Leyenda 040

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPITULO XL

EL LAMENTO DEL EMPERADOR FRANCISCO

Santuario de Atena, Grecia
Casa de Tauro

       Aldebarán de Tauro extendió los brazos hacia delante y, abriendo sus manos, liberó una poderoso ataque de energía relampagueante que se dirigió velozmente hacia Aicila. La Khan de la Arpía, por su parte, sonrió confiadamente con los brazos colgados a sus costados y desapareció tras la poderosa explosión que se produjo en el instante que el ataque del Santo de Tauro la alcanzó.

       Sombrío, Talión, Kadena, Shield, Ogitál y los soldados imperiales presenciaron lo ocurrido en absoluta calma. Ni uno solo de ellos se mostró consternado. Era como sí supieran de antemano que ese ataque no podría lastimar a su compañera.

       El Santo de Tauro esbozó una sonrisa de confianza y se giró de inmediato hacia el resto de los invasores, decidido a enfrentarlos y en su momento a derrotarlo. No podía percibir la presencia de Aicila, pero estaba convencido que de haber recibido su ataque directamente y no podría haber sobrevivir.

       —Ahora me haré cargo de ustedes —sentenció con el rostro iluminado de confianza—. Se arrepentirán de haber atacado el Santuario de la diosa Atena.

       Talión le sonrió malévolamente en un gesto macabro.

       —Para mí sería un placer hacerte polvo, pero primero debes derrotar a Aicila.

       El Santo de Tauro frunció el entrecejo, extrañado con las palabras de Talión. De pronto la voz de la Khan de la Arpía resonó en el aire, provocándole un infarto imaginario.

       —Como lo supuse, tu poder es más bajo que el de Mu.

       Aldebarán se volvió hacia el sitio de la explosión completamente aterrado. Lo que vio lo dejó paralizado; la Khan estaba de pie en el mismo lugar donde la había visto desaparecer, mirándolo fijamente con una enorme sonrisa en el rostro.

       El santo la escudriñó con la mirada detenidamente. No tenía ni un solo rasguño, ni siquiera el visor del escáner visual presentaba una leve rasgadura. Sencillamente aquello era imposible.

       —No, no —balbuceó lentamente, dando un paso atrás—. No puedo creerlo, pero sí te ataque directamente.

       La imperial cerró los ojos, se cruzó de brazos y bajó la cabeza.

       —Sí, yo misma dejé que tu ataque me golpeara. —Abrió los ojos, levantó la vista y le señaló—. Me doy cuenta que tu aura se encuentra en niveles muy altos, Aldebarán, pero para tu desgracia mis poderes son más elevados todavía.

       Enardecido, Aldebarán cerró los puños y la maldijo en silencio. En tan solo unos instantes,  elevó todo su cosmos nuevamente, pero con mucho mayor fuerza que antes. Estaba decidido a usar todo su poder para derrotar a esa maldita engreída.

       —No entiendo ni una sola maldita palabra de lo que estás diciendo. Esta vez te atacaré con más fuerza y no podrás resistirlo.

       Aicila separó ambos pies mientras su capa negra se alzaba hacia atrás a consecuencia de la increíble fuerza que su enemigo estaba desplegando. Algunos fragmentos se desprendieron del suelo levitando en torno a Aldeberán

       —Yo, que he sido bendecida con el maravilloso don del aureus no tengo nada que temer de ti, Aldebarán de Tauro —declaró Aicila, mostrándose sumamente tranquila y colocando los brazos a sus costados nuevamente—. Tus habilidades no están a mi altura, mejor ríndete.

       Pero el Santo de Oro no estaba dispuesto a dejarse amedrentar con aquellas palabras. Dio un salto en el aire y se arrojó sobre la Khan. Alzó los brazos con las manos abiertas y atacó con todas su poder acumulado.

       —¡Great Horn! (Gran Cuerno)

       Nuevamente, aquella ráfaga de energía relampagueante se abalanzó sobre Aicila, que como la vez anterior permaneció inmóvil sin ofrecer ninguna defensa. El Great Horn de Aldebarán la impactó justo en el pecho, produciendo una atronadora explosión que iluminó por completo el interior de la Casa de Tauro.

       Cuando todo volvió a la normalidad, Aldebarán retrocedió unos pasos hacia atrás visiblemente sorprendido. Su ataque no había tenido ningún efecto sobre la guerrera Khan. “Imposible”, pensó.“Imposible”.

       —Es inútil —masculló Talión, atrayendo la atención del Santo de Tauro—. Como te dijo, debes elevar más tu poder para poder vencerla. Tu aura es mucho menor que la de Mu de Aries, él si es un verdadero guerrero.

       Aldebarán tragó saliva. ¿Qué clase de enemigos eran aquellos?

       —Ahora ha llegado mi turno de atacar —sentenció Aicila, avanzando hacia el Santo de Oro en forma amenazadora—. Hubiera preferido enfrentar a Mu de Aries, pero ni hablar —levantó ambos brazos mostrando las palmas a su enemigo y liberó una poderosa corriente de aire que lo empujó lentamente hacia atrás con los pies en el suelo—. ¡Death Hurricane!

       Sombrío sonrió malévolamente mientras observaba como el Santo dorado luchaba por no ser arrastrado. Aicila ganaría, de eso no había ninguna duda.

       —Los poderes de esa bruja son increíbles, ahora veo que supo muy bien como dominar el Aureus —musitó para sí.

       En tanto, Adebarán apretó los dientes y desplegó su cosmos. No podía perder.

       —No, no pasarán —murmuró con dificultad. El esfuerzo que estaba haciendo por oponerse era increíble, sin embargo aquellos vientos lo golpeaban con una fuerza que jamás había sentido antes. Ni siquiera el dios Guerrero Syd de Mizar lo había hecho sentirse así.

       Aicila se estaba divirtiendo con los esfuerzos de su oponente, así que extendió los brazos a los lados y luego los llevó hacia delante nuevamente intensificando su ataque.

       —Date por vencido —Cerró y abrió los puños liberando una andada de plumas negras que se dirigieron hacia Aldebarán—. Sólo postergas lo inevitable.

       Las plumas negras se dirigieron hacia el Santo de Tauro como cuchillas, rasgando su armadura y destrozándole la capa. Una nueva andada de plumas cayó sobre él, pero está vez se clavaron en todo su cuerpo.

       Aldebarán dio un agudo grito de dolor y perdió el equilibrio. El viento huracanado lo arrojó de espaldas contra la pared y en un instante, su enorme cuerpo se incrustó en los muros de roca como sí fuera un proyectil.

       La guerrera imperial bajó los brazos, haciendo desaparecer el viento y luego sonrió con evidente satisfacción.

       —Ya lo derroté —exclamó triunfante—. Eso le pasa por enfrentarme con ese nivel de poder tan bajo.

       Aldebarán no reaccionó. Con la cabeza agachada y las plumas negras clavadas en su cuerpo daba la apariencia de estar muerto. Sin embargo simplemente era eso, sólo una apariencia.

       —No estés tan segura de eso —murmuró, alzando el rostro con una mirada cargada de renovada determinación—. Necesitas más que eso… —Un poderoso Chi rodeó su cuerpo por completo y Aldebarán levantó los brazos para liberarse del muro—. … para derrotarme.

       La ira ensombreció el rostro de la Khan. Ahora se daba cuenta que Aldebarán no era tan débil como suponía.

       —Eres muy resistente por lo que veo —murmuró en tono lúgubre—. Veo que debo atacarte en serio y no estar jugando contigo.

       El Santo de Tauro alzó ambos brazos hacia arriba y empezó a acumular todas sus energías. Iba a ejecutar nuevamente el Great Horn, pero con más poder que antes.

       —Voy a elevar mi cosmos hasta el séptimo sentido y te venceré.

       La Khan se mostró indiferente con aquella declaración. Levantó una mano con la palma vuelta hacia delante y liberó una nueva andada de plumas negras que se clavaron como rayos en el pecho de Aldebarán.

       El santo ni siquiera tuvo tiempo para verlas venir. El aura dorada que cubría su cuerpo desapareció inmediatamente.

       —No… no puede ser… —balbuceó, bajando la mirada para examinar su propio cuerpo—. ¿Cuándo… me atacó?

       Se le nubló la vista, estiró una mano como queriendo tocar a su enemiga y finalmente se desplomó pesadamente como un montón de rocas. Su casco se le cayó de la cabeza y rodó hasta los pies de la guerrera imperial.

       Kadena estaba verdaderamente impresionado por lo sucedido. En tan sólo una fracción de segundo, Aicila había terminado el combate de manera decisiva.

       —Vamos, debemos seguir adelante —declaró la Khan de la Arpía, alisándose los cabellos—. Debemos ir por la gema estelar —Bajó la mirada y destrozó el casco de Aldebarán usando el pie derecho—. Nada ni nadie nos detendrá.

       Los soldados imperiales asintieron  y se dirigieron de inmediato hacia la salida del templo. Sombrío, por su parte, paso junto el cuerpo de Aldebarán mirándolo detenidamente. El Khan del Lobo estaba impresionado por la manera en que Aicila había derrotado a aquel guerrero, aunque a juzgar por los datos de su escáner visual, cualquiera de ellos que hubiera luchado habría resultado victorioso de haber peleado con Aldebarán..  

       —Yo lo hubiera derrotado más rápido —presumió, y luego siguió con su camino. Entonces, de pronto, las manos del Santo de Tauro se aferraron a su tobillo—. ¿Qué sucede?

       —No… no —murmuró Aldebarán, tratando de detenerlo—. No se los permitiré… .

       El Khan del Lobo bajó la mirada y sonrió malévolamente. Le deleitaba ver el terrible sufrimiento de aquel santo que intentaba a toda costa proteger el santuario. De repente, abrió la mano que colgaba sobre el rostro de Aldebarán para hacer aparecer una pequeña esfera de energía. 

       —Pero que ridículo heroísmo —murmuró antes de soltar una ráfaga que cayó sobre la cara de Aldebarán, provocando una poderosa explosión que cimbró toda la Casa de Tauro.

Tokio, Japón
Distrito Juuban (Museo de Historia)

       Sailor Moon dejó en el suelo la gema triangular que sostenía y se arrodilló junto al cuerpo de Sailor Mars para tomarla entre sus brazos, presa de la angustia.

       —¡Rei! ¡Rei, respóndeme, por favor! —sollozó—. ¡Rei!

       Apoyándose en uno de los hombros de Sailor Mercury, Asiont avanzó lentamente hasta donde se encontraban los demás, abriéndose paso entre los escombros dejados por la batalla. Todavía se sentía mareado como para caminar por sí solo. Realmente la batalla con Eneri lo había dejado muy agotado.

       —Te lo agradezco, Ami —murmuró en voz baja—. Creo que tendré que ir contigo al hospital de nuevo.

       Sailor Mercury lo observó de perfil y sonrió, pero Asiont continuó hablando sin apartar la mirada del camino.

       —¿Así qué en tus tiempos libres te dedicas a combatir a los malos, eh? —le preguntó el Celestial.

       La Sailor se sonrojó levemente.

       —Asiont, no hables, estás muy débil.

       El Celestial giró el rostro hacia la chica y le sonrió. Su ritmo cardiaco se aceleró.

       —Sí, quizás tenga otro tobillo lastimado.

       Esta vez fue la Inner Senshi la que desvió su mirada al frente. Era como sí rehuyera mirarlo a los ojos por alguna razón.

       Asiont suspiró, deleitado con la sonrisa de aquella chica y giró el rostro hacia delante nuevamente. De pronto vio algo que lo hizo a detenerse de improvisto, algo que borró aquella sensación de alegría.

       —¿Qué es lo que sucede ahora? —le preguntó Mercury, mientras su nuevo amigo se alejaba de ella lentamente—. ¿Asiont?

       El Celestial aparentó no escuchar su voz y se plantó a unos metros del príncipe meganiano, quien aun continuaba inconsciente. Levantó una mano mostrando la palma abierta. Se sentía débil, pero aun le quedaban las fuerzas suficientes para aniquilar a aquel infeliz. Sí le disparaba en aquellas condiciones tan deplorables, era casi seguro que lo mataría.

       Una esfera de luz resplandeciente apareció en su mano, iluminándole levemente el rostro. Sólo podía sentir odio, odio contra los enemigos que le habían arrebatado el amor de su vida. Estaba tan absorto en sus pensamientos que no advirtió como Mercury se acercaba apresuradamente a él.

       —Espera, ¿qué vas a hacer? —murmuró ella preocupada—. Él nos ayudó a combatir y… .

       El Celestial ni siquiera la miró. La expresión de su rostro había cambiado por completo y sus ojos rebosaban de odio.

       —Voy a matarlo —dijo sin darle vueltas al asunto—. Este infeliz contribuyó a la masacre de cientos de inocentes. Mujeres, ancianos, niños, miles de vidas cortadas sin piedad. Alguien debió hacer esto hace mucho tiempo.

       La Sailor Senshi le sujetó el brazo angustiada con lo que iba a suceder.

       —No lo hagas, por favor.

       El Caballero Celestial volvió el rostro hacia Sailor Mercury y la miró directo a los ojos, había algo en la mirada de Ami que le decía claramente que lo que estaba a punto de hacer estaba mal.

       —Yo… .

       En ese momento, Sailor Venus se interpuso en su camino. Tenía la cara sucia y se sujetaba un brazo.

       —Espera, te ruego que no lo mates.

       El Celestial se olvidó momentáneamente de Sailor Mercury y dirigió su mirada al rostro de Sailor Venus.

       —No sabes lo que dices, niña, ese tipo es un asesino —replicó sin cambiar en nada su expresión—. Por culpa de él, miles de vidas se han perdido en estúpidas guerras.

       Venus alzó ambas cejas y sus ojos temblaron con aquellas palabras. No sabía nada sobre Asiont, ni sí lo que éste le decía era verdad, pero aun suponiendo que todo fuera cierto y que aquel joven fuera lo peor del mundo, nadie merecía morir de una manera tan fría.

       —Sí lo matas serás igual a él —acertó a decir al cabo de un momento—. ¿Acaso eso es lo que eres? ¿Un asesino?

       Asiont bajó la mirada herido por la crítica; las palabras de la Inner Senshi cayeron sobre su corazón como una daga fría. Quizás lo que más le irritaba era que en el fondo tenía razón. Los Caballeros Celestiales eran famosos por sus principios de justicia y un hecho conocido por todos era que jamás actuaban movidos por la venganza.

       A sus ojos, Jesús Ferrer era culpable y merecía morir ahí mismo, pero también era verdad que él había intentado ayudarlos arriesgando su propia vida. Hizo una rápida inspiración en el aire y la esfera de luz en su mano desapareció.

       Bajó el brazo, se acercó al cuerpo de Ferrer y le propinó una patada en el abdomen dejándolo boca arriba.

       —Dale las gracias a la rubia, infeliz —le espetó con odio creciente y luego se dio la vuelta hacia donde estaba Andrea para ver como estaba.

       Sailor Mercury y Sailor Venus se miraron entre sí con una expresión mezcla de alivio y el desconcierto. Aún quedaban muchas dudas por aclarar referente a la identidad de aquellos guerreros y sobre su presencia en Tokio.

       Asiont se acercó hasta donde estaba la reina de Lerasi y se dejó caer de rodillas. Puso una mano sobre la mejilla de la mujer y la llamó por su nombre varias veces intentando que recuperara el conocimiento.

       Al cabo de unos segundos, Andrea abrió los ojos lentamente y cuando lo hizo no pudo disimular la inmensa alegría que le daba ver el rostro de su amigo.

       —Creo que las aventuras terminaron para mí —musitó débilmente—. A partir de ahora me quedare en la nave dando ordenes —Se incorporó lentamente y miró en todas direcciones—. ¿Qué paso con las guerreras Khan? ¿Las derrotaste?

       —No —el Celestial volvió el rostro hacia el cuerpo del príncipe meganiano—. Quizás te parezca absurdo, pero Jesús Ferrer nos ayudó en el último momento. Creo que le debemos la vida.

       Andrea abrió los ojos de par en par sin creer lo que oía.

       —¿Él nos ayudó? —repitió incrédula—. Eso es imposible, no puede ser.

       Asiont se levantó y le extendió una mano para ayudarla a ponerse de pie.

       —Pues lo es, ignoro las razones que tuvo para rebelarse contra sus aliados. Formó una puerta dimensional con sus poderes y arrojó a las Khans por ella.

       —¿Y tú como estás? —le preguntó la reina apenas se levantó—. Veo que finalmente pudiste convertirte en un auténtico Caballero Celestial, ¿Cómo llegaste hasta este universo? ¿trajiste una nave o qué?

       —Es algo difícil de explicar, Andrea —hizo una pausa y observó a su alrededor. Todo el lugar estaba hecho pedazos a consecuencia de la batalla—. Luego hablaremos de mí, estas chicas nos ayudaron y algunas están heridas.

       La reina asintió con la cabeza y luego se dirigió apresuradamente hacia donde estaban Sailor Healer y Sailor Meaker para auxiliarlas. Andrea no era doctora, pero conocía algo de primeros auxilios, algo que sin duda sentía era necesario durante los tiempos de guerra.

       —Aún están vivas —anunció luego de tomarles el pulso—. Hay que ayudarlas.

       Sailor Mercury se acercó a Sailor Jupiter para examinarla, toda su piel había adquirido un color pálido y no daba señales de recuperar la conciencia.

       —Makoto, ¿estás bien? Respóndeme, por favor.

       La silueta de una sombra oscureció el rostro de Sailor Jupiter. Mercury se volvió por encima del hombro para descubrir al dueño de aquella silueta.

       —Asiont… —musitó.

       El Celestial depositó una rodilla en suelo y se colocó junto a Mercury. En silencio, alargó el brazo y sujetó la rosa negra que Sailor Jupiter llevaba clavada en el pecho. Cerró los ojos hundiéndose en sí mismo. Tras un instante, un leve resplandor cubrió completamente la rosa negra e instantes después ésta se iluminó de blanco y se quebró en mil pedazos como sí estuviera hecha de cristal.

       —Esa rosa estaba llena de veneno —murmuró mientras retiraba la mano—. Ahora que se la he quitado detuve el envenenamiento, pero aún debemos buscar la manera de desintoxicarla.

       Mercury asintió levemente con la cabeza y llevó una de sus manos a la frente de su amiga para tomar su temperatura. Estaba fría.

       —Makoto —murmuró preocupada.

       Asiont enarcó una ceja y se levantó. Makoto debía ser el verdadero nombre de aquella chica que durante la lucha había conocido como Sailor Jupiter. Aún tenía muchas otras interrogantes sobre las Sailor Senshi, pero prefirió guardárselas para después. De pronto la vista se le nubló nuevamente. Debía descansar y recuperar sus fuerzas, sin embargo sentía que no podía hacerlo todavía, antes debía buscar la manera de ayudar a aquellas chicas que habían peleado tan valientemente.

       Entretanto, Sailor Venus se acercó a donde estaba Ferrer y cayó de rodillas al suelo. Esperaba que hubiera habido algún error y que aquel joven que estaba en el piso frente a ella no fuera el mismo con el que había charlando antes de llegar al museo. Sin embargo, cuando miró más de cerca, se dio cuenta de que sí era él por lo que no pudo evitar derramar algunas lágrimas.

       En el puente de mando del Devastador Estelar Tammuz, Galford permanecía cabizbajo y en absoluto silencio mientras los oficiales imperiales continuaban con sus labores.

       Gracias a un lazo telepático entablado con Jesús Ferrer, el guerrero meganiano estaba al tanto de todo lo ocurrido durante la batalla en el Museo de Historia de Tokio. Había visto en su mente la muerte de Sepultura, la repentina traición de su príncipe para con las guerreras de N´astarith y estaba consciente de las terribles consecuencias que ese hecho traería consigo. Jesús Ferrer estaba herido, pero afortunadamente también estaban esas chicas llamadas Sailors Senshi y aún cuando los de la Alianza no lo ayudaran, ellas sí lo harían.

       El emperador de Abbadón era famoso por la manera de castigar a quienes lo traicionaban. No habría piedad ni consideración para Megazoar una vez que el asunto llegara a sus oídos.

       Galford suspiró pensativo, ya no había marcha atrás. Interiormente dio gracias al Creador porque al menos podría nuevamente luchar a favor de la justicia, aunque también estaba consciente de que al enfrentarse a sus antiguos aliados quizás sería la última vez que empuñaría la espada.

       —Señor, nuestros radares de poder indican que la presencia de Eneri, Liana, Suzú y Sepultura han desaparecido, pero además los soldados que mandamos a buscarlos no han regresado —le informó el capitán de la nave, sacándolo de sus pensamientos—. Debemos enviar un segundo pelotón a averiguar lo sucedido.

       El meganiano observó al militar abbadonita con el rabillo de ojo. Debía actuar con rapidez antes de que se descubriera todo lo que había pasado. Se volvió hacia él y dejó caer sus brazos a los constados tratando de mostrarse tranquilo.

       —No, saca la nave del planeta, volveremos inmediatamente.

       Un halo de extrañeza se apoderó del capitán del Tammuz. Eso iba en contra del procedimiento.

       —Pero, señor, el procedimiento dice que… .

       Galford se acercó le acercó al capitán hasta casi rozarse con él.

       —¡He dado una orden! ¡Haz lo que te digo!

       El capitán lo miró, pero no se dejó amedrentar.

       —Sólo recibo ordenes de un superior del imperio de Abbadón. Mis lineamientos son averiguar lo sucedido antes de regresar.

       La mirada de Galford cambió por completo, apoyó una mano sobre la empuñadura de su arma mostrándose amenazador. Sabía que sí los soldados bajaban de la nave quizás no se enterarían de lo ocurrido con las Khans, pero sí matarían a las misteriosas Sailors Senshi a las que Jesús había defendido con su vida.

       —Sí no haces lo que te ordeno, te relevaré del mando.

       De repente, el imperial intuyó que algo raro sucedía y, por una extraña razón, sintió como sí el meganiano quisiera ocultarle algo. Miró por encima del hombro de Galford y encontró a un par de guardias. Les hizo una seña con los ojos indicándoles que algo andaba mal. Los soldados entendieron todo y se llevaron las manos a las armas para desenfundarlas.

       —¡Capitán! —gritó Galford, tratando de que el oficial lo obedeciera—. ¡Saque la nave del planeta ahora!

       El imperial titubeó mostrándose muy confundido.

       —Yo… —volvió a mirar por encima del hombro de Galford para cerciorarse de que los soldados estaban listos para entrar en acción—. Lo lamento, pero está arrestado, no ponga resistencia.

       Al instante, los guardias se acercaron al meganiano y lo encañonaron por atrás antes de que éste tuviera tiempo para replicar.

       —No se mueva —advirtió uno de ellos—. Entrega tu espada.

       Galford soltó una leve carcajada, ya no había razón para fingir. Con la velocidad del rayo, desenfundó su espada y liquidó a los soldados antes de que estos pudieran dispararle.

       El capitán de la nave, nada tonto, aprovechó el instante para correr hacia la salida. Sin embargo, antes de que pudiera abandonar el puente de mando, un arco de energía liberado por la espada de Galford lo golpeó en la espalda y lo mató en el acto.

       Otros guardias desenfundaron sus armas y el puente de mando se convirtió en un campo de batalla. Al ver lo ocurrido, los distintos oficiales y técnicos se arrojaron al suelo o corrieron hacia las salidas tratando de ponerse a salvo.

       Los imperiales abrieron fuego contra el meganiano ferozmente, pero éste interceptó algunos de los disparos con su espada y los desvió contra sus atacantes más cercanos.

       Girando velozmente por el puente de mando, Galford consiguió dar muerte a cuanto guardia u oficial se le atravesó en el camino tratando de detenerlo. Más guardias aparecieron por una de las puertas de acceso y dispararon sus armas. Sin embargo, el guerrero de la Justicia extendió una mano con la palma vuelta hacia delante y formó un escudo de energía bloqueando los disparos.

       —¡Váyanse se aquí o los mataré a todos! —amenazó Galford, blandiendo su espada para detener los disparos y liquidando a un par de shadow troopers—. ¡Que se vayan les digo!

       Pero los soldados hicieron caso omiso de sus advertencias por lo que alzó una de sus manos y empezó a lanzar ráfaga de energía en diferentes direcciones hasta que no quedó ni un solo shadow tropper con vida en el puente.

       Cuando por fin volvió el silencio, bajó su espada y buscó con la mirada al segundo oficial de abordo y demás tripulantes, pero no los encontró. Seguramente habían conseguido escapar durante el tiroteo.

       Se acercó a las puertas y accionó los cerrojos cerrándolas herméticamente. Los abbadonitas no tardarían en volver al ataque con la intención de retomar el puente de mando y eso lo sabía perfectamente. No en balde la nave llevaba en su interior cerca de treinta y cinco mil soldados. Afortunadamente les tomaría algo de tiempo entrar sí las puertas estaban cerradas.

       Suspiró agobiado. Todavía no podía creer lo que estaba pasando. Se dirigió hacia las consolas y colocó sus dedos sobre los controles. A pesar de que el Tammuz era una nave gigantesca bien podía ser guiada por una sola persona siempre y cuando quien la dirigiera atendiera en su momento los demás ordenadores del puente. Presionó otras teclas aislando el puente de mando de las demás computadoras a fin de que sólo él tuviera el control de la nave.

       Rápidamente introdujo en el ordenador principal las instrucciones necesarias para abandonar el planeta y volar rumbo el espacio. Echó una última mirada al cielo de aquel mundo y tiró de una palanca.

       El gigantesco Devastador Estelar comenzó a ascender hacia el espacio, una vez ahí debía esperar a que la puerta de regreso le fuera abierta —que de acuerdo con la computadora sería en diez minutos— y llevar la nave de vuelta a Armagedón.

       Una nueva interrogante se apoderó de él: ¿Qué haría al regresar? ¿Debía mentir y decir que todo había sido un fracaso? No, N´astarith jamás le creería que todos sus guerreros habían fallado sin pruebas. Además estaban los soldados a bordo de la nave. Sólo había una cosa por hacer y era alertar el emperador Francisco para luego tratar de huir.

       Sacudió la cabeza. Volver a Armagedón era una acción suicida, pero ¿qué otra cosa podría hacer? ¿Acudir con la Alianza Estelar? Tal vez, pero no parecía factible.

       Llevó la mirada a la pantalla visora para observar. Por fin la enorme puerta de luz apareció frente al Devastador Tammuz.

Armagedón.

       A pesar de que en apariencia Francisco Ferrer se veía como de unos cuarenta y cinco años terrestres, la verdad es que poseía una edad de casi cuatro mil. Su labor como emperador al frente del imperio meganiano había sido excelente, salvo por la desastrosa guerra civil que había diezmado su mundo años atrás.

       Desde entonces, Megazoar no había vuelto a ser lo mismo ya que, aunque había derrotado a los insurrectos, una parte de la población todavía lo culpaba de todos los males y secretamente planeaban derrocarlo.

       Obsesionado por encontrar a sus hijos perdidos durante la guerra, Francisco había descuidado un poco el gobierno y esto había generado un vacío de poder que le permitió a los abbadonitas infiltrar agentes secretos que siempre mantuvieron a N´astarith y a su imperio informados de todas las maniobras políticas de Francisco. Uno de esos agentes era Isótopo.

       Sin embargo, el emperador Ferrer aún guardaba la esperanza de poder recuperar el esplendor que su mundo había tenido en el pasado y por ello había decidido sumarse a la causa de N´astarith.

       Su idea era que mientras fuera aliado de Abbadón, N´astarith jamás obraría en su contra y eso le daría el tiempo necesario para reconstruir su poder. Algún día podría enmendar todos los males que su hijo y sus aliados habían ocasionado en la galaxia y hacer resurgir a Megazoar como una gloriosa ave fénix.

       Consideraba que era necesario hacer sacrificios y que, para salvar a millones, algunos miles debían morir. Según él, Megazoar era la única y verdadera esperanza de la galaxia.

       Aún así, no podía dejar de sentir terribles remordimientos de conciencia durante las noches que le arrebataban el sueño. El saber que estaba ayudando a devastar mundos y civilizaciones le provocaba horribles pesadillas y sentimientos de tristeza y amargura. Muy en el fondo sabía que había hecho un pacto con el diablo.

       De pronto, las puertas de acceso a su habitación se abrieron sacándolo de sus pensamientos. Armando y David entraron a la habitación.

       —La nave de Jesús ha vuelto —anunció Armando con el entusiasmo que lo caracterizaba—. El Tammuz acaba de volver y se aproxima rápidamente.

       Francisco no pudo evitar sonreír con la noticia; al fin su preciado primogénito volvería a estar entre ellos. Se acercó a sus hijos y los sujetó por el hombro a cada uno.

       David estaba sonriendo cuando sintió como sí un fino rayo le atravesara la cabeza. Se trataba de un enlace telepático que no tardó en ser percibido también por su padre y hermano.

       —Emperador Francisco, príncipes ¿pueden oírme? —preguntó la voz de Galford en sus cabezas—. He vuelto.

       Francisco cerró sus ojos y se concentró.

       —Galford, me asustaste —murmuró sonriente—. ¿Está mi hijo contigo?

       —No, algo terrible ha ocurrido —la “voz” de Galford se oía preocupada—. El príncipe Jesús traicionó a las guerreras de N´astarith y la misión en busca de la gema sagrada ha fracasado.

       David abrió los ojos de par en par y rompió el enlace impactado con la noticia.

       —¿Cómo que Jesús traicionó a las guerreras de N´astarith? —preguntó Armando, apretando los puños y negándose a creer en las palabras del guerrero—. No es cierto.

       —Desgraciadamente así es, señor, he tomado el puente de mando de la nave y he ignorado los llamados del centro de control de Armagedón. Tienen que huir inmediatamente.

       Francisco bajó la cabeza, todas sus esperanzas se habían derrumbado en un instante.

       —¿Y mi hijo? ¿Qué fue de él?

       —El príncipe esta herido —respondió la voz de Galford—. Sin embargo, cuando traicionó a las guerreras de Abbadón conoció a unas jóvenes que quizás puedan ayudarlo. Debemos tener fe en Jesús, emperador.

       —¡Diablos! —David había vuelto a entablar el lazo telepático y no pudo evitar reírse de propia mala suerte—. ¿Quién iba a decir que nuestro hermano nos metería en este problema? ¿Por qué rayos volviste? Te hubieras quedado en aquel universo para ganar más tiempo.

       —No había forma, señor. En cuento la tripulación se hubiera enterado de lo sucedido habrían informado al imperio y N´astarith no hubiera tardado en tomar represalias. Emperador Francisco, aunque quizás le parezca un atrevimiento, yo pienso que el príncipe Jesús hizo lo correcto. No debimos aliarnos al mal de esta manera y ayudar a provocar el sufrimiento en la galaxia.

       —Luego discutiremos eso —replicó Francisco—. Ahora debemos huir, ¿qué has pensado, Galford?

       En el puente de mando del Tammuz, Galford sonrió sombríamente y bajó la mirada.

       —Provocaré una distracción para que ustedes escapen, pero no pierdan tiempo, huyan ahora.

       El enlace mental se rompió y Francisco abrió los ojos, tratando de mostrarse tranquilo

       —N´astarith jamás nos perdonará por esta traición —dijo con las distintas miradas de sus hijos puestas en él—. Ustedes deben irse ahora mismo o los matarán.

       —¿Qué cosa? —preguntó Armando.

       —Padre, no te dejaremos solo —declaró David enérgicamente—. Sí es necesario nos abriremos camino luchando fuera de Armagedón.

       —¿Luchando con todos los guerreros de N´astarith al mismo tiempo, hijo? —le preguntó Francisco con un halo de tristeza—. Sí Jesús no pudo con ellos, menos ustedes. Yo me quedaré —su voz se entrecortó y bajó la cabeza—. Yo hice el pacto con N´astarith y debo afrontar las consecuencias.

       Armando lo sacudió de los hombros y negó violentamente con la cabeza.

       —¡Jamás! ¿Lo has oído? ¡Jamás!

       Francisco alzó la mirada; sus ojos estaban cargados de una fe ciega en sus hijos. Sujetó la cabeza de Armando entre sus manos.

       —Yo todavía soy el emperador de Megazoar y me obedecerás —declaró con firmeza—. Ve a nuestro mundo y evacua a cuantas personas sea posible —hizo una pausa y abrazó a su muchacho lo más fuerte que pudo—. Quizás cometimos un error al aliarnos con N´astarith y por mi orgullo no quise verlo hasta ahora  —lo soltó y con lágrimas en los ojos repuso—: Váyanse ahora.

       David sonrió amargamente, se acercó a su padre y lo estrechó entre sus brazos dándole el último adiós.

       Las puertas de acceso a la cámara del trono imperial se abrieron de golpe. Mantar entró apresuradamente seguido de cerca por Zocrag, quien lucía sumamente nervioso a diferencia del almirante.

       —¿Qué ocurre, Mantar? —le preguntó N´astarith mostrándose sereno.

       El almirante de Abbadón tragó saliva antes de responder.

       —Mi señor, el Devastador Tammuz acaba de volver de la sexta misión. Sin embargo, hay algo extraño, no podemos comunicarnos con el puente —informó sin emoción alguna en su voz—. Y no sólo es eso, nuestros radares de poder únicamente informan de la presencia de Galford a bordo de la nave. No hay rastros de Sepultura y de los demás guerreros así como del príncipe Ferrer.

       El oscuro señor de Abbadón se levantó de su trono inmediatamente intuyendo lo sucedido.

       —Esto me huele a traición —exclamó—. Rápido, pongan la estación en alerta máxima y accionen el campo de fuerza. Alerten a la armada de esto y que vigilen a loas naves meganianas. Detengan a José Zeiva y a sus generales inmediatamente.

       Mantar y Zocrag asintieron con una leve inclinación.

       N´astarith hizo una violento ademán con el puño y se volvió furioso hacia Belcer y Sarah que aguardaban junto a él.

       —Ya saben lo que tienen que hacer.

       Los Khans se miraron entre sí y sonrieron malévolamente.

       —Sí, mi señor —asintió Belcer.

Santuario de Atena, Grecia
Casa de Aries

       En el interior del templo, Tiamat y Mu se lanzaron el uno contra el otro y empezaron a intercambiar golpes y ráfagas a una velocidad increíble. Era una verdadera batalla de titanes donde cada contrario haría lo imposible por obtener la victoria.

       Aquella era la primera vez que el Santo Dorado de Aries enfrentaba un enemigo tan mortífero como aquél, y tal experiencia lo llenaba de asombro y temor al mismo tiempo.

       Pero a pesar de que Mu hacía todo lo posible para romper la defensa de Tiamat, pronto se dio cuenta de que sus mejores esfuerzos no le eran suficientes para lograrlo. Repentinamente ambos contrincantes se separaron de un salto, retrocediendo a extremos opuestos y dejando un amplio espacio entre ellos.

       —Tu velocidad es bastante buena, te felicito, Mu —sonrió Tiamat, divertido con la batalla que se desarrollaba—. Tenía tiempo que no luchaba así. Tus habilidades están por encima de muchos guerreros a los que he enfrentado en el pasado.

       Mu lo miró con un gesto impasible.

       —No necesito que me lo digas. Sin embargo, aún no sé que haces en este Santuario. Dime la verdad ¿has venido a matar a Atena?

       —¿Atena? —repitió Tiamat, enarcando ambas cejas—. He escuchado ese nombre con anterioridad. Uno de los guardias de este Santuario la mencionó como una diosa.

       —Así es, se trata de la diosa Atena, le encargada de mantener la paz sobre la Tierra.

       —Ya veo, pero a mí no me interesa eso —declaró el Khan con desdén—. Solamente sirvo al emperador N´astarith para que él pueda alcanzar su máximo sueño que es el de convertirse en el amo de toda la Existencia. Cuando esto suceda, mi señor convertirá todos los universos en un paraíso.

       Mu frunció el entrecejo con suspicacia. ¿De qué estaba hablando ese sujeto?

       —No entiendo lo que dices, creo que estás loco.

       Tiamat sonrió levemente. Iba a lanzarse en una nueva acometida contra el Santo de Oro de Aries cuando su sexto sentido le previno sobre una nueva presencia en el templo. Era un Chi tan poderoso que resultaba imposible pasar por alto.

       —¿Qué sucede, Mu? —preguntó una voz.

       El Santo de Oro llevó su mirada hacia la entrada de la Casa de Aries. Un joven de mediana estatura que cargaba una enorme urna sobre sus espaldas acababa de llegar al Santuario. Sus cabellos formaban ondas que daban cierta impresión de intenso dinamismo y su mirada penetrante llevaba aquella energía típica de los jóvenes que apenas comienzan a vivir.

       —Seiya, ¿qué es lo que haces aquí? —inquirió Mu.

       Tiamat, por su parte, desvió la mirada en la misma dirección que su antagonista y escudriñó al misterioso personaje que había penetrado en la Casa de Aries. No parecía un guerrero poderoso. De hecho su estatura era mucho menor que la de Mu y no portaba ningún armadura. Sin embargo… .

“Siento un Chi muy intenso en él”, pensó. “¿Quién demonios es ese mocoso?”

Continuará… .

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