Leyenda 117

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO CXVII

¡DESPIERTA, GUERRERO LEGENDARIO!

        La pantalla principal del puente de mando mostró la destrucción de la Tierra en el mismo instante que ésta se produjo. La salvaje explosión que indicaba el fin del planeta azul se hizo visible en todas las ventanas del Águila Real, que sufrió una violenta sacudida. Las manos enguantadas de los pilotos se cerraron sobre los mandos en un desesperado esfuerzo por conservar el control de la nave. Areth hundió los dedos en los brazos acolchonados de su asiento y miró al techo de la nave, expectante.

        —Moriré sin conocer al amor de mi vida —musitó la chica.

        Vejita era el único que no estaba sudando. Entendió que no quedaba nada que hacer salvo esperar que no fuera su hora. Las naves aumentaron de velocidad para eludir los restos del planeta que acababan de devastar la luna. Cuando las sacudidas empezaron a amainar, todos los pasajeros exhalaron un suspiro de alivio y se permitieron creer que habían sobrevivido. La onda de choque destruyó un par de cazas lerasinos y cuatro Águilas Real sufrieron daños menores en sus estructuras debido a la tormenta de meteoritos, pero el resto de las naves aliadas salieron ilesas.

        Misato estaba sentada en un asiento junto a Fuyutsuki, Makoto, Shigeru y Maya, absorta en sus pensamientos. Ritsuko se sentó discretamente en un sillón contiguo a ellos, pero no dijo nada y se dedicó a mirarse fijamente las palmas. Maya estaba conmocionada por lo sucedido, pero a Ritsuko le preocupaba más averiguar el lugar a donde irían a parar ahora que la Tierra había dejado de existir. ¿Acaso había hecho lo correcto al confiar en aquellos extraterrestres de los que no sabía absolutamente nada? Eran enemigos de Fobos y también de los dueños de los enormes platillos que habían atacado a NERV. Ello, sin duda, era así. Pero eso no le garantizaba que fueran a darles un trato humanitario o a buscarles un nuevo hogar. Ritsuko había dejado de creer en Dios hacía mucho tiempo, y todo lo sucedido recientemente sólo reafirmaba sus convicciones.

        —Lo has hecho bien, Ritsuko —le dijo Fuyutsuki—. Nos salvaste a todos.

        La científica no lo miró, no movió ni un solo un músculo.

        —Creí que iba a salvar al mundo, pero no pude hacer nada. —Exhaló un profundo suspiro—. Siempre pensé que Gendou y SEELE acabarían destruyendo la Tierra con sus juegos de poder, pero la verdadera amenaza vino de donde menos lo pensábamos —Miró a Fuyutsuki por primera vez—. Recién me enteré que los malditos que atacaron NERV fueron los mismos que asesinaron a Kaji.

        Todo el mundo se volvió hacia la científica, mirándola con incredulidad, convencidos de que había muchísimo más de lo que no estaban enterados. Misato quedó perpleja ante aquel inesperado comentario; sí había algo que ella deseaba saber con toda su alma eran los verdaderos motivos de la muerte de Kaji. Como muchos otros, Misato había creído que SEELE o quizá hasta el mismo Gendou estaban detrás del asesinato, pero ahora Ritsuko acababa de darle un giro de ciento ochenta grados al asunto.

        —¿Qué fue lo que dijiste? —murmuró la jefa de operaciones de Nerv—. ¿Los tipos que invadieron NERV son los que mataron a Kaji? Pero no entiendo que relación puede haber, ¿por qué demonios lo hicieron? ¿Es qué acaso Kaji era uno de ellos? ¿Qué es lo que sabes?

        Misato se dio cuenta que Ritsuko no estaba para dar explicaciones. Así pues, le demostró su apoyo guardando sus preguntas para después; extendió un brazo hacia la científica y le cogió una mano. Ritsuko volvió su mirada hacia Misato y le dedicó una sonrisa de agradecimiento.

        —Sólo espero que Shinji, Asuka y Rei estén bien —musitó Misato.

        —¿Qué habrá sucedido con Gendou? —preguntó Fuyutsuki sin dirigirse a nadie en particular—. Con todo el alboroto no sé que fue de él ni de Rei, pero espero que hayan podido escapar.

        —Gendou murió —Ritsuko alzó la mirada para contemplar el techo unos instantes, preguntándose sí debía sentirse alegre o llorar—. Shinji y Asuka están bien hasta donde sé, pero Rei quizá también esté muerta para estos momentos.

        En el puente de mando, Cadmio y Saulo estaban contemplando la pantalla principal, analizando la cartografía espacial en espera de poder encontrar un planeta a donde dirigirse para llevar a los refugiados. Después de realizar un análisis exhaustivo usando el radar de espacio profundo, la computadora de la nave le informó que aquél era una calca casi exacta del sistema solar del Gran Sol Amarillo que conocían, lo cual no pudo resultar más decepcionante para ambos Celestiales. Ahora sabían que no existía un planeta habitable a miles de años luz de distancia.

        Asiont acababa de volver a entrar al puente cuando sus amigos estaban discutiendo sobres sus posibilidades. Primero levantó la mirada para examinar una de las muchas pantallas de rastreo que mostraba la posición de la flota. Las Águilas Reales, los Transformables y la nave Tao se desplazaban rápidamente por el espacio hacia un pequeño planeta rojo, que le resultó algo familiar. Después de consultar con uno de los técnicos y enterarse de que estaban en un sistema solar idéntico al del planeta azul de su propia realidad, Asiont comprendió la gravedad del problema en el que estaban inmersos.

        —¿Qué es lo que vamos a hacer ahora, eh? —exclamó Saulo notoriamente enfadado—. No tenemos un maldito lugar a donde llevar a toda esta gente. Sabía que la idea del rescate era una locura.

        —Hicimos lo que era correcto —intervino Asiont—. ¡No íbamos a abandonarlos! ¡El código Celestial dicta que tenemos que ayudar a quien lo necesite! ¡Dejarlos ahí hubiera sido contra las reglas!

        —Despierta, Asiont, aquí el código no vale —replicó Saulo a punto de jalarse los cabellos—. ¡Dime sí las malditas reglas dicen qué hacer en situaciones como estas! ¿Lo ves? ¡El código no es más que una retórica de buenas intenciones para mequetrefes!

        —¡Basta de tonterías! —terció Cadmio—. No es el momento para recriminarnos por lo que ya sucedió. Tenemos un problema ahora y hay que enfocarnos en cómo solucionarlo.

        —Eso si existe una forma de hacerlo —dijo Saulo con amargura—. Según la computadora, sólo existen ocho planetas más en este fastidiado sistema estelar y ninguno de ellos cuenta con un medio ambiente propicio para la vida. ¿A dónde rayos vamos a ir entonces?

        Todos observaban a los Celestiales, salvó los pilotos que estaban más preocupados por las fuerzas enemigas que estaban estacionadas a lo lejos. Una de las técnicas estaba vigilando el movimiento de los Devastadores Estelares, pero hasta el momento no había señales de que estos estuvieran siguiéndolos.

        —Tenemos que ser optimistas, Saulo.

        —¿Sí? ¿Cómo con tu plan de rescate? Porque esa idea sí que fue una auténtica metida de pata. Sí que lo fue. Sí, metiste la pata, Asiont.

        Asiont no respondió. Cadmio, en cambio, exclamó indignado.

        —¡Bueno, ya dejen de decir tonterías! ¡Enfóquense en el problema!

        Saulo no le hizo el menor caso.

        —Sí, claro, tenemos una misión muy importante. Quizá si alguien sepa cómo multiplicar las raciones, podremos alimentar a todos —le dijo a Cadmio—. Rescatamos a miles de personas, por supuesto, sólo que no sabemos qué hacer con ellas. Tal vez alguno de ellos sepa como terraformar un maldito planeta.

        —Es impresionante lo bien que sabes manejar un problema —murmuró Asiont y luego echó un vistazo al monitor principal—. Tal vez exista algo que la computadora haya pasado por alto.

        —¡Sólo eso nos faltaría! —rugió Saulo, fulminando a Asiont con la mirada como si estuviera acusándolo de todos los problemas—. Que la computadora no estuviera jugando una broma. Eso sí que sería digno de contárselo a medio mundo. A lo mejor hasta N´astarith querría oír esa historia.

        Areth acababa de abandonar su asiento. Oyó la conversación y se quedó en la puerta esperando oír más. Lo que escuchó a continuación la hizo entrar en el puente rápidamente. Sailor Uranus y Seiya dejaron sus lugares y se dirigieron hacia donde estaban los tres Celestiales para participar en la discusión.

        —Oye, ¿por qué no te calmas de una vez? —le dijo la Outer Senshi a Saulo con tono imperioso—. No haces más que quejarte y gritar todo el tiempo. Nadie podía saber que no había otro planeta con vida cerca.

        El príncipe de Endoria se llevó las manos a las sienes para darse masaje fingiendo tener dolor de cabeza. Lo último que deseaba es que alguien se acercara a darle una cátedra sobre la ayuda al prójimo.

        —Ahora no tengo ganas de escucharlos, así que mejor ahórrense todos sus comentarios sobre la justicia y mejor déjenos solos.

        Sailor Uranus se acercó bruscamente y quedó cara a cara con Saulo.

        —Pues vas a tener que oírnos, presumido, porque ya estamos hartos de tu actitud tan odiosa. Lo único que te interesa es tu estúpida venganza contra N´astarith. ¿Acaso no hay nada más que te importe? La gente de ese planeta era inocente y la mayoría está muerta. ¿Es qué tienes agua fría en las venas?

        —Muy bonito discurso, pero eso no arregla el problema, Uranus —masculló Saul,o mirándola directamente a los ojos—. Sí te crees que tan inteligente, ¿por qué no nos dices que hacer con los refugiados? Esperemos que seas mejor pensando que luchando, por parece que ni eso sabes hacer.

        —Y tú no pareces un príncipe, sino un mocoso malcriado —La Outer Senshi estaba a punto de darle una bofetada a Saulo cuando fueron interrumpidos. Areth se acercó hacia ellos súbitamente, tratando de calmar las cosas.

        —¿Por qué no los llevamos con nosotros a la Churubusco? Eh, creo que tal como están las cosas, es lo más conveniente. Eh, bueno, ¿qué opinan?

        Lo había dicho como sí fuera algo obvio, la respuesta más elemental. La curiosa idea de Areth había evitado una batalla campal en el puente de mando. Quizá Saulo no estaba dispuesto a golpear a Uranus arguyendo que se trataba de una mujer, pero Haruka no tenía el menor inconveniente en darle un escarmiento por más príncipe de Endoria que fuera.

        —¡Bien pensando! —festejó Seiya.

        —¿Es qué acaso perdiste la razón, niña? —Saulo se volvió hacia Areth, quien retrocedió unos pasos—. No podemos llevarlos a nuestra dimensión así nada más. Esa gente pertenece a este universo, no al nuestro. No es lo mismo que con los de la flota de la Megaroad.

        —Sí se te ocurre una idea mejor, Saulo, te sugiero que nos la digas —Asiont observó al príncipe con una extraña indiferencia—. Lo mejor es hacer lo que Areth dice y regresar a laChurubusco. Más adelante analizaremos sí esa gente se queda en nuestra dimensión o buscamos un mundo para ellos.

        —¿Qué opina de eso, príncipe? —murmuró Sailor Uranus cruzada de brazos.

        Saulo estaba listo para objetar aquella idea, pero estaba harto de la discusión y en ese momento prefería volver a su universo. Ahora que N´astarith tenía en sus manos nueve de las doce gemas estelares, la situación se había tornado más peligrosa que nunca. De seguro los Khans harían todo lo posible por recuperar las tres gemas que se estaban en poder de la Alianza Estelar. La guerra podía volverse más sanguinaria a partir de ese instante.

        —De acuerdo, haremos lo que dicen —asintió luego de un momento—. Pero haré que detengan a todos los que portan trajes de Shadow Trooper cuando lleguemos a la Churubusco. Hasta no saber por qué esos humanos estaban usando las armaduras no podemos confiarnos. Quizá algunos de ellos aún estén trabajando por el imperio y no voy a arriesgarme.

        —Incluso yo estoy de acuerdo con eso —confesó Cadmio.

        La mirada de Asiont recorrió los rostros de Sailor Uranus, Seiya y Areth y volvió nuevamente hacia Saulo, que se dio la media vuelta para dirigirse a su puesto de mando sin esperar a que alguien dijera algo. Como todo parecía indicar que se había llegado a un acuerdo, Cadmio volvió a centrar su atención en la pantalla principal para ubicar la posición de la flota imperial. Los Devastadores Estelares continuaban inmóviles.

        —¿Qué fue lo que ocurrió con el príncipe meganiano? —preguntó Saulo sin dirigirse a nadie en especial—. Tengo que admitir que si no fuera por él no habríamos podido salir con vida de esa explosión. Supongo que querrán que le dé las gracias, ¿no es así?

        —Armando murió —acabó diciendo Seiya—. Se quedó en la Tierra para darnos más tiempo.

        —¿Cómo dices? —Sailor Uranus no podía creerlo—. Pero no comprendo.

        —Yo tampoco lo entiendo —le contestó Asiont—. Cuando fui por él, me dijo que prefería quedarse y morir. Traté de convencerlo de que se salvara, pero no quiso hacerlo.

        El que Armando Ferrer hubiera preferido sacrificarse para salvarles la vida, en algún modo sorprendió a Saulo, que no esperaba que el príncipe meganiano hubiera realizado tan loable acción. Una expresión suave cruzó el semblante de Saulo, una expresión que aquellos que lo conocían pudieron identificar como remordimiento. El príncipe de Endoria respiró profundamente y dijo:

        —Comprendo, es una verdadera lástima —hizo una pausa y luego elevó su voz para dirigirse a los pilotos—. Prepárense para abandonar esta dimensión y regresar a la Churubusco.

        Seiya y Sailor Uranus regresaron a sus lugares. Cuando Areth estaba a punto de retirarse, Asiont le puso una mano en el hombro para detenerla. La chica se volvió hacia él para mirarlo sin ocultar su extrañes. Asiont le hizo una seña para que caminara a su lado. Cuando ambos estuvieron lejos de Saulo, el Celestial le susurró:

        —Tengo que admitir que tuviste una buena idea, te la sacaste de la manga, ¿no?

        —Tú me conoces —sonrió Areth—. Alguien tenía que salvarlos.

        Mana descubrió que su cuadro de instrumentos empezaba a fallar y no sólo eso sino que además estaba perdiendo el conocimiento. Sabía que la pérdida de sangre bien podía costarle la vida, pero ahora era demasiado para pedir ayuda. No podían detenerse en medio del espacio para hacer un relevo. Además, se sentía responsable por la vida de Asuka.

        Musashi pensó que su compañera estaba teniendo fallas, pero que no eran de cuidado. 

        —Mantén el rumbo, Mana, estás aminorando la velocidad.

        —No me siento bien… .

        —¿Qué es lo que te pasa? Tienes que mantener la velocidad o nos dejarán.

        Musashi disminuyó la velocidad para vigilar a su amiga y notó que el Executor-03 estaba desviándose suavemente hacia la derecha. Las naves de la Alianza comenzaron a alejarse. Musashi gritó por el comunicador pidiéndole a Mana que se espabilara, pero parecía inútil; echó un rápido vistazo hacia atrás y después consultó su panel de control para evaluar los signos vitales de su amiga. Cuando la computadora le indicó que la chica había entrado en shock, Musashi murmuró una maldición y activó el arpón de Sephiroth para disparar hacia el Executor-03 y sujetarlo antes de que fuera tarde.

        Una punta metálica atravesó el hombro derecho del robot de Mana, que quedó unido a Sephiroth por medio de un sólido cable metálico. A Musashi le habían dicho que éste estaba hecho de una aleación casi irrompible y por primera vez rezó para que así fuera. Ahora su única preocupación era que el Eva-02 no se desprendiera del Executor de su compañera o que el Eva-01 decidiera soltarse de improvisto. Musashi sintió que estaba a punto de sufrir un ataque de nervios y dio gracias al cielo de que no hubiera gravedad en el espacio.

        —Esto no puede ponerse peor.

        La flota de Abbadón se encontraba a un millón de kilómetros de distancia cuando la Tierra desapareció. Para N´astarith las maniobras de sus enemigos eran incomprensibles ¿Arriesgarse a morir en la explosión sólo para salvar a algunos miles de humanos? Era una tontería. Tiamat estaba convencido de que las naves de la Alianza darían el salto dimensional para escapar en cualquier momento, y que las fuerzas imperiales debían hacer todo lo necesario por evitar que eso pasara. Debían aniquilar a los malditos enemigos antes de que huyeran.

        —Mi señor, ahora es nuestra oportunidad —dijo Tiamat con la mirada puesta sobre la enorme pantalla visora del puente. En ésta podía verse una magnifica imagen de las Águilas Realesque viajaban por el espacio a toda velocidad—. Hay que destruirlos ahora que tenemos la oportunidad. De la orden para ir tras ellos.

        —Concuerdo plenamente con esa idea —convino Fobos—. Imaginen la desesperación que sentirán esos miserables cuando les disparemos. No es necesario mandar a nuestros cazas o a los Executors. Que los artilleros se encarguen de volar a esos gusanos de uno por uno. ¡Borrémoslos de la faz del universo!

        —¿Qué es lo que haremos, mi señor? —preguntó Sarah de Basilisco—. La destrucción del ese insignificante planeta acabó con millones de seres, pero ninguno de nuestros enemigos murió a excepción del príncipe Armando Ferrer. 

        —Ese maldito fue quien retrasó la explosión  —comentó Etzal con malestar—. Sí no fuera por él todas las naves de la Alianza habrían sido destruidas. Desde aquí pude percibir como su aura desaparecía poco antes del estallido.

        Tiamat miró a sus compañeros.

        —Eso sólo significa que Jesús Ferrer se volverá más poderoso. Quizá tengamos que enfrentar al guerrero legendario dentro de muy poco —hizo una pausa y se volvió hacia el oscuro señor de Abbadón—. Mi señor, no perdamos más tiempo. Ataquemos.

        N´astarith contemplaba la pantalla en silencio. Al igual que sus enemigos de la Alianza, los abbadonitas y los licántropos ya habían escudriñado minuciosamente todo el sistema solar con sus rastreadores. Para N´astarith había dos escenarios posibles: que Saulo volviera a su dimensión cuanto antes; o bien, como alternativa, dispersar sus fuerzas y esconderse en alguno de los otros ocho planetas restantes. Además, Tiamat y Fobos parecían olvidar que las Águilas Reales eran mucho más veloces que los enormes Devastadores Estelares, e iniciar una persecución en aquellas circunstancias habría sido una pérdida de tiempo. ¿Para qué ir tras ellos cuando podía esperar cómodamente el ataque sobre Adur? 

        —Olvídense de las naves de la Alianza —dijo N´astarith al fin—. Regresemos a Armagedón ahora mismo para continuar con nuestros planes. Dejaremos que piensen que están a salvo para después destruirlos en su propio refugio.

        —¡No podemos permitir que escapen! —contestó Tiamat, que no podía creerlo—. ¡Tenemos que destruirlos! Mi señor, le ruego que reconsidere las cosas y vayamos tras ellos. Debemos matarlos de una vez por todas.

        —He dicho que los dejen ir —masculló N´astarith en un tono que no daba lugar a discusión—. Por supuesto que sería gratificante acabar con el príncipe Saulo, Son Gokuh, Seiya y los otros, pero ahora que el príncipe Armando Ferrer murió la situación se tornará más interesante. Falta poco para lanzar nuestro ataque sobre el sistema Adur. Ahí es cuando acabaremos con todos ellos y recuperaremos las tres gemas que nos hacen falta.

        Hirviendo de rabia, Tiamat bajó la cabeza e hizo una reverencia. Sabía que no tenía más alternativa que aceptar la decisión de N´astarith. A lo largos de los años había aprendido que su trato con el emperador era similar a un lazo, que podía estirarlo en ciertas ocasiones, pero que debía cuidar de no romperlo a riesgo de perderlo todo. En su incontrolable sed de venganza contra la Alianza por poco había olvidado eso. Todavía apretando los dientes, se dio la media vuelta y caminó hasta una ventana del puente para observar los restos de la Tierra. La venganza se había postergado de nuevo, pero tendría que llegar en algún momento y él sabría aprovecharla.

        —Disfruten de su suerte, malditos, pero pronto he de verlos ahogarse con su propia sangre. Cuando nos volvamos a ver, nada ni nadie podrá evitar que los destroce con mis propias manos.

        País del Edo, era Sengoku (Japón, año 1,500 d. C.)

        Kikyou alzó la mirada hacia el cielo, donde los últimos vestigios de la claridad diurna comenzaban a desvanecerse. Las primeras estrellas ya eran visibles, y simulaban pequeños motas plateadas esparcidas sobre la negrura que se iba adueñando paulatinamente del cielo nocturno. La noche parecía envolverla con su apacible manto mientras ella reposaba tranquilamente bajo un frondoso roble que le servía para descansar.

        —Tengo un mal presentimiento —murmuró con la mirada fija en la luna creciente que adornaba los cielos nocturnos—. No es nada relacionado con este lugar. Es algo que… está en otro sitio. Algo que trata de esconderse… .

        —¿Le ocurre algo malo, señorita Kikyou? —le preguntó la pequeña Asuka.

        Kikyou era una muchacha de dieciséis años, ágil y atractiva. Con un brillo de nostalgia y melancolía en sus enormes ojos oscuros. Vestía las holgadas ropas de una Miko, una sacerdotisa dedicada al culto de los dioses, y portaba un largo arco que colgaba de su hombro. En algún momento se le había mencionado como la mejor sacerdotisa de Edo, pero eso fue hasta que un ser demoníaco llamado Naraku le causó la muerte. Ése debió haber sido el final de todo, pero Urasue, una bruja malvada y despiadada, la regresó al mundo de los vivos, formándole un cuerpo nuevo usando huesos y tierra.

        La bruja pretendía hacerla su esclava, pero Kikyou resultó ser demasiada poderosa y Urasue pagó con su vida aquel error de cálculo. El volver a la vida en aquellas circunstancias más que una fortuna, resultó ser una maldición para la sacerdotisa. Ahora estaba condenada a deambular por el mundo teniendo que succionar almas en pena para mantenerse con vida sin poder conocer el descanso. Su única motivación ahora era eliminar al demonio causante de su desafortunado destino, el maldito hanyou que se había convertido en el azote de su existencia y que conocía con el nombre de Naraku.

        —En realidad no estoy segura, Asuka —repuso Kikyouu con tranquilidad. La niña la miró, expectante—. Desde hace días he percibido extrañas energías que no sé de donde provienen. Al principio creí que quizá se trataba de alguna especie de youkai maligno, o que incluso tenían que ver con Naraku, pero ahora no estoy tan segura de eso.

        Asuka dirigió su mirada al cielo por un instante. La niña vestía un sencillo kimono con estampado de mariposas verdes y llevaba el cabello sujetó en una coleta que colgaba sobre sus espaldas. Una expresión de perplejidad desdibujó el delicado rostro infantil de Kouchou. Ésta estaba vestida con las mismas ropas que Asuka, aunque el estampado era diferente y llevaba el cabello recogido, con excepción de dos mechones que le caían libremente a ambos lados del rostro.

        —¿Por qué lo dice, señorita Kikyou? —preguntó Kouchou.

        Aunque en apariencia Asuka y Kouchou parecían unas niñas comunes y corrientes, realmente se trataba de un par de espíritus que le brindaban protección a Kikyou y le servían fielmente. No estaba claro el porqué Asuka y Kouchou habían decidido acompañarla, pero desde entonces la sacerdotisa había encontrado algo de compañía en su solitario caminar por el mundo.

        Kikyou volvió la vista hacia las niñas.

        —Por la simple razón de que estas energías no pertenecen a un youkai o un hanyou. Tampoco son de un ser un humano, pero hay algo en ellas que me parece vagamente familiar. Es como si ya las hubiera sentido en algún momento en el pasado, pero no sé… .

        Y entonces la mirada de la sacerdotisa se volvió súbitamente hacia la derecha, atraída por un ruido extraño e inusual entre los matorrales. Había podido distinguir una forma oscura que se agitaba entre las tinieblas de la noche. La sacerdotisa ajustó una flecha y tensó la cuerda de su arco.

        —¿Quién está ahí? —preguntó Kikyou con un grito, pero nadie respondió.

        —Tal vez haya sido un animal —murmuró Asuka luego de un momento.

        Pero Kikyou no opinaba lo mismo. Tal vez su pequeña acompañante no había podido advertirlo, pero alguien estaba escuchándolas desde los matorrales, y tal vez desde hacía más tiempo del que pudieran imaginar. Lo único que Kikyou no podía entender era cómo es que no se había dado cuenta antes. ¿Es qué acaso sus habilidades estaban debilitándose? Bajó su arco y exhaló un profundo suspiro.

        —Sea quien sea parece que se marchó.

        —No tiene porque preocuparse, señorita Kikyou —se escuchó decir a alguien en medio de la oscuridad. Kikyou tensó su arco de nuevo, lista para disparar a la menor señal de peligro—. Eso no será necesario, se los aseguro —añadió la misteriosa voz—. No he venido a hacerles daño, sino a hacerles un ofrecimiento que encontrarán interesante.

        —¡Sal y muéstrate! —exigió Kikyou.

        Una figura vestida de negro emergió lentamente de entre las sombras. La oscura silueta se llevó las manos arriba y retiró la capucha que se le cubría la cabeza. Kikyou contuvo la respiración por unos momentos sin saber sí la siniestra figura que se mostraba ante ella era humana o demoníaca. Se trataba del hechicero oscuro al servicio de N´astarith: Malabock. Éste frunció una sutil sonrisa y extendió ambas manos para que la mujer pudiera verle las palmas.

        —Como puede ver, me encuentro desarmado.

        La sacerdotisa quedó en silencio, como si dudara. Tal vez aquel hombre asegurara no querer dañarlas, pero las energías malignas que despedía eran inconfundibles para ella, que había empezado a temblar debido al esfuerzo por mantener tensado su arco.

“Este hombre no es ningún youkai”, pensó Kikyou. “Pero tampoco parece un ser humano o un hanyou, aunque lo que más me inquieta es la energía maligna que lo envuelve. ¿Acaso será algún tipo de demonio que no conozco?”

        —¿Le importaría bajar su arma, por favor? —le dijo el hechicero oscuro—. Si quisiera hacerle daño lo hubiera hecho desde hace mucho. Sólo deseo hablar con usted unos momentos sí me lo permite.

        Kikyou, recelosa, accedió a la petición del hechicero y dejó de estirar su arco. Al acercarse a la sacerdotisa, Malabock pudo contemplar de cerca a la mujer que había estado observado desde lo lejos. El nigromante la encontró realmente hermosa, pero lo que más le interesaba era el profundo rencor que percibía dentro de ella. Ese sentimiento sería la llave que le iba permitir a Molabock obtener lo que quería de aquella joven. En los ojos del oscuro mago brilló un destello de maldad.

        —¿Qué es lo que… .

        —Mi nombre es Malabock —le interrumpió el hechicero—. Soy un practicante de las artes ocultas de la magia y la hechicería —hizo una breve pausa y levantó la mano derecha. Una lengua de fuego surgió de su palma formando una esfera llameante en el aire que alumbró levemente el rostro del mago—. Conozco vuestra tragedia, señorita Kikyou, y creo que podemos ayudarnos mutuamente.

        —¿De verdad? —inquirió Kikyou con desconfianza—. ¿Y cómo sería eso?

        El nigromante observó la bola de fuego y luego volvió a mirarla.

        —¿Sabía, Kikyou, que la Existencia entera es dominada por el caos? —Se acercó más a ella—. Unos luchando contra otros en una eterna batalla donde al final todos perdemos como usted o como yo. Pérdidas. Injusticias. Pero no tiene que ser de esa manera, no.

        Kikyou lo miró fijamente.

        —La persona que me envió aspira a poseer un poder capaz de remediar esa clase de situaciones tan terribles —Malabock chasqueó los dedos y la esfera llameante comenzó a girar sobre sí misma—. Desgraciadamente, las cosas no han salido como esperábamos a causa de ciertas personas que insisten en obstaculizar nuestros planes. Es por está razón que requerimos de su ayuda, señorita Kikyou.

        —¿Cómo podría una simple sacerdotisa como yo ayudarles? No lo entiendo.

        La bola de fuego se abrió por la mitad como si fuera el ojo de un ser viviente y en su interior empezó a aparecer la imagen de una diminuta perla que Kikyou, Asuka y Kouchou supieron reconocer de inmediato. Era la Shikon no tama, la misma joya que había sido la fuente de todas las desdichas que habían afligido a Kikyou. La desconfianza de la joven sacerdotisa aumentó luego de presenciar aquella visión.

        —La perla de Shikon.

        Malabock asintió con la cabeza.

        —Es correcto, señorita Kikyou. Queremos que nos ayude a encontrar esa joya tan especial. Sabemos que hace tiempo usted solía ser la guardiana de la perla de Shikon y que ésta fue la causante de su trágico final.

        —Parece conocer mucho sobre mí —observó Kikyou con el ceño fruncido.

        —Mi amo sabe muchas cosas —Malabock hizo desaparecer la bola de fuego con un simple ademán—. Y a cambio de su generosa ayuda, él estaría dispuesto a devolverle su vida, señorita Kikyou. No como ahora, con un cuerpo formado por tierra y huesos que requiere de las almas de otros para seguir subsistiendo. Hablo de vida verdadera. Una segunda oportunidad. En nuestro poder estará concedérsela.

        —Eso es imposible.

        —No para nosotros, se lo aseguro. Mi amo puede hacerlo realidad sí logra tener éxito en sus planes. Piense en eso por unos instantes.

        Ella lo pensó. La verdad no era la primera vez que Kikyou imaginaba lo que sería recuperar su antigua vida. En sus actuales condiciones, sólo era una triste alma, una sombra de sí misma acongojada por el eterno deseo de revivir cada día que pasaba. Pero si lo que Malabock le ofrecía podía hacerse realidad, entonces recobraría todo lo que le había sido arrebatado tan injustamente. Por unos instantes, la joven sacerdotisa pareció olvidar todo el rencor y la furia que guardaba, pero entonces comenzó a recelar de la oferta. Aquella sonaba demasiado bueno para ser cierto y Kikyou ya no era la misma joven confiada que había sido antes de morir, o ¿acaso no había sido su buena fe uno de los motivos de su trágico final?

        —Vaya, sí que es un buen trato —dijo ella no sin cierto sarcasmo—. Debe subestimar mis habilidades para creer que no he sentido las energías malignas que despide su presencia, aunque admito que estuvo a punto de engañarme.

        Malabock sonrió mientras se envolvía en su túnica negra.

        —No tiene que decidir ahora, señorita Kikyou, puede tomarse un día para pensarlo con tranquilidad. Usted sólo debe guiarnos a la perla de Shikon y mi amo la recompensará por eso dándole la vida que le quitaron. Volveré en la noche de mañana para conocer su decisión.

        El nigromante retrocedió unos pasos y se desvaneció en la oscuridad de la noche, dejando a Kikyou sumida en sus propios pensamientos. La sacerdotisa se sentía un poco confundida. La propuesta de Malabock era demasiada tentadora para dejarla pasar así nada más, pero tampoco podía pasar por alto la energía maligna que el mago despedía. Kikyou levantó la cabeza para contemplar el cielo.

“¿Será posible recuperar mi vida de antes?”, pensó ella. “Nunca creí que eso fuera a ser posible, pero ahora se presenta ese hombre y me dice que puede hacerlo realidad si lo ayudo a obtener la perla de Shikon? ¿Será un engaño de Naraku para atraparme de nuevo? No, no lo creo”.

        —¿Qué es lo que hará, señorita Kikyou? —le preguntó Kouchou—. ¿De verdad cree en todo lo que dijo ese sujeto? A mí me parece que no es del todo sincero en sus intenciones, ¿no lo piensa así?

        La sacerdotisa tardó unos segundos en contestar.

        —No lo sé, realmente no lo sé.

        En las alturas, un pequeño insecto youkai similar a una abeja había sido mudo testigo del singular encuentro entre Malabock y Kikyou, así como de toda su conversación. Tan pronto como el hechicero oscuro desapareció, el insecto comenzó a mover sus alas para alejarse rápidamente sin que nadie notara su presencia.

        Armagedón.

        José Zeiva iba y venía por sus habitaciones como una fiera enjaulado que no hubiera probado bocado en mucho tiempo. De repente, se dirigió hacia un busto de sí mismo esculpido en mármol negro y desenvainó su espada en medio de un estridente sonido metálico. La hoja se llenó de llamas al instante. José clavó los ojos en la figura y la destrozó de un potente mandoble. Enseguida, se giró hacia una mesa cercana y la partió en dos de un solo golpe.

        —¡Malditos! ¡Malditos sean todos! —juró a viva voz mientras contemplaba los destrozos—. ¡Me han robado la gloria a la que tenía derecho! ¡No es posible que las cosas terminen de esta manera! ¡No es justo!

        —Tranquilízate, por favor, primo —le calmó Luis Carrier—. No ganas nada con hacer pedazos todo lo que hay en tus cuarteles. Lo que debes hacer es pensar en lo que vamos a hacer para salir adelante. ¿Crees que N´astarith piense deshacerse de nosotros?

        José estrelló su puño derecho contra una de las paredes, dejando un profundo boquete en medio de varias grietas. En su rabia seguía arrojando maldiciones contra todos los que, según él, le habían arrebatado sus sueños de grandeza. Las últimas noticias procedentes de Endoria no podían ser más desalentadoras: nuevos levantamientos armados se habían suscitado en diferentes provincias y las fuerzas locales de seguridad se estaban sumando a los insurgentes. El senado imperial era incapaz de conservar el orden y exigía más tropas para recuperar el control de aquellos territorios. Pero José ya no disponía de soldados que estuvieran dispuestos a pelear por él o su causa. Los pocos militares que aún le guardaban lealtad se encontraban luchando en sitios distantes y resultaba imposible trasladarlos a tiempo. Día con día, las deserciones y las traiciones se hacían más comunes en el ejército. El imperio endoriano estaba tocando sus últimas exequias.

        Luis se había dado cuenta que su primo ya no era el gobernante orgullo al que todos respetaban y temían en la galaxia. Privado de su imperio y de su armada, José Zeiva se había convertido en un hombre normal y corriente cuyo futuro, en el mejor de los casos, sería el de una marioneta que actuaría a las ordenes de N´astarith. El ambicioso sueño de José de convertirse en el Señor de los Imperios se veía tan lejano en aquellos momentos. Con la defección de los meganianos y el desmoronamiento de la fuerza militar de Endoria, el señor de Abbadón era el único ganador.

        —¿Por qué me ha perseguido la desgracia todos estos años? —preguntó José con un dejo de ira en su voz—. ¿Qué hice mal? Siempre hice todo lo necesario para ganar, pero ahora todo está perdido. Todo es por culpa de los infelices que interfirieron con mis planes. Mi propio amigo Jesús y mi hermana, la Justice League, los Defenders of the Earth, Jayce y sus endemoniadosWheeled Warriors, los Invids, los Avengers, la Alianza Estelar y N´astarith. Ellos son los únicos culpables de mi suerte. ¡Malditos sean todos! ¡Qué se pudran en el infierno!

        —Tus incursiones a través de las diferentes dimensiones siempre fueron un desastre, algo que deberías tratar de olvidar —le recordó Luis con tranquilidad—. Lanzar maldiciones contra Superman o los Teen Titans no sirve de nada. Ahora lo que habría de preocuparte es buscar cómo sobrevivir. Cuando la guerra es inútil, seguir con vida debe ser la única prioridad.

        José se volvió furioso contra su primo.

        —¡Te equivocas! Aún pudo cambiar las cosas —hizo una pausa y recogió el retrato de su difunta novia Lucía que yacía en el piso—. El aureus será la respuesta a todos mis problemas. Según tengo entendido, con esa energía es posible convertirse en un dios y regir la Existencia misma.

        Luis lo miró con los ojos desorbitados.

        —¿Te has vuelto loco? N´astarith te matará si se entera de lo que dijiste.

        —N´astarith puede irse al demonio —replicó José con frialdad—. Lo único que tengo que hacer es esperar el momento oportuno y acabar con él antes de que logre usar el Portal Estelar. La guerra contra la Alianza Estelar puede cambiar en cualquier momento y debo aprovecharlo.

        —Nadie puede vencer a N´astarith —afirmó Luis vehementemente—. Admito que tú tienes grandes poderes, pero jamás podrás derrotar a todos los Khans. Ni siquiera si los enfrentarás de uno por uno lo lograrías. 

        —Tal vez así sea por el momento, pero nada es eterno —contestó José mientras acariciaba la fotografía—. N´astarith ha realizado varias incursiones a otros universos y se ha ganado más enemigos. Debo encontrar a alguien que esté dispuesto a matarlo, alguien que, al igual que yo, sepa lo que es perderlo todo.

        Astronave Churubusco.

        Jesús Ferrer estaba delante de un ventanal que iba del suelo al techo en sus aposentos. En silencio, contemplaba cómo la enorme astronave se desplazaba sobre el planeta Adur siguiendo el anochecer. Se notaba que sufría bastante y su mirada era tan distante y triste que nadie hubiera podido reconfortarlo. Ahora que sus dos hermanos estaban muerto, él era el único heredero al trono del imperio meganiano, pero eso era lo que menos le importaba. Sobrecogido por la pena, no se sentía capaz de actuar como emperador.

        En algún momento, Jesús pensó que podría recuperarse de la muerte de su esposa Kayla y su hijo Kim, que sus heridas irían sanando con el transcurso del tiempo y que recuperaría su aprecio por la vida, pero ahora todo se veía oscuro y gris en su futuro. Parecía que no había motivos para seguir viviendo. Por segunda ocasión había perdido su hogar y su familia por culpa de la guerra y se odiaba a sí mismo por haberse aliado a N´astarith. Se llevó ambas manas a la cabeza y se quitó su casco.

        —Armando, no tenías que morir —murmuró, viendo el rostro de sus familiares suspendidos en la oscuridad—. Padre, David, Kayla, Kim. Estoy cansado de todo esto, no soy tan fuerte como todos piensan.

        —Eso no es cierto —le respondió la voz de Kayla.

        Jesús se volvió hacia sus espaldas y se encontró con el hermoso rostro de su difunta esposa, que lo miraba afablemente. Abrumado por lo que estaba viendo, Jesús dejó caer su casco al suelo y alargó una mano para cerciorarse de que no se trataba de una ilusión. Se veía igual de bella que la última vez que la había visto, justo antes de la total devastación del planeta Adon. La joven esbozó una dulce sonrisa y se acercó a él.

        —¿Kayla? ¿De verdad eres tú? —inquirió Jesús, que hizo el ademán de  abrazarla—. ¿Es esto posible? Tú moriste hace muchos ciclos estelares…. .

        La chica respondió al abrazo y le tomó de las manos.

        —He venido a hablarte de tu destino —le dijo ella—. Lo que Armando te dijo antes de morir era la verdad. Tú eres el guerrero legendario, aquel que destruirá al mal. Fue por esto que N´astarith hizo todo lo posible por manipularte. Él sabía que si despertabas tus verdaderos poderes, serías una amenaza para él y su imperio.

        —¿Cómo puedo ser yo el guerrero de la leyenda, Kayla? Se supone que el Káiser es una persona capaz de dominar las fuerzas del aureus y eso es algo que yo no puedo hacer. Tal vez mi padre estaba equivocado y el Káiser sea alguien más. 

        Kayla observó a su esposo.

        —La leyenda cuenta que el rey Vidar de Dilmun entregó una chispa del aureus a uno de sus guerrero más leales para que protegiera al universo en el caso de que hubiera una amenaza que pusiera en riesgo la paz. Este mismo hombre llegó a Megazoar hace millones de ciclos estelares y desposó a una princesa de la Casa Real. Cuando estaba a punto de morir, el guerrero usó su poder para transferir la chispa de aureus a uno de sus futuros descendientes, aunque nadie podía saber quién sería el afortunado heredero del poder. Un sacerdote que se había instruido en el planeta Niros, le dijo a tu padre que su primogénito heredaría los poderes del guerrero de Dilmun.    

        —No puedo creerlo —murmuró Jesús lentamente—. Mis hermanos y yo sí compartíamos las tres almas que forman el espíritu del guerrero Káiser. Entonces era necesario que ellos murieran para que yo pudiera despertar mi verdadero poder. ¿Cómo es que los Caballeros Celestiales no sabían esto?

         —Nadie, salvo muy pocos conocían la identidad del Káiser —prosiguió Kayla—. Armando y David conocieron cuál sería su destino de labios de tu padre y quisieron sacrificarse para que te convirtieras en el Guerrero Káiser. A partir de ahora tus habilidades se irán acrecentando poco a poco. Debes usar este poder en protección de los débiles y para castigar los horrendos crímenes de N´astarith y sus Khans.

         Jesús la miró con decisión.

         —Lo haré, te lo juro, Kayla.

         —Tienes que saber algo más. José Zeiva no fue el causante de mi muerte, ni de la de Kim, así como tampoco de la destrucción de Adon. El responsable de todo fue N´astarith. Lo hizo para despertar en ti un odio contra José y que destruyeras a Endoria.

         Jesús notó como la ira iba apoderándose de él, pero trató de controlarse. Había tenido sus sospechas, pero ahora lo confirmaba todo. Cuando le dijeron que era imposible que la flota endoriana hubiera atacado Adon, Jesús se negó a hacer caso a esos reportes. Era tanta su sed de venganza que lo único que quería era matar a José, atravesarle el pecho y verlo morir mientras se desangraba. Ahora se daba cuenta que esos deseos habían sido avivados por la oscura maldad de N´astarith. 

         —No te marches, por favor, hay tanto que quiero decirte

         —Lo sé, yo también te extraño —le contestó ella con los ojos abrasados en lágrimas. Se acercó y ambos se unieron en un profundo beso—. Para el camino —sonrió—. Te estaremos esperando en la Eternidad.

         Un resplandor a sus espaldas lo distrajo momentáneamente. Miró por encima del hombro y observó una luz majestuosa y mística que parecía venir del techo. Cuando se volvió, Kayla había desaparecido. Jesús se giró sobre sus talones para contemplar de nuevo el misterios halo que parecía iluminarlo todo. Era tan perfecto, tan sutil y tan mágico que no había manera de describirlo. Un aura especial rodeó al príncipe meganiano.

        Aquella luz tan intensa hizo reaccionar las energías de todos aquellos que podían controlar el poder del Chi o dominaban las fuerzas sobrenaturales. En sus aposentos, Saori Kido sintió como su poderoso Cosmos de Atena ardía intensamente como pocas veces había pasado. En la habitación contigua, los Santos de Oro, Shaina y Marin quedaron envueltos por los resplandecientes halos de sus respectivos Cosmos. Hikaru, Umi, Fuu, Tuxedo Kamen, Sailor Moon y las Sailor Senshi intercambiaron una serie de miradas inquisitivas sin comprender por qué sus energías reaccionaban de aquella manera tan misteriosa. Son Gohan, Yamcha, Kurinrin y Trunks se vieron rodeados de súbito por la fuerza de sus Kis y comenzaron a hacerse preguntas acerca de lo sucedido. Dai contempló cómo el símbolo del dragón aparecía en su mano derecha, mientras que Poppu, Leona y Marine tuvieron un inusual presentimiento. Sailor Galaxia estaba totalmente sorprendida por lo que percibía. En la sección de comedores, Rina Inbaasu, Ameria, Shirufiru, Zerugadisu, Firia  y Zerosu dejaron de discutir entre ellos cuando sus energías mágicas reaccionaron de forma repentina. Uriel, Azmoudez, Azrael, Josh, Casiopea, Zaboot, Shilbalam y Uller igualmente se quedaron desconcertados por la forma tan poderosa en que sus auras brillaban. 

        En el santuario de Caelum, el Maestro Aristeo notó que su energía interna trataba de indicarle sobre un suceso de suma importancia. En el planeta Adur, Hyunkel y Baran experimentaron algo parecido. En el Más Allá, los cuatro Kaiou-samas, Enma Daiou-sama y hasta el mismo Kaiohshin y su asistente Kibito se dieron cuenta de lo que acontecía fuera de sus vastos dominios.

        En el Santuario de la diosa Atena en Grecia, Ikki y los Santos de Bronce que se recuperaban de sus heridas empezaron a experimentar el mismo tipo de fenómeno; incluso los ropajes de los Sagrados Guerreros Dorados muertos en la batalla de las Doce Casas y en el ataque de los Khans comenzaron a despedir energía. June de Camaleón contempló las estrellas por un segundo y luego retomó su camino hacia el Santuario. Sorrento de Sirena dejó de tocar su flauta, atraído por una sensación que escapaba a sus conocimientos y esperó mientras que Julian Solo miraba hacia el infinito percibiendo algo que hizo que su alma vibrara como cuando era el dios Poseidón.

        Hilda de Polaris y Bud de Alcor, en Asgard, percibieron a través de sus energías cósmicas lo que sucedía a miles de kilómetros de distancia. En un universo distante, en una dimensión alterna, una entidad conocida como Lord of the Nigthmare, creadora de dioses y demonios y representante del Caos Absoluto, captó emanaciones de una energía que no podía identificar con claridad y eso despertó su curiosidad.

        Cerca del reino de Papunika, Maam y Chu se detuvieron un momento y miraron hacia los cielos con total desconcierto, lo mismo que Krokodin, Apolo, Eimi y Matorik. En el país de Edo, Kikyou, Kouchou y Asuka percibieron que algo inusual ocurría en los planos espirituales. Guru Clef, Ascot, Caldina, Ferio y Lafarda estaban en la sala del trono del palacio cuando intuyeron una perturbación en el equilibrio de las fuerzas mágicas de Céfiro. En las ciudades subterráneas de Agarthi, todos los Guerreros Kundalini sabían que un hecho inusual estaba teniendo lugar y desearon que sus amigos se encontraran con bien. En el planeta Niros, Ultimecia, Agia, Alyath e Idanae contemplaron con asombro cómo el Manantial del Porvenir emanaba luz. 

        Mientras aguardaban en la nave que los conducía de vuelta a la Churubusco, Seiya, Shiryu, Hyoga, Shun y Aioria quedaron estupefactos cuando sus Cosmos comenzaron a reaccionar de forma sorpresiva. Sailor Uranus y Sailor Neptune se miraron la una a la otra sin comprender cuál era la razón por la que sus energías se manifestaban. Saulo, Cadmio, Areth y Asiont enmudecieron en el instante en que sus auras vibraban como una sola. Vejita, Piccolo, Ten-Shin-Han y Son Gokuh también lograron captar lo que pasaba por medio de sus respectivos Kis. En la nave Tao, Lis-ek y Zacek tuvieron la impresión de que algo importante estaba a punto de suceder.

        En Armagedón, Mantar, Malabock, Isótopo y sus guerreros meganianos, y los Khans fueron de los pocos que lograron entender que aquella sensación era un aviso sobre el surgimiento del Káiser. El Rey Ban, Hadora, Saboera, Kilban y Myst no tenían forma de comprender el misterioso fenómeno, lo mismo que la shito Lilim o el emperador Asura y sus aliados. José Zeiva, por su parte, estaba desconcertado, no tanto por la reacción de su propia aura, sino por el hecho de que había algo en aquella enigmática fuerza que le resultaba sumamente familiar y extrañamente conocido.

        De igual forma, seres de otros universos y diferentes épocas tuvieron la misma sensación en mayor o menor medida. En su morada, el Doctor Fate interrumpió su meditación cuando sintió que las fuerzas místicas del Orden le indicaban a él y su esposa Inza que algo estaba sucediendo. En sus habitaciones de la Atalaya, cuartel general de la Justice League, Zatanna experimentó un estremecimiento en las fuerzas mágicas que también captó el demonio Etrigan. En la Torre de los Teen Titans, Raven se despertó bruscamente en la cama cuando su alma sintió la enorme fuerza que se estaba liberando. Una situación similar se vivió en varios de los planetas más poderosos de ese universo, como Oa, Zamaron, Tamaran, Apokolips, New Genesis, Thanagar, Rann, Korugar, Colu y Almerac e incluso en el mundo de Qward, ubicado en el universo de antimateria.

        Al llevar su mirada hacia la ventana de la habitación, Rin Tosaka experimentó un extraño sobrecogimiento que fue compartido de igual forma por todos los Masters y Servants que combatían en la violenta y secreta guerra en Ciudad Fuyuki por el Santo Grial. En una solitaria calle, Shiro Emiya alzó la cara para observar la luna sin saber de dónde provenía esa inusual fuerza mística que tanto le inquietaba, mientras que la siempre serena Saber fruncía el entrecejo con su vista dirigida hacia el firmamento.

        En su recinto secreto en New York, el Doctor Strange dejó el libro que consultaba para centrar su atención en aquella sensación que lo perturbaba. Cerca del edificio Empire State, Thor levantó la mirada hacia la oscuridad de la noche cuando su martillo Mjolnir comenzó a destellar con fuerza. En la residencia de los X-Men, Charles Xavier, Psylocke y Jean Grey comenzaron a vislumbrar una serie de imágenes mentales que ninguno de los tres alcanzaba a identificar. Dentro del laboratorio del Edificio Baxter, Reed Richard captó extrañas fluctuaciones cósmicas que también fueron detectadas en la fortaleza del Doctor Doom en Latveria y en los laboratorios Stark de Los Angeles California. Incluso, en los mismos confines del espacio, el Devorador de Mundos conocido como Galactus se mostraba intrigado por las lecturas que sus máquinas registraban, y esto también acontecía en algunos mundos pertenecientes a diferentes imperios extraterrestres, como los Shi´Ar, los Kree, los Badoon, los Technarchy, los Skrull y los Brood. Los Autobots del planeta Cybertron estaban realizando un escaneo del espacio cuando descubrieron una serie de datos recogidos por sus ordenadores que les indicaban sobre un manifestación cósmica inexplicable. No hubo nadie, mortal o espíritu, humano o youkai, alienígena o terrestre, héroe o villano, Celestial o Khan, que no sintiera el despertar del guerrero legendario.

        En su nave, N´astarith contempló el túnel de luz que lo llevaría de regreso, silencioso, con los ojos entornados. La lucha por las doce gemas casi había llegado a su fin. Era hora de enfrentar al guerrero de leyenda, aquél que finalmente habría despertado después de miles de ciclos estelares de espera. Sí lograba aniquilarlo, pensaba, la victoria sería suya, el destino de la Existencia también.

        Por su parte, Jesús Ferrer ahora estaba consciente de su verdadera misión como Guerrero Káiser. Empezó a caminar hacia la luz. Miró directamente a la cegadora luz blanca que irradiaba desde lo alto y, cuando tendió una mano hacia ella, sintió, quizá por primera vez en su vida, una sensación indescriptible. Era verdadera emoción, la emoción que acompaña al sentimiento de liberación; la emoción que es lógico sentir cuando se nos revela el propio destino.

Continuará… .

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