Leyenda 013

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPITULO XIII

LA PROMESA HECHA CON EL CORAZÓN

       Sistema Noat

       Los cazas endorianos continuaban aproximándose más y más al grupo de naves aliadas que permanecían estacionada en la órbita del planeta. Sin perder tiempo, los capitanes aliados dieron la orden a todos los pilotos para que abordaran sus naves de combate y salieran al espacio para proteger la flota. En unos cuantos segundos, los sistemas de armas de todos los cruceros estuvieron armados y listos para disparar.

       A pesar de que las naves caza de ambos bandos iban acercándose rápidamente a un punto de encuentro, todavía nadie había recibido la orden de abrir fuego. Era una guerra de nervios donde la mayoría de los pilotos contaban los largos segundos mientras llevaban sus naves adelante.

       Andrea había dado la indicación de no iniciar la batalla a menos que el enemigo disparara primero. Aunque la reina sabía que tenía escasas posibilidades de lograrlo, confiaba en poder convencer a los capitanes imperiales de dejarlos ir sí les hacía saber que transportaba un gran número de civiles y heridos. Desde hacía tiempo se sabía con certeza que algunos oficiales de la flota endoriana permitían huir a las naves que transportaban civiles, y heridos, pero lo que la reina no sospechaba era que en aquella ocasión su propio hermano comandaba la fuerza de ataque detrás de Jasanth.

       —Repito, llevamos en su mayoría oficiales heridos y civiles —volvió a decir Andrea, tratando de oírse tranquila—. Capitán, usted sabe que esto está mal. Las leyes y los tratos de guerra prohíben atentar contra la vida de los no combatientes y los heridos. Por favor, déjenos ir por esta ocasión.

       Los cazas enemigos continuaban aproximándose, pero ninguno había abierto fuego todavía.

       River, el primer oficial del Artemisa, se volvió hacia la reina.

       —Estamos recibiendo una transmisión de la nave enemiga de mando.

       La pantalla visora del puente cobró vida en un parpadeó y el rostro del emperador de Endoria apareció en él. José Zeiva contempló a su hermana y a los demás oficiales como si se encontrase tan por encima de ellos que cualquier clase de contacto entre él y los de la Alianza Estelar fuera prácticamente inconcebible.

       —¡José! —exclamó Andrea, muerta por la sorpresa—. ¿Has venido al frente de… .

       —Vaya, hermana, que sorpresa. No esperaba verte todavía con vida —le interrumpió el emperador de Endoria, fingiendo sorpresa—. Parece que los informes sobre  tu supuesta muerte durante la batalla de Marte fueron demasiado exagerados.

       La reina logró recuperar la compostura y se acercó unos pasos a la pantalla.

       —José, sólo llevamos heridos y civiles. No puedes atacarnos, sería un asesinato y una violación a los tratados y las leyes de la guerra. 

       El emperador de Endoria se mostró completamente indiferente.

       —¿Asesinato? Vamos, no digas tonterías, por favor. No todo tiene que terminar en una batalla desagradable  —hizo una pausa y sonrió cínicamente—. ¿Crees que a mis soldados les agrada dispararle a sus compatriotas o a los heridos? No, no soy un monstruo como tú y la Alianza han querido mostrarme ante toda la galaxia. Aunque lo dudes, hermana, sigo siendo el mismo.

       —¿No dejarás ir? —preguntó Andrea con suspicacia—. ¿En verdad lo harás?

       José asintió con la cabeza.

       —Sí, claro, aunque debes darnos algo a cambio. Lo único que tienes que hacer es entregarme a los Caballeros Celestiales que ocultas y darme toda la información que tengas sobre los planes de la Alianza Estelar. Sí haces lo que te pido podrán marcharse en paz y nadie saldrá herido. ¿Qué te parece? Es una buena oferta desde mi perspectiva.

       —¡Maldito miserable! —vociferó River desde su puesto—. No le crea, alteza. En cuanto obtenga lo que quiere no dudara en dispáranos.

       José lanzó una incomoda mirada de soslayo al oficial.

       Andrea se giró levemente hacia River y con la mano le indico que se tranquilizara. Luego se volvió otra vez hacia la pantalla visora.

       —¿Celestiales? ¿De qué hablas? —preguntó tranquilamente—. Esos guerreros están extintos desde hace varios años. No sé por qué piensas que hay Caballeros Celestiales a bordo de estas naves. Creo que te dieron mal la información.

       José frunció el entrecejo, denotando malestar.

       —No te hagas la graciosa conmigo —replicó a manera de regaño—. Sé muy bien que estás escondiendo a esos Caballeros Celestiales. Te ordeno que me los entregues de inmediato o de lo contrario será mejor que rindan todas sus naves. Te concedo tiempo para que lo pienses. Dentro de dos ciclos tendré a los Celestiales en mis manos y toda la información de la Alianza o los destruiré a todos.

       Andrea exhaló un profundo suspiro y bajó la mirada un momento. Ciertamente, aquella era una situación sumamente difícil. Frente a su flota había siete destructores imperiales y decenas de cazas de combate. Salvo la Artemisa, el Juris-Alzus y el Proteo, las naves restantes eran transportes civiles y carecían del armamento suficiente para sostener una batalla. Además, estaban las personas que había dejado descender en Noat. Los imperiales no tardarían en descubrirlos e irían por ellos en cuanto comenzara la batalla.

       Los segundos parecía eternos. No sabía qué hacer ¿Debía entregar a Astrea y Asiont para salvar a los más de quince mil tripulantes de la flota? Pero en el remoto caso de que decidiera hacerlo, ¿qué le impedía a su hermano romper el trato y aniquilarlos ahí mismo? No sería la primera vez que José estuviera engañándola con falsas promesas para conseguir algo. 

       —¿Y bien? —preguntó José impaciente—. No tengo tu tiempo. La oferta sigue en pie por un ciclo nada más.

       La reina le dio varias vueltas al asunto, pero por más que lo intento no encontró otra solución que la que le dictaba su conciencia. Levantó la cabeza y le lanzó una mirada a su hermano tanto directa como impasible.

       —Lo lamento, pero no puedo hacer lo que me pides. Tengo una contraoferta. Mantén tu alto al fuego, quita la Aurora y las demás naves de en medio, aléjense a un radio mínimo de cincuenta kilómetros hasta que hayamos realizado el salto al hiperespacio y nadie tendrá que morir.

       —¡Maldita sea! —exclamó Sigma, entrando al campo de transmisión para que Andrea pudiera verle—. No estamos bromeando. Ríndanse ahora o todos morirán. No les daremos la menor oportunidad.

       —Estamos preparados para defendernos y no dudaremos en hacerlo —prosiguió la reina sin prestar atención a las amenazas de Sigma—. Esa es mi respuesta. Tómala o déjala. 

       José le dedicó una mirada furiosa y luego la pantalla se oscureció.

       —Cortaron la comunicación —informó River.

       Andrea respiró hondo.

       —¿Qué noticias tenemos de la gente que está en el planeta?

       —No tenemos ningún contacto con ellos, majestad. El enemigo ha intervenido todas nuestras comunicaciones. Están por su cuenta a partir de este momento.

       De pronto, River se llevó una mano al audífono que sostenía en su oreja y al cabo de un momento, exclamó:

       —¡Sus naves ya abrieron fuego!

       En ese momento, los cazas endorianos comenzaron a lanzar ráfagas láser contra las naves de la Alianza Estelar. La batalla había dado inició. Andrea contempló la escena sólo una fracción de segundo y rápidamente activó el comunicador de su asiento.

       —¡Atención a todas las naves de la flota! ¡Abran fuego! Repito. ¡Abran fuego!

       A la orden, todos los cazas aliados respondieron el ataque y el espacio entre las naves aliadas y los destructores endoriano se convirtió en un feroz campo de batalla. Los combatientes lerasinos del escuadrón Amarillo, liderados por la princesa Mariana, se unieron a los cazas que participarían en la defensa del Artemisa

       —¿En dónde están Asiont y Astrea? —inquirió la reina sin dirigirse nadie en concreto. Por el ventanal vio un enorme destructor endoriano acercarse con todos sus cañones disparando contra ellos. Las detonaciones sacudieron la nave a pesar de los escudos—. ¡Los necesito aquí en el puente de mando!

       —Me avisa que bajaron al planeta en un transporte antes de que el enemigo apareciera. No tenemos forma de comunicarnos con ellos.

       —¡Maldición! —exclamó Andrea—. Buen momento escogieron para perderse.

       José Zeiva se volvió iracundo hacia Jasanth para mirarlo fijamente. El militar endoriano permanecía impasible en espera de órdenes.

       —¿Qué ha pasado con los transportes que descendieron en el planeta?

       —Creemos que no saben nada del ataque, señor. Bloqueamos todas las comunicaciones para evitar que hagan contacto con las naves enemigas.

       Una sonrisa malévola se insinuó en los labios de Sepultura.

       —Bien, estoy completamente seguro que esos patéticos Caballeros Celestiales también bajaron al planeta. Hace unos momentos sentí que sus presencias se desplazaban. Será más sencillo acabar con ellos en Noat. 

       Lilith miró a su compañero de reojo y luego se dirigió hacia José Zeiva.

       —Supongo que querrás ir por ellos, ¿no?

       José Zeiva se giró hacia la Khan de Selket y asintió.

       —Es exactamente lo que haremos —hizo una pausa y miró Jasanth—. Capitán, continúe el ataque hasta que todas las naves enemiga sean destruidas. Me tiene sin cuidado si se rinden o solicitan un alto al fuego. Destrúyanlos de todos modos. Eso servirá de escarmiento para todos los traidores y desertores.

       El endoriano respondió con un saludo militar y asintió.

       —Sí, señor.

       Sigma volvió la vista un instante hacia la pantalla visora, que en ese momento mostraba el campo de batalla, las naves aliadas y más allá la resplandeciente esfera de Noat, y sonrió malévolamente.

       —Esos malditos no tienen escape está vez.

       Reino de Papunika.

       Dai fue el primero en entrar a la nave y experimentó la sensación de estar en una extraña y exótica caverna. El interior era una cámara iluminada por unas luces provenientes del techo. Las paredes, llenas de tecnología, no se parecían a nada que jamás hubiera visto hasta entonces. Poppu, por el contrario, sentía un irrefrenable impulso de dejarlo todo y salir de aquella extraña máquina. Eclipse, que ya estaba adentro, no hacía más que empeorar las cosas con su actitud misteriosa.

       —¿Qué les parece mi changarro? —preguntó.

       Hyunkel se agachó para no golpearse con el techo de la minúscula cabina, y se dirigió a la parte anterior de la nave, donde al fin pudo ver, detrás de las ventanas, un paisaje normal. A la vista del Caballero Inmortal, la cabina estaba como viva, llena de artilugios y luces parpadeantes.

       —Jamás había visto nada parecido —murmuró, mirando todo a su alrededor.

       Lance se introdujo en la nave conduciendo a Marine y a Leona hasta unos asientos ubicados en la parte posterior de la nave.

       —Bueno, sólo siéntense aquí y nosotros nos encargaremos de todo lo demás.

       Leona miró todo a su alrededor con curiosidad. Estaba intrigada con el interior de la nave.

       —¿Qué son todas esas luces? —preguntó, refiriéndose al panel de control.

       Lance volvió la vista un instante hacia la cabina y sonrió.

       —Sólo son los controles de la nave. Sí gusta más adelante puedo enseñarte como funcionan.

       —¿En serio? —preguntó Leona con el ánimo desbordado por la emoción—. Eso será increíble.

       Marine, por su parte, guardaba sus reservas respecto a la nave.

       —Disculpe, princesa, pero no me parece conveniente que… .

       —Vamos, Marine —le interrumpió Leona haciendo un gesto con la mano—. No tienes por qué preocuparte.

       Desde un rincón apartado, Dai estaba mirando discretamente a la soberana de Papunika mientras ésta conversaba con Lance. Inexplicablemente, comenzó a sentir una extraña sensación de vacío en el estómago. Intrigado, bajo la mirada y se llevó las manos al abdomen examinándose. Una nueva carcajada de Leona lo hizo alzar el rostro. De pronto Poppu apareció por su costado.

       —¡Aja! —exclamó en voz baja—. ¿Celoso?

       El chico se ruborizó al instante.

       —¿Qué estás diciendo, Poppu? —le inquirió medio molesto, medio apenado.

       —Vamos, no puedes ocultar tus celos —insistió Poppu, divertido con la reacción de su amigo—. Yo que tú… .

       —Yo que tú iba para afuera a convocar las nubes —le instó Eclipse, interviniendo en la plática de pronto—. ¿Qué rayos crees que haces? Vamos, mueve tu trasero mágico y ponte a trabajar.

       Poppu frunció el entrecejo con cierto fastidio y se dirigió a la escotilla.

       —Ya voy… .

       Dai se volvió hacia Eclipse.

       —No seas tan rudo con Poppu. Él sólo… .

       —Sólo estaba perdiendo el tiempo —le interrumpió Eclipse, colocando su mano en la cabeza de Dai—. Aunque la verdad lo corrí por algo que me llamó la atención.

       El chico lo miró, intrigado.

       —¿Qué cosa?

       Eclipse volvió la cabeza hacia atrás para cerciorarse de que nadie lo escuchaba y luego se hinco frente a Dai.

       —¿A ti te gusta Leona, verdad? Quiero toda la historia.

       Al oír aquella pregunta, el chico no pudo hacer otra cosa que irse de espaldas al suelo.

       Fuera de la nave, Poppu extendió los brazos hacia el cielo con las manos abiertas, cerró los ojos y comenzó a concentrar su energía. Varias nubes negras empezaron a cubrir el cielo lentamente. De pronto, el joven mago abrió los ojos y gritó con fuerza:

       —¡Ranalion!

       Krokodin, Apolo y Eimi alzaron la vista conjuntamente para mirar la gran cantidad de nubes que había aparecido. Desde la escotilla de la nave, Hyunkel contemplaba la escena impasible mientras el aire mecía su capa y sus cabellos.

       En la cabina, Lance y Eclipse ya habían tomado sus lugares y estaban realizando los últimos ajustes para despegar. Lance observaba minuciosamente todo el exterior a través de la ventana mientras se ajustaba el cinturón.

       —No tenía idea de que estos chicos pudieran hacer esto —murmuró impresionado.

       Eclipse se giró hacia él.

       —Yo tampoco, pero sí lo que Dai dice es verdad y puede atraer un rayo, entonces podremos volver a casa. De lo contrario nos quedaremos aquí para siempre.

       Lance asintió y enseguida giró su rostro hacia los controles.

       —Ahora sólo falta poner todo listo —bajó una palanca y encendió los motores. El artefacto se elevó en el aire, temblando ligeramente, hasta que se estabilizó a unos metros de altura.

       Una vez cumplido su cometido, Poppu se volvió hacia la nave e intento alcanzar la escotilla abierta con las manos, pero estaba demasiado alto para él.

       —¡Oye, Hyunkel! ¡Ayúdame!

       El Caballero Inmortal bajó la mirada y se inclinó para ayudarlo a subir. Una vez que Poppu estuvo dentro, la escotilla se cerró tras él.

       —Espero que tengan suerte —masculló Eimi, mientras sus pensamientos volaban hacia su hermana y la princesa—. Dioses protéjanlos.

       Apolo colocó una mano en la hombro de ella en señal de apoyo.

       —Descuida, Eimi, recuerda que Dai está con ellos.

       La Sabia asintió con la cabeza.

       Dentro de la nave, Eclipse tomó los controles y se dispuso a despegar.

       —¡Aquí vamos!

       El Espía Estelar tiró de los mandos para elevarla, pero la nave no respondió de la forma que él esperaba. Se desplazó hacia atrás, como un rayo, cruzando el campo y obligando a Krokodin, Apolo y Eimi a lanzarse al suelo. La nave continuó su camino hasta golpear un frondoso árbol y partirlo en dos por la mitad.

       Poppu, que acababa de sufrir algo parecido a un infarto imaginario, se había quedado sin aliento como todos los demás.

       —¡¿Qué rayos fue eso?!

       En la cabina, Lance se volvió furioso contra Eclipse y le lanzó una mirada asesina.

       —¿Qué crees que haces, idiota? —gruñó.

       El espía se encogió de hombros y sonrió apenado.

       —Olvidé que la tenía en reversa, hagámoslo de nuevo —movió una palanca de cambios, dio un fuerte empujón a los mandos y esta vez la nave salió disparada hacia el cielo—. Como si no le hubiera sucedido a usted antes.

       Desde el suelo, Krokodin y los Sabios miraron al pequeño platillo alejarse velozmente. En ese momento, Eimi y Apolo rezaron para que todos regresaran con bien y que tuvieran éxito.

       —Que tengan buena suerte, amigos —susurró para sí el Rey de las Fieras.

       Poco después del despegue, el platillo comenzó a dar vueltas en forma de espiral. Se enderezaron e inmediatamente volvieron a girar haciendo rizos en las nubes.

       —¡Uuuuuaaaa! —gritó Poppu, gorgoteando y gimiendo al mismo tiempo—. ¿Qué sucede?

       Leona, por su lado, alzó los brazos y dio un grito de júbilo.

       —¡Yuuujú!

       Lance, que permanecía pegado a su asiento, se volvió iracundo hacia su acompañante.

       —¿Qué rayos haces, tonto?

       —Todo está bien, amigo —le aseguró Eclipse—. Únicamente me estoy luciendo frente a estos novatos. ¿A poco no ve que soy un excelente piloto? 

       Lance lo fulminó con la mirada.

       —Déjate de payasadas —hizo una pausa y se volvió por encima del hombro para mirar a Dai, quien estaba balanceándose de un lado a otros intentando no caer. Poppu, por su parte, estaba sujeto de una de las piernas de Hyunkel y se resistía a soltarse—. ¡Dai, prepárate para atraer el rayo!

       El chico se sujetó a una de las paredes, asintió con la cabeza y enseguida levantó un dedo índice hacia el techo.

       —¡Rayden!

       Un poderoso rayo eléctrico emergió de unas de las nubes oscuras que los rodeaban y se impactó en el casco del platillo, produciendo una violenta sacudida. Eclipse luchó contra la tentación de disminuir la velocidad, sabía que debía ir todavía más rápido. No lo pensó dos veces, llevó la mano a la palanca de velocidad y tiró de ella con fuerza.

       —¡Vamos a morir! —gritó Poppu, aterrado.

       En un momento determinado, el Espía Estelar activó los controles trans-warp y acto seguido, un pequeño agujero luminoso se formó delante de ellos. Al verlo, Eclipse tiró de los mandos llevando la nave directamente hacia el punto de luz. Justo cuando la nave entró por el orificio, presionó otro botón para encender las emisoras. Una especie de música que nadie había oído antes comenzó a escucharse por toda la nave mientras ésta se bamboleaba de un lado a otro con fuerza.

       —Tú y yo ale, ale, ale… —canturreó Eclipse alegremente, siguiendo la letra de la canción.

       Lance hizo una mueca de inconformidad al escuchar aquella extraña música.

       —¿Qué rayos es eso? —se tapó los oídos—. Suena horrible.

       —¿Cómo qué que es eso? Es Ricardo Martín —le informó—. Un cantante de la Tierra de hace más de cien ciclos estelares terrestres. Fue un éxito en su tiempo, ¿no lo sabías?

       Sistema Noat

       Mientras dos destructores endorianos avanzaban con sus baterías turboláser disparando contra las naves aliadas y los cazas de ambos bandos estallaban aquí y allá, un transporte imperial abandonó laAurora y se dirigió velozmente hacia Noat. En su interior viajaban José Zeiva, Sigma y los Khans Sepultura de Muerte y Lilith de Selket.

       —Una vez que lleguemos, yo me encargaré de matar a las basuras Celestiales —declaró Sepultura con desdén—. No quiero que nadie intervenga.

       José Zeiva miró al Khan de la Muerte con indiferencia.

       “Maldito engreído —pensó—. Sólo porque sirves a N´astarith no te doy una patada en el trasero. Me gustaría ver cómo te quemarías en la atmósfera”.

       Sepultura se volvió inmediatamente hacia el emperador de Endoria.

       —¿Así que te parezco un engreído?

       —Yo no dije nada de eso —masculló José apenas conteniendo su sorpresa—. No sé de que rayos me estás hablando.

       Lilith rió levemente.

       —No seas mentiroso, yo también te escuché.

       El emperador fingió demencia y apartó su mirada hacia una ventana.

       —Están locos, no he abierto la boca para nada.

       Sepultura se acercó unos pasos.

       —Pero lo pensaste, ¿no es así? Nosotros hemos desarrollado niveles de comunicación más avanzados que el sólo hecho de hablar con palabras. Podemos leer la mente de otros seres como las páginas de un libro.

       —Telepatía —murmuró José lentamente mientras el Khan de la Muerte caminaba en torno a él—. Maldito, eso es una invasión a la privacidad.

       —¿Privacidad? —repitió el Khan sarcásticamente—. Ah, sí. Olvidaba que sólo eras un terrícola. Es una pena que tu raza no haya superado los niveles básicos de comunicación. De donde venimos todos dominamos la telepatía y es por eso que podemos leer la mente de nuestros aliados… y evitar que lean las nuestras.

       José bajó la cabeza y rió divertido.

       —Vaya, de manera que puedes leer la mente  —alzó la cabeza—. Pero no olvides con quien tratas, engreído. Soy el emperador de Endoria y no puedes venir y amenazarme.

       —¿Y qué harás al respecto, oh emperador? —inquirió Sepultura.

       —N´astarith pactó un acuerdo de unidad entre los imperios de la galaxia. Mi autoridad está debajo de la de él, pero está por encima de la tuya, estúpido. Más te vale andar con cuidado o podrías lamentarlo.

       Está vez fue Sepultura quien se rió.

       —Es verdad, oh emperador, lo lamento, pero no puedo evitar leer la mente. Le pido que tenga cuidado con lo que piensa o podría sufrir un accidente… algo así como romperse una pierna o un brazo.

       José le lanzó una mirada asesina.

       —Jesús Ferrer y algunos sujetos de otras razas también pueden leer la mente como lo acabas de hacer, ¿lo sabías? No me sorprendes. Tal vez seas un guerrero de Abbadón, pero sí me provocas podría darte una lección.

       —Vaya —dijo el Khan divertido—. ¿Sabe lo que es el aureus, emperador?

       —Ahora hablarás de leyendas, ¿no? —dijo a manera de burla, pero interiormente recordó las palabras de N´astarith acerca del aureus—. ¿Qué tiene que ver eso en este momento?

       Sepultura dejó de caminar y se colocó frente a José Zeiva.

       —Es algo que seres como usted jamás podrán poseer. Piensa que porque domina el aura ya conoce lo que es el poder. Pero eso es sólo el principio, tenga cuidado con lo que dice. No le conviene hacerme enojar.

       José frunció el entrecejo sin entender ni una palabra. Iba a decir algo más, pero Sepultura se se volvió para darle la espalda y se alejó. Completamente intrigado, José bajó la mirada para sumergirse en sus pensamientos. Era extraño, pero en ese momento experimentó una leve sensación de temor.

      En la base abandonada, los técnicos, oficiales y soldados estaban terminando de cargar en los transportes todo el material de utilidad que habían podido encontrar. Algunos civiles disfrutaban de la tranquilidad del campo y del enorme lago azul que estaba ubicado a unos kilómetros frente al viejo complejo militar. Las plataformas antigravitatorias iban y venían llevando componentes electrónicos y pertrechos mientras algunos soldados montaban guardia.

       Dado que las comunicaciones estaban interferidas, a nadie se le había ocurrido pensar que una feroz batalla se estaba desarrollando en el espacio. Algunos técnicos supusieron que la interferencia era producto de las condiciones atmosféricas y que no pasaría mucho tiempo antes de restablecer contacto con la flota. 

       Asiont y Astrea habían estado supervisando el despliegue de las tropas hasta que decidieron alejarse un poco para explorar los alrededores. Cuando ambos se dieron cuenta de que caminando no iban a lograr cubrir mucho terreno, Astrea sugirió que fueran volando hacia una montaña aledaña al lago azul.

       Cuando por fin descendieron, Astrea se maravilló de la inmaculada vista que se mostraba ante sus ojos. El lago estaba rodeado por árboles y verdes colinas sobre el que se divisaban nubes y un cielo muy azul.

       —¡Mira eso! —exclamó emocionada—. No tenía idea de que hubiera una lugar así.

       —Tienes razón en eso —convino Asiont—. Sólo había visto paisajes similares en el Planeta Azul o en Francus. Supongo que este planeta no ha sufrido menoscabos importantes en sus recursos naturales, aunque no podría precisarlo con exactitud a menos que hiciera un escaneo completo del planeta.

       La chica sonrió y se volvió hacia él.

       —Deja de hablar así, parece que estoy en una clase de ciencias.

       Él sonrió y se llevó una mano a la nuca.

       —Es verdad, discúlpame.

       Astrea se dio la vuelta y se acercó unos pasos.

       —Cuando miro un lugar así es difícil imaginar que existe una guerra. Me gustaría poder quedarme en un lugar así y olvidarme de la guerra. No hay un sólo día que no desee que llegue ese momento.

       —A mí también me gustaría que acabara la guerra, pero mientras las cosas continúen como hasta ahora será muy difícil que ocurra. La situación ha dado un giro inesperado ahora que N´astarith está en busca de las gemas sagradas. Él no se detendrá ante nada para conseguir todo el poder del aureus.

       Ella se sentó en el suelo.

       —Dime, Asiont, ¿alguna vez pensaste en arreglar las cosas con el Maestro Aristeo?

       El joven la imitó y sujetó una pajilla entre los dientes.

       —La verdad es que hubo un tiempo en que lo consideré, pero no creo que hubiéramos logrado entendernos a pesar de todo. El Maestro Aristeo tiene sus propias ideas sobre la Orden y de verdad traté de entenderlas, pero no podía resignarme a quedarme sin hacer nada mientras la demás gente sufría.

       —Pero ahora que lo pienso mejor quizá hubiera sido mejor esperar un poco más. Los guerreros que sirven a N´astarith han demostrado ser muy fuertes y por ahora no tenemos las habilidades necesarias para hacerles frente. Tarde o temprano debemos confrontarlos. Es nuestro destino lo queramos o no.

       —Estás hablando como Cadmio —respondió Asiont—. No es que no haya pensando en lo que estás diciendo, pero el Maestro Aristeo no nos admitirá de nuevo y lo sabes. La última vez que hablamos la cosa terminó muy mal.

       La chica sonrió y bajó la cabeza.

       —Después de la forma en que abordaron sus diferencias no me extraña. Pudiste haberte disciplinado un poco. Sin embargo, aún creo que podemos intentar hablar con él. La Alianza Estelar necesita a los Caballeros Celestiales más que nunca. Piensa, Asiont, sí te conviertes en un verdadero Caballero estarás mejor preparado para enfrentar a los Khans

       —Gracias por el voto de confianza —respondió Asiont—. Pero se necesita más que buenos deseos para arreglar mis problemas con el Maestro Aristeo. Sí sólo pudiera hacerle comprender que mis deseos no eran salirme de la Orden, sino ayudar a la gente. 

       —Estoy seguro que él entendía eso, pero analiza las cosas. He cierto que hemos ayudado mucho a la Alianza, pero seríamos de mayor utilidad sí lográramos derrotar a los Khans.  En tanto N´astarith cuente con ellos, la Alianza jamás podrá derrotar al imperio de Abbadón y lo sabes mejor que nadie. Tal vez el Maestro Aristeo no estaba tan equivocado.

       —¿Crees que actué mal entonces?

       La chica negó con la cabeza.

       —Claro que no, pero tampoco debimos dejar la Orden. ¿De qué sirve que estemos aquí apoyando a la Alianza sí los Khans siguen siendo una amenaza? Lo ideal hubiera sido que continuáramos en la Orden,

       Asiont dejó caer su cabeza hacia atrás, y miró el cielo detenidamente.

       —Sí, supongo que tienes razón en eso. Nuestras habilidades son muy inferiores sí las comparamos con los Caballeros de antaño —en ese momento giró su cabeza hacia donde estaba Astrea. Al verla ahí, sentada frente a él con las montañas a su espalda, le pareció la mujer más hermosa que jamás había visto—. Sé que tú también te has vuelto muy fuerte.

       —Si, un poco —respondió la chica tímidamente—. He entrenado por mi cuenta durante los últimos ciclos estelares, pero la verdad es que no me considero tan fuerte como tú piensas. Pude incrementar mis poderes, pero todavía me falta mucho.

       —¡Vamos! —rió Asiont—. No mientas, incluso debes ser más fuerte que yo.

       —Es en serio —respondió la chica—. Realmente no soy tan fuerte, creo que eres un exagerado.

       —Y yo pienso que tú… eres el ángel más hermoso que jamás haya pisado la tierra.

       El rostro de Astrea se sonrojó ligeramente y sonrió dulcemente. Aquel comentario la había tomado por sorpresa.

       De pronto y sin que hubiera palabras de por medio, ambos jóvenes se acercaron uno al otro lentamente sin darse cuenta. Envueltos en un hálito de dulzura y amor sus labios se unieron en un beso suave, pero apasionado, cargado tanto de sensualidad como de espiritualidad. Un beso que sin duda marcaba de forma definitiva un amor verdadero.

       Ella se alejó lentamente. Un color rojizo iluminaba sus mejillas. Entonces sus ojos se abrieron enormemente.

       —Asiont, siento varias presencias poderosas.

       Él frunció el entrecejo y llevó sus ojos al cielo en la misma dirección que Astrea.

       —Es verdad, yo también lo siento… son cuatro y vienen acercándose rápidamente.

       Ella se puso de pie rápidamente y Asiont no tardó en hacer lo mismo.

       —Son cuatro presencias malignas y una de ellas es muy poderosa.

       —Sí, es una energía muy hostil —convino Asiont mientras escudriñaba el cielo con la mirada en busca de la menor señal de peligro—. Esta aura sólo puede pertenecer a un… Khan.

       Aquella palabra resonó en la mente de Astrea. La chica se volvió apresuradamente hacia él.

       —Quiero que me prometas que volverás a al Santuario de los Caballeros Celestiales para entrenar de nuevo. Debes terminar el adiestramiento para que puedas cumplir con tu destino.

       —¿Volver? —Asiont enarcó una ceja—. Pero sí ya te dije que el Maestro Aristeo… .

       No pudo terminar la frase. La sólida mirada de Astrea se lo impidió.

       —Promételo.

       —Te lo prometo, Astrea, te lo prometo con el corazón en la mano.

       —Hay algo que no sabes sobre tu pasado, algo que es de suma importancia que conozcas.

       Él la miró contrariado. ¿Qué era lo que ella  trataba de decirle?

       —¿Mi pasado? ¿Qué sabes tú sobre mi pasado? ¿Sabes algo de mis padres?

       —Se me pidió que no te lo dijera, pero debo decírtelo. Tú no naciste en Endoria, sino en… 

       El zumbido de numerosas naves de combate resonó en todo el lugar. Al instante, varios pájaros revolotearon por los cielos.

       —¡Ahí vienen! —gritó Astrea, anunciando la llegada de varias naves de combate y un transporte imperial—. ¿Qué sucedió con la reina Andrea y la flota?

       Las naves del imperio endoriano se disgregaron en diferentes situaciones para iniciar el ataque sobre los transportes aliados estacionados en los alrededores. 

       —¡Debemos ayudarlos! —exclamó Asiont decidido a lanzarse por los aires, pero la voz de Astrea lo detuvo.

       —Creo que no podremos ayudarlos —musitó preocupada.

       —¿Cómo?

       Pero no fue necesario ninguna explicación. Tan pronto como alzó el rostro en la misma dirección que ella, Asiont se dio cuenta de lo que se les venía encima. Cuatro figuras acababan de salir del interior de una de las naves atacantes y ahora volaban directamente hacia ellos con una rapidez impresionante. Sin duda debía trataarse de los dueños de aquellas presencias malignas que habían percibido unos instantes antes.

       —¡Debemos tener cuidado! —exclamó Asiont, lanzando una rápida mirada a la base aliada por encima del hombro—. No podremos ayudarlos.

       Sepultura, Lilith, Sigma y José Zeiva atravesaron los cielos en menos de diez segundos y luego descendieron uno tras otro delante de los Celestiales. Un viento frío se dejó sentir levemente, agitando los cabellos y capas de todos. El ruidos de varias explosiones se escuchó a lo lejos. Las naves imperiales habían empezado a bombardear la base aliada.

       —Vaya, de modo que aquí estaban —murmuró José—. Cuando N´astarith me dijo que viniera a buscar a un grupo de Caballeros Celestiales me imaginé que tal vez encontraría guerreros poderosos y de aspecto amenazador, pero en vez de eso me topo con unos simples mocosos.

       Astrea lo miró con calma y dio un paso atrás.

       —José Zeiva, no creía que tuvieras el valor suficiente para pelear por tu propia cuenta —la voz de Astrea sonaba controlada—. Que raro que no llegaste rodeado de brigadas de soldados y naves de combate. Me han dicho que siempre te escondes detrás de tus tropas.

       —Estás muy confiada, pero pronto te darás cuenta del error que cometes —José alzó una mano y cerró el puño como si quisiera aplastar una copa en él—. Nunca me ha importado si mi enemigo es una mujer o un hombre. Sí me provocas con gusto te mostraré de lo que soy capaz y entonces lamentarás haberte dirigido a mí con insolencia.

       Asiont frunció el entrecejo y llevó su mirada al grupo de guerreros que acompañaban al emperador de Endoria. Sus auras eran malignas y poderosas, especialmente las que pertenecían a los guerreros que portaban armaduras negras.

       —Ustedes son Khans —dijo lentamente para luego posar sus ojos en Sigma—. Y tú eres un Espía Estelar.

       Sepultura sonrió levemente, luego se cruzó de brazos y finalmente asintió con la cabeza.

       —Estás en lo correcto, muchacho. Soy Sepultura de la Muerte, uno de los guerreros Khan más poderosos que esta galaxia haya conocida. Debes saber que he matado a muchos Caballeros Celestiales y guerreros poderosos.

       —Y yo soy Lilith de Selket —declaró la acompañante de Sepultura, agitando su capa negra—. Espero que estén listos porque hemos venido a enviarlos directo hasta el infierno. 

       Astrea levantó ambas mano adoptando una especie de guardia.

       —No sé cómo nos encontraron, pero no crean que será tan fácil. Tal vez nos maten, pero les aseguro que tendrá que pelear muy fuerte.

       Sepultura la miró, escudriñándola detenidamente.

       —Sí, puedo darme cuenta de que tú eres la más poderosa de los dos —masculló con una sonrisa malévola en sus labios—. Tú amigo no tiene tanto poder, pero no creas que podrás ganarnos tú sola.  

       Asiont se llevó una mano a la espalda y discretamente extrajo un par de shurikens de su cinturón.

       —Ella no peleará sola, Khan de la Muerte.

       José soltó una carcajada.

       —Pero que divertido eres, muchacho —se burló—. ¿Tienes ideas de a cuantos enemigos he derrotado antes? La mayoría de ellos eran mucho más poderosos y fuertes de lo que tú nunca podrás ser.

       —Emperador, ¿alguna vez le han funcionado esas fanfarronadas? —dijo Astrea.

       —¡Basta de tonterías! —le interrumpió el Khan de la Muerte—. Hemos venido a luchar y no a intercambiar palabras con estos Celestiales —hizo una pausa y expelió el poder de su aura, arrojando intensas ráfagas de aire en todas direcciones—. Acabar con este par de mocosos será relativamente fácil.

       Lilith sonrió con complicidad y desplegó su aura de igual modo.

       José Zeiva se protegió el rostro del viento que levantaban las energías de los dos guerreros Khans. No podía creer que Sepultura y Lilith tuvieran semejante poder. De hecho, aquellas auras eran las más poderosas que había sentido en mucho tiempo.

       Continuará… .

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s