Leyenda 058

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPITULO LVIII

LA DETERMINACIÓN DE LOS SANTOS DE ATENA

       Palacio de Céfiro.

       Lafarga observó detenidamente al extraño ser de color dorado que se acercaba a ellos y enseguida levantó su espada, decidido a hacerle frente y derrotarlo. No tenía la menor idea de donde habían salido todos aquellos extraños sujetos que acababan de llegar volando del cielo, pero por alguna extraña razón que aún no tenía clara sospechaba que su presencia estaba relacionada con el enorme disco volador que había aparecido en los cielos del reino.

       El biodroide, por su parte, se detuvo frente a los soldados de Céfiro y empezó a escudriñarlos uno a uno con sus sensores ópticos. Cuando finalmente terminó la labor de reconocimiento, Blastar levantó su brazo derecho lentamente con la mano extendida.

       —Orgánicos identificados —murmuró con una voz metálica—. Secuencia de destrucción se inicia.

       Como sí fuera capaz de anticipar lo que estaba a punto de suceder, Lafarga volvió el rostro por encima de su hombro y dio un fuerte grito de alerta a todos sus hombres.

       —¡Rápido! ¡Háganse a un lado!

       No habían pasado ni dos segundos cuando Blastar abrió fuego contra los defensores de Céfiro. De cada una de las puntas de sus dedos surgió una poderosa ráfaga láser que hendió el aire a una velocidad abrumadora. Tres de los guardias no pudieron esquivar el ataque y se desplomaron en el suelo con sus armaduras destrozadas. El resto se dispersó en diferentes direcciones.

       Una vez que estuvo fuera de la línea de fuego del biodroide, Lafarga levantó su pesada espada por encima de su cabeza y descargó un rápido mandoble en el aire. Una poderosa onda de choque salió de la espada del guerrero de Céfiro y se dirigió velozmente hacia el grupo de guerreros imperiales. A medida que la onda de choque avanzaba por el aire, el suelo a su paso se iba abriendo como sí estuviera ocurriendo un terremoto.

       Al ver esto, el biodroide agitó su brazo izquierdo en el aire y enseguida una especie de escudo brotó de su antebrazo. Usando aquella coraza metálica de color oro, Blastar consiguió bloquear la onda de choque sin ninguna dificultad; aunque el impacto lo arrastró algunos centímetros hacia atrás.

       —Tus esfuerzos son totalmente inútiles, orgánico.

       Odrare, mientras tanto, levantó su hacha en lo alto y aprovechando el descuido de Lafarga, se dispuso a atacarlo por sorpresa. A esa distancia no podía fallar en su ataque.

       —Insolente, pero ahora será mi turno.

       Pero cuando el Khan del Minotauro estaba listo para atacar, un potente rayo hendió las nubes del cielo y golpeó su arma, electrocutándolo en el acto. Odrare se desplomó pesadamente ante la sorpresa de todos.

       Adanlo y Malabock se volvieron apresuradamente hacia su compañero de armas.

       —Odrare, ¿estás bien? —le preguntó Adnalo—. Respóndeme.

       El Khan del Minotauro tenía el rostro tiznado y su capa negra prácticamente se había desintegrado. Ciertamente, el relámpago carecía del poder necesario para privarle de la vida, pero aun así le había provocado bastante dolor.

       —¿Quién fue el maldito que me hizo esto? —preguntó, alzando el rostro levemente—. Lo mataré con mis propias manos.

       Malabock y Adanlo se miraron entre sí, desconcertados. De pronto, un pitido en el escáner visual de la Khan de los Hielos le avisó de la presencia de un nuevo combatiente en el área.

       —¡Ahí! —exclamó Blastar, señalando hacia los árboles cercanos.

       Casi al mismo tiempo, la Khan de los Hielos llevó su mirada hacia donde el biodroide le indicaba. Ahí, sobre la rama de un enorme árbol, un joven alto, de cabello color negro y revestido con una armadura similar a la de Lafarga, los observaba fijamente con una especie de espada de luz en mano.

       —¡Lantis! —exclamó Lafarga—. ¡Eres tú!

       —¿Con qué fue ese el maldito que me atacó a traición? —murmuró Odrare mientras se incorporaba lentamente—. Lo despellejare vivo por esta insolencia.

       —Ah —suspiró Adnalo compungida—. Que lástima, ese hombre sí que es guapo.

       Malabock observó a Lantis detenidamente y alzó su brazo hacia delante, con el dedo índice señalándolo.

       —No vivirás lo suficiente para arrepentirte, miserable —disparó un rayo de poder mágico—. ¡Muere!

       Lantis detuvo el rayo con su espada de luz y lo desvió hacia Odrare, quien a su vez lo bloqueó con su enorme hacha fácilmente.

       —¡Tus ataques son insignificantes! —exclamó el Khan del Minotauro—. Podré estar algo ebrio, pero todavía puedo pelear. Sí me golpeaste hace un momento fue porque me tomaste por sorpresa.

       —Si, puedo darme cuenta de eso —murmuró Lantis sin perder la compostura.

       Lafarga alzó ambas cejas claramente sorprendido. A pesar de que ese enorme guerrero de armadura negra estaba bajó los efectos de alguna bebida embriagante, bien podía reaccionar a una velocidad sobrehumana.

       —No puede ser posible —musitó atónito—. A pesar de que no está totalmente lúcido, puede moverse de una manera increíble —sonrió desquiciado—. Me parece que vamos a tener serios problemas para derrotar a estos extraños.

       Lantis saltó de la rama y aterrizó frente a los guerreros imperiales. El Khan del Minotauro sujetó su hacha con ambas manos y lentamente fue a su encuentro mientras le sonreía malévolamente.

       —¡Lafarga! —gritó Lantis llamando a su compañero de armas—. Yo me encargaré del más grande. Ustedes ocúpense de los otros y que alguien más consiga ayuda.

       El capitán de los guardias de Céfiro asintió con la cabeza.

       —De acuerdo, Lantis, pero ten mucho cuidado —murmuró mientras alzaba la espada por encima de su cabeza y se giraba hacia Blastar para confrontarlo—. Yo me encargo del sujeto de color oro.

       Adnalo, mientras tanto, desconectó su escáner visual y apoyó una mano en su cadera. Una expresión de fastidio se apoderó de su delicado rostro.

       —¡Que fastidio! —exclamó contrariada—. Tantos hombres guapos y Odrare los va a matar a todos, en fin, así es la guerra.

       Astronave Churubusco.

       El emperador Zacek alzó la mirada y observó fijamente el escudo de energía invisible que protegía al muelle estelar del vacío del espacio exterior. Estaba a unos cuantos metros de distancia y atravesarlo sin protección era lo mismo que morir en el acto. Ciertamente, la ausencia de una atmósfera respirable le impedía seguir adelante a cualquier ser humano, pero no a Karmatrón.

       Zacek exhaló un profundo suspiro y después cerró los ojos lentamente como hundiéndose en sí mismo. Abrió los ojos de repente y dijo:

       —LA´ YUME NUM T´ OX MUK´ IL IN TIAL.

       A continuación un fuerte e intenso resplandor cubrió por completo la figura del emperador Zacek y, tras unos segundos, éste finalmente se transformó en Karmatrón. Con la punta del dedo índice, el Guerrero Kundalini se tocó la frente para comunicarse con el puente de mando del Churubusco.

       —Ya me encuentro en posición —informó—Ahora me dispongo a salir al espacio.

       —Enterado —le respondió la voz de Rodrigo—Buena suerte, Zacek.

       Dentro del Puente de Mando de la enorme nave-ciudad, Andrea Zeiva, el almirante Cariolano, Marine, Saulo, Uriel, Areth, Rodrigo, Asiont, Shampoo, Tuxedo Kamen, Uller, Lis-ek, Shilbalam, Asiont y las nueve Sailor Senshi observaban cuidadosamente como Karmatrón volaba por el espacio hasta detenerse a varios kilómetros de distancia.

       —Aún no entiendo claramente qué es lo que va a hacer —murmuró Areth intrigada.

       El brujo Shilbalam volvió el rostro hacia la joven guerrera Celestial y le soltó una sonrisa de absoluta confianza.

       —Es muy simple, niña —le dijo con tranquilidad—. Como Karmatrón, Zacek tiene la habilidad de crear canales hiperdimensionales usando su energía interna. De esta forma, él puede viajar hacia cualquier universo.

       —Eso me parece realmente increíble —masculló Tuxedo Kamen, atrayendo las miradas de Shilbalam y Areth—. ¿Significa que él solo va a crear las aberturas dimensionales sin ninguna ayuda?

       —Exactamente —le aseguró Uller.

       Asiont, por su parte, llevó el rostro hacia donde estaban el almirante Cariolano y la reina Andrea Zeiva. Aún tenía ciertas dudas referentes a la misión.

       —¿Qué haremos una vez que Karmatrón haya abierto los portales? —preguntó de pronto—. Según tengo entendido las fuerzas imperiales crearon dos puertas dimensionales, ¿no es así? Necesitamos una estrategia ya que Cadmio, Casiopea y los otros aún no vuelven.

       Andrea sonrió nerviosamente. No tenía la menor idea de lo que iba a pasar una vez que Karmatrón abriera las puertas dimensionales; después de todo, a ella sólo le habían avisado que se requería de su presencia en el puente de mando debido a actividades imperiales. Miró al príncipe de Endoria y le pidió su opinión.

       —¿Saulo?

       —Bueno, dado que son dos los universos que se encuentran bajo el ataque enemigo es obvio que también vamos a necesitar dos grupos. Areth y yo podemos ocuparnos de un universo, pero necesitaremos ayuda por sí nos encontramos con algún Khan.

       Uller y Lis-ek se miraron entre sí y tras un instante se volvieron hacia Saulo.

       —Cuenta con nosotros para acompañarte —afirmó el hombre de hielo—. Llevaremos a algunos de los Transformables

       Asiont miró al almirante Cariolano, quien arqueó las cejas en señal de interrogación.

       —Almirante, quisiera ofrecerme como voluntario para ir en el segundo grupo.

       Uriel dirigió una mirada de escepticismo hacia el Celestial. Ciertamente, a pesar de que le habían informado que Asiont había derrotado a uno de los Khans por sí solo, el regente de planeta Unix dudaba seriamente que aquel Caballero tan joven pudiera hacerse cargo de la misión. Después de todo era bastante obvio pensar que, luego de sufrir una derrota, N´astarith habría redoblado sus esfuerzos para impedir que algo malo volviera a ocurrir.

       —Yo iré con Asiont —anunció finalmente.

       Todas las miradas se volvieron hacia el regente unixiano.

       —¿Estás seguro de los que dices, Uriel? —le preguntó Rodrigo con incredulidad.

       El líder Odiano lo miró con absoluta indiferencia.

       —Completamente, Rodrigo. Como Azrael y Azmoudez permanecerán aquí custodiando a Jesús Ferrer y a Josh hasta que ambos comparezcan ante el Consejo de la Alianza no existe nadie más calificado que yo para una misión de esta naturaleza.

       —Te agradezco la ayuda, Uriel —dijo Asiont, volviendo la mirada hacia él—. Estoy seguro de que entre los dos será más fácil encontrar la gema sagrada de los Titanes.

       Saulo lanzó una rápida mirada de soslayo a Uriel. El regente del planeta Unix poseía un aura mucho más poderosa que la de sus dos guerreros. Quizás no era tan mala idea dejar que éste acompañara a Asiont en la misión.

       —Nosotras también ayudaremos —dijo Sailor Jupiter de pronto.

       Las miradas de todos se volcaron hacia la Sailor Senshi casi al unísono.

       —¿Qué fue lo que dijiste? —se apresuró a preguntar Cariolano—. Oigan, no estarán hablando en serio, ¿o sí?

       —¡Bien pensado, Jupiter! —exclamó Sailor Venus en un intento por apoyar a su compañera—. Nosotras los acompañaremos en esta aventura. Seremos de gran ayuda.

       Cariolano y Saulo se miraron entre sí con perplejidad. No es que pensaran que las Sailors Senshi fueran un conjunto de niñas indefensas que sólo representarían un obstáculo, sino que quizás la misión era demasiada peligrosa y lo que menos deseaban por el momento era arriesgar más vidas inocentes.

       —Eh, escuchen, señoritas —comenzó a decirles Saulo, intentando oírse convincente—. Esto quizás puede resultar demasiado peligroso para ustedes. Es preferible que se queden aquí. Después de todo, son nuestras invitadas.

       —Olvídelo, príncipe —replicó Sailor Mars—. No vinimos hasta aquí sólo para pasear por el espacio en un viaje de placer. Vinimos porque realmente deseamos ayudar a salvar a nuestro mundo.

       Sailor Uranus, que se mantenía un poco separada de los demás con Neptune, observó a Sailor Mars y no pudo evitar dejar escapar una sonrisa de satisfacción. En cierta forma admiraba el coraje y la determinación de aquella Inner Senshi.

       —Bueno, sí, pero les repito que esto es muy arriesgado —insistió Saulo tratando de justificarse—. Acaban de pasar por una batalla muy difícil y lo que menos necesitan es… .

       —Espera, Saulo —le interrumpió Tuxedo Kamen—. Te agradecemos tu preocupación, pero también entiéndenos. No podemos quedarnos aquí, inmóviles mientras los demás hacen su parte. Creo que todos debemos ayudar dentro de nuestras capacidades.

       —Es cierto —repuso Mercury dulcemente—. Recuerda que la unión hace la fuerza.

       El príncipe de Endoria llevó su rostro hacia los Kundalini en busca de apoyo.

       —¿Qué opinan? —les preguntó.

       —Creo que tienen toda la razón —dijo Lis tranquilamente—. Ellas también tienen el derecho de pelear por su mundo, tal y como lo hacemos nosotros. Sé que te preocupa que sean tan jóvenes, pero que eso no te detenga.

       —No, esperen —intervino Sailor Moon visiblemente preocupada—. Ya no quiero perder más amigas en esto. No quiero que algo malo les ocurra como le sucedió a Seiya —algunas lágrimas escurrieron por sus mejillas—. Por favor, ya no.

       Sailor Mars se volvió enseguida hacia Sailor Moon, quedando cara a cara con ella.

       —Sé que la pérdida de Seiya te afectó mucho, Sailor Moon, pero entiende que debemos seguir adelante. ¿Acaso quieres que su sacrificio sea en vano? Si nos quedamos sin hacer nada, entonces nuestra amada Tierra y todo lo que queremos será destruido. Es nuestra obligación como Sailors Senshi defender la vida de todos los que amamos.

       Sailor Moon guardó silencio y desvió la mirada en otra dirección. Las palabras de Sailor Mars estaban cargadas de razón. Sí no hacían algo para detener a N´astarith, entonces todo lo que ellas consideraban importante se vería seriamente amenazado. No había opción, tenían que seguir adelante.

       —Tienes razón… .

       Saulo, entretanto, volvió el rostro hacia donde estaba Asiont, pero omitió pedirle su opinión. Después de todo, era casi seguro que éste diría exactamente lo mismo que la emperatriz de los Zuyua y Tuxedo Kamen. Hizo una rápida inspiración en el aire y finalmente asintió.

       —Está bien, está bien —dijo todavía no muy convencido—. Creo que es muy arriesgado, pero supongo que tienen razón. Aunque eso sí, elijan un grupo, de ninguna manera estoy dispuesto a dejar que todas vayan.

       Una sonrisa iluminó plenamente el rostro de Sailor Mars.

       —Le aseguro que no se arrepentirá de esto —exclamó Sailor Venus, guiñándole un ojo y haciendo la “V” de la victoria con los dedos.

       El príncipe de Endoria no pudo evitar mirarla como a un bicho raro y luego dejó entrever una especie de sonrisa mientras asentía con la cabeza; hizo un leve encogimiento de hombros y se volvió hacia el almirante Cariolano para darle instrucciones.

       Sailor Jupiter, por su parte, se ruborizó levemente y, entrelazando sus manos bajó la barbilla, dejó escapar un profundo suspiro que atrajo la atención de sus amigas.

       —¿No es un amor? —murmuró embelesada—. Se preocupa por nuestra seguridad.

       Sailor Mars, enfadada y avergonzada, bajó la cabeza y se cubrió el rostro con las manos mientras Sailor Venus y Sailor Mercury trataban de forzar una especie de sonrisa sin mucho éxito.

       Santuario de Atena, Grecia

       Casiopea volvió a dirigir la mirada hacia Saori Kido, sabedora de que era a ella a quien más debía convencer con sus palabras.

       —Sí N´astarith se apodera de todas las gemas de los Titanes, entonces podría hacerse dueño de la existencia y reinar en todos los universos. La gema que se encontraba en este Santuario, y que Tiamat se llevó durante la lucha, pertenece al Portal Estelar del que hablamos.

       Sostenida todavía en los brazos de su leal Santo de Pegaso, Saori había escuchado con interés hasta el último detalle de lo relatado por la Celestial. Ciertamente aquel increíble relato la había dejado un tanto atónita.

       Los distintos santos se miraron entre sí mutuamente, comunicándose sin palabras. Lo que aquella joven afirmaba sobrepasaba por completo su imaginación. ¿Cómo era posible que un simple mortal pudiera hacerse del poder necesario para sobrepasar a los mismos dioses?

       Mu bajó la cabeza por un momento mientras recordaba su batalla en contra de Shield en el templo de Cáncer. Durante la lucha, el guerrero meganiano había mencionado todo ese asunto de las gemas estelares y, aunque en su momento no había entendido sus palabras, ahora todo cobraba sentido.

       —Ya entiendo —murmuró Mu, alzando el rostro del suelo—. Por eso es que dijeron que la vida de Atena no les interesaba para nada. Esos sujetos venían por la gema que estaba oculta aquí en el Santuario.

       —Eso es  verdad, Mu —asintió Milo con enojo—. Esa es la razón por la que no intentaron lastimarla en ningún momento. ¡Maldita sea!

       Shiryu, por su parte, volvió la mirada hacia sus camaradas de bronce. Aparentemente, la Tierra volvía a estar amenazada por las fuerzas del mal y su deber como Santos de Atena era pelear para protegerla. No importaba que clase de enemigo enfrentaran, su misión era la misma.

       —Entonces iremos tras esos Khans y les quitaremos las gemas a la fuerza si es necesario —sentenció Seiya vivamente—. No permitiremos que se salgan con la suya.

       Shun, Hyoga y Shiryu asintieron con la cabeza apoyando el plan.

       —Aguarda un instante, Seiya —le calmó Dohko—. Ustedes ya han peleado varias veces por defender la paz sobre la Tierra. Ahora es nuestro turno de hacerlo.

       —El Maestro tiene razón —intervino Aioria de Leo—. Durante la batalla con Poseidón, ustedes lucharon solos para salvar a la Tierra. Déjenos ahora hacernos cargo de esto, por favor.

       —Pero, ¿qué es lo que dices, Aioria? —exclamó Seiya—. Nosotros no vamos a quedarnos aquí sin hacer nada mientras ustedes pelean por Atena.

       Lance apoyó el rostro en una manos y luego dejó escapar un profundo suspiro.

       —Oigan, no se peleen por ver quien arriesga su vida primero —intervino Eclipse dando un paso al frente—. En estos momentos creo que nos vendría bien la ayuda de todos. No es por nada, pero los Khans son unos guerreros que ya nos han causado demasiados problemas y quizás necesitaremos toda la ayuda posible para derrotarlos.

       El pequeño Astroboy asintió con la cabeza.

       —Lo que Eclipse dice es verdad —convino con determinación—. Viendo la gravedad del problema, me parece que necesitaremos toda el apoyo posible. Ustedes fueron capaces de luchar contra los Khans en igualdad de condiciones. Creo que con su ayuda podríamos derrotarlos finalmente.

       —Yo no estaría tan seguro de eso —murmuró Hyoga en voz alta—. A pesar de que pudimos combatirlos por un momento, no hay que ignorar el hecho de que ni siquiera los herimos. Fuera de ese guerrero llamado Kadena, todos los demás parecían inmortales —hizo una pausa y esperó a que todo su auditorio asimilara la información—. Ni siquiera los santos dorados pudieron lastimarlos.

       —Espera un momento, Hyoga —replicó Shiryu—. No olvides que a pesar de todo pudimos lastimar a Tiamat. Quizás no lo suficiente como para derrotarlo, pero sí para debilitarlo bastante durante la batalla. Aún queda esperanza y estriba en recuperar las gemas. Sólo así podremos salvar a nuestro mundo del terrible destino que le aguarda.

       El Santo del Cisne bajó la mirada y recordó fugazmente la batalla librada contra los Khans. Ciertamente, a pesar de que los imperiales habían podido soportar todos los ataques, no podía ignorar el hecho de que estos habían preferido retirarse en lugar de buscarlos entre las ruinas para rematarlos. Las palabras de Shiryu sonaban lógicas.

       —Él tiene razón —convino Casiopea tras un momento de reflexión—. Cuando usé mis Vientos Solares en contra de ese presumido de Tiamat, éste mencionó que sus ataques lo habían debilitado más de lo que él creía. La única forma de salvar nuestros universos es sumando nuestras fuerzas.

       —En ese caso no perdamos más el tiempo y vayamos tras ellos —declaró Seiya apresuradamente—. No hay otro camino. Debemos ir con ustedes para derrotar a ese tal N´astarith.

       Shun dejó escapar un leve suspiró y luego alzó la mirada al cielo.

       —Pero, ¿será posible ganarles a esos guerreros tan poderosos?

       —Shun tiene razón en preocuparse —señaló Hyoga—. Aunque… .

       —Pienso lo mismo que ustedes —admitió Shyriu mientras el viento agitaba su largo cabello negro—. Sin embargo pelearé, porque la única forma de averiguarlo es arriesgando nuestras vidas.

       —Yo también pelearé, Shiryu —declaró Aioria apoyando el plan.

       —Yo también —dijo Shun animosamente—. Porque soy uno de los Santos de Atena.

       Leona volvió su mirada hacia los Santos y no pudo disimular una sonrisa de agrado.

       Mu se quitó el casco de su armadura y luego dio un paso adelante seguido por Milo de Escorpión y Dhoko de Libra.

       —Nosotros también iremos, amigos.

       Shun, Hyoga y Shyriu se volvieron hacia los Santos dorados para mirarlos fijamente.

       —¿Hablan en serio? —preguntó Shun, incrédulo.

       —Por supuesto, Shun —le aseguró Milo—. Esto es demasiado peligroso para dejar que peleen solos. Además, el poder de esos Khans es extraordinario. Ellos derrotaron a Aldebarán y a Shaka.

       Ranma enarcó una ceja y se rascó la mejilla levemente.

       —¿Aldebarán y Shaka? —repitió mientras alzaba los ojos a un costado—. Creo que ya había escuchado el nombre de uno de ellos cuando recién llegamos al Santuario. Seiya mencionó que ese tal Shaka tenía un poder enorme.

       —Ellos eran Santos de Oro que defendían este Santuario como nosotros —le explicó Airoria volviendo el rostro hacia él—. Aldebarán de Tauro y Shaka de Virgo.

       —¡Eso no puede ser verdad, Airoria! —exclamó Shun sin dar crédito a los que sus oídos escuchaban—. Shaka de Virgo era el más cercano a un dios entre los Santos de Oro. No puedo creer que haya sido eliminado por esos guerreros Khans.

       —Yo tampoco podía creerlo, Shun, pero es la verdad —declaró Mu al tiempo que cerraba sus ojos y bajaba la cabeza—. Ocurrió mientras me dirigía al templo de Leo.

       Hyunkel frunció el entrecejo con escepticismo y preocupación. Sí de verdad ese Santo dorado del que tanto hablaban poseía un poder similar al de un dios, entonces eso significaba que la fuerza de quienquiera que lo había eliminado era todavía mayor. Sacudió la cabeza. “¿Acaso los Khans tienen el poder de los dioses?”, pensó. “Es absurdo, eso no puede ser”.

       Casiopea llevó su mirada hacia Cadmio y le indicó con un gesto que estaba preocupada. Ella, como todos los que poseían la habilidad de percibir la energía interna de los seres vivos, también había sido capaz de sentir el aura de Shaka de Virgo y conocía a la perfección lo poderosa que era.

       —¿Qué opinas, Cadmio? —le preguntó.

       El Celestial exhaló un profundo suspiro y se dio la media vuelta. Comenzó a caminar hacia el barranco cercano con las miradas de todos puestas en él y finalmente se detuvo a unos cuantos pasos antes de llegar al borde.

       —Creo que esos malditos bastardos son increíblemente poderosos, pero no que son invencibles —dijo, volviendo el rostro por encima de su hombro—. La pelea que sostuvimos con ellos nos mostró de lo que son capaces de hacer y hasta donde llega su fuerza —Volvió la mirada hacia el acantilado y cerró un puño frente a su rostro—. Voy a entrenar nuevamente hasta volverme más fuerte. No me daré por vencido.

       Al escuchar aquellas palabras, Poppu tragó saliva con dificultad. Cadmio no podía estar hablando en serio. “¿Acaso dijo más fuerte?”, pensó. “¿Se volvió loco?”.

       —Yo pienso lo mismo que él —dijo Kanon, atrayendo la atención de todos—. Esos Khans realmente son muy fuertes, pero no invencibles. Estoy seguro de que puedo derrotarlos a pesar de sus poderes.

       —Kanon —musitó Seiya, claramente impresionado por la determinación que el hermano de Saga mostraba en esa situación.

       —Kanon tiene razón.

       Las miradas de todos se volvieron inmediatamente hacia Saori Kido.

       Haciendo un breve esfuerzo, la joven consiguió ponerse de pie nuevamente. Aun se sentía algo débil y mareada, pero antes que eso, sabía que debía asumir su papel como diosa a pesar de lo mal que se sintiera.

       —Atena —masculló Dohko—. No te levantes… .

       —Estoy bien, Dohko, descuida —musitó Saori mientras se apartaba de Seiya lentamente—. El deber de Atena y sus Santos es el de proteger esta Tierra. Sin embargo, existe mucha gente que, aunque no es de este mundo, está sufriendo debido a este conflicto. No podemos ignorar ese hecho.

       Seiya asintió con la cabeza. Había llegado la hora de luchar nuevamente.

       —Atena tiene razón, amigos —Se volvió hacia donde estaban Hyoga, Shiryu y Shun, quienes asintieron con la cabeza en señal de apoyo—. No podemos morir hasta que no hayamos derrotado a N´astarith.

       Casiopea no pudo disimular el gusto que le dio aquella decisión. Ahora contaban con muchos poderosos aliados en su dura batalla contra el imperio de Abbadón. Se volvió hacia Cadmio y levantó el pulgar hacia arriba mientras sonreía.

       —Eh, siento arruinar este momento tan memorable—dijo Lance mostrándose algo nervioso—. Creo que tengo malas noticias para todos.

       Hyunkel se giró hacia él en el acto.

       —¿Qué sucede, Lance?

       —Bueno, eh, tal parece que una de las naves imperiales viene directamente hacia aquí. Estimo que llegará en los siguientes diez ciclos.

       Aquella noticia cogió por sorpresa a todos los ahí congregados. El grupo pasó de la confusión al estupor total.

       —¿Una nave imperial? —repitió Leona consternada—¿Qué es lo que haremos ahora?

       Moose levantó la mirada enseguida.

       —Pues, yo no veo nada en el cielo —masculló mientras se ajustaba las gafas.

       —Eso no es novedad —repuso Ryoga con sarcasmo—. Raro sería que vieras algo.

       Cadmio sabía que debían actuar con rapidez. Sí los imperiales llegaban a descubrirlos los matarían a todos desde la comodidad de su nave mientras ellos huían para salvar la vida. Sin perder tiempo se volvió hacia su hermano para darle instrucciones.

       —¡Rápido, Lance! —exclamó fuertemente—. ¡Comunícate con las Águilas Reales e informales de nuestra situación para que vengan con nosotros! —Se volvió rápidamente hacia el pequeño Astro—. Tú elévate en el aire y avísanos cuando la nave enemiga se aproxime —hizo una pausa y espero a que el robot acatara la orden antes de girarse hacia la princesa de Papunika—. Leona, Dai, Ranma y algunos de los demás se encuentran heridos. Usa tu magia para curarlos, por favor.

       Leona asintió con la cabeza y luego se dirigió hacia donde estaba Dai para curarlo.

       Intrigado por la brusquedad con la que el Caballero Celestial había reaccionado, Hyoga se volvió hacia él para interrogarlo.

       —Oye, ¿qué es lo que está pasando?

       Cadmio lo miró fijamente.

       —Esos malditos vienen hacia aquí en una de sus naves —respondió—. Debido a que las naves imperiales poseen un campo de fuerza que la hace invulnerable a cualquier ataque, no tenemos más remedio que huir o quedarnos a morir.

       Seiya, Shyriu, Mu, Airoria y Shun se miraron entre sí con desconcierto. Al parecer las cosas se estaban complicando todavía más de lo que ya eran.

       Palacio de Céfiro.

       Varios soldados atacaron a Adnalo con una lluvia de flechas y lanzas. Sin embargo, la Khan sólo extendió una mano y congeló las armas cuando todas éstas todavía estaban en el aire.

       —¡No sean ridículos! —exclamó con hastío mientras las flechas caían al suelo—. ¿Qué clase de armas son esas? No sean torpes, por favor. —Levantó una mano con la palma orientada hacia delante y lanzó una violenta ráfaga de aire congelado.

       Los soldados de Céfiro gritaban, aullaban, intentaban ponerse a cubierto; algunos perecían congelados por el ataque de la Khan de los Hielos mientras que otros conseguían huir a duras penas. Era una lucha imposible de ganar para ellos.

       Lafarga, entretanto, sujetó su espada con fuerza y se arrojó ferozmente contra el biodroide para acosarlo con una lluvia de rápidos mandobles y veloces estocadas que caían sobre éste desde todos los ángulos posibles. Pero a pesar de la excelente habilidad del espadachín de Céfiro, Blastar consiguió desplegar su escudo metálico a tiempo y bloquear así todos los ataques.

       —¡Maldito seas! —gritó Lafarga, mientras descargaba un potente mandoble contra el escudo de Blastar en un vano intento por dañarlo—. ¡Te derrotaré a como de lugar!

       El biodroide soltó una sonora carcajada. A pesar de la protección que gozaba con el escudo, los golpes de espada de Lafarga eran inútiles para él. A continuación le propinó un sonoro puñetazo a su rival humano para apartarlo de él.

       —Tus esfuerzos son absurdos, orgánico —dijo con su estridente voz metálica—. Sólo postergas lo inevitable.

       Lafarga apretó los dientes y le lanzó una mirada asesina como respuesta.

       Al mismo tiempo, en otro parte del enorme jardín del palacio, Lantis mantenía un difícil combate en contra de Odrade, el Khan del Minotauro. A pesar de que el defensor de Céfiro se consideraba a sí mismo un espadachín experto, lo cierto era que se estaba viendo en serios aprietos.

       Aunque su adversario estaba más ebrio de lo que imaginaba, Lantis se estaba viendo obligado a retroceder cediendo terreno poco a poco. El Khan del Minotauro podía no estar completamente lúcido, pero poseía una fuerza y habilidad que el espadachín de Céfiro estaba lejos de tener.

       Con un poderoso golpe de su enorme hacha, Odrade finalmente despojó al guerrero de Céfiro de su espada mágica y lo arrojó al suelo.

       —Eres bueno peleando, pero lo malo es que te topaste conmigo, insecto —murmuró el Khan imperial festejando su victoria por adelantado—. Ahora llego la hora de acabarte.

       Lantis levantó la mirada lentamente y lo observó con un gesto impasible.

       —Antes de que acabes conmigo, dime ¿quiénes son ustedes?

       —¿Nosotros? —murmuró Odrare—. Nosotros somos los Khans, guerreros al servicio del emperador N´astarith. Estamos aquí porque venimos a buscar una de las doce gemas que el emperador necesita para hacerse dueño de todos los universos —hizo una pausa y levantó su hacha en lo alto—. Ahora te eliminaré por interferir en nuestros planes.

       —¿Así que una gema sagrada? —murmuró Lantis seriamente—. Sin embargo, aún no me he dado por vencido, amigo.

       —¿De qué rayos hablas, maldito? —preguntó el Khan con extrañes.—¿Qué podrías hacer sin tu espada?

       Lantis frunció el entrecejo.

       —Todavía puedo hacer esto… ¡Sundance! (Rélampago)

       A continuación un rayo hendió los cielos nuevamente y golpeó por segunda vez el hacha del guerrero imperial. Odrare resintió la fuerte descarga eléctrica, pero a diferencia de la ocasión anterior, no sufrió el menor percance.

       —¿Creíste que con ese truco me derrotarías? —le dijo en tono burlón—. La armadura que utilizó es inmune a los hechizos mágicos. Mejor di tus oraciones.

       Lantis abrió los ojos enormemente mientras sentía como la desesperación se apoderaba de él lentamente. Ahora estaba seguro de que nada lo salvaría. Despojado de su espada mágica y sin la posibilidad de usar la magia para defenderse, lo único que le quedaba era aguardar a que el enemigo errara el golpe.

       —¡Aguarda! —gritó una voz a lo lejos.

       Odrare, extrañado, volvió el rostro hacia el sitio de donde había venido aquel grito. Ahí, frente a las puertas del palacio de Céfiro, se encontraban el rey Ferio y Guru Clef, quienes habían salido del castillo para unirse a la batalla.

       —Lantis es uno de los mejores amigos que tengo —dijo Ferio empuñando su espada—. No dejaré que lo lastimes, quienquiera que tú seas.

       —Vaya, vaya —murmuró Odrare con menosprecio—. Parece que habrá más diversión.

       Ferio sujetó fuertemente la empuñadura de su arma y avanzó hacia el Khan.

       —Guru Clef —murmuró sin apartar la mirada del enemigo—. Yo me ocuparé de él, tú ayuda a Lafarga, por favor.

       El joven mago asintió con la cabeza y se dispuso a cumplir la orden. Sin embargo, antes de que pudiera ir en ayuda de Lafarga, una descarga de poder mágico golpeó el suelo bajo sus pies. Ferio y Guru Clef volvieron la mirada hacia su costado derecho casi al mismo tiempo.

       —No irás a ninguna parte, muchacho —advirtió Malabock, acercándose—. Ya me encargué de eliminar a vuestros inútiles soldados y ahora te derrotaré —hizo una pausa y lanzó una nueva descarga—. ¡Mueran!

       Guru Clef sabía que tenía unos cuantos segundos, así que actuó con rapidez. Extendiendo su báculo mágico hacia delante, formó un escudo protector alrededor de él y el rey Ferio.

       —¡Cresta! (Escudo)

       El rayo estalló sobre el escudo mágico de Guru Clef sin causar ningún daño.

       —Impresionante —masculló Malabock—. Creo que ese muchacho es realmente bueno con la magia. Tal parece que será un buen adversario —guardó silencio un momento y luego añadió—: Odrare, yo me encargo del mago.

       El Khan del Minotauro, por su parte, se olvidó momentáneamente de Lantis y se volvió hacia Ferio para enfrentarlo. Por lo que Odrare podía apreciar a simple vista, aquel muchacho distaba mucho de ser un real oponente para un guerrero Khan.

       —Te aplastará como a un gusano —sentenció confiadamente.

       El rey de Céfiro no se dejó intimidar y se arrojó enseguida contra el guerrero de Abbadón para atacarlo. Odrare detuvo el mandoble con su hacha y luego contraatacó con un fuerte golpe que derribó a Ferio.

       —Es una verdadera pena, chico —farfulló el imperial mientras se preparaba para asestarle el golpe final—. Ahora será tu fin.

       Continuará… .

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