Leyenda 139

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO CXXXIX

HACER LO IMPOSIBLE

          Planeta Gualna
Hace miles de años

          —¿Qué tan poderosa es la magia?

          Shilbalam no pudo evitar sonreír discretamente cuando escuchó la pregunta que le acababa de formular Morgana. No había pasado mucho desde que había comenzado a entrenarla junto a su hermano Akab y era natural que aún ignoraran muchas cosas de algo tan complejo y vasto como era la magia. Todavía no poseían la paciencia necesaria para entender que sólo la tranquilidad del intelecto les permitiría comprender todo lo referente a las ciencias ocultas, el esoterismo y la adivinación. Hasta que llegara ese momento, Shilbalam debía seguir instruyéndolos en las artes mágicas y guiarlos en el correcto manejo de las fuerzas de la naturaleza.

          El viento agitó el cabello del brujo blanco.

          —La magia, Morgana —repuso Shilbalam con voz amable—, tiene la característica de ir en contra de toda lógica y de lograr aquello que a todas luces pareciera imposible. Hay magia blanca y magia negra. La magia blanca se nutre de la energía positiva y para invocarla son requeridas dos características esenciales. La primera de ellas consiste en una coordinación armónica entre la parte corporal y la parte sensitiva de uno mismo. La segunda es lograr que la misma naturaleza te permita manipularla según tus propios deseos.

          Un destello de ambición cruzó la mirada de Akab.

          —¿De verdad, maestro? No existen limites para la magia, ¿verdad?

          —La única limitante sería la propia voluntad del brujo que la invoca —explicó Shilbalam—. La magia puede ser capaz de modificar la realidad y alterar las probabilidades, pero nunca olviden que todo depende de las capacidades espirituales del brujo que la utiliza.

          Akab sonrió.

          —Entonces la magia podría concederme todos mis deseos.

          —Te recuerdo que el poder no debe ser usado con fines egoístas —le reprendió Shilbalam en tono severo—. El poder usado en forma negativa siempre se te regresará como un boomerang y podría terminar causando tu propia destrucción. Es una ley de causa y efecto que nunca deben olvidar.

          —Eso nunca me sucederá a mí, maestro —había respondido Akab, apartando los ojos de la inteligente mirada de Shilbalam. Que el brujo blanco pensase lo que quisiera. “Veremos qué dices cuando algún día superé tus poderes, Shilbalam”, pensó.

          —Te pido que disculpes a mi hermano, amor mío —dijo Morgana con dulzura al tiempo que cogía una mano de Shilbalam—. Akab sólo está deslumbrado por tus sabias enseñanzas, pero con tu guía se convertirá en un gran brujo.

          —Sé que lo hará bien con el tiempo —repuso Shilbalam con una sonrisa—. Y también sé que tú aprenderás a dominar las fuerzas de la naturaleza, pero no olvides nunca una cosa, Morgana.

          —¿Qué cosa, amor mío?

          —Que incluso la magia más poderosa puede ser derrotada por la fuerza de voluntad de una persona con poder y conocimiento. La voluntad es algo que dirige nuestros actos, es algo que los guerreros usan para realizar cosas que según la mayoría de las personas son imposibles de hacer; la fantasía es la realidad de los que todavía sueñan. La voluntad es lo que puede darte el triunfo cuando tu intelecto te dice que estás derrotado; la voluntad es la que te puede llevar a mundos fantásticos; la voluntad es la que te ayuda a lograr lo que quieres, aunque el panorama esté en tu contra.

          Planeta Adur.
          Época actual

          El puño de Garlick estuvo a punto de alcanzar a Sailor Jupiter cuando Trunks saltó de la nada convertido en Súper Saiya-jin y lo evitó. Detuvo el golpe con ambas manos y luego hundió su puño derecho en el estómago de Garlick, liberando una ráfaga de luz tan poderosa que salió por la espalda del gigante y lo arrojó contra las rocas… No obstante, Garlick se levantó como sí nada y la batalla prosiguió su curso. El hecho de ser inmortal le permitía al gigante recibir un ataque tras otro y recuperarse totalmente al cabo de unos instantes. Y no sólo eso; también parecía estar peleando mucho mejor e incluso se las arregló para luchar contra varios adversarios al tiempo que recibía múltiples ataques de todas direcciones. Sin embargo, pese a lo imposible que parecía derrotar a un ser inmortal, eso no detuvo a nadie y continuaron peleando con todas sus fuerzas.

          Obligado a retroceder, Garlick soportó un potente Masenko lanzado por Son Gohan, el frío Diamond Dust de Hyoga, el Venus Love and Beauty Shock de Sailor Venus y un nuevoRozan Kou Ryuu Ha de Shiryu. Pero aunque la mole que era el cuerpo del gigante había recibido una buena cantidad de daño, eso de nada sirvió al final. Todas y cada una de las heridas de Garlick fueron desapareciendo eventualmente y el gigante continuaba mostrándose invencible. Desde los cielos, Astroboy, No.18 y Casiopea se aproximaron rápidamente, soltando una infernal lluvia de ráfagas de energía.

          —¡Son un montón de insectos molestos! —rugió Garlick mientras los rayos castigaban su poderoso cuerpo y destruían el suelo bajo sus pies. Una esfera de luz se formó en su mano derecha y la usó para derribar a Astroboy, que se precipitó hacia el suelo donde se estrelló—. ¿Hasta cuando entenderán que no tienen posibilidades de ganarme? ¡Yo soy inmortal!

          Rina Inbaasu saltó para salvar a Astroboy, obligándolo a pegarse al suelo en el momento que el puño de Garlick hendió el aire a pocos centímetros de las cabezas de ambos. Ese mismo puño embistió a un gnomulón inorgánico, que había visto una oportunidad para petrificar a Rina por sorpresa, y le arrancó la cabeza. Cuando la hechicera se dio cuenta de lo que cerca que había estado de la muerte, se palpó la cabeza varias veces como sí se cerciorara de que aún la tenía en su lugar y luego se enfureció.

          —¡Oye! ¡Ten cuidado! —le gritó Rina a Garlick agitando un puño—. ¿No ves que soy una dama? Estúpido grandulón.

          Garlick volvió a hacer acopió del poder con un grito furioso que invocó su energía interna; el menor desplante de ese poder, un simple golpe con la mano abierta envió a Trunks volando de espaldas a chocar contra una columna, pero Garlick no tuvo tiempo para celebrar lo sucedido.

          Tenía a No.18 enfrente.

          La androide giró sobre sí misma y descargó una patada contra el rostro del gigante con la potencia suficiente para destruir un caza estelar. Garlick quedó visiblemente aturdido y tuvo que recurrir nuevamente a su poder para reponerse de ese golpe, pero No.18… .

          No.18 ya estaba conectándole un rápido codazo que le fracturó la nariz y lo hizo tambalearse unos pasos hacia atrás. El gigante recuperó la compostura y lanzó un puñetazo contra la androide, pero ésta detuvo el golpe empleando un antebrazo. Garlick reaccionó con sorpresa, pero no disponía de tiempo para pensar en la fuerza que debía poseer la androide para bloquear el último golpe. Casiopea, Son Gohan y Ten-Shin-Han llegaron desde lo alto y se unieron al ataque de No.18. La lluvia de golpes que cayó sobre el coloso fue cerrada y mortal. Todos lo golpeaban o lo pateaban una y otra vez desde diferentes direcciones, pero sin hacer mella en la resistencia de Garlick, que repartía tanto como recibía.

          A unos metros de donde No.18, Casiopea, Son Gohan Ten-Shin-Han y Garlick estaban inmersos en aquel feroz y brutal intercambio de golpes, el más poderoso guerrero namek evaluaba la situación. Y lo que veía no le agradaba nada. No importaba que ellos fuesen muchos y Garlick sólo uno; tampoco importaba que N´astarith sólo estuviese contemplando el cruento espectáculo desde lo alto de un risco o que los gnomulones inorgánicos estuviesen ocupados luchando por otro lado con Sailor Moon y Tuxedo Kamen. Mientras Garlick continuara siendo inmortal, no había manera de vencerlo y Piccolo sabía eso mejor que nadie porque ya antes le había tocado enfrentarlo. Pero los problemas estaban por agravarse. Más androides de batalla imperiales se acercaron con sus cañones disparando, pero Uller se lanzó contra ellos para congelarlos a la vez que Yamcha hacia lo propio usando el Soukidan para destrozar a cuanto enemigo se topaba.

          —Demonios —siseó Piccolo—. No podemos hacer nada y lo peor de todo es que ese maldito de N´astarith debe estar burlándose de nosotros. Al menos sí Gokuh estuviera aquí podríamos encontrar una forma de mandar a Garlick a otro planeta.

          Mirando por encima de su hombro, Karmatrón observó a Shilbalam. El brujo blanco se hallaba observando a Garlick , aunque no con los ojos únicamente, sino también a través del espíritu. No necesitaba pensar en cómo vencerlo. Con la mente en silencio sabía que no tenía necesidad de un plan o una estrategia. Ni siquiera necesitaba reunir fuerzas para llamar a la magia. Ya había dejado que la magia fluyera sobre su persona y su alrededor. A pesar de que se encontraban en medio de una terrible batalla, Shilbalam tenia la mente tranquila y en calma. Solamente de esa forma podía calibrar el poder mágico necesario para llevar a cabo sus planes. Pero su labor no estaba exenta de obstáculos. Su percepción también le advertía sobre la poderosa energía negativa que dominaba el ambiente y eso iba a complicarle las cosas.

          —Zacek, escucha con atención lo que voy a decirte —murmuró Shilbalam sin desviar su mirada ni un ápice—. Tengo una idea que puede servirnos, pero tendrán que distraer a ese gigante por unos momentos. Necesitaré emplear mucha energía para revertir la magia que lo volvió inmortal.

          Piccolo se giró inmediatamente hacia donde estaba Shilbalam. Lo que el brujo blanco había dicho parecía imposible.

          —¿Qué acabas de decir, anciano? ¿Dices qué puedes quitarle la inmortalidad a Garlick? ¿Cómo podrás lograr algo como eso?

          El brujo se volvió hacia Piccolo.

          —Sí la magia de esas Esferas del Dragón que mencionaste fue lo que le concedió vida eterna, entonces sólo la magia podrá hacerlo mortal otra vez. Es la única manera en que podremos derrotarlo de una vez por todas. Desgraciadamente, existe un problema para despojar a Garlick de la inmortalidad. Necesitaré una inmensa cantidad de poder mágico para lograrlo y eso me tomará tiempo.

          —Puede lograrlo, viejo maestro —lo ánimo Karmatrón.

          —Viejos los cerros, muchacho —refunfuñó Shilbalam—. Debemos actuar con rapidez porque mi hechizo quizá sólo consiga hacerlo mortal sólo por unos segundos y deberemos aprovecharlos.

          —Es por eso que pienso ayudarte —dijo una voz femenina.

          Shilbalam, Karmatrón y Piccolo intercambiaron miradas entre sí antes de volverse hacia la sacerdotisa Firia Uru Kuputo, que estaba detrás de todos ellos. Antes de poder verla a los ojos, el brujo blanco percibió una parte del inmeso poder que aquella joven de aspecto inocente poseía en su interior. Firia dio un paso hacia delante y comenzó a caminar hasta llegar frente a Piccolo y Karmatrón.

          —La magia que le concedió la inmortalidad a ese monstruo debió haber sido bastante poderosa —Firia paseó sus ojos azules de un rostro a otro—, pero sí lograra combinar mi poder mágico con el del anciano deberíamos tener más posibilidades de tener éxito. Sin embargo, tal y como lo dijo hace unos instantes, el gigante sólo volverá a ser mortal por unos momentos. Eso deberá bastar para que ustedes puedan derrotarlo.

          —Pueden contar con ello —repuso Piccolo, mostrándoles una ligera sonrisa de complicidad—. Sólo encárguense de que ese gusano pierda su inmortalidad y me ocuparé de acabarlo.

          Firia levantó sus manos en lo alto. La luz brotó de sus palmas unidas.

          —Entonces vayan y distráiganlo.

          —Será mejor que los demás se hagan a un lado —dijo Karmatrón mientras se elevaba en el aire—. Me ocuparé de mantener distraído a Garlick hasta que pierda su inmortalidad y entonces le tocará su turno a Piccolo.

          —Ve, muchacho, no pierdas tiempo —le apresuró Shilbalam.

          Karmatrón respondió asintiendo con la cabeza y se dirigió a toda velocidad al campo de batalla; aunque en el camino hubo de esquivar disparos provenientes de androides de batalla y shadow troopers, ráfagas petrificadoras y encantamientos lanzados por algunos magos del Ejército del Mal. El brujo blanco se colocó en posición de loto, cerró los ojos y comenzó a repetir varias veces un mantram kundalini. Entonces, de repente, comenzó a levitar hasta estar a dos metros por encima del suelo. Al mismo tiempo, Firia continuaba reuniendo todas sus fuerzas en las manos.

          Piccolo se mantuvo alerta. No debía dejar que nada ni nadie interrumpiera la meditación de sus aliados. Aquella demostración de poder mágico que Shilbalam y Firia estaban realizando le hizo recordar por un instante la época en que había sido el Kami-sama de la Tierra y los motivos que lo habían llevado a crear las esferas del dragón. De pronto escuchó voces que murmuraban y reían malévolamente a sus espaldas. Piccolo se volvió con la rapidez del rayo y descubrió un grupo de gnomulones inorgánicos acercándose.

          —Miren, vamos a petrificar a estos malditos —dijo uno de los gnomulones a sus compañeros. El inorgánico tenia la piel azulada y una larga melena color castaño rojizo—. No sé qué tratan de hacer, pero eso no importa porque los convertiremos en piedra. El gran Asura nos ordenó destruir a los aliados de los malditos Kundalini y lo haremos con gusto.

          —Será mejor que se larguen de aquí sí no quieren morir —les advirtió Piccolo.

          —Que insolente eres, maldito cara verde —replicó el inorgánico azul.

          —Este es un color ecológico, enano orejón.

          El inorgánico de piel azul frunció el entrecejo con desagrado.

          —Miren, compañeros, el maldito cara verde se cree cómico.

          —Y no es muy bueno que digamos —convino otro gnomulón.

          —¡Matémoslo!

          Todos los gnomulones levantaron sus puños al mismo tiempo.

          Cinco segundos después, todos, excepto dos, estaban hechos pedazos.

          Piccolo miró a los únicos inorgánicos con vida.

          —¿Quién sigue?

          Los gnomulones no lo pensaron dos veces y pusieron pies en polvorosa.

          —¡Esto no se quedará así, maldito cara verde! —gritó uno de los gnomulones antes de tropezarse mientras huía. Se levantó como pudo y siguió corriendo hasta desaparecer detrás de los árboles.

          Una lluvia mortal se precipitaba sobre el planeta Adur y las naves de la Alianza Estelar que lo orbitaban. En pocos minutos, las ráfagas rail y los mísiles lanzados por las astronaves terrestres habían conseguido destruir dos destructores endorianos, uno lerasino y un crucero ligero francusiano. Los ataques también habían logrado averiar seriamente dos destructores lerasinos, uno aduriano, un súper acorazado vretanio, un carguero adurianos con refugiados y algunas naves de la UN Spacy. Los oficiales de la Megaroad se horrorizaron cuando constataron que los cazas enemigos concentraban sus ataques contra la Churubusco, pero ¡las defensas de la enorme nave no les respondían! Para los pilotos de la armada terrestre aquello era como un juego de niños. Podían disparar a mansalva sin correr el riesgo de ser derribado por las baterías turboláser de la nave insignia enemiga. Por el momento la única defensa de la Churubusco provenía de los valientes pilotos de la Megaroad, que luchaban en una inferioridad numérica de diez a uno.

          La batalla había pillado a Misato y Ritsuko en una de las cubiertas superiores donde se habían juntado para conversar. Después de interrogar a Masamaru, ambas habían acordado reunirse con Fuyutsuki para hablar sobre lo que harían en lo futuro ahora que los acontecimientos parecían permitirles un leve descanso. Durante la charla, Ritsuko había dicho sin miramientos que no tenía caso regresar a su propio universo dado que la Tierra estaba destruida y no tenían un lugar a donde volver. A Fuyutsuki la idea de vivir entre alienígenas no le agradaba en lo absoluto y menos sabiendo que estaban en otra realidad, pero luego de analizar fríamente los hechos comprendió que aquella era justamente la opción más viable. Misato no se atrevía siquiera a discutir la idea; todavía tenía el ánimo por los suelos y se sentía desamparada. Fue en ese mismo instante que las alarmas comenzaron a sonar por todas partes. Cuando observaron un inusual movimiento de soldados corriendo en distintas direcciones, los tres supieron que algo andaba mal.

          Misato se giró para ver a través de una de las ventanas y la escena que contempló la dejó totalmente helada: Enormes naves intercambiaban disparos casi a la velocidad de la luz, dando la impresión de estar pegadas casco con casco, unidos por cables de fuego. Los disparos de las armas rail se convertían en veloces fogonazos de luz que florecían en deslumbrantes explosiones que se tragaban naves enteras mientras que los disparos de las baterías turboláser se traducían en un encaje resplandeciente de líneas de luz que convertían los cazas terrestres en esferas chisporreantes de fuego y restos metálicos. La ventana centelleó por unos instantes debido a un impacto cercano de mísiles y toda la cubierta sufrió una fuerte sacudida que hizo que Misato cayera al piso.

          —¿Qué está ocurriendo? —inquirió Ritsuko, aunque la respuesta era obvia.

          —Nos están atacando —señaló Fuyutsuki mientras se apoyaba contra la pared para evitar que las sacudidas lo lanzaran al suelo—. Creí que nos habían dicho que estábamos en un lugar seguro, pero parece que no es así.

          —Tenemos que ir inmediatamente al puente de mando —exclamó Misato levantándose con rapidez—. Debemos buscar a la reina Andrea o al príncipe Saulo y averiguar qué rayos está sucediendo.

          Ritsuko estaba totalmente de acuerdo. En Tokio-3 había visto lo fácil que era que una batalla terminara convirtiéndose en una tormenta de caos y pánico. Si eso llegaba a suceder, no quería acabar deambulando de un lado a otro como un perrito perdido. Pero lo que tanto ella como Misato parecían haber olvidado era que ninguno de los tres conocía bien la Churubusco y no había nadie cerca para preguntarle qué camino seguir hacia el puente de mando. Los militares estaban tan apurados por incorporarse a sus puestos de combate que ni siquiera prestaron atención cuando Ritsuko les pidió ayuda.

          —¡Oigan, llévenos al puente de mando! —le gritó Misato a un grupo de soldados que pasaban corriendo por una puerta—. ¿Qué no me están escuchando?

          —No molesten, no tenemos tiempo para ayudarlos —respondió uno de los militares sin detenerse. Se trataba de un joven que aparentaba unos dieciocho años—. ¡Vayan a los refugios!

          —¿Qué refugios? —replicó Misato, pero los soldados la ignoraron—. Vuelvan acá.

          —¿En qué dirección debemos ir? —inquirió Fuyutsuki en voz alta sin dirigirse a nadie en concreto—. Este lugar es tan grande como una ciudad. Podríamos perdernos fácilmente y terminar en el lugar menos indicado. No creo que debamos ir al puente.

          Echando una mirada por encima del hombro, Misato descubrió un diagrama de la cubierta plasmado en una pared y se acercó a él rápidamente. Comenzó a inspeccionarlo con la mirada mientras lo tocaba con los dedos. No sabía lo que decía, pero más o menos podía interpretarlo y deducir que camino tomar.

          —Aquí —Misato indicó lo que parecía un camino—. La cubierta donde estamos tiene un corredor a mano derecha que conduce a los ascensores. Podremos usar uno de ellos para subir al nivel siete y luego caminar al puente de mando.

          —Vaya, no está nada mal —murmuró Ritsuko.

          —Es demasiado peligroso, doctora —Fuyutsuki no parecía muy convencido de querer seguirlas—. Aventurarnos por esta nave podría ser un error. Quizá lo mejor sería quedarnos en este lugar y esperar a que las cosas se calmen.

          —¿Quedarnos sin hacer nada? —inquirió Ritsuko—. ¿Eso es lo que sugiere, Fuyutsuki? Bueno, eso no debería extrañarnos porque fue justo lo que usted hizo cuando Gendou planeó el fin del mundo en su oficina.

          El cansado rostro de Fuyutsuki se vació de toda emoción.

          —Ahora no es el momento para hablar de eso.

          —Claro —replicó Ritsuko con un tono de reproche. El pasillo volvió a estremecerse, pero a ella no pareció importarle mucho porque seguía hablando—. Después de todo no hay como quedarse al margen y no arriesgarse, ¿verdad? Siempre me pregunté sí usted ignoraba lo que Gendou tramaba, pero parece que estaba al tanto de todo y aún así no hizo nada.

          —Doctora, me juzga mal. Yo nunca quise que Gendou pusiera la vida de todos en peligro. Tenía sospechas de lo que tramaba, pero tuve que elegir entre él o SEELE y al final pienso que los planes de Gendou eran el menor de los males. Además Yui también confiaba en Gendou y creo que lo hacía por una buena razón.

          —¡Podías habernos advertido lo que intentaba hacer! —gritó Ritsuko—. Pero se quedó callado mientras Gendou nos usaba como piezas de ajedrez en su partida contra SEELE. A veces creo que debimos haberlo dejado en la Tierra.

          —Oh, por favor, usted tampoco hizo mucho —reviró Fuyutsuki con enojo—. ¿Cree que yo no estaba enterado de sus experimentos de clonación o lo que sentía por Gendou? Si no fuera por usted, Ritsuko, el comandante Ikari no habría logrado concretar muchos de sus planes.

          —Intenté detenerlo a pesar de todo. Usted en cambio sólo se limitó a tomar un asiento de primera fila para presenciar el fin del mundo. Dígame, ¿alguna vez le ha importado alguien más que no sea Yui? No lo creo porque cuando invadieron las instalaciones de NERV tampoco movió un dedo para ayudar a sus hombres. ¡Es usted un cobarde!

          —Vamos, doctora, usted sólo se puso en su contra porque se sentía despechada por él y ésa es la verdad razón. No trate de convencerme de que le preocupaba la humanidad y mejor admita que todo lo hizo por despecho.

          Ritsuko tomó aire y en su rostro apareció una mueca de desprecio.

          —Usted está loco.

          —¡Basta lo dos! —dijo por fin Misato—. Por si no lo han notado estamos en medio de una nave que no conocemos y que podría ser destruida en cualquier momento. Si sobrevivimos a esto habrá tiempo de sobra para discutir sobre quién es más malo de los dos, pero ahora lo importante es llegar al puente de mando.

          —De acuerdo —asintió Ritsuko, tranquilizándose—. ¿Por dónde nos vamos?

          —Por este camino —Misato señaló al frente—. Síganme de cerca y no se aparten.

          El puente de mando de la Churubusco sufrió una leve sacudida cuando la nave recibió el impacto de una nueva andanada de proyectiles. La reina Andrea aún estaba estupefacta y todavía no terminaba de asimilar los hechos. El que Cariolano hubiese resultado un traidor la había dejado atónita. Por fin muchas cosas cobraban sentido. No había sido una simple casualidad que el almirante dispusiera enviar a la mitad de la flota a realizar ejercicios de maniobra en un sistema estelar alejado, ni que los oficiales con mayor experiencia y rango estuviesen justamente de licencia en ese preciso momento. Todo había sido cuidadosamente planeado para dejar la puerta abierta a un ataque de la Tierra.

          Cariolano, que parecía adivinar los pensamientos que pasaban por la mente de la reina, miró a los ojos de Andrea. No había necesidad de poseer el don de la clarividencia o habilidad telepática para saber lo que pensaba. La expresión angustiada de Andrea Zeiva hablaba por sí sola.

          —Relájese, majestad, todo acabará en unos ciclos.

          —¿Por qué hiciste esto, Cariolano? —preguntó Andrea al fin—. Confiábamos en ti, eras nuestro amigo. ¿Por qué? ¿Por qué?

          —¿Quiere saber la razón, majestad? Bien, se la diré —El almirante empujó a Rodrigo para juntarlo con los oficiales y técnicos que mantenía cautivos y añadió—: Las guerras van y vienen y las cosas nunca cambian. Ganamos una guerra contra su hermano y derrotamos a los endorianos, pero ahora perdimos otra contra las fuerzas de Abbadón. ¿Y al final de cuentas que resultó de todo esto? Simplemente nada. Por otra parte,  N´astarith recompensa muy bien a quienes le sirven y sólo un idiota no se daría cuenta de que el imperio de Abbadón es invencible. Los intentos de la Alianza Estelar por derrotar a N´astarith son inútiles, de manera que lo único que resta es tratar de sobrevivir como se pueda. Los terrícolas entendieron esto y por eso se ofrecieron para lanzar este ataque.

          —¿Cómo puedes decir eso? —le recriminó Andrea, asqueada—. N´astarith es un tirano que lo único que busca es imponer su voluntad sobre todos los pueblos de la galaxia. No puedo creer que estés de su parte.

          Cariolano esbozó una sonrisa.

          —Al diablo con N´astarith y sus estúpidas ambiciones. Que se quede con el universo entero si es lo que desea. Cuando todo esto acabe y la Alianza Estelar sólo sea un recuerdo, habrá paz por algún tiempo. No lo sé, podría durar diez, quince o hasta veinte ciclos estelares dependiendo de lo que suceda, pero después de un tiempo comenzará otro conflicto y todo esto empezará de nuevo. Sólo que para cuando eso suceda, yo estaré tranquilamente en otro lugar disfrutando la mejor vida que el dinero puede conseguir.

          —Nunca espere algo así de ti, Cariolano —murmuró Rodrigo furioso—. Yo también pienso que N´astarith no puede ser vencido de ninguna forma, pero esto no es lo que yo quería. Debiste ayudarme a convencer al Consejo para negociar una rendición aceptable en vez de traicionarnos y provocar esta masacre. ¿Por qué no lo hiciste de esa forma?

          El almirante lo miró con fijeza.

          —No seas ingenuo, Rodrigo, jamás habrías logrado convencer a los miembros del Consejo de rendirse y eso lo sabes perfectamente —hizo una pausa y miró a la reina con una mueca burlona—. ¿O me equivoco, alteza? En ocasiones los ideales pueden ser un obstáculo serio para la política.

          —Baja el arma, Cariolano —replicó Andrea sintiendo que la sangre le hervía en las venas. La expresión de incertidumbre que segundos antes había dominado su rostro había sido reemplazada por una mirada llena de ira—. Tal vez pudiste sabotear nuestros sistemas de defensa, pero no podrás escapar de esta nave. Si te rindes y deshaces lo que has hecho, te aseguro que convenceré al Consejo de Lideres de ser clementes contigo.

          —No está en posición de hacer tratos, alteza —señaló Cariolano en tono amenazante. El gesto del almirante se endureció—. En cuanto al Consejo de Líderes, yo no me preocuparía mucho porque pronto dejará de existir.

          —¿Qué estás diciendo? —preguntó la reina, muy excitada.

          Cariolano sonrió.

          —Simple. Los miembros del Consejo serán asesinados y esta nave destruida para desaparecer toda evidencia de lo que aquí sucedió. Entonces, yo asumiré el mando provisional y me encargaré de negociar la rendición de la Alianza Estelar. La guerra finalmente habrá terminado y N´astarith obtendrá su victoria.

          —Y usted ganará una buena suma de dinero —concluyó Andrea.

          —¿Quiénes te ayudaron en tus planes? —preguntó Rodrigo frunciendo la mirada—. Está claro que ese malnacido del general MacDaguett y también los dos Hombres de Oscuro que llegaron de la Tierra son parte de todo esto, pero apostaría mi vida a que hay más personas involucradas en esta traición.

          —Que perspicaz eres, Rodrigo —Cariolano le dedicó una vacua sonrisa—. Si quieren saberlo con gusto se los diré porque a final de cuentas tendrán que morir. Luego de la derrota que la Alianza sufrió en Marte, el general Azmoudez me convenció de  lo inútil que era seguir peleando contra el Imperio. Sólo había que ver cómo perdíamos en todos los frentes para darse cuenta que teníamos los momentos contados. Para mi fue muy difícil llegar a una decisión, pero cuando la reina Andrea y sus amigos Celestiales convencieron al Consejo de Líderes de continuar la lucha, supe qué no había manera de hacerlos entrar en razón. 

          —¡Tenia que ser Azmoudez! —exclamó Andrea, irritada—. Víbora despreciable, sabía que algo no estaba bien con ese sujeto y… . Espera un momento, ¿acaso Azmoudez no… .

          —Si, alteza, hasta que lo descubrió. El general Azmoudez ya debe haber llevado a los Celestiales y a sus amigos a la trampa que los guerreros de N´astarith tenían preparada para ellos en Adur. Quizá para estos momentos ya todo estén muertos. 

          —No puedes hablar en serio, mi hija está con ellos —dijo Andrea pálida de miedo y de furia. Se sentía como sí le hubieran propinado una fuerte patada en el estómago—. Desgraciado. Te juro que sí algo malo le pasa no habrá lugar en este universo donde te puedas esconder.

          Cariolano le apuntó a la cara.

          —No me presione, alteza, he tenido un día muy agitado.

          —¿Qué harás cuando descubran que saboteaste los sistemas de defensa vendrán al puente y descubrirán lo que ha pasado? —le preguntó la reina—. En cualquier momento un grupo de oficiales atravesarán esas puertas y… .

          —Pero que ingenua es, majestad —la interrumpió Cariolano—. Nadie vendrá al puente porque me encargué de mantener a todo mundo ocupado. A algunos oficiales los envié al área de ingeniería y a otros a los refugios o a los muelles. Nadie sospecha que el máximo almirante de la Alianza anuló las defensa y para cuando descubran que sabotee la nave y decidan venir al puente o redirigir los sistemas hacia otra área, la Churubusco habrá recibido tantos daños que nadie podrá hacer nada.

          Una nueva serie de explosiones hicieron vibrar el puente de mando. Uno de los paneles de control emitió un pitido y el almirante se acercó a la consola para encender el comunicador sin perder de vista a sus rehenes.

          —Aquí, Cariolano.

          La voz angustiada del rey Lazar brotó por una rejilla.

          —Almirante, en nombre de todos los cielos, ¿qué está sucediendo? ¿Quiénes nos están atacando? ¿Acaso se trata de las fuerzas de Abbadón? Por favor, almirante, díganos que está ocurriendo.

          Andrea y Rodrigo cambiaron una rápida mirada mientras Cariolano hablaba.

          —Tranquilícese, majestad, no sabemos lo que ha pasado, pero parece que los terrestres nos han traicionado.

          —¿Los terrícolas? Eso es imposible. ¿Por qué iban a querer traicionarnos?

          —No hay tiempo para averiguarlo —dijo Cariolano—. Tenemos que seguir el protocolo de seguridad y ahora la prioridad es salvaguardar la integridad de los miembros del Consejo de Líderes. Todos los dignatarios, embajadores y jefes militares deben ir hacia el nivel 41 y esperar a que me reúna con ustedes. La Churubusco ha recibido daños importantes y no descartaría la posibilidad de que tengamos que evacuar a los miembros del Consejo.

          Se produjo una pausa al otro extremo de la línea.

          —Entendido, almirante, seguiremos el protocolo de emergencia, pero no hemos podido localizar a la reina Andrea en ninguna parte.

          —No se preocupe por ella, majestad. La reina Andrea se encuentra aquí conmigo y me encargaré de llevarla sana y salva al nivel 41. El comandante Carrier se ha ofrecido para quedarse hasta la muerte con tal de defender esta nave.

          —De acuerdo, almirante —Lazar parecía muy nervioso a través del comunicador interno de la nave—. Confiamos en que usted se encargará de proteger esta nave y a todos sus ocupantes. Tiene toda mi confianza y mis oraciones puestas en usted. Lazar, fuera.

          —Debería ponerse rezar por usted, rey Lazar —murmuró Cariolano a la conexión apagada—. Pobre, tuvo su oportunidad para rendirse, pero ahora morirá por una causa perdida.

          Disparó contra la consola e ignoró las llamas y chispas que brotaban de los controles luego de que estos estallaron. Rodrigo pensó que aquel era el momento ideal para lanzarse sobre el almirante y desarmarlo, pero dudó y Cariolano lo notó.

          —Ni siquiera lo intentes —el almirante le dio un empujón; Rodrigo tropezó y cayó al suelo frente a Cariolano—, nunca le quedó el papel de héroe, comandante Carrier.

          —Debo confesar que eres un gran actor —espetó Andrea—. Todo este tiempo fingiste ser una persona honorable y leal, pero en realidad no eres más que un sucio cobarde que vende a sus amigos por dinero.

          —Hago lo necesario para sobrevivir, alteza, usted haría lo mismo y no lo niegue.

          —Yo jamás traicionaría la confianza de la gente que me aprecia.

          —Por favor, no sea hipócrita —se burló Cariolano—. ¿Acaso usted no traicionó la confianza de su hermano cuando prefirió unirse a la Alianza Estelar? Usted también sabe lo que es traicionar. En realidad no somos tan diferentes como supone, alteza.

          Cuando Andrea volvió a hablar, la ira y la determinación endurecieron su voz.

          —No tuerzas las cosas de esa manera tan vil. Las razones por la que abandoné a mi hermano no fueron porque deseaba salvarme o ganar dinero. Hubiera podido quedarme callada cómodamente y justificar los crímenes que mi hermano cometía, pero en vez de eso decidí enfrentarlo y ayudar a reparar el daño que él causó.

          —Eso no interesa —dijo Cariolano—. Como dije antes, lo que importa aquí es sobrevivir y si para eso debo matarlos, lo haré. Ustedes no conocen el verdadero poder del señor oscuro de Abbadón. Él no puede ser derrotado, alteza, y no importa lo que usted diga o piense.

          —No puedo creer que seas tan tonto, Cariolano —murmuró Rodrigo incorporándose con dificultad—. Una vez que hayas servido a los propósitos de N´astarith, éste te desechará como basura. Sí algo he aprendido en todos estos años es que uno nunca debe confiar en los poderosos porque sólo te usarán.

          —Metete en tus propios asuntos, Rodrigo —replicó el almirante.

          —El Imperio puede ser derrotado —afirmó Andrea—. A lo largo de la historia, aquellos que han usado el poder para dominar a otros han terminado mal. Tú mismo lo dijiste hace un momento, Cariolano. El imperio que mi hermano forjó llegó a su fin y también sucederá lo mismo con N´astarith. Todavía no es demasiado tarde, ayúdanos a detener esto, por favor. ¡Somos tus amigos!

          Después de atravesar varios corredores y de utilizar un par de turboascensores, Misato, Ritsuko y Fuyutsuki ya estaban en el pasillo del puente. Las puertas de acceso estaban sólo a unos metros de ellos. A Misato le pareció extraño no ver ningún militar en aquella zona mientras la nave estuviera bajo ataque, pero imaginó que tal vez todos estarían ocupados en otros sectores o coordinando la defensa.

          —Bueno, parece que ya llegamos —murmuró la teniente Katsuragi.

          Fuyutsuki se enjugó la frente. El sonido de las alarmas y las continuas sacudidas le habían puesto los nervios de punta. Pero no sólo estaba alterado por causa del ataque, sino también por los arteros comentarios de la doctora Akagi. No podía creer que lo hubiese acusado de no haber tratado de detener a Gendou siendo que ella misma había sido una de sus más cercanas colaboradoras, y encima estaba enamorada de el comandante.  

          —Dígame algo, doctora —murmuró Fuyutsuki—. ¿De verdad piensa que no me interesaba la vida de nadie más en NERV? 

          Ritsuko lo miró de reojo sin amainar el paso.

          —¿Qué más le da lo que piense? Usted ya lo dijo todo, ¿no?

          —Creo que sus acusaciones son injustas. Quiero decir, usted también apoyó a Gendou en su cruzada contra los shitos y de cierta forma le proporcionó los medios necesarios para realizar sus planes.

          —Mire, Fuyutsuki, yo apoyé a Gendou porque pensé que estábamos salvando al planeta de la destrucción, pero de nosotros dos usted era el más cercano a él por ser el número dos en NERV. Debió haber hecho algo cuando Gendou le comentó que planeaba rebelarse ante SEELE. No sé, tal vez persuadirlo de que no siguiera adelante con esa locura.

          —No había mucho que hacer, doctora, y lo sabe. Aunque hubiera hablado con el comandante Ikari nada habría cambiado. Él estaba convencido de provocar el Tercer Impacto, al igual que los miembros de SEELE.

          —Si, tal vez tenga un poco de razón después de todo —aceptó Ritsuko—. Quizás estaba siendo muy dura con usted. Creo que los últimos eventos me han dejado bastante alterada. De todas formas lo que ocurrió en el pasado ya no importa porque ahora debemos ver hacia delante.

          Fuyutsuki asintió con un gesto sombrío.

          —Si es que existe un futuro para nosotros ahora.

          —Debe haberlo, Fuyutsuki, no se desanime —murmuró Misato, echando una mirada por encima del hombro—. Estamos vivos y eso es lo que importa. Ya sabe lo que dicen, mientras hay vida… .

          —Hay esperanza, lo sé.

          —No sea tan negativo, por favor —dijo Ritsuko.

          —El optimismo no es mi fuerte, doctora, ya debería saberlo.

          Los tres siguieron caminando hasta detenerse frente a las compuertas de acceso. Del otro lado los esperaba el puente de mando y posiblemente las respuestas que estaban buscando respecto a la batalla que se desarrollaba fuera de la nave. Como las puertas no se abrieron automáticamente, Misato llevó la mirada hacia la doctora Akagi.

          —¿Por qué no se abren?

          —Quizá alguien las cerró por alguna razón —especuló Ritsuko—. Tal vez sea el protocolo que siguen en medio de una batalla o algo se dañó debido al ataque. 

          Fuyutsuki tenía una teoría más sombría. 

          —O tal vez el puente de mando fue destruido y detrás de la puerta no haya nada más que el espacio.

          Misato se volvió hacia la entrada de nuevo. Sus ojos se fijaron en un panel de control iluminado contiguo a la entrada y comenzó a tocar los botones con los dedos.

          —¿Sabes lo que estás haciendo? —le preguntó Ritsuko.

          —No exactamente —repuso Misato sin apartar la vista de los controles. Una nueva sacudida hizo que todos se asieran de las paredes—. Vi como abrían las puertas y creo recordar la combinación que usaban. Quizá sirva para abrir esta puerta.

          Misató terminó de presionar teclas y… .

          Nada.

          —Oh, maldición, creo que no puse bien la clave  —Pegó un puñetazo contra los controles. Los segundos transcurrieron sin que nada pasara. Introdujo de nuevo el mismo código y… nada—. ¡Maldita sea! ¡Odio estas puertas!

          —Hazte a un lado, lo estás haciendo todo mal —Ritsuko comenzó a teclear con rapidez en el panel de control de la cerradura electrónica. Misato no era la única que se había fijado en la manera en que los tripulantes de la Churubusco abrían las puertas—. Sí la memoria no me falla debe ser sólo este botón.

          Cariolano retrocedió un paso. Las palabras de Andrea sonaban razonables y no había que ser un estudioso de la historia para saber que tenía razón en todo lo que afirmaba. Por un segundo, la duda se apoderó de la mente del almirante. Cuando los emisarios del Imperio le ofrecieron incontables riquezas y poder a cambio de traicionar a la Alianza Estelar, Cariolano vio una ruta de escape para abandonar lo que que consideraba una causa perdida desde la batalla de Marte. Sin embargo, las agudas palabras de la reina avivaban un sentimiento de culpa que había intentado sepultar en lo más profundo de su conciencia.

          —Además —continuó Andrea—, no puedes ignorar todo lo que hemos pasado juntos. ¿Acaso crees que el dinero puede comprar una amistad sincera o el gozo de ver la libertad de tanta gente que sufre por la injusticia de N´astarith?

          Cariolano bajó lentamente sus armas, pero sin dejar de mirar a la reina.

          —Tal vez tenga razón razón, pero siempre hemos sido débiles.

          —Te equivocas de nuevo, nuestros espíritus son fuertes porque están de parte de una causa justa. La verdadera fortaleza no proviene de las armas, sino del valor, el honor y la lealtad.

          —Debo decirle, alteza, que sus palabras son conmovedoras —Cariolano apuntó de nuevo el gélido cañón contra Andrea—, pero las de N´astarith son más convincentes. El tiempo de hablar se ha terminado. Me ordenaron que la matara.

          Andrea supuso que todo había terminado para ella. No se sentía lista para morir, pero no tenía otra opción que aceptar el destino con honor. Cerró los ojos y esperó a que llegara su momento final. De pronto, le pareció que aún quedaba esperanza. De algún modo, los Celestiales y los demás guerreros de los otros universos encontrarían la manera de vencer a N´astarith y a su maldito imperio. La luz derrotaría a la oscuridad, aunque ella no estuviese ahí para verlo. Tal era la promesa de la leyenda.

          —Despídase, alteza —dijo Cariolano.

          Pero en ese momento las puertas de acceso se abrieron con un siseo. Cariolano volvió la mirada hacia la entrada en el instante en que Misato, Ritsuko y Fuyutsuki entraban al puente de mando apresuradamente. Por un segundo, todo el mundo se quedó inmóvil sin pronunciar una palabra. Luego el almirante le apuntó con una de sus armas a la doctora Ritsuko y disparó dos veces. El grito de advertencia de Andrea sobresaltó a todos, incluido Cariolano.

          Sin siquiera pensarlo, Fuyutsuki se arrojó con todo su peso sobre la doctora Akagi; ambos cayeron al suelo entre una confusión de piernas y brazos. Fuyutsuki hizo una mueca al sentir el intenso dolor que el láser le produjo al quemarle la espalda. En ese instante, Rodrigo se abalanzó sobre Cariolano y le sujetó el brazo izquierdo para luego plantarle un rápido puñetazo en el rostro. La reina y los demás cautivos no se la pensaron mucho y corrieron tras las consolas de control para ponerse a cubierto.

          Cariolano trastabilló un paso hacia atrás, pero logró reponerse y, acto seguido, contraatacó dándole un fuerte cabezazo en la nariz a Rodrigo. Uno de los oficiales que se encontraba cerca de Andrea salió de su refugio para tratar de coger una las varias pistolas que se hallaban en el suelo, pero el almirante lo mató de un tiro y luego hizo lo mismo con un técnico  que intentó lo mismo. Rodrigo quiso retomar la ofensiva, pero Cariolano lo golpeó fuertemente en el rostro con la cacha de una de sus pistolas y cayó drásticamente al suelo. Andrea, por su parte, miró primero al almirante, luego a las pistolas y finalmente a su primo que yacía tirado en el piso; tenía que hacer algo rápido, pero no podría llegar hasta las armas sin que Cariolano lo notara.

          Desesperado, el almirante se limpió la sangre que fluía de su boca y apuntó de nuevo contra la cabeza de la reina. Estaba a punto de hacer un disparo cuando se escuchó una fuerte detonación. El rostro de Cariolano se contrajo de dolor, dejó caer la pistola que sostenía en su mano diestra y luego echó a correr hacia la puerta de acceso mientras disparaba a ciegas hacia su costado derecho. Los ojos de la reina recorrieron frenéticamente el puente de mando hasta toparse con la figura de la teniente Misato Katsuragi, que sostenía una pistola nueve milímetros con la que había conseguido herir a Cariolano.

          Agazapada detrás de una de las consolas de control, Andrea observó a Misato abrir fuego varias veces desde atrás de un panel de monitoreo. No podía reconocer que clase de arma estaba utilizando, aunque recordaba haber visto una muy similar en algún viejo documental histórico de la Tierra. La reina comprendió entonces que se trataba de un arma de proyectiles, un antiguo “tira-piedras” como los que se habían usado siglos atrás en su propio mundo.

          Ah, pensó Andrea. Con todo lo que estaba pasando, Cariolano jamás imaginó que Misato pudiese traer un arma entre sus ropas. Ese pequeño descuido le había dado un vuelco a la situación y ahora el almirante estaba más preocupado en salir del puente de mando que en otra cosa. Ya no le importaba matar a Andrea y a los otros; todos terminarían muertos cuando laChurubusco fuese destruida.

          Una ráfaga de luz pasó zumbando a escasos centímetros de la cabeza de la teniente Katsuragi y no fue la única. Misato se mantuvo firme y disparó una y otra vez. Le dio a una pantalla y los cristales salieron despedidos por el aire en medio de un mar de chispas y humo. Después, Cariolano logró escapar por la entrada y desapareció tras las puertas blindadas que se cerraron tras él.

          Misato bajó el arma. El corazón le latía de forma rápida y jadeaba. A pesar del frío que sentía, tenía la blusa empapada de sudor. Pero no le temblaba la mano. No tenía ni la menor idea del por qué Cariolano había intentado asesinarlos, pero supuso que todo el mundo se había vuelto loco. Los oficiales se apresuraron a recoger las armas del suelo y se dirigieron hacia la puerta. Trataron de abrirla, pero fue en vano; Cariolano la había atrancado desde afuera para que nadie pudiera seguirlo.

          Una vez que todo estuvo en calma, Misato se volvió hacia la reina.

          —¿Qué diablos está sucediendo? ¿Por qué ese tipo nos disparó?

          —El almirante Cariolano resultó ser un traidor —anunció Andrea—. Saboteó los sistemas de armas para que pudieran atacarnos. Tenemos que activar las defensas y avisar al Consejo de Líderes antes de que sea tarde.

          Ritsuko no reparó en lo que había dicho la reina. Sólo mantenía las manos sobre el cuerpo herido de Fuyutsuki y sollozaba. Rodrigo se incorporó mientras murmuraba maldiciones y Andrea trataba de hacer funcionar su comunicador personal para solicitar asistencia médica, pero no tardó en descubrir que sólo recibía interferencia. No había forma de comunicarse con alguien en toda la nave. Uno de los oficiales abrió un compartimiento y comenzó a hurgar con desesperación en su interior.

          —Fuyutsuki —dijo Ritsuko—. Oh, por favor… Fuyutsuki… .

          Fuyutsuki sonrió con expresión distante.

          —¿Se encuentra bien, doctora?

          —No hables, Fuyutsuki, guarda tus fuerzas —aconsejaba Ritsuko mientras le tomaba el pulso—. Resiste, la ayuda viene en camino.

          —Discúlpeme por lo que le dije hace rato, doctora, no quise ofenderla… .

          —Qué alguien consiga ayuda, por favor —clamó Ritsuko.

          —No pierdan las esperanzas, doctora, es lo único que nos queda… —A continuación alzó la mirada hacia alguien invisible y murmuró—: Yui, lo siento tanto… .

          Fueron sus últimas palabras.

          Mientras Ritsuko dejaba escurrir algunas lágrimas, Misato se giró hacia donde estaban la reina Andrea y el comandante Rodrigo. Los dos estaban inmersos en una consola de control intentando reiniciar los sistemas de armamento y los escudos, pero sus esfuerzos eran inútiles. El almirante Cariolano había cerrado el sistema y eliminado todas las claves de acceso, menos la suya.

          —Me tienen sin cuidado cómo lo hagan, pero abran las puertas —le decía Andrea a uno los oficiales que tenía a lado—. Debemos advertir al Consejo de la traición de Cariolano antes de que sea demasiado tarde.

          —¡La puertas no responden, alteza! —replicó un técnico.

          —Quizá deberían usar el sistema manual —sugirió Rodrigo—. Usen las palancas de emergencia.

          —¿Cree que no lo hemos intentado? Ya probamos todo y… 

          —Háganse a un lado —Misato apuntó con su pistola a la cerradura electrónica de la pared e hizo un gesto con la cabeza para indicarles a todos que se apartaran. El chasquido de la bala al entrar en la recámara del arma fue la señal para que todos corrieran—. Esa maldita cosa me tiene harta. Usaré mi llave maestra.

          Disparó una sola vez y la cerradura estalló en un mar de chispas y llamas. Entonces, de pronto, las puertas se abrieron. 

          —Volveré en unos instantes, Rodrigo —dijo Andrea, pasando junto a Misato.

          —¿Adónde vas? —se apresuró a preguntarle su primo.

          Andrea levantó el arma que llevaba en la mano derecha y volvió la mirada por encima del hombro.

          —Voy a ajustarle las cuentas a ese traidor. Ustedes traten de reactivar los sistemas de defensa y los escudos de ser posible. Tenemos que localizar a los miembros del Consejo porque no sabemos qué intenciones tenía el almirante. Si logran arreglar el sistema de comunicación avisen a todos que Cariolano nos ha traicionado y deben detenerlo.

          —Y yo iré contigo —anunció Misato—. Se lo debo a Fuyutsuki.

          Andrea miró a los ojos de la teniente Katsuragi y supo enseguida que nada de lo que dijera haría que Misato cambiara de opinión. La reina asintió con la cabeza y ambas dejaron el puente de mando para ir tras Cariolano; de repente distinguió algo extraño en el suelo. Eran unas cuantas gotas de sangre. Andrea se arrodilló y mojó su dedo en la sangre. 

          —Cariolano debe estar herido —murmuró la reina—. No llegará muy lejos.

          Mientras recorrían el corredor corriendo hacia el turboascensor, Andrea no podía dejar de pensar en los miembros del Consejo. Tenía que salvarlos de alguna forma.

         Continuará… .

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