Leyenda 125

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO CXXV

EL LATIR DEL UNIVERSO

        Astronave Churubusco (Hangar principal)

        Después de que Piccolo y Areth dijeran todo lo que sabían, el príncipe de Endoria no sabía que pensar. El hecho de saber que Jesús Ferrer era en realidad el guerrero de la leyenda lo había dejado totalmente confundido. Sentía como si el destino se estuviera burlando de él de una forma bastante cruel. ¿Cómo podía ser posible que el Káiser resultara ser una de las personas que más detestaba? De niño había escuchado cientos de relatos referentes al invencible Káiser que salvaría al universo del mal y devolvería la paz al universo entero. Jamás se le ocurrió que su héroe de la infancia resultaría ser uno de los peores enemigos que había conocido. La ironía no podía ser más perversa.

        —¿Por qué tenía suceder esto? —murmuró Saulo sin poder reprimir su enojo y frustración—. Maldito sea el destino por permitir esta clase de cosas. El Káiser debería ser una persona ejemplar y no un miserable traidor como ese Jesús Ferrer. La sola idea de que él sea el guerrero legendario me revuelve el estómago.

        —Saulo, por favor —le dijo Areth—. No lo tomes de esa manera. Deberíamos sentirnos afortunados de que el Káiser finalmente haya aparecido. Con su ayuda lograremos terminar con la guerra de una vez por todas.

        —¿Y qué quieres que haga? —replicó Saulo desviando la mirada—. Jesús Ferrer traicionó la confianza de mi padre y lo envió a un oscuro calabozo donde murió solo y enfermo. Juré que me vengaría de todo lo que hizo a mi padre y a mi pueblo, pero en cambio la Alianza Estelar le ofrece una amnistía por conveniencia y ahora debo aceptar que sea el Guerrero Káiser de la leyenda. Lo siento, pero no puedo hacer otra cosa que sentir asco por lo que sucede.

        Sailor Venus escuchó las palabras de Saulo con profundo pesar. A ella le simpatizaba Jesús Ferrer, pero también entendía el enorme rencor que sentía el príncipe de Endoria. Había tanto odio y rencor entre Saulo y Jesús que una reconciliación entre ambos parecía totalmente imposible. Y lo peor de todo era que Minako sabía que en realidad ninguno de los dos era una mala persona.

        —Yo tampoco puedo creerlo —confesó Azmoudez—. Siempre pensé que el príncipe Jesús era una persona especial, pero jamás imagine que él sería el guerrero mencionado en la leyenda de Dilmun. En Megazoar también se ha hablado por muchos ciclos estelares sobre la venida de un personaje con grandes poderes, pero jamás se me ocurrió que tuviera algo que ver con el Guerrero Káiser.

        —No eres el único —dijo Zacek—. Nadie podía adivinar que el espíritu del Guerrero Káiser estuviese dentro de los tres príncipes meganianos. Lo que no comprendo es por qué Jesús era el único que no sabía nada de eso. Según lo que Areth y Piccolo nos contaron, todo parece indicar que Armando y David sí estaban al tanto de la situación y sabían que debían sacrificar sus vidas.

        —¿Qué es lo que haremos a partir de ahora? —preguntó Hikaru sin dirigirse a nadie en particular—. Está claro que ese joven llamado Jesús Ferrer resultó ser el guerrero Káiser de la leyenda, pero no entiendo porque se fue cuando más lo necesitamos. ¿Acaso no piensa ayudarnos a luchar?

        Areth se volvió hacia la Guerrera Mágica para explicarle.

        —Él fue al planeta Niros en busca de respuestas. En ese lugar habita un pueblo de videntes famosos por su habilidad de predecir el futuro. Antes de irse, el príncipe nos contó que uno de ellos le reveló a su padre todo lo relacionado con el Káiser y que por esa razón quería ir para allá.

        —Comprendo lo que intenta hacer —dijo Piccolo—. Sí esos videntes conocían todo el secreto del Káiser, es posible que el príncipe haya ido a buscarlos para averiguar más sobre sí mismo. —Se volvió hacia los Celestiales y les dijo—: Lo que tenemos que hacer ahora es decirles la a los demás lo que sabemos y luego planear una forma de derrotar a N´astarith.

        Cadmio meditó unos instantes antes de volver a hablar.

        —Me parece una buena idea, pero creo que antes deberíamos informar de esto al Consejo de la Alianza Estelar. La última vez tuvimos problemas para convencerlos sobre la existencia del Portal Estelar y las doce gemas, pero quizá el asunto del guerrero Káiser los haga cambiar de opinión.

        Mientras Cadmio hablaba sobre el Consejo Aliado, Sailor Mars recordó la inusual manifestación de energía que todas habían sentido unos momentos antes. Al principio, el fenómeno la había desconcertado por completo ya que no se parecía a nada que hubiese sentido con anterioridad. No tenía claro de que tipo de fuerza se trataba, pero algo en su interior le indicaba que no se trataba de una energía maligna o un engaño. Ahora se daba cuenta que su sexto sentido no le había mentido.

        —¿En qué piensas, Sailor Mars? —le preguntó Fuu.

        —Pensaba en la misteriosa energía que percibí hace poco. No estaba segura de qué se trataba exactamente, pero tengo la impresión de que está relacionada de alguna forma con el príncipe Ferrer. Lo que no terminó de comprender es por qué todos lo sentimos de la misma manera.

        —Eso es cierto —dijo Umi—. Creí que había sido solamente yo, pero luego me di cuenta que Hikaru y Fuu también tuvieron la misma sensación. Fue como sí alguien quisieran hablar con la parte más intima de mi propia alma. ¿Crees que haya sido por alguna razón en especial?

        La pregunta dejó pensando a Sailor Mars.

        —No tengo la menor idea, pero quizá Asiont o Cadmio puedan explicárnoslo más tarde. Ellos conocen mejor todo lo relacionado con el Guerrero Káiser y pienso que algo deben saber al respecto. —Tras esas palabras Sailor Mars se sumió de nuevo en sus reflexiones.

        Saulo meneó la cabeza; daba la impresión de que suspiraba, pero de sus labios no salió sonido alguno. Sabía que el Consejo de Líderes difícilmente creería un ápice sobre un guerrero mencionado en una vieja leyenda salida de quien sabe donde. Para el Alto Mando Aliado, la leyenda de Dilmun tenía más de mito que de realidad y no les interesaba saber nada que tuviera que ver con civilizaciones antiguas, gemas místicas o universos legendarios.

        —¿Qué es lo que ocurre, Saulo? —le preguntó Piccolo.

        El príncipe levantó la mirada y observó seriamente al nameku.

        —Me temo que la mayoría del Consejo no creerá ni una palabra sobre el guerrero Káiser. Algunos de sus miembros sienten tanto desprecio por Jesús Ferrer como yo y nadie creerá que él es el guerrero que derrotará a N´astarith. Creo que por esta ocasión debemos manejar este asunto entre nosotros y dejar al Consejo de lado.

        —Bien, tal vez sea mejor de esa forma —asintió Piccolo y luego llevó su rostro hacia las Sailor Senshi—. ¿En dónde se encuentra los demás?

        —La mayoría está todavía en la sala de entrenamiento —le respondió Sailor Mars—, pero me parece que algunos se fueron a los comedores, aunque es posible que ya estén de regreso en estos momentos.

        —Iré a buscar a Zaboot y a Uller —anunció Zacek—. Cuando los encuentre, iré a reunirme con ustedes en la sala de entrenamientos. También alguien debe ocuparse de localizar a Asiont y a Lance.

        —Hablando de eso —murmuró Fuu—. ¿Alguien ha visto a Sailor Mercury?

        Sailor Venus dirigió su mirada en distintas direcciones antes de responder.

        —Estaba aquí hace unos momentos, tal vez haya vuelto con los demás.

        —O quizá esté con Asiont —señaló Eclipse con una sonrisa—. No hay que ser un genio para darse cuenta de lo obvio —y ahí hizo una pausa para aumentar el dramatismo—. A menos, claro, que no tengan ojos para ver lo que sucede frente a sus narices.

        —¿Qué estás insinuando? —inquirió Umi con suspicacia.

        —Déjense de cosas, es hora de irnos —intervino Saulo antes de que Eclipse pudiera decir algo más—. Seiya y sus amigos deben haber ido a buscar a Saori y a los santos de oro. Son Gokuh pasará un buen tiempo en una de las cámaras de recuperación y no creo que podamos contar con él por un tiempo.

        Cuando todos se dirigían hacia la salida del hangar, Piccolo se detuvo un instante y volvió la cabeza para buscar a Vejita. No lo encontró por ninguna parte. De seguro había dejado el lugar desde hacía un buen rato sin decírselo a nadie. El nameku estaba seguro que tal vez se habría dirigido a la sala de entrenamiento para seguir practicando o quizá estaría en busca de una cámara de recuperación para sanar sus heridas. Fuera como fuera, Piccolo sabía que no tardarían mucho en saber de él.

        Planeta Niros.

        El día transcurría rápidamente. Pese a todos sus esfuerzos, Jesús aún no lograba encontrar una manera de despertar los poderes del guerrero Káiser. La meditación no parecía rendir ningún fruto y eso lo hacía desesperarse todavía más. Probó con otras posibilidades menos probables. Bajó todo el poder de su aura al mínimo, levantó su espada en lo alto, recitó un antiguo cántico meganiano y finalmente se puso a orar. Pero nada. Fue un momento de lo más frustrante. Había pasado gran parte de su vida practicando artes marciales, estudiando meditación y aprendiendo los misterios del aura, alcanzando grandes conocimientos desconocidos para la mayoría, y ahora que poseía el poder del aureus, descubría que nada de eso le servía. Cuando se cansó de intentarlo, clavó su espada en el suelo y levantó la mirada hacia el sol que esperaba su siguiente movimiento.

        Ultimecia se echó a reír.

        —¿Ya te rendiste?

        El meganiano se volvió. Desde la sombra de un frondoso árbol, la sacerdotisa lo observaba con una sonrisa divertida en los labios.

        —Me alegra ver que lo tomes con tan buen humor —dijo Jesús.

        —No te molestes tanto —repuso Ultimecia, guiñándole un ojo—. Tú harías lo mismo sí estuvieras en mi lugar y no te atrevas a mentirme. Soy buena para detectar cuando alguien me está engañando.

        Jesús puso los brazos en jarra y sonrió de buena gana.

        —Estoy seguro que sí.

        —¿Por qué no tomas un descanso? —le sugirió la sacerdotisa—. Estás tan desesperado por usar los poderes del Káiser que no logras concentrarte bien. Quizá sea mejor que dejes de pensar en eso un momento.

        —Supongo que tienes razón —aceptó Jesús, sentándose a su lado—. Tal vez sería bueno tomar un descanso y hablar sobre otras cosas. Dime, ¿hace mucho que te preparas para ser una sacerdotisa?

        —Como unos cinco ciclos estelares —le respondió Ultimecia—. Mi madre fue una de las videntes más reconocidas por su habilidad para predecir el futuro con suma facilidad. La gente de la aldea suele decirme que me parezco mucho a ella y a veces pareciera que todos esperas que siga los mismos pasos que mi madre, pero no estoy muy segura que ese sea mi destino.

        —¿De verdad deseas ser una sacerdotisa?

        Ultimecia no supo que responder. Aquella era una pregunta que se había hecho infinidad veces y para la cual no tenía una respuesta clara. Jesús Ferrer parecía darse cuenta de las dudas que agitaban dentro de Ultimecia. La chica se mordió el labio inferior antes de responder.

        —La verdad es que no lo sé realmente.

        —¿Cómo es eso? —preguntó Jesús.

        —Digamos que lo que me molesta es que mi padre haya decidido por mí. Nunca me preguntó sí deseaba convertirme en una sacerdotisa o dedicarme a otra cosa. La vida en Niros es demasiada tranquila para mí. Siempre he soñado con visitar otros mundos y conocer otras civilizaciones, pero a las sacerdotisas no se les permite abandonar este planeta por ninguna razón.

        —¿Por qué no?

        Ultimecia lanzó un suspiro.

        —Todos los videntes tienen como misión cuidar del Manantial del Porvenir y preparar a los más jóvenes para que continúen con nuestro legado. Mi padre me dice que la tradición de los sacerdotes de Niros es contemplar la suma del pasado, presente y futuro con la intención de comprender el latir del universo.

        —Es una enorme responsabilidad —señaló Jesús.

        —¡Puf! Te la regalo sí la quieres —repuso Ultimecia—. Todo mundo me dice que es un gran honor, pero no es lo que yo quiero para mí. Lo que en verdad me gustaría hacer es salir de este planeta y recorrer la galaxia conociendo otros lugares.

        El príncipe alzó la mirada para contemplar los cielos.

        —Existen millones de mundos allá afuera, ¿segura que eso es lo que quieres?

        —Por supuesto —le respondió la chica sin pensarlo—. Lo prefiero mil veces a quedarme en este lugar, pero mi padre jamás aceptará esa idea. Es demasiado obstinado y está convencido que lo mejor para mí es ser una sacerdotisa.

        —¿Has intentado hablar con él?

        —Como un millón de veces, pero nunca me escucha.

        —Al menos aún tienes a tu padre —murmuró Jesús con tristeza—. El mío murió hace poco y lamento no haber convivido más tiempo con él. A veces llegué a tener serias diferencias con él, pero sé que en el fondo sólo quería lo mejor para mí.

        Ultimecia guardó silencio por unos momentos, mirando a Jesús.

        —Disculpa, no era mi intención hacer que recordaras eso.

        —No te preocupes —dijo Jesús—. Tal vez tu padre sea un tanto obstinado, pero estoy seguro que al final terminará por entender tu punto de vista y te dejará seguir tu propio camino. Sólo debes hablar con él tranquilamente y hacerle entender cuáles son tus deseos.

        —Espero que tengas razón —repuso Ultimecia—. ¿Puedo hacerte una pregunta?

        —Adelante.

        —¿Cómo murió tu padre? Me han contado que era un meganiano fuerte y extremadamente poderoso. Supe de su muerte gracias a unos comerciantes dorianos que llegaron a Niros hace varios ciclos solares, pero ninguno de ellos supo decirnos los detalles de su muerte.

        —Eso es algo que yo también quisiera saber. Mis hermanos me contaron que fue asesinado por uno de los guerreros de Abbadón, pero me cuesta trabajo creer que mi padre haya sido vencido por un solo hombre, aunque éste fuese un Khan —hizo una pausa y se puso de pie nuevamente—. Tengo que dominar los poderes del Káiser antes de que pase más tiempo. Sólo de esa manera lograré detener la locura de N´astarith y evitar más muertes innecesarias.

        —Príncipe —lo llamó Ultimecia—. Me dijeron que para utilizar la fuerza del aureus es necesario sumergirse dentro de sí mismo y escuchar el latir del universo. Sólo de esa manera encontrará el destello sagrado del Creador. Sé que suena un tanto extraño lo que he dicho, pero el latir del universo engloba el conocimiento de los seres vivos y la puerta a lo divino.

        —¿El latir del universo? ¿Qué significa eso exactamente?

        —Sólo adentrándose en las profundidades de su propia alma lo comprenderá. No será algo sencillo, eso se lo adelanto. Cuando logre escuchar el latir del universo sabrá que ha llegado más allá de su propio cosmos interno y alcanzado el destello sagrado del Creador. Entonces, y sólo entonces, su aura se tornará en aureus.

        Jesús no comprendía del todo las palabras de Ultimecia, pero finalmente tenía algo en claro. Para dominar la fuerza del aureus debía meditar nuevamente y exorcizar sus propios demonios que residían en las más oscuras profundidades de su mente. Sólo así podría llegar hasta el poder del Káiser. Cerró los ojos, respiró hondo y se sentó en el suelo en posición de loto.

        Astronave Churubusco.

        Los santos de oro, a excepción de Mu de Aries, abandonaron los aposentos de Saori Kido y se quedaron en la pequeña estancia aledaña donde estaban Marin, Shaina, Seiya y los demás Santos de Bronce. Aunque todos se oponían por igual a la decisión de Atena de usar su propia sangre para restaurar los ropajes sagrados de bronce, los santos de oro sabían que no tenían forma de impedírselo. Ella era una diosa y ningún mortal tenía la autoridad para prohibirle algo, aunque éste fuese incluso un santo de oro. Tan sólo quedaba esperar que Mu lograra convencerla de lo contrario.

        —No podemos dejar que Saori sacrifique su vida por nosotros —murmuró Seiya con vehemencia mientras caminaba de un lado a otro—. No me importa tener que enfrentar a los Khans sin la armadura. Prefiero mil veces luchar así que ver a Saori poner en riesgo su vida.

        —Tranquilízate, Seiya —le calmó Aioria—. Todos pensamos de la misma forma, pero me temo que no está en nuestras manos impedir que Atena decida restaurarlas armaduras de bronce.

        —Aioria tiene razón en eso —concordó Dohko—. La misión de los santos es proteger a Atena, pero eso no nos da la autoridad para prohibirle hacer algo. Sí ella quiere arriesgar su vida, entonces no nos queda nacer otra cosa que aceptar su decisión.

        —Maestro —musitó Shiryu.

        —Demonios —exclamó Seiya, volviéndose sus compañeros—. No soporto la idea de que Saori quiera ofrecer su sangre para restaurar las armaduras. Espero que Mu logré encontrar una manera de reparar los ropajes sagrados de alguna forma.

        En su habitación, Saori Kido contemplaba con preocupación los cloth sagrados de Seiya, Shiryu, Hyoga y Shun. Las armaduras de bronce estaban llenas de grietas e impactos por todas partes. Mu había hablado sin rodeos y había explicado que los ropajes podrían ser destruidos completamente aún sí el enemigo sólo los golpeaba levemente. Saori era consciente de que sus santos de bronce habían arriesgado la vida innumerables veces con tal de salvarla. Se sentía en deuda con ellos y deseaba ayudarlos de algún modo. No deseaba que nadie tuviera que morir. Sin embargo, muy en el fondo por quien más se preocupaba era por Seiya y Mu se había dado cuenta de ello desde hacía un buen tiempo.

        —Atena —dijo el Santo de Aries—. ¿Estás segura que quieres hacer eso?

        La joven bajó la mirada.

        —Tú sabes mejor que nadie que Seiya y los demás morirán con seguridad si pelean contra los Khans sin ninguna protección. Ellos necesitan sus armaduras para luchar y no existe una forma de restaurarlas sin que alguien ofrezca parte de su vida.

        —Eso es cierto —asintió Mu con tranquilidad—. Después de la batalla de las Doce Casas, los santos de oro ofrecimos nuestra sangre para restaurar los ropajes sagrados de Seiya, Shiryu y los demás. Esto hizo que las armaduras de bronce fueran casi tan poderosas como los ropajes de los Santos Dorados y les fue de mucha ayuda cuando combatieron a los guerreros de Asgard y los Marine Shogun de Poseidón.

        —Es por eso que debo hacerlo, Mu. No podría soportar ver que Seiya y los otros se arriesguen a luchar sin sus armaduras. Sé que mi vida corre un grave riesgo, pero es mi deber como diosa cuidar de todos mis santos.

        —¿Estás segura de eso, Atena?

        Saori levantó el rostro y se volvió hacia al Santo de Aries para mirarlo.

        —¿Qué dices, Mu? Claro que estoy segura, ¿por qué me lo preguntas?

        —Atena, ¿están tus sentimientos en orden? Disculpa mi irreverencia, pero tengo la impresión de que tu deseo por reparar los ropajes sagrados obedece más a otro tipo de intereses. Dime la verdad, ¿existe otra razón por la que estés dispuesta a poner en peligro tu vida?

        Saori agachó la cabeza. En vista de que no respondía nada, Mu insistió:

        —Es por Seiya, ¿no es cierto? He notado que siempre estás pendiente de él por encima de los otros Santos de Bronce. Desde los tiempos mitológicos, Atena siempre ha derramado su amor por igual entre todos sus Santos sin excepción.

        —No sé a qué te refieres, Mu.

        Al Santo de Aries, la respuesta no le parecía satisfactoria.

        —Busca bien en el fondo de ti misma. Estoy seguro que escondes algo más.

        —Admiro a Seiya simplemente —reconoció Saori, bajando un poco la voz.

        Mu intentó acorralarla.

        —Presiento que eso no es todo, Atena.

        Saori comprendió por fin a dónde quería ir a parar todo.

        —Discúlpame, pero no puedo decir nada más —dijo, esforzándose para no derramar una lágrima—. El deber de Atena es proteger la paz y la justicia sobre la Tierra a través de sus Santos.

        Tras decir aquellas palabras, Saori se dio la vuelta y se acercó a la armadura de Pegaso para tocarla con la punta de sus dedos. Tenía tanta necesidad de sincerarse con ella misma, de poder decir abiertamente que amaba a Seiya, a fin de poner fin al sufrimiento que notaba crecer en aquel instante.

        Sistema Estelar Niros.

        Una pequeña nave imperial surgió del espacio trans-warp en dirección al planeta de los videntes. Tras activar sus sistemas de camuflaje, la nave oscura ingresó velozmente en la atmósfera del planeta y avanzó hacia el centro de una elevada meseta que permitía divisar el territorio en todas direcciones. Su llegada dispersó una manada de animales salvajes que se alejaron en medio de bramidos de protesta. El transporte se detuvo, apagó sus motores y permaneció inmóvil, esperando en el silencio. La compuerta de desembarco se abrió, una rampa se desplegó hacia el suelo y Allus, Zura, Isótopo y los cinco guerreros meganianos que los acompañaban bajaron por ésta. El grupo se dirigió al borde de la meseta para examinar el horizonte mientras una docena de Shadow Troopers bajaban de la nave para asegurar el área.

        Allus activó su escáner visual para determinar la ubicación de la aldea más cercana y localizar la presencia del príncipe Ferrer. Sabía de antemano que los habitantes de Niros carecían de medios tecnológicos avanzados para defenderse, pero no descartó que pudieran darle alguna sorpresa desagradable. Hasta no saber que era lo que los esperaba lo mejor era actuar cautelosamente. Mientras el pequeño artefacto realizaba su función, el Khan de Caribidis evaluaba a sus compañeros con el rabillo del ojo.

        Zura fingía estar examinado los alrededores, pero en realidad tenía la mente puesta en otro lugar. Durante la mayor parte del viaje había estado pensando en las extrañas imágenes mentales que no dejaban de aparecer en su cabeza. Después de salir de la cámara de recuperación se había esforzado por acordarse de los sucesos que lo habían llevado a permanecer en hibernación durante tantos ciclos estelares, pero siempre que lo intentaba se topaba con un callejón sin salida. No lograba recordar con claridad los sucesos de su pasado y eso lo irritaba enormemente. Aicila le había ayudado a recuperar parte de sus recuerdos, pero de forma instintiva comprendía que había algo más. La Khan de la Arpía le había revelado sus planes para liquidar a N´astarith y tomar el control de todo el imperio, pero a Zura le importaba más recuperar su memoria.

        Isótopo se giró hacia los últimos cinco guerreros de la Casa Real. Lejos y a su izquierda se encontraba Axe. Éste era un hombre enorme que sostenía dos gigantescas hachas de guerra en cada mano. No era muy inteligente, pero poseía una gran fuerza física y una resistencia excepcional que lo convertían en un adversario terrible. A la derecha de Isótopo se hallaba Arrow, la Guerrera del Arco, una joven de cabello negro y facciones delicadas que llevaba un largo y potente arco. Era reconocida entre todos los guerreros meganianos por sus increíbles dotes de cazadora y por tener una excelente puntería.

        —Que lugar tan aburrido —se estaba quejando May-ra, una mujer bella y de esbelta figura, que portaba una armadura dorada. Era la Guerrera del Fuego—. Pero supongo que es un sitio perfecto para la tumba del príncipe Jesús. ¿Creen que se haya dado cuenta de que estamos aquí?

        —No sí todos disminuyeron su aura como se los indique —dijo el Guerrero de la Tierra. Dead-Eye, el guerrero corpulento con una terrible cicatriz en la mejilla derecha y el ojo del mismo lado permanentemente cerrado, como consecuencia de una herida recibida en una anterior batalla.

        —Descuida, lo hicimos antes de que la nave entrara al planeta —repuso Arrow mientras se ponía una mano sobre los ojos a modo de visera—. Tenemos la ventaja del elemento sorpresa.

        —He intentado percibir el aura del príncipe, pero no he tenido éxito —anunció Darkman. El Guerrero del Agua era un hombre misterioso, envuelto en una capa oscura con capucha que escondía su rostro deforme bajo una máscara—. Existen dos posibilidades: o sabe que estamos aquí y nos prepara una trampa o abandonó este mundo antes de que llegáramos.

        —No, presiento que él se encuentra aquí todavía en alguna parte —Isótopo se unió al círculo de guerreros meganianos—. El príncipe Ferrer es un enemigo que no debe ser tomado a la ligera. Sí antes era poderoso, ahora debe serlo mucho más todavía. No olviden que se ha convertido en el legendario Guerrero Káiser. Cuando lo encontremos debemos pelear todos al mismo tiempo para derrotarlo.

        —¿Y exactamente qué tipo de poderes tiene un Guerrero Káiser? —inquirió Axe.

        —Cómo voy a saberlo —le replicó Isótopo molesto—. Pero no podemos darnos el lujo de correr riesgos innecesarios. Cuando el príncipe Jesús nos vea, es seguro que querrá matarnos a todos.

        —Se preocupan demasiado por ese asunto —murmuró Allus, atrayendo la atención de todos los meganianos y de Zura—. Ya les dije que Jesús Ferrer puede ser el Guerrero Káiser, pero no es invencible y mucho menos inmortal. Cualquiera de ustedes podrían matarlo fácilmente sí pelea con cuidado. Lo primero que tenemos que hacer es localizar la aldea más grande de todas. Pienso que en ese lugar es donde encontraremos el Manantial del Porvenir y al príncipe.

        —¿Por qué estás tan seguro de eso? —inquirió Axe.

        El Khan de Caribdis apoyó una mano en su cintura.

        —En una ocasión escuché decir que los mejores sacerdotes y sacerdotisas acuden a ese manantial desde todo los rincones del planeta. Por lo mismo, es lógico pensar que una la aldea grande tendría la capacidad necesaria para albergar tantos visitantes, ¿no les parece?

        Arrow no parecía muy convencida.

        —Quizá, pero ¿por qué piensas que el príncipe también se encontrará ahí?

        —Porque él es el Guerrero Káiser —repuso Allus sin mirar a la guerrera meganiana—. De seguro lo llevaron ante el líder de los sacerdotes de Niros para rendirle honores y toda esa clase de ridiculeces —hizo una pausa y añadió—: Mi escáner visual está detectando la presencia de muchos seres pertenecientes a diferentes razas —El Khan entrecerró los ojos y sonrió malévolamente—. Que interesante, parece que encontré una amnitia viviendo en este planeta y, curiosamente, se encuentra cerca de donde capto señales de un meganiano.

        Zura se colocó a un costado de Allus y contempló el horizonte. Jesús Ferrer debería manifestar un aura particularmente intensa, pero por alguna razón Zura fue incapaz de percibir una presencia poderosa en el sitio que el Khan le indicaba.

        —La energía que percibo de ese lugar es muy débil.

        —Quizá se esté escondiendo de nosotros —aventuró Dead-Eye.

        Allus hizo un gesto de desprecio.

        —No me interesa sí se está bañando en un río o durmiendo. Primero nos encargaremos de sacarlo de su escondite, luego lo matamos, llevamos la joya al Manantial del Porvenir y finalmente liquidamos a todos los sacerdotes. Cuando tengamos el poder para modificar el futuro nadie podrá detenernos.

        El Khan de Caribdis desplegó el poder de su aura y se lanzó por los cielos. Zura y los meganianos se miraron entre sí, confundidos. El plan consistía en mantenerse escondidos y atacar usando el elemento sorpresa, pero aparentemente Allus tenía una idea diferente en mente. Dead-Eye sonrió malévolamente y se elevó en el aire para seguir al Khan de Caribdis. A los pocos segundos, Zura hizo lo mismo y comenzó a volar a gran velocidad hasta que se perdió de la vista de todos.

        —Zura es realmente veloz —reconoció Isótopo. El meganiano volvió el rostro hacia los Shadow Troopers y les dijo—: Regresen a la nave y esperen nuestras instrucciones. —Tras decir eso Isótopo se unió a sus compañeros en los cielos.

        Estaba cayendo la tarde. Jesús Ferrer sentía que sus sentidos estaban embotados por la monotonía. Sus preocupaciones habían callado y sus sentimientos se estaban apaciguando. Estaba completamente libre de amor, celos, odio, esperanza y recelo. Había perdido todo contacto con el exterior. Se dirigía al encuentro consigo mismo. Entonces, de repente, lo invadieron las fantasías más absurdas. Era como atravesar una niebla desgarradora de la cual surgían amenazantes sombras que se movían o crujían. La angustia se apoderó del príncipe. Parecía estar dentro de una pesadilla. Jesús Ferrer había empezado a hallarse a sí mismo y, paradójicamente, era cuando menos se sentía él mismo. En las tinieblas de su mente se encontraban todos los pálidos espectros aborrecidos que alguna vez había enterrado con violencia. Lo martirizaban sus temores reprimidos, el odio que una vez dominó su vida lo acosaba con una rugiente fiera herida.

        Entonces, de repente, se vio a sí mismo atravesando un paraje desolado y lúgubre donde había una cantidad innumerable de piedras negras con forma humana en todas partes. Jesús Ferrer comenzó a caminar preguntándose a sí mismo qué era ese lugar donde se encontraba. De pronto escuchó un griterío terrible proveniente de diferentes direcciones. Las piedras negras con forma humana lo insultaban y lo vituperaban recordándole sus humillaciones. Lo ofendían recordándole sus peores tentaciones con la intención de deprimirlo.

        —¡Eres un cobarde! —le gritaban las voces—. ¡Vuelve antes de que sea tarde!

        Pero el príncipe avanzó más rápido y no prestó atención.

        —¡N´astarith es invencible!

        Una de las piedras negras comenzó a moverse a zancadas y se plantó delante de Jesús para cerrarle el paso. El príncipe se quedó mudo de espanto cuando advirtió que aquella figura rocosa y oscura era una copia fiel de él mismo. Parecía como sí la estatua misma estuviese realmente viva.

        —¿Asustado? —le preguntó la roca—. ¿No te reconoces a ti mismo?

        —¿Quién eres tú? —inquirió Jesús con violencia.

        —Mi nombre meganiano era Ramiel, pero me hago llamar Jesús Ferrer. Hace mucho perdí a mi esposa y a mi hijo y culpe de ello a mi mejor amigo. Libré una guerra en donde asesiné a millones de endorianos y…. .

        —¡Basta! —gritó Jesús, enfurecido—. ¿Qué es este lugar? ¿Por qué estoy aquí? No sé cuáles sean tus intenciones, pero más te vale que dejes de estar jugando con mi mente o te pesará.

        La roca sonrió.

        —Ya te lo dije, soy el príncipe Jesús Ferrer de Megazoar. Te encuentras en las profundidades oscuras de tu mente. El sitio donde enterraste todo lo que no quieres recordar. Cada roca que ves es un temor, una idea o un sentimiento que rechazaste y que ahora mora en este lugar olvidado.

        —¡Eso es mentira! —vociferó Jesús.

        —Sabes que es verdad —repuso la roca—. Somos parte de tu existencia y no puedes negarnos. Todos esos temores, estas ideas y estos sentimientos son tuyos. ¿Acaso temes revivir el dolor, la humillación o la vergüenza?

        —He venido buscando el latir del universo.

        —El latir del universo, pero ¿qué es eso? ¿Acaso lo sabes?

        La respuesta del príncipe consistió en una fría e intensa mirada.

        —El aura —dijo la roca—, el cosmos o la magia es una creación del espíritu, la mente y el cuerpo. Tú sabes que la muerte no es el final, sino el principio de una existencia más plena y mucho más evolucionada. ¿Qué ocurrirá con tu aura una vez que dejes este mundo? En el día del renacimiento final poseerás un cuerpo incorruptible y tu aura ya no será aura, sino aureus.

        —¿Cómo es eso posible? —preguntó Jesús.

        —¿Cuál es la fuerza que mueve el todo? Esa fuerza es el latir del universo. Para sentir ese latido debes dominar estos sentimientos, estos deseos e ideas que alguna vez enterraste. No los niegues, enfréntalos y descubre la puerta de los cielos.

        —Sólo veo oscuridad en todo este sitio.

        La roca levantó una mano para señalar una luz muy intensa que se veía en el horizonte. Al instante todo el lugar se transformó. Enormes árboles brotaron de la tierra y el suelo rocoso se cubrió de hierba verde y flores. El cielo se aclaró y en él aparecieron nubes de todas formas. Era una belleza pura, sin contaminar, exuberante.

        —Ya no estás en tu mente, sino en el lugar donde el ojo no vio nada, ni el oído oyó. Ningún entendimiento puede comprender este lugar. Es el universo de la música callada y la soledad sonora.

        —La fuerza del aureus —murmuró Jesús.

        Uno de los aldeanos estaba arando su pequeño huerto cuando levantó la mirada para limpiarse el sudor. Lo que vio en los cielos lo dejó petrificado de miedo. Su grito hizo que decenas de cabezas miraran a lo alto. Luego, como si se hubiese producido una reacción en cadena en todas partes, cesó toda actividad y todos se pararon para saber qué pasaba. Los aldeanos vieron a los cinco guerreros meganianos de la Casa Real ante la aldea sin saber quiénes eran o cuáles eran sus intenciones. Por desgracia no pasó mucho antes de que lo averiguaran. Un niño pequeño agitó su brazo para dar la bienvenida a los visitantes, pero Dead-Eye extendió una mano sobre el suelo para provocar un terremoto que hizo cimbrar todo el valle.

        —Destruyan la aldea y todo lo que hay en ella —ordenó el meganiano—. Maten a los aldeanos, pero capturen a los ancianos. Uno de ellos debe decirnos donde está el Manantial del Porvenir.

        Arrow disparó sus mortíferas flechas de energía que causaban terribles explosiones donde quiera que éstas caían. Por su parte, Darkman usó sus poderes de hielo para congelar a todo aquel que se cruzara en su camino sin importar si eran mujeres, niños o ancianos. Axe destruía las pequeñas viviendas usando sus mortíferas hachas mientras que May-ra disparaba una andanada de bolas de fuego para provocar un incendio.

        En la cima más alta de la ladera que rodeaba la aldea, Allus contemplaba la destrucción sintiéndose profundamente complacido. Zura e Isótopo se encontraban a sus costados mirando el cruento espectáculo. Las flechas de Arrow pasaban silbando sobre las cabezas de los despavoridos aldeanos que huían en todas direcciones. Las mujeres se apresuraron a tomar a sus hijos más pequeño y corrieron en distintas direcciones o se escondían detrás de las rocas.

        —Esto atraerá al príncipe Ferrer —masculló el Khan de Caribdis con seguridad—. Cuando se de cuenta de nuestra presencia y vea lo que ocurre en esta aldea vendrá para tratar de salvar a estos miserables. Tengo curiosidad por averiguar qué clase de poderes posee. 

        —¿Y qué pasará cuando aparezca? —preguntó Isótopo, temeroso.

        Allus lo miró con el ceño fruncido.

        —Tus guerreros lo atacarán al mismo tiempo para forzarlo a usar todos sus poderes. Finalmente descubriremos si de verdad puede usar la fuerza del aureus o simplemente no logró convertirse en un guerrero Káiser.

        —¿Y ahí es cuando lo atacaremos? —inquirió Zura.

        Pero Allus simplemente sonrió, mirando hacia la aldea en llamas. Se notó que cuando hizo eso, la maldad iluminaba su semblante.

        El príncipe permaneció completamente inmóvil, y hasta parecía haber dejado de respirar. Ultimecia se acercó y le tocó un brazo. En ese momento, Jesús abrió súbitamente los ojos y la miró.

        —¿Estás bien? —le preguntó la sacerdotisa.

        —Lo conseguí finalmente —repuso Jesús con una sonrisa—. Pude sentir el latir del universo y pude despertar los poderes del Guerrero Káiser. Fue una experiencia bastante extraña, pero lo logré.

        Ultimecia dio un rápido abrazo y luego se apartó de él

        —Estaba segura que podrías hacerlo.

        —No sé cómo explicarlo, pero de alguna forma existe todo una especie de universo más allá de mi propia mente. Parece como sí fuera una morada donde se encuentra todo lo vivido por mis ancestros, la historia de todos los pueblos de la Existencia e incluso la suma del pasado, presente y porvenir… .

        No pudo acabar. En ese instante su intuición captó la presencia de Allus, Zura, Isótopo y los guerreros de la Casa Real. Jesús cerró los ojos de nuevo y pudo ver dentro de su conciencia lo que estaba ocurriendo en la aldea de Ultimecia. Podía observar a Dead-Eye provocando terremotos; a May-ra incendiando la humildes casas de madera y los pequeños huertos; a Darkman congelando a viejos y jóvenes sin ninguna piedad; a Idanae tratando de ayudar a su gente en medio de las llamas, y a Alyath. Los veía con tanta claridad como sí se encontrase allí mismo, de pie, fuera de sí mismo.

        —Tu aldea está en peligro —anunció Jesús.

        —¿Qué dices? —exclamó Ultimecia con sorpresa—. ¿De qué estás hablando?

        —Los guerreros de la Casa Real de Megazoar están destruyendo tu aldea —dijo Jesús y luego recogió su casco del suelo para colocárselo en la cabeza—. También percibo la presencia de Isótopo y otras dos que ya había sentido antes. Una de ellas posee el poder del aureus. Lo más probable es que se trate de uno de los Khans.

        Ultimecia dirigió su mirada hacia donde estaba su aldea y sintió un violento escalofrío cuando divisó una columna de humo negro que ascendía hacia un cielo donde no corría el aire. Su primer impulso fue correr hacia la aldea, pero Jesús la asió de la mano para detenerla.

        —¿Qué haces? ¡Suéltame! ¡Tengo que salvar a mi padre!

        —Sí vas únicamente conseguirás que esos miserables te maten. Yo me haré cargo de ellos y salvaré a los aldeanos. Lo mejor que puedes hacer por el momento es quedarte aquí y esperar mientras me ocupo de la situación.

        —Nada de eso —le replicó Ultimecia—. Yo iré contigo.

        —Claro que no, sí me acompañas pondrías tu vida en peligro.

        —Ayudaré a salvar a mi gente —insistió ella—. No me importa lo que digas.

        Jesús no supo que hacer. Tenía que tomar una decisión y debía hacerlo rápido. Podía irse volando y dejarla ahí, pero sabía que Ultimecia iría a la aldea de todas formas. No podía culparla por actuar de esa maneta cuando sabía que él habría actuado de igual modo al estar en una situación semejante. El príncipe tomó a la sacerdotisa entre sus brazos para cargarla y desplegó el poder de su aura.

        —Sujétate —le recomendó Jesús antes de salir volando a una velocidad increíble.

        Desde las alturas, Ultimecia contempló el cielo de color gris azulado que los rodeaba y la totalidad el valle. En cuando Jesús llegó al pie de la ladera que rodeaba la aldea, depositó a la sacerdotisa en el suelo con cuidado y luego levantó su mano derecha para activar al panel de control en su antebrazo. Seleccionó el sistema de comunicación para llamar a la astronaveChurubusco e informar de todo lo que estaba ocurriendo en Niros.

        —Jesús Ferrer al comando de la Alianza Estelar.

        —Lo escuchamos, príncipe Ferrer, pero la comunicación no es muy buena —le respondió el almirante Cariolano al momento—. ¿Adónde se fue? Algunas personas lo han estado buscando desde hace un buen rato.

        —Disculpe, almirante, pero no tengo tiempo para conversar —dijo Jesús—. Me encuentro en el planeta Niros y tenemos un código rojo. Se trata de seis u ocho guerreros meganianos y un Khan. Hasta el momento no he divisado nave enemiga alguna, pero no puedo asegurarle que no haya una en órbita al planeta.

        —¡Gran Creador! —exclamó Cariolano—. No tenemos ninguna nave en ese sistema, pero trataremos de enviar una fuerza de apoyo… .

        —Avise al príncipe Saulo y a los Caballeros Celestiales —le interrumpió Jesús—. Dígales que trataré de detener al enemigo hasta que ellos lleguen. Tengo la idea de que esos sujetos me están buscando por ordenes de N´astarith.

         —Príncipe, por favor, le ruego que se aparte y espere a que llegue la ayuda.

        —Negativo —respondió Jesús antes de cortar la comunicación. Bajó el visor de su casco y escudriñó los alrededores hasta que localizó a Isótopo y a los otros dos que lo acompañaban. Cuando vio el rostro de Zura, levantó el visor de sus ojos y se quitó el casco—. No puede ser posible, pero uno de los sujetos que está con Isótopo es Zura. Creí que había muerto hace ciclos estelares en Adén luego de la batalla con los Protectores de Él y Ella, pero veo que se ahora ha unido a N´astarith.

        —¿De quién hablas? —le preguntó Ultimecia.

        —Olvídalo, yo me entiendo solo —Jesús bajó la mirada y observó el fuego que se acercaba a los aldeanos atrapados bajo una casa en ruinas, cuyos gritos se oían desde el borde de la ladera—. ¡Ayúdalos! ¡Yo me ocuparé del enemigo!

        La joven titubeó antes de descender por la pendiente, donde el humo y el calor comenzaron a envolverla. Una casa cedió ante el fuego y se desplomó sobre una anciana, pero Alyath llegó a tiempo para salvarla. Casi de inmediato las llamas avanzaron con rapidez hacia una segunda vivienda donde Ultimecia logró rescatar a dos niños pequeños. Jesús observó la escena con tranquilidad y luego dirigió la vista hacia los guerreros meganianos.

        Ultimecia tenía la cara cubierta de suciedad y grasa y respiraba con dificultad. Estaba buscando a su padre cuando levantó la mirada para atestiguar la asombrosa transformación del príncipe de Megazoar. Los ojos de muchos aldeanos se posaron en la figura de Jesús Ferrer. Cuando advirtieron que el cabello oscuro del príncipe meganiano empezaba a tornarse blanco y sus ojos cambiaban de color, los aldeanos entendieron que el guerrero Káiser había llegado a protegerlos.

        —Siento una energía extraordinaria —murmuró Alyath en medio del caos.

        El príncipe meganiano dio un grito de furia y dolor. La energía que salía de su cuerpo era tan brillante como la luz del sol; los cabellos bailoteaban sobre su cabeza y sus ropas resplandecieron. Se sintió un estremecimiento en todo el planeta, y más allá. Los mismos cielos parecían temblar ante semejante poder. Entonces sintió como la fuerza infinita del aureus fluía a través de sus venas y recorría hasta la última de célula de su cuerpo. El poder incrementó sus fuerzas y despertó facultades increíbles: Visión sin ojos, memoria fotográfica, dominio del dolor. Podía recordar imágenes del pasado con una asombrosa nitidez, escuchar en forma amplificada cada sonido del lugar, la respiración de los aldeanos, el roce de su ropa al caminar, su propio corazón bombeando sangre. Era una sensación indescriptible. Ese momento dejó de ser quien era y se transformó en el verdadero Káiser, el guerrero de la leyenda.

        —La interrogante que alguna vez agobió mi existencia ha sido contestada. El pasado no puede cambiarse. Los hechos son propios —Jesús soltó un profundo suspiro. A sus espaldas, el sol desaparecía bajo el horizonte, dejando tras de sí un cielo rojizo donde las primeras estrellas se asomaban—. Es irónico, pues he descubierto que no tengo salida. —Desenvainó su espada del rayo y sujetó el mango con ambas manos—. Soy el Káiser, que comience la batalla.

Continuará… .

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s