Leyenda 109

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO CIX

HACIA TOKIO-3

         Santuario de Atena, Grecia

         Jabu de Unicornio parpadeó en la cama. Le dolía todo el cuerpo. Le dolía hasta la idea de abrir los ojos, de modo que se contuvo durante un rato. Se limitó a escuchar la voz que sonaba sobre él. Una voz masculina, vagamente familiar.

         —Parece que ya estás despierto, Jabu.

         Abrió los ojos. Vio el rostro de aquel que lo había humillado durante el torneo de las Guerras Galácticas. El mismo Santo que había sido capaz de derrotarlo usando tan sólo un puño.

         —Ikki —gimió.

         —No te esfuerces demasiado —le recomendó Ikki—. Tus heridas aún no han sanado del todo. Lo único que quiero es que me digas quién hizo todo esto y en qué lugar se encuentran Atena, Seiya y los demás.

         Jabu se encogió de dolor cuando se incorporó. Se masajeó la cara y frunció la frente al notar el vendaje en su cabeza.

         —¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Dónde están Nachi y los otros?

         —Todos están a salvo —repuso Ikki—. Los soldados del Santuario los encontraron inconscientes cerca de las ruinas del salón del Maestro y se encargaron de atenderlos. Ahora necesito que me digas lo que sepas de los que atacaron el santuario.

         El Santo del Unicornio se recorrió el vendaje con el dedo.

         —Se hacían llamar Khans —dijo.

         —Nunca había escuchado hablar de ellos —susurró Ikki.

         —Ellos fueron capaces de recorrer las Doce Casas y de llegar incluso hasta el Salón del Gran Maestro —continuó—. Tratamos de hacerles frente, pero eran demasiado poderosos para nosotros. Lo último que recuerdo fue que todo el Salón del Gran Maestro fue destruido, pero ignoro cómo es que estoy con vida.

         —Probablemente debió tratarse del cosmos de Atena.

         —¿El cosmos de Atena dices? —musitó Jabu.

         Ikki asintió.

         —Sólo así se explica que hayan sobrevivido a la enorme explosión que acabó con toda la cima del Santuario. Los soldados me contaron que los Khans atacaron las Doce Casas y que también mataron a Aldebarán y a Shaka. Más tarde Seiya y los demás se unieron a los Santos Dorados, pero inexplicablemente todos desaparecieron.

         Jabu se sobresaltó.

         —¿Cómo qué desaparecieron? ¿Acaso dices que murieron?

         Ikki se dio la media vuelta y se encaminó hacia la salida.

         —No lo creo —murmuró—. Sí ustedes todavía están vivos, eso quiere decir que Atena, Seiya y los demás deben estar en alguna parte.

         Jabu apartó las sábanas y trató de apoyar las piernas en el suelo con movimientos temblorosos.

         —Nosotros te ayudaremos a buscarlos.

         Ikki se detuvo a unos pasos de atravesar el arco de la puerta.

         —No digas tonterías. Lo mejor que pueden hacer es descansar y quedarse en el Santuario para protegerlo. Ahora que los Santos Dorados no están, no queda ningún otro santo que cuide de este lugar.

         Jabu agachó la cabeza con resignación. Le dolía admitirlo, pero Ikki tenía toda la razón. A pesar de su valor, no había sido capaz de impedir que los Khans invadieran el Salón del Gran Maestro. Era evidente que él y los otros santos de bronce no eran los indicados para involucrarse en aquella lucha.

         —Encontraré a Seiya y a los demás, y cuando lo haga ten por seguro que me encargaré de ajustarle las cuentas a esos Khans  —declaró Ikki antes de salir de la cabaña.

         Tokio-3, Japón
         Central Dogma

         En su oficina privada, el comandante Gendou Ikari estaba observando una serie de fotografías infrarrojas que Fuyutsuki le había traído. Después de lidiar con los líderes de SEELE y el presidente Keel lo que menos necesita eran malas noticias, pero parecía que eso era lo único que le esperaba. Grandes fragmentos estaban apareciendo cerca de la luna y se acercaban a la Tierra girando por el espacio. Gendou escudriñó las fotografías con cuidado.

         —¿De qué se trata todo eso? —inquirió el comandante.

         —El Ministerio de Defensa del Japón acaba de informar hace diez minutos que los principales radiotelescopios del mundo han recibido una señal radioeléctrica de índole desconocida. Creí que ya no quedaba ningún shito, pero todo parece indicar que me equivoque. Podría tratarse de un ataque masivo de los shitos.

         —No existe forma de saberlo —musitó Gendou en tono pensativo—. Como puede ser un ataque de los shitos, también puede ser un engaño de SEELE. Será mejor que nos preparemos para lo peor.

         —Daré instrucciones para que eleven el nivel de alerta.

         La puerta del despacho se abrió sorpresivamente. Uno de los oficiales de NERV entró llevando una noticia que era una verdadera bomba.

         —Disculpe, señor, pero hay algo que deben saber. El número de objetos detrás de la luna ha aumentado. Creemos que hay setenta y dos con forma de platillo y otros diecisiete de forma alargada. Los primeros tienen un diámetro aproximado de veinticinco kilómetros y los demás varían en tamaño, pero no son superiores a los dos kilómetros.

         —¿Adónde se dirigen? —preguntó Fuyutsuki, aunque ya sabía cuál iba a ser la respuesta.

         —Estarán penetrando nuestra atmósfera en los siguientes veinte minutos.

         Gendou era famoso por mostrarse imperturbable, incluso en las peores situaciones y aquella situación no iba a ser la excepción. Jamás dejaba que nada lo alterara y siempre mantenía la cabeza fría pese a tener todas las cosas en contra. Se reclinó en su asiento y puso las manos sobre el escritorio.

         —Es hora de declarar la alerta roja.

         Astronave Churubusco

         Pese a que el dolor y la rabia le habían nublado el pensamiento por unos breves instantes, Jesús sabía que algo más estaba ocurriendo. Inexplicablemente sus poderes acababan de aumentar de manera increíble en tan solo unos segundos. No lo había notado en el momento de soltar su aura, pero ahora estaba seguro de ello por la forma en que se sentía. Era como si todas las fibras de su cuerpo rebosaran de una fuerza que jamás había experimentado.

         —¿Qué me está pasando? —murmuró, extrañado—. Mi poder ya no es el mismo de hace unos momentos. Incluso mi armadura parece haberse fortalecido cuando liberé la fuerza de mi aura.

         Armando no dijo nada, pero estaba igualmente desconcertado. Del mismo modo que había ocurrido con su hermano, él también acababa de experimentar un significativo aumento en sus poderes, aunque percibía que el de Jesús parecía ser aún más sorprendente.

         —De modo que a esto es a lo que se refería David —musitó mientras se miraba las palmas de las manos—. Nunca me había sentido tan fuerte como ahora. Es como si la misma fuerza del universo recorriera mi ser.

         —¿Qué es lo que está ocurriéndonos, Armando? —inquirió Jesús en un tono de voz que exigía una respuesta inmediata—. ¿Por qué nuestros poderes se han incrementado después de la muerte de nuestro hermano? ¿Acaso sabes la razón de esto?

         —Claro que sé la razón, pero no creo que sea el momento para decírtelo.

         —¿Qué has dicho? ¿Por qué no?

         Armando se echó a reír.

         —Dime, Jesús, ¿crees en el destino?

         —¿Qué tiene que ver eso en este momento?

         —Tiene que ver mucho más de lo que te puedes imaginar —Armando le dedicó una mirada llena de furia—. Por mucho tiempo he tenido que vivir con esa maldita cuestión. No tienes idea de lo que es saber que tu vida ya ha sido determinada desde antes de que nacieras. ¡Es como una maldición!

         Jesús frunció el entrecejo sin entender ni una palabra.

         —¿De qué estás hablando?

         —David buscaba la muerte porque pensaba que nuestro destino estaba determinado por la estúpida leyenda del guerrero legendario, pero yo no aceptaré eso jamás. No me importa que el universo se vaya al infierno o si me condeno eternamente por negarme a ser un títere del destino.

         —¿El guerrero legendario? —repitió Jesús lentamente—. Lo lamento, hermano, pero la verdad conozco muy poco sobre esa leyenda. Dices que David deseaba la muerte por culpa de esa leyenda, pero no veo que relación puede haber.

         Armando se volvió hacia la ventana de la habitación.

         —Es obvio que no lo sepas y es mejor para ambos que las cosas continúen así.

         —Te exijo que me digas la verdad —le ordenó Jesús, pero Armando ni siquiera volvió la mirada—. No comprendo de lo qué estás hablando, pero no podemos dejar que la muerte de David quede impune.

         —No tengo pensado dejar que esto se quede así —murmuró Armando y luego se dirigió hacia la salida—. Yo me encargaré de vengarlo, así como a nuestro padre y a todos los meganianos asesinados por N´astarith.

         Jesús enseguida se percató de que su hermano llevaba alguna clase de conflicto dentro de sí. Quería hablar con él y tratar de entenderlo. Por alguna parte de su cabeza pasó la idea de que podrían entenderse el uno al otro, renunciar a sus viejas rencillas, y reconciliarse. Pero, en vez de eso, su hermano se había vuelto a comportar como un chiquillo necio y furioso. Tal y como había ocurrido en el pasado, Armando seguía con su táctica de negarse a decir lo que sabía. ¿Por qué no le explicaba las razones por las que creía que David había buscado deliberadamente la muerte? ¿Qué relación había entre ellos y la leyenda del guerrero legendario?

         Molesto por la situación, Jesús respiró profundamente antes de hablar.

         —Esto no es justo.

         —Lo lamento, pero es no es mi culpa —contestó Armando antes de dejar la habitación—. En todo caso, es culpa del destino.

         Águila Real 89.

         —A ver, a ver, déjenme ver si entendí todo —Rina se llevó las manos a la cara, dándose un ligero masaje en las sienes—. Ustedes quieren que los ayudemos a luchar contra ese tal, ¿cómo dicen que se llama el tipo ese?

         —N´astarith —le contestó Ameria.

         —Eso —murmuró Rina—. N´astarith ¿Eso es lo que nos están proponiendo?

         Asiont se encogió de hombros.

         —Pues si, básicamente esa es la idea. Si no detenemos a N´astarith, millones de mundos sufrirán las consecuencias. No voy a mentirles, esto puede ser muy peligroso y nuestras vidas estarán en un serio peligro.

         —Perfecto —repuso Rina—. Pues conmigo no cuenten.

         —¿Qué estás diciendo? —le preguntó Eclipse—. Pensé que querías ajustarle las cuentas a los villanos que atacaron tu mundo. ¿No ves que tenemos que detener a ese loco?

         Rina montó en cólera.

         —Sí, pero eso no implica luchar contra alguien que quiere convertirse en una especie de dios. No me lo tomen a mal, pero para luchar contra N´astarith no se necesita valor, sino muchas ganas de suicidarse.

         —Señorita Rina, no diga eso —murmuró Ameria.

         —Vamos, Ameria, hasta tú estarás de acuerdo en que lo que están proponiendo es algo descabellado. Además ellos manejaron muy bien a Litón y a Bórax, estoy segura de que no nos necesitan.

         —Te equivocas en eso, Rina —intervino Uller—. Necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir. Tú y tus amigos poseen grandes poderes, por favor, ayúdanos a detener a N´astarith y a sus guerreros.

         Gaury se rascó la cabeza.

         —Bueno, normalmente ayudar es lo que hacemos… .

         —Pero no está vez —le interrumpió Rina—. Es demasiado para nosotros.

         —Habla por ti misma, niña —Zerosu sonrió—. Tal vez sea un suicidio como dices, pero no olvides que si N´astarith se convierte en un dios, entonces se apoderará de nuestro mundo. Está vez tuvimos suerte, pero la próxima no será tan fácil.

         Firia frunció el entrecejo con malestar. No era que estuviera en contra de lo dicho por Zerosu, sino que encontraba insoportable que fuera precisamente él quien hubiera hablado con tanta lógica. A pesar de estaban del mismo lado, Firia no podía dejar de sentir antipatía por Zerosu.

         —En esta ocasión estoy de acuerdo con Gaury.

         Shirufiru asintió.

         —También yo, no permitiré que nuestro mundo sea dominado por N´astarith.

         —Bien dicho, Shirufiru —murmuró Ameria—. Como justicieros que somos, es nuestro deber combatir a seres tan nefastos como son N´astarith y esos guerreros malignos. Cuenten conmigo.

         —Vaya, gracias por su ayuda —repuso Uller—. Tal parece que tus amigos difieren de opinión contigo, Rina, ¿no te parece?

         Con todas las miradas de sus amigos fijas sobre ella, a Rina no le quedó más remedio que forzar una sonrisa. Aunque muy en su interior sabía que ayudar a Uller, Asiont y los otros era lo correcto, la hechicera no sentía muchos deseos de involucrarse en una aventura tan peligrosa.

         —Vamos, Rina, ayúdanos a luchar —le pidió Asiont—. Tus habilidades nos serían muy útiles.

         —Eh, supongo que debo pensarlo —repuso la hechicera.

         —Déjenme tratar con ella, amigos, yo sé como convencerla —exclamó Eclipse mientras tomaba a Rina de los hombros para apartarla de los demás—. Lo que sucede es que hay que explicarle las cosas de otra forma.

         —¿Qué estás haciendo? —preguntó ella, extrañada.

         —Ellos son muy ricos, no seas tonta —le susurró el espía luego de cerciorarse de que nadie los estuviera escuchando—. Si nos ayudas, la recompensa puede ser más de lo que imaginas.

         Un destello de ambición cruzó la mirada de Rina, pero aún así recelaba de las intenciones del enmascarado. A pesar de que la oferta de Eclipse se oía bastante tentadora, ella no era ninguna ingenua. Sabía que bien podía tratarse de una treta para obligarla a ayudarlos.

         —Yo imagino muchas cosas.

         —Las tendrás —le aseguró Eclipse.

         Una sonrisa maliciosa se insinuó en los labios de Rina Innbasu.

         —Humm, tú si sabes como negociar, pero te lo advierto, no trates de engañarme.

         —Claro que no, yo sería incapaz —Eclipse le guiñó un ojo—. Pero, claro, seguro entenderás que no cargamos con riquezas a una batalla. Tendrás tu recompensa a su debido momento.

         La hechicera asintió con la cabeza y luego se volvió hacia sus amigos.

         —¿Saben una cosa? Creo que me precipité un poco. No podemos dejar que un demonio como ese N´astarith lastime a tantas personas. Debemos ayudarlos a derrotar a ese individuo.

         —¿Ah sí? —murmuró Zerugadisu—. ¿Por qué cambiaste de idea?

         —Eh, bueno, ya sabes, es nuestro deber proteger a los débiles.

         —Señorita Rina, no sabe como me gusta oírla hablar así —murmuró Ameria mientras un destello de admiración ardía en sus ojos—. Sabía que usted no podría negarse a ayudar a esta gente.

         —Claro, Ameria —asintió Rina.

         Asiont estaba seguro que algo más había detrás de la actitud de Rina, por lo que tomó a Eclipse del brazo y lo jaló hacia un costado. Como no quería causar una nueva discusión, decidió hablar en voz baja.

         —¿Qué fue lo que le dijiste?

         —Simple, use el lenguaje universal con ella —respondió el enmascarado.

         Asiont se sintió contrariado.

         —¿Quieres decir que le propusiste…

         —No seas sucio —le interrumpió Eclipse, visiblemente molesto—. Le ofrecí riquezas para que nos ayudara. Es obvio que no va a arriesgar el cuello por cualquier cosa, así que mejor ve pensando de dónde sacar oro.

         —¿Oro? ¿Y de dónde se supone que voy a conseguirlo? ¿Crees que soy rico?

         Eclipse le dio unas palmaditas en la espalda.

         —Yo que sé, tú eres el Caballero Celestial, algo se te ocurrirá.

         —Esto se está volviendo más complicado a cada momento —musitó Asiont mientras el Águila Real 89 atravesaba nuevamente las barreras dimensionales y tomaba rumbo hacia la astronave Churubusco.

         Monte Fuji.

         —Todos los sistemas están activados y en funcionamiento—anunció Musashi después de revisar el panel de control—. El nivel de energía está a su máximo, las armas cargadas y listas.

         La pantalla visora de la cabina se iluminó de repente y una imagen nítida del general Kymura apareció en ella. El general contempló a Musashi desde la pantalla con una sonrisa de absoluta confianza.

         —Finalmente ha llegado el momento por el cual se han preparado por tanto tiempo, Musashi —le dijo Kymura—. Es hora de que ustedes tres destruyan a los malditos Evas de NERV para siempre.

         —Tenga por seguro que así será, general —respondió Musashi mientras extendía la mano hacia los controles y activaba varios sistemas—. Los Executors son más poderosos que los Evas y especialmente Sephiroth. Le prometo que yo mismo me encargaré de aplastar al Eva-01.

         —No te olvides que Seele aún cuenta con otros Evas también —le recordó el general—. Tengo muchas esperanzas en ti, Musashi y sé que no me defraudarás. Es por eso que te elegí para pilotar a Sephiroth. Muchos me dijeron que cometí un error al tomar esa decisión, pero depende de ti demostrar que no es así.

         Musashi frunció el entrecejo detrás del visor de su casco. Apretó las palancas de mando con fuerza. Siempre se había esforzado por demostrarles a todos que era el más capacitado para dirigir al Executor-01. Por tal razón siempre había respetado al general Kymura y lo veía como a un padre.

         —Se lo demostraré, general.

         —Por cierto, he notado algo rara a Mana —comentó Kymura con una expresión de preocupación—. Sabes bien que ustedes son como mis hijos y cualquier cosa que los perturbe me inquieta. ¿No sabes qué le pasa?

         —Me temo que no, general —contestó el chico—. Quizá sea la idea de la batalla.

         —Puede ser, pero me preocupa que ese chico Ikari le haya llenado la cabeza con ideas tontas —Los ojos de Kymura se tornaron rojos y se clavaron sobre Musashi como queriendo adivinar lo que había dentro de la mente del muchacho—. Estoy seguro de que tú no me mentirías, ¿verdad?

         Musashi sintió como se le hacía un nudo en la garganta.

         —No, general, jamás.

         —Perfecto.

         La pantalla se oscureció. Musashi respiró hondo e intentó olvidar lo nervioso que el general había conseguido ponerlo. Sabía que se arriesgaba mucho al ocultarle la verdad al general, pero tampoco podía traicionar a Mana. Ella era alguien muy querida para él y estaba dispuesto a protegerla, incluso de Kymura.

         Llevó la mano derecha hasta los controles y presionó un pequeño botón. En el acto, una pequeña pantalla situada a su derecha se iluminó y una imagen de Keita apareció en ésta.

         —¿Todo listo? —le preguntó Musashi.

         —El Executor-02 se encuentra preparado —repuso Keita—. Estamos listos para matar Evas.

         Musashi asintió y después encendió otra pantalla ubicada a la izquierda para comunicarse con el Executor-03 y hablar con Mana. La chica volvió la vista hacia la pantalla y contempló a Musashi con una mezcla de tristeza e indiferencia.

         —¿Estás bien? —le preguntó él

         —No creí que eso te importara mucho —repuso Mana.

         —Discúlpame si te dije algo que te ofendiera, es sólo que ese chico te quiso engañar y eso me enfureció. Quiero que sepas que me preocupas mucho.

         Los ojos de Mana brillaron con furia.

         —Gracias por tu preocupación, pero no soy tan tonta como para no pensar las cosas. Musashi, quiero que sepas que no soy ninguna ingenua y no necesito que me cuides.

         Las facciones de Musashi tomaron un matiz de amargura.

         —Muy bien, en ese caso olvida todo lo que dije. Haz lo que quieras, pero cuando descubras que los pilotos de los Evas son unos hipócritas, me darás la razón. No pensé que fueras así de necia y además… .

         Mana simplemente apagó el monitor dejando al chico furioso.

         —Estúpida —Musashi le dio un golpe a la pantalla—. Bueno, ya te darás cuenta y vendrás a pedirme disculpas.

         El enorme hangar empezó a temblar. Una enorme parte del techo comenzó a abrirse. En cuanto se confirmó por la emisora que las compuertas estaban abiertas, los técnicos les comunicaron a Musashi, Keita y Mana que tenían permiso para proceder al despegue. Se dio la señal para que se desprendieran las gigantescas abrazaderas que sujetaban a los robots.

         Los Executors eran unos enormes colosos metálicos de cien metros de altura. Estaban dotados de un par de gigantescas alas en sus espaldas y eran operados por un solo piloto que controlaba todo desde el interior del pecho. Aunque su apariencia era un tanto estilizada, aquellas formidables máquinas de guerra poseían un arsenal capaz de acabar con cualquier ejército de la Tierra.

         El general Kymura siguió el despegue de los tres Executors desde la cabina de una pequeña aeronave de transporte al frente de un convoy. Una hilera de vehículos similares esperaban detrás llevando docenas de hombres armados vestidos con armadura. Masamaru iba junto al general supervisando todo desde la computadora del vehículo.

         —Den la orden de avance —ordenó el general—. Rumbo a Tokio-3.

         —¡Rumbo a Tokio-3! —exclamó Masamaru.

         Una columna de aeronaves emergió de las entrañas del monte Fuji y avanzó por el aire siguiendo la carretera principal que se dirigía a la ciudad. Al poco tiempo, un conjunto de plataformas aéreas biplaza se unió a las aeronaves de transporte para escoltarlas. Mientras el convoy continuaba su camino, Masamaru se volvió hacia Kymura para hablarle.

         —General, todo esto es muy impresionante, pero las fuerzas del JSSDF cuentan con apoyo aéreo y vehículos blindados pesados. Nos acabarán antes de que podamos acercarnos.

         —Masamaru, te preocupas demasiado por pequeñeces —Kymura volvió la mirada hacia los cielos mientras una sonrisa siniestra le iluminaba el rostro—. El gran Genghis Khan ya debe estar en camino.

         Astronave Churubusco.

         Con los ojos cerrados, Zacek estaba sentado en posición de loto tratando de adivinar cuál era el último universo donde N´astarith atacaría. Anteriormente su meditación había sido interrumpida por alguna fuerza poderosa, pero hasta el momento no había ocurrido nada. Fuera cual fuera el origen de la interferencia, parecía que ésta había desaparecido por completo, lo cual no dejaba de inquietarlo.

         En su meditación, el Guerrero Kundalini visualizó la ciudad de Tokio-3; el rostro triste de Shinji Ikari; a los Excutors volando por los aires y por último al general Kymura, cuyos ojos rojos le hicieron presentir algo malévolo. También percibió una gran cantidad de energía negativa que lo hizo estremecerse.

         —Tokio-3 —murmuró Zacek tras un momento—. El lugar se llama Tokio-3.

         —¿Tokio-3? —repitió Seiya.

         —¿Acaso se refiere a la ciudad de Tokio? —murmuró Fuu sin dirigirse nadie en particular—. Eso quiere decir que la última gema sagrada se encuentra en algún planeta Tierra de otra dimensión.

         —Otra vez la Tierra –refunfuñó Cadmio—. ¿Por qué tiene que ser así?

         —Calma, cariño —le tranquilizó Casiopea—. No te amargues la vida.

         —¿Qué esperamos entonces? —exclamó Seiya—. Vayamos a detenerlos.

         Zacek se puso de pie

         —Esperen un momento, hay algo más que deben saber. Mientras meditaba pude sentir una gran cantidad de presencias negativas en esa dimensión. Me temo que N´astarith haya enviado algo más que algunos de sus guerreros.

         —¿Estás seguro de eso? —le preguntó Mu, desconcertado.

         —Completamente —repuso Zacek—. No sé bien qué es lo que sucede, pero debemos tener mucho cuidado. Tengo la impresión de que N´astarith se trae algo más entre manos.

         —No exageren tanto, por favor —Azmoudez desestimó el argumento con un simple ademán—. Es cierto que debemos tener cuidado, pero no debemos sobrestimar los esfuerzos de N´astarith. ¿Por qué iba a enviar una fuerza de ataque así de repente?

         Saulo reflexionó un momento.

         —Porque él es N´astarith —murmuró finalmente—. Él sabe perfectamente que iremos a tratar de detenerlo y tal vez quiera tendernos alguna clase de trampa —Les dio la espalda a todos—. Sin embargo no podemos quedarnos cruzado de brazos y dejar que se salga con la suya.

         —Estoy totalmente de acuerdo —exclamó Seiya—. Es por eso que te acompañaremos.

         El príncipe de Endoria volvió la mirada por encima del hombro y asintió.

         —Dime, Zacek, ¿qué más viste cuando estabas meditando?

         —Veamos —El emperador zuyua meditó antes de continuar—. Vi alguna clase de robots gigantes, pero no estoy seguro si pertenecían a las fuerzas abbadonitas o a los seres de ese mundo. Es por eso que yo también iré con ustedes.

         —Cuenten conmigo también —dijo Son Gokuh.

         Piccolo llevó su mirada hacia el saiya-jin y arqueó una ceja.

         —¿Estás seguro de lo que dices, Gokuh? ¿De verdad quieres ir?

         —Claro, Piccolo, si en ese lugar hay seres poderosos, entonces iré con ellos para ayudarlos. Creo que ya es hora de conocer personalmente a los sujetos contra los que pelearemos.

         —Sí Kakaroto va con ustedes, yo también los acompañaré —se escuchó decir a una voz—. He estado entrenando desde que llegué a este lugar y he incrementado mis poderes. Apuesto a que ahora si podré derrotar a esos gusanos.

         Cadmio dirigió su mirada hacia Vejita y sonrió burlonamente.

         —Haces un poco de pesas y ya te crees que el rey del universo.

         —¿Qué dijiste, sabandija estúpida? —Vejita se volvió contra Cadmio—. No estoy dispuesto a permitir que me hables de esa manera… .

         —Déjense de niñerías ustedes dos —les reprendió Saulo—. Si lo que quieren es matarse váyanse de aquí de una vez por todas. Nuestro verdadero enemigo es N´astarith y los Khans. ¿Quieres demostrar lo fuertes que son? Perfecto, vengan conmigo y podrán demostrarlo.

         Irritado por la actitud desafiante de Cadmio y las palabras del príncipe endoriano, Vejita se dio la media vuelta y les dio la espalda. Lo que más había deseado era demostrar que podía superar a Son Gokuh, pero por otra parte sentía unos deseos incontrolables de darle una paliza a Cadmio. También quería demostrarles a todos que un saiya-jin como él podía derrotar a los Khans con facilidad. Dio un profundo respiro y se serenó. Lo de Cadmio podía esperar.

         —De acuerdo, primero derrotaremos a N´astarith —se volvió hacia Cadmio y alzó una mano para señalarlo—. Pero cuando esto acabe, insecto, tú y yo arreglaremos cuentas por fin.

         —Cuenta con ello —replicó Cadmio.

         Tokio-3, Japón
         Central Dogma

         Misato Katsuragi tomó su computadora portátil y la encendió nuevamente. De una funda de plástico sacó un pequeño disco y lo sostuvo con la boca mientras tecleaba rápidamente en el ordenador. Había estado trabajando desde la madrugada y se sentía algo soñolienta, pero lo que estaba haciendo era demasiado importante como para posponerlo.

         —Así que ésta fue la causa real del Segundo Impacto —dijo.

         De repente las alarmas empezaron a sonar por todo el complejo subterráneo, reverberando el interior. Misato echó un vistazo a la pantalla de su computadora y descubrió que eran las seis de la mañana.

         —¿Me han descubierto? —murmuró ella mirando para todos lados—. No… ya ha empezado.

         Rodeado de teléfonos, monitores de video y ayudantes, Fuyutsuki se encontraba junto a la mesa de control del Centro de Mando mientras observaba un plano computarizado de Tokio-3. El aparato de seguimiento estaba registrando un inusual movimiento de vehículos en las cercanías del monte Fuji además de tres objetos gigantescos que surcaban los cielos a unas tres veces la velocidad del sonido.

         —Cambia el izquierdo al circuito azul de emergencia. Está bien, aunque suponga abrir el satélite. ¿Cuál es el estado del receptor derecho?

         —La comunicación con el exterior ha sido intervenida —informó uno de los técnicos luego de colgar el teléfono por el que había estado hablando—. Están interrumpiendo el circuito especial de inteligencia unilateralmente.

         Fuyutsuki frunció el entrecejo.

         —¿Es MAGI su objetivo?

         —¡Hay una intrusión en el sistema de datos desde todas las terminales exteriores! —gritó Makoto—. El objetivo es intervenir a MAGI.

         —Era de esperarse —murmuró Fuyutsuki—. ¿Es el MAGI-2 de Matsushiro el invasor?

         —No —repuso Makoto—. Al menos es un MAGI tipo cinco. La intrusión parece venir desde Alemania y China. También es posible que venga de América.

         Fuyutsuki se acercó y se detuvo delante de una de las pantallas. A la luz de los nuevos acontecimientos, se había convencido de que los enormes objetos que habían detectado en el espacio no eran más que un señuelo de Seele para distraerlos de lo que realmente estaba pasando.

         —Así que SEELE utiliza todo su arsenal. En proporción su potencia militar frente a la nuestra es de cinco a uno. Estamos en una difícil posición.

         —La cuarta barrera de protección ha sido rota.

         —¡Aíslen inmediatamente la base de datos principal! —le ordenó Makoto a sus subalternos—. ¡Esto no es nada bueno! ¡No podemos cortar la intrusión!

         —También se ha detectado una intrusión en la sección exterior del escudo —reconoció Maya—. Los circuitos de repuesto también fallan a la hora de evitar la intrusión.

         —¡Esto se pone realmente mal! —exclamó Fuyutsuki—. Si toman el control de MAGI sería lo mismo que controlar todo el Cuartel General.

         —¡Alerta de clase uno para todo el personal! —se escuchó decir por los altavoces de todo Central Dogma—. ¡Alerta de clase uno para todo el personal! Todos los trabajadores de Clase D regresen a sus posiciones asignadas lo antes posible.

         —¡Señor, disculpe, señor! —gritó otro de los técnicos desde el otro extremo del Centro de Mando—. Sé que están tratando de apoderarse del sistema MAGI, pero está ocurriendo algo extraño. Tenemos una pérdida de señal total del sistema de radar en un área de diecisiete kilómetros cuadrados.

         Fuyutsuki se dirigió hacia la pantalla y estudió la señal entrante.

         —De seguro SEELE está interfiriendo nuestros sistemas. ¿Qué ha pasado con los vehículos que detectamos cerca del monte Fuji?

         —No estamos seguros, desaparecieron de las pantallas del radar. Es como si nunca hubieran existido.

         —Debe tratarse de otra trampa de SEELE —concluyó Fuyutsuki—. Nos tienen cazando fantasmas mientras ellos tratan intervenir nuestros sistemas. Manténgame informado de cualquier cosa rara que detecte.

         —Sí, señor.

         En Tokio-3, los primeros que vieron las naves que se acercaban fueron unos soldados de la Fuerza Estratégica para la Autodefensa de Japón que se movilizaban hacia las cercanías de Central Dogma. En los cielos que cubrían los enormes rascacielos, uno de los gigantescos platillos extraterrestres, que exhalaba nubes negras, apareció amenazador, acercándose ruidosamente. Los soldados estaban confundidos. Cuando estaban a punto de romper filas, escucharon un mensaje radiado que les pedía que no temieran, que aquellas enormes naves era un truco más de NERV para intimidarlos.

         Los comandantes habían sido informados previamente de que algo raro estaba ocurriendo en los cielos, pero que no era nada peligroso, por lo que algunos de ellos optaron por continuar con lo planeado y seguir su avance hacia Central Dogma. Otros trataron de llamar al alto mando para pedir información, pero no lo lograron debido a una inexplicable interferencia.

         A varios kilómetros de distancia, las fuerzas del general Kymura estaban tomando posición dentro de la ciudad. El plan consistía en dejar que las fuerzas japonesas iniciaran el asalto sobre NERV antes de intervenir. Para ello debían mantenerse escondidos e impedir a toda costa que el alto mando japonés diera nuevas ordenes a sus efectivos.

         —Ah, mira a esos tontos —se burló Kymura mientras contemplaba a los soldados japoneses a través de unos binoculares electrónicos—. No tienen ni idea de que hemos intervenido sus sistemas de comunicación. Se podría decir que el miedo domina el ambiente.

         —¿Cómo logró intervenir las comunicaciones? —inquirió Masamaru.

         —Los sistemas de computo de este mundo son primitivos —repuso Kymura sonriendo—. Para cuando se den cuenta de lo que realmente está ocurriendo será demasiado tarde. Tanto los idiotas de NERV como los de SEELE creen que los Devastadores Estelares son simples señuelos.

         Masamaru arqueó una ceja. ¿Devastadores Estelares?

         —¿Se refiere a esa cosa enorme que cubre los cielos? ¿Usted sabe qué son?

         Como respuesta, el general Kymura dejó los binoculares a un lado y sonrió por segunda vez. Sus ojos se tornaron rojos  y comenzó a reír en un murmullo apenas audible que se convirtió en una maléfica carcajada que dejó helado a Masamaru.

         —¡La hora de liberar a Lilim ha comenzado! —exclamó el general con la mirada fija sobre el gigantesco disco de fuego que surcaba el cielo—. Ahora nada ni nadie podrá detenernos. La última de las gemas sagradas será nuestra. ¡El gran Genshis Khan dominará todos los universos para siempre!

         Continuará… .

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