Leyenda 012

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPITULO XII

CONFIDENCIAS

Tokio, Japón

      Con las miradas puestas en el horizonte, Haruka Tenoh y Michiru Kaioh observaban el sol desvanecerse en el hermoso ocaso que coronaba la inmensidad del océano. Un suave y repentino viento agitó los cabellos de las chicas mientras se relajaban escuchando el continuo oleaje del mar desde la playa.

       —¿De modo que tus pesadillas han continuado por varios días? —inquirió Haruka sin volver la mirada hacia su compañera que aguardaba junto a ella.

       Michiru bajó la cabeza y asintió.

       —Sí, pero aún sigo sin entender qué es lo que estas visiones significan —murmuró con preocupación—. El otro día pude ver algo en mi espejo de Neptuno, era una sombra oscura, pero sólo ocurrió por un momento y no pude distinguirla bien.

       Haruka se recargó en el flamante convertible amarillo estacionado detrás de ellas. Metió las manos en los bolsillos de su pantalón y cerró los ojos.

       —Vaya —exclamó sarcástica—. Tus habilidades ya no son tan buenas como lo eran antes.

       Michiru se volvió hacia su compañera para admirarla de perfil y sonrió de buena gana.

       —¿De manera que ya no te parezco suficiente?

       Una leve sonrisa se insinuó en los labios de Haruka, que se giró levemente hacia Michiru para devolverle la mirada con ternura.

       —Estaba bromeando. Sabes que jamás me has decepcionado y menos cuando estamos solas —hizo una pausa y llevó sus ojos de regreso al horizonte. El sol estaba por desaparecer—. Lo que quisiera saber es quién es el nuevo enemigo que amenaza la Tierra.

       Michiru no se atrevió a hacer alguna conjetura. Bajó la mirada mientras el sonido del mar llenaba el silencio que las palabras de Haruka habían dejado tras de sí.

Tokio, Japón
Distrito Nerima (Residencia Tendo)

       —Mira, lindura, ¿por que no mejor aceptas venir conmigo? Te aseguro que soy muy difícil de olvidar —dijo Sombrío, intentando mostrarse seductor, aunque en realidad parecía un payaso—. Todas las mujeres que han pasado por mis manos jamás me han olvidado.

       La pelirroja realizó un violento ademán con la mano para enfatizar su rechazó.

       —Ya te dije que soy un hombre, ¿es qué eres tan tonto que no puedes entenderlo?

       El Khan del Lobo volvió a sonreír al escuchar aquellas palabras.

       —Pero qué cosas dices, niña.

       Entonces, de repente, un chorro de agua caliente cayó sobre la cabeza de la pelirroja, empapándola por completo. Sombrío alzó una ceja mientras Akane vertía el contenido de una tetera sobre la chica de cabello rojizo.

       —Así está mejor —se escuchó decir a la pelirroja con una voz claramente masculina.

       Tras unos segundos, el Khan del Lobo descubrió con una mezcla sorpresa y desagrado que aquella escultural chica había desaparecido y en su lugar se encontraba Ranma Saotome.

       —¿Eh? ¿Adónde diablos se fue la pelirroja?

       —Yo soy la chica pelirroja, torpe —declaró Ranma, señalándose con el pulgar—. He tenido que vivir con esta maldición desde hace mucho tiempo. Cada vez que me cae agua fría me convierto en una chica, pero eso no te incumbe.

       La quijada de Sombrío se abrió tan rápido como una caja registradora.

       —¡¿Qué cosa?! —gritó exaltado—. ¡Eres un… .

       Belcer, por su parte, comenzó a reírse por la suerte de Sombrío. Volvió el rostro hacia Sarah y dijo:

       —Vaya, había visto cosas extrañas en mi vida, pero nada como eso.

       La Khan del Basilisco asintió con la cabeza.

       —Un hombre que se convierte en mujer, pero que asco —murmuró con desprecio.

       El Khan del Lobo se llevó la mano apresuradamente hasta el escáner visual.

       —Bitácora personal: Al parecer los habitantes de este extraño planeta gustan de costumbres pervertidas tales como convertirse en mujeres. Esto último sugiere que la población sea posiblemente hermafrodita.

       Ranma lo fulminó con la mirada.

       —¡Oye! ¡Qué tonterías estás diciendo! ¡Yo soy tan hombre como tú!

       —No me fastidies —replicó Sombrío de inmediato—. Yo tengo mis cromosomas bien puestos, en cambio… —sonrió maliciosamente—, tú eres un fenómeno.

       El sólo escuchar las palabras despectivas de Sombrío le fue suficiente a Ranma para enfurecerse como nunca. Había tocado su punto débil. Desde que había tenido la desgracia de sufrir aquella maldición, producto de un viaje al valle de Jusenko en China, había tenido que soportar mil humillaciones parecidas, y eso era algo que no podía soportar.

       —¿Cómo te atreves? —murmuró cabizbajo; de pronto alzó el rostro—. Nunca te lo perdonaré, me las pagarás todas juntas.

       Sombrío se cruzó de brazos despreocupadamente.

       —¿Y qué harás al respecto, afeminado? —le inquirió desafiante—. Tu nivel de poder es insignificante. ¿Vas a usar tu ridícula técnica de los puños o te convertirás en niña?

       —¡Él no peleará solo! —se escuchó decir a alguien en la copa de un árbol cercano.

       Sarah levantó la mirada hacia el árbol para ver a Ryoga Hibiki saltar al aire y luego aterrizar en el patio.

       Ranma se volvió hacia el joven de la pañoleta amarilla, reconociéndolo de inmediato.

       —Ryoga.

       —¡Es Ryoga! —exclamó Akane gustosamente—. ¡Ha venido a ayudarnos!

       El joven de la pañoleta se levantó lentamente y se giró hacia Ranma.

       —Ranma, yo te ayudaré a enfrentarte a estos tipos.

       —¿Qué dices, Ryoga? —le inquirió Saotome con fastidio—. Yo me encargaré de ellos solo.

       Ryoga enarcó una ceja maliciosamente.

       —¿En serio? —se burló—. Pues hace un momento no me pareció que estuvieras haciendo un buen papel.

       Ajeno a la conversación entre aquellos chicos, Belcer se golpeó una palma con el puño y exclamó:

       —Estos idiotas ya me aburrieron con sus necedades. Nadie se atreve a ignorarnos de esa manera y se sale con la suya. Vamos a barrer el piso con todos ellos.

       Sombrío bajó la cabeza y rió en un susurró apenas audible.

       —Belcer, hazte cargo de las demás basuras, pero del afeminado me encargo yo.

       Una sonrisa de placer iluminó el rostro del Khan del Golem.

       —De acuerdo, me parece bien —dijo y luego se volvió hacia la tropa de soldados de asalto que los acompañaban—. Ustedes no se metan en esto. Nosotros nos encargaremos de estos imbéciles.

       Belcer caminó unos cuantos pasos. Al ver esto, Ryoga y Ranma suspendieron su discusión y adoptaron distintas poses de combate respectivamente.

       —Dejaremos la plática para después —dijo Ranma—. Lo primero será encargarnos de estos miserables.

       Ryoga lo miró levemente de reojo y asintió de buena gana.

       —Me parece bien.

       Akane observó la escena y exclamó:

       —¡Ranma, ten cuidado!

       Ryoga frunció la boca y sintió como una puñalada fría le atravesaba el corazón. Su amada Akane, aquella que le robaba el aliento por las noches, no había cambiado sus sentimientos. No había pasado un día sin que se lamentara por no haber logrado que Akane lo prefiriera por encima de Ranma.

       —Aún me ve como un amigo —murmuró para sí en voz baja.

       La voz de Belcer lo volvió a la realidad.

       —Yo me encargo del mocoso con pañoleta amarilla —sentenció mientras accionaba su escáner visual—. Patearle el trasero a sujetos como él es un pasatiempo —añadió con desprecio una vez que el aparato terminó su función—. No sé por qué Sombrío no me deja ocuparme de los dos.

       Genma, Soun y Shampoo se situaron atrás de Ranma y Ryoga y se prepararon unirse a la batalla que estaba a punto de empezar.

       —No pelearás solo, hijo —declaró Genma—. Nosotros te ayudaremos, ¿no es verdad, Tendo?

       —Por supuesto —respondió Soun sin pensarlo—. No dejaremos que estos fanfarrones vengan con sus amenazas y se vayan tan campantes.

       Shampoo se aproximó a Sarah para mirarla fijamente.

       —No dejaré que lastimen a mi querido Ranma.

       La Khan del Basilisco soltó una sonora carcajada.

       —¿Qué estás diciendo, chiquilla tonta?  Sencillamente ustedes no saben con quién se meten.

       Sombrío miró a sus contrincantes uno por uno y al cabo de un momento dijo:

       —Esto va a ser muy divertido —hizo una pausa y giró la cabeza hacia Belcer—. Te apuesto diez créditos a que acabo con el afeminado más rápido que tú con el zoquete de la pañoleta.

       El Khan del Golem rió levemente y aceptó.

       —Bien, pero perderás como la última vez.

       Sombrío volvió los ojos hacia Ranma.

       —No lo creo, esa sabandija verdaderamente tiene deseos de combatir conmigo.

       Ranma avanzó un paso para mejorar su posición.

       —Esta vez te derrotaré —declaró, dirigiéndose al Khan del Lobo—. La ultima vez me confié, pero ahora no será así —hizo una pausa y dando un fuerte grito se lanzó sobre su enemigo dispuesto a derrotarlo.

       Sombrío, por su parte, sonrió malévolamente y esperó pacientemente a que Ranma lo atacara primero.

Papunika

       Lance apartó unos cuantos arbustos más, descubriendo la nave espacial a la vista de todos. Como era de esperarse, Dai y sus amigos miraron aquel enorme disco metálico con curiosidad y desconfianza.

       —¿De verdad está cosa puede volar por los aires? —preguntó Poppu, volviéndose hacia Eclipse—. No le veo las alas por ninguna parte, aunque los globos de aire caliente tampoco tienen alas.

       Eclipse retiró otro arbusto y respondió con cierto enfado:

       —Claro que puede volar y sí ustedes pueden atraer ese rayo que necesitamos, entonces podremos volver a nuestro mundo.

       Dai se acercó lentamente y extendió una de sus manos para palpar la superficie metálica de aquel extraño artefacto. Estaba frío como el hielo y curiosamente reflejaba su imagen.

       —Oigan, me puedo ver aquí como sí fuera un espejo —observó alegremente.

       —A ver sí es cierto —dijo Poppu, acercándose velozmente por atrás de Dai—. Es verdad, mírenme. —Se sujetó las mejillas y comenzó a hacer distintos gestos mientras se veía.

       Lance se llevó una mano al rostro, experimentando pena ajena.

       —No puede ser. Esos chicos no tienen la menor idea de lo que es la seriedad y… ¿Eclipse?

       Justo en ese momento, Lance cayó en cuenta de que su compañero no estaba en el sitio donde él pensaba. Al buscarlo con la mirada, lo encontró al lado de Dai y Poppu haciendo toda clase de gestos faciales.

       —Eso no es nada —afirmó Eclipse mientras sacaba la lengua—. Vean esto.

       Por unos instantes, Lance no supo ni qué decir y se quedó de una pieza hasta que el enorme Rey de las Fieras se acercó a él con una pregunta.

       —¿Como entraremos? No veo ninguna puerta.

       Lance suspiró antes de contestar.

       —Es verdad, abriré la escotilla —alzó un brazo y presionó un botón en su muñeca, enseguida una puerta se abrió en un costado de la nave—. Listo.

       Krokodin miró la entrada de la nave detenidamente y al cabo de un momento se dio cuenta que ésta era muy pequeña para que él.

       —Oigan, ¿y yo cómo entraré?

       Fue hasta ese momento que Lance reparó en el gran tamaño de Krokodin. El Rey de las Fieras era demasiado grande para entrar por la escotilla y aún cuando pudiera hacerlo, no había suficiente espacio dentro de la nave para llevarlo con ellos.

       —Eh, me temo que tendrás que quedarte, amigo. No vas a caber ahí dentro.

       —¿Qué? —preguntó el Rey de las Fieras con sorpresa—. No hablas en serio.

       Dai dejó de prestarle atención a las caras de Poppu y Eclipse y se volvió hacia Lance.

       —¿Eh? ¿Acaso Krokodin no vendrá con nosotros? 

       —Es demasiado enorme —respondió Lance como no queriendo—. Sí tuviéramos una nave más grande lo llevaríamos con nosotros, pero… .

       Dai iba a insistir una vez más en que buscaran alguna manera de llevar a su amigo, pero antes de que pudiera hacerlo, la voz de Krokodin lo obligó a aguardar.

       —Está bien, Dai, tendré que quedarme.

       El chico lo miró desconcertado, negándose a darse por vencido.

       —Pero, Krokodin… .

       El Rey de las fieras le colocó una mano en el hombro.

       —Alguien tiene que permanecer en el reino. ¿Quién se quedará para enfrentar al Ejército del Mal? Mejor vayan ustedes y asegúrense de acabar con esos malvados.

       —Krokodin tiene razón —convino Leona, atrayendo la atención de Lance y Dai—. Alguien debe quedarse aquí —guardó silencio y volvió su rostro para mirar por encima del hombro a los tres Sabios que la acompañaban—. Ustedes también se quedarán.

       Apolo no parecía dispuesto a aceptar eso.

       —Pero, princesa alguien debe protegerla.

       La soberana de Papunika se acercó a Dai para abrazarlo por el cuello.

       —No se preocupen, Dai cuidará muy bien de mí.

       Por un momento el chico no supo qué decir o hacer salvó ruborizarse.

       —Al menos deje que uno de nosotros vaya con usted —sugirió Eimi—. Mi hermana puede acompañarla.

       Marine avanzó un paso inmediatamente.

       —Es verdad, déjeme ir, princesa.

       Leona lo meditó unos segundos y finalmente asintió.

       —Está bien, de todas formas creo que necesitaremos toda la ayuda posible.

       Hyunkel, que había permanecido callado desde que habían salido del castillo real, dejó el árbol donde estaba recargado y se dirigió hacia Lance.

       —Yo también iré.

       Lance hizo un encogimiento de hombros a sabiendas de los inconvenientes de llevar a tantas personas.

       —Me parece bien, iremos algo apretados, pero… .

       Antes de que Lance terminara de hablar, Hyunkel se giró hacia Poppu, que todavía seguía con los gestos.

       —Poppu, es hora de que realices ese hechizo mágico para convocar nubes de lluvia. Justo como la vez en que pelearon conmigo.

       El mago dejó de hacer gestos y se irguió con orgullo.

       —No te preocupes, Hyunkel, deja todo de mi parte.

Tokio-3

       Varios agentes de SEELE se detuvieron ante la puerta de un edificio de ladrillo rojo, grande, pero discreto. No había nombre ni número que identificara aquella puerta.

       —Hemos venido a ver al general Kymura —declaró uno de los agentes, mostrando su identificación al mayordomo que salió a recibirlos—. Tenemos que hablar con él de un asunto muy importante.

       El mayordomo les indicó un pasillo largo, apenas iluminado.

       —Vengan por aquí, por favor.

       Los agentes de SEELE fueron conducidos hasta una biblioteca adornada lujosamente con paneles de nogal, toques de latón y plata que decoraban una amplia sala.

       —El general se reunirá con ustedes en unos momentos.

       El mayordomo se giró sobre sus talones y abandonó la biblioteca cerrando las puertas tras de sí sin hacer ningún ruido. Uno de los agentes lo vio marchar, tomó asiento y se volvió hacia uno de sus compañeros.

       —¿Crees que sospechen que venimos a interrogarlos? —preguntó en voz baja.

       —No lo creo, pero aún así, tenemos unidades de apoyo afuera por sí la cosa se pone espinosa. Estos del grupo Apocalipsis tienen mucho que explicar.

       Un tercer agente encendió un cigarrillo.

       —¿Qué es exactamente lo que se le atribuye a Kymura y a su grupo?

       —Tenemos sospechas de que han estado realizando labores de espionaje —respondió el agente que estaba sentado—. También creemos que están metido en una especie de conspiración.

       El agente del cigarrillo inhaló.

       —Según tengo entendido, los jefes también desconfían de Nerv y especialmente de Gendou —hizo una pausa y consultó su reloj—. Me parece que para este momento ya deben de haber detenido a Fuyutsuki.

       Otro de los agentes asintió.

       —Sí, pobres, me da lástima pensar en su futuro. Quizá tengamos que sacarles la verdad a golpes.

       Todos los agentes rieron maliciosamente con complicidad.

       En otra habitación, el general Kymura y su lugarteniente, Yamuro Sato, escuchaban atentamente al mayordomo que había recibido a los agentes de SEELE.

       —¿Qué demonios dices? —siseó Kymura iracundo—. ¿Es verdad eso?

       El mayordomo sostuvo sin inmutarse la mirada que le estaba lanzando el general.

       —Los agentes de SEELE lo esperan en la biblioteca, dicen que quieren hablar con usted de un asunto muy importante —hizo una pausa—, también hay varios hombres de SEELE apostados en los alrededores del edificio y hace poco se me informó que detuvieron a Fuyutsuki en las propias instalaciones de NERV.

       Sato, que normalmente se ponía nervioso por cualquier cosa, parecía aterrado.

       —¡Lo sabía! —exclamó volviéndose hacia el general—. ¡Nos han descubierto! ¡Que me cieguen! ¡La partida se acabo, estamos perdidos! ¡Han venido por nosotros!

       —¡No pierdas la calma! —dijo Kymura, tratando de tranquilizarlo—. Estoy seguro de que todavía no tienen nada seguro, de lo contrario no vendrían tranquilamente por nosotros. Lo mejor será contactar a Genghis Khan.

       Le hizo una seña al mayordomo, que se inclinó a manera de respuesta y se fue.

       Cuando el mayordomo se hubo marchado, Kymura hizo venir a Masamaru Ryo, su segundo hombre de confianza, llevó a sus acompañantes a una zona reservada donde no podrían ser vistos ni oídos por nadie, y activó un comunicador holográfico.

       El holograma tardó unos segundos en aparecer. Cuando finalmente lo hizo, una oscura silueta vestida de negro y cubierto por una larga capa cuya capucha protegía su identidad cobró forma dentro de él.

       —¿Qué ocurre? —preguntó una voz con impaciencia.

       Kymura, que permanecía impasible ante el holograma, se apresuró a responder.

       —Varios agentes de SEELE han venido a interrogarnos y recientemente nos enteramos que han detenido a Fuyutsuki en NERV.

       Como sí fuera incapaz de soportar el silencio que siguió a aquellas palabras, Yamuro Sato se apresuró a irrumpir en él con los ojos desorbitados por la desesperación.

       —¡El plan ha fracaso, Genghis Khan! ¡No nos atrevemos a desafiar a SEELE! ¡Esto se termina ahora!

       La oscura silueta se volvió unos centímetros hacia él.

       —¿Me estás diciendo que prefieres desafiarme a mí, Sato? Eso sí que es gracioso —la capucha se inclinó hacia el general nipón—. ¡Kymura!

       El general dio un rápido paso al frente.

       —¿Sí, señor?

       La voz de Genghis Khan se volvió lenta y silbante.

       —No quiero volver a ver a esta inmunda alimaña en mi presencia.

       El general Kymura volvió la vista hacia Sato, pero su lugarteniente ya estaba abandonando el reservado con una expresión de terror.

       En cuanto Sato se hubo marchado, Genghis Khan prosiguió.

       —Este es un giro inesperado, desde luego, pero podemos aprovecharlo. Es hora de adelantar nuestros planes, general. Comience con la última parte del plan.

       Kymura lanzó una rápida mirada a Masamaru, quien hacía todo lo posible por mostrarse tranquilo sin conseguirlo.

       —Señor mío, aún no contamos con los recursos disponibles para… .

       —Yo proveeré de lo necesario. Empieza a movilizar a todos los que están de nuestro lado y elimina a aquellos que sepan algo sobre nosotros.

       —De acuerdo —Kymura hizo una rápida inspiración de aire—, ¿y los agentes de SEELE? ¿qué debo decirles?

       Genghis Khan pareció volverse todavía más oscuro dentro de su túnica, y su rostro descendió hacia las sombras.

       —El presidente Keel no debió haber complicado más las cosas. Mátalos enseguida.

       —Sí, señor mío, como desee —repuso Kymura.

       En cuanto el holograma hubo desaparecido, el general Kymura se volvió hacia Masamaru para darle instrucciones.

       —Avisa a nuestros hombres que se encarguen de eliminar a los agentes de Seele que están en la biblioteca, nosotros huiremos por el acceso secreto.

       Masamaru asintió con la cabeza.

       —¿Qué hay sobre Kaji-kun? —preguntó inseguro—. Él sabe de nosotros, quizás yo podría convencerlo de que nos ayudara… .

       —Ya escuchaste a Genghis Khan —le interrumpió Kymura ásperamente—, hazte cargo de él.

       Planeta Noat

       Un nuevo convoy de naves abandonó el grupo de cruceros estelares que orbitaban el inmenso planeta. En el interior de los transbordadores iban técnicos y decenas de civiles que había recibido autorización de la reina Andrea y los capitanes de la flota para descender en el planeta.

       Astrea estaba frente a un ventanal que iba del suelo al techo, contemplando el movimiento de las naves en el oscuro vacío del espacio. Su mente comenzó a dispersarse en un centenar de pensamientos sobre su vida. Le preocupaba la rivalidad creciente entre Cadmio y Asiont, pero no había mucho que pudiera hacer para solucionarlo. Desde niña se había formado la costumbre de tratar de arreglar los problemas de los demás, aunque no siempre lograba hacerlo. A veces lo único que podía hacer por alguien era simplemente escucharlo. Y esa era una de las razones por la que muchos disfrutaban de su compañía. La Maestra Celestial que se había encargado de adiestrarla en sus inicios siempre le había dicho que no era posible resolver todos los problemas de las personas, pero Astrea siempre trataba de hacerlo y cuando no lo conseguía por alguna razón se sentía mal consigo mismo.

       Los Celestiales habían sido para ella una familia, y el hecho de ver que dos de sus integrantes pelearan entre sí no le agradaba en lo absoluto. Asiont y Cadmio habían mantenido una rivalidad que venía de mucho tiempo atrás. Hace muchos años, no muchos después de que su Maestra muriera asesinada, el Maestro Aristeo la había llevado a un Santuario secreto donde se escondían los últimos Celestiales con vida. Las continuas guerras y los muchos conflictos de la galaxia habían llevado a la Orden al borde de la total aniquilación. De no actuar con inteligencia, Aristeo sabía que los Celestiales desaparecerían para siempre y su legado quedaría en el olvido. En el Santuario se escondían, además de Aristeo, dos Caballeros y cinco aprendices. Era todo lo que quedaba de lo que alguna vez había sido una gran Orden.

       Aristeo se vio obligado a hacerse a un lado mientras la galaxia se sumergía en el caos y decenas de mundos eran arrasados. Cuando el rey Lux de Endoria fue derrocado y la Alianza Galáctica disuelta, Aristeo insistió en que todos se quedaran ocultos esperando una mejor oportunidad para actuar. Pero no todos pensaban así. Uno de los Caballeros abandonó la seguridad del Santuario y nunca más se le volvió a ver. Poco después los Celestiales se enteraron de que había sido asesinado. Aristeo había hecho lo posible por entrenar bien a sus aprendices, pero era demasiado viejo para hacerlo correctamente. Los jóvenes que Aristeo entrenaba tenían buenos sentimientos, pero eran rebeldes de una u otro modo. Preferían seguir sus instintos antes que las reglas y mandatos de la Orden. Y por eso, cuando la noticia de que Endoria había iniciado una nueva guerra, uno de los aprendices decidió abandonar la Orden. 

       Una nave cruzó la ventana, atrayendo la atención de Astrea. Ésta contempló la nave alejarse y luego bajó la mirada. Su mente quedó envuelta por los recuerdos del pasado. El aprendiz que deseaba dejar la Orden era Asiont. Esto lo llevó a tener una seria diferencia con Aristeo que terminó en una disputa. Astrea todavía recordaba todo aquello como sí hubiese acabado de pasar. 

       Asiont pensaba de una manera muy diferente a la de su Maestro. ¿Cómo honrar los ideales de la Orden quedándose escondidos mientras miles sufrían? Por millares de años los Caballeros Celestiales se habían dedicado a velar por la paz y la justicia. No importaba sí había cien o solamente uno. El deber era el mismo. El lugar de los Celestiales era en medio del huracán de destrucción que se cernía sobre la galaxia, no en el exterior. Cadmio rechazó inmediatamente la postura de Asiont y lo tachó de rebelde. Aristeo decidió expulsar a Asiont de la Orden y lo condenó a no volver jamás.

        Para Astrea fue un momento determinante. Durante mucho tiempo había deseado salir del Santuario para aliviar los problemas de miles de seres que sufrían los horrores de guerras crueles y la opresión de los tiranos. Asiont sólo había expresado en voz alta el sentir de la mayoría. Y por eso decidió acompañarlo cuando éste y Lance dejaron el Santuario. En ocasiones se había hecho la pregunta sobre sí ésa había sido realmente la decisión correcta, pero con el tiempo las dudas fueron desapareciendo. Había hecho lo correcto y lo sabía. 

        —¿Ahora la preocupada eres tú, verdad? —escuchó decir a una voz a sus espaldas.

       Astrea se volvió hacia su amigo y esbozó una sonrisa.

       —Asiont, me da gusto verte, estaba pensando en el pasado.

       Él fue a reunirse con ella frente a la ventana. El transporte ya estaba entrando en la atmósfera de Noat por lo que disminuyó su velocidad.

       —¿Hablaste con Cadmio, verdad?

       La chica sonrió tristemente.

       —Sí. Según tengo entendido partió hace unos momentos en dirección al sistema Rizus. Cree que desde ahí podrá hacer contacto con el alto mando aliado.

       Él la miró detenidamente.

       —Vamos, cuéntame que sucedió.

       —Es sólo que me preocupa que tú y Cadmio no puedan llevarse bien —hizo pausa un momento y continuó—. Desde que dejamos el Santuario no habíamos tenido noticias de ellos hasta que volvimos a reunirnos poco antes de la batalla en el planeta rojo.

       Él le dedicó una sonrisa y colocó las manos sobre sus hombros. Ella no se atrevió a levantar la mirada.

       —Vamos, no te angusties por eso. Cadmio es orgulloso, pero en el fondo sabe que está equivocado —llevó una de sus manos a la barbilla de Astrea—. Quita esa cara, por favor.

       Ella levantó la mirada y sonrió tiernamente provocando que el ritmo cardiaco de él se acelerara.

       —Gracias, en verdad necesitaba de esas palabras.

       —Y yo necesitaba verte… han pasado muchas cosas y creo que finalmente debo confesarte que… —Asiont no sabía como continuar, tragó saliva e hizo otro intento—. Es difícil, pero creo que me he enamorado de ti. 

       Ambos se miraron uno segundos sin hablar.

       —Pensé que nunca lo dirías —dijo ella, rompiendo el silencio.

       Él asintió. No podía hablar.

       —Eres algo lento, Asiont, ¿lo sabías?

       Se le aclaró la garganta.

       —Sí, tal vez —dijo al fin—. Alguien me dijo que no debía perder el tiempo. Me gustaría casarme contigo y retirarme a vivir en un lugar donde nadie nos conociera. ¿Lo crees posible? Un lugar donde nadie nos conociera, donde no hubiera guerras ni políticos.

       Astrea lo miró unos instantes con la boca entre abierta.

       —¿De verdad hablas en serio?

       —Sí, estoy seguro de lo que digo.

       —Un lugar donde nadie nos conociera y no hubiera guerras. Suena un poco irreal, pero me gustaría estar en un sitio así. Tendríamos que dejar de ser Celestiales, pero no me importaría hacerlo. Después de todo, ya nos expulsaron oficialmente de la Orden.

       Asiont sonrió ligeramente. Tuvo deseos de abrazarla, besarla, acariciarla, pero se contuvo. La tomó de la mano y la miró fijamente.

       En tanto, mientras los transportes terminaban su descenso en Noat, la reina Andrea esperaba pacientemente a que el plazo otorgado a Cadmio para hacer contacto con el alto mando concluyera. Las refacciones, provisiones y combustible obtenidos de la base secreta ya habían sido cargados y sólo faltaban unos cuantos ajustes más para iniciar el traslado a un lugar más seguro.

       Andrea estaba por retirarse del puente para descansar un poco cuando de pronto la voz del primero oficial del Artemisa, el teniente River, la detuvo.

       —Majestad, hemos detectando una especie de punto de salto dimensional.

       Andrea frunció el entrecejo y se aproximó hacia el oficial.

       —¿Qué sucede?

       Pero antes de que River pudiera responderle, una abertura dimensional se formó delante del grupo de naves aliadas. Del interior de aquel túnel luminoso, surgieron rápidamente siete destructores endorianos y cientos de naves caza.

       La reina de Lerasi se quedó estupefacta al igual que el resto de oficiales y técnicos del puente de mando. De pronto una voz desde el centro de comunicaciones rompió aquel silencio provocado por la aparición de los destructores enemigos.

       —Su alteza, estoy recibiendo una señal —el técnico presionó unos cuantos botones y enseguida una transmisión proveniente de la flota imperial se dejó escuchar por las emisoras

       —Habla el almirante Jasanth de la flota imperial de Endoria a la ArtemisaJuris Arius y demás naves renegadas. Se les ordena rendirse y prepararse para ser abordados.

       Todos estaban sorprendidos por no decir aterrados. Por unos segundos, Andrea y sus acompañantes tuvieron la misma pregunta en mente: ¿Cómo diablos los habían encontrado tan rápido? Sin embargo, lo precario de la situación no daba tiempo para perderlo haciendo especulaciones. Andrea lanzó una rápida mirada al capitán del Artemisa, quien estaba paralizado sin saber qué hacer.

       —Activen el comunicador —ordenó la reina—. Quiero hablarles.

       El técnico acató el mandato de inmediato y llevó su mano a otro botón.

       —Habla la reina Andrea Zeiva del planeta Lerasi. Usted está acatando una orden ilegal en clara violación de las leyes endorianas de la quinta república. ¡Vamos, capitán! ¡Usted sabe que está obedeciendo a un usurpador!

       Astronave Aurora

        En el puente de mando de la nave imperial, José estalló en una sonora carcajada sin poder creer en su suerte. Sepultura y Lilith se miraron entre sí, pero ninguno dijo nada.

       —¡No puedo creerlo! —exclamó riendo—. Mi hermana está en una de esas naves.

       Sigma se giró hacia él.

       —¿Andrea Zeiva? ¿La reina de Lerasi?

       El emperador endoriano se volvió y asintió.

       —Sí, es una agradable noticia. Ha llegado la hora de ajustarle las cuentas a esa traidora.

       Totalmente ajeno a las palabras del emperador de Endoria, Sepultura llevó su mirada hacia el ventanal del puente que mostraba la esfera esmeralda resplandeciente de Noat situada tras las naves de la Alianza Estelar.

       —Percibo dos presencias en esas naves. Una es… .

       —Una tiene un nivel de 21,899 unidades —dijo Lilith terminado la frase por él—. La otra apenas alcanza un nivel de 7,655 unidades. Sin duda debe tratarse de dos de los Celestiales que venimos a buscar. Que raro, pensé que había por lo menos tres.

       El Khan de la Muerte se volvió para mirarla fríamente, dándole a entender su desprecio.

       —No necesito que me digas lo que ya sé gracias a mi percepción. El emperador tenía razón en sus sospechas. Esos Celestiales deben ser unos simples aprendices o de lo contrario tendrían más poder. 

       Entretanto, José Zeiva ya había terminado de reír, así que se giró hacia el capitán Jasanth.

       —Capitán, inicie una comunicación con la nave de mi hermana. Quiero ver su rostro cuando me vea.

Continuará… .

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