Leyenda 131

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO CXXXI

AMBICIÓN Y PODER

         Tierra.

         Alexander volvió a encender su comunicador y tecleó una clave que rara vez marcaba, pero que se sabía de memoria. Mientras se establecía la comunicación, la pantalla del auto sintonizó una imagen que llegaba en directo desde el Congreso Mundial. El nuevo presidente de EE.UU. se acercaba al podio del pleno de la cámara, esforzándose por transmitir tranquilidad y confianza. Mientras que varias personas, entre ellos sus asesores de mayor confianza, lo acompañaban, Jush miraba al frente con una expresión de tristeza y solemnidad.

         —Compatriotas y ciudadanos del mundo, el día de hoy la Tierra ha sido golpeada duramente porque es uno de los faros más brillante de la Libertad y el Progreso en esta galaxia. Pero nadie hará que esa luz se apague. Hoy, la Tierra ha visto la maldad, lo peor de la oscuridad. Y hemos reaccionado con lo mejor del mundo, con la valentía de nuestros soldados. Ya estamos buscando a quiénes están detrás de estos actos malvados. Hemos encauzado todos los recursos de nuestras naciones que velan por el cumplimiento de la ley para encontrar a los responsables. No haremos distinción entre los terroristas y aquellos que los cobijan. Hoy es un día en que la humanidad está unida a favor de la justicia y la paz. Los pueblos libres de la Tierra ya han enfrentado a enemigos en el pasado, y volveremos a hacerlo otra vez. Ninguno de nosotros olvidará este día. Por eso, seguiremos defendiendo la libertad y todo lo que es justo y bueno en toda la galaxia.

         Su voz se fue elevando a medida que las palabras iban cobrando fuerza.

         —Este enemigo no se parece a ninguno del pasado. Quienes nos hoy atacaron se agazapan en las sombras y no sienten respeto alguno por la vida humana. Es un enemigo que se aprovecha de la buena confianza. Es un enemigo que ha atacado a este mundo amante de la libertad. Esta lucha exigirá tiempo y determinación, pero que no quepa duda: ganaremos. Esta lucha del bien contra el mal será monumental, pero prevalecerá el bien. Necesitamos un líder capaz de dirigir este Congreso y encauzarlo en la lucha que nos espera. Es por todo esto que he decido postularme para el puesto de Canciller… .

         —Adelante —La voz del comunicador se escuchaba seca y formal.

         —Tienes que escucharme, Julián —balbució Alexander—. Hace unas horas trataron de asesinarme en mi residencia de descanso. No tardarán mucho en darse cuenta que logré escapar y pronto comenzarán a perseguirme.

         —¿De qué rayos estás hablando? Hace media hora la red transmitió un reportaje donde mencionaron que te estaban investigando por traficar con estupefacientes y armas. ¿En qué diablos te metiste? Dicen que encontraron muertos a unos agentes del FBI en tu casa de New York.

         —No eran agentes del FBI sino miembros del Servicio Secreto que querían asesinarme. Tenías razón en tus sospechas. Jush y un grupo de políticos urdieron un plan para apoderarse del gobierno y ahora van por el Congreso Mundial. Como no quise unirme a ellos trataron de matarme, pero Satsuki y Kamui me salvaron en el último momento.

         —¿Ellos están contigo?

         —No, sólo Satsuki —respondió, ya con los nervios de punta—. Kamui murió en el tiroteo, pero no hay tiempo para llorar su muerte. Escucha, Julián, debes evitar de cualquier forma que Jush llegue a convertirse en Canciller o de lo contrario la Tierra pagará las consecuencias. Tú sabes perfectamente que la Alianza Estelar no mandó asesinar al presidente Wilson y tampoco hizo estallar el destructor Maine.

         —Aunque eso fuera cierto no tenemos manera de probarlo. Tú mismo debiste haber oído todo a través de la red. En estos momentos muchos líderes de América, Europa y Asia le han dado su respaldo a Jush como candidato a ocupar el puesto de Canciller. No creo que pueda hacer mucho para aplazar la votación.

         —¡Tienes que intentarlo!

         —Haré lo que pueda, pero no te garantizo nada. ¿Qué hay de ti?

         —Tengo unos amigos que quizá puedan ayudarme, pero es probable que traten de matarme nuevamente.

         —Escucha, lo mejor que pueden hacer ahora es esconderse y aguardar a que se calmen las cosas. Trataré de arreglar las cosas para sacarte a ti y a Satsuki del país y traerlos a Francia, pero hasta entonces mantente con vida.

         El Congreso Mundial fue sacudido por un griterío cuando muchos senadores prorrumpieron en gritos de “¡Votemos ahora! ¡Votemos ahora!”. Los gritos continuaron elevándose mientras Alexander contemplaba al presidente Jush apoyarse en el podio como si fuera dueño absoluto de la situación. Incluso, desde su posición delante del volante, Satuski pudo ver la expresión de satisfacción que iluminaba el rostro del presidente de EE.UU., consciente de que las cosas marchaban favorables para él.

País de Edo.

         Sango volvió la mirada por encima del hombro para observar a Kagome sentada a la orilla de un río, dándoles la espalda y mirando hacia el horizonte. No había que ser un adivino para saber que estaba afligida. Se le notaba que sufría mucho, y su mirada era tan distante y triste que Shippo deseó poder tranquilizarla de alguna forma, pero prefirió dejarla sola y reunirse con los otros.

         —Pobre Kagome —murmuró Sango—. Otra vez está deprimida.

         —¡Y todo por culpa de Inu Yasha! —exclamó Shippo con energía, dando un salto en el aire—. No entiendo por qué no puede comprender a Kagome. La pobrecita sufre mucho cuando ese inútil se olvida de ella.

         Miroku reflexionó un momento y bajó la cabeza.

         —Inu Yasha se encuentra muy preocupado por la señorita Kikyou, aunque no podemos culparlo por actuar de esa manera. Naraku está decidido a eliminarla por cualquier medio e Inu Yasha desea protegerla. Es por esa razón que sale corriendo apenas ve la más mínima señal de Kikyou.

         —Sí, pero debería pensar más en Kagome —se quejó Sango.

         —Qué se le va a hacer —dijo Miroku con un suspiro.

         Inu Yasha se internó corriendo a toda velocidad en la espesura del bosque cuando el sol de mediodía empezó a descender por el oeste. Había visto un par de luces brillantes en el cielo cuando andaba por el camino junto con Kagome y los demás. Por alguna extraña razón tuvo el presentimiento de que se trataba de los espíritus que acompañaban a Kikyou y decidió continuar solo para ir más rápido. Inu Yasha se detuvo un momento y subió a la rama de un árbol. Escudriñó el paisaje con la mirada, ansioso, cavilando sobre el paradero de las niñas. Se apeó de un salto y finalmente se topó con las dos pequeñas que descendían de los cielos.

         —¿En dónde está Kikyou? —quiso saber Inu Yasha.

         —La señorita Kikyou ha ido en busca de Naraku —respondió Kouchou—. Antes de partir, quiso que le diéramos un mensaje.

         —¿Un mensaje? —repitió Inu Yasha.

         Asuka asintió.

         —Hace apenas un día, apareció un hombre misterioso llamado Malabock que estaba en busca de la perla de Shikon. No sabemos sí se trata de un humano o un youkai, pero lo que es segur es que posee una fuerte energía maligna. Malabock afirma ser un hechicero oscuro y le ofreció devolverle la vida a la señorita Kikyou si a cambio ella lo ayuda a encontrar la perla.

         —¿Qué es lo que están diciendo? ¿Cómo saber sí ese miserable no trabaja también para Naraku? No puedo creer que Kikyou le haya creído una sola palabra.

         —Le rogamos que no se exalte —le calmó Kouchou—. La señorita Kikyou sospecha que Malabock trama algo, pero la única manera de averiguarlo es conduciéndolo hasta Naraku. Sólo así podrá descubrir las verdaderas intenciones de ese sujeto y saber por qué busca la perla con tanto interés.

         Inu Yasha permaneció rígido durante un momento, hasta que estuvo completamente seguro de lo que había escuchado. Cerró su puño derecho con tanta fuerza que ambas niñas pudieron escuchar claramente como crujían los huesos de la mano del guerrero hanyou.

         —¡Qué tontería! ¿Por qué quiere arriesgar su vida de esa forma?

         Asuka inclinó la cabeza.

         —Cuando estaba por irse, la señorita Kikyou nos dijo que sabía de antemano que usted no estaría de acuerdo con esa decisión, pero que debía hacerlo para evitar que la perla siguiera siendo usada con propósitos malignos. También nos pidió que le dijéramos algo más.

         Él alzó sus ojos hacia los cielos, viendo el rostro de su amor del pasado suspendido en el atardecer. Díganle a Inu Yasha que debo enfrentar sola este desafío, pero que no tengo miedo de hacerlo. La voz de Kikyou, dentro de la mente del guerrero hanyou, expresaba con palabras el mensaje de Asuka y Kouchou. No puedo esconderme mientras Naraku esté causando tanto sufrimiento. Sí todo sale bien, como así lo espero, díganle que me reuniré con él una última vez antes de abandonar este mundo para siempre.

         —¿Se marchó hace mucho? —inquirió Inu Yasha.

         —En estos momentos debe estar con Malabock —repuso Kouchou—. Ella no quería que usted interviniera y esperamos que lo entienda.

         Kikyou podía decir lo que quisiera, pero Inu Yasha no se quedaría cruzado de brazos mientras ella arriesgaba su vida otra vez. Encontraría la manera de localizarla antes de que fuera demasiado tarde, aún si eso lo llevaba a enfrentar nuevamente a Naraku o al hechicero oscuro llamado Malabock. Respiró hondo y contuvo el aliento.

         Juro que esta vez te salvaré, Kikyou, se dijo.

         Después exhaló, y el juramento quedó sellado.

         Ésta es Kikyou.

         La sacerdotisa más importante de todo Edo. Puede que la mejor en mucho tiempo y quizá de la historia. Es la más sagaz. Una mujer aguerrida y valiente. No tiene solo el poder y la habilidad, sino también belleza y sencillez, esa cualidad extraña en las sacerdotisas más destacadas.

         Pero en este momento, ya no es la misma persona.

         Todavía puede fingir serlo, pero sabe que sólo es una sombra de lo que fue.

         Aún tiene todos sus poderes y habilidades y no duda en utilizarlos para combatir al mal, pero en su realidad más intima, en el núcleo más fundamental de su ser, es completamente diferente.

         Ella ansiaba ser una mujer normal.

         Su vida antes de Inu Yasha pertenecía a otras personas, a gente común digna de compasión, espíritus pobres que nunca habrían sospechado lo profundamente que debe vivirse la vida.

         Su verdadera vida comenzó la primera vez que miró a los ojos de Inu Yasha y encontró en ellos no la rivalidad de un adversario, sino la pasión directa, abrasadora y sin vergüenza de un poderoso guerrero.

         Un hanyou, sí, pero un hombre hasta el último centímetro de su ser. Un hanyou que buscaba la perla de Shikon. Un hanyou que sabía lo que quería y era lo bastante fuerte como para descubrir ante ella, sin miedo y sin vergüenza, sus más profundos sentimientos. No es un hombre perfecto, está lleno de orgullo y es desconfiado, y de genio rápido; pero esos defectos la habían hecho quererlo más. Es una criatura salvaje que ha acudido dócilmente hasta su mano. Y es por ese mismo hombre y la vida que perdió, que está dispuesta a encarar el rostro de la oscuridad una vez más.

         Una figura envuelta en una capa negra salió de entre los árboles.

         —Señorita Kikyou —Malabock se echó atrás la capa, apartándola de su hombro derecho y descubriendo una mano blanca como la luna—. Es un verdadero placer verla de nuevo. Espero que haya pensado sobre mi generosa propuesta y ahora me muestre el camino hacia la legendaria perla de Shikon.

         Ella inclinó la cabeza.

         —Puede contar con que lo ayudaré a llegar hasta la perla —Kikyou le obsequió su mejor sonrisa amistosa-pero-escéptica—, aunque debo decirle que se encuentra en poder de un hanyou muy poderoso llamado Naraku y no creo que él dispuesto a cederla fácilmente. Sí de verdad quiere la perla deberá luchar contra Naraku y vencerlo.

         —No tengo ningún temor de enfrentar a ese Naraku sí usted me apoya —repuso el hechicero—. No creerá que un poco de peligro me hará retroceder después de recorrer un largo camino hasta aquí. Le aseguro que mis poderes nos permitirán tomar la perla sin mayor problema, pero necesitaré su ayuda para enfrentar a ese demonio.

         Kikyou aguardó un momento y luego preguntó.

         —¿Para qué busca la joya de Shikon exactamente?

         —Paciencia, sacerdotisa, paciencia. Todo a su debido tiempo, pero ahora quiero demostrarle mi confianza. Es probable que usted ya haya notado que el poder de la oscuridad me acompaña, pero eso no significa que deseo usar la perla para dañar a los habitantes de estas tierras. Antes que nada debe saber que creo en la justicia y en la verdad tanto como usted.

         —¿Ha dicho que sirve a alguien más? —inquirió Kikyou con tono distraído.

         —Sí.

         —Supongo que él lo envió a buscar la perla.

         Malabock sonrió ligeramente.

         —Mi amo también cree en la justicia sí eso es lo que le preocupa. Es por esa causa que luchamos en contra de aquellos que promueven el caos y la desgracia, aunque para ello tengamos que recurrir al poder de la oscuridad. Espero que comprenda todo esto, sacerdotisa.

         —Ya entiendo —Kikyou no estaba nada convencida.

         —Puedo asegurarle que al final todos saldremos beneficiados.

         Kikyou lo miró fijamente. “Eres un embustero hipócrita”, pensó, “pero puedes contar con que descubriré todo sobre ti”.

HMS Ark Royal (En órbita de Venus)

         Jorge Chávez dio gracias al cielo de que el pasillo estuviera desierto a excepción de la capitana Alessadra y de él. No tendría que bajar la voz.

         —Esto es un absurdo. Degradarnos a todos. ¿Cómo pueden hacernos esto?

         —¿Cómo iban a dejar de hacerlo? —contrarrestó Alessandra—. Sé que lo único que querían era defender la Tierra, pero debes comprender que hay reglas. El Alto Mando está preocupado de que los oficiales no respeten la cadena de mando.

         Él hizo caso omiso. No estaba de humor para sermones sobre la disciplina de la armada. No estaba de humor para nada.

         —Perdí varios amigos. Tú también perdiste algunos. Nuestros camaradas fueron masacrados mientras la mayor parte de la flota contemplaba las estrellas. ¿Por qué nadie movió un dedo para ayudar a los que luchaban en Marte?

         Alessandra parecía incomoda.

         —No lo sé, pero las ordenes eran esperar en Venus.

         —¿Y esperar que esos malditos aliens acabarán con todos? Sí hubieran hecho caso de la estrategia del general Yaner habríamos estado en Marte cortándole la retirada a cada maldito enemigo.

         —Las ganas de pelear no bastan.

         —¡Tonterías! Esos generales son unos cobardes y unos tontos.

         Alessandra se pasó la mano por los ojos y suspiró.

         —Escucha, te salvaste por muy poco de cumplir una condena de diez años. No lo eches a perder insultando a los altos mandos. Nos guste o no, ellos son nuestros superiores y debemos obedecerlos. Es hora de ver el futuro hacia delante y dejar el pasado atrás.

         —Díselo a nuestros amigos que murieron.

         —Lo lamento, Jorge, pero nada de lo que hagamos logrará que alguno de ellos vuelva. A mí también me duele la muerte de tantas personas, pero la vida sigue. La Tierra nos necesita más que nunca.

         —Sí, lo entiendo —dijo en un tono más pausado y tranquilo justo cuando el teniente William Martí doblaba la esquina y corría a toda velocidad.

         —Muévanse —dijo—. Acabamos de recibir ordenes. —A William, que vestía el uniforme de piloto de la armada norteamericana, la adrenalina le corría por el cuerpo, pero trató de tranquilizarse ante sus compañeros—. ¿No saben lo que ha ocurrido? Esos de la Alianza Estelar han destruido una de nuestras naves. Ahora mismo están votando para elegir al nuevo Canciller, pero todos sabemos que será Jush. El almirante Scott quiere movilizar la flota de inmediato.

         Al oír la noticia, Alessandra frunció el ceño con escepticismos.

         —¿Adónde iremos?

         —Creo que a los límites del Sistema Solar —explicó William—. No sé todos los detalles, pero en estos momentos la Red está transmitiendo lo que ocurre en el Congreso Mundial. Quizás ahí digan algo que pueda servirnos para adivinar a dónde nos enviarán.

         Cinco minutos después, Alessandra, Jorge y William se encontraban en el vestuario de los pilotos mirando una pantalla de plasma. En ella se mostraba una imagen en directo del Congreso Mundial y un logotipo bastante vistoso: “LA TIERRA BAJO ATAQUE”. Un reportero de la CNA, visiblemente exhausto, permanecía de pie en una de las entradas del recinto.

         —Me acaban de informar que por una mayoría abrumadora, el Congreso Mundial ha elegido a George W. Jush como nuevo Canciller de la Tierra luego de que éste presentara su renuncia como presidente de EE.UU. Nadie parece estar dispuesto a hacer una declaración oficial, pero según fuentes oficiosas, se está planteando la posibilidad de otorgarle poderes de emergencia al nuevo Canciller para afrontar la crisis por la que atraviesa el planeta.

         George W. Jush, nuevo Canciller de la Tierra, subió al podio del pleno de la cámara en medio de silencio solemne. Mientras se preparaba para hablar, todos los monitores de la Tierra sintonizaron la misma imagen. Los seis agentes de la armada que integraban la guardia personal del Canciller permanecían inmóviles junto al podio, con los ojos bien abiertos, buscando asesinos o cualquier otro peligro, como perros de ataque bien amaestrados. Jush miró hacia las holocámaras como sí pudiera ver a los ojos de cada terrícola en el planeta y el espacio.

         —Solo hay una razón para que hoy este en este Congreso: he encontrado la fe, he encontrado a Dios. Yo rezo pidiendo fuerza, pidiendo orientación, pidiendo perdón y ruego al señor misericordioso que acepte mi agradecimiento. Dios nos ha llamado para defender nuestro mundo y conducirlo a la paz. A las tropas les digo: Esforzaos no sólo en ser buenos soldados, sino en amar a vuestro prójimo como os gustaría que os amaran a vosotros. Yo amo la Democracia. Yo amo este planeta. Y prometo defenderlo con la última fibra de mi ser.

         El Congreso rugió.

         —Por orden mía, las fuerzas armadas de la Tierra se trasladarán de inmediato a los límites del Sistema Solar para prevenir un posible ataque extraterrestre. No quiero alarmar a nadie, pero nuestra armada debe estar lista para enfrentar las amenazas crecientes de la Alianza Estelar. La Tierra es enemiga de cualquier civilización que cometa actos cobardes o de traición. Hicimos la paz con el imperio de Abbadón por el bien de nuestro mundo y porque nos engañaron. Los abbadonitas jamás quisieron invadir la Tierra. La Alianza Estelar quiso usarnos como peones en un conflicto que ellos mismos iniciaron.

         El Congreso rugió.

         —¡Estos acontecimientos han dividido al universo entre quienes aman la Libertad y los impíos de los que Dios nos libre! ¡Debemos llevar la guerra hasta nuestros enemigos en vez de que ellos nos ataquen! ¡La Alianza Estelar es enemiga de la Tierra! ¡La Alianza está detrás del asesinato del Canciller Sergei y del presidente Wilson! ¡La Alianza es la responsable de la destrucción de una de nuestras naves! ¡La Alianza está manchada de sangre inocente! ¡Debemos evitar que nos aniquilen! ¡Por nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos! ¡Seguridad, justicia, y paz!

         El Congreso enloqueció.

         Al oír eso, Alessandra supo lo que tenía que hacer. Se puso de pie y abandonó el vestidor para dirigirse hacia la sala de reuniones del Alto Mando y consultar a sus superiores. William, que volvió la mirada para observar a Alessandra, escuchaba la parte final del discurso de Jush.

         —… ¡Seguridad, justicia, y paz! ¡Díganlo conmigo! ¡Seguridad, justicia, y paz!

País de Edo.

         Éste es Sesshoumaru, hijo de Inutaisho.

         Uno de los guerreros youkais más poderosos de su tiempo. Puede que el de cualquier época. Es rápido. Es letal. Un personaje impasible. Casi nadie se acerca a ser su igual en todo Edo. No tiene sólo poder y habilidad, sino arrojo, una rara combinación de atrevimiento y temeridad. Pero también puede ser despiadado sí se lo propone. No se considera un héroe. Nunca lo ha buscado. Nunca le ha importado.

         Los youkais y los humanos le temen. Sesshoumaru está orgulloso de su linaje y desprecia tanto a hanyous como a humanos por considerarlos inferiores. Desprecia a los cobardes y no está interesado en convertirse en un conquistador. Nunca se rebajaría a señorear un montón de basura, el jefe de una horda de saqueadores que se matan entre sí por migajas y, para él, el mundo del hombre es eso.

         Es medio hermano del hanyou llamado Inu Yasha, su única familia y una de sus dos mayores vergüenzas. La otra es haber sido derrotado por Inu Yasha en una batalla que le costó el brazo izquierdo. No ha pasado un solo día en que no se pregunte por qué perdió aquel enfrentamiento, pero en el fondo de su ser reconoce que fue su excesiva confianza lo que lo cegó. Y Sesshoumaru sabe también que sin la pérdida de su brazo izquierdo habría sido otra persona. Un guerrero inferior.

         Siempre es seguido de cerca por Yaken, un pequeño youkai de piel verde, y Rin, una niña de corta edad. Sesshoumaru se tiene tanta estima a sí mismo que no le agrada estar en deuda con nadie. Y, por supuesto, esa es la razón por la que cuida de Rin todo el tiempo a pesar de que ésta es humana. Hace un corto tiempo, no mucho después de perder su brazo, Sesshoumaru permaneció en medio de un bosque, recuperándose de las heridas sufridas en otra batalla con su medio hermano y ahí fue cuando Rin llegó a él.

         O quizá el destino lo condujo a ella.

         No recuerda exactamente cómo ocurrió, pero la niña apareció de la nada y le ofreció algo de comida. Él nunca la probó. No quería aceptar la ayuda de un ser humano por muy lastimado que estuviera, pero Rin continuó yendo todos los días al bosque como sí quisiera cuidarlo de alguna forma.

         Sesshoumaru no necesitaba que lo cuidasen, pero la chiquilla trató de ayudarlo de cualquier forma por un tiempo. Por eso, cuando la encontró media muerta en un camino desolado, usó su espada Tenseiga para devolverle la vida y decidió protegerla. Tener y viajar con Rin durante tanto tiempo ha despertado algo en Seeshumaru. Como sí la compañía de la niña humana lo hubiese vuelto más tolerante.

         Sesshoumaru había aprendido a tener piedad.

         Y sin embargo ése es un sentimiento que no siente hacia sus enemigos.

         —¿A qué has venido, Kagura? —inquirió Sesshoumaru con indiferencia.

         La youkai cerró su abanico de mano.

         —Vaya, parece que nunca seré bienvenida en ninguna parte.

         —Mi amo te hizo una pregunta —dijo Yaken con insolencia—. Más te vale que le respondas con la verdad o te pesará.

         Kagura le dirigió una mirada de desprecio.

         —No tienes por qué decírmelo, enano. He venido a decirles algo que tal vez les interese saber. Tal parece otro sujeto buscando la perla de Shikon y Naraku me ha enviado con la misión de encontrarlo. Parece que tiene motivos para creer que ese forastero tal vez no sea un ser humano y por esa razón me ha enviado a buscarlo.

         Los ojos inmóviles de Sesshoumaru traspasaron a Kagura.

         —Creo que ya te había dicho que no me interesa nada que tenga que ver con esa perla. No entiendo por qué nos cuentas eso. Será mejor que te marches de aquí sí no tienes otra cosa mejor que decirnos.

         —Que impacientes eres—exclamó Kagura con insolencia—. Como no tienes nada de paciencia te diré algo importante. Es probable que te hayas dado cuenta que Naraku siempre consigue sobrevivir a  pesar de que lo ataquen muchas veces. Esto sucede porque mantiene oculto su corazón en alguna parte. 

         Sesshoumaru se dio la vuelta, y ante los ojos de Kagura, se encaminó hacia el camino que lo llevaba hacia las montañas. Hasta el momento, la youkai no le había dicho nada que no supiera ya gracias a sus batallas previas. Llamó a Yaken con una orden y luego a Rin. Antes de alejarse, se detuvo un momento para mirar a Kagura por encima del hombro.

         —Dime dónde se encuentra el corazón de Naraku.

         —Cuando Naraku estuvo en el Monte de las Ánimas, separó su corazón y lo escondió dentro del cuerpo de un bebé que normalmente mantiene alejado, pero ahora está muy cerca. Ve hacia el oeste y encontrarás a Naraku.

         Kagura permitió que emergiera su tradicional sonrisa maliciosa. Le resultaba curioso cómo se habían presentado las cosas y no podía dejar de pensar que el destino al final estaba dispuesto a jugar de su parte. Naraku estaba tan interesado en hallar a Kikyou y al forastero que difícilmente podría imaginar que Sesshoumaru llegaría de sorpresa para matarlo. Aún cuando Sesshoumaru no lograra tener éxito, Kagura dispondría del tiempo necesario para averiguar más sobre el bebé que llevaba en sí el corazón de Naraku.

         El bosque estaba silencioso, con el crepúsculo perpetuo callado y expectante de la cortina de árboles y la hierba en una atmósfera sin viento. Los pájaros surcaban los aires, revoloteando de rama en rama. Una forma oscura emergió del bosque, sacudiéndose algunas hojas secas que habían caído sobre su hombro derecho y tras sortear algunos troncos caídos se acercó al grupo que lo esperaba. Kagome se levantó de inmediato y corrió hacia los demás.

         —Inu Yasha, ¿qué ha ocurrido? —preguntó Miroku—. ¿Viste a la señorita Kikyou?

         Pero Inu Yasha negó con la cabeza.

         —No, sólo vi a esas niñas que estaban con ella —dijo por fin—. Me contaron que Kikyou recibió la visita de un sujeto llamado Malabock que está en busca de la perla de Shikon. No conozco todos los detalles, pero ese tipo hizo una especie de trato con Kikyou y ahora los dos han ido en busca de Naraku para recuperar la perla. Creo que ella puede estar en peligro.

         Sango parecía haberse quedado sin aliento.

         —¿Buscan a Naraku? Eso es una locura.

         —Fue lo mismo que pensé —comentó Inu Yasha, cerrando sus puños con fuerza—. No entiendo por qué Kikyou hizo algo tan arriesgado, pero debo ir a salvarla ahora mismo. No dejaré que ese miserable de Naraku o alguien más trate de hacerle daño de nuevo.

         —Nosotros te acompañaremos, Inu Yasha —dijo Kagome sin siquiera pensarlo. En su rostro sólo había preocupación—. Sí Kikyou fue tras Naraku te ayudaremos a encontrarla. No perdamos tiempo y vayamos en su búsqueda cuanto antes. No debe encontrarse lejos de aquí.

         —Bien —Inu Yasha asintió con la cabeza—. Esas niñas me dijeron que Kikyou se marchó hacia el oeste, de manera que iremos en la misma dirección. Estoy seguro que pronto encontraremos su rastro sí nos movemos con rapidez.

USS Enterprise.

         En la impresionante sala de guerra de la nave insignia de la armada espacial americana se llevaba a cabo la reunión para revisar y definir la estrategia que debía llevarse a cabo. El almirante Scott presidía una enorme mesa atestada de militares de alto rango de todas las naciones además de algunos funcionarios del Congreso Mundial. La flota se movilizaba hacia el planeta Júpiter a máxima velocidad. Aquella impresionante colección de líderes militares estaba escuchando con atención el plan que el almirante Winfield Scott precisaba con enorme convicción. La almirante Mel Tagi Hi lo interrumpió.

         —Almirante Scott, ¿ por qué desea que la flota abandone el sistema solar y avance hacia un sistema estelar alejado? Me temo que no entiendo sus intenciones y quisiera que las expusiera claramente.

         —El general MacDaguett y los Hombres de Oscuro interceptaron parte de un mensaje diplomático de la Alianza Estelar —replicó Scott, señalando un mapa en la enorme pantalla de plasma de la sala de juntas—. Todo parece indicar que el enemigo está reuniendo una importante cantidad de naves de guerra en el sistema Adur con la intención de lanzar un ataque sorpresa contra la Tierra. Debemos evitar que eso suceda.

         El almirante Albert Albion tomó la palabra.

         —A ver, a ver, esperen un momento. Todo esto va demasiado rápido. Sí la Alianza Estelar está planeando atacar la Tierra, ¿cómo es que MacDaguett y los Hombres de Oscuro no han sido aprendidos o muertos? Espero que tenga una buena explicación para eso, almirante Scott.

         —Naturalmente —Scott respiró hondo—. Ellos no saben que hemos descubierto sus malévolos planes. Han dejado a MacDaguett con vida con la intención de espiar las actividades militares de la Tierra y simular que no tienen nada que ver con el asesinato del Canciller Sergei y la destrucción del USS Maine. Creen que podrán engañarnos montando una farsa, pero los tomaremos por sorpresa y los destruiremos primero. Ya hemos enviado instrucciones al general MacDaguett para que abandone el sistema Adur alegando cualquier cosa y se reúna con nosotros. Cuando sus naves se unan a nuestra armada, podremos lanzar un ataque preventivo contra esos sucios aliens

         —Señor, yo… —Albert negó con la cabeza—. Con el debido respeto, no podemos iniciar un ataque contra las naves de la Alianza así como así. Piense en las implicaciones que eso traería a corto plazo… .

         —Y puede que no tengamos mucho tiempo para pensar —repuso Scott, imperturbable—. El imperio de Abbadón nos ha ofrecido todo su apoyo en caso de que la Alianza Estelar decida atacarnos. Si destruimos la flota que se encuentra en Adur, les daremos un golpe del que difícilmente podrán reponerse. 

         —Nada de esto me convence —dijo Albert—. Parece que les hiciéramos el trabajo sucio a los enemigos de la Alianza Estelar. Creo que no debemos seguir adelante con eso del ataque. Estoy de acuerdo en que la flota tome una posición defensiva, pero lo que usted está proponiendo nos llevará a una guerra.

         —¡Despierte, Albert! —exclamó Scott—. Ya estamos en guerra. El general MacDaguett está arriesgando su vida cada minuto que permanece junto a esos repulsivos extraterrestres. No vamos a quedarnos sentados mientras se organiza un ataque contra nuestro mundo.

         —Una guerra contra la Alianza sería el fin de la Tierra —afirmó la almirante peruana Alondra Celi—. No estoy de acuerdo en lanzar un ataque preventivo hasta no saber sí de verdad la Alianza Estelar fue la responsable de la destrucción del USS Maine. Las investigaciones aún no han concluido.

         —Yo también pienso que no debemos atacar —intervino un general norteamericano—. La información que MacDaguett envió sugiere que muchas de las naves estacionadas en el sistema Adur no son realmente de combate. Tenemos poca información para tomar una decisión inteligente.

         —Creo que es hora de demostrar de que lado están, señores —dijo el general polaco Szmajdzinski en tono testarudo—. Es prudente que recuerden que le debemos lealtad y obediencia al Canciller. La Tierra se encuentra en grave peligro y podría acusárseles de traición por desobedecer ordenes directas y faltar a su deber.

         —Los militares le debemos lealtad al gobierno, no al Canciller —replicó Albert con el rostro ensombrecido por la furia—. Lo siento, pero no voy a hacer alarde de patriotismo iniciando una guerra que podría ser un error garrafal.

         Scott estaba a punto de perder la paciencia.

         —Las ordenes del Canciller son interceptar a cualquier grupo agresor extraterrestre y eso es justo lo que haremos. No me importa sí alguno de ustedes piensa que estamos actuando precipitadamente. No vamos a contar estrellas mientras la Tierra es atacada de nuevo por esos malditos aliens.

         Albert quería insistir una vez más, pero una mirada aguda de Scott lo hizo abandonar ese propósito. Sabía que no tenía caso alegar nada más sí la orden de iniciar un ataque venía del despacho del Canciller. El almirante inglés se hundió en su asiento y miró el techo. La única vía de acción lógica era tratar de contactar a la Alianza antes de que Scott decidiera seguir adelante con sus planes y provocara la guerra.

País de Edo

         La oscuridad no estorbaba a Naraku en lo absoluto. En la noche, él sintió que Kikyou se acercaba con alguien más, y eso era bueno. Prácticamente podía escuchar el sonido de sus pisadas a través del oscuro bosque y la noche. Cuando sintió que Kikyou estaba a punto de llegar, Naraku dirigió su mirada hacia la pequeña niña de cabello blanco que cargaba un bebé en los brazos.  

         —Kanna, llévate al bebé lejos y escóndanse —ordenó Naraku—. No es conveniente que se queden aquí cuando Kikyou aparezca.

          —Sí… .

         La niña de cabello blanco asintió con la cabeza y se desvaneció en el aire ante la mirada curiosa de Hakudoshi. Éste dirigió su atención a la orilla del acantilado y advirtió que estaban a mucha altura por encima del río. Aún no tenían noticias de Kagura, pero sospechaba que se había retrasado intencionalmente para no estar presente cuando Kikyou y su misterioso aliado aparecieran. Después de todo, ella no se distinguía por su devoción hacia Naraku.

          —¿Crees que fue buena idea dejar que Kikyou nos encontrara? —inquirió Hakudoshi.

          —Ella nos ha ocasionado muchos problemas y no dejaré pasar la oportunidad para destruirla de una vez por todas. Mientras Kikyou siga con vida seguirá ocasionándonos problemas. Lo mejor es terminar con esto.

         Cuando Kikyou por fin salió de entre los árboles, Naraku miró por encima del hombro de ella para distinguir al forastero que la acompañaba. Algunas serpientes shinidamachuu aparecieron en el aire volando suavemente, disgregándose en diferentes direcciones.

         —Te saludo, Naraku. —La siniestra figura de Malabock surgió de las sombras de la noche y se colocó a un lado de Kikyou—. La sacerdotisa Kikyou me contó que tienes algo que he estado buscando desde hace mucho y quiero que me lo des.

         Naraku contempló al oscuro hechicero de arriba abajo y luego dejó escapar una sonrisa de absoluta confianza.

         —Oh, vaya, de modo que tú eres el misterioso forastero que también está buscando la perla de Shikon. Debo darte las gracias por traerme a la sacerdotisa Kikyou. Me has sido de mucha ayuda en realidad, aunque lamento decirte que este sitio será tu tumba.

         —Naraku —dijo Kikyou, parada a un costado del hechicero—. Es hora de que pagues por todo el sufrimiento que has causado. No sólo eres un ser cruel, sino que además asesinaste a muchas personas sólo para llegar a mí.

         —No entiendo por qué te sientes tan molesta, querida Kikyou —repuso Naraku con tranquilidad—. Maté a todas esas personas porque era la única forma de sacarte de tu escondite, así que en parte es culpa tuya. Sí hubieras muerto en el Monte de las Ánimas como debiste haberlo hecho no habría tenido que matar a esos insignificantes humanos.

         —¿Cómo te atreves a decir todo eso? ¿Dices que yo fui la causante de esas muertes? 

         —Es la verdad, aunque tengo que confesarte que estoy sorprendido. No esperaba que decidieras venir a mí por tu propia voluntad, pero al menos me ahorraste el trabajo de seguir buscando. 

         —Creo que no debe prestarle atención, señorita Kikyou —intervino Malabock—. Recuerde la verdadera razón por la que estamos aquí. No es necesario gastar saliva con un ser tan repulsivo. 

         Hakudoshi dio un paso hacia delante y esbozó una sonrisa burlona.

         —¿Y quién es tu amigo, Kikyou? Parece un simple ser humano común y corriente.

         —Te aseguro que te equivocas, muchacho tonto —replicó Malabock—, y ahora voy a demostrártelo. Mi nombre es Malabock y soy un hechicero oscuro.

         Inu Yasha, cargando a Kagome en la espalda, cruzaba el valle que conducía a las montañas con un apremio que pocas veces había sentido, desesperado por llegar a Kikyou antes de que fuera demasiado tarde. En el aire, Sango montaba sobre Kirara junto con Miroku y Shippo volando en la misma dirección. Inu Yasha no veía nada de cuanto lo rodeaba y apenas escuchaba las palabras de Kagome pidiéndole que se tranquilizara. Sólo era consciente de adónde se dirigía y del tiempo, que transcurría con angustiosa rapidez.

         —¿Estás seguro que vamos por el camino correcto? —le preguntó Kagome.

         —Esas niñas dijeron que Kikyou iría hacia el oeste —contestó Inu Yasha—. Y hace unos instantes pude percibir el repugnante olor de Naraku. También percibo otro aroma que no había sentido antes, pero es igual de molesto. Estoy seguro que debe tratarse de ese sujeto llamado Malabock.

         —No entiendo por qué la señorita Kikyou haría algo así —comentó Miroku mientras mirada por encima del hombro de Sango—. Siento dos presencias malignas en esa dirección y una de ellas es la de Naraku.

         —Kirara, date prisa —le dijo Sango a la gata mononoke sobre la que viajaban.

         En el bosque, los rayos negros surgían quebrados de las manos de Malabock para dejar en la inconsciencia a Hakudoshi.

         —Toma una siesta, muchacho, no arruinarás la fiesta tan temprano.

         —Veo que no eres un ser humano como pensaba —murmuró Naraku—. Veamos que haces ahora.

         Kikyou miró hacia la batalla. Ante sus ojos se agitaban cuatro enormes tentáculos que brotaban de la espalda de Naraku. Tan pronto como el hanyou estuvo envuelto por su escudo protector de energía, los tentáculos se abatieron despiadadamente sobre el hechicero oscuro a una velocidad increíble. Malabock sólo levanto una mano, exhibiendo su palma desnuda y dos de los tentáculos quedaron congelados antes de tocarlo.

         El hechicero se permitió sonreír luego de haber neutralizado el primer ataque de su adversario con relativa facilidad. Los tentáculos se quebraron y se deshicieron en miles de pequeñas astillas de hielo. Pero la reacción de Naraku no se hizo esperar: un chorro de vapor negro envenenado salió proyectado desde los tentáculos cercenados, enturbiando el aire y cubriendo a Malabock por completo.

         —Te advertí que sólo encontrarías la muerte —dijo Naraku con seguridad—. Mi veneno se encargará de destruirte, Malabock.

         Una carcajada proveniente del interior de la nube venenosa basto para dejar atónito a Naraku. Cuando el humo mortal se disipó dejando tras de sí un rastro lúgubre de árboles derretidos, pájaros muertos y arbustos quemados, el hanyou pudo descubrir la existencia de un escudo esférico dentro del cual estaban guarecidos el hechicero y la sacerdotisa Kikyou.

         —Te recomiendo que no cantes victoria demasiado pronto —advirtió Malabock—. No pensarás que un poco de veneno bastará para destruirnos, ¿verdad? Mi magia también puede crear un escudo defensivo tan efectivo como el tuyo. Tal parece que necesitarás algo más letal sí quieres eliminarme.

         Naraku endureció la mirada.

         —Veremos sí ese campo de protección es tan bueno como el mío.

         Un tentáculo gelatinoso atacó de nuevo, siendo mutilado al instante por una llamarada mágica de Malabock. Momentos después, ocho nuevos youkais con cuerpo de culebra, aguijones de escorpión y boca de sanguijuela surgieron del pecho de Naraku, todos ellos más grandes que una persona. Muy pronto, sus dientes se afianzaron con fuerza sobre el escudo del hechicero. Los monstruos fueron recibidos por una descarga de relámpago negro de Malabock, desvaneciéndose tras una cortina de humo venenoso, sangre negra y flácidos despojos. Kikyou, inmóvil dentro del escudo de energía, contemplaba con asombro el terrible duelo que se llevaba a cabo delante de sus ojos. El bosque escupía a los cielos relámpagos negros, alaridos monstruosos y llamaradas escarlata.

         —Me has dejado sorprendido, Kikyou —dijo Naraku, volviendo la vista hacia la sacerdotisa—. No pensé que te unirías con alguien que tuviera un poder maligno sólo para destruirme, pero parece que tu odio contra mí es más poderoso que tus convicciones. Quizá sería mejor absorber a este hechicero en vez de destruirlo. Sus poderes podrían fortalecerme.

         —¡¡Es mi turno!! —gritó Malabock—. ¡¡Llama de Iora… consume a mi enemigo!!

         El hechicero extendió las manos para enviar un chorro de fuego contra el escudo de Naraku, que refulgió en halos esféricos a medida que rechazaba el fuego. Los youkais atacaron por segunda vez y Malabock los incineró. No había árbol o arbusto cercano que no pudiese quedar desintegrado en algún momento, derretido por el humo venenoso o quemado por las llamas mágicas. Pero la pelea seguía igual, un duelo interminable en que ninguno de los dos bandos recibía una herida, en el que no cabía ni siquiera la posibilidad de fatiga o la duda.

         Eran tablas.

         Que podría haberse prolongado eternamente si la magia hubiera sido la única arma de Malabock.

         —¡¡Ayúdeme, señorita Kikyou!! —llamó Malabock, alzando la voz por encima del retorcido aullido que producía su ataque—. ¡¡Es su oportunidad!! ¡No puedo hacerlo sin usted!

         La victoria no la decidiría el hechicero, sino la sacerdotisa parada a un costado del campo de batalla. Se oyó el silbido de las flechas purificadoras. La primera desintegró el campo de fuerza de Naraku; la segunda no hizo ningún ruido, pero el hanyou se estremeció, y la tercera se perdió en los cielos.

         Naraku dejó caer las manos, las piernas le fallaron y se desplomó de rodillas en el suelo delante de su contrincante. La flecha le había alcanzado en el pecho, debilitándolo gravemente. La sacerdotisa dejó de disparar.

         —Kikyou… me olvidé completamente de ella… maldición.

         Malabock esbozó una sonrisa siniestra, y sus ojos relumbraron de un poder enorme. Levantó los brazos y su túnica ondeó, abriéndose como alas de dragón. Sus manos se asemejaban a garras y encendió relámpagos negros de ellas. El poder de Malabock golpeó de lleno a Naraku, que no tenía escudo con el cual protegerse y lo empujó hacia atrás.

         —¡¡Llego tu fin!! —exclamó el hechicero—. ¡¡Muuuuuuereeeeee!!

         Con la fuerza del relámpago oscuro, Malabock arrojó a un herido Naraku hacia las negras entrañas del abismo cercano donde desapareció, engullido por las aguas del río que corría abajo. En medio de la descarga de odio, la perla de Shikon había abandonado el cuerpo de Naraku y rodó por el suelo, justo hasta los pies de un triunfante, pero adolorido hechicero oscuro. Éste alzó la perla para contemplarla a la luz de la luna.

         —Es mía… es toda mía, señorita Kikyou.

         —¡¡Alto ahí!!

         Malabock se dio la vuelta a tiempo para ver como Inu Yasha desenfundaba su espada Tetsusaiga luego de dejar a Kagome en el suelo. El guerrero hanyou sintió un profundo alivio cuando vio que Kikyou se encontraba sana y salva, pero arrugó el ceño y su mirada se endureció cuando descubrió la figura del hechicero oscuro. La hoja de la espada de Inu Yasha se iluminó y se volvió enorme.

Continuará… .

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