Leyenda 032

LA LEYENDA

por Asiant Uriel

CAPITULO XXXII

EL FUTURO ESTÁ EN NUESTRA MANOS

       Tokio, Japón
       Ciudad de Tokio (Distrito Juuban)

       Jesús Ferrer y Josh descendieron cuidadosamente en un oscuro callejón. Su intención era tratar de pasar desapercibidos para los cientos de habitantes de la metrópoli nipona e iniciar la búsqueda del portador de la poderosa aura que habían percibido antes. La tarea no parecía nada fácil, pero ambos confiaban en que la persona que estaban buscando pronto se delataría en cualquier momento.

       —Desaparece tu aura, Josh —le aconsejó Jesús mientras se quitaba su casco de batalla—. Así será más fácil encontrar al poseedor de la presencia poderosa que sentimos. La persona que buscamos debe estar por esta área.

       Josh se apresuró a asentir con la cabeza e inmediatamente cumplió la orden.

       —Listo.

       Usando sus asombrosos poderes, Jesús Ferrer extendió ambos brazos a los costados y desapareció su armadura de batalla.

       —Bien, así no llamaré la atención de los habitantes de este planeta. Ahora debemos buscar al dueño de esa aura ante de ir por la gema sagrada. No sabemos sí se trata de un guerrero de este mismo universo o un miembro de la Alianza Estelar, así que no debemos confiarnos.

       Josh dirigió su mirada hacia la calle. Había miles de personas caminando en diferentes direcciones y con ropas muy similares a las de los terrícolas. Enormes rascacielos se erguían por doquier. En un lugar así era fácil pasar desapercibido.

       —Señor Jesús, algo sucede —dijo, volviendo la mirada hacia el príncipe meganiano—. Ya no puedo sentir el aura de la persona que buscamos. Ha desaparecido por completo.

       Jesús frunció el ceño. Cerró sus ojos y se hundió dentro de sí. La fuerte presencia que minutos antes había percibido se había ido como Josh afirmaba.

       —Quien quiera que sea sabe bien cómo ocultarse —murmuró con hastío—. Echaremos un vistazo a los alrededores para ver si se muestra.

       Los meganianos echaron a caminar por las calles de la ciudad hasta perderse en la multitud.

       Crown’s

       Rei Hino consultó su reloj una vez más y le pareció que ya habían esperado lo suficiente. Después de todo, mucha gente iría a la exhibición y lo menos que quería era quedarse de pie.

       —Bueno, creo que ya es hora de irnos —sugirió, dirigiéndose a todas—. No podemos quedarnos aquí todo el tiempo. La exhibición ya va a empezar y no quiero quedarme sin lugar.

       Minako se volvió inmediatamente hacia ella con la intención de disuadirla.

       —Pero Usagi aún no ha llegado. No podemos dejarla, además Ami todavía no vuelve.

       Rei miró a su amiga fijamente. Iba decirle que ya no podía esperar un minuto más cuando la figura de Usagi Tsukino apareció por las puertas de Crown’s.

       —¡Chicas! —les gritó alegremente apenas las vio—. ¡Ya estoy aquí!

       Las sonrisas iluminaron los distintos rostro, incluyendo el de Rei, quien trató de disimularla sin mucho éxito.

       —¡Usagi! —gritaron todas al unísono.

       —Hola, amigas —jadeó Usagi, cansada a consecuencia de su improvisada carrera—. Disculpen el retraso, pero es que me quede hablando por teléfono con Mamoru y… .

       —¡No puedo creerlo! —exclamó Rei fingiendo enojo—. Te vas a casar con él dentro de pocoy todavía no puedes dejar de hablarle tanto tiempo. Me pregunto que diría tu mamá si supiera de otras tantas cosas… .

       Una expresión de lástima se apoderó del rostro de Usagi.

       —Pero, Rei, ¿por qué siempre eres tan mala conmigo? —preguntó con un nudo en la garganta mientras juntaba las puntas de sus dedos índices continuamente—. Eres muy cruel conmigo, demasiado mala.

       —Ya, ya, chicas, por favor —las tranquilizó Makoto—. Rei, no seas tan mala con Usagi, ella ya está aquí. Espero que no hayas olvidado tu entrada.

       Usagi metió la mano en el bolsillo de su pantalón y tras un instante sacó un pequeño boleto.

       —¡Ja!

       Entretanto, Minako fingió una sonrisa mientras esculcaba dentro de su bolso con desesperación. No encontraba su boleto. “¿Dónde rayos lo puse?”, pensó. “No lo encuentro”.

       —Por cierto, ¿en dónde está Ami? —preguntó Usagi—. ¿Acaso ella no va a venir?

       —Claro que sí, Usagi, ella vendrá —respondió Makoto con seguridad—. Lo que pasa es que fue por su cámara fotográfica. Ya sabes como es ella.

       Usagi sonrió y levantando un dedo para señalar el techo dijo:

       —Bien, es hora de irnos.

       —Eh, amigas… —murmuró Minako, sonriendo—. Creo que perdí mi entrada… .

       Makoto se volvió hacia su amiga y la observó con preocupación.

       —Oh, no puede ser, Minako, ¿estás segura de que no la dejaste en tu casa?

       Minako alzó los ojos y empezó a recordar todo lo que había hecho en el día. Era cierto, luego de bañarse había puesto la entrada sobre su tocador olvidándose completamente de ésta. Sólo debía ir hasta a su casa por ella.

       —¡Es verdad! —exclamó, poniéndose de pie—. Chicas, váyanse sin mí, luego las alcanzó.

       —¿No quieres que te acompañemos? —le preguntó Makoto—. Aún nos queda algo de tiempo y… .

       —Claro que no —le interrumpió Minako—. Confíen en mí, amigas

       Sin decir nada más, Minako se dirigió hacia la puerta y abandonó Crown’s .

       —Ni hablar, chicas —murmuró Makoto, cruzando los brazos por atrás de su cabeza—. Minako nunca cambiará, de eso pueden estar completamente seguras.

       Rei y Usagi se miraron entre sí.

       —Bueno, ya nos alcanzarán junto como Ami —declaró Rei mientras cogía su bolso—. No entiendo como puede ser tan despistada.

       Usagi cerró los ojos, se cruzó de brazos y meneó la cabeza como lo haría una maestra que ha sorprendido a su alumno en una falta. Quien no lo conociera podría pensar que detestaba la impuntualidad.

       —Mal, mal, no se puede confiar en alguien como Minako —murmuró—. Siempre es tan olvidadiza e impuntual.

       Rei le lanzó una mirada acusatoria.

       —Miren quién lo dice.

       Entretanto, Asiont estaba caminando por el parque Tenth Hill mirando con curiosidad todo a su alrededor. De alguna forma todo le era llamativo e interesante. Estaba seguro de haber visto construcciones similares durante su breve estancia en la Tierra luego de la derrota de Marte. Con su percepción buscaba alguna señal del aura de Andrea, pero hasta ahora no había tenido éxito.

       —Es curioso —murmuró en tono pensativo—. Tyria me dijo que la cascada me conduciría hasta donde estaba Andrea, pero ya busqué por todos lados y no he podido localizar su presencia —hizo una pausa y alzó la mirada al cielo—. Las presencias malignas que sentí hace poco también han desaparecido y… .

       De pronto, una pelota pasó botando frente a sus pies en dirección a la calle. Al poco rato, un niño de apenas cuatro años pasó corriendo detrás de ella.

       —¡Akira! —gritó la madre del chico—. ¡Detente!

       Asiont siguió al chico con la mirada. Había por lo menos cincuenta vehículos transitando a gran velocidad. Si el niño no escuchaba los llamados de su madre sin duda sería arrollado. “No puedo permitirlo”, pensó.

       Del otro lado de la calle, Ami Mizuno caminaba hacia el Museo de Historia para reunirse con sus amigas. A su juicio, aquella exposición era demasiado importante como para perdérsela.

       —Que suerte tengo —murmuró mientras exhibía la cámara frente a su rostro—. Todavía le quedan algunas fotos.

       De pronto los sonidos de los cláxones de los autos cercanos llamaron su atención. Un pequeño niño corría imprudentemente detrás de su pelota.

       —¡Akira! —gritó la madre nuevamente mientras corría tras su hijo, pero ya era demasiado tarde. Un pesado camión no pudo detenerse a tiempo y ya sin control se dirigió directamente hacia el pequeño.

       Algunos curiosos se taparon los ojos llenos de horror. Ami volvió la mirada en todas direcciones buscando ayuda. Nadie podría llegar a tiempo para salvar al niño… .

       Nadie.

       El vehículo se estrelló contra un poste arrancándolo del suelo. Al descubrirse los ojos, la madre de Akira descubrió la figura de un joven que, con una rodilla en el suelo, cubría a su hijo con los brazos a unos metros del camión. Aquello era sencillamente imposible. De alguna manera aquel misterioso sujeto había logrado saltar hasta el lugar donde se encontraba Akira y quitarlo del camino del camión antes de que éste pudiera arrollarlo.

       Ami abrió los ojos enormemente. ¿Quién era él?

       —¡Oh, Akira! —gritó la madre mientras corría hacia su hijo. Luego de estrecharlos entre sus brazos se volvió hacia Asiont—. Muchas gracias, joven —le dijo mientras inclinaba su cabeza varias veces en señal de agradecimiento.

       —Eh, en realidad no fue nada —titubeó Asiont mientras cientos de curiosos lo observaban de arriba abajo como sí fuera un fenómeno.

       —¿Cómo lo hiciste? —le preguntó un hombre de grandes anteojos—. Nadie de aquí vio nada y lo más increíble de todo —hizo una pausa y se bajó los anteojos lentamente—, no te hiciste nada.

       Asiont se puso sumamente nervioso. Sin quererlo, había llamado la atención de miles de personas y eso podía provocarle algunos problemas. Debía hacer algo cuanto antes, de manera que se le ocurrió fingir.

       —Bueno, en realidad… no fue tan fácil y…  —Se sujetó el tobillo. La gente lo miró completamente extrañada—. ¡Ah! ¡Mi tobillo! ¡Creo que me lo lastime!

       —¿En serio? —le inquirió el mismo hombre, alzando ambas cejas.

       —Pues claro —le espetó Asiont mientras continuaba fingiendo—. ¿Realmente cree que alguien podría rescatar a un niño así como así sin lastimarse?

       —¡Rápido, un doctor! —gritó la madre de Akira para luego dirigirse al rescatador de su hijo—. No te preocupes, quizás tengan que inyectarte un sedante o algo así.

       ¿Una inyección? Un expresión de terror se apoderó del rostro de Asiont.

       —¡No! ¡Déjenme ! ¡No necesito inyecciones!

       —No necesitas ninguna inyección —repuso una suave voz—. Tan sólo un vendaje.

       Asiont alzó la mirad para ver quien había hablado. Ami Mizuno se abrió paso entre el gentío y se detuvo frente a él.

       —¿Un vendaje? —repitió Asiont un poco más tranquilo.

       Ami asintió con la cabeza.

       —Si. Probablemente sólo tengas una luxación o algo por el estilo —hizo una pausa y bajó la cabeza apenada—. Sí lo deseas, yo puedo ayudarte.

       Asiont se levantó tranquilamente y miró a la joven. Realmente era muy hermosa.

       —Gracias.

       Ami le devolvió la sonrisa y alzó la mirada.

       Gracias a su habilidad para percibir el aura, Asiont pudo sentir un energía tranquila en la persona de Ami.

       —Muchas gracias por tu ayuda…  —murmuró Asiont—. Quienquiera que seas

       Ami se ruborizó.

       —Me llamó Ami… Ami Mizuno

       Asiont enarcó una ceja . 

        “¿Acaso me tiene miedo?”, pensó. “¿Por qué se pone así?”

       —Bueno, Ami Mizuno, mi nombre es… Asiont —hizo una pausa y tragó saliva con dificultad—. Asiont Ben-Al.

       Ella sonrió con naturalidad y señaló con su dedo hacia una calle.

       —El hospital queda cerca de aquí.

       Quedaban solamente quince minutos para que la exhibición finalmente abriera sus puertas. Minako lo sabía y por esa razón corría velozmente por las calles. Después de recoger su boleto en el tocador de su recámara se dirigió hacia el Museo de historia a toda prisa. Iba a atravesar la calle cuando la luz del semáforo cambió y los carros avanzaron.

       —¡Rayos! —exclamó, chasqueando los dedos—. Ahora sí voy a llegar tarde.

       Desesperada, desvío la mirada hacia todos lados. Dio un suspiro y echó una mirada a su reloj. Quedaban once minutos. Entonces algo llamó su atención. Se trataba de un joven alto, vestido con una ropas blancas que caminaba por la calle como sí no supiera en que lugar se encontraba. Minako lo examinó de arriba abajo. Por su apariencia debía tratarse de un extranjero.

       —Oye, ¿no sabes donde estás? —le inquirió Minako.

       Jesús se detuvo y volvió la mirada hacia la joven desconocida que le hablaba.

       —Perdón, ¿me hablas a mí? —preguntó él, señalándose a sí mismo con un dedo.

       Minako sonrió y se acercó.

       —Pues claro que te hablo a ti, ¿es que acaso estás perdido?

       El príncipe meganiano frunció el entrecejo. ¿Quién era esa chica y qué quería de él? Su aura tenía un nivel ligeramente mayor que el de los demás transeúntes que circulaban por las calles de la ciudad. Su sonrisa era tan hermosa que por un instante lo hizo olvidar que era lo que estaba haciendo. Tras una fracción de segundo, decidió olvidarse de la chica y seguir con su misión.

       —Bueno, se puede decir que soy extranjero y… .

       —Mi nombre es Minako Aino, encantada de conocerte

       “¿Encantada?”, pensó. “Que chica tan extraña”.

       —¿Estás buscando a alguien? —le inquirió Minako con una enorme sonrisa—. ¿Si?

       Jesús buscó a Josh con la mirada, pero el chico había desaparecido entre las miles de personas que desfilaban por las calles. Como notó que Minako no le quitaba la vista de encima, recurrió a una última jugada para deshacerse de ella.

       —Lo siento, pero es que yo no soy de aquí.

       Minako sonrió con un poco de malicia y enseguida tomó a Jesús por el brazo. El príncipe meganiano, por su parte, se sujetó la nuca y sonrió nerviosamente mientras la jovencita de largo cabello rubio lo jalaba por la calle.

       —¡Yo te muestro los alrededores!

       —Bueno, yo… .

       El hospital olía como cualquier otro, a desinfectante y productos de limpieza, gasas empapadas en alcohol y aire acondicionado, pero era completamente diferente a los que Asiont había conocido en toda su vida. Sentado en una sala de espera, Asiont miraba como su nueva amiga hacía girar un rollo de vendas varias veces alrededor de su tobillo.

       —Es extraño, pero por más que busco no veo señales de que tu tobillo se encuentre lastimado —murmuró Ami, examinando el pie de Asiont—. Aun así es recomendable que lo sumerjas en agua fría cuando llegues a tu casa.

       Asiont suspiró y sonrió levemente.

       —Eh, quizás no sea tan grave como pensaba —hizo una pausa y espero a que Ami lo mirara—. Lo que sucede es que soy bastante alarmista con eso de las lesiones.

       Ami sonrió y terminó de hacer el vendaje.

       —Sí, creo que eres algo alarmista. Fuiste muy noble de tu parte haber ayudado a ese niño.

       —Oye, lo haces bastante bien —observó Asiont, estirando el pie vendado para facilitarle la tarea.

       Ami levantó la mirada nuevamente y sonrió. Su rostro estaba ligeramente sonrojado.

       —Gracias  —repuso la chica con la voz entrecortada—. Me alegra saber que cada vez lo hago mejor ya que mi sueño es convertirme en una gran doctora.

       —¿Tu sueño dices? —preguntó Asiont denotando interés.

       Ami se levantó y asintió de buena gana.

       —Si, digo, es natural que la gente tenga sueños, ¿no lo crees?

       Asiont bajó la mirada. ¿Un sueño? Ciertamente, había tenido uno hacía bastante tiempo: Derrotar al imperio y confesarle sus sentimientos a Astrea, pero todo eso se había acabado de pronto y su sueño se había convertido en una fantasía. Astrea estaba muerta y Abbadón no daba señales de ser derrotado.

       —No, yo ya no creo que en ese tipo de cosas —dijo con un hilo en la voz—. A veces pienso que el destino no pude cambiar no importa cuanto nos esforcemos, ni cuantos sueños podamos tener.

       Ami se sentó a su lado y luego alzó la mirada.

       —Creo que esa es una manera muy triste de ver la vida.

       —¿Qué dices?

       La chica volvió el rostro hacia Asiont y lo miró con una sonrisa en los labios.

       —No creo que el destino este escrito. Los sueños pueden volverse realidad sí uno hace lo imposible por conseguirlo.

       —Eso suena muy bonito —replicó Asiont, tratando de contener sus sentimientos—. No te ofendas, pero a veces pienso que ciertas clases de sueños son imposibles de llevar a cabo… creo que eso es lo más trágico del asunto.

       A pesar de lo mucho que Asiont se esforzaba en disimularlo, Ami bien podía percibir la profunda tristeza que le producía el pronunciar aquellas palabras. Sin lugar a dudas su nuevo amigo escondía una gran pena dentro de él.

       —A veces puede parecer difícil —afirmó Ami con las manos entrelazadas—. Pero el futuro está en nuestras manos y puede cambiar. Sí tienes suficiente confianza en ti mismo, puedes controlar tu destino.

       Asiont observó el rostro de Ami minuciosamente. En verdad era una chica muy hermosa. Sin embargo más que su físico había algo en ella que llamaba su atención de una manera especial. Quizás era esa fe con la que veía el futuro, una fe que él ya había perdido y que, tal vez, quería recobrar.

       —Yo… —comenzó a decir en voz baja—. Nunca conocí a mis verdaderos padres y la persona más importante para mí murió hace poco, Ami Mizuno. Sé que tus palabras están cargadas de razón y te agradezco por ello, gracias… .

       La joven le sonrió con ternura.

       —No… no fue nada —le dijo ella dulcemente—. Sé que lograrás cumplir con tus sueños. A veces puede parecer difícil, pero te aseguro que posible, Asiont

       Asiont se levantó de su asiento, dio unos pasos al frente y luego se giró hacia la chica.

       —Estoy seguro de que una persona tan inteligente como tú no tardará en convertirse en una estupenda doctora. Pronto los doctores de esta ciudad se quedarán sin empleo.

       Ami se ruborizó al instante.

       —Eres muy amable, pero lo más importante es que tengas confianza en ti mismo para luchar por ese sueño. Sí tienes fe en ti mismo podrás lograr lo que quieras.

       Él le sonrió con cordialidad. Realmente era agradable conocer personas así. De pronto se dio cuenta de que no sabía que decir; su mente se había nublado por completo y se sentía diferente.

       —Debo irme, Ami Mizuno. Me gustaría volver a verte alguna vez en el futuro, aunque creo que eso será imposible.

       La chica se puso más roja todavía y su ritmo cardíaco se aceleró a mil por hora. Aquello era lo último que esperaba escuchar de aquel joven llamado Asiont.

       —Yo, bueno, yo… —titubeó en un susurró apenas perceptible—. Tengo que irme.

       —Si, bueno, lo siento sí te moleste —se disculpó Asiont.

       —Oh, no se trata de eso —replicó Ami con evidente nerviosismo—. Lo que sucede es que tengo que ir con mis amigas a una exposición y… —hizo una pausa y continuó—. Pero quizás podamos vernos en alguna otra ocasión —sonrió—, y por cierto, llámame Ami nada más.

       El rostro de Asiont se iluminó con una nueva sonrisa.

       —Eso sería genial, Ami, pero desgraciadamente eso no podrá ser —guardó silencio, se dio la media vuelta y se dirigió hacia la puerta de salida. Antes de salir de la habitación, el joven Ben-Al se volvió hacia ella una última vez—. Jamás olvidaré tus palabras.

       Ami le sonrió dulcemente y lo siguió con la mirada hasta que cerró la puerta tras él en completo silencio. Una vez que su paciente se hubo marchado, exhaló con alivio y echó un rápida mirada a su reloj. Quedaban ocho minutos para la exhibición y sus amigas debían estar afuera esperándola.

       —¡No puede ser! —exclamó—. ¡Voy a llegar tarde!

       Minako miró su reloj nuevamente. Quedaban sólo siete minutos para que empezara la exposición; lo más seguro es que sus amigas estuvieran preguntándose en donde diablos estaba, pero que más daba, no todos los días tenía la oportunidad de conocer a un joven apuesto. Ya inventaría algo.

       —¿Por qué no me invitas un helado? —le preguntó a Jesús, jalándolo hacia una nevería.

       Jesús volvió la mirada hacia donde Minako lo conducía. Para el príncipe meganiano la ciudad era un tanto primitiva, pero no por eso podía dejar de admirar la creatividad con la que los habitantes de ese mundo poblaban su planeta.

       —¿Qué es un helado? —preguntó,  atrayendo la atención de Minako.

       —Ese es un buen chiste —dijo la chica con una sonrisa.

       Jesús volvió la mirada hacia Minako y la observó fijamente. La chica se sonrojó y bajó la cabeza apenada.

       —Creo que es mejor que yo te invite.

       Luego de comprar los helados, Minako y Jesús se sentaron en una mesa al aire libre.

       —¿De donde vienes? —le inquirió la rubia, tratando de hacer plática—. ¿Acaso el lugar en donde vives no tienen tiempo para disfrutar de un buen helado?

       Jesús probó el helado y lo saboreó con cuidado. Era dulce. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había probado un postre como en ese momento. Sentado ahí, juntó a esa chica llamada Minako, era fácil olvidarse de que estaba trabajando para N´astarith y que una guerra lo esperaba a su regreso a casa.

       —Vengo de un lugar lejano —comentó en voz baja—. Un lugar donde la gente no acostumbra comer este tipo de comidas ni pasar el tiempo caminando por  un parque. De hecho creo que ni siquiera pueden darse el lujo de comer helados.

       —¡¿No hay helados?! —preguntó Minako como si se tratara de una tragedia—. ¿Cómo es que existe un lugar tan cruel? De seguro has de venir de algún país extraño, pero descuida que “no hay mal que dure tantos años como uno aguante”.

       El príncipe sonrió de oreja a oreja. La manera en que aquella chica decía las cosas era francamente risible. De pronto, cayó en cuenta que hacía mucho tiempo que no reía o hablaba de otra cosa que no fueran guerras y batallas.

       Minako frunció el entrecejo.

       —¿Qué es lo que te causa tanta gracia?

       Jesús alzó los ojos y buscó la profundidad de su mirada.

       —La manera en que cosas tan simples te provocan angustia.

       La chica se sonrojó nuevamente.

       —¿Qué acaso no te preocupas por esas cosas?

       —No puedo —respondió Jesús jugueteando con la cuchara—. Ya tengo demasiado dolor en mi vida para pensar en este tipo de cosas. Quisiera que las cosas fueran de otra manera, pero el destino me ha obligado a tomar un camino que yo no quería.

       Minako enarcó una ceja. Por alguna razón imaginó que Jesús sentía una gran tristeza y amargura por dentro. Era como sí pudiera percibir a través de sus palabras un dilema moral que sostenía en su interior.

       —¿Qué es lo que te atormenta? —le inquirió mientras se llevaba la cuchara a la boca.

       Jesús no respondió nada. Esa pregunta le hizo recordar a su esposa e hijo.

       —No entiendo lo que te ocurre —añadió Minako—. Pero de seguro tus amigos te ayudaran.

       —Yo creí que conocía lo que era la amistad —replicó Jesús, haciendo un marcados énfasis en la palabra “amistad”—. Pero todos en los que he confiado me han traicionado.

       —El mundo está lleno de personas buenas y una persona no puede ser del todo mala. Te aseguro que no toda la gente es mala como tú crees.

       Jesús volvió a guardar silencio otra vez. La palabra “mundo” lo había vuelto a la realidad de súbito. De repente se levantó de la mesa y giró el rostro hacia la calle..

       —Te agradezco el recorrido, pero tengo que irme —dijo tranquilamente—. La próxima vez yo compraré los helados.

       Minako sonrió de buena gana. Aquel encuentro había sido algo extraño, pero de todas formas Jesús poseía un halo de misterio que le parecía atractivo.  

        “Que chico tan raro”, pensó. “Me pregunto sí volveré a verlo”.

       Al mismo tiempo, en el espacio, una pequeña puerta dimensional apareció sobre la atmósfera terrestre. Como flecha, el Águila Real 5 salió del túnel de luz y se adentró en el planeta activando sus sistemas de camuflaje para evitar ser detectada.

       —Al fin hemos llegado —anunció uno de los pilotos, dirigiéndose a Azmoudez—. Nuestros escáneres han detectado la presencia de un enorme Devastador Estelar en los alrededores.

       Azmoudez se llevó la mano a la barbilla y frunció el ceño.

       —Inicien una aproximación a la nave imperial y… .

       —Le recomiendo que no haga eso —le irrumpió la voz de Andrea—. Si nos acercamos a cinco kilómetros de esa nave no viviremos para contarlo —hizo una pausa y se volvió hacia los pilotos—. Lleven la nave a veinte kilómetros del Devastador y estaciónense ahí.

       —¿Cuál es el plan? —preguntó Azmoudez.

       —Dejaremos la nave y procederemos a buscar la gema —respondió Andrea mientras se dirigía a la puerta del puente. Antes de abandonar la sala, se volvió hacia el general de Uriel—. Sí lo desea puede acompañarnos.

       Azmoudez se levantó de golpe.

       —Cuente con ello —murmuró confiadamente.

       Usagi y sus amigas, con excepción de Minako y Ami, ya habían llegado a las afueras del museo y esperaban el momento para poder ingresar. Había al menos cincuenta personas más haciendo fila antes que ellas y eso les provocaba algo de desesperación.

       —¿Ya ves? Te lo dije, Usagi —murmuró Rei algo irritada.

       —Ya, ya, Rei, además todavía no han abierto —replicó Usagi riendo levemente—. Por cierto ¿en dónde estarán metidas Minako y Ami? Es extraño que Ami tarde tanto.

       Makoto consultó su reloj y dijo:

       —Es verdad, de Minako no me extraña, pero ¿Ami?

       Las puertas de acceso se abrieron de golpe y la gente comenzó a entrar rápidamente. Antes de entrar, Usagi desvió la mirada hacia la calle una última vez en busca de sus amigas. Para su sorpresa, Ami corría velozmente hacia ellas llevando la preciada cámara entre sus manos.

       —¡Amigas! —las llamó—. ¡Espérenme!

       —¡Ami! ¡Apresúrate! —le gritó Usagi con una enorme sonrisa. Al cabo de unos minutos, Minako apareció por el lado contrario de la calle—. ¡Allá viene Minako también!

       —¡Muchachas, ya estoy aquí! —gritó la joven Aino.

       Makoto volvió el rostro hacia ella.

       —Bueno, por lo menos ya llegaron —musitó con tranquilidad.

       Si había un guerrero impaciente entre los Khans éste era Sepultura. Luego de escudriñar la ciudad varias veces con su escáner y no encontrar el menor rastro de una presencia poderosa, comenzó a desesperares. Finalmente decidió comunicarse con sus compañeras. Llevó su mano al escáner y encendió el comunicador.

       —¿Han encontrado algo? —preguntó.

       —No, la presencia desapareció —respondió Eneri—. Sin embargo, he percibido una pequeña presencia de aureus en el área.

       —¿Aureus? —Sepultura abrió los ojos enormemente—. No puede ser. ¿Estás segura que no estás equivocada? Quizás estás imaginando cosas.

       La voz de Eneri cambió para hacerse violenta.

       —¡No olvides que yo soy una Khan! —le gritó—. Un inútil como tú que sólo ha aprovechado el aureus que se te ha otorgado, para incrementar tu aura no puede sentirlo. Pero yo, que me he entrenado en el sureus, puedo percibir ese poder. Cambia la modalidad del escáner —hizo una pausa para que Sepultura cumpliera la orden—. Bien, ¿ya lo hiciste?

       —Si, ya lo hice —respondió Sepultura con desgano.

       —Con esa modalidad no podrás percibir a nuestro enemigo hasta que este frente a ti, pero te avisará del incremento de poder.

       El Khan de la Muerte murmuró una maldición, echó un vistazo a la ciudad y dijo:

       —Me parece que debemos ir por la gema cuanto antes. Sí ese guerrero sabe de nuestra presencia no tardará en llegar hasta nosotros.

       —De acuerdo, Sepultura —convino Eneri con cierta maldad en su voz—. Ve inmediatamente hacia el punto X-14. Nos reuniremos contigo en ese lugar.

       —Perfecto —murmuró Sepultura y a continuación apagó el comunicador—. Al fin la hora de incrementar mis poderes ha llegado. Quiero ver la cara que pondrá ese miserable de Tiamat cuando me haya vuelto más fuerte.

       Desplegando su Chi, el Khan voló hacia la ciudad como rayo.

       Mientras tanto, en el museo de historia, la exposición ya había comenzado y era realmente aburrida para quienes no estuvieran interesados en las antigüedades de China. Usagi Tsukino dio un gran bostezo con lo que atrajo la atención de algunos asistentes que la miraron molestos.

       —Usagi, guarda silencio —le susurró Rei con su acostumbrado tono de mando—. ¿No te da vergüenza con estas personas?

       —¿Hhhmm? Lo siento, Rei, pero esto es realmente aburrido.

       Usagi se frotó un ojo para espantarse el enorme sueño que sentía. Cuando desvió la mirada hacia donde estaba Ami pudo darse cuenta de que ésta tenía la mirada completamente perdida; quizás estaba absorta escuchando todo lo que decían en la exhibición o tal vez estaba pensando en otra cosa.

       —Oye, Ami, ¿falta mucho para que esto termine? —le inquirió.

       —¿Eh? —titubeó Ami como despertando de un letargo—. ¿Qué pasa, Usagi?

       —¿No estabas poniendo atención, Ami? —le inquirió Usagi extrañada—. Eso si que es raro, ¿no estarás pensando en otra cosa, verdad? ¿algún chico?

       La joven se sonrojó ligeramente y bajó la cabeza.

       —¿Cómo se te ocurre eso, Usagi?

       Makoto trató de disimular un bostezó. “Ojalá que algo interesante pasara”, pensó.

       De pronto, el profesor Taroo, máxima autoridad en el mueso, apareció en el escenario para develar el mayor tesoro arqueológico de su exposición: una gema antigua que había sido encontrada en las ruinas de una antigua ciudad desconocida hasta la fecha.

       —Damas y Caballeros, permítanme mostrarles el corazón del Dragón —hizo una pausa y develó una vitrina, dejando ver una enorme gema triangular de color blanco—. Esta preciada gema que ven fue uno de los mayores hallazgos del siglo XX… —alzó sus cejas hirsutas y continuó—, y me atrevería a decir que del milenio… .

       Taroo no alcanzó a terminar su exposición. Una explosión demolió la pared contigua a la sala y levantó una gran cantidad de polvo y humo, provocando el pánico entre los asistentes. Rei se levantó en el acto de su asiento en espera de averiguar pronto lo que había sucedido

       —¿Qué es lo que sucede, amigas? —preguntó Makoto en voz alta no esperando recibir una respuesta—. Fue una explosión.

       Una enorme cadena negra surcó los aires y golpeó el suelo entre el profesor Taroo y la vitrina que contenía la gema triangular. El pobre profesor se fue de bruces al suelo sin entender nada de lo que sucedía. Después de impactar el suelo, la cadena volvió a manos de su dueña.

       —Bien hecho, Eneri —dijo una voz detrás del humo—. Esto va a ser relativamente fácil.

       Seis figuras emergieron del agujero en la pared. Tres de ellas eran mujeres, dos hombres y un niño. La que sostenía la cadena dio un paso al frente mirando todo a su alrededor. Taroo permaneció inmóvil en el suelo. Estaba totalmente dominado por el terror.

       —Bien, yo iré por la gema estelar —declaró Jesús Ferrer, pero Sepultura lo detuvo del brazo.

       —Un momento principito meganiano. Yo seré quien vaya  por la gema estelar —hizo una pausa y esperó a que Jesús Ferrer volviera la vista hacia él—. Ese honor le corresponde sólo a un guerrero Khan.

       Jesús frunció el ceño y con un violento ademán hizo que Sepultura lo soltara. Sí había algo que le molestaba era que un sucio asesino como ese Khan le hablara de esa manera. Tenía deseos de hundir su puño en su rostro, pero sabía que no había tiempo para esas cosas.

        Usagi y sus amigas aprovecharon el repentino caos que la aparición de aquellos extraños personajes produjo para escurrirse hasta las afueras de la sala de exposiciones. El público se había convertido en una muchedumbre histérica que lo único que buscaba era salir del edificio sin importarle nada más.

       —Chicas, ¿quiénes son ellos? —preguntó Rei con la mirada puesta en el escenario.

       —Lo ignoro completamente —dijo Makoto—. Pero no podemos permitir que se salgan con la suya.

       La mirada de Usagi cambió y se tornó firme. No iba a permitir que un grupo de desconocidos apareciera de la nada para atemorizar a los ciudadanos de Tokio. Había llegado la hora de que la bella heroína que había peleado con Sailor Galaxia, los Deathbusters, el Dead Moon Circus, la familia Black Moon y el Dark Kindom hiciera su aparición nuevamente, era la hora para que Sailor Moon entrara en acción.

       —Hagámoslo, chicas.

       Actuando casi al unísono, Ami Mizuno, Rei Hino, Makoto Kino y Minako Aino alzaron por separado un bolígrafo en lo alto y a continuación pronunciaron las palabras que les permitían invocar la fuerza de sus planetas guardianes:

       —¡Mercury Crystal Power, Make Up!

       —¡Mars Crystal Power, Make Up!

       —¡Jupiter Crystal Power, Make Up!

       —¡Venus Crystal Power, Make Up!

       Usagi, por su parte, extendió su mano en lo alto y gritó con todas sus fuerzas:

       —¡Ethernal Sailor Moon, Make Up!

       Lentamente, mientras una lluvia de luces, estrellas, rayos, burbujas y fuego rodeaban a las cinco chicas, sus ropas y arreglos fueron cambiando de manera progresiva hasta transformarse en las guerreras defensoras de Juuban: las Sailors Senshi.

       —Ay, pero que gema tan brillante —exclamó Suzú con un tono meloso—. Ay, miren como brilla.

       Sepultura, en tanto, dirigió su mirada hacia el tembloroso profesor Taroo y le sonrió macabramente con el fin de atemorizarlo. El profesor no pudo soportarlo más y, tras gemir con horror, se desmayó ante la carcajada del Khan de la Muerte. Realmente le causaba placer atormentar a las personas.

       —Bien, iré por la gema.

       El guerrero imperial se dispuso a darle un golpe a la vitrina cuando de pronto escuchó una voz que lo detuvo. Casi al mismo tiempo, el escáner visual le advirtió de la presencia de cinco personas con un nivel de pelea superior al de los humanos normales.

       —¡¡Alto ahí!!

       Sepultura frunció el entrecejo  y se dio la vuelta en redondo para encarar a la autora de aquella orden. Imaginaba que muy probablemente se trataba de los defensores de ese mundo, de manera que se dispuso a matarlos. Sin embargo nada de lo que hubiera visto antes podía prepararlo para lo que iba a ver.

       En ese momento, Suzú, Eneri y Liria se miraron entre sí con desconcierto. ¿Se trataría del guerrero poderoso al que habían percibido luego de llegar a la ciudad? Cuando finalmente decidieron llevar sus miradas hacia el sitio de donde había venido aquel grito, todos los guerreros se quedaron estupefactos con la visión. Cinco jovencitas vestidas con una variante del tradicional traje de marinero y unas cortas minifaldas habían aparecido en el auditorio para desafiarlos.

       —¡Ha pasado un año desde la última vez que aparecimos en esta ciudad! —dijo la de traje más llamativo, el cual llevaba unas enormes alas en la espalda—. Y aunque todos aquí los perdonen… .

       —¡Nosotras no lo haremos! —gritaron las otras cuatro a voz de coro.

       Jesús Ferrer parpadeó varias veces sin entender lo que sucedía. Josh, por su parte, se volvió hacia su señor en busca de algunas respuestas, pero a juzgar por la expresión del rostro del príncipe de Megazoar era obvio que no las tenía. Aquello era digno de la más pura fantasía surrealista, algo que definitivamente hubiera sorprendido al mismo N´astarith.

       —¡Soy una Sailor Senshi que lucha por el amor y la justicia! —declaró la líder de la Sailor Senshi mientras se balanceaba de un extremo a otro—. ¡Soy Sailor Moon! —colocó sus manos en una posición muy extraña y concluyó como sí se detuviera para posar—. Sailor Moon los castigará en el nombre de la Luna.

       Sepultura abrió la boca, pero no emitió sonido alguno. ¿En que clase de mundo estaban? Sin poder soportarlo por un segundo más, Suzú, Liria y Eneri rompieron el silencio reinante con una sonora carcajada, riendo y burlándose como no lo habían hecho en mucho tiempo.

       —¿Qué pasó? —preguntó Sailor Moon sin poder esconder su malestar.

       Sepultura miró a sus compañeras y no pudo evitar imitarlas. Si la estrategia de aquellas niñas era hacerlos reír, entonces había funcionado con bastante éxito. Jamás en su vida habían visto algo como aquello y menos durante una batalla.

       —Me parece que se equivocaron de museo, niñas —balbuceó Eneri mientras se sujetaba el estómago y hablaba en medio de risotadas—. Nunca había oído nada más gracioso.

       Sailor Moon apretó el puño y frunció el ceño con furia.

       —Oigan, pero ¿cómo se atreven a burlarse de nosotras? —les preguntó ferozmente.

       Suzú las miró de arriba abajo con indignación.

       —Ay, pero que trajes tan pasados de moda —comentó con desdén—. Esas niñas deberían aprender lo que es vestirse bien. ¿Acaso no saben que el estilo de marinero ya pasó de moda hace mucho tiempo? O sea, no, chicas, que mal se visten.

       Sepultura dejó de reír y llevó una mano hasta su escáner visual para evaluar el nivel de batalla de las Sailors Senshi: Sailor Moon, 70 unidades; Sailor Venus, 75 unidades; Sailor Mercury, 60 unidades; Sailor Mars, 85 unidades y Sailor Jupiter, 100 unidades.

       —Esto va a ser muy fácil —declaró con arrogancia y a continuación apagó el escáner.

       Continuará… .

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