Leyenda 010

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPITULO X

PRELUDIO DE MUERTE

       La flota de naves aliadas aminoró su velocidad y se detuvo a cuatrocientos mil kilómetros del sistema estelar Yav. En cuanto los técnicos de navegación y naves exploradoras concluyeron que no había señales de presencia imperial en los alrededores, la reina Andrea dio la orden de acercarse al planeta Noat.

       Los escuadrones de combatientes ya se encontraban en los hangares de todas las naves alistando sus cazas y en espera de instrucciones. Un ambiente de incertidumbre se había apoderado de todos los tripulantes de aquellos enormes cruceros espaciales, quienes no tenían ni la menor idea de cual iba a ser su destino a partir de ese momento.

       Desde una plataforma en lo alto con vista al enorme hangar del Destructor Artemisa, Asiont y Astrea contemplaban con curiosidad como los equipos de mecánicos revisaban las largas hileras de naves y las preparaban para el despegue. Hombres y mujeres, vestidos ya con sus trajes de piloto, conversaban reunidos en grupos a lado de sus naves mientras otros esperaban pacientemente en las cabinas a que llegara el momento de entrar en acción. En cada rincón del gigantesco hangar, que estaba hasta los topes de naves de todo tipo, se repetía la misma escena.

       —Se solicita que todo el personal de combate se reporte con sus comandantes inmediatamente —dijo una voz femenina por las emisoras—, el despegue… .

       —Al fin hemos llegado al planeta Noat —masculló Asiont sin apartar la mirada de los combatientes y con las manos entrelazadas sobre la barandilla de la plataforma—. Por un momento pensé que no lograríamos salir del planeta azul a tiempo.

       —Es verdad, pero afortunadamente todo ha salido bien hasta ahora —convino Astrea, volviendo el rostro hacia su joven amigo—. ¿Te sucede algo? No te ves muy tranquilo, estás preocupado, ¿verdad?

       Él sonrió levemente y bajó la cabeza. No sabía cómo expresarlo, pero desde hacía unos momentos había empezado a tener una extraño presentimiento, una sensación que lo inquietaba, una sensación que le indicaba que algo malo estaba a punto de pasar.

       —No lo sé exactamente —murmuró en voz baja—. Es como una angustia que no me deja tranquilo ni un solo momento —se tomó la frente y llevó sus ojos hacia Astrea—. Temo que algo terrible pueda suceder.

       Ella le sonrió para darle ánimos. No quiso decir nada, pero interiormente también experimentaba aquella extraña sensación de la que le hablaba Asiont, pero prefirió aparentar que las cosas marchaban bien y no quiso decir nada.

       —No pienses tanto en esa ansiedad. Mantén tu mente enfocada en el aquí y ahora. 

       La  princesa Mariana apareció por la única puerta de acceso a la plataforma. Llevaba puesto el ajustado uniforme de piloto y sostenía un casco blanco entre sus manos.

       —Astrea. Asiont.

       Los Celestiales se volvieron inmediatamente hacia la chica luego de escuchar sus nombres.

       —Princesa Mariana, ¿qué sucede? —preguntó Astrea, alejándose de la barandilla—. ¿Has venido a ver el despegue de las naves?

       La joven sonrió de buena gana.

       —Ojalá pudiera. Tu amigo Cadmio te anda buscando y me pidió que te dijera que quiere verte ahora mismo. Parecía muy impaciente.

       Astrea enarcó una ceja.

       —¿Cadmio? ¿A mí? —se volvió para mirar a Asiont por encima de su hombro—. Vaya, no imagino qué es lo que querrá ahora. Quizá quiera conversar sobre la batalla del planeta rojo.

       Él hizo un encogimiento de hombros despreocupadamente, pero no se atrevió a hacer algún comentario.

       —Dice que necesita verte cuanto antes —dijo Mariana—, que tiene que hablar un asunto muy importante contigo.

       —Un asunto importante, ¿eh?  pues entonces no lo hagamos esperar —dijo Astrea mientras caminaba hasta detenerse a un lado de Mariana—. Asiont, no te preocupes por ese presentimiento —añadió sin volver el rostro—. Seguramente no debe de tratarse de nada importante —tras decir esas palabras, reanudó su camino y abandonó el hangar.

       Asiont no sabía que pensar. Durante los años de entrenamientos como Caballero Celestial, sus Maestros le habían insistido una y otra vez que siempre debía estar atento a lo que sintiera, y el escuchar que una Celestial le dijera lo contrario le pareció un tanto extraño.

       —¡Ajá! —exclamó Mariana con una enorme sonrisa, sacándolo de sus pensamientos—. ¡Ya te estuve viendo hace un momento!

       Asiont no pudo evitar sonrojarse.

       —¿De qué rayos estás hablando?

       Mariana se le acercó y sujetó el colgante que Astrea le había obsequiado.

       —Me refiero a esto, pícaro —murmuró con una sonrisa—. ¿O me vas a decir que te lo dejó tu abuelita antes de fallecer?

       —¿Qué dices?

       Con un movimiento de su mano, Asiont le arrebató el pendiente y se lo guardó bajo el cuello. ¿Mariana los había estado observando? ¿Desde hacía cuanto? Y sí así era eso significaba que ella… .

       —Te vi besándote con ella, Romeo —declaró Mariana, confirmando las sospechas de Asiont—. Se ven bastante bien los dos juntos, dime ¿acaso son pareja o algo así?

       —¿Nos estabas espiando? —le inquirió Asiont completamente ruborizado.

       —Vamos, no te enojes, fue sin querer.

       —¿No te ha dicho tu madre que espiar es una fea costumbre?

       Mariana volvió a relucir su típica sonrisa de niña traviesa.

       —¿En serio? —le inquirió a la vez que lo golpeaba el hombro—. Pues sí no mal recuerdo cuando aún estábamos en la Tierra tú estuviste escuchando una conversación entre mi madre y yo ¿o no, señor “fea costumbre”?

“Maldición”. pensó Asiont. “No esperaba que se acordara de eso”.

       —Bueno, pero no puedes comparar… .

       —No te enojes, por favor —le interrumpió la chica—, Se ven bien juntos. Creo que hacen una buena pareja.

       —¿En serio lo crees?

       La joven respondió con una leve sonrisa y asintió con la cabeza.

       —Si, sí no son novio creo que deberías declarártele ahora mismo.

       —Olvida esas cosas. La situación no está para eso.

       —¡Aggh! Como me chocan los hombres —murmuró Mariana en voz alta al tiempo que se colocaba de espaldas a la barandilla y cruzaba los brazos—. Sí los dos se quieren, ¿cuál es el problema? ¿No la deja su mamá o qué?

       Asiont no pudo evitar sonreír. La manera de ser de Mariana lo divertía.

       —No, pero hay cosas que ignoras, cosas que hacen imposible que… .

       —¿Qué cosas? —le interrumpió Mariana—. Vamos, puedes contarme. En cuestión de secretos, se puede decir que soy toda una tumba.

       —¿Una tumba? —repitió Asiont contrariado—. ¿Qué significa eso?

       —Ah, olvidaba que eres de otro planeta —murmuró con fastidio—. Mi madre me enseñó esa expresión, significa que no le cuento a nadie lo que me confían.

       El Celestial la miró con desconfianza.

       —¿En serio? No conocía esa expresión. Es extraña.

       —Anímate —insistió la chica decidida a no darse por vencida—. Vamos, cuéntame.

       —Está bien, pero no le digas a nadie, ¿de acuerdo?

       —Si.

       —Bueno, lo que pasa es que Cadmio siente algo por Astrea y… .

       Mariana dejó caer el casco al suelo.

       —¡¿Cadmio está enamorado de Astrea?! —gritó con fuerza, atrayendo sin querer la atención de algunos cuantos curiosos—. ¡No puedo creerlo!

       —¡Cállate! —le ordenó Asiont al tiempo en que le tapaba la boca con una de sus manos—. ¿No que eras una “tumba”?

       Mariana le quitó la mano de su boca e intento fingir una sonrisa sin conseguirlo. En realidad estaba apenada.

       —Lo siento, es que me sorprendí bastante —se disculpó—. Lo que pasa es que no puedo concebir que un sujeto tan amargado como Cadmio pueda estar enamorado de Astrea. Me parece absurdo.

       —Cadmio no es un amargado —afirmó Asiont mientras recargaba su espalda en la barandilla—. Es sólo que piensa que los Caballeros Celestiales deben mostrarse fuerte ante los demás, ¿comprendes?

       Mariana junto ambas manos y suspiró con emoción.

       —¿En serio? Me encanta ver eso en un hombre. Creo que es muy tierno.

       —Bueno, supongo, pero él no ha dejado de amarla y me sentiría mal sí… .

       —¿Es que eres tonto? —le preguntó la chica sin medir sus palabras—. Sí estás con esas cosas, entonces nunca estarás al lado de ella.

       —Lo que pasa es que no entiendes, Cadmio me guarda rencor por haber apartado a Astrea de su lado. 

       Mariana recogió su casco y fulminó a Asiont con la mirada.

       —Me chocas, no eres tan listo como pensaba.

       El Celestial abrió los ojos de par en par.

       —¿Eh?

       —Creo que es bueno de tu parte que quieras llevar “la fiesta” en paz con Cadmio, pero ¿qué hay de ti? ¿Acaso te vas a quedar toda la vida esperando como idiota?

       Asiont bajó la cabeza y reflexionó unos instantes. ¿Cuantas veces se había hecho esas mismas preguntas y no había encontrado respuestas que lo dejara satisfecho?

Astronave Aurora

       Las puertas de acceso al puente de mando se abrieron de golpe dando entrada a Sepultura, el Khan de la Muerte. La sola presencia del guerrero provocó cierto temor y nerviosismo entre todos los oficiales y técnicos que ahí se encontraban. José Zeiva, por su parte, se levantó de su puesto y dio la bienvenida al Khan.

       —Saludos, yo soy José Zeiva… .

       —Sé quien eres, emperador de Endoria, no hace falta los formalismos —le interrumpió el Khan ásperamente, mirando de reojo a todos los presentes hasta que sus ojos amarillos se posaron sobre Lilith y Sigma—. No entiendo por qué el emperador le pidió a esos dos que vinieran también. Supongo que no desea correr ningún riesgo, pero al menos hubiera escogido a personas más competentes.

       José volvió la mirada hacia Lilith un momento y luego encaró al Khan de la Muerte nuevamente. Había algo en ese guerrero que lo inquietaba, algo que no le inspiraba confianza.

       —Supongo que tú eres el Khan de la Muerte. He oído mucho de ti y tus hazañas.

       Sepultura lo miró con aburrimiento.

       —Me dijeron que vamos a buscar a unos Celestiales que escaparon del planeta azul. No creí que aún quedaran algunos de ellos con vida, pero vamos a arreglar eso. No dejaré a ninguno escapar.

       José asintió con la cabeza.

       —Es correcto, Sepultura. El emperador N´astarith quiere que nos aseguremos de acabar con esos malditos guerreros. Por cierto, tú eres el mismo que terminó con la conquista de Querube, ¿cierto?

       —Puedo decirte que no sólo hice eso. También me encargué de cortarle la cabeza al rey de ese planeta y a sus inútiles generales. Ahora sus cráneos forman parte de mi preciada colección de victimas.

       Lilith y Sigma se acercaron. La Khan de Selket miró a su compañero con desprecio.

       —Cuando el emperador me dijo que te había llamado debí contener mi sonrisa. Es una desagradable sorpresa tener que verte de nuevo. 

       El Khan se cruzó de brazos y sonrió con arrogancia.

       —Lo que no puedo entender es como es que el gran N´astarith haya seleccionado a una guerrera tan inútil como tú para esta misión. Debería quedarte en Armagedón, Lilith. Sólo serás un estorbo.

       Lilith frunció el entrecejo, irritada y enseguida cerró un puño con furia.

       —¿Cómo te atreves, escoria? Aunque el emperador te haya mando llamar espero que no te interpongas en mi camino. Estoy cansada de que algún idiota como tú interfiera con mis planes.

       Sepultura dejó escapar una leve sonrisa de burla y volvió el rostro hacia José, ignorando los reclamos de su compañera.

       —¿En cuanto tiempo más iremos tras eso fracasados que huyeron del planeta azul? Estoy ansioso por matar a esas basuras de la Alianza Estelar.

       José pareció volver de un trance.

       —¿Eh? Tienes razón ya es hora… .

       —Disculpe, señor —dijo el almirante endoriano Jasanth mientras se acercaba para hacer un anunció—. Estamos recibiendo una transmisión desde Armagedón. Creo que se trata del emperador N´astarith.

       —¿Del emperador? Bien, conecten el comunicador holográfico —ordenó José.

       El holograma tardó unos segundos en aparecer. Cuando lo hizo, la tétrica figura del emperador N´astarith cobró forma dentro de él.

       —Mi señor —exclamó Sepultura apenas se terminó de formar el holograma—. ¿Cuáles son vuestras ordenes?

       —Deben dirigirse de inmediato al planeta Noat —siseó N´astarith—. Existe un reducido grupo de Caballeros Celestiales entre los combatientes de la Alianza Estelar que escaparon de la Tierra. Su misión será encontrarlos y eliminarlos, que no quede ni uno solo con vida. Hagan lo mismo con los demás miembros de la Alianza que encuentren con ellos.

       —Claro, mi señor —dijo Lilith confiadamente—. No tenga preocupación que yo misma me aseguraré de darles el golpe final a esos desgraciados infelices.

       La figura del emperador de Abaddón sonrió satisfactoriamente.

       —Espero que así sea —se inclinó hacia el emperador de Endoria—. José, ¿están listos para partir?

       José Zeiva dio un rápido paso al frente.

       —Sí, mi señor, he reunido a siete destructores imperiales. Nos preparamos para ir hacia el sistema estelar Yav en cuanto… .

       —Eso no será necesario —le interrumpió N´astarith—. Usaremos el Portal Estelar para crear una puerta dimensional que los traslade hasta las fronteras del sistema Yav. Una vez ahí podrán tomar por sorpresa a las naves enemigas… .

       Mientras N´astarith terminaba de explicar los pormenores de su elaborado plan, Sigma cayó en cuenta que le faltaba un disco de memoria de su R.E., uno que supuestamente debía llevar en su cinturón.

       —Que extraño —murmuró mientras revisaba sus ropas—. No encuentro el disco principal de mi R.E. ¿acaso se habrá perdido durante mi batalla con ese tal Hyunkel?

       Sigma comenzó a recordar cada uno de los eventos sucedidos en la dimensión donde habían encontrado la primera gema, de pronto y sin saberlo, la imagen del viejo Edipse apareció en su mente.

       —No puede ser —murmuró en voz baja—. ¿Habrá sido ese maldito viejo? Pero es imposible. Yo soy un Espía Estelar y es difícil que alguien me engañe a menos que… . ¡Ese miserable infeliz era un Espía Estelar como yo!

       Sigma lanzó una mirada a sus aliados, quienes todavía escuchaban atentamente a N´astarith y exhaló nerviosamente.

       —Ahora que recuerdo, el gran N´astarith mencionó que la nave que nos siguió hasta aquel universo era de la misma clase que usan algunos Espías Estelares. Eso significa que ese supuesto Celestial iba con alguien más. ¡Maldita sea! Ahora todo cobra sentido, su acompañante debió ser ese tal Edipse y él fue quien me quitó el disco ¡Diablos! Tenía información muy importante referente al Portal Estelar y las doce gemas ahí guardada, y lo malo es que no puedo decir nada ya que obtuve esa información clandestinamente. Sí el emperador se llegará a enterar de lo que he hecho, me mataría. Lo mejor será que me quede callado hasta que encuentre la manera de salir librado de esto .

       —¿Qué rayos murmuras? —le inquirió Lilith, extrañada—. ¿Acaso estás loco?

       Sigma se volvió hacia la Khan de Selket aparentando absoluta tranquilidad.

       —Sólo me preguntaba cuantas naves vamos a encontrar en Noat.

       N´astarith terminó de hablar y miró a todos sus servidores fijamente.

       —Eso es todo, asegúrense de que nadie salga con vida del sistema.

       —Sí, mi señor —repuso José, pero el holograma ya había desaparecido. El emperador endoriano contempló por unos momentos el espacio vacío que había dejado tras de sí y después se volvió hacia el capitán de la nave—. Jasanth, informa a las demás naves del plan. Es hora de partir y esta vez quiero que peleen hasta el final, que no quede una sola nave aliada en pie.

       El almirante endoriano asintió con la cabeza.

       —De inmediato, mi señor.

Distrito de Nerima

       La gigantesca nave extraterrestre detuvo su marcha sobre el centro de la imponente capital de Tokio oscureciendo todo bajó ella. Con la mirada puesta en las alturas, miles de curiosos contemplaban detenidamente aquel extraño disco de gigantescas proporciones.

       Algunos estaban tan absortos mirando el Devastador abbadonita que no advirtieron a un pequeño grupo de personas había salido de la nave espacial para ir volando hacia el distrito de Nerima. Muchos alzaron los dedos para señalar al grupo de siluetas que acababan de emerger del enorme disco, pero fue inútil. En sólo unos segundos, aquellas figuras se habían perdido en las alturas.

       Surcando los cielos a una gran velocidad gracias a sus poderes, los Khans guerreros de N´astarith examinaban la ciudad mientras se dirigían hacia el sitio donde sus escáneres visuales les indicaban estaba la gema estelar.

       —Muy bien, Sarah —exclamó Sombrío mientras apretaba el único botón del escáner visual, confirmando la ubicación de la gema sagrada—. Esa piedra debe estar cerca de aquí. Según veo, los seres de este patético planeta no poseen grandes avances tecnológicos. Son una raza bastante inferior.

       —Eso significa que esto será muy fácil —murmuró Sarah, volviendo la vista hacia un tercer Khan que volaba algunos metros por atrás de ella y Sombrío—. ¿No lo crees, Belcer?

       Un joven de larga cabellera dorada y armadura color verde oscuro incrementó su velocidad hasta emparejarse con sus compañeros. Se trataba de Belcer, Khan del Golem.

       —Así parece, Sarah —murmuró Belcer, girando su rostro de lado a lado—. Esa leyenda no es del todo exacta como suponía el emperador. No detectó grandes niveles de ataque en toda esta área.

       Con una sonrisa en el rostro, Sombrío llevó la vista hasta Belcer para mirarlo con algo de recelo.

       —Bueno, y aún sí hubiera algún guerrero que valiera la pena, no sería ningún obstáculo para un Khan tan poderoso como yo —afirmó despreocupadamente mientras cerraba un puño lentamente—. Podría destruirlo en un instante sin la necesidad de que ustedes intervinieran.

       Sarah y Belcer se miraron entre sí con aburrimiento Era obvio que su camarada Sombrío sufría de un verdadero exceso de confianza que en ciertas ocasiones resultaba irritable.

Tokio, Japón (Distrito Nerima)
Dojo Tendo

       Como casi todas las tardes libres, Akane acostumbraba pasar el tiempo practicando las artes marciales en el patio de su casa. Era la manera más efectiva que la chica conocía para deshacerse del malhumor y todas sus preocupaciones.

       —¡¡Kiiaaa!!

       Con un rápido y certero puñetazo, la chica logró partir en dos una pequeña tabla de madera sostenida entre dos bloques de piedra con asombrosa facilidad.

       Akane retiró su mano lentamente. Era curioso, pero aunque llevaba bastante tiempo entrenándose sentía que sus habilidades aún no eran tan buenas como ella deseaba.

       —Pero que tonta soy —murmuró mientras contemplaba los pedazos de la tabla—. ¿Cómo puedo estar tan preocupada por un simple sueño?

       —¿Sigues pensando en esa pesadilla? —preguntó una voz a sus espaldas—. Veo que aun preocupada puedes seguir entrenando.

       Akane se giró sobre sus talones.

       —Ranma —musitó en un susurro apenas audible.

       El joven Saotome se acercó lentamente con las manos en los bolsillos. Akane, por su parte, lo miró con dulzura, ligeramente sonrojada. Aunque no lo manifestaba, interiormente le agradaba saber que Ranma se preocupaba por ella.

       —Vamos —dijo el chico—. Cuéntame, ¿qué sucede?

       —Ranma —musitó Akane con los ojos iluminados mientras el chico se rascaba la mejilla con el dedo sin saber como reaccionar—. lo que pasa es que… .

       ¡PAM! Antes de que Akane pudiera terminar la frase, una linda jovencita china de largo cabello arrolló a Ranma con una bicicleta.

       —¡Nihau, Ranma! —exclamó la recién llegada con un recipiente de comida china en una mano y el manubrio de la bicicleta en la otra.

       —¡Shampoo! —exclamó Ranma furioso—. ¡Ten más cuidado!

       Shampoo le sonrió con dulzura ignorando por completo sus reclamos.

       —Vamos, Ranma, este es un día muy hermoso para pasear, ¿no lo crees?

       Ranma miró a Shampoo con recelo. A pesar de que ésta le simpatizaba como amiga, le molestaba que lo acechara de aquella manera tan descarada.

       —¿Pasear? olvídalo —respondió el chico cruzando los brazos por atrás de su cabeza mientras y alzaba los ojos en un gesto de aburrimiento—. Eso es demasiado trivial para alguien como yo.

       Sin prestar atención a aquellas palabras, Shampoo se acercó a Ranma para prenderse de su brazo con ambas manos. No estaba dispuesta a darse por vencida, no tan fácilmente.

       —Por favor, Ranma, será divertido.

       —¡Oye, ya te dije que no! —insistió el chico, claramente molesto.

       Con sólo ver aquella escena, Akane frunció el entrecejo furiosa. No podía ocultar los celos que le provocaban el ver a su prometido del brazo de otra chica.

       —¡Oye, Suéltalo! —exclamó, empujando a Shampoo para que soltara a Ranma.

       —¡No intervengas! —protestó Shampoo molesta.

       Viendo que las chicas estaban a punto de iniciar una discusión, como ya era costumbre, Saotome intentó tranquilizar las cosas colocándose entre ambas.

       —Oigan, cálmense, por favor —les dijo—. No es necesario que… .

       Ranma no alcanzó a terminar la frase. Justo en ese instante, la barda del jardín explotó en mil pedazos cautivando la atención de los chicos. Una densa cortina de humo y polvo se levantó en el lugar de la explosión.

       Ranma avanzó unos cuantos pasos para ver si podía mejorar su visión, pero fue inútil.

       —Ranma, ¿qué sucede? —inquirió Akane mientras se protegía los ojos del polvo.

       En ese momento, Soun y Genma salieron de la casa atraídos por el ruido.

       —¡Oh, no! —gimió Soun—. Mi barda, ¿quién me causó este daño?

       Lentamente, la inmensa nube de polvo y humo comenzó a asentarse lentamente y poco a poco, Ranma y los otros empezaron a divisar varias siluetas a través del humo.

       —Vaya, vaya —exclamó una voz de mujer desde de la nube—, que lugar tan acojedor.

       —Basta de tonterías —protestó Belcer—. Vayamos por la gema estelar de una buena vez.

       Cuando finalmente la cortina de humo desapareció, Ranma pudo distinguir claramente a los Khan guerreros de Abbadón. Atrás de estos había todo un pelotón de soldados imperiales fuertemente armados.

       —¿Quiénes son todos ustedes? —les preguntó Soun.

       Sombrío miró a Ranma y a los demás de arriba abajo con aburrimiento.

“¿Acaso la gema realmente se encuentra en este lugar?”, pensó dubitativo. “Estos idiotas no tiene mucho poder”.

       —Apártense del camino, gusanos. Hemos venido por la gema del Portal Estelar —declaró en un tono enérgico y amenazador, tratando de infringir temor entre los presentes con sus palabras—. Somos los Khans, guerreros del imperio de Abbadón y servidores del todopoderoso emperador N´astarith.

“Ahora todos huirán de mí”, pensó Sombrío inflado de orgullo. “Deben estar muertos de miedo”.

       Pero Ranma y los demás se quedaron de una pieza, abriendo enormemente los ojos y sin entender una sola palabra de lo que habían escuchado. Se podía decir que sentían cualquier emoción menos temor. Al ver que su “espectacular” presentación no había causado el efecto deseado, una gota de sudor frío recorrió el cuerpo de Sombrío.

       —¿Khan? ¿N´astarith? —murmuró Ranma con cara de no entender nada.

       Atrás de él, Akane y los demás también estaban completamente intrigados, mirándose unos a otros con desconcierto.

       Con una gran experiencia en malentendido, confusiones y toda clase de embrollos, el joven Saotome se volvió furioso hacia su padre intuyendo la única explicación posible para la aparición de aquellos extraños sujetos.

       —¡Papá! —gritó irritado—. ¿Qué diablos fue lo que hiciste ahora?

Reino dePapunika.

       Dai, Poppu, Leona y los demás estaban escuchando atentamente las palabras de Lance, quien luego de algunas dificultades, finalmente había conseguido darles a entender de donde habían venido él y Eclipse, también les contó de la Alianza y del grave peligro que corría su mundo al ser invadido por los guerreros del imperio.

       —Sí N´astarith consigue las doce gemas significará el fin de la Alianza Estelar, de eso no hay la menor duda —y con ello dio por terminado su relato.

       Todos guardaron silencio tratando de asimilar las palabras del joven Celestial.

       —¿Entonces ni tú, ni Eclipse pertenecen a esta… Tierra? —preguntó Leona, tratando de cuidar sus palabras.

       Lance asintió.

       —Así es, Leona, hemos venido desde otra realidad para intentar evitar que nuestros enemigos se apoderaran de la gema presente en su reino.

       Poppu se cruzó de brazos y repuso:

       —Todo esto me parece increíble. Aun así, ¿cómo planean derrotar a ese tal N´astarith sí sus guerreros son tan poderosos?

       —Bueno, sabemos de antemano que no será nada fácil, pero no por eso vamos a quedarnos sin hacer nada —respondió Lance—. Millones de seres dependen de que lo derrotemos.

       Poppu sonrió sombríamente.

       —Ojalá pudiéramos ayudarlos —comenzó a decir—, pero esos guerreros son demasiado para nosotros y no tenemos armas que puedan hacerles frente.

       Lance bajó la cabeza con preocupación. Al parecer no iba a obtener mucha ayuda en aquella dimensión.

       Leona, por su parte, volvió la vista hacia el rostro de Dai, quien entendió de inmediato las intenciones de la joven princesa del reino de Papunika. Sí los invasores iban a tratar de exterminarlos, entonces recibirían algo más que un insulto.

       —Vamos a pelear, debemos pelear —declaró ella con renovada determinación.

       —Es verdad, amigos —convino Dai, volviéndose hacia Lance—. Ustedes trataron de ayudarnos hace un momento y no podemos hacer menos.

       Poppu no podía creer lo que estaba oyendo. Iba a abrir la boca para decir algo, pero la súbita intervención de Eclipse lo obligó a esperar.

       —Bravo, bravo —farfulló con ironía desde una esquina del salón real—. Eso suena muy bonito, pero ¿están seguros de que saben con quien se están metiendo? Esos guerreros que atacaron su castillo son sólo una muestra del poder de N´astarith. Deben saber que esos Khans son famosos por acabar con planetas enteros.

       —¿Planetas? —repitió Marine, extrañada—. ¿Qué es un planeta?

       Lance trató de explicarlo.

       —Eh, bueno, verán; los mares, las montañas, los desiertos y los reinos en su conjunto forman lo que llamamos un planeta, es decir, un mundo. A su vez, los planetas flotan sobre un enorme espacio vacío que nosotros llamamos espacio. El espacio es aquello de color negro que se ve en los cielos durante las noches. Existen miles de planetas de donde venimos y muchos de ellos han sido destruidos por los guerreros de N´astarith.

       Dai se rascó la mejilla tratando de entender lo que el joven de armadura le decía.

       —¿Quieres decir que hay otros lugares más allá de los cielos, Lance?

       —En cierta forma, Dai.

       Hyunkel dio un paso al frente.

       —¿Crees que esos sujetos regresen?

       —Es bastante probable —respondió Lance, acariciándose la barbilla—. Ahora que saben que su mundo está atrasado en cuanto a tecnología se refiere es posible que quieran conquistarlo, Hyunkel.

       Poppu exhaló con preocupación.

       —Genial, como sí no tuviéramos suficientes problemas con el Ejército del Mal para que ahora nos ataquen esos guerreros.

       —Pues la cosa no mejorará mucho sí esos Khans regresan —le aseguró Hyunkel—. ¿Viste lo que su isla voladora le hizo a la ciudad?

       Dai se volvió hacia Lance.

       —Yo los ayudaré —dijo firmemente dando un paso al frente—. Sí no derrotamos a ese tipo llamado N´astarith todo nuestro mundo estará en peligro.

       Leona asintió con la cabeza.

       —Dai tiene razón, por favor acepten nuestra ayuda.

       —No lo sé —Lance parecía no muy convencido—. Quizás sea demasiado para ustedes y… .

       —Por favor —insistió el Caballero Inmortal—. Ustedes nos salvaron la vida, déjenos pelear por nuestro mundo.

       Lance se volvió para mirar a Eclipse. Éste se encogió de hombros despreocupadamente e hizo un gesto con la boca como sí no le importara el asunto. En realidad prefería que Dai y los otros no se involucraran en aquella guerra contra el imperio de Abbadón, pero a fin de cuentas ya estaban involucrados.

       —Bueno, supongo que podrían ayudarnos en algo —murmuró Lance finalmente.

       Una enorme sonrisa iluminó el rostro de Dai.

       —Bien, ¿y ahora que haremos?

       Eclipse abandonó su sitio y avanzó hacia el grupo.

       —Lo primero será viajar de regreso a nuestro… mundo —se volvió hacia Lance—. ¿O no señor, Caballero Celestial?

       En ese momento, Lance cayó en cuenta que el enorme Devastador Estelar imperial ya había abandonado aquel universo y con ello, la posibilidad de volver.

       —¡No puede ser! —exclamó Lance con preocupación—. Soy un completo idiota, ¿cómo volveremos a nuestro propio universo? ¡Estaremos atrapados aquí para siempre!

       Dai no entendía nada de lo que Lance estaba diciendo, pero a juzgar por la angustiada expresión de su rostro supo de inmediato que no se trataba de nada bueno.

       La flota de naves aliadas había tomado órbita geoestacionaria alrededor del planeta Noat. Como dos de los cinco cruceros que habían huido de la Tierra eran naves civiles, Andrea había dispuesto que se colocaran entre los destructores para brindarles mayor protección en caso de cualquier imprevisto.

       Algunas naves de transporte habían descendido al planeta para ir hasta la base aliada de la que los Celestiales habían hablado. La intención de los capitanes de la flota era recuperar todo lo que pudiera servirles para luego ir en la búsqueda del comando aliado con el que habían perdido todo contacto desde la batalla de Marte.

       En uno de los camarotes del Artemisa, Cadmio estaba guardando algunas cosas en una pequeña maleta cuando las puertas de acceso se abrieron para dar entrada a Astrea.

       —¡Astrea! —Cadmio no pudo ocultar el gusto que le causaba verla—. Que bueno que viniste, te había estado buscando… .

       —Sí, Mariana me lo dijo —lo interrumpió la chica—. ¿A que estás jugando ? Bien pudiste encontrarme usando tu percepción. ¿Por qué mandaste a Mariana?

       La expresión de Cadmio cambio por completo.

       —Estabas con Asiont y la verdad no tengo humor para verlo —hizo una pausa y se volvió para guardar lo último en la maleta—. Tengo pensado ir en busca del comando aliado mientras las naves se encuentran aquí en Noat. Creo tener una idea de donde puedo encontrarlos, pero no es seguro así que prefiero no arriesgar a la flota. Llevamos bastante civiles.

       Astrea se cruzó de brazos y se recargo con un hombro en la pared.

       —Me da gusto de que a pesar de que siempre pretendes mostrarte como un monstruo sin sentimientos, sí te preocupas por la gente.

       Cadmio cogió la bolsa y se volvió hacia Astrea.

       —La gente sí me importa, claro que yo no lo demuestro como ese inútil de Asiont. Aún no puedo entenderlo ¿qué rayos le viste?

       —Ah, vamos ¿todavía sigues con eso, verdad ? —el fastidió de Astrea era evidente.

       —¿Por qué, Astrea? —exclamó—. Todo era perfecto y él tuvo venir a que fastidiarlo todo.

       —¡No lo metas a él!

       —¡Maldita sea! —Cadmio soltó la maleta—. Lo que no entiendo es ¿por qué dejaste de amarme?

       —Nunca te ame —dijo la chica con tristeza—. ¿Es qué no lo entiendes? Te aprecio mucho, pero entiéndelo bien… No te amo.

       Cadmio bajó los ojos al suelo, herido con aquellas palabras.

       —Esperaba que eso no fuera verdad.

       Tomó la bolsa y abandonó el camarote sin decir una sola palabra. Astrea, por su lado, permaneció cabizbaja mientras unas cuantas lágrimas escurrían de sus ojos.

Continuará… .

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