Crisis 00

CRISIS UNIVERSAL

por Acuario Káiser

PRÓLOGO

       En el principio existían un sinnúmero infinito de universos ocupando el mismo espacio, pero que vibraban en una frecuencia diferente y por esta razón se mantenían separados unos de otros. De igual modo, estos universos albergaron mundos semejantes en donde la vida, la historia e incluso el lenguaje evolucionaron de una manera casi idéntica. Mientras todos estos universos crecían y se expandían constantemente, una raza de seres inteligente y poderosos se dedicó a observarlos con suma atención y fascinación, del mismo modo que un letrado estudiaría en forma minuciosa las moléculas y átomos que conforman un ordinario pedazo de materia. 

       Ignorantes de todo esto, los seres que habitaban los universos vivían y morían, seguros de su destino y su propia existencia. Pero a través de los confines del tiempo y el espacio, otra inteligencia superior, vasta y hostil empezó a contemplar el Multiverso con desprecio e indiferencia. Y entonces de una forma lenta, pero constante, comenzó a trazar sus planes para destruirlo todo… .

       El frío es tan intenso que lo siento a través de mi piel… .

       El silencio es tan absoluto que ni siquiera mi oído lo traspasa… .

       Es el frío de la nada… .

       Es el silencio de la muerte.

       Una poderosa luz dispersó las tinieblas del universo e iluminó el interior de los lúgubres cráteres lunares que habían permanecido en oscuridad por siglos. Gradualmente, una agitación casi imperceptible comenzó a apoderarse de la zona. Durante unos minutos no fue más que el aleteo de una inofensiva mariposa a metros de distancia. Pero iba creciendo, continua e inexorablemente hasta convertirse en un poderoso sismo que comenzó a fracturar desde dentro el satélite natural del planeta azul. El terremoto lunar se tornó más y más violento con la cercanía de aquella luz cegadora. Fuera lo que fuese, sus dimensiones eran tan grandes que pronto absorbería la luna mientras se abría paso hacia el último planeta que aún existía en el universo.

       Tierra.
(En el día del Juicio Final)

       El tránsito de la avenida se hacía interminable debido a la salida de las alumnas de la secundaria. Cientos de colegialas populaban por la banqueta. Los automovilistas tocaban el claxon para evitar que alguien se estacionara en doble fila. Cuando Minako Aino distinguió a Roberto Figueroa, el poco ánimo que tenía se esfumó al instante. Estaba a la puerta del colegio y seguramente debía estar esperando a que llegara Naru o Motoko. Se detuvo, vacilante. ¿Debía regresar por donde había venido, fingiendo no verlo o actuar como sí nada? Pero… ese sujeto en verdad la irritaba como nadie. ¡Era realmente insoportable! Se decidió. Caminó hacia Roberto y le devolvió el saludo.

       —Hola, Minako, ¿cómo te va?

       —Bien, ¿qué haces aquí? —le increpó la chica, fría como el hielo.

       —Qué pregunta es esa, preciosa —repuso Roberto tratando de sonar galante, pero sólo consiguió escucharse como un fanfarrón—. Sabes que me gusta visitar a mis admiradoras de vez en cuando. Espero que no haya resentimiento por, ya sabes, quitarles su trabajo como las  defensoras de Juuban.

       Minako entornó la mirada.

       —Sí, claro, presúmelo de nuevo.

       —Podría leer tu mente y saber lo que estás pensando de antemano —dijo Roberto, guiñándole un ojo—. Lamento que empezáramos con el pie derecho, pero la labor de un héroe es siempre tan… .

       —Izquierdo —le interrumpió la chica—. Se dice “empezar con el pie izquierdo” y no con el derecho. Creo que estoy sobrando en este lugar, así que mejor me marcho antes de que llegue Naru.

       —Ah, sí, por cierto ¿qué dice Keitaro? Espero que no me guarde rencor por ganarle el amor de la bella Naru. Quizá sí yo no hubiese llegado a esta ciudad las cosas habrían sido muy diferentes. ¿No crees?

       —Apuesto a que sí, pero no me interesa pensar en eso.

       Roberto la tomó por la cintura.

       —Sabes que te ves adorable cuando te pones así.

       Ella bajó la mirada y comenzó a temblar de coraje. Le dio un empujón para apartarlo de ella y le mostró un puño.

       —¡A veces desearía que tú y este mundo nunca hubiesen existido!

       Roberto sonrió y la miró directo a los ojos. Confiaba en que todavía tenía un par de minutos para flirtear con Minako antes de que llegara Naru o Motoko. Entonces, una luz en las alturas atrajo la atención de todo mundo. Los cielos se iluminaron con un poderoso resplandor. Desde la bahía de Tokio hasta el pie de las montañas, todo humano se quedó petrificado ante la sobrecogedora belleza del fenómeno. Los automóviles se detuvieron y sus conductores bajaron para observar lo que ocurría. Entonces comenzó el principio del fin.

       La luz creció notablemente. Se volvió brillante, demasiado para mirarla. Todo el mundo en un par de kilómetros tuvo que apartar la vista, ocultando la cara con los brazos. Empezó a escucharse un sonido sordo y agudo, como el de una avalancha, aumentando cada vez más el volumen hasta convertirse en un insoportable estruendo que causó pánico entre la población.

       —¡Tengo que hacer algo! —exclamó Roberto—. Llego el momento de que el gran Caballero dorado de Leo haga su aparición.

       En cuestión de segundos, Roberto se puso la armadura dorada de Leo y con un salto se colocó por encima de un automóvil. La gente estaba aterrorizaba, abandonaban los vehículos y echaban a correr; otros subían la ventanilla y se agachaban mientras rezaban. Roberto observó que incluso el cielo casi había desaparecido.

       —¿Qué puede ser todo esto? —murmuró el Caballero dorado—. No percibo ninguna presencia dentro de esa nube blanca de luz. ¿Acaso se tratará de algún fenómeno natural? Pero nunca he visto nada parecido. Creo que debí poner más atención a las clases de química y física.

       —Roberto, que bueno que estás con nosotras —dijo una voz femenina a espaldas del caballero dorado—. Ahora podremos resolver esta crisis con tus poderes de Caballero dorado y guerrero saiya-jin.

       —Naru, que bueno que estés lista —repuso Roberto con una sonrisa de oreja a oreja, volviéndose por encima del hombro para ver a las cinco chicas que llegaban volando—. Sí combinamos tus poderes de Ángel del Fuego con los míos podremos derrotar esta amenaza.

       —Te seguiremos hasta el final —murmuró Sakura Kinomoto, el Ángel del Aire.

       —Sin ti nada podremos hacer, chii —convino Chii, el Ángel de la Tierra, agitando sus magnificas alas recubiertas de oro—. Kikyou-chan podría usar sus habilidades espirituales, chii.

       Roberto asintió de buena gana.

       —Lo primero que haremos es averiguar quién es el responsable de todo esto. Usaré mis habilidades telepáticas para localizar la mente del verdadero villano detrás de esta destrucción y luego lo detendremos todos juntos.

       —¡Será mejor que se apresuren! —exclamó Minako.

       Pero no había mucho tiempo para que Roberto y sus Ángeles pudieran buscar el origen de aquella ola de muerte que seguía aumentando de tamaño. El muro de destrucción iba directo hacia ellos. Lo único que se podía escuchar eran los gritos angustiosos y el estruendo de los edificios al ser engullidos por el resplandor.

       —Quizá el enemigo se oculta detrás de la nube —Sakura se elevó por los aires. Su intención era observar el misterioso fenómeno de cerca y averiguar si podía sentir alguna presencia maligna en el interior. Estaba usando sus poderes cuando la ola de luz aumentó de tamaño en dirección a ella y comenzó a quemarle las alas—. ¡Ayúdenme! ¡Auxilio!

       —¡Sakura! —le gritó Roberto, pero fue demasiado tarde.

       El Ángel del Aire trató de huir, agitando sus alas heridas. Pero cuando el muro de energía se aproximó demasiado, Sakura se desintegró y no quedó ni el menor rastro de ella. Era como si jamás hubiera existido. Roberto se enfureció en el acto y lanzó varias ráfagas de luz contra la ola de energía que seguía avanzando, pero ningún de los ataques surtió efecto. Igual suerte corrieron los ataques de fuego de Naru, las flechas espirituales de Kikyou y los poderes terrenales de Chii. Los ojos de Roberto destellaron con una mezcla de rabia y poder. Nadie parecía ser capaz de detener aquella nube blanca.

       —¡Usaré todo mi energía en esta técnica! ¡No me interesa si agoto todas mis fuerzas!

       —No, Roberto, podrías destruir la Tierra —lo previno Kikyou—. Recuerda que tus poderes son demasiado grandes.

       —Creo que la Tierra ya está siendo destruida —le aclaró Minako—. ¿Por qué todas las Ángeles de Roberto son así de… “inteligentes”?

       Usando toda su energía interna, Roberto estiró los brazos para descargar un potente rayo dorado que impactó dentro de la nube de luz… . No obstante, el resplandor continuó avanzando a la misma velocidad. Quizá lo más horrible era la lentitud con la que se desplazaba. Una explosión nuclear habría incinerado a las victimas inmediatamente, antes de que se dieran cuenta de lo que ocurría. Pero esta luz se desplazaba como una inundación, dejando que sus victimas tuvieran tiempo para verla venir. En un abrir y cerrar de ojos, engulló a Naru en el aire y la consumió hasta desaparecer. Por otra parte, Kikyou y un grupo de chicas que trataban de huir por la calle murieron aplastadas cuando un edificio se derrumbó sobre todas ellas. Cuando el polvo del derrumbe se hubo disipado, el resplandor ya había absorbido toda la manzana.

       En lo más alto, el rugido de los motores desgarraba el cielo. Una escuadra de veinte aviones caza volaban hacia la ola blanca de energía a toda velocidad. Los aviones descargaron una andanada de doce mísiles que desaparecieron dentro del muro de destrucción. El ruido sordo de ametralladoras, proyectiles y pequeños morteros llenaron el aire cuando un grupo de militares apoyados por tanques y vehículos blindados comenzó a abrir fuego desde diferentes posiciones, pero no tuvieron más suerte que los aviones. Dos escuadrones de helicópteros de combate se unieron al ataque y dispararon decenas de mísiles que penetraron dentro de la nube luminosa sin explotar.

       —Chii, los militares tratan de ayudar, pero es inútil —murmuró Chii.

       —¡Huyan, muchachos! —les gritó un soldado que llevaba un niño en brazos—. No queda nada vivo en esa dirección. Esa cosa blanca se traga todo lo que toca. Muchas personas han desaparecido y nadie sabe lo que pasa.

       El soldado siguió su camino y se perdió entre las miles de personas que trataban desesperadamente de salvarse, pero lo que ninguno de ellos sabía era que no había sitio en el que pudieran ir a refugiarse. La Tierra misma estaba siendo consumida por aquel infernal resplandor y nadie podía hacer nada para evitarlo, ni siquiera el héroe que había logrado salvarlos en innumerables ocasiones.

       —¡Oh, no! He fallado, todo se ha perdido —musitó Roberto, cayendo de rodillas al suelo y con el ánimo destrozado—. ¿Por qué no pude salvar a Naru y a las demás? ¿Acaso se trata del fin del mundo? ¿Quién es el responsable de esto? Dios, dame una respuesta… .

       —Este es el destino que merecían —dijo una voz imponente.

       —¿Quién demonios eres tú? —Roberto alzó la mirada y descubrió la imponente figura de un guerrero levitando a varios metros del suelo. El Caballero de Oro sintió que le hervía la sangre por las venas—. ¿Tú hiciste esto? ¡Te mataré! ¡No sabes con quien… .

       Una potente ráfaga de luz que salió de la mano del guerrero casi le arrancó el hombro y fracturó la armadura dorada de Leo. La fuerza del impacto lanzó a Roberto contra los escombros de un edificio derruido, sangrando y aturdido. Chii estaba impresionada. No sabía quién era el guerrero que acababa de herir a Roberto, pero podía sentir el  horrible poder que despedía. Y era un aura llena de maldad y odio, era un aura que aterrorizaba.

       —Tu parloteo constante me irrita, muchacho —dijo el guerrero.

       Roberto aún lograba oír, pero el aturdimiento y el intenso dolor que sentía le impedían levantarse, mucho menos combatir. Se arrastró como pudo hacia el individuo que lo había atacado y levantó la cabeza para mirarlo al rostro. No pudo hacer más que quedarse boquiabierto mientras que Chii se arrodillaba junto a él para tratar de ayudarlo.

       —¿Quién… eres tú?

       —Este mundo es un error, como todos los demás que he visto perecer antes —murmuró el guerrero mientras contemplaba a Roberto y al último Ángel—. Ustedes nunca debieron existir, pero ahora traeremos la pureza del olvido.

       —¿De qué estás hablando? —inquirió Minako—. ¿Por qué destruyes la… .

       El guerrero le dirigió una mirada impasible.

       —Este mundo no es más que un cementerio de sueños fallido, de renuncias, de desilusión y de olvido —levantó una mano y aniquiló a Minako de un disparo en la cabeza—. He contemplado la muerte de miles de mundos similares a este y en todos ellos he escuchado las mismas cosas.

       —No… te saldrás con… la tuya —murmuró Roberto, haciendo un último esfuerzo para ponerse de pie y luchar. No iba a morir sin presentar pelea, al menos debía intentarlo. El muro de destrucción arrasaba la ciudad, llevándose todo lo que encontraba en su camino—. ¿Cómo… te atreves a destruir mi mundo? ¿Qué quieres de nosotros?

       —Sólo quiero ver tu rostro cuando desaparezcas —repuso el guerrero con una sonrisa malévola y luego alargó una mano hacia Chii. De golpe, la chica de alas doradas explotó desde el interior, deshaciéndose en un millón de fragmentos tan pequeños como granos de arena que se esparcieron por el aire—. Es el fin de este mundo y así lo ha sentenciado mi amo.

       —¡Chii! —gritó Roberto mientras era absorbido por la luz—. ¡Nooooooo…. .

       Cada pared de cada edificio, cada árbol, cada señal de tránsito, hasta el asfalto del pavimento se desintegró. Era como un huracán, un incendio, una inundación, una bomba nuclear, todo concentrado en uno. El muro de destrucción provocó que los edificios se derrumbaran, desintegrándolos como si fueran espantapájaros frente a un tornado. La ola de energía se extendió, borrando la Tierra y su universo de la faz de la Existencia. Millones de vidas acababan de esfumarse para siempre. Era el ocaso final de un mundo que había sido enviado al olvido, un mundo que ya no existiría jamás.

       Celestia.

       —¡No!

       Calíope se tomó la frente con las manos mientras respiraba de manera agitada. El fuego que iluminaba la habitación continuaba consumiendo los leños sobre los cuales ardía. Había tenido la misma visión durante días, pero siempre con personas diferentes, aunque semejantes. En todas sus meditaciones presenciaba la inevitable destrucción del planeta Tierra y la muerte de numerosos guerreros que trataban inútilmente de impedirlo. Al principio la musa había atribuido aquellas visiones a sus temores reprimidos, pero ahora tenía el presentimiento de que algo estaba realmente mal. En alguna parte y en alguna época debía estar ocurriendo algún tipo de suceso.

       —Otra vez la misma visión —murmuró la joven—. ¿Por qué? ¿Qué tratan de decirme? Ha pasado mucho tiempo desde que he visto la muerte de ese pequeño planeta azul, pero sí algo malo estuviera ocurriendo mi padre lo habría sentido… .

       —¿Calíope?

       Una voz femenina llamó la atención de la joven, que volvió la mirada hacia la entrada de la habitación. En la puerta se encontraba su hermana Clío, mirándola con preocupación. A juzgar por el rostro de su hermana, Clío casi podía adivinar que algo grave le estaba ocurriendo a Calíope. Para nadie en Celestia era un secreto que las musas poseían una empatía muy especial y ocasionalmente cuando una de ella sufría, alguna de las otra podía experimentar dicha sensación, aunque también había casos en que todas compartieran la misma emoción.

       —Disculpa, ¿interrumpí tu meditación?

       —No, claro que no, hermana —se apresuró a responder Calíope—. Es sólo que no he podido descansar como yo hubiese deseado. He tenido visiones terribles sobre destrucción y muerte, aunque no sé si son simbólicas o reales. ¿Crees que debo preocuparme por eso, hermana? Tal vez debería hablarlo con Cronos o Urano.

       Clío entró en la habitación mientras Calíope se levantaba del suelo.

       —¿Hace cuanto que comenzaste a tener estas visiones?

       —No lo sé con exactitud —Calíope miró el fuego que ardía dentro de la chimenea—. He pasado por esto antes, pero no con tanta frecuencia. Me preocupa que sean un anunció de algo que esté por ocurrir… .

       —O que  tal vez está ocurriendo —dijo Clío, terminando la frase por ella—. ¿No has pensado que tus visiones puedan ser reales y no metáforas?

       —Más veces de las que puedas imaginar.

       —Creo que es hora de que averigüemos lo que está ocurriendo —dijo Clío con determinación—. Debemos asegurarnos ¿Por qué no miramos a través de las corriente del tiempo y el espacio?

       Calíope asintió con la cabeza y salió de la sala de meditación con paso apresurado. Clío fue tras ella y las dos musas subieron por una escalera que las llevó hasta un laberinto de pasadizos y puertas. Las dos pasaron a través de un pasillo que las condujo hasta el interior de una enorme sala, cuyo interior estaba sostenido por cuatro magníficos pilares dorados. En el centro de la habitación había un gigantesco estanque circular rodeado por cuatro obeliscos blancos. Las musas se tomaron de las manos y elevaron sus rostros en una plegaria

       —El agua está tranquila… —comenzó Calíope.

       —… pues sólo en la quieta se ve nuestro reflejo… —la siguió Clío.

       —… en el universo el tiempo fluye como el agua…. —continuó Calíope.

       —… y no conduce hasta el infinito —terminó Clío mientras el agua cobraba vida y se transformó en un torbellino turbulento. Luego estalló en toda la habitación como un gigantesco huracán.

       Cuando todo volvió a la normalidad, las aguas mostraron una nítida imagen que dejó aterradas a las dos musas. Las visiones de Calíope no eran una metáfora como Clío había sospechado. Una cortina de luz se abalanzaba sobre el planeta Tierra y lo despedazaba a medida que lo iba engullendo. El genocidio comenzaba de nuevo en otra de las incontables Tierras que había en el Multiverso. La destrucción era absoluta.

       Calíope no podía creerlo y sólo alcanzó a murmurar unas cuantas palabras:

       —Creador, estamos ante una…  Crisis Universal.

       Continuará… .

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