Leyenda 080

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO LXXX

SON GOKUH VUELVE A LA VIDA; EL DESEO DE PORUNGA

         Shinden (Templo de Kami-sama)

         No.18 estaba desconcertada. No tenía ni la más remota idea del por qué había aceptado la propuesta de Kurinrin para acompañarlos en aquella aventura. Después de todo, sí lograban revivir a Gokuh y todos los Guerreros Zeta unían sus fuerzas para luchar, era seguro que no necesitarían de ella. No obstante, había algo en su interior que la hacía sentirse obligada a velar por la seguridad de Kurinrin; quizás era el hecho de que éste le había salvado la vida durante el Cell Game o tal vez, y no quería admitirlo, había empezado a sentir algo de simpatía por aquel calvo. Fuera como fuera, ahora estaba a punto de viajar hacia el planeta Namek.

         Todavía algo insegura, la androide se acercó al enorme agujero luminoso creado por Zaboot y extendió una mano para tocarlo. Se sentía helado. Tras un momento, retiró su mano del portal y comenzó a mirarla minuciosamente por ambos lados. Parecía como sí estuviera comprobando que aún tenía dedos.

         —Descuida, el portal no hace ningún daño —le dijo Zaboot, que parecía adivinar todos sus pensamientos—. Sólo tienes que caminar a través de él y llegarás al planeta Namek sin problema.

         —Vamos, 18, no creo que le tengas miedo a eso —bromeó Kurinrin.

         —Deja de decir tonterías, muchacho feo —murmuró 18 fríamente, mirándolo de reojo—. Sólo quería saber cómo se veía de cerca, eso es todo.

         Antes de que Kurinrin pudiera volver a decir algo, la androide tomó impulso y se arrojó dentro del agujero, desapareciendo con un trallazo de luz. Una vez que estuvieron solos, Zabbot se cruzó de brazos, llevó el rostro hacia el Guerrero Zeta y sonrió de buena gana.

         —Que simpática es tu novia.

         —¿Mi-mi novia? —tartamudeó Kurinrin, ruborizándose levemente—. Eh, bueno, la verdad es que 18 no es mi novia y sinceramente no creo que quiera serlo nunca. 

          —¿Dieciocho? —Zaboot arqueó una ceja, extrañado—. ¿Por qué la llamas así?

         —Es que ese es su nombre, 18.

         —¿De verdad? Que nombre tan raro para una chica, más bien parece un apodo.

         —Bueno, es que ella también es una androide —repuso Kuririn, acariciándose la nuca—. Hasta hace poco era nuestra enemiga, pero ahora parece que está de nuestro lado.

         —Creí que su enemigo era Cell, ¿es que acaso 18 era amiga de ese tipo?

         —¿Qué? Claro que no, pero es que es algo un poco largo de explicar.

         Zaboot exhaló un suspiro.

         —En fin, creo que después tendrás que explicarme todo con más cuidado.

         —Claro, no hay problema… —repuso Kurinrin, y después hizo una pausa al ver que no podía recordar su nombre.

         —Zaboot —dijo él.

         —Disculpa, es que aún no me aprendo todos sus nombres.

         —No hay cuidado, Kurinrin —repuso el Kundalini y enseguida empezó a caminar hacia el portal. Cuando ya estaba a unos centímetros de introducirse por él, se volvió hacia el Guerrero Zeta y con un ademán lo invitó a que lo siguiera—. ¿Nos vamos?

         —Oh, oh, sí, claro, vamos.

         —Buena suerte a todos y cuiden al Kami-sama —gritó Mr. Popo mientras Zabbot y Kurinrin eran engullidos dentro del portal dimensional.

         Astronave Churubusco (Cuarteles del gobierno de Lerasi)

         Andrea Zeiva estaba delante de una ventana que iba del suelo al techo, contemplando algunas de las naves de guerra que integraban la flota aliada. La reina de Lerasi había vuelto a sus aposentos luego de estar discutiendo con el resto de los miembros del Consejo Aliado. El debate sobre el caso de Jesús Ferrer había sido más complicado de lo que había pensado en un principio y ciertamente le preocupaba que los concejales se estuvieran dejando llevar más por venganza que por justicia.

         De repente las puertas de acceso se abrieron y Mariana entró a la habitación. Aún llevaba puesto el vestido ceremonial con que el que había recibido a Saori Kido y a sus santos. Andrea volvió la mirada por encima del hombro y sonrió al ver a su primogénita.

         —Tu padre hubiera estado feliz de verte vestida así.

         —Si, supongo que papá hubiera preferido que fuera una princesa recatada y tímida en lugar de una piloto de combate —Empezó a dar grandes pasos como sí estuviera danzando y después de un momento, se sentó en la cama de su madre y añadió—: Pero, aunque no lo creas, a veces yo misma quisiera que las cosas fueran así. Me gustaría poder pensar en bailes, en vestidos o en otra cosa que no tuviera que ver con la guerra.

         Andrea se acercó a ella y le puso una manos en el hombro.

         —¿Qué te ocurre, Mariana?

         —¿Qué me ocurre, mamá? Sucede que estoy cansada de ver tanto dolor a mí alrededor. Hace tres ciclos solares me dijeron que iban a enviar un nuevo grupo de pilotos que venían de Vretan para que los entrenara —hizo una pausa y continuó—. Acabo de ir a verlos y ¿sabes qué descubrí? Que son sólo adolescentes. ¿Cómo creen que voy a ponerlos a luchar? Ellos deberían estar estudiando o jugando en la playa, no luchando en una guerra espacial.

         —Sí, muchos quieren enrolarse después de lo que los Abbadonitas les han hecho a sus respectivos planetas —explicó Andrea—. El odio es como un círculo y una vez que éste te atrapa, es muy difícil salir de él.

         Mariana bajó la mirada.

         —A veces creo que esto no terminara nunca.

         —No digas eso, mi amor —repuso Andrea, sentándose junto a ella—. Ningún imperio que se yergue sobre el sufrimiento de millones, puede existir para siempre. Abbadón será derrotado algún día, igual que ha ocurrido con otros imperios en otros lugares y en otras épocas.

         —Quisiera poder creer eso —suspiró Mariana—. Pero… .

         —¿Por qué no miras a mi hermano y a Jesús Ferrer? Ambos formaron imperios poderosos y hoy en día ya no queda nada de ellos. Los dos creyeron que podrían desterrar las guerras y los conflictos uniendo a todos los sistemas por la fuerza, pero pronto ese mal se volvió en contra de ellos y destruyó lo que más querían. Jesús Ferrer perdió a su familia y su mundo, y mi hermano se ha convertido en un vasallo más de N´astarith.

         La princesa alzó el rostro y miró a su madre.

         —Hablando de eso, ¿qué sucederá con Jesús Ferrer? ¿Lo van a declarar culpable?

         —No puedo hablar de eso, pero te diré que la decisión ya ha sido tomada. Solamente están esperando a que llegué Saulo para darla a conocer. Sinceramente, debo admitir que me equivoqué en muchas cosas con respecto a Jesús. Quizá no era tan mala persona como alguna vez creímos.

         Mariana apoyó la cabeza en el hombro de su madre.

         —Aún no hay noticias de Casiopea, Seiya y los demás. Espero que todos se encuentren bien y que no hayan tenido dificultades.

         —Yo también, hija —murmuró la reina—. Yo también.

         New York (Estados Unidos de Norteamérica)

         El vistoso edificio se elevaba sobre el río Hudson. El sol de la madrugada iluminaba sus ventanas y llenaba de luz sus lujosos pisos mientras miles de empleados comenzaba a trabajar en sus respectivas labores.

         En la sala más espaciosa de la última planta del edificio, una serie de hombres y mujeres, todos anónimos y famosos por sus misiones en favor del gobierno norteamericano, estaban sentados en una mesa de conferencias. Se trataba de los Hombres de Oscuro.

         Se hallaba entre ellos el agente K, tranquilo y visiblemente indiferente ante el tenso ambiente de la sala. Su asistente, el agente J, se hallaba sentado justo atrás de él. J era más joven y muchísimo menos frío que K.

         Z, el líder de los hombres de oscuro, se dirigió al grupo.

         —El consejo de los Hombres de Oscuro entra en sesión. Damas y caballeros, he recibido instrucciones del vicepresidente Jush para enviar a nuestros mejores agentes en una misión sumamente importante. Para tal labor, se ha decidido asignarles nuestro crucero experimental Trans-Warp denominado como LSD.

         —¿De qué se trata, Z? —preguntó K con absoluta calma.

         —Necesito que se reúnan con el general MacDaguett en la nave comando de la Alianza Estelar. Dentro de un par de días, la armada de Estados Unidos, el Reino Unido y otros países van a efectuar un ataque conjunto contra la flota de la Alianza y necesitamos que alguien se encargué de realizar labores de contrainteligencia.

         —Creí que MacDaguett ya se estaba encargando de eso.

         —Y lo está haciendo —afirmó Z—. Es sólo que el vicepresidente quiere que nuestros mejores hombres se encarguen de ver que todo salga bien. El espía de Abbadón en la Alianza se va encargar de dividir la flota enemiga para que nuestras fuerzas no tengan ningún problema en destruir la nave comando. Queremos que ustedes supervisen que todo salga al píe de la letra.

         —En ese caso, el agente J y yo haremos todo lo que esté de nuestra parte para asegurarnos que la misión sea un éxito. Imagino que durante el ataque querrán que eliminemos a algún dirigente político importante, ¿o no?

         —No te preocupes por eso, K, el espía de Abbadón se va a encargar de acabar con un rey llamado Lazar y otros dirigentes —contestó Z—. Ustedes sólo ocúpense de apoyar a los agentes que el emperador de Abbadón va a enviar para recuperar unas gemas que le robaron.

         K asintió con calma.

         —Confía en nosotros.

         Tras suspenderse la reunión, se marcharon todos menos K y J. Éste se acercó a la mesa y recogió una carpeta oscura donde se encontraban todos los datos necesarios para su misión.

         J se dirigió a K y le preguntó inquieto:

         —Cielos, K, una nave nueva, ¿me pregunto sí está vez podría conducirla?

         K lo miró fijamente a los ojos.

         —Olvídalo, júnior, ahora menos que nunca.

         Planeta Namek.

         Uno a uno, todos fueron saliendo del portal dimensional en un enorme valle. Había algunos árboles en los alrededores además de varios montículos, pero no había señales de gente por ninguna parte. Gohan sonrió. El panorama era muy parecido al del antiguo planeta Namek que había conocido años atrás junto a Vejita, Kurinrin y Piccolo. De no ser porque sabía que el planeta original había sido destruido muchos años atrás, el chico casi podía jurar que estaba pisando el Namek original.

         —Así que este es el planeta de Dende —susurró Trunks—. Veo que el cielo es de color verde.

         —La atmósfera de este mundo es muy similar a la de la Tierra —comentó Astroboy.

         Aquel paisaje hizo que Casiopea recordara brevemente su planeta natal. Aunque no era una copia exacta, los vastos valles llenos de árboles se parecían mucho a los jardines reales donde había crecido. Por un momento, la princesa francusiana se olvidó de todo y regresó mentalmente al sitio donde había sido tan feliz. No pudo hacerlo, sin embargo, dado que las voces de los demás se encargaron de hacerla volver a la realidad.

         —¿Este es tu planeta, Dende? —preguntó Dai mirando el cielo.

         —Sí, este es el planeta Namek —dijo el pequeño Kami-Sama con emoción—. Y miren, allá a lo lejos se encuentra mi aldea —Salió corriendo a toda velocidad dando gritos a los cuatro vientos—. ¡Gran Patriarca! ¡Gran Patriarca! ¡Soy yo, Dende!

         —Vaya, se nota que extrañaba mucho su hogar —murmuró Poppu.

         La aldea a la que se refería Dende estaba formada por una serie de pequeños domos de color blanco que estaban repartidos al lado de una enorme extensión de parcelas. Al ver aquello, Eclipse dedujo que los aldeanos se dedicaban a la agricultura y luego empezó a preguntarse que clase de comida estarían cultivando.

         Extrañados con los gritos que estaban escuchando, varios namek empezaron a salir de sus casas para averiguar qué era lo que estaba pasando. Al darse cuenta de que se trataba de Dende, algunos de los aldeanos comenzaron a darle la bienvenida con expresiones de alegría. Finalmente, un nameksiano de edad avanzada y cuerpo robusto que caminaba apoyándose en un bastón se abrió paso entre sus congéneres para recibir al pequeño Kami-sama.

         —¡Dende! —exclamó el anciano con un rostro rebosante de alegría—. ¿Qué haces aquí? Creí que ibas a convertirte en el nuevo dios de la Tierra.

         —Gran Patriarca —repuso Dende inclinando levemente la cabeza—. Que bueno que está bien, me alegra volver a verlo. 

          Las palabras “nuevo dios de la Tierra” no pasaron inadvertidas para Casiopea, Dai, Ryoga y los demás. Inmediatamente Seiya y sus amigos empezaron a intercambiar miradas y a preguntarse el porqué Dende no les había dicho que en realidad era una deidad.

         —¿Escucharon eso? —inquirió Seiya a los otros Santos—. Dende es un dios.

         —Jamás se me ocurrió eso —reconoció Shun.

         —¿Dende es el dios de la Tierra? —preguntó Poppu sin dirigirse a nadie en concreto.

         —Anda la osa, jamás creí que estuviéramos codeándonos con los dioses —murmuró Eclipse algo emocionado con la idea—. Primero conocemos a Atena y ahora a Dende, esto va a darle un verdadero impulso a mi carrera. Me codeo con los dioses.

         —¿De verdad no sabían que Dende era el dios de la Tierra? —le preguntó Yamcha a Casiopea—. Creí que ya se los había dicho cuando estábamos en el Templo Sagrado.

         —Bueno, guapo, él no nos comentó nada al respecto. Un momento, sí él es un dios, ¿cómo es que no evitó que los Khans nos derrotaran?

         —Eso ocurrió porque los poderes de los Khans son superiores a los de Dende —explicó Kurinrin—. El que sea el Kami-sama de la Tierra, no quiere decir que tiene que ser el más poderoso.

         —¿Qué clase de dios es ese? —refunfuñó Eclipse—. Oigan, no se enfaden, pero hasta yo podría patearle el trasero.

         —Este sitio es bastante tranquilo y reconfortante—comentó Leona mientras veía todo a su alrededor con curiosidad—. Me preguntó que tan grande será este lugar, planeta o como quiera que lo llamen.

         Ajeno a la conversación de sus amigos, Dende empezó a saludar a todos los aldeanos con gusto. No había pasado mucho tiempo desde el día en que había abandonado su hogar para convertirse en el nuevo Kami-Sama de la Tierra, pero aun así, sentía como sí ya hubieran transcurrido varios años.

         —Que bueno es volver a verlos a todos.

         —¿Qué te trae por aquí, Dende?

         Aquella pregunta lo hizo recordar el motivo de su visita.

         —Gran Patriarca, quiero pedirle un gran favor, ¿no podríamos reunir las esferas del dragón? Se trata de un asunto muy delicado y pase lo que pase, necesitamos del poder de las esferas del dragón. Es por eso que todos vinimos desde la Tierra.

         —¿Vinieron desde la Tierra? —inquirió el Gran Patriarca, extrañado. Entonces, de repente, los namek se dieron cuenta de la presencia de Piccolo, Gohan, Kurinrin y los demás visitantes que estaban llegando a la aldea—. Vaya, pero sí trajiste a muchos amigos, Dende.

         —Hola, amigos, ¿cómo han estado? —los saludó Gohan, que venía acompañado por Trunks, Sailor Saturn y Ryoga—. Ha pasado mucho tiempo desde que nos vimos por última vez en la Tierra. Me da mucho gusto verlos otra vez.

         —Hola, Gohan, veo que has crecido mucho desde la última vez que nos vimos —murmuró el Gran Patriarca, devolviendo el saludo—. Vaya, pero sí también vinieron Yamcha, Piccolo y Kurinrin. ¿Y quiénes son los demás? Me parece que no los conozco a todos. 

         Hotaru, por su parte, observó primero al Gran Patriarca y luego a algunos de los demás namek que ya habían empezado a rodearlos. Todos eran bastante parecidos a Piccolo y a Dende, y a juzgar por sus sonrisas y gestos cordiales, la Outer Senshi pudo darse cuenta de que se trataba de gente amistosa. 

          —Gran Patriarca, unos guerreros muy poderosos atacaron el Templo de Kami-sama y durante la batalla estas personas llegaron a ayudarnos —le explicó Dende, refiriéndose a todo lo ocurrido en la Tierra—. Parece que los sujetos que nos atacaron sirven a un emperador cuyo único deseo es apoderarse del universo.

         —Así es y por está razón fue que viajamos hasta aquí para buscar las esferas del dragón —dijo Gohan—. Queremos revivir a mi papá para que nos ayude a luchar.

         El Gran Patriarca sujetó su bastón con ambas por detrás de sí mismo y luego dirigió la vista hacia Trunks, Sailor Saturn y Ryoga para observarlos. Enseguida, la pequeña Outer Sensi dio un paso al frente, bajó levemente la cabeza y dijo:

         —Por favor, señor, ayúdenos a revivir al padre de Gohan.

         El anciano namek guardó silencio. Dio la media vuelta y empezó a caminar hacia un grupo de aldeanos que sonreían maliciosamente como sí fuera una partida de niños que estaban ocultando algo. Entonces, de pronto, algunos de ellos alzaron en lo alto unas enormes esferas que parecían estar hechas de cristal. Eran siete en total; cada una con un número diferente de estrellas rojas en su centro. Había una esfera con una estrella, otra con dos, y así sucesivamente hasta la última que poseía siete.

         El Gran Patriarca miró por encima de su hombro y sonrió pícaramente.

         —No quería decirte nada, Dende, pero Kaiou-sama ya nos había explicado todo el asunto y nos tomamos la molestia de reunir las esferas por ustedes. 

          Aquello parecía demasiado bueno para ser cierto. Lleno de alegría, Dende dejó escapar una enorme sonrisa de satisfacción. Ahora sólo era cuestión de pedir el deseo para que Gokuh regresara a la vida. 

          —Vaya, no tenía idea de que Kaiou-sama hubiera hablado con el Gran Patriarca para ponerlo al tanto de la situación. Eso nos facilitara las cosas —murmuró Piccolo.

         —Parece que la suerte empieza a estar de nuestro lado —señaló Casiopea.

         Mientras los namek colocaban las esferas del dragón en el suelo, Vejita, que se mantenía a distancia de todos, estaba observando sin perder detalle. Cuando vio las esferas empezó a recordar la vez en que había querido reunirlas para poder poseer la vida eterna. Por aquel tiempo, lo único que deseaba era derrotar al tirano de Freezer y luego ocupar su lugar para así gobernar el universo. Sin embargo, con el paso del tiempo fue reemplazando la idea de la vida eterna por la de convertirse en el guerrero más poderoso de todos.

         —Tengo que admitir que no creí que fueran tan grandes —comentó Eclipse con la vista fija en la esfera de una estrella—. ¿Y ahora qué? Las frotamos y pedimos un deseo o simplemente las quebramos.

         —¿Qué? Oh, no, nada de eso —repuso Dende, negando con la cabeza—. Sólo debemos esperar a que aparezca Porunga y luego él se encargará de cumplir nuestros deseos.

         —¿Porunga? —repitió Dai confundido—. ¿Y ése quién es?

         —Es el dragón de las esferas —le informó Gohan—. Él aparecerá cuando el cielo se oscurezca y luego escuchará nuestros deseos.

         Dai se rascó la mejilla sin comprender nada de lo que había oído.

         —Creo que no entiendo lo que dices.

         —Ahora lo verán —dijo el Gran Patriarca.

         En ese preciso instante, las esferas del dragón comenzaron a emitir un intenso resplandor y luego, en cuestión de segundos, el cielo se oscureció como sí fuera de noche. Seiya, Shun y Shiryu alzaron la mirada sin entender qué era lo que estaba sucediendo.

         —De repente anocheció —observó Hyunkel.

         —Lo mismo sucedió en la Tierra cuando apareció ese enorme dragón —recordó No. 18.

         No habían pasado ni cinco segundos cuando una larga estela de luz resplandeciente emergió de las esferas del dragón y empezó a elevarse en el cielo. Finalmente, la luz develó la figura de una extraña criatura de apariencia reptilesca. Tenía un par de antenas que le salían de la frente y que eran idénticas a las que poseían los namek. Una aleta de tamaño mediano le recorría la espalda y continuaba por toda su cola, la cual bajaba hasta las esferas del dragón. Tenía unos largos y musculosos brazos que terminaban en unas enormes garras. Parecía el resultado del cruce genético entre un genio de las mil y una noches y un dragón.

         —Vamos, digan sus deseos —dijo Porunga con voz imperiosa—. No importa cual sea, sólo les cumpliré tres deseos.

         —¿Ese es Porunga? —inquirió Casiopea, aunque ya sabía cual iba a ser la respuesta.

         —Es gigantesco —musitó Seiya con los ojos bien abiertos—. Jamás creí ver algo así.

         A excepción de los namek, que parecían estar acostumbrados a la presencia de aquella criatura, todos alzaron sus miradas hacia Porunga con gran expectación. En ese momento, Sailor Saturn comparó su situación con la escena en la que Aladino se encontraba frente a frente con el imponente genio de la lámpara maravillosa. 

         —Anda la osa —masculló Eclipse lentamente—. Una iguana gigante… .

         —Es más grande que Shen Long —reconoció Yamcha lentamente.

         —Por lo menos tiene tres veces su tamaño.

         —Dende, dile cuales son tus deseos —dijo el Gran Patriarca de repente—. Recuerda que debes usar el idioma nameku para pedirlos. Espero que no lo hayas olvidado.

         El chico frunció una ligera sonrisa y luego bajó la mirada. De repente, empezó a recitar unas extrañas palabras que resultaron ser totalmente incomprensibles para todos los presentes, a excepción de los de raza nameku.

         —Nacarapto Poporunga Pupiripo Parcato Nacarato Poporunga —hizo una pausa y mirando a Porunga, añadió—: Porunga, queremos que revivas a un guerrero de nombre Son Gokuh.

         La enorme criatura asintió con la cabeza, mostrando un pulgar hacia arriba.

         —De acuerdo, es un deseo muy fácil de conceder —contestó, y sus enormes ojos rojos se iluminaron con un destello.

         El Más Allá.

         Por medio de Kaiou-sama, Gokuh había podido ver todo lo que estaba aconteciendo desde el instante en que Gohan, Piccolo y los otros habían puesto un pie en el planeta Namek. En el momento en que los ojos de Porunga dejaron de brillar, la aureola que Gokuh tenía sobre su cabeza desapareció por completo. Finalmente había regresado a la vida una vez más.

         —Ah, mi aureola ha desparecido —dijo Gokuh, alzando la mirada.

         —Debes darte prisa, Gokuh —le aconsejó Kaiou-sama—. Recuerda que sí los Khans son más poderosos que Gohan, entonces quiere decir que tú aún no posees el nivel adecuado para luchar contra ellos. Debes entrenar más duro y volverte más fuerte.

         —Así lo haré, Kaiou-sama —dijo Gokuh, asintiendo con la cabeza—. Ya me voy y gracias por todo.

         El Guerrero Zeta se llevó los dedos índice y cordial a la frente, y luego comenzó a concentrarse para ubicar las auras de sus amigos en el planeta Namek. Cuando finalmente pudo hacerlo, desapareció de la vista de Kaiou-sama utilizando la técnica de teletransportación conocida como Shunkan Idou.

         —Ese muchacho —suspiró Kaiou-sama—. Se marchó antes de que pudiera contarle mi nuevo chiste. En fin, creo que tendré que buscar a alguien más para que lo oiga, que remedio.

         Planeta Namek.

         Casiopea estaba mirando a Porunga en espera de que algo más pasara, cuando, de repente, percibió una presencia sumamente poderosa a sus espaladas. Antes de que pudiera tratar de identificar de quien se trataba, un hombre alto y de cabellera alborotada apareció en la aldea. Su aura, aunque poderosa, reflejaba una personalidad propia de un individuo de corazón puro.

         —¡Papá! —gritó Gohan.

         —Hola a todos —los saludo Gokuh mientras su hijo corría hacia él.

         —¡¡Gokuh!! —exclamó Kurinrin con alegría.

         Al igual que Gohan y Kurinrin, Yamcha también fue a reunirse con Gokuh para darle la bienvenida. Piccolo, por su parte, únicamente frunció una leve sonrisa de satisfacción al igual que Ten-Shin-Han. Vejita, en tanto, sólo dedicó una vaga mirada a su rival y comprobó que, al igual que en otros combates, éste había vuelto a incrementar sus poderes luego de la batalla con Cell.

         —Que bueno tener con nosotros, Gokuh —dijo Kurinrin mientras Gokuh le acariciaba la cabeza a Gohan—. Ahora sí me siento más tranquilo. Sí peleas a nuestro lado, será más fácil derrotar a los Khans.

         —Gracias, Kurinrin, espero poder serles de ayuda.

         —Señor Gokuh, que bueno verlo de nuevo —dijo Dende.

         “¿Ese hombre es Gokuh?”, pensó Casiopea. “Tiene un poder más elevado que el que percibo en Vejita, Piccolo y los demás. Tan sólo se encuentra ligeramente por debajo del de Gohan. No puedo creerlo, estos sujetos a los que llaman saiya-jins son mucho más fuertes que todos los Caballeros Celestiales que he conocido. El poder de Seiya y los Santos Dorados también es muy intenso. Quizás sí nos volvemos más fuertes y peleamos todos juntos, podamos derrotar a los guerreros de N´astarith”.

         —¿Tú eres Casiopea, verdad? —la súbita pregunta de Gokuh hizo que la princesa del planeta Francus olvidara sus reflexiones—. Te agradezco que tú y tus amigos hayan tratado de ayudar a Gohan y a los demás.

         Casiopea se ruborizó levemente.

         —Bueno, guapo, la verdad es que no fuimos de mucha ayuda.

         —Tal vez, pero de todas formas sí no fuera por su intervención, quizás hubieran matado a todos. Ahora lo que me interesa es saber quién es N´astarith.

         —¿De manera que tú eres el famoso Gokuh? —preguntó Seiya de repente—. Vaya, esas esferas del dragón sí que funcionan. Debo admitir que por un momento pensé que sería imposible que alguien pudiera volver a la vida sin la intervención directa de un dios.

         —Ah, tú debes ser Seiya, ¿no? —repuso Gokuh, señalando al Santo de Pegaso—. Tú y tus amigos pelearon muy duro en el templo sagrado de Kami-sama. También te doy las gracias por todo lo que hicieron.

         El santo puso cara de desconcierto.

         —¿Pero cómo es que sabes mi nombre y todo lo que sucedió en tu planeta?

         —Fue gracias a Kaiou-sama, por medio de sus poderes pude ver todo lo que ocurría en la Tierra y gracias a eso sé que Shiryu venció a ese tipo llamado Belcer. Debo admitir que me impresionaron.

         —No tenía idea de que nos estaban observando —murmuró Shiryu.

         De repente Piccolo dio un par de pasos en dirección a Gokuh.

         —Me imagino que si presenciaste todo lo que ocurrió en el templo sagrado, entonces sabes que tan poderosos son los Khans. ¿Crees que puedas ganarles, Gokuh?

         —Bueno, tendré que entrenar nuevamente para aumentar mis poderes —replicó el Guerrero Zeta en tono reflexivo—. Y aún así no podré saberlo hasta que pelee con ellos. Lo que sí puedo decirte, Piccolo, es que tengo pensado superar los poderes del súper saiya-jin de la misma manera que lo hizo Gohan. 

          —¿Súper saiya-jin? —murmuró Casiopea, extrañada. 

          “¿De qué estarán hablando ahora?”, pensó Ryoga. “No entiendo nada”.

         —Bueno, nosotros tenemos que volver a nuestra dimensión para informar sobre lo que sucedió aquí —dijo Zaboot, dirigiéndose a los Guerreros Zeta—. Creo que la pregunta obligada sería: ¿vendrán con nosotros a combatir a N´astarith?

         Algunos de los Guerreros Zeta intercambiaron miradas, pero ninguno se atrevió a hablar. No era que tuvieran miedo a viajar a otra dimensión, pero sí les preocupaba un poco dejar a la Tierra desprotegida. Después de todo, ¿quién podía asegurarles que los Khan no atacarían mientras todos ellos estaban ausentes?

         —Yo iré con ustedes —anunció Gokuh para sorpresa de sus amigos.

         —¿Qué? ¿Qué dijiste, Gokuh? —inquirió Kunrinrin.

         —Papá —murmuró Gohan.

         —Sí peleamos en la Tierra, mucha gente podría salir herida —explicó Gokuh—. Además, no creo que ese sujeto llamado N´astarith tenga intenciones de venir personalmente hasta nuestro universo. Lo mejor será derrotarlo en su propio universo.

         “Gokuh habla de vencer a N´astarith como si fuera algo muy sencillo”, pensó Eclipse. “Me pregunto sí de verdad será tan buen guerrero como todas las personas de aquí aseguran”

          —Entiendo —convino Piccolo—. Me parece que tienes razón en eso. 

          —¿Entonces nos acompañarán? —preguntó Casiopea, emocionada con la idea. 

         —Reconozco que no soy tan fuerte como Gokuh —declaró Ten-Shin-Han en tono pensativo. De repente, volvió el rostro hacia Casiopea y añadió—: Pero no quiero quedarme aquí sin hacer ada. Ese no es mi estilo y por esa razón iré con ustedes.

         Yamcha reaccionó con alegría al escuchar aquello.

         —En ese caso cuenten conmigo también, amigos.

         —Yo provengo de un futuro que se convirtió en un infierno por culpa de unos androides asesinos —dijo Trunks mientras No. 18 lo miraba—. No quisiera que nadie tuviera que pasar por una experiencia como esa. También los acompañaré.

         Kurinrin meditó unos segundos antes de hablar. 

         —Todos son unos inconscientes, pero que más da, yo también iré con ustedes.

         —Unos insectos insignificantes como ustedes no podrán ayudar —La súbita declaración de Vejita hizo que todos volvieran la vista hacia éste—. No hace falta que vengan todos. Con Trunks, Kakaroto, Gohan y yo, es más que suficiente para hacernos cargo de ese tal N´astarith.

         Seiya, que no sabía nada sobre los saiya-jins, se volvió hacia el padre de Trunks para interpelarlo.

         —¿Qué es lo que estás diciendo? Necesitamos la ayuda de todos.

         —Necio, no importa sí pelean de uno en uno o todos a la vez, el resultado siempre será el mismo. Ninguno de ustedes tiene el poder necesario para luchar contra esos sujetos. Solamente nosotros los saiya-jins podremos derrotarlos. Ustedes únicamente nos estorbarían.

         —¿Ah sí? Pues que yo sepa, tú no hiciste nada para derrotar a los Khans.

         Vejita giró su malhumorado rostro hacia el Santo de Pegaso y le lanzó una mirada cargada de hostilidad. Sentía unos enormes deseos de hacer picadillo a ese despreciable insolente, pero la oportuna intervención de Trunks lo hizo contenerse. 

         —Vamos, papá, no hay necesidad de pelear entre nosotros. Lo que debemos hacer es buscar una manera de incrementar nuestros poderes. Esos guerreros resultaron ser mucho más poderosos que Cell, y eso representa un gran problema para nosotros.

         —¿Qué dices, Trunks? —murmuró Vejita molesto—. Si entreno un poco más estoy seguro de que podré rebasar los poderes de Gohan —hizo una pausa y se giró hacia donde estaba Gokuh—. Espero que comprendas que una vez que hayamos derrotado a esos tipos, tú y yo ajustaremos cuentas, Kakaroto.

         —Por supuesto —asintió Gokuh con una sonrisa desafiante—. Es algo que espero.

         —Como se quieren esos dos —susurró Eclipse.

         —Ese tipo se cree muy poderoso —comentó Seiya a Shun y Shiryu.

         Dende era de la opinión de que la actitud de Vejita no contribuía en nada, pero prefirió no hacer comentario alguno para no provocar todavía más al príncipe saiya-jin. Cuando escuchó la imponente voz de Porunga sobre su cabeza, recordó que aún no habían terminado de usar el poder de las esferas del dragón.

         —Les he cumplido su primer deseo, ahora quiero que me digan cuál es su segundo y con gusto se los cumpliré.

         Al instante, Ryoga sonrió de oreja a oreja con alegría. Sí usaba la magia de las esferas del dragón era seguro que lograría deshacerse de la maldición de Jusenko, la cual lo obligaba convertirse en cerdo cada vez que el agua fría llegaba a tocarlo.

         “Ahora sí podré confesarle a Akane mis verdaderos sentimientos”, pensó. “Al fin podrá amarme como a un hombre, pero si dejo de ser P-chan, jamás volveré a estar en los brazos de Akane. ¿Qué tal que no consigo que ella me ame? Perdería para siempre mi única forma de estar a su lado”.

         Armagedón (Salón del trono)

         Las puertas del ascensor se abrieron de nuevo. Está vez, Bal, Sarah, Suzú, Talión, Bal, Odrare, Allus y Aicila fueron quienes aparecieron por el umbral. Eneri, Adnalo, Isótopo y Malabock ya se encontraban en el salón conversando entre sí. Al ver a los recién llegados, Cyntial se cruzó de brazos y frunció una sonrisa.

         —Como que ya era hora de que llegaran —comentó mientras sus compañeros subían por el camino escalonado que conducía al trono—. Se tardaron bastante, hato de inútiles.

         —Ah, veo que eres tú, Cyntial —repuso Talión, deteniéndose y mirando a su compañera con absoluta indiferencia—. Ahora entiendo porque percibí cierta presencia repugnante en la estación. Ah, y por cierto, a mí también me alegra volver a verte.

         Cyntial fingió una sonrisa y dirigió una mirada de desprecio contra el Khan de las Llamas. Para nadie era un secreto que Cyntial se comportara de manera sumamente desdeñosa cuando estaba en presencia de N´astarith. Trataba de dar la imagen de ser una guerrera aguerrida y eficiente, pero en realidad siempre dependía de sus compañeras una vez en batalla.

         —¡Ay! Cyntial, no calientes los ánimos —se quejó Adnalo y movió un poquito las caderas. Bal se la devoró brutalmente con la mirada—. Aquí todos somos amigos.

         —Sí, amigos —murmuró Odrare sonriente.

         Aicila estaba harta de las estupideces de sus compañeros. Lo único que le importaba era averiguar los motivos del emperador para reunirlos a todos en el salón del trono. ¿Acaso iba a organizarlos para ir en busca de las gemas faltantes o se trataba de algo más importante? Quizás iba a anunciarles que deseaba tener un nuevo líder para el grupo de los guerreros Khan. Fuera como fuera, en su mente ya había empezado a maquinar toda una serie de argumentos para demostrar que ella era la mejor calificada para el puesto.

         Finalmente fue Isótopo quien expresó en voz alta sus dudas.

         —¿Qué es lo que ocurre, mi señor? ¿Para qué nos mandó llamar a todos?

         El amo de todo Abbadón observó fijamente al meganiano y luego se recostó en su trono. Las miradas de todos los guerreros estaban clavadas en la imponente figura de N´astarith. Nadie sabía lo que iba a decirles y eso había empezado a intrigar a los más ambiciosos como Allus, Bal y Aicila.

         —Paciencia, aún faltan algunos Khans por llegar y quiero que todos estén presentes. Ahora que estamos a punto de reunir las doce gemas, debemos prepararnos para cumplir con nuestro destino. Muy pronto la Existencia será mía y yo la reconstruiré. Sí, la moldearé para que todo sea como debe ser.

       Continuará… .

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