Leyenda 087

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO LXXXVII

LA OPORTUNIDAD DE LA REDENCIÓN

Megaroad-01.

         En el puente de mando de la astronave, Claudia y Emily estaban dirigiendo la Megaroad-01 hacia la inmensa nave espacial alienígena que iba llenando el ventanal a medida que se aproximaban a ella. Shammy, Vanessa y Kim estaban examinando los diferentes monitores que reportaban el estado de la nave colonizadora.

         —De acuerdo con nuestros cálculos, necesitaremos al menos diez horas para completar todas las reparaciones —conjeturó Kim, dirigiéndose a Claudia.

         Shammy señaló hacia uno de los monitores.

         —Los escuadrones BlackSkull y Green regresan a la nave —informó—. La almirante ha dado instrucciones de relevarlos —añadió, llevando la mirada hacia Kim.

         —En ese caso que los escuadrones BlueRed y White salgan a patrullar —ordenó Kim en el acto—. No conocemos nada sobre este universo y no quiero que nos llevemos una sorpresa desagradable.

         Shammy asintió y continuó con sus labores. Unos momentos bastaron para que la nave terminara su aproximación, quedando a unos diez mil kilómetros de la Churubusco y a un costado de algunas naves de la GAU de tamaño mediano. El resto de la flota de las UN Spacy se quedó detrás de la Megaroad-01 con algunos Lightnings volando en las cercanías.

Astronave Churubusco (Área de Entrenamiento)

         Cadmio lanzó un golpe y mantuvo la posición mientras Jesús le observaba desde el centro de la habitación con su espada en la mano. Sin previo aviso, extendió el dedo índice derecho y disparó una veloz ráfaga de color azul que desgarró levemente el hombro de la chaqueta de Cadmio.

         —Aún no lo haces bien.

         Cadmio miró de hito en hito a Jesús.

         —¿Y tienes que fastidiarme la ropa para indicármelo? ¿O es acaso te estás divirtiendo a mis costillas, miserable?

         —Otra vez —ordenó el meganiano. Cadmio volvió a intentarlo y, tras lanzar tres golpes en el aire, volvió a recibir un disparo en su muñeca izquierda. Tenía la frente y el labio superior cubiertos de sudor debido tanto a su creciente irritación como al cansancio.

         —Si no te gustan mis atuendos, ¿por qué no mejor me lo dices de una maldita vez en lugar de estar destrozándolos? —masculló.

         Jesús se acercó a él y apretó los labios.

         —Lo que no me gusta es tu técnica.

         Cuando el rayo azul volvió a iluminar la habitación, Cadmio hizo rechinar los dientes, dio un paso atrás y atacó de nuevo. Pasaron unos segundos sin que recibiera el rayo azul, levantó la vista con precaución hacia Jesús y advirtió que asentía con los brazos cruzados.

         —Excelente, lo has hecho muy bien.

         Cuando el Celestial se disponía a repetir el mismo movimiento, empezaron a desfilar por su mente imágenes de Astrea y perdió la concentración. Se esforzó por concentrarse de nuevo, pero cuando lograba borrar el recuerdo de Astrea, le asaltaba la imagen de Tiamat o de N´astarith.

         —Tienes la mente en otro sitio —le espetó Jesús—. Siempre te ocurre lo mismo, ya te he advertido que debes enterrar tus sentimientos.

         Cadmio se volvió hacia él y replicó con rabia:

         —¿Cómo puedo dejar de sentir? Las emociones son inherentes a los seres vivos. No puedes pedirme que deje de sentir y me comporte como sí fuese una maldita máquina. ¿Es que acaso tú no tienes sentimientos?

         Jesús apoyó una mano en su cadera y le explicó con paciencia.

         —La venganza es un maestro cruel; agudiza los sentidos e infunde confianza, pero al final nubla el pensamiento y entorpece el ataque. Debes controlar tu furia y no que ésta te controle a ti. Es imposible que logres ganar una pelea sí te dejas llevar por tus emociones. En un combate es muy importante concentrarse en la técnica.

         —¡Ya estoy harto de tus tontos consejos y de tus estupideces! No haces más que darme sermones inútiles. Para dominar las técnicas, hay que luchar —objetó Cadmio mientras lanzaba un puñetazo al aire con fuerza. Jesús suspiró.

         —Si piensas de esa manera, no podré enseñarte nada.

         —No te pedí ayuda, pero acepté el entrenamiento porque creí que podría sacar algún provecho de todo esto. Sin embargo ya tenemos tres megaciclos aquí y no he aprendido absolutamente nada nuevo. Estoy cansado de tus palabras y de tus estúpidas recomendaciones. Deseo derrotar a los Khans y empezar una nueva vida, pero es obvio que así nunca lo conseguiré.

         Mientras lo observaba, Jesús pensaba en el hijo que había perdido en el pasado.

         —No voy a tolerar que un torpe que no sabe pelear adecuadamente me hable de esa manera. Si quieres ser un guerrero de verdad, empieza por comportarte como tal —dejó la espada de lado y levantó los puños—. Vamos a luchar.

         Cadmio retrocedió un paso y alzó las manos. Los contendientes describieron unos círculos mientras se miraban de hito a hito antes de que decidieran lanzarse el uno contra el otro. En lugar de actuar como le había enseñado Jesús, Cadmio comenzó a asestar golpes decidido a emplear su poder, más que su pericia, para doblegarle. Aunque su adversario repelía todos sus ataques, no cesó en su empeño y continuó atacando, lanzando puñetazos y patadas a gran velocidad mientras respiraba con dificultad. De improvisto, Jesús se alejó de Cadmio con un rápido salto hacia atrás y luego llevó las manos hacia un costado de su cuerpo como sí se dispusiera a formar un Sha-Ma-Sha. El Celestial observó a su antagonista y frunció la vista con recelo.

         —¿Qué es lo que está haciendo? —se dijo a sí mismo—. ¿Será posible que haya aprendido a hacer el Sha-Ma-Sha después de haberlo visto una sola vez? Eso es imposible, no puede ser.

         Una esfera de luz azul, y no blanca, apareció entre las palmas del príncipe meganiano, arrojando pequeñas descargas eléctricas por entre sus dedos. Una sutil sonrisa de confianza se dibujó en el rostro de Jesús, que fijó la mirada en los oscuros ojos de su pupilo. Cuando la bola de luz alcanzó un tamaño mayor, Jesús llevó sus manos hacia delante para lanzarla contra Cadmio.

         —¡Rayden Sha-Ma-Sha!

         Al ver aquella enorme esfera de energía eléctrica que se abalanzaba a toda velocidad sobre él, Cadmio abrió enormemente los ojos por la impresión. Su primera reacción fue alzar las manos para tratar de detenerla, pero cuando percibió el enorme poder que contenía ese ataque, supo enseguida que no iba a poder lograrlo. Moviéndose con una velocidad imperceptible para el ojo humano común, Cadmio desapareció del camino del Rayden Sha-Ma-Sha justo a tiempo; el rayo de luz describió una trayectoria zigzagueante y se estrelló contra una pared blindada, causando una atronadora explosión que desactivó la gravedad aumentada y activó las alarmas.

         Cadmio tenía la vista fija sobre el muro donde ese ataque se había impactado como sí tratara de asimilar todo lo que había sucedido. Jamás había visto que un guerrero pudiera imitar unSha-Ma-Sha después de verlo en acción una sola vez. Cuando finalmente recordó que estaba peleando se volvió hacia donde estaba su adversario, pero en ese momento se topó con que la palma extendida de Jesús Ferrer le apuntaba el pecho.

         —Como pudiste ver, he mejorado una de tus técnicas al combinarla con mi Beam Rayden —dijo Jesús solemne—. Debo felicitarte por poder esquivar ese ataque, sinceramente no esperaba que pudieras hacerlo a tiempo considerando lo difícil que era predecir los movimientos de ese Rayden Sha-Ma-Sha.

         —No puedo creer que hayas logrado hacer el Sha-Ma-Sha —murmuró Cadmio, lanzando una rápida mirada por encima del hombro para ver la pared dañada—. Y no sólo lograste hacerlo, sino que además lo combinaste con una de tus técnicas haciéndolo más letal todavía.

         —Da gracias a que las paredes de esta habitación están hechas con un material ultra reforzado que absorbe los estallidos —Jesús dejó escapar una ligera sonrisa y bajó el brazo. Cadmio frunció el ceño con extrañes—. Si la hubiera destruida probablemente habrías muerto asfixiado.

         —Es cierto, ahora que recuerdo los meganianos pueden sobrevivir en el espacio gracias a su sangre oxigenada —murmuró Cadmio, limpiándose el sudor de la frente con el puño derecho y exhalando un suspiro—. Lo que aún no puedo entender es cómo rayos pudiste combinar tu Beam Rayden con el Sha-Ma-Sha. ¿Es que acaso conoces algún truco para combinar técnicas especiales o algo así?

         Jesús se cruzó de brazos y negó con la cabeza.

         —No hay ningún truco para eso; cuando vi el Sha-Ma-Sha que hiciste me percaté enseguida de que era una técnica que puede ser usada de diferentes maneras dependiendo de la naturaleza del aura de quien la realice. Así, por ejemplo, como mi aura tiene una naturaleza eléctrica, pude realizar ese Rayden Sha-Ma-Sha sin ningún problema. El Sha-Ma-Sha puede ser utilizado de diferentes formas lo que representa una enorme ventaja durante una batalla.

         —Ahora entiendo por qué es la técnica básica de todos los Caballeros Celestiales —murmuró en tono pensativo—. Eso significa que cada guerrero puede usar el Sha-Ma-Sha de una manera diferente.

         —Eso lo descubrí gracias a que logré mantener mi mente tranquila durante nuestros combates —explicó Jesús mientras recogía del suelo su capa y casco. Cuando vio que Cadmio aún lo estaba escuchando atentamente añadió—: Si consigues controlar tu ira y tu miedo lograrás perfeccionar tus técnicas fácilmente, pero no creas que eso bastara para derrotar a los Khans. Ellos manejan un tipo de poder diferente al aura y eso es lo que los hace inmensamente poderosos.

         —¿No continuaremos con el entrenamiento? —preguntó Cadmio al ver que Jesús se estaba poniendo la capa—. No creo que te hayas cansado con tan poco ejercicio, ¿o sí?

         —Claro que no —respondió Jesús con maliciosa alegría—. Lo que sucede es que el Consejo Aliado está por reunirse y tengo que ir para escuchar su veredicto. Estoy seguro que no querrás perderte la sesión.

         Cadmio lo miró fijamente.

         —¿Estás consciente de que muchos de los miembros del Consejo te quieren muerto y que en el mejor de los casos van encerrarte de por vida? No entiendo cómo demonios puedes estar tan tranquilo.

         —Claro que sé a los que voy a enfrentarme, no soy un demente —respondió Jesús mientras se colocaba el casco en la cabeza—. Pero confío en que el destino me permitirá enmendar mis errores y reivindicarme ante todos, aún si tengo que perder mi vida para lograrlo.

         —¿El destino? —murmuró Cadmio y luego soltó una risita despectiva—. Podrás decir todo lo que quieras, pero aún sigo pensando que eres un miserable que no merece la más mínima compasión. 

         —Eso ya lo sé —repuso Jesús con amargura.

Megaroad-01 (Camarote de la familia Ichijo)

         Hikaru estaba sentado en un sofá con las manos entrelazadas y la cabeza agachada. Mientras Misa terminaba de arrullar a su pequeño hijo Miku, Hikaru estaba repasando mentalmente todos y cada uno de los eventos que los habían conducido hasta aquella dimensión desconocida.

         —No has dicho ni una sola palabra desde que me dijiste que los líderes de la Alianza Estelar querían hablar personalmente conmigo —dijo ella, estudiándolo atentamente con la mirada—. ¿Qué es lo que te sucede?

         —Es sólo que no puedo acabar de creer todo lo que nos ha pasado —murmuró. Misa notó que Miku estaba algo inquieta y le dio un suave beso en la frente—. Hace poco nos preparábamos para colonizar un nuevo planeta y ahora estamos metidos en una guerra espacial de la cuál no sabemos casi nada. Además me cuesta trabajo creer que existen varios universos paralelos al nuestro.

         —Es por eso que debo ir con los líderes de la Alianza Estelar —repuso Misa colocando a su hija Miku en su cama—. Tengo que averiguar más sobre las fuerzas enemigas que nos atacaron en el planeta Génesis, saber si representan una amenaza para la Tierra.

         Hikaru alzó la mirada al techo.

         —Según lo que esa mujer llamada Andrea me dijo, los abbadonitas pretenden dominar todos los universos de la Existencia. Si esto resulta ser cierto, entonces la Tierra y el planeta Edén están en peligro.

         Misa se volvió hacia su esposo y apretó un puño contra su pecho.

         —Esperaba que las cosas no resultaran así, creí que la guerra era algo del pasado.

         —Igual yo.

         —Si al menos pudiéramos comunicarnos con la Tierra e informar de todo esto, quizás podríamos… .

         —No creo que podamos contactar a la Tierra por un buen tiempo, al menos no hasta que regresemos a nuestro universo —le interrumpió Hikaru volviendo la mirada hacia su esposa—. Lo que tenemos que hacer es reparar la nave y volver a nuestra dimensión cuanto antes.

         Misa dio un suspiro y se sentó a un costado de Hikaru.

         —¿Y qué si lo que nos dijeron resulta cierto y los abbadonitas atacan la Tierra? Tú mismo viste lo que pueden hacer esas naves. Sabes tan bien como yo que la Tierra no soportaría otro cataclismo como el que sufrió durante la guerra con los zentraedis.

         —Ya lo sé —repuso Hikaru desviando la mirada—. Es eso lo que me ha estado preocupando desde hace rato. Comparados con esas enormes naves, los zentraedis parecen unos simples aficionados. La tecnología que emplean estos extraterrestres es muy superior a todo lo que conocemos y creo que no habría mucho que nuestras fuerzas de defensa pudieran hacer en caso de un ataque.

         —Estuve revisando los reportes de la batalla y de acuerdo con estos, perdimos el veinticinco por cientos de nuestros efectivos —Misa le concedió un momento para que asimilara la información—. Podemos reemplazar algunos de los Lightnings que fueron destruidos si echamos manos de los Valkyries que llevamos a bordo, aunque dudo de mucho que vayan a servirnos de algo.

         —Sé a lo que te refieres, sería la última batalla.

         —Aun así, como militares tenemos un deber para con la Tierra.

         Hikaru alzó ambas cejas.

         —¿Hablas de… .

         —Exactamente, me refiero a nuestras prioridades —asintió Misa, confirmando sus dudas—. Debemos hacer todo lo que esté en nuestras manos para neutralizar cualquier amenaza para la Tierra; aún si no podemos contactar al comando central.

         —Misa, la Megaroad-01 es una nave de exploración, no una fortaleza de combate como lo era la Macross —le recordó Hikaru—. Viste lo que le sucedió a nuestros Lightnings. No podemos pelear con estos extraterrestres sin ayuda de la Tierra.

         —¿Y qué me dices de la flota de la Alianza Estelar? Si nos unimos a ellos existe la posibilidad de que podamos derrotar a los abbadonitas y así evitar que estos ataquen nuestro planeta. Piensa en ello, tenemos la ventaja de librar la batalla lejos de la Tierra.

         Hikaru guardó silencio un momento antes de volver a hablar.

         —Es cierto, no había pensado en ello, pero ¿qué hay de los civiles que viajan a bordo? No creo que estén preparados para ir a una guerra espacial en una dimensión diferente a la suya.

         —No los he olvidado —murmuró Misa apesadumbrada—. Aún no les hemos dicho que estamos en otra dimensión, ni nada sobre los abbadonitas. Tengo que pensar en una manera de decírselos sin provocar el pánico.

         Hikaru se encogió de hombros.

         —Bueno, yo todavía no acabo de comprender cómo es que llegamos hasta este lugar y haya que un extraterrestres llamado N´astarith que quiere dominar todas los universoo. Realmente es como para volver loco a cualquiera.

         —Estaba pensando que quizás podríamos pedirle ayuda a Min Mei —dijo Misa mientras se ponía de pie—. Ella aún es un símbolo para toda la gente de la Tierra y estoy segura de que con su ayuda sería más fácil convencer a todos los que viajan a bordo de que pronto regresaremos a nuestro universo.

         —No es una mala idea —asintió Hikaru—. ¿Recuerdas la vez en que nos exiliaron de la Tierra cuando vivíamos en la Macross? El capitán Global dio un mensaje por televisión y Min Mei consiguió que la gente aceptara la noticia a pesar del desanimo había.

         Misa dedicó unos segundos a pensar en toda la gente que viajaba en la nave. Sabía que cuando supieran que se encontraban en otro universo diferente al suyo y que el planeta Génesis no era más que un recuerdo, probablemente se desataría el caos a bordo de la nave. Era necesario echar mano de todo cuando estuviera al alcance para manejar la situación.

         —En fin, sea como sea, ahora lo que importa es reunirnos con los líderes de la Alianza Estelar para saber algo más sobre el enemigo. Después de que haya hablado con ellos me dirigiré a los civiles para informarles de todo.

         —Ahora que lo mencionas, estoy seguro que el mayor Kageyama querrá venir con nosotros. Imagino que dejarás a Kim al mando, ¿no?

         —En realidad quisiera dejarte el mando a ti.

         —Olvídalo —Hikaru sonrió—. Tal vez seas mi superior, pero de ninguna manera voy a permitir que vayas sola a ese encuentro. Siempre hemos estado juntos cuando de extraterrestres se trata y esa es una costumbre que no pienso perder.

         Misa frunció una tenue sonrisa.

         —Tienes razón, además me vendría bien tu compañía.

         Hikaru asintió con la cabeza y luego se levantó del sofá para dirigirse hacia la puerta. Antes de abandonar la habitación, se volvió un instante por encima del hombro para mirar a su esposa.

         —Iré a preparar todo, no tardes.

         —Le diré a Shammy que se encargue de cuidar a Miku mientras no estamos —le dijo la almirante con los brazos cruzados—. No quisiera apartarme de él en estos momentos, pero tampoco podemos llevarlo con nosotros

         —Sólo asegúrate que no derrame la leche como la última vez —repuso Hikaru, y salió de la habitación mientras Misa se sonreía.

Megaroad-01 (Hangar principal)

         Los pilotos de combate estaban cansados por no decir exhaustos. La batalla con las fuerzas de Abbadón y de Endoria había sido una terrible experiencia para todos, incluyendo los combatientes más experimentados de la flota. Las bajas habían sido enormes y lo peor de todo es que nadie había logrado abatir ni una sola de las naves grises que habían emergido de los Devastadores Estelares.

         Mientras los técnicos se congregaban alrededor de los Lightnings  y los Vampires estacionados en las pistas para repararlos y darles mantenimientos, los pilotos del escuadrón Wolf fueron a reunirse con sus compañeros del escuadrón Times para intercambiar experiencias y conversar un poco con respecto a la batalla.

         —¡Hiroshi! —exclamó Black, abrazando efusivamente a su amigo—. Me da gusto saber que lograste salir con bien.

         —Diablos, Black, esos infelices acabaron con la mitad de mi escuadrón en tan solo unos minutos. Jamás pensé que nos fuera a ir tan mal en nuestra primera batalla.

         —Si, supe que muchos de los pilotos más jóvenes murieron y ahora la moral de todos anda por los suelos. De no ser por la ayuda que nos brindaron esos robots parlanchines no sé que hubiera sido de nosotros.

         —¿Supiste lo de Charles? Pobre tipo.

         Black exhaló un suspiro y bajó la mirada.

         —Sí, a mí no me caía del todo bien, pero desearía que él y sus hombres todavía estuvieran con vida. Creo que su escuadrón fue uno de los muchos que aniquilaron por completo.

         —Ya ni me digas, se me baja la moral con tan solo pensar en los pobres familiares de todos los que murieron —Hiroshi se tomó la frente y guardó silencio un instante antes de retomar la palabra—. ¿Has averiguado en dónde rayos estamos? Cuando estaba por aterrizar me comuniqué con el puente de mando para solicitar información, pero me dijeron que más tarde darían un comunicado oficial.

         —Estoy tan confundido como tú —repuso el teniente Black—. Ahora mismo voy al puente a ver a Emily para que me diga qué demonios está pasando aquí. Supongo que los líderes de los robots con lo que hablamos lograron comunicarse de algún modo con nuestros superiores, así que ellos deben saber en dónde estamos.

         —Lo que aún no puedo acabar de creer es que esos bastardos espaciales volaron el planeta Génesis por completo —Hiroshi le dio un puñetazo al fuselaje de su avión—. Parece que disponen de un armamento sumamente potente.

         —Disculpe, teniente Black —Un oficial se acercó al grupo, atrayendo la atención de todos los pilotos—. El comandante Ichijo quiere que usted y tres de sus hombres escolten a la almirante Ichijo hasta la nave alienígena de mayor tamaño.

         —¿La almirante va a abandonar la nave? —preguntó Hiroshi, frunciendo el entrecejo.

         —Exactamente, ella y algunos oficiales de alto rango van a reunirse con los líderes de los extraterrestres que nos brindaron su ayuda durante la batalla sobre Génesis. Le recomiendo que se apresure, por favor.

         Hiroshi dirigió un mirada de expectación hacia Black y se encogió de hombros mientras el oficial se retiraba del hangar.

         —Ni hablar, ordenes son ordenes —musitó Hiroshi.

         Astronave Churubusco (Sala del Consejo de Líderes)

         En la habitación, Jesús Ferrer, Josh, Azmudez y Azrael permanecían inmóviles ante los miembros del Consejo de Líderes. Los últimos en llegar a la sesión habían sido Saulo, Zacek, Lis-ek, Uller, Areth y Lance. En el lugar también estaban presentes el profesor Ulefante, el capitán Antilles, Rodrigo Carrier, Bantar, Elnar, el general MacDaguett y Cadmio.

         —El Consejo de Líderes está listo para emitir su veredicto —declaró Andrea puesta de pie—. Debo admitir que este ha sido uno de los casos más difíciles que se haya dirimido en los anales de la historia galáctica, pero también es un hecho que no podemos eludir esta gran responsabilidad… .

         —Les agradezco que me hayan permitido salir de mi habitación —musitó Jesús, viendo a Azmoudez con el rabillo del ojo—. Confío en que ninguno de ustedes tendrá problemas por eso.

         —Despreocúpese, príncipe —le respondió Azmoudez sin apartar la mirada del frente.

         —… antes de que se emita el veredicto —estaba diciendo Andrea—, es el deseo de este Consejo de Líderes escuchar al acusado una última vez.

         Jesús exhaló un suspiro antes de hablar.

         —Sé que algunos de ustedes me consideran un malvado, pero si fuera el asesino que dicen que soy, entonces desde el momento en que pise esta nave ya la hubiera destruido con todos sus ocupantes. Aunque todos trataran de detenerme, nadie podría impedir que dañara el casco y los sistemas vitales y les recuerdo que todos ustedes respiran oxígeno y yo lo necesito únicamente para hablar.

         —No olvides que habemos algunos que también podemos sobrevivir en el espacio sin la necesidad de oxígeno —le recordó Uriel en tono desafiante—. Sin embargo, tienes razón en lo que dices. Si hubieras venido con la intención de matarnos habrías tratado de destruir la nave en cuanto llegaste y no lo hiciste.

         —¡¡Esas son sólo tonterías!! —se apresuró Saulo a gritar y luego se dirigió a todo el Consejo de la Alianza—. ¿No se dan cuenta de que sólo trata de engañarnos de la misma manera que lo hizo con mi padre? Trata de dar la imagen de una buena persona, pero en el fondo es tan ruin y despreciable como ese traidor de José Zeiva.

         En ese momento, Jesús llevó la mirada hacia donde estaba Andrea a tiempo para ver como la reina del planeta Lerasi desviaba la vista en otra dirección, visiblemente dolida por las palabras llenas de odio del príncipe de Endoria.

         —Príncipe, le recuerdo que el acusado tiene derecho a hacer su declaración —dijo el rey Lazar, levantando una mano—. Por favor, les suplico que lo dejen terminar.

         Saulo se dispuso a decir algo más, pero volvió a ocupar su asiento y guardó silencio.

         —Ahora sé que no deseo su perdón, sino la oportunidad de enmendar mis errores y afrontar las consecuencias de mis actos —prosiguió Jesús—. Es verdad, yo ayudé a José a construir un ejército que invadió y devastó muchos planetas, pero cuando hice eso creí que estaba ayudando a terminar con ciclos estelares de guerras y conflictos. Ahora, por fin he comprendido que tanto José como yo, no éramos más que marionetas al servicio de N´astarith. Espero que tomen en cuenta todo esto antes de emitir su fallo.

         Se produjo un tenso silencio mientras los miembros del Consejo se miraban entre sí. Un tercer miembro del consejo se puso de pie. El rey Lazar autorizó a intervenir a Anshar Alec, el representante del planeta Vretan. MacDaguett y Cariolano se miraron el uno al otro, pero ninguno dijo nada.

         —Príncipe Ferrer, todos aquí hemos escuchado con atención su testimonio, así como el de la reina Andrea, Uriel y Asiont. Sabemos que de no ser por su intervención quizá la reina Andrea hubiera muerto a manos del enemigo, pero aun así, tampoco podemos ignorar a los miles de inocentes que murieron a causa de las armas que usted inventó. Indudablemente, usted fue cómplice de José Zeiva ya que tuvo la oportunidad para negarse a fabricar las armas que más tarde se usarían con la intención de invadir otros mundos. Es por ello que no podemos restar responsabilidad a sus actos.

         —Ha llegado la hora de que los miembros encargados de estudiar el caso emita su fallo final —anunció Lazar, poniéndose de pie. El primero en hablar fue Ulnikt-Err-Snet, el representante del planeta Svarog. Los habitantes de Svarog habían sido uno de los primeros pueblos en sufrir la invasión del ejército imperial de Endoria, de manera que Jesús ya tenía una vaga idea de lo que iba a escuchar.

         —Por la destrucción que aqueja a nuestros mundos… culpable.

         Un cuarto miembro del Consejo se puso de pie.

         —Por el hambre de nuestros pueblos… —declaró Sar-Ut-Nir, el representante del planeta acuático Oran—… culpable

         —Por las bestias que no transitaran más incontables tierras… culpable —dijo Akinit.

         —Por la muerte de un antiguo y noble amigo… culpable.

         Con cada “culpable” que escuchaba, Jesús sentía como iban aflorando su enojo y su frustración. No obstante, con el paso de los años había aprendido a controlar sus emociones; ya no era más aquel joven que actuaba impulsivamente.

         —Por destruir la armonía entre la prosperidad y la paz… culpable.

         —Por las leyes de la Alianza Estelar… culpable.

         Una vez que todos los miembros del Consejo encargados de juzgar el caso hubieron emitido su decisión, Uriel se puso de pie y empezó a gritar sin esperar a que le autorizaran el uso de la palabra para intervenir.

         —¡Protesto por ese fallo! Pido que se anule el veredicto en virtud de que los miembros del Consejo jamás tomaron en cuenta los atenuantes del caso en ningún momento. Así mismo solicito que se nombre una comisión investigadora.

         —El Consejo de la Alianza no autoriza al regente del planeta Unix para intervenir en este momento —dijo Akinit con voz suave, pero firme—. Le pido que guarde silencio hasta que el presidente del Consejo haya emitido la sentencia.

         El rey Lazar alzó una mano para acallar los murmullos que la interrupción de Uriel había causado y se dispuso a anunciar la sentencia final. Sin embargo, en el preciso momento en que el monarca iba a hablar, Josh intervino para dar rienda suelta a toda su indignación.

         —Todos ustedes me dan asco —dijo el chico con una expresión de reproche en el rostro—. Hablan de justicia, pero lo único que les interesa es saciar sus deseos de venganza con el señor Jesús.

         —¡¡Mocoso estúpido!! —gritó Saulo, fuera de sí—. ¡¡Jesús y José asesinaron a mi padre, se apoderaron del gobierno en Endoria y destruyeron cientos de mundos con sus estúpidas guerras!! ¡¿Acaso crees que se puede ir por el universo causando tanto mal y no sufrir por las consecuencias?!

         —¡Mentira! —exclamó Josh de inmediato—. El señor Jesús sólo quería vivir en paz con su familia y… .

         —¡Basta, Josh! —le reprendió Jesús con un brillo casi amenazador en los ojos, causando el asombro y la extrañes de algunos de los miembros del Consejo—. Ellos tienen razón en parte. Debí haber detenido a José cuando tuve la oportunidad de hacerlo y no lo hice a sabiendas de lo que pasaría. Miles de inocentes sufrieron las consecuencias de ese error y es natural que ahora quieran vengarse de alguien.

         Lazar inclinó la cabeza, pensativo, y finalmente dijo:

         —Te equivocas, príncipe Ferrer, nosotros no queremos venganza, sino justicia. Tal como lo dijo Anshar Alec hace unos instantes, usted ayudó a José Zeiva a deponer al rey de Endoria y a construir el ejército que más tarde usarían para invadir cientos de planetas. Con este hecho, usted contribuyó en parte a desencadenar un mal que destruyó la vida de muchas personas en toda la galaxia. Sin embargo, tampoco podemos pasar por alto que usted fue engañado por algunos aristócratas que le dijeron que quitando al rey lograría llevar la prosperidad a Endoria.

         Jesús miró fijamente al rey Lazar, visiblemente desconcertado.

         —Gracias a su ayuda, la reina Andrea se encuentra hoy entre nosotros y ese es otro detalle que debo tomar en consideración —prosiguió el monarca—. Sin duda esta será una de las decisiones más difíciles que haya tomado en mi vida y es probable que moleste a muchos, pero debo actuar por justicia y no por venganza. Príncipe Ferrer, a pesar de que se le ha encontrado culpable de todos los cargos en su contra, estoy dispuesto a ofrecerle la amnistía a cambio de dos condiciones que deberá aceptar de manera incondicional.

         Un coro de gritos se alzó de inmediato en respuesta a aquellas palabras, algunas apoyando la decisión de Lazar y otros oponiéndose. Miembros del Consejo y espectadores no tardaron en levantarse y los murmullos se convirtieron en gritos.

         —¡Orden! —gritó Andrea—. ¡He dicho orden!

         —Señores, por favor, aún no he terminado —declaró Lazar, tratando de calmar los ánimos—. Les recuerdo que como presidente del Consejo de Líderes, tengo la facultad para otorgar la amnistía siempre que observe lo dispuesto por las leyes.

         La asamblea fue calmándose y todos volvieron a ocupar sus asientos, respondiendo a los pedidos de Andrea y Lazar. Una vez que todos guardaron silencio, las miradas se centraron nuevamente en la figura de Jesús.

         —¿Me otorgarán la amnistía? —preguntó el meganiano sin poder creerlo—. ¿Cuáles son las condiciones que debo aceptar para recibir la amnistía, majestad?

         Lazar miró a Jesús fijamente.

         —La primera es que consiga que el imperio meganiano se una a la Alianza Estelar para derrotar a N´astarith y a sus aliados. La segunda consiste en que, una vez finalizado este conflicto y se haya firmado la paz, acepté retribuir a todos y cada uno de los mundos que sufrieron la invasión del ejército imperial de Endoria. Príncipe, recuerde que si una persona se beneficia de la maldad, entonces hereda la obligación de corregir este mal. Si no, ¿quién lo hará?

         Desconcertado ante el comportamiento del rey de Adur, Jesús bajó la mirada un instante y comenzó a reflexionar. Había creído que el Consejo de la Alianza estaba dominado por líderes vengativos y sin ideales, pero ahora se daba cuenta de que existían personas dentro de la Alianza que realmente luchaban por hacer de la galaxia un lugar mejor y que estaban dispuestas a ofrecerle una nueva oportunidad.

         New York (Aeropuerto John F. Kenedy)

         Cuando Alexander observó como Julián llamaba para reservar un vuelo a Europa, supo de inmediato que no serviría tratar de convencerlo para que lo acompañara a Washington a investigar sus sospechas sobre el vicepresidente George W. Jush y algunos militares. Mientras conducía desde su residencia de descanso hasta el aeropuerto, había tenido el presentimiento de que todo lo sucedido en el Congreso Mundial estaba relacionado de alguna manera con su teoría de la conspiración, solamente que aún no tenía todos los elementos para relacionarlos.

         Julián consultó su reloj una vez más y lanzó un bufido de desesperación.

         —¿Qué sucede con el avión que no llega?

         —Tranquilízate, mon ami —lo calmó Satsuki, dándole unas suaves palmaditas en la espalda—. Debe estar por llegar en cualquier momento, no te desesperes.

         —No tenía idea de que quisieran remover al Canciller Sergei —murmuró Alexander, mirando como un enorme avión circulaba por una de las pistas—. Me pregunto sí tendrá algo que ver con mis sospechas.

         —¿Qué si tiene algo que ver? —repitió Julián con un marcado dejo de sarcasmo en su voz—. El Canciller fue uno de los mayores promotores del tratado que la Tierra suscribió con la Alianza Estelar, lo cual les molesta a algunos políticos que desean ganar beneficios de la paz firmada con el imperio de Abbadón.

         Kamui miró a Julián y alzó una ceja, extrañado.

         —¿Quieres decir que alguien trata de remover al Canciller para anular el tratado con la Alianza Estelar? ¿Pero qué ganarían con ello?

         —Eso es algo que aún no hemos descubierto; veamos, el gobierno de los Estados Unidos fue el principal autor de la paz firmada con el imperio de Abbadón, ¿no? —murmuró Alexander en tono pensativo—. Ahora, esto le ha permitido al presidente Wilson socavar la autoridad del Congreso Mundial y al mismo tiempo ganar respaldo de la opinión pública mundial.

         —Lo que se me hace sumamente extraño es que la paz entre la Tierra y los extraterrestres se haya negociado muy rápido, ¿no les parece? —comentó Satsuki llevando su mirada de Alexander a Kamui—. También se me hace raro que los abbadonitas hayan aceptado retirar sus naves en tan poco tiempo.

         Julián sacudió la cabeza.

         —Definitivamente hay algo turbio en todo esto. Es como sí… .

         —Como sí el imperio de Abbadón tuviera excelentes relaciones con algunos políticos de la Tierra, ¿no lo creen? —concluyó Alexander—. Tenemos que averiguar qué más hay de fondo en todo esto.

Continuará… .

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