisa burlona y mostrándose bastante sereno. El golpe no le había hecho absolutamente nada.

       En ese momento, Francisco se dio cuenta que toda la confianza que tenía acumulada para enfrentar a Allus se desvaneció rápidamente, y contempló la figura del Khan con fascinado terror.

       —No puede ser —murmuró lentamente—. Para él no significan nada mis ataques. Su poder es más grande de lo que me imagine.

       —Es gracias al poder del aureus —declaró Allus—. Es una energía mística más poderosa que el aura de los seres vivos de cualquier universo. No importa cuando eleves tu poder, jamás podrás alcanzar mi nivel.

       El emperador meganino lo miró con los ojos ligeramente entornados.

       —¿El aureus? —repitió extrañado—. ¿Te refieres a ese poder del que habla la leyenda?

       —Así es, gusano —asintió el Khan de Caribdis—. Gracias al aureus me he convertido en un guerrero invencible. Sin embargo, esto no es nada comparado con el poder que el emperador obtendrá gracias al Portal Estelar —comenzó a elevarse lentamente—. El poder que tú rechazaste.

       Enardecido, Francisco se arrojó sobre el Khan lanzándole un puñetazo, pero el guerrero imperial esquivó el golpe haciéndose a un lado justo a tiempo.

       Aprovechando que su contrario le estaba dando la espalda mientras hendía el aire con su puño, Allus se adelantó y le asestó un poderoso codazo en la nuca arrojándolo hacía abajo.

       El cuerpo de Francisco se estrelló contra el suelo, provocando un violento estruendo y levantando una enorme cantidad de escombros y metal retorcido.

       Tokio, Japón
       Distrito Juuban (Museo de Historia)

       Andrea se acercó hasta Azrael, se arrodilló ante él y extrajo la rosa negra que tenía clavada en el pecho, luego le tocó la mejilla para comprobar su temperatura y descubrió que estaba helado. Colocó la cabeza sobre su pecho, el corazón del guerrero todavía latía, aunque muy débilmente.

       —¿Cómo está? —preguntó Sailor Moon—. ¿Acaso él también… .

       La reina de Lerasi se volvió por encima del hombro y luego negó con la cabeza.

       —No, aún vive, pero está muy débil.

       Sailor Moon se giró hacia donde estaban Mars, Jupiter, Meaker y Healer.

       —Mis amigas también están muy lastimadas —murmuró angustiada—. Y ninguna de ellas ha vuelto en sí todavía.

       —¿No posees poderes de curación? —le preguntó Asiont—. Quizás puedas ayudarlas.

       —No —intervino Sailor Mercury—. Ninguna de nosotros tiene ese tipo de poder, ¿acaso no pueden hacer nada?

       Asiont se llevó la mano a la barbilla mientras meditaba en silencio. Quizás podría administrarles algo de energía para hacer que se recuperarán, pero aún estaba demasiado débil como para intentar algo así. El Celestial llevó la mirada hacia el rostro de Ami y pudo ver la preocupación que había en los ojos de ella, así que no pudo evitar sentirse mal nuevamente. “Maldición”, pensó. “Es irritante no poder hacer nada”. Finalmente, Asiont se volvió hacia Andrea y le dijo:

       —No hay opción, debemos llevarlas a la nave que usaste para llegar hasta esta dimensión.

       De pronto una sonrisa iluminó el rostro de la reina. Aquella era una excelente idea.

       —Es verdad —exclamó, incorporándose del suelo—. Sí las llevamos a la Cámara de recuperación podremos salvarlas.

       Sailor Moon los miró completamente extrañada.

       —¿Una nave? ¿Significa que ustedes no son de este planeta?

       —De hecho venimos de otra dimensión —le respondió Andrea—. En nuestro universo, un ser llamado N´astarith se ha propuesto adquirir el mayor poder del universo y para ello está reuniendo doce gemas en doce universos diferentes —hizo un gesto con los ojos señalando la gema estelar que Sailor Moon había dejado en el suelo cerca de Sailor Mars y Sailor Jupiter—. Esta es una de las gemas estelares que esos guerreros estaban buscando.

       —¿La gema estelar? —repitió Sailor Moon, mientras recordaba la extraña piedra que Liria había intentado quitarle en repetidas ocasiones.

       Andrea llevó el rostro hacia Asiont para mirarlo fijamente.

       —¿Crees que puedas llevarnos hasta la nave?

       —¿En estás condiciones? No lo creo —le respondió el Caballero Celestial deseando que las cosas fueran de otra manera—. Mi batalla con Eneri me dejó muy débil y apenas sí puedo caminar.

       Sailor Mercury se frotó un brazo levemente y luego desvió la mirada hacia donde reposaban el resto sus compañeras. Con cada minuto que pasara, el estado de sus amigas empeoraría y ello lo sabía mejor que nadie.

       —Sí al menos Mars y Jupiter estuvieran bien podríamos hacer la teletransportación —murmuró en tono pensativo.

       “¿Teletransportación?”, pensó Asiont. Sin duda aquellas eran unas chicas llenas de muchas sorpresas. Iba a preguntarles sobre ese poder cuando de pronto su percepción le indicó que cuatro personas más habían entrado al Museo. Las energías no eran malignas por lo que al menos sabía que no se trataban de algún otro guerrero imperial, sin embargo eran más altas que las de los humanos normales y eso lo inquietaba un poco.

       De repente, cuatro chicas vestidas como Sailors Senshi aparecieron por la entrada del ya destrozado auditorio.

       —¡Sailor Neptune! ¡Sailor Uranus! —exclamó Sailor Moon con alegría, reconociéndolas enseguida.

       —¡Sailor Saturn! ¡Sailor Pluto! —secundó Sailor Venus.

       Asiont por su parte, escudriñó con la mirada a aquellas desconocidas Sailors Senshi que acaban de llegar. Sus uniformes eran idénticos a los de las Inners a excepción de los colores, que eran mucho más oscuros.

       —¿Quienes son ustedes? —preguntó Asiont tras un momento—. ¿Acaso son amigas de Sailor Moon?

       —Ellas son las Outer Senshi —le explicó Sailor Venus—. Son parte de nuestro equipo.

       Sin prestar ninguna atención a la presencia de Asiont o a Andrea, una de las Outer, una chica alta, de cabello corto y porte elegante, se acercó hasta Sailor Moon pasando por un costado del Celestial y la reina.

       —¿Te encuentras bien, Sailor Moon? —le preguntó, mostrándose amable y colocando una de sus manos en el hombro de la chica—. Lamento haber llegado tarde.

       —Sailor Uranus —musitó Sailor Moon—, que bueno que llegaron.

       Otra de las Sailors Outer, una joven de cabello rizado y con un pequeño espejo entre sus manos, dio unos cuantos pasos al frente situándose tras Sailor Uranus.

       —Cuando nos percatamos de la presencia de una energía maligna decidimos venir hasta acá —alzó la vista y observó los destrozos por un instante—. Lamentablemente creo que fue demasiado tarde.

       —Sailor Moon, ¿qué fue lo que sucedió aquí? —preguntó la más alta del cuarteto, una joven de mirada serena y larga cabellera oscura con tonos verdes—, ¿Dónde están las demás Sailors Senshi?

       En ese momento, Sailor Moon bajó la mirada y se cubrió el rostro con ambos manos mientras sollozaba desconsoladamente. La poca tranquilidad que había acumulada se desmoronó en un segundo.

       —Es terrible… —musitó entre lágrimas—. Unos malvados irrumpieron en el museo y las hirieron… .

       —Pero ¿quién se atrevió a hacer tal cosa? —preguntó Pluto sin dirigirse a nadie en específico.

       Asiont intervino.

       —Fueron unos guerreros muy poderosos llamados Khans… .

       —¡Cierra la boca! —le interrumpió Uranus en un tomo sumamente áspero—. No te preguntamos a ti.

       El Celestial enarcó una ceja. ¿Acaso pensarían que él y Andrea tenían algo que ver con los destrozos de ese lugar . Sacudió la cabeza. No, eso era completamente absurdo.

       —¿Por qué estás tan agresiva sí se puede saber? —preguntó con evidente malestar—. Nosotros ayudamos a sus amigas.

       Sailor Uranus observó fijamente al Caballero Celestial y éste podía darse cuenta que su mirada estaba cargada de severidad.

       —Nosotras nos encargaremos de ayudar a nuestra princesa, ustedes no se metan en esto.

       —¿Princesa? —repitió Asiont con cara de no entender nada—. ¿Acaso Sailor Moon es en realidaduna princesa? —guardó silencio e hizo el intento de aproximarse a ella. Pero antes de que avanzara más de cinco centímetros, Uranus le salió al paso interponiéndose en su camino.

       —Ella no necesita nada de ustedes.

       Asiont la miró directo a los ojos sin dejarse intimidar; por alguna razón había algo en aquella chica que no le acababa de agradar.

       —¿Te ocurre algo? —le preguntó desafiante—. Mejor hazte a un lado, chica… .

       —¿Acaso no entendiste lo que dije? —le interrumpió nuevamente la Sailor—. No necesitamos de su ayuda.

       Asiont volvió la vista hacia Andrea y exhaló agobiado. A simple vista las cosas se estaban complicando todavía más de lo imaginado, y lo que menos necesitaba en ese momento era una chica testaruda y ruda, justo como la que tenía enfrente.

       Continuará… .

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s