Leyenda 004

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPITULO IV

ESCAPE DEL PLANETA AZUL

       Espacio cercano a Armagedón

       Eclipse tomó fuertemente los mandos de la nave para hacerla girar rápidamente con rumbo hacia el umbral de luz.

       —¡Esto aún no acaba! —dijo lleno de emoción, como sí disfrutara de todo lo que estaba ocurriendo.

       Lance, por su parte, se sujetó fuertemente del asiento al ver como una ráfaga de rayos láser pasaba volando junto a la nave en la que ambos viajaban.

       —¡Eres un demente y un farsante! ¡Sácanos de aquí!

       Un puñado de naves imperiales, procedentes de uno de los tres Devastadores Estelares que perseguían a los navíos aliados, emprendió la persecución más rápido que cualquier piloto humano. Eclipse miró hacia la pantalla de seguimiento del tablero de control para ubicar la posición de los cazas imperiales. Las naves enemigas estaban cada vez más cerca.

       —¡Vuela más rápido nos están alcanzando!

       —¿Te quieres callar? Yo sé lo que estoy haciendo —Eclipse parecía indispuesto a aceptar las sugerencias de Lance—. No es la primera vez que me persiguen y tampoco será la última. Esos tipos se creen muy buenos, pero lograremos evadirlos. 

       De repente las naves imperiales dispararon una nueva serie de ráfaga de rayos.

       Armagedón

       El emperador N´astarith y sus leales colaboradores contemplaban con emoción el lento paso del gigantesco Devastador Estelar a través del brillante orificio del espacio-tiempo creado con el Portal Estelar a través de las enormes pantallas visoras del laboratorio.

       —Todo marcha a la perfección, mi lord  —dijo Tiamat triunfantemente—. Pronto obtendremos la segunda gema sagrada, mi señor.

       —Así es y una vez hecho esto el poder del universo será nuestro —convino José con una sonrisa.

       En ese momento, la puerta de acceso se abrió de golpe y un oficial de la flota estelar de Abbadón entró en la sala.

       —¿Qué ocurre ahora? —le preguntó N´astarith con impaciencia.

       El oficial abbadonita se apresuró a responder.

       —Mi señor, hemos descubierto un grupo de fuerzas de la Alianza que se escondían en el planeta azul. Lord Mantar ha conseguido expulsarlos de su escondite y ahora el enemigo se aleja del planeta para tratar de dar el salto al hiperespacio.

       —¿Fuerzas de la Alianza ocultas en la Tierra? —murmuró José algo contrariado—. ¿Cómo es eso posible?

       El oficial se explicó con mayor precisión.

       —Seguramente se tratan de algunos sobrevivientes que lograron escapar de la batalla ocurrida en el Planeta Rojo.

       —No me imaginaba que hubiera alguien tan tonto como para refugiarse en la Tierra luego de nuestra victoria en Marte —murmuró Jesús tranquilamente.

       N´astarith, mientras tanto, llevó su mirada nuevamente hacia la gigantesca puerta dimensional. Por unos instantes, el temor de que alguna de las naves enemigas interrumpiera su tan elaborado plan circuló por su mente.

       —¿Hacia donde se dirigen las naves enemigas, comandante? —preguntó impetuosamente, exigiendo con la mirada una respuesta inmediata.

       —Se dirigen hacia espacio abierto por el cuadrante rojo, mi señor.

       El cuadrante rojo estaba lejos de la posición donde se encontraba Armagedón y la puerta dimensional. El emperador de Abbadón sonrió confiadamente.

       —Sin embargo —añadió el abbadonita—, antes de que se alejaran del planeta soltaron una pequeña nave que, de acuerdo con el último informe del almirante, se dirige rápidamente hacia nuestra posición.

       —¿Hacia Armagedón? —preguntó Francisco sin dar crédito a lo que oía. El que una sola nave se acercara hasta la gigantesca estación espacial solamente podía sugerir que quien estuviera cometiendo tal acción estaba completamente loco.

       —¡No, no es eso! —exclamó N´astarith al comprender lo que en realidad estaba sucediendo—. Esa nave no viene hacia Armagedón. Se dirige hacia nuestra puerta dimensional. De alguna manera esos miserables se han enterado de todos nuestros planes y han enviado a alguien para tratar de impedir que reunamos las gemas estelares.

       Jesús volvió la mirada hacia el oscuro señor de Abbadón y enarcó ambas cejas.

       —Pero, ¿cómo es posible que se hayan enterado de nuestros planes? —preguntó.

       —Esto no es posible —dijo José Zeiva, apretando los puños—. Solamente nosotros conocemos el funcionamiento del Portal Estelar. Ni mi hermana Andrea o primo Rodrigo Carrier, quienes ahora forman parte de la Alianza, conocían la forma de hacerlo funcionar. No entiendo qué pasa.

       N´astarith bajó la mirada y reflexionó unos instantes. Sólo había un grupo de gente aparte de ellos que conocía a la perfección todo lo referente al Portal Estelar y las doce gemas; un grupo que hasta entonces se creía estaba extinto.

       —Los Caballeros Celestiales aún viven —dijo en un tono casi reverencial

       —¿Los Caballeros Celestiales? —murmuró Jesús intrigado—. ¿Qué no se supone que están muertos?

       —Sí, eso debe ser —concluyó N´astarith—. Todavía deben de quedar algunas de esas sabandijas con vida —se volvió hacia el oficial de la flota estelar de Abbadón. Sus ojos destellaban de ira—. Comandante, quiero que destruyan esa nave inmediatamente. Hagan lo mismo con las otras que huyen del planeta azul.

       —Sí, mi señor —respondió el abbadonita con pavor antes de retirarse.

       Una vez que el oficial salió de la habitación, las preguntas cayeron sobre el emperador de Abbadón.

       —¿Qué es lo que esta pasando, N´astarith? —preguntó José intrigado.

       —¿Los Caballeros Celestiales todavía viven? —murmuró Francisco Ferrer—. ¿Cómo es eso posible?

       N´astarith hizo como que no escuchó nada y se giró apresuradamente hacia donde estaba Zocrag, quien sintió como el pánico más absoluto se apoderaba de él al momento de encontrarse con el rostro del oscuro señor de Abbadón.

       —Zocrag, una vez que nuestra nave haya atravesado la puerta dimensional, ciérrala —le ordenó—. A como de lugar no debemos permitir que esos malditos de la Alianza Estelar interfieran en nuestros planes.

       —Sí, mi señor —balbuceó Zocrag.

       Francisco, Jesús y José se miraron entre sí, confusos. Ninguno dijo nada, pero interiormente todos se hicieron la misma pregunta: ¿Por qué razón N´astarith había reaccionado de ese modo?

       Espacio cercano a Armagedón

       Mientras tanto, las naves aliadas se alejaban del planeta azul tan rápido como podían. Lo único malo es que con aquella maniobra habían expuesto sus flancos al enemigo mientras se retiraban. Los Devastadores estaban cada vez más cerca.

       —Estaremos a una distancia apropiada en diez ciclos —anunció el alférez dirigiéndose a Andrea—. Entonces podremos dar el salto al hiperespacio.

       La reina de Lerasi sonrió con agrado. Después de todo parecía que si lograrían escapar a tiempo. De pronto uno de los técnicos de navegación se levantó de su asiento.

       —¡Majestad! Una nave meganiana nos ha situado dentro del campo de alcance de sus armas —informó con suma importancia—. ¡Van a atacarnos!

       —¡Majestad, disculpe, majestad! —grito otro técnico desde el lado opuesto de la sala—. Estoy recibiendo una frecuencia proveniente de una de las naves meganianas. Tal parece que tratan de comunicarse con nosotros.

       —Déjame oír —ordenó Andrea mientras se acomodaba en su puesto.

       Una transmisión se filtró por las emisoras del puente. Todos guardaron absoluto silencio.

       —Atención naves enemigas, están violando el tratado de rendición de la Fuerza Terrestre. Se les ordena entregarse inmediatamente o serán destruidos.

       Rodrigo soltó una sonora carcajada.

       —¿Pueden creerlo? —preguntó sin dirigirse a nadie en concreto—. Están completamente locos.

       —Que se arreglen con mi abogado —bromeó Andrea luego de dejar escapar una leve sonrisa..

       Rodrigo continuó riendo en forma hilarante. Sin embargo, la sonrisa de su rostro se convirtió en una mueca de preocupación cuando el radar dio la alarma. Una nave meganiana tomaba ángulo de ataque.

       —¡Nos atacan! —informó el alférez rápidamente.

       El destructor meganiano apuntó sus armas sobre las naves aliadas y disparó una serie de mísiles fotónicos. Los proyectiles alcanzaron al destructor terrestre Excalibur, dañándolo en el casco.

       —¡Le dieron al Excalibur! —exclamó el técnico de navegación para luego volverse hacia Andrea en espera de instrucciones—. Las naves enemigas continúan disparando.

       Cadmio, mientras tanto, se acercó a la ventana frontal del puente y apretó los puños con ira. Sí hubiera podido respirar en el espacio probablemente habría atacado a la nave enemiga él solo.

       —¿En qué posición se encuentran los Devastadores Estelares? —inquirió Asiont súbitamente.

       —A 15 kilómetros y acercándose —respondió Rodrigo luego de preguntar a un técnico.

       —Bien, debemos ordenar a dos de nuestras naves que protejan nuestro flanco mientras nos seguimos alejando.

       —¿Qué dices, Asiont? —preguntó Andrea bruscamente—. Sí hacemos eso, esas naves quedaran a merced del fuego de las naves enemigas. No olvides que nos superan en número.

       Todas las miradas se clavaron como flechas en el Caballero Celestial.

       —No lo creo —respondió Asiont sin perder la compostura—. Sí a medio camino nos damos la vuelta, esas naves podrán escapar. El objeto de esto es evitar a los Devastadores.

       Andrea se llevó la mano a la barbilla. El plan de Asiont era arriesgado, pero de otra forma las naves aliadas corrían el peligro de ser dañadas en sus sistemas de propulsión por los meganianos, acabando con todas sus posibilidades.

       —De acuerdo, ordenaré al Apolo y al Juris-Eta que nos cubran mientras el resto de la flota huye —aceptó, mirando fijamente a Asiont para luego concluir—: Sólo espero que todo salga bien.

        Astronave Apolo (Puente de Mando)

       Con las sirenas sonando, el capitán del Apolo recibió las ordenes de la reina Andrea con mucha atención.

       —Aquí el Apolo —dijo en voz baja—. Tenemos al objetivo justo al frente y procedemos a acercarnos.

       El capitán del Juris-Eta informó que él hacía lo mismo, siguiendo el plan de batalla.

       El destructor meganiano abrió sus compuertas inferiores para dar salida a sus cazas de combate. La Apolo, por su parte, fue la primera en iniciar el contraataque. Apuntando sus armas contra la nube de cazas enemigos, el destructor terrestre disparó varias andadas de mísiles fotónicos. Algunos cazas fueron derribados y una estela de explosiones apareció en el espacio entre los destructores de ambos bandos.

       Luego de haber recibido respuesta a su ataque, el destructor meganiano disparó una ráfaga de energía con su cañón principal. El disparo golpeó directamente a la Apolo, provocando una ligera explosión en la parte frontal de la nave.

       En el puente del Apolo, el capitán de la nave pidió los informes de la situación.

       —¿Cuál es nuestro estado?

       —Tenemos fuego en las secciones C, D y E —informó el primer oficial—. Afortunadamente el Juris-Eta ha iniciado su aproximación para apoyarnos.

       Siguiendo las ordenes de Andrea, el destructor endoriano Juris-Eta se acercó desde otro ángulo llevando a cabo un movimiento de pinzas. Gracias a aquella maniobra, toda la atención del destructor meganiano se centró en las naves que la atacaban, permitiéndole la libre salida al resto de la flota.

       En el momento en que el alférez del Juris-Eta anunció que el sistema de detección de la nave tenía al objetivo en la mira, el capitán dio la orden de disparar. Casi al mismo tiempo las dos naves aliadas dispararon sus cañones principales. El destructor meganiano fue embestido por ambos lados, la tripulación cayó al suelo mientras la nave era sacudida. Con una única explosión el destructor enemigo se partió en dos en un mar de llamas.

       El Devastador imperial Pandemónium estaba por finalizar su entrada por la puerta dimensional. Durante unos minutos, Eclipse voló en línea recta sin mirar atrás, cuando comprobó lo que estaba ocurriendo detrás de su nave, se dio cuenta de que tenía al menos ocho cazas enemigos siguiéndolos pacientemente. Sabía que no tenía ninguna oportunidad de derrotarlos en un intercambio de disparos. Escapar era la única esperanza.

       —¡La puerta se cierra! —gritó Lance al ver como el Pandemónium había entrado por completo y la puerta dimensional se hacía más pequeña, para colmo de males, dos Devastadores imperiales más habían aparecido en el área para unirse a la persecución—. ¡Da la vuelta hacia la derecha!

       —¡Ya lo veo! —con todo lo que se les venía encima, a Eclipse lo único que le faltaba era un pasajero de esos que se dedican a dar consejos. La abertura en el espacio-tiempo se iba estrechando, eliminando, a su vez su ultima oportunidad de escaparse. Eclipse llevaba la nave al límite absoluto apurando sus posibilidades de velocidad en una carrera vertiginosa hacia la entrada al otro universo. De repente las naves enemigas que los perseguían, dispararon unas ráfagas de proyectiles, pero les faltaba ángulo de tiro.

       —Ya es tarde. Están cerrando —Lance vio desaparecer las últimas estrellas al otro lado de la puerta. Pero al ver que de todas formas Eclipse pensaba intentarlo, cerró los ojos y respiró hondo…

       Pasaron a través de la estrecha abertura con unos centímetros de margen en medio de incontables disparos enemigos provenientes de naves caza y Devastadores Estelares que habían llegado demasiado tarde como para poder hacer algo.

       Armagedón

       Los máximos dirigentes del imperio habían contemplado todo el espectáculo que había terminado en decepción. Un silencio sepulcral se apoderó del ambiente luego de que la puerta dimensional había desparecido.

       N´astarith rompió el silencio reinante con un grito agudo.

       —¡¡¡Noooooooo!!! —dio un golpe con el puño cerrado, sacudiendo la mesa de control que tenía delante—¡Era sólo una maldita nave! ¿Por qué no pudieron hacer nada?

       José Zeiva, que hasta ese momento había permanecido callado, le soltó una sonrisa de absoluta seguridad.

       —No te preocupes, N´astarith, ese contratiempo no nos detendrá.

       N ´astarith miró al emperador de Endoria fríamente. Aunque estaba convencido ciegamente de que nadie podría detenerlo, el oscuro señor de Abbadón sabía que sí los Caballeros Celestiales conocían sus planes, entonces existía un tremendo riesgo.

       —Sellen este sistema solar —ordenó para luego dirigirse a su mejor guerrero—. Tiamat, quiero que organices la segunda expedición para que parta cuanto antes —hizo una pausa y se volvió hacia José, Jesús y Francisco—. En cuanto a las naves de la Alianza que están escapando del planeta azul, quiero que sean destruidas en el acto.

       —Sí, mi lord —respondió Tiamat con una sonrisa de seguridad—. Esos miserables no saldrán con vida de aquí.

       Mientras el Khan del Dragón salía del laboratorio para cumplir con sus ordenes, José Zeiva meditaba en silencio acerca de los Caballeros Celestiales y lo poco que en realidad sabía de ellos.

       “¿Por qué los Caballeros Celestiales sabrán acerca del Portal Estelar? “, pensó dubitativo. Cuando apenas se había convertido en emperador de Endoria, muchos de los nobles en la corte imperial le habían hablado acerca de los legendarios Celestiales y de cómo es que aquella orden se había extinguido. Luego de abandonar Endoria para irse a conquistar la galaxia, jamás había tenido noticia de ellos hasta ese día. Sin pronunciar palabra alguna, abandonó el lugar sin sospechar que era observado detenidamente por Jesús Ferrer.

       En tanto, en el otro universo, el Devastador Pandemónium navegaba en completa tranquilidad. Los guerreros que viajaban en su interior, contemplaban con curiosidad el espacio desconocido que se abría ante ellos.

       —¿Así que estamos en otro universo? —preguntó Galford sin dirigirse a nadie en concreto.

       —Por lo menos descubrimos que ese armatoste funcionó —musitó Isótopo mirando las estrellas—. Pero lo que ahora realmente importa es encontrar esa gema sagrada —sonrió—. Aunque quizás exista todo un mundo por saquear.

       —Déjate de cosas —replicó Galford sin mirarlo—. Estamos aquí por otra razón. No lo olvides.

       —Parece que aún no has perdido tu estilo santurrón, Galford —le azuzó Isótopo—. Es una verdadera lástima que no sepas apreciar las cosas de otra manera. Hay todo un mundo de posibilidades para aquellos que gozamos de un gran poder. En fin, así naciste y así morirás.

       Uno de los oficiales del puente se aproximó hacia donde estaba la Khan de Selket.

       —Disculpe, lady Lilith —la llamó con cierto temor en su voz.

       —¿Qué es lo que quieres? —preguntó la Khan volviéndose hacia el oficial—. Espero que sea importante.

       —Nuestros rastreadores energéticos han ubicado una de las gema estelares. Al parecer se encuentra ubicada en ese pequeño planeta —respondió, señalando con el dedo un pequeño planeta color azul que flotaba en el espacio.

       Isótopo, Galford y Sigma acudieron enseguida para interrogar al oficial.

       —¿Han encontrado vestigios de tecnología en ese lugar? —preguntó Sigma.

       —Negativo. No hemos detectado ningún vestigio de tecnología ni tampoco de grandes ciudades. Lo que si hemos encontrado son abundantes formas de vida basadas en el carbono.

       —Eso suena fascinante —declaró Lilith—. Fijen rumbo 3-4-1. Es hora de ir por una gema.

       Lentamente, la imponente nave imperial de veinticinco kilómetros comenzó a aproximarse a un mundo cuyos habitantes ignoraban por completo que estaban a punto de ser visitados por seres de otro universo.

       Al mismo tiempo, la diminuta nave en la que viajaban Eclipse y Lance, volaba lentamente por detrás del gigantesco Devastador imperial. Protegida por sus sistemas de camuflaje, el pequeño platillo se acercaba al mismo destino que los imperiales.

       —Ya lo ves —presumió Eclipse—. Te dije que no te preocuparas por nada. Era obvio que como nos detectaron hasta después de que la nave imperial comenzó a atravesar la puerta, no pudieron avisarles de nuestra presencia. Casi siempre que se abre una puerta dimensional, existen fallas en los sistemas de comunicación.

       —Bien, ya estamos aquí y ahora ¿qué vamos a hacer? —preguntó Lance impacientemente.

       —Seguirlos y esperar a que busquen la gema. Sí hacemos cualquier otro movimiento sabrán que estamos aquí. Luego me las arreglaré para acceder a sus computadoras y obtener una copia de la firma energética de las gemas esas. De esta manera tus amigos podrán buscarlas por su parte.

       —Haces que todo suene tan fácil —susurró Lance con fastidio—. Sólo espero que tengas razón.

       Espacio cercano a Armagedón

       Rodrigo Carrier acababa de entrar nuevamente en el puente de mando del Artemisa cuando las explosiones comenzaron a hacer vibrar la nave.

       —Cinco de nuestras naves ya han escapado y otras tres están a punto de dar el salto —anunció.

       —¿A qué distancia se encuentran las otras naves enemigas? —le inquirió Andrea que no dejaba de pensar en los Devastadores Estelares desde que habían atravesado la atmósfera terrestre.

       —A menos de tres kilómetros y acercándose —respondió el oficial de navegación.

       La presencia de las naves imperiales se hizo patente cuando el devastador estelar que Mantar comandaba, abrió fuego contra el destructor terrestre Excalibur. Un rayo de plasma súper concentrado salió del interior de la nave imperial e impactó de lleno al Excalibur justo en la mitad. En cuestión de segundos, la nave terrestre explotó en mil pedazos.

       —Perdimos al Excalibur —musitó Rodrigo ante la mirada preocupada de todos los presentes.

       —Debemos darnos prisa —ordenó Andrea totalmente desesperada.

       Otro de los devastadores imperial disparó varias veces contra el Juris-Eta, dañando sus sistemas de propulsión. Conscientes de que su intervención no iba a ayudar en nada, salvo en ganar algo de tiempo, la Apolo se dirigió hacia la nave de Mantar para bombardearla con varios proyectiles fotónicos.

       Los disparos del destructor terrestre golpearon el escudo invisible que protegía a la nave imperial a un kilómetro antes de alcanzar su objetivo. Como respuesta, los cañones láser del devastador le dispararon varias ráfagas. En unos segundos, la Apolo había quedado seriamente dañada.

       —¡Tenemos que hacer algo! —gritó Asiont al darse cuenta de lo que sucedía.

       Cadmio se apartó de la ventana frontal y se volvió hacia el joven Ben-Al.

       —¡Será mejor que te calmes!

       —¿Qué es lo que estás diciendo, Cadmio?

       —Que te calmes de una buena vez —insistió, colocándose frente al joven Ben-Al—. No hay nada que podamos hacer contra las naves imperiales, ¿acaso ya lo olvidaste? Lo importante por ahora es escapar. No podemos hacer nada por la Apolo y la Juris-Eta.

       Asiont apretó fuertemente los puños en un gesto de desesperación. Odiaba admitirlo, pero Cadmio tenía razón. No había nada que pudieran hacer para ayudar a las naves dañadas; escapar era la única salida. De pronto, el oficial de comunicaciones se levantó de su asiento para dirigirse a todos.

       —Disculpen, pero estoy recibiendo una transmisión de la Apolo.

       —Déjame oírla —ordenó Andrea sin perder tiempo.

       La voz del capitán del destructor terrestre Apolo se dejo oír en medio de una severa estática. Al parecer, tenían serios problemas para comunicarse.

       —Atención nave líder, nuestros motores están sumamente dañados al igual que nuestro soporte de vida. No podemos huir al igual que la Juris-Eta, Huyan ustedes, nosotros intentaremos ganar algo de tiempo…. .

       —Capitán, escuche: si abandonan la nave en sus cápsulas de emergencia, quizás podríamos rescatarlos —dijo Andrea que se resistía a abandonarlos.

       —Negativo, si hacen eso todo estará perdido. El enemigo podría destruirlos si se demoran en huir… así es mejor. Suerte, majestad, llévele nuestros buenos deseos al general Macdaguett y a la Alianza Estelar… .

       La transmisión se interrumpió de golpe y un silencio sepulcral cundió en todo el puente de mando.

       —Varios Devastadores se acercan a nuestra posición —anunció Cadmio rompiendo el silencio—. Sí no nos vamos ahora todo habrá terminado y el sacrificio de los tripulantes de la Apolo y la Juris-Etano habrá servido para nada.

       Andrea llevó su mirada hacia Cadmio y dejó escapar algunas lágrimas. Sabía lo que tenía hacer.

       —Vámonos, no podemos hacer nada más aquí.

       Andrea dio un último vistazo a la Tierra con lágrimas en los ojos. Un sentimiento de impotencia le recorrió toda el alma. Su hogar, el planeta donde ella había nacido, ahora era parte del imperio de Abbadón.

       Al mismo tiempo que las naves aliadas desaparecían a toda velocidad en el hiperespacio, el Devastador Estelar donde Mantar iba a bordo se acercó rápidamente al área donde se encontraban la Apolo y la Juris-Eta.

       —Señor, las naves enemigas han conseguido escapar —anunció el oficial de monitoreo.

       —¿Cómo es eso posible? —inquirió Mantar, mirando fijamente las pantallas visoras—. No puedo creerlo. ¡Maldita sea!

       —Fue debido a esas dos naves que se interpusieron en nuestro camino —continuó el oficial—. Sirvieron como escudos para evitar que dañáramos a las otras y aunque saben que sus ataques son inútiles, insisten en dispararnos.

       El almirante abbadonita dirigió una mirada llena de ira hacia las naves aliadas. Sin emoción alguna en su voz, dio la orden final de acabarlas.

       —Usen el cañón principal —ordenó—. Borren a esos asquerosos infelices de la faz de la galaxia.

       Una especie de compuerta ubicada en la parte inferior de la nave se abrió, dejando ver un cañón que disparó un potente rayo de plasma color verde jade contra la Apolo. La nave tocada se convirtió en una bola de fuego que alcanzó a la Juris-Eta haciéndola estallar de iguial manera. En cuestión de segundos, las dos naves aliadas habían sido reducidas a un montón de fierros retorcidos que flotaban en el espacio.

       —Esos gusanos podrán huir —musitó Mantar, mirando con desdén los restos de las naves destruidas—. Pero no podrán esconderse por siempre. Eso téngalo por seguro.

       Reino de Papunika.

       En un remoto lugar de los campos, dos granjeros regresaban a sus viviendas a tiempo para la hora de la comida. Luego de que la región había sido atacada por el ejercito del Mal, la situación empezaba a mejorar para todos aquellos hombres que luchaban duramente para sobrevivir.

       Mientras los dos hombres conversaban en el camino, se oyó un grito que desgarró el aire. Acto seguido una multitud gritaba desesperada pidiendo socorro.

       Uno de los granjeros se quedó paralizado por los sonidos que estaba escuchando. Sobre los campos vio una docena de siluetas que corrían hacia él. Lo primero que pensó fue que el Ejercitó del Mal estaba atacando el lugar, pero al ver la gente que pasaba junto a ellos a la carrera, gritando y llorando, se dio cuenta de por qué corrían.

       —Pero, por los dioses, ¿qué rayos es eso? —se dijo. Vio algo que lo hizo caer de rodillas. Una enorme porción del cielo estaba en llamas. Una bola de fuego del tamaño de una montaña lo atravesaba. Los dos hombres miraron hacia arriba boquiabiertos durante un momento, mientras sentían que eran presas del terror. El granjero que había caído de rodillas se enderezó, murmuró algo ininteligible, dio media vuelta al mismo tiempo que su compañero y empezaron a correr, chillando y gritando como los demás.

       Poppu continuaba recostado en el suelo despreocupadamente. Mientras contemplaba el lento paso de las nubes por el cielo no pudo evitar pensar en su amiga Maam. Después de haber pasado tanto tiempo a su lado, finalmente había caído en cuenta que le hacia falta su compañía.

       —Oye, Dai

       —Dime, Poppu —respondió el niño, que permanecía sentado a su lado.

       —¿Extrañas a Maam? —preguntó el joven hechicero como no dándole mucha importancia a su pregunta.

       —¡Ajá! ¡Lo sabía! —exclamó Dai—. Te interesa Maam, ¿verdad?

       —¡Claro que no! —respondió Poppu, visiblemente sonrojado—. Lo que sucede es que… bueno, sin ella nuestro equipo está incompleto. Ella ha estado con nosotros casi desde el principio y es raro no tenerla a nuestro lado.

       —Vamos, admítelo, Poppu —insistió Dai mostrando los dientes en una enorme sonrisa.

       —Sólo dices tonterías, además tú tampoco puedes ocultar tu interés en la princesa Leona, ¿no es cierto?

       Antes de que Dai pudiera rebatir aquella idea, algo pasó volando por los cielos, algo que le borró la sonrisa del rostro. Era un fenómeno que nunca había visto en toda su vida.

       —Poppu, mira eso —dijo lentamente, señalando el cielo con la mirada pérdida.

       —No quieras engañarme con ese viejo truco —replicó Poppu, cruzándose de brazos.

       Por un breve instante, el joven hechicero pensó que quizás su pequeño amigo estaba evadiendo sus preguntas con una excusa infantil, pero como los segundos transcurrieron y Dai no decía nada, sino que continuaba mirando el cielo fijamente; Poppu optó por voltear hacia donde le indicaban. Lo que vio lo dejó paralizado. Un inmenso objeto llameante de proporciones colosales avanzaba por el cielo lentamente.

       —Por todos los dioses, ¿qué demonios es eso?

       —Parece una isla voladora —señaló Dai.

       —¿Crees que se trate del Ejército del Mal? —inquirió Poppu sin desviar la mirada.

       —No lo sé, Poppu, pero parece ser que se dirige hacia el castillo. Tenemos que avisarle a Leona.

       Sin detenerse a pensar en la procedencia de aquel enorme objeto, Dai corrió velozmente hacia el castillo de Papunika con la firme intención de prevenir a Leona. Al ver lo ocurrido, el joven mago descubrió que no le quedaba otro camino sino seguir a su amigo de la misma forma.

       —¡Maldición! ¡Dai, aguarda!

        Continuará… .

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