Leyenda 142

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO CXLII

HAZAÑAS EXPLOSIVAS

          Planeta Adur

          La nave negra se elevó por los aires en forma amenazante, mientras que los cañones de sus alas curvas se iluminaban con el brillo de dos bolas energía y las puertas voladizas de su panza se abrían para lanzar un misil. Al mismo tiempo, en una loma cercana, un destacamento de Shadow Troopers terminaba de alistar una pesada pieza móvil de artillería provista de tres cañones giratorios. Cuando la tropa terminó de hacer los últimos preparativos, el sargento a cargo dio la orden de abrir fuego y entonces los cañones escupieron fogonazos.

          De manera casi simultanea, todos los disparos golpearon el escudo de defensa del pequeño trasbordador de la Alianza Estelar aparcado en el suelo. Mariana no tenía tiempo para preocuparse por la batalla que ocurría a unos metros de distancia o por todo lo que Eclipse decía sobre los Hombres de Oscuro. Estaba demasiado ocupada transfiriendo toda la energía disponible hacia los escudos en un intento por ganar algo de tiempo. Sólo eso podía hacer mientras su mente exploraba cualquier idea que pudiera servirle para salir de aquel embrollo. Cada nanociclo que ganaban era un nanociclo que seguían con vida.

          En tierra y sin posibilidades de devolver el fuego o siquiera despegar, eran un blanco fácil para la veloz nave que los acosaba desde las alturas, del mismo modo que un espigador ginupsiano lo haría con su presa. Pero Mariana sabía que aquella situación no iba a durar indefinidamente. Tarde o temprano el dosel defensivo de su nave colapsaría y entonces los Hombres de Oscuro acabarían con ellos. Lo malo es que no tenía muchas opciones a la mano. Después de recibir el impacto de un nuevo misil, la computadora anunció sobre una reducción drástica en la eficiencia del escudo.

          —Escudos al 41% —anunció una voz femenina.

          —Bien, eso es grandioso —dijo Mariana en voz alta. Mientras continuaba manipulando los controles del panel de mando, una segunda detonación hizo que toda la nave se estremeciera—. Computadora, desvía toda la potencia auxiliar a los escudos para compensar.

          —Entendido.

          —Temo que esto no va a resistir mucho, princesa —le dijo Eclipse luego de echar una mirada a la pantalla que mostraba el nivel de energía de la nave—. ¿No ha tratado de despegar?

          —Lo siento, pero el viaje se canceló —replicó Mariana sin dejar de trabajar en el ordenador de los controles—. Cuando encendí los motores, la nave de los Hombres de Oscuro se colocó justo encima de la nuestra para evitar que nos eleváramos. Así que, como puedes ver, ellos no dejarán que abandonemos la fiesta.

          —Ya nos chupó la bruja como quien dice —se lamentó Eclipse.

          Otra explosión retumbó en el exterior, haciendo cimbrar todo el trasbordador y causando que la computadora advirtiera sobre un descenso importante en la capacidad de los escudos. Un par de impactos más y todo terminaría. O los escudos caían o los generadores se cortocircuitaban. Mariana tecleó los códigos necesarios para activar el comunicador de audio y respiró hondo.

          —Atención, Churubusco, aquí la princesa Mariana. Nos encontramos bajo ataque y solicitamos refuerzos. ¿Me escuchan? Repito, nos encontramos bajo ataque y solicitamos refuerzos. ¿Alguien me copia?

          No hubo ninguna respuesta. Sólo se escuchaba estática.

          —Están interviniendo las comunicaciones de alguna forma —murmuró Mariana.

          De pronto, Eclipse golpeó el panel de control con ambos puños y se levantó del asiento que ocupaba.

          —¡Ya estoy harto de esos tipos y sus disparos! —exclamó cuando abandonaba la cabina caminando rápidamente—. ¡Ahora van a saber quien soy yo!

          —¿A dónde vas ahora? —le gritó Mariana—. ¡Eclipse, ven acá!

          Apenas estuvo en el compartimiento contiguo a la cabina de control, Eclipse se detuvo frente a un contenedor ubicado en la pared y después presionó un panel. Como respuesta, el contenedor se abrió y el enmascarado sacó del interior una mochila turbojet, luego tomó dos granadas pequeñas de forma esférica y finalmente un soplete láser de batería de plasma.

          —¿Qué se supone que estás haciendo? —Mariana apareció por la puerta de la cabina de control—. ¿Vas a escapar? Nunca pensé que fueras tan cobarde como para dejarme y… .

          Eclipse se volvió hacia ella un instante y levantó un dedo como indicándole que se abstuviera de hacer cualquier tipo de comentarios por un momento. Una vez que se puso la mochila turbojet en la espalda, comprobó la cincha en los arneses y después comenzó a programar los explosivos.

          —Tengo que ajustar estas granadas de protones para que estallen en diez nanociclos luego de activarlas.

          —No estarás pensando en hacer un ataque suicida, ¿verdad? —dijo Mariana alzando una ceja.

          Cuando Eclipse volvió el rostro hacia la princesa, su máscara era incapaz de mostrar emoción alguna como siempre, pero lo compensó con la clara incomodidad que vibraba en su voz. La sola idea del suicidio le ponía la carne de gallina.

          —Claro que no, sólo voy a salir a cazar Hombres de Oscuro —respondió Eclipse calibrando el cronómetro de una de las granadas, mientras la nave volvía a temblar y algunos controles echaban chispas a consecuencia del nuevo ataque—. Mantenga los escudos funcionando hasta que me haga cargo de esos tipos.

          La princesa se puso las manos en la cintura.

          —¿Por qué tengo la idea de que lo estás tomando como algo personal?

          El enmascarado esbozó una sonrisa debajo de su máscara ypensó en cuanto de cierto había en aquellas palabras. Mariana no tenía modo de saberlo, pero la verdad era que Eclipse tenía un largo historial de conflictos y disputas con la organización de Men In Dark desde hacía mucho tiempo atrás.

          —Sí lo estás tomando de esa forma —insistió Mariana.

          —De acuerdo, si, si es personal —Eclipse enganchó las granadas a su cinturón, cerró el contenedor y miró a la princesa—. Hace tiempo, el agente K, ese mismo sujeto que está allá arriba disparándonos, me arrestó por contrabando en Ginups y me entregó a las autoridades locales. A los ginupsianos no le hizo mucha gracia que les estuviera llevando polvo blanco a los hipnetorianos con los que estaban en guerra, de modo que me condenaron a varios ciclos estelares de prisión. —La mirada de Eclipse se ensombreció—. En esos sucios calabozos me dieron de comer un platillo de langostini, arrua y siete variedades de granos. Casi me vuelvo loco tratando de encontrar los ingredientes al día siguiente que me fugué de la cárcel, pero no los encontré por ninguna parte.

          —Momento —Mariana compuso una mueca de sorpresa—. ¿Tú traficabas polvo blanco? ¿Te refieres a… .?

          —Azúcar —precisó Eclipse tirando de una palanca. Unas compuertas en el techo del trasbordador empezaron a abrirse—. Los hipnetorianos son una raza insectoide y les encantan lo dulce. Sin embargo, en ese tiempo era un delito transportar la azúcar debido a la guerra y el único lugar de donde podía robarla, digo, tomarla era de la Tierra.

          La expresión en el rostro de Mariana se acentuó todavía más.

          —¿De modo que robabas azúcar de la Tierra?

          Eclipse miró a la princesa sin saber qué responder y entonces, de pronto, se dio cuenta que prefería salir a combatir a los Hombres de Oscuro que explicarle cómo obtenía el azúcar para los hipnetorianos. Sin decir más, activó los controles de la mochila turbojet y dos alas extensibles salieron de ésta. Las toberas se encendieron y el enmascarado salió disparado hacia el cielo nocturno, atravesando la pared protectora del escudo de defensa, para finalmente llegar hasta la parte trasera de la nave de los Men In Dark de donde se agarró con ambas manos. Una vez que estuvo en posición, Eclipse activó el soplete y aplicó su potente llama láser sobre la superficie oscura de la nave para comenzar a cortar metal.

          Mariana volvió a entrar en la sala de control al tiempo que otra explosión hacía que todo el trasbordador se sacudiera con fuerza. Por el ventanal delantero vio los cañones de la artillería móvil acercarse todavía más con los Shadow Troopers listos para seguir disparando. Un instante después algunos de los indicadores del panel de control pasaron de verde a rojo y entonces la computadora de la nave hizo un importante aviso de emergencia.

          —Potencia de escudo crítica. Falla inminente.

          —Genial, justo lo que me faltaba.

          Ahora la princesa sabía que los escudos caerían con el siguiente ataque. Se agachó y extrajo un fusil de asalto DC-27 de abajo del asiento. A Mariana únicamente le tomó un par de segundos preparar el arma y luego se encaminó directamente hacia una escotilla para salir del trasbordador.

          En los cielos, Eclipse casi había terminado de trazar una enorme corona humeante sobre el casco de la nave de los Men In Dark, pero el soplete láser había empezado a debilitarse. El espía le dio un par de golpes con la mano y la llama pareció cobrar algo de fuerza, pero sólo por unos instantes tras los cuales se apagó finalmente y no volvió a encenderse. Harto de batallar con el soplete, Eclipse lo arrojó al aire y decidió sacar una reluciente daga que guardaba en su bota derecha.

          —Miserables Hombres de Oscuro, vamos a ver cómo manejan a un Espía Estelar enfurecido. —Clavó la daga con todas sus fuerzas sobre el último extremo que no había terminado de cortar y afortunadamente el metal cedió—. Ahora sí les voy a mostrar de que lado masca la iguana a estos infelices.

          Un enorme trozo de metal se desprendió del casco de la nave oscura y Eclipse se deslizó hacia el interior en busca de los tripulantes. Apenas estuvo en el interior, el enmascarado se movió con rapidez.

          Luego de que el último disparo hiciera impacto sobre la sábana de luz que cubría al trasbordador enemigo, los Shadow Troopers que manejaban la unidad móvil de artillería observaron que los escudos comenzaban a temblar. Pero en el instante en que el campo de fuerza se apagó y por fin se desvaneció, los soldados imperiales descubrieron que la escotilla de la nave enemiga estaba abierta.

          Y eso, eso de allí, que parecía una hermosa joven de cabello castaño…

          Con un fúsil de asalto DC-27 en las manos.

          Los Shadow Troopers se miraron entre sí un instante y luego dirigieron la vista hacia su sargento. Ninguno de ellos tuvo tiempo para reaccionar. La princesa ajustó la posición de su arma y accionó el gatillo varias veces, disparando en automático continuas cadenas de rayos de partículas. Un haz láser perforó el pecho resguardado del sargento, que con el impacto se desplomó hacia atrás, muerto antes de caer. Otro imperial apenas estaba levantando su fúsil cuando un disparo lo alcanzó y cayó sobre uno de los cañones. Un tercer trooper resultó abatido cuando recibió dos tiros en el abdomen.

          Mariana se agazapó tras una enorme roca una fracción de milisegundo antes de que los soldados restantes comenzaran a devolverle el fuego. Antes de salir de la nave, la princesa había contado cinco troopers operando la pieza de artillería y ahora sólo quedaban dos. Tenía que eliminarlos antes de que a alguno de ellos se le ocurriera usar nuevamente los cañones, pero está vez contra ella.

          Estaba pensando en cómo deshacerse de aquel par de soldados cuando una granada de protones cayó justo donde ella se encontraba resguardada.

          —¡Ah, no, eso sí que no! —declaró Mariana con furia y miedo. Entonces la recogió del suelo y logró apartarla antes de que detonara. Segundos después la granada estalló como fuegos artificiales desplegados sobre el suelo, sin que la fuerza de la explosión o algún fragmento lograra herirla.

          —¡Prepara los cañones! —exclamó uno de los troopers—. Acabaremos con ella junto con su nave. Yo te cubro, ve.

          —Maldita sea, es todo o nada —murmuró ella sacudiendo el fúsil.

          Mariana se levantó de un salto y empezó a disparar nuevamente, liquidando a uno de los dos soldados imperiales con un certero tiro en la cabeza. El otro Shadow Trooper, por su parte, logró hacer girar la pieza de artillería hacia donde estaba la princesa, que quedó perpleja y horrorizada por un instante.

          De pronto se escuchó el sonido de un disparo láser.

          Para desagracia del trooper, no era uno de sus cañones lo que había realizado el disparo. Un impacto de láser lo acababa de alcanzar por la espalda, apartándolo de su unidad artillada y arrojándolo hacia el frente. Cuando Mariana alzó la mirada para averiguar qué había pasado, Astroboy estaba en los cielos con un dedo índice apuntando hacia delante.

          —¿Se encuentra bien, princesa Mariana?

          —Gracias por ayudarme, chico robot —le respondió ella y luego fue corriendo a toda prisa hasta la unidad móvil artillada—. Ayúdame a mover esta cosa, tenemos que usarla para disparar contra la nave de los Hombres de Oscuro.

          Astroboy aminoró la potencia de sus botas-cohete y descendió rápidamente para unirse a la princesa Mariana, quien ya tenía las manos puestas en los mandos computarizados de la pieza móvil de artillería. La nave de los Men In Dark se aproximó lentamente, lista para estornudar una serie de ráfagas.

          Los dedos índices de Astroboy más Mariana con la unidad artillada, apuntaron y empezaron a disparar hacia los cielos. Uno de los disparos de la artillería móvil rozó la cola de la nave oscura. No había dañado su estructura, pero consiguió desestabilizarla y por un instante los Hombres de Oscuro se vieron obligados a alejarse un poco.

          Karmatrón era sin lugar a dudas el Guerrero Kundalini más poderoso de su propio universo. El brujo Shilbalam lo consideraba uno de los mejores discípulos que había tenido durante sus miles de años de vida. Zacek se había pasado gran parte de su vida luchando contra Asura, los miembros de la Alianza del Mal y algunos otros seres negativos por todo su universo y se había enfrentado a situaciones peligrosas de las que muchos otros Kundalini nunca habrían logrado salir adelante. Había sobrevivido a batallas que pusieron a prueba de todas las maneras concebibles sus habilidades y su determinación.

          Pero aquel día había encontrado un enemigo realmente formidable. El enorme gigante al que estaba enfrentando con ayuda de Piccolo tenía el don de la inmortalidad, y además era increíblemente poderoso y resistente. No había forma de dañarlo, pues cada herida que recibía por más letal que resultara siempre terminaba desapareciendo luego de unos momentos. Lo único que ambos podían hacer era contener a Garlick Junior hasta que Shilbalam terminara de acumular el poder mágico suficiente para despojarlo de la inmortalidad.

          El instinto guerrero de Piccolo lo llevó a tomar la iniciativa. Antes de que Garlick decidiera atacar, el nameku le había encajado el codo en el abdomen con tanta fuerza que el coloso sintió que aire se le escapaba. Ambos oponentes se sumergieron en un durísimo y brutal intercambio de potentes puñetazos y veloces patadas que se sucedían con una velocidad extraordinaria. Karmatrón no se la pensó dos veces y decidió actuar en el instante que Piccolo suspendió repentinamente su acometida y retrocedió varios metros en el aire, alejándose de su adversario. El Guerrero Kundalini apareció de repente frente al gigante, le dio una fuerte patada en la barbilla y después le hizo un tajo en el pecho utilizando el Sable del Poder. Cuando Garlick se tambaleó hacia atrás, Piccolo aprovechó la pérdida de equilibrio de su enemigo y le arrojó una esfera de energía que le explotó sobre la cara, haciéndolo gritar.

          —¡Maldito seas, Piccolo! —exclamó Garlick, mientras la nube de humo que cubría su rostro desaparecía gradualmente—. Tengo que reconocer que te has vuelto mucho más fuerte desde nuestro último encuentro, pero ni eso evitará que acabé contigo, miserable insecto.

          —¡Ja! —sonrió Piccolo—. Tardaste mucho en descubrirlo, enano. Lo que no puedo entender es que N´astarith haya creído que un sujeto como tú podría servir para algo. Después de todo, ¿qué clase de tonto es derrotado por su propia técnica en dos ocasiones distintas?

          —Te arrepentirás de todos tus insultos —Garlick avanzó un paso y Karmatrón descubrió que la herida en el cuerpo del gigante había desaparecido completamente—. Está vez será diferente, Piccolo, porque no planeo usar la técnica para enviarte a la Zona de la Muerte.

          —Como si eso importara mucho —repuso Piccolo.

          —¿De verdad lo crees? —preguntó Garlick sonriendo—. Será mejor que admitas que estás perdido, Piccolo, y comiences a rogar. Ninguno de ustedes podrá ganarme sin importar que tan fuertes sean y eso es porque tengo la vida eterna.

          Piccolo únicamente lo miró en silencio, impasible y vacío de emociones.

          —Di lo que quieras, gusano, pero pronto te borraremos esa sonrisa de la cara —dijo al fin.

          —Ah, ya veo. ¿Y cómo planean hacerlo si puede saberse? ¿Acaso el inútil de Kami-sama vendrá en tu ayuda? ¿O tal vez sea Son Gokuh? No, seguramente debe ser el idiota de armadura que te acompaña, ¿cierto?

          —No tengo porque decírtelo, pero Kami-sama y yo nos fusionamos hace tiempo y hemos vuelto a ser un solo individuo como lo éramos antes. Eso explica en parte la razón por la que mis poderes han aumentado tanto.

          Karmatrón se percató de que las palabras de Piccolo iluminaban de cierta forma el rostro de Garlick y eso lo dejó sumamente confundido. Afortunadamente para Zacek, no tuvo que esperar demasiado tiempo para entender el porqué de la alegría del inmortal Garlick Junior.

          —Eso me parecer perfecto, Piccolo. Me has ahorrado la molestia de tener que ir al Shinden para buscar a Kami-sama. Si te eliminó aquí y ahora, habré vengado a mi padre y luego podré regresar a nuestro mundo para gobernarlo. ¡La Familia de la Maldad finalmente reinará por siempre!

          —Deja de soñar, gusano —repuso Piccolo con aspereza—. El tiempo que pasaste en la Zona de la Muerte debió afectarte el cerebro, pero no te preocupes que vamos reacomodártelo a golpes si es necesario.

          —¡Ya estoy cansado de tus palabras! ¡Es hora de cerrarte la boca para siempre!

          Garlick formó una esfera de luz en su mano derecha y se la arrojó a Piccolo con tanta fuerza que éste tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para esquivarla. Karmatrón extendió un puño hacia delante y envió poderosas ondas de choque, golpeando el cuerpo de Garlick Junior y empujándolo hacia atrás. Pero el gigante se recupero en tan sólo una fracción de segundo para inmediatamente después lanzar un veloz golpe contra la cabeza de Piccolo.

          —Demasiado lento —dijo el nameku, y desapareció en al aire tan rápido que Garlick Junior no pudo creerlo. Y en el espacio donde antes estaba Piccolo ahora se hallaba la punta del sable de Karmatrón, apuntándole directo al pecho.

          —¿Qué demonios?

          Debido al impulso que llevaba, Garlick no pudo detenerse a tiempo. Empalado por el arma del Guerrero Kundalini, el gigante agarró con fuerza la hoja justo en el sitio donde le atravesaba el cuerpo, en el corazón. Con los ojos inyectados de odio, miró el rostro inexpresivo de Karmatrón. De repente, cayó de rodillas al suelo, agachó la cabeza y pareció que había dejado de respirar.

          Desde luego aquello sólo era una apariencia.

          Garlick Junior lanzó una carcajada y se incorporó nuevamente.

          —¡Estúpidos! Ya me tienen harto con sus tonterías. —Se arrancó el Sable del Poder con una mano y lo arrojó al suelo. La hoja estaba manchada de sangre azulada—. ¿Hasta cuando entenderán que es inútil que sigan resistiendo? La victoria será mía.

          Piccolo frunció aún más el entrecejo y apretó la mandíbula con furia. En su interior ardía en deseos de extender su mano y atacar con un potente Makankosappo. Pero sabía que sólo desperdiciaría su fuerza inútilmente. Debía mantener la mente fría, seguir con el plan y continuar luchando.

          —¡Ya cierra la boca! —espetó Piccolo.

          —Tranquilo, Piccolo —lo calmó Karmatrón en voz baja—. Tenemos que administrar nuestra energía y actuar con prudencia si queremos que nuestro plan funcione. Garlick debe creer que nuestro plan consiste en seguir luchando.

          —Eso ya lo sé, pero detesto tener que soportar a este enano insufrible.

          Karmatrón asintió con la cabeza.

          —Entiendo perfectamente a qué te refieres, pero hay algo que todavía no sé. ¿Qué fue lo que le hiciste que te odia tanto?

          —Digamos que hace mucho tiempo su padre y yo competimos para ocupar el puesto de Kami-sama de la Tierra y yo terminé siendo el ganador —repuso Piccolo—. Después de eso ayudé a derrotarlo en dos ocasiones diferentes cuando quiso destruir el mundo para vengar el fracaso de su padre.

          —En otras palabras está obsesionado con la idea de destruirte.

          —Exacto, pero no sólo a mí. También odia a Gokuh y especialmente a Gohan porque fue él quien lo derrotó en el pasado.

          —Los odia, ¿eh? Creo que comienzo a entender porqué N´astarith se tomó tantas molestias para traer a Garlick Junior y usarlo en nuestra contra —comentó Karmatrón en tono reflexivo—. Tengo una teoría en mentre, pero necesito averiguar una cosa más antes de hacer conclusiones.

          Piccolo lo miró.

          —¿De qué demonios estás hablando?

          —Creo que llego la hora de matarlos —murmuró Garlick con desdén—. No importa qué clase de estrategia tengan en mente porque no funcionará. Piccolo sabe perfectamente que yo tengo la ventaja en esta pelea. 

          —Yo no estaría tan seguro de eso —dijo la voz de un anciano.

          Garlick Junior se volvió y vio que Shilbalam y Firia se acercaban. El viejo brujo poseía una mirada tranquila y llena de confianza que desconcertó por completo al enorme gigante.

          —Ya era hora —murmuró Piccolo con fastidio.

          Firia dirigió sus cristalinos ojos azules hacia el guerrero nameku.

          —Lamento profundamente la tardanza, Piccolo.

          —¿Quién rayos son ustedes dos? —inquirió Garlick con sorna—. ¿Acaso están pensando en ayudar a Piccolo y a ese tonto de armadura? Hace unos instantes derroté a varios insolentes que osaron enfrentarme. Sí quieren luchar, adelante, aunque debo reconocer que se trata de una broma muy graciosa.

          —No te reirás tanto cuando terminemos contigo, gigantón presumido —repuso el brujo blanco, elevando su báculo en lo alto y dejando fluir la magia por todo su ser—. Es hora de que te mostremos un poco del poder de la luz… ¡Bunga chicaraca-chica-bum!

          Un rayo luminoso surgió de la gema en el báculo de Shilbalam. Y el poder de su magia blanca envolvió a Garlick Junior, que comenzó a convulsionarse con fuerza mientras una extraña sensación recorría todo su cuerpo. La luz aumentó cuando Firia alzó sus manos y unió su poder al de Shilbalam. La sorpresa primero y luego la rabia y el dolor hicieron que el rostro de Garlick se contorsionara. La luz que emanaba del báculo del brujo blanco y de las manos de Firia hacía que el gigante sintiera que su cuerpo se quemaba. Era una sensación realmente insoportable.

          Cuando la luz por fin se desvaneció, Garlick Junior sintió un poco de alivio, aunque sólo fue por un breve instante. Su herida en el corazón no había terminado de sanar en el momento en que lo habían atacado con aquel rayo de luz. Una mueca de dolor se asomó por el grotesco rostro del gigante. Pero era un dolor totalmente diferente. Se trataba de un dolor intenso, algo que hacía mucho tiempo que no sentía. Y eso apenas era el principio. A los pocos instantes comenzó a sentir que sus fuerzas lo abandonaban poco a poco.

          —¿Qué demonios me hicieron? Me siento débil… .

          —Te hemos despojamos… de la inmortalidad —le dijo Shilbalam, jadeando por el esfuerzo y apoyándose en su báculo para sostenerse—. Ahora tendremos una pelea más justa, ¿no lo crees?

          —¡Eso es imposible! —exclamó Garlick Junior—. Sólo están mintiendo

          —Fue posible gracias a nuestra magia —intervino Firia—. Piccolo nos contó que obtuviste la vida eterna gracias a la magia de unas esferas, así que era lógico que empleáramos magia para hacerte mortal nuevamente. 

          Garlick se cubrió la herida que llevaba en el pecho con una mano y dirigió una mirada de furia asesina contra Shilbalam y Firia. El brujo blanco se veía más cansado que su hermosa acompañante, de modo que Garlick supo enseguida que Shilbalam se encontraba sumamente débil. El hechizo que acababa de emplear para quitarle la inmortalidad al gigante había requerido una gran cantidad de poder mágico, así que apenas podía mantenerse en pie.

          —Miserables gusanos —musitó Garlick, haciendo retumbar el suelo con su pie y levantando uno de sus musculosos brazos con el puño cerrado—. Una vez que vuelva a mi mundo, reuniré las siete Esferas del Dragón y conseguiré la vida eterna de nuevo, pero primero voy a matarlos a todos.

          —¡Makankosappo!

          Antes de que Garlick pudiera aplastar a Shilbalam o a Firia, una veloz ráfaga de luz le pegó en la parte baja de la espalda y lo atravesó por el estómago. El gigante agachó la cabeza para verse la herida, sin poder creer que ésta no desapareciera. Todavía estaba mirándose el vientre cuando Karmatrón apareció de repente por un costado y le dio un tremendo puñetazo en el rostro que lo hizo caer.

          —¡Estás acabado! —exclamó el Kundalini.

          Garlick todavía quiso contraatacar y se volvió bruscamente hacia donde estaba Piccolo, pero éste sólo ladeó la cabeza para evitar el veloz puño del gigante. Garlick hizo más intentos, pero el nameku parecía moverse con una velocidad mucho mayor a la mostrada hasta entonces. Deseoso de terminar con aquel juego, Piccolo esquivó un par de ataques más y luego le hizo tragar a Garlick Junior un puño lleno de duros nudillos.

          —Ahora que no posees la vida eterna, no podrás ganarnos —dijo Piccolo.

          El gigante malherido encaró a Piccolo y éste pudo observar el odio terrible que fluía por los ojos de Garlick Junior. Tal vez ya no era inmortal y su cuerpo había sido desgarrado y golpeado, pero todavía le quedaba la rabia para seguir luchando. 

          —¿Qué haremos ahora, princesa Mariana?

          —Estoy controlando los generadores gravitacionales para desplazar esta unidad artillada móvil hacia otra parte. Dime, Astroboy, ¿dónde están los demás? ¿Qué es lo que está pasando? ¿Acaso las fuerzas de Abbadón nos descubrieron?

          —¿Cómo? ¿No lo sabe? —repuso el pequeño robot—. Azmoudez y su hermano Azrael nos han traicionado. Ellos inventaron todo ese asunto del testamento de Azarus para traernos a una trampa organizada por N´astarith y sus guerreros.

          —¿Qué? ¿N´astarith? —Mariana sintió un violento escalofrío al escuchar el nombre del oscuro Señor de Abbadón. Dejó de hacer lo que estaba haciendo y tomó su comunicador personal—. Maldición, somos unos estúpidos. Tenemos que comunicarnos con la flota para avisarles que el enemigo está aquí.

          Astroboy cerró sus ojos, bajo el rostro y meneó la cabeza.

          —Es demasiado tarde, princesa. Según tengo entendido, en estos momentos la Churubusco y la flota aliada están siendo atacadas por un grupo de naves originarias de la Tierra de este universo. Esa fue la razón por la que la nave de los Hombres de Oscuro les estaba disparando.

          —¿La Tierra nos está atacando? —murmuró Mariana frunciendo el entrecejo—. Eso no puede ser verdad, ¿por qué los terrícolas iban a colaborar con el Imperio? Ahora entiendo porque no recibo señales de la Churubusco o alguna otra fuente. Ni siquiera puedo comunicarme con alguna base o ciudad en este planeta. De seguro ellos están interfiriendo las señales.

          El pequeño robot decidió explicarse con mayor detalle.

          —Lo sé porque el mismo Azmoudez nos lo dijo cuando aparecieron N´astarith y sus aliados. Los terrícolas de este universo están atacando la flota aliada mientras nosotros estamos luchando aquí en Adur

          Como si fuese un cóndor negro, sólo que más veloz, la nave oscura giró de costado hacia ellos.

          —¡Ahí vienen de nuevo! —alertó Astroboy, levantando la cabeza para mirar de frente a la siniestra nave negra de los Men In Dark, que se enfilaba otra vez con los cañones de sus alas listos para abrir fuego—. ¿Qué hacemos, princesa?

          —¡Maldición! ¡Se mueve demasiado rápido ahora! —exclamó Mariana, dando un puñetazo a los controles—. No logró hacer que está cosa apunte bien.

          Dentro de la cabina de mando de la nave oscura, el agente K observó con enorme satisfacción que el trasbordador de la Alianza parecía desprotegido. El sistema de escaneo de la nave confirmó lo que K pensaba. Sólo era cuestión de hacer un buen disparo a máxima potencia y asunto arreglado. Con un poco de suerte incluso acabarían con la unidad artillada móvil de la que se habían apoderado la princesa Mariana y Astroboy.

          —Los escudos enemigos están abajo —dijo K a través de la pantalla visora de la consola de control donde el agente J coordinaba el área de ingeniera—. Junior, armas a máxima potencia.

          El agente J asintió de buena gana y se giró hacia el panel de ordenadores y pantallas que tenía a su derecha. Presionó un botón rojo para aumentar la energía de los cañones láser ubicados en las alas y luego tiró de una palanca. Una compuerta ubicada en el lomo de la nave comenzó a abrirse dejando entrever la punta del misil más grande y destructivo que llevaban abordo. Se trataba de un proyectil GBU-28 revienta-naves capaz de atravesar paredes de acerocreto de dos metros de grosor antes de explotar.

          —Me moría de ganas por usar este juguete, K —J esperó hasta que la energía de las armas llegara a su máximo nivel antes de fijar la mira sobre el trasbordador. Los cañones en las alas de la nave se iluminaron y el misil quedó armado—. Armas a máxima potencia… .

          Antes de que pudiera terminar de preparar las armas, una parte del techo se desplomó causando un fuerte estrépito y un amasijo de cables e hilo metálicos brotó del orificio quedó expuesto. El agente J se giró en su asiento y levantó la cabeza con la intención de averiguar qué había sucedido. ¿Acaso la nave había recibido un impacto o tal vez algo se había zafado? Pero cuando vio un sujeto enmascarado que colgaba de una barra de metal y sostenía dos granadas de protones en la mano, se levantó inmediatamente de su puesto, quedando pasmado.

          —O sea, hello, miserable —lo saludó Eclipse—. Aquí tengo dos albóndigas para ti, te van a gustar. —Apretó los detonadores de las granadas y luego las arrojó al agente de Men In Dark, quien la recibió instintivamente con ambas manos—. Ahora traga y sufre.

          —Oye, no, ¿qué son estas mugres?

          El agente J trató de deshacerse de las esferas cuando se dio cuenta de lo que eran, pero no podía hacerlo. Estaban adheridas a sus palmas como si les hubieran untado alguna clase de pegamento. No tardó mucho en descubrir que no podía quitárselas de encima. ¡Efectivamente estaban cubiertas de pegamento! Cuando vio el contador digital que mostraba una cuenta para atrás en las granadas, J fue presa de un desesperante pavor y empezó a manotear en el aire.

          —Que tengas buen viaje —Eclipse se despidió con la mano y le sonrió antes de desaparecer por el agujero en el techo.

          —¡Nooooooooo!

          00:02. 00:01. 00:00. Entonces las granadas explotaron.

          Las bombas hicieron que la nave se estremeciera. Demasiado cercano al estallido, Eclipse se desplomó de frente sobre el lomo de la nave por donde estaba corriendo para huir. Sentado en la cabina, K se volvió por encima del hombro y miró hacia el  estrecho pasillo que conducía al área de ingeniería. Cuando la enorme bola de llamas blancas y naranjas que avanzaba hacia él se reflejó en los cristales oscuros de sus gafas, el siempre sereno agente de los Men In Dark se puso de pie en dirección al pasillo, entrecerró sus ojos y musitó una maldición entre dientes. Un segundo después el agente K era engullido por la violenta nube de fuego.

          Las ventanas de la cabina estallaron y de ellas comenzaron a salir densas columnas de humo al tiempo que la nave comenzaba un rápido descenso. En la parte superior, Eclipse iba montado justo encima del misil GBU-28 que aún permanecía unido a su rampa, agitando un sombrero y dando gritos de júbilo.

          —¡¡Yiiijaaaaaa!! ¡Miren arriba!

          Dos troopers imperiales miraron al cielo e inmediatamente después echaron a correr lo más rápido que podían. La nave de los Men In Dark estaba cayendo en picada hacia el sitio donde Karmatrón, Piccolo, Shilbalam, Firia y Garlik Junior luchaban. Con una lluvia de fragmentos de piedras y polvo, la nave se estrelló contra el piso y comenzó a derrapar, llevándose en el camino a una multitud de gnomulones inorgánicos, soldados del Batallón de Las Sombras, androides de combate, Shadow Troopers y hechiceros y gárgolas del Ejército del Mal que trataban de escapar. Eclipse comprendió entonces que aquél era el momento preciso para dejar la nave.

          El enmascarado saltó, dio un giro en el aire y activó su mochila turbojet para salir volando. Parecía que iba a lograr salir ileso cuando de repente un fragmento metálico surcó el aire y destrozó una de las alas de su mochila. Cuando eso pasó, Eclipse entró en barrena y se precipitó al vacío como una roca.

          —Oh, oh… . ¡Está cosa no tiene paracaídas!

          Cuando Piccolo y Karmatrón advirtieron que la nave negra iba directo hacia ellos, ambos lograron hacerse a un lado. Shilbalam, Firia, Rina, Ameria y Gaury también lograron escapar apenas a tiempo. Pero Garlick Junior no tuvo tanta suerte; estaba demasiado lastimado como para reaccionar con la rapidez necesaria, de manera que extendió ambos brazos al frente y se preparó para detener la nave usando las manos.

          —¡Maldición! —gritó Garlick.

          La masa de la enorme nave chocó contra las palmas desnudas del gigante azul y comenzó a empujarlo hacia atrás. Garlick, con las venas latiéndole en la frente y los brazos, notó de pronto que la nave comenzaba a detenerse y eso era bueno considerando que detrás de él había un gigantesco risco contra el cual quedaría aplastado si no lograba frenarla a tiempo. Cuando la nave por fin se quedó quieta, Garlick retiró sus adoloridas manos cubiertas de quemaduras y su cuerpo tembló de rabia. Ahora que ya no era inmortal el dolor que sentía le resultaba insoportable.

          —¡Malditos sean todos! —ladró Garlick—. Esto todavía no termina. Quizá ya no tenga la vida eterna, pero aún tengo mis poderes y voy a vengarme de… .

          Un chasquido llamó su atención. El gigante alzó los ojos y se percató del enorme proyectil de diez metros que todavía permanecía intacto sobre la nave oscura que tenía delante de él. De pronto, una potente llamarada brotó del motor del GBU-28 revienta-naves, que salió impulsado hacia delante, impactando el cuerpo de Garlick Junior en los momentos que éste abría la boca para gritar.

          —¡Aaaaahhh!

          Todo se inundó de fuego y pedazos de roca y metal cuando el proyectil se clavó en el cuerpo del gigante e hizo explosión. Chorros de llamas brotaron por todas direcciones, elevándose en el aire y un ala salió volando por los cielos dando giros. La explosión fue tan poderosa que incluso N´astarith y varios guerreros de Abbadón se dieron la vuelta para ver qué es lo que estaba pasando.

          Piccolo, Karmatrón, Firia y Shilbalam se acercaron al sitio donde había caído la nave oscura. Nadie sentía la presencia de Garlick por ninguna parte de aquel infierno de llamas y restos metálico, pero lo que si alcanzaron a escuchar fueron los gritos desesperados de Eclipse. Piccolo alzó el rostro hacia arriba y levantó los brazos, justo a tiempo para atrapar al enmascarado antes de que se estrellara.

          —Ah, mi héroe… . 

          Piccolo bajó los brazos inmediatamente y dejó que el pobre enmascarado azotara en el suelo.

          —¿Estás bien? —le preguntó Firia.

          —Auch —contestó Eclipse—. Creo que mi daño se cerebró.

Astronave Churubusco.

          Dentro del nivel cuarenta y uno había varias docenas de guardias bien armados y entrenados. Había sistemas de defensa automatizados.

          Había lágrimas, miedo, gritos y súplicas de piedad.

          Nada de todo eso cambió en lo absoluto.

          Cuando avanzó hacia la sala de conferencias, José Zeiva no dejó nada con vida detrás de él. Caminó por el pasillo con despreocupación, con aire casual, marcando la pared de metal con la punta de su hoja llameante y disfrutando el siseo que producía el metal al derretirse como antes había saboreado la mueca de terror en los rostros de sus víctimas

          Una compuerta se cerró para cortarle el paso. Una barrera tan insignificante sería un insulto para su hoja llameante. Una mano enguantada y acorazada formó un puño. La puerta se arrugó y cayó.

          José Zeiva pasó sobre ella.

          Ulnikt-Err-Snet, embajador y representante del planeta Svarog, tropezó con una silla y se tambaleó hacia atrás. Cayó al suelo, temblando e intentó refugiarse bajó la mesa de conferencias, pero no llegó muy lejos.

          —¡Detente! —gritó—. ¡No puedes hacerlo!

          El terrestre sonrió.

          —¿No puedo?

          —Estamos desarmados… no somos militares. Esto es una violación… .

          —En las guerras nadie es inocente —José lo derribó de una patada, sonriéndole y le hizo tragar medio metro de metal llameante—. Que te quede claro.

          José Zeiva pasó por encima del cadáver de Ulnikt-Err-Snet para llegar hasta donde Sar-Ut-Nir golpeaba inútilmente la puerta que conducía al hangar del nivel cuarenta y uno. El embajador del planeta acuático Orán se volvió ante su cercanía, lloroso, con sus manos alzadas para proteger sus tentáculos faciales.

          —Por favor, te daré lo que quieras. ¡Lo que quieras!

          La hoja llameante entró y salió de su cráneo, y su cuerpo se balanceó. La cabeza del anciano cayó y botó por el suelo.

          —Gracias.

          Cariolano, el almirante en jefe de los ejércitos de la Alianza Estelar, condujo al rey Lazar de Adur hasta una esquina donde los arrinconó. Mientras José Zeiva se encargaba del resto de los miembros del Consejo de Líderes, Cariolano decidió enfrentar personalmente al hombre con el que había sostenido una larga amistad durante años, el hombre que había sido como un mentor para él.

          —¿Por qué haces esto, Cariolano? No lo entiendo —dijo Lazar con la vista en el infinito, como si quisiera comprender porqué estaba pasando aquello—. ¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? El Consejo de Líderes, la Alianza Estelar… .

          —Nada de eso vale para mí, viejo amigo —respondió el almirante.

          Al escuchar aquello, Lazar volvió a mirar a Cariolano.

          —¿Qué has dicho? ¿Quieres decir que todos estos ciclos estelares que hemos estado juntos fingiste que te importaba la Alianza? No es verdad, estoy seguro que algo te sucedió. ¿Acaso los abbadonitas te obligaron a hacer esto? ¿Te lavaron el cerebro?

          —N´astarith me mostró la realidad. Entregue muchos ciclos estelares de mi vida a esta maldita alianza y todo para nada. No vale la pena, ¿me oyes? ¡No pienso morir con ustedes!

          —¿Y cuál es esa realidad de la que hablas? Vamos, dímelo.

          —Que tú y tu Alianza Estelar han perdido.

          —¡No es cierto!

          Cariolano sujetó al rey por el cuello. Lazar comenzó a forcejear, pero Cariolano apretó con más fuerza, asfixiándolo lentamente mientras ambos escuchaban los gritos de los miembros del Consejo que estaban siendo masacrados. El rey carecía de las fuerzas necesarias para luchar con su antiguo amigo. Cariolano lo soltó hasta notar que la cabeza de Lazar caía sobre sus brazos.

          Entonces lo depositó sobre el suelo, muerto.

          —Adiós, viejo amigo, lo lamento.

          Cuando escuchó el sonido de pasos, el almirante se volvió y vio los penetrantes ojos de José Zeiva, quien estaba saliendo de la sala de conferencias luego de haber asesinado al último miembro del Consejo escondido ahí.

          —Lo hemos hecho, bien, lord Zeiva —murmuró Cariolano—. El rey Lazar está muerto también. Ahora debemos acabar con los otros embajadores que aún siguen con vida y se esconden en la sala de control. Tal vez hayan corrido a ocultarse en los camarotes, pero… .

          —¿En dónde está mi hermana? —le interrumpió José.

          —Yo… ah, no lo sé, lord Zeiva —repuso Cariolano con un hilo en la voz—. Se supone que debería estar aquí también. Tal vez, bueno, se haya retrasado por algún motivo.

          —¿Algún motivo? Usted nos aseguró que todos los miembros del Consejo de Líderes se refugiarían aquí en caso de un ataque. ¿Acaso trata de engañarme?

          —Sí, sí, sí, esto, no, bueno, por favor, no sé, quizá ella ya esté muerta. No la ha visto desde que comenzó el ataque.

          José asintió con una mirada malévola.

          —Bien, en ese caso ya no nos eres de ninguna utilidad.

          Cariolano frunció el entrecejo. Sintió un terrible escalofrío y su herida comenzó a dolerle de nuevo.

          —¿De qué está hablando? Tenemos un acuerdo, usted debe respetarlo.

          Como respuesta, José Zeiva se acercó al almirante luego de pasar por encima del cadáver de Lazar.

          —No puede hacerlo —gimoteó—. El gran N´astarith prometió una gran recompensa. Él lo prometió. ¡Él lo prometió!

          —Yo soy tu recompensa —la espada en llamas se alzó—. ¿No me consideras grande?

Planeta Adur.

          Asiont, Areth y Sailor Galaxia estaban corriendo lo más rápido que podían. Habían estado combatiendo a un grupo de gnomulones inorgánicos y algunos hechiceros del Ejército del Mal cuando escucharon una terrible explosión que venía del sitio donde el trasbordador estaba aparcado. Asiont podía sentir las presencias de Mariana y Eclipse a través de su mente y sabía que ambos estaban bien, pero le preocupaba que estuviesen siendo atacados por algún enemigo poderoso. Después de todo había presencias poderosas por todas partes y muchas de ellas despedían energías negativas.

          —Tenemos que darnos prisa —les urgió Asiont a Areth y Sailor Galaxia—. Mariana y Eclipse pueden estar en problemas y tenemos que ayudarlos.

          —¿Y qué hay de Cadmio y los demás? —le preguntó Areth—. ¿No vamos a ayudarlos?

          —Ellos saben cuidarse solos, pero Mariana y Eclipse no tienen poderes especiales, ¿recuerdas? Después iremos a donde están Cadmio, Saulo y los otros. Le prometí a la reina Andrea que no dejaría que nada malo le pasara a su hija y pienso mantener mi promesa.

          —Yo debo ayudar a Sailor Moon —murmuró Sailor Galaxia—. Nunca me perdonaría sí algo malo le sucediera a ella o alguna otra de las sailor. 

          —Mi percepción me indica que las sailor senshi están cerca de esta área —anunció Areth, ubicando en su mente las energías de Sailor Moon, Sailor Mars y las demás—. Lo que no me gusta es que hace un momento capté la llegada de más presencias poderosas y no conozco a ninguna de ellas. ¿Creen que se traté de más enemigos?

          —No tengo idea —le respondió Asiont—. Sin embargo, hay dos energías que ya había sentido con anterioridad. Sí no me equivoco una de ellas pertenece a Tyria y la otra… .

          —¿Tyria? —murmuró Areth—. Es la Celestial que te ayudó durante tu estancia en Caelum, ¿cierto? Eso significa que vino a ayudarnos, pero ¿de quiénes son las demás energías que percibimos? ¿Acaso tú lo sabes?

          —Oigan, tenemos compañía —les avisó Sailor Galaxia, parándose en seco y señalando al frente.

          Areth se detuvo y se preparó para luchar.

          —Son esos hechiceros enmascarados otra vez. 

          Un grupo de cuatro hechiceros del Batallón de los Magos les salió al paso. Los magos elevaron sus brazos con las palmas vueltas hacia Sailor Galaxia y los Celestiales y les atacaron con llamaradas, rápidas como flechas.

          —¡Merazoma! —espetó uno de los hechiceros.

          —¡Merazoma! —ladraron los otros tres con fuerza.

          Areth se inclinó hacia su derecha para evadir el fuego, mientras que Sailor Galaxia alzaba sus manos para contener el ataque. Las llamas se deshicieron sobre las palmas de la Sailor Senshi sin causarle ningún daño. Los hechiceros quedaron impresionados, pero no iban a rendirse y ya preparaban otro ataque mágico. Pero Sailor Galaxia no iba a dejar que lo hicieran, de modo que acumuló una gran cantidad de energía y contraatacó.

          —Galactic Lightning Bolt!! (Rayos de Galáctica)

          De las manos de la Sailor Senshi brotaron rayos quebrados. Los relámpagos mataron al instante a los cuatro hechiceros, que cayeron al piso con sus túnicas chamuscadas. De pronto, seis gnomulones inorgánicos saltaron de arriba de los árboles y atacaron a Sailor Galaxia por sorpresa. La sailor extendió sus manos contra ellos y lo detuvo en seco utilizando su técnica especial. Los gnomulones recibieron la Galactic Lightning Bolt hasta quedar convertidos en polvo.

“Que mujer tan poderosa es Sailor Galaxia”, pensó Asiont entre maravillado y asombrado. “Recuerdo que cuando estuve en el universo de Sailor Moon algunas de las Sailor Senshi mencionaron que habían sido enemigas en el pasado. Me gustaría saber qué fue lo que ocurrió entre ellas”.

          Areth descubrió a otros dos hechiceros del Ejército del Mal que acababan de salir de atrás de unas rocas. La Celestial corrió hacia los magos, evadió un Merazoma que le arrojaron y finalmente se impulsó de un salto para llegar hasta donde los magos estaban. A uno de ellos lo derribó de un fuerte puñetazo en el rostro y al otro le disparó una descarga en el abdomen.

          —Buen trabajo, Areth. Veo que tu velocidad y tus reflejos han mejorado bastante.

          —Gracias, Asiont —le dijo ella, volviendo la mirada por encima del hombro—. Estuve practicando mucho en la sección de entrenamiento, aunque la verdad es que estos hechiceros no son enemigos de cuidado.

          —Mejor que no se te suba a la cabeza —repuso Asiont, echando a caminar nuevamente—. Todavía tienes mucho que aprender, mi joven amiga. No te vanaglories tanto de tus propias habilidades porque no es bueno bajar la guardia y… .

          —¡Cuidado! —gritó Areth cuando sintió una presencia poderosa cerca de ellos.

          En ese momento, un meteoro de luz golpeó el suelo delante de Areth, Asiont y Sailor Galaxia y la tierra estalló en piedras y polvo. Areth sintió el calor pasar por delante de sus mejillas un segundo antes de caer sentada al suelo. Un fuerte viento llevó el polvo hacia Sailor Galaxia y los Celestiales. Cuando finalmente comenzó a despejarse, Asiont se dio cuenta que sin la advertencia de Areth probablemente habría recibido aquel ataque.

          —Esto no lo hicieron esos hechiceros —dijo Asiont, más para sí mismo que para las demás.

          —¿Qué estabas diciendo sobre no bajar la guardia? —preguntó Areth con una sonrisa ligeramente traviesa.

          —Deja las bromas para otra ocasión —murmuró Asiont secamente.

          —En otros tiempos llamarlos Caballeros Celestiales hubiera sido un insulto, pero supongo que N´astarith tenía razón —dijo una voz de hombre—. Pero supongo que no debo sorprenderme tanto. Ustedes son el último vestigio de una Orden decadente y corrupta que fue consumida por su propia arrogancia.

          —¿Quién eres tú? —inquirió Sailor Galaxia de inmediato.

          Cubierto con su capa, un hombre musculoso apareció finalmente. Lucía un peto hecho de duranio bañado en platiarmadura y un reluciente casco hecho del mismo material. 

          —Mi nombre es Zura y soy el último ser vivo que conocerán.

          Asiont frunció el entrecejo mientras observaba detenidamente al guerrero delante de ellos. “Su aura es demasiado poderosa, pero no parece ser uno de los Khan”, pensó. “Lo que me intriga es que su nombre me suena un tanto conocido, ¿quién podrá ser?”

          Zura, por su parte, dirigió a Asiont, Sailor Galaxia y Areth una sonrisa claramente malévola. Estaba tan seguro de que los adversarios que tenía delante eran tan inferiores a él que no se molestó en esconder su poder de pelea. Se llevó una mano al hombro y se echó la capa atrás, apartándola de su hombro derecho y descubriendo su puño cubierto de energía.

Continuará… .

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