Leyenda 101

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO CI

ANHELO DE VENGANZA

         Reino de Zefilia.

         —Le agradecemos mucho su ayuda, sacerdotisa —dijo el anciano con una sonrisa.

         —No es nada, la verdad me gusta ayudar a la gente —repuso Shirufiru con extrema amabilidad—. No puedo creer que esos bandidos hayan causado tantos destrozos en su aldea.

         La sacerdotisa volvió a contemplar las ruinas quemadas de lo que había sido una vieja cabaña. A pesar de los intentos de los aldeanos por salvar sus hogares, era notorio que tendrían que reconstruir todo a partir de cero. Shirufiru se sentía indignada ante lo sucedido y deseaba ajustarle las cuentas a los causantes de todo eso. Después de caminar durante horas, había llegado hasta la pequeña aldea con la intención de descansar un poco. Cuando vio que las casas estaban quemadas y que la gente estaba herida, no pudo hacer menos que quedarse para ayudarlos.

         Siendo una sacerdotisa, Shirufiru Nerusu Rada era toda una experta en magia curativa, así que sanar a los aldeanos de aquella villa no significó ningún problema para ella. Lo que no podía hacer, sin embargo, era reponer los hogares quemados y los demás destrozos. La destrucción que contemplaba la llenaba de frustración.

         —¿Por dónde se fueron esos infelices?

         —¿Habla de los ladrones, sacerdotisa? —inquirió el anciano—. ¿Piensa ir tras ellos?

         Shirufiru llevó su vista hacia el anciano y asintió con la cabeza.

         —Alguien debe darles una lección a esos miserables, ¿no le parece?

         —No es necesario, sacerdotisa, usted ya hizo lo suficiente por nosotros.

         —Lo lamento, pero no me sentiría a gusto de saber que unos malvados como los que causaron estos destrozos anden por allí haciendo de las suyas. Es mi deber encontrarlos para darles su castigo.

         El anciano usó su bastón para señalar un sendero que conducía al bosque.

         —Se fueron por allá —le indicó—. Uno de ellos era delgado y el otro era un sujeto gordo. Cuando llegaron a la aldea dijeron que estaban buscando el triángulo de Zanatar o algo así.

         —¿El triángulo de Zanatar? —exclamó Shirufiru—. ¿Habla en serio?

         —Sí, ¿acaso sucede algo malo, sacerdotisa?

         Shirufiru tardó unos segundos en responder. Durante su juventud había hablar de una gema que un sacerdote llamado Zanatar con grandes poderes había custodiado desde hacía mucho tiempo. Se rumoraba que la gema había venido de otro mundo y que algún día su verdadero dueño se presentaría a recobrarla.

         —No, claro que no —murmuró ella y enseguida se encaminó hacia el camino que el anciano le había enseñado—. Descuiden, yo me ocuparé de esos bandidos para que no vuelvan a molestarlos nunca.

         —Pero que chica tan dulce —comentó una mujer entrada en años.

         —Buena suerte, sacerdotisa —le gritó el anciano a Shirufiru—. Esperamos volver a verla pronto.

“He oído decir que el triángulo de Zanatar contiene una magia muy poderosa, pero a la vez peligrosa”, pensó Shirufiru. “Espero que pueda encontrar a esos malvados antes de que suceda algo terrible”.

Astronave Churubuco (Hangar Principal)

         Mientras los soldados adurianos terminaban de cargar pertrechos en la nave Águila Real que los esperaba, Aioria se dedicó a pasar el tiempo contemplando las diferentes naves espaciales aparcadas en el lugar. Al igual que ocurría con el resto de los Santos de oro, Aioria no lograba apartar su mente de la pasada lucha en el Santuario contra los Khans. Después de la muerte de sus camaradas Shaka de Virgo y Aldebarán de Tauro sentía que el honor de los Santos Dorados había sido mancillado por Tiamat y los guerreros de Abbadón.

         —¿En qué estás pensando está vez, Aioria? —la voz de Shaina lo sacó de sus pensamientos—. Pareces preocupado por algo en especial o ¿es qué acaso solamente se trata de mi imaginación?

         El Santo de Leo bajó sus párpados y frunció una triste sonrisa.

         —Veo que eres demasiada perceptiva, Shaina —murmuró y luego abrió los ojos de nuevo—. Estaba recordando la pelea que tuvimos en el Santuario. No puedo entender cómo es posible que los guerreros de Abbadón hayan podido derrotar a alguien tan poderoso como Shaka de Virgo.

         —Yo tampoco lo comprendo muy bien —reconoció Shaina—. Te confieso que jamás imaginé que existieran guerreros más fuertes que los Santos Dorados. Estos enemigos superan por mucho a todos los que han venido antes.

         Aioria estaba por agregar algo más referente al tema cuando notó que Asiont, Uller, Ranma, Areth, Hyoga, Yamcha y Ten-Shin-Han se acercaban. El Celestial miró ligeramente a Shaina por encima del hombro antes de dirigirse al Santo de Leo.

         —La nave se encuentra lista para partir, Aioria, tan sólo falta ajustar unos módulos de combustible. Sí todo sale bien en unos cuantos nanociclos estaremos en la dimensión dónde se encuentra la gema estelar.

         —Me alegra escuchar eso, Asiont —repuso Aioria—. Si logramos localizar las últimas gemas antes que lo haga el imperio de Abbadón, tendremos una amplia ventaja sobre N´astarith.

         Ten-Shin-Han asintió con la cabeza.

         —Sólo espero que no tengamos que toparnos con uno de los Khans en el trayecto porque entonces tendremos serios problemas. No quisiera tener que volver a enfrentar con ellos tan pronto.

         —Pues la verdad yo espero todo lo contrario, Ten-Shin-Han —difirió Aioria—. Nada me haría más feliz que volver a ver a esos miserables para darles su merecido. Esta vez tengo planeado acabar con cualquier Khan que se cruce en mi camino.

         —¿Pero qué dices? —murmuró Asiont, atónito—. ¿Te das cuenta de lo que dices, Aioria? Los Khans no son oponentes que deban tomarse a la ligera. No podemos pelear con ellos hasta estar listos.

         —Lo lamento, Asiont, pero ese no es mi estilo. Aún no comprendo muy bien la naturaleza del poder del aureus, pero mi honor como Santo Dorado me exige acabar con ellos. Se lo debo a mis camaradas Shaka y Aldebarán.

         —Espera un momento, Aioria —intervino Hyoga—. Entiendo perfectamente cómo te sientes, pero en esto estoy totalmente de acuerdo con Asiont. Lo primero que debemos hacer es encontrar la gema estelar y luego nos ocuparemos de los Khans.

         Aioria dirigió una mirada escrutadora hacia el cloth sagrado de Hyoga. Al igual que el resto de las armaduras de bronce, la del Cisne estaba llena de rasgaduras. De seguro las batallas en Asgard y en el Santuario del Mar habían debilitado seriamente el ropaje sagrado del Cisne.

         —Será mejor que no intervengas, Hyoga.

         —Pero, Airoia… .

         —Comprendo tus intenciones y te lo agradezco, Hyoga, pero he tomado mi decisión y por eso te pido que no te entrometas. Sí llegamos a luchar contra un Khan lo mejor será que te abstengas de pelear. Aunque tu armadura sea la menos dañada de los Santos de Bronces, es obvio que no podrás enfrentarte a él.

         El Santo del Cisne frunció el entrecejo.

         —Gracias, pero no necesito que te preocupes tanto por mí, Aioria —replicó Hyoga—. No olvides que también soy un Santo de Atena y que lucharé contra el enemigo sin importar el precio.

         Aioria sonrió ligeramente. La realidad era que admiraba el valor de Seiya y los demás, pero se sentía profundamente incomodo de que los Santos de Oro, lo más fuertes de los ochenta y ocho Santos que peleaban por Atena, no hubieran hecho ninguna acción digna de ser tomada en cuenta. Durante la pelea en Asgard y con Poseidón, ellos habían permanecido en el Santuario mientras los Santos de Bronce hacían todo el trabajo y arriesgaban sus vidas.

         —Sinceramente creo que todos aquí daríamos nuestras vidas con gusto en una batalla —dijo Asiont a su vez—. Pero ¿de qué serviría eso sí no le ganamos a N´astarith y a sus guerreros?

         —Estoy totalmente de acuerdo contigo, muchacho.

         Con paso tranquilo, el príncipe David Ferrer se acercó hasta donde estaban Aioria, Shaina, Asiont y los demás y se detuvo delante de ellos. Con sólo ver nuevamente el rostro del meganiano, Ranma se sintió enfurecido. Los recuerdos de la batalla en el mundo de Astroboy revolotearon por su cabeza.

         —Así que ustedes son los que irán en busca de la gema —murmuró David, escudriñándolos a todos y cada uno con la mirada—. Jesús me contó sobre algunos de ustedes y me dijo que no esperara un buen trato.

         —Miserable —Ranma apretó los puños con fuerza—. Eres un descarado, ¿cómo te atreves a hablarnos como si nada después de lo que sucedió?

         David volvió la mirada hacia Ranma y contempló al chico con indiferencia.

         —¿Quién eres tú? ¿Acaso te conozco?

         Ranma lanzó un bufido y realizó un ademán con violencia.

         —¡No me digas que no me reconoces, maldito! —El enfado de Ranma era más que evidente—. Mi nombre es Ranma Saotome y más vale que no lo olvides. A pesar de tu cobarde intento por matarnos en ese laboratorio subterráneo, pudimos escapar con ayuda de Cadmio.

         El príncipe meganiano, intrigado ante los comentarios del chico, se quedó mirando fijamente a Ranma por unos segundos. Mientras repasaba mentalmente su batalla contra Cadmio en el universo de Astroboy finalmente recordó a Ranma y a Ryoga. Ambos se habían enfrentado con dos guerreros de la Casa Real de Megazoar logrando sobrevivir.

         —Definitivamente la vida da muchas vueltas, muchacho —sonrió David—. Pero no he venido a discutir con ustedes, sino a ayudarlos a localizar las gemas. Tengo que admitir que luchaste valerosamente contra Shield y eso es algo digno de admiración.

         —¿Sí? —replicó Ranma asqueado—. Pues por mí puedes guardarte tu admiración.

         —Ranma, por favor, este no es el momento —intervino Asiont en un intento por tranquilizar al muchacho—. David Ferrer me simpatiza menos que a ti, pero no podemos perder el tiempo con rivalidades.

         —Tú debes ser uno de los Caballeros Celestiales —murmuró David—. Menos mal que después de todo existen personas razonables incluso dentro de la Alianza Estelar.

         —No confundas las cosas, meganiano —replicó Asiont, mirando a David con el entrecejo fruncido—. Estás aquí porque el Consejo de Líderes lo permite, pero eso no hace que olvidemos todo lo que tú y los tuyos han hecho. Tu hermano nos salvó la vida y por consideración a él, me abstendré de decir lo que pienso de ti.

         El meganiano sonrió nuevamente. Hasta cierto punto a David le empezaba a simpatizar Asiont.

         —Pocas cosas en el universo son tan valiosas como la sinceridad.

         —¿Por qué quieres venir con nosotros? —le preguntó Asiont con interés—. No necesitamos de tu ayuda, así que no entiendo qué razones puedes tener para querer estar en esta misión.

         —Digamos que es cosa del destino —repuso David y luego lanzó una rápida mirada de soslayo hacia donde estaba Ranma antes de añadir—: Además, no estaría tranquilo sabiendo que N´astarith se ha apoderado de una gema más. No es por nada, pero ustedes no han hecho una buena labor para impedirlo.

         —¿Cómo te atreves? —murmuró Ranma—. Tú eres el menos indicado para decir eso.

         —Hasta este momento N´astarith posee ocho de las doce gemas mientras que ustedes sólo tienen dos en su poder —David frunció una tenue sonrisa burlona—. Es mejor asegurarse de que harán bien su trabajo.

         —Oye, ¿qué acaso perdiste la razón o qué rayos te pasa? —le inquirió Ranma en un tono retador—. Tú y esos buenos para nada de tus amigos fueron los que le llevaron a N´astarith una de las gemas, ¿qué ya se te olvido?

         David fingió no escuchar nada y dio un largo bostezo, causando la ira de Ranma.

         —Como sea, está conversación resulta por demás aburrida.

         Ignorando completamente la mirada furiosa que Ranma le estaba alanzando, el meganiano procedió a abordar la nave por la rampa de abordaje. Mientras David subía al Águila Real, Ranma, que estaba que echaba centellas por los ojos, se dedicó a gritarle frases provocadoras.

         —¡Claro, hazte el tonto, es lo mejor que puedes hacer!

         —Que sujeto tan extraño —comentó Yamcha refiriéndose a David Ferrer.

         Asiont se volvió hacia el Santo del Cisne.

         —No tengo idea del por qué quiere venir con nosotros, pero lo mejor será que no le hagamos caso. Esta misión es demasiada importante para que estemos perdiendo el tiempo con discusiones sin sentido.

         Al instante, todas las miradas se volcaron hacia Ranma Saotome.

         —¿Qué me están mirando? —vociferó el chico—. No pueden pedirme que olvide lo que sucedió. Ese tipo intentó liquidarnos sin mencionar que también es un insufrible y un pedante.

         —Nadie quiere que olvides lo que ocurrió —le tranquilizó Hyoga—. Pero lo que Asiont intenta decirte es que dejes tus diferencias para después. En lo personal a mí tampoco me simpatiza ese sujeto, pero eso no tiene importancia.

         Ranma se cruzó de brazos.

         —De acuerdo —asintió de mala gana—. Pero no esperen que me siente junto a él.

         Areth apenas pudo contener su carcajada. No les quedaba más remedio que tomar las cosas con humor.

Megaroad-01.

         En los hangares el esfuerzo por evacuar a los tripulantes de la nave continuaba de un modo organizado. Primero se les trasladaba desde sus hogares hasta los hangares y posteriormente abordaban unos enormes transbordadores que los llevaban hasta el planeta Adur. El alto mando aliado había hecho el ofrecimiento de brindar protección a los refugiados, pero Misa había declinado amablemente la oferta porque prefería que fueran sus propias fuerzas quiénes se encargaran del asunto.

         Para escoltar a los transbordadores, Hikaru decidió asignar a los más avanzados cazas con que contaba la flota expedicionaria. Se trataba de los modernos VF-14 Vampire, los cuales eran ligeramente superiores a los VF-4 Lightning III gracias a la tecnología con la que habían sido diseñados. Los Vampire eran más veloces y se les usaba exclusivamente en misiones especiales. No obstante, dadas las pérdidas sufridas durante la batalla de Génesis y a las circunstancias, Misa acababa de autorizar que todos los cazas, incluyendo algunos viejos Valkyries VF-1X-Plus, tomaran parte en las operaciones.

         Las pilotos del Escuadrón Táctico 56, cuyo nombre oficial era Gold, estaban esperando a que se les diera la señal para abordar sus Vampire. En su mayoría se trataba de mujeres zentraedi micronizadas que anteriormente habían peleado bajo las ordenes de la comandante Lap Ramiz, pero que luego de la última gran batalla entre humanos y zentraedis, habían pasado a formar parte de las filas de la UN Spacy.

         Fieles a la tradición guerrera de su raza, se habían ofrecido para formar parte de las fuerzas de defensa de la misión expedicionaria. Debido a su excelente desempeño como pilotos de combate, pronto se les promovió para ser de las primeras en pilotar los VF-14 Vampire, convirtiéndose en poco tiempo en una fuerza de elite.

         La líder del escuadrón Gold, la capitana Vid, estaba contemplando el planeta Adur a través de una ventana con vista al espacio. A su lado se encontraba otra zentraedi llamada Maytelu que comandaba al Escuadrón Táctico 59. Ambas llevaban puesto su uniforme de piloto y cargaban el casco en una mano.

         —La evacuación marcha según lo planeado —murmuró Vid sin apartar la mirada del planeta Adur—. Si seguimos a este ritmo terminaremos en muy poco tiempo y podrán empezar a hacer las reparaciones.

         —¿Ese es el planeta a donde están llevando a la gente? —inquirió Maytelu con interés—. Tengo que admitir que es muy similar a la Tierra.

         —Tal vez, pero este mundo tiene un tamaño mucho mayor al del planeta Tierra.

         Maytelu se dedicó unos segundos más a examinar el planeta Adur y luego volvió la vista hacia Vid. No tenía que ser una genio para adivinar que su compañera estaba molesta por algo.

         —¿Te sucede algo, Vid? —le preguntó—. Te noto molesta.

         Vid bajó la mirada.

         —Es que me irrita todo lo que está ocurriendo, Maytelu —confesó y luego levantó la vista nuevamente—. El planeta Génesis no debería haber sido destruido y nosotras deberíamos seguir explorando la galaxia.

         —Tienes razón en eso, amiga, pero quién iba a decir todo lo que ocurriría. Esas naves aparecieron de pronto y comenzaron a atacarnos. Espero que pronto sepamos las verdaderas intenciones del enemigo.

         Vid asintió con la cabeza y llevó su mirada de regreso hacia la ventana. La cantidad de naves que integraba la armada aliada le parecía impresionante. Estaba contemplando un grupo de cazas Tao cuando se percató de una pequeña nave alargada de color blanco que, extrañamente, permanecía estacionada a algunos kilómetros de la Megaroad-01.

         —¿Qué clase de nave es esa? —inquirió Vid—. No parece de las nuestras.

         —No tengo ni la menor idea —repuso Maytelu mirando hacia donde su amiga le indicaba—. De seguro pertenece a los extraterrestres que nos ayudaron en Génesis. No tienes porque alarmarte, quizá se trate de una sonda o algo así.

         Pero Vid no compartía la misma confianza que Maytelu. En realidad sus sospechas no estaban muy alejadas de la realidad. Lo que estaban mirando era una especie de nave robotizada denominada Predator, la cual era utilizada por los terrícolas para la vigilancia y el reconocimiento de objetivos militares. Un grupo de Predators había sido despachado secretamente por MacDaguett para tomar fotografías de la Megaroad-01 y de sus fuerzas de defensa, pero las zentraedis no podían imaginar nada de eso en aquel momento.

         —Quizá deberíamos reportar esto —sugirió Maytelu.

         Vid se quedó pensando un momento. Aliados o no esa nave no tenía porque estar merodeando cerca de la flota a menos que el alto mando lo hubiera permitido. Estaba pensando todavía sobre qué hacer cuando una de las pilotos de su escuadra se acercó para hablarle.

         —Capitana, acabamos de recibir ordenes para escoltar un nuevo convoy de refugiados hacia el planeta Adur.

         —¿Hum? —Vid echó una última mirada hacia el Predator que se retiraba antes de girarse hacia su subordinada—. De acuerdo, pero antes quisiera hablar con alguien en el puente de mando.

Armagedón (Sala del trono)

         Maciel, Fabia y Cyntial salieron del ascensor a paso ligero. Llegaron al pie de las escaleras que subían al trono de N´astarith y se arrodillaron. Tiamat, que lucía su renovada armadura del averno estaba a un lado del emperador de Abbadón, observaba desde arriba a las tres Khans. En la habitación también se encontraban presentes Mantar, Isótopo y un tercer hombre cuya rostro permanecía oculto bajo las sombras.

         —¿Nos llamó, mi señor? —preguntó Fabia.

         N´astarith asintió levemente con la cabeza.

         —Me han informado que los Caballeros Celestiales lograron descubrir el paradero de las últimas gemas estelares y que planean ir por una de ellas. Es por eso que quiero se encarguen de impedirlo.

         —Puede contar con ello, mi señor —se apresuró a decir Cyntial con excesiva pleitesía. Era otra de sus disimuladas actuaciones para que N´astarith la tuviera como la más leal de los Khans—. Yo personalmente le garantizo que los Celestiales no lograrán apoderarse de la gema estelar ¡Cyntial de la Serpiente de Mar acabará con ellos!

         Tiamat soltó una risita burlona.

         —Sólo espero que tus ataques sean mejor que tus fanfarronadas.

         Molesta, Cyntial lanzó una mirada de rencor contra el Khan del Dragón, pero se abstuvo de hacer comentarios. No iba a darle el gusto de hacerla rabiar y menos delante del emperador.

         —Sus deseos son ordenes, mi señor N´astarith —repuso Maciel.

         —Está vez quiero que maten a todos los guerreros de la Alianza Estelar —ordenó N´astarith en tono imperioso—. Nuestro informante me comunicó que los meganianos se han unidos a nuestros enemigos y que uno de los hijos de Francisco Ferrer irá en busca de la gema sagrada.

         —Puede contar con ello —le aseguró Fabia con absoluta confianza—. Hasta ahora nos hemos conformado con ignorar a nuestros enemigos y dejarlos vivir, pero está vez le garantizamos que morirán.

         —Bien, entonces partan de inmediato —N´astarith alzó una mano para indicarles a las Khans que podían retirarse—. La gema estelar no debe… .

         —Esperen un momento —dijo una voz.

         Esa voz pertenecía al hombre que se hallaban junto a Isótopo, el cual había abandonado el sitio donde estaba para dirigirse hacia las escaleras que conducían al trono. Tanto Tiamat como las demás Khans miraron al acompañante de Isótopo con desdén.

         —¿Qué sucede, Liton? —le preguntó N´astarith.

         Liton se detuvo a un costado de Fabia y se arrodilló al pie de las escaleras. A juzgar por la armadura y las ropas que llevaba puestas, Cyntial pudo deducir que se trataba de otro guerrero meganiano. Sin embargo, el nivel de energía aúrica presente en ese hombre era muy superior al de los otros Guerreros de la Casa Real de Megazoar que había conocido antes.

         —Señor N´astarith, le ruego me permita hacerme cargo de esto.

         —¡Impertinente! —exclamó Cyntial, volviéndose bruscamente hacia el guerrero meganiano—. No sé quién seas ni tampoco me importa, pero el emperador no te ha dado permiso para intervenir

         Pero Liton, lejos de pedir disculpas o sentirse intimidado por los reclamos de Cyntial, hizo como que no había escuchado nada y continuó mirando fijamente al señor de Abbadón. Maciel y Fabia se miraron entre sí con desconcierto, pero ninguna se atrevió a decir una palabra.

         —¿Estás seguro que eso es lo que deseas, Liton? —inquirió N´astarith.

         Liton bajó la cabeza y asintió.

         —No hay nada que desee más que vengarme de la familia real de Megazoar y usted lo sabe mejor que nadie —dijo Liton con gran sinceridad y después levantó el rostro—. Mi señor, sí me concede su permiso, le prometo traerle la gema estelar y matar a los guerreros de la Alianza Estelar.

         Los ojos de N´astarith se clavaron en el meganiano como sí quisieran ver a través de su alma y de su mente. La mirada de Liton estaba cargada de odio y su corazón albergaba un profundo rencor. N´astarith encontraba por demás interesante aquellos sentimientos y pensó que tal vez sería una buena idea dejar que Liton se hiciera cargo. Después de todo, ese odio y ese rencor lo llevarían cumplir religiosamente con la misión ya que ésta le brindaba la oportunidad de vengarse.

         —Está bien, puedes ir, Liton —concedió N´astarith provocando el malestar de Cyntial y Fabia—. Pero te advierto que no toleraré más fracasos. Sí no traes la gema estelar lo pagarás con tu vida, ¿está claro?

         Con el rabillo el ojo, Liton vio la mueca de disgusto que ponía Cyntial y apenas pudo disimular una sonrisa de placer.

         —Eliminaré a los guerreros de la Alianza Estelar y me apoderaré de la gema de los Titanes —murmuró con la seguridad de quien se sabe el mejor—. Le garantizo que no se arrepentirá de esto, mi señor.

         —Una cosa más —dijo N´astarith calmadamente—. Quiero que Bórax y algunos de sus gnomulones inorgánicos te acompañen. No estaría de más averiguar lo que esos seres son capaces de hacer.

         Liton arrugó el ceño levemente. Sí le hubieran dado a escoger habría rechazado inmediatamente la compañía de Bórax y los gnomulones inorgánicos para no tener que compartir el triunfo, pero sabía que no le convenía contravenir los deseos de N´astarith. Se llevó una mano al pecho y asintió con la cabeza.

         —Como ordene, gran señor.

         Con las miradas de N´astarith, Isótopo, Tiamat y lass Khans sobre sus espaldas, Liton abandonó la cámara del trono para dirigirse a su nave. Cuando las puertas del ascensor se cerraron tras el guerrero meganiano, Cyntial se volvió hacia N´astarith para desahogar toda su frustración.

         —Mi señor, no entiendo —clamó lastimosamente—. ¿Por qué permitió que ese sujeto se encargara de la gema estelar? Es claro que tiene poder, pero si lo compara con nosotras resulta insignificante.

         —Liton no es un guerrero meganiano ordinario —explicó Isótopo con orgullo—. Al igual que yo, él también fue castigado por oponerse a Francisco Ferrer hace algunos ciclos estelares atrás y por lo mismo odia a la familia real con todas sus fuerzas.

         —Así es —convino N´astarith—. Debido a los enormes poderes de Liton, Francisco lo aprisionó en las entrañas del planeta Megazoar, pero quedó libre nuevamente cuando destruimos el planeta. Liton quiere vengarse y por lo mismo hará lo que sea con tal de conseguirlo.

         Cyntial se mordió el labio inferior, pero no tenía más remedio que aceptar los designios de su amo y señor. No obstante, ella no era la única inconforme. Tiamat también se veía ligeramente disgustado, pero luego recapacitó y concluyó que no tenía sentido preocuparse por algo tan trivial. Aún cuando Liton fuera derrotado y los Celestiales consiguieran apoderarse de una gema más, sería inútil ya que pronto atacarían la flota aliada y, supuestamente, matarían a todos.

“Adelante, Liton, pero será mejor que no te confíes”, Tiamat dirigió su mirada hacia el ventanal situado tras el trono de N´astarith y sonrió maliciosamente. “Un descuido y podrías terminar muerto como tus inútiles amigos”.

         Washington (Casa Blanca)

         Kamui empezaba a sentirse aburrido. Había recurrido a todos los temas habidos y por haber para entablar una plática con Satsuki en lo que Alexander atendía sus asuntos, pero ella no parecía muy interesada en él. Durante meses había estado rondándola con la intención de invitarla a salir, pero siempre obtenía una negativa como respuesta.

         —Alex ya se tardó demasiado —comentó Satsuki sin dejar de mirar la Casa Blanca desde la ventanilla del auto—. ¿Crees que le haya pasado algo?

         —Tal vez lo atacó una horda de mujeres salvajes —se burló Kamui.

         Satsuki lo miró con aburrimiento.

         —Que ingenioso eres.

         —Por el amor de Dios, es la Casa Blanca y él es el jefe del Estado Mayor. Lo más seguro es que tarde horas allá dentro.

         Justo en ese momento, los agentes del Servicio Secreto salieron de la Casa Blanca llevando a Alexander con ellos. Satsuki intuyó que algo malo había sucedido cuando vio cómo los agentes introducían al general dentro de un sedán negro que estaba aparcado cerca de los tanques Abrams M1/A1.

         —¿Adónde se llevan a Alexander? —murmuró extrañada.

         —Quizá hubo un atentado o algo así —especuló Kamui.

         Satsuki negó con la cabeza.

         —Sí hubiera habido un atentado habrían sacado a todo el personal de la Casa Blanca y no nada más a Alexander. Tal vez descubrieron lo que estaba haciendo y quieren hacerle daño.

         Kamui se frotó los ojos con nerviosismo.

         —¿Qué sugieres que hagamos? .

         Como respuesta, Satsuki se colocó en el asiento del conductor, le dio vuelta a la llave para hacer arrancar el auto y se acomodó el cinturón de seguridad. Sí Alexander se encontraba en dificultades dependía de ellos ir a rescatarlo.

         —Será mejor que abroches el cinturón —le aconsejó a Kamui mientras pisaba el acelerador a fondo,

         —¡Oye! —exclamó Kamui con la cara blanca—. ¡Cuidado con la barricada!

         Satsuki dio un golpe de volante a la izquierda, esquivando por poco a unos soldados que cuidaban que nadie entrara a la Casa Blanca y pasó a pocos centímetros de un M1/A1. Un par de policías salieron rebotando hacia los lados cuando el automóvil salió a la calle quemando neumáticos.

         —¡Manejas como una loca!

Sistema Adur.

         Con todos los sistemas trabajando al tope de su capacidad, el Águila Real 89 cruzó el espacio a una velocidad vertiginosa y tomó rumbo hacia espacio abierto. Una vez que la nave estuvo lejos de la flota aliada, Asiont le ordenó a los pilotos que encendieran los sistemas trans-warp y cruzaran la barrera dimensional.

         Dentro del puente de mando, Yamcha observaba con admiración los avanzados sistemas de computación de que disponía la nave. Él no sabía mucho de ordenadores y sistemas informáticos, pero siempre le habían llamado la atención.

         —Estoy seguro de que a Bulma le hubiera gustado ver esto —comentó el Guerrero Zeta con la vista puesta sobre una pantalla—. Todas estas computadoras y máquinas tan avanzadas.

         —¿De quién hablas, Yamcha? —le preguntó Asiont.

         Yamcha se volvió por encima del hombro y se acarició la nuca.

         —Me refería a una chica que conocemos de nombre Bulma.

         —¿Bulma? ¿Ella también es una guerrera de grandes poderes?

         Poco falto para que Yamcha riera a carcajadas.

         —No, ella no es un luchador, pero tiene un carácter muy fuerte —hizo una pausa y empezó a reír—. Deberías verla, ella sola es capaz de asustar a Gokuh o a Vejita cuando está enojada.

         —Vaya chica —murmuró Asiont de buena gana y luego echó una mirada hacia los demás—. Pero si dices que es buena como científica quizá hubiera sido buena idea pedirle ayuda.

         —¿Cuándo crees que llegaremos? —inquirió Ten-Shin-Han.

         —En poco menos de dos megaciclos —informó Asiont—. Sí tenemos suerte encontraremos la gema estelar y podremos volver pronto.

         —¿Creen que N´astarith ya haya enviado a alguno de sus asesinos? —preguntó Hyoga sin dirigirse a nadie en especifico—. No lo conozco, pero no me parece que sea los que se sientan a esperar.

         —Es verdad —sentenció Areth.

         Asiont guardó silencio y bajó la mirada al piso. Las palabras de Hyoga no podían ser más acertadas. Tal vez habían logrado una pequeña ventaja al tomar la iniciativa, pero por experiencia propia sabía que N´astarith no tardaría mucho en actuar.

Reino de Zefilia.

         Rina volvió a limpiar la gema de Zanatar con sumo cuidado. A pesar de que Ameria le seguía insistiendo que necesitaba ayuda para atrapar a un par de ladrones que merodeaban por el bosque, la hechicera no se mostraba muy interesada en eso de “luchar por la justicia”. Lo que realmente anhelaba era descubrir los secretos de la joya que tenía entre sus manos y no malgastar el tiempo persiguiendo vagabundos.

         —Pero señorita Rina —murmuró Ameria—. Piense en esas pobres familias.

         —Estoy segura de que encontrarán una forma de reponerse —repuso Rina mientras contemplaba su reflejo en la superficie de la gema—. Además, tal vez esos ladrones de los ya recibieron su merecido.

         —¿No me digas que se toparon contigo? —inquirió Zerugadisu en tono sarcástico.

         La sonrisa en el rostro de Rina se esfumó como por arte de magia para ser sustituida por una cara de ofensa. Sin pensarlo dos veces, la hechicera se acercó Zerugadisu con la intención de reclamarle sus comentarios burlescos, pero éste ni siquiera se inmutó y a cambio la miró con los ojos ligeramente entornados.

         —¡Te aprovechas de que soy una dama y no puedo decirte lo que te mereces!

         —Por favor, no me vengas con eso de que eres una dama.

         —¡¡Soy una dama!!

         —Aquí vamos de nuevo —murmuró Gaury.

         Zerugadisu alzó los ojos con fastidio. Bien podía decirle sus frescas a Rina, pero al final prefirió no hacerlo. Se llevó un dedo a la boca para indicarle a Rina que guardara silencio y volvió la vista hacia unos matorrales que se agitaban. Alguien se acercaba. Bien podía tratarse de los ladrones que estaba buscando Ameria, algún animal salvaje o… .

         —¿Rina? —murmuró Shirufiru—. ¡Rina Inbaasu! ¡No puedo creerlo!

         —Shirufiru, cuanto tiempo sin verte —repuso Rina con asombro—. ¿Cómo has estado?

         La sacerdotisa se sacudió algunas hojas secas que llevaba en el hombro.

         —Me encuentro bien, pero ahora estoy buscando a unos ladrones que atacaron una aldea cerca de aquí. Tengo entendido que se llevaron un objeto mágico muy peligroso y… ¿Gaury? Tú también estás aquí.

         —Shirufiru, parece que fue ayer cuando nos separamos, ¿qué te trae a los bosques de Zefilia?

         —Pero que coincidencia —dijo Ameria con alegría—. Zerugadisu y yo también estamos buscando a los mismos ladrones. Podemos hacer equipo para luchar por la justicia, ¿no les parece?

         —Pues… sí es una coincidencia —reconoció Shirufiru, algo divertida con los comentarios de Ameria—. ¿No han visto a esos ladrones, Rina?

         —¿Ladrones? No, yo no he visto a ningún ladrón —dijo Rina en medio de una risa nerviosa—. He estado caminando por aquí y no hemos visto ni un alma.

         Gaury se rascó la cabeza.

         —Pero, Rina, ¿qué me dices de… .

         Antes de que Gaury pudiera terminar la frase, Rina le puso una mano a la boca y continuó riendo nerviosamente. Zerugadisu, Ameria y Shirufiru se miraron entre sí un momento y luego observaron a Rina de arriba a abajo con suspicacia.

         —Oye, Rina —le dijo Shirufiru maliciosamente—. ¿De casualidad has oído hablar del triángulo de Zanatar?

Continuará… .

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