Leyenda 003

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPITULO III

LA AMBICIÓN DE N´ASTARITH

Reino de Papunika.

       Recostados cómodamente a la sombra de un árbol, Dai y Poppu observaban el tranquilo paso de las nubes por el cielo. Era divertido ver como éstas tomaban distintas formas a cada momento; a veces alguna parecía un árbol, otra un castillo. Sin embargo, la forma que tenían las nubes eran el último pensamiento que circulaba por la mente del pequeño Dai.

       —¿En que piensas, Dai? —le inquirió Poppu sin apartar la mirada del cielo.

       Con una pajilla entre los dientes, Dai desvió la mirada hacia su amigo.

       —¿Hummm?

       —Has estado muy callado desde nuestro último enfrentamiento con Baran —comentó el joven hechicero—. Quizás sería bueno que habláramos de ello, ¿no crees?

       —Pensaba en el sueño de Leona —respondió Dai regresando la mirada al cielo.

       —¡Ah, vamos, pilluelo! —exclamó Poppu maliciosamente—. Estás preocupado por la princesa, ¿eh? Ya sabía que te importaba más de lo que aparentas.

       Dai desvió la mirada hacia Poppu por segunda ocasión. Al ver la cara llena de sarcasmo que ponía su amigo, el chico no pudo hacer otra cosa que sonrojarse levemente.

       —¡No! ¡No es lo que tu piensas! —exclamó, agitando violentamente los brazos.

       Poppu lo miró con una enorme y pícara sonrisa.

       —Vamos, Dai, no tienes que disimular conmigo. ¿Por qué no mejor me dices que constantemente estás pensando en ella?

       —Poppu, deja de decir esa clase de cosas —hizo una pausa y continuó—. Lo que pasa es que nunca antes había visto a Leona reaccionar de ese modo por una cosa tan simple como un sueño.

       El joven hechicero dejó de sonreír por un momento. Evasivas o no, las palabras de Dai estaban cargadas de razón. No conocía mucho a la princesa de Papunika, pero ella no era de las personas que solían asustarse con facilidad, y menos con un sueño.

       —Tienes razón en eso—reconoció Poppu mientras llevaba su mirada hacia el castillo real—. No me parece que Leona sea de las personas que se asustan fácilmente.

       —Eso es cierto —convino Dai, recostándose nuevamente en el suelo—. ¿Qué habrá sido lo que soñó?

La Tierra (Siberia)

       A una velocidad increíble, diez robot centuriones descendieron sobre los fríos campos de Siberia. Estaban a sólo una distancia de siete kilómetros de la base Caronte. Luego de iniciar una exploración de la zona con sus sensores ópticos, los pilotos de aquellos enormes moles mecánicas localizaron la ubicación del complejo secreto y decidieron avanzar hacia éste.

       —¡Maldición! ¡No puede ser! —exclamó Rodrigo, mientras contemplaba a los robots enemigos por medio de un monitor—. Creo que esas latas mugrosas ya nos han encontrado. Vienen hacia aquí.

       Astrea se asomó por encima del hombro de Rodrigo y examinó el monitor con cuidado.

       —No hay tiempo. Infórmenle a los soldados que los entretengan el mayor tiempo posible mientras evacuamos al personal.

       Rápidamente todo el personal militar comenzó a caminar en distintas direcciones. Las sirenas de alarma del complejo se activaron poniendo a todos en alerta. Uno de los robots enemigos avanzó directamente hacia la base. Tras descubrir a un buen número de soldados apostados en la nieve con cañones láser y otro tipo de armas, el piloto imperial decidió iniciar el ataque. El centurión alzó uno de sus brazos mostrando un enorme cañón que llevaba pegado al antebrazo. Un rayo luminosos surcó los cielos y su silbido fue seguido de un ligero estallido a unos cuantos metros del primer destacamento de soldados que aún alistaban sus armas en la nieve.

       En cuestión de segundos, los pacíficos campos de Siberia se convirtieron en un cruento campo de batalla. Los robots centuriones eran armas de batalla creadas por los meganianos. Enorme colosos de doce metros de altura controlados desde su interior. Los pilotos que iban dentro contemplaban el exterior por medio de un visor negro en forma de triángulo invertido que cubría la mayor parte de la cara del robot.

       Sobre los montes Urales, el almirante Mantar seguía detenidamente las acciones de los centuriones. Estaba por enviar varios escuadrones de naves abbadonitas para apoyar a los meganiano cuando el capitán Sun-Har se le acercó por un costado.

       —Almirante, hemos detectado varias naves enemigas tratando de abandonar el planeta —hizo una pausa y esperó a que Mantar volviera el rostro hacia él—. De acuerdo con nuestras rastreadores, estimamos que existen fuerzas de la Alianza Estelar atrincheradas en una base cercana.

       Mantar dejó escapar una leve sonrisa maliciosa.

       —Ya lo veo —musitó, divertido por el caos—. ¿Así que ahora planean escapar, eh? Bien, es hora de mandar refuerzos —hizo una pausa y se volvió hacia sus demás oficiales—. Esos miserables no se saldrán con la suya. Avisen a las naves imperiales más cercanas. La fiesta está a punto de comenzar.

Siberia (Base Caronte)

       En el cuarto de control, un buen número de oficiales contemplaban fríamente el transcurso de la batalla. Andrea estaba por dar nuevas ordenes cuando uno de los tantos técnicos se levantó de su asiento.

       —El primer transporte ya se encuentra listo para salir —anunció con importancia.

       Andrea suspiró y esperó a que todas las miradas se volvieran hacia a ella.

       —Bien, que salga de inmediato y que nos esperen en las coordenadas uno punto decimal dos ocho.

       En medio de un violento tiroteo de rayos láser, un enorme crucero de batallas terrícola se elevó por los aires a gran velocidad. Los Centuriones alzaron las miradas hacia el cielo conjuntamente. La enorme nave era escoltado por quince cazas de combate. Un griterío se elevó de los soldados que defendían la base al ver el primer transporte escapar a toda velocidad rumbo al espacio.

       Los Centuriones descargaron andanada tras andanada sobre la base Caronte poniendo en peligro toda la evacuación. Decididos a ganar algo de tiempo, un grupo de veinte naves caza lerasinos guiadas por la princesa Mariana salieron de los hangares para seguir el combate.

       —Bien, muchachos, vamos a divertirnos —dijo Mariana con el fin de tranquilizar los ánimos—. Referencia 1,2,0.

       La princesa de Lerasi estaba consciente de que iban a acercarse peligrosamente, pero deseaba con toda su fuerza dañar a los robots imperiales.

       —¡Ataquen!

       Tres naves dieron una vuelta al unísono y se acercaron vertiginosamente por el costado de uno de los Centuriones. Cuando pareció que estaban justo encima del robot dispararon varias veces. Los haces láser impactaron al gigante, haciéndolo tambalearse brevemente sin provocarle algún daño. Sin embargo, el último disparo golpeó el hombro del robot imperial provocando una violenta explosión que le desprendió una parte del brazo.

       Habiendo tenido éxito en el ataque, las naves atacantes volvieron a elevarse a toda velocidad.

       —¡Bien hecho Amarillo-1 y 2! —festejó Mariana.

       Como si se tratara de un ser vivo, el robot Centurión sujetó su hombro mientras escudriñaba los cielos buscando a sus atacantes. Nuevamente, Mariana hizo descender su nave en picada disparando continuamente en contra del robot dañado.

       El Centurión averiado, por su parte, disparó varias veces sin resultado en contra las naves de la Alianza. Las ráfagas de los cazas lo golpearon una y otra vez hasta que éste explotó en mil pedazos.

       —¡Viva! ¡Le dimos a ese miserable! —gritó uno de los pilotos lerasinos lleno de júbilo.

       Mariana esbozó una sonrisa de satisfacción y asintió. De pronto su radar emitió un pitido de alerta que llamó su atención. Varios de los Centuriones se habían lanzado por los cielos para perseguirlos.

       —¡Maniobras evasivas!

       El Amarillo-1 aceleró su nave a una increíble velocidad. Uno de los centuriones le comenzó a disparar varias veces sin conseguir derribarlo.

       —Atención Amarillo-1, aquí der Amarillo, da la vuelta, te cubriremos —ordenó Mariana, mientras viraba su nave hacia la izquierda seguida por el Amarillo-2 para colocarse tras el robot imperial.

Negativo, puedo controlarlo —respondió el piloto lerasino mientras bajaba la velocidad para vigilar a su perseguidor. Otro de los robots enemigos se situó detrás de Mariana y su acompañante.

       La princesa de Lerasi forzó su nave para hacer un rizo lateral unos milisegundos antes de que un bombardeo de rayos láser estuviera a punto de alcanzarla. Desgraciadamente, el Amarillo-2 no tuvo tanta suerte y explotó en mil pedazos al ser golpeado por uno de los disparos.

       Mariana se puso a descender en picada, acelerando hacia el suelo. A medida que se acercaba a la superficie blanquizca luchó contra la tentación de reducir la velocidad.

       —Amarillo-1, ¿dónde estás?

       —¡Estoy en serios problemas, Líder Amarillo! —respondió el piloto con un tono de desesperación.

       Mariana no era la única en dificultades. El Centurión que perseguía a la otra nave lerasina aumentó su velocidad hasta prácticamente tocar la cola de la nave. le disparó con varias ráfagas de energía. En cuestión de segundos, el Amarillo-1 se incendió y explotó en el aire antes de que el piloto pudiera hacer algo para evadir a su perseguidor.

       Consciente de que sería la próxima en ser derribada, Mariana aceleró rápidamente mientras evadía los disparos láser. Antes de que pudiera alejarse lo suficiente, dos centuriones más se colocaron frente a ella. No había escape. Uno de los pilotos enemigos fijó la mira sobre la nave lerasina y se preparó para derribarla…

       Sin embargo, antes de que el piloto enemigo pudiera efectuar un disparo acertado, una pequeña esfera de luz brillante rasgó los cielos a gran velocidad e impactó su nave-robot. Con una única explosión, el Centurión meganiano se convirtió en una bola de fuego y fragmentos metálicos.

       —¿Pero qué fue eso? —inquirió Mariana totalmente contrariada.

       Al desviar la mirada hacia su costado derecho, la princesa descubrió la figura de un hombre que se mantenía suspendido en el aire rodeado por una extraña aura de energía. Cuando miró con más detenidamente, Mariana cayó en cuenta de que se trataba de Cadmio, el obstinado hermano de Lance.

       —Será mejor que te vayas de aquí —le sugirió Cadmio en un tono de suprema arrogancia—. Esto es muy peligroso.

       Mariana alzó ambas cejas, completamente sorprendida. ¿Cómo era posible que aquel joven volara por los cielos sin ningún aparato? Cuando era niña su padre le había contado una y otra vez acerca de los maravillosos poderes de los Caballeros Celestiales. Siempre había creído que todos esos relatos no eran más que un conjunto de leyendas. Nunca se imaginó que hubiera estado equivocada.

       De repente otro de los centuriones se lanzó directamente contra Cadmio. El Celestial, por su parte, se mantuvo en el aire sin inmutarse y aguardó a que el robot enemigo se acercara hasta él. Mariana estaba observando la escena detenidamente cuando una transmisión se filtro por su comunicador.

       —Atención líder Amarillo, ¿me escucha?

       —Afirmativo —respondió Mariana. Llevando la vista hacia delante, la princesa de Lerasi descubrió treinta cazas terrícolas que volaban en línea recta hacia el campo de batalla.

       —Escuche, princesa, nosotros nos encargaremos de estas chatarras imperiales —declaró el líder de los pilotos terrestres—. Mejor continúe escoltando los transportes rumbo al espacio.

       La princesa lerasina bajó la cabeza, indecisa. Deseaba con toda el alma quedarse y ayudar en la batalla, pero estaba consciente de que su principal deber era proteger la evacuación.

       —De acuerdo, pero les dejare la mitad de mi escuadra para que los ayude —dijo Mariana y luego alejó su nave con un rápido viraje—. Buena suerte.

       Cadmio observó como la nave de Mariana se perdía en el firmamento hasta el último momento y luego sonrió con satisfacción. Cuando volvió la vista hacia delante, el enorme cuerpo del robot enemigo hizo que se olvidara momentáneamente del escape de la princesa lerasina.

       —¡Maldito seas! —le espetó el piloto meganiano—. No sé como derribaste a mi compañero. Dime ¿quién eres, infeliz gusano?

       —¿Qué quien soy? —respondió Cadmio, dejando escapar una leve sonrisa maliciosa—. Mi nombre es Cadmio y soy un Caballero Celestial.

       —¡¿Qué cosa?!  ¡Eso no puede ser! Se supone que todos los Celestiales fueron exterminados por los Khans hace más de veinte ciclos estelares.

       —Pues ya ves que no, amigo —dijo Cadmio desplegando más su poderosa aura—. Lo único que me decepciona es que N´astarith no este aquí.

       —¡Basta! ¡Yo me encargare de eliminarte, basura! —gritó el piloto del Centurión.

       Con un rápido movimiento, el robot enemigo levantó su brazo derecho y disparó varias veces. No obstante antes de que la primera ráfaga pudiera tocar a Cadmio, éste desapareció usando su asombrosa velocidad. Los rayos láser pasaron de largo y se perdieron en el cielo.

       —¡¿Eh?! ¿a dónde demonios se fue?

       El coloso volvió la mirada en todas direcciones, tratando de ubicar al Caballero Celestial. No había señales de él por ningún lado. De pronto, los detectores de carbono le indicaron que su enemigo se encontraba justo encima de él.

       —Aquí estoy, estúpido —se burló Cadmio.

       El piloto meganiano reaccionó como era de esperarse. Llenó de ira, se lanzó contra el guerrero Celestial tratando de golpearlo usando los puños del coloso. Pero a pesar de que el Centurión media casi seis veces su tamaño, el Caballero Celestial podía esquivar todos los ataques moviéndose de un extremo a otro sin mayor problema.

       Finalmente, Cadmio se arrojó directamente contra el robot meganiano y usando únicamente su codo, le propinó un tremendo golpe que lo derribó. El piloto enemigo luchó desesperadamente por unos instantes para recuperar el control de su robot-nave. Finalmente, al cabo de unos cuantos segundos, logró detener su caída a sólo unos metros de estrellarse en el suelo.

       —Pero… ¡esto no es posible! —murmuró el piloto mientras trataba de estabilizar a su Centurión—. Sólo el príncipe Jesús y el emperador Francisco son capaces de semejantes acciones. Está vez usaré todas mis armas.

       Decidido a eliminar al Caballero Celestial de una vez por todas, el Centurión meganiano volvió a elevarse hasta quedar nuevamente frente a frente con su diminuto enemigo. Sin perder tiempo, apuntó todo su arsenal contra Cadmio, quien permanecía inmóvil y mostrándose sumamente confiado.

       —¡MUERE!

       En cuestión de segundos, un sinnúmero de haces láser salieron de las armas del Centurión y estallaron sobre el cuerpo de Cadmio. Finalmente, el robot imperial detuvo sus disparos y espero para contemplar los resultados de su ataque. Una enorme nube de humo y polvo cubrían el lugar donde se suponía estaba el Celestial.

       —Esta vez acabe con él —se dijo el piloto a sí mismo mientras se limpiaba el sudor de la frente con la mano.

       El rostro del piloto sufrió una aterradora transformación cuando la nube de humo se disipó por completo. Como si no hubiera ocurrido nada, Cadmio avanzó lentamente hacia el robot enemigo con los brazos cruzados. No tenía ni el más mínimo rasguño.

       —¡Imposible! —gritó el piloto casi muerto por la sorpresa.

       —Qué pelea tan aburrida es esta —murmuró Cadmio con desgano—. Bueno, creo que ahora será mi turno para atacar, ¿no? Te advierto que yo no soy tan bondadoso como los demás Caballeros Celestiales de los que hayas podido oír hablar antes.

       Consciente de que nada de lo que pudiera hacer detendría al Celestial con el que luchaba, el piloto enemigo tiró de los mandos para darle media vuelta al robot y huir a toda velocidad. Pero antes de que pudiera llegar lo suficientemente lejos, Cadmio apareció de la nada en su camino. Con la velocidad del rayo, el Celestial golpeó el rostro del Centurión con un certero puñetazo que provocó que la cabeza del robot salió disparada a lo lejos.

       Dañado seriamente, el Centurión se desplomó totalmente sin control. Antes de que éste se estrellara en las rocas, el Caballero Celestial formó una pequeña esfera de luz en su mano para concluir su obra. Con una leve sonrisa en el rostro, Cadmio arrojó la esfera de energía contra el robot y lo hizo estallar.

       —¡Bah! Estos robots no son la gran cosa —vociferó, mirando con desprecio como los pedazos del Centurión caían en el suelo como si fueran copos de nieve ardientes—. No me costó nada de trabajo acabar con esa chatarra.

       Unos estallidos llamaron su atención en los cielos. Naves de combate abbadonitas se habían sumado a la batalla.

       —Sólo espero que Lance logre salir de aquí a salvo —murmuró.

       A pesar de que la mayoría de los soldados aliados y terrestres que se encontraban en la base habían participado en numerosos combates, no estaban preparados para algo así; en menos de veinte minutos una quinta parte de los hombres yacían muertos en la nieve.

       En el complejo, los cañones láser terrestres continuaban lanzando haces sobre los robots enemigos. A medida que los centuriones meganianos se acercaban a las instalaciones, el intercambio de disparos se hacia más y más violento. Mientras los soldados caían abatidos, los colosos extraterrestres seguían su avance inexorable, destruyendo edificios y aplastando todo a su paso. Era una batalla que de antemano todos sabían estaba perdida.

       En el cuarto de control, la reina Andrea Zeiva permanecía pegada a los diversos paneles de control supervisando hasta el último detalle de la evacuación y la batalla que se libraba.

       —Nuestras naves han abandonado la atmósfera terrestre con éxito —informó River, uno de los técnicos, sujetando sus auriculares con una mano—. Sin embargo aún no podemos determinar si podremos alejarnos lo suficiente del planeta como para dar el salto al hiperespacio.

       —No tenemos otra opción, River —dijo Andrea, mirando un pequeño panel militar de cristal para seguir las posiciones de las naves Aliadas e imperiales en una de las paredes—. Sí las naves no se alejan de planeta una por una serán presa fácil de esos Devastadores abbadonitas.

       La puerta de acceso se abrió de golpe para dar entrada a Asiont, Lance y Astrea. La reina se volvió hacia ellos.

       —Debemos abandonar este lugar, es muy peligroso permanecer aquí —dijo Lance en tono sombrío—. Naves de combate abbadonitas se han unido a los centuriones. Me temo que nuestros soldados no resistirán más de cinco ciclos.

       —Ya casi estamos listos, de hecho la mayoría del personal ya ha sido evacuado —explicó Andrea, señalando con el dedo la posición de las naves de la Alianza en el pequeño panel militar de cristal—. El plan ha salido como lo esperábamos, sólo debemos esperar un poco más.

       Lance lanzó una mirada de reojo a Astrea mientras se colocaba su casco de batalla.

       —Entonces nosotros iremos a ayudar a mi hermano Cadmio para darles el tiempo que necesitan.

       —¿Qué dices? —le preguntó Andrea, abriendo enormemente sus ojos—. ¿Acaso estás loco, Lance?

       —Por supuesto que no, majestad —respondió tranquilamente—. No podemos quedarnos aquí mirando como él se divierte solo.

       Antes de que Andrea pudiera decir algo más para detenerlo, Lance salió corriendo de la habitación. Astrea, por su parte, se dio la media vuelta y se dispuso a seguirlo cuando, de repente, Asiont la tomó del brazo.

       —¡Astrea, espera por favor!

       La chica se volvió hacia el joven Ben-Al y lo miró con extrañeza.

       —¿Qué sucede, Asiont?

       —Yo… sólo quería decirte que tuvieras cuidado, por favor.

       Astrea sonrió nerviosamente, pero no desvió la mirada . Desde que eran pequeños, ambos habían cultivado una gran amistad que sin saberlo, se había convertido en algo más. En realidad los dos estaban enamorados, sólo que les costaba admitirlo.

       —Tú también cuídate, Asiont —hizo una pausa y se acomodó los cabellos—. Sí todo sale bien nos veremos en la nave. ¿De acuerdo?

       Asiont siguió a su amiga con la mirada hasta que ésta salió de la habitación. No dijo nada, pero su expresión de preocupación hablaba por sí sola.

       Las cosas no marchaban bien para los soldados de la Alianza. Al igual que las naves caza, sus armas no eran rivales para los enormes Centuriones. Lenta, pero inexorablemente estaban siendo obligados a retroceder, incapaces de resistir el implacables ataque de las fuerzas imperiales. Al mismo tiempo, Cadmio continuaba protegiendo el despegue de las naves que se dirigían al espacio, pero la situación se estaba volviendo más y más compleja a cada momento.

       Uno de los Centuriones disparó varias ráfagas de energía en contra del Caballero Celestial, pero éste logró esquivarlas fácilmente haciendo una serie de piruetas en el aire. Antes de que el robot meganiano pudiera atacar de nuevo, Cadmio junto sus muñecas con las palmas orientadas hacia delante y las llevó hacia un costado de su cuerpo. Una esfera de luz brillante apareció entre sus manos. Girando sus brazos hacia el cuerpo del robot meganiano, el Celestial le descargó un poderoso rayo de luz que le atravesó el pecho, haciéndolo explotar en mil pedazos.

       Cadmio dejó escapar una sonrisa de satisfacción y volvió la vista hacia el horizonte justo a tiempo para ver como Lance y Astrea se le unían en la batalla.

       —Hermano, estamos aquí para ayudarte —declaró Lance con una sonrisa.

       Cadmio frunció el entrecejo con fingida arrogancia.

       —¿Y quién les dijo que necesito ayuda? —preguntó en tono sarcástico—. Sólo han venido a estorbarme.

       Lance bajó la mirada. Aquel comentario lo había herido mas allá de lo que Cadmio hubiera podido imaginar.

Armagedón (Laboratorio principal)

       En la estación espacial todo estaba listo para accionar el Portal Estelar. El equipo de técnicos y científicos ya habían despejado el lugar para colocarse con N´astarith, Tiamat y los otros detrás de los cristales de la cabina de observación. Éste era un cuarto pequeño que había sido diseñado hacia mucho tiempo para controlar la seguridad y demás funciones. Estaba ubicado dentro del enorme espacio que acogía al Portal Estelar.

       La primera gema ya había sido colocada en su lugar. Sólo era cuestión de algunos minutos para ver si todo aquel asunto de las gemas era cierto. Francisco Ferrer tragó saliva con dificultad cuando vio que el Portal estaba a punto de ser activado. Zocrag presionó un botón abriendo una salida el exterior. El agujero conducía a un pozo gigantesco e inclinado con salida al espacio. Aquel túnel tenía unos treinta metros de anchura, en cuanto se confirmó por las emisoras que las compuertas habían sido abiertas, el científico se giró hacia su emperador.

       —Todo está listo, mi señor —hizo una pausa y esperó que N´astarith volviera los ojos hacia él—. Estamos en espera de sus ordenes. Los generadores de la estación están trabajando en perfecto estado.

       Todas las miradas se volvieron hacia el señor de Abbadón, que no dejaba de mirar el Portal Estelar en completo silencio. Parecía que todo lo demás a su alrededor hubiera perdido significado para él.

       —Activa el portal, Zocrag —ordenó con una voz silbante, pero firme.

       El científico abbadonita presionó un par de botones más haciendo que la parte de la estructura donde iban las gemas comenzara a girar. Inmediatamente toda la habitación comenzó a temblar.

       —¿Qué es lo que sucede? —preguntó José, un tanto temeroso por lo que estaba aconteciendo.

       La gema triangular colocada en el gigantesco anillo emitió un rayo de luz parecido a un láser, aunque era evidente que obedecía a leyes físicas diferentes, pues la luz fluyó hacía el centro del Portal. Manaba literalmente, como sí alguien hubiera abierto las llaves de un jardín y de ellas saliera luz líquida. A medida que el tentáculo de luz aumentaba de longitud, empezó a expandirse hasta formar un pequeño charco, una superficie sólida y resplandeciente, como una delgada lámina de mercurio extendida en el hueco centro del anillo.

       El espejismo adquirió masa y comenzó a condensarse como un viscoso remolino de aguas turbulentas. La apariencia de esta extraña energía era similar a la del reflejo del sol sobre la superficie del agua. Contemplar aquella visión era algo casi místico, la gema colocada en la máquina brillaba por si sola, como si fuera una especie de foco luminoso que indicaba el camino en tanto que uno de los once huecos vacíos parpadeaba constantemente.

       —¿Qué significa ese molesto parpadeo? —preguntó Jesús sin dejar de contemplar aquel inusual espectáculo.

       —Nuestra gema estelar está haciendo resonancia con una de las gemas que se encuentra en un universo diferente al nuestro —respondió Zocrag sin titubeos—. Lo que ahora estamos contemplando es la entrada a otra realidad alternativa.

       —Esa puerta es muy pequeña para que una de sus nave lo atraviese —observó José—. ¿Acaso están locos?

       N´astarith contempló todo lo sucedido hasta el último detalle y luego sonrió.

       —Zocrag, ahora quiero que alimentes el Portal Estelar con la energía de Armagedón —ordenó.

       El científico abbadonita se volvió hacia sus ayudantes y con una seña les indicó que hicieran lo que su emperador les ordenaba. Los técnicos accionaron varios controles y una enorme carga de energía fue conducida hasta el Portal. Un rayo de luz surgió del interior del anillo y atravesó el túnel con rumbo hacia el espacio proyectando una enorme puerta dimensional de al menos cincuenta kilómetros de diámetro.

       —Todo está hecho, mi señor —dijo Tiamat llenó de orgullo como si él fuera el responsable de toda aquella operación.

       —Eh, todavía no —intervino Zocrag—. La abertura dimensional que se acaba de formar aún necesita más energía para estabilizarse y ser segura. Recuerden que nunca habíamos abierto puertas de ese tamaño.

       N´astarith se sintió muy complacido.

       —Empezaremos por reunir las otras gemas —dijo, dirigiéndose a Tiamat y los otros en un tono bajo y suave—. Después no tendremos dificultad en acabar con las fuerzas de la Alianza Estelar.

       En el silencio que siguió a sus palabras, el emperador de Abbadón sintió como lo invadía una ola de intenso placer.

Siberia (Base Caronte)

       —Ya casi todos los transportes han salido —informó Rodrigo a los demás con unos auriculares colgados en la cabeza—. Las naves nos esperan fuera de la atmósfera para iniciar el escape.

       —Bien, envía a las tropas del sector nueve al sur a proteger a… —Andrea no pudo terminar la orden. Una explosión hizo vibrar todo el lugar provocando que varios aparatos hicieran corto circuito. Una voz se filtró por el sistema de comunicaciones.

       —¡Tropas imperiales han entrado a la base, tropas imperiales han… AAAGHHH!

       Asiont no lo pensó un segundo más y saltando un montón de escombros, que se encontraban en su camino, se dirigió a Andrea y los otros.

       —Vámonos, esto se ha terminado —les dijo apresuradamente.

       Andrea titubeó. Todavía no había dado la orden de evacuación, pero el repentino caos la había dejado ida. Asiont la tomó por el brazo haciéndola reaccionar.

       —Transmite la señal para evacuar, Andrea.

       Las luces se apagaron lentamente y volvieron a encenderse cuando la energía de otra explosión recorrió los circuitos eléctricos y dio una sacudida, como un fuerte terremoto de dos segundos de duración. El ruido de más explosiones a lejos recorría la tierra como un constante rugido.

       —¡Transmitan la señal! —gritó Andrea mientras Asiont la conducía hacia la puerta salida. Antes de abandonar la habitación, la reina de Lerasi se dirigió al personal de comunicaciones que aún no salía—. ¡Vayan a sus transportes cuanto antes!

       Rodrigo tomó lo que pudo de la sala de comunicaciones y salió corriendo detrás de Asiont y Andrea.

“Es una guerra perdida”, pensaba el comandante mientras escapaba. “No vale la pena”.

       Cuando los soldados de la Alianza observaron que los cañones que protegía la base perdían potencia, comprendieron que la batalla estaba perdida. Habían hecho todo lo posible por retrasar a los robots y naves enemigas. Volviéndose todos hacia atrás, iniciaron la retirada en medio de una lluvia de disparos enemigos.

       La nieve estaba cubierta de cascos, radios rotas, armaduras de batalla, fusiles, ametralladoras láser, además de cadáveres, infinidad de cadáveres, precios que la batalla exigía. Uno de los soldados volvió la vista hacia atrás —mientras huía— para contemplar como los disparos enemigos explotaban en los cuerpos de sus compañeros. Horrorizado, el soldado echó a correr a toda velocidad, pero no llegó muy lejos; un disparo le atravesó la cabeza matándolo en el acto y dispersando sus pedazos entre la multitud que corría.

       Convencidos de que no había nada más que hacer, los Caballeros Celestiales se reunieron en el aire.

       —La batalla está perdida —anunció Astrea mirando a sus amigos—. Es hora de escapar de aquí.

       Cadmio y Lance asintieron con la cabeza conjuntamente. Como sí fueran un sólo individuo, los tres Caballeros Celestiales volaron a la misma velocidad rumbo al destructor Lerasino Artemisa que se elevaba.

Astronave Artemisa.

        Dentro del puente de mando, el comandante Rodrigo Carrier se colocó frente a la pantalla visora para asegurarse de que todo saliera bien. Aún no podía creer que había salido con vida de la base Caronte.

       —Todos los sistemas funcionan correctamente. En unos momentos estaremos a salvo y lejos de aquí —declaró apresuradamente.

       Asiont miró otra de las pantalla. Sus amigos ya estaban a punto de alcanzarlos.

       —Abran las compuertas para que Astrea, Cadmio y Lance entren —les dijo.

       En cuanto el resto de los Caballeros Celestiales abordaron, la enorme nave se dirigió hacia el espacio a una velocidad increíble. Algunos de los centuriones iniciaron la persecución, pero estos fueron rápidamente derribados por las defensas Aire-Aire del destructor aliado. Cuando el Artemisa abandonó la atmósfera terrestre, el azul del cielo se transformó en violeta. Después se convirtió en negro.

       Ahí, arriba en la noche perenne iluminada por el sol eternamente cegador, la nave se sumergió profundamente en un velo de estrellas que los envolvió por completo. Reunidas a los lejos, un grupo de naves conformado por siete destructores terrestres y otros cinco de diferentes mundos miembros de la Alianza aguardaban la llegada de la última nave para una vez todos juntos, huir del espacio terrestre.

       —Ahí están nuestras naves —las señaló Rodrigo con el dedo triunfantemente—. ¡Lo hemos conseguido!

       El primer oficial de la nave siguió por medio de un monitor el movimiento de las naves enemigas que orbitaban el espacio terrestre hasta que se produjo un cambio peligroso.

       —¡Oh, oh! —exclamó al darse cuenta de lo que pasaba—. Señor, al menos siete naves enemigas se acercan a nuestra posición. Se trata de tres Devastadores Imperiales y cuatro destructores meganianos. Estimo que estarán sobre nosotros en veinte ciclos.

       Andrea miró por encima del hombre del oficial para observar la pantalla hasta que llegó a la misma conclusión.

       —¡Demonios! ¡A toda velocidad! ¡Vámonos de aquí!

       La puerta de acceso del puente se abrió de golpe para dar entrada a Cadmio y los otros. Viendo a Astrea a salvo, Asiont no pudo disimular una sonrisa de alivio.

       —¿Cómo vamos? —le inquirió la joven Celestial fijando su mirada en él.

       —Mal, al menos siete naves enemigas nos están rodeando —respondió Asiont.

       Conforme las naves aliadas se iban alejando del planeta, la siniestra silueta de la estación Armagedón cautivó la atención de todos. Andrea, por su parte, clavó la mirada en la gigantesca base especial y la observó con detenimiento. Verla flotar, ahí en el espacio, era como un vago recordatorio de lo que había sido su vida al servicio de su hermano. Sin embargo, había algo más que llamó su atención, algo que por su belleza era imposible pasar por alto. Se trataba de la enorme abertura dimensional creada por el Portal Estelar. Un Devastador imperial estaba a punto de pasar por ella.

       —¿Qué diablos es eso que se ve a lo lejos? —preguntó Rodrigo sin esperar que alguien pudiera responderle.

       —¡No puede ser! —exclamó Cadmio al darse cuenta de lo que aquel lejano resplandor implicaba.

       —¡Esos dementes han accionado el Portal Estelar! —gritó Lance con incredulidad—. Lo que se ve a lo lejos es una enorme chandra.

       Andrea se volvió hacia los Celestiales con cara de no entender nada.

       —¿Una chandra? —repitió—. ¿Qué diablos es eso?

       Lance se volvió hacia Andrea y se acomodó los cabellos que colgaban frente a su rostro.

       —Una chandra es una especie de puerta dimensional y lo peor de todo es que una nave imperial está a punto de pasar a través de ella —hizo una pausa y se acercó al panel de control—. Eso significa que han comenzado a buscar las gemas estelares de las que les hablamos hace poco —tras presionar unas cuantas teclas, el joven sonrió con algo de tranquilidad—. Afortunadamente para nosotros, esa abertura aún no es estable. Está solamente al 87 % de su capacidad, pero lo malo es que no tardará en estabilizarse.

       Todos se miraron entre sí como esperando que alguno propusiera alguna buena idea. Por un lado, las naves enemigas estaban a punto de rodearlos y por otro, los imperiales estaban a punto de iniciar un plan que significaba la derrota segura de la Alianza Estelar. La situación era sumamente crítica. De pronto, una voz resonó en el aire rompiendo con aquel sepulcral silencio.

       —¿A dónde se supone que va a dar esa abertura dimensional?

       Un sujeto vestido con ropa camuflada, máscara negra, botas y guantes blancos se abrió paso entre los oficiales y guardias del Puente de Mando con una actitud altanera.

       —¿Eclipse? —preguntó Andrea, extrañada de ver a tan singular personaje entre ellos—. Pensé que te habías ido luego de lo ocurrido en Marte.

       Un Espía Estelar, pensó Asiont. No había tenido mucho contacto con ellos, pero sabía reconocer a uno en cuanto lo veía. Cadmio, por su parte, frunció el ceño y examinó al recién llegado de arriba a a abajo con desprecio.

       Eclipse era uno de los pocos Espías Estelares que se regía por un código de honor. Al igual que Rodrigo y Andrea también él había servido a José Zeiva con anterioridad. Cuando Andrea desertó del ejército endoriano abiertamente, Eclipse reflexionó sobre sus acciones y no tardó mucho en sumarse a las largas filas de oficiales y soldados renegados que se volvieron en contra del emperador endoriano. A partir de ese momento, Eclipse había desempeñado misiones de espionaje y sabotaje para la Alianza Estelar, pero siempre en secreto.

       Un intento de sonrisa se insinuó en los labios del espía.

       —Aún estoy dispuesto a vender mis servicios de espionaje para la Alianza —hizo una pausa y esperó que todos lo miraran—. Ustedes quieren saber a donde se dirige ese Devastador imperial, ¿no es cierto? Es la duda de un millón.

       Cadmio se sintió incómodo y reaccionó como era de esperarse.

       —¿Y a ti qué diablos te importa lo que nos interesa, mercenario? —le espetó—. No eres más que un buitre y… .

       —Calma, Cadmio —le tranquilizó Asiont—. Escuchémoslo, nada perdemos con ello.

       Eclipse sonrió por debajo de su máscara, por lo menos había alguien interesado en su oferta. Como siempre, su olfato para detectar negocios había acertado.

       —La única manera de averiguar a que universo se dirigen los imperiales es siguiendo a ese Devastador Imperial —hizo una pausa y se volvió hacia Andrea y Rodrigo—. Afortunadamente para la Alianza, yo estoy a su disposición por tan sólo ciento treinta mil.

       Ni siquiera Lance con su carácter tranquilo y sereno estaba dispuesto a tolerar semejante chantaje. Simplemente aquel enmascarado estaba fuera de sí.

       —¿130 Mil ? ¡¡Estás loco!! —exclamó Lance—. ¿Qué no ves que la galaxia se encuentra en peligro?

       —A mi eso no me importa, niño —repuso Eclipse totalmente tranquilo y casi divertido. Se podría decir que ya tenía un argumento preparado para convencerlos—. Ustedes jamás podrán acercarse lo suficiente para atravesar esa chandra y seguir a la nave imperial. Una nave pequeña tiene más posibilidades y casualmente yo tengo la más rápida que se puedan imaginar. Investigaré sus planes y más tarde me reuniré con ustedes para recibir mi “marmaja”.

       ¿Marmaja? Andrea y Cadmio se miraron entre sí con fastidio. Iban a mandar a Eclipse y su oferta a volar por los cielos cuando Asiont tomó la palabra inesperadamente.

       —Esta bien, Eclipse —hizo una pausa—. Tú ganas, tendrás lo que quieres.

       —¿Qué dices, Asiont? —le inquirió Lance totalmente alarmado—. No puedo creer lo que dices ¿cómo te dejas engañar por este mentiroso? No olvides que antes trabajó para José Zeiva y que es un maldito mercenario.

       Asiont contempló a Lance en absoluta calma.

       —No lo olvido y es por esa razón que tú iras con él —le susurró en voz baja.

       —¡¿Qué cosa?! Estás completamente loco, Asiont. ¿Cómo se te ocurre vaya con este farsante?

       Asiont agarró a Lance por el brazo para jalarlo a fin de poder hablar más tranquilamente.

       —No podemos arriesgarnos —hizo una pausa y miró de reojo a Eclipse—. Odio admitirlo, pero tiene razón. A diferencia de N´astarith, nosotros no sabemos en que universos se encuentran las gemas estelares. La única manera de saberlo es haciendo lo que él nos dice.

       Lance encogió los hombros con resignación y lanzó una mirada de soslayo hacia el espía, que le sonrió burlonamente.

       —Esta bien, Asiont —hizo una pausa y volvió la mirada hacia su amigo—. Pero ese tipo apesta a grasa de motor y no creo que sea agradable, además se murmura que muchos de esos espías son… tú sabes, “raros”.

       —Lance, déjate de tonterías por favor —farfulló Asiont—. Cadmio jamás aceptaría ir con él. Eres el único en quien puedo confiar.

       —Está bien, está bien. Sólo que no me hace ninguna gracia.

       Asiont dejó a Lance de lado y se acercó a Eclipse para hablarle. El espía sonrió con entera satisfacción. “Ya cerré el negoció”, pensó.

       —Trato hecho.

       Eclipse asintió con la cabeza y sacó un pequeño control de su cinturón.

       —Bien hecho, muchacho, se ve que no eres nada tonto —llevó la mirada hasta Rodrigo y volvió a sonreír como si estuviera satisfecho—. Mi nave se encuentra a bordo de esta chatarra —hizo una pausa y miró de reojo a Lance—. Estoy listo, pero no me llevaré a este tipo que parece afeminado.

       El rostro de Lance se transformó ferozmente.

       —¿Cómo que afeminado cara de tetera? Todos en la galaxia saben que ustedes son los afeminados.

       Asiont sonrió levemente y se cruzó de brazos.

       —O él va contigo o no hay trato, mi amigo —la sonrisa desapareció de su rostro—. No eres el único que puede maniobrar esa nave por el espacio.

       Eclipse bajo la mirada, molesto. Al parecer no las tenía todas consigo como pensaba. Luego de titubear por unos instantes, levantó la cabeza para mirar a Asiont y asintió.

       —Hummm. Trato hecho.

       Una vez que se hubo cerrado el trato, Lance y Eclipse se dirigieron al hangar del Artemisa para abordar la pequeña nave del Espía Estelar. Ya en el espacio, tomaron rumbo hacia la puerta dimensional. De acuerdo con los cálculos de Lance, la puerta estaba a un 97 % de su capacidad.

       —¿Cómo haremos para llegar sin ser vistos? Armagedón deben de tener cientos de radares y naves vigías —le inquirió Lance con suspicacia.

       —Olvidas que soy un Espía Estelar —respondió Eclipse sin apartar la mirada del frente—. Esta nave cuenta con un avanzado sistema de camuflaje que nos dará cierta ventaja por unos segundos. En cuanto a los de Armagedón, vamos a improvisar.

       ¿Improvisar? A Lance ya no le agradaba lo que estaba escuchando de aquel sujeto.

Devastador Estelar Belial (Puente de Mando)

       Mantar estaba decidido a atrapar todas las naves aliadas antes de que éstas pudieran abandonar el espacio terrestre. Luego de evaluar la situación por unos momentos, les ordenó a sus fuerzas rodear a las naves enemigas para cortarles la retirada.

       —Señor, una pequeña nave se aleja del grupo principal y se dirige a toda velocidad hacia Armagedón —informó uno de los técnicos sin emoción alguna en la voz.

       —¿Hacia Armagedón? —repitió Mantar un tanto incrédulo—. Debe ser algún loco o quizás quieran regresar al planeta azul —hizo una pausa y se volvió hacia sus oficiales—. Quiero que dos escuadrones de combate… .

       Mantar no pudo terminar la frase. En un abrir y cerrar de ojos la pequeña nave desapareció de la pantalla.

       —Señor, la nave ya no se ve en los visores.

       Mantar se volvió furioso hacia los controles.

       —¡Eso es imposible! —Tras una breve pausa, Mantar esbozó una sonrisa—. Ya comprendo, se trata de un engaño. Alisten un escuadrón de combate. ¡¡Quiero esa condenada nave!!

       Convencido de que había conseguido burlar a los imperiales con sus sistemas de camuflaje, Eclipse condujo la nave rápidamente hacia la abertura dimensional. La puerta estaba al 99%.

       —Ya vez, te lo dije, no hay porqué temer. Asunto arreglado —fanfarroneó.

       Lance le dedicó una mirada de incredulidad.

       —Yo no estaría tan seguro —musitó. De pronto, una pequeña alarma comenzó a parpadear en el tablero de control—. ¿Qué diablos es eso, Eclipse?

       El espía frunció el entrecejo y luego desvió la mirada hacia los controles.

       —¿Huumm? Tal parece que nos están siguiendo.

       —¡Dijiste que esta nave podía burlarlos! —estalló Lance—. ¡Nos van a matar! ¡Recuérdame nunca volver a confiar en un Espía Estelar!

       Eclipse lo miró con aburrimiento y luego volvió la vista hacia el frente.

       —¿Sabes una cosa? Eres un novato.

       Al escuchar esto, Lance que acababa de sufrir un infarto imaginario, se quedó sin aliento.

La Puerta del Tiempo

       En una dimensión diferente, en un sitio totalmente fuera del espacio y del tiempo, se encontraba la legendaria Puerta del Tiempo. Ahí, su guardiana, la solitaria Sailor Senshi del Cambio, percibió la existencia de un leve e inusual disturbio que afectaba toda la dimensión del tiempo, un disturbio que llamó su atención de gran manera y que le indicaba que algo malo estaba por ocurrir en cualquier momento.

       —Algo extraño está sucediendo —Sailor Pluto levantó el rostro—. Siento que una perturbación en el flujo del tiempo afecta la Existencia tal y como la conocemos. ¿Qué será lo que estará pasando?

       La Sailor Senshi bajó la mirada mientras seguía meditando. Un extraño presentimiento comenzó a apoderarse de ella paulatinamente. Ciertamente, parecía como sí la naturaleza misma del tiempo estuviera siendo alterada por alguna clase de fuerza desconocida.

El Más Allá.

       Al final del Camino de la Serpiente, en una región entre el paraíso y el infierno, existía un diminuto planeta donde vivía uno de los personajes más importante del Más Allá: Kaiou-sama del Norte. Kaiou-sama era un simpático alienígena de estatura baja, piel azulada y abdomen abultado que gustaba de los chistes malos y los acertijos. Vestía una túnica negra, llevaba gafas oscuras y un gorro minúsculo del que sobresalían un par de largas y finas antenas que a menudo utilizaba para comunicarse con los seres vivos de todo el universo.

       —No, no puede ser posible. ¿Qué es esto que siento? —murmuró lentamente, alzando la mirada hacia el cielo como sí pudiese encontrar una respuesta en las enormes nubes que rodeaban su pequeño planeta—. Alguien está conspirando para destruir nuestro universo. ¿Acaso será ese monstruo llamado Cell?

Laboratorio de Investigaciones Cuánticas.

       El profesor Ochanomizu era uno de los científicos más prominentes de todo el mundo. A pesar de que no gozaba de toda la simpatía de sus colegas, era la máxima autoridad del Ministerio de Ciencia debido a su larga trayectoria en el campo de la investigación y era una eminencia en campo de la robótica. Aquella noche había sido llamado por el Laboratorio de Investigaciones Cuánticas para ayudar a sus científicos a interpretar unas extrañas lecturas que habían estado recibiendo durante horas. Ochanomizu caminaba apresuradamente por un diminuto pasillo conducido por un androide. Finalmente, se detuvo ante una enorme puerta de metal que no tardó mucho en abrirse. El científico entró en un laboratorio donde varios colegas se arremolinaron alrededor de él.

       —Eche un vistazo a los monitores, profesor —le instó un diminuto hombre barbado, señalando una larga hilera de computadoras—. Se llevará una gran sorpresa.

       —Pero, ¿es esto posible? —preguntó Ochanomizu tras observar una de las computadoras—. Según estos datos el tiempo y el espacio han sufrido una extraña anomalía. No puedo entender bien lo que pasa.

       El científico barbado asintió.

       —Así es, profesor Ochanomizu —extendió una mano hacia las computadoras—. Me temo que hemos detectado una perturbación en el flujo del continuo espacio tiempo. Esto significa que tanto el tiempo como el espacio han comenzado a cambiar.

       Ochanomizu primero se cruzó de brazos y luego se llevó una mano a la barbilla. Sin siquiera dudarlo un momento se acercó a la computadora más próxima y empezó a usar el teclado. La información que veía en los monitores le pareció una verdadera locura.

       —Esto es muy extraño, profesor, quizás deberíamos analizar todos los instrumentos para ver sí funcionan correctamente. De lo contrario podría afirmar que estamos ante un evento de proporciones cósmicas.

Continuará… .

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