Leyenda 071

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO LXXI

BATALLA EN EL TEMPLO DE KAMI-SAMA

        Shinden (Templo de Kami-sama)

        Nauj-vir estaba más que fascinado con la batalla que libraba. A pesar de que Son Gohan no era más que un niño, la verdad es que peleaba como todo un guerrero; a leguas se notaba que lo habían entrenado bien en las artes del combate. Sin embargo, por algún motivo que escapaba a su comprensión, intuyó que quizás Gohan no estaba disfrutando de la pelea en la misma forma que él.

       —Peleas bastante bien, Gohan —declaró Nauj-vir luego de intercambiar algunos cuantos golpes con su contrincante—. Pero debo decirte que sí no peleas con el corazón jamás podrás vencerme.

       —¿Qué? ¿Mí corazón? —Gohan alzó una ceja.

       —Es verdad, un guerrero de verdad es aquel que pone su corazón en una batalla. No hay honor más grande que luchar con todas tus fuerzas y vencer al enemigo luego de un verdadero combate a muerte.

        Gohan se quedó atónito por un instante. Ese sujeto llamado Nauj-vir hablaba con la elocuencia propia de un guerrero saiya-jin. Seguramente, de haber conocido a su padre Gokuh, el Khan estaría luchando con éste y no con él. También existía un detalle aparte que llamaba su atención: el Khan del Cíclope parecía diferente a los otros guerreros que lo acompañaban por su modo de actuar y de desenvolverse en la pelea.

       —A mí no me gusta luchar —confesó Gohan, causando la sorpresa de Nauj-vir.

       —¿Qué? ¿Qué dijiste? ¿Acaso no te agrada combatir?

       —No, las peleas no son mi objetivo en la vida.

       —Ahora entiendo —Nauj-vir bajó la cabeza, cerró los ojos y rió. Primero fue un murmullo apenas audible, pero después se transformó en una sonora carcajada—. Eres un cobarde que no conoce el significado del honor. Es una lástima, un chico con tu potencial podría convertirse en un gran guerrero.

        De pronto, un láser de color rubí surgió del ojo cibernético de Nauj-vir y se colocó sobre el pecho de Gohan sin hacerle ningún daño. El joven, desconcertado, bajó la mirada por un segundo para mirarse el pecho, un segundo que Nauj-vir aprovechó para lanzarle un silbante proyectil de energía blanca con su ojo cibernético.

       —¡¡Gohan!! —exclamó Piccolo, extendiendo una mano en el aire como sí quisiera alcanzarlo.

        El ataque del imperial dio en el blanco. Gohan soltó un desgarrador grito de dolor antes de precipitarse sobre el Shinden ante la mirada horrorizada de su maestro Namek. Cuando el Khan del Cíclope descendió para evaluar el resultado de su ataque, descubrió que el cabello de Gohan había vuelto a la normalidad por lo que dedujo que éste había perdido el conocimiento.

        Totalmente seguro de su victoria, Nauj-vir colocó el pie derecho sobre la nuca del chico y bajó la vista para mirarlo. Una tenue sonrisa aleteó sobre su rostro mientras el centro de su ojo cibernético se contraía y dilataba como lo haría el lente de una cámara que estuviera enfocando.

       —Así son las cosas durante las batallas, niño —murmuró mientras la luz rubí se cernía sobre la cabeza de Gohan—. Es cuestión de un tiro más y se termina todo. Regla número uno: no te confíes en un combate, la confianza te lleva a la distracción.

       Piccolo aunó todas las fuerzas que le quedaban para ponerse de pie una vez más. Sabía que Mr. Popo no podría hacer nada para salvar a Gohan al igual que Dende. El resto de los Guerreros Zeta estaban derrotados y Vejita recibía una brutal paliza por parte de Sorlak. Dependía sólo de él salvar la vida de Gohan, y lo haría o moriría en el intento.

        El Más Allá.

        Kaiou-sama tenía muchos motivos para estar molesto con Son Gokuh. No sólo había destruido su pequeño planeta, sino también su casa y ¡su automóvil! Ahora tendría que mudarse al planeta de los Kaiou-samas con sus demás colegas y la idea, ciertamente, no le agradaba para nada. Al menos sentía alivio de que la amenaza de Cell finalmente había sido erradicada y que la Tierra estuviera a salvo.

        Gokuh, por su parte, estaba mirando los alrededores del Camino de la Serpiente tratando de divisar el susodicho planeta de los Kaiou-samas, pero por más intentos que hacía solamente conseguía ver nubes y más nubes. Sí éste existía, debía estar situado en otra parte del Más Allá.

       —No entiendo, Kaiou-sama, ¿en dónde está ese planeta que dices?

       —Primero debemos ir con Enma —explicó Kaiou-sama, flotando por encima del Camino de la Serpiente junto con sus ayudandtes—. De ahí iremos al planeta de los Kaiou-samas donde se entrenan los peleadores de artes marciales del Más Allá. Todos estos peleadores provienen de los cuatro rincones de la galaxia.

       —¿De verdad conoceremos a los peleadores del Más Allá? —preguntó Gokuh con un destello de emoción en sus ojos. La sola idea de conocer a otros peleadores y medirse con ellos le provocaba una inmensa alegría que lo hacía verse como a un niño al que se le ha prometido un juguete nuevo.

        Kaiou-sama volvió la mirada por encima del hombro y sonrió discretamente. A pesar de todo lo que había pasado no podía dejar de sentir simpatía por Gokuh; quizás era esa manera de ser atolondrada y bondadosa lo que lo hacía imposible de odiar completamente. El dios del Más Allá dirigió su rostro al frente una vez más y continuó avanzando con Gokuh, Bubbles y Gregory siguiéndolo de cerca. Iba a empezar a contar algunos chistes para hacer más ameno el camino cuando, inesperadamente, sintió como sí una descarga eléctrica le hubiera atravesado la cabeza.

        Algo andaba mal en la Tierra.

       —¿Qué sucede, Kaiou-sama? ¿Por qué te detienes?

       —La Tierra está en grave peligro, Gokuh. No sé qué es lo que pasa, pero siento un poder maligno que viene de ese lugar. Es el mismo poder que sentí hace algunos días.

       —¿Qué? ¿Un poder maligno dices? —Gokuh frunció el entrecejo con preocupación. Kaiou-sama debía estar equivocado? ¿Cómo era posible que la Tierra estuviera en peligro? ¿Acaso no era cierto que Cell estaba muerto? ¿Vejita había decidido regresar a su anterior estilo de vida? ¿Qué era lo que pasaba ahora? Miles de dudas se revolvían en su mente provocándole angustia.

        Kaiou-sama extendió una mano hacia el saiya-jin, indicándole que aguardara y luego bajó sus antenas para averiguar qué era lo que sucedía en la Tierra. La imagen del Khan Nauj-vir a punto de eliminar a Gohan en el Shinden se materializó en su mente poco a poco. El dios del Más Allá no pudo evitar estremecerse al ver la escena.

       —¡¡Oh, no!! —exclamó de golpe—. Parece que un guerrero ha derrotado a Gohan.

        Gokuh sintió un terrible escalofrío en todo el cuerpo. ¿Su hijo había sido derrotado? Eso no era posible ni creíble, Gohan era más fuerte que él y por lo mismo bien se le podía considerar como el peleador más fuerte en todo el universo. Kaiou-sama tenía que estar cometiendo un error.

       —¿Qué estás diciendo, Kaiou-sama? ¡Eso no puede ser!

        Sin dar tiempo a que el dios del Más Allá le respondiera, Gokuh se acercó a él y le puso una mano en el hombro para ver por sí mismo lo que estaba ocurriendo en su planeta. Lentamente, el saiya-jin visualizó la misma escena que Kaiou-sama estaba observando.

       —¡Gohan! ¡Levántate! ¡Ese sujeto te va a eliminar!

       —¡Oh! ¡Todos han sido vencidos, incluido Vejita!

       —¡¡Tengo que regresar a la Tierra cuanto antes, Kaiou-sama!! —exclamó Gokuh, separándose de su maestro y dándose la media vuelta a fin de usar la técnica de la teletransportación—. ¡Mis amigos me necesitan!

        Kaiou-sama se giró hacia Gokuh para detenerlo. El saiya-jin estaba tan ansioso por ir en ayuda de su hijo y de sus amigos que había olvidado que ahora estaba muerto. No podía volver a la Tierra nunca más. 

       —Eso es completamente imposible, Gokuh. Tú ahora perteneces al mundo de los espíritus y no puedas ir a la Tierra. Además, aunque pudieras ir por un momento esos guerreros son más poderosos que Cell o Gohan. No podrías hacer nada.

        Gokuh apretó los puños fuertemente mientras sentía como la desesperación inundaba su ser.

       —¡Maldición! De haber imaginado que esto pasaría habría dejado que mis amigos me hubieran revivido con ayuda de las Esferas del Dragón. ¡Rayos!

       Astronave Churubusco (Comedor)

        Una vez que Sailor Saturn fue engullida por el agujero de luz dimensional, Dai y Poppu dieron un salto al mismo tiempo y desaparecieron de igual forma. Ahora le tocaba su turno a Zaboot y a los Santos de Bronce. Shilbalam, mientras tanto, estaba explicándoles a Marinana y a Cariolano que luego de que los Santos entraran por la puerta, ésta debería cerrarse para evitar que el enemigo intentara pasar por ella.

       —¿Están listos, amigos? —preguntó Zaboot a los Santos.

       —Creo que sí —le respondió Seiya, volviendo la mirada por encima del hombro un instante—. Aunque admito que jamás he hecho algo como esto.

        En ese momento la cadena de Andrómeda se puso tensa, indicando que existía un peligro dentro del agujero de luz. Shun bajó la mirada y observó detenidamente como su cadena serpenteaba constantemente. Era extraño sí se tomaba en cuenta que se encontraba entre amigos.

        Zaboot no dijo nada, pero le llamó la atención el movimiento de la cadena de Shun, de manera que se detuvo antes de entrar en el agujero y volvió la vista hacia atrás. No sabía nada acerca de los Santos y por uno momento imaginó que quizás era la misma energía del Santo de Andrómeda la que ocasionaba esa reacción. Sin embargo no podía ignorar que él también percibía una extraña sensación de peligro.

       —¿Qué le ocurre a tu cadena, Shun? —le inquirió Shiryu, extrañado.

       —No lo sé bien, amigos, pero parece que la cadena detecta alguna clase de peligro dentro del círculo de luz —Shun dirigió su vista hacia la puerta dimensional y añadió—: O tal vez en el lugar a donde nos conduce.

       —Quizás se deba a la presencia de los guerreros de N´astarith —sugirió Hyoga, mirando el círculo luminoso por un segundo—. Es probable que la cadena haya percibido sus cosmos aun desde aquí. Eso quiere decir que son muy poderosos.

        Seiya se giró sobre sus talones.

       —Tal vez tengas razón, Hyoga, lo mejor será que te quedes aquí y le avises de esto a Atena y a los Santos de Oro. No sabemos lo que encontremos una vez que atravesemos ese agujero y quizás necesitemos ayuda más tarde.

        El Santo del Cisne pensó que su camarada quizás tenía razón. Los Khans habían demostrado ser muy poderosos durante el combate en el Santuario y, por lo mismo, sería imprudente no tener preparado un plan de contingencia en caso de que las cosas se pusieran peligrosas.

       —Está bien, Seiya, pero ¿por qué yo?

       —Vamos, Hyoga, no te enfades —repuso el Santo de Pegaso con una tenue sonrisa, dándole unas palmaditas en el hombro a su compañero—. Ya tendrás tiempo para divertirte con nosotros.

        Zaboot, que sentía que estaban perdiendo el tiempo, les hizo una seña con el brazo para indicarles que ya era hora de marcharse. No era que le molestara que bromearan entre sí, sino que estaba preocupado por Casiopea, Dai, Sailor Saturn y los demás.

        Uno por uno, todos atravesaron la puerta de luz. Zaboot fue el primero en entrar y luego Seiya. Instantes después, Shiryu y Shun. Después de que la figura de Shun dejó de verse completamente, Shilbalma alzó una mano con la palma vuelta hacia la puerta y, un segundo después, ésta comenzó a encogerse paulatinamente. Mariana juntó sus manos, cerró los ojos y comenzó a orar para que sus amigos regresaran con bien.

       —Espero que no tengan problemas.

       De repente, y sin previo aviso, Ryoga tragó aire, corrió hacia el agujero y saltó hacia el centro de éste con unos milímetros de margen, provocando la sorpresa de todos. Quedó suspendido durante una fracción de segundo, prendido en la destellante superficie de energía, y fue succionado.

       Todos se quedaron como petrificados por unos segundos. ¿Qué era lo que intentaba Ryoga? ¿Acaso quería jugar al héroe? Mariana extendió una mano hacia el círculo de luz que desaparecía con un último destello. Parecía como sí hubiera querido alcanzar al joven en el último instante.

       —¡¡Ryoga espera!! ¡¡No!! —exclamó Ranma, corriendo hacia el sitio donde segundos antes había estado la puerta de luz—. ¡¡Ryoga!!

       Después de asimilar lo sucedido, Hyoga se giró hacia Shilbalam.

       —¿Puede traerlo de vuelta?

       Shilbalam bajó la mirada y meneó la cabeza en sentido negativo.

       —No, lo siento, pero eso es imposible por el momento. Tendremos que esperar y confiar en que los demás lo cuiden. No hay nada que podamos hacer. Sí abrimos otra puerta nos exponemos a que el enemigo pase por ella y nos encuentre.

       Ranma se volvió furioso contra el viejo brujo. Estaba preocupado por Ryoga, pero también su orgullo de adolescente le exigía no dejarse supera por nadie, y menos por uno de sus principales rivales. Tenía que seguir a Ryoga.

       —Escuche, abuelo, tiene que mandarme a mí también.

       —Entiendo lo que sientes, muchacho, pero no puedo hacer lo que me pides. Es demasiado arriesgado para hacerlo —Shilbalma se dio la media vuelta y comenzó a caminar con la mirada iracunda del joven Saotome puesta sobre sus espaldas—. Sin embargo existe algo que sí puedo hacer.

       —¿Qué cosa?

       El brujo Kundalini se detuvo un instante, volvió el rostro por encima del hombro y sonrió:

       —Rezar.

       Ranma casi se fue de espaldas al suelo al oír aquello. Tenía que ser una pesadilla.

       Shinden (Templo de Kami-Sama)

       Leinad, el Khan de Leviatán, levantó su mano derecha y disparó una nueva ráfaga de energía contra otra de las paredes de la habitación, la cual explotó en mil pedazos. Según el escáner visual, la gema estelar se encontraba ya muy cerca.

       —Que lugar tan aburrido —murmuró mientras entraba en una sala oscura. Cuando usó su poder para formar una esfera de luz en su mano que le permitiera alumbrar el camino, se encontró con una habitación llena de tesoros. Había joyas y monedas de oro por todas partes—. Aunque parece que la cosa parece ponerse mejor.

       Leinad avanzó a través de la habitación, mirando todos los tesoros con fascinación a la vez que sonreía. Aún sí no encontraba la gema estelar al menos no se marcharía con las manos vacías. El Khan se acercó a un pequeño cofre que había encima de una mesa y descubrió que estaba lleno de monedas de oro; sin pensarlo mucho cerró el cofre y se lo puso bajo el brazo.

       “Ahora sí tengo para mi fondo del retiro”, pensó mientras sonreía. De repente, el escáner visual produjo un nuevo pitido. La gema de los Titanes estaba frente a él, incrustada en un enorme ojo esculpido en una pared. El guerrero imperial caminó hasta el muro, alargó una mano y desprendió la gema sin problema; esta vez se trataba de un diamante que llevaba inscrita la palabra “Lain”.

       —Lain —murmuró mientras examinaba la piedra—. Otra de las llaves que abre la puerta que conduce al cielo de acuerdo con las leyendas endorianas. Creo que con esta ya tenemos siete gemas sagradas, bueno, ocho sí es que ese inútil de Odrare logró completar su misión.

       El guerrero imperial se volvió hacia una de las paredes que daba al exterior y disparó una ráfaga de energía para demolerla. Antes de que el humo de la explosión se disipara en su totalidad, Leinad decidió salir al exterior.

        —Veo que estás acabado, enano. 

        —Maldito insecto —masculló Vejita jadeando—. No me vencerás tan fácilmente.

       Sorlak sonrió burlonamente provocando la ira del príncipe saiya-jin, quien en un ataque de cólera cerró un puño y se lanzó contra él sin importarle nada. El Khan bloqueó el puñetazo con un brazo sin problema y luego contraatacó golpeando a Vejita una y otra vez hasta que lo dejó inconsciente en el suelo. Había logrado absorber bastante poder y gracias a ello acababa de derrotar al último rival de peligro en el Shinden sin ninguna dificultad. Ahora sólo era cuestión de Nauj-vir acabara con Gohan y Piccolo para concluir el trabajo.

       —¿Ya terminaste con ese payaso? —le preguntó Belcer a sus espaldas.

       El Khan del Grifo se dio la vuelta en redondo.

       —Ah, Belcer, no tenía idea de que estabas viendo mi pelea con este enano.

       —Lo dejaste que te golpeara un poco, ¿no?

       —En realidad me tomó por sorpresa. Es curioso, pero este gusano no siente mucha simpatía por los demás guerreros que defienden este lugar. Cuando estuve en su mente de mantequilla logré ver que siente celos por un tal Kakaroto.

       —¿Kakaroto? —Belcer alzó una ceja—. ¿Y ese quién es? ¿Algún guerrero?

       —Sí, pero murió hace poco luchando contra un monstruo llamado Cell. Creo que todos ellos acaban de estar en una pelea en que la que estuvo en juego el destino de este planeta. Je, algo loable y muy heroico… ¡¡JA, JA, JA, JA, JA!!

       El Khan del Golem dirigió su mirada hacia donde estaba la androide No.18 y la examinó de arriba abajo con cuidado. Realmente era chica muy hermosa y bastante atractiva. Iba a ser un verdadero desperdicio dejar pasar una oportunidad como aquella.

       —Hmmm, vaya, ahí hay algo que vale la pena robar.

       —Ah, la señorita rubia de medidas perfectas. En la mente de Vejita vi que le dio una paliza hace algunos días —Sorlak se había llevado una mano al escáner visual y estaba analizando a No. 18—. Parece que se trata de una androide muy avanzada y con grandes poderes.

        Belcer arqueó una ceja a su compañero y sonrió con malicia.

       —Me importa un cacahuate que sea androide ¿Qué te parece sí vamos a saludarla?

       —Es exactamente lo que iba a proponerte —repuso Sorlak con una amplia sonrisa—. Al fin se te están ocurriendo buenas ideas, Belcer.

        Ambos guerreros Khan desplegaron sus auras y se lanzaron volando hacia donde estaba No. 18. La androide aún mantenía los ojos sobre Kurinrin sin saber qué hacer y por ello ni siquiera se dio cuenta de que los invasores iban hacia ella hasta que fue demasiado tarde.

       —Hola, preciosa —dijo Belcer, aterrizando atrás de No. 18—. Mucho gusto.

       —¡¡JA, JA, JA, JA, JA, JA!! —rió Sorlak llegando poco después que su compañero.

        No. 18 se dio la vuelta para encararlos y se colocó en guardia enseguida. No tenía idea de cuáles eran las intenciones de aquel par de estúpidos, así que se preparó para lo peor. Tal vez, imaginó, creían que formaba parte de los Guerreros Zeta y por esa razón habían decidido atacarla, o tal vez querían otra cosa como interrogarla.

       —¡¿Qué es lo que quieren de mí?!

       —Oh, cuidado, Belcer, la minina sacó las garras… ¡¡JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA!!

        El Khan del Golem dio un pasó al frente y le ofreció la mano.

       —Descuida, linda, no vamos a hacerte daño. Sólo queremos ser tus amigos y divertirnos un poco.

       La androide frunció el ceño con suspicacia. Se notaba a leguas que esos imbéciles se traían algo sucio entre manos. Tal vez ignoraban que era más fuerte que un humano normal y por eso trataban de pasarse de listos. No obstante, su líder había derrotado a Gohan sin problema lo cual sugería que a pesar de su poder como androide, tal vez, no iba a poder con ninguno de los dos.

       “¿Qué tan poderosos serán?”, pensó. “¿Tendré posibilidades sí los enfrento? Lo malo es que ya no queda nadie para ayudarme. ¡Maldición! Debí haberme ido mientras podía, ¿por qué diablos me quedé aquí?”.

       Nauj-vir ladeó el rostro sin dejar de mirar a Gohan. Realmente había luchado como un guerrero digno y merecía vivir. Quién sabe, quizás hasta podría tener la oportunidad de volverlo a enfrentar otra vez en el futuro. Estaba pensando en qué hacer cuando escuchó un grito de Piccolo a sus espaldas.

       —¡¡Espera!!

       El Khan del Cíclope volvió la mirada hacia él, pero no dijo nada.

       —No lo mates. Sí tienes que eliminar a alguien, entonces elimíname a mí.

       El namek no era una amenaza. Eso se notaba claramente por la forma en que se tomaba el hombro izquierdo y jadeaba constantemente. Evidentemente se estaba jugando su última carta con ese ofrecimiento. Nauj-vir lo miró a los ojos.

       —Interesante propuesta, amigo —murmuró el Khan del Cíclope, apuntando con su mira láser el entrecejo de Piccolo—. Pero ¿por qué debería hacer lo me solicitas?

       —A pesar de su enorme poder, Gohan no es más que niño y todavía tiene una larga vida por delante. En cambio, yo ya he vivido lo suficiente. No me importa morir sí con eso consigo salvar la vida de Gohan.

        El guerrero imperial miró el interior de los ojos del namek, como sí quisiera leer lo que había en su corazón a través de ellos. El Guerrero Zeta parecía estar realmente dispuesto a morir por Gohan, pero ¿por qué hacerlo? ¿cuál era el motivo real de esa acción? ¿acaso se trataba de un engaño? No había ninguna equivocación, ese peleador llamado Piccolo era muy valiente.

       —¿Es que acaso eres su padre? —preguntó Nauj-vir medio en serio, medio en broma. Obviamente, aquella era una pregunta sin sentido dado las marcadas diferencias físicas entre Piccolo y Gohan, pero el imperial quería ahondar un poco más en los motivos del namek.

        Para sorpresa del Khan, Piccolo cerró los ojos y frunció una tenue sonrisa.

       —No lo soy, pero admito que me hubiera gustado serlo.

        Ahora Nauj-vir no tenía la menor duda: el namek estaba dispuesto a morir a cambio de que Gohan pudiera seguir con vida. Durante sus muchos combates en la galaxia se había topado con guerreros que en lugar de ayudar a sus amigos vencidos preferían huir para salvarse; guerreros que delataban a sus propios compañeros con tal de que les perdonaran la vida. Todos esos cobardes merecían morir, pero en esa ocasión… .

       —Tengo que reconocer que eres valiente, estúpido, pero valiente —dijo el Khan una vez que quitó el pie de la cabeza de Gohan—. Toma al muchacho y no vuelvas a interferir en mi camino o de lo contrario los mataré a ambos.

       —¿Qué es lo que dices? ¿No quieres matarnos? —Piccolo no pudo ocultar su desconfianza ante las palabras del guerrero de Abbadón—. ¿Es eso cierto?

        Nauj-vir asintió con la cabeza.

       —He conocido infinidad de oponentes y la mayoría resultaron ser unos malditos que vendían a sus hermanos con tal de salvar sus miserables vidas. Sin embargo, tú eres diferente. Prefieres sacrificar tu vida en lugar de escapar, eso es algo honorable que no puedo pasar por alto. Aún así, el emperador N´astarith no tolerará ninguna interferencia en sus planes futuros, de manera que sí interfieren con nosotros una vez más no tendré más remedio que matarlos.

        Piccolo parpadeó un par de veces, totalmente atónito. Era un verdadero milagro. Nauj-vir era un peleador que realmente sabía lo que era el honor, entonces ¿por qué peleaba para un emperador que deseaba dominar todos los universos por medio de la fuerza? Aquello era un tanto incomprensible para él.

       —Vaya, vaya —siseó Leinad, atrayendo la atención de Piccolo a sus espaldas. El Khan del Leviatán aparentemente había escuchado todo—. Nauj-vir, no has cambiado nada en lo absoluto. No es de extrañarse que a pesar de que siempre cumples con tus misiones al final acabas cometiendo un error garrafal.

       —Mis decisiones son sólo mías y de nadie más, Leinad —replicó el Khan del Cíclope. El ojo cibernético se dilató un poco—. Veo que lograste encontrar la gema sagrada de los Titanes.

       “¿La gema sagrada de los Titanes”, pensó Piccolo. “¿Qué demonios es eso?”.

       —Estás en lo correcto, Nauj-vir, y dado que ya derrotamos a todos los peleadores de este lugar, ¿qué opinas sí destruimos esta plataforma para que mueran? De esta forma eliminaremos cualquier amenaza futura. Recuerda que ya analizamos la población de este planeta desde nuestra nave y no representan un peligro, claro, a excepción de estos idiotas.

        Piccolo abrió los ojos como platos por la impresión. Sí hacían eso acabarían con la vida de todos, incluyendo la de Mr. Popo y la de Dende. No podía dejar que hicieran eso, tenía que impedirlo de algún modo.

       —Nauj-vir, tú me dijiste que no nos matarías.

        El Khan del Cíclope le soltó una sonrisa macabra.

       —Te perdoné la vida a ti y al chico, jamás dije que haría lo mismo con los otros. Ellos fueron derrotados y ahora merecen morir. Así es la guerra.

       —Maldito —susurró Piccolo, temblando por la rabia—. No voy a… .

        No alcanzó a terminar la frase. De repente un fuerte estruendo hizo eco en medio del Shinden, un tronido que provocó que todos volvieran su mirada hacia el centro de la plataforma celeste. Un círculo de luz, un portal dimensional luminoso acababa de materializarse en medio del aire.

       —¡¿Qué demonios es eso?! —preguntó Leinad, imaginado que tal vez ese guerrero de nombre Piccolo era el responsable de aquel suceso. No obstante, descartó esa idea cuando lo miró de reojo y vio que estaba tan sorprendido como él.

        Sorlak, No. 18 y Belcer también habían olvidado momentáneamente quiénes eran y qué estaban haciendo para centrar toda su atención en aquel misterioso círculo de luz. Nauj-vir, a su vez, intuyó que tal vez se trataba de un ataque de los emisarios de la Alianza por lo que volvió la vista en diferentes direcciones tratando de ubicar alguna nave.

       —Pero, ¿qué es eso? —alcanzó a murmurar No. 18.

        En ese momento, Casiopea, Leona, Hyukel, Eclipse, Astroboy, Sailor Saturn, Dai, Poppu, Seiya, Shun, Shiryu, Zaboot y Ryoga salieron del agujero dimensional de tres en tres para hacer frente a los guerreros imperiales de Abbadón. Los cuatro Khans se quedaron literalmente petrificados sin comprender lo qué había ocurrido.

       —No necesito ser un genio para saber quiénes son los malos aqui —declaró Eclipse, observando a Leinad—. Ese miserable tiene la gema estelar y tiene cara de prepotente.

       —Ah, así qué tú eres el miserable espía que logró engañar a Tiamat para quitarle la gema “Nun” —repuso el Khan de Leviatán en forma amenazante—. Tiamat debe ser todo un estúpido para dejarse tomar el pelo por un insignificante espía como tú.

        Eclipse dio un paso al frente y alargó el brazo para señalar a Leinad.

       —¡Hey! ¡Cuidado con lo que dices!

       —¡¡JA, JA, JA, JA, JA!! Parece que llegaron invitados de último momento, chicos.

        Nauj-vir centró toda su atención en los emisarios de la Alianza. El espía no era una amenaza real, así que se dedicó a escudriñar al resto en busca del más fuerte. Su ojo cibernético se dilataba y contraía a medida que examinaba a cada uno. Las vestimentas de Casiopea le indicaron que ésta era una guerrera Celestial. Uno de los chicos era un robot. La niña con uniforme de Sailor Senshi tenía suficiente poder como para destruir un planeta e iba armada con una lanza. El niño de mirada desafiante ocultaba un enorme poder. El sujeto de armadura y espada llamado Hyunkel no parecía muy fuerte y la chica rubia era, quizás, tan débil como el espía. Quiénes sin duda tenían bastante poder eran los Santos de Bronce que los acompañaban.

       —¿En qué sitio estamos? —inquirió Ryoga de repente, mirando los alrededores como sí acabara de despertarse de un profundo sueño—. No sé parece a nada que haya visto antes.

       —Pues es obvio que… ¿Qué es lo que haces tú aquí? —le preguntó Seiya a su vez.

       —Cierto —dijo Astroboy—. No deberías estar aquí, es demasiado peligroso.

       —Ryoga —murmuró Dai.

       —Esto no es divertido, Ryoga —lo reprendió Leona.

        Ryoga sonrió cínicamente con el entrecejo fruncido.

       —Lo siento, pero no podía quedarme sin hacer nada.

       —Pues ya que estás aquí no te distraigas —le aconsejó Eclipse—. Estos tipos tienes cara de bandoleros y no creo que nos den la gema sin pelear.

       Casiopea lanzó un suspiró y se dedicó a examinar cuidadosamente a los cuatro Khans que tenía ante ella para ubicar al más poderoso de todos. No parecía conocer a ninguno, pero cuando sus ojos se toparon con el rostro sonriente de Sorlak sintió un profundo vacío en la boca del estómago. Hyunkel lanzó una rápida mirada de soslayo hacia su costado izquierdo y descubrió que la princesa del planeta Francus estaba sumamente pálida.

       “¿Qué le ocurre a Casiopea?”, pensó con desconcierto. “Parece que hubiera visto alguna clase de fantasma”.

        El Khan del Grifo dejó a No. 18 y a Belcer de lado y avanzó unos cuantos pasos hacia Casiopea, pero sin dejar de sonreír. Tenía una expresión de maniático que de inmediato fue reconocida por todos, incluidos sus propios compañeros.

       —Oh, no, tus bellos ojos no te están engañando, Casiopea, después de todo, ¿quién me conoce mejor que tú?

       —No… puede ser verdad —masculló Casiopea. La Celestial estaba como hipnotizada, pero la voz del Khan del Cíclope la hizo despertarse de su letargo.

       —Esos son los Santos de Bronce que Tiamat no pudo vencer —señaló Nauj-vir—. Su apariencia concuerda plenamente con la imagen mental que nos transmitieron nuestros compañeros antes de abandonar Armagedón. Deben haber llegado hasta aquí por medio de alguna clase de puerta dimensional.

       —¡Hey! Yo conozco a ese mocoso —dijo Belcer, reconociendo a Ryoga Hibiki entre los aliados de la Alianza Estelar—. Lo derroté cuando encontramos la tercer gema estelar. Me extraña que este aquí, pero concuerda con el reporte que nos dio Aicila.

       —Pero sí es sujeto es el mismo que estaba con Sombrío —murmuró Ryoga por su parte. A continuación alzó un puño y adoptó una actitud desafiante—. Canalla, ¿a dónde se llevaron a Akane? Más vale que empieces a hablar o sí no… .

       —¿O sí no qué, basura? No me hagas reír porque tengo partidos los labios.

        “¿Pero quiénes son todos ellos?”, se preguntó Piccolo interiormente. “Aparecieron de la nada y aparentemente conocen a estos sujetos también. Sus Kis son de diferentes niveles, pero ninguno parece estar a la par de esos malditos”.

        Nauj-vir dio un paso al frente, mirando a los emisarios de la Alianza con absoluta indiferencia. Parecía que estaba muy seguro de que ninguno de ellos significaba una amenaza para él o para los otros tres Khans que lo acompañaban.

       —¿A qué han venido? —les preguntó con insolencia—. Les advierto que sí tratan de evitar que nos llevemos la gema estelar, solamente terminarán con sus vidas. No permitiré que ninguno de ustedes interfiera con los planes del emperador.

        Hyunkel levantó su espada en alto.

       —Eso está por verse, amigo.

        Belcer sonrió con desdén. Zaboot se llevó la mano a la empuñadura de su espada Excalibur y la desenfundó de un solo movimiento. Sailor Saturn sujetó fuertemente su arma y se preparó para la pelea.

       —Tú debes ser Zaboot, ¿no? —le preguntó Leinad al Kundalini.

       —¿Cómo sabes mí nombre?

       —Es realmente muy sencillo, Guerrero Kundalini. Gracias a nuestras habilidades telepáticas, nosotros los Khans podemos transmitirnos unos a otros todas las experiencias en combate que hayamos tenido con diferentes adversarios. De esta manera, cada Khan aprende de la experiencia de los demás y conoce las habilidades del enemigo. Gracias a esta facultad conocemos todas sus ataques y poderes. No hay nada que no sepamos de ustedes.

       —¡Bah! No nos asustas con tus presunciones, payaso —replicó Eclipse.

        El Khan del Leviatán frunció los labios con malestar. ¿Quién se creía ese maldito Espía Estelar para hablarle de esa manera? Alargó el brazo derecho para señalar a Eclipse y le disparó un fino rayo de luz carmesí que le atravesó el hombro izquierdo. El espía ni siquiera tuvo tiempo para esquivarlo y cayó al suelo.

       —¡¡Eclipse!! —gritó Casiopea, horrorizada.

       —Ese maldito sí que me hizo enfadar —murmuró Leinad con el entrecejo fruncido.

        Hyunkel, encolerizado, volvió la cabeza hacia Eclipse un instante antes de atacar a Leinad con todas sus fuerzas. Una poderosa ráfaga de luz salió de la espada del Caballero Inmortal en dirección al pecho del imperial, concretamente hacia el corazón.

       —¡¡Maldito!! ¡¡Bloody Sukuraido!! (Corte Sangriento)

        El Khan se deshizo del ataque de Hyunkel con un manotazo. El Bloody Sukuraido se fue a impactar contra una de las torres de la plataforma celeste, demoliéndola por completo. La estructura se resquebrajó de arriba abajo y se derrumbó ante el horror de Piccolo.

       —¡¡No puede ser!! —exclamó Hyunkel que no podía creerlo. Anteriormente los enemigos con lo que había luchado habían sido capaces de evadir su Bloody Sukuraido, pero ninguno había sido capaz de hacer algo como aquello.

        Ryoga, Dai, Poppu, Leona, Zaboot, No.18 y Astroboy también se quedaron perplejos ante lo ocurrido.

       —¡¡El templo… el templo… el templo!! —gritó Piccolo con los ojos completamente desorbitados por la desesperación—. ¡¡El templo… el templo… el templo sagrado!!

       —Ese fue el Bloody Sukuraido —dijo Leinad con indiferencia—. Esa técnica la usaste contra Lilith si no mal recuerdo en el Reino de Papunika, ¿no? También te vieron usarla para matar a Sigma en el planeta Noat, Hyunkel.

       —¡¡Ahora veraz, maldito!!

       Incapaz de contenerse por un segundo más, Seiya cerró su puño derecho y lo extendió sobre el Khan para lanzarle el Pegasus Ryuu Sei Ken. Una lluvia de incontables rayos luminosos brotaron del puño de Seiya y se abalanzaron sobre el Khan de Leviatán a una velocidad muy cercana a la de la luz.

       Leinad, sereno y hasta confiado, comenzó a mover los brazos de una manera sorprendente en un intento por bloquear todo los meteoros de luz. A excepción de Casiopea, No. 18, Piccolo, Shun, Shiryu, Sorlak, Nauj-vir y Belcer, nadie pudo seguir los veloces movimientos del Khan de Leviatán; el resto sólo podía ver como unos destellos azules aparecían y se esfumaban delante de Leinad.

       —Ese enano tiene un Ki verdaderamente impresionante —observó No. 18.

       Al cabo de unos segundos, Seiya bajó el brazo y observó con sorpresa que su rival no había recibido ningún daño, es más no tenía ni un solo rasguño. Parecía algo imposible, pero el imperial había logrado detener con éxito todos los meteoros de Seiya. El Santo de Pegaso no daba crédito a lo sucedido al igual que el resto de sus compañeros, ¿acaso también conocían sus técnicas?

       —No puedo creerlo, mi poderoso Pegasus Ryuu Sei Ken no le hizo nada.

       —También conozco sobre tu Pegasus Ryuu Sei Ken, Seiya —declaró Leinad, confirmado sus sospechas—. Conocemos cada técnica que haya sido empleada contra nuestros compañeros en batallas anteriores. Además, aún se encuentran demasiado débiles debido a la pelea con Tiamat y los otros en las Doce Casas. No tienen ninguna oportunidad de derrotarnos.

       Acto seguido, el Khan de Leviatán cruzó los brazos sobre su pecho y comenzó a generar una poderosa energía que lo envolvió por completo. En cuestión de segundos, Leinad se transformó en una enorme masa de energía brillante que cegó momentáneamente a Seiya y a los otros. Después, como sí se tratara de un poderoso cometa, Leinad embistió al Santo de Pegaso con una fuerza devastadora, lanzándolo lejos.

       —¡¡Seiya!! —exclamó Shiryu mientras su amigo volaba por los aires.

       —¡¡No!! —gritó Casiopea.

       Aquel despliegue de fuerza dejó sumamente impresionados a los Santos, a Hyunkel, Dai, Astroboy, Casiopea, Ryoga y los demás. Sí los guerreros imperiales conocían todas sus técnicas y manera de pelear entonces significaba que les llevaban una amplia ventaja. Parecían invencible ¿habría esperanzas reales de derrotarlos?

       Continuará… .

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